Aún a sabiendas de que no me hago ningún favor bajo el punto de vista narrativo, me gustaría empezar esta entrada pidiéndoos que veáis estos seis segundos de vídeo, pues lo que ocurre durante los mismos es fundamental para comprender la historia que estoy a punto de relatar. No obstante, soy consciente de que a muchos os debe dar alergia abrir hipervínculos externos o algo por el estilo, así que por vosotros procederé a describir el contenido del audiovisual arriba enlazado:
Un corpulento hombre viste polo azul marino y porta un reloj de oro. Le acompañan al menos otros tres personajes, trajeados y apenas visibles. Tras él se encuentra una puerta de hierro enrejada que da paso a un espacio arbóreo. El protagonista sujeta con la mano del peluco un micrófono y se dispone a decir algo, acción que provoca la entrada en escena del verde canuto de la emisora de radio Onda Cero y de dos grabadoras. Su propio micro se encuentra conectado a un equipo de sonido destinado a amplificar el volumen de su voz, pero el protagonista se ve obligado a vociferar para poder hacerse oír por encima de un atronador coro de pitos y abucheos. Las palabras que pronuncia, podemos intuir, están dirigidas a los alborotadores situados fuera de plano:—¡Pero qué cara de golfos y drogadictos tenéis! ¡Borrachos!
A quienes no tuvisteis el privilegio de experimentar la loca realidad espacio-temporal conocida como "la España de los noventa" os diré que el emisor de tan gratuitos ataques se llama Jesús Gil y Gil. Fue un empresario, político y, durante varios momentos de su vida y debido a diferentes causas, recluso que nació en El Burgo de Osma (Soria) en mil novecientos treinta y tres y protagonizó cientos de titulares y entradillas de informativos a lo largo de su carrera.
Se dedicó desde joven al mundo del ladrillo, y para que os hagáis una idea de sus métodos, recurramos a lo que ocurrió en Los Ángeles de San Rafael en el verano del sesenta y nueve. En esta localidad Segoviana levantó Gil un restaurante sin contar con permiso de obra, plan de construcción ni supervisión de un arquitecto. Para más inri, su inauguración se llevó a cabo con prisas (hay quienes afirman que con el cemento en las paredes aún fresco). A consecuencia de este cúmulo de despropósitos, el local se derrumbó durante un banquete; tragedia que se cobró la vida de cincuenta y ocho personas y por la que Jesús Gil fue condenado a cinco años de prisión.
No obstante, el empresario recibió el indulto de manos del gobierno de Franco a los dieciocho meses (por lo visto, debido a que su madre no paró de dar la turra por ministerios y dependencias gubernamentales solicitándolo), periodo durante el cual tuvo tiempo de meterse a los presos en un bolsillo y a los presidiarios en el otro gracias a su gran capacidad chanchullera de la que haría gala durante el resto de su vida. Vida que voy a intentar resumir al máximo quedándome con sus greatest hits.
En el ochenta y siete ganó las elecciones a la presidencia del Atlético de Madrid (ningún mangante magnate del ladrillo español sin su equipo de fútbol, claro que sí).
En el noventa y uno, siendo líder de su propio partido político (el Grupo Independiente Liberal, lo cual tiene su acrónima guasa), se hizo con la alcaldía de Marbella. Ostentaría dicho cargo durante once años, empalmando tres mayorías absolutas y convirtiendo la localidad malagueña en su tablero de monopoly particular.
En el verano de ese mismo año protagonizó el programa Las noches de tal y tal, un show de variedades emitido en la entonces recién nacida Tele5 que contaba con actuaciones musicales y humorísticas intercaladas con reflexiones sobre temas de actualidad por parte del propio Gil, quien aparecía en un jacuzzi rodeado de modelos en bikini. ¿Da repelús imaginar estas escenas? Sí, pero no tanto como el "rap" que el grupo The Pililos popularizó en la época, inspirado en toda esta mierda.
En el noventa y seis le endiñó una hostia al gerente del SD Compostela ante la sede de la Liga de Fútbol Profesional delante de varios testigos y cámaras de televisión.
En dos mil tres, cuatro años después de que la Fiscalía Anticorrupción interpusiera una querella contra él y su socio Enrique Cerezo por apropiación indebida, fue condenado a dos años de prisión. El Caso Atlético fue tan enrevesado que ya si eso os miráis vosotros los detalles cuando tengáis un rato libre.
Y en dos mil cuatro falleció a causa de un paro cardíaco provocado por una trombosis cerebral. O no, pues no se hicieron públicas imágenes del cadáver y las malas lenguas dicen que quienes portaron el ataúd el día de su entierro no es que tuviesen precisamente cara de andar cargando mucho peso. Vamos, que hay quien afirma que el féretro estaba vacío y Jesús Gil en alguna playa perdida en la otra punta del mundo riéndose de todos nosotros. Esta teoría de la conspiración es mi favorita junto con la que afirma que Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, es hijo ilegítimo de Fidel Castro (el cubano, mira tú por dónde, le regaló a Jesús Gil una cría de cocodrilo llamada Furia):
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| fuente: la voz de Galicia |
Todo un personaje el señor Gil y Gil, ¿verdad? Y a todo esto, no he metido aquí ninguna imagen suya. Pero eso lo arreglo enseguida:
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| fuente: hbo |
Ups, qué fallo. Esperad, que ahora sí os pongo una foto real de Jesús Gil:
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| fuente: twitter |
Perdonad el lapsus. Pero entended que, atendiendo a la trayectoria del soriano, uno podría decir que Jesús Gil fue el Tony Soprano español. Aunque, ahora que lo pienso, sería más adecuado afirmar que Tony Soprano fue el Jesús Gil yanki, pues que yo recuerde, aquél no llegó a tener equipo de fútbol y alcaldía en un pueblo de la costa propios. Y el nombre del caballo de Tony era Pie oh my, que es una mierda si lo comparamos con el que usó Jesús Gil para bautizar a su équido: Imperioso.
Demos ahora un volantazo narrativo y hablemos de drogas. Y más concretamente, de cómo a principios de los noventa los consumidores de las mismas, buscando intensificar sus efectos, se pasaron del éxtasis al speed. A consecuencia de este cambio de dieta, la música electrónica que sonaba en las discotecas donde se ponían hasta el culo empezó a sonarles un poco lenta, lo que fomentó la aparición de nuevos ritmos más acelerados que dieron lugar a un género conocido como hardcore techno o breakbeat hardcore.
De entre todos los DJs que pinchaban temas de este género voy a quedarme con Liam Howlett, un británico que con tan sólo diecinueve añitos ya contaba con un importante grupo de fans que no se perdían ninguna de sus sesiones. Dos de ellos, Keith Flint y Leeroy Thornhill, se unieron a él y formaron así una curiosa banda en la que Liam se encargaba de hacer la música y los dos recién llegados de bailarla. Más adelante se incorporaría al proyecto el MC Maxim Reality, terminando así de dar forma a un grupo que sería conocido como The Prodigy.
Su disco debut Experience les dio bastante fama, aunque nada comparado con lo que lograrían seis años después al lanzar The Fat of the Land, un álbum que alcanzó el número uno de las listas de ventas británica y estadounidense, y que contaba con temas y samples que acabaron formando parte de la banda sonora de toda una generación.
Después vendrían más discos y más éxitos, junto con malos momentos como el fallecimiento de Flint en dos mil diecinueve, pero todo ello pertenece a una época muy posterior al objetivo de esta entrada. Sólo diré que en lo que a mí atañe (recordad que éste es MI blog), que yo a The Prodigy llegué tarde. Estaba al tanto de su existencia porque tenía el CD con la BSO de la peli Matrix y Mindfields era una de sus pistas. No obstante, no estaba entre mis predilectas, y yo solía pararme en su lugar en Rock is Dead, de Marilyn Manson, Spybreak!, de Propellerheads, Dragula, de Rob Zombie, Du hast, de Rammstein o, por supuesto, Wake up, de Rage Against the Machine. De hecho, la primera vez que escuché el The Fat of the Land de principio a fin fue ya en la década de los dos mil diez, una de las primeras veces que fui a visitar a mi novia (que por aquel entonces vivía en Madrid), ya que cuando fue a buscarme en coche a la estación el mencionado álbum, en formato casete, estuvo sonando en el equipo de música del vehículo.
Aclaro ahora que desde entonces The Fat of the Land es un recurrente en mis listas de reproducción, pero es de Experience del que voy a destacar un detalle. Y es que, ¿sabéis qué es lo que tenía ese disco, además de muy buenos temas?
Un número de teléfono.
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| fuente: amazon |
Efectivamente, la parte inferior de la trasera de aquella carátula incorporaba un teléfono al que llamaron Nico Santiago y Jason Fox Male, dos chavales de diecinueve y veintiún años con más ganas de fiesta que conocimientos empresariales. Eran fans del grupo y esperaban así poder contactar con algún representante de la banda o de su discográfica, los muy ilusos, pues estaban intentando organizar un evento en la Costa del Sol que contase con su presencia.
Bueno, pues aunque no os lo creáis, aquello salió adelante. Acordando un caché de medio millón de pesetas (unos tres mil euros) y a condición de que la banda contase con limusina y hotel de cinco estrellas (aunque al final fueron a recogerles al aeropuerto en furgoneta y tuvieron que alojarse en una mansión alquilada ad hoc), The Prodigy actuaron en España la tarde del veintitrés de julio de mil novecientos noventa y cuatro.
¿Que dónde? Pues en el Banana Beach, un chiringuito de playa localizado ni más ni menos que en Marbella, feudo por aquel entonces de Jesús Gil.
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| fuente: theprodigyontour |
A pesar de lo improvisado y pobremente organizado, el concierto fue un éxito brutal en el que también participaron otros intérpretes y DJs. Ocho mil almas espídicas (que no extasiadas) disfrutaron durante horas y horas de aquellos ritmos frenéticos.
Quienes no disfrutaron del show fueron los vecinos de la zona. Hartos del ruido, acudieron a quejarse al alcalde de la localidad. O lo que es lo mismo, a Jesús Gil y Gil, quien se personó en el Banana Beach con la intención de contentar a aquellos residentes que para él no eran más que votos con patas. La opinión que le suscitaban los asistentes a aquella loca rave era bastante diferente. Enlazando y citando nuevamente al empresario, político y, durante varios momentos de su vida y debido a diferentes causas, recluso:
—¡Pero qué cara de golfos y drogadictos tenéis! ¡Borrachos!
La fiesta tocó a su fin por obra y gracia del todopoderoso Gil, quien no contento con ello, ordenó derribar el chiringuito como si de un restaurante sin licencia de obra con el cemento en las paredes aún fresco se tratase. En el hueco que dejó el Banana Beach encajó una promoción inmobiliaria que, como no podría ser de otra forma, no cumple la Ley de Costas.
¿Os ha gustado la historia? Pues lamento comunicaros que es FALSA. A ver, The Prodigy actuaron en Marbella, y el Banana Beach fue cerrado y demolido y en su solar se erigieron tres complejos de apartamentos que, legalmente hablando, no deberían estar ahí. Pero Jesús Gil no increpó a los asistentes al concierto. O, si lo hizo, las imágenes no corresponden a ese momento. Si me dais unos pocos minutos más de vuestro tiempo os puedo demostrar tan valiente afirmación. Bueno, creo que lo correcto sería decir "tan valiente negación", ¿no? Da igual.
Resulta que mi yo escéptico despertó de su letargo al leer uno de los comentarios del vídeo que ha dado pie a esta larga entrada (os juro que originalmente iba a ser muchísimo más breve), el cual afirmaba que Gil estaba en realidad dirigiendo el sermón a aficionados del Atletico y no a los drogados asistentes al evento del Banana Beach. De ser así, se encontraría en la madrileña plaza de Cánovas del Castillo (hogar de la fuente de Neptuno en torno a la cual se congregan los seguidores colchoneros cuando de celebrar los triunfos del conjunto rojiblanco se trata) y no en Marbella.
Lo del metálico forjado y los árboles situados tras el soriano en el vídeo me había rechinado desde el primer momento, pues tal estructura no cuadra con el urbanismo de la cutre primera línea de costa marbellí. Aunque su presencia sería más creíble en los aledaños de la plaza de Madrid que en la localidad malagueña, no pude confirmar este hecho porque durante los pocos minutos que pasé metido en Street View no fui capaz de dar con la estructura en ninguno de los dos enclaves (también hay que tener en cuenta que las imágenes originales son del noventa y cuatro y que TODO ha cambiado muchísimo).
Buscando entonces argumentos a favor de la teoría del Banana Beach, eché mano de hemerotecas. Un artículo de El País de hace un par de años, y otro similar publicado en El Mundo dan fe de que Gil, efectivamente, protagonizó la bronca a la mañana siguiente del evento. Ahora bien, uno no debe fiarse mucho ni de un diario ni del otro. Entonces, ¿a qué recurrir?
Pues a Tiktok, mira tú. Concretamente, a este clip en el que otro momento perteneciente a la escena original, grabado desde diferentes ángulos, muestra que las imprecaciones gilianas no hacen mención a fiestas de ningún tipo y giran en torno al tema de la droga. Haciendo uso de esta nueva información, volví a adentrarme en ese laberinto de muros de pago y anuncios personalizados que es la hemeroteca de cualquier periódico y, de nuevo en El País, di con esta noticia, fechada tres años antes de que The Prodigy pisasen Marbella, y que relata cómo Jesús Gil "micrófono en mano y vistiendo calzón corto" se encaraba con un grupo de unos 150 jóvenes a los que gritó: "Sois la escoria, unos borrachos, drogadictos babosos, os voy a cerrar los bares y a echar de este pueblo". Dichos jóvenes no se encontraban precisamente de fiesta, sino que se habían desplazado a protestar al Club Financiero Inmobiliario, cuartel general de los chanchullos de Gil ubicado en el 72 de la Avenida Ricardo Soriano. Y si uno tira de Street View puede comprobar, ahora sí, que la fachada correspondiente a dicha dirección cuenta con dos elegantes entradas de puerta enrejada exactamente iguales a la que aparece en el vídeo original. Hala, caso cerrado.
Qué cosas, ¿no? Uno empieza una entrada queriendo hablar con cierto cachondeo de un sórdido episodio de nuestra historia cada vez menos reciente protagonizado por un aún más sórdido personaje y acaba emulando a Bob Woodward y Carl Bernstein.
A todo esto, ¿sabéis cuánto pesa un premio Pulitzer? Más que nada por ir buscándole un hueco en casa y tal.





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