lunes, 10 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Hola otra vez, Hanoi

Después de tantos días (y tantas entradas, aunque no me arrepiento de nada), tocó decir "hasta siempre" a Tam Cốc, no sin antes disfrutar de un desayuno en el restaurante del hotel que una vez más incluyó el saludo de las cocineras, recoger la ropa que había dejado en la lavandería sita frente al hotel la noche anterior y pagar por nuestro alojamiento. Y en este último detalle me voy a detener un párrafo, que he empezado yo hoy muy acelerado, me parece a mí.

Mencioné en su día que cuando llegamos al hotel de Tam Cốc fuimos recibidos por un simpatiquísimo recepcionista llamado Dí, y quiso la casualidad cerrar este capítulo en redondo y regalarnos su presencia también al irnos, pues fue Dí el encargado de hacer el trámite. Por un quítame allá esta inflación de la hostia, los precios en la moneda del país solían incluir muchos más ceros de lo que tenemos por costumbre en Europa (aunque al paso que va la burra, a lo mejor terminamos igual aquí, que mis últimos tickets de la compra del Lidl parecen salidos del supermercado del Corte Inglés), y la factura del hotel ascendió a no recuerdo cuántos millones de đồng. Dí, sin perder su amable sonrisa, se equivocó y nos dijo que el precio era no recuerdo cuántos millones DE EUROS; y Jorge, en tono de broma y con ese don que tiene para mantener conversaciones agradables con todo el mundo (pero qué envidia le tengo, joder) respondió que menudo robo, provocando la carcajada del vietnamita. Además, aprovechando el ambiente que se había establecido, le echó un poco más de morro y, como si de mi propia abuela que en paz descanse cuando usaba el comodín de "oye, que soy pensionista" se tratase, le dejó caer a Dí lo buenos huéspedes que habíamos sido y pidió su confirmación ante este enunciado.

Y Dí nos regaló sendas carteras de señora. Un cielo de chaval, insisto.

Lo del don de Jorge aún salió a relucir una vez más aquel día, pocos minutos después, cuando ya nos encontrábamos de camino a Hanoi. Y es que, recién arrancada la furgoneta en la que nos dirigimos a la capital vietnamita, capté un par de frases de la conversación que mantenían los tres miembros de una familia española, para luego comentarle a Jorge "ésos son de tu tierra" y quedar así como un garrulo en lo que a acentos se refiere.

Me explico: Jorge, es extremeño (como Robe), y aquellos tres resultaron ser de Málaga. De todas formas, esto no impidió que Jorge les diese palique durante casi todo el trayecto, por supuesto, y les contase, entre otras cosas, que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

Yo me quedé callado (en parte porque aún no me había curado del todo de mi infección de garganta y mi organismo seguía a medio gas y en parte porque soy así de seto). De hecho, en cierto momento del viaje, usando como nana aquella ajena conversación en la que acentos castúo y andaluces se entremezclaban y a mí me seguían pareciendo iguales, y aprovechando que el conductor no compartía los instintos suicidas del que nos dejó en Tam Cốc días atrás me eché una reparadora siesta.

La socialización que se curró mi compañero de viaje nos vino de perlas al llegar a Hanoi. El hotel en el que debíamos de alojarnos aquella noche estaba cerca del aeropuerto (que pillaba a varios a tomar por culo de distancia del centro) porque teníamos un vuelo programado a la mañana siguiente (pero no adelantemos acontecimientos), y nuestro plan original consistía en pasar el día en la ciudad.

Y ¿qué teníamos pensado hacer con nuestro equipaje durante todo ese tiempo? Pues contábamos, panolis de nosotros, con encontrar un bar o similar con un personal lo bastante amable y de fiar como para cuidar durante la jornada de nuestros mochilones y el sombrerito que Jorge se había comprado días antes mientras nosotros turisteábamos. Bueno, pues al final los malagueños nos ofrecieron dejar todo en la consigna de su céntrico hotel, siempre y cuando al personal de dicho hotel les pareciese tan bien como a los del hipotético bar o similar.

Y los del hotel dijeron que vale. Así que moraleja: si coincidís con gente de Málaga en un viaje a Hanoi, dadles palique.

Nos despedimos de aquellos compatriotas y al final, mira tú, sí que fuimos a un bar cercano, aunque libres de equipaje, y Jorge se interesó por el café de comadreja: una especialidad que se caracteriza porque sus granos, antes de ser tostados, se han dado un paseíto por el sistema digestivo de dicho animal. Sí, suena asqueroso y no sé si sabrá igual porque al final ni él ni yo adquirimos el producto. Jorge perdió el interés y yo por aquel entonces contaba con una cafetera senseo de las de monodosis de papel. Además, no nos quedó muy claro si el establecimiento contaba realmente con la carísima variedad cafetera o no. De todas formas, nos tomamos uno sin exquisiteces preparado según la modalidad vietnamita (modalidad que describí hace no mucho), y su templada temperatura no ayudó a que me encontrase mejor.

Tampoco ayudó demasiado la sopa de tallarines que comí poco después en el mismo restaurante lleno de turistas en el que almorzamos la primera vez que pasamos por aquí (no, no nos la quisimos jugar buscando un sitio nuevo). Qué triste, ni café ni sopa caliente me rescataron de mi abatimiento; pero decidí que por muy hecho mierda que estuviese, ya había perdido demasiado tiempo metido en cama cuando debería haber estado viendo cosas por hallarme en la otra punta del mundo.

Así que me arrastré tras Jorge y nos pusimos a ver cosas. Lo primero que vimos fue un local de ropa cercano, que culturalmente no aportará nada a mi viaje, pero es que en el mismo me pasó una cosa de una trascendencia tal, que os la voy a tener que contar en entrada aparte (y si os parece ruin, os aviso de que no es la última vez que pienso hacer hoy algo así). De todas formas, añadimos la nota cultural al acercarnos a la Pagoda de Pilar Único. Como su nombre indica, se trataba de una pagoda situada sobre un único pilar, y por si no me creéis le voy a robar a Jorge una foto que lo demuestre:


En la zona, por cierto, había carteles relativos a cierta corriente budista sobre las leyes de la causa y el efecto con ilustraciones loquísimas. Mientras planificaba la monstruosidad que lleváis meses leyendo tuve la ocurrencia de intentar hacerme con copias de los carteles y convertir el proceso en parte de la historia, pero nunca llegué a ponerme a la tarea y en parte me alegro porque me da que no voy a tener espacio antes de que acabe el año para esta misión secundaria. Os dejo un ejemplo de uno de los carteles que he encontrado por internet y así os hacéis una idea, que tenía su chicha:

fuente: reddit
Y el resto de carteles, con imágenes por el estilo

También estuvimos frente al cercano mausoleo de Ho Chi Minh, pero en vez de entrar en el mismo entramos en otra cafetería en la que un café, esta vez bien caliente, y un trozo de pastel me ayudaron a recuperar las fuerzas. Y si a los nutrientes le sumáis que pude distraerme un rato a base de pedirle a Jorge nombres de actores y actrices para jugar con ellos al oráculo de Kevin Bacon (especialito que es uno), al final me encontraba bastante bien cuando llegamos a una tienda en la que adquirí el producto que menos os esperaríais.

Os dejo que paséis unos segundos intentando adivinar qué era, y os daré la solución en un par de entradas (pero qué ruin soy, insisto).

Nuestro paseo de aquella jornada finalizó a orillas del lago Trúc Bạch, donde echamos un buen rato hablando mierda de compañeros del trabajo y conocidos varios. De allí volvimos al hotel que no era el nuestro para recuperar nuestros equipajes y el sombrerito de Jorge, y tras pedir un taxi que nos recogió en la puerta comenzamos el larguísimo trayecto a nuestro alojamiento.

Fijaos si dicho trayecto fue largo, que va a terminar en otra entrada.

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