lunes, 6 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc III: convalecencia y bicicleta

Recordemos: la noche anterior a la jornada de la que estoy a punto de hablaros me metí en la cama con una infección de garganta acompañada de su fiebre reglamentaria que exigía reposo absoluto, y no me quedó otra que cumplir: tras amanecer y bajar al restaurante del hotel para dar cuenta de un desayuno delicioso que no pude disfrutar como era debido por culpa de mi débil estado de salud preparado por dos simpatiquísimas cocineras que se acercaban cada pocos minutos a las mesas y preguntaban a los comensales que qué nos parecía aquello, me vi obligado a volver a la habitación y pasar allí encerrado la mitad del día, sin poder realizar actividades más allá de sacar alguna foto por la ventana que sirviese como prueba de que me encontraba en otro continente:


Jorge mantuvo su parte de nuestro pacto, y mientras yo agonizaba entre las sábanas, continuó representando su papel de turista: haciendo uso de una moto de alquiler proporcionada por nuestro hotel, se fue a visitar la pagoda de Bich Dong (esto no me dio mucha envidia porque yo también lo haría por la tarde, pero no adelantemos acontecimientos), recorrió arrozales, subió a la montaña del dragón de Ninh Binh (esto tampoco me dio envidia porque yo también lo haría al día siguiente, pero no adelantemos acontecimientos), recorrió durante cuatro horas no recuerdo qué río en una barca de remos pilotada por una cansada señora que de cuando en cuando pedía ayuda remadora a los demás pasajeros para poder avanzar, se coló en un taller de ebanistería y ayudó al personal a reparar una puerta llena de cenefas y filigranas, hizo buenas migas con unas campesinas que trabajaba la tierra al lado de la carretera (esto tampoco me dio envidia porque al día siguiente tal pero acontecimientos y tal) y se arrimó a un grupo de jóvenes vestidos con ropas tradicionales que se retrataba ante un templo budista.

Todo lo que os acabo de contar pasó de verdad, y para que me creáis voy a robarle una de sus fotos en la que se pude ver esto último:


Y mientras tanto yo, recordemos, hecho mierda en la habitación del hotel. Si es que manda huevos.

A la hora de comer, sintiendo que el descanso me había hecho recuperar la mitad de mis fuerzas, volví al restaurante de la camarera intensa en el que comimos la víspera buscando que una sopa de fideos y un té de jengibre me ayudasen a recobrar la otra mitad. Tras ello, me di un paseo de señor mayor por los alrededores y saqué tres fotos que paso a poner aquí abajo sin dar más explicaciones:




Animado ante la impresión de que mi enfermedad remitía, volví al hotel y pedí prestada una bici que me permitiese alejarme algo más de la zona. Mientras protagonizaba mi propia intro de Verano Azul sobre aquellas dos ruedas, pasé junto a un rincón bastante feo que me hizo acordarme de la choni que gritó lo de "mirar qué sitio mah bonito pa' echá fotoh" desde la furgoneta cuando llegamos aquí, por lo que decidí homenajearla y cumplir sus deseos:

Al menos había pollos. Y esa bici no era la mía

Mas adelante di con una curiosa y más bonita imagen en la carretera que no pude evitar registrar con mi cámara:


Llegué entonces a la pagoda de Bich Dong, y tras pagar por dejar allí la bici me adentré en el complejo para contemplar las distintas edificaciones budistas desperdigadas en aquella zona montañosa:




Tras adentrarme por estos rincones, mi organismo exigió algo reconstituyente, y me acerqué a un bar en cuya terraza, situada a orillas de un enorme estanque, me permitió tomarme un café vietnamita que en esta foto sale fuera de foco:


Como no se aprecia muy bien os diré que el café típico de esta zona consiste en una taza donde reposan café molido y agua que se filtran a través de los agujeritos del fondo para caer poco a poco en el alargado vaso que hace de soporte. Así, tras una interminable espera y de no tener muy claro si el café está de verdad listo o si tiene que seguir filtrando, uno puede disfrutar de una bebida que se ha quedado fría.

Pero qué mal acostumbrados estamos en occidente.

Mi siguiente parada fue el cementerio local porque memento mori en cualquier parte del mundo:


Tras sacar esta macabra instantánea recorrí varios kilómetros en la bicicleta de cortesía y llegué a la cueva Vai Gioi. Bueno, en realidad sería más preciso decir que llegué al pie de la escalinata que llevaba a la cueva Vai Gioi, y es que la gruta no estaba precisamente a pie de calle. Para poder adentrarse en la misma, primero había que subir un huevo de escalones, pues la misma se encontraba horadando la roca de la montaña. ¿Que cuántos escalones? Pues aunque en su momento me dio por contarlos, se me ha olvidado el número exacto, pero creo recordar que más de trescientos.

Más de trescientos estando enfermo, permitidme que insista y felicitadme por haber logrado llegar hasta allí.

Lo bueno de que la cueva contase con este dispositivo antivagos es que poca gente se atrevía a subir hasta la misma, por lo que pasé la mayor parte del tiempo que estuve dentro sin tener que soportar a otros turistas y disfrutando de un silencio de lo más relajante. También saqué esta foto desde las alturas:


Bajé después la interminable escalinata (lo cual resultó por suerte menos laborioso), y mientras me disponía a montar de nuevo en mi bici, un joven que había aparcado cerca su moto y que llevaba una chupa guapísima se me acercó sin mediar palabra. Yo, que pensaba que iba a sufrir una agresión, me dispuse a soltarle una galleta preventiva, pero antes de levantar la mano vi que se trataba de Jorge. Maldije que mi malestar se la estuviese jugando a mi cerebro de esa manera tan fea y dediqué un par de segundos a preguntarme que desde cuándo tenía Jorge aquella cazadora, pues no se la había visto hasta entonces.

Los dos nos dirigimos entonces a un lago cercano superpoblado de garzas con un restaurante en una de sus orillas superpoblado a su vez de turistas coreanos que armaban un escándalo atronador. Y yo supuse que aquella performance había sido organizada por el cosmos para así equilibrar el rato de silencio en la cueva. Pensamientos que tiene uno cuando está enfermo, ¿qué queréis que le haga?

Dejamos atrás el estanque, las garzas, el ruido y la cueva y volvimos al hotel. Y no os podéis imaginar cuánto agradecí que Jorge y su moto estuviesen conmigo, pues la noche tardó en invadir el lugar unos pocos segundos y tanto mi bici como el camino de vuelta carecían de luces. Por ello, mi compañero de viaje tuvo que situarse detrás de mí y conseguir gracias al foco de su bicicleta que no terminase metido en una zanja.

Llegamos al hotel sanos y salvos, devolvimos ambos vehículos y dimos un paseo por una zona de Tam Cốc que aún no habíamos recorrido. Tras pasar por una tienda en la que me compré un marcapáginas de tela que no os voy a enseñar porque me da una pereza horrible tener que levantarme a por él, sacarle una foto con el móvil, enviar la foto al ordenador y meterla en esta entrada, cenamos en un pequeño restaurante. En la mesa que había junto a la nuestra tres australianas mantuvieron en todo momento una conversación en un tono de voz que mi estado de salud, tan deteriorado por aquel entonces, consideró un pelín excesivo.

Y antes de irnos a dormir y dar por terminado aquella jornada cuya primera mitad me perdí, aproveché para entrar en una tienda de souvenirs que aún se encontraba abierta y hacerme con una cazadora falsísima de The North Face que no molaba tanto como la de Jorge, pero que cumplió con creces su misión abrigadora durante la escapada en moto que protagonizamos al día siguiente.

Por cierto, quien usa esa cazadora ahora y está encantada con ella es mi madre, fíjate tú.

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