lunes, 15 de septiembre de 2025

Aquel viaje. Magical Mystery Tour II

La anterior entrada terminó prometiendo cilindrada. Pero antes de arrancar motores, cerremos el capítulo relativo a nuestra estancia en Cát Bà. Tras una noche que resultó de lo más plácida gracias a que Jorge le pidió con arrojo y modales a unos albañiles que dejasen de joder con el karaoke, la mañana trajo consigo a otros albañiles distintos, éstos más cercanos a nuestro hotel y dedicados a su tarea constructora desde las siete ante meridiem:


De este detalle aún no he hablado, pero descubrimos días atrás, al llegar a nuestro alojamiento que las obras cercanas podían llegar a suponer una molestia. O al menos eso daban a entender en recepción, añadiendo que quien quisiera podría reducir su estancia sin coste ni penalización. Y a nosotros no es que nos incordiasen especialmente los obreros de al lado, pero viendo que poco nos quedaba por hacer en la zona durante aquella fría temporada baja, aprovechamos la circunstancia y nos largamos un día antes de lo pensado. No sin antes dar cuenta del último desayuno a base de tortitas con leche condensada en el buffet del hotel y de que yo recogiese la mochila, limpia y seca, que había pedido con relativa urgencia que me echasen a lavar la víspera.

Cuando llegamos a Cát Bà días atrás pasamos de un bus a un barquito y de éste a una furgoneta, y en esta ocasión hicimos lo mismo pero a la inversa. Un detalle que diferenció este nuevo viaje fue que, mientras hacíamos tiempo en lo que llegaba la embarcación, comenzamos a escuchar mucha conversación en español entre los allí presentes. Y es que, casualidades de la vida, casi todos los que pasamos del barco al minibús con destino Tam Cốc compartíamos DNI.

No sólo eso, sino que muchos directamente formaban parte del mismo grupo. Lo sé porque, en cuanto el conductor cerró su puerta y metió la llave en el contacto, aquella troupe comenzó a berrear el Cumpleaños feliz a uno de sus integrantes ante la atónita mirada de Jorge, mía, y de otra pareja (también española) que no tenía nada que ver con aquel casting de Gran Hermano y que parecía ser más civilizada.

De todas formas, el garrulismo patrio a bordo del vehículo pasó pronto a ser la menor de nuestra preocupaciones, y es que el pobre vietnamita encargado de dejarnos en nuestro destino tenía que hacerlo en dos horas, a pesar de que el sentido común y las normas de tráfico le daban a aquel trayecto casi tres horas de duración.

Poco importaba que la carretera fuese una nacional estrechita que se adentraba en varios pueblos a lo largo del recorrido. El chófer, pendiente más de la hora que de nuestra integridad física, se hacía un kilómetro tras otro a toda hostia, aporreando el claxon cada dos por tres para que despistados viandantes se quitasen del medio y conductores con más aprecio por la vida le dejasen pasar.

En cierto momento del trayecto eché un ojo a Jorge y vi el terror en sus ojos. Teniendo en cuenta la poca gracia que le hacía verse enfrentado a las carreteras asiáticas, no quise ni imaginarme lo que estaría pasando por su mente, aunque intuyo que no sería nada agradable. De hecho, llegado un punto del viaje en el que cada uno parecía estar encomendándose al patrón de su pueblo (en mi caso, la patrona de la parroquia del barrio de Valladolid en el que crecí es Nuestra Señora de Guadalupe, y aquella mañana tuvo que hacer horas extras por mi culpa), Jorge no pudo soportarlo más y empezó a sugerirle al hombre que levantase el pie del acelerador.

"Oiga, de verdad que no es necesario que corra tanto, que ninguno tenemos prisa y a lo mejor va usted un pelín rápido" o algo así le dijo. Pero en inglés.

Y lo peor es que aquella interpelación empeoró las cosas, ya que el conductor, deseoso de justificar por qué estaba emulando al chófer de Lady Di pero incapaz de comunicarse en la lengua de Shakespeare, echó mano de su smartphone y, sin reducir su alocada velocidad ni dejar de pitar a todo bicho viviente, abrió el traductor y tecleó unas frases en su lengua natal (que yo pensé: "¿cuántas manos tiene este hombre?") para después traducirlas y hacernos entrega del aparato, lo que nos permitió leer en la pantalla del mismo que lo sentía mucho pero que nos tenía que dejar en el destino en dos horas sí o sí.

Hagamos ahora una pequeña pausa en tan desenfrenada carrera para recuperar el aliento y hablar de uno de mis videojuegos favoritos (mi favorito es el James Pond 2: Codename: RoboCod. Estoy tan flipado con él que tengo a su protagonista tatuado en el gemelo derecho. Os lo juro): Radikal Bikers. De las partidas que echaba al mismo en una sala de recreativas del centro comercial vallisoletano en el que perdía mis tardes de adolescencia y la Play Station que compré pagó mi abuela para poder hacer lo mismo en casa ya hablé aquí hace tiempo. Lo que no conté es que la mecánica del videojuego de marras consistía en dirigir la moto de un repartidor de pizzas que debía hacer una entrega por un recorrido urbano en una carrera contra reloj, procurando no fostiarse mucho por el camino contra otros vehículos, so pena de que la pizza terminase hecha mierda.

Las centenares de horas que dediqué al Radikal Bikers me resultaron de lo más divertido. Las dos horas que pasé años después junto a Jorge, aquel rebaño, la pareja civilizada y el fittipaldi vietnamita sintiendo que íbamos a terminar todos como la pizza del videojuego, no me divirtieron tanto. Especialmente cuando el chófer, sin reducir la velocidad (por supuesto), pitó repetidas veces a un larguísimo camión cisterna que, atravesado en la carretera, maniobraba para poder adentrarse en una gasolinera a la que iba a suministrar combustible.

Fabuloso. Aquello no iba camino de convertirse en una mala partida del Radikal Bikers. Aquello iba a terminar como el accidente de Los Alfaques.

Jorge insistió en lo de que no era necesaria tanta prisa, que aquella carretera le iba a pillar un pelín lejos a nuestras madres cuando de ir a dejar flores en la cuneta se tratase, pero el estado casi histérico de mi amigo no tuvo la más mínima influencia en el velocísimo conductor, quien a su vez repitió una vez más la jugada del traductor de su móvil, aumentando en varios grados la angustia general. En ese momento, no sé si con intención de evadirse de aquel rally en el que sólo competía nuestro minibús, uno de los españoles, quien ocupaba el asiento del copiloto, echó mano de su smartphone y, sin conectarle auriculares ni nada, decidió reproducir a todo trapo no recuerdo qué mierda de canción, con lo feo que está eso.

Atendiendo a la mirada que Jorge le dedicó al cantamañanas, pude hacerme una idea de sus pensamientos, y estoy seguro de que, de no ser porque bastante tenía con centrarse en su propia supervivencia, Jorge le habría inflado a hostias allí mismo. Pero en vez de protagonizar una más que justificada violenta escena, mi amigo echó mano de su educación y de los huevos que a mí me faltaban en estas situaciones y, tras hacerle "tap tap" en el hombro, le dijo que aquel viaje le estaba volviendo la cabeza loca y que por favor apagase la musiquita.

Y funcionó. Tres hurras por Jorge. Y tres hurras por aquel conductor de minibús vietnamita (quien al fin y al cabo no era más que otra pobre víctima del capitalismo, todo sea dicho) que, a pesar de hacernos envejecer diez años en dos horas, nos dejó en nuestro destino sanos y salvos. De lo que pasó a continuación ya hablaremos en la próxima entrada, que no sé vosotros, pero yo ahora voy a tener que hacerme una tila o algo.

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