lunes, 1 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Aquel loco restaurante de Hanoi

Después de un par de entradas en las que me he desviado un poquito de la historia para hablaros de ropa y fútbol porque este blog no sería este blog si yo no me fuese por las ramas de vez en cuando, retomo el hilo: tras una jornada de callejeo por Hanoi, Jorge y yo nos dirigíamos en taxi al hotel en el que pasaríamos nuestra última noche en Vietnam. No me voy a parar a hablar del establecimiento ahora por dos motivos: en primer lugar, porque intuyo que mi siguiente entrada se va a quedar corta en cuanto a detalles y voy a necesitar bien de paja que la rellene; y en segundo lugar, porque quiero que me acompañéis cuanto antes al lugar al que nos dirigimos minutos después de depositar nuestros mochilones y mochilas (y el sombrerito que Jorge compró días atrás) en el suelo de la habitación.

Teniendo en cuenta que la zona en la que nos encontrábamos se hallaba relativamente cerca del Aeropuerto Internacional Noi Bai, y que además era media tarde, uno esperaría encontrarse a bastante gente por la calle, ¿no? Bueno, pues aquello estaba desierto hasta tal punto que a Jorge y a mí nos daba un pelín de mal rollo. No obstante, terminamos dando con un restaurante abierto aunque a medio gas en cuanto a comensales. Una de las mesas, próxima a la puerta, estaba ocupada por un grupito de mujeres que charlaban animadas tras haber dado cuenta de la cena. A pocos metros, tres hombres de rudo aspecto debatían sobre no quiero saber qué, y en la zona central de aquel enorme local que parecía aún más grande por encontrarse casi vacío se encontraba una familia compuesta por unos diez o doce miembros pertenecientes a al menos tres generaciones. Esta lista de asistentes se completaba con el personal que trabajaba allí sirviendo mesas y los dos cocineros que peleaban con los fogones en una pequeña cocina visible desde la entrada.

¿Que por qué he sido tan minucioso al enumerar a quienes estaban allí? Pues porque TODOS ellos se giraron con cara de asombro al ver a dos extranjeros cruzar el umbral (sí, hasta los cocineros se asomaron). La misma cara de asombro con la que nos miramos Jorge y yo mientras nuestras respectivas paranoias nos hacían preguntarnos si no sería mejor darnos media vuelta, comprar unas bolsas de patatas fritas en alguna tienda y comérnoslas encerrados en la habitación del hotel del que aún no os he hablado.

Teniendo en cuenta el título del post y lo que aún os queda por leer del mismo, habréis deducido acertadamente que decidimos ignorar a nuestras paranoias y ocupamos una de las muchas mesas vacías de aquel restaurante sintiendo cómo aún nos seguían algunas de aquellas curiosas miradas que parecían no haber visto a un individuo foráneo pisar por allí en cincuenta años. Se nos acercaron entonces tres camareros que apenas hablaban inglés, y mediante una breve conversación que incluyó más gestos que palabras, Jorge y yo les indicamos que queríamos cenar, por lo que nos hicieron entrega de sendos menús con nombres de platos y descripciones escritos únicamente en vietnamita. 

Mientras que nosotros tratábamos de interpretar lo que allí se servía, más camareros y camareras se arremolinaron en torno a nuestra mesa como si se tratasen de palomas que se te acercan cuando estás jalándote un bocadillo en un banco del parque, y comenzaron a señalar artículos de aquella carta y a tratar de explicar en qué consistían. Llegó un momento en el que, aislado de aquel barullo, miré a Jorge y le pregunté: "Jorge, ¿tengo a SEIS camareros detrás de mí ahora mismo?" y él, completamente ojiplático y sin atreverse a abrir la boca, me lo confirmó con una seña afirmativa.

Al final me pedí un rollito de primavera y unas patatas fritas porque tras escuchar a turistas de diferentes países decenas de historias sobre intoxicaciones alimentarias, temía que me fuese a tocar a mí a un par de días de terminar esta aventura, y no era plan. No recuerdo qué se pidió Jorge, pero algo por el estilo.

Poco después nos sirvieron la comanda. Nos estábamos enfrentando pues a los primeros bocados y entonces comenzó a atronar por los altavoces esta canción al tiempo que uno de los camareros salía de la cocina portando una tarta que depositó en la mesa familiar. Resulta que el yayo de aquella familia celebraba su cumpleaños, y aquí empezó lo bueno: el tenso ambiente propio de un saloon del lejano oeste dio lugar a otro mucho más festivo, y más aún cuando todos los comensales, familiares del yayo o no, recibimos una porción del cumpleañero postre.

Durante los siguientes minutos, los niños se dedicaron a acercársenos con divertida sorpresa, completando un ritual consistente en depositar sobre nuestra mesa pequeñas estampitas que representaban billetes y botellas de champagne (esto debe ser típico de allí o algo. No hice foto en su momento y ahora me es imposible dar con referencias en internet porque a día de hoy tratar de encontrar cualquier cosa en cualquier buscador es una mierda desesperante) y salir corriendo entre carcajadas.

Poco después de que hubiésemos terminado nuestra cena y las riquísimas raciones de tarta llegó el yayo, quien tras una visita a la mesa de los tres hombres rudos (las mujeres que había cerca de la puerta ya se habían ido, por lo que se perdieron el festival que os estoy describiendo) se pasó por la nuestra, ocupó una de las sillas y, sin decir una palabra, sacó una botella de whisky y vasos para los tres. Nos sirvió así un chupito y nos invitó a brindar con él, lo cual hicimos de muy buen grado. Imitando a aquel simpático abuelo vietnamita, yo di cuenta de mi bebida al momento, y vi que Jorge dudada mientras sujetaba su vasito, pues por muy majo que resultase aquel señor, su sentido común le estaba pidiendo a gritos que rechazase alcohol ofrecido por un desconocido. Me tocó pues darle un codazo verbal ("Jorge, por tu madre. Bébete el whisky que vas a ofender al yayo, joder") al que hizo el caso correspondiente, causando así que el abuelo, agradecido y satisfecho, volviese con su familia.

Y empezó el karaoke (una actividad muy popular, tal y como comprobamos en varios lugares aunque no sé si lo he comentado antes porque son casi cincuenta entradas y me cuesta seguir la pista de todo lo que he contado ya). Uno de los familiares, haciendo gala de una horrísona voz, comenzó a entonar una canción conocida sólo allí, y Jorge y yo decidimos que aquello marcaba el fin de nuestra estancia en el restaurante. Pagamos entonces la cuenta y abandonamos el sitio aún invadidos por la incredulidad ante los acontecimientos. Tan confundido estaba, que cuando saqué una foto de la entrada que probase que todo aquello no había sido una experiencia alucinógena no me di cuenta de que había un árbol en todo el medio impidiendo ver el local.


De vuelta al hotel, paramos en un quiosco que aún se encontraba abierto y que vendía toda clase de artículos: galletas, salsa de tomate, material escolar, o incluso peluches. Y Jorge se encariñó de uno ENORME que quiso comprarle a su sobrino. Antes de hacer el desembolso, me preguntó si yo creía que le cabría en el mochilón, habida cuenta de toda la morralla que habíamos ido adquiriendo durante nuestro viaje. Yo estaba convencido de que el bicho no entraría ni de coña, pero le dije totalmente convencido que sí, que lo comprase sin dudarlo.

Sí, soy así de cabrón, y lo he sido siempre. De hecho, tengo otro ejemplo al respecto que compartiré con vosotros dentro de un par de entradas. Pero antes, pongamos punto y final a nuestra estancia en Vietnam.

Licencia Creative Commons

No hay comentarios:

Publicar un comentario