Habida cuenta de que tanto el día anterior como el anterior al anterior habían sido bastante nefastos en lo referente a mi estado de salud, que fuese capaz de salir de la cama con relativa energía, así como disfrutar del desayuno del hotel con amable saludo de las cocineras incluido, podría considerarse casi un milagro. Que igual no hubo intervención divina de ningún tipo y la mejora fue debida a la combinación del descanso, la buena alimentación, la acción de mi sistema inmunológico (o lo que quedaba de él por culpa del ritmo que llevábamos desde que comenzó este viaje y que yo he estado describiendo en decenas de entradas) y, lo más importante, los antibióticos que me dio valenciana menor, pero yo tenía que empezar esta entrada de alguna manera y ha tocado meterse en teología.
Hablando de meterse e hilando de maravilla, donde Jorge y yo nos metimos aquel día fue en carretera. Y es que alquilamos en el hotel sendas motos que nos llevaron a un destino situado a treinta kilómetros de Tam Cốc del que os empezaré a hablar en un par de párrafos. Por el camino nos pasaron cosas interesantes: en primer lugar, otro motorista, mientras me adelantaba, se dedicó a pitarme insistentemente, y mientras yo pensaba que cómo se diría en vietnamita "¿qué cojones quieres, gilipollas?" me di cuenta de que su advertencia era debida a que no había quitado la pata de cabra. También pasamos junto al templo en el que Jorge hizo fotos a un grupo de gente con vestidos tradicionales durante la jornada anterior, pero en esta ocasión allí no había nada interesante, así que no mereció la pena entrar. al menos hice una foto:
También pasamos junto a una manada de mansos bóvidos que ocupaban la carretera sin miedo a conductores como nosotros. Al igual que cuando describí a otros similares que vimos en Camboya, voy a decir que eran bueyes, aunque bien podrían ser vacas u otro espécimen de la familia y yo ser un inculto en taxonomía por segunda vez en lo que va de año:
Al fondo de la foto anterior, por cierto, se aprecia un detalle del lugar al que nos dirigíamos aquella mañana: la pagoda más alta de Vietnam, la cual se encuentra en el complejo espiritual y cultura Bái Đính.
Y ahora, permitidme que la líe diciendo que tal complejo me pareció el parque de atracciones del budismo.
Para empezar, contaba con un parking de pago. Parking que Jorge y yo evitamos al dejar las motos a la vuelta de una esquina a cientos de metros del lugar, provocando que mi estancia en el interior del complejo estuviese acompañada por un miedo terrible a que nos las robasen.
En las taquillas situadas a la entrada, aparte de pagar para poder acceder al recinto, tuvimos que pagar para que un minibus que recorría el enorme complejo (setecientas hectáreas, ojo) nos acercase a los puntos más atractivos del lugar, entre los que destacaban una galería con muchísimas estatuas de brillantes rodillas (seguramente fuesen celebridades del mundo del budismo, pero no me dio ni me ha dado por investigar más porque ya he dicho que yo hoy había venido aquí a liarla, no a culturizaros):
También había por allí una enorme campana a la que ni Jorge ni yo hicimos foto, o una estatua gigante de un alegre Buda:
Estatua a la que por cierto, se llegaba tras subir una larga escalinata a cuyo pie hice una foto que me gustó bastante, así que la voy a poner aquí también:
Y, como colofón (y como ya he dicho), la pagoda más alta de Vietnam:
Tras adentrarnos en la estructura y cambiar nuestro calzado por bolsas de plástico que no jodiesen la elegante moqueta, tomamos el ascensor que nos llevó a lo más alto, desde donde saqué esta panorámica:
Una vez disfrutadas las vistas, procedimos a hacer lo propio con el almuerzo, lo cual ocurrió en el que creo que era el único restaurante del lugar (yo al menos no vi más que aquél): un enorme local bastante pijo con pinta de salón de bodas que, gracias a la bendita temporada baja, se encontraba vacío. Esto dio lugar a que Jorge y yo, mientras ocupábamos una mesa circular con sitio para doce comensales, tuviésemos en todo momento a varios camareros a nuestro servicio como si fuésemos dictadores o algo por el estilo (días después, de vuelta en Hanoi, se daría una situación parecida en otro restaurante). Una vez satisfechas nuestras necesidades nutricionales, echamos a andar por al lugar y acabamos perdiéndonos como dos gilipollas, pues el entorno al que nos llevó nuestro errático caminar no tenía pinta de estar destinado a turistas o seguidores de la fe budista.
Lo bueno es que, mira tú, terminamos dando con unas campesinas que, entre risas, nos pidieron que nos acercásemos y nos hicieron entrega de sendas azadas para después indicarnos que currásemos un poco por ellas. Y Jorge y yo, como si de dos marineros que han perdido la razón ante el canto de las sirenas se tratasen, pasamos un rato doblando el lomo a un nivel casi competitivo. Tras unos segundos, las risas de aquellas mujeres y el retorno de nuestros sentidos comunes nos hicieron darnos cuenta de que estábamos haciendo el imbécil, así que les devolvimos las herramientas y, sin abandonar el alegre tono de la interacción, pasamos un rato de socialización con ellas que consistió en escribir nuestras edades con un palo en la tierra y fotografiarnos con la que más fascinada se hallaba ante nuestra estatura.
Pero qué majas fueron. Les hice una foto cuando nos fuimos y me quedó desenfocada, mecagüen:
Minutos después, mientras tratábamos de dar con el camino de vuelta, pasamos junto a otro grupo de locales, esta vez mixto, que cargaba con dificultad un enorme tronco de árbol con raíces y todo. Quizá envalentonados debido a la simpática situación anterior, procedimos a echar una mano con la pesada carga, pero en este caso los hombres de dicho grupo nos dieron a entender que no nos querían por allí, así que hicimos caso de su orden y nos largamos.
Finalmente, conseguimos encontrar la salida del complejo, la cual estaba plagada de puestos de souvenirs que de budista no tenían nada, lo que reafirma mi teoría de que aquello era más bien un parque temático, y descubrimos con alegría que nuestras motos seguían en el apartado lugar en el que las habíamos estacionado horas atrás.
Teníamos aún por delante algo menos de la mitad del día y vosotros acabáis de meteros una entrada de longitud bastante decente. O eso creo, que no estoy tan loco como Isaac Asimov (en realidad, nadie está tan loco como Isaac Asimov) y no me da por contar las palabras de lo que escribo. En cualquier caso, creo que es buena idea dejarlo por hoy y seguir con la historia en la próxima entrada, que ya se me han acabado las ocurrencias.









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