lunes, 27 de julio de 2026

En otro hemisferio. La bebida

―Si puedes, tráeme una bombilla de Argentina.

―Vale.

Mi hermano estaba equivocado al hacerme esa petición y yo no le corregí porque también lo estaba. De hecho, la mayoría de la gente con la que he hablado del tema vivía en el mismo error, así que usemos esta entrada para corregirlo de una vez por todas y hablemos del mate.

Sí. La semana pasada tocó sólido y ésta toca líquido. Tiene sentido, ¿no?

Tratándose de la bebida más popular en Argentina, su presencia fue parte fundamental durante mi estancia allí. Mi primer encuentro con ella, tal y como ya os conté, se produjo al día siguiente de aterrizar en Mar del Plata, cuando salí de la cama dispuesto a devorar facturas y el padre de Lucre me la dio a probar. Vale que, años antes de este viaje, Lucre se presentó una tarde en nuestra casa con un paquete de mate con guaraná porque mi novia sentía curiosidad al respecto, pero mis papilas gustativas no guardan recuerdo de haberlo ingerido entonces. Por ello, considero que fue en la cocina marplatense donde tuvo lugar mi bautismo yerbatero.

Yerbatero y no hierbatero, pues la infusión se prepara a base de hojas de yerba mate. Alguna vez, hablando del tema por Whatsapp con Lucre, escribí "hierba" y mi interlocutora se apresuró a corregirme. Y ya que estamos con correcciones, y por si alguien tiene prisa por irse y sólo quiere sacar en claro lo que he mencionado al principio de la entrada, dejo caer que la bombilla es sólo la varilla de metal que se usa para sorber el mate. El cuenco o vaso donde se ponen las hojas y el agua se llama... Mate.

Que ahora vosotros os preguntaréis, al igual que yo me pregunté cuando se me hizo esta revelación: "Pero, ¿no tiene más sentido que el vaso ése sea lo que se llame bombilla, teniendo en cuenta su forma de bombilla?". Y os voy a responder lo mismo que me respondió Lucre a mí: "En Argentina a la bombilla se la llama foco".

Sí, fueron MUCHAS (y muy confusas) las veces que terminé pensando que Lucre y yo hablamos idiomas distintos.

Volviendo a aquella cocina, el mate me supo a intenso té verde. Yo no soy nada tetero (y mucho menos a primera hora de la mañana, que es cuando mi cerebro saca a pasear una pancarta en la que puede leerse "CAFÉ O BARBARIE"), por lo que agradecí aquel primer sorbo al tiempo que rechazaba un segundo, prometiendo a los allí presentes que le daría otra oportunidad en una futura ocasión menos intempestiva.

Tal ocasión se produjo al día siguiente, por la tarde y en la playa. Y yo pensé "así, sí". Después de un rato entre las olas, los allí presentes (Lucre, su hermana, el novio de ésta y yo) nos encontrábamos sentados en las toallas sin otro particular que el secarnos al sol, y la hermana de Lucre hizo de maestra de ceremonias: sirviéndose de un apañado set que contenía todos los elementos necesarios de cara a la preparación de la bebida, llenó algo más de la mitad del mate con yerba y procedió a "cebarlo". O lo que es lo mismo, verter agua caliente en su interior procurando que parte de la dosis se mantuviese seca para así poder sacarle partido durante más tiempo. Por turnos, los miembros del grupito apurábamos la bebida contenida en el mate y se lo devolvíamos para que pudiese volver a verter agua caliente en su interior. Tras varias raciones, la yerba "lavada" era reemplazada por una nueva ración seca, y a volver a empezar.

Entretenido, ¿verdad? Que se lo digan al resto de asistentes en aquella playa, pues esta misma actividad se repetía allá donde mirase. Todos los grupitos con sus mates, sus paquetes de yerba y sus termos. Termos que, en la mayoría de casos (el de la hermana de Lucre incluido) se encontraban decorados con pegatinas:

Esta foto no es de la playa. La hizo Lucre en un bar desde muy lejos apuntando a la mesa de unos desconocidos para demostrar que su móvil tiene un zoom de la hostia

Aprovechando esta tendencia, me volví de Argentina con pegatinas que aún esperan ser adheridas a alguna superficie porque no me atrevo a ponerlas en ningún sitio, so pena de que no sea "el adecuado" (sé que la gente de mi generación comprenderá mi angustia):


A mi novia le compré ésta, que le encantó (y que tampoco se atreve a pegar en ningún sitio):


Y ya que os estoy enseñando material, cuelo aquí esta otra tan chula que me regaló el padre de Lucre:


Volviendo al asunto del día, y por si no lo habíais deducido ya, os indico que beber mate es una actividad social. Días después, nuevamente en casa de los padres de Lucre, tuvo lugar una reunión familiar con unos tíos suyos regada con mate cuya preparación corrió una vez más a cargo de la hermana. Saliéndome un poquito del tema otra vez, voy a aprovechar para decir que disfruté bastante de aquella sesión. Y es que, pese a haber pasado gran parte del coloquio sin más aportación al mismo que meneos de cabeza por no tener nada que decir dentro de aquel núcleo familiar, agradecí lo improvisado de la situación, surgida de un "pasaba por aquí" y algún mensaje de última hora. Porque no sé a vosotros, pero a mí me da cada vez más pereza que hoy en día, para poder juntar a cuatro personas, haya que montar un pifostio con meses de antelación que incluya encuestas en grupos de Whatsapp, comparaciones de agendas, reservas previas y desesperantes cancelaciones y cambios de último minuto. Y todo para después pasar dos horas "poniéndose al día" (o lo que es lo mismo, hablando del puto trabajo) con gente con la que ya no tienes una vida en común.

En fin, que antes de derivar hacia mi enésima rabieta contra el sistema capitalista que nos aleja a los unos de los otros, yo estaba remarcando lo social del mate, aunque hay excepciones. Por ejemplo, el mismo día que estuvimos en la playa fuimos poco después al centro para comprar sanguchitos de miga que nos comimos sentados en uno de los bancos de una plaza cuyo nombre no me apetece buscar, y frente a nosotros había un chaval que, sin más compañía que su set yerbatero (si el de la hermana de Lucre era apañado, éste era directamente de competición: parecía una cestita forrada de piel, con su asa y hueco para el termo), pegaba un sorbo a la bombilla detrás de otro (por cierto, la bombilla no se agarra con los dedos al beber, que esto me lo hizo saber Lucre cuando me vio hacerlo, añadiendo que es un buen método para identificar a turistas). Y si viajamos en el tiempo hasta dos mil veintitrés y en el espacio hasta Palma de Mallorca, puedo hablaros de otro Juan Palomo yerbatero con el que me crucé mientras mi novia y yo turisteábamos por la capital balear y que se merece su propio párrafo.

El colega llevaba un mate en la mano y bajo el brazo cargaba con un enorme termo de dos litros, lo cual le obligaba a moverse de forma aparatosa (he visto a gente con respiración asistida a quien le cuesta menos desplazarse lidiando con una bombona de oxígeno y el correspondiente cableado). Cada pocos pasos le pegaba un tiento a la bombilla, y en el rato que se mantuvo dentro de mi campo de visión tuvo que hacer parada al menos una vez para vaciar su mate de yerba lavada y recargar con seca que guardaba en la mochila. Ya en Argentina, compartí con Lucre este recuerdo y apunté en broma (pero no muy en broma) que aquello rozaba la drogodependencia, y la observación que hizo mi amiga al respecto me resultó hilarante:

―Seguro que aquel chico era uruguayo.

Además de la playera y la familiar, se dio una tercera escena durante mi viaje en la que el mate fue un personaje más de la misma. Durante el trayecto en coche que hicimos de Mar del Plata a Buenos Aires, la hermana de Lucre, una vez más, volvió a demostrar su pericia, añadiendo en esta ocasión el tener que preparar la infusión a bordo de un vehículo en marcha. Y yo, que iba con la cámara de la mano por si se nos atravesaba una vaca en la carretera o algo así, aproveché para retratar el momento:


Al final, a fuerza de probar varias veces, terminé por cogerle gusto al mate yo también (sin llegar al extremo del uruguayo de Mallorca, por suerte). Y no sólo traje un mate para mi hermano. Traje CUATRO: el suyo, uno morado para mi novia, otro gris para mí y otro naranja también para mí que vi días después de haberme comprado el gris.

No, no voy a poner las pegatinas en el termo

Y un par de paquetes de yerba que ya me ha tocado reponer. Por suerte, en la ciudad en la que vivo hay un establecimiento en el que puede adquirirse toda clase de artículos hispanoamericanos: desde churros congelados a turrón pasando por piñatas con forma de cajetilla de Marlboro. Y también mate, por supuesto.

No me consta que mi hermano haya llegado a probar el suyo todavía. Y a mi novia no ha terminado de hacerle gracia (ella preferiría edulcorarlo y no es tarea fácil, habida cuenta del proceso de preparación que requiere). Pero yo sí que he pasado varias tardes desde que volví de Argentina tirando de mate. Y aunque el ritmo de vida austriaco no permita a nadie "pasarse por aquí" para compartirlo, me acompaña mientras me dedico a quehaceres como escribir las entradas que estáis leyendo este verano, aporrear el piano o simplemente sentarme en el sofá a escuchar música y comer chucherías.

De música y chucherías, por cierto, os voy a hablar la semana que viene.

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lunes, 20 de julio de 2026

En otro hemisferio. La comida

Cuenta el ingeniero de sonido Geoff Emerick en su muy recomendable libro El sonido de Los Beatles que Lennon y McCartney compusieron por separado la primera y segunda mitades de A day in the life sin saber muy bien cómo empalmarían ambas partes, y que antes de que se les ocurriese el icónico crescendo orquestal que sirve de puente (minuto 1:44 para los ansiosos), se dedicaron a grabar lo que ya tenían en mente dejando un hueco de veinticuatro compases en blanco a rellenar más adelante.

Pues bien, salvando mucho las distancias, podría decirse que esta entrada son mis veinticuatro compases en blanco. Con el estío en marcha y un par de posts sobre mi viaje a Argentina ya publicados, tengo que enfrentarme una última vez al folio a la pantalla en blanco para llenar el único lunes del verano que a estas alturas aún no tiene una entrada completa adjudicada.

Quizá os resulte extraña esta tardía falta de contenido, y más aún teniendo en cuenta que, si el título de la entrada da lo que promete, mi idea es hablaros hoy de gastronomía gaucha y algo así no debería suponerme un esfuerzo mental demasiado grande (o, al menos, no tanto como la semana pasada). Sin embargo, si yo ahora empiezo con un "El tren proveniente de Ponferrada que nos recogió a mis padres y a mí en Valladolid llegó a la madrileña estación de Chamartín con unos minutos de retraso..." pensaréis que, una vez más, os la he metido doblada, ¿verdad?

El tren proveniente de Ponferrada que nos recogió a mis padres y a mí en Valladolid llegó a la madrileña estación de Chamartín con unos minutos de retraso. Sin embargo, aquel imprevisto no afectó a la agenda del día, por lo que podría haberlo omitido si no fuese porque me da miedo quedarme hoy corto de palabras. Un segundo ferrocarril (Cercanías en esta ocasión) nos depositó en la estación de Recoletos, y de aquí salimos definitivamente al exterior, donde nos recibió la luz de un caluroso sol de primeros de junio. Tras bajar por el paseo que comparte nombre con la estación llegamos a la Fuente de Cibeles, que ya se encontraba asediada por los preparativos de la visita-pifostio que el Papa León XIV realizaría a la capital dos días después:

He dicho "Cibeles" y en la foto sale el Palacio de Comunicaciones pero no la Cibeles. No me seáis quisquillosos que todo está en la misma plaza

En aquel entonces no era aún consciente de ello, pero los medios españoles darían a esta visita-pifostio una cobertura nunca antes vista, convirtiendo así la religión católica en deporte nacional durante casi una semana y al Santo Padre en una estrella del rock.

Tras torcer a mano izquierda recorrimos Alcalá parando cada diez metros para que mi madre y mi padre pudiesen sacar decenas de fotos. Finalmente, llegamos al destino principal de nuestro viaje y entonces quien sacó la foto fui yo:


Efectivamente, semanas atrás, y aprovechando que me desplazaría a Valladolid para asistir a otro evento del que seguramente os hable una vez termine con este follón veraniego, sugerí a mis padres que fuésemos a la Feria del Libro de Madrid. Y ambos, que se apuntan a un bombardeo, dijeron que vale.

En las dos horas y media que pasamos allí nos dio tiempo a ver prácticamente todos los puestos y casetas, y tanto mi padre como mi madre se hicieron con tal cantidad de libros que ahora podrían montar su propio stand. Yo no. Yo fui tan previsor como imbécil y no quise andar cargando con pesados volúmenes durante el resto del día (que no sé como me las apaño pero al final los ejemplares que me llaman acaban siendo los más gordos). Por ello, sólo me hice con un Principito en valenciano y se quedaron allí, entre otros:


Mi cumpleaños es en noviembre, por cierto.

Coincidiendo con el cierre meridiano de la Feria, abandonamos definitivamente el Parque del Retiro y caminamos hacia la siguiente parada del itinerario que llevaba tiempo programando en mi mente, pasando ante la horrenda Parroquia del Santísimo Sacramento:

Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y será fea, por lo visto

Por cierto, ya que estamos con el tema de estética arquitectónica eclesiástica de dudoso gusto, voy a aprovechar para colar aquí una anécdota que os va a encantar. Resulta que años ha, quedándose pequeña la parroquia de mi barrio para albergar a la grey de la zona, se decidió que el garaje sito frente al existente templo, una vez reformado y sacralizado, permitiría a los feligreses recibir los servicios litúrgicos de turno sin estrecheces. Coincidiendo con la inauguración de la nave reconvertida en capilla, tuvo lugar uno de mis intercambios con Francia, y en algún momento del viaje hablé del tema con una compañera de instituto con la que compartía parroquia. Mi disertación vino a ser algo así como: 

—Qué fea es la nueva iglesia del barrio, tú.

Mi interlocutora, con un gesto que disimulaba muy bien lo que pensó al oírme, pidió que confirmase mi sentencia:

—¿Tú crees?

Aquella pregunta dio vía libre a mi lengua viperina y entonces aproveché para quedarme de un a gusto que te cagas:

—Por supuesto. Es feísima, la hijaputa. Fea, pero fea, fea. Más fea que un coche por debajo. No la podían haber hecho más fea, no. Pero qué fea que es, coño.

Y entonces mi compañera hizo una observación sobre el edificio que ni me esperaba ni olvidaré jamás:

—La ha diseñado mi padre.

En fin, volvamos a Madrid. Yo os estaba diciendo que pasada la parroquia se encontraba la siguiente parada de nuestro itinerario. La susodicha parada de susodicho itinerario fue la cafetería SÃO, de la que salí con una caja llena de medialunas:


Pero de esto no voy a dar detalles ahora. Mejor lo dejo para dentro de un par de semanas.

Lo de la visita-pifostio del Sumo Pontífice nos vino bien, pues a raíz de la misma, y como medida disuasoria, el bus pasó a ser gratis durante aquellos días. Esto permitió que me aprovechase de la Iglesia Católica por segunda vez en mi vida (la primera fue durante, mira tú que casualidad, durante otro intercambio con Francia, cuando robé una vela de Notre-Dame que le regalé a mi abuela una vez de vuelta en Valladolid).

El destino de aquel viaje gratuito en colectivo explica el motivo de esta extraña entrada escrita tarde y mal. Hace semanas dejé caer que, meses después de nuestro viaje a Argentina, Lucre también visitó la capital del Reino y se sorprendió ante la cantidad de farmacias existentes (algo que a mí nunca me ha llamado la atención porque mis castellanos ojos deben estar hechos a ver luminosas cruces verdes por doquier).

Le recomendé que, ya que estaba, se acercase a Toledo y a Segovia. Su agenda le permitió hacerme caso a medias, por lo que disfrutó de la ciudad del Tajo pero se perdió el poder contemplar la que hasta la fecha sigue siendo mi estructura favorita en el mundo entero (sí, por delante del templo Todaiji, el Empire State o Angkor Wat, entre otros):

 Esta foto la hice dos días antes del viaje a Madrid cuya narración estáis sufriendo hoy porque sí, también estuve en Segovia. Mis visitas a Valladolid siempre son un no parar

Lucre, por su parte, me hizo una recomendación de tipo gastronómico, y ahora es cuando todo encaja: en vez de hablaros en detalle de lo que me llevé al buche en Buenos Aires o Mar del Plata, que sería lo suyo, os voy a enumerar el menú de una parrilla argentina del madrileño barrio de Lavapiés (a la cual telefoneé para reservar mesa mientras esperábamos al bus varios párrafos más arriba, temeroso de que estuviese llena hasta la bandera, para descubrir al cruzar su umbral que allí no había NADIE comiendo). Empezando por la provoleta que me metí entre pecho y espalda:


Siguiendo con las empanadas (unas de carne y otras de pollo), de las que tres cayeron en mi lado de la mesa:


Y terminando con la chocotorta. Chocotorta abundante y densa que me dio un ligero empacho de los de mirar al vacío durante unos minutos y preguntarse cosas, a pesar del café con leche que intentó sin éxito hacer más sencilla su deglución:


Hala, ya he hablado de comida argentina. Ya he cumplido. Muy rico todo, por cierto.

También hice una foto de mis padres entre plato y plato, pero no la voy a publicar aquí. No tanto por preservar su intimidad sino porque salen con la misma cara de alegría que los protagonistas del cuadro Gótico estadounidense de Grant Wood y eso no refleja el ambiente que vivimos durante nuestras horas en la capital madrileña.

Y ya que saco el tema del arte, os diré que el lento camino a la estación de tren pasó por delante del museo Reina Sofía (por cierto, me acabo de acordar de que hace años tuvimos durante unos días una araña metida en nuestra cocina de Dublín y la llamé "Reina Sofía" porque no hacía nada pero hubiese preferido que no estuviese ahí), de cuya fachada colgaban tres individuos que o bien eran limpiadores o bien eran artistas en plena performance. Haciendo un sacrificio considerable, habida cuenta del esfuerzo digestivo que mi organismo estaba llevando a cabo en ese momento, apunté mi cámara hacia arriba y retraté al trío, así que ahora vosotros podéis juzgar si aquello era arte o curro:


Y hasta aquí mi día en Madrid probando comida argentina por recomendación de Lucre. Al final he logrado sacar adelante una entrada de una longitud decente, oye. Así que si el tren con destino Ponferrada en el que partimos mis padres y yo desde Madrid hubiese llegado a la vallisoletana estación de Campo Grande con un ligero retraso, no habría sido necesario mencionarlo. De todas formas, no fue el caso, así que mejor aún.

Espero que mi historia os haya quitado el hambre. Y si la presencia de tanta comida en una calurosa jornada veraniega os ha dado sed, aguantad hasta la semana que viene, queridos hermanos, y seréis saciados.

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lunes, 13 de julio de 2026

En otro hemisferio. Dinero

¿Os gustó la foto que publiqué en mi anterior entrada en la que salgo regando el patio con cinco añitos? Durante aquella época estuvo vigente en España una ley no escrita que todos los chiquillos solíamos obedecer a rajatabla: los minutos muertos de antes de la hora de la comida debían destinarse a ver Los Simpsons en la tele. Por ello, quienes ahora rondamos la cuarentena somos básicamente enciclopedias andantes cargadas de conocimiento acerca de la serie yanki. Al menos, de sus primeras diez temporadas.

Cierto día por aquella época, no sé muy bien por qué, decidí saltarme la norma y me di un garbeo por mi barrio mientras esperaba a que llegase el momento de llenar el buche en lugar de pasar el rato ante la caja tonta. El azar quiso recompensar mi rebelde acción, y en un momento de aquel paseo vi tirada en el suelo una moneda de quinientas pesetas.

Al cambio, quinientas pesetas son tres euros, que es más o menos lo que cuesta hoy en día poner un pie en la calle. Pero otrora, y para un mocoso como el que fui, quinientas pelas constituían un dineral. Sintiéndome un nuevo rico, corrí de vuelta a casa tras recoger aquel tesoro y le comuniqué la noticia a mi padre, que se limitó a darme el siguiente consejo financiero:

―No te lo gastes todo en el quiosco.

¿Que si seguí su recomendación? Dejemos que sea un breve fragmento de la larga conversación que mantuve inmediatamente después con el quiosquero de mi barrio el que responda a esta pregunta:

―Y dos chicles Boomer de fresa... 

―Llevas gastadas trescientas veinte.

―Y una bolsa de monchitos...

―Trescientas treinta y cinco.

―Y tres regalices rojos...

―Trescientas cincuenta.

―Y una mariquita de chocolate...

No había visto una bolsa con tantas golosinas en mi vida. Y aún a día de hoy puedo sentir el peso de la misma. Aunque para pesada, la mirada de desaprobación que me dedicó mi progenitor cuando me vio volver a casa por segunda vez en aquel mediodía habiendo convertido en azucarado bien de consumo todo mi capital.

Esta imbecilidad financiera continuó siendo mi inseparable amiga a lo largo de los años. Os haréis una idea si os digo que lo único que soy capaz de recordar de la asignatura de Economía que cursé en el instituto no tiene nada que ver con los conceptos estudiados, sino con una situación que se dio durante una lección de dicha materia especialmente aburrida. Buscando luchar contra el tedio, dos compañeros y yo comenzamos a entonar el tema de Tiburón. Aquella representación fue subiendo de tono y terminamos a puro berrido, improvisando una escena de la peli con ruidos de mordiscos y gritos de víctimas playeras. La profesora, incapaz de creer que tres de sus alumnos se hubiesen arrancado a hacer el gilipollas tan descaradamente, nos echó del aula (con toda la razón del mundo, todo sea dicho), imponiéndonos como castigo que copiásemos todo el contenido de un número nada desdeñable de páginas del temario. 

Como estaréis imaginando, a día de hoy no recuerdo ni una palabra de aquello que me tocó reproducir.

Para terminar de convenceros, otro ejemplo bien reciente: hace un par de años, y con mi cabeza supuestamente asentada, mi jefe y yo mantuvimos una reunión durante la cual hablamos de la próxima jubilación de uno de mis compañeros. Y mi superior, que además de la relación laboral compartía con él una amistad de las de llevar a los chiquillos al mismo colegio y cosas así, me comentó que le estaba muy agradecido debido a ciertos consejos inversores bastante fructíferos. Y yo contribuí a su observación sentenciando:

―Pues yo todo lo que sé hacer con el dinero es tenerlo y gastarlo.

Espero que estos ejemplos dejen claro que mi conocimiento sobre el mardito parné es nulo. Eso sí, preguntadme lo que queráis acerca de Los Simpsons. Pero sólo de las primeras diez temporadas, insisto.

Bueno, pues así me presenté en Argentina, un país cuya economía podría calificarse como "peculiar" (en cierto punto durante el viaje le diría a Lucre: "no te ofendas, pero económicamente tu país es un circo de tres pistas". Y no sólo no se ofendió sino que me dio la razón). Y si no sé nada de dinero, de dinero argentino directamente no sé nada de nada. Y lo que es peor, a lo dicho hay que añadir que tenía un cacao considerable al respecto, pues Jorge (sí, con quien viajé a Tailandia, Camboya y Vietnam), tras haber estado él en el país sudamericano, me habló de tasas, de dólar oficial, de dólar blue y de cómo se las apañaba para cambiar euros por pesos sin que se la metiesen doblada, explicándome conceptos una y otra que vez que yo, una y otra vez, era incapaz de procesar.

Pero es que creo que Jorge en otra vida tuvo que ser estraperlista o algo por el estilo, que había que verle manejándose con los baths, los rieles y los dongs al colega.

Tampoco ayudó que Lucre me alertase acerca de las enormes comisiones existentes en los cajeros automáticos, o que me sugiriese, más en broma que en serio, que en caso de necesitar efectivo en moneda local en Buenos Aires localizase un "arbolito" sin darme más detalles al respecto, haciéndome así sentir como recién llegado a una dimensión desconocida y amenazante, tal y como le ocurre a Homer cuando, escondiéndose de sus cuñadas tras una estantería, atraviesa un portal al mundo tridimensional (La casa árbol del terror IV - Homer³. Temporada 7, episodio 6).

Vale, cierto es que estando allí pasamos parte de una mañana viendo un vídeo interesantísimo sobre la historia del peso argentino que ahora no logro encontrar para enlazar aquí, pero mi incapacidad para procesar datos económicos hizo que en cierto punto de la visualización mi cerebro me dijese "tú puedes quedarte, pero yo me piro", dándose una escena similar a la que experimenta el padre de la familia amarilla cuando no es capaz de soportar la detallada explicación sobre sidra que le da su vecino Flanders (Quema, bebé Burns. Temporada 8, episodio 4).

Al menos, por suerte para mí, el haber vivido el paso al euro me ayudó con la tasa de cambio, pues diez mil pesos equivalían, a ojo, a seis euros, y como seis euros equivalían a mil pesetas, me bastaba con echar mano de los cálculos que hacíamos cuando empezó a usarse la moneda común y quitarle un cero a los precios vigentes para calcular el valor de las cosas.

Dejo aquí este flyer que me dieron a la entrada de un restaurante en Mar del Plata para que, en caso de que algún argentino se pase por aquí en el futuro, compare los precios de dos mil veinticinco con los actuales y se sorprenda. O no

Vamos, que las quinientas pelas del principio de la entrada habrían sido cinco mil pesos si la escena hubiese tenido lugar en Argentina. Dicho así parece mucho dinero, pero no es tanto. Y se queda lejos de los veinte dólares que Bart y Milhouse se encuentran y utilizan para adquirir un fresisuis extra dulce en el Badulaque (Explorador de incógnito. Temporada 5, capítulo 8).

Tirando de este euroconversor mental me las apañé más o menos cada vez que me tocaba hacer una transacción. Eso sí, no dejaba de sorprenderme el que muchos negocios ofreciesen descuento a quien abonase su compra en efectivo en vez de con tarjeta, a pesar de que viví una situación parecida cuando estuve con mi novia en Estambul en dos mil veintipoco, con la economía mundial lamiéndose las heridas después de que el COVID le pasase por encima. En aquella ocasión, el dueño de un restaurante me rogó, al ver sacar mi tarjeta, que fuese al cajero de la acera de enfrente y le pagase en efectivo, alegando que al tener tantas deudas, lo que no cobrase en metálico se lo iba a quedar el banco directamente.

Ser un turista que tan sólo estaba de paso me permitía ver los toros desde la barrera, no sin cierto vértigo, pues existe todo un enjambre de promociones que cada establecimiento ofrece en Argentina basándose en el método de pago utilizado o en qué día de la semana es (os lo juro). Estar al tanto de la variedad promocional requiere de una app que las gobierne a todas, y cuando Lucre me hizo ver una tabla resumen al respecto estuve a punto de caerme de culo:

fuente: clash

Y por si algo así, pensado para el día a día, no fuese ya bastante mareante, el tema de la financiación directamente es de juzgado de guardia. Lucre me pasó una foto de un catálogo de aires acondicionados y ventiladores cuyo plan de amortizaciones e intereses me causó un dolor de cabeza como el que Bart le provoca a una Marge embarazada de Lisa a base de dar por saco aporreando cacerolas (La primera palabra de Lisa. Temporada 4, capítulo 10):


Vale, yo no sería un residente condenado a lidiar con el sistema, pero el mismo me atrapó en su vorágine en varias ocasiones. Concretamente, en aquellas en las que no me quedó otro remedio que pagar con tarjeta. La primera de ellas, el mismo día que aterrizamos y pasamos unas horas en Buenos Aires, ya que la cajera del Carrefour me hizo enseñarle mi pasaporte para confirmar que aquel rectángulo de plástico era efectivamente mío a pesar de que yo estaba haciendo un pago contactless que ni siquiera requirió que metiese el pin.

Días después, en otro supermercado, y viendo que nadie estaba haciendo uso de las autocajas, me dirigí a una de ellas para pagar por varias chucherías al tiempo que Lucre y sus padres hacían lo mismo en otra. Tras trabajar gratis para el establecimiento y tener todo embolsado, pasé mi tarjeta por el lector y la pantalla me pidió que introdujese mi DNI, lo que dio lugar a una conversación irreal con la empleada al cargo de las cajas automáticas:

―Disculpa, la máquina me está pidiendo que meta el DNI.

―Sí, es que tenés que introducir el número de DNI.

―Pero es que no soy argentino.

―Y ¿no tenés DNI?

―No, no tengo DNI argentino. Soy español.

―Pero, ¿cómo no tenés DNI?

Que en ese momento me dieron ganas de decirle: "dame un segundo, que se lo robo a alguien más débil que yo y así tengo puto DNI", pero el padre de Lucre hizo innecesario que le faltase al respeto a la sufrida trabajadora al hacer acto de presencia e introducir su propio número de identificación. Huelga decir que a la autocaja de los huevos le dio exactamente igual que aquella cadena de dígitos y mi tarjeta no tuviesen nada que ver, pues se pudo completar la transacción sin problema y ya sólo nos quedó enseñar TODOS los productos a la salida mientras el vigilante de seguridad los iba marcando uno a uno en el ticket de compra haciendo incluso comentarios jocosos sobre algunos de ellos.

Aquella mañana descubrí que los argentinos, si no utilizan las autocajas, no es por una cuestión de principios. Es por el coñazo que supone.

Lo bueno es que aprendí la lección, y la tercera (y última, que yo recuerde) vez que tuve que hacer uso de este método de pago en otro supermercado (en esta ocasión bonaerense), le dicté a la cajera con toda la naturalidad mi propio número de DNI español comiéndome la letra. Y coló.

Todo esto es, en líneas generales, lo poco que puedo contaros sobre el vil metal. Cuando empecé a pensar en escribir sobre mi viaje a Argentina supe y temí que tendría que dedicarle una entrada, y tras haber demostrado que la economía y yo somos agua y aceite, me siento satisfecho de haber podido soltar semejante turra, habida cuenta de que he sufrido un bloqueo mental de varias semanas durante las cuales lo único que se me ocurría contar por aquí es que los billetes de peso me parecieron muy bonitos y que me chocó que todos tuviesen el mismo tamaño:

Mi colección

Hablando de billetes, y para ya definitivamente demostrar que soy un completo zote desde el punto de vista financiero, adivinad quién volvió a Austria tras pasar semana y media en Argentina y, al deshacer el equipaje, se encontró un fajo de pesos por valor de cincuenta euros que había metido en su maleta uno de los primeros días para acto seguido olvidarse de su existencia.

En fin... ¿Quién tiene hambre?

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lunes, 6 de julio de 2026

En otro hemisferio. Fauna y flora

La semana pasada terminé prometiendo que hoy se hablaría aquí de animales y plantas, así que cumplamos.

Una vez pudimos abandonar definitivamente el aeródromo Jorge Newbery, Lucre y yo pasamos un rato al borde de la Costanera esperando al taxi que habría de meternos de lleno en un terrible atasco. Mientras aguardábamos a que llegase el vehículo, una cotorra argentina (aunque no sé si lo correcto en este caso sería llamarla "cotorra" a secas) posada en un árbol cercano me dio la bienvenida a Buenos Aires. O quizá me dijo de malos modos que me largase por donde había venido y que estaba hasta la cloaca de los seres humanos. No entiendo el cotorro, por lo que que no puedo confirmar qué tipo de mensaje me lanzó. De hecho, lo más probable es que su canto no estuviese dirigido a mí, así que más me vale rebajar un poquito mi nivel de antropocentrismo. Eso, y currármelo un poquito más la próxima vez, porque éste ha sido el peor arranque de entrada que he escrito desde que tengo el blog.

En fin, que yo ya estaba al tanto de la existencia de este tipo de pájaro, pues su presencia en España es considerada una plaga desde hace años y su sonido ya forma parte de la banda sonora ambiental de ciudades como Madrid. Mis oídos también estaban hechos a gorriones, palomas, urracas, alguna que otra cigüeña y, desde que me mudé a Irlanda (y después a Austria), cuervos.

Sin embargo, en Argentina experimenté trinos y graznidos que no había oído nunca, y eso se hacía raro. Como no quiero que la entrada me quede kilométrica sólo voy a mencionar a dos aves en particular que descubrí allí (lo cual es una forma muy sutil de decir que no me acuerdo o no me enteré de la existencia de más). En primer lugar, el benteveo, un pájaro de pecho amarillo que, como el miembro viril en la horrenda canción de Leonardo Dantés que no tenéis por qué escuchar, tiene nombres mil (bichofeo es mi favorito, por cierto).

Y en segundo lugar, un ave rapaz con pinta de pokémon chungo, de los que tienen mala follá, cuesta capturar y si te descuidas te queman la casa asegurándose de que sepas que han sido ellos. Y encima se llama carancho, que suena a mote de quinqui navajero.

Caranchos vi muchos por la calle, y sus picos y garras fueron motivo suficiente para que me mantuviese a cierta distancia de ellos en todo momento. ¿No me creéis cuando afirmo que estos bichos son unos mafias?, pues sabed que a la hermana de Lucre le jodieron las plantas del balcón. Y encima, no contentos con el crimen, volvieron al día siguiente con más ganas de gresca. Echad un ojo a la foto que hizo la citada víctima y que estoy publicando aquí sin su permiso:


También vi loros. Pero no de los que están en un zoológico regido por un hombre que no está bien de la cabeza, no. En libertad y revoloteando cerca de las paredes de un barranco:


Para terminar con el reino animal (en el contexto de esta entrada, no en general. Que no soy el CEO de Cargill), sólo me queda destacar dos criaturas que recuerdo de aquellos días en Argentina (sin contar los lobos marinos de los que ya hablé hace un par de semanas). Por un lado, el perrete más argentino del mundo, que pasó a mi lado mientras comíamos unos churros a la puerta del local El Topo:

Con su camisetita albiceleste y todo. ES QUE ME LO COMO

Y por otro, avispas. Que si las avispas a las que estamos acostumbrados en Europa ya joden bastante (a abril del pasado año me remito), las que anidaron a la entrada de la casa de los padres de Lucre eran su segunda evolución. Cuando su padre echó no sé qué mierda para quitárselas de en medio, me aseguré de encontrarme a buen resguardo dentro de la morada, imaginando que más que un picotazo, lo que podrían arrearme sería una cornada:

Otra foto que robo

Teniendo en cuenta que Lucre creció en este ambiente de insectos asesinos, no es de extrañar que en más de una ocasión, conversando acerca de jardinería de balcón, ella defendiese que el suyo siempre se hallaría libre de plantas cuyas flores pudiesen atraer a estos artrópodos voladores.

Yo no puedo decir lo mismo del mío. Mi balcón cuenta en este momento con multitud de plantas cuyos coloridos brotes le sirven de área de descanso a abejas y avispas (a las cuales mis gatos gustan de atacar porque son imbéciles. En las dos últimas semanas ya nos ha tocado desclavarles dos aguijones). Plantas que, he de reconocer, mientras escribo esta entrada están más sedientas que Tom Hardy en el minuto 33:57 de Mad Max: Fury Road y que más me vale regar cuanto antes.

Pero mi balcón también cuenta con huecos en los que tiempo ha existieron plantas que no lograron sobrevivir al clima austriaco y a mi pereza regante. Considerando dichos huecos, una idea empezó a formarse en mi mente el mismo día que la cotorra argentina me hizo creerme San Francisco de Asís por un rato. Y es que nuestra llegada al municipio bonaerense coincidió con la floración de los jacarandás: árboles de cuya existencia no supe hasta ese momento y que vestían de violeta las avenidas.


Vale, en la foto que hice no se ve el color de las flores porque me vine muy arriba usando el filtro vintage de mi cámara. Pero si lo hace Taylor Swift os parece de lo más aesthetic, ¿no?

Por cierto, tengo un temita pendiente con Taylor Swift. Ya os contaré.

Volviendo a las flores de jacarandá, y para que quede claro lo que intento describir, voy a robarle otra foto a Lucre que sí recoge con fidelidad el colorido que nos recibió:


Lo que se me ocurrió entonces, por si no lo habéis deducido vosotros mismos a estas alturas, fue traerme a casa un puñado de semillas de este árbol y hacerlo crecer en mi balcón. ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que aquello se me fuese de las manos y, como si de una cotorra argentina vegetal se tratase, mis jacarandás terminasen expandiéndose por toda la geografía europea, alterando el ecosistema y provocando una hambruna digna de tiempos medievales o novelas distópicas?

Vale. Y lo bonito que iba a quedar mi balcón en primavera, ¿qué?

Aquello se me antojaba fácil de lograr. Que puede que yo no fuese Íñigo Segurola, pero también había crecido en una casa con patio que, además de sufrir alguna que otra nevada ocasional y un pequeño incidente vandálico, contaba con vegetación de la que me había llegado a encargar en según qué ocasiones:

Tres añitos y medio tengo en esta foto

De hecho, os voy a contar una minianécdota para terminar de convenceros: mientras yo cursaba sexto de primaria finalizó un contrato que el ejército tenía con el Ayuntamiento de Valladolid, por lo que aquél tuvo que devolverle a éste unos terrenos situados en el Pinar de Antequera, al sur de la ciudad. Y el Ayuntamiento decidió reforestar lo que hasta entonces habían sido cuarteles e instalaciones militares, invitando a estudiantes de varios colegios a participar en la tarea.

Yo fui uno de esos estudiantes, y me volví de la excursión con un ejemplar de pino y otro de encina escondidos en la sudadera que procedí a plantar en el patio de mi casa aquella misma tarde. La encina no agarró, pero el pino llegó a crecer varios metros, así que estadísticamente las jacarandás tendrían una probabilidad del cincuenta por ciento de salir adelante en mi piso austriaco.

Y por si las matemáticas no supusieran suficiente aliciente, llegar horas después a casa de los padres de Lucre y descubrir su espectacular patio, que más que patio era una selva repartida en tiestos, terminó de convencerme.

Para que os hagáis una idea de la variedad y la vida que aquel lugar albergaba, una amiga que supo de mi estancia en Argentina me pidió que le llevase alguna flor de jazmín cuando volviese a Austria. Le transmití la solicitud al padre de Lucre, y éste me las consiguió de dos tipos. Y me preguntó si además quería de madreselva, que también tenían.

Vale que en Mar del Plata hay filtraciones que mantienen el terreno húmedo o algo así, pero el mérito venía de familia. Y es que días después, de nuevo en la capital del país y en esta ocasión en casa de la abuela de Lucre, volví a sufrir un síndrome de Stendhal botánico al hallarme en un segundo patio repleto de vida vegetal (incluidos un par de jacarandás que arañaban el cielo, mira tú).

Aprovechando que las había a puñados sobre la acera, pude hacerme con las ansiadas semillas una tarde que visitamos Tigre. Allí, por cierto, y aprovechando nuestro paso por un mercado, también compré varios sobres de ídem de flores autóctonas para que mi madre pudiese plantar en las macetas de su balcón de Valladolid (a mí también me viene de familia, por lo visto). En ese mismo mercado compré este calendario:

Al verlo, la hermana de Lucre apuntó que la leyenda parecía decir "Dios es mi refucio", a lo que respondí: "pues mejor me lo pones"

Y ya que estoy mencionando la tarde en Tigre, también saqué tiempo para mandar desde dicha localidad una postal a una amiga a la que mando postales siempre que tengo ocasión. De camino a la oficina de correos (un poquito a la puta carrera porque estaban a punto de cerrar) pasamos junto a un parque en cuyos árboles una bandada de cotorras argentinas atronaba a un volumen como nunca se ha oído de este lado del Atlántico.

Además de las semillas de jacarandá que me regaló el suelo, recogí varios ejemplares de clavel del aire (al día siguiente, la abuela de Lucre me daría aún más de los que crecían en su propio jardín). Y no sólo eso. Mientras me agachaba para hacerme con la simiente de jacarandá, el padre de Lucre recogió semillas de durazno que me entregó acto seguido "para que completase la alteración del ecosistema de Europa".

Con gente así da gusto cargarse un biotopo, ¿verdad?

Hagamos ahora una elipsis de un tercio de año. Recién estrenada la primavera europea, procedí a plantar las semillas:


Me hice con un saco de compost en la tienda de bricolaje que tengo cerca de casa y rellené varias macetas con él. Repartí entre ellas el contenido que me había traído y las deposité en el invernaderito socker que en más de una ocasión ha sido testigo de la muerte de cactus y suculentas. Durante las siguientes semanas me aseguré de que la tierra no se secaba pero tampoco terminaba encharcada. Y entonces...

Voilà

¿Queréis felicitarme? Pues no lo hagáis, que esa foto la hizo la hermana de Lucre y corresponde a las semillas que plantó ella en Mar del Plata. Mi intento, habiendo pasado no ya semanas sino meses, lucía así:


La simiente de durazno, por cierto, había corrido igual suerte. Y para completar el desolador cuadro, otro rincón del balcón albergaba los que otrora fuesen verdes claveles del aire, secos como la mojama.

Así que podéis estar tranquilos, que no voy a alterar ningún ecosistema.

En fin, más vale que me ponga de una vez a regar las plantas del balcón que aún siguen vivas, que mira que me gusta complicarle la vida intentando lidiar con cosas que no controlo. Y hablando de cosas que no controlo, la semana que viene: economía.

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lunes, 29 de junio de 2026

En otro hemisferio. Muchas respuestas a una pregunta

Un submarino (aunque esto ya deberíais saberlo, que lo conté en la anterior entrada), un monumento a San Salvador (patrono de los pescadores) que desde la escollera sur da la bienvenida a los barcos que llegan a puerto,


una pescadería con la mayor variedad de pescado que he visto en mi vida, pescadores que preparan sus redes y aparejos ante la mirada de un curioso lobo marino,


un restaurante de pescado frito junto al puerto que sirve raciones para cinco personas, un restaurante vasco que sirve tortillas de patata rellenas descomunales,


un frontón escondido dentro del restaurante vasco,


un restaurante-pizzería en el que es posible comprobar que el fernet con cocacola sabe mucho a pomelo, una cafetería ubicada en el piso vigésimo noveno de un apartotel cuyos comensales están más preocupados por sacar fotos de las vistas que por dar cuenta de sus consumiciones,


una cafetería con muchas alusiones a Japón que tiene grabado láser hasta en las sillas porque el dueño lleva años dedicándose a ello, un bar que también es sala de recreativas con una carta de bebidas que juega con la nostalgia de mi generación, una cafetería bastante pija en la que es posible desayunar medialunas rellenas,


una escultura de un pato que cada temporada renueva colores con los que representa a algún conocido negocio, un anuncio de Adidas en la misma plaza en la que se encuentra la catedral en el que sale Leo Messi cuya altura casi supera a la de la propia seo, una gigantografía dedicada al portero Dibu Martínez (a quien por cierto le han dedicado también un dinosaurio), dos equipos de fútbol de hinchadas irreconciliables: el Club Atlético Alvarado (de colores azul y blanco) y el Club Atlético Aldosiví (verde y amarillo),  un mercado de pulgas (o al menos el cartel que lo anuncia),


una tienda de artículos del hogar cuyos empleados tienen una curiosa y minimalista forma de interpretar el concepto "para regalo",


una tienda de artículos de deporte cuyos empleados tienen una aún más curiosa y minimalista forma de interpretar el concepto "para regalo" que consiste en meter el producto en una bolsa de plástico sin más, un comercio que estaba cambiando el cartel de la entrada cuando pasé por delante,


un supermercado con un pasillo entero dedicado al dulce de leche en el que se pueden comprar bloques de membrillo de varios kilogramos de peso, una cadena de supermercados que ha copiado de forma más que evidente a Mercadona y se llama Mercalito,


una heladería en un centro comercial que sirve helados que miden palmo y medio desde lo alto hasta la punta del cucurucho, otra heladería en la que se tarda más en leer todas las variedades de helado disponibles que en ser servido, una tienda de golosinas a granel que vende sugus de sabores de los que ni siquiera había oído hablar, una tienda de artículos de motocicleta que también es cafetería, un local que vende sanguchitos de miga cuyo nombre nadie es capaz de recordar (algo con "poemas", creo), una cadena de churrerías que se llama Manolo,


otra cadena de churrerías que se llama El topo y que tiene parte del cartel bocabajo a propósito,


un calendario en medio de una plaza hecho con piedrecitas que un funcionario del ayuntamiento se encarga de poner en fecha cada madrugada, un vendedor ambulante de lo que creo que eran arepas que llevaba toda la mercancía sobre la cabeza y se movía demasiado rápido para que pudiese hacerle una foto, una feria de galletitas a la que acudieron la reina y las damas de honor de la ciudad y en la que uno podía hacerse con muestras hasta empacharse, una playa en barbecho esperando a ser invadida por bañistas de todo el país en cuanto arranque el verano,


otra playa en la que la única zona de sombra tiene prohibido el acceso a bañistas por encontrarse demasiado cerca de un ruinoso acantilado, un socorrista que pasa más tiempo riñendo a los niños que juegan con los conos que delimitan la zona prohibida que vigilando a los bañistas, un vendedor ambulante de churros que recorre la playa con su mercancía, el frío Océano Atlántico,


un conductor de autobús con prisa que arranca a toda hostia cuando aún no he terminado de entrar en el vehículo y al que no le importa que de tres pasajeros uno viaje gratis porque el sistema sólo puede procesar dos billetes, una calle llena de baches que hacen saltar a los pasajeros de un autobús en sus asientos cuando éste pasa por encima a toda hostia, una avenida en pendiente que los locales comparan (no sin cierta sorna) con San Francisco, una enorme y brutalista gasolinera ubicada en un aún más enorme y brutalista parking,


una versión del paseo de la fama de Hollywood en el que han dejado sus huellas celebridades de la talla de Raphael o Xuxa, un bloque de pisos de más de cien metros que en lo alto tiene un enorme cartel luminoso con las letras H, A, V, A, N, N, y A (una de ellas, no recuerdo cuál, fundida) en referencia a la marca de alfajores, un museo de arte contemporáneo en cuya entrada se encuentra una enorme estatua de un lobo marino hecho con laminas metálicas doradas que representan alfajores, una cuenta de Instagram que publica a diario fotos de una esquina aleatoria de la ciudad y que premia a quien diga primero a qué dos calles pertenece, garitas para vigilantes de seguridad en las esquinas de los barrios más pijos, estudiantes que recorren las calles de la ciudad metidas en el abierto maletero del coche para celebrar el haberse graduado (en Argentina dicen "recibirse" en vez de "graduarse" y mi cerebro nunca ha sido capaz de procesar esta diferencia),


un salón de máquinas recreativas que cuenta con su propia pista de coches de choque y un hospital materno infantil cuya entrada constituye el sitio menos sospechoso para que Lucre y un desconocido puedan intercambiar monedas de colección sin que parezca que están traficando con droga.

Eso es lo que, así a botepronto, puedo responderos si me preguntáis que qué descubrí en Mar del Plata.

Bueno, y plantas y animales, pero de eso os hablaré más en detalle la semana que viene.

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