Después de haber recorrido el largo camino en el que se ha convertido mi relato sobre nuestra estancia en Tam Cốc, voy a cambiar de tema para pasar a hablaros de Maísa. Maísa (aunque quizá su nombre era en realidad Marisa y yo siempre lo oía mal) era la masajista a la que los miembros de mi familia acudíamos cada vez que nuestro habitual estoicismo vallisoletano se quedaba corto a la hora de encarar la dolencia muscular de turno. Su consulta, que era a la vez su vivienda, contaba con el permanente olor de los aceites que aplicaba para luego restregar con la fuerza que su avanzada edad le permitía, acompañando cada movimiento con una dificultosa respiración que me causaba una mezcla de preocupación y miedo.
Y es que yo era un impresionable mocoso (nunca mejor dicho, y enseguida veréis por qué) de 5 años cuando Maísa, que en mi casa era definida como curandera además de masajista, lidió con mis vegetaciones. Mi madre rechazó que pasase por quirófano (pues ella tuvo que hacer lo propio tiempo ha y la experiencia no debió ser nada agradable), dejando mi salud respiratoria en manos de aquella mujer. Durante no recuerdo cuántas sesiones su tratamiento consistió en un repetitivo y enérgico frote de mis muñecas a las que posteriormente anudaba siete veces sendas tiras de trapo que yo debía portar hasta la siguiente cita.
¿Funcionó aquel ritual de las ridículas y caseras pulseritas? Pues no os lo vais a creer, pero inexplicablemente, el tratamiento resultó ser mano de santo. Bueno, más bien mano de Maísa, pero ya me entendéis. Mi yo escéptico quiere pensar que en realidad hubo una remisión y el tratamiento fue una pérdida de tiempo y dinero, pero mi yo bloguero necesitaba un comienzo de entrada y ha tocado hablar de aquella vez que me libré de las vegetaciones sin que tuviese que mediar bisturí alguno.
Ahora que lo pienso, es posible que ya os haya contado esta historia en el pasado (mi cerebro está especialmente gilipollas últimamente. Hace dos días me puse la peli Donnie Brasco y no pude dejar de pensar en todo momento que ya la había visto), pero me da igual.
El que acabáis de leer es el primer recuerdo que guardo relacionado con los masajes. Podría haber mencionado a Felipe, otro masajista/curandero similar que tomó el relevo de Maísa, o a Helga, una joven que estaba de prácticas en una clínica de fisioterapia, me trató una lesión que me hice en la espalda por no saber levantar pesas y que dejó aquello para meterse en un bachillerato de artes y así perseguir su verdadera vocación; o a Babs, la fisioterapeuta que actualmente se encarga de deshacer todo el daño que ejerce sobre mi espinazo el verme obligado a pasar horas y horas sentado frente al ordenador a cambio de un salario.
Sin embargo, no voy a entrar en detalles acerca de estos personajes. En primer lugar, porque me he propuesto no marcharme a comer hasta terminar esta entrada y ya me está entrando hambre; y en segundo lugar porque el tema del que yo quería hablar hoy y no estoy siendo capaz de arrancar es el relativo a los masajes que cayeron durante nuestro viaje.
No fueron pocos. Y es que, si el concepto "masaje tailandés" es mundialmente popular, no os quiero ni contar cuando hablamos de la propia Tailandia (y por extensión y porque tiro porque me toca, de Camboya y Vietnam también). Cientos de locales ofrecían este tratamiento allá donde íbamos, y aunque sus instalaciones diferían de lo que estamos acostumbrados a ver con nuestros privilegiados ojos occidentales, los resultados obtenidos hicieron que, al menos para mí, cada sesión valiese la pena.
El primer masaje cayó en Bangkok, al final del primer largo día que pasamos en la capital Tailandesa. Mi impresión al entrar en el lugar fue la de encontrarme en un hospital de campaña (lo de los privilegiados ojos occidentales y tal), aunque aquella sesión que culminó con la masajista clavándome los codos en las costillas y paseándose por mi espalda mientras se agarraba a unas barras situadas sobre el colchón que hacían que aquello pareciese la jaula de un mono, constituyó el remedio perfecto para el vuelo en clase turista por el que había pasado horas antes.
A este primer masaje siguió otro en el mismo sitio a los dos días. En esta ocasión, Jorge también se unió a la experiencia, por lo que ocupamos colchones adyacentes, y mientras que él era tratado por una mujer de mediana edad, a mí me tocó un maromo que, si bien tenía la espalda como un frigorífico, no es que contase con estatura ni flexibilidad suficientes como para poder llevar a cabo conmigo el gran final que tenía en mente: tras pedir que me sentase y hacer lo propio detrás de mí, se propuso usar sus cuatro extremidades para emular una llave de lucha libre o algo por estilo. Pero es que servidor mide lo que mide, chico, así que sus inútiles esfuerzos y pataleos al aire provocaron la risa de su compañera, que a su vez provocó la rosa de Jorge, que a su vez provocó mi risa y que a su vez provocó la risa del masajista.
Pero qué divertido fue aquello, oye.
El tercer masaje, ocurrido durante nuestro segundo día en Camboya, no incluyó risas. De hecho, al pobre Jorge no le hizo ni puta gracia. Y es que el personal encargado de la tarea no sólo no masajeó con la intensidad deseada por mi compañero de viaje (aunque a mí me relajó que no veas), sino que el pobre recibió una cantidad de aceite tal que lo dejó embadurnado cual si de una cucaña se tratase.
Del cuarto masaje, en el que también participaron las dos valencianas a las que conocimos en Cát Bà, puedo deciros que fue un show. Y es que al presentarnos cuatro personas en el local y hacer necesario el uso de ocho manos, la encargada tuvo que salir a buscar ayuda porque en aquel momento no contaban con personal suficiente. Antes de empezar, y temeroso de recibir otro masaje blandengue como el camboyano, Jorge dejó claro que querría ponerse en manos de quien fuese capaz de hacer más daño.
Al día siguiente, ya sin la compañía de las de Valencia, Jorge y yo volvimos al mismo lugar. Él insistió en su deseo de querer abandonar el local entre dolores, pero yo no. Yo quería relajarme tras haber pasado horas a lomos de una motocicleta. Y mi masajista, llegado cierto punto, se dedicó a quitarme espinillas sin que yo me atreviese a decir nada, pues no sabía si aquello era parte del tratamiento o si a la pobre le aburría mucho su trabajo.
Por último, cayó un masaje en Tam Cốc al que Jorge no quiso unirse porque le invadía el sueño, y no pudo ser en otro sitio que en el centro cuyas dependientas socializaron con nosotros tan a menudo, bien para venderle a Jorge un jersey de lana verde horroroso con una pantera en el pecho que, meses después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa, bien para recomendarme qué cenar en el restaurante vegetariano de enfrente y darme caramelitos de menta al saber que me estaba poniendo malo, o bien para simplemente saludar entre risas mientras se pintaban las uñas entre sí.
La verdad es que el sitio era lujoso en comparación con los que habíamos visitado hasta entonces: aquí me dieron ropita que ponerme durante la sesión y la habitación se hallaba iluminada únicamente con velas. Y no sé si fue debido a este ambiente tan acogedor, o porque la encargada se tomó demasiado en serio que le pidiese un masaje muy relajante, pero al terminar tuvo que darme un par de toques en el hombro, pues acabé irremediablemente roncando como un ceporro.
Qué vergüenza, tú. En fin, me marcho a comer. Hasta otra.

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