Cuenta el ingeniero de sonido Geoff Emerick en su muy recomendable libro El sonido de Los Beatles que Lennon y McCartney compusieron por separado la primera y segunda mitades de A day in the life sin saber muy bien cómo empalmarían ambas partes, y que antes de que se les ocurriese el icónico crescendo orquestal que sirve de puente (minuto 1:44 para los ansiosos), se dedicaron a grabar lo que ya tenían en mente dejando un hueco de veinticuatro compases en blanco a rellenar más adelante.
Pues bien, salvando mucho las distancias, podría decirse que esta entrada son mis veinticuatro compases en blanco. Con el estío en marcha y un par de posts sobre mi viaje a Argentina ya publicados, tengo que enfrentarme una última vez al folio a la pantalla en blanco para llenar el único lunes del verano que a estas alturas aún no tiene una entrada completa adjudicada.
Quizá os resulte extraña esta tardía falta de contenido, y más aún teniendo en cuenta que, si el título de la entrada da lo que promete, mi idea es hablaros hoy de gastronomía gaucha y algo así no debería suponerme un esfuerzo mental demasiado grande (o, al menos, no tanto como la semana pasada). Sin embargo, si yo ahora empiezo con un "El tren proveniente de Ponferrada que nos recogió a mis padres y a mí en Valladolid llegó a la madrileña estación de Chamartín con unos minutos de retraso..." pensaréis que, una vez más, os la he metido doblada, ¿verdad?
El tren proveniente de Ponferrada que nos recogió a mis padres y a mí en Valladolid llegó a la madrileña estación de Chamartín con unos minutos de retraso. Sin embargo, aquel imprevisto no afectó a la agenda del día, por lo que podría haberlo omitido si no fuese porque me da miedo quedarme hoy corto de palabras. Un segundo ferrocarril (Cercanías en esta ocasión) nos depositó en la estación de Recoletos, y de aquí salimos definitivamente al exterior, donde nos recibió la luz de un caluroso sol de primeros de junio. Tras bajar por el paseo que comparte nombre con la estación llegamos a la Fuente de Cibeles, que ya se encontraba asediada por los preparativos de la visita-pifostio que el Papa León XIV realizaría a la capital dos días después:
| He dicho "Cibeles" y en la foto sale el Palacio de Comunicaciones pero no la Cibeles. No me seáis quisquillosos que todo está en la misma plaza |
En aquel entonces no era aún consciente de ello, pero los medios españoles darían a esta visita-pifostio una cobertura nunca antes vista, convirtiendo así la religión católica en deporte nacional durante casi una semana y al Santo Padre en una estrella del rock.
Tras torcer a mano izquierda recorrimos Alcalá parando cada diez metros para que mi madre y mi padre pudiesen sacar decenas de fotos. Finalmente, llegamos al destino principal de nuestro viaje y entonces quien sacó la foto fui yo:
Efectivamente, semanas atrás, y aprovechando que me desplazaría a Valladolid para asistir a otro evento del que seguramente os hable una vez termine con este follón veraniego, sugerí a mis padres que fuésemos a la Feria del Libro de Madrid. Y ambos, que se apuntan a un bombardeo, dijeron que vale.
En las dos horas y media que pasamos allí nos dio tiempo a ver prácticamente todos los puestos y casetas, y tanto mi padre como mi madre se hicieron con tal cantidad de libros que ahora podrían montar su propio stand. Yo no. Yo fui tan previsor como imbécil y no quise andar cargando con pesados volúmenes durante el resto del día (que no sé como me las apaño pero al final los ejemplares que me llaman acaban siendo los más gordos). Por ello, sólo me hice con un Principito en valenciano y se quedaron allí, entre otros:
- España brutal, de Alejandro García Alcántara
- Dentro del Laberinto. Bestiario, de Iris Compiet, S.T. Bende y Toby Froud
- Cancionero popular, de Federico García Lorca
- Visit Spain, de Ramón Masats
Mi cumpleaños es en noviembre, por cierto.
Coincidiendo con el cierre meridiano de la Feria, abandonamos definitivamente el Parque del Retiro y caminamos hacia la siguiente parada del itinerario que llevaba tiempo programando en mi mente, pasando ante la horrenda Parroquia del Santísimo Sacramento:
| Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y será fea, por lo visto |
Por cierto, ya que estamos con el tema de estética arquitectónica eclesiástica de dudoso gusto, voy a aprovechar para colar aquí una anécdota que os va a encantar. Resulta que años ha, quedándose pequeña la parroquia de mi barrio para albergar a la grey de la zona, se decidió que el garaje sito frente al existente templo, una vez reformado y sacralizado, permitiría a los feligreses recibir los servicios litúrgicos de turno sin estrecheces. Coincidiendo con la inauguración de la nave reconvertida en capilla, tuvo lugar uno de mis intercambios con Francia, y en algún momento del viaje hablé del tema con una compañera de instituto con la que compartía parroquia. Mi disertación vino a ser algo así como:
—Qué fea es la nueva iglesia del barrio, tú.
Mi interlocutora, con un gesto que disimulaba muy bien lo que pensó al oírme, pidió que confirmase mi sentencia:
—¿Tú crees?
Aquella pregunta dio vía libre a mi lengua viperina y entonces aproveché para quedarme de un a gusto que te cagas:
—Por supuesto. Es feísima, la hijaputa. Fea, pero fea, fea. Más fea que un coche por debajo. No la podían haber hecho más fea, no. Pero qué fea que es, coño.
Y entonces mi compañera hizo una observación sobre el edificio que ni me esperaba ni olvidaré jamás:
—La ha diseñado mi padre.
En fin, volvamos a Madrid. Yo os estaba diciendo que pasada la parroquia se encontraba la siguiente parada de nuestro itinerario. La susodicha parada de susodicho itinerario fue la cafetería SÃO, de la que salí con una caja llena de medialunas:
Pero de esto no voy a dar detalles ahora. Mejor lo dejo para dentro de un par de semanas.
Lo de la visita-pifostio del Sumo Pontífice nos vino bien, pues a raíz de la misma, y como medida disuasoria, el bus pasó a ser gratis durante aquellos días. Esto permitió que me aprovechase de la Iglesia Católica por segunda vez en mi vida (la primera fue durante, mira tú que casualidad, durante otro intercambio con Francia, cuando robé una vela de Notre-Dame que le regalé a mi abuela una vez de vuelta en Valladolid).
El destino de aquel viaje gratuito en colectivo explica el motivo de esta extraña entrada escrita tarde y mal. Hace semanas dejé caer que, meses después de nuestro viaje a Argentina, Lucre también visitó la capital del Reino y se sorprendió ante la cantidad de farmacias existentes (algo que a mí nunca me ha llamado la atención porque mis castellanos ojos deben estar hechos a ver luminosas cruces verdes por doquier).
Le recomendé que, ya que estaba, se acercase a Toledo y a Segovia. Su agenda le permitió hacerme caso a medias, por lo que disfrutó de la ciudad del Tajo pero se perdió el poder contemplar la que hasta la fecha sigue siendo mi estructura favorita en el mundo entero (sí, por delante del templo Todaiji, el Empire State o Angkor Wat, entre otros):
| Esta foto la hice dos días antes del viaje a Madrid cuya narración estáis sufriendo hoy porque sí, también estuve en Segovia. Mis visitas a Valladolid siempre son un no parar |
Lucre, por su parte, me hizo una recomendación de tipo gastronómico, y ahora es cuando todo encaja: en vez de hablaros en detalle de lo que me llevé al buche en Buenos Aires o Mar del Plata, que sería lo suyo, os voy a enumerar el menú de una parrilla argentina del madrileño barrio de Lavapiés (a la cual telefoneé para reservar mesa mientras esperábamos al bus varios párrafos más arriba, temeroso de que estuviese llena hasta la bandera, para descubrir al cruzar su umbral que allí no había NADIE comiendo). Empezando por la provoleta que me metí entre pecho y espalda:
Siguiendo con las empanadas (unas de carne y otras de pollo), de las que tres cayeron en mi lado de la mesa:
Y terminando con la chocotorta. Chocotorta abundante y densa que me dio un ligero empacho de los de mirar al vacío durante unos minutos y preguntarse cosas, a pesar del café con leche que intentó sin éxito hacer más sencilla su deglución:
Hala, ya he hablado de comida argentina. Ya he cumplido. Muy rico todo, por cierto.
También hice una foto de mis padres entre plato y plato, pero no la voy a publicar aquí. No tanto por preservar su intimidad sino porque salen con la misma cara de alegría que los protagonistas del cuadro Gótico estadounidense de Grant Wood y eso no refleja el ambiente que vivimos durante nuestras horas en la capital madrileña.
Y ya que saco el tema del arte, os diré que el lento camino a la estación de tren pasó por delante del museo Reina Sofía (por cierto, me acabo de acordar de que hace años tuvimos durante unos días una araña metida en nuestra cocina de Dublín y la llamé "Reina Sofía" porque no hacía nada pero hubiese preferido que no estuviese ahí), de cuya fachada colgaban tres individuos que o bien eran limpiadores o bien eran artistas en plena performance. Haciendo un sacrificio considerable, habida cuenta del esfuerzo digestivo que mi organismo estaba llevando a cabo en ese momento, apunté mi cámara hacia arriba y retraté al trío, así que ahora vosotros podéis juzgar si aquello era arte o curro:
Y hasta aquí mi día en Madrid probando comida argentina por recomendación de Lucre. Al final he logrado sacar adelante una entrada de una longitud decente, oye. Así que si el tren con destino Ponferrada en el que partimos mis padres y yo desde Madrid hubiese llegado a la vallisoletana estación de Campo Grande con un ligero retraso, no habría sido necesario mencionarlo. De todas formas, no fue el caso, así que mejor aún.
Espero que mi historia os haya quitado el hambre. Y si la presencia de tanta comida en una calurosa jornada veraniega os ha dado sed, aguantad hasta la semana que viene, queridos hermanos, y seréis saciados.





















