lunes, 14 de septiembre de 2026

Y van diez

Debido a que la serie de entradas sobre mi viaje a Argentina ha ocupado todas las semanas del verano que nos deja, llego tarde y mal a conmemorar un evento que tuvo lugar el pasado agosto. Resulta que este blog ha cumplido, atención, diez añazos.

Si os digo la verdad, yo soy el primero que no se lo cree. Y es que, cuando decidí allá por dos mil dieciséis que debía recoger por escrito las chorradas que me rondaban la cabeza durante los cuarenta y cinco minutos que me tiraba cada día caminando hacia la oficina, no imaginaba que fuese a mantener el ejercicio pasada una década. Y sin embargo aquí estoy. Celebrándolo.

Aunque, por otra parte, la efeméride me ha puteado un poco, ya que sacar de la nada una parrafada conmemorativa de longitud decente no me ha resultado nada fácil, lo que me ha obligado a pasar más horas de las que me gustaría reconocer pensando en cómo rellenar el hueco que le queda a este post.

No he querido tirar por lo lacrimógeno (más que nada porque ya gasté ese comodín hace cinco años), y como me da una pereza espantosa lo de echar la vista atrás y ponerme a rajar sobre todo lo que ha cambiado en estos diez años y cómo estaban las cosas antes y cómo están ahora y bla, bla, bla, al final he optado por huir en dirección contraria: si no quiero hablar del pasado, hablaré del futuro. Para ello, me voy a meter en el jardín de la contradicción. Permitidme que me explique.

Quienes me conocen bien saben de la tirria que le tengo al mundo del oráculo y sus seguidores: considero que todo aquel embaucador que se lucra echando cartas o leyendo líneas de la mano o similar debería estar en la cárcel, y que la creencia en el horóscopo debería ser motivo suficiente para suspender cualquier examen psicotécnico (este tema ya lo abordé con más detalle tiempo atrás, por cierto). Por otra parte, quienes me conocen aún mejor son conscientes de que no se me da nada mal representar el papel del susodicho embaucador al que he mandado a prisión al principio del párrafo (de esto también hablé en su día. ¿Qué queréis? Diez años de entradas dan para mucho).

Y ¿qué es lo que pretendo decir con esto? Pues que le voy a leer las cartas a la década que se viene porque soy así de sinvergüenza. Para llevar a cabo la brujeril tarea voy a hacer uso del Tarot del Romero, que es esta baraja tan chula diseñada por Asís Percales:

Sí, la muerte lleva brackets. Es parte de la magia

Y si esperáis una explicación acerca de cómo semejante objeto ha caído en manos... No os la voy a dar.

Teniendo en cuenta lo de que el blog cumple diez años y que estoy inventándome mierdas haciendo predicciones a diez años vista sobre el ser humano y el planeta, lo suyo sería recurrir a una tirada que constase de diez cartas exactamente y que se centrase en dichos temas, ¿no? Pues bien, NO OS LO VAIS A CREER. Tal tirada existe, y es conocida como la tirada de las cinco cruces. Sé que es la primera vez que oís hablar de ella, pero eso es porque os falta cultura tarotera, no porque me la haya inventado hace un momento.

Como su nombre indica, esta tirada cuenta con cinco cruces, cada una a su vez formada por una carta en vertical y otra atravesada en horizontal. Esperad, que os enseño la foto y así acabamos antes:

Y se necesita una mesa MUY larga

Cada cruz representa un concepto en particular, siendo la carta vertical la que hace referencia al concepto en sí, y la que la cruza en horizontal la dedicada a cómo el ser humano interactúa con él. Además, las cruces están dispuestas en una columna, ya que cada uno de estos conceptos tiene un alcance más amplio que el anterior.

¿Farragoso? Sí. Pero veréis cómo todo cobra sentido en cuanto os dé las explicaciones pertinentes.

La primera cruz, situada en el límite inferior, es la cruz del ser humano. Su carta vertical nos habla de la propia humanidad y de la vida humana, mientras que la horizontal de cómo la humanidad se relaciona consigo misma. O lo que es lo mismo: el cuidado de la salud, la sanidad.

Justo encima se encuentra la cruz de la casa. La carta vertical es la relativa a las posesiones de una persona; y la horizontal nos habla de la gestión que se hace al respecto. Vamos, de la economía.

La tercera es la cruz de la aldea. Por ello, la carta vertical es aquella relativa a la sociedad, y la horizontal al arte de gobernarla: la política.

En cuarto lugar se encuentra la cruz del mundo, y mientras que la carta vertical hace referencia a esa pelota que flota en el universo y sobre la que miles de millones de individuos nacen, crecen, se joden y mueren, la horizontal trata sobre aquello que dichos individuos hacen con los elementos que forman la pelota. Me estoy refiriendo a la tecnología.

Por último, y en lo más alto de nuestra columna de cruces se encuentra la cruz del cielo, cuyas cartas vertical y horizontal se asocian, respectivamente, con todo aquello que ocurre sobre nuestras cabezas (el medio ambiente y el clima) y el empeño que nosotros ponemos en cuidarlo o destrozarlo (la ecología). 

Ha quedado claro, ¿no? Ahora me gustaría poder responder a la pregunta que os estáis haciendo todos, pero yo tampoco sé de qué rincón de mi cerebro sale esta clase de chorradas. En fin, descubramos las cartas y veamos qué más se me ocurre.

Empezamos con la carta relativa al ser humano...


...y empezamos mal, pues sale el tres de bastos, con ese muchacho hecho un ovillo en primer plano. Un individuo aislado en un sistema de individuos aislados, estresados, nerviosos y tristes por culpa de todos esos problemas que el capitalismo causa y a la vez es incapaz de resolver (vamos, que a los psicólogos no les va a faltar trabajo). Destacando entre todos ellos una cada vez más grave crisis de la vivienda reflejada en esos tres palos mal apilados que apenas dan cobijo al pobre chaval. Me huelo una burburja inmobiliaria 2.0.

¿Qué decir ahora sobre el cuidado de la salud?


Aquí tengo buenas noticias para contrarrestar un primer vaticinio tan horrible. Ha salido el emperador, que representa poder, dominación. Ya, pero dominación ¿sobre qué? Pues habida cuenta de que en la carta hay un cangrejo, la referencia es clara: en los próximos diez años veremos cómo se desarrolla una cura efectiva de un tipo de cáncer (no me preguntéis de cuál en particular, que no quiero mojarme tanto). Pero si hasta el emperador lleva una bata blanca y el cangrejo está llorando. Yo no sé qué más señas queréis.

A continuación, la casa. ¿Qué nos depara el futuro con respecto a aquello que poseemos?


La torre. Una torre altísima y orgullosa erigida entre todos durante los últimos meses ladrillo a ladrillo. ¿Aquella vez que le preguntasteis a ChatGPT cuánto es 6 + 7? Un ladrillo. ¿El flyer que os dieron ayer por la calle en el que aparece un gatito con cinco patas? Otro ladrillo. ¿Ese vídeo horrible protagonizado por personajes de cuadros que cobran vida compartido por vuestro tío en un estado de Whatsapp? Otro más.

Una torre condenada a venirse abajo, que ya veréis cuánto nos vamos a divertir cuando la burbuja de la IA explote, demoliendo así la puñetera torre y arrastrando a todos los que, incluso sin haberlo querido, estamos dentro de ella.

Y ¿cómo nos vamos a portar al respecto? Descubramos la siguiente carta.


El cinco de oros. Cinco monedas y seis lágrimas porque va a tocar sufrir de más para poder recuperarnos del susto. Y es que ya se sabe cómo se capean las crisis del capitalismo (por cierto, ¿cuántas nos hemos comido ya en los últimos años? Porque yo he perdido la cuenta): vendrán recortes en servicios esenciales, el estado del bienestar se irá un poquito más a la mierda y las grandes empresas y grandes fortunas seguirán siendo grandes empresas y grandes fortunas porque nadie se atreverá a meterles mano como es debido. Ya sabéis, el mercado y tal.

La mariposita que aparece en la mitad inferior, por cierto, siendo como es símbolo de transformación y renovación, nos dice que la próxima década vendrá con un nuevo método milagroso diseñado en principio para forrarse ("bro, hazme caso, bro. Invierte en esto, bro, que lo va a petar, bro") pero que en realidad estará hecho de humo y que acabará metido en el mismo cajón de las estafas en el que ahora mismo están, entre otros, el bitcoin los NFT, y Fórum Filatélico. Al menos será divertido descubrir una vez más hasta dónde llega la creatividad de quienes pretenden colarnos estas mierdas.

Y ahora, la aldea. ¿Qué tienen que decir las cartas de ésta nuestra sociedad?


El loco. Permitidme que parafrasee a Marty McFly: "¿Qué nos ocurre en el futuro? ¿Nos volvemos gilipollas o algo parecido?". La respuesta (bastante evidente, por otra parte) os la podría dar despotricando de nuevo contra la IA y diciendo que el protagonista del naipe es el resultado de la adicción a la vagancia mental que asola el planeta y que no hará más que empeorar. Sin embargo, en esta ocasión voy a dejar que sea el paso de los años el que determine si tengo razón o no. En todo caso, ¿qué puede salir mal en una sociedad carente de crítica que padece un estilo de vida aceleradísimo (capitalismo, te estoy mirando a ti otra vez)? Veamos qué nos cuenta al respecto la siguiente carta de nuestra tirada.


Un rey. Pero no un rey cualquiera. El rey de bastos. La autoridad y la mano dura que cierto sector de la población proclama que nos hace falta sin pararse mucho a pensar en lo imbécil que hay que ser para soltar algo así. ¿Se vienen tiempos difíciles? Es muy probable. ¿Habrá que tomar medidas difíciles para salir de ello? Seguramente. ¿Intentarán los de siempre aprovecharse de la ignorancia general, echando balones fuera y buscando culpables donde no los hay, ensalzando a líderes de extrema derecha que con la excusa de imponer orden harán del mundo un lugar más triste y feo? No me cabe la menor duda. Ha pasado, pasa y pasará. Y esta carta me parece especialmente representativa, con un monarca que pretende proyectar fuerza y poder, metiéndose en guerras absurdas con vecinos de cerca y lejos, pero que sólo es capaz de mantener la pose gracias a ese cerdito sobre el que cabalga.

No creo que haga falta que lo diga, pero el cerdito es el capitalismo. Y si os cuesta ver la referencia, de ahora en adelante, cada vez que un aspirante a duce, fuhrer, caudillo o primer ministro de Israel asome la patita con sus soflamas, investigad un poquito para ver de dónde sale la pasta que mantiene su mierda a flote.

Mientras tanto, nuestro planeta, ajeno a nuestras absurdas rencillas, ¿tiene algo que decir?


Ay, qué bonito. Los enamorados. Algo positivo entre tanto mal augurio, ¿verdad?. Bueno, según se mire, porque igual vosotros veis a una romanticona pareja cuyos integrantes se aproximan cada vez más, sintiéndose, queriéndose, deseándose hasta que sus labios se encuentran, dando lugar a que la pasión estalle y una lujuria desenfrenada recorra sus cuerpos, que sienten escalofríos allá donde piel roza piel. Y la escena culmina de tal forma que, de describirla aquí, tendría que poner un aviso antes de cargar el blog preguntándoos si tenéis al menos dieciocho años.

Siento joderos el calentón, pero yo esa misma escena la veo siendo protagonizada por dos placas tectónicas porque quizá tenga problemas. Vamos, que se viene un terremoto de los gordos, de los de página propia en la Wikipedia. ¿Que dónde exactamente creo que va a tener lugar un sismo tan terrorífico? A ver, EL TAROT NO FUNCIONA ASÍ, ¿VALE?. Si queréis datos fiables preguntadle a un científico, que yo sólo estoy jugando con la estadística, la probabilidad y vuestros sentimientos.

Catástrofes aparte, ¿qué hay de la tecnología?


Pues aquí toca centrarse inevitablemente en el que podemos considerar el avance técnico más importante de nuestro siglo porque BP jamás permitirá que se desarrolle una alternativa al petróleo. Sí, estoy hablando una vez más de la Inteligencia Artificial. Ha salido el cuatro de bastos, pues cuatro son las empresas (Microsoft, Amazon, Google y Meta, evidentemente) que se harán con todo el pastel de la IA a base de talonario, obligando a los usuarios a pasar por su caja cuando de utilizar esta infame herramienta se trate. Para concluir la metáfora, ¿sabéis quién es el maromo que porta los bastos en el naipe? El capitalismo (sí, tengo que criticarlo cada dos por tres o no me quedo tranquilo). Y al igual que ocurre en el mundo real, parece fuerte y tal pero en realidad está en gayumbos, así que no os extrañéis si le da por pedir ayuda a su vigoréxico hermano (el fascismo) en caso de que le vaya mal. A la carta sobre política de hace un rato me remito.

Por otro lado, me da que Facebook va a desaparecer de aquí a diez años. Cruzo los dedos para que así sea.

Y ahora, alcemos la vista hacia el cielo y descubramos qué va a pasar con nuestro medio ambiente.


No, el clima no se va a suicidar, tranquilos. El colgado simboliza cambios de perspectiva, alternativas, diferencias, novedades... Por ejemplo, un Polo Norte navegable, una Corriente del Golfo comportándose como no lo había hecho hasta ahora, un Niño al que habrá que rebautizar como "El Adulto", termómetros alcanzando cincuenta grados centígrados en núcleos urbanos, vientos huracanados más propios de planetas sin atmósfera, islas desapareciendo bajo las aguas... Va a ser como vivir en un parque de atracciones divertidísimo si lo que os divierte es jugaros la vida. Y ¿qué vamos a hacer al respecto? Descubramos la última carta y salgamos de dudas.


Pues en este caso el vaticinio es bastante claro. Pudiendo elegir entre cuidar el medio ambiente DE UNA PUTA VEZ y no hacerlo, seguiremos optando durante los próximos diez años por la segunda opción. Y esas siete espadas clavadas sobre el tronco del árbol ante un sediento tigre representan siete desastres causados por la mano humana que veremos en las noticias. Tomad nota:
  1. Se va a hundir un petrolero.
  2. Va a haber un incendio gordísimo, como no se había visto hasta ahora, con una extensión de varias decenas de miles de bernabéus, en algún lugar del planeta en el que precisamente no sobran árboles. Provocado, por supuesto.
  3. Va a reventar una fábrica o planta de tratamiento químico, llenando por consiguiente la zona de gases chungos.
  4. Una especie invasiva va a liar la de Dios es Cristo en todo un ecosistema, haciéndolo irrecuperable.
  5. Un vertido industrial va a mandar un río importante al carajo.
  6. Se va a extinguir una especie animal bastante conocida.
  7. Va a pasar alguna mierda relacionada con la energía atómica. Desechos mal gestionados, o una fuga de una central o que a algún líder gubernamental especialmente gilipollas le dé por retomar las pruebas nucleares.
Hasta aquí la tirada. Qué chungo todo, ¿no? Tened en cuenta que hay gente ahí fuera que os habría cobrado cien euros por esto. Aunque quizá sin tanta negatividad, no sé. A pesar de todo y aunque no lo parezca, conservo un mínimo de esperanza, pero no la suficiente como para ponerme a hablar de ello. Además, se me ha ido un poquito la mano dándole a la tecla, por lo que vamos a ir terminando.

Sólo me queda añadir que, por lo que respecta a mi blog, no sé qué será de él de aquí a una década. Puede que mi cerebro se canse de inventar gilipolleces, o que la vida me pase la mano por la cara y me obligue a dedicarme a cosas más importantes, o que internet termine de romperse y haga el sitio inaccesible. Aunque quizá nada cambie y yo siga publicando contenido con cierta regularidad, ¿quién sabe? De ser así, me pongo y os pongo como deberes releer esta entrada allá por el remoto dos mil treinta y seis para que podamos reírnos todos un rato y respirar tranquilos al comprobar que, al igual que pasa cada vez que un tarotista sacacuartos abre la boca, todo lo que dije resultó ser falso.

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lunes, 7 de septiembre de 2026

En otro hemisferio. Epílogo repostero

Receta de tarta de Santiago. Versión extendida


Ingredientes:


  • 300 gramos de almendra molida
  • 300 gramos de azúcar
  • ralladura de 1 limón
  • 4 huevos grandes
  • mantequilla
  • azúcar glass


Preparación:


  1. Bajar a comprar los ingredientes durante la víspera con cierta prisa porque esto está siendo preparado un poco a última hora y aquí los sábados las tiendas cierran a las seis de la tarde.

  2. Querer comprar un molde de 25 centímetros de diámetro porque el que hay en casa es de 27 centímetros de diámetro y uno no sabe si la tarta va a quedar muy baja. Cagarse en todo al descubrir que el único molde a la venta mide 22 centímetros de diámetro y confiar en que esto no termine en desastre.

  3. Buscar en internet, descargar, imprimir y recortar una cruz de Santiago que se usará para decorar la tarta. No pongo el enlace a la cruz aquí porque si este paso empieza con la palabra "buscar", por algo será. Que lo queréis todo hecho, coño.

  4. A la mañana siguiente, salir a correr al monte porque es domingo y no llueve. Pasar un rato por allá arriba esquivando senderistas y agradecer vivir en una ciudad que cuenta con esta clase de enclaves:




  5. Durante el camino de vuelta a casa, pasar por la panadería para comprar el pan que acompañará a la desayunomida. Sentirse fatal mientras se espera a que llegue el turno por haber entrado en el local todo sudado y oliendo como una pantera.

  6. Una vez en casa, ducharse.

  7. Desayunomer unos huevos fritos con bacon y torreznos:


  8. Dormir una hora de siesta.

  9. Mezclar en un cuenco grande la almendra molida, el azúcar, los cinco huevos medianos porque vale que la receta dice cuatro grandes, pero ayer no tenían huevos grandes en la tienda y la ralladura de limón. Limón que, mira tú qué casualidad y qué huella ecológica más bonita nos está quedando, viene de Argentina:


  10. Precalentar el horno a 180 grados aunque aún quede mucho para meter la tarta en el mismo porque uno nunca sabe cuándo hacer esto y al final acaba poniendo el horno en marcha media hora antes de lo que debería.

  11. Untar el molde de mantequilla y verter en él la mezcla del paso 9. Descubrir que el molde es muy grande y pasar la mezcla de nuevo al cuenco.

  12. Añadir a la mezcla otros 50 gramos de azúcar que no aportan gran cosa al volumen pero le darán un sabor extra dulce a la tarta; hecho del que nadie se quejará a la hora de comerla.

  13. Verter por segunda vez la mezcla en el molde. Molde que ya no está tan bien engrasado de mantequilla y del que será complicadísimo separar la tarta una vez hecha.

  14. Meter el molde con la mezcla al horno.

  15. Durante los siguientes minutos, y con la intención de comprobar si la tarta está lista, clavar un tenedor en la tarta y sacarlo manchado de masa aún cruda. Ignorar que es el centro de la tarta el que no quedará cubierto de azúcar glass al poner la cruz encima y clavar el tenedor justo ahí, lo que hará que el postre cuente con varias feas puñaladas bien visibles al final del proceso.

  16. Pasados 30 minutos, sacar la tarta del horno y concluir que 25 minutos habrían sido suficientes.

  17. Mientras se enfría la tarta, ir en bici a casa de una amiga que vive en la otra punta de la ciudad y está de vacaciones estos días para echar un ojo a sus gatas porque ha prometido que a cambio traerá un principito en estonio y otro en letón.

  18. De vuelta de este recado, con la tarta ya fría, colocar en el centro de la misma la cruz del paso 3 y espolvorear azúcar glass hasta cubrir toda la parte superior del postre.

  19. Por último, ser un manazas al retirar la cruz y arruinar el dibujo que queda debajo:

Y ahora, como en toda receta existente en internet, os voy a contar mi vida.

Como podéis ver, la tarta de Santiago es un postre sencillísimo de preparar que os puede sacar de un apuro si tenéis un plan de última hora y necesitáis quedar bien. En mi caso, y al haberse dado la tremenda casualidad de que en el verano en el que me ha dado por hablaros sobre mi viaje a Argentina se haya celebrado un mundial de fútbol, las selecciones roja y albiceleste hayan llegado a la final, y Lucre me haya preguntado el día antes de que la misma se disputase si quería ir a su casa a ver el partido con ella y con su marido, añadiendo que prepararía chipás, pues no habría sido correcto presentarse allí de manos vacías, ¿verdad?

Del partido-evento sólo voy a destacar, más como recordatorio para mi yo futuro que como broma que la mayoría no vais a pillar, que Robbie Williams era clavado al personaje de Los Soprano Paulie Gualtieri. Todo lo demás ya lo sabéis porque durante aquellos días tuvimos fútbol hasta en la sopa, así que pasaré por alto que vimos el encuentro a través de su ordenador conectado a la tele y sintonizando "alegalmente" una cadena argentina (es que el comentarista de la austriaca ORF era tan soso que parecía estar retransmitiendo un funeral de estado, no me jodáis), los pormenores del mismo, el resultado, o que todo ello me ha dado para colaros una entrada a mayores sobre esta serie que contaba con haber dado por finiquitada la semana pasada, pero que, ahora sí que sí, os lo prometo, se acabó.

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lunes, 31 de agosto de 2026

En otro hemisferio. Lo que no hice

Si todo va según lo planeado, ésta entrada debería llegar con el final de agosto y cerrar mi serie sobre el viaje a Argentina que comencé a planear una mañana del pasado febrero en el aeropuerto de Zúrich tras haber pagado VEINTICINCO eurazos por un menú de Burger King.

Tres meses de posts de lo más variopinto que yo pensaba enlazar aquí si no fuese por la pereza que me da (sólo dejaré caer que el de la semana pasada incluyó una visita al cine). En resumen, os he contado anécdotas de lo que ocurrió durante mi estancia, os he dado datos sobre Argentina que ni yo ni vosotros conocíamos y, siguiendo mi línea, os he metido más de un gol hablando de temas que no tenían nada que ver con este viaje. Y aunque hay muchos detalles que, bien a propósito, bien debido a que tengo una memoria de mierda, he pasado por alto, quiero que esta última entrada constituya una especie de excepción y recoja ejemplos de varias cosas que NO hice en aquellos días.

No sellé mi pasaporte

Imagino que no me pasa sólo a mí, pero cuando viajo fuera de la Unión Europea y tengo que sacar a pasear mi documentación, me hace ilusión pensar que me la van a devolver con una mancha de tinta entre sus páginas que venga a decir "al dueño de este librito le hemos dejado cruzar nuestra frontera", pues luego reviso los distintos sellos y me acuerdo de los lugares con cierta nostalgia y tal.

De Argentina me volví sin sello. El poli aquél al que no supe decir donde me iba a quedar a dormir me registró en el sistema y todo se hizo de forma electrónica. O biométrica. Lo que suene más correcto, yo qué sé.

En parte es una pena, pero en parte me vino bien porque días después, ya dispuesto a abandonar el país, no es que anduviese yo muy sobrado de tiempo para pasar controles y hacer embarques, así que en vez de tener que esperar una larguísima cola, pude agilizar el trámite haciendo uso de las máquinas de lectura automática de documentos mientras Lucre, no muy lejos, las pasaba un pelín putas.

Y yo ahora tengo que explicar esto.

No sé si recordaréis que cuando os hablé de mi llegada a Buenos Aires dejé caer que su renovación de documentos le dio problemas a pesar de que el encargado del trámite le dijo que "naaaa". Pues en resumen: entró al país enseñando su pasaporte argentino, que quedó invalidado cuando aprovechó para renovarlo a la espera de recibir el nuevo mes y medio después (en España nos lo dan en el momento y no somos conscientes del privilegio que eso supone). Al ir a salir del país quiso enseñar su pasaporte austriaco, pero el sistema dijo "JAJAJA, ERROR", así que el personal se dedicó durante casi una hora a hacer llamadas a vete tú a saber quién para deshacer el entuerto. Y mientras tanto Lucre, metida en un cuartito anexo a los controles, pensaba que el avión partiría sin ella. Al menos no estuvo sola durante ese rato: allí había más gente con circunstancias legales también cogidas con pinzas, como por ejemplo dos enanos colombianos cuyas ropas graciosas desentonaban con el desalentador ambiente.

La verdad es que no quería contaros la historia porque es un tema personal suyo, pero cuando me dijo lo de los enanos colombianos con ropas graciosas supe que no podría dejarlo pasar.

No salté en paracaídas

A pocas semanas del vuelo de ida, Lucre dejó caer (qué expresión más poco adecuada para este tema, por favor) que podríamos aprovechar y llevar a cabo esta actividad (algo que, por otra parte, ni ella no yo habíamos probado nunca). Resulta que un amigo de su padre, por lo visto, era dueño del negocio que lo organizaba y nos podría hacer precio.

Originalmente, la idea sonaba excitante: no sólo visitaría Argentina por primera vez en mi vida, sino que a las muchas experiencias que tendrían lugar podría añadir la de volar en una avioneta y arrojarme desde la misma con un instructor agarrado a mi cintura como María del monte a la del jinete en la canción aquélla (mierda, ésta me gusta y no la metí en la lista). Sin embargo, la idea dejó de parecer tan fascinante con el paso de los días. Además, uno no podía participar si sobrepasaba cierto peso y cierta altura y yo estaba justo en el límite.

Las condiciones estipulaban que como máximo se podía medir metro noventa y se podía pesar noventa kilos. Yo mido metro ochenta y nueve y por las mañanas peso ochenta y nueve kilos con el pijama puesto.

No comí un asado

—¿Vais a pasar unos días en Mar del Plata? Pues habrá que preparar un asado —dijeron los padres de Lucre.

—¿Vais a pasar unos días en Buenos Aires? Pues habrá que preparar un asado —dijo la abuela de Lucre.

Los patios de ambas casas contaban con parrilla para tal fin (Lucre me dijo que es INCONCEBIBLE que una casa argentina con patio no tenga parrilla para asado), pero nuestra estancia constituyó un ajetreado no parar que no permitió sacar un rato en condiciones para probar este concepto de la gastronomía y la cultura argentinas. Así que el asado no se incluyó entre todo lo que comí estando allí.

No vi la Cruz del Sur

A esta constelación le tengo ganas desde que supe que hay estrellas al otro lado del mundo que no se ven desde Europa. Me hubiese encantado echar un rato mirando al cielo de noche y sentir el desconcierto de descubrir cómo cambian patrones a los que mi cerebro lleva toda la vida acostumbrado ("Qué rarito que es a veces". Pues sí. ¿Y QUÉ?). El problema es que, tal y como confirmó un amigo de Lucre, durante aquellos días la dichosa cruz no aparecería sobre el horizonte hasta las tres de la madrugada. Y aunque me hubiese dado por trasnochar mucho o madrugar muchísimo, las condiciones atmosféricas y lumínicas no me habrían permitido ver más allá de las nubes o las luces de las farolas.

No demostré que la tierra es redonda

Últimamente andan bastante callados, pero hasta hace unos años internet sufrió una inexplicable plaga de idiotas que afirmaban que la tierra es plana. Y no sé si fue Crespo u otro youtuber del estilo quien publicó un vídeo explicando que, DEBIDO A QUE LA TIERRA ES PUTORREDONDA, las fotografías circumpolares van en diferente sentido en función del hemisferio desde el que se toman. Permitidme que me pare un rato aquí para daros explicaciones que a lo mejor no queréis recibir.

Una fotografía circumpolar es una imagen de larga exposición que recoge el giro de la tierra a lo largo de la noche al registrar el cambio de posición de las estrellas. Más fácil: si uno deja una cámara de fotos apuntando al cielo con el obturador abierto durante al menos unos minutos, la imagen resultante muestra cómo cada estrella capturada ha empezado a dibujar un círculo en torno a un centro que, mira tú, está sobre el Polo Norte o sobre el Polo Sur en función de si la cámara está en la mitad superior o inferior del mundo.

Y no sólo eso. AL SER LA TIERRA PUTORREDONDA, insisto, las imágenes del hemisferio norte mostrarán que las estrellas "dibujan el círculo" en un sentido y las del hemisferio sur en el contrario. 

Con esta teoría en mente hice la mitad de los deberes antes del viaje. Desde un sitio tan icónico como es el balcón de la casa de mis padres tomé una primera foto:


Y tras ésta, una segunda:


Al superponer ambas se podía apreciar que las estrellas se desplazaban por el cielo en sentido antihorario. Y de haber podido repetir la experiencia, ahora os enseñaría otras dos fotos tomadas en Argentina con el movimiento de las estrellas teniendo lugar en el sentido contrario. Pero ya os he dicho que las noches se hicieron enemigas de las estrellas y me jodieron los planes.

Una nota relacionada: semanas después, y ya de vuelta en Austria, con intención de emular a Bart Simpson en aquel episodio sobre Australia y probar si el efecto Coriolis se cumple con los desagües o no, Lucre, su hermana y yo pasamos más rato del necesario grabando e intercambiando vídeos de lavabos tragando agua en nuestras respectivas moradas. Y no, no se cumple.

"En esta vida, quien se aburre es porque quiere" es una de las frases que definen mi existencia.

No sufrí un atraco

Un breve intercambio de mensajes de Whatsapp con Lucre a pocos días de partir me puso los huevos de corbata. Mi amiga se dedicó a contarme anécdotas nada halagüeñas: que una vez le robaron el móvil a su hermana en el bonaerense barrio de Flores, aquella ocasión en la que a ella y a su marido un pavo les sacó una pistola en Mar del Plata, un robo a punta de navaja en la playa, el atraco de los de "todos al suelo" (bueno, imagino que los atracadores dirían "todos al piso", pero ya me entendéis) que vivió su madre... A pesar de que su hermana, al saber de nuestra interacción le quiso quitar hierro al asunto con un relajado "naaaa... Pero lo estás asustando", no pude evitar plantarme en el país con la mosca detrás de la oreja.

Tampoco ayudó que, el primer día, y justo cuando Lucre me aconsejó no sacar a paseo la cámara de fotos sin ningún cuidado mientras nos dirigíamos al Ateneo Gran Splendid, un pavo pasase corriendo a nuestro lado tras haber robado un sillín de bici (que ya hay que ser no sólo mala gente, sino encima cutre), siendo perseguido por el dueño del accesorio.

Pero tranquilos, que me volví sin tener que reportar el ser víctima de ningún delito. De hecho, he de decir que en general me sentí bastante seguro en todo momento. Sí, incluso en el barrio de la Boca, donde se vivió aquello tan gracioso que os conté.

No visité cementerios

Sigo sin tener muy claro por qué, pero casi todas las guías turísticas y listas de lugares por los que hay que pasar en Buenos Aires incluyen el cementerio de la Recoleta. Que vale que es el lugar de reposo eterno de muchas celebridades argentinas, pero dejando eso a un lado, no le veo la gracia al lugar. Llamadme cateto si queréis.

Por ello no me dolió el no incluir dicho emplazamiento entre los sitios que descubrí. Y eso que Lucre llegó a preguntarme si me interesaba ir, a lo que respondí que sólo si Videla estaba enterrado allí para poder mearme en su tumba. Pero como no era el caso...

Por otro lado, sí que lamento haberme enterado ya de vuelta de la existencia del sexto panteón del también bonaerense cementerio de la Chacarita, pues semejante barbaridad brutalista sí que merece la pena una visita. No me digáis que no.

No compré un principito en Lunfardo

Ya os he conté que del Ateneo Grand Splendid salí con un ejemplar de la obra de Antoine de Saint-Exupéry en español de Argentina. Pues bien, días después, mientras recorría Caminito acompañado de Lucre y su familia, salió el tema del lunfardo: una jerga que se hablaba en la zona desde mediados del siglo XIX. Y yo SUPE que si existe un idioma, existe un principito en ese idioma. El lunfardo no era una excepción, pero obtener el libro de marras resultó ser tarea imposible, ya que no logré dar con ninguna librería (y mira que en Buenos Aires hay librerías) con un ejemplar disponible; y el único lugar en el que parecía haber existencias era, según Google Maps, un sótano que encima pillaba muy lejos. Que podría haberlo encargado, pero no quería liar a nadie allí con pedidos a domicilio y tal.

Por cierto, mientras escribo esto he descubierto que en Amazon está a la venta una edición "traducida al dialecto argentino, con un toque de lunfardo porteño", que tiene una portada generada con IA de mierda. Así que si pensabais regalarme este libro, ya os digo yo que NI SE OS OCURRA.

No me subí a una máquina de bailar

Antes de que fuésemos a por unos churros (y no después, por razones obvias que estoy a punto de daros) pasamos por una sala de máquinas recreativas. De entre todos los artilugios allí presentes destinados a dar un rato de entretenimiento a cambio de unos pesos, Lucre se fue directa a la máquina de bailar porque le tenía ganas desde antes de salir de Austria. Más de una vez me contó que subirse a este cacharro suponía una de sus actividades de ocio favoritas, y que, al igual que yo hiciese de este lado del mundo con la del Radikal Bikers, no eran pocas las tardes que había pasado durante su infancia y adolescencia dedicándole tiempo y dinero. Y se notaba. Conocía muchos de los temas disponibles en el menú, e independientemente del nivel de los mismos, se los ventilaba como si tal cosa.


Llegado cierto punto, no estaba claro si Lucre seguía el ritmo que marcaba la máquina o si la máquina seguía el ritmo que marcaba Lucre. Y tras un par de puntuaciones perfectas, primero su hermana y más tarde el novio de ésta se subieron al panel del player 2 y demostraron que tampoco se les daba mal.

—¿Quieres probar tú también? —Me preguntaron entonces (bueno, en realidad dijeron "quéres", pero ya me entendéis).

Y no sé cuál de mis dos pies izquierdos tomó posesión de mis cuerdas vocales, pero mi respuesta fue un rotundo "no".

No tomé LA foto

No sé si fue porque Lucre tenía que mover papeles, porque le pillaba de camino a otro recado, o porque sí, pero me llevó a ver su alma mater: la Facultad de Humanidades de la Universidad de Mar del Plata. El edificio aún mostraba las cicatrices de una arquitectura pasada bastante peculiar. Y cuando digo peculiar, quiero decir "fascista": aberturas en los muros que separaban las aulas de los pasillos para que los militares de turno pudiesen escuchar lo que se decía en las clases o huecos entre la fachada exterior y cada piso que iban de la planta baja a la azotea para poder arrojar gases lacrimógenos desde lo alto. Vamos, el sueño húmedo de Viktor Orbán.

Pero no todo eran ecos de una dictadura militar. En el exterior del inmueble, un alcorque vacío tenía como misión albergar momentáneamente al recién graduado para que familiares y amigos lo pudiesen "bautizar" a base de harina, huevos y toda clase de líquidos siguiendo una costumbre muy popular en Argentina. Y ¿qué queréis que os diga? Prefiero mil veces eso a una carga policial.

Pero todo esto no tiene que ver con LA foto.

Fuera del recinto de la facultad, en una de las calles que daban al mismo, un pasacalles en lo alto cruzaba de lado a lado. Otro concepto del país que no he mencionado: los pasacalles son pancartas con mensajes de todo tipo que están dirigidos al público en general o a alguien en particular. Desde la celebración porque algún estudiante ha terminado de pelearse con los libros hasta un escarnio público por unos cuernos, es habitual que estos tuits analógicos pueblen las alturas de las vías argentinas.

Pues bien, ése era el escenario: un pasacalles bajo el que se abría una interminable avenida, frondosos árboles a ambos lados, y justo en el centro, un perro negro precioso que andaba por la zona sin rumbo fijo y cruzaba la calle. Todo eso habría quedado encuadrado de maravilla de no ser porque contemplé la escena desde el coche de los padres de Lucre, y una vez aparcamos y volvimos a pasar por allí, esta vez como peatones, el animal se había marchado a su casa.

Ahora que lo pienso, es posible que la imagen no hubiese sido tan espectacular. Pero me habría gustado sacarla. Que no hay que ir por la vida buscando ganar un World Press Photo. O intentar publicar el próximo pulitzer. Al final, si uno se pasa diez días en un país que no ha visitado nunca, y al volver tiene recuerdos, ideas y fotos como para tirarse todo el verano hablando de ello, creo que con eso es, y ha sido, más que suficiente.

Bonito final, ¿no? Pues no. La actualidad estival manda, así que a mí me toca sentarme ante el teclado de nuevo y a vosotros quedaros un ratito más para leer una entrada a mayores. Venga, hasta la semana que viene.

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lunes, 24 de agosto de 2026

En otro hemisferio. El viaje

En mi anterior entrada, mientras realizaba un enrevesado ejercicio narrativo con el que fingía no contaros detalles acerca del día que viajamos de Mar del Plata a Buenos Aires aunque en realidad sí que lo estaba haciendo (soltándoos una turra estupenda durante el proceso, he de reconocer), hablé sobre el piso en el que vivió Mafalda. Minutos antes de pasar por delante de su portal, recorrí el cercano Paseo de la Historieta, el cual cuenta con esculturas de conocidos personajes del cómic argentino (faltaba la de Gaturro, y este artículo da detalles al respecto. La historia es hilarante y yo la descubrí recientemente de boca de la hermana de Lucre). Además de estas tridimensionales representaciones, una de las esquinas de la zona mostraba el siguiente mural:


A pesar de que no sería capaz de nombrar a más de la mitad de protagonistas de la imagen porque no soy tan listo como finjo serlo, uno de ellos en particular tiene bastante peso en ese traumatizado generador de entradas para el blog también conocido como "mi memoria". Y como tal se lo hice saber tiempo atrás a Lucre durante una de nuestras conversaciones sobre cultura hispanoargentina:

—A nivel audiovisual, lo único que conozco de tu país es la película Trapito.

Lucre reaccionó con cierta estupefacción ante este hecho, pues la consideraba una obra vieja no ya para nuestra generación, sino directamente para la de sus padres. Y es que Trapito, además de ser el nombre que reciben los gorrillas en Argentina porque llevan en la mano un identificativo ídem para dar las indicaciones de estacionamiento correspondientes, es una película que cuenta con la friolera de cincuenta y un años.

¿Cómo pudo entonces llegar a mi vida esta cinta animada? La respuesta a esta pregunta vino de regalo con la revista Crecer Feliz (O Ser Padres Hoy. Una de las dos). Y es que, en algún momento de finales de los ochenta o principios de los noventa, la publicación con VHS incluido viajó del quiosco a mi casa y desde entonces pasó a formar parte de nuestra videoteca familiar.

Yo tenía pensado poner aquí una foto de la ajada cinta de Trapito que debe rondar por algún rincón de casa de mis padres e incluir como pie de foto el comentario "Otra película que conseguí por el mismo método fue la del osito Kissifur porque a alguien en esta revista le gustaba traumatizar a la infancia o algo", pero no he logrado dar con ella. Quizá esté en el trastero.

Es posible que, entre alguno de sus artículos, la publicación llegase a hablar de esa fase durante el desarrollo de los críos en la que se obsesionan con una puta película y no hacen otra cosa que verla una y otra vez para desgracia de quienes tienen que compartir tiempo y espacio con ellos. Bueno, pues a mí la llegada de Trapito me pilló durante dicha fase, por lo que me quedaría corto si dijese que pude visualizarla más de cien veces.

Considerando lo dicho hasta ahora, está claro que yo tenía que hablar aquí de la peli protagonizada por el triste espantapájaros argentino. A este hecho habría que añadirle que a mí se me arruina la tarde si no me complico la vida. Por ello, y tratando de añadirle más capas a esta historia, reflexioné acerca de cómo he pasado los últimos dos meses y medio compartiendo con vosotros anécdotas sobre mi viaje (amén de otros detalles que no han tenido nada que ver con el mismo porque a mí se me arruina la tarde si no me voy por las ramas), y pensé que la de Trapito también es la historia de un viaje. Es la historia de todos los viajes.

Es el viaje del héroe.

Quizá no estéis al tanto del concepto, pero sabéis de sobra de qué estoy hablando porque habéis sido testigos de ello más veces de las que yo he rebobinado aquel VHS que regalaron con Crecer Feliz (o con Ser Padres Hoy. Con una de las dos): un protagonista que se va de su casa, o de su pueblo, o de su planeta (quizá contra su voluntad) para enfrentarse a vete tú a saber qué peligros. Tras superarlos, y gracias a las experiencias o recompensas adquiridas, cuando vuelva al punto desde el que partió lo hará siendo dueño de una transformación especial o un crecimiento personal y tal.

Ulises en La odisea, Frodo en El señor de los anillos, Mérida en Brave, Luke Skywalker en La guerra de las galaxias, Chihiro en El viaje de Chihiro, Furiosa en Mad Max: fury road, Simba en El rey león, Kevin Flynn en Tron, Sam Flynn en Tron legacy, nadie en ese cacao argumental que es Tron ares... Estos ejemplos y miles más completan, en mayor o menor medida, este viaje que yo os he resumido mucho y mal en el párrafo anterior. Quien se dedicó a elaborar y desarrollar en detalle este concepto fue el mitólogo Joseph Cambell en Su libro de 1948 El héroe de las mil caras. Y no sólo enumeró las diferentes etapas del viaje, sino que echó mano de decenas de ejemplos de varias épocas y civilizaciones para ilustrarlo: epopeyas, leyendas, pasajes religiosos, mitos... Todos ellos historias que acaban contando la misma historia.

Su trabajo sirvió como inspiración a guionistas y escritores durante las décadas posteriores. Entre ellos, claramente, el argentino Manuel García Ferré, creador de Trapito.

Porque Trapito es un viaje del héroe de manual. Y aquí está la complicación que estaba buscando. Que podría haber echado mano de la página de Wikipedia sobre el campbelliano concepto y comparar las fases en ella descritos con la película de dibujos pero, teniendo como tuve cuatro tardes libres allá por mayo, ¿por qué no enmierdarme en condiciones leyéndome El héroe de las mil caras y así poder meter más paja en esta entrada?

Vale, el texto me pareció muy interesante, y en ciertos momentos llegaba a ser revelador, mostrándome puntos de vista acerca del monomito (así es como llama Campbell al periplo del héroe) en los que yo no había reparado. Sin embargo, su empeño con querer relacionar todo esto con el psicoanálisis de Freud, las teorías de Jung y la interpretación de sueños... Pues mira, yo creo que no era necesario fliparse tanto.

Pero bueno, ahora que ya he presumido de haberme leído UN libro, ¿voy a plasmar aquí un sesudo estudio analizando el contenido del mismo como si esto fuese una conferencia universitaria?

Por supuesto que no. ¿Quién os habéis creído que soy?

Lo que voy a hacer es contaros Trapito. Y si os asustan los spoilers, sabed que la peli está disponible en Youtube. Que digo yo, si estáis aquí es porque no tenéis nada mejor que hacer, así que no pasa nada porque le dediquéis la siguiente hora y poco de vuestras vidas antes de seguir leyendo.

Lo he dicho ya, pero tengo que comenzar esta larguísima sinopsis diciendo otra vez que Trapito es un espantapájaros, un trabajo de mierda que le obliga a pasar la eternidad clavado en la tierra, triste y resignado.

fuente: youtube

Un día en el que hace un tiempo especialmente horrible contempla cómo el gorrión Salapín, agotado de volar contra el fuerte viento, cae exhausto a sus pies. Apiadándose del desmayado pájaro, Trapito lo rescata metiéndolo en su bolsillo, donde pasará el resto del invierno protegido de las inclemencias.

Con la llegada de la primavera, Salapín despierta y, como agradecimiento por haberle salvado la vida, le sugiere que abandone su puesto en la huerta y recorra el mundo con él. Se produce así la llamada de la aventura, el primer paso en el viaje del héroe. Trapito le responde que ni de coña, que su destino es quedarse clavado donde está (o sea, el rechazo a la llamada), pero Salapín termina de convencerle: una canción sobre tener ilusiones (porque Trapito es un musical) y un pinchazo de alfiler en el culo sacan al protagonista de su agujero en la tierra.

fuente: youtube

Los dos inician entonces el periplo, teniendo como primera parada del mismo la morada del Patriarca de los Pájaros: un viejo búho que, asustado al principio al ver congeniar a dos enemigos como son un ave y su espantador, cambia de idea al enterarse de cómo empezó la peli. Procede entonces a pesar a Trapito en la balanza de la vida, y aquí se descubre que aunque le sobran bondad, valor e inteligencia, no tiene ilusiones.

fuente: youtube

Para poner remedio a tan deprimente carencia, sentencia que Salapín sea su ilusión, pues tiene de sobra. Le advierte, eso sí, que no la deje escapar.

Tras haber vivido lo que Campbell describe como la ayuda sobrenatural, ambos personajes vuelven a ponerse en marcha. Por accidente, terminan en la granja de Larguirucho, quien, por cierto, tiene estatua propia en el Paseo de la Historieta (al contrario que Gaturro, insisto entre risas):


Larguirucho les relata (bueno, más bien les canta, que ya os he dicho que Trapito es un musical) cómo decidió dejar de ser alguien triste y comprarse la granja que le dio sentido a su vida (después de varios años trabajando para este sistema tardocapitalista alienante, he de decir que siento cada vez más empatía hacia tal idea). Una vez termina el beatus ille de Larguirucho, Salapín sugiere que Trapito y él vayan a conocer el pueblo. El granjero, que tiene que ir allí a vender unos quesos, se ofrece a llevarles en su carromato, en el que también viajan, no sé muy bien por qué, la chancha y su hijo el chanchito:

fuente: youtube

Se da entonces el cruce del primer umbral, pues el héroe se aleja de su entorno conocido y llega a un lugar de aventuras. A esta etapa del viaje le seguirán otras dos: el vientre de la ballena y las distintas pruebas. Vamos, la chicha de la historia: un tránsito mental y/o físico a lugares remotos llenos de peligros y pruebas a superar.

Decidme si algo así no describe a la perfección todo lo que ocurre durante los siguientes minutos de película: Larguirucho vende su mercancía y usa las ganancias para invitar a todos a comer. Un cuervo aparece en el restaurante y, distrayendo a la pandilla con una canción, el muy hijoputa roba el dinero a Larguirucho. El mesonero, como forma de cobro temporal, se queda con la chancha, dándole al granjero una semana de plazo para poder pagar. Éste, buscando obtener dinero, consigue trabajo en una carpintería del pueblo.

Su primer encargo será una pata de palo para el pirata Malapata, a quien se le ha roto la que tenía. Tras fabricarla (de esto se encargarán Trapito y Salapín, ya que Larguirucho demuestra ser un patoso que acaba en guerra con un cubo de pegamento. Contado no tiene gracia, pero si veis la escena os vais a caer de culo de la risa. Palabra), se dirige con la prótesis embalada al puerto, haciendo parada en el mesón para indicarle al dueño que pronto podrá saldar su deuda. Por desgracia, abandona la fonda con el paquete equivocado, haciendo entrega al pirata de un jamón.

He de confesar que nunca lo he pasado bien al llegar a este punto de la trama porque este tipo de complicaciones, aunque muy habituales en el mundo audiovisual, me ponen especialmente nervioso.

Malapata, tremendamente ofendido, hace apresar a Larguirucho y al chanchito, coloca a Trapito como mascarón de proa en su barco, y se hace a la mar.

fuente: youtube

Ya iniciada la travesía, y en la supuesta intimidad de su camarote, le confiesa al cuervo Ataúlfo (que es, por cierto, el hijoputa que robó a Larguirucho) el motivo de la expedición: resulta que tiempo atrás le robó a un pescador una perla con forma de lágrima y el plano que marca la localización de la misma y de muchas más. Su plan consiste pues en rescatar el tesoro sin decirle nada a nadie porque se las quiere quedar todas, pero los marineros Barlovento y Vientoempopa, pegando la oreja del otro lado de la puerta, se enteran de todo. Deciden entonces organizar un motín que sigue la mitad de la tripulación, el cual termina en batalla a bordo cuando la otra mitad, leal a Malapata, contraataca.

Aprovechando el follón, Salapín libera a sus amigos y pide a Larguirucho que se haga con un bote para escapar, pero el muy torpe (ya os lo he dicho) corta la soga equivocada. Provoca así que una de las velas caiga sobre la cubierta y atrape a todos los marineros. Y Malapata, agradeciéndole que haya dominado el motín, le nombra contramaestre principal.

Pues eso, el vientre de la ballena y las distintas pruebas, ¿no?

El navío llega al lugar marcado por el plano, y Larguirucho y Trapito se zambullen en busca del tesoro, enfrentándose así a la gran prueba. La idea original (localizar y subir al barco las perlas) se complica cuando hace aparición la sirena Espumita. Campbell incluye un paso a esta altura del viaje al que llama el encuentro con la diosa, en el cual el héroe descubre la entrega máxima e incondicional, y yo creo que lo que ocurre se ajusta bastante. Espumita les cuenta (bueno, les canta. Lo del musical y tal) cómo vivía feliz hasta hace no mucho con su novio Caballito (sí, un caballito de mar. No le deis vueltas a esto), pero un pulpo enorme llegó al arrecife y empezó a joder a sus habitantes. Como respuesta, Caballito organizó una milicia y se fue a buscar al pulpo al pecio en el que vivía con la intención de darle las suyas y las del ídem, pero cayó en una trampa del cefalópodo, quedando preso de éste. Espumita, triste por la desaparición de su amado pero esperanzada ante su posible regreso, decidió sacar partido a su pena llorando valiosas lágrimas de cristal que podría usar en el futuro para pagarse una hipoteca o algo así. La verdad es que no da muchos detalles al respecto.

fuente: youtube

Trapito y Larguirucho, conmovidos, deciden que al pirata le pueden ir dando por saco y que su deber es rescatar a Caballito (lo de la entrega incondicional y eso). Acuden pues al pecio y, pese a lo peligroso de la situación, logran que el animal enrede sus tentáculos en distintos rincones del barco hundido y quede así inmovilizado. Caballito, liberado, se reencuentra con Espumita, quien agradecida les entrega a los dos salvadores sendas lágrimas como recuerdo.

Todo esto, añado yo, tiene lugar en las profundidades marinas. Y si tenemos en cuenta que esta parte del "viaje" se enmarca en el descenso al abismo, pues... Bien traído, ¿no?

Por otra parte, vale que os he pedido que no le deis vueltas, pero no puedo evitar pensar en ello. ¿Qué coño sale de cruzar una sirena y un caballito de mar? Yo creo que, si en vez de Manuel García Ferré, el director hubiese sido Guillermo del Toro, habríamos salido de dudas de manera innecesariamente gráfica.

En fin, sigo.

Los dos amigos vuelven a la superficie y niegan la existencia de las perlas, pero Ataúlfo descubre la que esconde Larguirucho y se chiva al capitán (pero qué tirria le tengo al puto cuervo, en serio). Harto de no recibir más que traiciones de quienes le rodean, Malapata decide ir a por las perlas él mismo, acompañado de Ataúlfo. Sin embargo, una vez sumergidos, sufren el ataque del pulpo, que aún enganchado a los restos del naufragio, persigue a pirata y cuervo hasta que desaparecen por el horizonte.

fuente: youtube

Larguirucho, haciéndose con el control del barco pirata, libera a la tripulación encarcelada a causa del motín y ordena volver a puerto, pues debe usar la lágrima de cristal como pago para recuperar a la chancha.

Se produce entonces el regreso: tras las aventuras vividas, el héroe vuelve al lugar del que partió, pero en Trapito se da una variación que me descoloca mucho. Y no sólo a mí. Mi novia vio la peli conmigo hace poco porque a veces se deja arrastrar por mis mierdas (también accedió a tragarse varias de las de submarinos, la pobre) y hemos hablado de este tema unas cuantas veces desde entonces: uno espera que Trapito, tras tantas aventuras y peligros, retorne de su periplo con alguna enseñanza que poder aplicarse a sí mismo o con alguna recompensa vital, pero no parece ser así. Y es que, tras despedirse de Larguirucho, el protagonista continúa su camino de descubrimientos acompañado de Salapín, pero éste se da de bruces con una pájara y, adelantando por la derecha a Ataúlfo en eso de ser un mierdas, se larga volando con ella, abandonando a un más triste que nunca Trapito, quien decide volver a enterrar sus pies en la huerta convencido de que nunca debió salir de ella.

Y mi novia y yo: PERO BUAT DEFAC. Sí. como el meme de Íker Jiménez que atesoro desde dos mil dieciocho porque los de mi generación somos comisarios de memes y vídeos de Youtube:

fuente: tumblr
PERO BUAT DEFAC

En serio, ¿qué cojones le pasa al puto pájaro? Mucho calentarse el pico con "vamos Trapito, vamos, que tú y yo tenemos que vivir aventuras" y tal, y luego le deja tirado cuando se le cruza un par de tetas.

Vale que el Patriarca de los Pájaros pasa por allí y le recuerda al hundido espantapájaros eso de que las ilusiones pueden salir volando y tal, pero no me jodas. Además, esto no anima a Trapito en absoluto, y el pobre no cambia de idea, tirándose así todo el invierno sin moverse del sitio.

Que esto me hace pensar en otro detalle en el que no reparé cuando vi la peli de niño decenas de veces porque mi cerebro no se dedicaba a darle vueltas a esta clase de cosas: Trapito rescata a Salapín en invierno, los dos personajes comienzan la aventura al comienzo de la primavera, encontrándose enseguida con Larguirucho, y toda la acción posterior transcurre durante los siete días de plazo que les da el mesonero. Entonces, ¿cómo coño vuelve a ser invierno otra vez? ¿O es que esta peli transcurre en un mundo de estaciones irregulares como el de Canción de hielo y fuego?

En fin, que llega entonces la primavera y vuelve el pajarraco, acompañado esta vez de la pájara y de una prole que ríase usted de las familias del Opus Dei, invitando a Trapito a unirse a ellos una vez más.

fuente: youtube

Y el prota, en vez de decirle a Salapín, como todos estábamos deseando, que él y su familia numerosa se pueden ir a zurrir mierdas con un látigo, abandona nuevamente el hoyo para corretear alegre por los trigales. FIN.

fuente: youtube

¿Cómo os habéis quedado? ¿Os cuadra este final con el viaje del héroe? Porque a mí no. Que igual aquí hay moralejas sobre perdonar a los demás (y sobre ser un poquito parguela también, la verdad) o sobre no tener las expectativas muy altas y yo no soy capaz de verlas, pero la actitud de Trapito me descoloca. Y como si del propio pirata Malapata se tratase, creo que la peli se queda coja por no tener un remate adecuado. 

¿Sabéis qué más se va a quedar cojeando? Esta entrada (bueno, más bien, esta serie de entradas sobre mi viaje a Argentina, que ya casi hemos terminado), que no se me ha ocurrido una manera ingeniosa de acabarla.

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lunes, 17 de agosto de 2026

En otro hemisferio. El susto

Hace unos años, el cómico andaluz Manu Sánchez acudió con su socio Rafa López al hospital para recibir un diagnóstico bastante jodido: le había sido detectado un cáncer testicular. Tras tratar de procesar lo mejor posible esta terrible noticia, ambos se dirigieron en coche al plató en el que estaban llevando a cabo un proyecto que no viene al caso para continuar trabajando.

Buscando romper el silencio de aquel tenso trayecto, Rafa le hizo una pregunta al humorista que, sin pretenderlo, constituyó un ejemplo maravilloso de humor negro: 

―¿Sabes quién se está muriendo también?

Si he elegido esta anécdota tan macabra para arrancar hoy es porque yo también quería formular esa misma pregunta. Aunque en mi caso la respuesta, o mejor dicho, respuestas, son bastante menos trágicas: se está muriendo el verano y se está muriendo esta serie de entradas sobre mi viaje a Argentina.

En alguna ocasión he llegado a mencionar que no quería convertir esto en un diario que describiese al detalle lo que hice por allí, lo que me ha llevado a publicar más de un post loquísimo que apenas tenía que ver con mi periplo (y no hay más que echar un ojo al anterior para confirmarlo). Pero creo que eso tampoco es justo. Por mucho que éste sea MI blog y aquí se hable de lo que me dé la gana, debería dedicar algo más de texto a relatar lo que ocurrió durante aquellos días.

De hecho, podría aprovechar que una jornada en particular fue especialmente ajetreada y contar en detalle todo lo que hice entre su alba y su ocaso.

Para empezar, remarcaría el madrugón que Lucre, su padre y yo nos pegamos aquel día, pues nos habíamos prometido los unos a los otros que en algún momento saldríamos a correr, y no fue hasta que estuvimos a punto de agotar nuestros minutos en Mar del Plata que pudimos llevar a cabo dicha actividad física.

Describiría entonces el kilométrico recorrido que hicimos aquella mañana: cómo comenzamos recorriendo la Avenida Patricio Peralta Ramos entre la base naval y el campo de golf para después desviarnos por Guardavidas Guillermo Volpe y desembocar en Playa Grande. De este fragmento destacaría que la marea estaba lo bastante alta como para que las olas nos pudiesen dar besitos en las suelas de las zapatillas de deporte mientras mis pies se hundían en una fina arena sobre la que no estoy acostumbrado a correr.

Seguiría relatando el circuito: más Patricio Peralta Ramos siguiendo la línea de costa y un nuevo desvío buscando huir del tráfico por el Paseo Jesús de Galíndez hasta que, una vez dejada atrás Playa Varese, alcanzamos al punto más alejado del inicio de nuestra carrera.

A llegar esta altura del recorrido y de su narración, me armaría de valor y compartiría con vosotros un detalle casi escatológico: de todos es sabido que las visitas al váter se convierten en un desafío cuando uno viaja a un lugar que queda lejos de su propio retrete, y mi estancia en Argentina no fue una excepción a esta norma. Bueno, pues tras varios días sin decidirse, fue en aquel lugar tan alejado de la privacidad de un cuarto de baño donde mi aparato digestivo me dijo "ahora es cuando", provocándome así unos retortijones que me obligaron a moverme como si fuese Chiquito de la Calzada a lo largo de todo el interminable camino de vuelta.

Camino de vuelta durante el cual nos cruzamos en varias ocasiones con corredores (quienes tenían más dignidad que yo en aquel momento) que, tal y como me hacía saber el padre de Lucre, eran veteranos de la guerra de las Malvinas. Pero yo no tendría por qué daros este detalle. Mi fea confesión habría sido buen broche al primer capítulo de aquella jornada y vosotros sois un público miserable que viene aquí a verme sufrir, no a recibir lecciones de Historia. Así que sí, podría pasar directamente a contaros que un par de horas después nos estábamos haciendo a la carretera.

Os daría algunas pinceladas del viaje en coche: que tenía como origen Mar del Plata y como destino Buenos Aires, que se tarda unas cinco horas en completarlo, que la mayoría del trayecto es en línea recta (y aquí lo compararía con los desplazamientos en España, bromeando con que cualquier ruta de más de noventa minutos por la Península Ibérica se considera una expedición) y que en el vehículo íbamos Lucre, su padre (al volante las cinco horas, que se dice pronto), su madre, su hermana y yo.

Cinco horas en coche dan para varios párrafos, así que alternaría las descripciones de las interminables llanuras que se extendían a ambos lados de la carretera con imágenes que tomé durante el camino. Como la de estos dos perretes que, mientras descansaban en una gasolinera de su propio viaje, miraban a mi objetivo con desconfianza:


O la que saqué en marcha desde este local sin tener tiempo ni pericia para poder encuadrar la escena completamente:


O, ya que estamos, la de este camión de transporte de vacas al que adelantamos, en una de las pocas ocasiones en las que el filtro que mi cámara aplicaba a las imágenes dio un buen resultado en vez de hacerme la puñeta:


Tras mostraros este carrusel, procedería a dar un giro a mi relato, contándoos que entre mis deseos se encontraba el de saciar al mismo tiempo mi curiosidad y mi hambre probando el choripán, del que había oído hablar muchas veces sin haber podido dar con el emplazamiento adecuado para su ingesta. Y entonces encauzaría de nuevo la historia al haceros saber de la parada que hicimos en una parrilla situada junto a la carretera:


Tras esta foto, publicaría esta otra:

Y el pie de foto rezaría: "deseo cumplido"

Y como la acción de comer un choripán no tendría mucha miga (no como el propio bocadillo. Porque joder, qué rico), añadiría que mientras daba cuenta del mismo pasó por una vía cercana un tren de Ferrocarriles Argentinos cuyo maquinista se asomó para saludarnos sin darme tiempo a echar mano de mi cámara de fotos para poder inmortalizar el momento; algo de lo sigo lamentándome a día de hoy.

Debido a que el único acontecimiento destacable del resto de aquel trayecto fue la compra de medialunas pasado Chascomús, y eso ya lo mencioné hace unas cuantas semanas, pasaría a hablar directamente de nuestra entrada en la capital, y del largo paseo que dimos por algunos de sus enclaves más conocidos.

Ya os he dicho que fue un día ajetreado, y como sé que llegados a este punto de la entrada algunos ya estaríais pidiendo la hora, trataría de ser breve y me limitaría a compartir algunas de las fotos que saqué mientras se ponía el sol.

Empezaría por las coloridas fachadas de Caminito:


Incluiría una segunda y curiosa imagen de una parrilla ubicada en ese mismo lugar:


Y terminaría con esta turística instantánea de dos bailarines que exhibían su tango junto a las mesas de un bar en el que no llegamos a entrar:


Os enseñaría entonces el portal del piso en el que vivía Mafalda:


Y terminaría con una toma de la Plaza de Mayo, uno de los enclaves a los que más ganas de ir tenía debido a su importancia histórica:


Concluiría entonces este larguísimo relato diciendo que con la noche bien entrada, guiados por unas farolas que, de tan brillantes, no dejaban que los pájaros se fuesen a dormir, nos dirigimos por fin a casa de la abuela de Lucre, y que aún deberíamos de pasar unos minutos de conversación sentados en torno a la mesa de su cocina durante los cuales me dediqué a usar la parte de mi cerebro que aún no estaba apagada o fuera de cobertura para, mientras echaba alguna mirada furtiva al padre de Lucre, tratar de comprender cómo aquel hombre podía seguir despierto y fresco como una rosa para concluir que sería efecto del mate.

Satisfecho pues con el contenido y con el cierre, titularía a esta entrada "El día más largo" (bueno, más bien "En otro hemisferio. El día más largo", pero ya me entendéis) y le daría al botón de publicar. Sin embargo, he decidido que no voy a hacer eso. En su lugar, voy a relataros una anécdota que aconteció durante aquella misma jornada y que, por sí sola y bien contada, puede tener más chicha que todo el día en su conjunto.

Resulta que, en cuanto llegamos a Buenos Aires, el padre de Lucre dirigió el vehículo al barrio de La Boca con la intención de que fuese esta zona la primera parada de nuestra visita a la capital. Tras unos segundos de callejeo, localizó una plaza de aparcamiento libre y estacionó el vehículo. Hasta aquí, todo normal.

No obstante, una vez todos los ocupantes salimos de aquel coche, un muchacho se aproximó para decirle al conductor con envalentonada chulería que si quería aparcar ahí su coche, tendría que pagarle, so pena de que "alguien" le rayase la carrocería o le rompiese alguna luna. El padre de Lucre, sin achantarse ni un pelo, le respondió:

―Osea, que si vengo y le ha pasado algo a mi auto, sé que has sido tú el que se lo ha hecho.

Esta respuesta pilló por sorpresa al mocoso, quien únicamente acertó a balbucear alguna incoherencia clavado en el sitio. El problema es que no estaba solo. Inmediatamente, se aproximaron otros individuos más chungos y más peligrosos con los que claramente iba a ser más complicado tratar. Buscando evitar un conflicto en el que nuestro bando tenía las de perder, el padre de Lucre nos instó a comenzar la visita sin él para acto seguido volver a meterse en el coche y salir de allí en busca de una plaza de aparcamiento libre de gentuza.

Y yo me quedé con Lucre, su madre y su hermana convencido de que volvería de Argentina con dientes de menos.

A pesar de que ahuecamos el ala todo lo rápido que pudimos y no miramos atrás hasta llegar a una zona bastante turística y en principio segura, pasé los siguientes minutos considerando que cualquier individuo en diez metros a la redonda constituía una amenaza. De hecho, cobarde de mí, llegué a arrimarme más de lo necesario a una pareja de turistas asiáticos de avanzada edad porque uno de ellos cargaba con una cámara de fotos a todas luces carísima. Si allí iba a ocurrir una escena de las de chorizo pegando un tirón para después salir corriendo, prefería ser la menos fácil de las víctimas.

Bueno, pues en ese instante en el que mis niveles de paranoia llegaban a máximos históricos, y mientras me hallaba más tenso que una ardilla cruzando una autopista, alguien se acercó por mi espalda y exclamó:

 ―¡Ya...!

Retomando la narrativa teórica que ha protagonizado gran parte de esta entrada, yo ahora podría confesaros que al escuchar este adverbio de forma inesperada di un respingo y comencé a cerrar el puño mientras me daba la vuelta, dispuesto a llevar a cabo un ejercicio de violencia preventiva. Ejercicio que finalmente no llevaría a cabo pues, por suerte, aquel individuo pudo expresar el resto su mensaje antes de que mi sistema límbico la liase:

―...estacioné el auto.

Remataría entonces fanfarroneando con que, efectivamente, aquella tarde faltó muy poco para que le soltase una hostia al padre de Lucre.

Pero no quiero ser un embustero. Siempre he sido más cobarde que un chihuahua en una tormenta, por lo que voy a acabar esta entrada confesando que ni puño cerrado, ni sistema límbico, ni leches. Y que aquella tarde, para lo que realmente faltó muy poco, fue para para que me arrodillase ante aquel (por unos instantes) desconocido y, abrazado a sus tobillos, le rogase:

―Nomematenomematenomematenomematenome...

Qué tensión, ¿no? La semana que viene, para relajarnos todos un poco, un rato de cine.

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