jueves, 1 de enero de 2026

2025: doce meses, doce histerias

En enero fui con mis padres a un concierto porque soy muy culto: un dúo de piano y violín en el que se interpretaron piezas de compositores españoles que no conocéis. Sentado en la tercera fila, me tocó soportar durante la primera mitad de la actuación a la familia que ocupaba los asientos de delante, integrada por dos adolescentes y cuatro o cinco adultos. Sus constantes cuchicheos, risitas, chequeos de teléfono móvil e intercambios de gominolas se unieron al dolor de cabeza que llevaba jodiéndome toda la tarde y me impidieron disfrutar en condiciones de las obras ejecutadas por la violinista y la pianista. Pero lo peor vino en el intermedio. Libres del yugo silenciador al que se habían visto sometidos durante más de media hora, los familiares aprovecharon aquellos minutos para conversar a volumen de barra de bar. Una de las adolescentes dejó caer que estaba viendo la recién estrenada segunda temporada de El juego del calamar y que aún tenía pendiente visionar la mitad de sus episodios. Quien estaba sentado junto a ella, gracioso gilipollas, empezó a chinchar a base de soltarle spoilers de la misma. Y yo, que me encontraba justo detrás, y que había acordado con mi novia que también la veríamos una vez volviese de mi viaje por tierras castellanas (ser muy culto no le impide a uno disfrutar de estas cosas), tuve que huir de mi butaca durante el resto del intermedio porque la única alternativa habría sido endiñarle una hostia, pues a aquellas alturas mi cabreo me impedía solicitarle de forma educada que dejase de joder.

En febrero compré por internet cinco kilos de proteínas en polvo. Debido al importante gasto efectuado, mi pedido incluía tres regalos: dos muestras de proteínas y una chocolatina. La empresa de mensajería encargada de enviarme el pedido a casa, DPD, es considerada aquí la peor de todas con diferencia, y en esta ocasión se encargaron de hacer todo lo posible para mantener tan infame título. Para empezar, el repartidor dejó pasar 15 escasos segundos desde que llamó a mi telefonillo hasta que salió corriendo de mi portal asumiendo que allí no había nadie, no dándome tiempo a responder y abrir. Al día siguiente tuve que ir a recoger mi paquete a una oficina situada a dos kilómetros de mi domicilio (aunque hay varios locales más próximos donde podía haberse producido dicha recogida). La dependienta, tras explicarle de doce veces diferentes al yayo que se encontraba antes que yo en la cola que se había equivocado de oficina y que su puto paquete estaba en otro sitio, me advirtió de que el mío había llegado roto y abierto. Yo, que sabía que no podría reclamar nada en el momento porque aquella pobre mujer no tendía ni voz ni voto en el caso, me encogí de hombros y me llevé la destrozada caja, confirmando una vez fuera tal y como me temía que, efectivamente, la chocolatina había desaparecido. Y, para más inri, la única opción que ofreció DPD fue el envío de un mensaje vía formulario en su web al que "responderían a la mayor brevedad posible". Estoy escribiendo esto a las dos semanas de la incidencia y aún no sé nada de ellos.

Foto denuncia

En marzo decidí que, de una vez por todas, procesaría las fotos que saqué durante un viaje a Malta que hice con mi novia y una amiga meses atrás y otro viaje a Japón que hice con mi novia y mi hermano año y medio atrás. Todo este tiempo sin usar Lightroom y Photoshop provocó que, al intentar abrirlos, Adobe me hiciese saber que su software requería de varias actualizaciones pendientes. Acepté, y descubrí entonces con horror que las nuevas versiones de sus productos estaban hinchadas a reventar de funcionalidades que yo no necesitaba, incluyendo, cómo no, puta inteligencia artificial por doquier. Mi ordenador, pese a ser un Lenovo bastante decente, no fue capaz de manejar aquel exagerado bloatware, y tras diez agónicos minutos en los que Lightroom intentó sin éxito cargar la primera de las cientos de fotos que tenía que tratar, concluí que tocaba renovar hardware y adquirir un ordenador nuevo.

En abril me picó una avispa. Y no estaba haciendo nada malo para que el karma me castigase de esa manera, no. Estaba yendo al gimnasio. A las seis y media de la madrugada. Es que no me jodas. Durante el trayecto en bici noté una sensación ardiente por encima de mi empeine izquierdo. Cuando paré mi vehículo y tiré de la lengüeta de mi zapatilla de deporte, el puto insecto salió de allí confirmando que el dolor era debido a su agresión.

En mayo sufrimos una invasión de hormigas. Una tarde de viernes, en el momento en el que el repartidor que traía la cena llamó a nuestro telefonillo, mi novia y yo descubrimos un reguero de estos bichos que, comenzando en un pequeño hueco de la puerta que da al balcón, pasaba bajo el tendedero y el sofá, rodeaba la lámpara de pie y la zona donde nuestros gatos Pulga y Piojo tienen el agua y la comida, cruzaba el arcón en el que guardamos el café y la fruta y llegaba a un armario y un cajón. En estos dos destinos, las hormigas echaron a perder, entre otros, dos tarros de miel a medias, paquetes de galletas empezados y bolsas de frutos secos. Nuestro salón parecía la casa de los Buendía en cierto punto de Cien años de soledad que no os suena familiar porque cuando la trama llega a ese punto vosotros ya os habéis cansado de leer. Durante media hora, y armados con aspirador y spray matamoscas que lleva en mi casa no sé cuántos años, tuvimos que enfrentarnos a aquel ejército de insectos mientras la cena se enfriaba sobre la encimera.

En junio fui de visita a Valladolid. El vuelo de vuelta a Austria hacía escala en el aeropuerto de Munich, y contando con que tenía tiempo de sobra antes del siguiente despegue, decidí que, en vez de almorzar de pie un trozo de vete a saber qué precalentado y servido en un plato de cartón, me sentaría a una de las mesas de lo más parecido a un restaurante que hay en aquel no-lugar. El establecimiento (Käfer se llama, por si queréis comprobarlo), pese a no estar muy concurrido, estaba atendido por un grupo de camareros que competían por ver quien tenía menos prisa. Esto provocó que me tocase esperar un buen rato hasta que se me asignó un sitio, otro buen rato hasta que me trajeron el menú, un buen rato más hasta que me tomaron la orden y varios buenos ratos hasta que me sirvieron la comida. Comida que, según el menú, consistía en un desayuno "jardín inglés" con tres huevos revueltos, "hierbas", tres salchichas fritas al estilo Nuremberg, una cesta de pan y mantequilla alpina. A lo enumerado añadí bacon y un café. ¿Suena a cebatil? Pues me sirvieron esto:


Lo bueno de que la raquítica ración es que, cuando me tocó dar cuenta de ello a la puta carrera por culpa de todos los buenos ratos de espera so pena de perder mi vuelo, pude acabar prontó y así apenas me tocó soportar a la cría de la mesa de detrás que no paraba de correr junto a mí y al imbécil de la mesa de al lado que decidió ponerse a ver putos reels en su móvil a todo volumen.

¿Que cuándo pagué por tan irrepetible experiencia? Echad un ojo y echad unas risas:


En julio mi novia y yo compramos cena de McDonalds única y exclusivamente porque el menú de niños venía con animalitos de Playmobil. Mi novia eligió la alpaca. Yo elegí la orca por razones obvias. Tras hacer el pedido, pagar y esperar la entrega del mismo, descubrimos horrorizados que, en vez de los anhelados animalitos, nuestro pedido incluía dos putos cuentos en alemán. Perdón, un puto cuento en alemán dos veces:


Y no, no les quedaban animalitos, que mi novia se molestó en preguntar.

En agosto quise jugar un rato a Pokémon Pinball en la consola portátil emuladora que mi novia me regaló hace un par de cumpleaños y que llevaba meses olvidada en una estantería del salón. Tras encenderla, el cacharro no respondía como era de esperarse, y es que la micro SD que contenía todo el software había decidido pasar a mejor vida. De nada sirvió que tratase de recuperar el contenido de la tarjeta desde diferentes sistemas operativos utilizando multitud de programas de recuperación de datos y comandos que sigo sin saber muy bien para qué servían. Aquella micro SD había muerto. Y con ella, récords de miles de millones de puntos en Pokémon Pinball y la mitad de una pokédex.

En septiembre (a finales) volé a España para pasar unos días en Valladolid. El vuelo Viena-Madrid tuvo lugar a la hora perfecta desde el punto de vista de quien ha dormido poco la noche anterior y necesita una siesta. Sin embargo, los dos austriacos que viajaban a mi lado en nuestra tríada de asientos decidieron mantener durante todo el trayecto la conversación a más volumen en la historia de la comunicación humana, durante la cual uno de ellos se dedicó a berrear incomprensibles diatribas a las que el otro (el que tenía al ladito, para más inri) reaccionaba cada par de segundos exclamando afirmativamente "JA, JA" (bueno, mejor dicho "JO, JO" porque así es como suena con acento de Austria). Obviamente, no pude dormir siesta, y aunque eché mano de mis auriculares para evadirme del jaleo, aquel escandaloso diálogo siempre quedaba por encima del máximo volumen que podía darles.

En octubre (a primeros) volví a Austria. La idea original consistía en aterrizar en Viena, tomar un tren del aeropuerto a la capital y, desde aquí, servirme de un segundo ferrocarril que me llevaría a mi ciudad. El problema es que este segundo convoy, procedente de no recuerdo qué país de Europa central, venía con retraso. Un retraso que aumentaba cada vez que miraba el panel de horarios de la estación. Esta incidencia se traducía en que, en lugar de los cuarenta minutos programados, tendría que esperar casi tres horas en la estación central de Viena. Y por si no lo sabíais, lo más divertido que uno puede hacer un sábado por la noche en la estación central de Viena es arrojarse a las vías. Por ello, compré un nuevo billete del primer tren que saliese en dirección a mi casa, tendiendo así que aguantar sólo una hora en la terminal vienesa. Al día siguiente rellené el formulario correspondiente para solicitar la devolución del importe, habida cuenta de las circunstancias, y recibí una respuesta automática advirtiéndome que determinadas tarifas (y la mía lo era) no permitían reembolsos, y que de ser el caso no me molestase en insistir.

En noviembre me reuní con varios ex-compañeros de trabajo y fuimos a cenar a un restaurante. Al sentarnos a la mesa, la camarera nos indicó que el menú se podía consultar a través de código QR, y que la propia web permitía pedir bebidas y raciones, pero que ella también podía tomar la orden personalmente. Debido a que, oh sorpresa, la web no terminaba de procesar mi pedido (el resto de comensales no tuvo ese problema), terminé por encargar mis viandas a aquella mujer. Llegado cierto momento de la noche, y ante la envidia que me dio la ración de patatas fritas con carne que una de mis ex-compañeras había pedido, quise hacer lo mismo, pero la camarera se encontraba desaparecida. Intenté entonces darle otra oportunidad al puto QR, y parece ser que el pedido se tramitó correctamente. Sin embargo, nadie me sirvió una ración de patatas fritas con carne aquella noche. Y lo peor es que, cuando tocó pagar la cuenta y se repartieron los gastos, la camarera preguntó que quién había dejado a deber una de patatas fritas con carne.

En diciembre colgué una balda en la entrada de casa para depositar guantes, bolsos y demás morralla que uno se quita al cruzar la puerta y no puede colgar del perchero existente. Esta balda es ahora lo primero que se ve al entrar. Y está torcida.

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lunes, 29 de diciembre de 2025

Aquel viaje. El final de todo esto

Llevaba varios días pensando empezar esta entrada diciendo que, para bien o para mal, todo se acaba, ejemplificando tal oposición de conceptos con dos ejemplos recientes: por un lado, que no vayamos a disfrutar de nuevos discos irrepetibles de Robe Iniesta; y por otro, que Alfonso Ussía ya no vaya a tuitear mierda. Sin embargo, hace poco recordé que ésa fue la estructura que usé al escribir la última de la serie de entradas en la que hablaba de morralla encontrada al hacer limpieza en mi habitación vallisoletana. Por ello, os pido que ignoréis las líneas que acabáis de leer y os limitéis a hacerme compañía mientras yo me dedico a recordar los últimos momentos de aquel viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam.

Si nos ponemos cronológicos (pues la semana pasada hice uno de los muchos altos en la historia a los que ya os tendríais que haber acostumbrado para hablar de huevos), yo me encontraba a la puerta de un seven eleven a la espera de que Jorge terminase de comprarse su cena mientras un niño que no era mi hijo pensaba por error que sí. Una vez mi amigo abandonó en local con sus viandas, volvimos al hotel a por los mochilones, las mochilas y el gorrito que Jorge se compró en Hanoi días atrás y pedimos un taxi que, minutos después, nos llevó al aeropuerto.

Tras facturar nuestro equipaje y pasar el control de pasaportes, nos dispusimos a hacer tiempo hasta que llegase el momento del despegue (programado para las tres menos cuarto de la madrugada, no me jodas. A esa hora debería estar prohibido volar). Lo primero que hicimos fue comernos lo comprado en el seven eleven en uno de los bancos de la desierta terminal como si fuésemos dos turistas baratos. Pero chico, ¿qué quieres que le haga si estaban todos los restaurantes cerrados? Tras dar cuenta de esta triste cena, paseamos por el lugar en busca de algún establecimiento que contase con laxitud a la hora de ofrecer conciliación a sus empleados y se encontrase abierto a aquellas horas.

El primer sitio fue una tienda de tecnología, de ésas que tienen altavoces bluetooth y móviles de muestra para que pueda toquetearlos gente de los cinco continentes. Uno de los aparatos allí expuestos era un móvil plegable de Samsung o Motorola que Jorge dobló y desdobló repetidas veces mientras hablaba mierda del chisme y de la aparente fragilidad que presentaba. Y quizá este detalle no aporte mucho a la historia, pero lo cuento porque no tengo mucho que largar de aquellas horas y la entrada me está quedado muy corta, porque me da la gana y porque, meses más tarde, yo me compraría un terminal también plegable (aunque de otra marca, y he de decir que pasado todo este tiempo aún funciona como el primer día), se lo enseñaría a Jorge en la oficina en la que trabajamos juntos y él, después de preguntarme su precio y obtener mi respuesta, me lo devolvería con verdadero pánico en los ojos.

El segundo y último local que encontramos abierto fue un WHSmith en el que gastamos los pocos bats tailandeses que nos quedaban en chicles y cosas por el estilo.

Acercándose por fin la hora de partir, fuimos a la puerta asignada, y tras un embarque que duró una eternidad, subimos a la aeronave. Una vez estuvimos a miles de pies de altura, y a diferencia de lo que ocurrió cuando volé en sentido contrario, pude disfrutar de unas pocas horas de sueño (aunque no demasiadas, que la comodidad aeronáutica es un concepto que no podré experimentar en mi vida a no ser que empiece a gastarme el triple de lo que suelo pagar yo por un billete de avión), interrumpidas varias veces por la amenización incluida en los vuelos de clase turista: lloros de críos, avisos por megafonía, el pasajero de delante que echa su asiento hacia atrás, el pasajero de detrás que da una patada al mío... En algún momento del trayecto Jorge, cuya plaza asignada se encontraba a varias filas de distancia de la mía, vino a contarme que se había metido OCHO HORAS de sueño del tirón, pues su zona era bastante tranquila. Y ante la rabiosa envidia que me invadió tuve que contenerme muy fuerte, so pena de que Pato Aviador terminase hablando de nuestro vuelo en uno de sus libros:

Y uno de ellos lo tengo dedicado por el autor, que mandé a mis padres al Corte Inglés a por él el día que los estaba firmando

Por arte y magia de la rotación terrestre y los husos horarios, las once horas de vuelo se tradujeron en algo menos de seis en mi reloj, por lo que tomamos tierra en Viena aquel mismo día a eso de las ocho y media de la mañana, justo a tiempo para, una vez recogidos nuestros embarcados mochilones, desayunar en el McDonalds del aeropuerto austriaco y sacar fuerzas que nos ayudasen a enfrentarnos al clima europeo otoño-invernal que nos esperaba amenazante en el exterior tras haber pasado casi tres semanas abrigados bajo el Trópico de Cáncer.

Aquí se produjo nuestra despedida (no muy emotiva, la verdad, que nos volveríamos a ver en la oficina al lunes siguiente), pues Jorge contaba con un billete de bus para dirigirse a la ciudad en la que vivimos y yo hice lo propio en tren. Esto quiere decir que, a las once horas de vuelo causantes de un jet lag que comenzaba a tomar forma en mi cerebro como si de una tormenta vietnamita se tratase, habría que añadir otras tres sobre raíles durante las cuales tendría que darme bofetadas a intervalos regulares para evitar que el sueño me venciese antes del final de jornada y trastocase mi ciclo circadiano durante días y días.

Acabado este último trayecto llegué por fin a casa, y como ni yo soy Mike Oldfield ni los grandes finales son lo mío, en vez de dejar por aquí una conclusión a esta serie de entradas que resulte entrañable, ejemplarizante o directamente espectacular, voy a contaros lo que hice durante el resto de aquel día, y así meto paja.

Como, insisto, no quería quedarme dormido, recurrí a mi fisio Babs, que aquel día no trabajaba, y le dije que independientemente de lo que tuviese que hacer durante las siguientes horas, contase conmigo para hacerle compañía. Así que fuimos en su coche al punto limpio local porque tenía que deshacerse de no sé qué chatarra (por cierto, ¿sabíais que en Austria TE COBRAN por tirar basura en el punto limpio? Como lo leéis: al entrar y al salir pesan tu coche, y te toca apoquinar en función de la diferencia. Me parece de lo más cutre y a cualquiera que se lo digo, también), y luego pasamos por el Ikea porque necesitaba algo de allí.

Una vez agotado el comodín de Babs, me vi de vuelta en casa, y por mucho que intenté vencer al sueño, éste ganó la batalla a última hora de la tarde. Mi novia, que por casualidades de la vida también andaba de viaje por el extranjero (en su caso por motivos laborales y con destino Dubai) y compartía conmigo fecha de vuelta apareció por casa cuando yo ya estaba tan frito que ni me enteré.

Y yo creo que lo puedo a dejar aquí, ¿no? Conmigo durmiendo durante muchas horas tras este interminable viaje. De todas formas, lo más interesante que podría contaros acerca del día siguiente es que dediqué mucho rato a contarle a mi novia todo lo que vosotros, pacientemente, habéis tardado un año en leer.

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lunes, 22 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Información nutricional

Permitidme que hoy haga una breve cronología de mis hábitos desayuniles.

En una entrada perdida por el fondo de este cajón de sastre que es mi blog he llegado a mencionar que los desayunos de mi infancia consistían en un vaso de leche caliente con una pila considerable de galletas Tostarica. Esto en una época en la que calentar dicha bebida requería poner un cazo al fuego y vigilar que la espuma no rebosase y preparase un estropicio considerable al llenar de nata las piezas del fogón.

Sí, soy tan viejo que el microondas, por aquella época, era un elemento de ciencia ficción y no un utensilio de cocina. Sin embargo, el pequeño electrodoméstico terminó por hacerse un hueco en la encimera y su versatilidad permitió que me pasase a los cereales. Mis favoritos eran los Cheerios, aunque nunca le hice ascos a los Frosties o los Golden Grahams porque yo siempre he sido un imán para el colesterol del malo.

Entrado ya en la adolescencia, empecé a tirar de café y me aficioné a desayunar en bares que abren pronto. Las tutorías de primero de bachillerato, por ejemplo, las pasé casi todas con dos compañeros de clase jugando al chinchón entre cafés con leche y cruasanes a la plancha, y en un escenario similar desayudé a Pablo a aprobar el teórico.

De hecho, tengo tanto vicio al respecto que cada vez que vuelvo a Valladolid son más las veces que le digo "un desayuno con café con leche y cruasán a la plancha, por favor" a alguien que no conozco que las que me siento a la mesa en casa de mis padres para ventilarme algo preparado por mí. Y a veces hasta echo fotos del evento que, cual personaje de una peli bélica que sabes que van a ventilarse por sacar una imagen de su novia, contemplo una vez en Austria mientras escucho a Vera Lynn y cuento los días que faltan para que nos volvamos a ver:

Éste es de este mismo verano. Apreciad que el cruasán era tan grande que tuvieron que traérmelo en dos platos

Todo muy bucólico, aunque si hay algún nutricionista en la sala estará llevándose las manos a la cabeza. Pero que nadie se preocupe por mi salud cardiovascular, que a principios de los dos mil diez se dieron las circunstancias para que mi primera comida del día mejorase considerablemente.

Ya deberíais saber que en dos mil once formé parte de un grupo de becarios que pasaron mes y medio  trabajando a jornada completa en la capital de Irlanda a cambio de una línea en el currículum. Entre ellos, dos o tres habían estudiado formación profesional de química y por no sé qué ley no podían currar de lo suyo. Buscando solucionar tal vicisitud, los organizadores les colocaron como bedeles en albergues en los que el único producto químico al que tenían acceso era la lejía que echaban al agua de fregar. Pues bien, una de las afectadas, poniéndole buena cara a este mal tiempo laboral (aclaro que no tiene nada de malo ser un bedel que friega suelos, pero es que no es a lo que les dijeron que iban, coño) nos invitó a unos pocos a desayunar en el establecimiento en el que tuvo que currar (irónicamente, mi novia y yo volveríamos a ese sitio meses después, esta vez como huéspedes).

Teniendo en cuenta que se trataba de un hostel para mochileros, la variedad gastronómica al amanecer no es que diese para tirar cohetes. Peeero... Además de nutella y pan de molde, de la cocina salía una fuente de huevos cocidos, alimento que yo hasta entonces no había probado antes de las tres de la tarde. Y jalarme uno en un momento tan intempestivo me cambió la vida: saciaba más que la variedad azucarada de la que había dispuesto hasta entonces y me daba una energía que duraba hasta la hora del almuerzo. Desde entonces, la semilla de gallina pasó a ser un alimento de obligado consumo en mi dieta mañanera: de lunes a viernes cae un huevo cocido y los domingos me meto CUATRO fritos sobre tiras de bacon.

Los sábados... Depende. Un cruasán a la plancha o un tazón de cereales si me da mucha pereza manchar la sartén y usar un poquito de mantequilla que acaba mohosa en la nevera porque lo de vender dosis pequeñas pensando en gente que no tira de este lácteo a nivel industrial aún no lo han pensado en los supermercados austriacos. Lo importante es lo del huevo. Soy fan. MUY fan del huevo. Y no sólo cocido. Me gusta revuelto, frito, escalfado, en tortilla... Menos crudo, sea.

Y ahora es cuando hilo (el huevo hilado, paradójicamente, no lo he probado nunca. Pero si alguien quiere invitarme, sea) con la historia principal. Si habéis tenido la paciencia suficiente para leer las cincuenta y una entradas (que se dice pronto) que llevo publicadas sobre mi viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam, os habréis dado cuenta de que menciono el ingrediente huevil en muchas de ellas. Y si no, no os preocupéis, que os las enumero todas a continuación para que parezca que este post tan corto tiene más contenido:

  1. Cuando presenté el tema y en realidad no dije nada acerca del viaje en sí.

  2. Cuando fuimos a Ayutthaya.

  3. Cuando nos despedimos de Bangkok por primera vez (vale, aquí mencioné el huevo porque el desayuno no lo incluía. Dejad que haga trampas).

  4. Cuando nos pegamos el madrugón padre para ver amanecer en Angkor Wat.

  5. Cuando lo de trasnochar en Siem Reap se me fue un poquito de las manos.

  6. Cuando volví al hotel de Siem Reap hecho mierda porque lo de trasnochar se me había ido un poquito de las manos.

  7. Cuando dedicamos una tarde a socializar con los del trasnoche del día anterior en Siem Reap.

  8. Cuando pasamos nuestro último día en Camboya.

  9. Cuando descubrimos la locura que es Hanoi (y también descubrimos el café con huevo. Aunque en esta bebida tan endulzadísima no se nota la presencia de tal ingrediente, he de aclarar).

  10. Cuando nos despedimos de Hanoi por primera vez (vale, aquí tampoco lo comí. Dejad que vuelva a hacer trampas).

  11. Cuando me puse a los mandos de una motocicleta por primera vez en mi vida.

  12. Cuando nos despedimos definitivamente de Vietnam.

  13. Cuando me metí un Irish breakfast entre pecho y espalda en el restaurante de un hotel de Bangkok que no era el nuestro.

Comí huevo muchísimas veces en poco más de dos semanas, ¿verdad? Y lo hice por tres motivos: el primero, porque me encanta (que ya lo he dicho); el segundo, porque me da mucha energía (que ya lo he dicho también).

¿Y el tercero? Pues aquí es cuando tengo que contar un detalle personal de mi compañero de viaje Jorge. Y es que me confesó antes de comenzar esta aventura que había dos alimentos que no podía ver ni en pintura (y no le culpo, que yo también le tengo un asco irracional, en mi caso, a las aceitunas y al vinagre), so pena de sufrir arcadas. Uno de ellos era el arroz, aunque afortunadamente se curó de esta fobia antes de marchar para allá, que por aquella latitud esta gramínea es más habitual que el pan y nos lo sirvieron casi a diario.

Podéis imaginar cuál era el otro producto que asqueaba a mi amigo. Y si tenemos en cuenta que casi todas las veces que yo comí huevo fue delante de su puta cara, también podéis deducir que el tercer motivo por el que lo hice fue porque soy así de cabrón.

Venga, terminemos.

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lunes, 15 de diciembre de 2025

Aquel viaje. El último día

El hotel en el que pernoctamos durante nuestro segundo paso por Bangkok no incluía desayuno. Pero qué cutres. Por ello, no me voy a parar a describir la habitación (aunque también es posible que en realidad no guarde recuerdos de la misma porque mi cerebro y tal) más allá de confirmar que contaba con sus dos camas reglamentarias (así que una vez más nos ahorramos una escena como la de nuestra llegada a Hanoi) y pasaré a contaros que aquella mañana, bien temprano, nos tocó a Jorge y a mí adentrarnos en las calles de Sukhumvit (libres a aquella hora de prostitutas y sugar daddies, no como la noche anterior) en busca de un lugar en el que poder dar cuenta de la primera comida del día. Y aquí hubo escisión.

Resulta que Jorge es de los que funcionan con un café y un par de galletas. Pero yo no. Yo necesito que la descripción de mi desayuno ocupe al menos tres líneas en el menú so pena de estar de nuevo hambriento (y por consiguiente un poquito de mala hostia) al par de horas. Así que mientras él se iba a una cafetería a rellenar su estómago de gorrioncillo, yo me metí en el restaurante de otro hotel que SÍ servía desayunos y me pedí un ídem irlandés con su huevo frito, su bacon, sus judías y demás que, os adelanto, me supo a gloria.

Debido a lo laborioso de mi orden, cuando se me hizo entrega del plato y empecé a desayunar, Jorge ya estaba haciendo la digestión y había venido a buscarme, por lo que pudo disfrutar de unos minutos viéndome comer sin nada que hacer.

Al terminar, volvimos al hotel para hacer el check out, dejamos los mochilones y el gorrito que Jorge se compró en Hanoi días atrás en la consigna y nos dirigimos dando un paseo (con parada en un estanco para que yo pudiese comprarle sugus tailandeses a una amiga) a una supuesta atracción cercana que resultó ser una trampa para turistas: la casa de Jim Thompson.

Jim Thompson fue un arquitecto y empresario que en no sé qué siglo se hizo de oro a base de comerciar con telas en la zona, y la casa que diseñó y en la que vivió está disponible para ser visitada siempre y cuando uno esté dispuesto a pagar la entrada. Y, las cosas como son, es una casa. Así que después de ver la tienda de telas del exterior y hacernos una idea de lo que nos íbamos a encontrar dentro, nos dimos media vuelta, acabando en un ruidosísimo centro comercial en el que me compré un polo naranja de Adidas que me encanta. Centro comercial que, por otra parte, crispó los nervios de Jorge, más partidario él de galerías abiertas y tiendas de barrio. Para que os hagáis una idea los que podáis haceros una idea, el sitio contaba con un Donki (allí pillé un sobre de cartas Pokémon en tailandés, por cierto) como los que hay en Japón. El agobio de mi compañero de viaje y mi interés por hacerme con souvenirs varios dieron lugar a una nueva escisión, así que yo me quedé por la zona y él se fue en busca de aire al cercano parque Lumphini, donde hizo fotos como ésta que voy a robarle:


Obsesionado con encontrar una cartera para mi novia (porque no sólo le compré huevos sorpresa de Pokémon falsísimos) fui de local en local hasta dar con una que a día de hoy, años después, aún sigue utilizando. Tras haber cumplido esta misión, salí a la calle y comencé una caminata que me llevó hasta la zona universitaria, donde no había nada de interés.

Jorge, por su parte, también había concluido su labor caminante, por lo que acordamos encontrarnos para comer. Fue tanto el éxito que tuvo el restaurante al que terminamos yendo dos veces la víspera que decidimos ir allí una tercera vez. Debido a que yo andaba bastante lejos de este nuevo destino, y viendo que una tormenta feísima iba a cambiar el color de todo Bangkok, me dirigí a la parada de metro más próxima.

El ambiente que me rodeaba no se parecía en nada a lo que había experimentado hasta la fecha: calor, humedad, una multitud agolpándose, grupos de estudiantes vistiendo uniformes similares, las primeras luces de neón de aquella oscura tarde y por fin la lluvia que había estado amenazando le dieron a la escena un toque de lo más bladerunneriano ante el que no pude evitar fliparme un poquito, echando mano de mis auriculares y escuchando esto durante el trayecto.

Pero qué tontico que soy a veces.

Total, que nos vimos, comimos y nos fuimos. En esta ocasión, a otro centro comercial, situado en la zona y más tranquilo que el de por la mañana, donde adquirí dos camisetas de manga corta con sendos parches muy monos que aún conservo y que todo el mundo elogia (a pesar de lo mal que llevo yo eso). Y si debajo de este párrafo veis una imagen de dichas prendas, es porque antes de publicar esta entrada he conseguido vencer a la pereza que me da ahora mismo el hacerles una foto.

Habéis tenido suerte

Con esta compra di por concluida mi labor consumista de la jornada, y como a aquella hora la tormenta había pasado a ser el recuerdo de algo ocurrido minutos atrás, volvimos al hotel. Pero no fuimos a la consigna para recoger las maletas y largarnos, no. Con todo nuestro morro (bueno, en realidad el del morro fue Jorge y yo le seguí, que de haber estado solo no me habría atrevido) nos colamos en el ascensor, subimos a la terraza, sacamos el bañador que llevaba metido en nuestras mochilas toda la jornada y tomamos dos tumbonas. Y así, nuestras últimas horas en Bangkok transcurrieron con nosotros dos a remojo en la piscina de un hotel del que ya no éramos huéspedes.

Se acercaba la hora de decir "adiós" (o "hasta otra", que nunca se sabe) a Tailandia, y teniendo en cuenta que nuestro avión partía a las dos de la madrugada (es que no me jodas), tras abandonar aquella alberca hicimos una rápida incursión en el seven eleven que había frente al hotel y pillamos unos bocadillos que nos servirían de cena cuando llegásemos a un aeropuerto en el que todos los restaurantes iban a estar cerrados (es que, insisto, no me jodas). Y aquí tuvo lugar una anécdota que os voy a contar para poder meter algo de relleno en esta corta entrada.

Resulta que, entre otros clientes, en el local había tres individuos que hablaban castellano: un padre y un hijo con rasgos y acentos muy españoles de Ejjjpaña y la pareja del padre, asiática. El chiquillo estaba dando por culo que no veáis: con un volumen de voz excesivo para los estándares de cualquier lugar no bañado por las aguas del Mediterráneo, no paraba de exigir a los dos adultos que le comprasen todo lo que veía en los pasillos, haciendo especial énfasis en que quería no sé que mierda de "roblox". Que a día de hoy sigo sin saber qué era, pero lo odio con toda mi alma por haber tenido que escuchar a un crío español gritar la palabra "roblox" al menos quince veces en un seven eleven tailandés.

Terminé yo primero de comprar mi pseudocena (si no está caliente, no es cena. Y no me voy a bajar de esa burra) y, mientras Jorge seguía decidiendo qué se llevaría al buche poco después, salí apresurado del local, pues estaba a un "roblox" de cometer un infanticidio. Mientras se producía mi espera en el exterior, el crío de los huevos cruzó la puerta, contemplando mi silueta de espaldas y confundiéndome con su padre. Se me acercó entonces, empezó a soltarme una turra espectacular y yo, ignorando su discurso, me giré para mirarle fijamente con una seria expresión que venía a decir: "niño, no soy tu padre y espero que este malentendido que realmente no tiene importancia se convierta en trauma".

Oye, ¿quién sabe? A lo mejor el mocoso, dentro de unos años, se abre un blog y escribe una entrada hablando de ello. No sería el primero que hace algo así, ejem, ejem.

¿Qué? ¿Que os parezco mala persona por desearle traumitas a un chiquillo al que no conozco? Pues esperad a la siguiente entrada, y ya veréis lo perro que puedo llegar a ser.

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lunes, 8 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Hola otra vez, Bangkok

Yo os debía una descripción hotelera y voy a empezar esta entrada saldando dicha deuda: la habitación en la que pasamos nuestra última noche en Vietnam, si bien contaba con sus dos camas reglamentarias, tenía alguna que otra característica que la situaba a un nivel inferior al de sus predecesores en mi tripadvisor particular.

Para empezar, la pieza se encontraba en un segundo piso y no había ascensor, y si bien es cierto que Jorge y yo contábamos con mochilones y mochilas (y el gorrito que él se compró en Hanoi días atrás), eso de tener que andar escaleras arriba con el equipaje restaba puntos, oye. El baño se encontraba en un estado permanente de condensación, una condición perfecta para que proliferasen decenas de bichitos voladores a los que no podíamos decir nada porque ya estaban allí cuando llegamos. Y, lo más divertido de todo, la habitación en sí era parte de la ruta de evacuación de emergencia. Os lo juro. Sobre la puerta de entrada había un cartel verde luminoso que indicaba a los huéspedes que, en caso de incendio o catástrofe similar, les tocaría pasar por nuestros aposentos y abandonar el edificio por otra puerta situada a los pies de mi cama que daba a unas escaleras exteriores desde las que podía verse (y escucharse con toda claridad) el tráfico de la autopista cercana.

Este último detalle fue el responsable de que el sueño aquella noche se dedicase a abandonarme cada vez que un vehículo especialmente escandaloso pasaba por allí. Por suerte, el desayuno del que pudimos disfrutar a la mañana siguiente (el recepcionista nos había preguntado, justo antes de que saliésemos en busca de la cena y acabásemos en aquel restaurante loco que qué queríamos para desayunar; y yo le dije que mucho café y un huevo) me ayudó a combatir el letargo, así que me encontraba bastante espabilado cuando la furgoneta encargada de llevarnos al aeropuerto nos recogió en la puerta del hotel a Jorge, a mí y a otra chica de la que no sé nada porque no mantuvimos conversación en el rato que el vehículo nos depositó en el aeródromo.

Y si ahora estáis esperando que os hable del check-in, el paso del control de seguridad, la espera al embarque, nuestra subida al avión, el vuelo con destino Bangkok, el nuevo paso por el control de pasaportes, la recogida de equipajes y el trayecto en taxi al hotel, lo lleváis claro, pues apenas me acuerdo y, lo que es peor, mi cerebro mezcla momentos de aquellas horas con otros similares que viví al volver de un viaje a Japón (éste no. Otro que hice años después con mi novia y mi hermano y del que no he sido capaz de sacar chicha suficiente como para transformarlo en entradas). De todas formas, estoy convencido de que lo que os voy a contar a continuación os va a resultar mucho más interesante. Ya veréis.

Resulta que Jorge, cuando empezó a planear a qué lugares ir, y considerando que pasaríamos por la capital tailandesa tanto al principio como al final del viaje, sugirió que en esta segunda ocasión nos alojásemos en la que él consideraba "la zona de los rascacielos", y así descubrir el contraste con el Bangkok más tradicional. Y vaya que si hubo contraste.

Los "rascacielos" de aquel barrio (Sukhumvit) eran edificios de oficinas en el que había establecidos varios negocios internacionales. Y claro, donde hay negocios internacionales hay hombres de negocios extranjeros que se encuentran lejos de casa. Y donde hay hombres de negocios extranjeros que se encuentran lejos de casa hay... prostitutas. Muchísimas prostitutas situadas en las aceras de aquellas calles que nos dirigían a Jorge y a mí, y a todos los hombres del lugar, un "hello..." o un "I love you..." cuando pasábamos a su vera.

Tengo que decir que aquello no me impresionó tanto porque sabía lo que me iba a encontrar. Que a nada que uno investigue cuando su destino es Tailandia acaba descubriendo que el tema de la prostitución allá es como el de las crêpes en París: un negocio tan floreciente como turbio. Lo que sí me dejó con el culo torcido fue que hubiese tantos (tantísimos) sugar daddies. Para quien no esté familiarizado con esta fauna, se trata de señores cincuentones o sesentones que mantienen aquí a su sugar baby: una muchacha que no suele llegar a la veintena. Durante unos días al año, el sugar daddy viaja a Tailandia y se reúne con ella para realizar habituales actividades de pareja como comer y cenar en restaurantes de la zona o encerrarse en el hotel y protagonizar escenas que prefiero que no os imaginéis; y cuando se deja ver con ella en público lo hace con una falta de pudor y un orgullo desatados al saber que, aquí, los sugar daddies son legión.

Que si la situación os da asco de por sí, esperad al retrato robot, pues estaban todos cortados por el mismo patrón: una piel de color "pechuga de pollo cruda" (pero de un tono especialmente feo, el de esa bandeja que nadie se atreve a coger en el supermercado), expresión de decrepitud típica de quien se ha pasado media vida desayunando cerveza y una calvicie nada bien llevada (que no es por nada, pero es que estaban todos calvos). Teniendo en cuenta semejante imagen, cada vez que me cruzaba con uno (y me crucé con decenas, insisto) apostaba mentalmente a que en la portada de su pasaporte había escritas las palabras "United" y "Kingdom".

Os lo dije, mucho más interesante todo esto, ¿verdad?

Pues allí estábamos Jorge y yo, en una selva de putas y puteros buscando un sitio en el que poder almorzar. Y encontramos uno que prometía ser todo un acierto: no sólo se encontraba lleno de comensales, sino que en el exterior había bastante gente esperando su turno ordenadamente gracias a que una de las camareras se asomaba de vez en cuando y repartía números. Nos arrimamos entonces a la muchedumbre y tras alimentarnos de paciencia durante unos minutos, pudimos ventilarnos una comida que estaba riquísima pero que no recuerdo en qué consistía. Eso sí, recuerdo que estuvimos al lado de la puerta de la cocina y que los sufridos cocineros tenían que subir y bajar escaleras con los platos.

Saciada nuestra hambre, Jorge y yo tomamos caminos diferentes. Él quería aprovechar el buen tiempo y que nuestro hotel contaba con piscina en la terraza para disfrutar de una tarde a remojo, y yo también pero menos. Además, tenía pendiente comprarle a mi madre un libro en tailandés. Por ello, me dirigí a un centro comercial cercano que contaba con librería y adquirí uno protagonizado por un pato que se va en coche a Ayutthaya o algo así, y al salir me metí el el restaurante de un hotel bastante más pijo que el nuestro donde pedí un café que tardé bastante en tomarme porque si me lo hubiesen servido un pelín más caliente habría fundido la taza (cierta yaya vallisoletana habría disfrutado de lo lindo de aquella bebida, por otra parte).

Una vez me hube encafetado adecuadamente, subí yo también a la piscina de la terraza, dejando que se nos hiciese de noche a mí, a Jorge y al long island que me hizo compañía como si se tratase de una sugar babNO, mejor no hago esa comparación:


Llegó entonces el momento de bajar a cenar, y si durante el día el putiferio de la zona era impresionante, por la noche se multiplicaba por diez. Pero esta vez, entre cientos de prostitutas y sugar daddies con sus respectivas sugar babies (había puestos ambulantes en los que se podía adquirir el kit completo de sugar daddy: lencería, condones, lubricante, vibradores y viagra) se podía ver a parejitas de recién casados totalmente desubicadas, en una zona carente de templos ante los que tomarse fotos con las que poder presumir en Instagram. Y reconozco que tenía su gracia verles a ellos intentando ignorar con rubor aquellos cantos de sirena en forma de "hello..." o "I love you..." que recibían cada veinte metros al tiempo que sus parejas controlaban con mala cara que sus miradas no terminasen en ningún escote o minifalda, so pena de que aquella misma noche se produjese una de sus primeras broncas conyugales.

Que por otra parte yo pienso que vaya pereza, ¿no? Dejarte un pastizal en una boda y en su correspondiente luna de miel en Bangkok para acabar discutiendo por semejante chorrada. Para eso es mejor que no os caséis, en serio.

En fin, que tras contemplar más de un prólogo de Escenas de matrimonio y descartar uno detrás de otro todos los locales de comida ante los que pasábamos, volvimos al mismo de por la mañana, que por aquel entonces no tenía tanta afluencia. Si es que al final nos faltaba creatividad a Jorge y a mí. No sólo repetimos restaurante, sino que al terminar, y queriendo aprovechar que aún faltaban un par de horas antes de que tocase irse a dormir, nos sentamos en la terraza de un bar cercano al hotel y yo di cuenta del último long island de aquel viaje mientras empezaba a imaginar cómo continuaría esta historia que estaba a punto de terminar.

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lunes, 1 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Aquel loco restaurante de Hanoi

Después de un par de entradas en las que me he desviado un poquito de la historia para hablaros de ropa y fútbol porque este blog no sería este blog si yo no me fuese por las ramas de vez en cuando, retomo el hilo: tras una jornada de callejeo por Hanoi, Jorge y yo nos dirigíamos en taxi al hotel en el que pasaríamos nuestra última noche en Vietnam. No me voy a parar a hablar del establecimiento ahora por dos motivos: en primer lugar, porque intuyo que mi siguiente entrada se va a quedar corta en cuanto a detalles y voy a necesitar bien de paja que la rellene; y en segundo lugar, porque quiero que me acompañéis cuanto antes al lugar al que nos dirigimos minutos después de depositar nuestros mochilones y mochilas (y el sombrerito que Jorge compró días atrás) en el suelo de la habitación.

Teniendo en cuenta que la zona en la que nos encontrábamos se hallaba relativamente cerca del Aeropuerto Internacional Noi Bai, y que además era media tarde, uno esperaría encontrarse a bastante gente por la calle, ¿no? Bueno, pues aquello estaba desierto hasta tal punto que a Jorge y a mí nos daba un pelín de mal rollo. No obstante, terminamos dando con un restaurante abierto aunque a medio gas en cuanto a comensales. Una de las mesas, próxima a la puerta, estaba ocupada por un grupito de mujeres que charlaban animadas tras haber dado cuenta de la cena. A pocos metros, tres hombres de rudo aspecto debatían sobre no quiero saber qué, y en la zona central de aquel enorme local que parecía aún más grande por encontrarse casi vacío se encontraba una familia compuesta por unos diez o doce miembros pertenecientes a al menos tres generaciones. Esta lista de asistentes se completaba con el personal que trabajaba allí sirviendo mesas y los dos cocineros que peleaban con los fogones en una pequeña cocina visible desde la entrada.

¿Que por qué he sido tan minucioso al enumerar a quienes estaban allí? Pues porque TODOS ellos se giraron con cara de asombro al ver a dos extranjeros cruzar el umbral (sí, hasta los cocineros se asomaron). La misma cara de asombro con la que nos miramos Jorge y yo mientras nuestras respectivas paranoias nos hacían preguntarnos si no sería mejor darnos media vuelta, comprar unas bolsas de patatas fritas en alguna tienda y comérnoslas encerrados en la habitación del hotel del que aún no os he hablado.

Teniendo en cuenta el título del post y lo que aún os queda por leer del mismo, habréis deducido acertadamente que decidimos ignorar a nuestras paranoias y ocupamos una de las muchas mesas vacías de aquel restaurante sintiendo cómo aún nos seguían algunas de aquellas curiosas miradas que parecían no haber visto a un individuo foráneo pisar por allí en cincuenta años. Se nos acercaron entonces tres camareros que apenas hablaban inglés, y mediante una breve conversación que incluyó más gestos que palabras, Jorge y yo les indicamos que queríamos cenar, por lo que nos hicieron entrega de sendos menús con nombres de platos y descripciones escritos únicamente en vietnamita. 

Mientras que nosotros tratábamos de interpretar lo que allí se servía, más camareros y camareras se arremolinaron en torno a nuestra mesa como si se tratasen de palomas que se te acercan cuando estás jalándote un bocadillo en un banco del parque, y comenzaron a señalar artículos de aquella carta y a tratar de explicar en qué consistían. Llegó un momento en el que, aislado de aquel barullo, miré a Jorge y le pregunté: "Jorge, ¿tengo a SEIS camareros detrás de mí ahora mismo?" y él, completamente ojiplático y sin atreverse a abrir la boca, me lo confirmó con una seña afirmativa.

Al final me pedí un rollito de primavera y unas patatas fritas porque tras escuchar a turistas de diferentes países decenas de historias sobre intoxicaciones alimentarias, temía que me fuese a tocar a mí a un par de días de terminar esta aventura, y no era plan. No recuerdo qué se pidió Jorge, pero algo por el estilo.

Poco después nos sirvieron la comanda. Nos estábamos enfrentando pues a los primeros bocados y entonces comenzó a atronar por los altavoces esta canción al tiempo que uno de los camareros salía de la cocina portando una tarta que depositó en la mesa familiar. Resulta que el yayo de aquella familia celebraba su cumpleaños, y aquí empezó lo bueno: el tenso ambiente propio de un saloon del lejano oeste dio lugar a otro mucho más festivo, y más aún cuando todos los comensales, familiares del yayo o no, recibimos una porción del cumpleañero postre.

Durante los siguientes minutos, los niños se dedicaron a acercársenos con divertida sorpresa, completando un ritual consistente en depositar sobre nuestra mesa pequeñas estampitas que representaban billetes y botellas de champagne (esto debe ser típico de allí o algo. No hice foto en su momento y ahora me es imposible dar con referencias en internet porque a día de hoy tratar de encontrar cualquier cosa en cualquier buscador es una mierda desesperante) y salir corriendo entre carcajadas.

Poco después de que hubiésemos terminado nuestra cena y las riquísimas raciones de tarta llegó el yayo, quien tras una visita a la mesa de los tres hombres rudos (las mujeres que había cerca de la puerta ya se habían ido, por lo que se perdieron el festival que os estoy describiendo) se pasó por la nuestra, ocupó una de las sillas y, sin decir una palabra, sacó una botella de whisky y vasos para los tres. Nos sirvió así un chupito y nos invitó a brindar con él, lo cual hicimos de muy buen grado. Imitando a aquel simpático abuelo vietnamita, yo di cuenta de mi bebida al momento, y vi que Jorge dudada mientras sujetaba su vasito, pues por muy majo que resultase aquel señor, su sentido común le estaba pidiendo a gritos que rechazase alcohol ofrecido por un desconocido. Me tocó pues darle un codazo verbal ("Jorge, por tu madre. Bébete el whisky que vas a ofender al yayo, joder") al que hizo el caso correspondiente, causando así que el abuelo, agradecido y satisfecho, volviese con su familia.

Y empezó el karaoke (una actividad muy popular, tal y como comprobamos en varios lugares aunque no sé si lo he comentado antes porque son casi cincuenta entradas y me cuesta seguir la pista de todo lo que he contado ya). Uno de los familiares, haciendo gala de una horrísona voz, comenzó a entonar una canción conocida sólo allí, y Jorge y yo decidimos que aquello marcaba el fin de nuestra estancia en el restaurante. Pagamos entonces la cuenta y abandonamos el sitio aún invadidos por la incredulidad ante los acontecimientos. Tan confundido estaba, que cuando saqué una foto de la entrada que probase que todo aquello no había sido una experiencia alucinógena no me di cuenta de que había un árbol en todo el medio impidiendo ver el local.


De vuelta al hotel, paramos en un quiosco que aún se encontraba abierto y que vendía toda clase de artículos: galletas, salsa de tomate, material escolar, o incluso peluches. Y Jorge se encariñó de uno ENORME que quiso comprarle a su sobrino. Antes de hacer el desembolso, me preguntó si yo creía que le cabría en el mochilón, habida cuenta de toda la morralla que habíamos ido adquiriendo durante nuestro viaje. Yo estaba convencido de que el bicho no entraría ni de coña, pero le dije totalmente convencido que sí, que lo comprase sin dudarlo.

Sí, soy así de cabrón, y lo he sido siempre. De hecho, tengo otro ejemplo al respecto que compartiré con vosotros dentro de un par de entradas. Pero antes, pongamos punto y final a nuestra estancia en Vietnam.

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lunes, 24 de noviembre de 2025

Aquel viaje. Muchas patadas y algún que otro cabezazo

Viajemos en el tiempo a mil novecientos noventa y poquísimo. Un jovencito yo se halla en el Hospital Militar de Valladolid. Vale que no es la primera ni la segunda vez que hablo de mi presencia en centros hospitalarios en este blog, pero que nadie se preocupe. La razón por la que mi version preescolar se encuentra en tal sitio es el haber ido a visitar a su padre, quien trabaja en la ventanilla y que en el momento que nos ocupa ha aprovechado la momentánea ausencia de pacientes para escaquearse de su obligación laboral (fíjate que eso, así como lo de tener siempre cara seria lo he acabado heredando). Niño y adulto dedican unos minutos a darle patadas a un balón de gomaespuma en uno de los desiertos pasillos, y el pequeño mocoso se lo está pasando en grande.

¿Veis? No era para preocuparse. Si he sacado a colación esta brevísima pero feliz anécdota ha sido porque quería compartir con vosotros mi primer recuerdo relacionado con el júrgol. Un deporte barra espectáculo barra negocio que para bien o para mal ha tenido más o menos relevancia a lo largo de mi vida.

Como todo niño español crecido en los noventa, la presión social causó que el balompié se convirtiera en una de mis principales aficiones y actividades mientras yo no pasaba del metro cincuenta. Los ratos de recreo en el colegio estaban OBLIGATORIAMENTE dedicados a darle patadas al esférico, y mis vecinos y yo solíamos pasar las tardes convirtiendo alguna calle del barrio en un improvisado terreno de juego cuando no nos dedicábamos a emular a los Power Rangers. Y si llovía, el protocolo exigía encerrarse en casa a ver a Oliver y Benji mientras tomábamos notas mentales que pondríamos en práctica en cuanto volviese a salir el sol.

Hablando del tema, durante varios años mi cama contaba con un juego de sábanas del mencionado anime que a uno de mis vecinos (quien vivía en la casa donde protagonicé "lo del estornudo") le daba especial envidia.

Pero las sábanas no eran el único elemento de merchandising futbolero que cayó en mis infantiles manos. Cada año, el quiosco de mi barrio se encargaba de suministrarnos a todos los chavales enyonkados por el balón chicles con pegatinas de la temporada liguera, y cada año me dejaba miles de pesetas en intentar sin éxito completar el álbum de turno. Para compensar, y gracias a que al final mi padre terminaba por hacerse responsable de la tarea y se iba él a cambiar los cromos las mañanas de sábado, logré finalizar al menos tres colecciones: dos sobre el Real Madrid y una con jugadores del Mundial del 94; campeonato que recuerdo haber seguido con especial interés desde el camping en el que estaba pasando las vacaciones con mi padres hasta que España se tuvo que volver a casa tras perder en cuartos de final frente a Italia en el famoso partido en el que Tassotti le dio a Luis Enrique un besito con el codo:

Trigger warning y tal

Y si alguien ha levantado una ceja al leer lo de las colecciones de cromos del Madrid, que prepare la otra cuando os diga que dos bufandas del equipo blanco llegaron a decorar las paredes de mi dormitorio. Vale, primero fui del Barça (algo que dejé caer cuando hablé sobre Mike Oldfield porque a irme por las ramas no me gana nadie. En esa entrada también mencioné que mi padre curraba en un hospital porque también se me da de perlas repetirme), y tras una interminable temporada en la que mis compañeros de clase madridistas me tocaron demasiado los cojones debido a que el equipo culé sufrió una especialmente mala racha, me hice merengue para no tener que aguantarles. Años después, entrando en la adolescencia, pasé a seguir al Athletic de Bilbao porque Julen Guerrero me caía bien. Hasta conservo su camiseta y todo. Lo bueno de haber ido cambiando de equipo de fútbol es que pude ver a los tres en cada una de mis etapas darle un repaso al Real Valladolid en el Nuevo José Zorrilla (para quienes no lo sepan, el Viejo José Zorrilla es ahora un Corte Inglés). También acudí al estadio una tarde de jueves a ver una eliminatoria de Copa del Rey en el que el Pucela, para variar, salió victorioso, pero es que jugaba contra el Toledo y eso mucho mérito no tiene.

De este último encuentro recuerdo que me dirigí al campo con cierta preocupación, pues a pesar de que lo hacía en compañía de, una vez más, mi padre, en realidad debería haber estado jugando al fútbol sala, que era la actividad extraescolar a la que me apunté aquel año. De todas formas, mi inquietud desapareció a los pocos minutos de llegar allí cuando vi que nuestro entrenador también se encontraba en la grada.

Y ésa ha sido más o menos mi relación con el fútbol, dejando a un lado detalles como los buenos ratos que pasaba viendo El día después en Canal+ junto a (lo habéis adivinado) mi padre al volver de catequesis y que no he sabido cómo colar a lo largo de la narración que os estáis tragando, poco más o puedo contar. Mi interés por patear el balón desapareció definitivamente cuando descubrí que al final, más que un deporte, el fútbol es un negocio usado para enriquecer a personajes como Florentino Pérez o lavarle la cara a la dictadura de turno, lo que me hizo decidir que dedicaría mi tiempo libre y mi energía a otro tipo de actividades, como ser un friki del correr.

Vale que aún me lo paso en grande echando partidas al Soccer en el emulador de Game Boy y que mi fanatismo por la estadística haga que siga resultados y clasificaciones de cualquier torneo con un interés que roza lo enfermizo (llegué a programar un emulador de resultados de fútbol en... Excel. Soy de traca), pero se podría concluir que a estas alturas de la vida el balompié me la pela bastante. Para que os hagáis una idea, ante la invasión de información futbolera debida a que la Roja ganó la última Eurocopa yo sólo pude pensar "pero qué jóvenes son todos" cada vez que veía a los integrantes del combinado nacional, y cuando me corté el pelo en una barbería vallisoletana en la que puedo hacerme entender aprovechando mi estancia en la capital del Pisuerga y el personal empezó a mencionar a tal o cual jugador, deseé que no me intentasen meter en la conversación, pues era la primera vez que oía aquellos nombres (sigo convencido de que "Lewandowski" no es un nombre real y os lo habéis inventado para burlaros de mí).

Y si he rellenado alguna quiniela recientemente, no ha sido por afición futbolística. Pero esa es una historia que dejo para el año que viene.

Habiendo dejado claro entonces que el fútbol ni me va ni me viene, ¿qué fue lo que me incitó a comprarme la camiseta de la selección de Vietnam en la tienda oficial de la misma mientras Jorge y yo paseábamos aquella tarde por Hanoi?


La envidia. La misma envidia que sintió mi vecino al descubrir mis sábanas del nipón anime y que me dio haberse visto esta prenda días atrás al muchacho que nos llevó de excursión por la isla de Cát Bà.

Y lo peor de todo es que a día de hoy, años después de haberla adquirido, aún no he encontrado la ocasión de poder estrenarla.

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