lunes, 4 de mayo de 2026

Escena vandálica navideña pésimamente digitalizada

La acción transcurre en un patio. A la izquierda hay una hilera de jardineras blancas. En el centro, un embaldosado de disposición irregular. Y a la derecha, junto a un pozo cubierto por una gran chapa redonda y parcialmente oculto por una pileta que aparece en primer plano, hay una figura humana.

La imagen está siendo obtenida por mi padre, quien años antes de que transcurriesen los hechos que he comenzado a narrar compró una cámara de vídeo analógica a través de una caja de ahorros ya desaparecida. Al adquirir este bien de consumo le regalaron un juego de maletas que no tiene nada que ver con lo que pretendo contar, pero me gusta resaltar este detalle porque este es MI blog y aquí mando yo.

La cámara incluye funciones que van más allá del simple hecho de tomar imágenes, lo cual aporta un contexto a la historia. Por ejemplo, como el trasto permite imprimir la fecha sobre la película, en la esquina inferior derecha se muestra la inscripción "25 12 1999", verificándose así que la misma fue grabada hace décadas. Además, la imagen cuenta con un tinte verdoso fruto del uso de la visión nocturna de que dispone el artilugio.

Puedo afirmar entonces que se trata de una reunión familiar acontecida en Nochebuena y que són más de las doce.

El primer sonido que se escucha en esta película es la voz de mi padre, quien hace una observación acerca del mencionado prodigio tecnológico:

―Se ve como si fuera de día, macho.

Puede que sea una reflexión hecha en voz alta, o quizá se lo haya dicho a la figura que se muestra ante él. Dicha figura soy yo, y me encuentro encorvado (porque lo de la mala postura me viene de lejos) ante la tapadera del pozo:


El fotograma da fe de que la calidad del vídeo es malísima. La película original, registrada en una cinta VHS, junto con muchas otras que incluyen horas y horas de metraje obtenido durante diferentes acontecimientos domésticos, fue entregada a un supuesto profesional de la edición de imagen para su digitalización. El resultado de esta tarea fue desastroso: las tomas, que en formato analógico mostraban gran cantidad de detalle, han sido pasadas a digital con una definición paupérrima, y por si esto no fuera suficiente, faltan varios minutos de metraje a lo largo de la cinta debido a multitud de cortes abruptos que rompen la linealidad de las historias y hacen que muchos detalles se pierdan irremediablemente.

Cuando mi padre revisó el metraje en casa, acudió nuevamente al supuesto profesional para exigir explicaciones, pero éste justificó semejante chapuza con un "es que la máquina está estirando la cinta". Mi padre, en lugar de responder a tan barata excusa con un "estírame ésta, si ves que tal" (vale, esta contestación tan zafia se me acaba de ocurrir, aunque habría sido la hostia que lo hubiese dicho) solicitó una repetición del proceso. Lamentablemente, este segundo intento no dio un resultado mucho mejor.

Que yo podría haber hecho un esfuerzo por adecentar las capturas con un poco de edición de imagen, pero me da pereza. Así que con estos bueyes vais a tener que arar durante el resto de la entrada.

Volviendo a la escena, mi padre añade una segunda frase a su discurso:

―Cuidado, que jodes la tapa del pozo.

No hay duda que que esa frase sí que va dirigida a mí. Resulta que he colocado sobre la citada chapa una hueca torre de madera que elaboré días atrás y, sirviéndome de un mechero que no quiere darme su llama, estoy intentando prender un petardo alojado en su interior.

Yo, disfrutando del ejercicio de la pirotecnia. Hay que ver cómo hemos cambiado...

Haciendo caso de la paterna advertencia, procedo a cambiar de lugar la torre y me desplazo al extremo opuesto del plano. Durante mi recorrido, tropiezo con una tabla de madera que hay en el suelo; un gag fácil que provoca la aparición de risas de fondo.

No se trata de una pista de risas enlatadas. Son mis primos y tíos, que se encuentran fuera de plano detrás mi padre y están participando como público en el casero evento artificiero.

Finalmente, apoyo la torre en una de las jardineras:


―Vas a joder la maceta.

Esta nueva observación es pronunciada por uno de mis primos, pero a nadie más parece importarle que la integridad del elemento de jardinería esté en peligro. Mientras peleo con el agonizante mechero, uno de los adultos allí presentes me dice que tenga cuidado. Ante esta advertencia, mi primo apunta:

―No es de los que explotan. Es de los que hacen ñiiiii pum.

Tras aportar este tecnicismo, dialoga conmigo (que sigo intentando dar lumbre al puto mechero) buscando confirmación:

―¿Es uno gordo o es uno de ésos de lanzar?

―Uno gordo.

―Ah, joder.

Me rindo y me dirijo al lugar del patio donde se arremolinan mis expectantes familiares para que uno de ellos me haga entrega de un mechero funcional. Vuelvo entonces a situarme junto a la jardinera y la torre de madera y en ese momento mi padre estornuda como sólo puede estornudar un padre, provocando que tenga lugar una nueva ronda de carcajadas y que yo haga un jocoso comentario al respecto:

―Ése no estaba encendido.

Consigo prender al fin el petardo y salgo corriendo. La explosión, que apenas menea la torre de madera unos milímetros, no entusiasma a los presentes, y se escuchan algunos "meh" como reacción. Mi padre entonces inquiere:

―¿Cuál es el que ha reventado antes tanto?

―Uno de mecha negra ―respondo.

No hay registro audiovisual de la referida explosión, así que debo añadir detalles aquí. Los petardos "de mecha negra" son artefactos de gran potencia que he adquirido días antes en una tienda de artículos pirotécnicos, pues el quiosco que sumistra cohetes y petardos más flojitos no tenía permitida su venta. Su mecha, tal y como el sobrenombre indica, además de ser de color negro, es rígida, y bastante más larga y gruesa de lo habitual.

―Pues pon uno de mecha negra ―exhorta, en un alarde de responsabilidad, mi progenitor.

―No sé si va a caber en [CORTE]

Mi hermano se encuentra en el centro de la imagen:


Corretea unos instantes sobre el embaldosado irregular [CORTE]

Mi hermano, de nuevo y en primer plano, salta hacia la cámara y le propina un manotazo al objetivo:


Tras esta travesura, solicita a mi padre con su voz infantil que le deje grabar [CORTE]

Aparezco nuevamente, saliendo al patio desde el garaje y pasando entre mis primos y tíos. La cámara sigue mi desplazamiento mientras dialogo con mi prima acerca del material artificiero que traigo entre manos:

―Ése, ¿es de los de antes?

―No.

Llego al centro del patio [CORTE]

Sigo en el centro del patio y mi hermano pulula cerca pero huye ante la perspectiva de una nueva detonación. Sus risas demuestran que es el personaje que mejor se lo está pasando esa noche. Enciendo algo y me alejo corriendo del lugar buscando refugio:


La cámara recoge un fogonazo a ras de suelo cuyo brillo se ve incrementado por efecto de la visión nocturna:


Uno de mis primos rompe el silencio fruto de la ausencia de explosión por parte del brillante artefacto ya apagado:

―¡Pum!

La interjección provoca más risas entre los familiares [CORTE]

El petardo "de mecha negra" aparece en primer plano durante un instante:


Me dirijo con él al centro del patio [CORTE]

Estoy ahora junto a la pileta con el petardo de la mano. Mi primo se acerca a inspeccionarlo para después volver a buscar la protección de la puerta que da al patio mientras hace la siguiente observación:

―La mecha parece un cordon, me cago en... Parece un cordon, la mecha.

Mi hermano, pletórico, grita incongruencias, y yo me acerco con el petardo en la mano a la torre de madera que sigue reposando sobre la jardinera:


Mi hermano insiste en que quiere grabar, y mi padre hace un barrido que comienza donde me encuentro yo, pasa ante el infante y termina en la puerta del garaje que da al patio. Ahí se encuentran mis primos y tíos, apretujados como si fuesen los microbios que intentan entrar al organismo del Sr. Burns. Uno de mis primos indica a mi padre que no les enfoque a ellos y que me devuelva el plano mientras mi tío, a su lado, se tapa los oídos y encoge los hombros con un gesto de expectante pavor. Se produce entonces un barrido de vuelta hacia la jardinera y en ese momento cruzo corriendo ante la cámara tras haber encendido el petardo.

La torre de madera ocupa el centro de la imagen. De lo alto de la misma salen chispas fruto de la combustión de la mecha negra perteneciente al potentísimo artefacto que se encuentra en su interior a punto de estallar.


Todo el mundo guarda silencio ante el inminente bombazo [CORTE]

La cámara se mueve de lado a lado mientras va surgiendo un ruido de risas cada vez más fuerte.

―¿Qué ha pasao? ―pregunto.

―Han llegado trozos hasta aquí ―apunta mi prima.

La cámara pasa entre el pozo y la jardinera apuntando al suelo. Repartidos por éste hay varios trozos de madera.


La imagen ahora se dirige hacia la ventana de la cocina que da al patio [CORTE]

Un primer plano de la ventana de la cocina muestra que la persiana, completamente bajada, tiene un roto considerable que antes no estaba ahí:


A ambos lados del plano surgen sendas manos que señalan hacia el roto:


El murmullo de risas ha seguido creciendo hasta convertirse en una escandalosa risotada. Mi primo, tratando de sobreponerse, afirma:

―Han sido los atentados de [CORTE]

La jardinera vuelve a ocupar el plano. Se encuentra intacta pero no hay rastro de la torre de madera:


Mi padre realiza un barrido hacia la derecha. Me encuentro subido al brocal del pozo y estoy mirando a través del nuevo boquete de la persiana hacia el interior de la cocina:


Desciendo del brocal y camino hacia el centro del patio. Mi hermano, pletórico, comenta:

―El petardo ha hecho ¡ca-bum! [CORTE]

Estoy en el centro del patio, varios metros detrás de la hilera de jardineras, ante un delgado tubo de metal de mi altura sobre el que tiempo ha un pluviómetro indicaba la cantidad de lluvia caída. La rotura del enganche de dicho pluviómetro dejó parcialmente cegada la entrada del tubo:


Tras colocar un fuego de artificio sobre la cegada entrada del tubo y encenderlo, salgo corriendo, saltando por encima de las jardineras:


Es un cohete, que sale disparado y explota a varios metros del suelo. El cámara ha tratado de seguir su trayectoria sin éxito y ahora apunta durante un par de segundos a la copa del caduco manzano:


Ante este evento, mi primo comenta entre risas:

―El txupinazo de los sanfermines.

La cámara desciende de nuevo [CORTE]

El plano encuadra la parte del patio donde está el tubo de metal. Un artilugio pirotécnico más, sobre la tierra, termina de proyectar sus chispas. Llamo entonces a mi hermano para que se acerque conmigo a ver toda la tierra removida.

Tras realizar esta inspección, regresamos a la zona embaldosada y debatimos en qué sitio colocar el proximo petardo. Mi padre cree haber detenido la grabación pero no es así: la imagen, girada noventa grados, trepida y recoge imágenes de enclaves aleatorios del patio y de los familiares allí reunidos:


―En la papelera ―sugiero mientras señalo este elemento urbano que no sé cómo ha llegado hasta allí pero que meses más tarde hará las veces de tiesto donde crecerá una suculenta de gran tamaño.

―No fastidies, que rompes la papelera ―advierte mi progenitor tras enderezar la cámara―. Pon uno de los grandes en el tubo.

―No se puede ―respondo.

―¿Por qué?

―Porque el ése, lo del pluviómetro, lo de enganchar, esta ahí clavao.

Soy todo un erudito dando explicaciones. Por su parte mi hermano, inocentemente, sugiere que lo sitúe sobre una de las jardineras:


Decido que el mejor lugar para el ejercicio pirotécnico es el propio embaldosado.

―Vas a romper la baldosa ―alerta mi padre con preocupación.

―No, que son de las peonzas ―le tranquilizo.

―Y ésos, ¿que hacen? ―pregunta uno de mis primos, a quien su propio hermano se encarga de responder:

―Lo de bailar.

Me uno a su diálogo sentenciando:

―Lo mismo que éste.

Y arrojo uno en su dirección (sin encender, joder, que no soy un monstruo):


Procedo entonces a dar fuego al que está en el suelo y salgo corriendo nuevamente. Durante unos instantes se pueden apreciar muchas chispas que giran y dan sentido al sobrenombre "peonza" que acabo de utilizar:


Alguien declara que le parece muy bonito [CORTE]

Estoy de nuevo ante la vara de metal. Ahora las luces del cuarto que hay al fondo del patio están encendidas. Mi hermano se ríe de forma histérica haciendo el mismo sonido que uno de los cohetes que he estado tirando esa noche. Me aparto con cuidado del fuego de artificio recién prendido [CORTE]

Ahora me hallo junto a las jardineras, concentrado ante otro artificio que reposa sobre el tablón con el que tropecé al principio de esta escena. Escena que, reconocedlo, se os está empezando a hacer un pelín pesada. Lo enciendo y huyo una vez más:


Salen muchas chispas [CORTE]

Me encuentro ahora junto al tubo de metal queriendo encender otro petardo y por primera vez en la historia hago mención a "el rompepersianas" durante una conversación sin trascendencia que mantengo con alguien fuera de plano. Mis primos dialogan detrás de la cámara:

―¿Cuál es?

―Uno flojito.

Me aparto rápidamente y el petardo explota sobre el tubo. En efecto, es uno flojito.

―¿Pongo el rompepersianas ahí? ―pregunto a mi padre.

―Sí ―responde mientras vuelve a girar la cámara y se dirige al garaje, tomando sin pretenderlo una imagen en primerísimo plano que recorre los abrigos de los allí presentes. Desde la cochera, pregunta:

―¿Es de los que suben? 

Mi respuesta negativa provoca que mi primo aclare:

―Es un rompepersianas.

―Es un rompepersianas ―confirmo.

Tras dudar por unos instantes sobre su localización, mi padre sentencia con vallisoletano leísmo:

―Ponle en la tierra.

―Sí, y terminamos todos como mineros ―apunto jocoso. La cámara continúa girada noventa grados:


Insiste entonces en que haga estallar "uno de los gordos" (él aún no ha empezado a hacer uso del término rompepersianas) en la tierra. Varios familiares nos acercamos al centro del patio mientras mi padre, que claramente no sabe que sigue grabando, apunta a las alturas con el zoom al máximo, provocando así que prestar atención a la escena constituya todo un desafío durante los siguientes segundos. Finalmente, me hace entrega de la videocámara mientras me pide que desactive la visión nocturna [CORTE]

La ventana cuya persiana se ha roto minutos atrás ocupa ahora el plano, pero la imagen está siendo obtenida desde dentro de la cocina:


La cámara se aproxima hacia el boquete y una mano corre la cortina para que el mismo se pueda apreciar con más detalle:


Mientras se lleva a cabo el registro audiovisual del desperfecto, puede oírse parte de la explicación de los hechos que estoy dando (leísmo vallisoletano incluido) a quienes, desde el interior y ajenos a la sesión pirotécnica, se han llevado un susto considerable por culpa de este incidente tan gracioso:

―...Pero le colocamos dentro una torre de madera y [CORTE]

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viernes, 17 de abril de 2026

De lo que está hablando todo el mundo

El otro día, mientras mantenía una videollamada con mis padres, les conté que me había pasado la mayor parte del fin de semana dándole a la tecla, preparando contenido para el blog. Ante este dato, mi padre apuntó: "pues no has publicado nada nuevo", sin darme tiempo a aclarar que estoy reservando dicho contenido. Y es que, si todo va según lo previsto, tendré una serie de entradas para que os comáis durante el verano (y si hay algún imprevisto, me comeré yo mis palabras).

Sin embargo, mi progenitor tenía razón, ya que comencé el año a un ritmo de entrada semanal y últimamente el blog anda algo seco. Con la idea de poner remedio a esta situación, decidí que tocaba sacar algo, aunque no tenía muy claro sobre qué hablar.

Y entonces, por culpa de (o gracias a, que no lo tengo muy claro) Youtube, el tema del momento me pasó por encima. 

Resulta que, aunque no sigo sus canales directamente, el portal de vídeos, desde su página de inicio, suele recomendarme el contenido más reciente de varios youtubers relacionados con la teoría musical. Por lo general, cada uno de ellos va a su bola: que si un vídeo sobre tal progresión de acordes, que si el análisis de una banda sonora, que si "diez riffs de guitarra que te dejarán con el culo torcido"... No obstante, hay veces que todos se ponen de acuerdo y en un mismo periodo de tiempo publican sobre lo mismo. Sin ir más lejos, hace algunas semanas sacaron casi a la vez material criticando cómo la IA ha matado a la música (que yo pensé: "tendrán un grupo de Whatsapp para ponerse de acuerdo o algo").

Pues bien, como iba diciendo, el otro día se repitió esta situación. La primera miniatura alusiva era de Rick Beato. Más abajo, un vídeo de David Bennett también incidía en el tema, dando más información teórica. David Bruce vino después. Luego, Charles Cornell. Hasta creadores de contenido en español como ShaunTrack se habían subido al carro.

Sí. Vi muchos vídeos aquella mañana. Y yo también voy a daros la tabarra al respecto. Que no lo hago por el engagement, ni mucho menos, sino porque me he dado cuenta de que este blog ha acabado siendo mi diario personal (es raro que una de mis entrada supere las veinte visitas, la mitad de las cuales las suelo efectuar yo). Más de una vez he redescubierto posts viejos con detalles y anécdotas que había olvidado y que me hacen sentir bien conmigo mismo, así que ya que estoy, voy a aprovechar para saludar a mi yo de dentro de unos años cuando vuelva por aquí: hola. ¿Qué tal todo por el futuro? ¿Sigues teniendo pelo? Espero que todo te vaya bien y que en el momento en el que vives ya no exista el Estado de Israel.

Eso por si aún seguíais creyendo que yo estoy aquí por el engagement.

Sigamos. Yo ahora pensaba explicaros (y recordarme, atendiendo a lo que acabo de contar) cómo me sentí durante el rato que pasé ante la pantalla del ordenador. Para ello, pretendía usar una referencia a la serie Bob's Burgers en la que su protagonista, Bob Belcher, acude a un espectáculo llamado Cake en el que sus integrantes hacen juegos de chocar las palmas. Algo así como una mezcla entre Stomp y Mayumana. Aunque inicialmente no está muy convencido, lo que ocurre ante sus ojos le vuela la cabeza de tal forma que se convierte en un fan acérrimo de Cake.

Contado tiene menos gracia que enseñado, lo sé. Y os aseguro que he pasado más rato del que debería buscando dicha escena, pero internet ESTÁ ROTO (yo del futuro, espero que hayáis logrado resolver esta mierda) y no he dado con ella. Está en el octavo episodio de la segunda temporada. Ya tenéis deberes.

Intentemos remontar de este bajón. Pues eso, que yo empecé a reproducir los vídeos de Youtube arriba enlazados sin tener muy claro a qué venía tanto hype con Angine de Poitrine, y a los pocos minutos ya estaba revisando su calendario de conciertos para ver si alguno me pillaba cerca y descubriendo con gran pesar que ESTÁ TODO VENDIDO, oiga.

"Angine de quoi?" os preguntaréis algunos si es que queda alguien que no esté al tanto. Y no sé muy bien por dónde empezar a responder a esta pregunta. Diré en primer lugar que es un dúo musical de Quebec que, aunque ha llegado hasta aquí tras veinte años construyendo su estilo (según pude leer en un artículo de Eric Spitznagel porque sí, este tema también ha llegado a Substack), se ha popularizado recientemente, y todo el contenido que ha surgido hablando de su música y sus pintas no ha hecho más que amplificar el eco de su fama.

Hasta la propia web de Google hace el tonto al respecto.

Pero ¿por qué me han gustado tanto? Pues creo que por lo mismo que a resto de internet. La impresión general es que desde hace ya demasiado tiempo la música se compone por y para un algoritmo, y que la escena actual es un erial creativo agravado por la puta IA (hace semanas estuve comiendo con mi hermano en un restaurante asiático cuyo hilo musical sólo reproducía esta clase de contenido y me dieron ganas de incrustarme el jengibre en las orejas para tratar de librarme de semejante bazofia sonora). Y entonces aparecen estas dos criaturas, con un estilo que para poder ser entendido requiere de una base teórica que yo pretendo resumir en un puñado de párrafos.

Mirad esta foto de mi piano:

Cuando le conté a mi amiga que tenía un piano blanco me dijo entre risas "no hay color más feo para un piano que blanco". Pero es que hace juego con la mayoría de muebles de la habitación, leches

Andreu Buenafuente dijo cuando presentaba Late Motiv que un piano tiene demasiadas teclas, y creo que todos los que alguna vez hemos intentado tocarlo estamos de acuerdo. Sin embargo, es posible reducir su complejidad a las doce que en la imagen superior se sitúan entre el teleobjetivo que acabo de recibir (y con el que espero sacar mejores fotos desde mi ventana) y el llaverito del perro verde que me hizo mi madre a ganchillo hace años (he intentado tomar la misma imagen usando a mis gatos en vez de esos dos objetos pero me han dejado bien claro que no trabajan gratis porque tienen más conciencia de clase que todos vosotros).

Las teclas blancas reproducen las notas del do al si, y las cinco negras son bemoles o sostenidos según desde qué lado se les ponga el nombre. De esas doce, elegid siete con cierto criterio para formar una escala y tirad de dicha escala y de un compás de 4 por 4 para obtener el ritmo y... Enhorabuena, ya tenéis el noventa y cinco por ciento de las canciones que se han compuesto en occidente  durante los últimos doscientos años.

Y al igual que ocurre con las teclas del piano, los trastes en el mástil de una guitarra o un bajo, o los agujeros de una flauta os van a dar el mismo resultado. Las mismas doce notas. Y si hay más, es porque se repiten más agudas o más graves.

De todas formas, no penséis que esta limitación es fruto de la vagancia o de la falta de creatividad. Es que con esas notas basta y sobra. Por ejemplo, las dos notas que suenan en el icónico tema de Tiburón (un mi y un fa, o un fa y un fa sostenido dependiendo de a quién le preguntes) son consecutivas y bastante tensión aportan.

Pero Angine de Poitrine no hace música con doce notas. Sino con VEINTICUATRO (a esto se le llama música microtonal. Que yo pensaba titular esta entrada "No diga desafinado. Diga microtonal", pero no sabía si se iba a entender muy bien).

Es decir, que si yo quisiera reproducir alguno de sus temas en mi piano, no podría. En primer lugar, porque no cuento con nivel ni para intentarlo; y en segundo lugar, porque tendría que hacer uso de teclas que NO EXISTEN. ¿Cómo se explica entonces esta brujería? Pues resulta que Khn de Poitrine, la mitad de este conjunto, usa un instrumento especial, fabricado al uso, que combina bajo y guitarra cuyos mástiles tienen el doble de trastes. Dicho instrumento, ojo, está conectado a una serie de pedales gracias a los que crea loops sobre los que va construyendo cada intrincado tema. Una barbaridad.

Y por si esto fuera poco, añadid ahora los complejos compases que el otro integrante, Klek de Poitrine, marca a la batería, y comprenderéis por qué sus temas no se parecen a nada a lo que estamos acostumbrados.

Pero aún hay más, pues la música de Angine de Poitrine es sólo parte de la experiencia. Que he pasado por encima de ello varias veces, pero un conjunto musical con un nombre que en francés significa "angina de pecho" y cuyos miembros se llaman Khn y Klek promete más sorpresas.

Echad un ojo ahora a sus pintas:

fuente: le journal de Montréal
REDIÓS

Es que no sé con qué meterme antes. ¿Las máscaras? ¿Los gorros de papel maché? ¿Los estampados de puntos negros sobre fondo blanco o puntos blancos sobre fondo negro? ¿El hecho de que Khn de Poitrine actúe DESCALZO?

fuente: anginedepoitrine.com
Directed by Quentin Tarantino

Tras mencionar su música y su estilo, toca meterse con su performance: según ellos mismos, su género musical se define como "mantra-rock dadaísta pitagórico-cubista", a lo que yo sólo puedo añadir "desde luego que sí. Y yo que me alegro", y en sus apariciones en público se comunican en un idioma surrealista ilegible que requiere de un traductor para poder hacerse entender con la prensa. A esta loca entrevista me remito.

En la susodicha entrevista mencionan el vídeo que les lanzó al estrellato recientemente: una actuación para KEXP que mientras escribo esto ya lleva más de diez millones de visualizaciones y que incluye comentarios hilarantes: hay quien pregunta si actúan en bodas, mientras otro añade que quiere contratarles para su abducción. Otro usuario solicita que, cuando anuncien una gira mundial, aclaren en qué mundo tendrá lugar. Hay un comentario afirmando que así es como suena lamer una pila de nueve voltios...

Y ahora que ya estáis al tanto sobre qué es Angine de Poitrine, sigamos hablando de mí. Tras haber pasado un proceso de adaptación parecido al que os ha tocado tragaros si tenéis el cuajo de seguir leyendo esto, e invadido por el fanatismo, quise compartir el vídeo de KEXP con mi novia. A palo seco. Y ¿cuál fue su reacción? Os lo diré saliéndome un poco de la historia.

Años atrás, cuando vivíamos en Dublín, solíamos ir cada fin de semana a un cine del centro porque teníamos una suscripción que nos permitía ver todas las películas que quisiéramos pagando una tasa mensual. Durante una época, antes de cada proyección, uno de los anuncios que se emitían en la enorme pantalla buscaba concienciar sobre el tema de ahogarse (lo cual tiene sentido si consideramos que Irlanda está rodeada de mar y llena de lagos). En dicho comercial se alertaba de que lo peor de caerse al agua es el cold water shock, pues la baja temperatura del líquido elemento es lo que causa que a uno se le vaya la olla, no logre ser dueño de su hiperventilación y su taquicardia y acabe incluido en una triste estadística.

Digo esto porque, a los pocos segundos de empezar a reproducirse la performance, pude ver como mi novia, que estaba descubriendo en ese momento a Angine de Poitrine sin haber recibido las reglamentarias pautas sobre Angine de Poitrine, estaba sufriendo un cold water shock audiovisual, la pobre.

Luego añadiría que poco a poco, y en circunstancias mentales más apropiadas, podría intentar enfrentarse a ello. Y si recojo esta anécdota es para demostrar que nadie queda indiferente ante los de Quebec.

Finalmente, tras haberme convertido en poitriner y haber traumatizado un poquito a mi pareja involuntariamente, me quedaba la parte más importante: escuchar su música en condiciones, no trozos de actuaciones sacadas de vídeos de Youtube. Así que el otro día decidí aprovechar que cuando salgo a correr sólo me interrumpe la voz en off de mi reloj para decirme a cada kilómetro si voy deprisa o despacio, y me pasé por los tímpanos los dos discos que el dúo quebequés ha sacado de momento (que se llaman Vol. I y Vol. II. Olé sus huevos). Uno detrás de otro.

¿Cómo acabé? Pues a nivel físico, bien. La verdad es que me lo tomé con calma. Pero a nivel mental...

Tras más de una hora recibiendo por vía auditiva notas extrañas, compases laberínticos y acordes no registrados aún en mi subconsciente, me sentí como si mi cerebro se hubiese ido por su cuenta a las ferias para, tras atiborrarse de algodón de azúcar, montarse en todas las atracciones dos veces y acabar vomitando entre unos contenedores.

La semana que viene pienso repetir esta experiencia, faltaría más.

fuente: ledroit.com
Larga vida al mantra-rock dadaísta pitagórico-cubista

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lunes, 30 de marzo de 2026

Qué cruz

Hace más de dos años publiqué una entrada de la que estoy especialmente orgulloso porque la he releído varias veces y me sigue haciendo gracia en la que describía dos sucesos que presencié desde mi pisazo y que, al menos al principio, me causaron cierto sobresalto. Pues bien, hoy voy a hablaros de un tercero de dichos sucesos.

Antes, quiero decir que no es que yo sea precisamente James Stewart en La ventana indiscreta, pero paso un tiempo considerable pendiente de lo que hay ahí fuera: no sólo disfrutando de varios cafés a lo largo del día en el balcón contemplando nubes y gente que pasea perros cuyos nombres me invento mientras mi móvil y su pantalla diabólica se quedan encerrados dentro, sino también lanzando la mirada a través del ventanal que hay junto al escritorio para que mis ojos puedan descansar de vez en cuando de ocho horas diarias de monótono home office ante un monitor de ordenador.

Vivir en un sexto piso y que no haya edificios altos cerca me supone un privilegio cuando de mirar a través de dicho ventanal se trata, pues puedo contemplar las cumbres de tres colinas (aunque para mí, vallisoletano de los llanos Campos de Castilla, son montañas. Pero los austriacos se ríen de mi cada vez que lo digo. Y con razón, pues este país cuenta con elevaciones que las superan en cientos de metros) características: Shöckl, Sloßberg (le pregunté en su día a una amiga austriaca si Sloßberg significa "la montaña del castillo" o "el castillo de la montaña" y no fue capaz de responderme) y Plabutsch.

Pues bien, la ladera de esta última cuenta con un elemento que me provoca el susodicho tercer sobresalto: una enorme cruz. Algo así como la que hay en Paracuellos y que se puede ver desde la pista del Adolfosuárezmadridbarajas, pero infinitamente más malrollera.

¿Que por qué? Pues porque su visualización sólo es posible después del atardecer, ya que cuenta con una potente iluminación que destaca sobre la oscuridad del terreno que la rodea y es distinguible a kilómetros y kilómetros de distancia. Y aquí viene lo más espeluznante: este efecto sólo tiene lugar durante los días de Semana Santa.

Si Bécquer se hubiese enterado de esto, habría sacado una leyenda de la hostia.

Bueno, pues a mí este año no me iba a pillar el mal rollo por sorpresa. Sabedor del periodo de acción de la cruz luminosa, y tratado de recordar experiencias anteriores, calculé que la misma se encendería a un par de días del Jueves Santo.

Hablemos ahora del concepto jump scare.

En español se traduce como "susto que te hace saltar" o algo por el estilo, lo que no tiene tanta chicha. Es un recurso visual propio de pelis y videojuegos de miedo en el que una acción súbita le mete un susto (el mismo nombre lo indica, que no sé qué hago yo dando explicaciones a lectores a quienes considero lo suficientemente inteligentes como para llegar a la conclusión ellos solos) al espectador o jugador. Evidentemente, hay cientos de ejemplos, y no necesariamente en pelis de miedo. El Señor de los anillos tiene uno, en la escena en la que a Bilbo, codiciando la alhaja que le ha entregado a Frodo, se le pone la misma cara que a Íñigo Errejón en una manifa del 8M:

fuente: reddit
No sé en qué estaría pensando Peter Jackson cuando hizo esto, pero me cago en sus muelas

De hecho, la vida misma puede darte un jump scare. Como cuando un blanco se pone una prenda de color salmón:

fuente: twitter
Me duele reconocer que el chiste de la ropa no es mío, pero es que me viene demasiado bien en esta historia como para no meterlo aquí

¿Sabéis dónde tuvo lugar un jump scare el pasado sábado por la noche, víspera del Domingo de Ramos? Os doy una pista: yo me encontraba mirando por la ventana de mi piso con la seguridad de que nada al otro lado del cristal perturbaría mis córneas cuando...

-¡Coño!

Sí. Exclamé tan malsonante interjección (mi novia puede confirmarlo, que lo oyó desde el salón) debido a que la puñetera cruz (creo que esto constituye una blasfemia), días antes de que yo contase con su presencia, acababa de jumpscarearme:

Sí. Es esa mancha de luz a lo lejos. Da más mal rollo de lo que parece y si no os gusta la foto siempre podéis regalarme un teleobjetivo decente

El susto estaba dado y el daño estaba hecho. Una vez repuesto, me puse con el plan que llevaba meses tramando, consistente en primero localizar su situación y después plantarme allí para verla de cerca y comprobar si había algo especial en el lugar que mereciese el anual fenómeno.

No. No tenía nada mejor que hacer.

Lo de saber dónde estaba la cruz exactamente se me escapaba año tras año. Ya os he dicho que se puede ver de noche pero durante el día se camufla con el entorno. Sin embargo, esta vez contaba con mi nueva cámara de fotos (bueno, ya no es tan nueva. De hecho, me ha acompañado a Ptuj, a Navalosa y a otros sitios de los que tengo pendiente hablaros), la cual permite hacer filigranas nocturnas y captar más luz. Armado con este cuerpo fotográfico, y con un teleobjetivo tipo espejo bastante cutre y barato, hice una foto a medio camino entre el mal rollo y la vergüenza:

Insisto en lo de que me compréis un teleobjetivo

Pero bueno, lo pude compensar usando otra lente que, si bien no ofrecía tanto nivel de aumento, me había costado tres veces más, permitiendo una foto de mayor calidad que me ayudó a ubicar mi objeto de estudio:


Tocaba entonces esperar a que el sol volviese a salir. Al día siguiente (Domingo de Ramos. Que, por cierto, en mi casa solía decirse "Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos", lo que implicaba que cada año mi abuela me regalase en esta fecha un par de calcetines o unos calzoncillos. ¿Vosotros no hacíais eso? ¿No? Pues qué tristes sois) repetí la toma fotográfica y así puede hacerme una idea de hacia dónde ir:

Parecía estar en la parte alta de un claro en el que hay césped, junto a una especie de caseta o algo por el estilo. Por otra parte: ejem, ejem

Ahora tenía que ir a buscar la cruz de marras (creo que esto también es blasfemia). Originalmente, pensaba llevar a cabo esta acción durante alguna de las noches de la Pasión, convirtiendo el proceso en una interesante entrada en la que hablaría de las sorpresas que la oscura ladera tendría reservadas para mí. Pero una mezcla de sensatez y pereza (sobre todo pereza) me hicieron cambiar de opinión. En vez de correr riesgos, y teniendo en cuenta que Plabutsch es el escenario de mis entrenamientos de fondo de los domingos, iría allí corriendo.

No obstante, un nuevo contratiempo me hizo repensar mis planes: durante los días que tuvo lugar todo esto que estáis leyendo con infinita paciencia, un huracanado viento de los que arrancan persianas estuvo azotando la zona, por lo que la sensatez y la pereza volvieron a decirme: "¿sabes qué? Que mejor, no".

Pero yo tenía que salir de casa de todas formas, pues otras tareas requerían de mi asistencia. Concretamente, comprar pan para acompañar al almorzaco dominical de huevos fritos con bacon del que mi novia y yo habríamos de disfrutar más tarde ese día y echar un vistazo a Gata, ya que sus dueños estaban otra vez de viaje.

Decidido, entonces. Al paseo sustituto de la carrera con paradas en panadería y casa de Gata le añadiría una primera, situada en mitad de la colina. Hice un cálculo rápido de distancias y me di cuenta de que aquello más que un paseo iba a ser una caminata, y que los huevos fritos con bacon nos los íbamos a cenar en vez de almorzar. Esto causó que por tercera vez mis amigas Sensatez y Pereza me diesen un toque, sugiriéndome que me enfrentase a la distancia subido en mi bici.

A la distancia y al ya mencionado viento, aclaro, pues me tocó pedalear contra ráfagas que me sacaban lágrimas y me las colocaban en la nuca. Mi esfuerzo me llevó al pie de la colina, donde perdí todas las referencias de ubicación que había calculado desde mi casa (pero qué listo soy), y allí desmonté para después caminar un buen trecho por una empinadísima cuesta (y entonces quienes lloraron fueron mi gemelos) arrastrando mi vehículo de dos ruedas.

No, no me funcionan los cambios de la bici. Llevo meses queriendo llevarla a arreglar pero Pereza lleva meses diciéndome que no hace falta.

Intuyendo más o menos dónde estaría la cruz, calculé que tendría que adentrarme por caminos de tierra, por lo que dejé mi bici candada al pie de una de las últimas viviendas allí presentes (que si bastante esfuerzo suponía ir arrastrando una bici, no os quiero ni contar si llegase a tener alguna rueda pinchada, así que mejor no jugársela). Siguiendo mi intuición (algo que, por otra parte, nunca suele dar buen resultado), terminé atravesando por una zona en la que directamente no había ni camino. Bajo mis pies, una alfombra de hojas salpicada de piedras y ramas llena de desniveles auguraba una buena hostia de las que le hacen gracia a todos menos al que se la pega. ¿Alguna vez os habéis visto en una situación que os ha hecho preguntaros por qué cojones habéis acabado allí? Bueno, pues yo me hacía esa misma pregunta cada diez pasos, que era la frecuenta con la que sufría un tropiezo, un resbalón, o la hilarante combinación de ambos.

Pero esta torpe travesía dio sus frutos. Llegué a un familiar claro de césped (que yo pensé: "¿me estaré metiendo en una propiedad privada? ¿Y si lo último que oigo antes de cerrar sesión es un tiro de escopeta?") y en lo alto del mismo, majestuosa (y apagada por ser de día) me esperaba mi cita:


Por fin tenía ante mí al motivo de tanto susto Pascual. Aunque en el lugar no había ningún enclave de carácter religioso que explicase su presencia. Ni una triste iglesia prerrománica o alguna secta apocalíptica a la que poder unirme. Lo que sí que se encontraba a su pie eran unas gradas que aproveché para sentarme unos minutos a descansar:


También, ya que estaba allí arriba, disfruté de las vistas durante un rato:


Recuperado el aliento y satisfechos mis ojos, analicé el enclave. Además de la protagonista de esta entrada, allí había una guirnalda de luces de colores y unos bancos en torno a una mesa:


Qué extraño, ¿no? Aquello tenía pinta de ser un merendero o la casa de algún austriaco más flipado de lo normal para este país. Esta segunda teoría cobró fuerza cuando, dispuesto a largarme de allí, descubrí el detalle que me dejó con el culo aún más torcido si cabe: las estatuas.

Diseminadas por la zona, estatuas de diferentes animales desafiaban a mi sentido común. La primera, un perro o un mono, se podía vislumbrar desde las gradas, y de hecho sale en la foto de las vistas de la ciudad que he puesto un poco más arriba. Pero vosotros no os habéis dado cuenta porque no estáis a lo que hay que estar.

Invadido por la curiosidad, recorrí la zona retratando cada nueva representación. Allí había un jabalí:


Una cabra con un cuerno de menos detrás de la cual había desplegada una especie de pantalla:


Un ciervo, unicornidado también:


Un ¿mapache? ¿Tejón? ¿Zorro?

Que tuviese grabada una diana llena de lo que parecían ser perdigonazos me hizo volver a pensar en lo del tiro de escopeta y lo de cerrar sesión, pero al final aquellos agujeritos eran inocente porosidad del material

Un oso atado a un árbol:

Al ver esta estatua me acordé de Mitrofán y renové mis votos republicanos

Y no di con más ejemplares de esta singular fauna. De todas formas, nada más me quedaba por hacer allí (y yo creo que DEFINITIVAMENTE me había metido en una propiedad privada), así que di media vuelta y me enfrenté nuevamente a la tramposa alfombra de hojas que me hizo sentirme un concursante de Humor Amarillo.

¿Vosotros no veis un camino aquí? Yo sí porque no me quedó otra

Cerca ya del asfalto y la civilización, se mostró a mi izquierda lo que parecía la entrada a un refugio, un búnker, un zulo o vete tú a saber:


Pero no quise tentar a la suerte asomando la cabeza ahí. Además, aún tenía por delante la última prueba del día: descender en mi bici la empinadísima pendiente y no dejarme los piños en el intento. Para tal fin, recorrí cada metro con un cuidado extremo, apretando los frenos con fuerza. Y, por suerte en aquel Domingo de Ramos, no tuve que estrenar dentadura.

Eso sí, mi bici iba a tener que estrenar zapatas. Mira, así podría aprovechar para que me revisasen los cambios.

Así que al final todo fue bien. Bien también estaba Gata, por cierto:

Os envía saludos

Y bien estuvo el almuerzo, pero de eso no hice foto porque cuando tuve la idea ya me lo había comido. Es la ventaja que tiene el contar con todos los dientes, supongo.

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