lunes, 2 de junio de 2025

Aquel viaje. Una tarde algo menos loca que la anterior

Mi anterior entrada comenzó tras haber pasado yo una noche sin dormir y sin vergüenza, y la misma acabó conmigo durmiéndome a la mesa del restaurante como un gilipollas. Así que que alguien de una palmada o me sacuda para despertarme, que acaban de traer la comida. Por cierto, se notaba que el sitio era pijo porque tenía mantelitos individuales y platos cuadrados:


Nuestra visita a los templos de la zona continuó tras finiquitar aquel menú que incorporó una minisiesta no programada. Como tengo una entrada enumerándolos todos, no voy a entrar en detalles acerca de dichos templos ahora. Mientras el tuk tuk nos llevaba de uno a otro, vimos a un grupo de hombres trabajando en los arrozales, acompañados por varios bóvidos que voy a llamar bueyes aún a riesgo de quedar como un inculto en taxonomía. Jorge pidió a Perún que parase un momento porque quería ver aquella escena de cerca, y no se limitó a ver: también intentó preguntar un montón de cosas sobre su trabajo a los campesinos que no pudieron responder por no hablar inglés mientras miraban a Jorge como si fuese un alien recién llegado en su ovni.

Un alien que, por otra parte, hizo bien en sacar unas cuantas fotos. Más que nada porque yo ahora voy a robarle algunas:





No, yo no hice fotos. Yo me quedé en el tuk tuk con Perún ligeramente atónito ante la audacia de mi compatriota. Sí, y hecho mierda debido a la serie de acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas, también.

Al poco, nuestra segunda jornada llegó a su fin, y en el camino de vuelta, tras adentrarnos en varios templos (entre los que se encontraba uno que incluía un museo dedicado a no recuerdo qué y una tienda de souvenirs en la que Jorge trató una vez más, sin éxito, de encontrar un trozo de tela que pudiese convertir en mantel para la mesa de su salón), recogimos a un autoestopista anarquista portugués. No, no me lo invento. Mientras el tuk tuk alcanzaba Siem Reap, el hombre nos contó que vivía en una colectividad agrícola en Portugal y que lo único que había allí de su propiedad allí era un perro, que semanas atrás había ahorrado un poco para pagarse el billete de avión, que estaba recorriendo mundo con una muda limpia en la mochila, viviendo al día, y que cuando se le acabase el dinero o echase mucho de menos al chucho, se volvería a su colectividad agrícola.

Olé por aquel punki, todo sea dicho.

Jorge le contó que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas. Y yo no abrí la boca porque no tenía nada interesante que contar.

Volvimos al hotel, y ahora os recuerdo que aquella gente con la que pasé la noche anterior nos había invitado a una fiesta en la casa que compartían varios de ellos, por lo que Jorge y yo nos preparamos para terminar el día en su compañía. Montamos en un tuk tuk que, tras hacer parada en un seven eleven donde adquirimos bebidas y snacks de cortesía, nos llevó a aquel domicilio. La fiesta ya había comenzado y la mitad de las provisiones disponibles habían desaparecido. Para nosotros dejaron unos rollitos vietnamitas y, atención, huevos de codorniz con el pollito a medio hacer que Jorge declinó tras palidecer reprimiendo arcadas y que yo acepté porque si la cena que me metí la víspera a altas horas de la noche no me había hecho daño, nada lo haría en Camboya.

Por cierto, el otro día tuve una reunión en mi oficina y, para romper el hielo, nos tocó responder a cada uno que qué era lo más raro que habíamos comido. Una compañera mencionó los escorpiones de Bangkok que yo no quise probar, y yo conté lo que habéis leído en el párrafo anterior porque consideré que mis compañeros de trabajo no estaban preparados para escucharme decir "sesos de lechazo".

Mientras de fondo sonaba música que a mí no me gusta por ser demasiado moderna porque soy un yayo para estas cosas y que Jorge no sólo reconocía en todo momento, sino que pudo complementar con otras sugerencias por el estilo (y que tampoco me gustaban, por supuesto), recorrimos toda clase de temas de conversación. Dos de los chicos de aquel grupo eran sudafricanos que estaban enseñando inglés a críos de la ciudad y que nos contaron cómo hay zonas en su país en las que no es nada extraño encontrarse con leones en el patio de casa, o que en ciertos barrios de Johannesburgo sufrir un atraco no es que sea habitual, es que es obligatorio. Yo les confesé que todo lo que sabía de Sudáfrica lo había aprendido viendo la película Chappie, y creo que ninguno se dio cuenta de que me estaba burlando un pelín de ellos, habida cuenta de lo mal retratado que sale su país en dicha cinta (digo "cinta" porque soy un yayo, ¿veis?). Uno de ellos, al descubrir que Jorge y yo vivíamos en Austria, confesó su envidia, pues había estado en nuestro continente en alguna ocasión y seguía maravillándole que, según sus propias palabras "en Europa todo funciona". Tras esto, añadió que o bien él mismo o bien alguien conocido en Siem Reap acabó en urgencias por cierta dolencia que requirió que le abriesen y, debido a que el material quirúrgico no se encontraba esterilizado adecuadamente, se agarró una infección que lo mantuvo ingresado durante seis meses.

Defended la sanidad pública y de calidad con uñas y dientes, niños.

Como podréis imaginar, Jorge les contó, entre otras cosas, que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

Cuando la bebida y los snacks desaparecieron de la mesa, acordamos volver al bar de la tarde anterior donde tomar algo y disfrutar de la cálida noche, y de ahí a la zona de fiesta, pues cierta botella de Jack Daniels sin acabar nos llevaba esperando desde la víspera. Sin embargo, en esta ocasión hubo que recogerse antes. Y es que mi cuerpo, como si de un entrenador de fútbol que increpa al árbitro la duración excesiva del último tiempo de descuento ante la perspectiva de que el marcador favorable termine dado la vuelta, no paraba de pedirme que me fuese a la cama de una puta vez. Y tras hacerle caso a mi organismo por primera vez en muchas horas, Jorge y yo nos despedimos de aquella gente para siempre. Tras otra parada en el mismo seven eleven en el que compramos sendas bolsas de patatas que nos acompañasen en nuestro camino de vuelta al hotel, nos largamos a dormir y reponer fuerzas antes de afrontar el que sería nuestro último día en Camboya, poniendo fin a una vorágine de cuarenta y ocho horas (la cual me pasaría factura días después, ya veréis) y a una entrada ligeramente más corta de lo normal.

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lunes, 26 de mayo de 2025

Aquel viaje. Segundo madrugón en Siem Reap

Repasemos: el día anterior habíamos salido de la cama a las tres de la madrugada (a las putas tres de la madrugada, concretamente) para tirarnos toda una jornada visitando templos guiados por nuestro adorado conductor de tuk tuk Perún. Después, pasamos la tarde callejeando por Siem Reap, y cuando nos dirigíamos al hotel en busca del necesario sueño reparador, un grupo de desconocidos que pronto dejaron de serlo nos invitaron a salir de fiesta con ellos. Jorge pasó pero yo me uní.

Y se me hizo de día (con lo cual el título de la entrada no tiene mucho sentido, ahora que lo pienso. Pero bueno, mejor lo dejo así que no quiero liarme).

Por ello, la mañana de la jornada que nos ocupa comenzó conmigo buscando a un conductor de tuk tuk que pudiese llevarme de vuelta a mi alojamiento a tiempo para continuar las visitas guiadas que habíamos contratado con Perún. Mi móvil, que en aquel momento contaba con un seis por ciento de batería, no tenía acceso a internet, ya que, si bien tanto en Tailandia como en Vietnam me hice con sendas tarjetas SIM, nuestra breve estancia en Camboya me hizo descartar esta opción. Y tampoco es que contase con amanecer alejado del hotel, la verdad. Por ello, tuve que indicarle el camino al pobre hombre que me recogió como buenamente pude, desde el asiento de atrás y estirando mi brazo hacia adelante como un ridículo mascarón de proa que le iba señalando qué dirección tomar.

Cuando llegué a mi destino, vestido con las ropas del día anterior y con unas ojeras que no cabían por la puerta, Perún ya estaba allí y charlaba animadamente con el recepcionista. Tras pasar ante ellos dedicándoles un agónico good morning, pude ver por el rabillo del ojo cómo se daban algún que otro codazo, al tiempo que nuestro guía me lanzaba una sonrisilla cabrona que le duró el resto del día.

Jorge, que acababa de levantarse en ese momento, me vio entrar en la habitación y me confesó que su preocupación había sido tan grande, al no saber nada de mí, que llegó a telefonear a su novio buscando consuelo, pues la perspectiva de tener que repatriar mi cadáver tomó forma dentro de su cabeza (y no le culpo, que yo en su lugar me habría sentido igual o peor). No obstante, me felicitó por haber desaparecido aquella noche, pues por lo visto un grupo de adolescentes habían tomado el hotel (piscina bajo nuestra habitación incluida), convirtiendo el lugar en el escenario de mi peor pesadilla, llegando a tal punto que Jorge tuvo que bajar a recepción a quejarse para acto seguido subir a la habitación contigua a la nuestra acompañado del recepcionista nocturno (quien, según afirmó mi amigo y compañero de viaje, no parecía capacitado o no tenía lo que había que tener para resolver aquella inconveniencia), aporrear la puerta y montarles un pollo de padre y muy señor mío, haciéndoles saber que, si no podían refrenar sus ganas de jarana y de dar por culo, podían irse a la zona de bares de Siem Reap, que tampoco estaba tan lejos.

Fíjate, igual se habrían encontrado conmigo y todo.

Tras una ducha que no ayudó a que me librase de mi cansancio, le conté a Jorge que se nos había invitado a unirnos al grupo del día anterior a cenar y él, que se apuntaba a todo siempre y cuando no le quitase horas de sueño, dijo que por supuesto.

Bajamos entonces a desayunar, y yo no tomé café porque el del hotel sabía a mierda (y muy malo tiene que ser el café para que yo lo rechace), pero sí que pedí que por favor me cociesen un par de huevos que pudiesen ayudarme a afrontar el día que se avecinaba. Tras dar cuenta de la primera comida del día, subimos al tuk tuk y yo le pedí a Perún que parásemos en algún sitio a tomar café, so pena de que mi cerebro cerrase sesión definitivamente y yo acabase cayéndome de su vehículo, pero no debió darse cuenta de mi solicitud, o se le olvidó, y aquel día no hubo café.

Nuestra primera parada fue un templo con muchas escaleras del que hablaré en otra entrada en la que voy a enumerar todos los que visitamos (o los que recuerde, ya veré). Después, recorrimos un huevo de kilómetros (y durante este trayecto Perún se giró varias veces para preguntar a mi cadáver "are you ok?" entre risas, el muy perro). Por el camino, entre otras cosas, pasamos ante este curioso puesto de cestas del que no me acordaba hasta haber visto otra vez la foto hace cinco minutos:


Otra estampa curiosa que pudimos ver fue la de este monje protegiéndose del sol a la entrada de un comercio:


Llegamos así a una zona de senderismo que, según nuestro guía, nos llevaría a una cascada tras cuarenta minutos de caminata por la montaña.

Está claro que elegí un mal día para no dormir.

Y oye, será porque estoy más o menos en forma o porque puse el piloto automático, pero no fue nada difícil alcanzar nuestro destino a pie. Tras contemplar las ruinas de lo que tiempo ha fue otro de los templos del lugar, llegamos a la famosa cascada. Nos tocó esperar durante un rato a que una pareja de australianos se quitasen del puto medio, y entonces pude hacer uso del filtro de densidad neutra que me había traído y sacar esta foto:


Volvimos por el mismo camino, y una vez en el lugar donde Perún nos había dejado un par de horas atrás (un claro en el bosque junto a la carretera con varios puestos de souvenirs), varios críos se nos acercaron pidiéndonos un dólar. Jorge les preguntó que por qué no estaban en el colegio en ese momento, y yo le pedí que por favor se callara porque a lo mejor la respuesta a esa pregunta no iba a ser agradable de escuchar.

Durante el largo camino de vuelta (el cual incluyó otros tantos "are you ok?" de cachondeo) Perún paró a repostar su tuk tuk, y quiso invitarnos a una cerveza en el bar de una especie de cochera que hacía las veces de gasolinera pero yo preferí que cayese una cocacola porque iba a agradecer la cafeína y el azúcar.

Nuestra siguiente parada coincidió con la hora de comer, y nuestro tuktukero nos dejó en un restaurante ligeramente pijo para los estándares de la zona que, para bien o para mal, no contaba con hamacas como el de la víspera. Esto no impidió que, en los minutos que transcurrieron desde que pedimos hasta que nos sirvieron la comida, yo me quedase dormido en mi asiento como si fuese la pobre Eloísa en el programa de Juan y Medio.

Y oye, ya que me acabo de quedar sopas en la historia, creo que es buen momento para hacer una pausa y dejar el resto del día para la siguiente entrada, ¿no?

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lunes, 19 de mayo de 2025

Aquel viaje. Coladas

Es posible que la que estáis a punto de leer sea la entrada más corta de la serie dedicada a mi viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam. Resulta que, cuando empecé a tomar notas para estructurar toda la historia, vi que además de contar lo que ocurrió de manera secuencial, podría hacer varios altos en el camino metiendo posts temáticos que recogiesen hechos comunes ocurridos en distintos momentos de mi estancia por allá. Los trayectos en taxi, o las sesiones de masaje, entre otros, son ejemplos de lo que estoy intentando explicar en un párrafo destinado únicamente a llenar esto de paja.

Sin embargo, en lo referente a lavar la ropa, dicho evento sólo tuvo lugar cuatro veces, y aunque las notas que tomé acerca de ello dan la impresión de llenar un espacio decente, la verdad es que lo puedo contar en literalmente cuatro frases y echaros de aquí antes de lo que considero honrosamente aceptable, pero es lo que hay, así que allá vamos.

Creo que lo he mencionado anteriormente, pero mientras Jorge y yo planificábamos el viaje, descubrimos que teníamos diferentes maneras de encarar el problema de la ropa sucia. Él contaba con hacerse responsable de su colada, y no fueron pocas las veces que mencionó la existencia de un detergente en seco que pretendía incluir en su equipaje, amén de una cuerda de tender. De hecho, cuando llegué a Bangkok poco después que él (pues Jorge, media semana antes que yo, había volado a Krabi, en el sur, para bañarse en sus playas, hacer kayak, visitar algún que otro templo y conocer a una pareja de brasileñas muy majas), se encontraba en pleno proceso lavandero en la habitación del hotel.

Yo, por mi parte, dándomelas de señorito, decidí que no iba a perder tiempo en lavar mis ropas y que buscaría algún lugar cuando hiciese falta en el que poder hacer lo propio. Y, si esto no fuese posible, ya me compraría ropa barata que me hiciese el apaño.

Inciso: si alguien quiere criticarme por caer en el fast fashion con lo que acabo de decir, que sepa que separo mi basura y no tengo ni hijos, ni coche, ni mi propia piscina privada, así que mi cupo ecológico está cumplido CON CRECES.

La primera vez que tuve que hacer uso de un servicio de lavandería fue en Camboya, el día que aterrizamos en Siem Reap. Imbécil de mí, hice entrega de mi ropa sucia con cierta preocupación, y es que el lugar no destacaba precisamente por su nivel de higiene: diferentes prendas y juegos de cama se encontraban tendidos en plena calle, sometidos al polvoriento pasar de los coches y al corretear de algún que otro perro de los que no saben lo que es un baño. Sin embargo, la sorpresa y la lección de humildad que me llevé al recoger lo mío al día siguiente fueron mayúsculas: mis ropas se encontraban limpísimas, y a ello había que añadirle una suavidad y un perfume como pocas veces había experimentado. Cuando le mostré el resultado a Jorge, él tampoco se lo podía creer.

Días después, mientras nos encontrábamos en Cát Bà, repetí el proceso. Esta vez en un local que, amén de lavandería, también era una tienda en la que se encontraban a la venta... utensilios de pesca. Os lo juro. Del resultado de este lavado mejor os hablo al final, que es lo único medianamente gracioso y así aprovecho para rematar la entrada.

La tercera colada tuvo lugar también en Cát Bà, el día antes de partir hacia Tam Cốc. Resulta que el día de excursión que pasamos con las dos valencianas a las que conocimos allí estuvo tan pasado por agua que Jorge y yo tuvimos que comprarnos camisetas en el restaurante en el que nos dieron de comer:

Let your dreams blossom

Pues bien, mi mochila, veinticuatro horas después de dicha excursión, seguía empapada. Por ello, pedí en recepción un lavado y secado de emergencia de la misma. Que sabía que el hotel contaba con este servicio porque Jorge y yo, miserables de nosotros, nos colamos en la azotea del hotel en un momento de nuestra estancia en el que no teníamos nada mejor que hacer y vimos las lavadoras, las secadoras y la ropa tendida. Pues bien, a la mañana siguiente pude recoger la mochila en el mismo sitio. Limpia, seca y con olor a mimosín vietnamita incluido.

Finalmente, y poco antes de concluir este viaje, volví a dejar mi ropa en una lavandería. Esta vez, en Tam Cốc, en un local situado frente a nuestro hotel. La lavandera, al igual que había ocurrido en las anteriores ocasiones, me indicó que mi colada estaría lista al día siguiente. A pesar de que el local se hallaba sepultado bajo montañas de bolsas de ropa, así fue: las prendas estaban limpias y olían muy bien cuando pasé a recogerlas.

Por cierto, no recuerdo cuánto pagué en cada caso, pero aquello resultó barato, incluyendo el lavado y secado de emergencia de mi mochila castigada por la lluvia torrencial, así que en general, lo recomiendo.

Y ahora los detalles de la segunda colada. Como ya he dicho, Jorge había decidido ser su propio lavandero, pero logré convencerle para que él también hiciese uso de este servicio tras el idílico resultado obtenido en Siem Reap. Por ello, en Cát Bà, acudió conmigo a la lavandería/tienda de artículos de pesca. Dos dependientes nos atendieron y recogieron nuestras prendas por separado. Y al día siguiente nos encontramos un escenario bastante distinto al idílico de Camboya: en esta ocasión, prendas suyas se encontraban en mi colada y viceversa. Y lo peor de todo es que olían raro. Como a comida para peces.

Creo que Jorge aún me odia por ello.

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lunes, 12 de mayo de 2025

Aquel viaje. La tarde en Siem Reap que no terminó nunca

Tras una mañana visitando templos que había comenzado mucho más pronto de lo habitual a la que había seguido un rato de descanso en la piscina del hotel, Jorge y yo fuimos andando al centro de Siem Reap, pero antes de ello me acerqué a por la colada que había dejado pendiente la tarde anterior.

Por el camino que nos llevaba al centro nos tocó parar más de una vez para chocar los cinco con los muchos críos que salían a nuestro paso gritando high five! High five! entre risas, y ya que no habíamos probado el café en no sé cuántas horas, nos metimos en una cafetería estilo Starbucks para que nuestros cerebros repostasen adecuadamente. Una vez espabilados, continuamos nuestro callejeo, el cual nos llevó a un mercado de artesanía cuyas pijadas a la venta nos atrajeron como canto de sirenas. Y es que en uno de los primeros stands por los que pasamos había expuestos bolsos y estuches de distintos tamaños confeccionados con tela de sacos viejos. La dependienta nos contó que se los compraba a una especie de oenegé de comercio justo que empleaba a mujeres en riesgo de exclusión social y tal, y Jorge picó y compró una funda de portátil para su novio.

Y yo piqué y me compré este estuche que ahora uso para guardar monedas y billetes de distintos países:


¿Que por qué digo que picamos? Pues porque, o bien la susodicha dependienta nos la había colado, o la supuesta oenegé contaba con una cadena de producción que ríase usted de Inditex. Y es que minutos después descubrimos que los mismos bolsos y estuches se encontraban a la venta en decenas de lugares diseminados por toda la ciudad. Y muchas veces, a mejor precio.

El paseo nos llevó entonces a una zona con otro tipo de puestos. Esta vez, de comida, y a un precio sospechosamente barato para los estándares de Siem Reap. Y si esto no fuese suficiente motivo para hacernos levantar una ceja, el fuerte y nada agradable olor que invadía la zona nos terminó de convencer para pasar de largo y buscar un lugar que inspirase más confianza a dos paranoicos como nosotros.

Un par de días después, un grupo de españolas nos haría descubrir que habíamos tomado la decisión correcta.

Al final nos decantamos por uno de los restaurantes de la zona turística y nos comimos una pizza, que igual a alguno le parece un sacrilegio eso de volar a la otra punta del mundo para consumir algo que pueden servirme a cincuenta metros de casa, pero estaba buena. Y eso es lo que cuenta.

Después de cenar, aprovechando que estábamos en el centro, Jorge buscó en las tiendas de souvenirs de la zona la dichosa tela que le permitiese hacerse un mantel para la mesa del salón, pero fracasó en su intento. Yo, mientras tanto, me dediqué a sacarle fotos al cocinero de un restaurante cercano cuyo fogón se encontraba en la calle, pues las llamaradas que provocaban lo que fuese que estaba preparando constituían un espectáculo muy efectivo a la hora de atraer comensales. El problema es que, incluso aunque el hombre me avisaba con gestos para que pudiese retratar su performance, no logré echar ni una triste foto decente, por lo que, al igual que Jorge, yo también fracasé en lo que estaba intentando.

Decididos a dar por terminada la jornada, caminamos de vuelta al hotel, pasando en nuestra ruta por un local de masajes que, en esta ocasión, no contaba con personal que nos abordase como la tarde anterior (o que estuviese dentro, tirado en el suelo, bajo la influencia de alcohol y/o estupefacientes, como la tarde anterior), por lo que decidimos entrar y recibir un masaje del que tengo pendiente hablar en otra entrada porque soy así de ruin.

Tras esto, volvimos a pasar por el bar de la víspera, y aquí repetimos la misma escena casi al pie de la letra: pedimos dos long island con la intención de charlar tranquilamente y, al poco de ser servidos, comenzó una actuación que nos impidió abrir la boca.

Después de unos minutos de música en directo, y conscientes de que lo largo que había sido el día y de que ya tenemos una edad, Jorge y yo consideramos, ahora sí, que era buen momento para recogerse hasta la mañana siguiente. Peeero... por el camino, y mientras pasábamos junto a una de las muchas terrazas diseminadas por la calle, Jorge me dijo:

—José, esa gente nos ha saludado.

A lo que yo respondí:

—Qué coño. Aquí no nos ha saludado nadie.

Y él:

—Que sí, que nos han saludado. Vamos a ver.

Así que fuimos a ver. Dimos media vuelta y nos acercamos a una de las mesas, desde la que un grupito de gente, efectivamente, nos había hecho así con la mano. Tras presentarnos, recibimos la oferta de encontrarnos con ellos en el centro más tarde, ya que pensaban tomar algo en un bar que se llamaba nosequé (no, no me quedé con el nombre en el momento). Sin embargo, el cansancio del día pesaba, así que declinamos amistosamente su propuesta y volvimos a ponernos en marcha. Peeero... la idea de juntarnos con gente totalmente desconocida en un país tan alejado de casa resultaba interesante. Bueno, en realidad me resultaba interesante a mí, porque Jorge, a aquellas alturas, sólo quería dormir.

Y tras unos minutos dando vueltas a las diferentes posibilidades, terminé por decir a mi compañero de viaje: "sujétame los souvenirs un momento, que te veo luego en la habitación" y me volví caminando al centro, yo solo, en busca de dicho bar.

Primero pregunté a un grupo de masajistas que, en la puerta de su correspondiente local, me dijeron que no les sonaba nada parecido a nosequé, pero que si quería un masaje. Y yo que no, que gracias, que acababa de darme uno. Luego probé con un chiquillo que deambulaba por allí, y él también negó saber de tal sitio para después pedirme un dólar. Pero yo no tenía suelto, se siente, chico, así que intenté por tercera vez, esta vez preguntando a un hombre parado en mitad de la calle. Este hombre, que tampoco conocía el bar nosequé, me preguntó entonces que si quería comprarle cocaína (os lo juro) y yo ya estaba a punto de concluir que aquello era una broma pesada que gustaban de gastar a turistas panolis como yo cuando vi que, allí mismo, el lugar existía, y una de las mesas de su terraza estaba ocupada por la misma gente que nos había hecho así con la mano poco antes.

Me uní a ellos, y sus expresiones de estupor (pues no contaban con que ninguno de nosotros aceptase su propuesta) dieron paso a un clima muy agradable acompañado por un par de copas (que pedí sin hielo, pues os recuerdo lo de mi miedo constante a las intoxicaciones alimentarias). Me contaron que eran de Tailandia y que querían abrir un bar en la zona. Y esto me hizo sospechar que igual el motivo de su cortesía hacia mí era el sablarme de alguna manera, pero no fue así. Tras un rato de charla en aquella terraza, fuimos a un club en el que pedimos una botella de Jack Daniels y varias cocacolas para compartir.

No sé si fue al tercer o al cuarto Jack Daniels, pero llegó un momento en el que dejó de importarme lo del hielo. Y horas después, cuando en mitad de la noche nos fuimos a comer algo a un local que, milagrosamente, aún se encontraba abierto, tampoco es que me importase mucho el contenido de los platos. Eso sí, la parte de mi cerebro que aún razonaba decidió sacar una foto por si acababa en urgencias y me tocaba dar explicaciones:

Hay huevo, sopa de arroz, verduras y creo que pescado

Pero no, no acabé en urgencias. Seguí de fiesta con esa gente toda la noche haciendo caso omiso a lo que el sentido común le estaba pidiendo a gritos a alguien tan viejo como yo, y cuando decidí volver al hotel (tras prometer que al día siguiente volveríamos a vernos, y que esta vez Jorge también se uniría), el día comenzaba a clarear.

Lo del viacrucis en que consistió mi retorno lo dejo para otra entrada, ¿vale?


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lunes, 5 de mayo de 2025

Aquel viaje. Primer madrugón en Siem Reap

Existen varios motivos por los que alguien deba salir de la cama a las tres de la madrugada para no regresar hasta la noche siguiente, y la mayoría son malos. No obstante, en el día que os estoy empezando a contar no me costó demasiado ponerme en pie a tan intempestiva hora, pues a Jorge y a mí nos aguardaban los templos de Angkor, y como ya he dicho varias veces en este blog, llevaba deseando hacer esa visita desde que tenía once años.

Quien también tuvo que pegarse el madrugón fue Perún, el conductor de tuk tuk a quien introduje en mi anterior entrada. Perún y su vehículo se encontraban en la puerta del hotel cuando Jorge y yo salimos cargados con los desayunos que habíamos encargado la noche antes.

Iluminados por hileras de farolas, llegamos a las taquillas del complejo, y allí tuvimos que obtener la entrada. No recuerdo cuánto me costó ni me importó en su momento, habida cuenta de la expectación que sentía entonces. Expectación que, por otra parte, no disimuló la cara de sueño con la que salgo en la foto que tuvieron que hacerme para plasmar en el pase que nos permitiría acceder a los diferentes templos durante los siguientes dos días.

¿Qué le voy a hacer? Cuando he dormido poco y no he tomado café, se nota.

Una vez finalizados los trámites pertinentes, Perún nos dejó en la entrada de Angkor Wat, acordando que nos recogería en el mismo sitio a las tres horas. A aquella hora aún no había empezado a clarear, así que Jorge y yo tuvimos que adentrarnos en la penumbra mientras confiábamos en que seguir los pasos de los muchos turistas que portaban linternitas nos llevaría al sitio adecuado.

A los pocos minutos, mientras las torres del icónico templo comenzaban a mostrarse a lo lejos, Jorge y yo nos sentamos a dar cuenta de nuestros desayunos take away (el mío con huevo, por supuesto). Tras suplir nuestras necesidades nutricionales, yo me dediqué a hacer pruebas con la cámara, buscando el mejor encuadre para retratar la escena (el mejor dentro de las limitaciones, pues los sitios preferentes para sacar la foto llevaban un buen rato tomados por turistas más madrugadores). Finalmente, a pocos minutos de que apareciese el sol, saqué varias fotos, y creo que ninguna le hace justicia al lugar:





Después nos adentramos en el templo en sí, y yo me quedé con el culo torcido en varias ocasiones debido a su espectacularidad. Que me gustaría a mí contar con la calidad narrativa necesaria para poder transmitiros todo aquello, pero como no es el caso, os voy a dejar por aquí alguna foto para que os hagáis una idea de, por ejemplo, sus torres:


Sus pórticos:


La decoración de sus fachadas:


O uno de los detalles que más me maravilló. Un interminable mural grabado en piedra representando escenas de batalla cuya historia, como podréis imaginar, no me molesté en averiguar:


Tras un par de horas vagando por el lugar con los ojos como platos, Jorge y yo abandonamos el complejo y volvimos a encontrarnos con Perún a la entrada del mismo. Aunque, tal y como vaticinó mi compañero de trabajo en su día, fue Perún el que se encontró con nosotros en medio de la multitud. Que suena fatal, pero es que por aquel entonces aún no nos había dado tiempo a quedarnos con su cara. Eso sí, si tuviese que reconocerle ahora, no me costaría ningún trabajo. No sólo porque en mi salón hay una foto de los tres, sino porque se portó tan bien con nosotros durante aquellos días, que dejó huella en nuestros corasonsitos y tal.

En fin, dejémonos de moñerías y sigamos. Perún nos llevó a otros templos de los que tendré que hablar en entrada aparte porque fueron muchos, mientras nos ofrecía una botella de agua fría detrás de otra para soportar el calor de la jornada. Llegada la tarde, hicimos alto en un restaurante en el que Jorge demostró que había superado su fobia al arroz (y menos mal, porque dime tú si no de qué se iba a alimentar durante tres semanas por estas latitudes, el pobre):


Al terminar de comer, Perún nos estaba esperando en la puerta del restaurante. Pero no para partir inmediatamente. Nuestro guía reposaba felizmente en una hamaca y nos invitó a unirnos a él y ocupar un par de las que se encontraban vacías con la idea de descansar un rato antes de continuar nuestra visita.

Cayó una siesta que me supo a gloria, oye. Y nosotros quisimos aún más a Perún (y también al dueño del local por haber tenido tan genial idea).

Esta pausa reparadora nos ayudó a encarar el resto de la tarde, aunque es cierto que nos dimos una paliza considerable yendo de acá para allá. Por ello, agradecimos el rato de piscina del que pudimos disfrutar una vez de vuelta en el hotel.

¿Os parece cansado todo esto? Pues ya veréis lo que me esperaba para el resto del día.

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lunes, 28 de abril de 2025

Aquel viaje. Llegando a Camboya

Jorge y yo bajamos del avión que nos dejó en Siem Reap y nos dirigimos al control de pasaportes. Gracias a que fuimos dos muchachitos precavidos que tramitaron la visa antes de comenzar este viaje, nos tocó ponernos a una cola mucho más corta y rápida libre de todo el papeleo que ya traíamos hecho de casa, y en unos pocos minutos, cargando con nuestros mochilones y mochilas, alcanzamos la salida del aeropuerto.

Allí nos esperaba Perún (sé que no se escribe así, pero es como sonaba su nombre y yo soy una persona horrible que no se va a preocupar por investigar la grafía jemer), el amable conductor de tuk tuk que, por cortesía del hotel que había reservado Jorge, nos llevó en su vehículo hasta nuestro alojamiento. Durante el trayecto, del que existe un vídeo que no voy a compartir aquí en el que Jorge y yo aparecemos con una cara de felicidad como poca gente que me conoce ha visto, fruto quizá del buen tiempo que estábamos experimentando y de la expectativa ante la visita a Angkor Wat que tendría lugar en tan sólo unas horas, dejamos atrás lujosos resorts, comercios de todo tipo y a multitud de transeúntes y niños uniformados que salían de los colegios, lo que daba al lugar una estampa muy diferente a la de pobreza y desolación que siempre se nos ha vendido a occidente. Que vale que el itinerario del aeropuerto al hotel no tiene por qué reflejar la realidad de un país entero, pero no voy a ser yo quien se meta en ese debate ahora, por mucho que me duela perder una oportunidad para cagarme en Henry Kissinger.

Una vez en el hotel, el recepcionista nos invitó a sentarnos en un sofá de la entrada para tramitar nuestro registro y nos hizo entrega de sendos tés helados. Jorge y yo nos miramos y supimos que los dos estábamos pensando que el hielo que había dentro de aquellos vasos nos iba a mantener encerrados en el baño de la habitación durante el resto de nuestra estancia en Camboya, pero dimos cuenta de las bebidas porque seríamos unos desconfiados de mierda, pero por encima de todo éramos agradecidos. Además, el té estaba rico, resultó refrescante y no nos hizo ningún daño. El muchacho de recepción nos ofreció también la opción de que Perún nos llevase en su tuk tuk a ver Ankgor Wat al día siguiente esa misma noche para que pudiésemos disfrutar de la salida del sol tras la silueta del complejo, amén de otros templos y enclaves durante los siguientes días, con el compromiso de dejarnos de vuelta en el hotel a media tarde. Y nosotros, recordando lo bien que nos salió la jugada en Ayutthaya, dijimos que vale.

Fue una de las decisiones más acertadas que tomamos en Camboya, he de decir.

Subimos a nuestra habitación que, al igual que la de Bangkok, contaba con sus dos camas reglamentarias, pasando junto a un gato guardián que sesteaba en el pasillo (hecho que celebré en el momento como buena loca de los gatos que soy). Yo, tras depositar mis pertenencias, me escapé durante unos minutos en busca de una lavandería o similar, pues me estaba quedando sin camisetas limpias que ponerme, y volví poco después al hotel para dirigirme en compañía de Jorge dando un paseo al centro de Siem Reap mientras se nos echaba encima la noche de un invierno que no parecía tal.

Por el camino pasamos junto a locales situados en garajes con todo el género expuesto en la calle, puestos al aire libre cuya comida se hallaba a salvo de las moscas gracias a bolsas de plástico atadas a ventiladores en marcha, o comercios en los que lo mismo podías comprar melones o garrafas de agua que echarle gasolina a la moto:

Esta foto se la he robado a Jorge, por cierto

Y ya que había un cajero automático en la zona, aproveché para hacerme con mis primeros rieles camboyanos:


También vimos varios locales de masajes. Fue de uno de ellos del que salió la dueña para pedirnos insistentemente que entrásemos y así disfrutar de una sesión de friegas, usando argumentos tan convincentes como agarrarme repetidas veces del brazo al tiempo que me decía "you are very strong, my friend". No obstante, teníamos más hambre que ganas de recibir un masaje, así que prometimos volver a pasar por allí poco después y continuamos nuestro camino.

En el centro de Siem Reap hay una calle bulliciosa llamada Pub Street a la que acaban yendo todos los turistas y locales, y entre los establecimientos que se pueden encontrar en dicha calle hay un restaurante que sirve unas costillas deliciosas:

Spoiler alert, repetiríamos un par de días después

El local, por cierto, cuenta con vistas a este puesto de crêpes y helados al que no fuimos después de cenar porque nos quedamos bien con la ración de costillas:


A donde sí que nos dirigimos fue a una tienda de ropa donde compré una camiseta amarilla que aún conservo y que me encanta. Si algún día venís a visitarme y me lo recordáis, os la enseño. 

Hablando de camisetas, en el camino de vuelta me encontré con esta moto que tiraba de todo un puesto ambulante de ropa:

Fue uno de los días con más contrastes de mi vida

Para nuestra última parada de la tarde/noche elegimos un bar que contaba con un ambiente relajado perfecto para que Jorge y yo pasáramos un rato de cháchara mientras dábamos cuenta de sendos longislands (sin hielo, que ya nos la habíamos jugado bastante), pero en ese momento comenzó una actuación musical en directo que nos hizo cambiar de planes. Tras escuchar unas pocas canciones, decidimos que podíamos dar por terminada la jornada, pues el trajín del día siguiente nos iba a hacer salir de la cama a las tres de la madrugada, y nos largamos de allí.

Y vosotros ahora os estaréis preguntando que qué fue del masaje que había quedado pendiente. Pues resulta que volvimos a pasar por allí después de cenar (una promesa es una promesa), y nos encontramos el siguiente panorama: la mujer que nos había abordado minutos antes se encontraba tumbada en el suelo, cantando entre risas en un estado entre etílico y lisérgico, totalmente ajena a lo que ocurría a su alrededor, incluida nuestra presencia; y su compañera, tras la caja registradora del local, se encogía de hombros y nos dirigía una mirada en la que se podía leer "aquí hoy ya no se dan masajes".

Así que no, aquel día no hubo masaje.

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lunes, 21 de abril de 2025

Aquel viaje. Historias de resistencia

El 24 de septiembre de 1877, la ciudad japonesa de Kagoshima fue testigo de una terriblemente desigual batalla entre 500 samurais al mando de Saigō Takamori y los treinta mil efectivos de la Armada Imperial Japonesa que pusieron fin a la rebelión Satsuma. Los samurais, tratando de resistir al ejército, malamente parapetados en la colina de Shiroyama y armados con tan sólo algunos mosquetes y escasa munición (se habían visto obligados a fundir varias estatuas de Buda de templos de la zona para hacer balas con su bronce), recibieron durante la noche un intenso bombardeo de más de siete mil cañonazos de artillería procedentes de cinco buques de guerra fondeados en la bahía. Esta acción, no obstante, no logró la derrota del bando samurai, y a primeras horas de la mañana, los soldados de la armada se vieron obligados a adentrarse en las defensas de los rebeldes y pelear cuerpo a cuerpo. Aunque los guerreros contaban con más experiencia en este tipo de lucha, su gran inferioridad numérica les supuso una insuperable desventaja. El propio Saigō falleció durante un combate que duró apenas unos minutos, y los pocos samurais que aún quedaban con vida en aquel momento fueron ametrallados mientras se arrojaban colina abajo en un final y desesperado ataque contra las tropas imperiales.

fuente: wikipedia

El 21 de diciembre de 1907, mientras una huelga general paralizaba la industria salitrera en Chile, la escuela Santa María de Iquique se convirtió en el escenario de una horrible tragedia. En aquella fecha, pendientes de las tensas negociaciones con la patronal, miles de obreros se encontraban en su interior con la intención de ejercer presión para que se cumplieran sus reivindicaciones. A primera hora de la tarde, el general Roberto Silva Renard ordenó al Comité Directivo de trabajadores que desalojase el edificio, so pena de abrir fuego contra sus ocupantes. Ante la negativa por parte de los huelguistas, quienes se proponían resistir ante cualquier ataque militar, los soldados al mando del general, con armamento que les situaba en clara ventaja frente a los desarmados obreros, dispararon sus ametralladoras y rifles contra la azotea de la escuela, así como contra aquellos que se encontraban a la entrada. La multitud, tratando de escapar desesperadamente, se arrojó sobre la tropa y fue recibida por el fuego de sus armas. Tras ello, los soldados se adentraron en el lugar y, sin discriminación, acabaron con la vida de cientos de hombres, mujeres y niños.

El 24 de abril de 1916, tras leer la Proclamación de la República Irlandesa a las puertas de la Oficina General de Correos de Dublín, el activista Patrick Pearse se unió a los 400 rebeldes parapetados en su interior con la intención de resistir el ataque con el que las tropas británicas responderían a tan insolente provocación nacionalista. A pesar de que otros enclaves de la capital de Irlanda fueron también tomados por voluntarios y republicanos irlandeses, los 16000 soldados desplegados por Reino Unido en la ciudad durante los siguientes días, gracias a su superioridad armamentística, fueron capaces de sofocar la rebelión tras causar un gran número de bajas entre los revolucionarios y provocar grandes destrozos en las infraestructuras. La mayor parte de la oficina de correos fue reducida a cenizas, y los instigadores que sobrevivieron a su asedio fueron sometidos a un consejo de guerra y ejecutados en la cárcel de Kilmainham Gaol.

fuente: wikipedia
En algunas columnas de la entrada aún hay balazos, y lo sé porque he pasado por allí cientos de veces y los he visto

El 16 de marzo de 1922 una multitud se agolpaba frente a la estación de policía de Nairobi (Kenia) exigiendo la liberación de Harry Thuku, secretario de la Young Kikuyu Association. Thuku había sido arrestado dos días antes por orden del gobierno colonial debido a sus ideas políticas revolucionarias. Seis hombres fueron elegidos representantes para negociar la posible liberación del activista, pero las autoridades decidieron que Thuku debía ser juzgado. Cuando la delegación comunicó esta noticia a la turba, una mujer situada en primera fila, de nombre Mary Muthoni Nyanjiru, levantó su vestido por encima de su cabeza mientras espetaba a los hombres: "Tomad mi vestido y dadme vuestros pantalones. Sois unos cobardes. ¿A qué esperáis? Nuestro líder está ahí dentro. Vayamos a por él". Esta táctica, conocida como guturamira ng’ania, era considerada muy ofensiva para los miembros de la tribu Kikutu, pues constituye un insulto para los hombres al declarar que su autoridad ya no es reconocida. A la provocación de Nyanjiru, que se vio reforzada por el ulular de muchas mujeres a su alrededor, las autoridades allí presentes respondieron abriendo fuego contra los desarmados protestantes, provocando así decenas de muertos entre los que se encontró la propia Nyanjiru.

El 23 de julio de 1941 se rindieron los pocos soldados del Ejército Rojo que aún quedaban con vida en los sótanos de la fortaleza de Brest. Atrás quedaba un mes de intensos enfrentamientos entre los soviéticos y un ejército alemán que por aquel entonces parecía invencible después de haber tomado media Europa gracias a una estrategia de guerra relámpago (y también gracias a que sus soldados iban hasta el culo de anfetas, que esto no siempre se dice) que pilló a todo el mundo desprevenido. La ciudadela bielorrusa fue testigo del heroísmo ofrecido por los efectivos de la Unión Soviética. Éstos, pese a encontrarse en inferioridad numérica y contar con apenas munición y suministros, plantaron cara a los nazis hasta tal punto, que una vez la fortaleza fue tomada oficialmente, los alemanes se vieron forzados a drenar el río Bug Occidental hacia los túneles del complejo para ahogar a soldados que aún ofrecían focos de resistencia.

El 10 de marzo de 1965, cerca de la presa de Belesar, en Lugo, José Castro Veiga, más conocido como el Piloto, fallecía tras ser tiroteado por la Guardia Civil. La muerte del último maquis ponía fin a la lucha guerrillera antifranquista. Durante veinticinco años, muchos integrantes de esta guerra de guerrillas "se echaron al monte" y, haciendo uso de una experiencia adquirida durante la Guerra Civil Española y tras tomar parte en la resistencia francesa al nazismo, se enfrentaron a las autoridades de la dictadura sirviéndose de medios precarios. Lamentablemente, a partir de finales de los años 40, factores como la falta de apoyo por parte del Partido Comunista o una mayor presión represiva por parte de las autoridades en los efectivos guerrilleros provocaron el aislamiento y debilitamiento del maquis. Partidas encabezadas por legendarios militantes como Francesc Sabaté el Quico, Jesús Martínez Maluenda el Duende o Ramón Vila Capdevila Caracremada desaparecieron a manos del régimen del dictador Francisco Franco.

El 24 de noviembre de 2022, en cuanto el avión que cubría el trayecto Bangkok - Siem Reap finalizó la maniobra de despegue, uno de sus ocupantes, vallisoletano de 36 años, debió hacer frente a un enemigo que contaba con ventaja estratégica: encontrarse en el asiento de delante. Dicho enemigo, quien resultó ser una pasajera tocapelotas que lucía un vestido largo divino de la muerte, unos taconazos nada apropiados para un viaje en avión y una pamela del tamaño de una plaza de toros, decidió echar su respaldo hacia atrás con todo su coño (bueno, en realidad fue con su espalda, pero ya me entendéis). El de Valladolid, a pesar de ser consciente de la inutilidad que conllevaría hacer frente a este ataque (porque tú reclinas un asiento de avión y no hay dios que pueda detener esa maniobra, las cosas como son), optó no obstante por plantarse ante tamaña injusticia y pasó los cincuenta minutos que transcurrieron hasta el momento del aterrizaje con las rodillas clavadas en el respaldo de delante, impidiendo la reclinación de éste y la consecuente reducción de un espacio personal ya de por sí escaso. A pesar del intenso esfuerzo por parte de la imbécil de la ridícula pamela que quería echar su puto asiento hacia atrás sí o sí (con lo corto que era aquel viaje, no me jodas), y de que el de Valladolid llevaba las de perder, éste no se amedrentó y resistió sin descanso cada uno de los embistes. Por una vez, la fortuna se puso del lado del débil, y cuando el avión comenzó a aterrizar, aquel respaldo no se había movido ni un centímetro. Tras la toma de tierra en el aeropuerto camboyano, el vallisoletano pudo abandonar el aparato sintiéndose dueño de un victorioso orgullo sólo superado por el dolor de rodillas que le invadía en ese momento.

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