Llevaba varios días pensando empezar esta entrada diciendo que, para bien o para mal, todo se acaba, ejemplificando tal oposición de conceptos con dos ejemplos recientes: por un lado, que no vayamos a disfrutar de nuevos discos irrepetibles de Robe Iniesta; y por otro, que Alfonso Ussía ya no vaya a tuitear mierda. Sin embargo, hace poco recordé que ésa fue la estructura que usé al escribir la última de la serie de entradas en la que hablaba de morralla encontrada al hacer limpieza en mi habitación vallisoletana. Por ello, os pido que ignoréis las líneas que acabáis de leer y os limitéis a hacerme compañía mientras yo me dedico a recordar los últimos momentos de aquel viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam.
Si nos ponemos cronológicos (pues la semana pasada hice uno de los muchos altos en la historia a los que ya os tendríais que haber acostumbrado para hablar de huevos), yo me encontraba a la puerta de un seven eleven a la espera de que Jorge terminase de comprarse su cena mientras un niño que no era mi hijo pensaba por error que sí. Una vez mi amigo abandonó en local con sus viandas, volvimos al hotel a por los mochilones, las mochilas y el gorrito que Jorge se compró en Hanoi días atrás y pedimos un taxi que, minutos después, nos llevó al aeropuerto.
Tras facturar nuestro equipaje y pasar el control de pasaportes, nos dispusimos a hacer tiempo hasta que llegase el momento del despegue (programado para las tres menos cuarto de la madrugada, no me jodas. A esa hora debería estar prohibido volar). Lo primero que hicimos fue comernos lo comprado en el seven eleven en uno de los bancos de la desierta terminal como si fuésemos dos turistas baratos. Pero chico, ¿qué quieres que le haga si estaban todos los restaurantes cerrados? Tras dar cuenta de esta triste cena, paseamos por el lugar en busca de algún establecimiento que contase con laxitud a la hora de ofrecer conciliación a sus empleados y se encontrase abierto a aquellas horas.
El primer sitio fue una tienda de tecnología, de ésas que tienen altavoces bluetooth y móviles de muestra para que pueda toquetearlos gente de los cinco continentes. Uno de los aparatos allí expuestos era un móvil plegable de Samsung o Motorola que Jorge dobló y desdobló repetidas veces mientras hablaba mierda del chisme y de la aparente fragilidad que presentaba. Y quizá este detalle no aporte mucho a la historia, pero lo cuento porque no tengo mucho que largar de aquellas horas y la entrada me está quedado muy corta, porque me da la gana y porque, meses más tarde, yo me compraría un terminal también plegable (aunque de otra marca, y he de decir que pasado todo este tiempo aún funciona como el primer día), se lo enseñaría a Jorge en la oficina en la que trabajamos juntos y él, después de preguntarme su precio y obtener mi respuesta, me lo devolvería con verdadero pánico en los ojos.
El segundo y último local que encontramos abierto fue un WHSmith en el que gastamos los pocos bats tailandeses que nos quedaban en chicles y cosas por el estilo.
Acercándose por fin la hora de partir, fuimos a la puerta asignada, y tras un embarque que duró una eternidad, subimos a la aeronave. Una vez estuvimos a miles de pies de altura, y a diferencia de lo que ocurrió cuando volé en sentido contrario, pude disfrutar de unas pocas horas de sueño (aunque no demasiadas, que la comodidad aeronáutica es un concepto que no podré experimentar en mi vida a no ser que empiece a gastarme el triple de lo que suelo pagar yo por un billete de avión), interrumpidas varias veces por la amenización incluida en los vuelos de clase turista: lloros de críos, avisos por megafonía, el pasajero de delante que echa su asiento hacia atrás, el pasajero de detrás que da una patada al mío... En algún momento del trayecto Jorge, cuya plaza asignada se encontraba a varias filas de distancia de la mía, vino a contarme que se había metido OCHO HORAS de sueño del tirón, pues su zona era bastante tranquila. Y ante la rabiosa envidia que me invadió tuve que contenerme muy fuerte, so pena de que Pato Aviador terminase hablando de nuestro vuelo en uno de sus libros:
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| Y uno de ellos lo tengo dedicado por el autor, que mandé a mis padres al Corte Inglés a por él el día que los estaba firmando |
Por arte y magia de la rotación terrestre y los husos horarios, las once horas de vuelo se tradujeron en algo menos de seis en mi reloj, por lo que tomamos tierra en Viena aquel mismo día a eso de las ocho y media de la mañana, justo a tiempo para, una vez recogidos nuestros embarcados mochilones, desayunar en el McDonalds del aeropuerto austriaco y sacar fuerzas que nos ayudasen a enfrentarnos al clima europeo otoño-invernal que nos esperaba amenazante en el exterior tras haber pasado casi tres semanas abrigados bajo el Trópico de Cáncer.
Aquí se produjo nuestra despedida (no muy emotiva, la verdad, que nos volveríamos a ver en la oficina al lunes siguiente), pues Jorge contaba con un billete de bus para dirigirse a la ciudad en la que vivimos y yo hice lo propio en tren. Esto quiere decir que, a las once horas de vuelo causantes de un jet lag que comenzaba a tomar forma en mi cerebro como si de una tormenta vietnamita se tratase, habría que añadir otras tres sobre raíles durante las cuales tendría que darme bofetadas a intervalos regulares para evitar que el sueño me venciese antes del final de jornada y trastocase mi ciclo circadiano durante días y días.
Acabado este último trayecto llegué por fin a casa, y como ni yo soy Mike Oldfield ni los grandes finales son lo mío, en vez de dejar por aquí una conclusión a esta serie de entradas que resulte entrañable, ejemplarizante o directamente espectacular, voy a contaros lo que hice durante el resto de aquel día, y así meto paja.
Como, insisto, no quería quedarme dormido, recurrí a mi fisio Babs, que aquel día no trabajaba, y le dije que independientemente de lo que tuviese que hacer durante las siguientes horas, contase conmigo para hacerle compañía. Así que fuimos en su coche al punto limpio local porque tenía que deshacerse de no sé qué chatarra (por cierto, ¿sabíais que en Austria TE COBRAN por tirar basura en el punto limpio? Como lo leéis: al entrar y al salir pesan tu coche, y te toca apoquinar en función de la diferencia. Me parece de lo más cutre y a cualquiera que se lo digo, también), y luego pasamos por el Ikea porque necesitaba algo de allí.
Una vez agotado el comodín de Babs, me vi de vuelta en casa, y por mucho que intenté vencer al sueño, éste ganó la batalla a última hora de la tarde. Mi novia, que por casualidades de la vida también andaba de viaje por el extranjero (en su caso por motivos laborales y con destino Dubai) y compartía conmigo fecha de vuelta apareció por casa cuando yo ya estaba tan frito que ni me enteré.
Y yo creo que lo puedo a dejar aquí, ¿no? Conmigo durmiendo durante muchas horas tras este interminable viaje. De todas formas, lo más interesante que podría contaros acerca del día siguiente es que dediqué mucho rato a contarle a mi novia todo lo que vosotros, pacientemente, habéis tardado un año en leer.

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