¿Os gustó la foto que publiqué en mi anterior entrada en la que salgo regando el patio con cinco añitos? Durante aquella época estuvo vigente en España una ley no escrita que todos los chiquillos solíamos obedecer a rajatabla: los minutos muertos de antes de la hora de la comida debían destinarse a ver Los Simpsons en la tele. Por ello, quienes ahora rondamos la cuarentena somos básicamente enciclopedias andantes cargadas de conocimiento acerca de la serie yanki. Al menos, de sus primeras diez temporadas.
Cierto día por aquella época, no sé muy bien por qué, decidí saltarme la norma y me di un garbeo por mi barrio mientras esperaba a que llegase el momento de llenar el buche en lugar de pasar el rato ante la caja tonta. El azar quiso recompensar mi rebelde acción, y en un momento de aquel paseo vi tirada en el suelo una moneda de quinientas pesetas.
Al cambio, quinientas pesetas son tres euros, que es más o menos lo que cuesta hoy en día poner un pie en la calle. Pero otrora, y para un mocoso como el que fui, quinientas pelas constituían un dineral. Sintiéndome un nuevo rico, corrí de vuelta a casa tras recoger aquel tesoro y le comuniqué la noticia a mi padre, que se limitó a darme el siguiente consejo financiero:
―No te lo gastes todo en el quiosco.
¿Que si seguí su recomendación? Dejemos que sea un breve fragmento de la larga conversación que mantuve inmediatamente después con el quiosquero de mi barrio el que responda a esta pregunta:
―Y dos chicles Boomer de fresa...
―Llevas gastadas trescientas veinte.
―Y una bolsa de monchitos...
―Trescientas treinta y cinco.
―Y tres regalices rojos...
―Trescientas cincuenta.
―Y una mariquita de chocolate...
No había visto una bolsa con tantas golosinas en mi vida. Y aún a día de hoy puedo sentir el peso de la misma. Aunque para pesada, la mirada de desaprobación que me dedicó mi progenitor cuando me vio volver a casa por segunda vez en aquel mediodía habiendo convertido en azucarado bien de consumo todo mi capital.
Esta imbecilidad financiera continuó siendo mi inseparable amiga a lo largo de los años. Os haréis una idea si os digo que lo único que soy capaz de recordar de la asignatura de Economía que cursé en el instituto no tiene nada que ver con los conceptos estudiados, sino con una situación que se dio durante una lección de dicha materia especialmente aburrida. Buscando luchar contra el tedio, dos compañeros y yo comenzamos a entonar el tema de Tiburón. Aquella representación fue subiendo de tono y terminamos a puro berrido, improvisando una escena de la peli con ruidos de mordiscos y gritos de víctimas playeras. La profesora, incapaz de creer que tres de sus alumnos se hubiesen arrancado a hacer el gilipollas tan descaradamente, nos echó del aula (con toda la razón del mundo, todo sea dicho), imponiéndonos como castigo que copiásemos todo el contenido de un número nada desdeñable de páginas del temario.
Como estaréis imaginando, a día de hoy no recuerdo ni una palabra de aquello que me tocó reproducir.
Para terminar de convenceros, otro ejemplo bien reciente: hace un par de años, y con mi cabeza supuestamente asentada, mi jefe y yo mantuvimos una reunión durante la cual hablamos de la próxima jubilación de uno de mis compañeros. Y mi superior, que además de la relación laboral compartía con él una amistad de las de llevar a los chiquillos al mismo colegio y cosas así, me comentó que le estaba muy agradecido debido a ciertos consejos inversores bastante fructíferos. Y yo contribuí a su observación sentenciando:
―Pues yo todo lo que sé hacer con el dinero es tenerlo y gastarlo.
Espero que estos ejemplos dejen claro que mi conocimiento sobre el mardito parné es nulo. Eso sí, preguntadme lo que queráis acerca de Los Simpsons. Pero sólo de las primeras diez temporadas, insisto.
Bueno, pues así me presenté en Argentina, un país cuya economía podría calificarse como "peculiar" (en cierto punto durante el viaje le diría a Lucre: "no te ofendas, pero económicamente tu país es un circo de tres pistas". Y no sólo no se ofendió sino que me dio la razón). Y si no sé nada de dinero, de dinero argentino directamente no sé nada de nada. Y lo que es peor, a lo dicho hay que añadir que tenía un cacao considerable al respecto, pues Jorge (sí, con quien viajé a Tailandia, Camboya y Vietnam), tras haber estado él en el país sudamericano, me habló de tasas, de dólar oficial, de dólar blue y de cómo se las apañaba para cambiar euros por pesos sin que se la metiesen doblada, explicándome conceptos una y otra que vez que yo, una y otra vez, era incapaz de procesar.
Pero es que creo que Jorge en otra vida tuvo que ser estraperlista o algo por el estilo, que había que verle manejándose con los baths, los rieles y los dongs al colega.
Tampoco ayudó que Lucre me alertase acerca de las enormes comisiones existentes en los cajeros automáticos, o que me sugiriese, más en broma que en serio, que en caso de necesitar efectivo en moneda local en Buenos Aires localizase un "arbolito" sin darme más detalles al respecto, haciéndome así sentir como recién llegado a una dimensión desconocida y amenazante, tal y como le ocurre a Homer cuando, escondiéndose de sus cuñadas tras una estantería, atraviesa un portal al mundo tridimensional (La casa árbol del terror IV - Homer³. Temporada 7, episodio 6).
Vale, cierto es que estando allí pasamos parte de una mañana viendo un vídeo interesantísimo sobre la historia del peso argentino que ahora no logro encontrar para enlazar aquí, pero mi incapacidad para procesar datos económicos hizo que en cierto punto de la visualización mi cerebro me dijese "tú puedes quedarte, pero yo me piro", dándose una escena similar a la que experimenta el padre de la familia amarilla cuando no es capaz de soportar la detallada explicación sobre sidra que le da su vecino Flanders (Quema, bebé Burns. Temporada 8, episodio 4).
Al menos, por suerte para mí, el haber vivido el paso al euro me ayudó con la tasa de cambio, pues diez mil pesos equivalían, a ojo, a seis euros, y como seis euros equivalían a mil pesetas, me bastaba con echar mano de los cálculos que hacíamos cuando empezó a usarse la moneda común y quitarle un cero a los precios vigentes para calcular el valor de las cosas.
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| Dejo aquí este flyer que me dieron a la entrada de un restaurante en Mar del Plata para que, en caso de que algún argentino se pase por aquí en el futuro, compare los precios de dos mil veinticinco con los actuales y se sorprenda. O no |
Vamos, que las quinientas pelas del principio de la entrada habrían sido cinco mil pesos si la escena hubiese tenido lugar en Argentina. Dicho así parece mucho dinero, pero no es tanto. Y se queda lejos de los veinte dólares que Bart y Milhouse se encuentran y utilizan para adquirir un fresisuis extra dulce en el Badulaque (Explorador de incógnito. Temporada 5, capítulo 8).
Tirando de este euroconversor mental me las apañé más o menos cada vez que me tocaba hacer una transacción. Eso sí, no dejaba de sorprenderme el que muchos negocios ofreciesen descuento a quien abonase su compra en efectivo en vez de con tarjeta, a pesar de que viví una situación parecida cuando estuve con mi novia en Estambul en dos mil veintipoco, con la economía mundial lamiéndose las heridas después de que el COVID le pasase por encima. En aquella ocasión, el dueño de un restaurante me rogó, al ver sacar mi tarjeta, que fuese al cajero de la acera de enfrente y le pagase en efectivo, alegando que al tener tantas deudas, lo que no cobrase en metálico se lo iba a quedar el banco directamente.
Ser un turista que tan sólo estaba de paso me permitía ver los toros desde la barrera, no sin cierto vértigo, pues existe todo un enjambre de promociones que cada establecimiento ofrece en Argentina basándose en el método de pago utilizado o en qué día de la semana es (os lo juro). Estar al tanto de la variedad promocional requiere de una app que las gobierne a todas, y cuando Lucre me hizo ver una tabla resumen al respecto estuve a punto de caerme de culo:
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| fuente: clash |
Y por si algo así, pensado para el día a día, no fuese ya bastante mareante, el tema de la financiación directamente es de juzgado de guardia. Lucre me pasó una foto de un catálogo de aires acondicionados y ventiladores cuyo plan de amortizaciones e intereses me causó un dolor de cabeza como el que Bart le provoca a una Marge embarazada de Lisa a base de dar por saco aporreando cacerolas (La primera palabra de Lisa. Temporada 4, capítulo 10):
Vale, yo no sería un residente condenado a lidiar con el sistema, pero el mismo me atrapó en su vorágine en varias ocasiones. Concretamente, en aquellas en las que no me quedó otro remedio que pagar con tarjeta. La primera de ellas, el mismo día que aterrizamos y pasamos unas horas en Buenos Aires, ya que la cajera del Carrefour me hizo enseñarle mi pasaporte para confirmar que aquel rectángulo de plástico era efectivamente mío a pesar de que yo estaba haciendo un pago contactless que ni siquiera requirió que metiese el pin.
Días después, en otro supermercado, y viendo que nadie estaba haciendo uso de las autocajas, me dirigí a una de ellas para pagar por varias chucherías al tiempo que Lucre y sus padres hacían lo mismo en otra. Tras trabajar gratis para el establecimiento y tener todo embolsado, pasé mi tarjeta por el lector y la pantalla me pidió que introdujese mi DNI, lo que dio lugar a una conversación irreal con la empleada al cargo de las cajas automáticas:
―Disculpa, la máquina me está pidiendo que meta el DNI.
―Sí, es que tenés que introducir el número de DNI.
―Pero es que no soy argentino.
―Y ¿no tenés DNI?
―No, no tengo DNI argentino. Soy español.
―Pero, ¿cómo no tenés DNI?
Que en ese momento me dieron ganas de decirle: "dame un segundo, que se lo robo a alguien más débil que yo y así tengo puto DNI", pero el padre de Lucre hizo innecesario que le faltase al respeto a la sufrida trabajadora al hacer acto de presencia e introducir su propio número de identificación. Huelga decir que a la autocaja de los huevos le dio exactamente igual que aquella cadena de dígitos y mi tarjeta no tuviesen nada que ver, pues se pudo completar la transacción sin problema y ya sólo nos quedó enseñar TODOS los productos a la salida mientras el vigilante de seguridad los iba marcando uno a uno en el ticket de compra haciendo incluso comentarios jocosos sobre algunos de ellos.
Aquella mañana descubrí que los argentinos, si no utilizan las autocajas, no es por una cuestión de principios. Es por el coñazo que supone.
Lo bueno es que aprendí la lección, y la tercera (y última, que yo recuerde) vez que tuve que hacer uso de este método de pago en otro supermercado (en esta ocasión bonaerense), le dicté a la cajera con toda la naturalidad mi propio número de DNI español comiéndome la letra. Y coló.
Todo esto es, en líneas generales, lo poco que puedo contaros sobre el vil metal. Cuando empecé a pensar en escribir sobre mi viaje a Argentina supe y temí que tendría que dedicarle una entrada, y tras haber demostrado que la economía y yo somos agua y aceite, me siento satisfecho de haber podido soltar semejante turra, habida cuenta de que he sufrido un bloqueo mental de varias semanas durante las cuales lo único que se me ocurría contar por aquí es que los billetes de peso me parecieron muy bonitos y que me chocó que todos tuviesen el mismo tamaño:
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| Mi colección |
Hablando de billetes, y para ya definitivamente demostrar que soy un completo zote desde el punto de vista financiero, adivinad quién volvió a Austria tras pasar semana y media en Argentina y, al deshacer el equipaje, se encontró un fajo de pesos por valor de cincuenta euros que había metido en su maleta uno de los primeros días para acto seguido olvidarse de su existencia.
En fin... ¿Quién tiene hambre?























