lunes, 29 de diciembre de 2025

Aquel viaje. El final de todo esto

Llevaba varios días pensando empezar esta entrada diciendo que, para bien o para mal, todo se acaba, ejemplificando tal oposición de conceptos con dos ejemplos recientes: por un lado, que no vayamos a disfrutar de nuevos discos irrepetibles de Robe Iniesta; y por otro, que Alfonso Ussía ya no vaya a tuitear mierda. Sin embargo, hace poco recordé que ésa fue la estructura que usé al escribir la última de la serie de entradas en la que hablaba de morralla encontrada al hacer limpieza en mi habitación vallisoletana. Por ello, os pido que ignoréis las líneas que acabáis de leer y os limitéis a hacerme compañía mientras yo me dedico a recordar los últimos momentos de aquel viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam.

Si nos ponemos cronológicos (pues la semana pasada hice uno de los muchos altos en la historia a los que ya os tendríais que haber acostumbrado para hablar de huevos), yo me encontraba a la puerta de un seven eleven a la espera de que Jorge terminase de comprarse su cena mientras un niño que no era mi hijo pensaba por error que sí. Una vez mi amigo abandonó en local con sus viandas, volvimos al hotel a por los mochilones, las mochilas y el gorrito que Jorge se compró en Hanoi días atrás y pedimos un taxi que, minutos después, nos llevó al aeropuerto.

Tras facturar nuestro equipaje y pasar el control de pasaportes, nos dispusimos a hacer tiempo hasta que llegase el momento del despegue (programado para las tres menos cuarto de la madrugada, no me jodas. A esa hora debería estar prohibido volar). Lo primero que hicimos fue comernos lo comprado en el seven eleven en uno de los bancos de la desierta terminal como si fuésemos dos turistas baratos. Pero chico, ¿qué quieres que le haga si estaban todos los restaurantes cerrados? Tras dar cuenta de esta triste cena, paseamos por el lugar en busca de algún establecimiento que contase con laxitud a la hora de ofrecer conciliación a sus empleados y se encontrase abierto a aquellas horas.

El primer sitio fue una tienda de tecnología, de ésas que tienen altavoces bluetooth y móviles de muestra para que pueda toquetearlos gente de los cinco continentes. Uno de los aparatos allí expuestos era un móvil plegable de Samsung o Motorola que Jorge dobló y desdobló repetidas veces mientras hablaba mierda del chisme y de la aparente fragilidad que presentaba. Y quizá este detalle no aporte mucho a la historia, pero lo cuento porque no tengo mucho que largar de aquellas horas y la entrada me está quedado muy corta, porque me da la gana y porque, meses más tarde, yo me compraría un terminal también plegable (aunque de otra marca, y he de decir que pasado todo este tiempo aún funciona como el primer día), se lo enseñaría a Jorge en la oficina en la que trabajamos juntos y él, después de preguntarme su precio y obtener mi respuesta, me lo devolvería con verdadero pánico en los ojos.

El segundo y último local que encontramos abierto fue un WHSmith en el que gastamos los pocos bats tailandeses que nos quedaban en chicles y cosas por el estilo.

Acercándose por fin la hora de partir, fuimos a la puerta asignada, y tras un embarque que duró una eternidad, subimos a la aeronave. Una vez estuvimos a miles de pies de altura, y a diferencia de lo que ocurrió cuando volé en sentido contrario, pude disfrutar de unas pocas horas de sueño (aunque no demasiadas, que la comodidad aeronáutica es un concepto que no podré experimentar en mi vida a no ser que empiece a gastarme el triple de lo que suelo pagar yo por un billete de avión), interrumpidas varias veces por la amenización incluida en los vuelos de clase turista: lloros de críos, avisos por megafonía, el pasajero de delante que echa su asiento hacia atrás, el pasajero de detrás que da una patada al mío... En algún momento del trayecto Jorge, cuya plaza asignada se encontraba a varias filas de distancia de la mía, vino a contarme que se había metido OCHO HORAS de sueño del tirón, pues su zona era bastante tranquila. Y ante la rabiosa envidia que me invadió tuve que contenerme muy fuerte, so pena de que Pato Aviador terminase hablando de nuestro vuelo en uno de sus libros:

Y uno de ellos lo tengo dedicado por el autor, que mandé a mis padres al Corte Inglés a por él el día que los estaba firmando

Por arte y magia de la rotación terrestre y los husos horarios, las once horas de vuelo se tradujeron en algo menos de seis en mi reloj, por lo que tomamos tierra en Viena aquel mismo día a eso de las ocho y media de la mañana, justo a tiempo para, una vez recogidos nuestros embarcados mochilones, desayunar en el McDonalds del aeropuerto austriaco y sacar fuerzas que nos ayudasen a enfrentarnos al clima europeo otoño-invernal que nos esperaba amenazante en el exterior tras haber pasado casi tres semanas abrigados bajo el Trópico de Cáncer.

Aquí se produjo nuestra despedida (no muy emotiva, la verdad, que nos volveríamos a ver en la oficina al lunes siguiente), pues Jorge contaba con un billete de bus para dirigirse a la ciudad en la que vivimos y yo hice lo propio en tren. Esto quiere decir que, a las once horas de vuelo causantes de un jet lag que comenzaba a tomar forma en mi cerebro como si de una tormenta vietnamita se tratase, habría que añadir otras tres sobre raíles durante las cuales tendría que darme bofetadas a intervalos regulares para evitar que el sueño me venciese antes del final de jornada y trastocase mi ciclo circadiano durante días y días.

Acabado este último trayecto llegué por fin a casa, y como ni yo soy Mike Oldfield ni los grandes finales son lo mío, en vez de dejar por aquí una conclusión a esta serie de entradas que resulte entrañable, ejemplarizante o directamente espectacular, voy a contaros lo que hice durante el resto de aquel día, y así meto paja.

Como, insisto, no quería quedarme dormido, recurrí a mi fisio Babs, que aquel día no trabajaba, y le dije que independientemente de lo que tuviese que hacer durante las siguientes horas, contase conmigo para hacerle compañía. Así que fuimos en su coche al punto limpio local porque tenía que deshacerse de no sé qué chatarra (por cierto, ¿sabíais que en Austria TE COBRAN por tirar basura en el punto limpio? Como lo leéis: al entrar y al salir pesan tu coche, y te toca apoquinar en función de la diferencia. Me parece de lo más cutre y a cualquiera que se lo digo, también), y luego pasamos por el Ikea porque necesitaba algo de allí.

Una vez agotado el comodín de Babs, me vi de vuelta en casa, y por mucho que intenté vencer al sueño, éste ganó la batalla a última hora de la tarde. Mi novia, que por casualidades de la vida también andaba de viaje por el extranjero (en su caso por motivos laborales y con destino Dubai) y compartía conmigo fecha de vuelta apareció por casa cuando yo ya estaba tan frito que ni me enteré.

Y yo creo que lo puedo a dejar aquí, ¿no? Conmigo durmiendo durante muchas horas tras este interminable viaje. De todas formas, lo más interesante que podría contaros acerca del día siguiente es que dediqué mucho rato a contarle a mi novia todo lo que vosotros, pacientemente, habéis tardado un año en leer.

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lunes, 22 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Información nutricional

Permitidme que hoy haga una breve cronología de mis hábitos desayuniles.

En una entrada perdida por el fondo de este cajón de sastre que es mi blog he llegado a mencionar que los desayunos de mi infancia consistían en un vaso de leche caliente con una pila considerable de galletas Tostarica. Esto en una época en la que calentar dicha bebida requería poner un cazo al fuego y vigilar que la espuma no rebosase y preparase un estropicio considerable al llenar de nata las piezas del fogón.

Sí, soy tan viejo que el microondas, por aquella época, era un elemento de ciencia ficción y no un utensilio de cocina. Sin embargo, el pequeño electrodoméstico terminó por hacerse un hueco en la encimera y su versatilidad permitió que me pasase a los cereales. Mis favoritos eran los Cheerios, aunque nunca le hice ascos a los Frosties o los Golden Grahams porque yo siempre he sido un imán para el colesterol del malo.

Entrado ya en la adolescencia, empecé a tirar de café y me aficioné a desayunar en bares que abren pronto. Las tutorías de primero de bachillerato, por ejemplo, las pasé casi todas con dos compañeros de clase jugando al chinchón entre cafés con leche y cruasanes a la plancha, y en un escenario similar desayudé a Pablo a aprobar el teórico.

De hecho, tengo tanto vicio al respecto que cada vez que vuelvo a Valladolid son más las veces que le digo "un desayuno con café con leche y cruasán a la plancha, por favor" a alguien que no conozco que las que me siento a la mesa en casa de mis padres para ventilarme algo preparado por mí. Y a veces hasta echo fotos del evento que, cual personaje de una peli bélica que sabes que van a ventilarse por sacar una imagen de su novia, contemplo una vez en Austria mientras escucho a Vera Lynn y cuento los días que faltan para que nos volvamos a ver:

Éste es de este mismo verano. Apreciad que el cruasán era tan grande que tuvieron que traérmelo en dos platos

Todo muy bucólico, aunque si hay algún nutricionista en la sala estará llevándose las manos a la cabeza. Pero que nadie se preocupe por mi salud cardiovascular, que a principios de los dos mil diez se dieron las circunstancias para que mi primera comida del día mejorase considerablemente.

Ya deberíais saber que en dos mil once formé parte de un grupo de becarios que pasaron mes y medio  trabajando a jornada completa en la capital de Irlanda a cambio de una línea en el currículum. Entre ellos, dos o tres habían estudiado formación profesional de química y por no sé qué ley no podían currar de lo suyo. Buscando solucionar tal vicisitud, los organizadores les colocaron como bedeles en albergues en los que el único producto químico al que tenían acceso era la lejía que echaban al agua de fregar. Pues bien, una de las afectadas, poniéndole buena cara a este mal tiempo laboral (aclaro que no tiene nada de malo ser un bedel que friega suelos, pero es que no es a lo que les dijeron que iban, coño) nos invitó a unos pocos a desayunar en el establecimiento en el que tuvo que currar (irónicamente, mi novia y yo volveríamos a ese sitio meses después, esta vez como huéspedes).

Teniendo en cuenta que se trataba de un hostel para mochileros, la variedad gastronómica al amanecer no es que diese para tirar cohetes. Peeero... Además de nutella y pan de molde, de la cocina salía una fuente de huevos cocidos, alimento que yo hasta entonces no había probado antes de las tres de la tarde. Y jalarme uno en un momento tan intempestivo me cambió la vida: saciaba más que la variedad azucarada de la que había dispuesto hasta entonces y me daba una energía que duraba hasta la hora del almuerzo. Desde entonces, la semilla de gallina pasó a ser un alimento de obligado consumo en mi dieta mañanera: de lunes a viernes cae un huevo cocido y los domingos me meto CUATRO fritos sobre tiras de bacon.

Los sábados... Depende. Un cruasán a la plancha o un tazón de cereales si me da mucha pereza manchar la sartén y usar un poquito de mantequilla que acaba mohosa en la nevera porque lo de vender dosis pequeñas pensando en gente que no tira de este lácteo a nivel industrial aún no lo han pensado en los supermercados austriacos. Lo importante es lo del huevo. Soy fan. MUY fan del huevo. Y no sólo cocido. Me gusta revuelto, frito, escalfado, en tortilla... Menos crudo, sea.

Y ahora es cuando hilo (el huevo hilado, paradójicamente, no lo he probado nunca. Pero si alguien quiere invitarme, sea) con la historia principal. Si habéis tenido la paciencia suficiente para leer las cincuenta y una entradas (que se dice pronto) que llevo publicadas sobre mi viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam, os habréis dado cuenta de que menciono el ingrediente huevil en muchas de ellas. Y si no, no os preocupéis, que os las enumero todas a continuación para que parezca que este post tan corto tiene más contenido:

  1. Cuando presenté el tema y en realidad no dije nada acerca del viaje en sí.

  2. Cuando fuimos a Ayutthaya.

  3. Cuando nos despedimos de Bangkok por primera vez (vale, aquí mencioné el huevo porque el desayuno no lo incluía. Dejad que haga trampas).

  4. Cuando nos pegamos el madrugón padre para ver amanecer en Angkor Wat.

  5. Cuando lo de trasnochar en Siem Reap se me fue un poquito de las manos.

  6. Cuando volví al hotel de Siem Reap hecho mierda porque lo de trasnochar se me había ido un poquito de las manos.

  7. Cuando dedicamos una tarde a socializar con los del trasnoche del día anterior en Siem Reap.

  8. Cuando pasamos nuestro último día en Camboya.

  9. Cuando descubrimos la locura que es Hanoi (y también descubrimos el café con huevo. Aunque en esta bebida tan endulzadísima no se nota la presencia de tal ingrediente, he de aclarar).

  10. Cuando nos despedimos de Hanoi por primera vez (vale, aquí tampoco lo comí. Dejad que vuelva a hacer trampas).

  11. Cuando me puse a los mandos de una motocicleta por primera vez en mi vida.

  12. Cuando nos despedimos definitivamente de Vietnam.

  13. Cuando me metí un Irish breakfast entre pecho y espalda en el restaurante de un hotel de Bangkok que no era el nuestro.

Comí huevo muchísimas veces en poco más de dos semanas, ¿verdad? Y lo hice por tres motivos: el primero, porque me encanta (que ya lo he dicho); el segundo, porque me da mucha energía (que ya lo he dicho también).

¿Y el tercero? Pues aquí es cuando tengo que contar un detalle personal de mi compañero de viaje Jorge. Y es que me confesó antes de comenzar esta aventura que había dos alimentos que no podía ver ni en pintura (y no le culpo, que yo también le tengo un asco irracional, en mi caso, a las aceitunas y al vinagre), so pena de sufrir arcadas. Uno de ellos era el arroz, aunque afortunadamente se curó de esta fobia antes de marchar para allá, que por aquella latitud esta gramínea es más habitual que el pan y nos lo sirvieron casi a diario.

Podéis imaginar cuál era el otro producto que asqueaba a mi amigo. Y si tenemos en cuenta que casi todas las veces que yo comí huevo fue delante de su puta cara, también podéis deducir que el tercer motivo por el que lo hice fue porque soy así de cabrón.

Venga, terminemos.

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lunes, 15 de diciembre de 2025

Aquel viaje. El último día

El hotel en el que pernoctamos durante nuestro segundo paso por Bangkok no incluía desayuno. Pero qué cutres. Por ello, no me voy a parar a describir la habitación (aunque también es posible que en realidad no guarde recuerdos de la misma porque mi cerebro y tal) más allá de confirmar que contaba con sus dos camas reglamentarias (así que una vez más nos ahorramos una escena como la de nuestra llegada a Hanoi) y pasaré a contaros que aquella mañana, bien temprano, nos tocó a Jorge y a mí adentrarnos en las calles de Sukhumvit (libres a aquella hora de prostitutas y sugar daddies, no como la noche anterior) en busca de un lugar en el que poder dar cuenta de la primera comida del día. Y aquí hubo escisión.

Resulta que Jorge es de los que funcionan con un café y un par de galletas. Pero yo no. Yo necesito que la descripción de mi desayuno ocupe al menos tres líneas en el menú so pena de estar de nuevo hambriento (y por consiguiente un poquito de mala hostia) al par de horas. Así que mientras él se iba a una cafetería a rellenar su estómago de gorrioncillo, yo me metí en el restaurante de otro hotel que SÍ servía desayunos y me pedí un ídem irlandés con su huevo frito, su bacon, sus judías y demás que, os adelanto, me supo a gloria.

Debido a lo laborioso de mi orden, cuando se me hizo entrega del plato y empecé a desayunar, Jorge ya estaba haciendo la digestión y había venido a buscarme, por lo que pudo disfrutar de unos minutos viéndome comer sin nada que hacer.

Al terminar, volvimos al hotel para hacer el check out, dejamos los mochilones y el gorrito que Jorge se compró en Hanoi días atrás en la consigna y nos dirigimos dando un paseo (con parada en un estanco para que yo pudiese comprarle sugus tailandeses a una amiga) a una supuesta atracción cercana que resultó ser una trampa para turistas: la casa de Jim Thompson.

Jim Thompson fue un arquitecto y empresario que en no sé qué siglo se hizo de oro a base de comerciar con telas en la zona, y la casa que diseñó y en la que vivió está disponible para ser visitada siempre y cuando uno esté dispuesto a pagar la entrada. Y, las cosas como son, es una casa. Así que después de ver la tienda de telas del exterior y hacernos una idea de lo que nos íbamos a encontrar dentro, nos dimos media vuelta, acabando en un ruidosísimo centro comercial en el que me compré un polo naranja de Adidas que me encanta. Centro comercial que, por otra parte, crispó los nervios de Jorge, más partidario él de galerías abiertas y tiendas de barrio. Para que os hagáis una idea los que podáis haceros una idea, el sitio contaba con un Donki (allí pillé un sobre de cartas Pokémon en tailandés, por cierto) como los que hay en Japón. El agobio de mi compañero de viaje y mi interés por hacerme con souvenirs varios dieron lugar a una nueva escisión, así que yo me quedé por la zona y él se fue en busca de aire al cercano parque Lumphini, donde hizo fotos como ésta que voy a robarle:


Obsesionado con encontrar una cartera para mi novia (porque no sólo le compré huevos sorpresa de Pokémon falsísimos) fui de local en local hasta dar con una que a día de hoy, años después, aún sigue utilizando. Tras haber cumplido esta misión, salí a la calle y comencé una caminata que me llevó hasta la zona universitaria, donde no había nada de interés.

Jorge, por su parte, también había concluido su labor caminante, por lo que acordamos encontrarnos para comer. Fue tanto el éxito que tuvo el restaurante al que terminamos yendo dos veces la víspera que decidimos ir allí una tercera vez. Debido a que yo andaba bastante lejos de este nuevo destino, y viendo que una tormenta feísima iba a cambiar el color de todo Bangkok, me dirigí a la parada de metro más próxima.

El ambiente que me rodeaba no se parecía en nada a lo que había experimentado hasta la fecha: calor, humedad, una multitud agolpándose, grupos de estudiantes vistiendo uniformes similares, las primeras luces de neón de aquella oscura tarde y por fin la lluvia que había estado amenazando le dieron a la escena un toque de lo más bladerunneriano ante el que no pude evitar fliparme un poquito, echando mano de mis auriculares y escuchando esto durante el trayecto.

Pero qué tontico que soy a veces.

Total, que nos vimos, comimos y nos fuimos. En esta ocasión, a otro centro comercial, situado en la zona y más tranquilo que el de por la mañana, donde adquirí dos camisetas de manga corta con sendos parches muy monos que aún conservo y que todo el mundo elogia (a pesar de lo mal que llevo yo eso). Y si debajo de este párrafo veis una imagen de dichas prendas, es porque antes de publicar esta entrada he conseguido vencer a la pereza que me da ahora mismo el hacerles una foto.

Habéis tenido suerte

Con esta compra di por concluida mi labor consumista de la jornada, y como a aquella hora la tormenta había pasado a ser el recuerdo de algo ocurrido minutos atrás, volvimos al hotel. Pero no fuimos a la consigna para recoger las maletas y largarnos, no. Con todo nuestro morro (bueno, en realidad el del morro fue Jorge y yo le seguí, que de haber estado solo no me habría atrevido) nos colamos en el ascensor, subimos a la terraza, sacamos el bañador que llevaba metido en nuestras mochilas toda la jornada y tomamos dos tumbonas. Y así, nuestras últimas horas en Bangkok transcurrieron con nosotros dos a remojo en la piscina de un hotel del que ya no éramos huéspedes.

Se acercaba la hora de decir "adiós" (o "hasta otra", que nunca se sabe) a Tailandia, y teniendo en cuenta que nuestro avión partía a las dos de la madrugada (es que no me jodas), tras abandonar aquella alberca hicimos una rápida incursión en el seven eleven que había frente al hotel y pillamos unos bocadillos que nos servirían de cena cuando llegásemos a un aeropuerto en el que todos los restaurantes iban a estar cerrados (es que, insisto, no me jodas). Y aquí tuvo lugar una anécdota que os voy a contar para poder meter algo de relleno en esta corta entrada.

Resulta que, entre otros clientes, en el local había tres individuos que hablaban castellano: un padre y un hijo con rasgos y acentos muy españoles de Ejjjpaña y la pareja del padre, asiática. El chiquillo estaba dando por culo que no veáis: con un volumen de voz excesivo para los estándares de cualquier lugar no bañado por las aguas del Mediterráneo, no paraba de exigir a los dos adultos que le comprasen todo lo que veía en los pasillos, haciendo especial énfasis en que quería no sé que mierda de "roblox". Que a día de hoy sigo sin saber qué era, pero lo odio con toda mi alma por haber tenido que escuchar a un crío español gritar la palabra "roblox" al menos quince veces en un seven eleven tailandés.

Terminé yo primero de comprar mi pseudocena (si no está caliente, no es cena. Y no me voy a bajar de esa burra) y, mientras Jorge seguía decidiendo qué se llevaría al buche poco después, salí apresurado del local, pues estaba a un "roblox" de cometer un infanticidio. Mientras se producía mi espera en el exterior, el crío de los huevos cruzó la puerta, contemplando mi silueta de espaldas y confundiéndome con su padre. Se me acercó entonces, empezó a soltarme una turra espectacular y yo, ignorando su discurso, me giré para mirarle fijamente con una seria expresión que venía a decir: "niño, no soy tu padre y espero que este malentendido que realmente no tiene importancia se convierta en trauma".

Oye, ¿quién sabe? A lo mejor el mocoso, dentro de unos años, se abre un blog y escribe una entrada hablando de ello. No sería el primero que hace algo así, ejem, ejem.

¿Qué? ¿Que os parezco mala persona por desearle traumitas a un chiquillo al que no conozco? Pues esperad a la siguiente entrada, y ya veréis lo perro que puedo llegar a ser.

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lunes, 8 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Hola otra vez, Bangkok

Yo os debía una descripción hotelera y voy a empezar esta entrada saldando dicha deuda: la habitación en la que pasamos nuestra última noche en Vietnam, si bien contaba con sus dos camas reglamentarias, tenía alguna que otra característica que la situaba a un nivel inferior al de sus predecesores en mi tripadvisor particular.

Para empezar, la pieza se encontraba en un segundo piso y no había ascensor, y si bien es cierto que Jorge y yo contábamos con mochilones y mochilas (y el gorrito que él se compró en Hanoi días atrás), eso de tener que andar escaleras arriba con el equipaje restaba puntos, oye. El baño se encontraba en un estado permanente de condensación, una condición perfecta para que proliferasen decenas de bichitos voladores a los que no podíamos decir nada porque ya estaban allí cuando llegamos. Y, lo más divertido de todo, la habitación en sí era parte de la ruta de evacuación de emergencia. Os lo juro. Sobre la puerta de entrada había un cartel verde luminoso que indicaba a los huéspedes que, en caso de incendio o catástrofe similar, les tocaría pasar por nuestros aposentos y abandonar el edificio por otra puerta situada a los pies de mi cama que daba a unas escaleras exteriores desde las que podía verse (y escucharse con toda claridad) el tráfico de la autopista cercana.

Este último detalle fue el responsable de que el sueño aquella noche se dedicase a abandonarme cada vez que un vehículo especialmente escandaloso pasaba por allí. Por suerte, el desayuno del que pudimos disfrutar a la mañana siguiente (el recepcionista nos había preguntado, justo antes de que saliésemos en busca de la cena y acabásemos en aquel restaurante loco que qué queríamos para desayunar; y yo le dije que mucho café y un huevo) me ayudó a combatir el letargo, así que me encontraba bastante espabilado cuando la furgoneta encargada de llevarnos al aeropuerto nos recogió en la puerta del hotel a Jorge, a mí y a otra chica de la que no sé nada porque no mantuvimos conversación en el rato que el vehículo nos depositó en el aeródromo.

Y si ahora estáis esperando que os hable del check-in, el paso del control de seguridad, la espera al embarque, nuestra subida al avión, el vuelo con destino Bangkok, el nuevo paso por el control de pasaportes, la recogida de equipajes y el trayecto en taxi al hotel, lo lleváis claro, pues apenas me acuerdo y, lo que es peor, mi cerebro mezcla momentos de aquellas horas con otros similares que viví al volver de un viaje a Japón (éste no. Otro que hice años después con mi novia y mi hermano y del que no he sido capaz de sacar chicha suficiente como para transformarlo en entradas). De todas formas, estoy convencido de que lo que os voy a contar a continuación os va a resultar mucho más interesante. Ya veréis.

Resulta que Jorge, cuando empezó a planear a qué lugares ir, y considerando que pasaríamos por la capital tailandesa tanto al principio como al final del viaje, sugirió que en esta segunda ocasión nos alojásemos en la que él consideraba "la zona de los rascacielos", y así descubrir el contraste con el Bangkok más tradicional. Y vaya que si hubo contraste.

Los "rascacielos" de aquel barrio (Sukhumvit) eran edificios de oficinas en el que había establecidos varios negocios internacionales. Y claro, donde hay negocios internacionales hay hombres de negocios extranjeros que se encuentran lejos de casa. Y donde hay hombres de negocios extranjeros que se encuentran lejos de casa hay... prostitutas. Muchísimas prostitutas situadas en las aceras de aquellas calles que nos dirigían a Jorge y a mí, y a todos los hombres del lugar, un "hello..." o un "I love you..." cuando pasábamos a su vera.

Tengo que decir que aquello no me impresionó tanto porque sabía lo que me iba a encontrar. Que a nada que uno investigue cuando su destino es Tailandia acaba descubriendo que el tema de la prostitución allá es como el de las crêpes en París: un negocio tan floreciente como turbio. Lo que sí me dejó con el culo torcido fue que hubiese tantos (tantísimos) sugar daddies. Para quien no esté familiarizado con esta fauna, se trata de señores cincuentones o sesentones que mantienen aquí a su sugar baby: una muchacha que no suele llegar a la veintena. Durante unos días al año, el sugar daddy viaja a Tailandia y se reúne con ella para realizar habituales actividades de pareja como comer y cenar en restaurantes de la zona o encerrarse en el hotel y protagonizar escenas que prefiero que no os imaginéis; y cuando se deja ver con ella en público lo hace con una falta de pudor y un orgullo desatados al saber que, aquí, los sugar daddies son legión.

Que si la situación os da asco de por sí, esperad al retrato robot, pues estaban todos cortados por el mismo patrón: una piel de color "pechuga de pollo cruda" (pero de un tono especialmente feo, el de esa bandeja que nadie se atreve a coger en el supermercado), expresión de decrepitud típica de quien se ha pasado media vida desayunando cerveza y una calvicie nada bien llevada (que no es por nada, pero es que estaban todos calvos). Teniendo en cuenta semejante imagen, cada vez que me cruzaba con uno (y me crucé con decenas, insisto) apostaba mentalmente a que en la portada de su pasaporte había escritas las palabras "United" y "Kingdom".

Os lo dije, mucho más interesante todo esto, ¿verdad?

Pues allí estábamos Jorge y yo, en una selva de putas y puteros buscando un sitio en el que poder almorzar. Y encontramos uno que prometía ser todo un acierto: no sólo se encontraba lleno de comensales, sino que en el exterior había bastante gente esperando su turno ordenadamente gracias a que una de las camareras se asomaba de vez en cuando y repartía números. Nos arrimamos entonces a la muchedumbre y tras alimentarnos de paciencia durante unos minutos, pudimos ventilarnos una comida que estaba riquísima pero que no recuerdo en qué consistía. Eso sí, recuerdo que estuvimos al lado de la puerta de la cocina y que los sufridos cocineros tenían que subir y bajar escaleras con los platos.

Saciada nuestra hambre, Jorge y yo tomamos caminos diferentes. Él quería aprovechar el buen tiempo y que nuestro hotel contaba con piscina en la terraza para disfrutar de una tarde a remojo, y yo también pero menos. Además, tenía pendiente comprarle a mi madre un libro en tailandés. Por ello, me dirigí a un centro comercial cercano que contaba con librería y adquirí uno protagonizado por un pato que se va en coche a Ayutthaya o algo así, y al salir me metí el el restaurante de un hotel bastante más pijo que el nuestro donde pedí un café que tardé bastante en tomarme porque si me lo hubiesen servido un pelín más caliente habría fundido la taza (cierta yaya vallisoletana habría disfrutado de lo lindo de aquella bebida, por otra parte).

Una vez me hube encafetado adecuadamente, subí yo también a la piscina de la terraza, dejando que se nos hiciese de noche a mí, a Jorge y al long island que me hizo compañía como si se tratase de una sugar babNO, mejor no hago esa comparación:


Llegó entonces el momento de bajar a cenar, y si durante el día el putiferio de la zona era impresionante, por la noche se multiplicaba por diez. Pero esta vez, entre cientos de prostitutas y sugar daddies con sus respectivas sugar babies (había puestos ambulantes en los que se podía adquirir el kit completo de sugar daddy: lencería, condones, lubricante, vibradores y viagra) se podía ver a parejitas de recién casados totalmente desubicadas, en una zona carente de templos ante los que tomarse fotos con las que poder presumir en Instagram. Y reconozco que tenía su gracia verles a ellos intentando ignorar con rubor aquellos cantos de sirena en forma de "hello..." o "I love you..." que recibían cada veinte metros al tiempo que sus parejas controlaban con mala cara que sus miradas no terminasen en ningún escote o minifalda, so pena de que aquella misma noche se produjese una de sus primeras broncas conyugales.

Que por otra parte yo pienso que vaya pereza, ¿no? Dejarte un pastizal en una boda y en su correspondiente luna de miel en Bangkok para acabar discutiendo por semejante chorrada. Para eso es mejor que no os caséis, en serio.

En fin, que tras contemplar más de un prólogo de Escenas de matrimonio y descartar uno detrás de otro todos los locales de comida ante los que pasábamos, volvimos al mismo de por la mañana, que por aquel entonces no tenía tanta afluencia. Si es que al final nos faltaba creatividad a Jorge y a mí. No sólo repetimos restaurante, sino que al terminar, y queriendo aprovechar que aún faltaban un par de horas antes de que tocase irse a dormir, nos sentamos en la terraza de un bar cercano al hotel y yo di cuenta del último long island de aquel viaje mientras empezaba a imaginar cómo continuaría esta historia que estaba a punto de terminar.

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lunes, 1 de diciembre de 2025

Aquel viaje. Aquel loco restaurante de Hanoi

Después de un par de entradas en las que me he desviado un poquito de la historia para hablaros de ropa y fútbol porque este blog no sería este blog si yo no me fuese por las ramas de vez en cuando, retomo el hilo: tras una jornada de callejeo por Hanoi, Jorge y yo nos dirigíamos en taxi al hotel en el que pasaríamos nuestra última noche en Vietnam. No me voy a parar a hablar del establecimiento ahora por dos motivos: en primer lugar, porque intuyo que mi siguiente entrada se va a quedar corta en cuanto a detalles y voy a necesitar bien de paja que la rellene; y en segundo lugar, porque quiero que me acompañéis cuanto antes al lugar al que nos dirigimos minutos después de depositar nuestros mochilones y mochilas (y el sombrerito que Jorge compró días atrás) en el suelo de la habitación.

Teniendo en cuenta que la zona en la que nos encontrábamos se hallaba relativamente cerca del Aeropuerto Internacional Noi Bai, y que además era media tarde, uno esperaría encontrarse a bastante gente por la calle, ¿no? Bueno, pues aquello estaba desierto hasta tal punto que a Jorge y a mí nos daba un pelín de mal rollo. No obstante, terminamos dando con un restaurante abierto aunque a medio gas en cuanto a comensales. Una de las mesas, próxima a la puerta, estaba ocupada por un grupito de mujeres que charlaban animadas tras haber dado cuenta de la cena. A pocos metros, tres hombres de rudo aspecto debatían sobre no quiero saber qué, y en la zona central de aquel enorme local que parecía aún más grande por encontrarse casi vacío se encontraba una familia compuesta por unos diez o doce miembros pertenecientes a al menos tres generaciones. Esta lista de asistentes se completaba con el personal que trabajaba allí sirviendo mesas y los dos cocineros que peleaban con los fogones en una pequeña cocina visible desde la entrada.

¿Que por qué he sido tan minucioso al enumerar a quienes estaban allí? Pues porque TODOS ellos se giraron con cara de asombro al ver a dos extranjeros cruzar el umbral (sí, hasta los cocineros se asomaron). La misma cara de asombro con la que nos miramos Jorge y yo mientras nuestras respectivas paranoias nos hacían preguntarnos si no sería mejor darnos media vuelta, comprar unas bolsas de patatas fritas en alguna tienda y comérnoslas encerrados en la habitación del hotel del que aún no os he hablado.

Teniendo en cuenta el título del post y lo que aún os queda por leer del mismo, habréis deducido acertadamente que decidimos ignorar a nuestras paranoias y ocupamos una de las muchas mesas vacías de aquel restaurante sintiendo cómo aún nos seguían algunas de aquellas curiosas miradas que parecían no haber visto a un individuo foráneo pisar por allí en cincuenta años. Se nos acercaron entonces tres camareros que apenas hablaban inglés, y mediante una breve conversación que incluyó más gestos que palabras, Jorge y yo les indicamos que queríamos cenar, por lo que nos hicieron entrega de sendos menús con nombres de platos y descripciones escritos únicamente en vietnamita. 

Mientras que nosotros tratábamos de interpretar lo que allí se servía, más camareros y camareras se arremolinaron en torno a nuestra mesa como si se tratasen de palomas que se te acercan cuando estás jalándote un bocadillo en un banco del parque, y comenzaron a señalar artículos de aquella carta y a tratar de explicar en qué consistían. Llegó un momento en el que, aislado de aquel barullo, miré a Jorge y le pregunté: "Jorge, ¿tengo a SEIS camareros detrás de mí ahora mismo?" y él, completamente ojiplático y sin atreverse a abrir la boca, me lo confirmó con una seña afirmativa.

Al final me pedí un rollito de primavera y unas patatas fritas porque tras escuchar a turistas de diferentes países decenas de historias sobre intoxicaciones alimentarias, temía que me fuese a tocar a mí a un par de días de terminar esta aventura, y no era plan. No recuerdo qué se pidió Jorge, pero algo por el estilo.

Poco después nos sirvieron la comanda. Nos estábamos enfrentando pues a los primeros bocados y entonces comenzó a atronar por los altavoces esta canción al tiempo que uno de los camareros salía de la cocina portando una tarta que depositó en la mesa familiar. Resulta que el yayo de aquella familia celebraba su cumpleaños, y aquí empezó lo bueno: el tenso ambiente propio de un saloon del lejano oeste dio lugar a otro mucho más festivo, y más aún cuando todos los comensales, familiares del yayo o no, recibimos una porción del cumpleañero postre.

Durante los siguientes minutos, los niños se dedicaron a acercársenos con divertida sorpresa, completando un ritual consistente en depositar sobre nuestra mesa pequeñas estampitas que representaban billetes y botellas de champagne (esto debe ser típico de allí o algo. No hice foto en su momento y ahora me es imposible dar con referencias en internet porque a día de hoy tratar de encontrar cualquier cosa en cualquier buscador es una mierda desesperante) y salir corriendo entre carcajadas.

Poco después de que hubiésemos terminado nuestra cena y las riquísimas raciones de tarta llegó el yayo, quien tras una visita a la mesa de los tres hombres rudos (las mujeres que había cerca de la puerta ya se habían ido, por lo que se perdieron el festival que os estoy describiendo) se pasó por la nuestra, ocupó una de las sillas y, sin decir una palabra, sacó una botella de whisky y vasos para los tres. Nos sirvió así un chupito y nos invitó a brindar con él, lo cual hicimos de muy buen grado. Imitando a aquel simpático abuelo vietnamita, yo di cuenta de mi bebida al momento, y vi que Jorge dudada mientras sujetaba su vasito, pues por muy majo que resultase aquel señor, su sentido común le estaba pidiendo a gritos que rechazase alcohol ofrecido por un desconocido. Me tocó pues darle un codazo verbal ("Jorge, por tu madre. Bébete el whisky que vas a ofender al yayo, joder") al que hizo el caso correspondiente, causando así que el abuelo, agradecido y satisfecho, volviese con su familia.

Y empezó el karaoke (una actividad muy popular, tal y como comprobamos en varios lugares aunque no sé si lo he comentado antes porque son casi cincuenta entradas y me cuesta seguir la pista de todo lo que he contado ya). Uno de los familiares, haciendo gala de una horrísona voz, comenzó a entonar una canción conocida sólo allí, y Jorge y yo decidimos que aquello marcaba el fin de nuestra estancia en el restaurante. Pagamos entonces la cuenta y abandonamos el sitio aún invadidos por la incredulidad ante los acontecimientos. Tan confundido estaba, que cuando saqué una foto de la entrada que probase que todo aquello no había sido una experiencia alucinógena no me di cuenta de que había un árbol en todo el medio impidiendo ver el local.


De vuelta al hotel, paramos en un quiosco que aún se encontraba abierto y que vendía toda clase de artículos: galletas, salsa de tomate, material escolar, o incluso peluches. Y Jorge se encariñó de uno ENORME que quiso comprarle a su sobrino. Antes de hacer el desembolso, me preguntó si yo creía que le cabría en el mochilón, habida cuenta de toda la morralla que habíamos ido adquiriendo durante nuestro viaje. Yo estaba convencido de que el bicho no entraría ni de coña, pero le dije totalmente convencido que sí, que lo comprase sin dudarlo.

Sí, soy así de cabrón, y lo he sido siempre. De hecho, tengo otro ejemplo al respecto que compartiré con vosotros dentro de un par de entradas. Pero antes, pongamos punto y final a nuestra estancia en Vietnam.

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