lunes, 6 de enero de 2025

Aquel viaje. El origen de todo esto

Viajemos en el tiempo. ¿A cuándo? Al siete de agosto de dos mil veintidós, día internacional de la amistad. En aquella jornada, los dueños de una bodega de Brooklin recuperaron a Boka, un gato gris que había sido robado días antes; Gustavo Petro juró su cargo como presidente de Colombia y a mi móvil llegó un mensaje de Whatsapp enviado por Jorge.

Ahora mismo os estaréis preguntando: ¿quién es Jorge? Jorge es un amigo y compañero de trabajo a quien conocí saltando a la comba. Os lo juro. Este curioso detalle no se debe a que Jorge sea un colega de la infancia o algo por el estilo; lo que ocurre es que al par de días de aterrizar en Austria, la empresa en la que por aquel entonces trabajábamos tanto mi novia como yo contrató a una agencia de eventos para organizar una actividad de ésas motivadoras que incluía varias competiciones por equipos y una sesión de cocina. En una de dichas competiciones el objetivo consistía en, monitores de corazón mediante, lograr que todos los miembros del grupo alcanzasen la misma frecuencia cardiaca, para lo que era necesario hacer más o menos ejercicio sirviéndose de una cuerda de saltar (qué chorradas inventan, ¿verdad?). Pues bien, Jorge (a quien no había visto hasta entonces por la oficina) apareció tarde, cuando ya habíamos empezado, y se unió a nuestro equipo y a mi actividad brincadora.

Jorge y yo no es que fuésemos amigos íntimos, precisamente. Nuestra relación se limitaba al ámbito profesional (se limitaba mucho, pues ni siquiera compartíamos equipo y sólo nos veíamos a la hora de comer, o ni siquiera eso) y, fuera del trabajo, quedamos un puñado de veces con mi novia y su novio para tomar algo, celebrar algún cumpleaños o subir al monte como manda la tradición austriaca. Una vez, Jorge cuidó de nuestros gatos durante unos días en los que mi novia y yo estuvimos de viaje y tuvo que encerrarles fuera del salón mientras les preparaba la comida porque no dejaban de echársele encima. Nos mandó una foto retratando la situación.

Ésta no es la foto, pero se le parecía mucho

Por lo visto, también aprovechó el acceso a nuestro pisazo para colar a un par de colegas una tarde y echarse una partida a nuestro Cards against humanity, pero es que Jorge es despreocupado y extrovertido, y si sabe que sus acciones no le hacen daño a nadie, pues no se corta. Si digo esto es porque su peculiar personalidad me vendría de perlas en multitud de ocasiones, pero no adelantemos acontecimientos.

Con respecto al contenido del mensaje que me envió aquel siete de agosto de dos mil veintidós, día internacional de la amistad, quienes estuvisteis aquí la semana pasada ya sabréis lo que contenía. A los que acabáis de llegar, os diré que Jorge me estaba proponiendo unirme a él en un periplo de varias semanas por Tailandia, Camboya y Vietnam que tendría lugar a finales de ese mismo año, antes de la temporada navideña.

Resulta que es muy habitual entre los austriacos el aprovechar los meses posteriores a su graduación universitaria para pegarse un viajazo al otro extremo del mundo que puede prolongarse durante semanas o incluso meses. Esto resulta chocante para alguien como Jorge o como yo, quienes nos hemos criado en España, un país en el que uno alcanza el final de su etapa estudiantil y, no habiéndose secado su título recién impreso, ya está enterrando en curriculums todos los negocios y empresas en un radio de cincuenta kilómetros para empezar a ganar dinero CUANTO ANTES. Pero en Austria, como digo, salarios más decentes permiten vivir con menos estrecheces y darse homenajes como el que os he contado al principio del párrafo. Jorge tenía bastantes amigos y conocidos que lo habían hecho y le habían hablado de las maravillas que le esperan a uno en Indochina, poniéndole los dientes largos. Y aunque Jorge ya no tenía la edad de un recién graduado, lo que si que tenía era pasta ahorrada y días de vacaciones de sobra para poder permitirse experimentarlo él también.

Lo que Jorge no tenía era con quién ir, pues nadie en su entorno tenía tanto tiempo libre. Por mi parte, yo andaba anímicamente un poquito por los suelos: acababan de levantarse las restricciones y mi novia contaba con otro trabajo que le permitía socializar, pero yo no tuve esa suerte y pasaba las tardes de verano muerto de asco como si fuese la bruja de las tres mellizas, paseando solo por la ciudad mientras escuchaba podcasts y me preguntaba qué había hecho para que todos los habitantes de aquel país en el que el alemán suena especialmente raro me odiasen. Jorge estaba al tanto de todo esto, por lo que me sugirió que viajase con él, asumiendo que, evidentemente, le diría que sí.

Evidentemente, le dije que no.

¿Qué se me había perdido a mí en una zona del planeta donde los retretes, con toda seguridad, serían de mucha peor calidad que el que hay en mi casa? Que no, que no. Que yo no estaría nada a gusto en aquella época, pero un cambio de aires tan gordo me producía una pereza insoportable.

Sin embargo, mi negativa no fue completamente rotunda. Durante ese mismo día me dediqué a darle vueltas (porque otra cosa no, pero darle vueltas a las cosas se me da de lujo) y los pros de unirme al viaje comenzaron a colarse por unas grietas que se abrían cada vez más en la lista de contras. La verdad es que, dejando a un lado prejuicios absurdos, ideas preconcebidas e ignorancia en general, Jorge me estaba proponiendo un plan de puta madre. Llegada la noche, le escribí diciéndole que había cambiado de idea y que contase conmigo. Bueno, lo que le dije exactamente fue: "una cosita: VETE A LA MIERDA". Quienes me conocen saben que significa "le he dado muchas vueltas y tu plan me parece muy buena idea, así que me apunto", pero ya he dicho que Jorge y yo no teníamos una relación muy cercana, así que mi mensaje le dejó bastante descolocado.

Una vez aclarado el simpático malentendido, comenzamos a planear qué hacer por allí. Él era más de buscar consejo en amigos y conocidos que ya habían vivido la experiencia e informarse mediante webs y blogs de viajes (aprovecho para aclarar una cosita. Esto NO es un blog de viajes, y quien venga aquí con esa idea, que se prepare para llevarse una decepción bastante gorda), mientras que yo prefería dejar que Google Maps y Street View me revelasen un lugar en el que cualquier rincón me parecería exótico y digno de ser descubierto, sin la necesidad de que nadie planificase mi estancia por mí.

Esto provocó que no nos pusiésemos de acuerdo en qué visitar y en cómo hacerlo, y cuando intentábamos poner en común lo que cada uno pensaba, el otro solía recibir cada sugerencia con poco entusiasmo. Semejante falta de entendimiento se prolongó durante varios días hasta que, idiota de mí, decidí por segunda vez que, ni aquello iba a ninguna parte, ni yo viajaría con Jorge.

Sin embargo, una nueva ronda de darle vueltas a todo hizo que recuperase la cordura, pues analicé la situación bajo otra perspectiva: la idea del viaje era suya y me estaba invitando a participar en ella; y sería difícil que aquello saliese mal, independientemente de si las actividades o lugares a visitar que yo proponía se caían del calendario. Sólo puse dos condiciones: iríamos a Angkor Wat sí o sí (pues soy un friki que llevaba queriendo ir desde que vi unas fotos de los templos a los once años en un libro que mis padres aún conservan) y los hoteles tendrían una calidad decente acorde a las exigencias de dos treintañeros como nosotros. Me negaba rotundamente a dormir en pocilgas o en albergues, valga la redundancia. Aparte de dichas dos condiciones, mi actitud paso a ser: sí a todo.

Tras dejar atrás altibajos absurdos, pasamos de juntarnos para discutir si hacer o no tal o cual cosa, a juntarnos para comprar billetes de avión, reservar hoteles (bueno, en realidad los hoteles los reservó él. Y qué puntería tuvo para elegirlos bien, oye), solicitar visados y ultimar detalles de un viaje que, como descubriréis, acabó siendo la hostia.

Sin embargo, Jorge me transmitió una última preocupación que le avasallaba como una pareja de irrespetuosos gatos incapaces de esperar a que se les prepare la cena: teniendo en cuenta que no es que hubiese una confianza inmensa entre nosotros, ¿qué pasaría si, una vez embarcados en esta odisea, descubríamos que se nos acababan los temas de conversación? ¿Nos veríamos invadidos por un silencio incómodo que podría prolongarse durante horas o incluso días? Y yo le tranquilicé asegurándole que eso no ocurriría jamás. Pues, de ser así, siempre podríamos recurrir a un tópico inagotable: hablar mierda del resto de compañeros de la oficina.

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miércoles, 1 de enero de 2025

Aquel viaje

Pensaba empezar con un "feliz dos mil veinticinco" y aprovechar que la rima fácil ha vuelto pasados veinte años como si fuera un cometa joviano para caer en ella yo también. Pero no lo quiero hacer. Más que nada, porque lo de "feliz" no me lo creo ni yo, y me da que ya se va a encargar el año que entra de que dicha rima se cumpla literalmente.

Que no tengo nada de pitoniso (ni yo, ni NADIE), pero el futuro cercano se presenta oscuro y frío como una noche de enero y no espero más que malas noticias de aquí a diciembre. Y, si resulta que pasa algo bueno para la humanidad, lo consideraré un milagro. Mis expectativas son tan bajas que al año nuevo sólo le pido que, si todo se tiene que ir al carajo por culpa de algún cataclismo epidémico, financiero o nuclear, al menos sea después de que Netflix haya sacado El Eternauta y la segunda parte de Cien años de soledad.

De todas formas, no quiero ser un cenizo sin más que empeore vuestras ya de por sí jodidas resacas de año nuevo, sino que me gustaría hacer algo que contrarreste la que se nos viene encima.

Mi plan consiste en aprovechar este blog para construirme un refugio que me proteja de tan aciago augurio. Y lo voy a hacer ignorando el consejo que da Sabina en Peces de ciudad cuando dice que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Porque voy a volver, al menos narrativamente, a varios lugares a los que fui feliz, tirando de historias acerca de un viaje que realicé a Tailandia, Camboya y Vietnam en dos mil veintidós y que llenó mi no del todo sano cerebro de bonitos recuerdos, al tiempo que dio para MUCHAS entradas que he ido posponiendo desde entonces. ¿Cuántas? Veamos... Si de una semana en Nueva York pude sacar un post (y otro que tocaba el MoMA de refilón), mi primera estancia en Japón dio para once entradas, y de mi paso por Dubai os pude hablar aquí en diez ocasiones, ¿cuánto creéis que seré capaz de estirar el chicle esta vez, teniendo en cuenta que el viaje del que os quiero hablar esta vez duró casi tres semanas?

Pues, si todo sale bien, me propongo publicar CINCUENTA Y DOS entradas sin contar ésta que estáis leyendo. Con dos cojones.

Que igual debería cortarme un poquito con las mayúsculas y los exabruptos, habida cuenta de lo bien que se me da dejar cosas a medias, pero quiero volver a ser por enésima vez mi propio juez inquebrantable (y mi peor enemigo, todo sea dicho), como cuando eché a andar este blog allá por dos mil dieciséis (no puedo con lo rápido que pasa el tiempo. NO PUEDO) y me empeñé en publicar un post semanal, y que la historia se repita. Esta vez, dedicando la historia a un sólo tema.

Vale, por aquel entonces fui capaz de mantener el ritmo durante poco más de un año y al final tuve que bajar la frecuencia de mis publicaciones porque era habitual que muchas tardes de domingo me pillasen ante una página en blanco que no sabía muy bien cómo rellenar, pero como a veces aprendo de mis errores, esta vez cuento con un elemento que me va a ayudar a lograr mi objetivo:

Os presento a mi sidekick bloguero

La libreta de la foto, la cual robé me encontré en mi oficina y ahora mismo atesoro como si fuese uno de mis órganos internos por razones obvias, contiene UN HUEVO (el huevo será protagonista de la historia dentro de unos meses, ya veréis) de notas que he ido tomando como un puto loco mientras echaba mano de memorias, conversaciones de Whatsapp y fotos durante los últimos días en los que vosotros habéis estado disfrutando de las navidades con familiares y amigos, dejándome solo en casa como un puto perro.

Que no, que yo estos días me he sentido como Adrián Beovides.

Confío en que gracias a todas esas notas podáis ver un nuevo post sobre el viaje cada semana que decidáis pasaros por mi blog de aquí a diciembre. También aviso de que estos posts contarán con enlaces entre ellos que van a convertir el proyecto en una orgía de hipervínculos que os harán sentir como si fueseis Teseo preguntando dónde está el baño de caballeros del laberinto para poder entrar a vomitar del mareo que os va a dar saltar constantemente entre historias. Intuyo que la mayoría de entradas tendrán una longitud decente, en otras me iré tanto por las ramas que podré dividirlas en dos en un acto de ruindad que no os merecéis, y algunas resultarán insultantemente cortas. Como ésta que estáis leyendo ahora, por ejemplo. Que termina ya, pues sólo me queda deciros que este mismo lunes os quiero a todos aquí, bien limpitos y peinados, que empieza la turra.

Al final las expectativas ante todo esto han acabado animándome, mira tú. Así que qué coño, feliz dos mil veinticinco. Y como tengo el sentido del humor de un crío de nueve años, por el culo os la hinco y tal.

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sábado, 28 de diciembre de 2024

Entrada vespertina desahogadora

Es muy probable que no os hayáis dado cuenta, pero yo siempre publico las entradas de este blog en días de diario a primera hora de la mañana. Teniendo esto en consideración, os preguntaréis qué hago un sábado por la tarde dándoos la turra. Lo que ocurre es que me acaban de pasar unas cositas de ésas que le ponen a uno la paciencia y los nervios al límite, por lo que estoy aporreando frenéticamente las teclas de mi ordenador para liberar tensiones, ya que la alternativa a esto es vaciarme una botella de Jack Daniels. Y eso es algo contraproducente teniendo en cuenta que yo mañana pretendo salir a correr.

Si llegáis al final del post y pensáis que lo que me ha pasado no es para tanto, sabed que ME DA IGUAL.

Antes de empezar, he de indicar que los austriacos tienen el hábito de descalzarse al entrar en las casas, y tiene su lógica. Con este acto, microbios y suciedad en general se quedan a la entrada y hay que preocuparse menos por la limpieza del suelo. Nosotros hemos adoptado esta costumbre de buen grado, y aunque es cierto que en nuestro propio pisazo contamos con zapatillas de andar por casa porque no somos animales (en Irlanda también lo hacíamos, pero en aquel caso era debido a que allí usan moquetademierda®), cada vez que visitamos un domicilio ajeno nos quedamos con los calcetines al aire.

¿Por qué empiezo comentando esto? Pues porque hace un par de horas, estando yo a punto de salir, me he puesto el abrigo y me he calzado las botas con las que poder enfrentarme a la fría tarde, y antes de cruzar la puerta he descubierto que mi cartera estaba fuera de mi alcance. Para ser exactos, estaba dentro de la mochila que he llevado al gimnasio por la mañana. Y la mochila, a su vez, estaba dentro del dormitorio. Esta situación me ha planteado un dilema: ¿me descalzo de nuevo y voy a por ella o entro en la habitación con las botas, llenando el suelo de detritus en el proceso?

Al final, la pereza ha ganado el debate y he optado por una tercera opción: salir de casa sin cartera. En el bolsillo de mi abrigo contaba con diez euros y, por otra parte, se supone que puedo pagar con mi móvil, ¿no? Quiero decir, mi novia lo hace a menudo y yo, aunque no lo he hecho nunca, intuyo que también puedo. Además, la tarea a la que debía enfrentarme allende nuestro pisazo no requeriría realizar gasto económico alguno.

Dicha tarea, que no lo he dicho, consistía en cuidar de una gata. En estos días en los que todos os largáis a disfrutar de las navidades en familia u os pegáis viajazos por motivos que no entiendo a sitios en los que hace frío y hay pocas horas de luz, yo me quedo en casa. Por ello, le estoy haciendo el favor a una amiga y me paso a diario por donde vive para asegurarme de que su gata sigue viva, cepillarle un poco el pelo, darle algo de comida húmeda, limpiarle el arenero de cacas y pises, cambiar el agua de su cuenco de porcelana y hacerle un poco de compañía en general para que no piense que el ser humano la ha abandonado por completo.

La gata. Un sol, por otra parte

En otras ocasiones ella cuida de nuestros gatos y nos lo agradecemos regalándonos chocolate.

Aclarado el motivo de mi salida, sigo con el relato. He montado en mi bici y pedaleado unos diez minutos hasta la casa de mi amiga. Tras candar mi vehículo de dos ruedas en la puerta, he subido a su domicilio y he sido recibido por el gracioso "ñeeeeeee" que la gata suele emitir constantemente, pues maúlla con un acento muy raro y a la vez muy entrañable. Tras suministrarle la comida húmeda (no me deja en paz hasta que lo hago), he procedido a transportar el cuenco de agua, lleno a rebosar, al cuarto de baño, con la intención de vaciarlo para acto seguido rellenarlo con agua fresca. Sin embargo, por el camino, se me ha resbalado de entre los dedos y, emulando al CEO de Mango, se ha hecho añicos contra el suelo:

Jerónimo

Como recuerdo, el accidentado cuenco ha dejado un estupendo charco que no he sabido cómo secar, habida cuenta de que no he dado con ningún trapo o similar en el piso de mi amiga que me ayudase a tal fin (tampoco es que me haya puesto a rebuscar por armarios y cajones, pero entendedme, que está feo hacer eso en casa ajena).

A todo esto, la gata, habiendo acabado su comida húmeda, se ha acercado con su "ñeeeeeee", indicando que quería más. Yo, que estaba ocupado diciendo muchas palabrotas, le he dicho "ahora vuelvo" y me he dirigido a la tienda de mascotas más cercana deseando que tuviesen el mismo ejemplar cuenquil para no dejar señal de mi torpeza. Pero no ha sido así, por lo que he tenido que optar por otro modelo diferente aunque no menos cuqui. Lo bueno de este viaje inesperado al local es que he podido adquirir también algo de comida húmeda para mis propios gatos que no tenían la última vez que pasé por aquí hace un par de días.

El total superaba los diez euros. Sin embargo, al echar mano de mi celular e intentar pagar con él como hacéis los jóvenes, sólo he obtenido mensajes indicando que necesitaba configurar toda esa mierda. Nervioso ante las circunstancias y ante la situación en sí, le he dicho a la cajera que la comida húmeda se iba a quedar allí y sólo he pillado el cuenco que he podido abonar gracias al billete de diez que había en el bolsillo de mi abrigo al principio de esta historia.

El siguiente paso en mi plan para resolver el desastre ha consistido en completar configuraciones en mi móvil y aceptar todos los términos y condiciones de turno que, al igual que vosotros, nunca me molesto en leer, mientras me dirigía al supermercado para comprar algún producto que me permitiese secar el charco. ¿Vosotros sabéis lo que es una fregona? Bueno, pues los austriacos no. En el local no vendían fregonas y he tenido que conformarme con un par de mopas.

Al ir a pagar me he encontrado con una fila de clientes interminable. Algo que también es habitual entre la gente de este país es gritarle a la cajera o cajero que abran más cajas para agilizar el proceso de pago, pero es un acto que encuentro de un clasista asqueroso, por lo que he preferido tirar por las autocajas.

La situación que me ha ofrecido esta alternativa tampoco ha sido muy halagüeña: de tres autocajas, una estaba fuera de servicio, otra mostraba una pantalla del software de cobro muy extraña y la tercera estaba ocupada por una punki enfrascada en adquirir litros y litros de alcohol (imagino que ella no tendría pensado salir a correr mañana). Tras un par de minutos peleándome con los ilegibles mensajes de la pantalla, una reponedora, alertada ante el humo que empezaba a salir por mis orejas, se ha acercado y ha tocado no sé dónde, permitiendo que pudiese por primera vez usar mi móvil para efectuar un pago y largarme de allí.

Y he vuelto al piso en el que me esperaba el charco. He de decir que todos estos viajes han durado muy poco porque, gracias a Dios, vivimos en una ciudad de quince minutos, por mucho que a algún que otro fascista ignorante esto le parezca una mala idea. Una vez dentro, he rellenado el nuevo cuenco con agua, me he pasado un buen rato en cuclillas sirviéndome de las mopas para secar el suelo (escurriéndolas con mis manos en el retrete varias veces), he limpiado la arena de la gata y he recogido todos los trocitos de cuenco con la intención de deshacerme de ellos al salir, no sin antes hacerles una foto porque confío en encontrar uno igual que lo reemplace:

DEP cuenco

Y me he vuelto con una acumulación de mala hostia rebosante y con la intención de contarlo todo. Lo primero que he hecho al llegar a mi casa ha sido, efectivamente, quitarme las botas. Y lo segundo, cambiarme de calcetines. Porque no lo he dicho, pero como yo soy un muchachito educado que se adapta a las tradiciones locales que no conllevan tratar con desprecio al personal de cajas del supermercado y se descalza al entrar en hogar propio o ajeno, todo lo que he hecho (y que habéis leído con una paciencia impagable) desde que el cuenco ha hecho patacrás, lo he hecho con los calcetines EMPAPADOS.

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miércoles, 11 de diciembre de 2024

España tenía que ser III. Americanos, os recibimos sin alegría

He de confesar que la historia que estoy a punto de contar me parece especialmente maravillosa. Aunque si tenemos en cuenta que la misma comienza con un avión que se estrella sin que haya supervivientes, podréis decirme con toda la razón del mundo que soy especialmente miserable. Pero estoy convencido de que a vosotros también os va a gustar. Al menos si os la cuento tal y como yo la imagino.

Por otra parte, no necesito que vengáis a decirme que soy un miserable porque eso es algo que ya sabía.

El susodicho avión, un P-3B Orion perteneciente a la Marina de los Estados Unidos, tomó tierra en el sentido literal de la expresión la mañana del once de diciembre del setenta y siete en El Hierro (sí, hace hoy exactamente cuarenta y siete añitos). Que uno piensa en las Islas Canarias y se imagina un clima estupendo entre primaveral y veraniego, pero no fue el caso en la mañana de autos. Y es que hacía un tiempo de mierda con una niebla que ni una película de Tim Burton, oye.

Usando términos técnicos, podría decirse que la aeronave se llevó un hostión que te cagas. Este hecho, unido al incendio de su combustible, provocó que la falda de la montaña acabase alfombrada de trocitos de avión (y de marines, no olvidemos), constituyendo un espectáculo nada bonito de ver.

fuente: Gaceta del Meridiano
...Y bum, se convirtió en chocapic

Al poco de ocurrir el suceso, varios efectivos de la Guardia Civil (aviones y la Benemérita se unen por segunda vez en este blog) y del Ejército hicieron acto de presencia con la intención de, en primer lugar, poner algo de orden en aquel caos y, en segundo lugar, responder a la siguiente pregunta:

¿Qué coño hacía un avión de la US Navy sobrevolando suelo ejjjpañol sin avisar?

La respuesta (y el follón que se armó después) llegó de manos de un cabo de la Guardia Civil, quien localizó entre los restos de la nave siniestrada un esclarecedor dossier, el cual incluiría todos los detalles y tecnicismos relativos a un plan con el que los yankis planeaban liar la de Dios es Cristo contra la recién estrenada democracia española. Y, para más guasa, dicho plan habría sido bautizado por los americanos con el carpetovetónico nombre de "Operación Manuel".

Siguiendo la dirección opuesta a la que recorrían las instrucciones a seguir durante el eclipse en el chiste de Eugenio, la comunicación sobre la "Operación Manuel" corrió escalafón arriba hasta llegar a las altas esferas gubernamentales. Desde el Ministerio de Asuntos Exteriores se le pidieron explicaciones a la Embajada de los Estados Unidos, y yo no puedo evitar imaginarme a alguien del Ministerio llamando a los americanos y manteniendo una conversación como si aquello fuese un monólogo de Miguel Gila:

—Oye, ¿qué coño pasa con vosotros?

—¿Disculpe?

—Que no os hagáis los tontos. Que sabemos que estáis tramando una de las vuestras y que nos la queréis meter doblada.

—Lo siento, pero no sé de qué me está hablando. ¿Esto es por lo del avión?

—Mira cómo sí que sabéis de que va esto. Exacto. El avión QUE NO APARECÍA EN NUESTROS SISTEMAS DE DETECCIÓN.

—Vale... Pero esto ya lo habíamos explicado, ¿no? Es que la tripulación recibió órdenes de apagar la radio y el radar, que estaban peinando la zona entre Azores y Canarias porque nos había llegado el soplo de que los rusos habían desplegado submarinos por allí...

—Joder, qué bien os vienen los rusos cuando queréis, coyotes. Pero eso no explica por qué el avión acabó sobrevolando suelo español.

—Sí, eso fue en parte culpa de los pilotos y en parte culpa nuestra... Es que la noche anterior tuvieron fiesta, ¿sabe? Un espectáculo itinerante que está estos días recorriendo las bases para levantarle la moral a la tropa ahora que se acercan las navidades y tal. Y claro, el Jack Daniels se les fue un poquito de las manos y a la mañana siguiente no es que andasen muy católicos como para ponerse a buscar submarinos... Pero el deber es el deber, ya sabe como son estas cosas.

—Que tuvieron fiesta.

—Que sí, que sí. Pero palabra que fue un error. Que tenían orden expresa de no meterse en ningún país, de verdad. Y encima estaba el problema del mapa que tenían. Fíjese que le faltaban islas.

—Le faltaban islas.

—Como lo oye. El Hierro, La Gomera y otra que no me acuerdo. Entre eso y la niebla que se preparó en la zona, pues al final pasó lo que pasó. Pero que fue un accidente, de verdad.

—Mirad, que no cuela. Ni fiesta, ni mapa ni leches. Que sabemos lo de la operación que estáis preparando. Pero si tenemos los documentos y todo.

—No sé de qué me habla.

—Huy, que no. "Operación Manuel", ni más ni menos. Coyotes, que sois unos coyotes.

—Mire, le juro que no sé a qué se refiere. Aquí no estamos al tanto de ninguna operación y yo ya le he dicho todo lo que sé del tema.

—Me cago en mi vida... Quiero hablar con un superior YA MISMO.

Vale, es posible que los hechos no ocurriesen así exactamente, pero el que está contando la historia soy yo. De todas formas, los americanos mandaron a unos expertos a El Hierro para aclarar la situación (o para eliminar las pruebas, USA style). Y, una vez más, me apetece echarle un pelín de imaginación a una escena que podrían haber representado los de Gomaespuma. Esta vez protagonizada por la clásica pareja de hombres de negro con su traje, sus rayban de aviador y su cara de haber desayunado vinagre entrando en el cuartel de la Guardia Civil de la isla canaria:

—Buenos días, somos los expertos. ¿Es usted el agente que dice tener un dossier nuestro o algo así?

—Sí señor, el mismo. Y lo tengo aquí detrás guardado con llave que con ustedes los americanos nunca se sabe.

—¿Le importaría enseñárnoslo?

—Faltaría más. Y así nos aclaran las cosas, que nos tienen contentos con tanta operación y tanto secretito y tanta leche. Un segundo, que lo saco del cajón... Aquí está. Miren, bien claro que lo pone en la portada: "Operación Manuel". Bueno, algo así, que esto está escrito en inglés y yo no controlo muy bien el idioma. Es que en mi época lo que se estudiaba en el colegio era francés, ¿saben? En fin, que me voy por las ramas. Ustedes sabrán qué explicación le dan a esto.

Insisto, seguro que no fue así, pero decidme si no es maravilloso imaginar a dos expertos estadounidenses a los que han enviado al culo de las Islas Canarias, plantados ante un cabo de la Guardia Civil que les lanza una desafiante mirada al tiempo que da golpecitos con el dedo sobre el dossier medio calcinado que reposa en la mesa que se encuentra entre ellos. Dos expertos que miran el documento, que después se miran entre sí, que a continuación miran al cabo, que se vuelven a mirar entre sí... Un bucle de miradas llenas de incredulidad que uno de ellos rompe cuando le dice al cabo:

—Caballero, lo que pone ahí es "Manual Operating". Eso que ha recogido usted es el manual de operaciones del avión.

Y si alguien quiere conocer más detalles acerca de esta historia, que le eche un ojo a este artículo de Juan Ignacio Viciana que yo acabo de copiar que me ha inspirado para escribir la entrada que acabáis de leer. Y que os ha gustado, reconocedlo.

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jueves, 5 de diciembre de 2024

Lectura obligada y II

Acabemos con esto, por favor.

Hace demasiados meses escribí una entrada en la que comentaba cómo me había empezado a pelear con un libro maldito como el de El nombre de la rosa (o eso creo, pues ni me he leído la novela de Umberto Eco ni he visto entera la peli, pero me suena que por ahí van los tiros). La maldición en este caso se traducía en que cualquiera que se enfrentase a sus páginas se veía invadido por un tedio absoluto que le impedía avanzar más allá de un puñado de páginas.

Pues bien, al final conseguí leerme el puto libro de principio a fin. Y sí, vaya peñazo, oye.

Originalmente, yo contaba con plasmar aquí un huevo de ideas fruto de dicha lectura y de las notas que tomé en el proceso, pero debido a un par de problemillas (la dueña del libro me ha pedido que se lo devuelva y las notas son una mierda ilegible de las que apenas puedo sacar nada en claro) me va a costar Dios y ayuda redactar una entrada medianamente decente, por lo que no me hago responsable de lo que mi cerebro decida hacer a partir del siguiente párrafo.

Dejé el libro en un punto en el que el autor le pegaba un bonito repaso a todos los economistas que van de agoreros y luego demuestran ser unos cantamañas (lo cual me hizo recordar las sabias palabras de mi mejor amigo, quien solía decir que la Economía no tiene nada de ciencia porque no ha conseguido prever NADA). Las siguientes páginas son una constante exaltación del liberalismo y de grandes empresas como... Ryanair. Sí, el coche de línea con alas. También hace una comparación entre los escritores Joyce y Yeats, dejando caer que el primero es más de trabajo asalariado y el segundo de trabajo por cuenta propia.

Qué queréis que os diga, a mí los dos me parecen un coñazo. Por lo cual cada año me sorprendía ver cómo los irlandeses eran capaces de exprimir el Bloomsday, teniendo en cuenta que en dicha festividad todo giraba en torno al Ulises, otro tocho tan infumable como el que me está obligando a escribir esto.

Por cierto, un compañero de un anterior trabajo estaba muy a tope con lo del Bloomsday. Hasta salía disfrazado de época con su madre y todo. Pero también era un pavo raro de cojones, y quizá eso explicase muchas cosas...

Tras dar la tabarra con la economía, el libro pasa a hablar de la sociedad irlandesa y de qué la caracteriza a día de hoy, al menos en Dublín. Y nada tan característico de la capital del Liffey como los putos hipsters y la gentrificación. Cierto es que mientras vivíamos allí vimos como varias zonas en evidente decadencia tras un pasado industrial pasaban por un lavado de cara consistente en la construcción de pisazos que ni vosotros ni yo nos podremos permitir jamás y la apertura de establecimientos pijos con más opciones veganas que carnívoras en el menú (con precios astronómicos, of course) y muebles de madera vieja. De todas formas, dichas zonas nos pillaban lejos de casa, así que sólo pasamos por ellas un par de veces.

Pero no sólo de hipsters vive Dublín. El autor también le da lo suyo a los pijos en general (aunque me da que él mismo es uno de ellos). Concretamente, a los que viven en las afueras, más allá de una autovía de circunvalación M-50 que cada día sufre atascos de la hostia. El motivo por el que se mete con ellos es porque en general están en contra de que se cambie una sola piedra de sitio, y ahí tengo que darle la razón a nuestro amigo liberal. Y es que no fueron pocas las veces que mi novia y yo viajamos en avión fuera de Irlanda, bien porque queríamos visitar a la familia, bien porque nos daba la gana escapar unos días de aquel eterno invierno; y el aeropuerto de Dublín, aparte de estar MUY lejos de la capital, sólo es alcanzable por carretera. Esto implicaba pasar más de una hora en un autobús de los que te quitan las ganas de vivir o soltarle ochenta euros a un taxista (ochenta euros hace siete años. No me quiero imaginar cuánto costará ahora). Existe un proyecto (que más que proyecto, a estas alturas es una leyenda) que propone llevar una línea de metro del centro a las terminales, pero teniendo en cuenta a qué ritmo avanzan estas cosas en Irlanda, me da a mí que la isla se hunde antes de que podamos ver un vagón de metro por allí.

Como dato curioso, os diré que algún que otro año cometí la temeridad de acompañar a mi novia al aeropuerto la víspera de Navidad (pues yo soy más de dejarlo para enero) y luego me recorría ANDANDO los más de catorce kilómetros de camino de vuelta, parando en algún Tesco para comprar la pizza que sería mi cena de Nochebuena. Pues bien, una vez me llevé la cámara y saqué fotos de dudosa calidad cromática que os voy a enseñar ahora porque sé que a vosotros tanta letra sin dibujitos os marea:

Estelas de luz porque TAMBIÉN cargaba con un trípode

Iglesia de San Nosequién

A ésta la llamo "Mi primer día usando Lightroom"

Más estelas de luz y tal

A esta otra la llamo "Street photography pero poco"

Y para terminar, la decadencia de las fachadas dublinesas. A los que defendéis esta arquitectura tan horrenda os hacía yo vivir ahí dentro una temporada

Volviendo al libro, el autor también menta a los MAMILs sin que yo me acuerde muy bien del motivo. Y es curioso, pues descubrí este concepto antes de verlo en vivo gracias al blog de Vicisitud y sordidez. A quienes no hayáis tenido la suerte de oírme hablar de ello en persona, os diré que MAMIL son las siglas de Middle Age Men in Lycra. Vamos, cuarentones que, sin una forma mejor de lidiar con la crisis de mediana edad, se gastan un pastón en una bici de carreras, otro pastón en ropa de ciclista ajustadísima y se hacen la ruta de casa al curro y del curro a casa (suelen ser muchos kilómetros) en este vehículo de dos ruedas, y cuando llegan a la oficina lo hacen repartiendo olor a sudor y vergüenza ajena a partes iguales. Vale, las oficinas irlandesas cuentan con duchas, pero recuerdo más de un compañero pasando por esta fase y ver su ropa de licra tendida junto a su puesto suponía una tortura para la vista, el olfato y el buen gusto.

Sí, yo también iba en bici al trabajo, pero no convertí mi medio de transporte en una personalidad, no me jodáis.

Más cositas que aparecen: un rapapolvo a Donald Trump (la primera vez que fue elegido currábamos en aquel call center y la noticia provocó un multitudinario "gasp" entre el personal) y a los fachas irlandeses en general. Lo cual me hizo levantar una ceja porque no me constaba que quedasen muchos. Al menos organizados políticamente. Luego otro poquito de crítica a los impuestos, más basura neoliberal, bla bla bla... Y una mención al leaving cert.

El leaving viene a ser el equivalente a la Selectividad, la EBAU o como se llame hoy en día. Y como no tengo mucho que decir acerca de la irlandesa, os voy a hablar de la mía, que para eso éste es mi blog.

Después de terminada la guerra europea, en febrero de mil novecientos diecinueve, la huelga que comienza con la empresa de energía eléctrica La Canadiense se extiende hasta convertirse en huelga general en todas las industrias de Barcelona durante cuarenta y cuatro días. En diciembre de mil novecientos diecinueve, la federación patronal crea los llamados sindicatos libres o amarillos, formados por esquiroles, delatores, rompehuelgas y por pistoleros cuya misión consistía en dar muerte a los dirigentes sindicales y a los obreros recalcitrantes.

¿Cómo os quedáis? Espero que con el culo tan torcido como el profesor que tuvo que corregir mi examen de Historia de España. Me tocó desarrollar el periodo de entreguerras y entre otras maravillas le clavé el párrafo anterior. Un fragmento de la peli La verdad sobre el caso Savolta que aprendí de memoria (y aún recuerdo) porque suena al principio de la versión que hizo el grupo Puagh de la canción A la huelga de Rolando Alarcón.

Aprobé el examen con muy buena nota. Y en el de matemáticas saqué un nueve sobre diez después de haber estudiado durante veinte minutos mientras me tomaba un café. La única prueba que suspendí fue Geografía, con un cuatro y medio, pero me daba todo igual porque yo no tenía pensado entrar a la Universidad y si hice selectividad fue por insistencia de mis padres. Pero dejemos a un lado este inciso en el que demuestro una vez más que soy la hostia y volvamos al tema que nos ocupa.

De hecho, no. No volvamos. Aún me toca analizar cómo el autor ensalza, entre otros, a Uber y el bitcoin, se mete con los fondos buitre y los nuevos ricos que especulan a saco con la vivienda en el país pero no sugiere una expropiación a nivel nacional como Mao manda, sugiere que las multinacionales establecidas en Irlanda paguen impuestos en forma de acciones y termina hablando de no sé qué boda entre un católico y una protestante o algo así. Y, seamos sinceros, ni yo quiero escribir sobre ello ni vosotros queréis leerlo. Así que mejor os dejo ir en paz y yo me largo a buscar un libro que sea más interesante.

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jueves, 7 de noviembre de 2024

España tenía que ser II. Agüita amarilla

No me podéis negar que nos vamos a la mierda, ¿eh? A nivel internacional, un fascista de color naranja vuelve a la Casa Blanca por Navidad; aquí, en Austria, los fascistas están pillando sitio como hicieran sus predecesores hace casi cien años; en España, la riada que se ha llevado media Valencia ha dejado la otra media bajo una capa de barro y una capa de mierda fascista que va a costar Dios y ayuda limpiar... No sé vosotros, pero yo, cada vez que echo un ojo a las noticias o piso una red social pierdo un poco más de pelo. Por ello, he de recurrir con frecuencia a lo que llamo "burbujas de evasión": esos ratos en los que aparto la vista del mundo para poder coger aire antes de tener que volver a cagarme en todo.

Una de esas burbujas es Expediente X, que la tenía pendiente desde hacía décadas. Resulta reconfortante pasar cuarenta y cinco minutos de cuando en cuando viendo a los dos protagonistas persiguiendo marcianitos, fantasmas o la frikez de turno parida por sus guionistas en un tiempo en el que no existían smartphones y las temporadas tenían veintipico capítulos con una trama sencillita de digerir en lugar de ocho trepidantes que hay que ver YA so pena de que te comas un puto spoiler. Que uno llega a los títulos de crédito de cada episodio como si volviese de un paseo agradable por el bosque, no como si acabase de bajar del Ratón Vacilón. Y eso se agradece, oye.

fuente: fox
¿Hay sitio en el OVNI del póster? Que me quiero ir

Otra burbuja en la que suelo meterme es el podcast El dragón invisible, que es a su vez un programa de radio manchego (y un campo de nabos, todo sea dicho). Sus entregas, de una hora de duración, tocan temas de todo tipo que van más allá de las chorradas paranormales de turno, pues también tocan palos que tienen que ver con ciencia e historia. Por ejemplo, acabo de escuchar el que trata acerca del Campo de radiación gamma de El Encín. Yo no estaba al tanto de ello, pero a raíz de esto me he acordado de una anécdota también relacionada con el asunto nucelar que ocurrió hace hoy exactamente (pero qué tino tengo, joder) cincuenta y cuatro años en esa época de la historia de España que fue más en blanco y negro de lo que debería.

Lo que yo os decía, fascismo por todas partes. Hasta en mi blog.

La primera vez que oí hablar del tema fue en un episodio de Histocast, OTRO podcast que solía seguir pero dejé de hacerlo porque sus capítulos llegan a durar hasta cinco horas y yo tan inteligente no soy. Existe un artículo de El país que lo describe en detalle, pero para poder acceder al mismo hay que estar suscrito y paso. Por suerte, alguien tuvo los huevos en su día de copiar el artículo íntegro en una proyección de diapositivas y subirla a internet como si fuese un trabajo propio, y yo estoy a punto de hacer lo mismo para contaros la historia a vosotros. Pero primero, algo de contexto.

Resulta que a finales de los cuarenta se creó en España, así sin que se enterase mucha gente, la Junta de Investigaciones Atómicas. Años más tarde pasaría a llamarse Junta de Energía Nuclear, y aunque públicamente se anunció que el objetivo de dicha junta era la investigación en medicina y agricultura, en realidad se buscaba obtener plutonio para fabricar una bomba atómica patria, el sueño húmedo del almirante y primer astronauta español Luis Carrero Blanco.

En QuantumFracture hay un vídeo guapísimo que explica todo esto, por cierto. 

Con el paso de los años, la JEN fue creciendo y adquiriendo material con el que poder llevar a cabo pruebas cada vez más complejas (reactores nucleares y otras movidas tochas, para que me entendáis). Una de dichas pruebas hizo necesario que la mañana del siete de noviembre de 1970, a eso de las once, los técnicos del centro situado en la madrileña Ciudad Universitaria tuviesen que trasvasar setecientos litros de agua contaminada de uno de los tanques del reactor al depósito de tratamiento de residuos. Y cuando digo "agua contaminada" me estoy refiriendo a desechos tales como estroncio-90, cesio-137, rutenio-106 y un pelín de plutonio, que ni vosotros ni yo sabemos muy bien qué son pero nos acojonamos sólo con oir esos nombres, ¿verdad?

De todas formas, toda esa mierda iba derecha al susodicho depósito, ¿no? Pues... No exactamente. Y es que algún lumbreras responsable del trasvase no estuvo atento, o se perdió unas cuantas partidas del Pipemania, pero a los cinco minutos los técnicos se dieron cuenta de que, como si de los litros de alcohol que corren por las venas de Ramoncín se tratasen, litros de agua contaminada con residuos nucleares corrían por el desagüe y se dirigían al río Manzanares.

Y entonces alguien haría algo al respecto, ¿no? Pues... (segundo pues) al menos no inmediatamente. No he logrado encontrar el motivo, pero aquel vertido se siguió produciendo durante horas, hasta las tres de la tarde aproximadamente.

Bueno, pero se tomarían medidas una vez finalizó el vertido para solucionar aquello cuanto antes, ¿no? Pues... (y van tres) se me ha olvidado mencionar que el siete de noviembre de 1970 fue SÁBADO, así que los responsables del follón miraron sus relojes, se miraron unos a otros, se encogieron de hombros y decidieron que de quedarse a echar horas un sábado por la tarde, nanay. Que ya arreglarían aquella movida el lunes, por muy nuclear que fuese. Y si hay algo más español que esto, que baje Dios y lo vea.

Clase rápida de Geografía: el Manzanares desemboca en el Jarama. Y el Jarama en el Tajo. Y el Tajo recorre España y llega a Portugal antes de morir en el océano Atlántico. Muchos kilómetros y mucha agua que los campesinos de la zona, en aquella época, usaban para regar sus huertas.

Tarde y mal (y no me extraña, con la actitud que tuvo el personal), se recogieron hortalizas en la zona que, para sorpresa de nadie, estaban contaminadas. De todas formas, se tomaron estrictísimas medidas de contención tales como enterrar dichas hortalizas en un terraplén cercano o recomendar DOS MESES DESPUÉS DEL INCIDENTE no consumir los vegetales que creciesen en la zona afectada. A buenas horas, cuando las cosechas ya habían sido recolectadas, comercializadas y consumidas por cientos de personas.

Pero bueno, parece ser que no hubo que lamentar un disgusto a nivel nacional como el que ocurriese años antes por culpa del orujo metílico (lo tengo pendiente y ya os contaré al respecto, tranquilos). El único problema real aquí fue la ocultación de información a la población, ya que, aparte de alguna filtración que acabó en los periódicos al año siguiente, no se supo del incidente hasta 1994, cuando los documentos oficiales fueron desclasificados.

Por ello, cada vez que oigo que alguien siente nostalgia por este capítulo de la historia tan feo, le deseo una ensalada bien aliñada de mierda radiactiva. Y si le sienta mal, que sea un buen patriota y se espere al lunes para mirárselo.

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jueves, 5 de septiembre de 2024

Yo vs. el alemán. Duodécimo asalto

Como si de una estrella de Hollywood en horas bajas se tratase, estoy dedicando estos días a seguir un tratamiento de desintoxicación en un lugar de retiro. Aunque mi caso no tiene nada de glamuroso. Lo que ocurre en realidad es que la casa del sur de Granada en la que estoy pasando mis vacaciones de verano no tiene cafetera. Y como yo soy de los que se ventilan tres o cuatro cafés cada día, la falta de cafeína me tiene convertido en una especie de zombi que ha pasado una mala noche.

Para poder superar el mono, o hasta que deje de creerme Drew Barrymore y me meta en el primer bar de este pueblo y me trinque un café como Dios manda, voy a dedicar mis ratos libres en los que no me encuentre corriendo entre invernaderos, a remojo o durmiendo como un ceporro a contaros cómo este muchachito de Valladolid acabó enganchado a la cafetera bebida. Pero antes, dos cositas: en primer lugar YA SÉ que el título de esta entrada promete que voy a hablar de mi actual batalla contra el idioma germano. Y lo haré justo al final, pues la anécdota que quiero contaros es muy corta y me toca rellenar (aunque a estas alturas ya deberíais estar acostumbrados a esta clase de jugada). Y en segundo lugar, estoy escribiendo estas líneas en mi móvil, lo cual es un coñazo, por lo que no garantizo tener paciencia suficiente para daros la turra que os merecéis.

Paradójicamente, mi primer encuentro con la negra bebida no tuvo nada de agradable. El mismo tuvo lugar una tarde de viernes de principios de los noventa, siendo yo un mocoso de cinco o seis años. Quienes me conocéis y/o seguís este blog sabréis que por aquel entonces servidor ya era raro de cojones, y para muestra un botón: en la tarde de autos, justo habiendo acabado de comer, me encontraba jugando felizmente con... una pajita. Sí, de ésas que ahora son de papel y antes eran de plástico. Mis padres, por su parte, recogían la mesa y se preparaban para nuestra expedición semanal a Continente con el fin de llenar el frigorífico. El café que mi padre pretendía ingerir de postre reposaba sobre la mesa, y en cierto momento en el que me quedé a solas en la cocina (que es donde comíamos y hacíamos la vida, aclaro), me percaté del vaso humeante, de la ausencia de adultos a mi alrededor y del objeto que me estaba entreteniendo y, tal y como estaréis imaginando, hice uso de la pajita para meterle un tiento importante al café. Café solo y sin azúcar, aclaro.

La cara de asco aún me duraba cuando volvimos de hacer la compra.

Años después, siendo ya un adolescente con la cara llena de granos, el café y yo tuvimos nuestro segundo encuentro. Esta vez, en un restaurante militar pijísimo en el que mi abuela celebraba su setenta y tantos cumpleaños rodeada de hijos, hijos políticos y nietos (lo de que mi abuela tuviese acceso a tal lugar para conmemorar su onomástica lo explicaré o no otro día en el que también os relataré cómo, sin despeinarse, humilló a cierto cargo del Partido Popular). Una vez acabado el ágape, el camarero recorrió la mesa en torno a la que nos encontrábamos todos los miembros de aquella gran familia preguntando a cada uno, e incluyéndome, si queríamos café. Antes de que yo pudiese responder nada, mi madre, desde el otro extremo de la enorme mesa, y con un gesto serio como pocas veces le he visto, me soltó un rotundo "tú, con leche", temerosa de que mi bautismo cafetero, de no venir acompañado de zumo de vaca que lo rebajase, me produjese una posesión demoníaca, cuando no directamente una combustión espontánea.

fuente: Wikipedia
*Sorbito*

Aquel café de restaurante militar pijo, con leche y azúcar, me supo a gloria. Y fue el primero de miles.

Pasé así los siguientes años afianzando mi afición adicción. No voy a hablar mucho de esta época porque ya lo hice en su día y no me gusta repetirme.

El café con leche y azúcar se convirtió en mi bebida social, mientras que el café solo (en un vaso gigante de la peli Dinosaurio que, como el amor de Rocío Jurado, se acabó jodiendo de tanto usarlo) quedaba reservado para mis largas noches de estudio. Uno de mis planes favoritos consistía en pasar el rato en un bar en compañía de algún amigo o del periódico que hubiera disponible en el establecimiento al calor de un café con leche. En una época en la que lo habitual era pillarle el gusto a la cerveza, yo me negué a seguir esta norma no escrita y, a día de hoy, aún encuentro repugnante el simple hecho de pensar en el fermentado brebaje.

Este amor y odio por ambas bebidas me acompañó cuando visité Dublín por primera vez, siendo miembro de un grupo de treinta y tantos beneficiarios de una beca de Caja Madrid (el propio Rodrigo Rato nos hizo entrega del título a cada uno y aún me arrepiento de no haberme escupido en la mano antes de dársela). Nos tiramos mes y medio trabajando sin cobrar y teniendo que buscarnos el almuerzo, pero lo pasamos bien porque éramos jóvenes e ignorantes. Una de las primeras tardes de aquel verano de mentira, casi todos los becarios nos metimos en un pub para tomar algo y conocernos mejor. El camarero fue recogiendo órdenes, y la respuesta imperante fue a pint of Guiness. Yo, por mi parte, pedí a latte coffee, y a uno de mis compañeros (que no tenía muchas luces, he de decir) aquello le pareció aberrante. Me preguntó con una mezcla de incredulidad y desprecio: "¿cóóómo?" y yo me limité a mirarle en silencio con la cara seria que sólo alguien de Valladolid sabe poner. Mi contestación no verbal logró que el pavo dejase de hincharme los cojones, aunque lo intentó de nuevo con otra becaria disidente, quien solicitó al camarero que le sirviese a hot chocolate. El nuevo intento tocapelotas en forma de "¿cóóómo?" tuvo esta vez como respuesta por parte de la becaria un estruendoso eructo en su puta cara de ésos que te ahorran un viaje a la peluquería. Semejante rebuzno provocó que el pesado chaval, humillado que te cagas, no tuviese más remedio que buscarse otro sitio en el pub.

La becaria, triunfante, no se cambió de sitio. Y hoy, trece años después de aquello, sigue siendo mi novia. Pero no creáis que tan fabulosa cerdada fue lo único que me sedujo de ella. A lo dicho hay que añadir que, por ejemplo, más de una vez me suministrase de tapadillo algún que otro café obtenido en la máquina del museo en el que le tocó currar (sin cobrar, insisto. Y también insisto en lo importante que es que os afiliéis a un sindicato, niños).

Un año después de este evento, mi eructadora pareja y yo retornamos a la Isla Esmeralda para ver si esta vez podíamos trabajar cobrando, y aquello duró siete años. Durante este periodo pude afianzar mi hábito gracias a las cafeterías irlandesas y a mi segundo curro, donde tenía acceso a todo el café gratis que mis taquicardias pudiesen permitirse.

En Irlanda descubrí que, mira tú, un café con leche marida perfectamente con un desayuno de los que vienen con salchichas, judías, tocino y más ingredientes impensables para un europeo medio; y allí también fui abandonando los complementos y quedándome con lo esencial de la bebida: primero dije adiós al azúcar, y después a la leche. Por fortuna, el americano era fácil de obtener allá arriba, así que mi estancia allende el Cantábrico siempre fue placentera desde el punto de vista cafetero.

Y así llegué a Austria, gustando de beber café solo.

El problema es que los austriacos se las dan de italianos en este asunto, y aquí lo más parecido a un americano que se puede obtener es un Verlängerter (tela con el nombre, permitidme que os diga), que es más intenso y menos aguado, pero que se termina en un santimén y me hace sentir incómodo porque yo contaba con echar media tarde en el bar y el camarero aparece cada cinco minutos señalando mi taza vacía y preguntando que qué más quiero.

"Que te pires y que la próxima vez me pongas un café que dure más de dos minutos", pienso. Pero no lo digo porque no sé decir todo eso en alemán. No sé ni decir los colores en alemán. Veréis.

La mañana que mi novia y yo fuimos a tramitar nuestros respectivos Anmeldebescheinigungen (ahora no me apetece explicaros qué coño es eso. Llevo mucho rato escribiendo y os recuerdo que estoy haciendo esto desde el móvil), decidimos reponernos del esfuerzo burocrático tomando sendos cafés que pusieran en orden nuestras neuronas. Nos adentramos entonces en una cafetería de la Hauptplatz (la Plaza Mayor. Esto no me da pereza explicarlo) y mi novia se pidió un capuccino. Yo, como imaginaréis, un Verlängerter.

"Schwarz oder mit Milch?" me preguntó la camarera, pues aquí el café se pide negro o se pide con leche. Y mi idiota materia gris, que, para más inri, venía de hacer un papeleo que a pesar de llevar ya cinco años viviendo en Austria no sé ni cómo se escribe y he tenido que buscar, decidió usar la pregunta para montarse una improvisada clase de alemán en plan Barrio Sésamo (Sesamstraße, que dirían aquí) y darle vueltas al schwarz, al weiß, al grun, al rot, al gelb, etcétera (und so weiter, que dirían aquí). Este follón cromático mental provocó que mi cerebro decidiese combinar el negro (schwarz) y el blanco (weiß) en una palabra que se convirtió en la respuesta que di a la atónita camarera: Schweiß.

Schweiß, en alemán, significa "sudor".

Os podéis reír todo lo que os dé la gana, pero sabed que ahora mismo os mataría a todos por un café. Con leche o sin ella.

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