lunes, 17 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Anécdota relacionada con mi aspecto físico

Hoy, haciendo uso de ese recurso tan habitual en mi blog por el que comienzo la entrada tirando de un tema aleatorio e inesperado, voy a hablar de... las sudaderas de Adidas. En concreto, de las sudaderas de Adidas con cremallera, ésas con cuellos y puños grandes. ¿Os ubicáis?

Esta prenda de vestir, que se volvió tan icónica durante el último cuarto del pasado siglo, fue para mí un inalcanzable objeto de deseo durante mi infancia y adolescencia. Mis padres, con toda la razón del mundo, no estaban dispuestos a soltar el pastizal que costaba una de éstas, habida cuenta de que, a la velocidad a la que me desarrollaba, se me quedaría pequeña en meses.

Por ello, no fui dueño de una cuando ésta disfrutaba del apogeo de su diseño. Y es que la calidad, el acabado y la forma de la misma la convertían en un primor allá por los ochenta y noventa: con su tela recia de estilo almidonado que se entallaba en la cintura y realzaba los pectorales... Quien se metía dentro de dicha prenda parecía de forma completamente natural un decatleta soviético:

fuente: studio waldeck

Peeero... Esa corriente socioeconómica consistente en intentar maximizar beneficios a costa de joderlo todo llamada Capitalismo decidió coger carrerilla cuando yo dejé de crecer y comencé a tener dinero propio que poder gastarme en chorradas. Así que llegado el momento de sacar a paseo mi cartera para adquirir una sudadera con cremallera de la marca alemana, lo que se me ofrecía era una prenda hecha con peor tela, bolsas en la cintura y cuellos y puños cortos que ya no aguantaban firmes. Me hacía parecer un decatleta soviético, sí, pero uno que había terminado convertido en yonki de polígono tras pasarse con la nandrolona.

Pero qué feas son las putas sudaderas de Adidas actuales, en serio:

fuente: zalando

¿Sabéis que más es feo? Yo.

Así es. Hay gente objetivamente guapa, hay gente subjetivamente guapa o fea y hay gente objetivamente fea. Y yo pertenezco al tercer grupo. ¿Qué le vamos a hacer? La colección de asimetrías, imperfecciones e irregularidades que decoran mi rostro no es que provoquen abanicables sofocos precisamente; y podría contar con los dedos de una mano el número de cumplidos que he recibido a lo largo de mi vida de quienes no tendrían por qué dármelos. "Qué bien estás de salud" es lo más parecido a un piropo que puedo esperar.

Vale, quizá influya el que, como dijo Juan Sanguino en cierto episodio de Delirios de España (uno de los mejores podcasts que conozco y que vosotros ya deberíais haber escuchado) pertenezco a la última generación que no sabe reaccionar de manera natural cuando se tiene que enfrentar a una cámara y esto provoca que al ver mis fotos se me pueda definir como "poco agraciado"; o es posible que la sequedad vallisoletana que mi rostro muestra por defecto me afee, pero a estas alturas de la vida no sé lo que se siente cuando uno recibe mejor trato por parte de los demás al ser atractivo en esta sociedad tan superficial.

En fin, no os toméis esto que acabo de decir como algo deprimente. Deprimente es que, estando yo con Jorge en Hanoi, me encontrase tan mal de salud que se me pasase por la cabeza el largarme al hotel y perderme aquella ciudad tan interesante. Por suerte, tras dar cuenta del almuerzo deseché esa idea y me arrastré tras mi compañero de viaje en busca de lo que la capital vietnamita pudiese ofrecernos. Y si prestasteis atención al leer la anterior entrada, recordaréis que la primera parada de este pequeño viacrucis al que tuve que enfrentarme era una tienda de ropa situada a escasos metros del restaurante. No llegamos a entrar en la misma, pues gran parte del género a la venta se hallaba colgando en perchas de varios rieles situados en la propia calle, como en el caso del centro de estética y masajes del que os hablé semanas atrás. Pero aquí no había jerseys de lana verde horrorosos con una pantera en el pecho como el que Jorge se compró y que, meses después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa. ¿Sabéis qué es lo que había a la venta en esta ocasión?

Sudaderas de Adidas. Pero no de las nuevas, no. Sudaderas de adidas clásicas, de segunda mano pero muy bien conservadas.

Qué bien se me da hilar temas a veces, ¿verdad?

En fin, que yo, con los ojos como platos, ya estaba calculando cuánto sitio quedaba en mi mochilón para poder hacer realidad una de mis más idílicas retrospecciones a base de vestir con esta perfecta prenda día sí, y día también, cuando la realidad me dio un bofetón desde la etiqueta de la misma: la más grande era una talla M. Y yo, aclaro, visto la XL.

Este detalle trajo a mi memoria un lamentable recuerdo de mi adolescencia en el cual arrastré a mi madre al Foot Locker del centro comercial vallisoletano del que ya he hablado en este blog varias veces con el objetivo de adquirir una sudadera no de Adidas, sino de Puma (la historia de los dos hermanos dueños de las marcas y de cuál era nazi y cuál no la buscáis vosotros, que me da pereza ponerme a ello ahora), pues desde el exterior del local vi que estaban a mitad de precio. Tras intentar probarme una de ellas y descubrir con sorpresa que apenas podía entrar en la misma, la dependienta me indicó que me estaba intentando poner una prenda DE NIÑO. Y las de adulto no sólo no estaban de oferta, sino que contaban con un precio tan desorbitado que mi madre declaró que estaban muy bien donde estaban. No obstante, mi yo adolescente de aquel entonces carecía del juicio necesario para darle la razón, por lo que salí de allí aguantándome unas idiotas lágrimas de rabia.

Al encontrarme perdido dentro de tan patético recuerdo, me sorprendió sobremanera que uno de los responsables de la tienda saliese por la puerta y se me acercase a toda velocidad mientras me dirigía un enérgico "¡EH!". Que yo no estaba haciendo nada malo, pero no pude evitar asustarme.

Y ahora, volviendo a lo de mi aspecto físico, voy a hacer un recuento de las capas de fealdad que se apilaban sobre mi cara en aquel momento: una básica de gris seriedad, otra ojerosa que reflejaba mi cansancio y debilidad a causa de mi estado de salud, una tercera representando la mezcla de descontento y tristeza ante la falta de una XL con la que poder vestirme y, por último, una expresión de asustada sorpresa ante el inesperado dependiente que, intuyo, me hacía parecer además de feo, un poquito gilipollas.

Bueno, pues a pesar de tan evidente ausencia de belleza, aquel hombre hizo a continuación algo que a día de hoy sigue desconcertándome: echó mano de su teléfono, hizo una rápida búsqueda en el mismo y, mientras lo señalaba efusivamente me dijo en inglés: "¡te pareces a éste! ¡Te pareces a éste!"

Siguiendo su indicación, miré a la pantalla, y descubrí con sorpresa en la misma a un Ryan Gosling que me miraba fijamente.

fuente: getty images

Ryan Gosling. EL PUTO RYAN GOSLING.

fuente: biography.com

Pero ¿cómo me iba a parecer yo a Ryan Gosling, si Ryan Gosling ESTÁ BUENO?

fuente: gq

Perplejo, solté la diminuta sudadera que había tenido entre mis manos hasta que se produjo la halagadora interrupción y respondí con un incrédulo "gracias" para acto seguido huir del lugar y de una situación que no estoy para nada acostumbrado a protagonizar.

Tras darle vueltas a esta anécdota, he tratado de buscar una explicación a lo que ocurrió, y aunque no la he encontrado, he desarrollado varias teorías:

La primera es que realmente me parezco a Ryan GoslNO. Ya os digo yo que no.

La segunda es que el dependiente me dedicó aquel cumplido con la idea de camelárseme para que adquiriese una de sus prendas, pero su esfuerzo habría resultado inútil habida cuenta de la diferencia de tamaño entre su oferta y mi demanda.

La tercera es que, en un ejercicio de racismo inverso y lección de humildad, para aquel vietnamita todos los occidentales nos parecemos a Ryan Gosling porque todos los occidentales somos iguales. Y aquí no tendría nada que discutirle porque ya os conté cuánto me costó encontrar a Perún entre la marabunta de guías camboyanos cuando visitamos Angkor Wat.

Sea como fuere, al final puedo decir me han comparado con Ryan Gosling y con eso que me quedo, mira tú. Como remate a esta anécdota, os diré que cuando se la conté a mi mejor amigo, me hizo saber que a él una chica a la que conoció por internet le dijo que se parecía a Ryan Reynolds. Por ello, decidimos crear un grupo de Whatsapp sólo para nosotros dos llamado los rayans. Dicho grupo tiene la siguiente foto de perfil:

fuente: harper's bazaar

Si es que todo lo que tengo de feo lo tengo de ingenioso.

Aquel mismo día, minutos después, pasó otra cosa curiosa.

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