Espero que no os mareaseis mucho leyendo la anterior entrada. Por suerte, aquel frenético trayecto en minibús que podría haber acabado en tragedia finalizó con todos los integrantes ilesos. Vaciamos el vehículo reprimiendo las ganas de besar el suelo (y un poco las ganas de vomitar, también) y al veloz conductor le faltó tiempo para salir pitando con la intención de convertir el trayecto de nuevos turistas en una alocada y divertida atracción de feria. Allí mismo subimos a otra furgoneta, más pequeña, que ahora sí nos dejaría en Tam Cốc.
Os explico esta jugada aunque intuyo que os da igual. Resulta que el minibús original en realidad terminaba su trayecto en Ninh Bình, y aquí se hacía un reparto de viajeros con destino a las correspondientes aldeas de la zona. Mientras recorríamos aquellos últimos metros motorizados, una de las integrantes del grupo español que tanta vergüenza ajena dio mientras nos jugábamos la vida y que aún seguía a nuestra vera, a nuestra vera, siempre a la verita nuestra, gritó a uno o a varios de los suyos "mirar qué sitio mah bonito pa' echá fotoh" mientras señalaba hacia un lugar en concreto con aspecto de vertedero ilegal en miniatura, y yo me pregunté cuántas pruebas más tendría que superar aquella mañana.
Pues bien, la respuesta a esa pregunta llegaría poco después. Y es que, tras apearnos, llegar a nuestro hotel y cruzar su recepción, el encargado nos comunicó que, por vete a saber qué problema con la reserva, sólo tenía disponible una habitación en la que había una cama de matrimonio.
En mi memoria, el recuerdo de aquel momento incluye a un Jorge obligado a enfrentarse otra vez a la misma con los ojos inyectados en sangre y a punto de rajarle el cuello al recepcionista, pero estoy convencido de que mi cerebro exagera una vez más y que mi acompañante no se alteró demasiado. Entre otras cosas, porque no tuvo tiempo, pues se nos hizo saber inmediatamente que en otro hotel cercano ("propiedad de un amigo", nos dijo el de recepción. Que no sé vosotros, pero yo no tengo amigos con tanta pasta) sí que podríamos hacer uso de una pieza con sus dos camas reglamentarias.
Además, el nuevo alojamiento estaba a pocos metros (todo estaba cerca de todo en Tam Cốc, por suerte), y en la recepción de éste nos encontramos con uno de los personajes más simpáticos de toda esta historia: Dí.
Vale, seguro que su nombre no se escribe así, pero de la misma forma que no me dio por investigar la grafía jemer cuando conocimos a Perún, ahora tampoco me apetece hacerlo.
Además de gestionar nuestra reserva, el siempre sonriente Dí tuvo a bien recomendarnos los mejores restaurantes del pueblo, y nos sugirió que fuésemos a un sitio cercano a disfrutar de un café con huevo tal y como hicimos días antes en Hanoi.
Subimos entonces a nuestra habitación pasando ante la piscina del hotel. Piscina que, al contrario que las de los hoteles de Bangkok y Siem Reap no llegó a mojarnos, ya que hizo un tiempo bastante desagradable durante aquellas jornadas. Además, quedaban pocas horas para que mi sistema inmunológico tirase la toalla, pero no adelantemos acontecimientos.
Volviendo a la recomendación de Dí, le hicimos caso, y en el mismo sitio en el que pudimos disfrutar del líquido postre (el café con huevo vietnamita es tan dulce que si no lo consideráis un postre tenéis un problema) dimos cuenta de algo para comer. Y yo no sé muy bien en qué consistió lo que pedí, pero parecía un filete ruso gigante y me gustó mucho, así que no me quejo:
El café con huevo también estaba riquísimo, aunque Jorge torció un poco el gesto al dar el primer sorbo, lo que provocó que la camarera que los había preparado se lanzase hacia nuestra mesa y preguntase con cierta intensidad que cuál era el problema, que si no le gustaba, que si tenía algo malo, y que si quería que le preparase otro. Y el pobre Jorge, aún reponiéndose de la aparición, le dijo con un hilillo de voz que aquel café no tenía nada reprochable, pero que el que había probado en la capital sabía más dulce. Se giró entonces la cantinera en mi dirección, y antes de que pudiese decirme nada a mí, le aseguré que aquella bebida estaba deliciosa y la apuré todo lo rápido que me lo permitió mi temblequeante pulso.
A ver, que el café estaba bueno, de verdad. Y tenía buena pinta, fijaos:
Pero es que no veáis qué miedo.
Total, que salimos de allí y volvimos al hotel, pasando antes ante un local del que voy a hablar por primera pero no por última vez. Se trataba de un centro de estética y de masajes, y por vete a saber qué razón, aquella tarde, las chicas que trabajaban en él habían dispuesto un perchero en la acera con varias prendas usadas que se encontraban a la venta. Jorge, tras echar un vistazo al género y regatearles un rato al descubrir una tara, compró un jersey de lana verde horroroso con una pantera en el pecho que, meses después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa.
Y yo ahora querría seguir dando detalles de aquella jornada, pero como han sido varios los posts que he publicado desde que comencé a dar la turra con esto del viaje en los que dejaba caer que me ponía malo y tal, pues voy a echarle morro, hacer dos entradas cortas de una larga y dejaros con las ganas hasta la próxima.



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