lunes, 22 de junio de 2026

En otro hemisferio. Inmersión

Tras una noche reparadora que se llevó el cansancio acumulado fruto de un largo viaje y la frenética primera estancia en Buenos Aires que os describí la semana pasada, llegó la mañana de mi segundo día en Argentina. Lo primero que hice tras salir de la cama fue realizar un primer acercamiento al mate, algo de lo que no voy a dar más detalles aquí porque me lo guardo para otra entrada. Lo segundo que hice fue comer facturas, e intuyo que más de uno torcerá el gesto con incredulidad al haber leído algo así.

Permitidme que me explique: las facturas son lo que en España podríamos llamar bollería. Esta comparación hay que cogerla con pinzas, pues la variedad es ligeramente diferente a las napolitanas de chocolate o crema, las ensaimadas, los ochos (o lazos, según dónde los pidas) y las bambas, entre otros, a los que estamos acostumbrados a este lado del Atlántico.

No estoy al tanto de los nombres específicos que recibe cada factura, pero me da igual. Lo que importa de cara a la historia es, por un lado, que las facturas están riquísimas y, por otro, el detalle que los padres de Lucre tuvieron conmigo, sabedores de que yo ya había oído hablar de este elemento de repostería antes del viaje y me picaba la curiosidad. Y es que me hicieron entrega de varias facturas, apiladas en forma de pirámide y con una vela en todo lo alto, creando así una "tarta de facturas" (bueno, en realidad en Argentina una tarta es una torta, pero creo que bastante estoy complicando todo ya) con la que me felicitaron por mi trigésimo noveno cumpleaños.

Me hice entonces una pregunta que suelo formularme cuando me pasan cosas buenas e inesperadas y que suele responderse con un "no, ni de coña": "¿habrías pensado hace cinco años que celebrarías tu cumpleaños en Argentina comiendo facturas como si las fueran a prohibir?".

Ya que estamos en modo interrogativo, os hago una pregunta yo a vosotros: ¿pensáis que el día podría mejorar aún más? Aunque me imagino cuál será vuestra respuesta cuando sepáis dónde pasé el resto de la mañana: metido en un submarino.

Y no, aquí no tengo que dar explicaciones porque no estamos ante otra situación polisémica. Me estoy refiriendo a lo que la RAE define como una "nave capaz de sumergirse y desplazarse bajo la superficie del agua". Tampoco voy a dar detalles, ni a enseñaros fotos. A pesar de que recibí una explicación completísima de cada compartimento y elemento del sumergible, mi ajada memoria no guarda detalles de ello. Además, se me indicó amablemente que no tenía permiso para sacar la cámara a paseo estando dentro de aquel habitáculo.

Para compensar, os pongo a continuación una foto de los lobos marinos que había en la zona y a los que pude acercarme:

Todo en un día. Si es que tengo más suerte que nadie

Y ¿cómo relleno yo ahora el resto de la entrada? Pues ya que ha salido el tema del submarino, y haciendo gala de los volantazos que me gusta dar en este blog, voy a hablar de diez películas relacionadas con el tema que he visto recientemente.

No, no es broma.

K-19: The Widowmaker (2002) 


A la directora Kathryn Bigelow tengo que reconocerle que, tal y como experimenté al ver las también suyas The hurt locker y A house of dynamite, sabe ponerme tenso como pocas. La de K-19 es una peli entretenida en la que un submarino nuclear soviético se empieza a romper. Y aunque se supone que está basada en hechos reales, al final acaba siendo una americanada de las de "la Unión Soviética es caca y los Estados Unidos son lo mejor". Además, me pasé gran parte de la película pensando "ese actor que parece el hermano pobre de Colin Firth con resaca me suena de algo y no sé de qué".

Por cierto, Harrison Ford, su protagonista, pone esta peli a caer de un burro durante una aparición hilarante en el programa de Conan O'Brian porque el título de la misma le parece estúpido y no entiende por qué le eligieron a él para interpretar a un ruso.

Y el actor es Peter Sarsgaard, que salía en Dopesick (que si no la habéis visto, tenéis que verla YA). De eso me sonaba.

Crimson tide (1995) 

Esp/Arg: Marea roja

La película está ambientada en esa loca época tras el fin de la URSS en la que no estaba muy claro de qué lado iba a caer el gigante soviético. La tripulación del USS Alabama debe patrullar el Pacífico y se pone en alerta porque un grupo de rebeldes chechenos (recuerdo crecer en los noventa escuchando en televisión a menudo la palabra "Chechenia" sin saber muy bien dónde caía exactamente) han tomado una base nuclear con misiles cuyo alcance llega hasta Yankilandia. Y por culpa de un mensaje que les llega a medias, los integrantes del mando a bordo se pasan media peli a hostias porque no se ponen de acuerdo acerca de si unirse a la fiesta lanzando los suyos o no.

Si uno está dispuesto a tragarse patriotismo americano a cucharadas, se acaba divirtiendo. Como curiosidad, me dio por buscar en Reddit comentarios acerca de esta peli y por lo visto está llena de incorrecciones y fallos.

No, si ya me parecía a mí raro que se pudiese tener una pecera a bordo de un submarino...

fuente: imdb

Down periscope (1996)

Esp: Abajo el Periscopio
Arg: Locos a bordo

Comedia de los noventa con gags de los noventa. Aunque muchos de dichos gags no hayan envejecido bien del todo (lo cual también se podría decir de algún actor en particular que sale en la cinta), en general es una película bastante entretenida y me ha sacado unas cuantas carcajadas. Y a diferencia de otras en esta lista, apenas cuenta con patriotismo yanki exacerbado.

Como curiosidad, esta peli se reprodujo en el autocar que llevó a mi equipo de atletismo a no recuerdo qué carrera. A mi equipo de atletismo DEL OPUS DEI, he de aclarar, pues uno de los chascarrillos recurrentes en la historia gira en torno al hecho de que el prota tiene un tatuaje en el pene que se hizo estando borracho. Y más de un capillitas puso el grito en el cielo porque le parecía intolerable que los y las jóvenes de aquel club nos expusiéramos a contenido quasipornográfico como aquél.

Kursk (2018)

Esp: Sumergidos: Una historia verdadera
Arg: Atrapados: Una historia verdadera

Dramatización del episodio ocurrido en el año dos mil, cuando la sala de torpedos del submarino que da nombre a la peli se convirtió en chocapic y mandó el bicho al fondo del mar de Barents, provocando que los pocos supervivientes agonizasen en su interior esperando un rescate. Rescate, por cierto, que nunca llegaría a producirse debido a que por aquel entonces la marina rusa se encontraba en horas bajísimas. Y todo esto, mientras el recién elegido presidente Vladimir Putin estaba de vacaciones (que esto no sale en la película).

A pesar de que el final de la historia es conocido (yo recuerdo haber seguido esto por la tele), la trama juega con las esperanzas de los espectadores, pues en varias ocasiones parece que todo va a ir bien, y al final todo acaba yendo peor. Y aunque haya alguna escena que podría haber salido de la mente de un guionista especialmente flipado, la realidad de lo que pasó aquellos días en este caso supera a la ficción.

The hunt for Red October (1990) 

Esp/Arg: La caza del Octubre Rojo

Ésta no se basa en hechos reales, sino en un libro de Tom Clancy. A Clancy no le ganaba nadie en eso de fliparse con historias de temática militar, y para muestra este botón protagonizado por el capitán de un submarino soviético diseñado para mandar a los EE UU (y, colateralmente, al resto del mundo) a la Edad de Piedra. Menos mal que dicho capitán es bueno y se monta un plan para desertar y entregarle el sumergible a los yankis. Porque creo que ya ha quedado claro en lo que llevamos de entrada que Dios puso a Estados Unidos en el planeta para salvarnos a todos.

Nótese la ironía.

La peli está bien, con momentos de tensión y tal, pero tengo que reconocer que cierto punto en el que se complicó la trama coincidió con que se me cerrasen un pelín los ojos (que ya tengo una edad, tal y como he indicado al principio de la entrada), así que igual no disfruté de la historia todo lo que habría podido.

U-571 (2000)

Arg: La Batalla del Atlántico

Enésima película que busca vender lo buenos que son los EE UU y lo aún más buenos que fueron durante la II Guerra Mundial. En este caso, contando una historia en la que la tripulación yanki busca capturar un submarino nazi para robarles la Enigma y sus claves secretas. Que vale que eso ocurrió más de una vez durante el conflicto, pero fueron los British los que se mojaban el culo buscando esta clase de peces.

Si os soy sincero, el motivo por el que decidí ver esta película fue que entre su reparto aparece Bon Jovi (sí, ese Bon Jovi) y me picaba la curiosidad.

The Ghazi attack (2017)


Buscando cambiar un poquito de escenario que no tirase de II Guerra Mundial o Guerra Fría, di con esta cinta de producción India sobre un episodio correspondiente al conflicto que el país asiático lleva manteniendo con su vecino Pakistán desde hace ya varias generaciones. En concreto, el intento por parte de un submarino indio de hundir un ídem pakistaní que se les ha metido hasta la cocina.

Ni vosotros ni yo sabemos una mierda de dicho conflicto, así que ambos países, en vez de las dos poderosas naciones con armas nucleares que son, podrían ser aquí planetas del universo Star Wars, y estoy seguro de que esta peli os habría dejado igual que me dejó a mí.

Que vale que se nota quién la ha hecho y cómo representa a ambos bandos: los indios son los héroes que, spoiler alert, arriesgan todo por incluso salvar a civiles en pleno naufragio, y los pakistaníes son monstruos horribles con cara de cabreo permanente que sólo quieren ver arder el Golfo de Bengala.

La situación, como pasa siempre en esta clase de episodios, es más compleja. Pero esto es cine, no periodismo serio (o periodismo de broma) del de hacer análisis geopolítico. Así que sigamos con la lista.

Manatsu no Orion (2009)


De ésta no he encontrado información acerca de si fue distribuida en Argentina o en España (el título en inglés, traducido, vendría a ser algo así como Batalla bajo Orión o Últimas operaciones bajo Orión). De hecho, encontrarla en sí me ha costado un huevo. No sólo no está en ninguna plataforma de streaming, sino que mi barco pirata (ejem, ejem) ha tenido que navegar por las turbulentas aguas de páginas web en ruso y torrents de dudoso contenido para poder dar con ella. Y la única copia que he conseguido tenía el archivo dividido en CD1 y CD2. Así que imaginad el rato que tuve que echar.

Pero es que quería ver una peli de la II Guerra Mundial contada por el otro bando. Y en este caso, el sumergible protagonista pertenece al bando japonés, que tiene que resistir los ataques de un destructor yanki en las costas de Okinawa.

En cuanto a los detalles de la historia, y exceptuando que la línea temporal pega un par de saltos entre los años cuarenta y el presente para darle más chicha al argumento, pues... Nada que no hayamos visto en todas las anteriores: que si los de arriba arrojando cargas de profundidad, que si un rato de todo el mundo en silencio para no ser detectados, que si inmersión a más profundidad de la que permite el trasto con tuberías que revientan a causa de ello... Lo único que tiene esta cinta de particular (aparte de algunos planos cuya calidad hacen que parezca que fue grabada para ser emitida directamente en televisión) es la presencia de los kaiten: torpedos kamikaze que los japoneses más idos de la olla pilotaban contra las naves enemigas en un desesperado viaje de sólo ida.

Yellow Submarine (1968)


No me miréis así. He dicho "películas de submarinos" y ésta lo es.

Café para los muy cafeteros, esta cinta de dibujos protagonizada por una versión animada de los Beatles comienza con el ataque a Pepperland. Buscando acabar con su población, su cultura y su forma de vida, el ejército de los terribles Blue Meanies, o "Malvados Azules" arrasa todo lo que hay en pie y deja la zona convertida en un desolado erial blue (porque blue significa tanto "azul" como "triste" en inglés).

Que yo, mientras veía esta primera escena, no podía dejar de pensar: "qué casualidad, oye. Azul, como la bandera de Israel".

Uno de los habitantes logra escapar de la masacre en un submarino amarillo, y se dirige a Liverpool, donde pide a los fab four que le ayuden a echar a las fuerzas de ocupación. Así, convertidos en tripulación del colorido sumergible, los miembros del conjunto inglés recorren varios mares antes de llegar a Pepperland y darle a los soldados del IDF Blue Meanies la patada en el culo que se merecen en un viaje lleno de animaciones lisérgicas, juegos de palabras, videoclips y referencias a letras de algunas de sus canciones.

Ya os he dicho que es café para los muy cafeteros.

Das Boot (1981)

Esp: El submarino
Arg: El barco

Evidentemente, tenía que dejar para el final LA película sobre submarinos. Ambientada en mil novecientos cuarenta y uno, sus tres horas y media de duración se hacen cortas mientras la trama sigue la odisea a la que debe enfrentarse la tripulación de un sumergible alemán.

De todas las obras aquí recogidas, Das Boot ilustra como ninguna las difíciles condiciones a bordo de estos trastos, así como la angustia y la tensión que los marineros experimentan allá abajo mientras otros marineros allá arriba intentan que terminen de irse al fondo para siempre.

Los personajes llevan a cabo una interpretación brutal, y tras media película viendo cómo les van creciendo las barbas mientras padecen estrecheces y corren peligros, comparten fotos de sus novias y familiares o acuden al médico de a bordo para que se haga cargo de sus enfermedades venéreas, uno se olvida de que pertenecen al bando que pertenecen y, al igual que Pablo Motos en El Hormiguero, acaba empatizando con los putos nazis.

Por cierto, yo tenía pensado ver Das Boot libreta en mano y tomar nota de todas las veces que alguien decía "verdammt" (maldición), uno de mis vocablos favoritos del alemán. Sin embargo, tiré la toalla al poco de empezar porque aún no cuento con el nivel adecuado para entender cada palabra de este demoníaco idioma.

Y hasta aquí la sesión cinematográfica. Habéis venido pensando que os daría detalles sobre mi estancia en Argentina y os vais sin ellos y empachados de celuloide, pero a estas alturas ya deberíais saber que así es mi blog. De todas formas, intentaré compensar esta falta de contenido gaucho la semana que viene.

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lunes, 15 de junio de 2026

En otro hemisferio. La llegada

Vale que hace un par de semanas aseguré que no iba a convertir el contaros mi viaje a Argentina en una sucesión cronológica de hechos. Insisto en que una historia de las de "y pasó esto, y luego pasó esto otro, y después esta otra cosa..." acaba agotando a quien la lee y a quien la escribe (ejem, ejem). Sin embargo, considero que mis primeras horas en el país fueron tan completas que voy a hacer una excepción, confiando en que a lo largo de la tarde de tecleo que tengo por delante se me ocurra alguna gracia que colaros. Vamos allá.

Aunque Lucre y yo partimos de São Paulo en sendos vuelos que tuvieron un embarque casi simultáneo (detalle que dejé caer en mi anterior entrada), el mío debió pillar un atajo o algo, pues aterricé media hora antes que mi amiga. Media hora que pasé, al llegar a Buenos Aires en calidad de extranjero, haciendo cola de ésas en zigzag para poder enseñar mi pasaporte. Finalmente, cuando me llegó el turno de enfrentarme al poli aeroportuario y éste me preguntó la dirección del alojamiento en el que pensaba pasar mis noches durante mi estancia en Argentina, lo único que pude ofrecerle como respuesta fue mi silenciosa cara de gilipollas.

Resulta que Lucre me había resuelto un montón de dudas durante semanas antes de abandonar Austria. Gracias a ello pude saber, por ejemplo, que nadie me daría una paliza en Argentina por ser hombre y llevar un bolso bandolera, que los pantalones vaqueros son jeans y que sólo los viejos los llaman "vaqueros", que una milanesa no es un trozo de tarta helada o que en una plaza de Mar del Plata dedicada a Castilla y León hay un escudo de Valladolid. Una información muy útil en otros contextos, claro que sí. Pero, mira tú, no se me ocurrió preguntarle por la dirección de casa de sus padres.

Por suerte para mí y por desgracia para vosotros, miserables, que esperabais drama, Lucre ya estaba allí. Su pasaporte albiceleste le había permitido entrar en el país por una vía más rápida, y mientras yo titubeaba frente al madero, ella contemplaba la escena desde el duty free anexo a los controles. En ese momento, podría haberse hecho la loca, continuar su camino en busca del equipaje y haberme gastado una broma MARAVILLOSA, pero o bien fue buena gente por defecto, o bien prefirió no ser tan canalla. La cuestión es que se me acercó y respondió la pregunta por mí.

Tras haber sido aceptados en el país, recogimos las maletas y nos dirigimos a la salida del aeropuerto, cuyo control de aduanas no discriminaba a nadie: allí todo el mundo debía meter en el escáner tanto maletas de mano como equipaje facturado. Lucre me confesó después que sabía que le iban a tocar los huevos, pues por lo visto son muy de mirar y remirar cualquier aparato electrónico que forme parte del equipaje, y ella cargaba con un volante o un joystick o algo por el estilo para el novio de su hermana por el que el encargado de aduanas le pidió demasiadas explicaciones.

Es que por lo visto te cascan multa por entrar en Argentina con artículos electrónicos nuevos si no están declarados y no cumplen cierta franquicia o algo así. La verdad es que tengo pensado dar detalles acerca de la economía del país en una entrada aparte, pero sólo de pensar en ponerme a ello me tiemblan las piernas y no sé muy bien cómo va a quedar.

Tras superar este último obstáculo nos creímos libres de ataduras aeroportuarias, peeero... Resulta que Lucre, mientras trataba de hacer el check in del vuelo que nos tendría que dejar en Mar del Plata al final del día, empezó a experimentar problemas con la web de la aerolínea. Nos dirigimos entonces a la zona de mostradores de facturación, a cuya entrada un segurata tirado en una silla (fijaos en que si he dicho "tirado" y no "sentado", por algo será) nos indicó que volviésemos directamente por la tarde para completar el proceso.

—Y ¿no tendremos problemas? —Preguntó Lucre.

—Naaaaa... —Respondió el segurata con toda su pachorra.

Os adelanto que no, no tuvimos problemas. Curiosamente, Lucre recibiría a esa misma pregunta esa misma respuesta días después, al renovar su pasaporte y querer confirmar con el encargado del trámite que podría abandonar el país haciendo uso de su adquirida nacionalidad austriaca, habida cuenta de que su documento tardaría mes y medio en serle entregado. Y os adelanto que sí, ella sí tuvo problemas. Quizá os dé más detalles al respecto otro día, ya veré.

Tomando por fiable la palabra (bueno, más bien el balido) del hombre, salimos de una puñetera vez del aeródromo y pudimos por fin disfrutar del casi veraniego sol de noviembre (os recuerdo que en el hemisferio sur las estaciones van a la inversa), así como de una hora de atasco para recorrer cinco kilómetros de trayecto. Creo que fue en ese momento cuando empecé a desarrollar mi teoría de que Buenos Aires es como Madrid, pero cinco veces más grande.

Nuestro destino era un local de almacenamiento de equipajes porque a nadie en el puto Aeroparque Internacional Jorge Newbery se le ha ocurrido hasta ahora que algunos viajeros necesitan dejar sus maletas a buen recaudo mientras se mueven por Buenos Aires. Pero bueno, a estas alturas de la vida ése ya no es mi problema (así que más me vale que me calme) y por aquel entonces, una vez libres de bultos, pude pasar varias horas descubriendo algunos detalles de la capital Argentina.

¿El primer lugar al que nos dirigimos? Un local de empanadas, POR SUPUESTO. Recién hechas y deliciosas, y con un código de formas y acabados destinado a aclarar lo que guardaban en su interior:


Tras dar cuenta de aquellos manjares fuimos al Ateneo Grand Splendid, un enorme local diseñado como teatro pero reconvertido en librería:


No es de extrañar que, de todos los negocios posibles, el de venta de libros fuese el que terminase ocupando su interior. Buenos Aires es la ciudad con más librerías por habitante del mundo y pude confirmarlo al descubrir una cada veinte metros (meses después, Lucre visitaría Madrid y me confesaría haber sentido en la capital del Reino algo parecido pero con las farmacias). Aprovechando que me encontraba en la más icónica de todas, salí de allí con un ejemplar de El principito en español de Argentina. Que habría sido fantástico si hubiese incluido pasajes en plan "andate a la puta que te parió con el cordero del orto, flaco. ¿Se me descompuso el avión y vos me venís con estas boludeces?". Pero no, sólo incluye mucho vos y las terminaciones verbales típicas del dialecto.

El resto de la tarde estuvo dedicada al callejeo, y yo cometí el error de querer usar los filtros de mi cámara obteniendo así imágenes que no le hacen justicia a las escenas. Que se lo digan si no al sobrexpuesto obelisco al fondo de la avenida Corrientes:


O al agente de tráfico convertido en silueta al pie del susodicho monumento:


Con la tarde empezando a caer y acercándose la hora de nuestro programado vuelo, volvimos a por los equipajes y recorrimos los cinco kilómetros de vuelta al Jorge Newbery disfrutando de un nuevo atasco. Y me vais a permitir ahora que, por obra y gracia de la elipsis, me salte el tramo relativo a facturaciones, controles de pasaportes y embarques porque después de tanto mencionar el tema durante tres entradas me da una pereza horrible tener que ponerme a ello otra vez.

Y así, en menos de lo que se tarda en leer medio párrafo escrito por alguien demasiado vago para dar detalles, llegamos, ya de noche, a Mar del Plata.

Podría ahora concluir esta agotadora entrada contándoos como Lucre y yo, una vez reunidos con sus padres, su hermana y el novio de ésta, nos dirigimos a una heladería con infinitud de sabores en la que me trinqué un cubo de helado (no, no un cucurucho o un vasito. UN CUBO). O podría elegir como broche alguno de los detalles interesantísimos sobre la ciudad que recibí del padre de mi amiga. Pero no. 

Habida cuenta de lo que me gusta tirar piedras a mi propio tejado, prefiero que os quedéis con este detalle perteneciente a las presentaciones: al padre de Lucre le saludé con un apretón de manos, y a su madre le quise dar dos españoles besos; pero descubrí en ese momento que en Argentina con uno basta, por lo que el segundo se lo dediqué al aire mientras ponía una silenciosa cara de gilipollas. La misma silenciosa cara de gilipollas que le dediqué al policía aeroportuario del principio de esta entrada, sí; y que intuyo no será muy diferente de la que se os va a quedar a vosotros cuando descubráis de qué tengo pensado hablar la semana que viene.

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lunes, 8 de junio de 2026

En otro hemisferio. Terminales

Viajar de Austria a Argentina tiene tela.

Podría ser un sinvergüenza, terminar esta entrada aquí y dejaros con hambre hasta el lunes que viene, pero no. Considero que hay que currarse un poquito todo aquello que no tenga que ver con el trabajo, valga la contradicción.

Vale que fueron SIETE los vuelos de este viaje (de Graz a Zúrich, de Zúrich a São Paulo, de São Paulo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Mar del Plata, de Buenos Aires a São Paulo, de São Paulo a Zúrich y de Zúrich a Graz. Ríase usted de Willy Fog), pero nada de lo que ocurrió a bordo de los mismos me parece suficientemente interesante. De hecho, voy a resumirlos en lo que queda de párrafo: los vuelos cortos se hicieron cortos, los vuelos largos se hicieron largos, se nos dio de cenar y de desayunar cuando tocaba y nos llevamos algún que otro refrigerio (es decir, una triste galleta y un triste vaso de zumo). Sólo destacaré que en el vuelo entre Zúrich y São Paulo pillamos un tramo de turbulencias interminable y las mismas pasaron de ser una preocupación a ser una molestia, pues aquello más que un viaje en avión parecía un trayecto en coche viejo por una carretera secundaria.

Y si he decidido destacar lo de las turbulencias de entre todas las horas de vuelo es porque lo de la carretera secundaria me pareció muy ingenioso cuando se me ocurrió.

Así pues, me queda comentar algo con respecto a los aeropuertos en los que hicimos escala. El de Zúrich ya fue mencionado en la anterior entrada, y de él sólo me queda añadir como curiosidad que en el mismo se venden navajas porque la identidad nacional suiza está por encima de la seguridad aérea, visto lo visto.

¿Tenéis vosotros una navaja adquirida EN UN AEROPUERTO? Yo sí (de color naranja, por supuesto). Y mi novia y mi hermano, también. Que me subí al vuelo con destino Graz con tres alojadas en mi maleta de mano.

Pero todo esto sigue sin llenar un post de longitud decente (¿es cosa mía o mis entradas últimamente me están quedando más largas de lo habitual?). Así que una vez descartado el material poco interesante, hablemos de Brasil.

La primera y la segunda vez que puse pie en dicho país en mi vida coincidieron con las dos escalas que realizamos en el aeródromo paulista. Durante dichas escalas pude ver dos caras de un mismo aeropuerto y, como consecuencia, tener dos experiencias muy diferentes al respecto.

La primera, tal y como he enumerado más arriba, tuvo lugar tras el largo viaje desde Zúrich, y como aquel "tiro porque me toca" tenía como destino la casilla de Buenos Aires, nuestros siguientes vuelos (digo "nuestros" porque Lucre y yo conectamos Brasil y Argentina a bordo de distintos aviones debido a las carambolas que hizo mi amiga para conseguirme un billete más barato, que esto os lo dije la semana pasada) podrían considerarse casi vuelos nacionales (al fin y al cabo, origen y destino pertenecen a Mercosur, el espacio Schengen de Sudamérica). Por ello, no es de extrañar que la terminal contase con el glamour (nótese la ironía) destinado a compañías de bajo coste que operan esta clase de trayectos.

Más que una terminal, aquello parecía una estación de autobuses. La interminable y terriblemente mal organizada cola de control de pasaportes y equipajes (nunca entenderé qué lotería aplican a la hora de determinar en qué escalas hay que escanear las maletas y en cuáles no) desembocó en un espacio minúsculo a ras de pista del que partían varias puertas de embarque (y si tenéis cierta experiencia voladora ya habréis deducido que una puerta de embarque a ras de pista en un aeropuerto grande implica un insufrible trayecto en bus hasta el avión), y el único establecimiento comercial del lugar era un quiosco en el que se vendían botellas de zumo y bolsas de patatas fritas.

En cuanto a las opciones de ocio ofrecidas de cara a la espera que tenía por delante... Podía sentarme en una de las pocas sillas libres para contemplar tras los cristales el tránsito de vehículos y camiones de combustible, o podía hacerlo de pie. Eso era todo. Y encima Lucre había desaparecido en busca de la puerta de embarque asignada a su vuelo.

¿Qué hice entonces para pasar el tiempo? Pues echar mano de mi cámara de fotos. La terminal sería sosa como la cena que nos habían servido horas atrás en el vuelo desde Zúrich (que se les habían acabado los menús de ternera y de pollo, nos dijo la azafata. Y que sólo quedaba la opción vegetariana, no me jodas), pero me encontraba en otra ciudad, me encontraba en otro país, me encontraba en otro hemisferio ("aaanda... Así que por eso ha llamado así a la serie de entradas... Pero qué ingenioso que es a veces"). Seguro que mis ojos encontrarían alguna novedad que retratar. Tras descartar aviones aterrizados en una posición poco interesante y la sosez de aquel interior, me fijé en cinco currantes que, del otro lado del cristal, charlaban amistosamente.

Me pareció una escena pintoresca (bueno, en este caso, "fotesca", si es que tal palabra existe): el personal aeroportuario, portando chalecos de color naranja y disfrutando de unos minutos de asueto durante su jornada laboral y tal.

Así que clic:


A los pocos segundos de realizar el retrato, vi como alguno de los protagonistas de aquella foto, la primera que había tomado en Sudamérica, me echaba miradas de desaprobación, por lo que empezó a invadirme cierto mal rollo. Para más inri, uno de ellos, que resultó ser policía, se subió en el coche patrulla (en el COCHAZO patrulla, aclaro) aparcado allí mismo para largarse acto seguido. Y no sé si fue debido a que yo acababa de pasar doce horas metido en un avión y no había dormido lo suficiente o porque soy así de idiota, pero mis niveles de paranoia se dispararon hasta un punto que os va a parecer hilarante.

"Pero qué gilipollas que eres", "¿tú te crees que puedes ir sacando fotitos de la gente así como así?", "que vas por la vida creyendo que todo el monte es orégano y todo el mundo es Europa. Y no, joder", "que no sabes cómo se las gastan los maderos en este país pero estás a punto de descubrirlo", "verás como el que se acaba de ir vuelve con refuerzos y entran derechos a trincarte", "se te va a caer el pelo, macho", "te van a dar de hostias hasta en el pasaporte", "sí, tú háblales de tus derechos como pasajero y tal, que seguro que ese chiste no se lo saben", "está claro que tú no hoy no vuelas a Buenos Aires" y "tonto, que eres tonto" fueron algunas de las frases incluidas en el monólogo interior que mantuve, y que finalizó cuando Lucre apareció detrás de mí, metiéndome un sustazo habida cuenta de lo tenso que estaba yo en aquel momento y haciéndome saber que su puerta de embarque, mira tú, se encontraba junto a la mía.

No, no vino nadie a detenerme, tranquilos. Al final acabamos subiendo a nuestros respectivos aviones casi a la vez porque el mío tuvo un retraso considerable y colorín, colorado, pasemos a hablar ahora de mi segunda escala en São Paulo, que por suerte para mí fue bastante más relajada.

De nuevo, Lucre y yo acabamos en dos vuelos por lo de las carambolas que he mencionado más arriba, así que yo llegué una hora antes. Si en esta ocasión me tocó pasar por un control de pasaportes y/o equipajes no soy capaz de recordarlo porque mi memoria se centró en retener todo lo que pasó después.

De entrada, la terminal era mucho más grande, más limpia, más moderna y más pija. Con un duty free en el que uno podía adquirir a precios desorbitados productos típicos brasileños tales como café y chanclas y, por supuesto, toblerones. Más adelante, restaurantes de categoría y tiendas de ropa y relojes caros en las que nunca he visto a nadie comprar nada me recordaban que de allí salían vuelos intercontinentales. Y, por último, tras el clásico establecimiento de libros y galletas, la zona de puertas de embarque, salpicada de restaurantes y más locales comerciales dispuestos a hacer realidad mis fantasías más capitalistas.

Yo llegué allí sin internet en mi teléfono, confiando en que el aeródromo me regalaría un rato de wifi, y así fue. Sin embargo, no me fijé bien y creí que sólo me correspondían dos horas (en realidad eran cuatro), y como mi espera sería de tres, decidí pasar la primera desnudo de datos, deambulando por el lugar en busca de entretenimiento analógico (y sin sacar fotos a nadie en esta ocasión, válgame Dios).

Durante aquellos minutos, entre otras, llevé a cabo las siguientes actividades:

  • Rechazar una oferta de masaje.
  • Preguntar al hombre de la ventanilla de cambio de divisas (sí, interactué con gente. Felicitadme) cuál era la tasa de cambio entre el euro y "la moneda local" (no, no fui capaz de acordarme de qué usan para pagar en Brasil y no soy capaz de acordarme ahora. ¿Reales? Da igual).
  • Revisar los menús de varios restaurantes pudiendo hacerme una idea de cuánto me costaría en euros cenar allí.
  • Pasear por una tienda de ropa de correr carísima y calcular que me ahorraría más de doscientos euros si adquiría en Decathlon prendas equivalentes a las que vi que me gustaron bastante.
  • Comprar dos libros en portugués de Brasil: un cuento infantil para mi madre y O pequeno príncipe para mí (en casa ya tenía O principezinho, en portugués de Portugal).

Llegó el momento en el que consideré que ya era seguro conectarse a internet, y el mismo coincidió con el aterrizaje de Lucre. Una vez reencontrados bajo el techo de aquella terminal que contaba con el glamour (nótese la total ausencia de ironía) destinado a compañías de las de avión gordo y tal, le sugerí dos opciones gastronómicas de cara a la última comida del día: un TGI Fridays en el que servían costillas que me estaban poniendo ojitos desde la foto del menú desplegado a la entrada, o un Pizza Hut que contaba con buffet libre por unos doce euros al cambio. Quince si se incluía bebida.

Así que cenamos pizza. MUCHA pizza:

Esta ración es del primer asalto al mostrador. Hubo más

La mesa que ocupamos para disfrutar del cebatil se situaba junto a un ventanal tras el que se podía presenciar una escena espectacular: los aviones que se acercaban a tomar tierra, durante un par de segundos, se alineaban perfectamente con un enorme sol poniente situado detrás (porque si el sol se hubiese situado DELANTE de los aviones habríamos estado jodidos). Y aquí no había paranoias que me quitasen las ganas de tomar una imagen tan bonita, pero al igual que me ocurriría meses después cuando quise hacer una foto de la cruz luminosa que me da miedo cada semana santa, no contaba yo con un teleobjetivo decente para tal fin. Así que no, no hay foto.

Aprovecho para mendigar un poco. O bueno, no. Que ya he dejado caer que no me hace falta.

Nuestra estancia en el aeropuerto de São Paulo tocaba a su fin mientras disfrutábamos de mucha cena y de una puesta de sol infinitamente más alegre que las cuarenta y tres seguidas que contempló desde su pequeño planeta el protagonista de mi recién adquirido libro ("Um dia eu vi o sol se pôr quarenta e três vezes!"). Y de aquel ensimismamiento nos sacó un aviso de megafonía que nos hizo salir corriendo con el último trozo de pizza a medio masticar porque nuestro vuelo ya estaba embarcando. Montamos así en un avión que nos traería de vuelta a Europa y pondría fin a un viaje del que aún no he empezado a daros detalles. En fin, a ver si la próxima semana hay más suerte y sale Argentina.

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lunes, 1 de junio de 2026

En otro hemisferio

Los locales de comida rápida, con su yanki concepto eat it and beat it (algo así como "cómetelo y lárgate"), son acérrimos enemigos de la mediterránea sobremesa. Aunque esta cultura (por llamarlo de alguna forma) apresurada me da un asco impresionante, he de reconocer que soy el primero que pone mala cara cuando descubro a alguien ocupando un sitio sin consumición o tras haber dado cuenta de la misma en aquellos casos en los que hay gente esperando para hacer lo propio que no tiene donde sentarse. Considerando los principios expuestos en esta introducción tan rara, ¿por qué llevo veinte minutos sin más quehacer que calentar la silla de un Burger King ante los restos de una comida que he finalizado mucho tiempo atrás?

Pues por justicia. Y es que considero que me corresponde un buen rato extra de ocupación espacial tras haber pagado VEINTICINCO eurazos por un menú (que no sé cuándo leeréis esto, pero en dos mil veintiséis eso es MUCHO dinero para lo que viene siendo un triste menú de Burger King). La explicación a este insultante atraco es de tipo geográfico: me encuentro en un aeropuerto (éste será recordado como el año que pasé haciendo tiempo en aeropuertos). Concretamente, el aeropuerto de Zúrich; y de todos es sabido que Suiza tiene dos cualidades principales: ser la hostia de aburrida (diga lo que diga cierto taxista tailandés) y ser la hostia de cara.

No es la primera ni la segunda vez que paso por el aeródromo helvético. Meses atrás, este sitio fue el escenario de sendas escalas durante la ida y la vuelta de un viaje sobre el que me estoy planteado hablar durante los lunes de verano. Ser capaz de sacar catorce entradas más o menos alusivas se me antoja asequible, habida cuenta de todo el calendario que queda por recorrer hasta llegar al estío. Aún es febrero, y podría tomar la nieve que castiga las pistas de aterrizaje como una señal divina que me empuja a comenzar la tarea. Pero yo no creo en señales divinas. Bueno, un poco sí.

Y es que, ¿sabéis dónde nieva también? En El eternauta.

Lo más probable es que se os escape esta referencia, y no os culpo. Yo no estaba al tanto de su existencia hasta que Netflix sacó la serie, y antes de que terminase de ver su tráiler ya estaba encargando el cómic en el que se basa.

Una vez me ventilé sus páginas hice lo que suelo hacer en estos casos: prestárselo a mi amiga Lucre (si seguís este blog con un nivel de atención ante el que debería preocuparme, recordaréis que Lucre, su marido y su hermana nos acompañaron a mi novia y a mí en la visita a la rarísima fábrica de chocolate allá por dos mil veinte). Resulta que El eternauta y Lucre comparten nacionalidad. Y yo, realizando el mismo ejercicio de estereotipación del que no me siento especialmente orgulloso que cuando le recomendé el libro Nuestra parte de noche y la peli Argentina, 1985, asumí que le gustaría, dada la coincidencia ("Lucre, El eternauta es argentino como tú, así que seguro que te gusta", le dije).

Lucre ya conocía esta obra de Héctor Germán Oesterheld (quien, por cierto, desapareció a manos de la dictadura de Videla, que nunca viene mal recordarlo. Niños, aunque los youtubers de mierda a los que seguís digan lo contrario, las dictaduras militares son malas), y una vez se ventiló sus páginas se acercó a mi casa a devolvérmelo. Con respecto a si le gustó o no, su juicio fue bastante parecido al mío: está bien para su época. Pero su opinión acerca de El eternauta no es lo que quiero destacar de la breve interacción que mantuvimos en la puerta de mi pisazo. Me dijo, además, que iba a pasar diez días repartidos entre Mar del Plata y Buenos Aires visitando a su familia, que los billetes le habían costado sólo setecientos euros (que no sé cuándo leeréis esto, pero en dos mil veintiséis eso es MUY POCO dinero para lo que viene siendo un billete de avión a Argentina) y, lo más importante, que me invitaba a unirme.

No era la primera ni la segunda vez que Lucre me hacía tal propuesta. Sabedora de que yo me moría de ganas de conocer su país, aprovechaba sus viajes anuales o bienales para preguntarme si yo también quería apuntarme. Pero, maldita sea la la casualidad, siempre había otros planes que yo no podía cancelar. Y la ocasión que nos ocupa no fue una excepción, pues ya me había comprometido a cuidar de Gata durante varios días que coincidían con la semana y media que Lucre pasaría allende el Océano Atlántico.

Así que Lucre se llevó la misma respuesta que, tres años antes, se llevó mi amigo Jorge cuando me dijo de ir con él a Tailandia, Camboya y Vietnam:

—Lo siento, pero no.

Y, al igual que ocurrió cuando lo de Jorge, me puse a darle vueltas y acabé convencido de que no podría perder la oportunidad. Además, mi novia (que, maldita sea la casualidad, tampoco habría podido unirse) tuvo a bien hacerse responsable de Gata, por lo que lo único que se interponía entre Argentina y yo eran doce mil kilómetros de tierra y agua. Eso, y que aún no había adquirido un billete de avión cuyo precio ya sobrepasaba por aquel entonces los mil doscientos euros. A cinco céntimos el kilómetro, considerando ida y vuelta.

Vergüenza me da reconocer que me he pasado más tiempo del que debería calculando lo del párrafo anterior y que no tengo muy claro que el resultado sea correcto. Esperad, que lo confirmo:

Q.E.D.

Todo en orden, sigamos.

Desembolsar tanta pasta me hacía algo de pupita, pero merecería la pena. No sólo eso, sino que Lucre, haciendo cábalas en varios buscadores de billetes, dio con una combinación de escalas muy parecida a la suya por cien euros menos del precio que yo había encontrado. Así que el kilómetro saldría a... Bueno, da igual.

Total, que Argentina me esperaba. Durante las siguientes semanas, Lucre se curró la preparación de lo lindo. Entre otros detalles, compartió conmigo una lista de Google Maps con lugares interesantes que podríamos visitar (de los cuales la mayoría eran locales de empanadas) al tiempo que investigaba opciones de movilidad. Yo, por mi parte, adopté el papel de "instalación de Windows" y le dije que "sí a todo" cada vez que me preguntaba si este sitio o aquel plan de ocio me parecían bien. Lo único que hice de cara a mi estancia allá fue comprar dos cajas de pastas surtidas en el Adolfosuárezmadridbarajas para regalarle a sus padres y a su abuela. Unas cajas bonitas, sí, pero nada del otro mundo.

Qué básico y qué poco detallista que soy a veces, la verdad.

Llegó así el día del viaje y, tras éste, transcurrieron otros diez llenos de experiencias en un país en el que no había estado nunca. Pero (y retomo mi debate interior), ¿merecería la pena teclear acerca de ello? Quizá no una cronología como cuando estuve en Japón o en Dubai (algo que acaba siendo un coñazo para mí que tengo que relatarlo y para vosotros que tenéis que leerlo). Podrían ser artículos sueltos con anécdotas independientes, alguna que otra lista e idas de olla indirectamente relacionadas. Las cosas como son, acabo de lograr escribir una entrada entera en la que únicamente me he metido con la propuesta de Lucre y los preparativos posteriores. No, si está claro que cuando me propongo estirar un chicle...

De repente, dos hombres que se acercan a la mesa de al lado me sacan de mis propios pensamientos y me devuelven al aeroportuario Burger King en el que terminé de comer hace ya demasiado tiempo. Conversan en español, pero su acento, que no es de España, me hace preguntarme por segunda vez si en realidad existen las señales divinas (sí, son argentinos, que lo tengo que explicar todo, joder). Uno de ellos porta una bandeja con un menú (VEINTICINCO eurazos, insisto. Qué piratas, los suizos) y se sienta con la intención de jalárselo, mientras que el otro le hace saber que va a acercarse al local que hay enfrente porque él prefiere adquirir "un sanguchito".

Este vocablo hace que mi cerebro vuelva a pasearse entre los recuerdos de mi viaje. Pienso en aquel sanguchito que me comí yo una tarde del pasado noviembre, con la hermana y el cuñado de Lucre, sentados en el banco de una plaza marplatense, después de unas horas en la playa mirando a las olas entre bocados de churros y sorbos de mate. Y concluyo que sí, que os podéis ir preparando porque este verano os voy a dar la turra con mi viaje a Argentina.

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viernes, 15 de mayo de 2026

Los abuelos deberían ser eternos

—Niño, tú eres el nieto de la taxista, ¿no? —dijo no recuerdo qué vecina en no recuerdo qué contexto.

Aquella afirmación me pilló por sorpresa y me obligó a conectar una serie de puntos mentales a toda velocidad antes de poder confirmarle a la señora que estaba en lo cierto, pues era la primera vez que oía a alguien referirse a mi abuela, Dios la tenga en Su Gloria, usando tan curioso adjetivo.

Que yo supiera, mi abuela nunca había trabajado para el gremio del taxi. Taxista había sido mi abuelo, Dios lo tenga en Su Gloria también. Pero es que tanto mis abuelos como la vecina que ha abierto esta entrada vivieron una época en la que era habitual que, junto al apartado profesión que aparecía en reverso del documento nacional de identidad, la autoridad competente escribiera "su casa" o "labores" al expedirlo si al apartado sexo le correspondía una M en lugar de una H. Y habitual también era que la gente, ante esta ausencia de actividad remunerada en la cédula, otorgase informalmente a la dueña de la misma la profesión del marido en forma de coloquial mote.

—Sí. Soy el nieto de Carmen —aclaré, marcando la sílaba tónica del nombre propio con más intensidad de lo habitual para dejar claro que mi abuela era señora antes que señora de.

No, no quiero un pin. Lo que quiero es contaros dos anécdotas protagonizadas por mi abuela. Que podría repartirlas entre dos posts, pero voy a meter todo junto porque este año estamos que lo tiramos con la longitud de las entradas, oiga.

Antes de empezar, permitidme que haga un inciso introductorio y deje caer que en cierta ocasión, mientras mi abuela mantenía una conversación a través del teléfono fijo, pegué la oreja porque soy un cotilla asqueroso. Así, pude oír cómo le contaba a su interlocutor o interlocutora que había descubierto por su cuenta cuál era su nombre completo (no dio detalles de por qué no conocía este dato o por qué nadie se lo había hecho saber o cómo realizó dicho descubrimiento, y ahora me arrepiento de carecer de dicha información), para revelar acto seguido que se llamaba Isidra del Carmen, pues había llegado a este mundo un quince de mayo, festividad de San Isidro Labrador.

Así que hoy habría cumplido ciento cinco años.

Bien, al turrón. La primera anécdota, curiosamente, tiene a su marido taxista como coprotagonista de la misma. Resulta que mi tío, primogénito de la pareja, no nació en quince, como su madre. Nació en trece. Y más concretamente, en martes y trece. Estadísticamente hablando, un día de la semana como cualquier otro y un día del mes como cualquier otro, ¿verdad? Pues eso no es lo que pensaba Felisa, amiga de mi abuela. Y es que la recién llegada a esta anécdota le espetó a la parturienta:

—Se te va a morir el hijo.

Aquélla era la conclusión de un silogismo cuyas premisas añadió a continuación para así justificar su fatídico pronóstico: 

—Se te va a morir porque yo también tuve un hijo un martes trece y se me murió.

Quizá fue porque el esfuerzo obstétrico le había afectado según que capacidades, pero mi abuela se tomó semejante gilipollez como si fuera una indiscutible verdad científica, sumiéndose así en una terrible pesadumbre. Al poco, con la agorera amiga ya fuera de escena, mi abuelo descubrió a su esposa en pleno mar de lágrimas y le preguntó por el motivo de su congoja. Al saber del mismo, resolvió el conflicto con una sentencia lapidaria:

—Como coja a Felisa, le voy a dar una patada en tol medio.

Violenta afirmación la de mi abuelo, sí. Pero también inclusiva y por ello muy adelantada a su tiempo. Huelga decir que en cuanto supe de esta historia me apropié de la expresión y no son pocas las veces que he dicho cosas como "me lo paso por en medio" o "por mí puedes hacer lo que te salga de en medio", lo que me ayuda así a lanzar un claro mensaje sin meterme en la identidad o expresión de género de nadie.

Para poder contar de forma adecuada la segunda anécdota, antes tengo que anotar que, con el paso de los años, y debido a circunstancias que no vienen al caso, mi abuela acabó formando parte de varias asociaciones. Que si la Hermandad de Viudas de San Nosequé, que si la Congregación de Santa Nosecuántos, etcétera. La cuestión es que dichos grupos organizaban eventos con relativa frecuencia (raro era que mi abuela no se ausentase al menos una vez cada quince días para participar en alguno de estos actos), y el que nos ocupa consistió en una comida que tuvo lugar en la base aérea de Torrejón de Ardoz.

Mi abuela era una de las muchas señoras emperifolladas que se dieron cita en el aeródromo militar. Ignoro el motivo por el que se produjo aquello, pero fue algo importante, pues además de las susodichas señoras emperifolladas, aparecieron por allí personajes que contaban con bastante autoridad política.

Uno de dichos personajes, en determinado momento hacia el final de aquella comida, recorrió las diferentes mesas para saludar cordialmente a las comensales. Al llegar a la que ocupaba mi abuela, quiso la casualidad que se situase junto a ésta, quien aprovechó aquella proximidad para agarrar el brazo del hombre como sólo una señora emperifollada puede agarrar el brazo de un hombre y decirle:

—Qué alto y qué guapo que eres. Eres más guapo que en la tele.

Intuyo que ya estaría más que acostumbrado a ese tipo de interacciones, pero no deja de sorprenderme que mi abuela fuese capaz de largarle eso (mientras le agarraba el brazo, insisto) a Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, por aquel entonces Príncipe y a día de hoy Rey de España con el nombre de Felipe IV.

Pero la historia no acaba con este monárquico encuentro. Quien también quiso marcarse un "¿Qué tal todo? ¿Todo bien? ¿Les está gustando el evento, señoras? ¿Qué les ha parecido la comida?" entre mesa y mesa fue Alberto Ruiz-Gallardón.

Ruiz-Gallardón, aclaro rápidamente, es un conocido político ya retirado, adscrito al Partido Popular, que pasó por una época en la que se las daba de "conservador enrollado": bromeaba con periodistas, cuidaba que sus declaraciones no molestasen a nadie y hasta apareció en la portada de la revista de temática gay Zero:

fuente: el independiente
Gallardón, el RuPaul de la derecha española

Sin embargo, año tras año, el tipo fue dejando caer su careta al tiempo que trepaba en su carrera política. Llegó así a Ministro de Justicia, momento en el que demostró que, en su caso, el adjetivo facha se quedaba corto. Si no me creéis, informaos un poquito acerca de la célebre por tristes motivos reforma de la ley del aborto que quiso sacar adelante con uñas y dientes.

Todo aquello, sin embargo, aún era parte de un lejano futuro en la tarde de autos que procedo a retomar. Gallardón, que entonces ostentaba el cargo de Presidente de la Comunidad de Madrid, se arrimó a la mesa de mi abuela a rebufo de Felipe el Guapo con su sonrisa de cartel de campaña electoral.

Pero la madre de mi padre le tenía calado. Caladísimo. Y quién sabe si lo hizo envalentonada por haber piropeado a un miembro de la realeza española, pero ni corta ni perezosa le soltó al político:

—Anda, quita, chupón. Que tú sólo vienes aquí a figurar.

Haciendo un segundo ejercicio intuitivo, quiero pensar que el pepero estaba tan acostumbrado a improperios como aquél como el borbón lo estaba que le tirasen fichas. Sin embargo, cada vez que pienso en la cara que debió quedársele a Gallardón ante la faltada no puedo evitar que se me escape una sonrisa. O una carcajada, según me pille.

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lunes, 4 de mayo de 2026

Escena vandálica navideña pésimamente digitalizada

La acción transcurre en un patio. A la izquierda hay una hilera de jardineras blancas. En el centro, un embaldosado de disposición irregular. Y a la derecha, junto a un pozo cubierto por una gran chapa redonda y parcialmente oculto por una pileta que aparece en primer plano, hay una figura humana.

La imagen está siendo obtenida por mi padre, quien años antes de que transcurriesen los hechos que he comenzado a narrar compró una cámara de vídeo analógica a través de una caja de ahorros ya desaparecida. Al adquirir este bien de consumo le regalaron un juego de maletas que no tiene nada que ver con lo que pretendo contar, pero me gusta resaltar este detalle porque éste es MI blog y aquí mando yo.

La cámara incluye funciones que van más allá del simple hecho de tomar imágenes, lo cual aporta un contexto a la historia. Por ejemplo, como el trasto permite imprimir la fecha sobre la película, en la esquina inferior derecha se muestra la inscripción "25 12 1999", verificándose así que la misma fue grabada hace décadas. Además, la imagen cuenta con un tinte verdoso fruto del uso de la visión nocturna de que dispone el artilugio.

Puedo afirmar entonces que se trata de una reunión familiar acontecida en Nochebuena y que són más de las doce.

El primer sonido que se escucha en esta película es la voz de mi padre, quien hace una observación acerca del mencionado prodigio tecnológico:

―Se ve como si fuera de día, macho.

Puede que sea una reflexión hecha en voz alta, o quizá se lo haya dicho a la figura que se muestra ante él. Dicha figura soy yo, y me encuentro encorvado (porque lo de la mala postura me viene de lejos) ante la tapadera del pozo:


El fotograma da fe de que la calidad del vídeo es malísima. La película original, registrada en una cinta VHS, junto con muchas otras que incluyen horas y horas de metraje obtenido durante diferentes acontecimientos domésticos, fue entregada a un supuesto profesional de la edición de imagen para su digitalización. El resultado de esta tarea fue desastroso: las tomas, que en formato analógico mostraban gran cantidad de detalle, fueron pasadas a digital con una definición paupérrima, y por si esto no fuera suficiente, faltan varios minutos de metraje a lo largo de la cinta debido a multitud de cortes abruptos que rompen la linealidad de las historias y hacen que muchos detalles se pierdan irremediablemente.

Tras revisar el metraje en casa, mi padre acudió nuevamente al supuesto profesional para exigir explicaciones, pero éste justificó semejante chapuza con un "es que la máquina está estirando la cinta". Mi padre, en lugar de responder a tan barata excusa con un "estírame ésta, si ves que tal" (vale, esta contestación tan zafia se me acaba de ocurrir, aunque habría sido la hostia que lo hubiese dicho) solicitó una repetición del proceso. Lamentablemente, este segundo intento no dio un resultado mucho mejor.

Que yo podría haber hecho un esfuerzo por adecentar las capturas con un poco de Photoshop, pero me da pereza. Así que con estos bueyes vais a tener que arar durante el resto de la entrada.

Volviendo a la escena, mi padre añade una segunda frase a su discurso:

―Cuidado, que jodes la tapa del pozo.

No hay duda que que esa frase sí que va dirigida a mí. Resulta que he colocado sobre la citada chapa una hueca torre de madera que elaboré días atrás y, sirviéndome de un mechero que no quiere darme su llama, estoy intentando prender un petardo alojado en su interior.

Yo, disfrutando del ejercicio de la pirotecnia. Hay que ver cómo hemos cambiado...

Haciendo caso de la paterna advertencia, procedo a cambiar de lugar la torre y me desplazo al extremo opuesto del plano. Durante mi recorrido, tropiezo con una tabla de madera que hay en el suelo; un gag fácil que provoca la aparición de risas de fondo.

No se trata de una pista de risas enlatadas. Son mis primos y tíos, que se encuentran fuera de plano detrás mi padre y están participando como público en el casero evento artificiero.

Finalmente, apoyo la torre en una de las jardineras:


―Vas a joder la maceta.

Esta nueva observación es pronunciada por uno de mis primos, pero a nadie más parece importarle que la integridad del elemento de jardinería esté en peligro. Mientras peleo con el agonizante mechero, uno de los adultos allí presentes me dice que tenga cuidado. Ante esta advertencia, mi primo apunta:

―No es de los que explotan. Es de los que hacen ñiiiii pum.

Tras aportar este tecnicismo, dialoga conmigo (que sigo intentando dar lumbre al puto mechero) buscando confirmación:

―¿Es uno gordo o es uno de ésos de lanzar?

―Uno gordo.

―Ah, joder.

Me rindo y me dirijo al lugar del patio donde se arremolinan mis expectantes familiares para que uno de ellos me haga entrega de un mechero funcional. Vuelvo entonces a situarme junto a la jardinera y la torre de madera y en ese momento mi padre estornuda como sólo puede estornudar un padre, provocando que tenga lugar una nueva ronda de carcajadas y que yo haga un jocoso comentario al respecto:

―Ése no estaba encendido.

Consigo prender al fin el petardo y salgo corriendo. La explosión, que apenas menea la torre de madera unos milímetros, no entusiasma a los presentes, y se escuchan algunos "meh" como reacción. Mi padre entonces inquiere:

―¿Cuál es el que ha reventado antes tanto?

―Uno de mecha negra ―respondo.

No hay registro audiovisual de la referida explosión, así que debo añadir detalles aquí. Los petardos "de mecha negra" son artefactos de gran potencia que he adquirido días antes en una tienda de artículos pirotécnicos, pues el quiosco que sumistra cohetes y petardos más flojitos no tenía permitida su venta. Su mecha, tal y como el sobrenombre indica, además de ser de color negro, es rígida, y bastante más larga y gruesa de lo habitual.

―Pues pon uno de mecha negra ―exhorta, en un alarde de responsabilidad, mi progenitor.

―No sé si va a caber en [CORTE]

Mi hermano se encuentra en el centro de la imagen:


Corretea unos instantes sobre el embaldosado irregular [CORTE]

Mi hermano, de nuevo y en primer plano, salta hacia la cámara y le propina un manotazo al objetivo:


Tras esta travesura, solicita a mi padre con su voz infantil que le deje grabar [CORTE]

Aparezco nuevamente, saliendo al patio desde el garaje y pasando entre mis primos y tíos. La cámara sigue mi desplazamiento mientras dialogo con mi prima acerca del material artificiero que traigo entre manos:

―Ése, ¿es de los de antes?

―No.

Llego al centro del patio [CORTE]

Sigo en el centro del patio y mi hermano pulula cerca pero huye ante la perspectiva de una nueva detonación. Sus risas demuestran que es el personaje que mejor se lo está pasando esa noche. Enciendo algo y me alejo corriendo del lugar buscando refugio:


La cámara recoge un fogonazo a ras de suelo cuyo brillo se ve incrementado por efecto de la visión nocturna:


Uno de mis primos rompe el silencio fruto de la ausencia de explosión por parte del brillante artefacto ya apagado:

―¡Pum!

La interjección provoca más risas entre los familiares [CORTE]

El petardo "de mecha negra" aparece en primer plano durante un instante:


Me dirijo con él al centro del patio [CORTE]

Estoy ahora junto a la pileta con el petardo de la mano. Mi primo se acerca a inspeccionarlo para después volver a buscar la protección de la puerta que da al patio mientras hace la siguiente observación:

―La mecha parece un cordón, me cago en... Parece un cordón, la mecha.

Mi hermano, pletórico, grita incongruencias, y yo me acerco con el petardo en la mano a la torre de madera que sigue reposando sobre la jardinera:


Mi hermano insiste en que quiere grabar, y mi padre hace un barrido que comienza donde me encuentro yo, pasa ante el infante y termina en la puerta del garaje que da al patio. Ahí se encuentran mis primos y tíos, apretujados como si fuesen los microbios que intentan entrar al organismo del Sr. Burns. Uno de mis primos indica a mi padre que no les enfoque a ellos y que me devuelva el plano mientras mi tío, a su lado, se tapa los oídos y encoge los hombros con un gesto de expectante pavor. Se produce entonces un barrido de vuelta hacia la jardinera y en ese momento cruzo corriendo ante la cámara tras haber encendido el petardo.

La torre de madera ocupa el centro de la imagen. De lo alto de la misma salen chispas fruto de la combustión de la mecha negra perteneciente al potentísimo artefacto que se encuentra en su interior a punto de estallar.


Todo el mundo guarda silencio ante el inminente bombazo [CORTE]

La cámara se mueve de lado a lado mientras va surgiendo un ruido de risas cada vez más fuerte.

―¿Qué ha pasao? ―pregunto.

―Han llegado trozos hasta aquí ―apunta mi prima.

La cámara pasa entre el pozo y la jardinera apuntando al suelo. Repartidos por éste hay varios trozos de madera.


La imagen ahora se dirige hacia la ventana de la cocina que da al patio [CORTE]

Un primer plano de la ventana de la cocina muestra que la persiana, completamente bajada, tiene un roto considerable que antes no estaba ahí:


A ambos lados del plano surgen sendas manos que señalan hacia el roto:


El murmullo de risas ha seguido creciendo hasta convertirse en una escandalosa risotada. Mi primo, tratando de sobreponerse, afirma:

―Han sido los atentados de [CORTE]

La jardinera vuelve a ocupar el plano. Se encuentra intacta pero no hay rastro de la torre de madera:


Mi padre realiza un barrido hacia la derecha. Me encuentro subido al brocal del pozo y estoy mirando a través del nuevo boquete de la persiana hacia el interior de la cocina:


Desciendo del brocal y camino hacia el centro del patio. Mi hermano, pletórico, comenta:

―El petardo ha hecho ¡ca-bum! [CORTE]

Estoy en el centro del patio, varios metros detrás de la hilera de jardineras, ante un delgado tubo de metal de mi altura sobre el que tiempo ha un pluviómetro indicaba la cantidad de lluvia caída. La rotura del enganche de dicho pluviómetro dejó parcialmente cegada la entrada del tubo:


Tras colocar un fuego de artificio sobre la cegada entrada del tubo y encenderlo, salgo corriendo, saltando por encima de las jardineras:


Es un cohete, que sale disparado y explota a varios metros del suelo. El cámara ha tratado de seguir su trayectoria sin éxito y ahora apunta durante un par de segundos a la copa del caduco manzano:


Ante este evento, mi primo comenta entre risas:

―El txupinazo de los sanfermines.

La cámara desciende de nuevo [CORTE]

El plano encuadra la parte del patio donde está el tubo de metal. Un artilugio pirotécnico más, sobre la tierra, termina de proyectar sus chispas. Llamo entonces a mi hermano para que se acerque conmigo a ver toda la tierra removida.

Tras realizar esta inspección, regresamos a la zona embaldosada y debatimos en qué sitio colocar el proximo petardo. Mi padre cree haber detenido la grabación pero no es así: la imagen, girada noventa grados, trepida y recoge imágenes de enclaves aleatorios del patio y de los familiares allí reunidos:


―En la papelera ―sugiero mientras señalo este elemento urbano que no sé cómo ha llegado hasta allí pero que meses más tarde hará las veces de tiesto donde crecerá una suculenta de gran tamaño.

―No fastidies, que rompes la papelera ―advierte mi progenitor tras enderezar la cámara―. Pon uno de los grandes en el tubo.

―No se puede ―respondo.

―¿Por qué?

―Porque el ése, lo del pluviómetro, lo de enganchar, esta ahí clavao.

Soy todo un erudito dando explicaciones. Por su parte mi hermano, inocentemente, sugiere que lo sitúe sobre una de las jardineras:


Decido que el mejor lugar para el ejercicio pirotécnico es el propio embaldosado.

―Vas a romper la baldosa ―alerta mi padre con preocupación.

―No, que son de las peonzas ―le tranquilizo.

―Y ésos, ¿que hacen? ―pregunta uno de mis primos, a quien su propio hermano se encarga de responder:

―Lo de bailar.

Me uno a su diálogo sentenciando:

―Lo mismo que éste.

Y arrojo uno en su dirección (sin encender, joder, que no soy un monstruo):


Procedo entonces a dar fuego al que está en el suelo y salgo corriendo nuevamente. Durante unos instantes se pueden apreciar muchas chispas que giran y dan sentido al sobrenombre "peonza" que acabo de utilizar:


Alguien declara que le parece muy bonito [CORTE]

Estoy de nuevo ante la vara de metal. Ahora las luces del cuarto que hay al fondo del patio están encendidas. Mi hermano se ríe de forma histérica haciendo el mismo sonido que uno de los cohetes que he estado tirando esa noche. Me aparto con cuidado del fuego de artificio recién prendido [CORTE]

Ahora me hallo junto a las jardineras, concentrado ante otro artificio que reposa sobre el tablón con el que tropecé al principio de esta escena. Escena que, reconocedlo, se os está empezando a hacer un pelín pesada. Lo enciendo y huyo una vez más:


Salen muchas chispas [CORTE]

Me encuentro ahora junto al tubo de metal queriendo encender otro petardo y por primera vez en la historia hago mención a "el rompepersianas" durante una conversación sin trascendencia que mantengo con alguien fuera de plano. Mis primos dialogan detrás de la cámara:

―¿Cuál es?

―Uno flojito.

Me aparto rápidamente y el petardo explota sobre el tubo. En efecto, es uno flojito.

―¿Pongo el rompepersianas ahí? ―pregunto a mi padre.

―Sí ―responde mientras vuelve a girar la cámara y se dirige al garaje, tomando sin pretenderlo una imagen en primerísimo plano que recorre los abrigos de los allí presentes. Desde la cochera, pregunta:

―¿Es de los que suben? 

Mi respuesta negativa provoca que mi primo aclare:

―Es un rompepersianas.

―Es un rompepersianas ―confirmo.

Tras dudar por unos instantes sobre su localización, mi padre sentencia con vallisoletano leísmo:

―Ponle en la tierra.

―Sí, y terminamos todos como mineros ―apunto jocoso. La cámara continúa girada noventa grados:


Insiste entonces en que haga estallar "uno de los gordos" (él aún no ha empezado a hacer uso del término rompepersianas) en la tierra. Varios familiares nos acercamos al centro del patio mientras mi padre, que claramente no sabe que sigue grabando, apunta a las alturas con el zoom al máximo, provocando así que prestar atención a la escena constituya todo un desafío durante los siguientes segundos. Finalmente, me hace entrega de la videocámara mientras me pide que desactive la visión nocturna [CORTE]

La ventana cuya persiana se ha roto minutos atrás ocupa ahora el plano, pero la imagen está siendo obtenida desde dentro de la cocina:


La cámara se aproxima hacia el boquete y una mano corre la cortina para que el mismo se pueda apreciar con más detalle:


Mientras se lleva a cabo el registro audiovisual del desperfecto, puede oírse parte de la explicación de los hechos que estoy dando (leísmo vallisoletano incluido) a otros miembros de mi familia que, por haberse encontrado en el interior, no han seguido la sesión pirotécnica, pero se han llevado un susto considerable fruto de este incidente tan gracioso:

―...Pero le colocamos dentro una torre de madera y [CORTE]

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