lunes, 1 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Aquel loco restaurante de Hanoi

Después de un par de entradas en las que me he desviado un poquito de la historia para hablaros de ropa y fútbol porque este blog no sería este blog si yo no me fuese por las ramas de vez en cuando, retomo el hilo: tras una jornada de callejeo por Hanoi, Jorge y yo nos dirigíamos en taxi al hotel en el que pasaríamos nuestra última noche en Vietnam. No me voy a parar a hablar del establecimiento ahora por dos motivos: en primer lugar, porque intuyo que mi siguiente entrada se va a quedar corta en cuanto a detalles y voy a necesitar bien de paja que la rellene; y en segundo lugar, porque quiero que me acompañéis cuanto antes al lugar al que nos dirigimos minutos después de depositar nuestros mochilones y mochilas (y el sombrerito que Jorge compró días atrás) en el suelo de la habitación.

Teniendo en cuenta que la zona en la que nos encontrábamos se hallaba relativamente cerca del Aeropuerto Internacional Noi Bai, y que además era media tarde, uno esperaría encontrarse a bastante gente por la calle, ¿no? Bueno, pues aquello estaba desierto hasta tal punto que a Jorge y a mí nos daba un pelín de mal rollo. No obstante, terminamos dando con un restaurante abierto aunque a medio gas en cuanto a comensales. Una de las mesas, próxima a la puerta, estaba ocupada por un grupito de mujeres que charlaban animadas tras haber dado cuenta de la cena. A pocos metros, tres hombres de rudo aspecto debatían sobre no quiero saber qué, y en la zona central de aquel enorme local que parecía aún más grande por encontrarse casi vacío se encontraba una familia compuesta por unos diez o doce miembros pertenecientes a al menos tres generaciones. Esta lista de asistentes se completaba con el personal que trabajaba allí sirviendo mesas y los dos cocineros que peleaban con los fogones en una pequeña cocina visible desde la entrada.

¿Que por qué he sido tan minucioso al enumerar a quienes estaban allí? Pues porque TODOS ellos se giraron con cara de asombro al ver a dos extranjeros cruzar el umbral (sí, hasta los cocineros se asomaron). La misma cara de asombro con la que nos miramos Jorge y yo mientras nuestras respectivas paranoias nos hacían preguntarnos si no sería mejor darnos media vuelta, comprar unas bolsas de patatas fritas en alguna tienda y comérnoslas encerrados en la habitación del hotel del que aún no os he hablado.

Teniendo en cuenta el título del post y lo que aún os queda por leer del mismo, habréis deducido acertadamente que decidimos ignorar a nuestras paranoias y ocupamos una de las muchas mesas vacías de aquel restaurante sintiendo cómo aún nos seguían algunas de aquellas curiosas miradas que parecían no haber visto a un individuo foráneo pisar por allí en cincuenta años. Se nos acercaron entonces tres camareros que apenas hablaban inglés, y mediante una breve conversación que incluyó más gestos que palabras, Jorge y yo les indicamos que queríamos cenar, por lo que nos hicieron entrega de sendos menús con nombres de platos y descripciones escritos únicamente en vietnamita. 

Mientras que nosotros tratábamos de interpretar lo que allí se servía, más camareros y camareras se arremolinaron en torno a nuestra mesa como si se tratasen de palomas que se te acercan cuando estás jalándote un bocadillo en un banco del parque, y comenzaron a señalar artículos de aquella carta y a tratar de explicar en qué consistían. Llegó un momento en el que, aislado de aquel barullo, miré a Jorge y le pregunté: "Jorge, ¿tengo a SEIS camareros detrás de mí ahora mismo?" y él, completamente ojiplático y sin atreverse a abrir la boca, me lo confirmó con una seña afirmativa.

Al final me pedí un rollito de primavera y unas patatas fritas porque tras escuchar a turistas de diferentes países decenas de historias sobre intoxicaciones alimentarias, temía que me fuese a tocar a mí a un par de días de terminar esta aventura, y no era plan. No recuerdo qué se pidió Jorge, pero algo por el estilo.

Poco después nos sirvieron la comanda. Nos estábamos enfrentando pues a los primeros bocados y entonces comenzó a atronar por los altavoces esta canción al tiempo que uno de los camareros salía de la cocina portando una tarta que depositó en la mesa familiar. Resulta que el yayo de aquella familia celebraba su cumpleaños, y aquí empezó lo bueno: el tenso ambiente propio de un saloon del lejano oeste dio lugar a otro mucho más festivo, y más aún cuando todos los comensales, familiares del yayo o no, recibimos una porción del cumpleañero postre.

Durante los siguientes minutos, los niños se dedicaron a acercársenos con divertida sorpresa, completando un ritual consistente en depositar sobre nuestra mesa pequeñas estampitas que representaban billetes y botellas de champagne (esto debe ser típico de allí o algo. No hice foto en su momento y ahora me es imposible dar con referencias en internet porque a día de hoy tratar de encontrar cualquier cosa en cualquier buscador es una mierda desesperante) y salir corriendo entre carcajadas.

Poco después de que hubiésemos terminado nuestra cena y las riquísimas raciones de tarta llegó el yayo, quien tras una visita a la mesa de los tres hombres rudos (las mujeres que había cerca de la puerta ya se habían ido, por lo que se perdieron el festival que os estoy describiendo) se pasó por la nuestra, ocupó una de las sillas y, sin decir una palabra, sacó una botella de whisky y vasos para los tres. Nos sirvió así un chupito y nos invitó a brindar con él, lo cual hicimos de muy buen grado. Imitando a aquel simpático abuelo vietnamita, yo di cuenta de mi bebida al momento, y vi que Jorge dudada mientras sujetaba su vasito, pues por muy majo que resultase aquel señor, su sentido común le estaba pidiendo a gritos que rechazase alcohol ofrecido por un desconocido. Me tocó pues darle un codazo verbal ("Jorge, por tu madre. Bébete el whisky que vas a ofender al yayo, joder") al que hizo el caso correspondiente, causando así que el abuelo, agradecido y satisfecho, volviese con su familia.

Y empezó el karaoke (una actividad muy popular, tal y como comprobamos en varios lugares aunque no sé si lo he comentado antes porque son casi cincuenta entradas y me cuesta seguir la pista de todo lo que he contado ya). Uno de los familiares, haciendo gala de una horrísona voz, comenzó a entonar una canción conocida sólo allí, y Jorge y yo decidimos que aquello marcaba el fin de nuestra estancia en el restaurante. Pagamos entonces la cuenta y abandonamos el sitio aún invadidos por la incredulidad ante los acontecimientos. Tan confundido estaba, que cuando saqué una foto de la entrada que probase que todo aquello no había sido una experiencia alucinógena no me di cuenta de que había un árbol en todo el medio impidiendo ver el local.


De vuelta al hotel, paramos en un quiosco que aún se encontraba abierto y que vendía toda clase de artículos: galletas, salsa de tomate, material escolar, o incluso peluches. Y Jorge se encariñó de uno ENORME que quiso comprarle a su sobrino. Antes de hacer el desembolso, me preguntó si yo creía que le cabría en el mochilón, habida cuenta de toda la morralla que habíamos ido adquiriendo durante nuestro viaje. Yo estaba convencido de que el bicho no entraría ni de coña, pero le dije totalmente convencido que sí, que lo comprase sin dudarlo.

Sí, soy así de cabrón, y lo he sido siempre. De hecho, tengo otro ejemplo al respecto que compartiré con vosotros dentro de un par de entradas. Pero antes, pongamos punto y final a nuestra estancia en Vietnam.

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lunes, 24 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Muchas patadas y algún que otro cabezazo

Viajemos en el tiempo a mil novecientos noventa y poquísimo. Un jovencito yo se halla en el Hospital Militar de Valladolid. Vale que no es la primera ni la segunda vez que hablo de mi presencia en centros hospitalarios en este blog, pero que nadie se preocupe. La razón por la que mi version preescolar se encuentra en tal sitio es el haber ido a visitar a su padre, quien trabaja en la ventanilla y que en el momento que nos ocupa ha aprovechado la momentánea ausencia de pacientes para escaquearse de su obligación laboral (fíjate que eso, así como lo de tener siempre cara seria lo he acabado heredando). Niño y adulto dedican unos minutos a darle patadas a un balón de gomaespuma en uno de los desiertos pasillos, y el pequeño mocoso se lo está pasando en grande.

¿Veis? No era para preocuparse. Si he sacado a colación esta brevísima pero feliz anécdota ha sido porque quería compartir con vosotros mi primer recuerdo relacionado con el júrgol. Un deporte barra espectáculo barra negocio que para bien o para mal ha tenido más o menos relevancia a lo largo de mi vida.

Como todo niño español crecido en los noventa, la presión social causó que el balompié se convirtiera en una de mis principales aficiones y actividades mientras yo no pasaba del metro cincuenta. Los ratos de recreo en el colegio estaban OBLIGATORIAMENTE dedicados a darle patadas al esférico, y mis vecinos y yo solíamos pasar las tardes convirtiendo alguna calle del barrio en un improvisado terreno de juego cuando no nos dedicábamos a emular a los Power Rangers. Y si llovía, el protocolo exigía encerrarse en casa a ver a Oliver y Benji mientras tomábamos notas mentales que pondríamos en práctica en cuanto volviese a salir el sol.

Hablando del tema, durante varios años mi cama contaba con un juego de sábanas del mencionado anime que a uno de mis vecinos (quien vivía en la casa donde protagonicé "lo del estornudo") le daba especial envidia.

Pero las sábanas no eran el único elemento de merchandising futbolero que cayó en mis infantiles manos. Cada año, el quiosco de mi barrio se encargaba de suministrarnos a todos los chavales enyonkados por el balón chicles con pegatinas de la temporada liguera, y cada año me dejaba miles de pesetas en intentar sin éxito completar el álbum de turno. Para compensar, y gracias a que al final mi padre terminaba por hacerse responsable de la tarea y se iba él a cambiar los cromos las mañanas de sábado, logré finalizar al menos tres colecciones: dos sobre el Real Madrid y una con jugadores del Mundial del 94; campeonato que recuerdo haber seguido con especial interés desde el camping en el que estaba pasando las vacaciones con mi padres hasta que España se tuvo que volver a casa tras perder en cuartos de final frente a Italia en el famoso partido en el que Tassotti le dio a Luis Enrique un besito con el codo:

Trigger warning y tal

Y si alguien ha levantado una ceja al leer lo de las colecciones de cromos del Madrid, que prepare la otra cuando os diga que dos bufandas del equipo blanco llegaron a decorar las paredes de mi dormitorio. Vale, primero fui del Barça (algo que dejé caer cuando hablé sobre Mike Oldfield porque a irme por las ramas no me gana nadie. En esa entrada también mencioné que mi padre curraba en un hospital porque también se me da de perlas repetirme), y tras una interminable temporada en la que mis compañeros de clase madridistas me tocaron demasiado los cojones debido a que el equipo culé sufrió una especialmente mala racha, me hice merengue para no tener que aguantarles. Años después, entrando en la adolescencia, pasé a seguir al Athletic de Bilbao porque Julen Guerrero me caía bien. Hasta conservo su camiseta y todo. Lo bueno de haber ido cambiando de equipo de fútbol es que pude ver a los tres en cada una de mis etapas darle un repaso al Real Valladolid en el Nuevo José Zorrilla (para quienes no lo sepan, el Viejo José Zorrilla es ahora un Corte Inglés). También acudí al estadio una tarde de jueves a ver una eliminatoria de Copa del Rey en el que el Pucela, para variar, salió victorioso, pero es que jugaba contra el Toledo y eso mucho mérito no tiene.

De este último encuentro recuerdo que me dirigí al campo con cierta preocupación, pues a pesar de que lo hacía en compañía de, una vez más, mi padre, en realidad debería haber estado jugando al fútbol sala, que era la actividad extraescolar a la que me apunté aquel año. De todas formas, mi inquietud desapareció a los pocos minutos de llegar allí cuando vi que nuestro entrenador también se encontraba en la grada.

Y ésa ha sido más o menos mi relación con el fútbol, dejando a un lado detalles como los buenos ratos que pasaba viendo El día después en Canal+ junto a (lo habéis adivinado) mi padre al volver de catequesis y que no he sabido cómo colar a lo largo de la narración que os estáis tragando, poco más o puedo contar. Mi interés por patear el balón desapareció definitivamente cuando descubrí que al final, más que un deporte, el fútbol es un negocio usado para enriquecer a personajes como Florentino Pérez o lavarle la cara a la dictadura de turno, lo que me hizo decidir que dedicaría mi tiempo libre y mi energía a otro tipo de actividades, como ser un friki del correr.

Vale que aún me lo paso en grande echando partidas al Soccer en el emulador de Game Boy y que mi fanatismo por la estadística haga que siga resultados y clasificaciones de cualquier torneo con un interés que roza lo enfermizo (llegué a programar un emulador de resultados de fútbol en... Excel. Soy de traca), pero se podría concluir que a estas alturas de la vida el balompié me la pela bastante. Para que os hagáis una idea, ante la invasión de información futbolera debida a que la Roja ganó la última Eurocopa yo sólo pude pensar "pero qué jóvenes son todos" cada vez que veía a los integrantes del combinado nacional, y cuando me corté el pelo en una barbería vallisoletana en la que puedo hacerme entender aprovechando mi estancia en la capital del Pisuerga y el personal empezó a mencionar a tal o cual jugador, deseé que no me intentasen meter en la conversación, pues era la primera vez que oía aquellos nombres (sigo convencido de que "Lewandowski" no es un nombre real y os lo habéis inventado para burlaros de mí).

Y si he rellenado alguna quiniela recientemente, no ha sido por afición futbolística. Pero esa es una historia que dejo para el año que viene.

Habiendo dejado claro entonces que el fútbol ni me va ni me viene, ¿qué fue lo que me incitó a comprarme la camiseta de la selección de Vietnam en la tienda oficial de la misma mientras Jorge y yo paseábamos aquella tarde por Hanoi?


La envidia. La misma envidia que sintió mi vecino al descubrir mis sábanas del nipón anime y que me dio haberse visto esta prenda días atrás al muchacho que nos llevó de excursión por la isla de Cát Bà.

Y lo peor de todo es que a día de hoy, años después de haberla adquirido, aún no he encontrado la ocasión de poder estrenarla.

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lunes, 17 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Anécdota relacionada con mi aspecto físico

Hoy, haciendo uso de ese recurso tan habitual en mi blog por el que comienzo la entrada tirando de un tema aleatorio e inesperado, voy a hablar de... las sudaderas de Adidas. En concreto, de las sudaderas de Adidas con cremallera, ésas con cuellos y puños grandes. ¿Os ubicáis?

Esta prenda de vestir, que se volvió tan icónica durante el último cuarto del pasado siglo, fue para mí un inalcanzable objeto de deseo durante mi infancia y adolescencia. Mis padres, con toda la razón del mundo, no estaban dispuestos a soltar el pastizal que costaba una de éstas, habida cuenta de que, a la velocidad a la que me desarrollaba, se me quedaría pequeña en meses.

Por ello, no fui dueño de una cuando ésta disfrutaba del apogeo de su diseño. Y es que la calidad, el acabado y la forma de la misma la convertían en un primor allá por los ochenta y noventa: con su tela recia de estilo almidonado que se entallaba en la cintura y realzaba los pectorales... Quien se metía dentro de dicha prenda parecía de forma completamente natural un decatleta soviético:

fuente: studio waldeck

Peeero... Esa corriente socioeconómica consistente en intentar maximizar beneficios a costa de joderlo todo llamada Capitalismo decidió coger carrerilla cuando yo dejé de crecer y comencé a tener dinero propio que poder gastarme en chorradas. Así que llegado el momento de sacar a paseo mi cartera para adquirir una sudadera con cremallera de la marca alemana, lo que se me ofrecía era una prenda hecha con peor tela, bolsas en la cintura y cuellos y puños cortos que ya no aguantaban firmes. Me hacía parecer un decatleta soviético, sí, pero uno que había terminado convertido en yonki de polígono tras pasarse con la nandrolona.

Pero qué feas son las putas sudaderas de Adidas actuales, en serio:

fuente: zalando

¿Sabéis que más es feo? Yo.

Así es. Hay gente objetivamente guapa, hay gente subjetivamente guapa o fea y hay gente objetivamente fea. Y yo pertenezco al tercer grupo. ¿Qué le vamos a hacer? La colección de asimetrías, imperfecciones e irregularidades que decoran mi rostro no es que provoquen abanicables sofocos precisamente; y podría contar con los dedos de una mano el número de cumplidos que he recibido a lo largo de mi vida de quienes no tendrían por qué dármelos. "Qué bien estás de salud" es lo más parecido a un piropo que puedo esperar.

Vale, quizá influya el que, como dijo Juan Sanguino en cierto episodio de Delirios de España (uno de los mejores podcasts que conozco y que vosotros ya deberíais haber escuchado) pertenezco a la última generación que no sabe reaccionar de manera natural cuando se tiene que enfrentar a una cámara y esto provoca que al ver mis fotos se me pueda definir como "poco agraciado"; o es posible que la sequedad vallisoletana que mi rostro muestra por defecto me afee, pero a estas alturas de la vida no sé lo que se siente cuando uno recibe mejor trato por parte de los demás al ser atractivo en esta sociedad tan superficial.

En fin, no os toméis esto que acabo de decir como algo deprimente. Deprimente es que, estando yo con Jorge en Hanoi, me encontrase tan mal de salud que se me pasase por la cabeza el largarme al hotel y perderme aquella ciudad tan interesante. Por suerte, tras dar cuenta del almuerzo deseché esa idea y me arrastré tras mi compañero de viaje en busca de lo que la capital vietnamita pudiese ofrecernos. Y si prestasteis atención al leer la anterior entrada, recordaréis que la primera parada de este pequeño viacrucis al que tuve que enfrentarme era una tienda de ropa situada a escasos metros del restaurante. No llegamos a entrar en la misma, pues gran parte del género a la venta se hallaba colgando en perchas de varios rieles situados en la propia calle, como en el caso del centro de estética y masajes del que os hablé semanas atrás. Pero aquí no había jerseys de lana verde horrorosos con una pantera en el pecho como el que Jorge se compró y que, meses después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa. ¿Sabéis qué es lo que había a la venta en esta ocasión?

Sudaderas de Adidas. Pero no de las nuevas, no. Sudaderas de adidas clásicas, de segunda mano pero muy bien conservadas.

Qué bien se me da hilar temas a veces, ¿verdad?

En fin, que yo, con los ojos como platos, ya estaba calculando cuánto sitio quedaba en mi mochilón para poder hacer realidad una de mis más idílicas retrospecciones a base de vestir con esta perfecta prenda día sí, y día también, cuando la realidad me dio un bofetón desde la etiqueta de la misma: la más grande era una talla M. Y yo, aclaro, visto la XL.

Este detalle trajo a mi memoria un lamentable recuerdo de mi adolescencia en el cual arrastré a mi madre al Foot Locker del centro comercial vallisoletano del que ya he hablado en este blog varias veces con el objetivo de adquirir una sudadera no de Adidas, sino de Puma (la historia de los dos hermanos dueños de las marcas y de cuál era nazi y cuál no la buscáis vosotros, que me da pereza ponerme a ello ahora), pues desde el exterior del local vi que estaban a mitad de precio. Tras intentar probarme una de ellas y descubrir con sorpresa que apenas podía entrar en la misma, la dependienta me indicó que me estaba intentando poner una prenda DE NIÑO. Y las de adulto no sólo no estaban de oferta, sino que contaban con un precio tan desorbitado que mi madre declaró que estaban muy bien donde estaban. No obstante, mi yo adolescente de aquel entonces carecía del juicio necesario para darle la razón, por lo que salí de allí aguantándome unas idiotas lágrimas de rabia.

Al encontrarme perdido dentro de tan patético recuerdo, me sorprendió sobremanera que uno de los responsables de la tienda saliese por la puerta y se me acercase a toda velocidad mientras me dirigía un enérgico "¡EH!". Que yo no estaba haciendo nada malo, pero no pude evitar asustarme.

Y ahora, volviendo a lo de mi aspecto físico, voy a hacer un recuento de las capas de fealdad que se apilaban sobre mi cara en aquel momento: una básica de gris seriedad, otra ojerosa que reflejaba mi cansancio y debilidad a causa de mi estado de salud, una tercera representando la mezcla de descontento y tristeza ante la falta de una XL con la que poder vestirme y, por último, una expresión de asustada sorpresa ante el inesperado dependiente que, intuyo, me hacía parecer además de feo, un poquito gilipollas.

Bueno, pues a pesar de tan evidente ausencia de belleza, aquel hombre hizo a continuación algo que a día de hoy sigue desconcertándome: echó mano de su teléfono, hizo una rápida búsqueda en el mismo y, mientras lo señalaba efusivamente me dijo en inglés: "¡te pareces a éste! ¡Te pareces a éste!"

Siguiendo su indicación, miré a la pantalla, y descubrí con sorpresa en la misma a un Ryan Gosling que me miraba fijamente.

fuente: getty images

Ryan Gosling. EL PUTO RYAN GOSLING.

fuente: biography.com

Pero ¿cómo me iba a parecer yo a Ryan Gosling, si Ryan Gosling ESTÁ BUENO?

fuente: gq

Perplejo, solté la diminuta sudadera que había tenido entre mis manos hasta que se produjo la halagadora interrupción y respondí con un incrédulo "gracias" para acto seguido huir del lugar y de una situación que no estoy para nada acostumbrado a protagonizar.

Tras darle vueltas a esta anécdota, he tratado de buscar una explicación a lo que ocurrió, y aunque no la he encontrado, he desarrollado varias teorías:

La primera es que realmente me parezco a Ryan GoslNO. Ya os digo yo que no.

La segunda es que el dependiente me dedicó aquel cumplido con la idea de camelárseme para que adquiriese una de sus prendas, pero su esfuerzo habría resultado inútil habida cuenta de la diferencia de tamaño entre su oferta y mi demanda.

La tercera es que, en un ejercicio de racismo inverso y lección de humildad, para aquel vietnamita todos los occidentales nos parecemos a Ryan Gosling porque todos los occidentales somos iguales. Y aquí no tendría nada que discutirle porque ya os conté cuánto me costó encontrar a Perún entre la marabunta de guías camboyanos cuando visitamos Angkor Wat.

Sea como fuere, al final puedo decir me han comparado con Ryan Gosling y con eso que me quedo, mira tú. Como remate a esta anécdota, os diré que cuando se la conté a mi mejor amigo, me hizo saber que a él una chica a la que conoció por internet le dijo que se parecía a Ryan Reynolds. Por ello, decidimos crear un grupo de Whatsapp sólo para nosotros dos llamado los rayans. Dicho grupo tiene la siguiente foto de perfil:

fuente: harper's bazaar

Si es que todo lo que tengo de feo lo tengo de ingenioso.

Aquel mismo día, minutos después, pasó otra cosa curiosa.

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lunes, 10 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Hola otra vez, Hanoi

Después de tantos días (y tantas entradas, aunque no me arrepiento de nada), tocó decir "hasta siempre" a Tam Cốc, no sin antes disfrutar de un desayuno en el restaurante del hotel que una vez más incluyó el saludo de las cocineras, recoger la ropa que había dejado en la lavandería sita frente al hotel la noche anterior y pagar por nuestro alojamiento. Y en este último detalle me voy a detener un párrafo, que he empezado yo hoy muy acelerado, me parece a mí.

Mencioné en su día que cuando llegamos al hotel de Tam Cốc fuimos recibidos por un simpatiquísimo recepcionista llamado Dí, y quiso la casualidad cerrar este capítulo en redondo y regalarnos su presencia también al irnos, pues fue Dí el encargado de hacer el trámite. Por un quítame allá esta inflación de la hostia, los precios en la moneda del país solían incluir muchos más ceros de lo que tenemos por costumbre en Europa (aunque al paso que va la burra, a lo mejor terminamos igual aquí, que mis últimos tickets de la compra del Lidl parecen salidos del supermercado del Corte Inglés), y la factura del hotel ascendió a no recuerdo cuántos millones de đồng. Dí, sin perder su amable sonrisa, se equivocó y nos dijo que el precio era no recuerdo cuántos millones DE EUROS; y Jorge, en tono de broma y con ese don que tiene para mantener conversaciones agradables con todo el mundo (pero qué envidia le tengo, joder) respondió que menudo robo, provocando la carcajada del vietnamita. Además, aprovechando el ambiente que se había establecido, le echó un poco más de morro y, como si de mi propia abuela que en paz descanse cuando usaba el comodín de "oye, que soy pensionista" se tratase, le dejó caer a Dí lo buenos huéspedes que habíamos sido y pidió su confirmación ante este enunciado.

Y Dí nos regaló sendas carteras de señora. Un cielo de chaval, insisto.

Lo del don de Jorge aún salió a relucir una vez más aquel día, pocos minutos después, cuando ya nos encontrábamos de camino a Hanoi. Y es que, recién arrancada la furgoneta en la que nos dirigimos a la capital vietnamita, capté un par de frases de la conversación que mantenían los tres miembros de una familia española, para luego comentarle a Jorge "ésos son de tu tierra" y quedar así como un garrulo en lo que a acentos se refiere.

Me explico: Jorge, es extremeño (como Robe), y aquellos tres resultaron ser de Málaga. De todas formas, esto no impidió que Jorge les diese palique durante casi todo el trayecto, por supuesto, y les contase, entre otras cosas, que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

Yo me quedé callado (en parte porque aún no me había curado del todo de mi infección de garganta y mi organismo seguía a medio gas y en parte porque soy así de seto). De hecho, en cierto momento del viaje, usando como nana aquella ajena conversación en la que acentos castúo y andaluces se entremezclaban y a mí me seguían pareciendo iguales, y aprovechando que el conductor no compartía los instintos suicidas del que nos dejó en Tam Cốc días atrás me eché una reparadora siesta.

La socialización que se curró mi compañero de viaje nos vino de perlas al llegar a Hanoi. El hotel en el que debíamos de alojarnos aquella noche estaba cerca del aeropuerto (que pillaba a varios a tomar por culo de distancia del centro) porque teníamos un vuelo programado a la mañana siguiente (pero no adelantemos acontecimientos), y nuestro plan original consistía en pasar el día en la ciudad.

Y ¿qué teníamos pensado hacer con nuestro equipaje durante todo ese tiempo? Pues contábamos, panolis de nosotros, con encontrar un bar o similar con un personal lo bastante amable y de fiar como para cuidar durante la jornada de nuestros mochilones y el sombrerito que Jorge se había comprado días antes mientras nosotros turisteábamos. Bueno, pues al final los malagueños nos ofrecieron dejar todo en la consigna de su céntrico hotel, siempre y cuando al personal de dicho hotel les pareciese tan bien como a los del hipotético bar o similar.

Y los del hotel dijeron que vale. Así que moraleja: si coincidís con gente de Málaga en un viaje a Hanoi, dadles palique.

Nos despedimos de aquellos compatriotas y al final, mira tú, sí que fuimos a un bar cercano, aunque libres de equipaje, y Jorge se interesó por el café de comadreja: una especialidad que se caracteriza porque sus granos, antes de ser tostados, se han dado un paseíto por el sistema digestivo de dicho animal. Sí, suena asqueroso y no sé si sabrá igual porque al final ni él ni yo adquirimos el producto. Jorge perdió el interés y yo por aquel entonces contaba con una cafetera senseo de las de monodosis de papel. Además, no nos quedó muy claro si el establecimiento contaba realmente con la carísima variedad cafetera o no. De todas formas, nos tomamos uno sin exquisiteces preparado según la modalidad vietnamita (modalidad que describí hace no mucho), y su templada temperatura no ayudó a que me encontrase mejor.

Tampoco ayudó demasiado la sopa de tallarines que comí poco después en el mismo restaurante lleno de turistas en el que almorzamos la primera vez que pasamos por aquí (no, no nos la quisimos jugar buscando un sitio nuevo). Qué triste, ni café ni sopa caliente me rescataron de mi abatimiento; pero decidí que por muy hecho mierda que estuviese, ya había perdido demasiado tiempo metido en cama cuando debería haber estado viendo cosas por hallarme en la otra punta del mundo.

Así que me arrastré tras Jorge y nos pusimos a ver cosas. Lo primero que vimos fue un local de ropa cercano, que culturalmente no aportará nada a mi viaje, pero es que en el mismo me pasó una cosa de una trascendencia tal, que os la voy a tener que contar en entrada aparte (y si os parece ruin, os aviso de que no es la última vez que pienso hacer hoy algo así). De todas formas, añadimos la nota cultural al acercarnos a la Pagoda de Pilar Único. Como su nombre indica, se trataba de una pagoda situada sobre un único pilar, y por si no me creéis le voy a robar a Jorge una foto que lo demuestre:


En la zona, por cierto, había carteles relativos a cierta corriente budista sobre las leyes de la causa y el efecto con ilustraciones loquísimas. Mientras planificaba la monstruosidad que lleváis meses leyendo tuve la ocurrencia de intentar hacerme con copias de los carteles y convertir el proceso en parte de la historia, pero nunca llegué a ponerme a la tarea y en parte me alegro porque me da que no voy a tener espacio antes de que acabe el año para esta misión secundaria. Os dejo un ejemplo de uno de los carteles que he encontrado por internet y así os hacéis una idea, que tenía su chicha:

fuente: reddit
Y el resto de carteles, con imágenes por el estilo

También estuvimos frente al cercano mausoleo de Ho Chi Minh, pero en vez de entrar en el mismo entramos en otra cafetería en la que un café, esta vez bien caliente, y un trozo de pastel me ayudaron a recuperar las fuerzas. Y si a los nutrientes le sumáis que pude distraerme un rato a base de pedirle a Jorge nombres de actores y actrices para jugar con ellos al oráculo de Kevin Bacon (especialito que es uno), al final me encontraba bastante bien cuando llegamos a una tienda en la que adquirí el producto que menos os esperaríais.

Os dejo que paséis unos segundos intentando adivinar qué era, y os daré la solución en un par de entradas (pero qué ruin soy, insisto).

Nuestro paseo de aquella jornada finalizó a orillas del lago Trúc Bạch, donde echamos un buen rato hablando mierda de compañeros del trabajo y conocidos varios. De allí volvimos al hotel que no era el nuestro para recuperar nuestros equipajes y el sombrerito de Jorge, y tras pedir un taxi que nos recogió en la puerta comenzamos el larguísimo trayecto a nuestro alojamiento.

Fijaos si dicho trayecto fue largo, que va a terminar en otra entrada.

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lunes, 3 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Las friegas

Después de haber recorrido el largo camino en el que se ha convertido mi relato sobre nuestra estancia en Tam Cốc, voy a cambiar de tema para pasar a hablaros de Maísa. Maísa (aunque quizá su nombre era en realidad Marisa y yo siempre lo oía mal) era la masajista a la que los miembros de mi familia acudíamos cada vez que nuestro habitual estoicismo vallisoletano se quedaba corto a la hora de encarar la dolencia muscular de turno. Su consulta, que era a la vez su vivienda, contaba con el permanente olor de los aceites que aplicaba para luego restregar con la fuerza que su avanzada edad le permitía, acompañando cada movimiento con una dificultosa respiración que me causaba una mezcla de preocupación y miedo.

Y es que yo era un impresionable mocoso (nunca mejor dicho, y enseguida veréis por qué) de 5 años cuando Maísa, que en mi casa era definida como curandera además de masajista, lidió con mis vegetaciones. Mi madre rechazó que pasase por quirófano (pues ella tuvo que hacer lo propio tiempo ha y la experiencia no debió ser nada agradable), dejando mi salud respiratoria en manos de aquella mujer. Durante no recuerdo cuántas sesiones su tratamiento consistió en un repetitivo y enérgico frote de mis muñecas a las que posteriormente anudaba siete veces sendas tiras de trapo que yo debía portar hasta la siguiente cita.

¿Funcionó aquel ritual de las ridículas y caseras pulseritas? Pues no os lo vais a creer, pero inexplicablemente, el tratamiento resultó ser mano de santo. Bueno, más bien mano de Maísa, pero ya me entendéis. Mi yo escéptico quiere pensar que en realidad hubo una remisión y el tratamiento fue una pérdida de tiempo y dinero, pero mi yo bloguero necesitaba un comienzo de entrada y ha tocado hablar de aquella vez que me libré de las vegetaciones sin que tuviese que mediar bisturí alguno.

Ahora que lo pienso, es posible que ya os haya contado esta historia en el pasado (mi cerebro está especialmente gilipollas últimamente. Hace dos días me puse la peli Donnie Brasco y no pude dejar de pensar en todo momento que ya la había visto), pero me da igual.

El que acabáis de leer es el primer recuerdo que guardo relacionado con los masajes. Podría haber mencionado a Felipe, otro masajista/curandero similar que tomó el relevo de Maísa, o a Helga, una joven que estaba de prácticas en una clínica de fisioterapia, me trató una lesión que me hice en la espalda por no saber levantar pesas y que dejó aquello para meterse en un bachillerato de artes y así perseguir su verdadera vocación; o a Babs, la fisioterapeuta que actualmente se encarga de deshacer todo el daño que ejerce sobre mi espinazo el verme obligado a pasar horas y horas sentado frente al ordenador a cambio de un salario.

Sin embargo, no voy a entrar en detalles acerca de estos personajes. En primer lugar, porque me he propuesto no marcharme a comer hasta terminar esta entrada y ya me está entrando hambre; y en segundo lugar porque el tema del que yo quería hablar hoy y no estoy siendo capaz de arrancar es el relativo a los masajes que cayeron durante nuestro viaje.

No fueron pocos. Y es que, si el concepto "masaje tailandés" es mundialmente popular, no os quiero ni contar cuando hablamos de la propia Tailandia (y por extensión y porque tiro porque me toca, de Camboya y Vietnam también). Cientos de locales ofrecían este tratamiento allá donde íbamos, y aunque sus instalaciones diferían de lo que estamos acostumbrados a ver con nuestros privilegiados ojos occidentales, los resultados obtenidos hicieron que, al menos para mí, cada sesión valiese la pena.

Yo aquí no estuve, pero es que no me dio por sacar fotos de ningún local de masajes y me toca robar una que hizo Jorge mientras pasaba media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas

El primer masaje cayó en Bangkok, al final del primer largo día que pasamos en la capital Tailandesa. Mi impresión al entrar en el lugar fue la de encontrarme en un hospital de campaña (lo de los privilegiados ojos occidentales y tal), aunque aquella sesión que culminó con la masajista clavándome los codos en las costillas y paseándose por mi espalda mientras se agarraba a unas barras situadas sobre el colchón que hacían que aquello pareciese la jaula de un mono, constituyó el remedio perfecto para el vuelo en clase turista por el que había pasado horas antes.

A este primer masaje siguió otro en el mismo sitio a los dos días. En esta ocasión, Jorge también se unió a la experiencia, por lo que ocupamos colchones adyacentes, y mientras que él era tratado por una mujer de mediana edad, a mí me tocó un maromo que, si bien tenía la espalda como un frigorífico, no es que contase con estatura ni flexibilidad suficientes como para poder llevar a cabo conmigo el gran final que tenía en mente: tras pedir que me sentase y hacer lo propio detrás de mí, se propuso usar sus cuatro extremidades para emular una llave de lucha libre o algo por estilo. Pero es que servidor mide lo que mide, chico, así que sus inútiles esfuerzos y pataleos al aire provocaron la risa de su compañera, que a su vez provocó la rosa de Jorge, que a su vez provocó mi risa y que a su vez provocó la risa del masajista.

Pero qué divertido fue aquello, oye.

El tercer masaje, ocurrido durante nuestro segundo día en Camboya, no incluyó risas. De hecho, al pobre Jorge no le hizo ni puta gracia. Y es que el personal encargado de la tarea no sólo no masajeó con la intensidad deseada por mi compañero de viaje (aunque a mí me relajó que no veas), sino que el pobre recibió una cantidad de aceite tal que lo dejó embadurnado cual si de una cucaña se tratase.

Del cuarto masaje, en el que también participaron las dos valencianas a las que conocimos en Cát Bà, puedo deciros que fue un show. Y es que al presentarnos cuatro personas en el local y hacer necesario el uso de ocho manos, la encargada tuvo que salir a buscar ayuda porque en aquel momento no contaban con personal suficiente. Antes de empezar, y temeroso de recibir otro masaje blandengue como el camboyano, Jorge dejó claro que querría ponerse en manos de quien fuese capaz de hacer más daño.

Al día siguiente, ya sin la compañía de las de Valencia, Jorge y yo volvimos al mismo lugar. Él insistió en su deseo de querer abandonar el local entre dolores, pero yo no. Yo quería relajarme tras haber pasado horas a lomos de una motocicleta. Y mi masajista, llegado cierto punto, se dedicó a quitarme espinillas sin que yo me atreviese a decir nada, pues no sabía si aquello era parte del tratamiento o si a la pobre le aburría mucho su trabajo.

Por último, cayó un masaje en Tam Cốc al que Jorge no quiso unirse porque le invadía el sueño, y no pudo ser en otro sitio que en el centro cuyas dependientas socializaron con nosotros tan a menudo, bien para venderle a Jorge un jersey de lana verde horroroso con una pantera en el pecho que, meses después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa, bien para recomendarme qué cenar en el restaurante vegetariano de enfrente y darme caramelitos de menta al saber que me estaba poniendo malo, o bien para simplemente saludar entre risas mientras se pintaban las uñas entre sí.

La verdad es que el sitio era lujoso en comparación con los que habíamos visitado hasta entonces: aquí me dieron ropita que ponerme durante la sesión y la habitación se hallaba iluminada únicamente con velas. Y no sé si fue debido a este ambiente tan acogedor, o porque la encargada se tomó demasiado en serio que le pidiese un masaje muy relajante, pero al terminar tuvo que darme un par de toques en el hombro, pues acabé irremediablemente roncando como un ceporro.

Qué vergüenza, tú. En fin, me marcho a comer. Hasta otra.

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lunes, 27 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc VI: mucha carretera

No sé si lo he dicho hasta ahora, pero a Jorge no le costaba nada salir de la cama cada mañana. Por ello, cuando yo apagaba la alarma de mi móvil y empezaba a maldecir las pocas horas de sueño previas, mi compañero de viaje ya estaba en la puerta de la habitación con ropa de calle dispuesto a dar cuenta del desayuno del hotel de turno. Y aquella mañana no fue una excepción. Además, no sé si fue porque a mí lo de ir en moto me debe vaciar las pilas más de lo normal y el día anterior tuvimos rato de moto para dar y tomar, o porque mi infección de garganta aún seguía dándome guerra, pero recuerdo que en el día que nos ocupa me costó más de lo normal escapar de las sábanas.

De todas formas, llegar al restaurante de nuestro alojamiento para poder disfrutar de lo que las amables cocineras que salían a saludar nos habían preparado (aquella mañana había algo que, si no era oreja rebozada, se le parecía lo suficiente como para hacer mis delicias), me espabiló lo suficiente, y una vez nutridos y encafetados como era debido, Jorge y yo nos dirigimos a recepción para recoger sendas motos de alquiler. Curiosamente, una pareja de españoles hizo lo mismo, aunque ellos prefirieron compartir un único vehículo de dos ruedas. En el rato de cháchara que compartimos antes de ponernos en marcha, nos relataron que habían viajado a Laos, recomendándonos ese destino, y Jorge les contó que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

Si el día anterior nuestras motocicletas nos habían llevado lejos, en esta ocasión doblamos la distancia, pues nuestro destino era un parque nacional cuyo nombre no me interesa buscar ahora (y, las cosas como son, a vosotros os da exactamente igual. De hecho, podría inventarme un nombre como Trăng Diữc o Fống Pu Târc y no os molestaríais en comprobarlo. Y luego que si os engañan con noticias falsas). Por el camino, paramos ante un grupo formado por campesinos y campesinas que nos hizo recordar al de la víspera, pero no habiéndonos ni siquiera apeado, los hombres de dicho grupo nos invitaron con gesto serio a seguir nuestro camino, y nosotros aprendimos la lección.

Llegamos entonces al susodicho parque nacional de desconocido nombre, y quiso la casualidad que la pareja de españoles hiciese acto de presencia también. Ellos habían tomado otra ruta, y nos contaron que en una intersección, todos y cada uno de los vehículos que tenían delante se habían saltado un semáforo en rojo con todos sus huevazos, por lo que a ellos no les quedó otra que hacer lo mismo, so pena de que quienes venían detrás les regalase una pitada de padre y muy señor mío. Sin embargo, a ellos, por turistas y por panolis, los dos policías que había en la zona acechando les hicieron parar y soltar trescientos euros de multa (muchos millones de Đồngs al cambio).

Sintiendo un vergonzoso alivio por no haber sido nosotros las víctimas del sistema policial vietnamita, nos volvimos a despedir de nuestros compatriotas y, tras adquirir en la entrada la ídem al parque, recorrimos varios kilómetros a bordo de las motos sin encontrar más atracciones que una cueva y este viejísimo árbol:


Viendo que poco más podríamos visitar allí por mucho que nos adentrásemos, dimos media vuelta. Antes de abandonar el lugar, quisimos entrar al santuario de monos o al bar situados a la entrada, pero ambos estaban cerrados, así que nos despedimos con una mezcla de decepción y estoicismo (pues un parque nacional no está para entretener a turistas, coño) y pusimos rumbo a otra clase de santuario. En esta ocasión, de osos.

En este nuevo lugar, una de las empleadas nos recibió contándonos que los úrsidos del lugar habían sido rescatados de las redes de tráfico de bilis que los mantienen encerrados en diminutas jaulas durante toda su vida mientras les extraen este líquido de la vesícula. Líquido que es usado como remedio en la medicina tradicional china.

Muy triste todo. Y si vosotros, al igual que yo, estáis coleccionando motivos para perder la fe en la humanidad, pues aquí tenéis otro. Pero bueno, al menos en este sitio había gente intentando poner remedio dentro de lo posible a semejante salvajada.

Tras dar un paseo por una pasarela que recorría el lugar a varios metros del suelo y vislumbrar algún que otro osete, pasamos por la tienda de regalos donde compré una sudadera que me pongo bastante a menudo y por el restaurante donde dimos cuenta de un plato de algo que no recuerdo. Al salir de allí nos cruzamos con un grupo de chicas motorizadas preocupadas porque una de ellas no era capaz de arrancar la suya, y Jorge, toqueteando no sé qué botones en el manillar, fue capaz de solucionar su problema.

Qué apañado este chico, de verdad os lo digo.

La siguiente parada de nuestra ruta fue la ciudad de Ninh Binh. Una vez aparcamos en este núcleo urbano nos metimos en un supermercado, y aquí Jorge aprovechó para comprarle café a un montón de conocidos y yo me pillé por las risas una caja grande de chicles con las caras de los BTS que he tardado dos años en acabarme. Queriendo evitar la hora punta, Jorge pidió que nos largásemos de Ninh Binh rapidito, pero eso no evitó que terminásemos metidos en el loquísimo tráfico vietnamita, para nerviosismo de mi amigo y disfrute mío, porque yo debo tener algún problema, pero es que experiencias así me resultan interesantes, oye.

Al final, tras haber recorrido sesenta kilómetros desde por la mañana y hacer una breve parada en una gasolinera a la entrada de Tam Cốc en la que poder rellenar los depósitos, volvimos al hotel e hicimos entrega de los vehículos. Aprovechando la presencia de una lavandería justo enfrente, y calculando los días que aún le quedaban a nuestro viaje, hice una última colada y luego fui con Jorge al restaurante que también hacía las veces de farmacia y del que os hablé en la entrada en la que cuento cómo me puse malo. Aprovechando el buen tiempo, ocupamos una mesa de la terraza, y antes de que nos sirviesen la cena apareció por allí Irlanda (bueno, Ireland), la chica de Hawai que el día anterior me confirmó que el fútbol aburre a los estadounidenses y que decidió unirse a nosotros sin preguntar si nos parecía bien y sin que a nosotros nos pareciese mal. De la conversación que mantuvimos durante los siguientes minutos no me acuerdo muy bien, y es que yo andaba distraído como si fuese un chiquillo tonto viendo pasar a las decenas de autobuses de dos pisos que hacían parada allí cerca. Permitidme que hable un poquito de este tema antes de dar la entrada por acabada.

Resulta que los autobuses nocturnos son un medio de transporte muy habitual en el país. Los mismos están equipados con camas para que los pasajeros puedan dormir durante el trayecto... en teoría. Una de las muchas personas con las que llegamos a intercambiar unas palabras durante aquellos días nos contó que había viajado en un trasto de éstos y que el trayecto había consistido en una sucesión de volantazos, acelerones y frenazos a una velocidad endiablada, y que una de las pocas veces que se atrevió a descorrer la cortina para ver lo que había del otro lado del cristal, pudo contemplar horrorizada cómo un bus similar al suyo había volcado y decoraba lúgubremente el terraplén junto a la carretera.

Que sabiendo esto, uno se asusta menos al pensar en cómo fue nuestra llegada a Tam Cốc, ¿verdad? Pero bueno, dejando disgustos a un lado (sí, a un lado de la carretera, JOJOJOJO. Perdonadme por el mal chiste), la apacible cena tocó a su fin y nosotros nos despedimos de aquella peculiar muchacha para dirigirnos al hotel. Al día siguiente abandonaríamos Tam Cốc para siempre, y yo no quise perder la oportunidad antes de irme a dormir para recibir un masaje en el centro de estética situado junto al hotel. Pero lo de aquel masaje, y todos los demás que recibí, lo dejo para otra entrada.

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lunes, 20 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc V: un dragón y socialización internacional

Quiero empezar esta entrada planteando un acertijo. Mirad la siguiente foto y decidme: ¿qué es lo que falta?


Os diré yo lo que lo que falta porque no lo vais a adivinar. Lo que falta es que yo me acuerde de dónde nos tomamos esos cafés con huevo. Y es que, haciendo memoria del recorrido que Jorge y yo hicimos de vuelta a Tam Cốc desde el complejo espiritual y cultural Bái Đính, no guardo recuerdo de haber parado a hacer dicha consumición.

Me ha pasado lo mismo que me pasó al tratar de describir el tercer  y el cuarto de nuestros días en Bangkok. Si es que claramente chocheo.

De lo que sí que me acuerdo es de otra parada que hicimos. Ésta en un precario local de un diminuto pueblo que hacía las veces de gasolinera y tienda de ultramarinos. Su dependienta llenó nuestros depósitos ante mi atenta mirada (pues aprendí la lección en Cát Bà), y ya que no teníamos prisa por ir a ningún sitio, nos jalamos allí mismo sendas bolsas de lo que creo que eran patatas fritas antes de continuar la ruta.

Arrancamos de nuevo, llegando pasados unos minutos a la montaña del dragón de Ninh Binh. Jorge había estado allí el día anterior, y me recomendó que yo hiciese lo propio ya que merecía la pena visitarla.

Merecía la pena visitarla una vez, aclaro, porque él prefirió seguir su camino de vuelta y yo me quedé allí enfrentándome a las infinitas escaleras que llevaba a la cima y que se las hicieron pasar putas a mi organismo aún no recuperado de la infección de garganta que había decidido hacerme compañía durante aquellas jornadas.

Eso sí, una vez arriba, tuve que darle la razón a Jorge porque el sitio era espectacular. Y es que ojito a las vistas:


Insisto: ojito a las vistas:


Una vez más (la última, lo prometo): OJITO A LAS VISTAS:


Del dragón que daba nombre a la montaña y que coronaba su cima también saqué fotos, pero no le hacen justicia:




Al bajar, pasé de nuevo junto al lisérgico paseo que llevaba al pie de la montaña, del que no os he hablado todavía porque tenía mucha prisa por contar lo de las escaleras y tal. El sitio estaba lleno de lucecitas y esculturas surrealistas pensadas para ser el fondo de millones de imágenes instagrameables. Yo, que no contaba con compartir selfies en ninguna red social, no retraté aquellas escenas, pero sí que reparé en que había muchas estatuas de Danbo, el personaje con forma de caja de Yotsuba. Y como a mi hermano le gusta, pues a eso si que le eché un montón de fotos que le mandé por Whatsapp al momento. Fotos que vosotros, sufridos lectores, vais a tener que ver ahora porque me da que esta entrada se me va a quedar corta y tengo que rellenar con lo que sea:









Total, que tras haber perdido fuelle a base de subir escaleras y espacio en mi móvil a base de fotografiar danbos, volví al hotel y me reencontré con Jorge, siendo ya de noche y hora de cenar. Buscamos entonces un restaurante en el que poder saciar nuestros apetitos y, por el camino, pasamos junto a un karaoke en el que los españoles que nos dieron el coñazo cuando llegamos aquí días atrás le estaban dando el coñazo a todos los que se encontraban allí en aquel momento.

Terminamos por arrimarnos a un grupo de turistas entre los que se encontraba el francés que ya cenó con nosotros en Cát Bà la tarde que llegamos a dicha isla (lo he dicho más de una vez y lo repito: al final todos acabábamos coincidiendo con todos en todas partes). Este grupo estaba compuesto en su mayoría por polacos y franceses, y quiso la casualidad que en la tele del restaurante se estuviese emitiendo el Polonia - Francia del Mundial de Catar, lo que causó que, por una parte, hubiese cierto pique de cachondeo entre los comensales y, por otra, muchos de ellos pasasen de socializar y centrasen su atención en la caja tonta en vez de escuchar a Jorge contar a quienes sí que estaban pendientes que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

De todas formas, lo del partido de fútbol me vino de perlas para romper el hielo con una muchacha con una historia de vida de lo más interesante: estadounidense de veinte años, era la dueña de una empresa de limpieza en su Hawai natal y estaba aprovechando para viajar por la zona antes de desplazarse a Filipinas con la intención de conocer a su padre. Y encima se llamaba Irlanda (bueno, Ireland).

Si alguno de estos detalles (o directamente todos) era falso, me dio igual, pues yo lo que quería era confirmar si era cierto que a los de USA el fútbol les parecía un deporte aburrido. Pues bien, Irlanda me confirmó que sí, añadiendo a su vez que no entendía cómo los europeos podían tirarse dos horas pendientes de veintidós futbolistas corriendo de acá para allá y marcando sólo un par de goles durante todo ese rato.

"Bueno, a veces ni eso. A veces el partido termina con empate a cero" aclaré yo, provocando que a Irlanda se le pusieran los ojos en blanco de pura incredulidad.

Pasaron entonces varios minutos llenos de conversación lo bastante nimia como para que no merezca la pena hablar de ella aquí, y cuando el cansancio se apoderó de nosotros, Jorge y yo volvimos al hotel haciendo parada en una tienda de comestibles en la que adquirimos sendos huevos sorpresa de Pokémon falsísimos con la intención de regalárselos a nuestras respectivas frikis parejas. Jorge abrió el suyo y, decepcionado ante el trozo de plástico cutre que hacía las veces de regalo encontrado en su interior, procedió a entregárselo al primer crío que se cruzó en su camino, quedando muy bien ante éste y ante su madre.

Yo no, yo guardé mi huevo por muy falso y muy cutre que fuese y se lo di a mi novia cuando volví a Austria días después. Pero también le hice otros regalos mejores, diré en mi defensa.

Aquel día tan largo que me ha ocupado dos entradas llegaba a su fin, y para rematar el mismo, las mismas chicas del centro de masaje y estética con las que habíamos interactuado varias veces desde nuestra llegada a Tam Cốc y que en esta ocasión jugaban a pintarse las uñas unas a otras, nos dieron las buenas noches entre risas mientras Jorge y yo pasábamos delante de ellas, camino de nuestro hotel, buscando un descanso que nos permitiese enfrentarnos a una nueva ruta en moto, con aún más kilómetros, al día siguiente.

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