lunes, 22 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Información nutricional

Permitidme que hoy haga una breve cronología de mis hábitos desayuniles.

En una entrada perdida por el fondo de este cajón de sastre que es mi blog he llegado a mencionar que los desayunos de mi infancia consistían en un vaso de leche caliente con una pila considerable de galletas Tostarica. Esto en una época en la que calentar dicha bebida requería poner un cazo al fuego y vigilar que la espuma no rebosase y preparase un estropicio considerable al llenar de nata las piezas del fogón.

Sí, soy tan viejo que el microondas, por aquella época, era un elemento de ciencia ficción y no un utensilio de cocina. Sin embargo, el pequeño electrodoméstico terminó por hacerse un hueco en la encimera y su versatilidad permitió que me pasase a los cereales. Mis favoritos eran los Cheerios, aunque nunca le hice ascos a los Frosties o los Golden Grahams porque yo siempre he sido un imán para el colesterol del malo.

Entrado ya en la adolescencia, empecé a tirar de café y me aficioné a desayunar en bares que abren pronto. Las tutorías de primero de bachillerato, por ejemplo, las pasé casi todas con dos compañeros de clase jugando al chinchón entre cafés con leche y cruasanes a la plancha, y en un escenario similar desayudé a Pablo a aprobar el teórico.

De hecho, tengo tanto vicio al respecto que cada vez que vuelvo a Valladolid son más las veces que le digo "un desayuno con café con leche y cruasán a la plancha, por favor" a alguien que no conozco que las que me siento a la mesa en casa de mis padres para ventilarme algo preparado por mí. Y a veces hasta echo fotos del evento que, cual personaje de una peli bélica que sabes que van a ventilarse por sacar una imagen de su novia, contemplo una vez en Austria mientras escucho a Vera Lynn y cuento los días que faltan para que nos volvamos a ver:

Éste es de este mismo verano. Apreciad que el cruasán era tan grande que tuvieron que traérmelo en dos platos

Todo muy bucólico, aunque si hay algún nutricionista en la sala estará llevándose las manos a la cabeza. Pero que nadie se preocupe por mi salud cardiovascular, que a principios de los dos mil diez se dieron las circunstancias para que mi primera comida del día mejorase considerablemente.

Ya deberíais saber que en dos mil once formé parte de un grupo de becarios que pasaron mes y medio  trabajando a jornada completa en la capital de Irlanda a cambio de una línea en el currículum. Entre ellos, dos o tres habían estudiado formación profesional de química y por no sé qué ley no podían currar de lo suyo. Buscando solucionar tal vicisitud, los organizadores les colocaron como bedeles en albergues en los que el único producto químico al que tenían acceso era la lejía que echaban al agua de fregar. Pues bien, una de las afectadas, poniéndole buena cara a este mal tiempo laboral (aclaro que no tiene nada de malo ser un bedel que friega suelos, pero es que no es a lo que les dijeron que iban, coño) nos invitó a unos pocos a desayunar en el establecimiento en el que tuvo que currar (irónicamente, mi novia y yo volveríamos a ese sitio meses después, esta vez como huéspedes).

Teniendo en cuenta que se trataba de un hostel para mochileros, la variedad gastronómica al amanecer no es que diese para tirar cohetes. Peeero... Además de nutella y pan de molde, de la cocina salía una fuente de huevos cocidos, alimento que yo hasta entonces no había probado antes de las tres de la tarde. Y jalarme uno en un momento tan intempestivo me cambió la vida: saciaba más que la variedad azucarada de la que había dispuesto hasta entonces y me daba una energía que duraba hasta la hora del almuerzo. Desde entonces, la semilla de gallina pasó a ser un alimento de obligado consumo en mi dieta mañanera: de lunes a viernes cae un huevo cocido y los domingos me meto CUATRO fritos sobre tiras de bacon.

Los sábados... Depende. Un cruasán a la plancha o un tazón de cereales si me da mucha pereza manchar la sartén y usar un poquito de mantequilla que acaba mohosa en la nevera porque lo de vender dosis pequeñas pensando en gente que no tira de este lácteo a nivel industrial aún no lo han pensado en los supermercados austriacos. Lo importante es lo del huevo. Soy fan. MUY fan del huevo. Y no sólo cocido. Me gusta revuelto, frito, escalfado, en tortilla... Menos crudo, sea.

Y ahora es cuando hilo (el huevo hilado, paradójicamente, no lo he probado nunca. Pero si alguien quiere invitarme, sea) con la historia principal. Si habéis tenido la paciencia suficiente para leer las cincuenta y una entradas (que se dice pronto) que llevo publicadas sobre mi viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam, os habréis dado cuenta de que menciono el ingrediente huevil en muchas de ellas. Y si no, no os preocupéis, que os las enumero todas a continuación para que parezca que este post tan corto tiene más contenido:

  1. Cuando presenté el tema y en realidad no dije nada acerca del viaje en sí.

  2. Cuando fuimos a Ayutthaya.

  3. Cuando nos despedimos de Bangkok por primera vez (vale, aquí mencioné el huevo porque el desayuno no lo incluía. Dejad que haga trampas).

  4. Cuando nos pegamos el madrugón padre para ver amanecer en Angkor Wat.

  5. Cuando lo de trasnochar en Siem Reap se me fue un poquito de las manos.

  6. Cuando volví al hotel de Siem Reap hecho mierda porque lo de trasnochar se me había ido un poquito de las manos.

  7. Cuando dedicamos una tarde a socializar con los del trasnoche del día anterior en Siem Reap.

  8. Cuando pasamos nuestro último día en Camboya.

  9. Cuando descubrimos la locura que es Hanoi (y también descubrimos el café con huevo. Aunque en esta bebida tan endulzadísima no se nota la presencia de tal ingrediente, he de aclarar).

  10. Cuando nos despedimos de Hanoi por primera vez (vale, aquí tampoco lo comí. Dejad que vuelva a hacer trampas).

  11. Cuando me puse a los mandos de una motocicleta por primera vez en mi vida.

  12. Cuando nos despedimos definitivamente de Vietnam.

  13. Cuando me metí un Irish breakfast entre pecho y espalda en el restaurante de un hotel de Bangkok que no era el nuestro.

Comí huevo muchísimas veces en poco más de dos semanas, ¿verdad? Y lo hice por tres motivos: el primero, porque me encanta (que ya lo he dicho); el segundo, porque me da mucha energía (que ya lo he dicho también).

¿Y el tercero? Pues aquí es cuando tengo que contar un detalle personal de mi compañero de viaje Jorge. Y es que me confesó antes de comenzar esta aventura que había dos alimentos que no podía ver ni en pintura (y no le culpo, que yo también le tengo un asco irracional, en mi caso, a las aceitunas y al vinagre), so pena de sufrir arcadas. Uno de ellos era el arroz, aunque afortunadamente se curó de esta fobia antes de marchar para allá, que por aquella latitud esta gramínea es más habitual que el pan y nos lo sirvieron casi a diario.

Podéis imaginar cuál era el otro producto que asqueaba a mi amigo. Y si tenemos en cuenta que casi todas las veces que yo comí huevo fue delante de su puta cara, también podéis deducir que el tercer motivo por el que lo hice fue porque soy así de cabrón.

Venga, terminemos.

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