lunes, 17 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Anécdota relacionada con mi aspecto físico

Hoy, haciendo uso de ese recurso tan habitual en mi blog por el que comienzo la entrada tirando de un tema aleatorio e inesperado, voy a hablar de... las sudaderas de Adidas. En concreto, de las sudaderas de Adidas con cremallera, ésas con cuellos y puños grandes. ¿Os ubicáis?

Esta prenda de vestir, que se volvió tan icónica durante el último cuarto del pasado siglo, fue para mí un inalcanzable objeto de deseo durante mi infancia y adolescencia. Mis padres, con toda la razón del mundo, no estaban dispuestos a soltar el pastizal que costaba una de éstas, habida cuenta de que, a la velocidad a la que me desarrollaba, se me quedaría pequeña en meses.

Por ello, no fui dueño de una cuando ésta disfrutaba del apogeo de su diseño. Y es que la calidad, el acabado y la forma de la misma la convertían en un primor allá por los ochenta y noventa: con su tela recia de estilo almidonado que se entallaba en la cintura y realzaba los pectorales... Quien se metía dentro de dicha prenda parecía de forma completamente natural un decatleta soviético:

fuente: studio waldeck

Peeero... Esa corriente socioeconómica consistente en intentar maximizar beneficios a costa de joderlo todo llamada Capitalismo decidió coger carrerilla cuando yo dejé de crecer y comencé a tener dinero propio que poder gastarme en chorradas. Así que llegado el momento de sacar a paseo mi cartera para adquirir una sudadera con cremallera de la marca alemana, lo que se me ofrecía era una prenda hecha con peor tela, bolsas en la cintura y cuellos y puños cortos que ya no aguantaban firmes. Me hacía parecer un decatleta soviético, sí, pero uno que había terminado convertido en yonki de polígono tras pasarse con la nandrolona.

Pero qué feas son las putas sudaderas de Adidas actuales, en serio:

fuente: zalando

¿Sabéis que más es feo? Yo.

Así es. Hay gente objetivamente guapa, hay gente subjetivamente guapa o fea y hay gente objetivamente fea. Y yo pertenezco al tercer grupo. ¿Qué le vamos a hacer? La colección de asimetrías, imperfecciones e irregularidades que decoran mi rostro no es que provoquen abanicables sofocos precisamente; y podría contar con los dedos de una mano el número de cumplidos que he recibido a lo largo de mi vida de quienes no tendrían por qué dármelos. "Qué bien estás de salud" es lo más parecido a un piropo que puedo esperar.

Vale, quizá influya el que, como dijo Juan Sanguino en cierto episodio de Delirios de España (uno de los mejores podcasts que conozco y que vosotros ya deberíais haber escuchado) pertenezco a la última generación que no sabe reaccionar de manera natural cuando se tiene que enfrentar a una cámara y esto provoca que al ver mis fotos se me pueda definir como "poco agraciado"; o es posible que la sequedad vallisoletana que mi rostro muestra por defecto me afee, pero a estas alturas de la vida no sé lo que se siente cuando uno recibe mejor trato por parte de los demás al ser atractivo en esta sociedad tan superficial.

En fin, no os toméis esto que acabo de decir como algo deprimente. Deprimente es que, estando yo con Jorge en Hanoi, me encontrase tan mal de salud que se me pasase por la cabeza el largarme al hotel y perderme aquella ciudad tan interesante. Por suerte, tras dar cuenta del almuerzo deseché esa idea y me arrastré tras mi compañero de viaje en busca de lo que la capital vietnamita pudiese ofrecernos. Y si prestasteis atención al leer la anterior entrada, recordaréis que la primera parada de este pequeño viacrucis al que tuve que enfrentarme era una tienda de ropa situada a escasos metros del restaurante. No llegamos a entrar en la misma, pues gran parte del género a la venta se hallaba colgando en perchas de varios rieles situados en la propia calle, como en el caso del centro de estética y masajes del que os hablé semanas atrás. Pero aquí no había jerseys de lana verde horrorosos con una pantera en el pecho como el que Jorge se compró y que, meses después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa. ¿Sabéis qué es lo que había a la venta en esta ocasión?

Sudaderas de Adidas. Pero no de las nuevas, no. Sudaderas de adidas clásicas, de segunda mano pero muy bien conservadas.

Qué bien se me da hilar temas a veces, ¿verdad?

En fin, que yo, con los ojos como platos, ya estaba calculando cuánto sitio quedaba en mi mochilón para poder hacer realidad una de mis más idílicas retrospecciones a base de vestir con esta perfecta prenda día sí, y día también, cuando la realidad me dio un bofetón desde la etiqueta de la misma: la más grande era una talla M. Y yo, aclaro, visto la XL.

Este detalle trajo a mi memoria un lamentable recuerdo de mi adolescencia en el cual arrastré a mi madre al Foot Locker del centro comercial vallisoletano del que ya he hablado en este blog varias veces con el objetivo de adquirir una sudadera no de Adidas, sino de Puma (la historia de los dos hermanos dueños de las marcas y de cuál era nazi y cuál no la buscáis vosotros, que me da pereza ponerme a ello ahora), pues desde el exterior del local vi que estaban a mitad de precio. Tras intentar probarme una de ellas y descubrir con sorpresa que apenas podía entrar en la misma, la dependienta me indicó que me estaba intentando poner una prenda DE NIÑO. Y las de adulto no sólo no estaban de oferta, sino que contaban con un precio tan desorbitado que mi madre declaró que estaban muy bien donde estaban. No obstante, mi yo adolescente de aquel entonces carecía del juicio necesario para darle la razón, por lo que salí de allí aguantándome unas idiotas lágrimas de rabia.

Al encontrarme perdido dentro de tan patético recuerdo, me sorprendió sobremanera que uno de los responsables de la tienda saliese por la puerta y se me acercase a toda velocidad mientras me dirigía un enérgico "¡EH!". Que yo no estaba haciendo nada malo, pero no pude evitar asustarme.

Y ahora, volviendo a lo de mi aspecto físico, voy a hacer un recuento de las capas de fealdad que se apilaban sobre mi cara en aquel momento: una básica de gris seriedad, otra ojerosa que reflejaba mi cansancio y debilidad a causa de mi estado de salud, una tercera representando la mezcla de descontento y tristeza ante la falta de una XL con la que poder vestirme y, por último, una expresión de asustada sorpresa ante el inesperado dependiente que, intuyo, me hacía parecer además de feo, un poquito gilipollas.

Bueno, pues a pesar de tan evidente ausencia de belleza, aquel hombre hizo a continuación algo que a día de hoy sigue desconcertándome: echó mano de su teléfono, hizo una rápida búsqueda en el mismo y, mientras lo señalaba efusivamente me dijo en inglés: "¡te pareces a éste! ¡Te pareces a éste!"

Siguiendo su indicación, miré a la pantalla, y descubrí con sorpresa en la misma a un Ryan Gosling que me miraba fijamente.

fuente: getty images

Ryan Gosling. EL PUTO RYAN GOSLING.

fuente: biography.com

Pero ¿cómo me iba a parecer yo a Ryan Gosling, si Ryan Gosling ESTÁ BUENO?

fuente: gq

Perplejo, solté la diminuta sudadera que había tenido entre mis manos hasta que se produjo la halagadora interrupción y respondí con un incrédulo "gracias" para acto seguido huir del lugar y de una situación que no estoy para nada acostumbrado a protagonizar.

Tras darle vueltas a esta anécdota, he tratado de buscar una explicación a lo que ocurrió, y aunque no la he encontrado, he desarrollado varias teorías:

La primera es que realmente me parezco a Ryan GoslNO. Ya os digo yo que no.

La segunda es que el dependiente me dedicó aquel cumplido con la idea de camelárseme para que adquiriese una de sus prendas, pero su esfuerzo habría resultado inútil habida cuenta de la diferencia de tamaño entre su oferta y mi demanda.

La tercera es que, en un ejercicio de racismo inverso y lección de humildad, para aquel vietnamita todos los occidentales nos parecemos a Ryan Gosling porque todos los occidentales somos iguales. Y aquí no tendría nada que discutirle porque ya os conté cuánto me costó encontrar a Perún entre la marabunta de guías camboyanos cuando visitamos Angkor Wat.

Sea como fuere, al final puedo decir me han comparado con Ryan Gosling y con eso que me quedo, mira tú. Como remate a esta anécdota, os diré que cuando se la conté a mi mejor amigo, me hizo saber que a él una chica a la que conoció por internet le dijo que se parecía a Ryan Reynolds. Por ello, decidimos crear un grupo de Whatsapp sólo para nosotros dos llamado los rayans. Dicho grupo tiene la siguiente foto de perfil:

fuente: harper's bazaar

Si es que todo lo que tengo de feo lo tengo de ingenioso.

Aquel mismo día, minutos después, pasó otra cosa curiosa.

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lunes, 10 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Hola otra vez, Hanoi

Después de tantos días (y tantas entradas, aunque no me arrepiento de nada), tocó decir "hasta siempre" a Tam Cốc, no sin antes disfrutar de un desayuno en el restaurante del hotel que una vez más incluyó el saludo de las cocineras, recoger la ropa que había dejado en la lavandería sita frente al hotel la noche anterior y pagar por nuestro alojamiento. Y en este último detalle me voy a detener un párrafo, que he empezado yo hoy muy acelerado, me parece a mí.

Mencioné en su día que cuando llegamos al hotel de Tam Cốc fuimos recibidos por un simpatiquísimo recepcionista llamado Dí, y quiso la casualidad cerrar este capítulo en redondo y regalarnos su presencia también al irnos, pues fue Dí el encargado de hacer el trámite. Por un quítame allá esta inflación de la hostia, los precios en la moneda del país solían incluir muchos más ceros de lo que tenemos por costumbre en Europa (aunque al paso que va la burra, a lo mejor terminamos igual aquí, que mis últimos tickets de la compra del Lidl parecen salidos del supermercado del Corte Inglés), y la factura del hotel ascendió a no recuerdo cuántos millones de đồng. Dí, sin perder su amable sonrisa, se equivocó y nos dijo que el precio era no recuerdo cuántos millones DE EUROS; y Jorge, en tono de broma y con ese don que tiene para mantener conversaciones agradables con todo el mundo (pero qué envidia le tengo, joder) respondió que menudo robo, provocando la carcajada del vietnamita. Además, aprovechando el ambiente que se había establecido, le echó un poco más de morro y, como si de mi propia abuela que en paz descanse cuando usaba el comodín de "oye, que soy pensionista" se tratase, le dejó caer a Dí lo buenos huéspedes que habíamos sido y pidió su confirmación ante este enunciado.

Y Dí nos regaló sendas carteras de señora. Un cielo de chaval, insisto.

Lo del don de Jorge aún salió a relucir una vez más aquel día, pocos minutos después, cuando ya nos encontrábamos de camino a Hanoi. Y es que, recién arrancada la furgoneta en la que nos dirigimos a la capital vietnamita, capté un par de frases de la conversación que mantenían los tres miembros de una familia española, para luego comentarle a Jorge "ésos son de tu tierra" y quedar así como un garrulo en lo que a acentos se refiere.

Me explico: Jorge, es extremeño (como Robe), y aquellos tres resultaron ser de Málaga. De todas formas, esto no impidió que Jorge les diese palique durante casi todo el trayecto, por supuesto, y les contase, entre otras cosas, que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

Yo me quedé callado (en parte porque aún no me había curado del todo de mi infección de garganta y mi organismo seguía a medio gas y en parte porque soy así de seto). De hecho, en cierto momento del viaje, usando como nana aquella ajena conversación en la que acentos castúo y andaluces se entremezclaban y a mí me seguían pareciendo iguales, y aprovechando que el conductor no compartía los instintos suicidas del que nos dejó en Tam Cốc días atrás me eché una reparadora siesta.

La socialización que se curró mi compañero de viaje nos vino de perlas al llegar a Hanoi. El hotel en el que debíamos de alojarnos aquella noche estaba cerca del aeropuerto (que pillaba a varios a tomar por culo de distancia del centro) porque teníamos un vuelo programado a la mañana siguiente (pero no adelantemos acontecimientos), y nuestro plan original consistía en pasar el día en la ciudad.

Y ¿qué teníamos pensado hacer con nuestro equipaje durante todo ese tiempo? Pues contábamos, panolis de nosotros, con encontrar un bar o similar con un personal lo bastante amable y de fiar como para cuidar durante la jornada de nuestros mochilones y el sombrerito que Jorge se había comprado días antes mientras nosotros turisteábamos. Bueno, pues al final los malagueños nos ofrecieron dejar todo en la consigna de su céntrico hotel, siempre y cuando al personal de dicho hotel les pareciese tan bien como a los del hipotético bar o similar.

Y los del hotel dijeron que vale. Así que moraleja: si coincidís con gente de Málaga en un viaje a Hanoi, dadles palique.

Nos despedimos de aquellos compatriotas y al final, mira tú, sí que fuimos a un bar cercano, aunque libres de equipaje, y Jorge se interesó por el café de comadreja: una especialidad que se caracteriza porque sus granos, antes de ser tostados, se han dado un paseíto por el sistema digestivo de dicho animal. Sí, suena asqueroso y no sé si sabrá igual porque al final ni él ni yo adquirimos el producto. Jorge perdió el interés y yo por aquel entonces contaba con una cafetera senseo de las de monodosis de papel. Además, no nos quedó muy claro si el establecimiento contaba realmente con la carísima variedad cafetera o no. De todas formas, nos tomamos uno sin exquisiteces preparado según la modalidad vietnamita (modalidad que describí hace no mucho), y su templada temperatura no ayudó a que me encontrase mejor.

Tampoco ayudó demasiado la sopa de tallarines que comí poco después en el mismo restaurante lleno de turistas en el que almorzamos la primera vez que pasamos por aquí (no, no nos la quisimos jugar buscando un sitio nuevo). Qué triste, ni café ni sopa caliente me rescataron de mi abatimiento; pero decidí que por muy hecho mierda que estuviese, ya había perdido demasiado tiempo metido en cama cuando debería haber estado viendo cosas por hallarme en la otra punta del mundo.

Así que me arrastré tras Jorge y nos pusimos a ver cosas. Lo primero que vimos fue un local de ropa cercano, que culturalmente no aportará nada a mi viaje, pero es que en el mismo me pasó una cosa de una trascendencia tal, que os la voy a tener que contar en entrada aparte (y si os parece ruin, os aviso de que no es la última vez que pienso hacer hoy algo así). De todas formas, añadimos la nota cultural al acercarnos a la Pagoda de Pilar Único. Como su nombre indica, se trataba de una pagoda situada sobre un único pilar, y por si no me creéis le voy a robar a Jorge una foto que lo demuestre:


En la zona, por cierto, había carteles relativos a cierta corriente budista sobre las leyes de la causa y el efecto con ilustraciones loquísimas. Mientras planificaba la monstruosidad que lleváis meses leyendo tuve la ocurrencia de intentar hacerme con copias de los carteles y convertir el proceso en parte de la historia, pero nunca llegué a ponerme a la tarea y en parte me alegro porque me da que no voy a tener espacio antes de que acabe el año para esta misión secundaria. Os dejo un ejemplo de uno de los carteles que he encontrado por internet y así os hacéis una idea, que tenía su chicha:

fuente: reddit
Y el resto de carteles, con imágenes por el estilo

También estuvimos frente al cercano mausoleo de Ho Chi Minh, pero en vez de entrar en el mismo entramos en otra cafetería en la que un café, esta vez bien caliente, y un trozo de pastel me ayudaron a recuperar las fuerzas. Y si a los nutrientes le sumáis que pude distraerme un rato a base de pedirle a Jorge nombres de actores y actrices para jugar con ellos al oráculo de Kevin Bacon (especialito que es uno), al final me encontraba bastante bien cuando llegamos a una tienda en la que adquirí el producto que menos os esperaríais.

Os dejo que paséis unos segundos intentando adivinar qué era, y os daré la solución en un par de entradas (pero qué ruin soy, insisto).

Nuestro paseo de aquella jornada finalizó a orillas del lago Trúc Bạch, donde echamos un buen rato hablando mierda de compañeros del trabajo y conocidos varios. De allí volvimos al hotel que no era el nuestro para recuperar nuestros equipajes y el sombrerito de Jorge, y tras pedir un taxi que nos recogió en la puerta comenzamos el larguísimo trayecto a nuestro alojamiento.

Fijaos si dicho trayecto fue largo, que va a terminar en otra entrada.

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lunes, 3 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Las friegas

Después de haber recorrido el largo camino en el que se ha convertido mi relato sobre nuestra estancia en Tam Cốc, voy a cambiar de tema para pasar a hablaros de Maísa. Maísa (aunque quizá su nombre era en realidad Marisa y yo siempre lo oía mal) era la masajista a la que los miembros de mi familia acudíamos cada vez que nuestro habitual estoicismo vallisoletano se quedaba corto a la hora de encarar la dolencia muscular de turno. Su consulta, que era a la vez su vivienda, contaba con el permanente olor de los aceites que aplicaba para luego restregar con la fuerza que su avanzada edad le permitía, acompañando cada movimiento con una dificultosa respiración que me causaba una mezcla de preocupación y miedo.

Y es que yo era un impresionable mocoso (nunca mejor dicho, y enseguida veréis por qué) de 5 años cuando Maísa, que en mi casa era definida como curandera además de masajista, lidió con mis vegetaciones. Mi madre rechazó que pasase por quirófano (pues ella tuvo que hacer lo propio tiempo ha y la experiencia no debió ser nada agradable), dejando mi salud respiratoria en manos de aquella mujer. Durante no recuerdo cuántas sesiones su tratamiento consistió en un repetitivo y enérgico frote de mis muñecas a las que posteriormente anudaba siete veces sendas tiras de trapo que yo debía portar hasta la siguiente cita.

¿Funcionó aquel ritual de las ridículas y caseras pulseritas? Pues no os lo vais a creer, pero inexplicablemente, el tratamiento resultó ser mano de santo. Bueno, más bien mano de Maísa, pero ya me entendéis. Mi yo escéptico quiere pensar que en realidad hubo una remisión y el tratamiento fue una pérdida de tiempo y dinero, pero mi yo bloguero necesitaba un comienzo de entrada y ha tocado hablar de aquella vez que me libré de las vegetaciones sin que tuviese que mediar bisturí alguno.

Ahora que lo pienso, es posible que ya os haya contado esta historia en el pasado (mi cerebro está especialmente gilipollas últimamente. Hace dos días me puse la peli Donnie Brasco y no pude dejar de pensar en todo momento que ya la había visto), pero me da igual.

El que acabáis de leer es el primer recuerdo que guardo relacionado con los masajes. Podría haber mencionado a Felipe, otro masajista/curandero similar que tomó el relevo de Maísa, o a Helga, una joven que estaba de prácticas en una clínica de fisioterapia, me trató una lesión que me hice en la espalda por no saber levantar pesas y que dejó aquello para meterse en un bachillerato de artes y así perseguir su verdadera vocación; o a Babs, la fisioterapeuta que actualmente se encarga de deshacer todo el daño que ejerce sobre mi espinazo el verme obligado a pasar horas y horas sentado frente al ordenador a cambio de un salario.

Sin embargo, no voy a entrar en detalles acerca de estos personajes. En primer lugar, porque me he propuesto no marcharme a comer hasta terminar esta entrada y ya me está entrando hambre; y en segundo lugar porque el tema del que yo quería hablar hoy y no estoy siendo capaz de arrancar es el relativo a los masajes que cayeron durante nuestro viaje.

No fueron pocos. Y es que, si el concepto "masaje tailandés" es mundialmente popular, no os quiero ni contar cuando hablamos de la propia Tailandia (y por extensión y porque tiro porque me toca, de Camboya y Vietnam también). Cientos de locales ofrecían este tratamiento allá donde íbamos, y aunque sus instalaciones diferían de lo que estamos acostumbrados a ver con nuestros privilegiados ojos occidentales, los resultados obtenidos hicieron que, al menos para mí, cada sesión valiese la pena.

Yo aquí no estuve, pero es que no me dio por sacar fotos de ningún local de masajes y me toca robar una que hizo Jorge mientras pasaba media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas

El primer masaje cayó en Bangkok, al final del primer largo día que pasamos en la capital Tailandesa. Mi impresión al entrar en el lugar fue la de encontrarme en un hospital de campaña (lo de los privilegiados ojos occidentales y tal), aunque aquella sesión que culminó con la masajista clavándome los codos en las costillas y paseándose por mi espalda mientras se agarraba a unas barras situadas sobre el colchón que hacían que aquello pareciese la jaula de un mono, constituyó el remedio perfecto para el vuelo en clase turista por el que había pasado horas antes.

A este primer masaje siguió otro en el mismo sitio a los dos días. En esta ocasión, Jorge también se unió a la experiencia, por lo que ocupamos colchones adyacentes, y mientras que él era tratado por una mujer de mediana edad, a mí me tocó un maromo que, si bien tenía la espalda como un frigorífico, no es que contase con estatura ni flexibilidad suficientes como para poder llevar a cabo conmigo el gran final que tenía en mente: tras pedir que me sentase y hacer lo propio detrás de mí, se propuso usar sus cuatro extremidades para emular una llave de lucha libre o algo por estilo. Pero es que servidor mide lo que mide, chico, así que sus inútiles esfuerzos y pataleos al aire provocaron la risa de su compañera, que a su vez provocó la rosa de Jorge, que a su vez provocó mi risa y que a su vez provocó la risa del masajista.

Pero qué divertido fue aquello, oye.

El tercer masaje, ocurrido durante nuestro segundo día en Camboya, no incluyó risas. De hecho, al pobre Jorge no le hizo ni puta gracia. Y es que el personal encargado de la tarea no sólo no masajeó con la intensidad deseada por mi compañero de viaje (aunque a mí me relajó que no veas), sino que el pobre recibió una cantidad de aceite tal que lo dejó embadurnado cual si de una cucaña se tratase.

Del cuarto masaje, en el que también participaron las dos valencianas a las que conocimos en Cát Bà, puedo deciros que fue un show. Y es que al presentarnos cuatro personas en el local y hacer necesario el uso de ocho manos, la encargada tuvo que salir a buscar ayuda porque en aquel momento no contaban con personal suficiente. Antes de empezar, y temeroso de recibir otro masaje blandengue como el camboyano, Jorge dejó claro que querría ponerse en manos de quien fuese capaz de hacer más daño.

Al día siguiente, ya sin la compañía de las de Valencia, Jorge y yo volvimos al mismo lugar. Él insistió en su deseo de querer abandonar el local entre dolores, pero yo no. Yo quería relajarme tras haber pasado horas a lomos de una motocicleta. Y mi masajista, llegado cierto punto, se dedicó a quitarme espinillas sin que yo me atreviese a decir nada, pues no sabía si aquello era parte del tratamiento o si a la pobre le aburría mucho su trabajo.

Por último, cayó un masaje en Tam Cốc al que Jorge no quiso unirse porque le invadía el sueño, y no pudo ser en otro sitio que en el centro cuyas dependientas socializaron con nosotros tan a menudo, bien para venderle a Jorge un jersey de lana verde horroroso con una pantera en el pecho que, meses después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa, bien para recomendarme qué cenar en el restaurante vegetariano de enfrente y darme caramelitos de menta al saber que me estaba poniendo malo, o bien para simplemente saludar entre risas mientras se pintaban las uñas entre sí.

La verdad es que el sitio era lujoso en comparación con los que habíamos visitado hasta entonces: aquí me dieron ropita que ponerme durante la sesión y la habitación se hallaba iluminada únicamente con velas. Y no sé si fue debido a este ambiente tan acogedor, o porque la encargada se tomó demasiado en serio que le pidiese un masaje muy relajante, pero al terminar tuvo que darme un par de toques en el hombro, pues acabé irremediablemente roncando como un ceporro.

Qué vergüenza, tú. En fin, me marcho a comer. Hasta otra.

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lunes, 27 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc VI: mucha carretera

No sé si lo he dicho hasta ahora, pero a Jorge no le costaba nada salir de la cama cada mañana. Por ello, cuando yo apagaba la alarma de mi móvil y empezaba a maldecir las pocas horas de sueño previas, mi compañero de viaje ya estaba en la puerta de la habitación con ropa de calle dispuesto a dar cuenta del desayuno del hotel de turno. Y aquella mañana no fue una excepción. Además, no sé si fue porque a mí lo de ir en moto me debe vaciar las pilas más de lo normal y el día anterior tuvimos rato de moto para dar y tomar, o porque mi infección de garganta aún seguía dándome guerra, pero recuerdo que en el día que nos ocupa me costó más de lo normal escapar de las sábanas.

De todas formas, llegar al restaurante de nuestro alojamiento para poder disfrutar de lo que las amables cocineras que salían a saludar nos habían preparado (aquella mañana había algo que, si no era oreja rebozada, se le parecía lo suficiente como para hacer mis delicias), me espabiló lo suficiente, y una vez nutridos y encafetados como era debido, Jorge y yo nos dirigimos a recepción para recoger sendas motos de alquiler. Curiosamente, una pareja de españoles hizo lo mismo, aunque ellos prefirieron compartir un único vehículo de dos ruedas. En el rato de cháchara que compartimos antes de ponernos en marcha, nos relataron que habían viajado a Laos, recomendándonos ese destino, y Jorge les contó que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

Si el día anterior nuestras motocicletas nos habían llevado lejos, en esta ocasión doblamos la distancia, pues nuestro destino era un parque nacional cuyo nombre no me interesa buscar ahora (y, las cosas como son, a vosotros os da exactamente igual. De hecho, podría inventarme un nombre como Trăng Diữc o Fống Pu Târc y no os molestaríais en comprobarlo. Y luego que si os engañan con noticias falsas). Por el camino, paramos ante un grupo formado por campesinos y campesinas que nos hizo recordar al de la víspera, pero no habiéndonos ni siquiera apeado, los hombres de dicho grupo nos invitaron con gesto serio a seguir nuestro camino, y nosotros aprendimos la lección.

Llegamos entonces al susodicho parque nacional de desconocido nombre, y quiso la casualidad que la pareja de españoles hiciese acto de presencia también. Ellos habían tomado otra ruta, y nos contaron que en una intersección, todos y cada uno de los vehículos que tenían delante se habían saltado un semáforo en rojo con todos sus huevazos, por lo que a ellos no les quedó otra que hacer lo mismo, so pena de que quienes venían detrás les regalase una pitada de padre y muy señor mío. Sin embargo, a ellos, por turistas y por panolis, los dos policías que había en la zona acechando les hicieron parar y soltar trescientos euros de multa (muchos millones de Đồngs al cambio).

Sintiendo un vergonzoso alivio por no haber sido nosotros las víctimas del sistema policial vietnamita, nos volvimos a despedir de nuestros compatriotas y, tras adquirir en la entrada la ídem al parque, recorrimos varios kilómetros a bordo de las motos sin encontrar más atracciones que una cueva y este viejísimo árbol:


Viendo que poco más podríamos visitar allí por mucho que nos adentrásemos, dimos media vuelta. Antes de abandonar el lugar, quisimos entrar al santuario de monos o al bar situados a la entrada, pero ambos estaban cerrados, así que nos despedimos con una mezcla de decepción y estoicismo (pues un parque nacional no está para entretener a turistas, coño) y pusimos rumbo a otra clase de santuario. En esta ocasión, de osos.

En este nuevo lugar, una de las empleadas nos recibió contándonos que los úrsidos del lugar habían sido rescatados de las redes de tráfico de bilis que los mantienen encerrados en diminutas jaulas durante toda su vida mientras les extraen este líquido de la vesícula. Líquido que es usado como remedio en la medicina tradicional china.

Muy triste todo. Y si vosotros, al igual que yo, estáis coleccionando motivos para perder la fe en la humanidad, pues aquí tenéis otro. Pero bueno, al menos en este sitio había gente intentando poner remedio dentro de lo posible a semejante salvajada.

Tras dar un paseo por una pasarela que recorría el lugar a varios metros del suelo y vislumbrar algún que otro osete, pasamos por la tienda de regalos donde compré una sudadera que me pongo bastante a menudo y por el restaurante donde dimos cuenta de un plato de algo que no recuerdo. Al salir de allí nos cruzamos con un grupo de chicas motorizadas preocupadas porque una de ellas no era capaz de arrancar la suya, y Jorge, toqueteando no sé qué botones en el manillar, fue capaz de solucionar su problema.

Qué apañado este chico, de verdad os lo digo.

La siguiente parada de nuestra ruta fue la ciudad de Ninh Binh. Una vez aparcamos en este núcleo urbano nos metimos en un supermercado, y aquí Jorge aprovechó para comprarle café a un montón de conocidos y yo me pillé por las risas una caja grande de chicles con las caras de los BTS que he tardado dos años en acabarme. Queriendo evitar la hora punta, Jorge pidió que nos largásemos de Ninh Binh rapidito, pero eso no evitó que terminásemos metidos en el loquísimo tráfico vietnamita, para nerviosismo de mi amigo y disfrute mío, porque yo debo tener algún problema, pero es que experiencias así me resultan interesantes, oye.

Al final, tras haber recorrido sesenta kilómetros desde por la mañana y hacer una breve parada en una gasolinera a la entrada de Tam Cốc en la que poder rellenar los depósitos, volvimos al hotel e hicimos entrega de los vehículos. Aprovechando la presencia de una lavandería justo enfrente, y calculando los días que aún le quedaban a nuestro viaje, hice una última colada y luego fui con Jorge al restaurante que también hacía las veces de farmacia y del que os hablé en la entrada en la que cuento cómo me puse malo. Aprovechando el buen tiempo, ocupamos una mesa de la terraza, y antes de que nos sirviesen la cena apareció por allí Irlanda (bueno, Ireland), la chica de Hawai que el día anterior me confirmó que el fútbol aburre a los estadounidenses y que decidió unirse a nosotros sin preguntar si nos parecía bien y sin que a nosotros nos pareciese mal. De la conversación que mantuvimos durante los siguientes minutos no me acuerdo muy bien, y es que yo andaba distraído como si fuese un chiquillo tonto viendo pasar a las decenas de autobuses de dos pisos que hacían parada allí cerca. Permitidme que hable un poquito de este tema antes de dar la entrada por acabada.

Resulta que los autobuses nocturnos son un medio de transporte muy habitual en el país. Los mismos están equipados con camas para que los pasajeros puedan dormir durante el trayecto... en teoría. Una de las muchas personas con las que llegamos a intercambiar unas palabras durante aquellos días nos contó que había viajado en un trasto de éstos y que el trayecto había consistido en una sucesión de volantazos, acelerones y frenazos a una velocidad endiablada, y que una de las pocas veces que se atrevió a descorrer la cortina para ver lo que había del otro lado del cristal, pudo contemplar horrorizada cómo un bus similar al suyo había volcado y decoraba lúgubremente el terraplén junto a la carretera.

Que sabiendo esto, uno se asusta menos al pensar en cómo fue nuestra llegada a Tam Cốc, ¿verdad? Pero bueno, dejando disgustos a un lado (sí, a un lado de la carretera, JOJOJOJO. Perdonadme por el mal chiste), la apacible cena tocó a su fin y nosotros nos despedimos de aquella peculiar muchacha para dirigirnos al hotel. Al día siguiente abandonaríamos Tam Cốc para siempre, y yo no quise perder la oportunidad antes de irme a dormir para recibir un masaje en el centro de estética situado junto al hotel. Pero lo de aquel masaje, y todos los demás que recibí, lo dejo para otra entrada.

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lunes, 20 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc V: un dragón y socialización internacional

Quiero empezar esta entrada planteando un acertijo. Mirad la siguiente foto y decidme: ¿qué es lo que falta?


Os diré yo lo que lo que falta porque no lo vais a adivinar. Lo que falta es que yo me acuerde de dónde nos tomamos esos cafés con huevo. Y es que, haciendo memoria del recorrido que Jorge y yo hicimos de vuelta a Tam Cốc desde el complejo espiritual y cultural Bái Đính, no guardo recuerdo de haber parado a hacer dicha consumición.

Me ha pasado lo mismo que me pasó al tratar de describir el tercer  y el cuarto de nuestros días en Bangkok. Si es que claramente chocheo.

De lo que sí que me acuerdo es de otra parada que hicimos. Ésta en un precario local de un diminuto pueblo que hacía las veces de gasolinera y tienda de ultramarinos. Su dependienta llenó nuestros depósitos ante mi atenta mirada (pues aprendí la lección en Cát Bà), y ya que no teníamos prisa por ir a ningún sitio, nos jalamos allí mismo sendas bolsas de lo que creo que eran patatas fritas antes de continuar la ruta.

Arrancamos de nuevo, llegando pasados unos minutos a la montaña del dragón de Ninh Binh. Jorge había estado allí el día anterior, y me recomendó que yo hiciese lo propio ya que merecía la pena visitarla.

Merecía la pena visitarla una vez, aclaro, porque él prefirió seguir su camino de vuelta y yo me quedé allí enfrentándome a las infinitas escaleras que llevaba a la cima y que se las hicieron pasar putas a mi organismo aún no recuperado de la infección de garganta que había decidido hacerme compañía durante aquellas jornadas.

Eso sí, una vez arriba, tuve que darle la razón a Jorge porque el sitio era espectacular. Y es que ojito a las vistas:


Insisto: ojito a las vistas:


Una vez más (la última, lo prometo): OJITO A LAS VISTAS:


Del dragón que daba nombre a la montaña y que coronaba su cima también saqué fotos, pero no le hacen justicia:




Al bajar, pasé de nuevo junto al lisérgico paseo que llevaba al pie de la montaña, del que no os he hablado todavía porque tenía mucha prisa por contar lo de las escaleras y tal. El sitio estaba lleno de lucecitas y esculturas surrealistas pensadas para ser el fondo de millones de imágenes instagrameables. Yo, que no contaba con compartir selfies en ninguna red social, no retraté aquellas escenas, pero sí que reparé en que había muchas estatuas de Danbo, el personaje con forma de caja de Yotsuba. Y como a mi hermano le gusta, pues a eso si que le eché un montón de fotos que le mandé por Whatsapp al momento. Fotos que vosotros, sufridos lectores, vais a tener que ver ahora porque me da que esta entrada se me va a quedar corta y tengo que rellenar con lo que sea:









Total, que tras haber perdido fuelle a base de subir escaleras y espacio en mi móvil a base de fotografiar danbos, volví al hotel y me reencontré con Jorge, siendo ya de noche y hora de cenar. Buscamos entonces un restaurante en el que poder saciar nuestros apetitos y, por el camino, pasamos junto a un karaoke en el que los españoles que nos dieron el coñazo cuando llegamos aquí días atrás le estaban dando el coñazo a todos los que se encontraban allí en aquel momento.

Terminamos por arrimarnos a un grupo de turistas entre los que se encontraba el francés que ya cenó con nosotros en Cát Bà la tarde que llegamos a dicha isla (lo he dicho más de una vez y lo repito: al final todos acabábamos coincidiendo con todos en todas partes). Este grupo estaba compuesto en su mayoría por polacos y franceses, y quiso la casualidad que en la tele del restaurante se estuviese emitiendo el Polonia - Francia del Mundial de Catar, lo que causó que, por una parte, hubiese cierto pique de cachondeo entre los comensales y, por otra, muchos de ellos pasasen de socializar y centrasen su atención en la caja tonta en vez de escuchar a Jorge contar a quienes sí que estaban pendientes que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

De todas formas, lo del partido de fútbol me vino de perlas para romper el hielo con una muchacha con una historia de vida de lo más interesante: estadounidense de veinte años, era la dueña de una empresa de limpieza en su Hawai natal y estaba aprovechando para viajar por la zona antes de desplazarse a Filipinas con la intención de conocer a su padre. Y encima se llamaba Irlanda (bueno, Ireland).

Si alguno de estos detalles (o directamente todos) era falso, me dio igual, pues yo lo que quería era confirmar si era cierto que a los de USA el fútbol les parecía un deporte aburrido. Pues bien, Irlanda me confirmó que sí, añadiendo a su vez que no entendía cómo los europeos podían tirarse dos horas pendientes de veintidós futbolistas corriendo de acá para allá y marcando sólo un par de goles durante todo ese rato.

"Bueno, a veces ni eso. A veces el partido termina con empate a cero" aclaré yo, provocando que a Irlanda se le pusieran los ojos en blanco de pura incredulidad.

Pasaron entonces varios minutos llenos de conversación lo bastante nimia como para que no merezca la pena hablar de ella aquí, y cuando el cansancio se apoderó de nosotros, Jorge y yo volvimos al hotel haciendo parada en una tienda de comestibles en la que adquirimos sendos huevos sorpresa de Pokémon falsísimos con la intención de regalárselos a nuestras respectivas frikis parejas. Jorge abrió el suyo y, decepcionado ante el trozo de plástico cutre que hacía las veces de regalo encontrado en su interior, procedió a entregárselo al primer crío que se cruzó en su camino, quedando muy bien ante éste y ante su madre.

Yo no, yo guardé mi huevo por muy falso y muy cutre que fuese y se lo di a mi novia cuando volví a Austria días después. Pero también le hice otros regalos mejores, diré en mi defensa.

Aquel día tan largo que me ha ocupado dos entradas llegaba a su fin, y para rematar el mismo, las mismas chicas del centro de masaje y estética con las que habíamos interactuado varias veces desde nuestra llegada a Tam Cốc y que en esta ocasión jugaban a pintarse las uñas unas a otras, nos dieron las buenas noches entre risas mientras Jorge y yo pasábamos delante de ellas, camino de nuestro hotel, buscando un descanso que nos permitiese enfrentarnos a una nueva ruta en moto, con aún más kilómetros, al día siguiente.

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lunes, 13 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc IV: ocio budista

Habida cuenta de que tanto el día anterior como el anterior al anterior habían sido bastante nefastos en lo referente a mi estado de salud, que fuese capaz de salir de la cama con relativa energía, así como disfrutar del desayuno del hotel con amable saludo de las cocineras incluido, podría considerarse casi un milagro. Que igual no hubo intervención divina de ningún tipo y la mejora fue debida a la combinación del descanso, la buena alimentación, la acción de mi sistema inmunológico (o lo que quedaba de él por culpa del ritmo que llevábamos desde que comenzó este viaje y que yo he estado describiendo en decenas de entradas) y, lo más importante, los antibióticos que me dio valenciana menor, pero yo tenía que empezar esta entrada de alguna manera y ha tocado meterse en teología.

Hablando de meterse e hilando de maravilla, donde Jorge y yo nos metimos aquel día fue en carretera. Y es que alquilamos en el hotel sendas motos que nos llevaron a un destino situado a treinta kilómetros de Tam Cốc del que os empezaré a hablar en un par de párrafos. Por el camino nos pasaron cosas interesantes: en primer lugar, otro motorista, mientras me adelantaba, se dedicó a pitarme insistentemente, y mientras yo pensaba que cómo se diría en vietnamita "¿qué cojones quieres, gilipollas?" me di cuenta de que su advertencia era debida a que no había quitado la pata de cabra. También pasamos junto al templo en el que Jorge hizo fotos a un grupo de gente con vestidos tradicionales durante la jornada anterior, pero en esta ocasión allí no había nada interesante, así que no mereció la pena entrar. al menos hice una foto:


También pasamos junto a una manada de mansos bóvidos que ocupaban la carretera sin miedo a conductores como nosotros. Al igual que cuando describí a otros similares que vimos en Camboya, voy a decir que eran bueyes, aunque bien podrían ser vacas u otro espécimen de la familia y yo ser un inculto en taxonomía por segunda vez en lo que va de año:


Al fondo de la foto anterior, por cierto, se aprecia un detalle del lugar al que nos dirigíamos aquella mañana: la pagoda más alta de Vietnam, la cual se encuentra en el complejo espiritual y cultura Bái Đính.

Y ahora, permitidme que la líe diciendo que tal complejo me pareció el parque de atracciones del budismo.

Para empezar, contaba con un parking de pago. Parking que Jorge y yo evitamos al dejar las motos a la vuelta de una esquina a cientos de metros del lugar, provocando que mi estancia en el interior del complejo estuviese acompañada por un miedo terrible a que nos las robasen.

En las taquillas situadas a la entrada, aparte de pagar para poder acceder al recinto, tuvimos que pagar para que un minibus que recorría el enorme complejo (setecientas hectáreas, ojo) nos acercase a los puntos más atractivos del lugar, entre los que destacaban una galería con muchísimas estatuas de brillantes rodillas (seguramente fuesen celebridades del mundo del budismo, pero no me dio ni me ha dado por investigar más porque ya he dicho que yo hoy había venido aquí a liarla, no a culturizaros):


También había por allí una enorme campana a la que ni Jorge ni yo hicimos foto, o una estatua gigante de un alegre Buda:


Estatua a la que por cierto, se llegaba tras subir una larga escalinata a cuyo pie hice una foto que me gustó bastante, así que la voy a poner aquí también:


Y, como colofón (y como ya he dicho), la pagoda más alta de Vietnam:


Tras adentrarnos en la estructura y cambiar nuestro calzado por bolsas de plástico que no jodiesen la elegante moqueta, tomamos el ascensor que nos llevó a lo más alto, desde donde saqué esta panorámica:


Una vez disfrutadas las vistas, procedimos a hacer lo propio con el almuerzo, lo cual ocurrió en el que creo que era el único restaurante del lugar (yo al menos no vi más que aquél): un enorme local bastante pijo con pinta de salón de bodas que, gracias a la bendita temporada baja, se encontraba vacío. Esto dio lugar a que Jorge y yo, mientras ocupábamos una mesa circular con sitio para doce comensales, tuviésemos en todo momento a varios camareros a nuestro servicio como si fuésemos dictadores o algo por el estilo (días después, de vuelta en Hanoi, se daría una situación parecida en otro restaurante). Una vez satisfechas nuestras necesidades nutricionales, echamos a andar por al lugar y acabamos perdiéndonos como dos gilipollas, pues el entorno al que nos llevó nuestro errático caminar no tenía pinta de estar destinado a turistas o seguidores de la fe budista.

Lo bueno es que, mira tú, terminamos dando con unas campesinas que, entre risas, nos pidieron que nos acercásemos y nos hicieron entrega de sendas azadas para después indicarnos que currásemos un poco por ellas. Y Jorge y yo, como si de dos marineros que han perdido la razón ante el canto de las sirenas se tratasen, pasamos un rato doblando el lomo a un nivel casi competitivo. Tras unos segundos, las risas de aquellas mujeres y el retorno de nuestros sentidos comunes nos hicieron darnos cuenta de que estábamos haciendo el imbécil, así que les devolvimos las herramientas y, sin abandonar el alegre tono de la interacción, pasamos un rato de socialización con ellas que consistió en escribir nuestras edades con un palo en la tierra y fotografiarnos con la que más fascinada se hallaba ante nuestra estatura.

Pero qué majas fueron. Les hice una foto cuando nos fuimos y me quedó desenfocada, mecagüen:


Minutos después, mientras tratábamos de dar con el camino de vuelta, pasamos junto a otro grupo de locales, esta vez mixto, que cargaba con dificultad un enorme tronco de árbol con raíces y todo. Quizá envalentonados debido a la simpática situación anterior, procedimos a echar una mano con la pesada carga, pero en este caso los hombres de dicho grupo nos dieron a entender que no nos querían por allí, así que hicimos caso de su orden y nos largamos.

Finalmente, conseguimos encontrar la salida del complejo, la cual estaba plagada de puestos de souvenirs que de budista no tenían nada, lo que reafirma mi teoría de que aquello era más bien un parque temático, y descubrimos con alegría que nuestras motos seguían en el apartado lugar en el que las habíamos estacionado horas atrás.

Teníamos aún por delante algo menos de la mitad del día y vosotros acabáis de meteros una entrada de longitud bastante decente. O eso creo, que no estoy tan loco como Isaac Asimov (en realidad, nadie está tan loco como Isaac Asimov) y no me da por contar las palabras de lo que escribo. En cualquier caso, creo que es buena idea dejarlo por hoy y seguir con la historia en la próxima entrada, que ya se me han acabado las ocurrencias.

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lunes, 6 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc III: convalecencia y bicicleta

Recordemos: la noche anterior a la jornada de la que estoy a punto de hablaros me metí en la cama con una infección de garganta acompañada de su fiebre reglamentaria que exigía reposo absoluto, y no me quedó otra que cumplir: tras amanecer y bajar al restaurante del hotel para dar cuenta de un desayuno delicioso que no pude disfrutar como era debido por culpa de mi débil estado de salud preparado por dos simpatiquísimas cocineras que se acercaban cada pocos minutos a las mesas y preguntaban a los comensales que qué nos parecía aquello, me vi obligado a volver a la habitación y pasar allí encerrado la mitad del día, sin poder realizar actividades más allá de sacar alguna foto por la ventana que sirviese como prueba de que me encontraba en otro continente:


Jorge mantuvo su parte de nuestro pacto, y mientras yo agonizaba entre las sábanas, continuó representando su papel de turista: haciendo uso de una moto de alquiler proporcionada por nuestro hotel, se fue a visitar la pagoda de Bich Dong (esto no me dio mucha envidia porque yo también lo haría por la tarde, pero no adelantemos acontecimientos), recorrió arrozales, subió a la montaña del dragón de Ninh Binh (esto tampoco me dio envidia porque yo también lo haría al día siguiente, pero no adelantemos acontecimientos), recorrió durante cuatro horas no recuerdo qué río en una barca de remos pilotada por una cansada señora que de cuando en cuando pedía ayuda remadora a los demás pasajeros para poder avanzar, se coló en un taller de ebanistería y ayudó al personal a reparar una puerta llena de cenefas y filigranas, hizo buenas migas con unas campesinas que trabajaba la tierra al lado de la carretera (esto tampoco me dio envidia porque al día siguiente tal pero acontecimientos y tal) y se arrimó a un grupo de jóvenes vestidos con ropas tradicionales que se retrataba ante un templo budista.

Todo lo que os acabo de contar pasó de verdad, y para que me creáis voy a robarle una de sus fotos en la que se pude ver esto último:


Y mientras tanto yo, recordemos, hecho mierda en la habitación del hotel. Si es que manda huevos.

A la hora de comer, sintiendo que el descanso me había hecho recuperar la mitad de mis fuerzas, volví al restaurante de la camarera intensa en el que comimos la víspera buscando que una sopa de fideos y un té de jengibre me ayudasen a recobrar la otra mitad. Tras ello, me di un paseo de señor mayor por los alrededores y saqué tres fotos que paso a poner aquí abajo sin dar más explicaciones:




Animado ante la impresión de que mi enfermedad remitía, volví al hotel y pedí prestada una bici que me permitiese alejarme algo más de la zona. Mientras protagonizaba mi propia intro de Verano Azul sobre aquellas dos ruedas, pasé junto a un rincón bastante feo que me hizo acordarme de la choni que gritó lo de "mirar qué sitio mah bonito pa' echá fotoh" desde la furgoneta cuando llegamos aquí, por lo que decidí homenajearla y cumplir sus deseos:

Al menos había pollos. Y esa bici no era la mía

Mas adelante di con una curiosa y más bonita imagen en la carretera que no pude evitar registrar con mi cámara:


Llegué entonces a la pagoda de Bich Dong, y tras pagar por dejar allí la bici me adentré en el complejo para contemplar las distintas edificaciones budistas desperdigadas en aquella zona montañosa:




Tras adentrarme por estos rincones, mi organismo exigió algo reconstituyente, y me acerqué a un bar en cuya terraza, situada a orillas de un enorme estanque, me permitió tomarme un café vietnamita que en esta foto sale fuera de foco:


Como no se aprecia muy bien os diré que el café típico de esta zona consiste en una taza donde reposan café molido y agua que se filtran a través de los agujeritos del fondo para caer poco a poco en el alargado vaso que hace de soporte. Así, tras una interminable espera y de no tener muy claro si el café está de verdad listo o si tiene que seguir filtrando, uno puede disfrutar de una bebida que se ha quedado fría.

Pero qué mal acostumbrados estamos en occidente.

Mi siguiente parada fue el cementerio local porque memento mori en cualquier parte del mundo:


Tras sacar esta macabra instantánea recorrí varios kilómetros en la bicicleta de cortesía y llegué a la cueva Vai Gioi. Bueno, en realidad sería más preciso decir que llegué al pie de la escalinata que llevaba a la cueva Vai Gioi, y es que la gruta no estaba precisamente a pie de calle. Para poder adentrarse en la misma, primero había que subir un huevo de escalones, pues la misma se encontraba horadando la roca de la montaña. ¿Que cuántos escalones? Pues aunque en su momento me dio por contarlos, se me ha olvidado el número exacto, pero creo recordar que más de trescientos.

Más de trescientos estando enfermo, permitidme que insista y felicitadme por haber logrado llegar hasta allí.

Lo bueno de que la cueva contase con este dispositivo antivagos es que poca gente se atrevía a subir hasta la misma, por lo que pasé la mayor parte del tiempo que estuve dentro sin tener que soportar a otros turistas y disfrutando de un silencio de lo más relajante. También saqué esta foto desde las alturas:


Bajé después la interminable escalinata (lo cual resultó por suerte menos laborioso), y mientras me disponía a montar de nuevo en mi bici, un joven que había aparcado cerca su moto y que llevaba una chupa guapísima se me acercó sin mediar palabra. Yo, que pensaba que iba a sufrir una agresión, me dispuse a soltarle una galleta preventiva, pero antes de levantar la mano vi que se trataba de Jorge. Maldije que mi malestar se la estuviese jugando a mi cerebro de esa manera tan fea y dediqué un par de segundos a preguntarme que desde cuándo tenía Jorge aquella cazadora, pues no se la había visto hasta entonces.

Los dos nos dirigimos entonces a un lago cercano superpoblado de garzas con un restaurante en una de sus orillas superpoblado a su vez de turistas coreanos que armaban un escándalo atronador. Y yo supuse que aquella performance había sido organizada por el cosmos para así equilibrar el rato de silencio en la cueva. Pensamientos que tiene uno cuando está enfermo, ¿qué queréis que le haga?

Dejamos atrás el estanque, las garzas, el ruido y la cueva y volvimos al hotel. Y no os podéis imaginar cuánto agradecí que Jorge y su moto estuviesen conmigo, pues la noche tardó en invadir el lugar unos pocos segundos y tanto mi bici como el camino de vuelta carecían de luces. Por ello, mi compañero de viaje tuvo que situarse detrás de mí y conseguir gracias al foco de su bicicleta que no terminase metido en una zanja.

Llegamos al hotel sanos y salvos, devolvimos ambos vehículos y dimos un paseo por una zona de Tam Cốc que aún no habíamos recorrido. Tras pasar por una tienda en la que me compré un marcapáginas de tela que no os voy a enseñar porque me da una pereza horrible tener que levantarme a por él, sacarle una foto con el móvil, enviar la foto al ordenador y meterla en esta entrada, cenamos en un pequeño restaurante. En la mesa que había junto a la nuestra tres australianas mantuvieron en todo momento una conversación en un tono de voz que mi estado de salud, tan deteriorado por aquel entonces, consideró un pelín excesivo.

Y antes de irnos a dormir y dar por terminado aquella jornada cuya primera mitad me perdí, aproveché para entrar en una tienda de souvenirs que aún se encontraba abierta y hacerme con una cazadora falsísima de The North Face que no molaba tanto como la de Jorge, pero que cumplió con creces su misión abrigadora durante la escapada en moto que protagonizamos al día siguiente.

Por cierto, quien usa esa cazadora ahora y está encantada con ella es mi madre, fíjate tú.

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