lunes, 29 de septiembre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc II: llegó la fiebre

Qué bonita es la salud cuando se tiene, ¿verdad? Acompañadme en mi descenso a los infiernos de la infección de garganta...

Volviendo a la historia y a Tam Cốc, Jorge y yo nos encontrábamos subiendo a la habitación del hotel después de que él le comprase a las amables dependientas del cercano centro de estética y masajes un jersey de lana verde horroroso con una pantera en el pecho que, semanas después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa. Ya dentro de nuestra pieza comencé a sentirme mal: me dolía al tragar, mi vista se nublaba y me faltaban fuerzas para mantenerme en pie. Y es que la falta de sueño, el exceso de juerga y la climatología adversa de días antes decidieron hacer piña, como si fueran los chiquillos del Capitán Planeta, y joder a mi organismo aquella misma tarde. Jorge, viendo cómo se vaciaba mi barrita de energía, bajó entonces a recepción a preguntar a Dí si contaba con algún remedio que ofrecerme, y el vietnamita, cacho de pan él, subió sendos tés con jengibre a los pocos minutos:


Por desgracia, la bebida no fue lo suficientemente reconstituyente, así que me tocó meterme en la cama para ver si lograba reponer fuerzas al tiempo que Jorge se largaba a explorar la zona en una de las bicis cortesía del hotel (esto lo habíamos hablado antes de empezar el viaje: que si uno de los dos se quedaba hecho mierda en el sitio el otro seguiría a lo suyo sin mirar atrás. Y Jorge cumplió como un caballero).

Pasó y cayó la tarde, llegó el momento de enfrentarse a la última comida del día y, visiblemente recompuesto gracias a haberme tirado horas contemplando el techo de la habitación, me reuní de nuevo con Jorge. Elegimos entonces para cenar un establecimiento de comida vegetariana situado a pocos metros de nuestro hotel y frente al local de las esteticistas que vendían jerseys feos de segunda mano (por si no lo recordáis, en la anterior entrada os dije que en Tam Cốc todo estaba cerca de todo). Allí dentro nos reencontramos con, mira qué casualidad, las valencianas que ya aparecieron en este blog semanas atrás, y en esta ocasión se encontraba con ellas la amiga rusa que no habíamos conocido hasta entonces porque había preferido irse sola a ver una cascada que pillaba lejísimos.

Debido a que mi cerebro estaba demasiado ocupado manteniéndome con vida, contemplar el menú del restaurante en un idioma desconocido me resultó más confuso de lo habitual, por lo que decidí que no sería yo el encargado de elegir qué cenar aquella noche. Salí entonces de allí con la carta bajo el brazo, crucé la calle y pregunté a las simpáticas chicas que aguardaban en la puerta a que alguna clienta entrase a hacerse las uñas que qué plato me recomendaban. Una de ellas señaló una de las opciones y me hizo el gesto de pulgar arriba repetidas veces, y no necesité recibir más explicaciones para convencerme. No me preguntéis qué cené aquella noche porque no me acuerdo, pero sé que estuvo bueno y que lo único que tuve que lamentar fue el dolor que sentía en la garganta al tragar cada bocado.

Tras ventilarnos una cena libre de carne y pescado, los cinco hablamos acerca de nuestros viajes: Jorge aprovechó la incorporación de la nueva integrante del grupito para contarle que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas. También salieron temas de lo más anodino, desde cómo usar Revolut en la otra punta del mundo hasta la importancia de ir a terapia y tal. 

Tras esta sobremesa hispanorrusa, decidimos buscar un sitio en el que continuar la cháchara. Sin embargo, mi garganta no estuvo de acuerdo con la decisión y dijo: "hasta aquí hemos llegado": cuando abandonamos el local la debilidad se apoderó de mi cuerpo y sentí que me estaba poniendo malo de verdad. Con fiebre y todo. Tuvo entonces lugar una nueva interacción con las chicas del local de estética y, cuando les comenté lo de mi estado de salud, una de ellas reaccionó entrando en sus dominios y saliendo segundos después para hacerme entrega de un puñado de caramelos de menta.

Un gesto tan adorable como inútil, pues la infección que estaba cociéndose en mi cuerpo se reía de los caramelitos y pedía medicina de verdad.

¿Os acordáis de aquella entrada que publiqué meses atrás enumerando toda la mandanga que metí en mi equipaje? Ni rastro de antibióticos entre el género, ¿verdad? Bien, pues antibióticos era lo que necesitaba entonces.

Me dirigí entonces a la única farmacia abierta en el pueblo a aquella hora, la cual compartía espacio y negocio con un restaurante (os lo juro) y me adentré en el lugar para asustarme ante la visión, pues parecía que acabasen de entrar a robar: apenas había artículos a la venta entre las estanterías medio vacías, e intuía que poco iban a poder hacer para ayudarme. Además, habíamos escuchando más de una vez una leyenda que afirmaba que, aunque era posible hacerse con antibióticos en cualquier farmacia vietnamita sin presentar la reglamentaria receta, los mismos eran importados de China y tenían la misma efectividad que recitar un "sana, sana, culito de rana". En cualquier caso, cuando uno de los camareros (sí, sí, lo habéis leído bien. No me lo estoy inventando) pasó del mostrador del bar al mostrador de la farmacia y escuchó mis síntomas, sólo pudo venderme unas pastillas para la irritación gutural. Vamos, como los caramelitos de menta pero sin resultar tan adorable. Completamente hecho mierda, volví al hotel, parando por el camino para sacar esta foto a un cocinero que preparaba patos sin tener muy claro por qué mi cerebro había tomado tal decisión:


Llegué a la habitación, me metí en la cama entre delirios y pasados varios minutos, varias horas o varios meses (pues la fiebre no me permitía ser consciente de la constante del tiempo) Jorge hizo acto de presencia. Me contó que valencianas y rusa estaban preocupadas por mí y deseaban mi pronta recuperación, y no sólo eso. Cuales reinas magas me hacían entrega de tres presentes: antibióticos para tres días que me ayudasen a sobrevivir, gotas de propóleo para suavizar mi garganta y una botellita de un mejunje que yo desconocía, pero que la rusa afirmaba había usado toda su vida y era capaz de obrar milagros ante cualquier contratiempo sanitario siempre que tuviese cuidado y no dejase que me entrase en los ojos. "La estrella", llamaba a aquello.

Sigo sin saber qué es, pero al día siguiente me compré tres en una tienda de souvenirs. Sí, de souvenirs. Lo de detrás es la alfombrilla de mi ratón, que necesitaba poner algo para que no se rodase la botellita

Tan agradecido como débil y dolorido, aparqué mi juicio y procedí a ingerir o aplicarme todo lo anterior, dejando así que los delirios febriles me acunasen hasta la mañana siguiente.

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