lunes, 8 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Hola otra vez, Bangkok

Yo os debía una descripción hotelera y voy a empezar esta entrada saldando dicha deuda: la habitación en la que pasamos nuestra última noche en Vietnam, si bien contaba con sus dos camas reglamentarias, tenía alguna que otra característica que la situaba a un nivel inferior al de sus predecesores en mi tripadvisor particular.

Para empezar, la pieza se encontraba en un segundo piso y no había ascensor, y si bien es cierto que Jorge y yo contábamos con mochilones y mochilas (y el gorrito que él se compró en Hanoi días atrás), eso de tener que andar escaleras arriba con el equipaje restaba puntos, oye. El baño se encontraba en un estado permanente de condensación, una condición perfecta para que proliferasen decenas de bichitos voladores a los que no podíamos decir nada porque ya estaban allí cuando llegamos. Y, lo más divertido de todo, la habitación en sí era parte de la ruta de evacuación de emergencia. Os lo juro. Sobre la puerta de entrada había un cartel verde luminoso que indicaba a los huéspedes que, en caso de incendio o catástrofe similar, les tocaría pasar por nuestros aposentos y abandonar el edificio por otra puerta situada a los pies de mi cama que daba a unas escaleras exteriores desde las que podía verse (y escucharse con toda claridad) el tráfico de la autopista cercana.

Este último detalle fue el responsable de que el sueño aquella noche se dedicase a abandonarme cada vez que un vehículo especialmente escandaloso pasaba por allí. Por suerte, el desayuno del que pudimos disfrutar a la mañana siguiente (el recepcionista nos había preguntado, justo antes de que saliésemos en busca de la cena y acabásemos en aquel restaurante loco que qué queríamos para desayunar; y yo le dije que mucho café y un huevo) me ayudó a combatir el letargo, así que me encontraba bastante espabilado cuando la furgoneta encargada de llevarnos al aeropuerto nos recogió en la puerta del hotel a Jorge, a mí y a otra chica de la que no sé nada porque no mantuvimos conversación en el rato que el vehículo nos depositó en el aeródromo.

Y si ahora estáis esperando que os hable del check-in, el paso del control de seguridad, la espera al embarque, nuestra subida al avión, el vuelo con destino Bangkok, el nuevo paso por el control de pasaportes, la recogida de equipajes y el trayecto en taxi al hotel, lo lleváis claro, pues apenas me acuerdo y, lo que es peor, mi cerebro mezcla momentos de aquellas horas con otros similares que viví al volver de un viaje a Japón (éste no. Otro que hice años después con mi novia y mi hermano y del que no he sido capaz de sacar chicha suficiente como para transformarlo en entradas). De todas formas, estoy convencido de que lo que os voy a contar a continuación os va a resultar mucho más interesante. Ya veréis.

Resulta que Jorge, cuando empezó a planear a qué lugares ir, y considerando que pasaríamos por la capital tailandesa tanto al principio como al final del viaje, sugirió que en esta segunda ocasión nos alojásemos en la que él consideraba "la zona de los rascacielos", y así descubrir el contraste con el Bangkok más tradicional. Y vaya que si hubo contraste.

Los "rascacielos" de aquel barrio (Sukhumvit) eran edificios de oficinas en el que había establecidos varios negocios internacionales. Y claro, donde hay negocios internacionales hay hombres de negocios extranjeros que se encuentran lejos de casa. Y donde hay hombres de negocios extranjeros que se encuentran lejos de casa hay... prostitutas. Muchísimas prostitutas situadas en las aceras de aquellas calles que nos dirigían a Jorge y a mí, y a todos los hombres del lugar, un "hello..." o un "I love you..." cuando pasábamos a su vera.

Tengo que decir que aquello no me impresionó tanto porque sabía lo que me iba a encontrar. Que a nada que uno investigue cuando su destino es Tailandia acaba descubriendo que el tema de la prostitución allá es como el de las crêpes en París: un negocio tan floreciente como turbio. Lo que sí me dejó con el culo torcido fue que hubiese tantos (tantísimos) sugar daddies. Para quien no esté familiarizado con esta fauna, se trata de señores cincuentones o sesentones que mantienen aquí a su sugar baby: una muchacha que no suele llegar a la veintena. Durante unos días al año, el sugar daddy viaja a Tailandia y se reúne con ella para realizar habituales actividades de pareja como comer y cenar en restaurantes de la zona o encerrarse en el hotel y protagonizar escenas que prefiero que no os imaginéis; y cuando se deja ver con ella en público lo hace con una falta de pudor y un orgullo desatados al saber que, aquí, los sugar daddies son legión.

Que si la situación os da asco de por sí, esperad al retrato robot, pues estaban todos cortados por el mismo patrón: una piel de color "pechuga de pollo cruda" (pero de un tono especialmente feo, el de esa bandeja que nadie se atreve a coger en el supermercado), expresión de decrepitud típica de quien se ha pasado media vida desayunando cerveza y una calvicie nada bien llevada (que no es por nada, pero es que estaban todos calvos). Teniendo en cuenta semejante imagen, cada vez que me cruzaba con uno (y me crucé con decenas, insisto) apostaba mentalmente a que en la portada de su pasaporte había escritas las palabras "United" y "Kingdom".

Os lo dije, mucho más interesante todo esto, ¿verdad?

Pues allí estábamos Jorge y yo, en una selva de putas y puteros buscando un sitio en el que poder almorzar. Y encontramos uno que prometía ser todo un acierto: no sólo se encontraba lleno de comensales, sino que en el exterior había bastante gente esperando su turno ordenadamente gracias a que una de las camareras se asomaba de vez en cuando y repartía números. Nos arrimamos entonces a la muchedumbre y tras alimentarnos de paciencia durante unos minutos, pudimos ventilarnos una comida que estaba riquísima pero que no recuerdo en qué consistía. Eso sí, recuerdo que estuvimos al lado de la puerta de la cocina y que los sufridos cocineros tenían que subir y bajar escaleras con los platos.

Saciada nuestra hambre, Jorge y yo tomamos caminos diferentes. Él quería aprovechar el buen tiempo y que nuestro hotel contaba con piscina en la terraza para disfrutar de una tarde a remojo, y yo también pero menos. Además, tenía pendiente comprarle a mi madre un libro en tailandés. Por ello, me dirigí a un centro comercial cercano que contaba con librería y adquirí uno protagonizado por un pato que se va en coche a Ayutthaya o algo así, y al salir me metí el el restaurante de un hotel bastante más pijo que el nuestro donde pedí un café que tardé bastante en tomarme porque si me lo hubiesen servido un pelín más caliente habría fundido la taza (cierta yaya vallisoletana habría disfrutado de lo lindo de aquella bebida, por otra parte).

Una vez me hube encafetado adecuadamente, subí yo también a la piscina de la terraza, dejando que se nos hiciese de noche a mí, a Jorge y al long island que me hizo compañía como si se tratase de una sugar babNO, mejor no hago esa comparación:


Llegó entonces el momento de bajar a cenar, y si durante el día el putiferio de la zona era impresionante, por la noche se multiplicaba por diez. Pero esta vez, entre cientos de prostitutas y sugar daddies con sus respectivas sugar babies (había puestos ambulantes en los que se podía adquirir el kit completo de sugar daddy: lencería, condones, lubricante, vibradores y viagra) se podía ver a parejitas de recién casados totalmente desubicadas, en una zona carente de templos ante los que tomarse fotos con las que poder presumir en Instagram. Y reconozco que tenía su gracia verles a ellos intentando ignorar con rubor aquellos cantos de sirena en forma de "hello..." o "I love you..." que recibían cada veinte metros al tiempo que sus parejas controlaban con mala cara que sus miradas no terminasen en ningún escote o minifalda, so pena de que aquella misma noche se produjese una de sus primeras broncas conyugales.

Que por otra parte yo pienso que vaya pereza, ¿no? Dejarte un pastizal en una boda y en su correspondiente luna de miel en Bangkok para acabar discutiendo por semejante chorrada. Para eso es mejor que no os caséis, en serio.

En fin, que tras contemplar más de un prólogo de Escenas de matrimonio y descartar uno detrás de otro todos los locales de comida ante los que pasábamos, volvimos al mismo de por la mañana, que por aquel entonces no tenía tanta afluencia. Si es que al final nos faltaba creatividad a Jorge y a mí. No sólo repetimos restaurante, sino que al terminar, y queriendo aprovechar que aún faltaban un par de horas antes de que tocase irse a dormir, nos sentamos en la terraza de un bar cercano al hotel y yo di cuenta del último long island de aquel viaje mientras empezaba a imaginar cómo continuaría esta historia que estaba a punto de terminar.

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