La semana pasada terminé prometiendo que hoy se hablaría aquí de animales y plantas, así que cumplamos.
Una vez pudimos abandonar definitivamente el aeródromo Jorge Newbery, Lucre y yo pasamos un rato al borde de la Costanera esperando al taxi que habría de meternos de lleno en un terrible atasco. Mientras aguardábamos a que llegase el vehículo, una cotorra argentina (aunque no sé si lo correcto en este caso sería llamarla "cotorra" a secas) posada en un árbol cercano me dio la bienvenida a Buenos Aires. O quizá me dijo de malos modos que me largase por donde había venido y que estaba hasta la cloaca de los seres humanos. No entiendo el cotorro, por lo que que no puedo confirmar qué tipo de mensaje me lanzó. De hecho, lo más probable es que su canto no estuviese dirigido a mí, así que más me vale rebajar un poquito mi nivel de antropocentrismo. Eso, y currármelo un poquito más la próxima vez, porque éste ha sido el peor arranque de entrada que he escrito desde que tengo el blog.
En fin, que yo ya estaba al tanto de la existencia de este tipo de pájaro, pues su presencia en España es considerada una plaga desde hace años y su sonido ya forma parte de la banda sonora ambiental de ciudades como Madrid. Mis oídos también estaban hechos a gorriones, palomas, urracas, alguna que otra cigüeña y, desde que me mudé a Irlanda (y después a Austria), cuervos.
Sin embargo, en Argentina experimenté trinos y graznidos que no había oído nunca, y eso se hacía raro. Como no quiero que la entrada me quede kilométrica sólo voy a mencionar a dos aves en particular que descubrí allí (lo cual es una forma muy sutil de decir que no me acuerdo o no me enteré de la existencia de más). En primer lugar, el benteveo, un pájaro de pecho amarillo que, como el miembro viril en la horrenda canción de Leonardo Dantés que no tenéis por qué escuchar, tiene nombres mil (bichofeo es mi favorito, por cierto).
Y en segundo lugar, un ave rapaz con pinta de pokémon chungo, de los que tienen mala follá, cuesta capturar y si te descuidas te queman la casa asegurándose de que sepas que han sido ellos. Y encima se llama carancho, que suena a mote de quinqui navajero.
Caranchos vi muchos por la calle, y sus picos y garras fueron motivo suficiente para que me mantuviese a cierta distancia de ellos en todo momento. ¿No me creéis cuando afirmo que estos bichos son unos mafias?, pues sabed que a la hermana de Lucre le jodieron las plantas del balcón. Y encima, no contentos con el crimen, volvieron al día siguiente con más ganas de gresca. Echad un ojo a la foto que hizo la citada víctima y que estoy publicando aquí sin su permiso:
También vi loros. Pero no de los que están en un zoológico regido por un hombre que no está bien de la cabeza, no. En libertad y revoloteando cerca de las paredes de un barranco:
Para terminar con el reino animal (en el contexto de esta entrada, no en general. Que no soy el CEO de Cargill), sólo me queda destacar dos criaturas que recuerdo de aquellos días en Argentina (sin contar los lobos marinos de los que ya hablé hace un par de semanas). Por un lado, el perrete más argentino del mundo, que pasó a mi lado mientras comíamos unos churros a la puerta del local El Topo:
| Con su camisetita albiceleste y todo. ES QUE ME LO COMO |
Y por otro, avispas. Que si las avispas a las que estamos acostumbrados en Europa ya joden bastante (a abril del pasado año me remito), las que anidaron a la entrada de la casa de los padres de Lucre eran su segunda evolución. Cuando su padre echó no sé que mierda para quitárselas de en medio, me aseguré de encontrarme a buen resguardo dentro de la morada, imaginando que más que un picotazo, lo que podrían arrearme sería una cornada:
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| Otra foto que robo |
Teniendo en cuenta que Lucre creció en este ambiente de insectos asesinos, no es de extrañar que en más de una ocasión, conversando acerca de jardinería de balcón, ella defendiese que el suyo siempre se hallaría libre de plantas cuyas flores pudiesen atraer a estos artrópodos voladores.
Yo no puedo decir lo mismo del mío. Mi balcón cuenta en este momento con multitud de plantas cuyos coloridos brotes le sirven de área de descanso a abejas y avispas (a las cuales mis gatos gustan de atacar porque son imbéciles. En las dos últimas semanas ya nos ha tocado desclavarles dos aguijones). Plantas que, he de reconocer, mientras escribo esta entrada están más sedientas que Tom Hardy en el minuto 33:57 de Mad Max: Fury Road y que más me vale regar cuanto antes.
Pero mi balcón también cuenta con huecos en los que tiempo ha existieron plantas que no lograron sobrevivir al clima austriaco y a mi pereza regante. Considerando dichos huecos, una idea empezó a formarse en mi mente el mismo día que la cotorra argentina me hizo creerme San Francisco de Asís por un rato. Y es que nuestra llegada al municipio bonaerense coincidió con la floración de los jacarandás: árboles de cuya existencia no supe hasta ese momento y que vestían de violeta las avenidas.
Vale, en la foto que hice no se ve el color de las flores porque me vine muy arriba usando el filtro vintage de mi cámara. Pero si lo hace Taylor Swift os parece de lo más aesthetic, ¿no?
Por cierto, tengo un temita pendiente con Taylor Swift. Ya os contaré.
Volviendo a las flores de jacarandá, y para que quede claro lo que intento describir, voy a robarle otra foto a Lucre que sí recoge con fidelidad el colorido que nos recibió:
Lo que se me ocurrió entonces, por si no lo habéis deducido vosotros mismos a estas alturas, fue traerme a casa un puñado de semillas de este árbol y hacerlo crecer en mi balcón. ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que aquello se me fuese de las manos y, como si de una cotorra argentina vegetal se tratase, mis jacarandás terminasen expandiéndose por toda la geografía europea, alterando el ecosistema y provocando una hambruna digna de tiempos medievales o novelas distópicas?
Vale. Y lo bonito que iba a quedar mi balcón en primavera, ¿qué?
Aquello se me antojaba fácil de lograr. Que puede que yo no fuese Íñigo Segurola, pero también había crecido en una casa con patio que, además de sufrir alguna que otra nevada ocasional y un pequeño incidente vandálico, contaba con vegetación de la que me había llegado a encargar en según qué ocasiones:
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| Tres añitos y medio tengo en esta foto |
De hecho, os voy a contar una minianécdota para terminar de convenceros: mientras yo cursaba sexto de primaria finalizó un contrato que el ejército tenía con el Ayuntamiento de Valladolid, por lo que aquél tuvo que devolverle a éste unos terrenos situados en el Pinar de Antequera, al sur de la ciudad. Y el Ayuntamiento decidió reforestar lo que hasta entonces habían sido cuarteles e instalaciones militares, invitando a estudiantes de varios colegios a participar en la tarea.
Yo fui uno de esos estudiantes, y me volví de la excursión con un ejemplar de pino y otro de encina escondidos en la sudadera que procedí a plantar en el patio de mi casa aquella misma tarde. La encina no agarró, pero el pino llegó a crecer varios metros, así que estadísticamente las jacarandás tendrían una probabilidad del cincuenta por ciento de salir adelante en mi piso austriaco.
Y por si las matemáticas no supusieran suficiente aliciente, llegar horas después a casa de los padres de Lucre y descubrir su espectacular patio, que más que patio era una selva repartida en tiestos, terminó de convencerme.
Para que os hagáis una idea de la variedad y la vida que aquel lugar albergaba, una amiga que supo de mi estancia en Argentina me pidió que le llevase alguna flor de jazmín cuando volviese a Austria. Le transmití la solicitud al padre de Lucre, y éste me las consiguió de dos tipos. Y me preguntó si además quería de madreselva, que también tenían.
Vale que en Mar del Plata hay filtraciones que mantienen el terreno húmedo o algo así, pero el mérito venía de familia. Y es que días después, de nuevo en la capital del país y en esta ocasión en casa de la abuela de Lucre, volví a sufrir un síndrome de Stendhal botánico al hallarme en un segundo patio repleto de vida vegetal (incluidos un par de jacarandás que arañaban el cielo, mira tú).
Aprovechando que las había a puñados sobre la acera, pude hacerme con las ansiadas semillas una tarde que visitamos Tigre. Allí, por cierto, y aprovechando nuestro paso por un mercado, también compré varios sobres de ídem de flores autóctonas para que mi madre pudiese plantar en las macetas de su balcón de Valladolid (a mí también me viene de familia, por lo visto). En ese mismo mercado compré este calendario:
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| Al verlo, la hermana de Lucre apuntó que la leyenda parecía decir "Dios es mi refucio", a lo que respondí: "pues mejor me lo pones" |
Y ya que estoy mencionando la tarde en Tigre, también saqué tiempo para mandar desde dicha localidad una postal a una amiga a la que mando postales siempre que tengo ocasión. De camino a la oficina de correos (un poquito a la puta carrera porque estaban a punto de cerrar) pasamos junto a un parque en cuyos árboles una bandada de cotorras argentinas atronaba a un volumen como nunca se ha oído de este lado del Atlántico.
Además de las semillas de jacarandá que me regaló el suelo, recogí varios ejemplares de clavel del aire (al día siguiente, la abuela de Lucre me daría aún más de los que crecían en su propio jardín). Y no sólo eso. Mientras me agachaba para hacerme con la simiente de jacarandá, el padre de Lucre recogió semillas de durazno que me entregó acto seguido "para que completase la alteración del ecosistema de Europa".
Con gente así da gusto cargarse un biotopo, ¿verdad?
Hagamos ahora una elipsis de un tercio de año. Recién estrenada la primavera europea, procedí a plantar las semillas:
Me hice con un saco de compost en la tienda de bricolaje que tengo cerca de casa y rellené varias macetas con él. Repartí entre ellas el contenido que me había traído y las deposité en el invernaderito socker que en más de una ocasión ha sido testigo de la muerte de cactus y suculentas. Durante las siguientes semanas me aseguré de que la tierra no se secaba pero tampoco terminaba encharcada. Y entonces...
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| Voilà |
¿Queréis felicitarme? Pues no lo hagáis, que esa foto la hizo la hermana de Lucre y corresponde a las semillas que plantó ella en Mar del Plata. Mi intento, habiendo pasado no ya semanas sino meses, lucía así:
La simiente de durazno, por cierto, había corrido igual suerte. Y para completar el desolador cuadro, otro rincón del balcón albergaba los que otrora fuesen verdes claveles del aire, secos como la mojama.
Así que podéis estar tranquilos, que no voy a alterar ningún ecosistema.
En fin, más vale que me ponga de una vez a regar las plantas del balcón que aún siguen vivas, que mira que me gusta complicarle la vida intentando lidiar con cosas que no controlo. Y hablando de cosas que no controlo, la semana que viene: economía.








