Viajemos en el tiempo a mil novecientos noventa y poquísimo. Un jovencito yo se halla en el Hospital Militar de Valladolid. Vale que no es la primera ni la segunda vez que hablo de mi presencia en centros hospitalarios en este blog, pero que nadie se preocupe. La razón por la que mi version preescolar se encuentra en tal sitio es el haber ido a visitar a su padre, quien trabaja en la ventanilla y que en el momento que nos ocupa ha aprovechado la momentánea ausencia de pacientes para escaquearse de su obligación laboral (fíjate que eso, así como lo de tener siempre cara seria lo he acabado heredando). Niño y adulto dedican unos minutos a darle patadas a un balón de gomaespuma en uno de los desiertos pasillos, y el pequeño mocoso se lo está pasando en grande.
¿Veis? No era para preocuparse. Si he sacado a colación esta brevísima pero feliz anécdota ha sido porque quería compartir con vosotros mi primer recuerdo relacionado con el júrgol. Un deporte barra espectáculo barra negocio que para bien o para mal ha tenido más o menos relevancia a lo largo de mi vida.
Como todo niño español crecido en los noventa, la presión social causó que el balompié se convirtiera en una de mis principales aficiones y actividades mientras yo no pasaba del metro cincuenta. Los ratos de recreo en el colegio estaban OBLIGATORIAMENTE dedicados a darle patadas al esférico, y mis vecinos y yo solíamos pasar las tardes convirtiendo alguna calle del barrio en un improvisado terreno de juego cuando no nos dedicábamos a emular a los Power Rangers. Y si llovía, el protocolo exigía encerrarse en casa a ver a Oliver y Benji mientras tomábamos notas mentales que pondríamos en práctica en cuanto volviese a salir el sol.
Hablando del tema, durante varios años mi cama contaba con un juego de sábanas del mencionado anime que a uno de mis vecinos (quien vivía en la casa donde protagonicé "lo del estornudo") le daba especial envidia.
Pero las sábanas no eran el único elemento de merchandising futbolero que cayó en mis infantiles manos. Cada año, el quiosco de mi barrio se encargaba de suministrarnos a todos los chavales enyonkados por el balón chicles con pegatinas de la temporada liguera, y cada año me dejaba miles de pesetas en intentar sin éxito completar el álbum de turno. Para compensar, y gracias a que al final mi padre terminaba por hacerse responsable de la tarea y se iba él a cambiar los cromos las mañanas de sábado, logré finalizar al menos tres colecciones: dos sobre el Real Madrid y una con jugadores del Mundial del 94; campeonato que recuerdo haber seguido con especial interés desde el camping en el que estaba pasando las vacaciones con mi padres hasta que España se tuvo que volver a casa tras perder en cuartos de final frente a Italia en el famoso partido en el que Tassotti le dio a Luis Enrique un besito con el codo:
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| Trigger warning y tal |
Y si alguien ha levantado una ceja al leer lo de las colecciones de cromos del Madrid, que prepare la otra cuando os diga que dos bufandas del equipo blanco llegaron a decorar las paredes de mi dormitorio. Vale, primero fui del Barça (algo que dejé caer cuando hablé sobre Mike Oldfield porque a irme por las ramas no me gana nadie. En esa entrada también mencioné que mi padre curraba en un hospital porque también se me da de perlas repetirme), y tras una interminable temporada en la que mis compañeros de clase madridistas me tocaron demasiado los cojones debido a que el equipo culé sufrió una especialmente mala racha, me hice merengue para no tener que aguantarles. Años después, entrando en la adolescencia, pasé a seguir al Athletic de Bilbao porque Julen Guerrero me caía bien. Hasta conservo su camiseta y todo. Lo bueno de haber ido cambiando de equipo de fútbol es que pude ver a los tres en cada una de mis etapas darle un repaso al Real Valladolid en el Nuevo José Zorrilla (para quienes no lo sepan, el Viejo José Zorrilla es ahora un Corte Inglés). También acudí al estadio una tarde de jueves a ver una eliminatoria de Copa del Rey en el que el Pucela, para variar, salió victorioso, pero es que jugaba contra el Toledo y eso mucho mérito no tiene.
De este último encuentro recuerdo que me dirigí al campo con cierta preocupación, pues a pesar de que lo hacía en compañía de, una vez más, mi padre, en realidad debería haber estado jugando al fútbol sala, que era la actividad extraescolar a la que me apunté aquel año. De todas formas, mi inquietud desapareció a los pocos minutos de llegar allí cuando vi que nuestro entrenador también se encontraba en la grada.
Y ésa ha sido más o menos mi relación con el fútbol, dejando a un lado detalles como los buenos ratos que pasaba viendo El día después en Canal+ junto a (lo habéis adivinado) mi padre al volver de catequesis y que no he sabido cómo colar a lo largo de la narración que os estáis tragando, poco más o puedo contar. Mi interés por patear el balón desapareció definitivamente cuando descubrí que al final, más que un deporte, el fútbol es un negocio usado para enriquecer a personajes como Florentino Pérez o lavarle la cara a la dictadura de turno, lo que me hizo decidir que dedicaría mi tiempo libre y mi energía a otro tipo de actividades, como ser un friki del correr.
Vale que aún me lo paso en grande echando partidas al Soccer en el emulador de Game Boy y que mi fanatismo por la estadística haga que siga resultados y clasificaciones de cualquier torneo con un interés que roza lo enfermizo (llegué a programar un emulador de resultados de fútbol en... Excel. Soy de traca), pero se podría concluir que a estas alturas de la vida el balompié me la pela bastante. Para que os hagáis una idea, ante la invasión de información futbolera debida a que la Roja ganó la última Eurocopa yo sólo pude pensar "pero qué jóvenes son todos" cada vez que veía a los integrantes del combinado nacional, y cuando me corté el pelo en una barbería vallisoletana en la que puedo hacerme entender aprovechando mi estancia en la capital del Pisuerga y el personal empezó a mencionar a tal o cual jugador, deseé que no me intentasen meter en la conversación, pues era la primera vez que oía aquellos nombres (sigo convencido de que "Lewandowski" no es un nombre real y os lo habéis inventado para burlaros de mí).
Y si he rellenado alguna quiniela recientemente, no ha sido por afición futbolística. Pero esa es una historia que dejo para el año que viene.
Habiendo dejado claro entonces que el fútbol ni me va ni me viene, ¿qué fue lo que me incitó a comprarme la camiseta de la selección de Vietnam en la tienda oficial de la misma mientras Jorge y yo paseábamos aquella tarde por Hanoi?
La envidia. La misma envidia que sintió mi vecino al descubrir mis sábanas del nipón anime y que me dio haberse visto esta prenda días atrás al muchacho que nos llevó de excursión por la isla de Cát Bà.
Y lo peor de todo es que a día de hoy, años después de haberla adquirido, aún no he encontrado la ocasión de poder estrenarla.


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