El hotel en el que pernoctamos durante nuestro segundo paso por Bangkok no incluía desayuno. Pero qué cutres. Por ello, no me voy a parar a describir la habitación (aunque también es posible que en realidad no guarde recuerdos de la misma porque mi cerebro y tal) más allá de confirmar que contaba con sus dos camas reglamentarias (así que una vez más nos ahorramos una escena como la de nuestra llegada a Hanoi) y pasaré a contaros que aquella mañana, bien temprano, nos tocó a Jorge y a mí adentrarnos en las calles de Sukhumvit (libres a aquella hora de prostitutas y sugar daddies, no como la noche anterior) en busca de un lugar en el que poder dar cuenta de la primera comida del día. Y aquí hubo escisión.
Resulta que Jorge es de los que funcionan con un café y un par de galletas. Pero yo no. Yo necesito que la descripción de mi desayuno ocupe al menos tres líneas en el menú so pena de estar de nuevo hambriento (y por consiguiente un poquito de mala hostia) al par de horas. Así que mientras él se iba a una cafetería a rellenar su estómago de gorrioncillo, yo me metí en el restaurante de otro hotel que SÍ servía desayunos y me pedí un ídem irlandés con su huevo frito, su bacon, sus judías y demás que, os adelanto, me supo a gloria.
Debido a lo laborioso de mi orden, cuando se me hizo entrega del plato y empecé a desayunar, Jorge ya estaba haciendo la digestión y había venido a buscarme, por lo que pudo disfrutar de unos minutos viéndome comer sin nada que hacer.
Al terminar, volvimos al hotel para hacer el check out, dejamos los mochilones y el gorrito que Jorge se compró en Hanoi días atrás en la consigna y nos dirigimos dando un paseo (con parada en un estanco para que yo pudiese comprarle sugus tailandeses a una amiga) a una supuesta atracción cercana que resultó ser una trampa para turistas: la casa de Jim Thompson.
Jim Thompson fue un arquitecto y empresario que en no sé qué siglo se hizo de oro a base de comerciar con telas en la zona, y la casa que diseñó y en la que vivió está disponible para ser visitada siempre y cuando uno esté dispuesto a pagar la entrada. Y, las cosas como son, es una casa. Así que después de ver la tienda de telas del exterior y hacernos una idea de lo que nos íbamos a encontrar dentro, nos dimos media vuelta, acabando en un ruidosísimo centro comercial en el que me compré un polo naranja de Adidas que me encanta. Centro comercial que, por otra parte, crispó los nervios de Jorge, más partidario él de galerías abiertas y tiendas de barrio. Para que os hagáis una idea los que podáis haceros una idea, el sitio contaba con un Donki (allí pillé un sobre de cartas Pokémon en tailandés, por cierto) como los que hay en Japón. El agobio de mi compañero de viaje y mi interés por hacerme con souvenirs varios dieron lugar a una nueva escisión, así que yo me quedé por la zona y él se fue en busca de aire al cercano parque Lumphini, donde hizo fotos como ésta que voy a robarle:
Obsesionado con encontrar una cartera para mi novia (porque no sólo le compré huevos sorpresa de Pokémon falsísimos) fui de local en local hasta dar con una que a día de hoy, años después, aún sigue utilizando. Tras haber cumplido esta misión, salí a la calle y comencé una caminata que me llevó hasta la zona universitaria, donde no había nada de interés.
Jorge, por su parte, también había concluido su labor caminante, por lo que acordamos encontrarnos para comer. Fue tanto el éxito que tuvo el restaurante al que terminamos yendo dos veces la víspera que decidimos ir allí una tercera vez. Debido a que yo andaba bastante lejos de este nuevo destino, y viendo que una tormenta feísima iba a cambiar el color de todo Bangkok, me dirigí a la parada de metro más próxima.
El ambiente que me rodeaba no se parecía en nada a lo que había experimentado hasta la fecha: calor, humedad, una multitud agolpándose, grupos de estudiantes vistiendo uniformes similares, las primeras luces de neón de aquella oscura tarde y por fin la lluvia que había estado amenazando le dieron a la escena un toque de lo más bladerunneriano ante el que no pude evitar fliparme un poquito, echando mano de mis auriculares y escuchando esto durante el trayecto.
Pero qué tontico que soy a veces.
Total, que nos vimos, comimos y nos fuimos. En esta ocasión, a otro centro comercial, situado en la zona y más tranquilo que el de por la mañana, donde adquirí dos camisetas de manga corta con sendos parches muy monos que aún conservo y que todo el mundo elogia (a pesar de lo mal que llevo yo eso). Y si debajo de este párrafo veis una imagen de dichas prendas, es porque antes de publicar esta entrada he conseguido vencer a la pereza que me da ahora mismo el hacerles una foto.
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| Habéis tenido suerte |
Con esta compra di por concluida mi labor consumista de la jornada, y como a aquella hora la tormenta había pasado a ser el recuerdo de algo ocurrido minutos atrás, volvimos al hotel. Pero no fuimos a la consigna para recoger las maletas y largarnos, no. Con todo nuestro morro (bueno, en realidad el del morro fue Jorge y yo le seguí, que de haber estado solo no me habría atrevido) nos colamos en el ascensor, subimos a la terraza, sacamos el bañador que llevaba metido en nuestras mochilas toda la jornada y tomamos dos tumbonas. Y así, nuestras últimas horas en Bangkok transcurrieron con nosotros dos a remojo en la piscina de un hotel del que ya no éramos huéspedes.
Se acercaba la hora de decir "adiós" (o "hasta otra", que nunca se sabe) a Tailandia, y teniendo en cuenta que nuestro avión partía a las dos de la madrugada (es que no me jodas), tras abandonar aquella alberca hicimos una rápida incursión en el seven eleven que había frente al hotel y pillamos unos bocadillos que nos servirían de cena cuando llegásemos a un aeropuerto en el que todos los restaurantes iban a estar cerrados (es que, insisto, no me jodas). Y aquí tuvo lugar una anécdota que os voy a contar para poder meter algo de relleno en esta corta entrada.
Resulta que, entre otros clientes, en el local había tres individuos que hablaban castellano: un padre y un hijo con rasgos y acentos muy españoles de Ejjjpaña y la pareja del padre, asiática. El chiquillo estaba dando por culo que no veáis: con un volumen de voz excesivo para los estándares de cualquier lugar no bañado por las aguas del Mediterráneo, no paraba de exigir a los dos adultos que le comprasen todo lo que veía en los pasillos, haciendo especial énfasis en que quería no sé que mierda de "roblox". Que a día de hoy sigo sin saber qué era, pero lo odio con toda mi alma por haber tenido que escuchar a un crío español gritar la palabra "roblox" al menos quince veces en un seven eleven tailandés.
Terminé yo primero de comprar mi pseudocena (si no está caliente, no es cena. Y no me voy a bajar de esa burra) y, mientras Jorge seguía decidiendo qué se llevaría al buche poco después, salí apresurado del local, pues estaba a un "roblox" de cometer un infanticidio. Mientras se producía mi espera en el exterior, el crío de los huevos cruzó la puerta, contemplando mi silueta de espaldas y confundiéndome con su padre. Se me acercó entonces, empezó a soltarme una turra espectacular y yo, ignorando su discurso, me giré para mirarle fijamente con una seria expresión que venía a decir: "niño, no soy tu padre y espero que este malentendido que realmente no tiene importancia se convierta en trauma".
Oye, ¿quién sabe? A lo mejor el mocoso, dentro de unos años, se abre un blog y escribe una entrada hablando de ello. No sería el primero que hace algo así, ejem, ejem.
¿Qué? ¿Que os parezco mala persona por desearle traumitas a un chiquillo al que no conozco? Pues esperad a la siguiente entrada, y ya veréis lo perro que puedo llegar a ser.


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