lunes, 6 de julio de 2026

En otro hemisferio. Fauna y flora

La semana pasada terminé prometiendo que hoy se hablaría aquí de animales y plantas, así que cumplamos.

Una vez pudimos abandonar definitivamente el aeródromo Jorge Newbery, Lucre y yo pasamos un rato al borde de la Costanera esperando al taxi que habría de meternos de lleno en un terrible atasco. Mientras aguardábamos a que llegase el vehículo, una cotorra argentina (aunque no sé si lo correcto en este caso sería llamarla "cotorra" a secas) posada en un árbol cercano me dio la bienvenida a Buenos Aires. O quizá me dijo de malos modos que me largase por donde había venido y que estaba hasta la cloaca de los seres humanos. No entiendo el cotorro, por lo que que no puedo confirmar qué tipo de mensaje me lanzó. De hecho, lo más probable es que su canto no estuviese dirigido a mí, así que más me vale rebajar un poquito mi nivel de antropocentrismo. Eso, y currármelo un poquito más la próxima vez, porque éste ha sido el peor arranque de entrada que he escrito desde que tengo el blog.

En fin, que yo ya estaba al tanto de la existencia de este tipo de pájaro, pues su presencia en España es considerada una plaga desde hace años y su sonido ya forma parte de la banda sonora ambiental de ciudades como Madrid. Mis oídos también estaban hechos a gorriones, palomas, urracas, alguna que otra cigüeña y, desde que me mudé a Irlanda (y después a Austria), cuervos.

Sin embargo, en Argentina experimenté trinos y graznidos que no había oído nunca, y eso se hacía raro. Como no quiero que la entrada me quede kilométrica sólo voy a mencionar a dos aves en particular que descubrí allí (lo cual es una forma muy sutil de decir que no me acuerdo o no me enteré de la existencia de más). En primer lugar, el benteveo, un pájaro de pecho amarillo que, como el miembro viril en la horrenda canción de Leonardo Dantés que no tenéis por qué escuchar, tiene nombres mil (bichofeo es mi favorito, por cierto).

Y en segundo lugar, un ave rapaz con pinta de pokémon chungo, de los que tienen mala follá, cuesta capturar y si te descuidas te queman la casa asegurándose de que sepas que han sido ellos. Y encima se llama carancho, que suena a mote de quinqui navajero.

Caranchos vi muchos por la calle, y sus picos y garras fueron motivo suficiente para que me mantuviese a cierta distancia de ellos en todo momento. ¿No me creéis cuando afirmo que estos bichos son unos mafias?, pues sabed que a la hermana de Lucre le jodieron las plantas del balcón. Y encima, no contentos con el crimen, volvieron al día siguiente con más ganas de gresca. Echad un ojo a la foto que hizo la citada víctima y que estoy publicando aquí sin su permiso:


También vi loros. Pero no de los que están en un zoológico regido por un hombre que no está bien de la cabeza, no. En libertad y revoloteando cerca de las paredes de un barranco:


Para terminar con el reino animal (en el contexto de esta entrada, no en general. Que no soy el CEO de Cargill), sólo me queda destacar dos criaturas que recuerdo de aquellos días en Argentina (sin contar los lobos marinos de los que ya hablé hace un par de semanas). Por un lado, el perrete más argentino del mundo, que pasó a mi lado mientras comíamos unos churros a la puerta del local El Topo:

Con su camisetita albiceleste y todo. ES QUE ME LO COMO

Y por otro, avispas. Que si las avispas a las que estamos acostumbrados en Europa ya joden bastante (a abril del pasado año me remito), las que anidaron a la entrada de la casa de los padres de Lucre eran su segunda evolución. Cuando su padre echó no sé que mierda para quitárselas de en medio, me aseguré de encontrarme a buen resguardo dentro de la morada, imaginando que más que un picotazo, lo que podrían arrearme sería una cornada:

Otra foto que robo

Teniendo en cuenta que Lucre creció en este ambiente de insectos asesinos, no es de extrañar que en más de una ocasión, conversando acerca de jardinería de balcón, ella defendiese que el suyo siempre se hallaría libre de plantas cuyas flores pudiesen atraer a estos artrópodos voladores.

Yo no puedo decir lo mismo del mío. Mi balcón cuenta en este momento con multitud de plantas cuyos coloridos brotes le sirven de área de descanso a abejas y avispas (a las cuales mis gatos gustan de atacar porque son imbéciles. En las dos últimas semanas ya nos ha tocado desclavarles dos aguijones). Plantas que, he de reconocer, mientras escribo esta entrada están más sedientas que Tom Hardy en el minuto 33:57 de Mad Max: Fury Road y que más me vale regar cuanto antes.

Pero mi balcón también cuenta con huecos en los que tiempo ha existieron plantas que no lograron sobrevivir al clima austriaco y a mi pereza regante. Considerando dichos huecos, una idea empezó a formarse en mi mente el mismo día que la cotorra argentina me hizo creerme San Francisco de Asís por un rato. Y es que nuestra llegada al municipio bonaerense coincidió con la floración de los jacarandás: árboles de cuya existencia no supe hasta ese momento y que vestían de violeta las avenidas.


Vale, en la foto que hice no se ve el color de las flores porque me vine muy arriba usando el filtro vintage de mi cámara. Pero si lo hace Taylor Swift os parece de lo más aesthetic, ¿no?

Por cierto, tengo un temita pendiente con Taylor Swift. Ya os contaré.

Volviendo a las flores de jacarandá, y para que quede claro lo que intento describir, voy a robarle otra foto a Lucre que sí recoge con fidelidad el colorido que nos recibió:


Lo que se me ocurrió entonces, por si no lo habéis deducido vosotros mismos a estas alturas, fue traerme a casa un puñado de semillas de este árbol y hacerlo crecer en mi balcón. ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que aquello se me fuese de las manos y, como si de una cotorra argentina vegetal se tratase, mis jacarandás terminasen expandiéndose por toda la geografía europea, alterando el ecosistema y provocando una hambruna digna de tiempos medievales o novelas distópicas?

Vale. Y lo bonito que iba a quedar mi balcón en primavera, ¿qué?

Aquello se me antojaba fácil de lograr. Que puede que yo no fuese Íñigo Segurola, pero también había crecido en una casa con patio que, además de sufrir alguna que otra nevada ocasional y un pequeño incidente vandálico, contaba con vegetación de la que me había llegado a encargar en según qué ocasiones:

Tres añitos y medio tengo en esta foto

De hecho, os voy a contar una minianécdota para terminar de convenceros: mientras yo cursaba sexto de primaria finalizó un contrato que el ejército tenía con el Ayuntamiento de Valladolid, por lo que aquél tuvo que devolverle a éste unos terrenos situados en el Pinar de Antequera, al sur de la ciudad. Y el Ayuntamiento decidió reforestar lo que hasta entonces habían sido cuarteles e instalaciones militares, invitando a estudiantes de varios colegios a participar en la tarea.

Yo fui uno de esos estudiantes, y me volví de la excursión con un ejemplar de pino y otro de encina escondidos en la sudadera que procedí a plantar en el patio de mi casa aquella misma tarde. La encina no agarró, pero el pino llegó a crecer varios metros, así que estadísticamente las jacarandás tendrían una probabilidad del cincuenta por ciento de salir adelante en mi piso austriaco.

Y por si las matemáticas no supusieran suficiente aliciente, llegar horas después a casa de los padres de Lucre y descubrir su espectacular patio, que más que patio era una selva repartida en tiestos, terminó de convencerme.

Para que os hagáis una idea de la variedad y la vida que aquel lugar albergaba, una amiga que supo de mi estancia en Argentina me pidió que le llevase alguna flor de jazmín cuando volviese a Austria. Le transmití la solicitud al padre de Lucre, y éste me las consiguió de dos tipos. Y me preguntó si además quería de madreselva, que también tenían.

Vale que en Mar del Plata hay filtraciones que mantienen el terreno húmedo o algo así, pero el mérito venía de familia. Y es que días después, de nuevo en la capital del país y en esta ocasión en casa de la abuela de Lucre, volví a sufrir un síndrome de Stendhal botánico al hallarme en un segundo patio repleto de vida vegetal (incluidos un par de jacarandás que arañaban el cielo, mira tú).

Aprovechando que las había a puñados sobre la acera, pude hacerme con las ansiadas semillas una tarde que visitamos Tigre. Allí, por cierto, y aprovechando nuestro paso por un mercado, también compré varios sobres de ídem de flores autóctonas para que mi madre pudiese plantar en las macetas de su balcón de Valladolid (a mí también me viene de familia, por lo visto). En ese mismo mercado compré este calendario:

Al verlo, la hermana de Lucre apuntó que la leyenda parecía decir "Dios es mi refucio", a lo que respondí: "pues mejor me lo pones"

Y ya que estoy mencionando la tarde en Tigre, también saqué tiempo para mandar desde dicha localidad una postal a una amiga a la que mando postales siempre que tengo ocasión. De camino a la oficina de correos (un poquito a la puta carrera porque estaban a punto de cerrar) pasamos junto a un parque en cuyos árboles una bandada de cotorras argentinas atronaba a un volumen como nunca se ha oído de este lado del Atlántico.

Además de las semillas de jacarandá que me regaló el suelo, recogí varios ejemplares de clavel del aire (al día siguiente, la abuela de Lucre me daría aún más de los que crecían en su propio jardín). Y no sólo eso. Mientras me agachaba para hacerme con la simiente de jacarandá, el padre de Lucre recogió semillas de durazno que me entregó acto seguido "para que completase la alteración del ecosistema de Europa".

Con gente así da gusto cargarse un biotopo, ¿verdad?

Hagamos ahora una elipsis de un tercio de año. Recién estrenada la primavera europea, procedí a plantar las semillas:


Me hice con un saco de compost en la tienda de bricolaje que tengo cerca de casa y rellené varias macetas con él. Repartí entre ellas el contenido que me había traído y las deposité en el invernaderito socker que en más de una ocasión ha sido testigo de la muerte de cactus y suculentas. Durante las siguientes semanas me aseguré de que la tierra no se secaba pero tampoco terminaba encharcada. Y entonces...

Voilà

¿Queréis felicitarme? Pues no lo hagáis, que esa foto la hizo la hermana de Lucre y corresponde a las semillas que plantó ella en Mar del Plata. Mi intento, habiendo pasado no ya semanas sino meses, lucía así:


La simiente de durazno, por cierto, había corrido igual suerte. Y para completar el desolador cuadro, otro rincón del balcón albergaba los que otrora fuesen verdes claveles del aire, secos como la mojama.

Así que podéis estar tranquilos, que no voy a alterar ningún ecosistema.

En fin, más vale que me ponga de una vez a regar las plantas del balcón que aún siguen vivas, que mira que me gusta complicarle la vida intentando lidiar con cosas que no controlo. Y hablando de cosas que no controlo, la semana que viene: economía.

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lunes, 29 de junio de 2026

En otro hemisferio. Muchas respuestas a una pregunta

Un submarino (aunque esto ya deberíais saberlo, que lo conté en la anterior entrada), un monumento a San Salvador (patrono de los pescadores) que desde la escollera sur da la bienvenida a los barcos que llegan a puerto,


una pescadería con la mayor variedad de pescado que he visto en mi vida, pescadores que preparan sus redes y aparejos ante la mirada de un curioso lobo marino,


un restaurante de pescado frito junto al puerto que sirve raciones para cinco personas, un restaurante vasco que sirve tortillas de patata rellenas descomunales,


un frontón escondido dentro del restaurante vasco,


un restaurante-pizzería en el que es posible comprobar que el fernet con cocacola sabe mucho a pomelo, una cafetería ubicada en el piso vigésimo noveno de un apartotel cuyos comensales están más preocupados por sacar fotos de las vistas que por dar cuenta de sus consumiciones,


una cafetería con muchas alusiones a Japón que tiene grabado láser hasta en las sillas porque el dueño lleva años dedicándose a ello, un bar que también es sala de recreativas con una carta de bebidas que juega con la nostalgia de mi generación, una cafetería bastante pija en la que es posible desayunar medialunas rellenas,


una escultura de un pato que cada temporada renueva colores con los que representa a algún conocido negocio, un anuncio de Adidas en la misma plaza en la que se encuentra la catedral en el que sale Leo Messi cuya altura casi supera a la de la propia seo, una gigantografía dedicada al portero Dibu Martínez (a quien por cierto le han dedicado también un dinosaurio), dos equipos de fútbol de hinchadas irreconciliables: el Club Atlético Alvarado (de colores azul y blanco) y el Club Atlético Aldosiví (verde y amarillo),  un mercado de pulgas (o al menos el cartel que lo anuncia),


una tienda de artículos del hogar cuyos empleados tienen una curiosa y minimalista forma de interpretar el concepto "para regalo",


una tienda de artículos de deporte cuyos empleados tienen una aún más curiosa y minimalista forma de interpretar el concepto "para regalo" que consiste en meter el producto en una bolsa de plástico sin más, un comercio que estaba cambiando el cartel de la entrada cuando pasé por delante,


un supermercado con un pasillo entero dedicado al dulce de leche en el que se pueden comprar bloques de membrillo de varios kilogramos de peso, una cadena de supermercados que ha copiado de forma más que evidente a Mercadona y se llama Mercalito,


una heladería en un centro comercial que sirve helados que miden palmo y medio desde lo alto hasta la punta del cucurucho, otra heladería en la que se tarda más en leer todas las variedades de helado disponibles que en ser servido, una tienda de golosinas a granel que vende sugus de sabores de los que ni siquiera había oído hablar, una tienda de artículos de motocicleta que también es cafetería, un local que vende sanguchitos de miga cuyo nombre nadie es capaz de recordar (algo con "poemas", creo), una cadena de churrerías que se llama Manolo,


otra cadena de churrerías que se llama El topo y que tiene parte del cartel bocabajo a propósito,


un calendario en medio de una plaza hecho con piedrecitas que un funcionario del ayuntamiento se encarga de poner en fecha cada madrugada, un vendedor ambulante de lo que creo que eran arepas que llevaba toda la mercancía sobre la cabeza y se movía demasiado rápido para que pudiese hacerle una foto, una feria de galletitas a la que acudieron la reina y las damas de honor de la ciudad y en la que uno podía hacerse con muestras hasta empacharse, una playa en barbecho esperando a ser invadida por bañistas de todo el país en cuanto arranque el verano,


otra playa en la que la única zona de sombra tiene prohibido el acceso a bañistas por encontrarse demasiado cerca de un ruinoso acantilado, un socorrista que pasa más tiempo riñendo a los niños que juegan con los conos que delimitan la zona prohibida que vigilando a los bañistas, un vendedor ambulante de churros que recorre la playa con su mercancía, el frío Océano Atlántico,


un conductor de autobús con prisa que arranca a toda hostia cuando aún no he terminado de entrar en el vehículo y al que no le importa que de tres pasajeros uno viaje gratis porque el sistema sólo puede procesar dos billetes, una calle llena de baches que hacen saltar a los pasajeros de un autobús en sus asientos cuando éste pasa por encima a toda hostia, una avenida en pendiente que los locales comparan (no sin cierta sorna) con San Francisco, una enorme y brutalista gasolinera ubicada en un aún más enorme y brutalista parking,


una versión del paseo de la fama de Hollywood en el que han dejado sus huellas celebridades de la talla de Raphael o Xuxa, un bloque de pisos de más de cien metros que en lo alto tiene un enorme cartel luminoso con las letras H, A, V, A, N, N, y A (una de ellas, no recuerdo cuál, fundida) en referencia a la marca de alfajores, un museo de arte contemporáneo en cuya entrada se encuentra una enorme estatua de un lobo marino hecho con laminas metálicas doradas que representan alfajores, una cuenta de Instagram que publica a diario fotos de una esquina aleatoria de la ciudad y que premia a quien diga primero a qué dos calles pertenece, garitas para vigilantes de seguridad en las esquinas de los barrios más pijos, estudiantes que recorren las calles de la ciudad metidas en el abierto maletero del coche para celebrar el haberse graduado (en Argentina dicen "recibirse" en vez de "graduarse" y mi cerebro nunca ha sido capaz de procesar esta diferencia),


un salón de máquinas recreativas que cuenta con su propia pista de coches de choque y un hospital materno infantil cuya entrada constituye el sitio menos sospechoso para que Lucre y un desconocido puedan intercambiar monedas de colección sin que parezca que están traficando con droga.

Eso es lo que, así a botepronto, puedo responderos si me preguntáis que qué descubrí en Mar del Plata.

Bueno, y plantas y animales, pero de eso os hablaré más en detalle la semana que viene.

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lunes, 22 de junio de 2026

En otro hemisferio. Inmersión

Tras una noche reparadora que se llevó el cansancio acumulado fruto de un largo viaje y la frenética primera estancia en Buenos Aires que os describí la semana pasada, llegó la mañana de mi segundo día en Argentina. Lo primero que hice tras salir de la cama fue realizar un primer acercamiento al mate, algo de lo que no voy a dar más detalles aquí porque me lo guardo para otra entrada. Lo segundo que hice fue comer facturas, e intuyo que más de uno torcerá el gesto con incredulidad al haber leído algo así.

Permitidme que me explique: las facturas son lo que en España podríamos llamar bollería. Esta comparación hay que cogerla con pinzas, pues la variedad es ligeramente diferente a las napolitanas de chocolate o crema, las ensaimadas, los ochos (o lazos, según dónde los pidas) y las bambas, entre otros, a los que estamos acostumbrados a este lado del Atlántico.

No estoy al tanto de los nombres específicos que recibe cada factura, pero me da igual. Lo que importa de cara a la historia es, por un lado, que las facturas están riquísimas y, por otro, el detalle que los padres de Lucre tuvieron conmigo, sabedores de que yo ya había oído hablar de este elemento de repostería antes del viaje y me picaba la curiosidad. Y es que me hicieron entrega de varias facturas, apiladas en forma de pirámide y con una vela en todo lo alto, creando así una "tarta de facturas" (bueno, en realidad en Argentina una tarta es una torta, pero creo que bastante estoy complicando todo ya) con la que me felicitaron por mi trigésimo noveno cumpleaños.

Me hice entonces una pregunta que suelo formularme cuando me pasan cosas buenas e inesperadas y que suele responderse con un "no, ni de coña": "¿habrías pensado hace cinco años que celebrarías tu cumpleaños en Argentina comiendo facturas como si las fueran a prohibir?".

Ya que estamos en modo interrogativo, os hago una pregunta yo a vosotros: ¿pensáis que el día podría mejorar aún más? Aunque me imagino cuál será vuestra respuesta cuando sepáis dónde pasé el resto de la mañana: metido en un submarino.

Y no, aquí no tengo que dar explicaciones porque no estamos ante otra situación polisémica. Me estoy refiriendo a lo que la RAE define como una "nave capaz de sumergirse y desplazarse bajo la superficie del agua". Tampoco voy a dar detalles, ni a enseñaros fotos. A pesar de que recibí una explicación completísima de cada compartimento y elemento del sumergible, mi ajada memoria no guarda detalles de ello. Además, se me indicó amablemente que no tenía permiso para sacar la cámara a paseo estando dentro de aquel habitáculo.

Para compensar, os pongo a continuación una foto de los lobos marinos que había en la zona y a los que pude acercarme:

Todo en un día. Si es que tengo más suerte que nadie

Y ¿cómo relleno yo ahora el resto de la entrada? Pues ya que ha salido el tema del submarino, y haciendo gala de los volantazos que me gusta dar en este blog, voy a hablar de diez películas relacionadas con el tema que he visto recientemente.

No, no es broma.

K-19: The Widowmaker (2002) 


A la directora Kathryn Bigelow tengo que reconocerle que, tal y como experimenté al ver las también suyas The hurt locker y A house of dynamite, sabe ponerme tenso como pocas. La de K-19 es una peli entretenida en la que un submarino nuclear soviético se empieza a romper. Y aunque se supone que está basada en hechos reales, al final acaba siendo una americanada de las de "la Unión Soviética es caca y los Estados Unidos son lo mejor". Además, me pasé gran parte de la película pensando "ese actor que parece el hermano pobre de Colin Firth con resaca me suena de algo y no sé de qué".

Por cierto, Harrison Ford, su protagonista, pone esta peli a caer de un burro durante una aparición hilarante en el programa de Conan O'Brian porque el título de la misma le parece estúpido y no entiende por qué le eligieron a él para interpretar a un ruso.

Y el actor es Peter Sarsgaard, que salía en Dopesick (que si no la habéis visto, tenéis que verla YA). De eso me sonaba.

Crimson tide (1995) 

Esp/Arg: Marea roja

La película está ambientada en esa loca época tras el fin de la URSS en la que no estaba muy claro de qué lado iba a caer el gigante soviético. La tripulación del USS Alabama debe patrullar el Pacífico y se pone en alerta porque un grupo de rebeldes chechenos (recuerdo crecer en los noventa escuchando en televisión a menudo la palabra "Chechenia" sin saber muy bien dónde caía exactamente) han tomado una base nuclear con misiles cuyo alcance llega hasta Yankilandia. Y por culpa de un mensaje que les llega a medias, los integrantes del mando a bordo se pasan media peli a hostias porque no se ponen de acuerdo acerca de si unirse a la fiesta lanzando los suyos o no.

Si uno está dispuesto a tragarse patriotismo americano a cucharadas, se acaba divirtiendo. Como curiosidad, me dio por buscar en Reddit comentarios acerca de esta peli y por lo visto está llena de incorrecciones y fallos.

No, si ya me parecía a mí raro que se pudiese tener una pecera a bordo de un submarino...

fuente: imdb

Down periscope (1996)

Esp: Abajo el Periscopio
Arg: Locos a bordo

Comedia de los noventa con gags de los noventa. Aunque muchos de dichos gags no hayan envejecido bien del todo (lo cual también se podría decir de algún actor en particular que sale en la cinta), en general es una película bastante entretenida y me ha sacado unas cuantas carcajadas. Y a diferencia de otras en esta lista, apenas cuenta con patriotismo yanki exacerbado.

Como curiosidad, esta peli se reprodujo en el autocar que llevó a mi equipo de atletismo a no recuerdo qué carrera. A mi equipo de atletismo DEL OPUS DEI, he de aclarar, pues uno de los chascarrillos recurrentes en la historia gira en torno al hecho de que el prota tiene un tatuaje en el pene que se hizo estando borracho. Y más de un capillitas puso el grito en el cielo porque le parecía intolerable que los y las jóvenes de aquel club nos expusiéramos a contenido quasipornográfico como aquél.

Kursk (2018)

Esp: Sumergidos: Una historia verdadera
Arg: Atrapados: Una historia verdadera

Dramatización del episodio ocurrido en el año dos mil, cuando la sala de torpedos del submarino que da nombre a la peli se convirtió en chocapic y mandó el bicho al fondo del mar de Barents, provocando que los pocos supervivientes agonizasen en su interior esperando un rescate. Rescate, por cierto, que nunca llegaría a producirse debido a que por aquel entonces la marina rusa se encontraba en horas bajísimas. Y todo esto, mientras el recién elegido presidente Vladimir Putin estaba de vacaciones (que esto no sale en la película).

A pesar de que el final de la historia es conocido (yo recuerdo haber seguido esto por la tele), la trama juega con las esperanzas de los espectadores, pues en varias ocasiones parece que todo va a ir bien, y al final todo acaba yendo peor. Y aunque haya alguna escena que podría haber salido de la mente de un guionista especialmente flipado, la realidad de lo que pasó aquellos días en este caso supera a la ficción.

The hunt for Red October (1990) 

Esp/Arg: La caza del Octubre Rojo

Ésta no se basa en hechos reales, sino en un libro de Tom Clancy. A Clancy no le ganaba nadie en eso de fliparse con historias de temática militar, y para muestra este botón protagonizado por el capitán de un submarino soviético diseñado para mandar a los EE UU (y, colateralmente, al resto del mundo) a la Edad de Piedra. Menos mal que dicho capitán es bueno y se monta un plan para desertar y entregarle el sumergible a los yankis. Porque creo que ya ha quedado claro en lo que llevamos de entrada que Dios puso a Estados Unidos en el planeta para salvarnos a todos.

Nótese la ironía.

La peli está bien, con momentos de tensión y tal, pero tengo que reconocer que cierto punto en el que se complicó la trama coincidió con que se me cerrasen un pelín los ojos (que ya tengo una edad, tal y como he indicado al principio de la entrada), así que igual no disfruté de la historia todo lo que habría podido.

U-571 (2000)

Arg: La Batalla del Atlántico

Enésima película que busca vender lo buenos que son los EE UU y lo aún más buenos que fueron durante la II Guerra Mundial. En este caso, contando una historia en la que la tripulación yanki busca capturar un submarino nazi para robarles la Enigma y sus claves secretas. Que vale que eso ocurrió más de una vez durante el conflicto, pero fueron los British los que se mojaban el culo buscando esta clase de peces.

Si os soy sincero, el motivo por el que decidí ver esta película fue que entre su reparto aparece Bon Jovi (sí, ese Bon Jovi) y me picaba la curiosidad.

The Ghazi attack (2017)


Buscando cambiar un poquito de escenario que no tirase de II Guerra Mundial o Guerra Fría, di con esta cinta de producción India sobre un episodio correspondiente al conflicto que el país asiático lleva manteniendo con su vecino Pakistán desde hace ya varias generaciones. En concreto, el intento por parte de un submarino indio de hundir un ídem pakistaní que se les ha metido hasta la cocina.

Ni vosotros ni yo sabemos una mierda de dicho conflicto, así que ambos países, en vez de las dos poderosas naciones con armas nucleares que son, podrían ser aquí planetas del universo Star Wars, y estoy seguro de que esta peli os habría dejado igual que me dejó a mí.

Que vale que se nota quién la ha hecho y cómo representa a ambos bandos: los indios son los héroes que, spoiler alert, arriesgan todo por incluso salvar a civiles en pleno naufragio, y los pakistaníes son monstruos horribles con cara de cabreo permanente que sólo quieren ver arder el Golfo de Bengala.

La situación, como pasa siempre en esta clase de episodios, es más compleja. Pero esto es cine, no periodismo serio (o periodismo de broma) del de hacer análisis geopolítico. Así que sigamos con la lista.

Manatsu no Orion (2009)


De ésta no he encontrado información acerca de si fue distribuida en Argentina o en España (el título en inglés, traducido, vendría a ser algo así como Batalla bajo Orión o Últimas operaciones bajo Orión). De hecho, encontrarla en sí me ha costado un huevo. No sólo no está en ninguna plataforma de streaming, sino que mi barco pirata (ejem, ejem) ha tenido que navegar por las turbulentas aguas de páginas web en ruso y torrents de dudoso contenido para poder dar con ella. Y la única copia que he conseguido tenía el archivo dividido en CD1 y CD2. Así que imaginad el rato que tuve que echar.

Pero es que quería ver una peli de la II Guerra Mundial contada por el otro bando. Y en este caso, el sumergible protagonista pertenece al bando japonés, que tiene que resistir los ataques de un destructor yanki en las costas de Okinawa.

En cuanto a los detalles de la historia, y exceptuando que la línea temporal pega un par de saltos entre los años cuarenta y el presente para darle más chicha al argumento, pues... Nada que no hayamos visto en todas las anteriores: que si los de arriba arrojando cargas de profundidad, que si un rato de todo el mundo en silencio para no ser detectados, que si inmersión a más profundidad de la que permite el trasto con tuberías que revientan a causa de ello... Lo único que tiene esta cinta de particular (aparte de algunos planos cuya calidad hacen que parezca que fue grabada para ser emitida directamente en televisión) es la presencia de los kaiten: torpedos kamikaze que los japoneses más idos de la olla pilotaban contra las naves enemigas en un desesperado viaje de sólo ida.

Yellow Submarine (1968)


No me miréis así. He dicho "películas de submarinos" y ésta lo es.

Café para los muy cafeteros, esta cinta de dibujos protagonizada por una versión animada de los Beatles comienza con el ataque a Pepperland. Buscando acabar con su población, su cultura y su forma de vida, el ejército de los terribles Blue Meanies, o "Malvados Azules" arrasa todo lo que hay en pie y deja la zona convertida en un desolado erial blue (porque blue significa tanto "azul" como "triste" en inglés).

Que yo, mientras veía esta primera escena, no podía dejar de pensar: "qué casualidad, oye. Azul, como la bandera de Israel".

Uno de los habitantes logra escapar de la masacre en un submarino amarillo, y se dirige a Liverpool, donde pide a los fab four que le ayuden a echar a las fuerzas de ocupación. Así, convertidos en tripulación del colorido sumergible, los miembros del conjunto inglés recorren varios mares antes de llegar a Pepperland y darle a los soldados del IDF Blue Meanies la patada en el culo que se merecen en un viaje lleno de animaciones lisérgicas, juegos de palabras, videoclips y referencias a letras de algunas de sus canciones.

Ya os he dicho que es café para los muy cafeteros.

Das Boot (1981)

Esp: El submarino
Arg: El barco

Evidentemente, tenía que dejar para el final LA película sobre submarinos. Ambientada en mil novecientos cuarenta y uno, sus tres horas y media de duración se hacen cortas mientras la trama sigue la odisea a la que debe enfrentarse la tripulación de un sumergible alemán.

De todas las obras aquí recogidas, Das Boot ilustra como ninguna las difíciles condiciones a bordo de estos trastos, así como la angustia y la tensión que los marineros experimentan allá abajo mientras otros marineros allá arriba intentan que terminen de irse al fondo para siempre.

Los personajes llevan a cabo una interpretación brutal, y tras media película viendo cómo les van creciendo las barbas mientras padecen estrecheces y corren peligros, comparten fotos de sus novias y familiares o acuden al médico de a bordo para que se haga cargo de sus enfermedades venéreas, uno se olvida de que pertenecen al bando que pertenecen y, al igual que Pablo Motos en El Hormiguero, acaba empatizando con los putos nazis.

Por cierto, yo tenía pensado ver Das Boot libreta en mano y tomar nota de todas las veces que alguien decía "verdammt" (maldición), uno de mis vocablos favoritos del alemán. Sin embargo, tiré la toalla al poco de empezar porque aún no cuento con el nivel adecuado para entender cada palabra de este demoníaco idioma.

Y hasta aquí la sesión cinematográfica. Habéis venido pensando que os daría detalles sobre mi estancia en Argentina y os vais sin ellos y empachados de celuloide, pero a estas alturas ya deberíais saber que así es mi blog. De todas formas, intentaré compensar esta falta de contenido gaucho la semana que viene.

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lunes, 15 de junio de 2026

En otro hemisferio. La llegada

Vale que hace un par de semanas aseguré que no iba a convertir el contaros mi viaje a Argentina en una sucesión cronológica de hechos. Insisto en que una historia de las de "y pasó esto, y luego pasó esto otro, y después esta otra cosa..." acaba agotando a quien la lee y a quien la escribe (ejem, ejem). Sin embargo, considero que mis primeras horas en el país fueron tan completas que voy a hacer una excepción, confiando en que a lo largo de la tarde de tecleo que tengo por delante se me ocurra alguna gracia que colaros. Vamos allá.

Aunque Lucre y yo partimos de São Paulo en sendos vuelos que tuvieron un embarque casi simultáneo (detalle que dejé caer en mi anterior entrada), el mío debió pillar un atajo o algo, pues aterricé media hora antes que mi amiga. Media hora que pasé, al llegar a Buenos Aires en calidad de extranjero, haciendo cola de ésas en zigzag para poder enseñar mi pasaporte. Finalmente, cuando me llegó el turno de enfrentarme al poli aeroportuario y éste me preguntó la dirección del alojamiento en el que pensaba pasar mis noches durante mi estancia en Argentina, lo único que pude ofrecerle como respuesta fue mi silenciosa cara de gilipollas.

Resulta que Lucre me había resuelto un montón de dudas durante semanas antes de abandonar Austria. Gracias a ello pude saber, por ejemplo, que nadie me daría una paliza en Argentina por ser hombre y llevar un bolso bandolera, que los pantalones vaqueros son jeans y que sólo los viejos los llaman "vaqueros", que una milanesa no es un trozo de tarta helada o que en una plaza de Mar del Plata dedicada a Castilla y León hay un escudo de Valladolid. Una información muy útil en otros contextos, claro que sí. Pero, mira tú, no se me ocurrió preguntarle por la dirección de casa de sus padres.

Por suerte para mí y por desgracia para vosotros, miserables, que esperabais drama, Lucre ya estaba allí. Su pasaporte albiceleste le había permitido entrar en el país por una vía más rápida, y mientras yo titubeaba frente al madero, ella contemplaba la escena desde el duty free anexo a los controles. En ese momento, podría haberse hecho la loca, continuar su camino en busca del equipaje y haberme gastado una broma MARAVILLOSA, pero o bien fue buena gente por defecto, o bien prefirió no ser tan canalla. La cuestión es que se me acercó y respondió la pregunta por mí.

Tras haber sido aceptados en el país, recogimos las maletas y nos dirigimos a la salida del aeropuerto, cuyo control de aduanas no discriminaba a nadie: allí todo el mundo debía meter en el escáner tanto maletas de mano como equipaje facturado. Lucre me confesó después que sabía que le iban a tocar los huevos, pues por lo visto son muy de mirar y remirar cualquier aparato electrónico que forme parte del equipaje, y ella cargaba con un volante o un joystick o algo por el estilo para el novio de su hermana por el que el encargado de aduanas le pidió demasiadas explicaciones.

Es que por lo visto te cascan multa por entrar en Argentina con artículos electrónicos nuevos si no están declarados y no cumplen cierta franquicia o algo así. La verdad es que tengo pensado dar detalles acerca de la economía del país en una entrada aparte, pero sólo de pensar en ponerme a ello me tiemblan las piernas y no sé muy bien cómo va a quedar.

Tras superar este último obstáculo nos creímos libres de ataduras aeroportuarias, peeero... Resulta que Lucre, mientras trataba de hacer el check in del vuelo que nos tendría que dejar en Mar del Plata al final del día, empezó a experimentar problemas con la web de la aerolínea. Nos dirigimos entonces a la zona de mostradores de facturación, a cuya entrada un segurata tirado en una silla (fijaos en que si he dicho "tirado" y no "sentado", por algo será) nos indicó que volviésemos directamente por la tarde para completar el proceso.

—Y ¿no tendremos problemas? —Preguntó Lucre.

—Naaaaa... —Respondió el segurata con toda su pachorra.

Os adelanto que no, no tuvimos problemas. Curiosamente, Lucre recibiría a esa misma pregunta esa misma respuesta días después, al renovar su pasaporte y querer confirmar con el encargado del trámite que podría abandonar el país haciendo uso de su adquirida nacionalidad austriaca, habida cuenta de que su documento tardaría mes y medio en serle entregado. Y os adelanto que sí, ella sí tuvo problemas. Quizá os dé más detalles al respecto otro día, ya veré.

Tomando por fiable la palabra (bueno, más bien el balido) del hombre, salimos de una puñetera vez del aeródromo y pudimos por fin disfrutar del casi veraniego sol de noviembre (os recuerdo que en el hemisferio sur las estaciones van a la inversa), así como de una hora de atasco para recorrer cinco kilómetros de trayecto. Creo que fue en ese momento cuando empecé a desarrollar mi teoría de que Buenos Aires es como Madrid, pero cinco veces más grande.

Nuestro destino era un local de almacenamiento de equipajes porque a nadie en el puto Aeroparque Internacional Jorge Newbery se le ha ocurrido hasta ahora que algunos viajeros necesitan dejar sus maletas a buen recaudo mientras se mueven por Buenos Aires. Pero bueno, a estas alturas de la vida ése ya no es mi problema (así que más me vale que me calme) y por aquel entonces, una vez libres de bultos, pude pasar varias horas descubriendo algunos detalles de la capital Argentina.

¿El primer lugar al que nos dirigimos? Un local de empanadas, POR SUPUESTO. Recién hechas y deliciosas, y con un código de formas y acabados destinado a aclarar lo que guardaban en su interior:


Tras dar cuenta de aquellos manjares fuimos al Ateneo Grand Splendid, un enorme local diseñado como teatro pero reconvertido en librería:


No es de extrañar que, de todos los negocios posibles, el de venta de libros fuese el que terminase ocupando su interior. Buenos Aires es la ciudad con más librerías por habitante del mundo y pude confirmarlo al descubrir una cada veinte metros (meses después, Lucre visitaría Madrid y me confesaría haber sentido en la capital del Reino algo parecido pero con las farmacias). Aprovechando que me encontraba en la más icónica de todas, salí de allí con un ejemplar de El principito en español de Argentina. Que habría sido fantástico si hubiese incluido pasajes en plan "andate a la puta que te parió con el cordero del orto, flaco. ¿Se me descompuso el avión y vos me venís con estas boludeces?". Pero no, sólo incluye mucho vos y las terminaciones verbales típicas del dialecto.

El resto de la tarde estuvo dedicada al callejeo, y yo cometí el error de querer usar los filtros de mi cámara obteniendo así imágenes que no le hacen justicia a las escenas. Que se lo digan si no al sobrexpuesto obelisco al fondo de la avenida Corrientes:


O al agente de tráfico convertido en silueta al pie del susodicho monumento:


Con la tarde empezando a caer y acercándose la hora de nuestro programado vuelo, volvimos a por los equipajes y recorrimos los cinco kilómetros de vuelta al Jorge Newbery disfrutando de un nuevo atasco. Y me vais a permitir ahora que, por obra y gracia de la elipsis, me salte el tramo relativo a facturaciones, controles de pasaportes y embarques porque después de tanto mencionar el tema durante tres entradas me da una pereza horrible tener que ponerme a ello otra vez.

Y así, en menos de lo que se tarda en leer medio párrafo escrito por alguien demasiado vago para dar detalles, llegamos, ya de noche, a Mar del Plata.

Podría ahora concluir esta agotadora entrada contándoos como Lucre y yo, una vez reunidos con sus padres, su hermana y el novio de ésta, nos dirigimos a una heladería con infinitud de sabores en la que me trinqué un cubo de helado (no, no un cucurucho o un vasito. UN CUBO). O podría elegir como broche alguno de los detalles interesantísimos sobre la ciudad que recibí del padre de mi amiga. Pero no. 

Habida cuenta de lo que me gusta tirar piedras a mi propio tejado, prefiero que os quedéis con este detalle perteneciente a las presentaciones: al padre de Lucre le saludé con un apretón de manos, y a su madre le quise dar dos españoles besos; pero descubrí en ese momento que en Argentina con uno basta, por lo que el segundo se lo dediqué al aire mientras ponía una silenciosa cara de gilipollas. La misma silenciosa cara de gilipollas que le dediqué al policía aeroportuario del principio de esta entrada, sí; y que intuyo no será muy diferente de la que se os va a quedar a vosotros cuando descubráis de qué tengo pensado hablar la semana que viene.

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lunes, 8 de junio de 2026

En otro hemisferio. Terminales

Viajar de Austria a Argentina tiene tela.

Podría ser un sinvergüenza, terminar esta entrada aquí y dejaros con hambre hasta el lunes que viene, pero no. Considero que hay que currarse un poquito todo aquello que no tenga que ver con el trabajo, valga la contradicción.

Vale que fueron SIETE los vuelos de este viaje (de Graz a Zúrich, de Zúrich a São Paulo, de São Paulo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Mar del Plata, de Buenos Aires a São Paulo, de São Paulo a Zúrich y de Zúrich a Graz. Ríase usted de Willy Fog), pero nada de lo que ocurrió a bordo de los mismos me parece suficientemente interesante. De hecho, voy a resumirlos en lo que queda de párrafo: los vuelos cortos se hicieron cortos, los vuelos largos se hicieron largos, se nos dio de cenar y de desayunar cuando tocaba y nos llevamos algún que otro refrigerio (es decir, una triste galleta y un triste vaso de zumo). Sólo destacaré que en el vuelo entre Zúrich y São Paulo pillamos un tramo de turbulencias interminable y las mismas pasaron de ser una preocupación a ser una molestia, pues aquello más que un viaje en avión parecía un trayecto en coche viejo por una carretera secundaria.

Y si he decidido destacar lo de las turbulencias de entre todas las horas de vuelo es porque lo de la carretera secundaria me pareció muy ingenioso cuando se me ocurrió.

Así pues, me queda comentar algo con respecto a los aeropuertos en los que hicimos escala. El de Zúrich ya fue mencionado en la anterior entrada, y de él sólo me queda añadir como curiosidad que en el mismo se venden navajas porque la identidad nacional suiza está por encima de la seguridad aérea, visto lo visto.

¿Tenéis vosotros una navaja adquirida EN UN AEROPUERTO? Yo sí (de color naranja, por supuesto). Y mi novia y mi hermano, también. Que me subí al vuelo con destino Graz con tres alojadas en mi maleta de mano.

Pero todo esto sigue sin llenar un post de longitud decente (¿es cosa mía o mis entradas últimamente me están quedando más largas de lo habitual?). Así que una vez descartado el material poco interesante, hablemos de Brasil.

La primera y la segunda vez que puse pie en dicho país en mi vida coincidieron con las dos escalas que realizamos en el aeródromo paulista. Durante dichas escalas pude ver dos caras de un mismo aeropuerto y, como consecuencia, tener dos experiencias muy diferentes al respecto.

La primera, tal y como he enumerado más arriba, tuvo lugar tras el largo viaje desde Zúrich, y como aquel "tiro porque me toca" tenía como destino la casilla de Buenos Aires, nuestros siguientes vuelos (digo "nuestros" porque Lucre y yo conectamos Brasil y Argentina a bordo de distintos aviones debido a las carambolas que hizo mi amiga para conseguirme un billete más barato, que esto os lo dije la semana pasada) podrían considerarse casi vuelos nacionales (al fin y al cabo, origen y destino pertenecen a Mercosur, el espacio Schengen de Sudamérica). Por ello, no es de extrañar que la terminal contase con el glamour (nótese la ironía) destinado a compañías de bajo coste que operan esta clase de trayectos.

Más que una terminal, aquello parecía una estación de autobuses. La interminable y terriblemente mal organizada cola de control de pasaportes y equipajes (nunca entenderé qué lotería aplican a la hora de determinar en qué escalas hay que escanear las maletas y en cuáles no) desembocó en un espacio minúsculo a ras de pista del que partían varias puertas de embarque (y si tenéis cierta experiencia voladora ya habréis deducido que una puerta de embarque a ras de pista en un aeropuerto grande implica un insufrible trayecto en bus hasta el avión), y el único establecimiento comercial del lugar era un quiosco en el que se vendían botellas de zumo y bolsas de patatas fritas.

En cuanto a las opciones de ocio ofrecidas de cara a la espera que tenía por delante... Podía sentarme en una de las pocas sillas libres para contemplar tras los cristales el tránsito de vehículos y camiones de combustible, o podía hacerlo de pie. Eso era todo. Y encima Lucre había desaparecido en busca de la puerta de embarque asignada a su vuelo.

¿Qué hice entonces para pasar el tiempo? Pues echar mano de mi cámara de fotos. La terminal sería sosa como la cena que nos habían servido horas atrás en el vuelo desde Zúrich (que se les habían acabado los menús de ternera y de pollo, nos dijo la azafata. Y que sólo quedaba la opción vegetariana, no me jodas), pero me encontraba en otra ciudad, me encontraba en otro país, me encontraba en otro hemisferio ("aaanda... Así que por eso ha llamado así a la serie de entradas... Pero qué ingenioso que es a veces"). Seguro que mis ojos encontrarían alguna novedad que retratar. Tras descartar aviones aterrizados en una posición poco interesante y la sosez de aquel interior, me fijé en cinco currantes que, del otro lado del cristal, charlaban amistosamente.

Me pareció una escena pintoresca (bueno, en este caso, "fotesca", si es que tal palabra existe): el personal aeroportuario, portando chalecos de color naranja y disfrutando de unos minutos de asueto durante su jornada laboral y tal.

Así que clic:


A los pocos segundos de realizar el retrato, vi como alguno de los protagonistas de aquella foto, la primera que había tomado en Sudamérica, me echaba miradas de desaprobación, por lo que empezó a invadirme cierto mal rollo. Para más inri, uno de ellos, que resultó ser policía, se subió en el coche patrulla (en el COCHAZO patrulla, aclaro) aparcado allí mismo para largarse acto seguido. Y no sé si fue debido a que yo acababa de pasar doce horas metido en un avión y no había dormido lo suficiente o porque soy así de idiota, pero mis niveles de paranoia se dispararon hasta un punto que os va a parecer hilarante.

"Pero qué gilipollas que eres", "¿tú te crees que puedes ir sacando fotitos de la gente así como así?", "que vas por la vida creyendo que todo el monte es orégano y todo el mundo es Europa. Y no, joder", "que no sabes cómo se las gastan los maderos en este país pero estás a punto de descubrirlo", "verás como el que se acaba de ir vuelve con refuerzos y entran derechos a trincarte", "se te va a caer el pelo, macho", "te van a dar de hostias hasta en el pasaporte", "sí, tú háblales de tus derechos como pasajero y tal, que seguro que ese chiste no se lo saben", "está claro que tú no hoy no vuelas a Buenos Aires" y "tonto, que eres tonto" fueron algunas de las frases incluidas en el monólogo interior que mantuve, y que finalizó cuando Lucre apareció detrás de mí, metiéndome un sustazo habida cuenta de lo tenso que estaba yo en aquel momento y haciéndome saber que su puerta de embarque, mira tú, se encontraba junto a la mía.

No, no vino nadie a detenerme, tranquilos. Al final acabamos subiendo a nuestros respectivos aviones casi a la vez porque el mío tuvo un retraso considerable y colorín, colorado, pasemos a hablar ahora de mi segunda escala en São Paulo, que por suerte para mí fue bastante más relajada.

De nuevo, Lucre y yo acabamos en dos vuelos por lo de las carambolas que he mencionado más arriba, así que yo llegué una hora antes. Si en esta ocasión me tocó pasar por un control de pasaportes y/o equipajes no soy capaz de recordarlo porque mi memoria se centró en retener todo lo que pasó después.

De entrada, la terminal era mucho más grande, más limpia, más moderna y más pija. Con un duty free en el que uno podía adquirir a precios desorbitados productos típicos brasileños tales como café y chanclas y, por supuesto, toblerones. Más adelante, restaurantes de categoría y tiendas de ropa y relojes caros en las que nunca he visto a nadie comprar nada me recordaban que de allí salían vuelos intercontinentales. Y, por último, tras el clásico establecimiento de libros y galletas, la zona de puertas de embarque, salpicada de restaurantes y más locales comerciales dispuestos a hacer realidad mis fantasías más capitalistas.

Yo llegué allí sin internet en mi teléfono, confiando en que el aeródromo me regalaría un rato de wifi, y así fue. Sin embargo, no me fijé bien y creí que sólo me correspondían dos horas (en realidad eran cuatro), y como mi espera sería de tres, decidí pasar la primera desnudo de datos, deambulando por el lugar en busca de entretenimiento analógico (y sin sacar fotos a nadie en esta ocasión, válgame Dios).

Durante aquellos minutos, entre otras, llevé a cabo las siguientes actividades:

  • Rechazar una oferta de masaje.
  • Preguntar al hombre de la ventanilla de cambio de divisas (sí, interactué con gente. Felicitadme) cuál era la tasa de cambio entre el euro y "la moneda local" (no, no fui capaz de acordarme de qué usan para pagar en Brasil y no soy capaz de acordarme ahora. ¿Reales? Da igual).
  • Revisar los menús de varios restaurantes pudiendo hacerme una idea de cuánto me costaría en euros cenar allí.
  • Pasear por una tienda de ropa de correr carísima y calcular que me ahorraría más de doscientos euros si adquiría en Decathlon prendas equivalentes a las que vi que me gustaron bastante.
  • Comprar dos libros en portugués de Brasil: un cuento infantil para mi madre y O pequeno príncipe para mí (en casa ya tenía O principezinho, en portugués de Portugal).

Llegó el momento en el que consideré que ya era seguro conectarse a internet, y el mismo coincidió con el aterrizaje de Lucre. Una vez reencontrados bajo el techo de aquella terminal que contaba con el glamour (nótese la total ausencia de ironía) destinado a compañías de las de avión gordo y tal, le sugerí dos opciones gastronómicas de cara a la última comida del día: un TGI Fridays en el que servían costillas que me estaban poniendo ojitos desde la foto del menú desplegado a la entrada, o un Pizza Hut que contaba con buffet libre por unos doce euros al cambio. Quince si se incluía bebida.

Así que cenamos pizza. MUCHA pizza:

Esta ración es del primer asalto al mostrador. Hubo más

La mesa que ocupamos para disfrutar del cebatil se situaba junto a un ventanal tras el que se podía presenciar una escena espectacular: los aviones que se acercaban a tomar tierra, durante un par de segundos, se alineaban perfectamente con un enorme sol poniente situado detrás (porque si el sol se hubiese situado DELANTE de los aviones habríamos estado jodidos). Y aquí no había paranoias que me quitasen las ganas de tomar una imagen tan bonita, pero al igual que me ocurriría meses después cuando quise hacer una foto de la cruz luminosa que me da miedo cada semana santa, no contaba yo con un teleobjetivo decente para tal fin. Así que no, no hay foto.

Aprovecho para mendigar un poco. O bueno, no. Que ya he dejado caer que no me hace falta.

Nuestra estancia en el aeropuerto de São Paulo tocaba a su fin mientras disfrutábamos de mucha cena y de una puesta de sol infinitamente más alegre que las cuarenta y tres seguidas que contempló desde su pequeño planeta el protagonista de mi recién adquirido libro ("Um dia eu vi o sol se pôr quarenta e três vezes!"). Y de aquel ensimismamiento nos sacó un aviso de megafonía que nos hizo salir corriendo con el último trozo de pizza a medio masticar porque nuestro vuelo ya estaba embarcando. Montamos así en un avión que nos traería de vuelta a Europa y pondría fin a un viaje del que aún no he empezado a daros detalles. En fin, a ver si la próxima semana hay más suerte y sale Argentina.

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lunes, 1 de junio de 2026

En otro hemisferio

Los locales de comida rápida, con su yanki concepto eat it and beat it (algo así como "cómetelo y lárgate"), son acérrimos enemigos de la mediterránea sobremesa. Aunque esta cultura (por llamarlo de alguna forma) apresurada me da un asco impresionante, he de reconocer que soy el primero que pone mala cara cuando descubro a alguien ocupando un sitio sin consumición o tras haber dado cuenta de la misma en aquellos casos en los que hay gente esperando para hacer lo propio que no tiene donde sentarse. Considerando los principios expuestos en esta introducción tan rara, ¿por qué llevo veinte minutos sin más quehacer que calentar la silla de un Burger King ante los restos de una comida que he finalizado mucho tiempo atrás?

Pues por justicia. Y es que considero que me corresponde un buen rato extra de ocupación espacial tras haber pagado VEINTICINCO eurazos por un menú (que no sé cuándo leeréis esto, pero en dos mil veintiséis eso es MUCHO dinero para lo que viene siendo un triste menú de Burger King). La explicación a este insultante atraco es de tipo geográfico: me encuentro en un aeropuerto (éste será recordado como el año que pasé haciendo tiempo en aeropuertos). Concretamente, el aeropuerto de Zúrich; y de todos es sabido que Suiza tiene dos cualidades principales: ser la hostia de aburrida (diga lo que diga cierto taxista tailandés) y ser la hostia de cara.

No es la primera ni la segunda vez que paso por el aeródromo helvético. Meses atrás, este sitio fue el escenario de sendas escalas durante la ida y la vuelta de un viaje sobre el que me estoy planteado hablar durante los lunes de verano. Ser capaz de sacar catorce entradas más o menos alusivas se me antoja asequible, habida cuenta de todo el calendario que queda por recorrer hasta llegar al estío. Aún es febrero, y podría tomar la nieve que castiga las pistas de aterrizaje como una señal divina que me empuja a comenzar la tarea. Pero yo no creo en señales divinas. Bueno, un poco sí.

Y es que, ¿sabéis dónde nieva también? En El eternauta.

Lo más probable es que se os escape esta referencia, y no os culpo. Yo no estaba al tanto de su existencia hasta que Netflix sacó la serie, y antes de que terminase de ver su tráiler ya estaba encargando el cómic en el que se basa.

Una vez me ventilé sus páginas hice lo que suelo hacer en estos casos: prestárselo a mi amiga Lucre (si seguís este blog con un nivel de atención ante el que debería preocuparme, recordaréis que Lucre, su marido y su hermana nos acompañaron a mi novia y a mí en la visita a la rarísima fábrica de chocolate allá por dos mil veinte). Resulta que El eternauta y Lucre comparten nacionalidad. Y yo, realizando el mismo ejercicio de estereotipación del que no me siento especialmente orgulloso que cuando le recomendé el libro Nuestra parte de noche y la peli Argentina, 1985, asumí que le gustaría, dada la coincidencia ("Lucre, El eternauta es argentino como tú, así que seguro que te gusta", le dije).

Lucre ya conocía esta obra de Héctor Germán Oesterheld (quien, por cierto, desapareció a manos de la dictadura de Videla, que nunca viene mal recordarlo. Niños, aunque los youtubers de mierda a los que seguís digan lo contrario, las dictaduras militares son malas), y una vez se ventiló sus páginas se acercó a mi casa a devolvérmelo. Con respecto a si le gustó o no, su juicio fue bastante parecido al mío: está bien para su época. Pero su opinión acerca de El eternauta no es lo que quiero destacar de la breve interacción que mantuvimos en la puerta de mi pisazo. Me dijo, además, que iba a pasar diez días repartidos entre Mar del Plata y Buenos Aires visitando a su familia, que los billetes le habían costado sólo setecientos euros (que no sé cuándo leeréis esto, pero en dos mil veintiséis eso es MUY POCO dinero para lo que viene siendo un billete de avión a Argentina) y, lo más importante, que me invitaba a unirme.

No era la primera ni la segunda vez que Lucre me hacía tal propuesta. Sabedora de que yo me moría de ganas de conocer su país, aprovechaba sus viajes anuales o bienales para preguntarme si yo también quería apuntarme. Pero, maldita sea la la casualidad, siempre había otros planes que yo no podía cancelar. Y la ocasión que nos ocupa no fue una excepción, pues ya me había comprometido a cuidar de Gata durante varios días que coincidían con la semana y media que Lucre pasaría allende el Océano Atlántico.

Así que Lucre se llevó la misma respuesta que, tres años antes, se llevó mi amigo Jorge cuando me dijo de ir con él a Tailandia, Camboya y Vietnam:

—Lo siento, pero no.

Y, al igual que ocurrió cuando lo de Jorge, me puse a darle vueltas y acabé convencido de que no podría perder la oportunidad. Además, mi novia (que, maldita sea la casualidad, tampoco habría podido unirse) tuvo a bien hacerse responsable de Gata, por lo que lo único que se interponía entre Argentina y yo eran doce mil kilómetros de tierra y agua. Eso, y que aún no había adquirido un billete de avión cuyo precio ya sobrepasaba por aquel entonces los mil doscientos euros. A cinco céntimos el kilómetro, considerando ida y vuelta.

Vergüenza me da reconocer que me he pasado más tiempo del que debería calculando lo del párrafo anterior y que no tengo muy claro que el resultado sea correcto. Esperad, que lo confirmo:

Q.E.D.

Todo en orden, sigamos.

Desembolsar tanta pasta me hacía algo de pupita, pero merecería la pena. No sólo eso, sino que Lucre, haciendo cábalas en varios buscadores de billetes, dio con una combinación de escalas muy parecida a la suya por cien euros menos del precio que yo había encontrado. Así que el kilómetro saldría a... Bueno, da igual.

Total, que Argentina me esperaba. Durante las siguientes semanas, Lucre se curró la preparación de lo lindo. Entre otros detalles, compartió conmigo una lista de Google Maps con lugares interesantes que podríamos visitar (de los cuales la mayoría eran locales de empanadas) al tiempo que investigaba opciones de movilidad. Yo, por mi parte, adopté el papel de "instalación de Windows" y le dije que "sí a todo" cada vez que me preguntaba si este sitio o aquel plan de ocio me parecían bien. Lo único que hice de cara a mi estancia allá fue comprar dos cajas de pastas surtidas en el Adolfosuárezmadridbarajas para regalarle a sus padres y a su abuela. Unas cajas bonitas, sí, pero nada del otro mundo.

Qué básico y qué poco detallista que soy a veces, la verdad.

Llegó así el día del viaje y, tras éste, transcurrieron otros diez llenos de experiencias en un país en el que no había estado nunca. Pero (y retomo mi debate interior), ¿merecería la pena teclear acerca de ello? Quizá no una cronología como cuando estuve en Japón o en Dubai (algo que acaba siendo un coñazo para mí que tengo que relatarlo y para vosotros que tenéis que leerlo). Podrían ser artículos sueltos con anécdotas independientes, alguna que otra lista e idas de olla indirectamente relacionadas. Las cosas como son, acabo de lograr escribir una entrada entera en la que únicamente me he metido con la propuesta de Lucre y los preparativos posteriores. No, si está claro que cuando me propongo estirar un chicle...

De repente, dos hombres que se acercan a la mesa de al lado me sacan de mis propios pensamientos y me devuelven al aeroportuario Burger King en el que terminé de comer hace ya demasiado tiempo. Conversan en español, pero su acento, que no es de España, me hace preguntarme por segunda vez si en realidad existen las señales divinas (sí, son argentinos, que lo tengo que explicar todo, joder). Uno de ellos porta una bandeja con un menú (VEINTICINCO eurazos, insisto. Qué piratas, los suizos) y se sienta con la intención de jalárselo, mientras que el otro le hace saber que va a acercarse al local que hay enfrente porque él prefiere adquirir "un sanguchito".

Este vocablo hace que mi cerebro vuelva a pasearse entre los recuerdos de mi viaje. Pienso en aquel sanguchito que me comí yo una tarde del pasado noviembre, con la hermana y el cuñado de Lucre, sentados en el banco de una plaza marplatense, después de unas horas en la playa mirando a las olas entre bocados de churros y sorbos de mate. Y concluyo que sí, que os podéis ir preparando porque este verano os voy a dar la turra con mi viaje a Argentina.

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