lunes, 20 de julio de 2026

En otro hemisferio. La comida

Cuenta el ingeniero de sonido Geoff Emerick en su muy recomendable libro El sonido de Los Beatles que Lennon y McCartney compusieron por separado la primera y segunda mitades de A day in the life sin saber muy bien cómo empalmarían ambas partes, y que antes de que se les ocurriese el icónico crescendo orquestal que sirve de puente (minuto 1:44 para los ansiosos), se dedicaron a grabar lo que ya tenían en mente dejando un hueco de veinticuatro compases en blanco a rellenar más adelante.

Pues bien, salvando mucho las distancias, podría decirse que esta entrada son mis veinticuatro compases en blanco. Con el estío en marcha y un par de posts sobre mi viaje a Argentina ya publicados, tengo que enfrentarme una última vez al folio a la pantalla en blanco para llenar el único lunes del verano que a estas alturas aún no tiene una entrada completa adjudicada.

Quizá os resulte extraña esta tardía falta de contenido, y más aún teniendo en cuenta que, si el título de la entrada da lo que promete, mi idea es hablaros hoy de gastronomía gaucha y algo así no debería suponerme un esfuerzo mental demasiado grande (o, al menos, no tanto como la semana pasada). Sin embargo, si yo ahora empiezo con un "El tren proveniente de Ponferrada que nos recogió a mis padres y a mí en Valladolid llegó a la madrileña estación de Chamartín con unos minutos de retraso..." pensaréis que, una vez más, os la he metido doblada, ¿verdad?

El tren proveniente de Ponferrada que nos recogió a mis padres y a mí en Valladolid llegó a la madrileña estación de Chamartín con unos minutos de retraso. Sin embargo, aquel imprevisto no afectó a la agenda del día, por lo que podría haberlo omitido si no fuese porque me da miedo quedarme hoy corto de palabras. Un segundo ferrocarril (Cercanías en esta ocasión) nos depositó en la estación de Recoletos, y de aquí salimos definitivamente al exterior, donde nos recibió la luz de un caluroso sol de primeros de junio. Tras bajar por el paseo que comparte nombre con la estación llegamos a la Fuente de Cibeles, que ya se encontraba asediada por los preparativos de la visita-pifostio que el Papa León XIV realizaría a la capital dos días después:

He dicho "Cibeles" y en la foto sale el Palacio de Comunicaciones pero no la Cibeles. No me seáis quisquillosos que todo está en la misma plaza

En aquel entonces no era aún consciente de ello, pero los medios españoles darían a esta visita-pifostio una cobertura nunca antes vista, convirtiendo así la religión católica en deporte nacional durante casi una semana y al Santo Padre en una estrella del rock.

Tras torcer a mano izquierda recorrimos Alcalá parando cada diez metros para que mi madre y mi padre pudiesen sacar decenas de fotos. Finalmente, llegamos al destino principal de nuestro viaje y entonces quien sacó la foto fui yo:


Efectivamente, semanas atrás, y aprovechando que me desplazaría a Valladolid para asistir a otro evento del que seguramente os hable una vez termine con este follón veraniego, sugerí a mis padres que fuésemos a la Feria del Libro de Madrid. Y ambos, que se apuntan a un bombardeo, dijeron que vale.

En las dos horas y media que pasamos allí nos dio tiempo a ver prácticamente todos los puestos y casetas, y tanto mi padre como mi madre se hicieron con tal cantidad de libros que ahora podrían montar su propio stand. Yo no. Yo fui tan previsor como imbécil y no quise andar cargando con pesados volúmenes durante el resto del día (que no sé como me las apaño pero al final los ejemplares que me llaman acaban siendo los más gordos). Por ello, sólo me hice con un Principito en valenciano y se quedaron allí, entre otros:


Mi cumpleaños es en noviembre, por cierto.

Coincidiendo con el cierre meridiano de la Feria, abandonamos definitivamente el Parque del Retiro y caminamos hacia la siguiente parada del itinerario que llevaba tiempo programando en mi mente, pasando ante la horrenda Parroquia del Santísimo Sacramento:

Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y será fea, por lo visto

Por cierto, ya que estamos con el tema de estética arquitectónica eclesiástica de dudoso gusto, voy a aprovechar para colar aquí una anécdota que os va a encantar. Resulta que años ha, quedándose pequeña la parroquia de mi barrio para albergar a la grey de la zona, se decidió que el garaje sito frente al existente templo, una vez reformado y sacralizado, permitiría a los feligreses recibir los servicios litúrgicos de turno sin estrecheces. Coincidiendo con la inauguración de la nave reconvertida en capilla, tuvo lugar uno de mis intercambios con Francia, y en algún momento del viaje hablé del tema con una compañera de instituto con la que compartía parroquia. Mi disertación vino a ser algo así como: 

—Qué fea es la nueva iglesia del barrio, tú.

Mi interlocutora, con un gesto que disimulaba muy bien lo que pensó al oírme, pidió que confirmase mi sentencia:

—¿Tú crees?

Aquella pregunta dio vía libre a mi lengua viperina y entonces aproveché para quedarme de un a gusto que te cagas:

—Por supuesto. Es feísima, la hijaputa. Fea, pero fea, fea. Más fea que un coche por debajo. No la podían haber hecho más fea, no. Pero qué fea que es, coño.

Y entonces mi compañera hizo una observación sobre el edificio que ni me esperaba ni olvidaré jamás:

—La ha diseñado mi padre.

En fin, volvamos a Madrid. Yo os estaba diciendo que pasada la parroquia se encontraba la siguiente parada de nuestro itinerario. La susodicha parada de susodicho itinerario fue la cafetería SÃO, de la que salí con una caja llena de medialunas:


Pero de esto no voy a dar detalles ahora. Mejor lo dejo para dentro de un par de semanas.

Lo de la visita-pifostio del Sumo Pontífice nos vino bien, pues a raíz de la misma, y como medida disuasoria, el bus pasó a ser gratis durante aquellos días. Esto permitió que me aprovechase de la Iglesia Católica por segunda vez en mi vida (la primera fue durante, mira tú que casualidad, durante otro intercambio con Francia, cuando robé una vela de Notre-Dame que le regalé a mi abuela una vez de vuelta en Valladolid).

El destino de aquel viaje gratuito en colectivo explica el motivo de esta extraña entrada escrita tarde y mal. Hace semanas dejé caer que, meses después de nuestro viaje a Argentina, Lucre también visitó la capital del Reino y se sorprendió ante la cantidad de farmacias existentes (algo que a mí nunca me ha llamado la atención porque mis castellanos ojos deben estar hechos a ver luminosas cruces verdes por doquier).

Le recomendé que, ya que estaba, se acercase a Toledo y a Segovia. Su agenda le permitió hacerme caso a medias, por lo que disfrutó de la ciudad del Tajo pero se perdió el poder contemplar la que hasta la fecha sigue siendo mi estructura favorita en el mundo entero (sí, por delante del templo Todaiji, el Empire State o Angkor Wat, entre otros):

 Esta foto la hice dos días antes del viaje a Madrid cuya narración estáis sufriendo hoy porque sí, también estuve en Segovia. Mis visitas a Valladolid siempre son un no parar

Lucre, por su parte, me hizo una recomendación de tipo gastronómico, y ahora es cuando todo encaja: en vez de hablaros en detalle de lo que me llevé al buche en Buenos Aires o Mar del Plata, que sería lo suyo, os voy a enumerar el menú de una parrilla argentina del madrileño barrio de Lavapiés (a la cual telefoneé para reservar mesa mientras esperábamos al bus varios párrafos más arriba, temeroso de que estuviese llena hasta la bandera, para descubrir al cruzar su umbral que allí no había NADIE comiendo). Empezando por la provoleta que me metí entre pecho y espalda:


Siguiendo con las empanadas (unas de carne y otras de pollo), de las que tres cayeron en mi lado de la mesa:


Y terminando con la chocotorta. Chocotorta abundante y densa que me dio un ligero empacho de los de mirar al vacío durante unos minutos y preguntarse cosas, a pesar del café con leche que intentó sin éxito hacer más sencilla su deglución:


Hala, ya he hablado de comida argentina. Ya he cumplido. Muy rico todo, por cierto.

También hice una foto de mis padres entre plato y plato, pero no la voy a publicar aquí. No tanto por preservar su intimidad sino porque salen con la misma cara de alegría que los protagonistas del cuadro Gótico estadounidense de Grant Wood y eso no refleja el ambiente que vivimos durante nuestras horas en la capital madrileña.

Y ya que saco el tema del arte, os diré que el lento camino a la estación de tren pasó por delante del museo Reina Sofía (por cierto, me acabo de acordar de que hace años tuvimos durante unos días una araña metida en nuestra cocina de Dublín y la llamé "Reina Sofía" porque no hacía nada pero hubiese preferido que no estuviese ahí), de cuya fachada colgaban tres individuos que o bien eran limpiadores o bien eran artistas en plena performance. Haciendo un sacrificio considerable, habida cuenta del esfuerzo digestivo que mi organismo estaba llevando a cabo en ese momento, apunté mi cámara hacia arriba y retraté al trío, así que ahora vosotros podéis juzgar si aquello era arte o curro:


Y hasta aquí mi día en Madrid probando comida argentina por recomendación de Lucre. Al final he logrado sacar adelante una entrada de una longitud decente, oye. Así que si el tren con destino Ponferrada en el que partimos mis padres y yo desde Madrid hubiese llegado a la vallisoletana estación de Campo Grande con un ligero retraso, no habría sido necesario mencionarlo. De todas formas, no fue el caso, así que mejor aún.

Espero que mi historia os haya quitado el hambre. Y si la presencia de tanta comida en una calurosa jornada veraniega os ha dado sed, aguantad hasta la semana que viene, queridos hermanos, y seréis saciados.

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lunes, 13 de julio de 2026

En otro hemisferio. Dinero

¿Os gustó la foto que publiqué en mi anterior entrada en la que salgo regando el patio con cinco añitos? Durante aquella época estuvo vigente en España una ley no escrita que todos los chiquillos solíamos obedecer a rajatabla: los minutos muertos de antes de la hora de la comida debían destinarse a ver Los Simpsons en la tele. Por ello, quienes ahora rondamos la cuarentena somos básicamente enciclopedias andantes cargadas de conocimiento acerca de la serie yanki. Al menos, de sus primeras diez temporadas.

Cierto día por aquella época, no sé muy bien por qué, decidí saltarme la norma y me di un garbeo por mi barrio mientras esperaba a que llegase el momento de llenar el buche en lugar de pasar el rato ante la caja tonta. El azar quiso recompensar mi rebelde acción, y en un momento de aquel paseo vi tirada en el suelo una moneda de quinientas pesetas.

Al cambio, quinientas pesetas son tres euros, que es más o menos lo que cuesta hoy en día poner un pie en la calle. Pero otrora, y para un mocoso como el que fui, quinientas pelas constituían un dineral. Sintiéndome un nuevo rico, corrí de vuelta a casa tras recoger aquel tesoro y le comuniqué la noticia a mi padre, que se limitó a darme el siguiente consejo financiero:

―No te lo gastes todo en el quiosco.

¿Que si seguí su recomendación? Dejemos que sea un breve fragmento de la larga conversación que mantuve inmediatamente después con el quiosquero de mi barrio el que responda a esta pregunta:

―Y dos chicles Boomer de fresa... 

―Llevas gastadas trescientas veinte.

―Y una bolsa de monchitos...

―Trescientas treinta y cinco.

―Y tres regalices rojos...

―Trescientas cincuenta.

―Y una mariquita de chocolate...

No había visto una bolsa con tantas golosinas en mi vida. Y aún a día de hoy puedo sentir el peso de la misma. Aunque para pesada, la mirada de desaprobación que me dedicó mi progenitor cuando me vio volver a casa por segunda vez en aquel mediodía habiendo convertido en azucarado bien de consumo todo mi capital.

Esta imbecilidad financiera continuó siendo mi inseparable amiga a lo largo de los años. Os haréis una idea si os digo que lo único que soy capaz de recordar de la asignatura de Economía que cursé en el instituto no tiene nada que ver con los conceptos estudiados, sino con una situación que se dio durante una lección de dicha materia especialmente aburrida. Buscando luchar contra el tedio, dos compañeros y yo comenzamos a entonar el tema de Tiburón. Aquella representación fue subiendo de tono y terminamos a puro berrido, improvisando una escena de la peli con ruidos de mordiscos y gritos de víctimas playeras. La profesora, incapaz de creer que tres de sus alumnos se hubiesen arrancado a hacer el gilipollas tan descaradamente, nos echó del aula (con toda la razón del mundo, todo sea dicho), imponiéndonos como castigo que copiásemos todo el contenido de un número nada desdeñable de páginas del temario. 

Como estaréis imaginando, a día de hoy no recuerdo ni una palabra de aquello que me tocó reproducir.

Para terminar de convenceros, otro ejemplo bien reciente: hace un par de años, y con mi cabeza supuestamente asentada, mi jefe y yo mantuvimos una reunión durante la cual hablamos de la próxima jubilación de uno de mis compañeros. Y mi superior, que además de la relación laboral compartía con él una amistad de las de llevar a los chiquillos al mismo colegio y cosas así, me comentó que le estaba muy agradecido debido a ciertos consejos inversores bastante fructíferos. Y yo contribuí a su observación sentenciando:

―Pues yo todo lo que sé hacer con el dinero es tenerlo y gastarlo.

Espero que estos ejemplos dejen claro que mi conocimiento sobre el mardito parné es nulo. Eso sí, preguntadme lo que queráis acerca de Los Simpsons. Pero sólo de las primeras diez temporadas, insisto.

Bueno, pues así me presenté en Argentina, un país cuya economía podría calificarse como "peculiar" (en cierto punto durante el viaje le diría a Lucre: "no te ofendas, pero económicamente tu país es un circo de tres pistas". Y no sólo no se ofendió sino que me dio la razón). Y si no sé nada de dinero, de dinero argentino directamente no sé nada de nada. Y lo que es peor, a lo dicho hay que añadir que tenía un cacao considerable al respecto, pues Jorge (sí, con quien viajé a Tailandia, Camboya y Vietnam), tras haber estado él en el país sudamericano, me habló de tasas, de dólar oficial, de dólar blue y de cómo se las apañaba para cambiar euros por pesos sin que se la metiesen doblada, explicándome conceptos una y otra que vez que yo, una y otra vez, era incapaz de procesar.

Pero es que creo que Jorge en otra vida tuvo que ser estraperlista o algo por el estilo, que había que verle manejándose con los baths, los rieles y los dongs al colega.

Tampoco ayudó que Lucre me alertase acerca de las enormes comisiones existentes en los cajeros automáticos, o que me sugiriese, más en broma que en serio, que en caso de necesitar efectivo en moneda local en Buenos Aires localizase un "arbolito" sin darme más detalles al respecto, haciéndome así sentir como recién llegado a una dimensión desconocida y amenazante, tal y como le ocurre a Homer cuando, escondiéndose de sus cuñadas tras una estantería, atraviesa un portal al mundo tridimensional (La casa árbol del terror IV - Homer³. Temporada 7, episodio 6).

Vale, cierto es que estando allí pasamos parte de una mañana viendo un vídeo interesantísimo sobre la historia del peso argentino que ahora no logro encontrar para enlazar aquí, pero mi incapacidad para procesar datos económicos hizo que en cierto punto de la visualización mi cerebro me dijese "tú puedes quedarte, pero yo me piro", dándose una escena similar a la que experimenta el padre de la familia amarilla cuando no es capaz de soportar la detallada explicación sobre sidra que le da su vecino Flanders (Quema, bebé Burns. Temporada 8, episodio 4).

Al menos, por suerte para mí, el haber vivido el paso al euro me ayudó con la tasa de cambio, pues diez mil pesos equivalían, a ojo, a seis euros, y como seis euros equivalían a mil pesetas, me bastaba con echar mano de los cálculos que hacíamos cuando empezó a usarse la moneda común y quitarle un cero a los precios vigentes para calcular el valor de las cosas.

Dejo aquí este flyer que me dieron a la entrada de un restaurante en Mar del Plata para que, en caso de que algún argentino se pase por aquí en el futuro, compare los precios de dos mil veinticinco con los actuales y se sorprenda. O no

Vamos, que las quinientas pelas del principio de la entrada habrían sido cinco mil pesos si la escena hubiese tenido lugar en Argentina. Dicho así parece mucho dinero, pero no es tanto. Y se queda lejos de los veinte dólares que Bart y Milhouse se encuentran y utilizan para adquirir un fresisuis extra dulce en el Badulaque (Explorador de incógnito. Temporada 5, capítulo 8).

Tirando de este euroconversor mental me las apañé más o menos cada vez que me tocaba hacer una transacción. Eso sí, no dejaba de sorprenderme el que muchos negocios ofreciesen descuento a quien abonase su compra en efectivo en vez de con tarjeta, a pesar de que viví una situación parecida cuando estuve con mi novia en Estambul en dos mil veintipoco, con la economía mundial lamiéndose las heridas después de que el COVID le pasase por encima. En aquella ocasión, el dueño de un restaurante me rogó, al ver sacar mi tarjeta, que fuese al cajero de la acera de enfrente y le pagase en efectivo, alegando que al tener tantas deudas, lo que no cobrase en metálico se lo iba a quedar el banco directamente.

Ser un turista que tan sólo estaba de paso me permitía ver los toros desde la barrera, no sin cierto vértigo, pues existe todo un enjambre de promociones que cada establecimiento ofrece en Argentina basándose en el método de pago utilizado o en qué día de la semana es (os lo juro). Estar al tanto de la variedad promocional requiere de una app que las gobierne a todas, y cuando Lucre me hizo ver una tabla resumen al respecto estuve a punto de caerme de culo:

fuente: clash

Y por si algo así, pensado para el día a día, no fuese ya bastante mareante, el tema de la financiación directamente es de juzgado de guardia. Lucre me pasó una foto de un catálogo de aires acondicionados y ventiladores cuyo plan de amortizaciones e intereses me causó un dolor de cabeza como el que Bart le provoca a una Marge embarazada de Lisa a base de dar por saco aporreando cacerolas (La primera palabra de Lisa. Temporada 4, capítulo 10):


Vale, yo no sería un residente condenado a lidiar con el sistema, pero el mismo me atrapó en su vorágine en varias ocasiones. Concretamente, en aquellas en las que no me quedó otro remedio que pagar con tarjeta. La primera de ellas, el mismo día que aterrizamos y pasamos unas horas en Buenos Aires, ya que la cajera del Carrefour me hizo enseñarle mi pasaporte para confirmar que aquel rectángulo de plástico era efectivamente mío a pesar de que yo estaba haciendo un pago contactless que ni siquiera requirió que metiese el pin.

Días después, en otro supermercado, y viendo que nadie estaba haciendo uso de las autocajas, me dirigí a una de ellas para pagar por varias chucherías al tiempo que Lucre y sus padres hacían lo mismo en otra. Tras trabajar gratis para el establecimiento y tener todo embolsado, pasé mi tarjeta por el lector y la pantalla me pidió que introdujese mi DNI, lo que dio lugar a una conversación irreal con la empleada al cargo de las cajas automáticas:

―Disculpa, la máquina me está pidiendo que meta el DNI.

―Sí, es que tenés que introducir el número de DNI.

―Pero es que no soy argentino.

―Y ¿no tenés DNI?

―No, no tengo DNI argentino. Soy español.

―Pero, ¿cómo no tenés DNI?

Que en ese momento me dieron ganas de decirle: "dame un segundo, que se lo robo a alguien más débil que yo y así tengo puto DNI", pero el padre de Lucre hizo innecesario que le faltase al respeto a la sufrida trabajadora al hacer acto de presencia e introducir su propio número de identificación. Huelga decir que a la autocaja de los huevos le dio exactamente igual que aquella cadena de dígitos y mi tarjeta no tuviesen nada que ver, pues se pudo completar la transacción sin problema y ya sólo nos quedó enseñar TODOS los productos a la salida mientras el vigilante de seguridad los iba marcando uno a uno en el ticket de compra haciendo incluso comentarios jocosos sobre algunos de ellos.

Aquella mañana descubrí que los argentinos, si no utilizan las autocajas, no es por una cuestión de principios. Es por el coñazo que supone.

Lo bueno es que aprendí la lección, y la tercera (y última, que yo recuerde) vez que tuve que hacer uso de este método de pago en otro supermercado (en esta ocasión bonaerense), le dicté a la cajera con toda la naturalidad mi propio número de DNI español comiéndome la letra. Y coló.

Todo esto es, en líneas generales, lo poco que puedo contaros sobre el vil metal. Cuando empecé a pensar en escribir sobre mi viaje a Argentina supe y temí que tendría que dedicarle una entrada, y tras haber demostrado que la economía y yo somos agua y aceite, me siento satisfecho de haber podido soltar semejante turra, habida cuenta de que he sufrido un bloqueo mental de varias semanas durante las cuales lo único que se me ocurría contar por aquí es que los billetes de peso me parecieron muy bonitos y que me chocó que todos tuviesen el mismo tamaño:

Mi colección

Hablando de billetes, y para ya definitivamente demostrar que soy un completo zote desde el punto de vista financiero, adivinad quién volvió a Austria tras pasar semana y media en Argentina y, al deshacer el equipaje, se encontró un fajo de pesos por valor de cincuenta euros que había metido en su maleta uno de los primeros días para acto seguido olvidarse de su existencia.

En fin... ¿Quién tiene hambre?

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lunes, 6 de julio de 2026

En otro hemisferio. Fauna y flora

La semana pasada terminé prometiendo que hoy se hablaría aquí de animales y plantas, así que cumplamos.

Una vez pudimos abandonar definitivamente el aeródromo Jorge Newbery, Lucre y yo pasamos un rato al borde de la Costanera esperando al taxi que habría de meternos de lleno en un terrible atasco. Mientras aguardábamos a que llegase el vehículo, una cotorra argentina (aunque no sé si lo correcto en este caso sería llamarla "cotorra" a secas) posada en un árbol cercano me dio la bienvenida a Buenos Aires. O quizá me dijo de malos modos que me largase por donde había venido y que estaba hasta la cloaca de los seres humanos. No entiendo el cotorro, por lo que que no puedo confirmar qué tipo de mensaje me lanzó. De hecho, lo más probable es que su canto no estuviese dirigido a mí, así que más me vale rebajar un poquito mi nivel de antropocentrismo. Eso, y currármelo un poquito más la próxima vez, porque éste ha sido el peor arranque de entrada que he escrito desde que tengo el blog.

En fin, que yo ya estaba al tanto de la existencia de este tipo de pájaro, pues su presencia en España es considerada una plaga desde hace años y su sonido ya forma parte de la banda sonora ambiental de ciudades como Madrid. Mis oídos también estaban hechos a gorriones, palomas, urracas, alguna que otra cigüeña y, desde que me mudé a Irlanda (y después a Austria), cuervos.

Sin embargo, en Argentina experimenté trinos y graznidos que no había oído nunca, y eso se hacía raro. Como no quiero que la entrada me quede kilométrica sólo voy a mencionar a dos aves en particular que descubrí allí (lo cual es una forma muy sutil de decir que no me acuerdo o no me enteré de la existencia de más). En primer lugar, el benteveo, un pájaro de pecho amarillo que, como el miembro viril en la horrenda canción de Leonardo Dantés que no tenéis por qué escuchar, tiene nombres mil (bichofeo es mi favorito, por cierto).

Y en segundo lugar, un ave rapaz con pinta de pokémon chungo, de los que tienen mala follá, cuesta capturar y si te descuidas te queman la casa asegurándose de que sepas que han sido ellos. Y encima se llama carancho, que suena a mote de quinqui navajero.

Caranchos vi muchos por la calle, y sus picos y garras fueron motivo suficiente para que me mantuviese a cierta distancia de ellos en todo momento. ¿No me creéis cuando afirmo que estos bichos son unos mafias?, pues sabed que a la hermana de Lucre le jodieron las plantas del balcón. Y encima, no contentos con el crimen, volvieron al día siguiente con más ganas de gresca. Echad un ojo a la foto que hizo la citada víctima y que estoy publicando aquí sin su permiso:


También vi loros. Pero no de los que están en un zoológico regido por un hombre que no está bien de la cabeza, no. En libertad y revoloteando cerca de las paredes de un barranco:


Para terminar con el reino animal (en el contexto de esta entrada, no en general. Que no soy el CEO de Cargill), sólo me queda destacar dos criaturas que recuerdo de aquellos días en Argentina (sin contar los lobos marinos de los que ya hablé hace un par de semanas). Por un lado, el perrete más argentino del mundo, que pasó a mi lado mientras comíamos unos churros a la puerta del local El Topo:

Con su camisetita albiceleste y todo. ES QUE ME LO COMO

Y por otro, avispas. Que si las avispas a las que estamos acostumbrados en Europa ya joden bastante (a abril del pasado año me remito), las que anidaron a la entrada de la casa de los padres de Lucre eran su segunda evolución. Cuando su padre echó no sé qué mierda para quitárselas de en medio, me aseguré de encontrarme a buen resguardo dentro de la morada, imaginando que más que un picotazo, lo que podrían arrearme sería una cornada:

Otra foto que robo

Teniendo en cuenta que Lucre creció en este ambiente de insectos asesinos, no es de extrañar que en más de una ocasión, conversando acerca de jardinería de balcón, ella defendiese que el suyo siempre se hallaría libre de plantas cuyas flores pudiesen atraer a estos artrópodos voladores.

Yo no puedo decir lo mismo del mío. Mi balcón cuenta en este momento con multitud de plantas cuyos coloridos brotes le sirven de área de descanso a abejas y avispas (a las cuales mis gatos gustan de atacar porque son imbéciles. En las dos últimas semanas ya nos ha tocado desclavarles dos aguijones). Plantas que, he de reconocer, mientras escribo esta entrada están más sedientas que Tom Hardy en el minuto 33:57 de Mad Max: Fury Road y que más me vale regar cuanto antes.

Pero mi balcón también cuenta con huecos en los que tiempo ha existieron plantas que no lograron sobrevivir al clima austriaco y a mi pereza regante. Considerando dichos huecos, una idea empezó a formarse en mi mente el mismo día que la cotorra argentina me hizo creerme San Francisco de Asís por un rato. Y es que nuestra llegada al municipio bonaerense coincidió con la floración de los jacarandás: árboles de cuya existencia no supe hasta ese momento y que vestían de violeta las avenidas.


Vale, en la foto que hice no se ve el color de las flores porque me vine muy arriba usando el filtro vintage de mi cámara. Pero si lo hace Taylor Swift os parece de lo más aesthetic, ¿no?

Por cierto, tengo un temita pendiente con Taylor Swift. Ya os contaré.

Volviendo a las flores de jacarandá, y para que quede claro lo que intento describir, voy a robarle otra foto a Lucre que sí recoge con fidelidad el colorido que nos recibió:


Lo que se me ocurrió entonces, por si no lo habéis deducido vosotros mismos a estas alturas, fue traerme a casa un puñado de semillas de este árbol y hacerlo crecer en mi balcón. ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que aquello se me fuese de las manos y, como si de una cotorra argentina vegetal se tratase, mis jacarandás terminasen expandiéndose por toda la geografía europea, alterando el ecosistema y provocando una hambruna digna de tiempos medievales o novelas distópicas?

Vale. Y lo bonito que iba a quedar mi balcón en primavera, ¿qué?

Aquello se me antojaba fácil de lograr. Que puede que yo no fuese Íñigo Segurola, pero también había crecido en una casa con patio que, además de sufrir alguna que otra nevada ocasional y un pequeño incidente vandálico, contaba con vegetación de la que me había llegado a encargar en según qué ocasiones:

Tres añitos y medio tengo en esta foto

De hecho, os voy a contar una minianécdota para terminar de convenceros: mientras yo cursaba sexto de primaria finalizó un contrato que el ejército tenía con el Ayuntamiento de Valladolid, por lo que aquél tuvo que devolverle a éste unos terrenos situados en el Pinar de Antequera, al sur de la ciudad. Y el Ayuntamiento decidió reforestar lo que hasta entonces habían sido cuarteles e instalaciones militares, invitando a estudiantes de varios colegios a participar en la tarea.

Yo fui uno de esos estudiantes, y me volví de la excursión con un ejemplar de pino y otro de encina escondidos en la sudadera que procedí a plantar en el patio de mi casa aquella misma tarde. La encina no agarró, pero el pino llegó a crecer varios metros, así que estadísticamente las jacarandás tendrían una probabilidad del cincuenta por ciento de salir adelante en mi piso austriaco.

Y por si las matemáticas no supusieran suficiente aliciente, llegar horas después a casa de los padres de Lucre y descubrir su espectacular patio, que más que patio era una selva repartida en tiestos, terminó de convencerme.

Para que os hagáis una idea de la variedad y la vida que aquel lugar albergaba, una amiga que supo de mi estancia en Argentina me pidió que le llevase alguna flor de jazmín cuando volviese a Austria. Le transmití la solicitud al padre de Lucre, y éste me las consiguió de dos tipos. Y me preguntó si además quería de madreselva, que también tenían.

Vale que en Mar del Plata hay filtraciones que mantienen el terreno húmedo o algo así, pero el mérito venía de familia. Y es que días después, de nuevo en la capital del país y en esta ocasión en casa de la abuela de Lucre, volví a sufrir un síndrome de Stendhal botánico al hallarme en un segundo patio repleto de vida vegetal (incluidos un par de jacarandás que arañaban el cielo, mira tú).

Aprovechando que las había a puñados sobre la acera, pude hacerme con las ansiadas semillas una tarde que visitamos Tigre. Allí, por cierto, y aprovechando nuestro paso por un mercado, también compré varios sobres de ídem de flores autóctonas para que mi madre pudiese plantar en las macetas de su balcón de Valladolid (a mí también me viene de familia, por lo visto). En ese mismo mercado compré este calendario:

Al verlo, la hermana de Lucre apuntó que la leyenda parecía decir "Dios es mi refucio", a lo que respondí: "pues mejor me lo pones"

Y ya que estoy mencionando la tarde en Tigre, también saqué tiempo para mandar desde dicha localidad una postal a una amiga a la que mando postales siempre que tengo ocasión. De camino a la oficina de correos (un poquito a la puta carrera porque estaban a punto de cerrar) pasamos junto a un parque en cuyos árboles una bandada de cotorras argentinas atronaba a un volumen como nunca se ha oído de este lado del Atlántico.

Además de las semillas de jacarandá que me regaló el suelo, recogí varios ejemplares de clavel del aire (al día siguiente, la abuela de Lucre me daría aún más de los que crecían en su propio jardín). Y no sólo eso. Mientras me agachaba para hacerme con la simiente de jacarandá, el padre de Lucre recogió semillas de durazno que me entregó acto seguido "para que completase la alteración del ecosistema de Europa".

Con gente así da gusto cargarse un biotopo, ¿verdad?

Hagamos ahora una elipsis de un tercio de año. Recién estrenada la primavera europea, procedí a plantar las semillas:


Me hice con un saco de compost en la tienda de bricolaje que tengo cerca de casa y rellené varias macetas con él. Repartí entre ellas el contenido que me había traído y las deposité en el invernaderito socker que en más de una ocasión ha sido testigo de la muerte de cactus y suculentas. Durante las siguientes semanas me aseguré de que la tierra no se secaba pero tampoco terminaba encharcada. Y entonces...

Voilà

¿Queréis felicitarme? Pues no lo hagáis, que esa foto la hizo la hermana de Lucre y corresponde a las semillas que plantó ella en Mar del Plata. Mi intento, habiendo pasado no ya semanas sino meses, lucía así:


La simiente de durazno, por cierto, había corrido igual suerte. Y para completar el desolador cuadro, otro rincón del balcón albergaba los que otrora fuesen verdes claveles del aire, secos como la mojama.

Así que podéis estar tranquilos, que no voy a alterar ningún ecosistema.

En fin, más vale que me ponga de una vez a regar las plantas del balcón que aún siguen vivas, que mira que me gusta complicarle la vida intentando lidiar con cosas que no controlo. Y hablando de cosas que no controlo, la semana que viene: economía.

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lunes, 29 de junio de 2026

En otro hemisferio. Muchas respuestas a una pregunta

Un submarino (aunque esto ya deberíais saberlo, que lo conté en la anterior entrada), un monumento a San Salvador (patrono de los pescadores) que desde la escollera sur da la bienvenida a los barcos que llegan a puerto,


una pescadería con la mayor variedad de pescado que he visto en mi vida, pescadores que preparan sus redes y aparejos ante la mirada de un curioso lobo marino,


un restaurante de pescado frito junto al puerto que sirve raciones para cinco personas, un restaurante vasco que sirve tortillas de patata rellenas descomunales,


un frontón escondido dentro del restaurante vasco,


un restaurante-pizzería en el que es posible comprobar que el fernet con cocacola sabe mucho a pomelo, una cafetería ubicada en el piso vigésimo noveno de un apartotel cuyos comensales están más preocupados por sacar fotos de las vistas que por dar cuenta de sus consumiciones,


una cafetería con muchas alusiones a Japón que tiene grabado láser hasta en las sillas porque el dueño lleva años dedicándose a ello, un bar que también es sala de recreativas con una carta de bebidas que juega con la nostalgia de mi generación, una cafetería bastante pija en la que es posible desayunar medialunas rellenas,


una escultura de un pato que cada temporada renueva colores con los que representa a algún conocido negocio, un anuncio de Adidas en la misma plaza en la que se encuentra la catedral en el que sale Leo Messi cuya altura casi supera a la de la propia seo, una gigantografía dedicada al portero Dibu Martínez (a quien por cierto le han dedicado también un dinosaurio), dos equipos de fútbol de hinchadas irreconciliables: el Club Atlético Alvarado (de colores azul y blanco) y el Club Atlético Aldosiví (verde y amarillo),  un mercado de pulgas (o al menos el cartel que lo anuncia),


una tienda de artículos del hogar cuyos empleados tienen una curiosa y minimalista forma de interpretar el concepto "para regalo",


una tienda de artículos de deporte cuyos empleados tienen una aún más curiosa y minimalista forma de interpretar el concepto "para regalo" que consiste en meter el producto en una bolsa de plástico sin más, un comercio que estaba cambiando el cartel de la entrada cuando pasé por delante,


un supermercado con un pasillo entero dedicado al dulce de leche en el que se pueden comprar bloques de membrillo de varios kilogramos de peso, una cadena de supermercados que ha copiado de forma más que evidente a Mercadona y se llama Mercalito,


una heladería en un centro comercial que sirve helados que miden palmo y medio desde lo alto hasta la punta del cucurucho, otra heladería en la que se tarda más en leer todas las variedades de helado disponibles que en ser servido, una tienda de golosinas a granel que vende sugus de sabores de los que ni siquiera había oído hablar, una tienda de artículos de motocicleta que también es cafetería, un local que vende sanguchitos de miga cuyo nombre nadie es capaz de recordar (algo con "poemas", creo), una cadena de churrerías que se llama Manolo,


otra cadena de churrerías que se llama El topo y que tiene parte del cartel bocabajo a propósito,


un calendario en medio de una plaza hecho con piedrecitas que un funcionario del ayuntamiento se encarga de poner en fecha cada madrugada, un vendedor ambulante de lo que creo que eran arepas que llevaba toda la mercancía sobre la cabeza y se movía demasiado rápido para que pudiese hacerle una foto, una feria de galletitas a la que acudieron la reina y las damas de honor de la ciudad y en la que uno podía hacerse con muestras hasta empacharse, una playa en barbecho esperando a ser invadida por bañistas de todo el país en cuanto arranque el verano,


otra playa en la que la única zona de sombra tiene prohibido el acceso a bañistas por encontrarse demasiado cerca de un ruinoso acantilado, un socorrista que pasa más tiempo riñendo a los niños que juegan con los conos que delimitan la zona prohibida que vigilando a los bañistas, un vendedor ambulante de churros que recorre la playa con su mercancía, el frío Océano Atlántico,


un conductor de autobús con prisa que arranca a toda hostia cuando aún no he terminado de entrar en el vehículo y al que no le importa que de tres pasajeros uno viaje gratis porque el sistema sólo puede procesar dos billetes, una calle llena de baches que hacen saltar a los pasajeros de un autobús en sus asientos cuando éste pasa por encima a toda hostia, una avenida en pendiente que los locales comparan (no sin cierta sorna) con San Francisco, una enorme y brutalista gasolinera ubicada en un aún más enorme y brutalista parking,


una versión del paseo de la fama de Hollywood en el que han dejado sus huellas celebridades de la talla de Raphael o Xuxa, un bloque de pisos de más de cien metros que en lo alto tiene un enorme cartel luminoso con las letras H, A, V, A, N, N, y A (una de ellas, no recuerdo cuál, fundida) en referencia a la marca de alfajores, un museo de arte contemporáneo en cuya entrada se encuentra una enorme estatua de un lobo marino hecho con laminas metálicas doradas que representan alfajores, una cuenta de Instagram que publica a diario fotos de una esquina aleatoria de la ciudad y que premia a quien diga primero a qué dos calles pertenece, garitas para vigilantes de seguridad en las esquinas de los barrios más pijos, estudiantes que recorren las calles de la ciudad metidas en el abierto maletero del coche para celebrar el haberse graduado (en Argentina dicen "recibirse" en vez de "graduarse" y mi cerebro nunca ha sido capaz de procesar esta diferencia),


un salón de máquinas recreativas que cuenta con su propia pista de coches de choque y un hospital materno infantil cuya entrada constituye el sitio menos sospechoso para que Lucre y un desconocido puedan intercambiar monedas de colección sin que parezca que están traficando con droga.

Eso es lo que, así a botepronto, puedo responderos si me preguntáis que qué descubrí en Mar del Plata.

Bueno, y plantas y animales, pero de eso os hablaré más en detalle la semana que viene.

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lunes, 22 de junio de 2026

En otro hemisferio. Inmersión

Tras una noche reparadora que se llevó el cansancio acumulado fruto de un largo viaje y la frenética primera estancia en Buenos Aires que os describí la semana pasada, llegó la mañana de mi segundo día en Argentina. Lo primero que hice tras salir de la cama fue realizar un primer acercamiento al mate, algo de lo que no voy a dar más detalles aquí porque me lo guardo para otra entrada. Lo segundo que hice fue comer facturas, e intuyo que más de uno torcerá el gesto con incredulidad al haber leído algo así.

Permitidme que me explique: las facturas son lo que en España podríamos llamar bollería. Esta comparación hay que cogerla con pinzas, pues la variedad es ligeramente diferente a las napolitanas de chocolate o crema, las ensaimadas, los ochos (o lazos, según dónde los pidas) y las bambas, entre otros, a los que estamos acostumbrados a este lado del Atlántico.

No estoy al tanto de los nombres específicos que recibe cada factura, pero me da igual. Lo que importa de cara a la historia es, por un lado, que las facturas están riquísimas y, por otro, el detalle que los padres de Lucre tuvieron conmigo, sabedores de que yo ya había oído hablar de este elemento de repostería antes del viaje y me picaba la curiosidad. Y es que me hicieron entrega de varias facturas, apiladas en forma de pirámide y con una vela en todo lo alto, creando así una "tarta de facturas" (bueno, en realidad en Argentina una tarta es una torta, pero creo que bastante estoy complicando todo ya) con la que me felicitaron por mi trigésimo noveno cumpleaños.

Me hice entonces una pregunta que suelo formularme cuando me pasan cosas buenas e inesperadas y que suele responderse con un "no, ni de coña": "¿habrías pensado hace cinco años que celebrarías tu cumpleaños en Argentina comiendo facturas como si las fueran a prohibir?".

Ya que estamos en modo interrogativo, os hago una pregunta yo a vosotros: ¿pensáis que el día podría mejorar aún más? Aunque me imagino cuál será vuestra respuesta cuando sepáis dónde pasé el resto de la mañana: metido en un submarino.

Y no, aquí no tengo que dar explicaciones porque no estamos ante otra situación polisémica. Me estoy refiriendo a lo que la RAE define como una "nave capaz de sumergirse y desplazarse bajo la superficie del agua". Tampoco voy a dar detalles, ni a enseñaros fotos. A pesar de que recibí una explicación completísima de cada compartimento y elemento del sumergible, mi ajada memoria no guarda detalles de ello. Además, se me indicó amablemente que no tenía permiso para sacar la cámara a paseo estando dentro de aquel habitáculo.

Para compensar, os pongo a continuación una foto de los lobos marinos que había en la zona y a los que pude acercarme:

Todo en un día. Si es que tengo más suerte que nadie

Y ¿cómo relleno yo ahora el resto de la entrada? Pues ya que ha salido el tema del submarino, y haciendo gala de los volantazos que me gusta dar en este blog, voy a hablar de diez películas relacionadas con el tema que he visto recientemente.

No, no es broma.

K-19: The Widowmaker (2002) 


A la directora Kathryn Bigelow tengo que reconocerle que, tal y como experimenté al ver las también suyas The hurt locker y A house of dynamite, sabe ponerme tenso como pocas. La de K-19 es una peli entretenida en la que un submarino nuclear soviético se empieza a romper. Y aunque se supone que está basada en hechos reales, al final acaba siendo una americanada de las de "la Unión Soviética es caca y los Estados Unidos son lo mejor". Además, me pasé gran parte de la película pensando "ese actor que parece el hermano pobre de Colin Firth con resaca me suena de algo y no sé de qué".

Por cierto, Harrison Ford, su protagonista, pone esta peli a caer de un burro durante una aparición hilarante en el programa de Conan O'Brian porque el título de la misma le parece estúpido y no entiende por qué le eligieron a él para interpretar a un ruso.

Y el actor es Peter Sarsgaard, que salía en Dopesick (que si no la habéis visto, tenéis que verla YA). De eso me sonaba.

Crimson tide (1995) 

Esp/Arg: Marea roja

La película está ambientada en esa loca época tras el fin de la URSS en la que no estaba muy claro de qué lado iba a caer el gigante soviético. La tripulación del USS Alabama debe patrullar el Pacífico y se pone en alerta porque un grupo de rebeldes chechenos (recuerdo crecer en los noventa escuchando en televisión a menudo la palabra "Chechenia" sin saber muy bien dónde caía exactamente) han tomado una base nuclear con misiles cuyo alcance llega hasta Yankilandia. Y por culpa de un mensaje que les llega a medias, los integrantes del mando a bordo se pasan media peli a hostias porque no se ponen de acuerdo acerca de si unirse a la fiesta lanzando los suyos o no.

Si uno está dispuesto a tragarse patriotismo americano a cucharadas, se acaba divirtiendo. Como curiosidad, me dio por buscar en Reddit comentarios acerca de esta peli y por lo visto está llena de incorrecciones y fallos.

No, si ya me parecía a mí raro que se pudiese tener una pecera a bordo de un submarino...

fuente: imdb

Down periscope (1996)

Esp: Abajo el Periscopio
Arg: Locos a bordo

Comedia de los noventa con gags de los noventa. Aunque muchos de dichos gags no hayan envejecido bien del todo (lo cual también se podría decir de algún actor en particular que sale en la cinta), en general es una película bastante entretenida y me ha sacado unas cuantas carcajadas. Y a diferencia de otras en esta lista, apenas cuenta con patriotismo yanki exacerbado.

Como curiosidad, esta peli se reprodujo en el autocar que llevó a mi equipo de atletismo a no recuerdo qué carrera. A mi equipo de atletismo DEL OPUS DEI, he de aclarar, pues uno de los chascarrillos recurrentes en la historia gira en torno al hecho de que el prota tiene un tatuaje en el pene que se hizo estando borracho. Y más de un capillitas puso el grito en el cielo porque le parecía intolerable que los y las jóvenes de aquel club nos expusiéramos a contenido quasipornográfico como aquél.

Kursk (2018)

Esp: Sumergidos: Una historia verdadera
Arg: Atrapados: Una historia verdadera

Dramatización del episodio ocurrido en el año dos mil, cuando la sala de torpedos del submarino que da nombre a la peli se convirtió en chocapic y mandó el bicho al fondo del mar de Barents, provocando que los pocos supervivientes agonizasen en su interior esperando un rescate. Rescate, por cierto, que nunca llegaría a producirse debido a que por aquel entonces la marina rusa se encontraba en horas bajísimas. Y todo esto, mientras el recién elegido presidente Vladimir Putin estaba de vacaciones (que esto no sale en la película).

A pesar de que el final de la historia es conocido (yo recuerdo haber seguido esto por la tele), la trama juega con las esperanzas de los espectadores, pues en varias ocasiones parece que todo va a ir bien, y al final todo acaba yendo peor. Y aunque haya alguna escena que podría haber salido de la mente de un guionista especialmente flipado, la realidad de lo que pasó aquellos días en este caso supera a la ficción.

The hunt for Red October (1990) 

Esp/Arg: La caza del Octubre Rojo

Ésta no se basa en hechos reales, sino en un libro de Tom Clancy. A Clancy no le ganaba nadie en eso de fliparse con historias de temática militar, y para muestra este botón protagonizado por el capitán de un submarino soviético diseñado para mandar a los EE UU (y, colateralmente, al resto del mundo) a la Edad de Piedra. Menos mal que dicho capitán es bueno y se monta un plan para desertar y entregarle el sumergible a los yankis. Porque creo que ya ha quedado claro en lo que llevamos de entrada que Dios puso a Estados Unidos en el planeta para salvarnos a todos.

Nótese la ironía.

La peli está bien, con momentos de tensión y tal, pero tengo que reconocer que cierto punto en el que se complicó la trama coincidió con que se me cerrasen un pelín los ojos (que ya tengo una edad, tal y como he indicado al principio de la entrada), así que igual no disfruté de la historia todo lo que habría podido.

U-571 (2000)

Arg: La Batalla del Atlántico

Enésima película que busca vender lo buenos que son los EE UU y lo aún más buenos que fueron durante la II Guerra Mundial. En este caso, contando una historia en la que la tripulación yanki busca capturar un submarino nazi para robarles la Enigma y sus claves secretas. Que vale que eso ocurrió más de una vez durante el conflicto, pero fueron los British los que se mojaban el culo buscando esta clase de peces.

Si os soy sincero, el motivo por el que decidí ver esta película fue que entre su reparto aparece Bon Jovi (sí, ese Bon Jovi) y me picaba la curiosidad.

The Ghazi attack (2017)


Buscando cambiar un poquito de escenario que no tirase de II Guerra Mundial o Guerra Fría, di con esta cinta de producción India sobre un episodio correspondiente al conflicto que el país asiático lleva manteniendo con su vecino Pakistán desde hace ya varias generaciones. En concreto, el intento por parte de un submarino indio de hundir un ídem pakistaní que se les ha metido hasta la cocina.

Ni vosotros ni yo sabemos una mierda de dicho conflicto, así que ambos países, en vez de las dos poderosas naciones con armas nucleares que son, podrían ser aquí planetas del universo Star Wars, y estoy seguro de que esta peli os habría dejado igual que me dejó a mí.

Que vale que se nota quién la ha hecho y cómo representa a ambos bandos: los indios son los héroes que, spoiler alert, arriesgan todo por incluso salvar a civiles en pleno naufragio, y los pakistaníes son monstruos horribles con cara de cabreo permanente que sólo quieren ver arder el Golfo de Bengala.

La situación, como pasa siempre en esta clase de episodios, es más compleja. Pero esto es cine, no periodismo serio (o periodismo de broma) del de hacer análisis geopolítico. Así que sigamos con la lista.

Manatsu no Orion (2009)


De ésta no he encontrado información acerca de si fue distribuida en Argentina o en España (el título en inglés, traducido, vendría a ser algo así como Batalla bajo Orión o Últimas operaciones bajo Orión). De hecho, encontrarla en sí me ha costado un huevo. No sólo no está en ninguna plataforma de streaming, sino que mi barco pirata (ejem, ejem) ha tenido que navegar por las turbulentas aguas de páginas web en ruso y torrents de dudoso contenido para poder dar con ella. Y la única copia que he conseguido tenía el archivo dividido en CD1 y CD2. Así que imaginad el rato que tuve que echar.

Pero es que quería ver una peli de la II Guerra Mundial contada por el otro bando. Y en este caso, el sumergible protagonista pertenece al bando japonés, que tiene que resistir los ataques de un destructor yanki en las costas de Okinawa.

En cuanto a los detalles de la historia, y exceptuando que la línea temporal pega un par de saltos entre los años cuarenta y el presente para darle más chicha al argumento, pues... Nada que no hayamos visto en todas las anteriores: que si los de arriba arrojando cargas de profundidad, que si un rato de todo el mundo en silencio para no ser detectados, que si inmersión a más profundidad de la que permite el trasto con tuberías que revientan a causa de ello... Lo único que tiene esta cinta de particular (aparte de algunos planos cuya calidad hacen que parezca que fue grabada para ser emitida directamente en televisión) es la presencia de los kaiten: torpedos kamikaze que los japoneses más idos de la olla pilotaban contra las naves enemigas en un desesperado viaje de sólo ida.

Yellow Submarine (1968)


No me miréis así. He dicho "películas de submarinos" y ésta lo es.

Café para los muy cafeteros, esta cinta de dibujos protagonizada por una versión animada de los Beatles comienza con el ataque a Pepperland. Buscando acabar con su población, su cultura y su forma de vida, el ejército de los terribles Blue Meanies, o "Malvados Azules" arrasa todo lo que hay en pie y deja la zona convertida en un desolado erial blue (porque blue significa tanto "azul" como "triste" en inglés).

Que yo, mientras veía esta primera escena, no podía dejar de pensar: "qué casualidad, oye. Azul, como la bandera de Israel".

Uno de los habitantes logra escapar de la masacre en un submarino amarillo, y se dirige a Liverpool, donde pide a los fab four que le ayuden a echar a las fuerzas de ocupación. Así, convertidos en tripulación del colorido sumergible, los miembros del conjunto inglés recorren varios mares antes de llegar a Pepperland y darle a los soldados del IDF Blue Meanies la patada en el culo que se merecen en un viaje lleno de animaciones lisérgicas, juegos de palabras, videoclips y referencias a letras de algunas de sus canciones.

Ya os he dicho que es café para los muy cafeteros.

Das Boot (1981)

Esp: El submarino
Arg: El barco

Evidentemente, tenía que dejar para el final LA película sobre submarinos. Ambientada en mil novecientos cuarenta y uno, sus tres horas y media de duración se hacen cortas mientras la trama sigue la odisea a la que debe enfrentarse la tripulación de un sumergible alemán.

De todas las obras aquí recogidas, Das Boot ilustra como ninguna las difíciles condiciones a bordo de estos trastos, así como la angustia y la tensión que los marineros experimentan allá abajo mientras otros marineros allá arriba intentan que terminen de irse al fondo para siempre.

Los personajes llevan a cabo una interpretación brutal, y tras media película viendo cómo les van creciendo las barbas mientras padecen estrecheces y corren peligros, comparten fotos de sus novias y familiares o acuden al médico de a bordo para que se haga cargo de sus enfermedades venéreas, uno se olvida de que pertenecen al bando que pertenecen y, al igual que Pablo Motos en El Hormiguero, acaba empatizando con los putos nazis.

Por cierto, yo tenía pensado ver Das Boot libreta en mano y tomar nota de todas las veces que alguien decía "verdammt" (maldición), uno de mis vocablos favoritos del alemán. Sin embargo, tiré la toalla al poco de empezar porque aún no cuento con el nivel adecuado para entender cada palabra de este demoníaco idioma.

Y hasta aquí la sesión cinematográfica. Habéis venido pensando que os daría detalles sobre mi estancia en Argentina y os vais sin ellos y empachados de celuloide, pero a estas alturas ya deberíais saber que así es mi blog. De todas formas, intentaré compensar esta falta de contenido gaucho la semana que viene.

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