lunes, 2 de febrero de 2026

Dulcecitos

Cuando faltaban un par de días para que muriese dos mil veinticuatro publiqué con prisas una entrada en la que describía otro ejemplo más que demuestra que mi vida a veces es un sketch de Pepe Viyuela.

Considerando que a estas alturas de década ChatGPT ya os ha convertido el cerebro en babas, intuyo que no os ha salido de en medio revisar la susodicha entrada que me he molestado en enlazar para nada, ¿verdad? Pero no os preocupéis, vagos, que ya me encargo yo de daros los dos puntos más destacables de la misma de cara a lo que os va a tocar leer ahora:

1 - En ocasiones voy a echar un ojo a Gata, la gata de una amiga que vive cerca de mi casa.

2 - Mi amiga, agradecida, siempre trae regalos (generalmente chocolate).

Resulta que durante el pasado año hubo que pasarse por los dominios de Gata alguna que otra vez al encontrarse mi amiga ausente. Durante una de dichas ausencias, mi amiga pasó unas semanas en su Chile natal, y como de costumbre se volvió a casa con muchos presentes que llevaban mi nombre y el de mi novia (quien también cuida de Gata, que no lo he dicho hasta ahora). Por ejemplo, me trajo un Principito en Mapuche:

Mi parte favorita es ésa en la que el zorro le dice al principito: "küme pengelay feymew piwke engü pengekey mütem. Fey ta chi falingechi dungu kimfalngenochi ta pu nge mu"

No quiero dar muchos detalles de por qué mi amiga ha acertado regalándome un ejemplar de El Principito en un idioma del que no habíais oído hablar hasta ahora porque me huelo entrada aparte al respecto. Sólo destacaré que hasta el envoltorio estaba curradísimo. Con pegatinas que he transferido a la solapa del libro y un sello que he recortado para usar de marcapáginas:


Y sí, también había chocolate en el regalado lote. Variado hasta el punto de que me da para hacer una degustación semanal que voy a compartir con vosotros enseguida y acompañado por una nota (la nota no la comparto, que eso lo considero correspondencia personal. No me seáis cotillas además de vagos) de lo más cuqui en la que mi amiga describía cada artículo. Aunque para cuquis, los nombres en diminutivo de varios de ellos. Seguro que para vosotros son tan desconocidos como el idioma mapuche, así que disfrutad de su descubrimiento menos que yo, porque vosotros no os los vais a comer y yo sí.

Lunes. Sapito


Un sapo de chocolate cuyo envoltorio evoca la piel de una vaca, ¿por qué no?. Me gusta:


Tiene un exterior suave, como el del churro ése que le clavan a los conos de helado 99p de las islas británicas que casi nunca comí porque en Irlanda siempre hacía un tiempo de mierda que me quitaba las ganas de helado.


El chocolate con leche tiene una presencia muy sutil porque el interior contiene bolitas de cereales que se llevan todo el protagonismo. Me paso todo el tiempo que dedico a comerme el sapito pensando que lo de las bolitas de cereales me recuerda a otro dulce que sabe igual y se siente igual, pero no logro recordar cuál es.

Eso sí, riquísimo el sapito.

Martes. Laguito


El alfajor de los Lagos del Sur en cuyo envoltorio se indica que está relleno con manjar de repostería y bañado con cobertura sabor chocolate:

Y no caduca. Vence

Al abrirlo, veo que el pobre se ha llevado una paliza. Y no le culpo. Tengamos en cuenta que esta chuchería ha volado desde Chile hasta mi casa, y yo suelo acabar peor cada vez que tengo que subirme a un avión.


Su estado físico no le impide resultar delicioso. Y como todo alfajor que he probado hasta la fecha, tiene una textura que le hace parecer un pariente lejano del phoskitos. No tengo muy claro si lo de "manjar de repostería" es en realidad dulce de leche, un sucedáneo del dulce de leche o algo totalmente distinto (en la lista de ingredientes, al dorso, aparecen entre paréntesis los componentes de dicho manjar, pero he dejado de leer al ver la palabra "carragenina" porque le tengo miedo a lo desconocido). Sin embargo, mi paladar simplón asume que es dulce de leche y lo disfruta muchísimo.

Aún no he terminado de saborear el laguito y sigo dando vueltas al sapito de ayer. ¿A qué me recuerda? Me vienen a la mente unos bombones de chocolate. Algunos tenían el envoltorio azul y otros rojo, pero mi cerebro no logra desenterrar más detalles de ese recuerdo...

Miércoles. Vizzio


No confundir con Vicio, la canción de Reincidentes. Que si todo sale según lo previsto, en unos meses volveré a mencionar dicho conjunto en una entrada que enlazaré aquí. Pero si las cosas se tuercen y no hay ningún enlace, olvidad lo que acabo de decir, por favor.

Volviendo al dulce, lo primero que pienso es que se rompió la racha de los diminutivos, lo siento. Pero me gusta la elegancia con la que el mismo se presenta, en su caja de cartón y todo:

"¡déjame uno!"

Tal y como se anuncia, el interior contiene 3 bolsas / 3 bags. Y así es. Para muestra, una de ellas / one of them:


Y finalmente, tras adentrarnos en esta capa de embalaje final, llegamos al tesoro: once almendras que llevan un disfraz de chocolate.


No puedo decir mucho porque un fruto seco chocolateado no tiene misterio, pero he de reconocer que la parte del chocolate tiene un sabor muy agradable que tarda en desaparecer. No sé si me explico. A ver, que yo no me dedico a comer cosas y luego ponerles nota de forma profesional, ¿sabéis? Además, llevo desde el lunes sin dejar de pensar en lo del bombón que sabe como el sapito. Porque era un bombón. De eso estoy seguro. Y yo creo que se vendía en bolsas, pero no recuerdo en qué comercios concretamente. Dios, esto me esta haciendo perder la cabeza.

Jueves. Trencito


Me encantan las esquelas del envoltorio. Volveré a ese tema en una entrada futura (o eso espero)

A ver cómo planteo yo esto... Vale que, tratándose de un producto de Nestlé, resulta contradictorio lo de ese nombre tan cuqui si nos paramos a analizar el historial que tiene dicha empresa, y ya sabéis que yo soy el primero dispuesto a meterse en política cuando hace falta. Y sí, lo de creerse moralmente superior al resto por boicotear a tal o cual producto está muy bien (aunque muchas veces el único que se beneficia de ello es el propio ego), pero ¿sabéis qué está mejor aún? Dejar todo eso a un ladito y celebrar el tener una amiga con la que poder intercambiar favores catsittingeros que encima se molesta en traerte chocolate desde el otro lado del mundo.

Además, juraría que tiempo ha, una de las veces que ella cuidó de nuestros gatos, le traje de España una Caja Roja, así que no soy nadie para tirar la primera piedra.

Hecha esta aclaración que no sé si realmente ha aclarado algo, diré que la tableta tiene la forma más curiosa que he visto hasta la fecha:


Y en cuanto al sabor... La sencillez de ser chocolate con leche y ya, sin adornos, hace que el paladar pase un buen rato al no tener que complicarse identificando sabores y texturas que quizá no deberían mezclarse con el cacao, como ocurre en otros casos (y no miro a nadie, sal marina de los huevos). Aprecio no tener que pensar mucho mientras doy cuenta del trencito porque así puedo darle vueltas al tema de los bombones. ¿Los vendían en el Lidl? Porque eran baratos y venían en bolsa grande, desde luego. Si es así, puedo comprobarlo mañana cuando vaya a hacer la compra. Pero yo creo que hace muchísimos años que los comí por última vez. ¿Y si eran de algún comercio que ya no existe, como el Plus Superdescuento? A ver qué hago en ese caso. En fin...

Viernes. Super 8


Se acabaron los nombres cuquis.


Como ya di la turra lo suficiente con el asunto de Nestlé en el apartado del trencito, paso directamente a enseñaros qué pinta tiene el Super 8 una vez desenvuelto:


Como podéis ver, es una oblea bañada con chocolate. Que no sé a vosotros, pero a mí el cuerpo me pide prepararme un café para que le haga compañía. El problema es que, con mi bocaza de tragaldabas, el super 8 desaparece en un bocado. Y entonces, ¿qué hago, si todavía no me he terminado el café?

Pues comerme otro super 8, por supuesto. Y quizá otro más. Y, ¿por qué no? Otro más. Y creo que por el bien de mis arterias, mejor doy por terminada la entrada aquí. Si os habéis quedado con ganas de más, dadme dulces que ya me encargaré yo de escribir al respecto mientras me los jalo.

Y no, los bombones de mis recuerdos no están a la venta en el Lidl, que lo acabo de comprobar.

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lunes, 26 de enero de 2026

En casa ajena

Allá por dos mil y poco cometí (entre otros) dos errores que se prolongaron durante varios años en el tiempo. El primero, inevitable, fue ser adolescente; y el segundo, responsabilidad mía, fue tener el pelo largo.

Pero no todo lo que aconteció durante aquella época resultó reprochable. Algo bueno hubo. Por ejemplo, me hice amigo de una chica con la que compartí momentos loquísimos cuyos recuerdos atesoraré hasta que la demencia se coma mis neuronas. Para que os hagáis una idea, una vez nos dio por improvisar una actuación callejera en una plaza de Poitiers: mientras yo tocaba el tamtam ella bailaba sus cariocas (y nadie, inexplicablemente, se paró a echarnos dinero). En otra ocasión, dedicamos la media hora de recreo a correr al supermercado cercano al instituto, comprar un potito de frutas y compartirlo durante los pocos minutos restantes. O, también durante otro descanso, dimos cuenta de unas galletas caseras y sendos cafés con leche de termo que acordamos prepar la tarde anterior.

Todo tan loco como divertido, oye. Pero... Ya lo decía la sintonía de Érase una vez el cuerpo humano: "la vida es así, la vida, la vida es así", y fue la vida la que quiso que mi amiga y yo nos distanciásemos poco a poco hasta perder todo contacto.

Qué triste, ¿verdad? Pero vosotros sabéis que mis entradas nunca son tan cortas (y esta en particular va para largo, aviso), así que podéis guardar los pañuelos que la historia no acaba aquí. La historia continúa, ojo cuidao, QUINCE AÑOS DESPUÉS (estoy alcanzando una edad en la que mis anécdotas empiezan a parecer relatos de Gabriel García Márquez, macho), cuando descubrí a mi amiga (que estaba igual que en nuestra época estudiantil, la muy asquerosa) en LinkedIn y a través de esta plataforma decidimos volver a vernos y ponernos al día. Se produjo el reencuentro y a la mitad del primer café, como si no hubiesen pasado tres lustros y estuviésemos de vuelta en dos mil y poco (aunque por fortuna, sin ser adolescentes ni yo tener el pelo largo), ya estábamos planificando más divertidas y absurdas gilipolleces. 

Resurgió así una amistad mantenida en la distancia (porque ella ahora vive en Burgos y yo en Austria) que mantenemos viva a base de intercambiar memes y de quedar cuando viajo a Valladolid siempre que nos venga bien a los dos. Que a veces ella no puede quedar, a veces yo no puedo quedar y a veces ninguno podemos quedar. Que parece que vayamos cargando con sendas agendas mentales atiborradas de obligaciones en cuyas portadas esté escrito: "la vida es así, la vida, la vida es así".

Pues bien, yo hace unos días dije por aquí que había estado en la capital del Pisuerga, y durante ese tiempo se alinearon los astros de la conciliación, así que os podéis imaginar que esta interminable introdución me va servir para contaros que mi periplo vallisoletano incluyó una escapada a la capital del Arlanzón.

El anterior párrafo rima y me ha dado repelús cuando me he dado cuenta de ello.

Tras recorrer en el coche de mis padres más de cien kilómetros por la autovía de Castilla y dar unas cuántas vueltas en busca de aparcamiento, subí a casa de mi amiga y recibí de parte de sus tres gatos millones de mimos que pintaron de colores aquella tarde gris invernal (y es que mira que es fea esta región en enero, tengo que reconocer). Una vez completado este protocolo felino, mi amiga, su novio y yo bajamos en busca de algún bar en el que poder comer y beber.

Al final terminamos en uno que mi amiga utiliza a diario como centro de operaciones cafeteras y como lugar en el que socializar y divertirse los fines de semana, lo que me da cierta envidia porque yo de eso en Austria no tengo. En Austria los bares son sitios lúgubres escondidos tras cortinas viejas en cuyo interior sólo hay ancianos que llevan siendo viejos desde que cumplieron treinta años y que se dedican a beber cerveza de medio litro en medio litro desde las ocho de la mañana. Allí no vas a encontrar un bar en el que la dueña sabe cómo se llama todo el mundo, hace unas tortillas de patata deliciosas y pone a Extremoduro en el hilo musical.

Pero en Burgos, sí. En Burgos hay al menos un bar así y en aquel bar es donde estábamos mi amiga, su novio y yo cuando hizo aparición una amiga de mi amiga.

Intuyo que no sabéis a dónde quiero llevar esta historia. Os confieso que yo, aunque sí lo sé, no tengo nada claro cómo llegar hasta ahí, pero sigo.

La amiga de mi amiga se dedica a la peluquería, y no sólo eso, sino que días atrás había sido autora de las mechas que mi amiga aún lucía en la tarde de autos. Menciono esto porque quiero meter un pequeño inciso en este farragoso post para contaros que, mientras las dos se dedicaban a buscar inspiración en Google Imágenes para un nuevo proyecto peluquero, mi amiga le enseñó una foto nuestra tomada veinte años atrás en la que yo, os podéis imaginar, salgo con el pelo largo. Y la estilista, tras decirle "estás igual, asquerosa" (la camarera también vio la foto y dijo algo parecido, por cierto) me aseguró a mí que yo podría repetir el look que me caracterizaba entonces, que tenía base para ello, y que, por muy aterrado que estuviese al verme cada vez más ralo, no tenía por qué preocuparme porque no me estaba quedado calvo. Y no sé si se refería al aceite de horas antes del lavado de cabeza, al champú (y al acondicionador, por supuesto) hidratante, al revitalizante de después del lavado, al serum con vitaminas de por la mañana o al serum fortificante de por la noche, pero me dijo que se notaba que me daba algún producto específico para cuidarme el cabello:

Mi rutina (contenido no patrocinado)

Esto, pocos días después de que mi dentista, tras revisarme la dentadura, me dijese que no tenía ni caries ni sarro, y que mi higiene dental era "muy buena. Quizá un poco excesiva". Me lo dijo A MÍ, que siempre he tenido las encías como los rincones de la casa a los que no llega la roomba.

Y hasta aquí este inciso que he querido compartir para que veáis que, aunque a veces no lo parezca, también tengo hueco en la memoria para los comentarios positivos que me dedica la gente. Además, el chiste de la roomba me pareció muy gracioso en su momento y quería colarlo como fuese.

Total, que estábamos en aquel bar hablando de pelos largos y pelos cortos cuando la amiga de mi amiga se enteró de que a pocos metros de allí estaba teniendo lugar un VaciArte (y esto es de lo que yo quería hablar hoy, de verdad), y propuso que participásemos en el mismo.

Vosotros no sabéis lo que es un VaciArte, y yo tampoco lo sabía (algo que la amiga de mi amiga comprobó cuando vio que reaccioné a su propuesta poniendo la misma cara que una vaca viendo pasar el tren). Se trata de un mercadillo que organizan dos chicas burgalesas con los enseres de una vivienda a los que hay que dar salida porque su habitante se ha mudado al cementerio o porque la misma va a salir a la venta y tiene que vaciarse. Lo curioso es que todo esto ocurre en el propio domicilio, cuyas habitaciones se convierten en escaparate durante unas horas. Así que llegamos allí (yo tiritando por la calle porque en Burgos el frío no se tiene. Se sufre) con dos ideas en mente: curiosear y hacernos con alguna ganga.

Lo de recorrer la casa de alguien pudiendo examinar todas sus posesiones tenía un punto entre intrigante y morboso que nos permitía imaginar qué clase de vida habían tenido sus desconocidos moradores: artilugios farmacéuticos en el salón con más de un siglo de antiguedad (no me llevé una reproducción del Ramón Casas sobre el tratamiento de la sífilis porque su precio era de tres cifras. Y a toro pasado me arrepiento muchísimo, que habría quedado de puta madre colgado en cualquier pared de mis dominios: el pasillo, el salón, el dormitorio, el cuarto de baño... You name it) situados sobre pesados muebles hacían pensar que allí había vivido alguien que había hecho mucha pasta gracias al negocio boticario. Lo del nivel económico se confirmaba al pasar al dormitorio infantil, donde se exhibían un par de conjuntos compuestos por esquíes, botas, cascos y ropa de nieve de hace al menos cincuenta años. Y no sé ahora, pero hace cincuenta años, en Castilla, sólo esquiaban los pijos.

En la cocina, otro detalle daba pistas sobre el nivel económico de aquel forrado farmacéutico (o forrada farmacéutica) que llevaba a sus hijos a esquiar: un refrigerador de botellas, electrodoméstico que ni vosotros ni yo tenemos en casa. Además, dos neveras (DOS) también se encontraban a la venta. Una por veinte euros y otra por treinta.

En el pasillo, una estantería hacía las veces de museo de tecnologías desfasadas. Allí, entre discmans y cintas de vídeo de diferentes formatos, había al menos tres cámaras de fotos. Y juraría que una de ellas era analógica y contaba con zoom. De ser así, hice muy mal en dejarla donde estaba porque su precio era de sólo quince euros.

Quedaba por visitar un dormitorio, cuyo enorme armario ropero, abierto de par en par, disponía de varios trajes y americanas, camisas y multitud de vestidos, entre los que destacaba uno de novia, hecho de seda, con una etiqueta en la que podía leerse (o más bien contarse) "50 €". Y sobre la cama, todo un muestrario de pañuelos y bufandas a 3 y 4 euros, respectivamente. De entre todos estos accesorios, uno se vino conmigo: una kufiya azul que en Hirbawi me costaría cuarenta (sin contar gastos de envío) si es que en algún momento llegan a tener existencias de ese modelo.


La prenda estaba sin usar y no tenía ningún hilo enganchado. Y sé de lo que hablo, que la que yo uso habitualmente va camino de convertirse en trapo de tanta tralla que le he dado y ya ha sufrido varios enganchones:

No se nota mucho en la foto, pero el deterioro está ahí

Terminada la incursión, volvimos al bar de las tortillas cual piratas que llegan a puerto fardando de botín (juraría que todos acabamos llevándonos algo), y la amiga de mi amiga le hizo entrega a la camarera de un pañuelo que le había comprado, obteniendo como respuesta un castellanísimo "¿por qué te molestas? Que yo ya tengo muchos de éstos".

Allí pasé un rato más, recargando mi batería social de una manera que, como ya he dicho, no puedo emular en Austria, pero finalmente llegó el momento en que muy a mi pesar (y para vuestro alivio, pues no contaba con soltaros tanta turra) me tocó despedirme de mi amiga y todos sus acompañantes, y recorrer de vuelta la autovía de Castilla para enfrentarme a una nevada que, curiosamente, sólo estaba cayendo sobre la capital vallisoletana.

Podría haber sacado una foto del fenómeno meteorológico que sirviese como conclusión a esta entrada. O del phoskitos que compré en la gasolinera en la que paré a mitad de camino para ir al baño porque me daba apuro mear gratis y que me comí dentro del coche antes de ponerme de nuevo en marcha. Sin embargo, no hice ninguna foto. Y es que entonces ni siquiera se me pasaba por la cabeza que, días después, me darían las dos de la madrugada escribiendo la entrada que acabáis de leer sobre mi tarde en Burgos. Peeero... Ya sabéis: "la vida es así, la vida, la vida es así".

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lunes, 19 de enero de 2026

Visitas a la tienda de fotos

El veintiocho de mayo de mil novecientos noventa y cinco me llevé mi primera Hostia:

Oye, el Cuerpo de Cristo pide salsa

Participar en dicha liturgia me hizo merecedor de varios regalos por parte de mis familiares invitados al acontecimiento y al banquete que tuvo lugar después. De entre todos aquellos presentes voy a destacar el que me hizo mi tío y padrino: la cámara de fotos Canon PRIMA Junior DX a la que dediqué un par de líneas cuando os hablé de los preparativos para el viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam que ocupó todos los lunes del año pasado (aún no me creo que haya sido capaz de completar semejante hazaña, os lo juro).

Antes de continuar hablando sobre esta máquina analógica quiero citar a Douglas Adams porque las reglas que enunció para definir nuestra reacción a la tecnología, en mi caso, se cumplen a rajatabla:

1-Aquello que ya existe en el mundo cuando naces es normal y ordinario y tan sólo consituye una parte natural del modo en que todo funciona.

2-Aquello que se inventa en el periodo comprendido entre tus quince y tus treinta y cinco es nuevo y excitante y revolucionario y probablemente podrás usarlo para desarrollar tu carrera.

3-Aquello que se inventa una vez has cumplido treinta y cinco va contra el orden natural de las cosas.

Tras haber pasado mi juventud y los primeros años de mi vida laboral abrazando cada nuevo lenguaje de programación y cada invento internetero que nos hiciese regalar nuestra vida privada a malvadas multinacionales, he llegado a un punto, con cuarenta velas que soplar esperándome a la vuelta de la esquina, en el que si me dan a elegir entre Linus Torvalds y Unabomber no me atrevo a dar una respuesta sincera porque nunca se sabe qué agentes de qué agencias acabarán leyendo mi blog el día de mañana.

Por lo pronto, estoy tratando de desaparecer de casi todas las redes sociales a las que hasta hace poco dedicaba gran parte de mi tiempo (y mi salud mental), hago esfuerzos por retrasar un poco más cada vez el primer vistazo del día a la pantalla de mi smartphone (apagar la alarma no vale, aclaro) y cuando un vídeo generado por IA llega a mis córneas me dan ganas de arrancarme los ojos (vale que tengo una entrada preparada en la que tiro de inteligencia artifical, pero no me juzguéis).

"Echo de menos mi cerebro pre-internet" reza una chapa que luzco con orgullo en mi bolso, por lo que a estas alturas ya os estaréis imaginando que contar con la cámara de fotos de carrete de la que he dejado de hablar hace unos pocos párrafos me ayudaría muchísimo con el propósito de que mi vida se acabe convirtiendo en un episodio de Los Moomin.

El problema es que perdí la pista a dicha cámara hace más de veinte años. La tecnología digital mandó a la Canon PRIMA Junior DX al fondo de un cajón y una mudanza posterior se encargó de hacerla desaparecer misteriosamente como si del niño de Somosierra se tratase.

El misterio en este caso se daba porque dicha desaparición contradecía una máxima que siempre se ha aplicado en mi hogar familiar: no se tira nada. Por ello, las dos o tres últimas veces que volví al piso vallisoletano en el que aún viven mis padres removí Roma con Santiago tratando de recuperar el aparato. Lamentablemente, no había mueble en estas cuatro paredes que alojase material fotográfico analógico de ningún tipo (bueno, en realidad sí que encontré un carrete sin abrir que caducó en dos mil seis, pero ya me diréis qué uso puedo darle SI NO APARECE MI CÁMARA).

Llegó entonces dos mil veintiséis y yo volví a Valladolid como cada enero de los últimos años dispuesto a pasar unos días en familia comiendo cruasanes con nocilla como si lo fueran a prohibir, con pocas esperanzas en lo relativo a recuperar mi regalo de Primera Comunión. Toda la casa había sido rastreada... ¿Toda? ¡No! Cual aldea de irreductibles galos, el trastero aún contaba con rincones inexplorados y se daba la remota posibilidad de que la cámara anduviese por allí. Pero claro, con el paso de los lustros, se habían acumulado tantos estratos de cachivaches en el lugar que me planteaba pedir ayuda a Juan Luis Arsuaga para poder llegar hasta el fondo del trastero.

Que también tenía otra opción: tirar la toalla definitivamente, satisfacer una vez más al Capitalismo y gastarme los más de cien euros que cuesta en Europa la Kodak Snapic A1 que acaba de llegar al mercado para exprimir los bolsillos de quienes, como yo, quieren jugar a darle la espalda a las tecnologías actuales.

Pues bien, hallábame yo planeando una última y desesperada incursión arquelógica cuando mi padre decidió adentrarse una mañana en las profundidades trasteriles, tomándose la búsqueda de las cámaras perdidas con un interés personal que ríase usted de Paco Lobatón (aunque he de reconocer que con el coñazo que les di en demasiadas ocasiones a mis progenitores con el tema de las camaritas, como para no). Y al rato emergió, ojo cuidao, con una bolsa en la que se encontraban todas aquellas máquinas analógicas que nos habían dicho "hasta luego" veinte años ha.

Y sí, la mía también estaba:


Pero lo mejor no fue eso... Bueno, ¿qué cojones? Sí que fue lo mejor, que andaba meses detrás del puto cacharro. Quiero decir, que además de eso, se dio un hecho curioso. Y es que, en el interior de la cámara había un carrete de veintricuatro tomas que había pasado dos décadas esperando pacientemente a que alguien le prestase atención.

Se me planteba entonces un enigma: ¿había fotos en aquel carrete o el mismo estaba vacío? El hecho de que el botón de rebobinar estuviese accionado me hacía pensar que sí, pero sólo había una forma de averiguarlo...

Primera visita a la tienda de fotos


Una tarde de miércoles me dirigí con mi madre y mi hermano a un céntrico local que aún trataba con carretes de fotos y le comenté a la dependienta la situación. Me confirmó que para salir de dudas no quedaba más opción que intentar revelar los negativos de aquella película, y me apuntó el teléfono del comercio en un trozo de papel para que pudiese llamar al día siguiente y averiguar el resultado (y me hizo ilusión que el número no incluyese el prefijo local, como si aquello fuese realmente un viaje a tiempos pretéritos en los que decían por la tele "con el noventa y uno delante si llaman desde fuera de Madrid").

A la mañana siguiente, tras una noche comido por la curiosidad, telefoneé tal y como acordamos y la mujer me confirmó que sí, que veintipico instantáneas esperaban poder ver la luz tras tantos años metidas en un trastero. Eso sí, el paso del tiempo le había hecho a la película una pupita considerable, por lo que la calidad de aquellas fotos no sería digna de portada de revista, precisamente.

Me daba igual, la verdad. El hecho de poder abrir aquella cápsula del tiempo con imágenes de una temática que aún desconocía me hacía una ilusión enorme que una calidad de mierda no podría tirar por tierra.

Segunda visita a la tienda de fotos


A última hora de la tarde del jueves (porque años viviendo fuera han hecho que retomar los horarios españoles me descoloque, con sus comidas a las cuatro, sus sobremesas y su salir de casa casi a las siete para hacer recados, cuando a esa hora en Austria ya está todo dios recogido) fui acompañado de mi madre al mismo lugar, y la misma dependienta me hizo entrega de unos negativos cuyo contenido no logré vislumbrar contra los tenues fluorescentes del techo. Por fortuna, los resultados digitalizados se encontraban también en su ordenador, así que mi madre y yo pudimos ver, una a una, imágenes que reflejaban la lucha entre la cámara, empeñada en preservar aquellos recuerdos lo mejor posible, y el paso del tiempo, que habían aplicado a los resultados un bañito de intenso magenta.

En la pantalla apareció mi hermano, rodeado por varios compañeros de colegio mientras celebraba su cumpleaños en la cocina de la casa en la que pasé mi infancia. Esa misma cocina era escenario, un par de fotos más tarde, de otra celebración, en esta ocasión familiar y en Nochevieja. La presentación pasó entonces al salón, poblado de regalos esperando a ser desenvueltos en una mañana de reyes. Después, el patio de aquella misma casa, oculto bajo un manto blanco, atestiguaba que muy de vez en cuando cae nieve en Valladolid. Y, por último, varias instantáneas mostraban el piso al que mis padres se mudarían meses después (si, el del trastero arquelógico), y que por aquel entonces no era más que un esqueleto de hormigón armado.

"¿Queréis revelarlas?" dijo la dependienta. Y no había terminado de formular su pregunta cuando yo ya estaba respondiendo que sí, que por supuesto. Nos indicó que podrían hacerse deprisa y corriendo y estar listas a la hora de cerrar o que, si teníamos un poco de paciencia, podríamos dejar que su marido, encargado de estas tareas, les dedicase un tiempo al día siguiente para poder mejorar la calidad en la medida de lo posible.

Y yo, con buen criterio y pretendiendo ser algo gracioso, le dije que si habíamos pasado veinte años sin disponer de aquellas imágenes, no pasaba nada por esperar un día más.

Al volver a casa con la buena nueva, lo primero que preguntó mi padre fue si también podrían pasarnos las fotos a un pendrive porque él es más práctico que yo y prefiere aprovechar la tecnología existente en vez de complicarse la vida con innecesarios viajes al pasado.

Tercera visita a la tienda de fotos


Llegó la tarde del viernes, y allí volvimos mi madre y yo. Y allí estaban la dependienta y su marido. Tras hacernos saber que habíamos tenido suerte (pues no es habitual que material fotográfico tan caducadísimo ofrezca resultados) nos dieron las fotos dentro de un sobre. Al recogerlo, les transmití la pregunta que mi padre formuló el día anterior llevándome una respuesta afirmativa de la que vosotros también os podéis aprovechar. Porque si a estas alturas de la entrada no os pica la curiosidad no sé qué coño hacéis todavía aquí.

Con menos nieve se han cortado carreteras en Valladolid

Mi Canon PRIMA Junior DX, retratando la burbuja inmobiliaria de primeros de siglo

Ya está. En las demás hay gente y no me parece justo que se les vea por aquí. Y si os habéis quedado con ganas de más, siempre podéis haceros con una cámara analógica vosotros, llenar un carrete, esperar veinte años y sorprender al matrimonio de un local de revelado cuando descubran que hay algo que rascar en la película, a pesar del tiempo.

De todas formas, por si no os creéis que todo esto ha pasado de verdad y que las imágenes anteriores las he hecho con el móvil para después aplicar un filtro, os enseño una foto de las fotos (y de los negativos):

Incrédulos. Que sois unos incrédulos

Y ahora, ¿qué? Pues de momento, la Canon se va a ir conmigo a Austria, que tengo en mente sacarla a pasear en alguna ocasión y así contentar a la parte de mi cerebro que reniega de cualquier avance tecnológico ocurrido a partir del dos mil. Y si me da por enseñaros el resultado, esta vez no os haré esperar veinte años. Palabra.

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lunes, 12 de enero de 2026

Relatos breves para combatir el tedio aeroportuario

07:28

Érase una vez un narrador gilipollas que, o bien se despistó al ver que el precio de la reserva era bastante más barato de lo habitual, o bien no estuvo a lo que había que estar. La cuestión es que dicho narrador adquirió un billete de avión con destino Madrid y escala en Frankfurt de CASI SEIS HORAS, detalle del que no fue consciente hasta días después de haber pagado. Su desasosiego crecía conforme acercaba la fecha del viaje, pues además de gilipollas también era un privilegiado cuya mayor preocupación consistía en llenar CASI SEIS HORAS de tiempo muerto.

Finalmente, el inexorable correr del calendario trajo consigo el temido día, y cuando el narrador puso pie en el aeródromo francfortés, el vuelo a Madrid aún no se hallaba visible en los monitores de información.


07:52

Érase una vez un descomunal aeropuerto cuyas cuatro pistas y dos terminales, ocupando una extensión de veintiún kilómetros cuadrados, le convertían en el cuarto más grande de Europa (o el quinto, dependiendo de a quién le preguntases porque andaba más o menos a la par con el de Estambul. Aunque la Wikipedia decía que era el tercero. Joder, qué follón). Por este aeródromo pasaban cada año setenta millones de pasajeros, y uno de ellos en particular, narrador de esta historia, pensó que sería buena idea convertir su espera de CASI SEIS HORAS en una entrada para este blog, arrepintiéndose de ello al escribir estas líneas porque no está logrando sacar material lo suficientemente gracioso.

08:00

Érase una vez el inicio de una kilométrica cinta transportadora situada en el segundo sótano y que transcurría entre las secciones A y B de la terminal 1 del Aeropuerto de Frankfurt.


08:05

Érase una vez el final de una kilométrica cinta transportadora situada en el segundo sótano y que transcurría entre las secciones A y B de la terminal 1 del Aeropuerto de Frankfurt.


08:08

Érase una vez la BIOS del sistema informático del aeropuerto de Frankfurt.


08:39

Érase una vez una fuente porque gracias a Dios aún se puede beber agua de forma gratuita en el aeropuerto de Frankfurt. Durante las CASI SEIS HORAS que tuvo que pasar en el lugar, el narrador habría de acercarse en cuatro ocasiones a este surtidor para rellenar la botella de treinta y tres centilitros cortesía de Air Dolomiti, aerolínea responsable del primer vuelo que tuvo lugar aquella tediosa mañana.


Niños, hidrataos.

09:15

Érase una vez un desayuno compuesto por un plato de huevos fritos y lonchas de jamón cocido sobre pan de centeno con un toque de mahonesa porque los alemanes se mueren si no le echan salsas de mierda a todo y verduras variadas que no me apetece describir, acompañado por un café americano que el narrador degustó mientras resolvía en su teléfono móvil, como cada mañana, el nerdle, el wordle, la palabra del día, el sumplete 5x5, el sumplete 7x7 y el crossnerdle, en ese orden.


Una vez hubo dado de desayunar a su estómago y a su cerebro, el narrador hizo entrega a la atentísima camarera de los quince euros que costó su orden, a los que añadió otros dos de propina por los cuales la servidora reaccionó con una expresión de agradecimiento que incluyó un toque en el hombro de nuestro protagonista, dando lugar así a la primera incursión en el espacio personal de otro individuo que se producía en territorio alemán en los últimos ochocientos años.

10:06

Érase una vez un precio insultantemente excesivo por determinado bien de consumo y la constatación de que la tontería del chocolate estilo Dubai se nos había ido de las manos a la humanidad hacia dos mil veintiséis.


10:09

Érase una vez una pareja de peluches de Stitch con una cara de susto más que evidente, como de haber contemplado un espectro o similar aparición del más allá.


Uno de aquellos Stitchs sería adquirido por una incauta pareja con la idea de que acompañase a su ternasco durante los momentos que éste debía quedarse a solas en su cuarto. Quiso la casualidad que los padres situasen el muñeco en una balda apuntando a la puerta del armario, provocando así que, a ojos del niño, el simpático alien azul mostrase terror ante alguna presencia escondida en el mueble pero no detectable por seres humanos. Y el narrador llamó a esta historia "Fantasía de duty free que termina con un niño traumatizado" y cuya motivación quedó entre el aquél y su terapeuta.

10:25

Érase una vez un libro escrito en mil novecientos dieciséis por un tal Vladimir Ilyich Ulyanov que argumentaba cómo el Capitalismo estaba dando paso a una fase imperialista y de dominación geopolítica por culpa de los grandes monopolios empresariales y bancarios existentes entre finales del siglo XIX y principios del XX. El narrador de esta entrada, ciento diez años después, decidiría pasar el resto de la mañana leyendo este libro en un sitio paradójicamente plagado de anuncios del Deutsche Bank.


12:13

Érase una vez una pausa que tuvo lugar durante una interesante lectura radicalizadora en la que el narrador aprovechó para ingerir un café americano y un bocadillo de jamón serrano, queso y hojas de rúcula resecas por un precio de nueve euros y noventa céntimos.


13:16

Érase una vez un interminable embarque por grupos en que el narrador tenía asignado el número 5 (de cinco, no me jodas), lo que le permitió acercarse a la cristalera de la terminal para intentar hacer una foto del avión al que habría de subir una eternidad después. Sin embargo, la posición del finger y de un enorme anuncio impidieron que el narrador cumpliese su objetivo.


Minutos después, poco antes de adentrarse en su aeronave, lograría tomar otra imagen con mejores vistas del puñetero aparato.


13:50

Érase una vez un avión Airbus A321NEO que, tras tener que esperar en pista durante media hora a que las condiciones atmosféricas mejorasen (el piloto le tuvo que meter puño al motor como si aquello fuese una vespino, que no había visto yo nunca algo así) y el personal aeroportuario aplicase a las alas anticongelante, despegó del aeropuerto de Frankfurt con destino a Madrid y puso fin a CASI SEIS HORAS MÁS DE SEIS HORAS de espera y a esta entrada.

14:20

Érase una vez un amago de epílogo pensando a miles de pies de altura en el que el narrador de esta entrada os recomendaba leeros un libro escrito en mil novecientos dieciséis por un tal Vladimir Ilyich Ulyanov que argumentaba cómo el Capitalismo estaba dando paso a una fase imperialista y de dominación geopolítica por culpa de los grandes monopolios empresariales y bancarios existentes entre finales del siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, tras reflexionar al respecto, el narrador consideró que no era quién para deciros a quién debéis o no leer*, o si incluso es buena idea que leáis en primer lugar, concluyendo aconsejaros que hagáis lo que os salga de en medio, que bastante habéis tenido con tragaros toda esta turra.  

21:11, tres días después

*Érase una vez una nota al pie que el narrador utilizó para aclarar o añadir un detalle a algo escrito anteriormente y así deciros: "Excepto a Juan del Val. Por favor, hacedle un favor a vuestras neuronas y no leáis nada de Juan del Val".

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jueves, 1 de enero de 2026

2025: doce meses, doce histerias

En enero fui con mis padres a un concierto porque soy muy culto: un dúo de piano y violín en el que se interpretaron piezas de compositores españoles que no conocéis. Sentado en la tercera fila, me tocó soportar durante la primera mitad de la actuación a la familia que ocupaba los asientos de delante, integrada por dos adolescentes y cuatro o cinco adultos. Sus constantes cuchicheos, risitas, chequeos de teléfono móvil e intercambios de gominolas se unieron al dolor de cabeza que llevaba jodiéndome toda la tarde y me impidieron disfrutar en condiciones de las obras ejecutadas por la violinista y la pianista. Pero lo peor vino en el intermedio. Libres del yugo silenciador al que se habían visto sometidos durante más de media hora, los familiares aprovecharon aquellos minutos para conversar a volumen de barra de bar. Una de las adolescentes dejó caer que estaba viendo la recién estrenada segunda temporada de El juego del calamar y que aún tenía pendiente visionar la mitad de sus episodios. Quien estaba sentado junto a ella, gracioso gilipollas, empezó a chinchar a base de soltarle spoilers de la misma. Y yo, que me encontraba justo detrás, y que había acordado con mi novia que también la veríamos una vez volviese de mi viaje por tierras castellanas (ser muy culto no le impide a uno disfrutar de estas cosas), tuve que huir de mi butaca durante el resto del intermedio porque la única alternativa habría sido endiñarle una hostia, pues a aquellas alturas mi cabreo me impedía solicitarle de forma educada que dejase de joder.

En febrero compré por internet cinco kilos de proteínas en polvo. Debido al importante gasto efectuado, mi pedido incluía tres regalos: dos muestras de proteínas y una chocolatina. La empresa de mensajería encargada de enviarme el pedido a casa, DPD, es considerada aquí la peor de todas con diferencia, y en esta ocasión se encargaron de hacer todo lo posible para mantener tan infame título. Para empezar, el repartidor dejó pasar 15 escasos segundos desde que llamó a mi telefonillo hasta que salió corriendo de mi portal asumiendo que allí no había nadie, no dándome tiempo a responder y abrir. Al día siguiente tuve que ir a recoger mi paquete a una oficina situada a dos kilómetros de mi domicilio (aunque hay varios locales más próximos donde podía haberse producido dicha recogida). La dependienta, tras explicarle de doce veces diferentes al yayo que se encontraba antes que yo en la cola que se había equivocado de oficina y que su puto paquete estaba en otro sitio, me advirtió de que el mío había llegado roto y abierto. Yo, que sabía que no podría reclamar nada en el momento porque aquella pobre mujer no tendía ni voz ni voto en el caso, me encogí de hombros y me llevé la destrozada caja, confirmando una vez fuera tal y como me temía que, efectivamente, la chocolatina había desaparecido. Y, para más inri, la única opción que ofreció DPD fue el envío de un mensaje vía formulario en su web al que "responderían a la mayor brevedad posible". Estoy escribiendo esto a las dos semanas de la incidencia y aún no sé nada de ellos.

Foto denuncia

En marzo decidí que, de una vez por todas, procesaría las fotos que saqué durante un viaje a Malta que hice con mi novia y una amiga meses atrás y otro viaje a Japón que hice con mi novia y mi hermano año y medio atrás. Todo este tiempo sin usar Lightroom y Photoshop provocó que, al intentar abrirlos, Adobe me hiciese saber que su software requería de varias actualizaciones pendientes. Acepté, y descubrí entonces con horror que las nuevas versiones de sus productos estaban hinchadas a reventar de funcionalidades que yo no necesitaba, incluyendo, cómo no, puta inteligencia artificial por doquier. Mi ordenador, pese a ser un Lenovo bastante decente, no fue capaz de manejar aquel exagerado bloatware, y tras diez agónicos minutos en los que Lightroom intentó sin éxito cargar la primera de las cientos de fotos que tenía que tratar, concluí que tocaba renovar hardware y adquirir un ordenador nuevo.

En abril me picó una avispa. Y no estaba haciendo nada malo para que el karma me castigase de esa manera, no. Estaba yendo al gimnasio. A las seis y media de la madrugada. Es que no me jodas. Durante el trayecto en bici noté una sensación ardiente por encima de mi empeine izquierdo. Cuando paré mi vehículo y tiré de la lengüeta de mi zapatilla de deporte, el puto insecto salió de allí confirmando que el dolor era debido a su agresión.

En mayo sufrimos una invasión de hormigas. Una tarde de viernes, en el momento en el que el repartidor que traía la cena llamó a nuestro telefonillo, mi novia y yo descubrimos un reguero de estos bichos que, comenzando en un pequeño hueco de la puerta que da al balcón, pasaba bajo el tendedero y el sofá, rodeaba la lámpara de pie y la zona donde nuestros gatos Pulga y Piojo tienen el agua y la comida, cruzaba el arcón en el que guardamos el café y la fruta y llegaba a un armario y un cajón. En estos dos destinos, las hormigas echaron a perder, entre otros, dos tarros de miel a medias, paquetes de galletas empezados y bolsas de frutos secos. Nuestro salón parecía la casa de los Buendía en cierto punto de Cien años de soledad que no os suena familiar porque cuando la trama llega a ese punto vosotros ya os habéis cansado de leer. Durante media hora, y armados con aspirador y spray matamoscas que lleva en mi casa no sé cuántos años, tuvimos que enfrentarnos a aquel ejército de insectos mientras la cena se enfriaba sobre la encimera.

En junio fui de visita a Valladolid. El vuelo de vuelta a Austria hacía escala en el aeropuerto de Munich, y contando con que tenía tiempo de sobra antes del siguiente despegue, decidí que, en vez de almorzar de pie un trozo de vete a saber qué precalentado y servido en un plato de cartón, me sentaría a una de las mesas de lo más parecido a un restaurante que hay en aquel no-lugar. El establecimiento (Käfer se llama, por si queréis comprobarlo), pese a no estar muy concurrido, estaba atendido por un grupo de camareros que competían por ver quien tenía menos prisa. Esto provocó que me tocase esperar un buen rato hasta que se me asignó un sitio, otro buen rato hasta que me trajeron el menú, un buen rato más hasta que me tomaron la orden y varios buenos ratos hasta que me sirvieron la comida. Comida que, según el menú, consistía en un desayuno "jardín inglés" con tres huevos revueltos, "hierbas", tres salchichas fritas al estilo Nuremberg, una cesta de pan y mantequilla alpina. A lo enumerado añadí bacon y un café. ¿Suena a cebatil? Pues me sirvieron esto:


Lo bueno de que la raquítica ración es que, cuando me tocó dar cuenta de ello a la puta carrera por culpa de todos los buenos ratos de espera so pena de perder mi vuelo, pude acabar prontó y así apenas me tocó soportar a la cría de la mesa de detrás que no paraba de correr junto a mí y al imbécil de la mesa de al lado que decidió ponerse a ver putos reels en su móvil a todo volumen.

¿Que cuándo pagué por tan irrepetible experiencia? Echad un ojo y echad unas risas:


En julio mi novia y yo compramos cena de McDonalds única y exclusivamente porque el menú de niños venía con animalitos de Playmobil. Mi novia eligió la alpaca. Yo elegí la orca por razones obvias. Tras hacer el pedido, pagar y esperar la entrega del mismo, descubrimos horrorizados que, en vez de los anhelados animalitos, nuestro pedido incluía dos putos cuentos en alemán. Perdón, un puto cuento en alemán dos veces:


Y no, no les quedaban animalitos, que mi novia se molestó en preguntar.

En agosto quise jugar un rato a Pokémon Pinball en la consola portátil emuladora que mi novia me regaló hace un par de cumpleaños y que llevaba meses olvidada en una estantería del salón. Tras encenderla, el cacharro no respondía como era de esperarse, y es que la micro SD que contenía todo el software había decidido pasar a mejor vida. De nada sirvió que tratase de recuperar el contenido de la tarjeta desde diferentes sistemas operativos utilizando multitud de programas de recuperación de datos y comandos que sigo sin saber muy bien para qué servían. Aquella micro SD había muerto. Y con ella, récords de miles de millones de puntos en Pokémon Pinball y la mitad de una pokédex.

En septiembre (a finales) volé a España para pasar unos días en Valladolid. El vuelo Viena-Madrid tuvo lugar a la hora perfecta desde el punto de vista de quien ha dormido poco la noche anterior y necesita una siesta. Sin embargo, los dos austriacos que viajaban a mi lado en nuestra tríada de asientos decidieron mantener durante todo el trayecto la conversación a más volumen en la historia de la comunicación humana, durante la cual uno de ellos se dedicó a berrear incomprensibles diatribas a las que el otro (el que tenía al ladito, para más inri) reaccionaba cada par de segundos exclamando afirmativamente "JA, JA" (bueno, mejor dicho "JO, JO" porque así es como suena con acento de Austria). Obviamente, no pude dormir siesta, y aunque eché mano de mis auriculares para evadirme del jaleo, aquel escandaloso diálogo siempre quedaba por encima del máximo volumen que podía darles.

En octubre (a primeros) volví a Austria. La idea original consistía en aterrizar en Viena, tomar un tren del aeropuerto a la capital y, desde aquí, servirme de un segundo ferrocarril que me llevaría a mi ciudad. El problema es que este segundo convoy, procedente de no recuerdo qué país de Europa central, venía con retraso. Un retraso que aumentaba cada vez que miraba el panel de horarios de la estación. Esta incidencia se traducía en que, en lugar de los cuarenta minutos programados, tendría que esperar casi tres horas en la estación central de Viena. Y por si no lo sabíais, lo más divertido que uno puede hacer un sábado por la noche en la estación central de Viena es arrojarse a las vías. Por ello, compré un nuevo billete del primer tren que saliese en dirección a mi casa, tendiendo así que aguantar sólo una hora en la terminal vienesa. Al día siguiente rellené el formulario correspondiente para solicitar la devolución del importe, habida cuenta de las circunstancias, y recibí una respuesta automática advirtiéndome que determinadas tarifas (y la mía lo era) no permitían reembolsos, y que de ser el caso no me molestase en insistir.

En noviembre me reuní con varios ex-compañeros de trabajo y fuimos a cenar a un restaurante. Al sentarnos a la mesa, la camarera nos indicó que el menú se podía consultar a través de código QR, y que la propia web permitía pedir bebidas y raciones, pero que ella también podía tomar la orden personalmente. Debido a que, oh sorpresa, la web no terminaba de procesar mi pedido (el resto de comensales no tuvo ese problema), terminé por encargar mis viandas a aquella mujer. Llegado cierto momento de la noche, y ante la envidia que me dio la ración de patatas fritas con carne que una de mis ex-compañeras había pedido, quise hacer lo mismo, pero la camarera se encontraba desaparecida. Intenté entonces darle otra oportunidad al puto QR, y parece ser que el pedido se tramitó correctamente. Sin embargo, nadie me sirvió una ración de patatas fritas con carne aquella noche. Y lo peor es que, cuando tocó pagar la cuenta y se repartieron los gastos, la camarera preguntó que quién había dejado a deber una de patatas fritas con carne.

En diciembre colgué una balda en la entrada de casa para depositar guantes, bolsos y demás morralla que uno se quita al cruzar la puerta y no puede colgar del perchero existente. Esta balda es ahora lo primero que se ve al entrar. Y está torcida.

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lunes, 29 de diciembre de 2025

Aquel viaje. El final de todo esto

Llevaba varios días pensando empezar esta entrada diciendo que, para bien o para mal, todo se acaba, ejemplificando tal oposición de conceptos con dos ejemplos recientes: por un lado, que no vayamos a disfrutar de nuevos discos irrepetibles de Robe Iniesta; y por otro, que Alfonso Ussía ya no vaya a tuitear mierda. Sin embargo, hace poco recordé que ésa fue la estructura que usé al escribir la última de la serie de entradas en la que hablaba de morralla encontrada al hacer limpieza en mi habitación vallisoletana. Por ello, os pido que ignoréis las líneas que acabáis de leer y os limitéis a hacerme compañía mientras yo me dedico a recordar los últimos momentos de aquel viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam.

Si nos ponemos cronológicos (pues la semana pasada hice uno de los muchos altos en la historia a los que ya os tendríais que haber acostumbrado para hablar de huevos), yo me encontraba a la puerta de un seven eleven a la espera de que Jorge terminase de comprarse su cena mientras un niño que no era mi hijo pensaba por error que sí. Una vez mi amigo abandonó en local con sus viandas, volvimos al hotel a por los mochilones, las mochilas y el gorrito que Jorge se compró en Hanoi días atrás y pedimos un taxi que, minutos después, nos llevó al aeropuerto.

Tras facturar nuestro equipaje y pasar el control de pasaportes, nos dispusimos a hacer tiempo hasta que llegase el momento del despegue (programado para las tres menos cuarto de la madrugada, no me jodas. A esa hora debería estar prohibido volar). Lo primero que hicimos fue comernos lo comprado en el seven eleven en uno de los bancos de la desierta terminal como si fuésemos dos turistas baratos. Pero chico, ¿qué quieres que le haga si estaban todos los restaurantes cerrados? Tras dar cuenta de esta triste cena, paseamos por el lugar en busca de algún establecimiento que contase con laxitud a la hora de ofrecer conciliación a sus empleados y se encontrase abierto a aquellas horas.

El primer sitio fue una tienda de tecnología, de ésas que tienen altavoces bluetooth y móviles de muestra para que pueda toquetearlos gente de los cinco continentes. Uno de los aparatos allí expuestos era un móvil plegable de Samsung o Motorola que Jorge dobló y desdobló repetidas veces mientras hablaba mierda del chisme y de la aparente fragilidad que presentaba. Y quizá este detalle no aporte mucho a la historia, pero lo cuento porque no tengo mucho que largar de aquellas horas y la entrada me está quedado muy corta, porque me da la gana y porque, meses más tarde, yo me compraría un terminal también plegable (aunque de otra marca, y he de decir que pasado todo este tiempo aún funciona como el primer día), se lo enseñaría a Jorge en la oficina en la que trabajamos juntos y él, después de preguntarme su precio y obtener mi respuesta, me lo devolvería con verdadero pánico en los ojos.

El segundo y último local que encontramos abierto fue un WHSmith en el que gastamos los pocos bats tailandeses que nos quedaban en chicles y cosas por el estilo.

Acercándose por fin la hora de partir, fuimos a la puerta asignada, y tras un embarque que duró una eternidad, subimos a la aeronave. Una vez estuvimos a miles de pies de altura, y a diferencia de lo que ocurrió cuando volé en sentido contrario, pude disfrutar de unas pocas horas de sueño (aunque no demasiadas, que la comodidad aeronáutica es un concepto que no podré experimentar en mi vida a no ser que empiece a gastarme el triple de lo que suelo pagar yo por un billete de avión), interrumpidas varias veces por la amenización incluida en los vuelos de clase turista: lloros de críos, avisos por megafonía, el pasajero de delante que echa su asiento hacia atrás, el pasajero de detrás que da una patada al mío... En algún momento del trayecto Jorge, cuya plaza asignada se encontraba a varias filas de distancia de la mía, vino a contarme que se había metido OCHO HORAS de sueño del tirón, pues su zona era bastante tranquila. Y ante la rabiosa envidia que me invadió tuve que contenerme muy fuerte, so pena de que Pato Aviador terminase hablando de nuestro vuelo en uno de sus libros:

Y uno de ellos lo tengo dedicado por el autor, que mandé a mis padres al Corte Inglés a por él el día que los estaba firmando

Por arte y magia de la rotación terrestre y los husos horarios, las once horas de vuelo se tradujeron en algo menos de seis en mi reloj, por lo que tomamos tierra en Viena aquel mismo día a eso de las ocho y media de la mañana, justo a tiempo para, una vez recogidos nuestros embarcados mochilones, desayunar en el McDonalds del aeropuerto austriaco y sacar fuerzas que nos ayudasen a enfrentarnos al clima europeo otoño-invernal que nos esperaba amenazante en el exterior tras haber pasado casi tres semanas abrigados bajo el Trópico de Cáncer.

Aquí se produjo nuestra despedida (no muy emotiva, la verdad, que nos volveríamos a ver en la oficina al lunes siguiente), pues Jorge contaba con un billete de bus para dirigirse a la ciudad en la que vivimos y yo hice lo propio en tren. Esto quiere decir que, a las once horas de vuelo causantes de un jet lag que comenzaba a tomar forma en mi cerebro como si de una tormenta vietnamita se tratase, habría que añadir otras tres sobre raíles durante las cuales tendría que darme bofetadas a intervalos regulares para evitar que el sueño me venciese antes del final de jornada y trastocase mi ciclo circadiano durante días y días.

Acabado este último trayecto llegué por fin a casa, y como ni yo soy Mike Oldfield ni los grandes finales son lo mío, en vez de dejar por aquí una conclusión a esta serie de entradas que resulte entrañable, ejemplarizante o directamente espectacular, voy a contaros lo que hice durante el resto de aquel día, y así meto paja.

Como, insisto, no quería quedarme dormido, recurrí a mi fisio Babs, que aquel día no trabajaba, y le dije que independientemente de lo que tuviese que hacer durante las siguientes horas, contase conmigo para hacerle compañía. Así que fuimos en su coche al punto limpio local porque tenía que deshacerse de no sé qué chatarra (por cierto, ¿sabíais que en Austria TE COBRAN por tirar basura en el punto limpio? Como lo leéis: al entrar y al salir pesan tu coche, y te toca apoquinar en función de la diferencia. Me parece de lo más cutre y a cualquiera que se lo digo, también), y luego pasamos por el Ikea porque necesitaba algo de allí.

Una vez agotado el comodín de Babs, me vi de vuelta en casa, y por mucho que intenté vencer al sueño, éste ganó la batalla a última hora de la tarde. Mi novia, que por casualidades de la vida también andaba de viaje por el extranjero (en su caso por motivos laborales y con destino Dubai) y compartía conmigo fecha de vuelta apareció por casa cuando yo ya estaba tan frito que ni me enteré.

Y yo creo que lo puedo a dejar aquí, ¿no? Conmigo durmiendo durante muchas horas tras este interminable viaje. De todas formas, lo más interesante que podría contaros acerca del día siguiente es que dediqué mucho rato a contarle a mi novia todo lo que vosotros, pacientemente, habéis tardado un año en leer.

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