―Si puedes, tráeme una bombilla de Argentina.
―Vale.
Mi hermano estaba equivocado al hacerme esa petición y yo no le corregí porque también lo estaba. De hecho, la mayoría de la gente con la que he hablado del tema vivía en el mismo error, así que usemos esta entrada para corregirlo de una vez por todas y hablemos del mate.
Sí. La semana pasada tocó sólido y ésta toca líquido. Tiene sentido, ¿no?
Tratándose de la bebida más popular en Argentina, su presencia fue parte fundamental durante mi estancia allí. Mi primer encuentro con ella, tal y como ya os conté, se produjo al día siguiente de aterrizar en Mar del Plata, cuando salí de la cama dispuesto a devorar facturas y el padre de Lucre me la dio a probar. Vale que, años antes de este viaje, Lucre se presentó una tarde en nuestra casa con un paquete de mate con guaraná porque mi novia sentía curiosidad al respecto, pero mis papilas gustativas no guardan recuerdo de haberlo ingerido entonces. Por ello, considero que fue en la cocina marplatense donde tuvo lugar mi bautismo yerbatero.
Yerbatero y no hierbatero, pues la infusión se prepara a base de hojas de yerba mate. Alguna vez, hablando del tema por Whatsapp con Lucre, escribí "hierba" y mi interlocutora se apresuró a corregirme. Y ya que estamos con correcciones, y por si alguien tiene prisa por irse y sólo quiere sacar en claro lo que he mencionado al principio de la entrada, dejo caer que la bombilla es sólo la varilla de metal que se usa para sorber el mate. El cuenco o vaso donde se ponen las hojas y el agua se llama... Mate.
Que ahora vosotros os preguntaréis, al igual que yo me pregunté cuando se me hizo esta revelación: "Pero, ¿no tiene más sentido que el vaso ése sea lo que se llame bombilla, teniendo en cuenta su forma de bombilla?". Y os voy a responder lo mismo que me respondió Lucre a mí: "En Argentina a la bombilla se la llama foco".
Sí, fueron MUCHAS (y muy confusas) las veces que terminé pensando que Lucre y yo hablamos idiomas distintos.
Volviendo a aquella cocina, el mate me supo a intenso té verde. Yo no soy nada tetero (y mucho menos a primera hora de la mañana, que es cuando mi cerebro saca a pasear una pancarta en la que puede leerse "CAFÉ O BARBARIE"), por lo que agradecí aquel primer sorbo al tiempo que rechazaba un segundo, prometiendo a los allí presentes que le daría otra oportunidad en una futura ocasión menos intempestiva.
Tal ocasión se produjo al día siguiente, por la tarde y en la playa. Y yo pensé "así, sí". Después de un rato entre las olas, los allí presentes (Lucre, su hermana, el novio de ésta y yo) nos encontrábamos sentados en las toallas sin otro particular que el secarnos al sol, y la hermana de Lucre hizo de maestra de ceremonias: sirviéndose de un apañado set que contenía todos los elementos necesarios de cara a la preparación de la bebida, llenó algo más de la mitad del mate con yerba y procedió a "cebarlo". O lo que es lo mismo, verter agua caliente en su interior procurando que parte de la dosis se mantuviese seca para así poder sacarle partido durante más tiempo. Por turnos, los miembros del grupito apurábamos la bebida contenida en el mate y se lo devolvíamos para que pudiese volver a verter agua caliente en su interior. Tras varias raciones, la yerba "lavada" era reemplazada por una nueva ración seca, y a volver a empezar.
Entretenido, ¿verdad? Que se lo digan al resto de asistentes en aquella playa, pues esta misma actividad se repetía allá donde mirase. Todos los grupitos con sus mates, sus paquetes de yerba y sus termos. Termos que, en la mayoría de casos (el de la hermana de Lucre incluido) se encontraban decorados con pegatinas:
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Esta foto no es de la playa. La hizo Lucre en un bar desde muy lejos apuntando a la mesa de unos desconocidos para demostrar que su móvil tiene un zoom de la hostia |
Aprovechando esta tendencia, me volví de Argentina con pegatinas que aún esperan ser adheridas a alguna superficie porque no me atrevo a ponerlas en ningún sitio, so pena de que no sea "el adecuado" (sé que la gente de mi generación comprenderá mi angustia):
A mi novia le compré ésta, que le encantó (y que tampoco se atreve a pegar en ningún sitio):
Y ya que os estoy enseñando material, cuelo aquí esta otra tan chula que me regaló el padre de Lucre:
Volviendo al asunto del día, y por si no lo habíais deducido ya, os indico que beber mate es una actividad social. Días después, nuevamente en casa de los padres de Lucre, tuvo lugar una reunión familiar con unos tíos suyos regada con mate cuya preparación corrió una vez más a cargo de la hermana. Saliéndome un poquito del tema otra vez, voy a aprovechar para decir que disfruté bastante de aquella sesión. Y es que, pese a haber pasado gran parte del coloquio sin más aportación al mismo que meneos de cabeza por no tener nada que decir dentro de aquel núcleo familiar, agradecí lo improvisado de la situación, surgida de un "pasaba por aquí" y algún mensaje de última hora. Porque no sé a vosotros, pero a mí me da cada vez más pereza que hoy en día, para poder juntar a cuatro personas, haya que montar un pifostio con meses de antelación que incluya encuestas en grupos de Whatsapp, comparaciones de agendas, reservas previas y desesperantes cancelaciones y cambios de último minuto. Y todo para después pasar dos horas "poniéndose al día" (o lo que es lo mismo, hablando del puto trabajo) con gente con la que ya no tienes una vida en común.
En fin, que antes de derivar hacia mi enésima rabieta contra el sistema capitalista que nos aleja a los unos de los otros, yo estaba remarcando lo social del mate, aunque hay excepciones. Por ejemplo, el mismo día que estuvimos en la playa fuimos poco después al centro para comprar sanguchitos de miga que nos comimos sentados en uno de los bancos de una plaza cuyo nombre no me apetece buscar, y frente a nosotros había un chaval que, sin más compañía que su set yerbatero (si el de la hermana de Lucre era apañado, éste era directamente de competición: parecía una cestita forrada de piel, con su asa y hueco para el termo), pegaba un sorbo a la bombilla detrás de otro (por cierto, la bombilla no se agarra con los dedos al beber, que esto me lo hizo saber Lucre cuando me vio hacerlo, añadiendo que es un buen método para identificar a turistas). Y si viajamos en el tiempo hasta dos mil veintitrés y en el espacio hasta Palma de Mallorca, puedo hablaros de otro Juan Palomo yerbatero con el que me crucé mientras mi novia y yo turisteábamos por la capital balear y que se merece su propio párrafo.
El colega llevaba un mate en la mano y bajo el brazo cargaba con un enorme termo de dos litros, lo cual le obligaba a moverse de forma aparatosa (he visto a gente con respiración asistida a quien le cuesta menos desplazarse lidiando con una bombona de oxígeno y el correspondiente cableado). Cada pocos pasos le pegaba un tiento a la bombilla, y en el rato que se mantuvo dentro de mi campo de visión tuvo que hacer parada al menos una vez para vaciar su mate de yerba lavada y recargar con seca que guardaba en la mochila. Ya en Argentina, compartí con Lucre este recuerdo y apunté en broma (pero no muy en broma) que aquello rozaba la drogodependencia, y la observación que hizo mi amiga al respecto me resultó hilarante:
―Seguro que aquel chico era uruguayo.
Además de la playera y la familiar, se dio una tercera escena durante mi viaje en la que el mate fue un personaje más de la misma. Durante el trayecto en coche que hicimos de Mar del Plata a Buenos Aires, la hermana de Lucre, una vez más, volvió a demostrar su pericia, añadiendo en esta ocasión el tener que preparar la infusión a bordo de un vehículo en marcha. Y yo, que iba con la cámara de la mano por si se nos atravesaba una vaca en la carretera o algo así, aproveché para retratar el momento:
Al final, a fuerza de probar varias veces, terminé por cogerle gusto al mate yo también (sin llegar al extremo del uruguayo de Mallorca, por suerte). Y no sólo traje un mate para mi hermano. Traje CUATRO: el suyo, uno morado para mi novia, otro gris para mí y otro naranja también para mí que vi días después de haberme comprado el gris.
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| No, no voy a poner las pegatinas en el termo |
Y un par de paquetes de yerba que ya me ha tocado reponer. Por suerte, en la ciudad en la que vivo hay un establecimiento en el que puede adquirirse toda clase de artículos hispanoamericanos: desde churros congelados a turrón pasando por piñatas con forma de cajetilla de Marlboro. Y también mate, por supuesto.
No me consta que mi hermano haya llegado a probar el suyo todavía. Y a mi novia no ha terminado de hacerle gracia (ella preferiría edulcorarlo y no es tarea fácil, habida cuenta del proceso de preparación que requiere). Pero yo sí que he pasado varias tardes desde que volví de Argentina tirando de mate. Y aunque el ritmo de vida austriaco no permita a nadie "pasarse por aquí" para compartirlo, me acompaña mientras me dedico a quehaceres como escribir las entradas que estáis leyendo este verano, aporrear el piano o simplemente sentarme en el sofá a escuchar música y comer chucherías.
De música y chucherías, por cierto, os voy a hablar la semana que viene.

























