—Niño, tú eres el nieto de la taxista, ¿no? —dijo no recuerdo qué vecina en no recuerdo qué contexto.
Aquella afirmación me pilló por sorpresa y me obligó a conectar una serie de puntos mentales a toda velocidad antes de poder confirmarle a la señora que estaba en lo cierto, pues era la primera vez que oía a alguien referirse a mi abuela, Dios la tenga en Su Gloria, usando tan curioso adjetivo.
Que yo supiera, mi abuela nunca había trabajado para el gremio del taxi. Taxista había sido mi abuelo, Dios lo tenga en Su Gloria también. Pero es que tanto mis abuelos como la vecina que ha abierto esta entrada vivieron una época en la que era habitual que, junto al apartado profesión que aparecía en reverso del documento nacional de identidad, la autoridad competente escribiera "su casa" o "labores" al expedirlo si al apartado sexo le correspondía una M en lugar de una H. Y habitual también era que la gente, ante esta ausencia de actividad remunerada en la cédula, otorgase informalmente a la dueña de la misma la profesión del marido en forma de coloquial mote.
—Sí. Soy el nieto de Carmen —aclaré, marcando la sílaba tónica del nombre propio con más intensidad de lo habitual para dejar claro que mi abuela era señora antes que señora de.
No, no quiero un pin. Lo que quiero es contaros dos anécdotas protagonizadas por mi abuela. Que podría repartirlas entre dos posts, pero voy a meter todo junto porque este año estamos que lo tiramos con la longitud de las entradas, oiga.
Antes de empezar, permitidme que haga un inciso introductorio y deje caer que en cierta ocasión, mientras mi abuela mantenía una conversación a través del teléfono fijo, pegué la oreja porque soy un cotilla asqueroso. Así, pude oír cómo le contaba a su interlocutor o interlocutora que había descubierto por su cuenta cuál era su nombre completo (no dio detalles de por qué no conocía este dato o por qué nadie se lo había hecho saber o cómo realizó dicho descubrimiento, y ahora me arrepiento de carecer de dicha información), para revelar acto seguido que se llamaba Isidra del Carmen, pues había llegado a este mundo un quince de mayo, festividad de San Isidro Labrador.
Así que hoy habría cumplido ciento cinco años.
Bien, al turrón. La primera anécdota, curiosamente, tiene a su marido taxista como coprotagonista de la misma. Resulta que mi tío, primogénito de la pareja, no nació en quince, como su madre. Nació en trece. Y más concretamente, en martes y trece. Estadísticamente hablando, un día de la semana como cualquier otro y un día del mes como cualquier otro, ¿verdad? Pues eso no es lo que pensaba Felisa, amiga de mi abuela. Y es que la recién llegada a esta anécdota le espetó a la parturienta:
—Se te va a morir el hijo.
Aquélla era la conclusión de un silogismo cuyas premisas añadió a continuación para así justificar su fatídico pronóstico:
—Se te va a morir porque yo también tuve un hijo un martes trece y se me murió.
Quizá fue porque el esfuerzo obstétrico le había afectado según que capacidades, pero mi abuela se tomó semejante gilipollez como si fuera una indiscutible verdad científica, sumiéndose así en una terrible pesadumbre. Al poco, con la agorera amiga ya fuera de escena, mi abuelo descubrió a su esposa en pleno mar de lágrimas y le preguntó por el motivo de su congoja. Al saber del mismo, resolvió el conflicto con una sentencia lapidaria:
—Como coja a Felisa, le voy a dar una patada en tol medio.
Violenta afirmación la de mi abuelo, sí. Pero también inclusiva y por ello muy adelantada a su tiempo. Huelga decir que en cuanto supe de esta historia me apropié de la expresión y no son pocas las veces que he dicho cosas como "me lo paso por en medio" o "por mí puedes hacer lo que te salga de en medio", lo que me ayuda así a lanzar un claro mensaje sin meterme en la identidad o expresión de género de nadie.
Para poder contar de forma adecuada la segunda anécdota, antes tengo que anotar que, con el paso de los años, y debido a circunstancias que no vienen al caso, mi abuela acabó formando parte de varias asociaciones. Que si la Hermandad de Viudas de San Nosequé, que si la Congregación de Santa Nosecuántos, etcétera. La cuestión es que dichos grupos organizaban eventos con relativa frecuencia (raro era que mi abuela no se ausentase al menos una vez cada quince días para participar en alguno de estos actos), y el que nos ocupa consistió en una comida que tuvo lugar en la base aérea de Torrejón de Ardoz.
Mi abuela era una de las muchas señoras emperifolladas que se dieron cita en el aeródromo militar. Ignoro el motivo por el que se produjo aquello, pero fue algo importante, pues además de las susodichas señoras emperifolladas, aparecieron por allí personajes que contaban con bastante autoridad política.
Uno de dichos personajes, en determinado momento hacia el final de aquella comida, recorrió las diferentes mesas para saludar cordialmente a las comensales. Al llegar a la que ocupaba mi abuela, quiso la casualidad que se situase junto a ésta, quien aprovechó aquella proximidad para agarrar el brazo del hombre como sólo una señora emperifollada puede agarrar el brazo de un hombre y decirle:
—Qué alto y qué guapo que eres. Eres más guapo que en la tele.
Intuyo que ya estaría más que acostumbrado a ese tipo de interacciones, pero no deja de sorprenderme que mi abuela fuese capaz de largarle eso (mientras le agarraba el brazo, insisto) a Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, por aquel entonces Príncipe y a día de hoy Rey de España con el nombre de Felipe IV.
Pero la historia no acaba con este monárquico encuentro. Quien también quiso marcarse un "¿Qué tal todo? ¿Todo bien? ¿Les está gustando el evento, señoras? ¿Qué les ha parecido la comida?" entre mesa y mesa fue Alberto Ruiz-Gallardón.
Ruiz-Gallardón, aclaro rápidamente, es un conocido político ya retirado, adscrito al Partido Popular, que pasó por una época en la que se las daba de "conservador enrollado": bromeaba con periodistas, cuidaba que sus declaraciones no molestasen a nadie y hasta apareció en la portada de la revista de temática gay Zero:
![]() |
fuente: el independiente Gallardón, el RuPaul de la derecha española |
Sin embargo, año tras año, el tipo fue dejando caer su careta al tiempo que trepaba en su carrera política. Llegó así a Ministro de Justicia, momento en el que demostró que, en su caso, el adjetivo facha se quedaba corto. Si no me creéis, informaos un poquito acerca de la célebre por tristes motivos reforma de la ley del aborto que quiso sacar adelante con uñas y dientes.
Todo aquello, sin embargo, aún era parte de un lejano futuro en la tarde de autos que procedo a retomar. Gallardón, que entonces ostentaba el cargo de Presidente de la Comunidad de Madrid, se arrimó a la mesa de mi abuela a rebufo de Felipe el Guapo con su sonrisa de cartel de campaña electoral.
Pero la madre de mi padre le tenía calado. Caladísimo. Y quién sabe si lo hizo envalentonada por haber piropeado a un miembro de la realeza española, pero ni corta ni perezosa le soltó al político:
—Anda, quita, chupón. Que tú sólo vienes aquí a figurar.
Haciendo un segundo ejercicio intuitivo, quiero pensar que el pepero estaba tan acostumbrado a improperios como aquél como el borbón lo estaba que le tirasen fichas. Sin embargo, cada vez que pienso en la cara que debió quedársele a Gallardón ante la faltada no puedo evitar que se me escape una sonrisa. O una carcajada, según me pille.

.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)





















