lunes, 20 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc V: un dragón y socialización internacional

Quiero empezar esta entrada planteando un acertijo. Mirad la siguiente foto y decidme: ¿qué es lo que falta?


Os diré yo lo que lo que falta porque no lo vais a adivinar. Lo que falta es que yo me acuerde de dónde nos tomamos esos cafés con huevo. Y es que, haciendo memoria del recorrido que Jorge y yo hicimos de vuelta a Tam Cốc desde el complejo espiritual y cultural Bái Đính, no guardo recuerdo de haber parado a hacer dicha consumición.

Me ha pasado lo mismo que me pasó al tratar de describir el tercer  y el cuarto de nuestros días en Bangkok. Si es que claramente chocheo.

De lo que sí que me acuerdo es de otra parada que hicimos. Ésta en un precario local de un diminuto pueblo que hacía las veces de gasolinera y tienda de ultramarinos. Su dependienta llenó nuestros depósitos ante mi atenta mirada (pues aprendí la lección en Cát Bà), y ya que no teníamos prisa por ir a ningún sitio, nos jalamos allí mismo sendas bolsas de lo que creo que eran patatas fritas antes de continuar la ruta.

Arrancamos de nuevo, llegando pasados unos minutos a la montaña del dragón de Ninh Binh. Jorge había estado allí el día anterior, y me recomendó que yo hiciese lo propio ya que merecía la pena visitarla.

Merecía la pena visitarla una vez, aclaro, porque él prefirió seguir su camino de vuelta y yo me quedé allí enfrentándome a las infinitas escaleras que llevaba a la cima y que se las hicieron pasar putas a mi organismo aún no recuperado de la infección de garganta que había decidido hacerme compañía durante aquellas jornadas.

Eso sí, una vez arriba, tuve que darle la razón a Jorge porque el sitio era espectacular. Y es que ojito a las vistas:


Insisto: ojito a las vistas:


Una vez más (la última, lo prometo): OJITO A LAS VISTAS:


Del dragón que daba nombre a la montaña y que coronaba su cima también saqué fotos, pero no le hacen justicia:




Al bajar, pasé de nuevo junto al lisérgico paseo que llevaba al pie de la montaña, del que no os he hablado todavía porque tenía mucha prisa por contar lo de las escaleras y tal. El sitio estaba lleno de lucecitas y esculturas surrealistas pensadas para ser el fondo de millones de imágenes instagrameables. Yo, que no contaba con compartir selfies en ninguna red social, no retraté aquellas escenas, pero sí que reparé en que había muchas estatuas de Danbo, el personaje con forma de caja de Yotsuba. Y como a mi hermano le gusta, pues a eso si que le eché un montón de fotos que le mandé por Whatsapp al momento. Fotos que vosotros, sufridos lectores, vais a tener que ver ahora porque me da que esta entrada se me va a quedar corta y tengo que rellenar con lo que sea:









Total, que tras haber perdido fuelle a base de subir escaleras y espacio en mi móvil a base de fotografiar danbos, volví al hotel y me reencontré con Jorge, siendo ya de noche y hora de cenar. Buscamos entonces un restaurante en el que poder saciar nuestros apetitos y, por el camino, pasamos junto a un karaoke en el que los españoles que nos dieron el coñazo cuando llegamos aquí días atrás le estaban dando el coñazo a todos los que se encontraban allí en aquel momento.

Terminamos por arrimarnos a un grupo de turistas entre los que se encontraba el francés que ya cenó con nosotros en Cát Bà la tarde que llegamos a dicha isla (lo he dicho más de una vez y lo repito: al final todos acabábamos coincidiendo con todos en todas partes). Este grupo estaba compuesto en su mayoría por polacos y franceses, y quiso la casualidad que en la tele del restaurante se estuviese emitiendo el Polonia - Francia del Mundial de Catar, lo que causó que, por una parte, hubiese cierto pique de cachondeo entre los comensales y, por otra, muchos de ellos pasasen de socializar y centrasen su atención en la caja tonta en vez de escuchar a Jorge contar a quienes sí que estaban pendientes que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

De todas formas, lo del partido de fútbol me vino de perlas para romper el hielo con una muchacha con una historia de vida de lo más interesante: estadounidense de veinte años, era la dueña de una empresa de limpieza en su Hawai natal y estaba aprovechando para viajar por la zona antes de desplazarse a Filipinas con la intención de conocer a su padre. Y encima se llamaba Irlanda (bueno, Ireland).

Si alguno de estos detalles (o directamente todos) era falso, me dio igual, pues yo lo que quería era confirmar si era cierto que a los de USA el fútbol les parecía un deporte aburrido. Pues bien, Irlanda me confirmó que sí, añadiendo a su vez que no entendía cómo los europeos podían tirarse dos horas pendientes de veintidós futbolistas corriendo de acá para allá y marcando sólo un par de goles durante todo ese rato.

"Bueno, a veces ni eso. A veces el partido termina con empate a cero" aclaré yo, provocando que a Irlanda se le pusieran los ojos en blanco de pura incredulidad.

Pasaron entonces varios minutos llenos de conversación lo bastante nimia como para que no merezca la pena hablar de ella aquí, y cuando el cansancio se apoderó de nosotros, Jorge y yo volvimos al hotel haciendo parada en una tienda de comestibles en la que adquirimos sendos huevos sorpresa de Pokémon falsísimos con la intención de regalárselos a nuestras respectivas frikis parejas. Jorge abrió el suyo y, decepcionado ante el trozo de plástico cutre que hacía las veces de regalo encontrado en su interior, procedió a entregárselo al primer crío que se cruzó en su camino, quedando muy bien ante éste y ante su madre.

Yo no, yo guardé mi huevo por muy falso y muy cutre que fuese y se lo di a mi novia cuando volví a Austria días después. Pero también le hice otros regalos mejores, diré en mi defensa.

Aquel día tan largo que me ha ocupado dos entradas llegaba a su fin, y para rematar el mismo, las mismas chicas del centro de masaje y estética con las que habíamos interactuado varias veces desde nuestra llegada a Tam Cốc y que en esta ocasión jugaban a pintarse las uñas unas a otras, nos dieron las buenas noches entre risas mientras Jorge y yo pasábamos delante de ellas, camino de nuestro hotel, buscando un descanso que nos permitiese enfrentarnos a una nueva ruta en moto, con aún más kilómetros, al día siguiente.

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