lunes, 26 de octubre de 2026

En busca de la forma A38 con Lufthansa

Aprovechando que acaba de cumplir cien años, me cago en Lufthansa. Y no porque considere un error que una empresa alemana saque pecho por haber existido durante los años treinta y cuarenta del pasado siglo, sino por motivos personales. Pensaréis quizá que mi escatológico juramento es excesivo; pero antes de juzgarme, prestad atención a la exposición de hechos que estoy a punto de desarrollar. Os aviso de que se viene una entrada tan larga, que me he visto obligado a dividirla en varios actos, so pena de perderos por el camino. Pero oye, al menos he adornado los mismos con dibujitos que conmemoran el anteriormente citado centenario y que he robado de la web de Lufthansa (ante esto debería añadir "qué menos", pero no quiero adelantar acontecimientos).

Apuesto a que, si llegáis al final, vosotros también vais a querer cagaros en la aerolínea germana.

Acto I. El caso


fuente: lufthansa

El pasado enero (el día ocho, para más señas) viajé a España (algo de lo que ya hablé, por cierto). Tras mi aterrizaje en Adolfosuarezmadridbarajas, crucé la terminal y me dispuse a recoger mi facturado equipaje, pero mis maletas (y las del resto del pasaje) tardaron un pelín más de lo habitual en asomar. Dejando a un lado los evidentes derechos laborales que tiene (o debería tener) el personal maletero y que defenderé con uñas y dientes, que me tocase esperar (a mí, y al resto del pasaje) NOVENTA minutos a pie de cinta, ¿qué queréis que os diga? Me tocó un poquito los cojones. Durante esa hora y media de rato muerto me dio tiempo a muchas cosas. Por ejemplo, a acordarme de la madre de quien decidió meter mano en el proceso de entrega de maletas recortando en personal, dejando a cuatro gatos haciendo el trabajo de cuarenta, subcontratando y aplicando otras pirulas del capitalismo destinadas a que un montón de gráficas muestren datos positivos y numeritos de color verde, logrando así que los ricos sean más ricos y los mindundis como vosotros y como yo tengamos que acostumbrarnos a una realidad cada vez más gris en la que todo funciona peor.

También me dio tiempo a perder el tren Madrid-Valladolid cuyo billete había comprado días atrás (llamadme descuidado, pero no conté con que fuese a tardar en hacerme con mi maleta lo que dura un puto partido de fútbol), a bailar entre las webs de Alsa y de Renfe (esta última tenía incluso lista de espera para acceder. La web de Renfe es un chiste cada vez menos gracioso) descartando opciones conforme pasaban los minutos, y a mirar de reojo a quienes, a mi alrededor, compartían conmigo aquella pérdida de tiempo, intuyendo por sus expresiones que se estaban acordando de la misma madre que yo.

Al final me tocó adquirir un billete de tren por el que tuve que pagar treinta y un euros con diez céntimos, y cuando la maleta cayó en mis manos de una puta vez, pude finalizar mi viaje sin más contratiempos que el llegar a Valladolid ya de noche.

Añado que, amén de todo lo anterior, algo más que pude hacer durante aquella media tarde de espera fue leer una y otra vez en las pantallas del lugar el pilatesco mensaje que rezaba "En caso de problema con su equipaje, póngase en contacto con su aerolínea". Así que días después, una vez de vuelta en Austria, consideré que lo justo y necesario en este caso sería darle un par de toquecitos con el dedo en el hombro a Lufthansa y decirles "me debéis treinta y un euros con diez céntimos, guapitos".

Acto II. La web


fuente: lufthansa

No sé vosotros, pero yo, cuando de tramitar una reclamación se trata, recurro siempre en primer lugar a la fría impersonalidad de un sitio web. El de Lufthansa tiene una sección dedicada a este tipo de procesos. ESCONDIDA, pero la tiene; y yo pude permitirme perder media mañana hasta que di con ella mientras esta entrada empezaba a tomar forma dentro de mi cabeza.

El formulario destinado a tramitar mi queja solicitaba, amén de una descripción del caso en la que indiqué algo así como "Debido a un retraso con la entrega de mi maleta he tenido que adquirir un nuevo billete de tren, así que me debéis treinta y un euros con diez céntimos", que introdujese varios datos, dos de los cuales me putearon de manera especial. El primero de ellos, número de ticket, constituía para mí un concepto desconocido hasta aquel entonces. Y no, no era el código de reserva del vuelo. Se trataba de un número largo sito en el correo de la tarjeta de embarque que recibí un día antes de volar y que por suerte pude desenterrar de mi bandeja de entrada. El segundo era el apellido.

Veréis, resulta que yo, al poco de irme de España, dejé de usar mi segundo apellido porque me daba una pereza horrible tener que dar explicaciones al respecto constantemente a quienes, allende los Pirineos y el mar Cantábrico, sólo cuentan con un único patronímico. Sin embargo, cuando hay DNIs y pasaportes de por medio (como en el caso de la reserva del vuelo que nos ocupa), ahí sí que meto los dos, no vaya a darse una discrepancia que me deje en tierra. Teniendo este nimio detalle en cuenta, introduje mis apelativos por parte de padre y madre en el campo titulado last name, así como el resto de valores solicitados, hice clic en el botón de búsqueda de mi reserva y la web dijo...

"Ni te conozco".

fuente: facebook
No, la web de Lufthansa no mostró este meme. Pero mi cerebro lo rescató de mi memoria para calmar la inflamación de nervios que estaba empezando a sufrir

Prevenido ante este resultado, probé a unir ambos apellidos en un único vocablo (esto funcionó hace muchos años en un quiosco de facturación de Aer Lingus en el aeropuerto de Dublín), introducir sólo mi primer apellido, sólo el segundo, el segundo en primer lugar y el primero en segundo lugar, un espacio en blanco, insultos varios... Y nada. Al igual que hiciera Pedro con Jesucristo antes de que cantase el gallo, la web de Lufthansa negaba la existencia de mi vuelo una y otra vez.

No quedaba pues más remedio que llorarle mis penas a algún ser humano.

Acto III. El chat


fuente: lufthansa

Nos encontramos en un nefasto momento de la historia de la humanidad en el que todos los chats de atención al cliente cuentan con un bot tan amable y servicial como inútil que se encarga de dar la bienvenida a quien necesita ayuda y, tras un intercambio de frases que sólo sirve para malgastar nuestro tiempo, redirige la conversación a una persona. Y el chat de Lufthansa no es una excepción. Quien interactuó conmigo aquella mañana y leyó mis mensajes llorando acerca del retraso en la entrega de mi maleta, el billete de tren adquirido contra mi voluntad, la incapacidad de la web para encontrar mi reserva, y de que Lufthansa me debía treinta y un euros con diez céntimos, de todas formas, no me resultó más útil que el propio bot. Sus competencias no incluían el poder ayudarme con mis problemas, pero me dio un número de teléfono con prefijo alemán perteneciente a otro departamento de la aerolínea que, me aseguró, podría resolver mi caso satisfactoriamente.

Al terminar nuestra sesión, le otorgué la puntuación máxima en la encuesta de satisfacción, por supuesto.

Acto IV. La llamada de teléfono


fuente: lufthansa

Tras marcar en mi celular el número proporcionado por el agente de chat y esperar unos pocos tonos, fui atendido por un empleado que, gracias a Dios, me habló en inglés y no en alemán. Procedí a relatarle mi historia a él también: el retraso en la entrega de mi maleta, el billete de tren adquirido contra mi voluntad, la incapacidad de la web para encontrar mi reserva, la falta de competencias del agente de chat para poder ayudarme y que Lufthansa me debía treinta y un euros con diez céntimos. Mi interlocutor solicitó entonces que le diese mis dos apellidos y mi luggage tag, otro concepto desconocido para mí hasta ese momento y cuyo valor podría obtener si echaba un ojo al correo que me llegó cuando facturé mi maleta y que, por suerte, tampoco eliminé. Tras darle estos datos y esperar unos segundos, me dijo que, al haber pasado más de una semana desde aquel fatídico ocho de enero, la web de Lufthansa pasaba de mí, y que estas cosas hay que tramitarlas en el momento en el propio aeropuerto. "Ya, pero es que yo en aquel momento, en el propio aeropuerto, no es que contase con mucho tiempo para tramitar reclamaciones después de hora y media de espera" justifiqué, sintiendo como mi interlocutor se encogía de hombros al otro lado de aparato para después sugerirme que me acercase al aeropuerto igualmente. "Estoy, en mi casa, a dos mil kilómetros de ese aeropuerto, así que veo un poco difícil lo de acercarme. ¿No me puede dar otra solución?". "Bueno, a ese aeropuerto o a cualquier otro que trabaje con Lufthansa", resolvió tras otro intuido encogimiento de hombros. Me dijo esto como si los aeropuertos fuesen mercadonas y hubiese uno en cada barrio, no me jodas. Pero bueno, se dio la casualidad de que a los pocos días viajaría a España de nuevo, así que confié en su palabra y en que mi problema se resolvería la próxima vez que pisase un aeródromo.

Acto V. El aeropuerto austriaco


fuente: lufthansa

Mi nuevo vuelo tuvo lugar el catorce de febrero, y partía de un pequeño aeropuerto en el que, gracias a que apenas contaba con viajeros, dispuse de unos minutos para contarle a la azafata de tierra que allá por enero había sufrido un retraso en la entrega de mi maleta, que me había tocado adquirir un billete de tren a mayores por ello, que la web de Lufthansa no estaba al tanto de dicho viaje, que el chat de Lufthansa no me había servido de ayuda y que el agente telefónico, pese a no poder haberme ayudado tampoco, me había indicado que allí sí que se harían cargo de mi problema. Y que Lufthansa me debía treinta y un euros con diez céntimos. 

La azafata de tierra me dijo que allí no se harían cargo de mi problema, que ellos eran una subcontrata de Lufthansa y que necesitaba soltar mi retahíla en un aeropuerto que perteneciese a Lufthansa 100% real no fake 1 link mega full 1080p.

Y ahora vosotros pensaréis que solté alguna barbaridad o algo por el estilo. Pero no. Por suerte, aquel vuelo contaba con escala en Múnich, feudo de Lufthansa, así que reservé mis fuerzas. En Múnich me iban a oír. Vaya que si me iban a oír.

Acto VI. El aeropuerto de Múnich


fuente: lufthansa

Tras aterrizar en la capital bávara, y aprovechando que contaba con tres horas y media hasta la salida del vuelo a Madrid (dos mil veintiséis será recordado como el año que me pasé haciendo tiempo en aeropuertos), localicé un enorme mostrador de servicios de Lufthansa atendido por varios agentes. Para llegar al mismo había que franquear a un pavo que claramente no quería estar allí. Para más inri, un cartel bien grande situado a su lado rezaba que en aquel mostrador no se tramitaban reclamaciones. Sabedor de que mi esfuerzo resultaría inútil, me acerqué al hombre de todas formas, pues intuía que nuestra interacción daría para un par de párrafos en esta entrada. Y así fue.

Tras enumerar mi lista de desgracias hasta el momento (que si la maleta con retraso, que si el billete de tren, que si la web que no me reconoció, que si el chat que no me resolvió el problema, que si el agente de teléfono que no me pudo ayudar, que si la azafata del aeropuerto austriaco que más de lo mismo, y que si Lufthansa me debía treinta y un euros con diez céntimos), el hombre, que durante todo el tiempo que duró mi perorata no dejó de negar con la cabeza mientras una sonrisa falsa en medio de su cara de gilipollas se iba convirtiendo en ofensiva risita, me preguntó si quería acaso reclamar el dinero de mi billete de avión. Y yo pensé: "no, quiero grabar una peli basada en toda esta mierda y te estoy ofreciendo un papel en ella, gilipollas". Pero en lugar de soltar dicho improperio aliviador, lo que hice fue aclararle que quería que Lufthansa me devolviese el importe del billete de tren. El de avión, no. El de tren.

Para sorpresa de nadie, me dijo que allí no podrían hacer nada al respecto. Le pregunté que a quién tendría que recurrir entonces dentro de aquel kafkiano sistema, y él me dijo que volviese a probar en a la web, a ver si al hacerlo una segunda vez tenía más suerte. Que insistiese mucho, que mandase un correo... Me imagino que aquel hombre podría haber seguido sugiriendo gilipolleces: que mandase señales de humo, que entrenase palomas mensajeras capaces de enviar mi reclamación, que saliese al balcón de mi casa y gritase muy fuerte... Agotado ya de tan inútil diálogo, lo corté un escueto "vale, gracias" y me largué del lugar mientras pensaba: "gilipollas".

Acto VII. El aeropuerto Adolfosuarezmadridbarajas


fuente: lufthansa

Aquí empezó todo. Y el día de mi vuelta a Austria me acerqué al mostrador de facturación creyendo que la correspondiente azafata de tierra pondría fin a mi angustia. Antes de empezar a decirle que semanas atrás, debido a un retraso en la entrega de maletas, me había tocado adquirir un nuevo billete de tren, que no había podido reclamar su importe en la web de Lufthansa porque ésta no me reconocía, que no me habían podido ayudar a través de chat, que un agente a través del teléfono tampoco había sido de ayuda, que en un aeropuerto de Austria no llevaban ese tipo de problemas, que en el aeropuerto de Múnich un empleado gilipollas sólo había logrado empeorar mi angustia y que Lufthansa me debía treinta y un euros con diez céntimos, procedí a tramitar la facturación de mi equipaje de mano. Coloqué éste sobre la cinta-báscula y la azafata y yo contemplamos el peso que se reflejaba en la pantallita. La operaria dijo entonces:

—Te voy a poner en la facturación ocho kilos, que ocho es el límite y la tuya tiene sobrepeso de doce.

—¿Y qué? ¿Y QUÉ? OS ESTOY HACIENDO UN FAVOR. QUE SOIS VOSOTROS LOS QUE ME MANDÁIS CADA VEZ UN PUTO EMAIL DICIENDO "FACTURA TU MALETA DE MANO QUE NO HAY SITIO EN EL AVION PORFI PORFI PORFI". QUE NOS TRATÁIS COMO A GANADO, COÑO. QUE PODRÍA METERME CON LA MALETA DIRECTAMENTE EN VEZ DE PASAR POR AQUÍ Y ALLÁ SE LAS APAÑASEN LAS AZAFATAS JUGANDO AL TETRIS ANTES DEL DESPEGUE. QUE LUEGO ENCIMA ME TENÉIS HORA Y MEDIA ESPERANDO COMO UN IMBÉCIL PARA RECUPERARLA Y ME HACÉIS PERDER EL TREN Y ME TOCA COMPRAR OTRO BILLETE Y NO HAY DIOS EN VUESTRA PUTA COMPAÑÍA CAPAZ DE DEVOLVERME LOS COCHINOS TREINTA Y UN EUROS CON DIEZ CÉNTIMOS QUE HE TENIDO QUE PAGAR POR ÉL, COJONES. ¿QUE MI MALETA TIENE SOBREPESO, DICES? ¿QUIERES VER QUÉ OTRA COSA TIENE SOBREPESO?

Procedí entonces a bajarme los pantalones y me saqué lA VER, NO. No hice nada de eso. Ni exhibicionismo machista ni improvisar mi propia versión reducida de Cinco horas con Mario. En cuanto me dijo lo de los doce kilos me callé como un zorro y no levanté la mirada del suelo hasta que aquel bulto con sobrepeso desapareció tras la puertecita de facturación, para acto seguido poner pies en polvorosa.

Ya me pelearía con Lufthansa en otro momento en el que no estuviese en desventaja.

Acto VIII. La web, otra vez


fuente: lufthansa

El veintitrés de febrero, mes y medio después del origen de este drama, volví a entrar en la web de Lufthansa dispuesto a perder un poco más de mi tiempo tratando de que se hiciese justicia. En esta ocasión me dirigí a la sección de contacto y encontré un formulario que antes no estaba ahí, donde pude relatar cómo un retraso en la entrega de mi maleta de hora y media me había obligado a adquirir un billete de tren, que ni la web de Lufthansa, ni sus agentes de chat, ni su soporte telefónico, ni el personal de los aeropuertos austriaco, de Múnich o de Madrid habían sido capaces de darme una solución, y que Lufthansa me debía treinta y un euros con diez céntimos. Incluí también mis datos (en esta ocasión no hubo problema con mis dos españoles apellidos) y adjunté tarjetas de embarque, billetes y documentos de pago que justificasen el motivo de mi reclamación y que pude obtener tras bucear en ese destartalado desastre que es la bandeja de entrada de mi correo personal.

Y esperé. Espere mucho tiempo.

Acto IX. El lamentable intercambio de correos


fuente: lufthansa

El dieciocho de marzo recibí un correo cuyo cuerpo, asquerosamente automatizado, venía a decir más o menos que estaban mirando lo mío, y que tuviese paciencia, que ya se encargaría alguien de sacar tiempo y ponerse a ello. Otro correo similar, con el mismo mensaje redactado de diferente manera, llegó a mi bandeja de entrada el dos de abril.

No voy a ponerme ahora a criticar el capitalismo y cómo los sucesivos recortes de personal, dejando a cuatro gatos haciendo el trabajo de cuarenta, subcontratas y otras pirulas del capitalismo destinadas a que un montón de gráficas muestren datos positivos y numeritos de color verde han logrando que los ricos sean más ricos y los mindundis como vosotros y como yo tengamos que acostumbrarnos a una realidad cada vez más gris en la que todo funciona peor porque no quiero repetirme. En lugar de eso os diré que alguien se puso finalmente en contacto conmigo, preguntándome en su email por el número PIR correspondiente a mi equipaje perdido o dañado.

Evidentemente, yo no sabía qué coño era un número PIR. Cansado ya de que Lufthansa (encarnada ahora en este nuevo agente) me solicitase números y códigos que parecía inventarse, respondí que no tenía uno de ésos, que lo que había pasado es que, por culpa de un retraso en la entrega de mi maleta, había tenido que adquirir un nuevo billete de tren, que a través de la web de Lufthansa no había podido reclamar el importe del mismo, y que ni por chat, ni por teléfono, ni en tres aeropuertos distintos habían podido ayudarme, que aún no sabía qué iba a pasar tras haber enviado un nuevo mensaje mes y medio atrás, y que Lufthansa me debía treinta y un euros con diez céntimos.

A los tres días, otro agente me hizo saber que Lufthansa sólo compensa equipajes perdidos o dañados, que mi problema no era su problema, y que muchas gracias o que disculpase las molestias.

Recordé entonces lo que dijo Sére Skuld aquella vez en el podcast Misterios y cubatas: "yo no quiero que la IA haga arte. Lo que quiero es que negocie con gilipollas por mí". Y, a pesar del asco que le tengo a esta tecnología, pensé: "pues es verdad, mira tú".

Acto X: La puta IA


fuente: lufthansa

Apaleado contra un rincón de este cuadrilátero que es la atención al cliente, decidí que sería la Inteligencia Artificial la que diese por mí los últimos golpes de un combate que claramente estaba perdido. Abrí por ello una sesión con ChatGPT:

Por culpa de un retraso de hora y media en la entrega de mi maleta en el aeropuerto he perdido el tren. Esto me ha obligado a comprar un nuevo billete de tren y considero que la compañía aérea Lufthansa debe hacerse responsable de su abono. No he podido tramitar la reclamación a través de su página web. Sus agentes de chat y teléfono no han podido ayudarme. Tampoco he tenido oportunidad de reclamar el importe del billete en tres aeropuertos distintos y, tras un nuevo intento a través de un formulario de contacto, el personal de soporte me ha informado de que Lufthansa sólo se hace responsable de equipajes perdidos o dañados, pero no de mi caso particular. Haciendo uso de cualquier información legal disponible que pueda defender y justificar mi causa, redacta un email de respuesta exigiendo a Lufthansa que me devuelva los treinta y un euros con diez céntimos que me debe.

Y la IA, que siempre te da una respuesta por errónea o absurda que sea, se sacó de la manga, ojo cuidao, que el Convenio de Montreal para la unificación de ciertas reglas para el transporte aéreo internacional de 1999, implementado en la ley de la UE a través de la Regulación (EC) número 2027/97, pese a establecer que las aerolíneas son responsables de los equipajes perdidos o dañados, no limita la responsabilidad a estos supuestos, haciéndose la misma extensible a gastos debidos a retrasos en las entregas. Y metió toda esta morralla en un email que también decía que yo estaba dispuesto a llevar este problema a las más altas esferas si no se me hacía caso.

Tal cual estaba aquello redactado, lo copié, lo pegué y lo envié, confiando en que alguien se tragase el farol. Esto ocurrió el siete de abril.

Al no recibir respuesta de Lufthansa, el veinte de abril envié un nuevo email preguntando por mi caso, confiando en que alguien se estuviese tragando el farol.

Al no recibir respuesta de Lufthansa, el cuatro de mayo envié un nuevo email preguntando por mi caso, confiando en que alguien se estuviese tragando el farol.

Finalmente, el veinticinco de mayo, un email lufthansero llegó a mi bandeja de entrada. En él, se me hacía saber que Lufthansa se pasaba mi reclamación y el Convenio de Montreal de 1999 por el forro de sus Términos y Condiciones (concretamente, por el artículo 14.1.7 de los mismos). Insistiendo, por última vez, en que yo sólo tenía derecho a reclamar si mi equipaje estaba roto o perdido.

Leí aquel definitivo mensaje varias veces y decidí tirar la toalla. Vale, mi equipaje no estaría roto ni perdido, pero tras este interminable periplo, quien sin duda estaba roto y perdido era yo. Y no habría departamento de atención al cliente capaz de arreglar algo así, por lo que sólo podía hacer una cosa al respecto: cagarme en Lufthansa.

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viernes, 16 de octubre de 2026

España tenía que ser IV. Ladrillos y música electrónica

Aún a sabiendas de que no me hago ningún favor bajo el punto de vista narrativo, me gustaría empezar esta entrada pidiéndoos que veáis estos seis segundos de vídeo, pues lo que ocurre durante los mismos es fundamental para comprender la historia que estoy a punto de relatar. No obstante, soy consciente de que a muchos os debe dar alergia abrir hipervínculos externos o algo por el estilo, así que por vosotros procederé a describir el contenido del audiovisual arriba enlazado:

Un corpulento hombre viste polo azul marino y porta un reloj de oro. Le acompañan al menos otros tres personajes, trajeados y apenas visibles. Tras él se encuentra una puerta de hierro enrejada que da paso a un espacio arbóreo. El protagonista sujeta con la mano del peluco un micrófono y se dispone a decir algo, acción que provoca la entrada en escena del verde canuto de la emisora de radio Onda Cero y de dos grabadoras. Su propio micro se encuentra conectado a un equipo de sonido destinado a amplificar el volumen de su voz, pero el protagonista se ve obligado a vociferar para poder hacerse oír por encima de un atronador coro de pitos y abucheos. Las palabras que pronuncia, podemos intuir, están dirigidas a los alborotadores situados fuera de plano:

—¡Pero qué cara de golfos y drogadictos tenéis! ¡Borrachos!

A quienes no tuvisteis el privilegio de experimentar la loca realidad espacio-temporal conocida como "la España de los noventa" os diré que el emisor de tan gratuitos ataques se llama Jesús Gil y Gil. Fue un empresario, político y, durante varios momentos de su vida y debido a diferentes causas, recluso que nació en El Burgo de Osma (Soria) en mil novecientos treinta y tres y protagonizó cientos de titulares y entradillas de informativos a lo largo de su carrera.

Se dedicó desde joven al mundo del ladrillo, y para que os hagáis una idea de sus métodos, recurramos a lo que ocurrió en Los Ángeles de San Rafael en el verano del sesenta y nueve. En esta localidad Segoviana levantó Gil un restaurante sin contar con permiso de obra, plan de construcción ni supervisión de un arquitecto. Para más inri, su inauguración se llevó a cabo con prisas (hay quienes afirman que con el cemento en las paredes aún fresco). A consecuencia de este cúmulo de despropósitos, el local se derrumbó durante un banquete; tragedia que se cobró la vida de cincuenta y ocho personas y por la que Jesús Gil fue condenado a cinco años de prisión.

No obstante, el empresario recibió el indulto de manos del gobierno de Franco a los dieciocho meses (por lo visto, debido a que su madre no paró de dar la turra por ministerios y dependencias gubernamentales solicitándolo), periodo durante el cual tuvo tiempo de meterse a los presos en un bolsillo y a los presidiarios en el otro gracias a su gran capacidad chanchullera de la que haría gala durante el resto de su vida. Vida que voy a intentar resumir al máximo quedándome con sus greatest hits.

En el ochenta y siete ganó las elecciones a la presidencia del Atlético de Madrid (ningún mangante magnate del ladrillo español sin su equipo de fútbol, claro que sí).

En el noventa y uno, siendo líder de su propio partido político (el Grupo Independiente Liberal, lo cual tiene su acrónima guasa), se hizo con la alcaldía de Marbella. Ostentaría dicho cargo durante once años, empalmando tres mayorías absolutas y convirtiendo la localidad malagueña en su tablero de monopoly particular.

En el verano de ese mismo año protagonizó el programa Las noches de tal y tal, un show de variedades emitido en la entonces recién nacida Tele5 que contaba con actuaciones musicales y humorísticas intercaladas con reflexiones sobre temas de actualidad por parte del propio Gil, quien aparecía en un jacuzzi rodeado de modelos en bikini. ¿Da repelús imaginar estas escenas? Sí, pero no tanto como el "rap" que el grupo The Pililos popularizó en la época, inspirado en toda esta mierda.

En el noventa y seis le endiñó una hostia al gerente del SD Compostela ante la sede de la Liga de Fútbol Profesional delante de varios testigos y cámaras de televisión.

En dos mil tres, cuatro años después de que la Fiscalía Anticorrupción interpusiera una querella contra él y su socio Enrique Cerezo por apropiación indebida, fue condenado a dos años de prisión. El Caso Atlético fue tan enrevesado que ya si eso os miráis vosotros los detalles cuando tengáis un rato libre.

Y en dos mil cuatro falleció a causa de un paro cardíaco provocado por una trombosis cerebral. O no, pues no se hicieron públicas imágenes del cadáver y las malas lenguas dicen que quienes portaron el ataúd el día de su entierro no es que tuviesen precisamente cara de andar cargando mucho peso. Vamos, que hay quien afirma que el féretro estaba vacío y Jesús Gil en alguna playa perdida en la otra punta del mundo riéndose de todos nosotros. Esta teoría de la conspiración es mi favorita junto con la que afirma que Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, es hijo ilegítimo de Fidel Castro (el cubano, mira tú por dónde, le regaló a Jesús Gil una cría de cocodrilo llamada Furia):

fuente: la voz de Galicia

Todo un personaje el señor Gil y Gil, ¿verdad? Y a todo esto, no he metido aquí ninguna imagen suya. Pero eso lo arreglo enseguida:

fuente: hbo

Ups, qué fallo. Esperad, que ahora sí os pongo una foto real de Jesús Gil:

fuente: twitter

Perdonad el lapsus. Pero entended que, atendiendo a la trayectoria del soriano, uno podría decir que Jesús Gil fue el Tony Soprano español. Aunque, ahora que lo pienso, sería más adecuado afirmar que Tony Soprano fue el Jesús Gil yanki, pues que yo recuerde, aquél no llegó a tener equipo de fútbol y alcaldía en un pueblo de la costa propios. Y el nombre del caballo de Tony era Pie oh my, que es una mierda si lo comparamos con el que usó Jesús Gil para bautizar a su équido: Imperioso.

Demos ahora un volantazo narrativo y hablemos de drogas. Y más concretamente, de cómo a principios de los noventa los consumidores de las mismas, buscando intensificar sus efectos, se pasaron del éxtasis al speed. A consecuencia de este cambio de dieta, la música electrónica que sonaba en las discotecas donde se ponían hasta el culo empezó a sonarles un poco lenta, lo que fomentó la aparición de nuevos ritmos más acelerados que dieron lugar a un género conocido como hardcore techno o breakbeat hardcore.

De entre todos los DJs que pinchaban temas de este género voy a quedarme con Liam Howlett, un británico que con tan sólo diecinueve añitos ya contaba con un importante grupo de fans que no se perdían ninguna de sus sesiones. Dos de ellos, Keith Flint y Leeroy Thornhill, se unieron a él y formaron así una curiosa banda en la que Liam se encargaba de hacer la música y los dos recién llegados de bailarla. Más adelante se incorporaría al proyecto el MC Maxim Reality, terminando así de dar forma a un grupo que sería conocido como The Prodigy.

Su disco debut Experience les dio bastante fama, aunque nada comparado con lo que lograrían seis años después al lanzar The Fat of the Land, un álbum que alcanzó el número uno de las listas de ventas británica y estadounidense, y que contaba con temas y samples que acabaron formando parte de la banda sonora de toda una generación.

Después vendrían más discos y más éxitos, junto con malos momentos como el fallecimiento de Flint en dos mil diecinueve, pero todo ello pertenece a una época muy posterior al objetivo de esta entrada. Sólo diré que en lo que a mí atañe (recordad que éste es MI blog), que yo a The Prodigy llegué tarde. Estaba al tanto de su existencia porque tenía el CD con la BSO de la peli Matrix y Mindfields era una de sus pistas. No obstante, no estaba entre mis predilectas, y yo solía pararme en su lugar en Rock is Dead, de Marilyn Manson, Spybreak!, de Propellerheads, Dragula, de Rob Zombie, Du hast, de Rammstein o, por supuesto, Wake up, de Rage Against the Machine. De hecho, la primera vez que escuché el The Fat of the Land de principio a fin fue ya en la década de los dos mil diez, una de las primeras veces que fui a visitar a mi novia (que por aquel entonces vivía en Madrid), ya que cuando fue a buscarme en coche a la estación el mencionado álbum, en formato casete, estuvo sonando en el equipo de música del vehículo.

Aclaro ahora que desde entonces The Fat of the Land es un recurrente en mis listas de reproducción, pero es de Experience del que voy a destacar un detalle. Y es que, ¿sabéis qué es lo que tenía ese disco, además de muy buenos temas?

Un número de teléfono.

fuente: amazon

Efectivamente, la parte inferior de la trasera de aquella carátula incorporaba un teléfono al que llamaron Nico Santiago y Jason Fox Male, dos chavales de diecinueve y veintiún años con más ganas de fiesta que conocimientos empresariales. Eran fans del grupo y esperaban así poder contactar con algún representante de la banda o de su discográfica, los muy ilusos, pues estaban intentando organizar un evento en la Costa del Sol que contase con su presencia.

Bueno, pues aunque no os lo creáis, aquello salió adelante. Acordando un caché de medio millón de pesetas (unos tres mil euros) y a condición de que la banda contase con limusina y hotel de cinco estrellas (aunque al final fueron a recogerles al aeropuerto en furgoneta y tuvieron que alojarse en una mansión alquilada ad hoc), The Prodigy actuaron en España la tarde del veintitrés de julio de mil novecientos noventa y cuatro.

¿Que dónde? Pues en el Banana Beach, un chiringuito de playa localizado ni más ni menos que en Marbella, feudo por aquel entonces de Jesús Gil.

fuente: theprodigyontour

A pesar de lo improvisado y pobremente organizado, el concierto fue un éxito brutal en el que también participaron otros intérpretes y DJs. Ocho mil almas espídicas (que no extasiadas) disfrutaron durante horas y horas de aquellos ritmos frenéticos.

Quienes no disfrutaron del show fueron los vecinos de la zona. Hartos del ruido, acudieron a quejarse al alcalde de la localidad. O lo que es lo mismo, a Jesús Gil y Gil, quien se personó en el Banana Beach con la intención de contentar a aquellos residentes que para él no eran más que votos con patas. La opinión que le suscitaban los asistentes a aquella loca rave era bastante diferente. Enlazando y citando nuevamente al empresario, político y, durante varios momentos de su vida y debido a diferentes causas, recluso:

—¡Pero qué cara de golfos y drogadictos tenéis! ¡Borrachos!

La fiesta tocó a su fin por obra y gracia del todopoderoso Gil, quien no contento con ello, ordenó derribar el chiringuito como si de un restaurante sin licencia de obra con el cemento en las paredes aún fresco se tratase. En el hueco que dejó el Banana Beach encajó una promoción inmobiliaria que, como no podría ser de otra forma, no cumple la Ley de Costas.

¿Os ha gustado la historia? Pues lamento comunicaros que es FALSA. A ver, The Prodigy actuaron en Marbella, y el Banana Beach fue cerrado y demolido y en su solar se erigieron tres complejos de apartamentos que, legalmente hablando, no deberían estar ahí. Pero Jesús Gil no increpó a los asistentes al concierto. O, si lo hizo, las imágenes no corresponden a ese momento. Si me dais unos pocos minutos más de vuestro tiempo os puedo demostrar tan valiente afirmación. Bueno, creo que lo correcto sería decir "tan valiente negación", ¿no? Da igual.

Resulta que mi yo escéptico despertó de su letargo al leer uno de los comentarios del vídeo que ha dado pie a esta larga entrada (os juro que originalmente iba a ser muchísimo más breve), el cual afirmaba que Gil estaba en realidad dirigiendo el sermón a aficionados del Atletico y no a los drogados asistentes al evento del Banana Beach. De ser así, se encontraría en la madrileña plaza de Cánovas del Castillo (hogar de la fuente de Neptuno en torno a la cual se congregan los seguidores colchoneros cuando de celebrar los triunfos del conjunto rojiblanco se trata) y no en Marbella.

Lo del metálico forjado y los árboles situados tras el soriano en el vídeo me había rechinado desde el primer momento, pues tal estructura no cuadra con el urbanismo de la cutre primera línea de costa marbellí. Aunque su presencia sería más creíble en los aledaños de la plaza de Madrid que en la localidad malagueña, no pude confirmar este hecho porque durante los pocos minutos que pasé metido en Street View no fui capaz de dar con la estructura en ninguno de los dos enclaves (también hay que tener en cuenta que las imágenes originales son del noventa y cuatro y que TODO ha cambiado muchísimo).

Buscando entonces argumentos a favor de la teoría del Banana Beach, eché mano de hemerotecas. Un artículo de El País de hace un par de años, y otro similar publicado en El Mundo dan fe de que Gil, efectivamente, protagonizó la bronca a la mañana siguiente del evento. Ahora bien, uno no debe fiarse mucho ni de un diario ni del otro. Entonces, ¿a qué recurrir?

Pues a Tiktok, mira tú. Concretamente, a este clip en el que otro momento perteneciente a la escena original, grabado desde diferentes ángulos, muestra que las imprecaciones gilianas no hacen mención a fiestas de ningún tipo y giran en torno al tema de la droga. Haciendo uso de esta nueva información, volví a adentrarme en ese laberinto de muros de pago y anuncios personalizados que es la hemeroteca de cualquier periódico y, de nuevo en El País, di con esta noticia, fechada tres años antes de que The Prodigy pisasen Marbella, y que relata cómo Jesús Gil "micrófono en mano y vistiendo calzón corto" se encaraba con un grupo de unos 150 jóvenes a los que gritó: "Sois la escoria, unos borrachos, drogadictos babosos, os voy a cerrar los bares y a echar de este pueblo". Dichos jóvenes no se encontraban precisamente de fiesta, sino que se habían desplazado a protestar al Club Financiero Inmobiliario, cuartel general de los chanchullos de Gil ubicado en el 72 de la Avenida Ricardo Soriano. Y si uno tira de Street View puede comprobar, ahora sí, que la fachada correspondiente a dicha dirección cuenta con dos elegantes entradas de puerta enrejada exactamente iguales a la que aparece en el vídeo original. Hala, caso cerrado.

Qué cosas, ¿no? Uno empieza una entrada queriendo hablar con cierto cachondeo de un sórdido episodio de nuestra historia cada vez menos reciente protagonizado por un aún más sórdido personaje y acaba emulando a Bob Woodward y Carl Bernstein.

A todo esto, ¿sabéis cuánto pesa un premio Pulitzer? Más que nada por ir buscándole un hueco en casa y tal.

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viernes, 2 de octubre de 2026

Calculando el paso del tiempo

Durante la temporada escolar 2000-2001 cursé tercero de ESO. Además de saltarme la clase de inglés y perder el respeto de mis compañeros por contar con un gusto musical superior al de todos ellos, debí enfrentarme a una asignatura de matemáticas que empezaba a ponerse cuesta arriba de verdad.

La ayuda que necesitaba para llevar a cabo semejante esfuerzo lectivo tenía forma rectangular y se llamaba calculadora científica, y aunque mi domicilio familiar contaba con uno de estos artilugios, la antigüedad del mismo (que le daba un aire de lo más interesante, todo sea dicho), le restaba practicidad a la hora de seguir un currículo adaptado al recién estrenado milenio.

Voy a dejar que juzguéis vosotros mismos si mi última afirmación es correcta enseñándoos la máquina. Y es que, mientras escribo esta entrada, aquélla sigue rondando por casa de mis padres. No sólo eso. Contra viento, marea y ácido de baterías, la pobre aún muestra un hálito de vida cuando uno pone su interruptor en la posición ON:

Siempre que una calculadora cae en mis manos compruebo qué es lo que hace cuando la pongo a dividir entre cero. Ésta en concreto dice E. Bueno, con eso de que está vieja y el display multiplica el resultado, dice EEEEEEEEEEE y a mí me hace mucha gracia porque mi sentido del humor es bastante especialito

Es posible que el relativo buen estado del aparato se deba a que en las últimas décadas no ha salido de esta funda de polipiel:


Esta Casio fx-140 es propiedad de mi padre desde un lejano día de finales de los setenta en que se la regaló su hermano (la web computinghistory.org.uk dice que su manufactura data de mil novecientos setenta y ocho, así que la historia cuadra). Éste, a su vez, la adquirió durante su viaje de fin de carrera a las Islas Canarias, en una época en la que el afortunado archipiélago era el bazar de España debido a ventajas fiscales y tal.

Hace ya mucho que los viajes de fin de carrera cuentan con destinos como Cancún, Bali u otros enclaves aún más lejanos; y si uno viaja a Canarias hoy en día esperando chollos en tecnología, puede esperar sentado (al menos su atención sanitaria es envidiable. Doy fe de ello). Digo esto porque necesito dejar claro que, al menos para mí, la fx-140 siempre constituyó una antigualla propia de una época pasada que NO me tocó vivir. Muy clásica, muy útil, muy eficiente y lo que vosotros queráis, pero una antigualla. Y yo, aclaro por segunda vez en lo que va de entrada, no podía presentarme con ella en mi clase de matemáticas de tercero de ESO durante el curso 2000-2001.

Así que compré mis padres pagaron esta flamante Casio fx-115W S-V.P.A.M:

En este caso, una división entre cero arroja un Ma ERROR en la pantalla; y lo de S-V.P.A.M. no he sabido que significaba "Super Visually Perfect Algebraic Method" hasta hoy mismo que me ha dado por buscarlo

Dos líneas que mostraban al mismo tiempo la operación y el resultado de ésta, indicaciones en las teclas con distintos colorines en función de la ídem matemática, una célula de energía solar para que no me quedase en bragas en mitad de un examen si fallaba la pila... Cuando me hice con este trasto estuve convencido de que adquiría un trozo de futuro. Además, nadie más la tenía, pues todos mis compañeros, carentes de personalidad ellos, acabaron haciéndose con la Casio fx-82 (bueno, todos no. Uno se presentó un día con una calculadora heredada como podría haber hecho yo, y el profesor de matemáticas le dijo que podría muy bien ser la calculadora de Pascal, pero que a aquellas alturas de la vida no le iba a llevar muy lejos).

Adquirí esta máquina tan chachi en la tienda de electrónica del centro comercial Vallsur de la que ya he hablado infinidad de veces en este blog (si Canarias era el bazar de España, aquel local era mi bazar particular), y durante los siguientes años fue mi fiel compinche cada vez que me tocaba enfrentarme a las razones trigonométricas, comprender qué eran la varianza, la desviación típica y demás morralla estadística, o contar hasta 1, hasta 7 o hasta F como hacen los ordenadores. Conceptos todos que a día de hoy, he de reconocer, ya se me han olvidado.

La teoría abandonó mi cerebro, pero la máquina se quedó en mi habitación entre otros tantos cacharros a la espera de que volviese a accionar sus teclas para enfrentarme a la ciencia de las cuentas. En su caso, la protección contra el paso del tiempo vino de mano de una tapa de plástico duro que ahora se muestra llena de arañazos causados tras entrar y salir cientos de veces en mochilas cargadas de material escolar y de realizar kilómetros de desplazamientos por mesas y pupitres:


Si hoy me he puesto a hablar de máquinas de hacer matemáticas muy rápido es porque, debido a razones que no os incumben, mi novia ha tenido que adquirir una calculadora científica para su propio uso. En dos mil veintiséis, un cuarto de siglo después de que yo comprase mis padres pagasen mi adorada Casio fx-115W S-V.P.A.M.

Y claro, me ha dado por hacer comparaciones. En primer lugar, los métodos de adquisición de ambos artículos: yo fui a una tienda física que ya no existe, interactué con un dependiente que ya estará jubilado o directamente muerto, quien abrió la caja de la calculadora delante de mis narices para confirmar que funcionase bien, aboné en metálico su precio y volví a casa. Por su parte, mi novia sólo necesitó abrir la web de Amazon, comprobar que las opiniones vertidas eran lo suficientemente positivas y, tras un puñado de clics, esperar a que una caja con esta TI-30X Pro MathPrint fuese depositada en nuestro buzón:

Error Division by 0 dice cuando, efectivamente, le pides que divida entre 0

En segundo lugar, he hecho una comparación entre el aspecto y la funcionalidad de su máquina y la mía. La recién llegada, si bien cuenta con la aburrida sobriedad propia de nuestro tiempo (hoy todos los edificios son grises, todos los coches son blancos y toda la ropa de H&M parece hecha para vestir soldaditos), sí que refleja cierta modernidad. Además, pesa menos que la mía y su display de puntos permite representar varias líneas, fracciones y hasta tablas de datos. Y sí, viene con una tapa de plástico incluida. Tapa evolucionada a la que le han salido cuatro topes de goma que sin duda ayudarán a limitar el número de rayones que mostrará su superficie cuando le toque entrar en matemático combate:


Mi novia ha adquirido un trozo de futuro, y yo he llegado a la inevitable conclusión a la que me han llevado las comparaciones que acabo de hacer: mi calculadora constituye una antigualla propia de una época pasada que SÍ me tocó vivir. Muy clásica, muy útil, muy eficiente y lo que vosotros queráis, pero una antigualla.

En otras palabras, que me he hecho mayor. Y esto es irrefutable, que lo dice una calculadora. Bueno, más bien lo dicen tres calculadoras.

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lunes, 14 de septiembre de 2026

Y van diez

Debido a que la serie de entradas sobre mi viaje a Argentina ha ocupado todas las semanas del verano que nos deja, llego tarde y mal a conmemorar un evento que tuvo lugar el pasado agosto. Resulta que este blog ha cumplido, atención, diez añazos.

Si os digo la verdad, yo soy el primero que no se lo cree. Y es que, cuando decidí allá por dos mil dieciséis que debía recoger por escrito las chorradas que me rondaban la cabeza durante los cuarenta y cinco minutos que me tiraba cada día caminando hacia la oficina, no imaginaba que fuese a mantener el ejercicio pasada una década. Y sin embargo aquí estoy. Celebrándolo.

Aunque, por otra parte, la efeméride me ha puteado un poco, ya que sacar de la nada una parrafada conmemorativa de longitud decente no me ha resultado nada fácil, lo que me ha obligado a pasar más horas de las que me gustaría reconocer pensando en cómo rellenar el hueco que le queda a este post.

No he querido tirar por lo lacrimógeno (más que nada porque ya gasté ese comodín hace cinco años), y como me da una pereza espantosa lo de echar la vista atrás y ponerme a rajar sobre todo lo que ha cambiado en estos diez años y cómo estaban las cosas antes y cómo están ahora y bla, bla, bla, al final he optado por huir en dirección contraria: si no quiero hablar del pasado, hablaré del futuro. Para ello, me voy a meter en el jardín de la contradicción. Permitidme que me explique.

Quienes me conocen bien saben de la tirria que le tengo al mundo del oráculo y sus seguidores: considero que todo aquel embaucador que se lucra echando cartas o leyendo líneas de la mano o similar debería estar en la cárcel, y que la creencia en el horóscopo debería ser motivo suficiente para suspender cualquier examen psicotécnico (este tema ya lo abordé con más detalle tiempo atrás, por cierto). Por otra parte, quienes me conocen aún mejor son conscientes de que no se me da nada mal representar el papel del susodicho embaucador al que he mandado a prisión al principio del párrafo (de esto también hablé en su día. ¿Qué queréis? Diez años de entradas dan para mucho).

Y ¿qué es lo que pretendo decir con esto? Pues que le voy a leer las cartas a la década que se viene porque soy así de sinvergüenza. Para llevar a cabo la brujeril tarea voy a hacer uso del Tarot del Romero, que es esta baraja tan chula diseñada por Asís Percales:

Sí, la muerte lleva brackets. Es parte de la magia

Y si esperáis una explicación acerca de cómo semejante objeto ha caído en manos... No os la voy a dar.

Teniendo en cuenta lo de que el blog cumple diez años y que estoy inventándome mierdas haciendo predicciones a diez años vista sobre el ser humano y el planeta, lo suyo sería recurrir a una tirada que constase de diez cartas exactamente y que se centrase en dichos temas, ¿no? Pues bien, NO OS LO VAIS A CREER. Tal tirada existe, y es conocida como la tirada de las cinco cruces. Sé que es la primera vez que oís hablar de ella, pero eso es porque os falta cultura tarotera, no porque me la haya inventado hace un momento.

Como su nombre indica, esta tirada cuenta con cinco cruces, cada una a su vez formada por una carta en vertical y otra atravesada en horizontal. Esperad, que os enseño la foto y así acabamos antes:

Y se necesita una mesa MUY larga

Cada cruz representa un concepto en particular, siendo la carta vertical la que hace referencia al concepto en sí, y la que la cruza en horizontal la dedicada a cómo el ser humano interactúa con él. Además, las cruces están dispuestas en una columna, ya que cada uno de estos conceptos tiene un alcance más amplio que el anterior.

¿Farragoso? Sí. Pero veréis cómo todo cobra sentido en cuanto os dé las explicaciones pertinentes.

La primera cruz, situada en el límite inferior, es la cruz del ser humano. Su carta vertical nos habla de la propia humanidad y de la vida humana, mientras que la horizontal de cómo la humanidad se relaciona consigo misma. O lo que es lo mismo: el cuidado de la salud, la sanidad.

Justo encima se encuentra la cruz de la casa. La carta vertical es la relativa a las posesiones de una persona; y la horizontal nos habla de la gestión que se hace al respecto. Vamos, de la economía.

La tercera es la cruz de la aldea. Por ello, la carta vertical es aquella relativa a la sociedad, y la horizontal al arte de gobernarla: la política.

En cuarto lugar se encuentra la cruz del mundo, y mientras que la carta vertical hace referencia a esa pelota que flota en el universo y sobre la que miles de millones de individuos nacen, crecen, se joden y mueren, la horizontal trata sobre aquello que dichos individuos hacen con los elementos que forman la pelota. Me estoy refiriendo a la tecnología.

Por último, y en lo más alto de nuestra columna de cruces se encuentra la cruz del cielo, cuyas cartas vertical y horizontal se asocian, respectivamente, con todo aquello que ocurre sobre nuestras cabezas (el medio ambiente y el clima) y el empeño que nosotros ponemos en cuidarlo o destrozarlo (la ecología). 

Ha quedado claro, ¿no? Ahora me gustaría poder responder a la pregunta que os estáis haciendo todos, pero yo tampoco sé de qué rincón de mi cerebro sale esta clase de chorradas. En fin, descubramos las cartas y veamos qué más se me ocurre.

Empezamos con la carta relativa al ser humano...


...y empezamos mal, pues sale el tres de bastos, con ese muchacho hecho un ovillo en primer plano. Un individuo aislado en un sistema de individuos aislados, estresados, nerviosos y tristes por culpa de todos esos problemas que el capitalismo causa y a la vez es incapaz de resolver (vamos, que a los psicólogos no les va a faltar trabajo). Destacando entre todos ellos una cada vez más grave crisis de la vivienda reflejada en esos tres palos mal apilados que apenas dan cobijo al pobre chaval. Me huelo una burburja inmobiliaria 2.0.

¿Qué decir ahora sobre el cuidado de la salud?


Aquí tengo buenas noticias para contrarrestar un primer vaticinio tan horrible. Ha salido el emperador, que representa poder, dominación. Ya, pero dominación ¿sobre qué? Pues habida cuenta de que en la carta hay un cangrejo, la referencia es clara: en los próximos diez años veremos cómo se desarrolla una cura efectiva de un tipo de cáncer (no me preguntéis de cuál en particular, que no quiero mojarme tanto). Pero si hasta el emperador lleva una bata blanca y el cangrejo está llorando. Yo no sé qué más señas queréis.

A continuación, la casa. ¿Qué nos depara el futuro con respecto a aquello que poseemos?


La torre. Una torre altísima y orgullosa erigida entre todos durante los últimos meses ladrillo a ladrillo. ¿Aquella vez que le preguntasteis a ChatGPT cuánto es 6 + 7? Un ladrillo. ¿El flyer que os dieron ayer por la calle en el que aparece un gatito con cinco patas? Otro ladrillo. ¿Ese vídeo horrible protagonizado por personajes de cuadros que cobran vida compartido por vuestro tío en un estado de Whatsapp? Otro más.

Una torre condenada a venirse abajo, que ya veréis cuánto nos vamos a divertir cuando la burbuja de la IA explote, demoliendo así la puñetera torre y arrastrando a todos los que, incluso sin haberlo querido, estamos dentro de ella.

Y ¿cómo nos vamos a portar al respecto? Descubramos la siguiente carta.


El cinco de oros. Cinco monedas y seis lágrimas porque va a tocar sufrir de más para poder recuperarnos del susto. Y es que ya se sabe cómo se capean las crisis del capitalismo (por cierto, ¿cuántas nos hemos comido ya en los últimos años? Porque yo he perdido la cuenta): vendrán recortes en servicios esenciales, el estado del bienestar se irá un poquito más a la mierda y las grandes empresas y grandes fortunas seguirán siendo grandes empresas y grandes fortunas porque nadie se atreverá a meterles mano como es debido. Ya sabéis, el mercado y tal.

La mariposita que aparece en la mitad inferior, por cierto, siendo como es símbolo de transformación y renovación, nos dice que la próxima década vendrá con un nuevo método milagroso diseñado en principio para forrarse ("bro, hazme caso, bro. Invierte en esto, bro, que lo va a petar, bro") pero que en realidad estará hecho de humo y que acabará metido en el mismo cajón de las estafas en el que ahora mismo están, entre otros, el bitcoin los NFT, y Fórum Filatélico. Al menos será divertido descubrir una vez más hasta dónde llega la creatividad de quienes pretenden colarnos estas mierdas.

Y ahora, la aldea. ¿Qué tienen que decir las cartas de ésta nuestra sociedad?


El loco. Permitidme que parafrasee a Marty McFly: "¿Qué nos ocurre en el futuro? ¿Nos volvemos gilipollas o algo parecido?". La respuesta (bastante evidente, por otra parte) os la podría dar despotricando de nuevo contra la IA y diciendo que el protagonista del naipe es el resultado de la adicción a la vagancia mental que asola el planeta y que no hará más que empeorar. Sin embargo, en esta ocasión voy a dejar que sea el paso de los años el que determine si tengo razón o no. En todo caso, ¿qué puede salir mal en una sociedad carente de crítica que padece un estilo de vida aceleradísimo (capitalismo, te estoy mirando a ti otra vez)? Veamos qué nos cuenta al respecto la siguiente carta de nuestra tirada.


Un rey. Pero no un rey cualquiera. El rey de bastos. La autoridad y la mano dura que cierto sector de la población proclama que nos hace falta sin pararse mucho a pensar en lo imbécil que hay que ser para soltar algo así. ¿Se vienen tiempos difíciles? Es muy probable. ¿Habrá que tomar medidas difíciles para salir de ello? Seguramente. ¿Intentarán los de siempre aprovecharse de la ignorancia general, echando balones fuera y buscando culpables donde no los hay, ensalzando a líderes de extrema derecha que con la excusa de imponer orden harán del mundo un lugar más triste y feo? No me cabe la menor duda. Ha pasado, pasa y pasará. Y esta carta me parece especialmente representativa, con un monarca que pretende proyectar fuerza y poder, metiéndose en guerras absurdas con vecinos de cerca y lejos, pero que sólo es capaz de mantener la pose gracias a ese cerdito sobre el que cabalga.

No creo que haga falta que lo diga, pero el cerdito es el capitalismo. Y si os cuesta ver la referencia, de ahora en adelante, cada vez que un aspirante a duce, fuhrer, caudillo o primer ministro de Israel asome la patita con sus soflamas, investigad un poquito para ver de dónde sale la pasta que mantiene su mierda a flote.

Mientras tanto, nuestro planeta, ajeno a nuestras absurdas rencillas, ¿tiene algo que decir?


Ay, qué bonito. Los enamorados. Algo positivo entre tanto mal augurio, ¿verdad?. Bueno, según se mire, porque igual vosotros veis a una romanticona pareja cuyos integrantes se aproximan cada vez más, sintiéndose, queriéndose, deseándose hasta que sus labios se encuentran, dando lugar a que la pasión estalle y una lujuria desenfrenada recorra sus cuerpos, que sienten escalofríos allá donde piel roza piel. Y la escena culmina de tal forma que, de describirla aquí, tendría que poner un aviso antes de cargar el blog preguntándoos si tenéis al menos dieciocho años.

Siento joderos el calentón, pero yo esa misma escena la veo siendo protagonizada por dos placas tectónicas porque quizá tenga problemas. Vamos, que se viene un terremoto de los gordos, de los de página propia en la Wikipedia. ¿Que dónde exactamente creo que va a tener lugar un sismo tan terrorífico? A ver, EL TAROT NO FUNCIONA ASÍ, ¿VALE?. Si queréis datos fiables preguntadle a un científico, que yo sólo estoy jugando con la estadística, la probabilidad y vuestros sentimientos.

Catástrofes aparte, ¿qué hay de la tecnología?


Pues aquí toca centrarse inevitablemente en el que podemos considerar el avance técnico más importante de nuestro siglo porque BP jamás permitirá que se desarrolle una alternativa al petróleo. Sí, estoy hablando una vez más de la Inteligencia Artificial. Ha salido el cuatro de bastos, pues cuatro son las empresas (Microsoft, Amazon, Google y Meta, evidentemente) que se harán con todo el pastel de la IA a base de talonario, obligando a los usuarios a pasar por su caja cuando de utilizar esta infame herramienta se trate. Para concluir la metáfora, ¿sabéis quién es el maromo que porta los bastos en el naipe? El capitalismo (sí, tengo que criticarlo cada dos por tres o no me quedo tranquilo). Y al igual que ocurre en el mundo real, parece fuerte y tal pero en realidad está en gayumbos, así que no os extrañéis si le da por pedir ayuda a su vigoréxico hermano (el fascismo) en caso de que le vaya mal. A la carta sobre política de hace un rato me remito.

Por otro lado, me da que Facebook va a desaparecer de aquí a diez años. Cruzo los dedos para que así sea.

Y ahora, alcemos la vista hacia el cielo y descubramos qué va a pasar con nuestro medio ambiente.


No, el clima no se va a suicidar, tranquilos. El colgado simboliza cambios de perspectiva, alternativas, diferencias, novedades... Por ejemplo, un Polo Norte navegable, una Corriente del Golfo comportándose como no lo había hecho hasta ahora, un Niño al que habrá que rebautizar como "El Adulto", termómetros alcanzando cincuenta grados centígrados en núcleos urbanos, vientos huracanados más propios de planetas sin atmósfera, islas desapareciendo bajo las aguas... Va a ser como vivir en un parque de atracciones divertidísimo si lo que os divierte es jugaros la vida. Y ¿qué vamos a hacer al respecto? Descubramos la última carta y salgamos de dudas.


Pues en este caso el vaticinio es bastante claro. Pudiendo elegir entre cuidar el medio ambiente DE UNA PUTA VEZ y no hacerlo, seguiremos optando durante los próximos diez años por la segunda opción. Y esas siete espadas clavadas sobre el tronco del árbol ante un sediento tigre representan siete desastres causados por la mano humana que veremos en las noticias. Tomad nota:
  1. Se va a hundir un petrolero.
  2. Va a haber un incendio gordísimo, como no se había visto hasta ahora, con una extensión de varias decenas de miles de bernabéus, en algún lugar del planeta en el que precisamente no sobran árboles. Provocado, por supuesto.
  3. Va a reventar una fábrica o planta de tratamiento químico, llenando por consiguiente la zona de gases chungos.
  4. Una especie invasiva va a liar la de Dios es Cristo en todo un ecosistema, haciéndolo irrecuperable.
  5. Un vertido industrial va a mandar un río importante al carajo.
  6. Se va a extinguir una especie animal bastante conocida.
  7. Va a pasar alguna mierda relacionada con la energía atómica. Desechos mal gestionados, o una fuga de una central o que a algún líder gubernamental especialmente gilipollas le dé por retomar las pruebas nucleares.
Hasta aquí la tirada. Qué chungo todo, ¿no? Tened en cuenta que hay gente ahí fuera que os habría cobrado cien euros por esto. Aunque quizá sin tanta negatividad, no sé. A pesar de todo y aunque no lo parezca, conservo un mínimo de esperanza, pero no la suficiente como para ponerme a hablar de ello. Además, se me ha ido un poquito la mano dándole a la tecla, por lo que vamos a ir terminando.

Sólo me queda añadir que, por lo que respecta a mi blog, no sé qué será de él de aquí a una década. Puede que mi cerebro se canse de inventar gilipolleces, o que la vida me pase la mano por la cara y me obligue a dedicarme a cosas más importantes, o que internet termine de romperse y haga el sitio inaccesible. Aunque quizá nada cambie y yo siga publicando contenido con cierta regularidad, ¿quién sabe? De ser así, me pongo y os pongo como deberes releer esta entrada allá por el remoto dos mil treinta y seis para que podamos reírnos todos un rato y respirar tranquilos al comprobar que, al igual que pasa cada vez que un tarotista sacacuartos abre la boca, todo lo que dije resultó ser falso.

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