lunes, 1 de mayo de 2023

Yo vs. el alemán. Décimo asalto

A estas alturas ya deberíais estar al tanto de que en este blog se venera al dúo cómico Gomaespuma con la mayor de las devociones. Aunque tengo que reconocer que hay algo de postureo en dicha afirmación, pues quien escribe esta entrada tuvo que sufrir la desgracia de encontrarse escolarizado y, por consiguiente, no poder disfrutar en directo de las emisiones radiofónicas de los dos cómicos en la ya desaparecida cadena M-80 porque me pillaban en clase. Exceptuando el rato que pasaba escuchándoles de camino al instituto, alguna que otra vez en la que me tocó hallarme donde trabajaba mi padre por motivos que no os importan (y donde Gomaespuma era el hilo musical irreemplazable), una cinta de casete con sus mejores momentos que me aprendí de memoria y reposiciones a horas intempestivas, se podría decir que poco escuché yo a Gomaespuma para lo mucho que fardo de ello.

No obstante, recuerdo que uno de sus recurrentes números, el cual nunca fallaba en hacer mis delicias, era aquel en el que, para comentar noticias o situaciones que se salían de lo corriente o lo lógico, improvisaban un inventado subprograma dentro de su programa llamado "Expediente Renfe: historias de mucho miedo contadas a bordo de un tren". Tras una estudiada intro bajo la que se oía el tema de Twin Peaks, lo que en principio iba a ser un espacio sobre fenómenos paranormales se convertía en una chanza en la que siempre aprovechaban para dar cera a Miguel Blanco, el presentador del programa "Espacio en blanco" que la misma emisora programaba para las noches de los viernes y que, en este caso, yo no me perdía, a pesar de que me cagaba de miedo con lo que se contaba ahí porque yo era un chiquillo muy impresionable.

Que a qué viene esto, ¿verdad? Pues a que os voy a hablar de una cosa que me pasó hace no mucho en un tren y no se me ha ocurrido mejor forma de introducir el post, ya veis.

Y es que mudarme a Austria me ha hecho redescubrir el ferrocarril. En los siete años que pasé en Irlanda apenas pude viajar en tren porque, básicamente, allí no hay tren debido al meticuloso desmantelamiento que la red ferroviaria irlandesa sufrió durante el siglo XX. Uno puede subirse al DART que va de Howth a Greystones para ver lo cuqui que es la costa y ya. Joder, pero si es que la estación central de Dublín no tiene nada de central, que pilla a tomar por culo del centro...

¿Veis? Habida cuenta del traumita ferroviario que me dejó la Isla Esmeralda, no es de extrañar que ahora, cada vez que me adentro en la Hauptbahnhof de Graz (a diez minutos andado de casa que la tengo. Aprende, Dublín) o viajo en alguno de los vagones de la ÖBB, la compañía austriaca de ferrocarriles, sienta un gustirrinín de lo más agradable. A pesar de las zancadillas que el coronavirus nos ha puesto a todos, de momento he podido desplazarme en tren a Eslovaquia y Hungría, y también han caído varios viajecitos por la región a pueblos pintorescos, lagos muy bonitos y la fábrica de chocolate loquísima de la que ya os hablé en su día

Sí, el tren austriaco me hace sentir como si fuese una risueña Greta Thunberg a punto de desayunarse despreocupadamente los huevos de Andrew Tate

fuente: twitter
Mi historia también va de desayunos, pero no adelantemos acontecimientos

De todas las rutas ferroviarias del país, de la que os puedo hablar con más propiedad es de la que conecta Graz con la capital del país, pues por conveniencia soy usuario de la misma con cierta asiduidad. En algo menos de tres horas, su trazado comienza serpenteando junto al río Mur para minutos después adentrarse en el paso de montaña de Semmering y recorrer túneles y viaductos que se han ganado por derecho propio engrosar la lista de lugares Patrimonio Mundial de la UNESCO.  Este escenario de naturaleza, altas cumbres y barrancos, que nunca falla a la hora de dejarme boquiabierto por su espectacularidad, da paso poco después al bullicio vienés, con sus nuevos rascacielos fruto de un urbanismo inteligente que busca asombrar al espectador sin resultar desagradable. 

Y como colofón a esta magnífica experiencia visual, si uno quiere ir un poquito más allá y dirigirse al aeropuerto, puede disfrutar de las vistas que ofrece la horrenda refinería de OMV. La zona, por cierto, huele como la fábrica de tripas de celulosa que hay (o había, ya no sé) en Dueñas (Palencia). Un olor que no sé cómo describir pero que os puedo asegurar que no tiene nada de bonito.

Considerando la descripción que os acabo de hacer y habida cuenta de cómo soy yo. Adivinad de qué tramo os voy a poner foto a continuación.

Bingo, de la puta refinería:

Una foto que se puede oler

Venga, otra más y ya:

En mi defensa, he de decir que había una mujer en el vagón sentada delante de mí que también sacó fotos del engendro

La turra que llevo dada hoy, y todavía no me he puesto con la historia... En fin, intentaré darme prisa que se me está haciendo tarde y aún tengo que prepararme la cena. Resulta que hace unas semanas mi novia y yo tiramos de tren para ir a Viena, pues se nos había antojado ver Avatar 2 en IMAX, y la sala que hay en la ciudad en la que vivimos sólo ofrecía la versión doblada al alemán. Y si os parece un derroche gastar en dos billetes de tren, con su ida y con su vuelta, a lo que habría que añadir el precio de las entradas (porque el cine IMAX no tiene nada de barato), comer y cenar en Viena y gastos a mayores como una boa de plumas que desarmaría días después para elaborar un disfraz de ajolote (todo a su tiempo, tranquilos), os diré kemedaiwá, que la peli lo vale y que no me pienso bajar de ese burro.

Otro burro del que nunca me bajaré es el de los desayunos de McDonalds, pues sigo manteniendo que es difícil encontrar algo mejor cuando de comer fuera de casa por la mañana se trata. Y como en la estación de partida hay uno, mi plan consistió en hacernos con sendos para llevar y dar cuenta de ellos a bordo del tren como hacía Greta en la foto que habéis dejado a tomar por saco arriba porque no contaba yo con que esta entrada me quedase tan larga.

Ése era mi plan, y mi ÚNICO plan, he de aclarar, que con tanto no querer bajarme de burros a veces cometo el error de no contar con alternativas cuando las cosas no salen según lo previsto. Lo cual, precisamente, ocurrió en el día de autos, pues entre pitos y flautas acabamos llegando a la estación a dos minutos de que partiese el tren, resollando a causa de la carrera que nos tocó pegarnos y sin la posibilidad de pillar el ansiado desayuno. Y yo, como acabo de decir, no fui capaz de llevarme algo de casa para comer, ya que mi cerebro sólo consideró dos opciones: desayuno mcdonelero o hambre y mala hostia hasta nuestra llegada a Viena.

Llegados a este punto, mi novia y su paciencia infinita se encargaron de aplicar una solución que a mi cuadriculada materia gris no se le había ocurrido y que pasaba por hacer uso del vagón restaurante. Dicho vagón, además de (¡oh, sorpresa!) servir desayunos, se encontraba muuuy lejos, pues el convoy era largo como una mañana sin desayunar y mi novia y yo habíamos ocupado dos asientos con mesita justo al final, en el extremo opuesto al del restaurante. Dispuestos a no perder el privilegiado sitio y a mantener vigilados en todo momento abrigos y mochilas porque somos unos desconfiados asquerosos, acordamos que ella se encargaría de traer algo de comer y yo montaría guardia.

Tras varios viajes entre vagón restaurante y asientos, mi novia logró que en la mesita que había ante nosotros se desplegase un cebatil digno de aplauso: dos botellas de agua (de cristal porque quien se encarga de la vitualla en la ÖBB no le tiene miedo a NADA), un par de cafés, lonchas de queso y de jamón york a tutiplén, una cantidad nada desdeñable de rebanadas de pan, mantequilla, queso de untar y una tortilla francesa con queso por encima a la que atacar con cubiertos de plástico porque las temeridades se limitan a las botellas de agua. La simple contemplación de estas viandas sumió a mi cerebro en un estado de felicidad absoluta; sensación que se prolongó mientras jalábamos y el tren se abría paso entre peñas y riscos austriacos.

Estando a medio desayunar, y con la mente puesta ya en el diseño de mi disfraz de ajolote que poco después mi novia plasmaría en una de las servilletas sobrantes, el ferrocarril hizo breve parada en no recuerdo dónde, y pocos minutos después, una vez reanudada la marcha, vi como un hombre y una mujer de avanzada edad se acercaban por el pasillo. Él hizo una breve parada al hallarse a la altura de nuestros asientos, y en un par de segundos me dio tiempo a pensar cosas muy feas que paso a desarrollar porque total, mira la hora que es ya y yo sigo sin hacer la puñetera cena.

Sin rodeos. Mi relación con la gente de este país se ha estancado bastante. No sé si es que yo tengo mala suerte o qué, pero las pocas veces que me toca interactuar con austriacos suelo tener que enfrentarme a gente hosca y sin paciencia para cambiar al inglés o al menos hablar un pelín más despacio en alemán con este sucio inmigrante. Y como la falta de práctica provoca que los escasos conceptos que aprendo estudiando por mi cuenta abandonen mi cerebro como si fuesen ratas huyendo de un barco que se hunde, pues ni sé alemán ni tengo forma de aprenderlo. Si a esto añadimos que no es la primera vez que estando a mi bola, sentado en un asiento al azar, alguien viene a decirme que ahueque porque lo ha reservado para sí, tiene cierto sentido que la presencia de aquel hombre me pusiera un poquito a la defensiva, que pensase que nos iba a decir que los sitios ocupados por nosotros eran en realidad los suyos y que nos fuese a tocar recoger a toda prisa un desayuno que tendríamos que terminar sabe Dios dónde.

Lo que no tiene mucho sentido es que echase un vistazo rápido al cuchillo de plástico con el que me había untado de mantequilla una rebanada de pan sobre la que reposaba felizmente un trozo de tortilla francesa y que empezase a preguntarme qué merecería más la pena: si ver Avatar 2 en una sala IMAX de Viena o comprobar a cuánta distancia de la siguiente parada se encontraba la comisaría de policía más cercana. No obstante, el yayo me sacó de mi enfermizo ensimismamiento y me hizo caer en el estupor con una sola palabra acompañada de una amable sonrisa: Mahlzeit. Habida cuenta de la ristra de pensamientos negativos que os acabo de soltar, no es de extrañar que me quedase clavado en mi no reservado asiento, sujetando la rebanada de pan a medio comer, mientras mantequilla derretida comenzaba a derramarse por mi brazo (porque hay que ser gilipollas para untar mantequilla en pan y luego poner algo caliente encima, la verdad). Al final, pude reaccionar al tiempo que el matrimonio continuaba su camino por el pasillo, agradeciendo su comentario (porque seré un psicópata, pero soy un psicópata educado) y pensando que de aquí puedo sacar una lección de vida y otra de alemán, sabiendo que voy a olvidar ambas más pronto que tarde.

La de vida es que no todos los austriacos me odian. La de alemán es que Mahlzeit equivale a decir "que aproveche".

Y hablando de aprovechar, me voy a preparar la cena.


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lunes, 3 de abril de 2023

Elogio de un intento de estafa

Voy a empezar esta entrada metiendo unos versos de la canción de Robe (de quien hablaré más detalladamente en otra ocasión porque aquí hay tela que cortar) Nana Cruel:

Duerme, que ahí afuera
sólo hay monstruos, sólo hay gente
que te compra y que te vende,
que te odia y que te miente,
que te roba, que te mata,
que te viola y que no siente nada.

Uff. Qué anáfora más chunga, ¿no? Bueno, pues tengo la teoría de que el compositor extremeño, para buscar la inspiración que le llevase a escribir lo que acabáis de leer, pasó un rato revisando su bandeja de correo electrónico no deseado. Y es que MADRE MÍA lo que se llega a encontrar uno cuando se mete ahí. En serio, ¿cuándo fue la última vez que echasteis un ojo al spam? Yo lo tengo que hacer a menudo, pues hay veces que a mi proveedor de correo se le va la olla y considera erróneamente que mensajes legítimos de los que debería estar al tanto merecen acabar en esa mazmorra sin que yo me entere.

Y claro, eso parece un mapamundi dibujado en el Renacimiento. No sé si porque en los últimos años me ha tocado meter mi dirección de email en más portales y webs de lo recomendable, pero el contenido que me encuentro ahí asusta: ofertas para que compre toda clase de drogas con las que tratar la disfunción eréctil que aún no tengo, imitaciones burdas de empresas de mensajería invitándome a hacer el seguimiento de un paquete que no he pedido, amenazas de falsas agencias gubernamentales denunciando que he cometido fraude fiscal en países que nunca he visitado... Tal contenido me hace echar de menos el internet de hace veinte años, cuando la mierda que llegaba vía email se limitaba a mensajitos moñas con gifs animados de Piolín intentando que te sintieras mal si no reenviabas la morralla de turno a cuarenta de tus contactos.

A pesar de tan desolador panorama, el otro día (bueno, hace la hostia de tiempo, que he estado muy ocupado) recibí un mensaje en este plan que me dio ganas de desempolvar mi blog y compartirlo con vosotros. Vale que era un evidente intento de sacarme las perras, pero es que su contenido tenía chicha como para que yo escribiese una entrada a su costa. Estaba escrito en inglés, y aunque no tengo estudios de traducción e interpretación, y a pesar de que a veces confundo las palabras "librería" y "biblioteca" cuando me las encuentro en la lengua de Shakespeare, el pasado verano me saqué el avanzado de English por la Escuela de Idiomas (en modalidad libre, ojo), y ello me sirve para fardar un poquito por aquí al respecto y para poder traduciros el épico email (inconsistencias y errores incluidos, que quiero que disfrutéis de la experiencia de la forma más precisa posible) del que voy a hablaros de una puñetera vez.

El autor del mismo, con una clara falta de conocimientos en lo que a redacción se refiere, comienza dando un saludo muy mal escrito que hace saltar todas las alarmas desde la primera frase:

Hola querido en realidad, el motivo por el que le escribo ha sido una propuesta de negocio. Tras revisar su perfil, he decidido contactarle para una propuesta de negocio, parece que usted es una persona sincera.

"Tras revisar mi perfil". Pero, ¿qué perfil, alma cándida? ¿El de LinkedIn? ¿El de TikTok? ¿El de Fotolog? Aunque bueno, si también dice que me considera "una persona sincera", no creo que haya sido el de Instagram, que ahí todos somos unas ratas fingiendo vivir una vida que no es tal.

Tras esta intro, el autor cuela un giro geopolítico espectacular que me hizo levantarme a preparar palomitas la primera vez que lo leí:

Como dije anteriormente soy un soldado militar que trabaja para las Naciones Unidas en una misión de paz en Siria, hace unos meses, ayudamos a un ministro del petróleo aquí a rescatar a su hijo que fue secuestrado aquí por los talibanes, y casi pierde la vida.

Guao, es como si el mismísimo Tom Clancy, en vez de ir a la escuela, se hubiese dedicado a redactar spam. Un soldado (pero no un soldado cualquiera, no. Un soldado MILITAR) de la ONU, trabajando ni más ni menos que para Bassam Tohme, el máximo responsable del Ministerio de Recursos Petrolíferos y Minerales de Siria (aquí estoy siendo muy específico porque pensaba que tal ministerio había sido un patinazo más en el email, pero resulta que sí que existe, y eso me jode un par de chistes que tenía preparados), y rescatando de un secuestro a uno de sus tres hijos (sí, tiene tres hijos, que también he buscado eso).

Vale, dos cositas. La primera, desde hace tres días el Ministro del Petróleo de Siria es Firas Hassan Qaddour, pues Bashar al-Assad ha hecho cambios en cinco ministerios. De todas formas, no voy a entrar en detalles al respecto porque imagino que ya estaréis al tanto de todo esto. En segundo lugar, voy a colocar aquí un mapita:

fuente: google maps

Decidme ahora qué coño hace un grupo de talibanes saliendo de su Afganistán lindo y querido, atravesando Irán (con la que está cayendo por allí, aunque ya nadie hable del tema), atravesando también Iraq porque no les queda otra, metiéndose en Siria y secuestrando a uno de los tres hijos del señor Tohme. Que vale que los medios han conseguido que nos hagamos caca encima cada vez que la palabra "talibán" aparece en un titular de prensa, pero es que a esta gente no se le ha perdido nada fuera de las fronteras afganas (como mucho tiran hacia Pakistán, pero eso es otra historia y algo que hay que agradecer al Reino Unido, que se pasó todo el siglo XIX y parte del XX convirtiendo aquella zona en su cortijo).

En definitiva, que a día de hoy, en Siria, es más probable que te secuestre la ETA a que lo hagan los talibanes. Sin embargo, este agujero de guion no impide que el autor del texto siga adelante con su historia, la cual se vuelve más rocambolesca aún:

Querido el hombre recompensó a todos y cada uno de nosotros con 3,8 millones de dólares y algunos lingotes de oro como regalo desde su corazón.

En varias ocasiones, mientras cursaba mis estudios de primaria y secundaria, tuve que enfrentarme a la pregunta "¿qué quieres ser de mayor?", ante la cual di varias respuestas dependiendo de por dónde me daba el aire en cada época de mi infancia y adolescencia: ciclista, psicólogo, piloto, profesor de Educación Física, profesor de Francés... Pues bien, olvidad todo eso, que de mayor quiero ser el puto Ministro del Petróleo de Siria. Porque no sé cuánto cobrará a fin de mes, pero si tiene un sueldo que le permite ir por ahí regalando lingotes de oro y 3,8 millones de dólares a diestro y siniestro como quien reparte puros en una boda, me planteo mandarle mi currículum a al-Assad mañana mismo.

De todas formas, el protagonista de nuestra historia va a introducir una nota ligeramente dramática que muestra que los soldados militares de la ONU también son seres humanos, con sus virtudes y defectos:

Debido a la política de Naciones Unidas sobre nosotros aquí en Siria como soldados trabajando para la ONU, no se nos permite manejar dinero o aceptar sobornos, pero no pude resistirme al regalo porque necesitaba el dinero tras mi servicio aquí.

Es que 3,8 millones de dólares son muchos millones, y yo en tu lugar habría hecho lo mismo, mi querido estafador cibernético. Llegado a este punto, me pregunté si el colega podía fliparse aún más, y no me decepcionó, no: 

Acabamos de recibir un mensaje de la Sede de las Naciones Unidas en Estados Unidos informando de que en dos días, yo y algunos de mis compañeros partiremos a Ucrania, para entrenar a los nuevos soldados que serán desplegados.

¡Pam! En tu puta cara. Todos los países aliados de la OTAN dando la turra contra la guerra en Ucrania, y nadie se ha parado a pensar que este conflicto le ha venido de cojones a nuestro amigo para intentar colármela con su correo basura. Habréis oído miles de veces que, en chino, la palabra "crisis" también significa "oportunidad". Pues bien, eso es mentira, pero hay que reconocer que el pavo ha aprovechado la oportunidad que le ofrecía la crisis ucraniana con un arte de lo más aplaudible. Y os preguntaréis, ¿por qué mete lo de Ucrania? ¿A dónde va a llevar todo esto? No os preocupéis que él mismo os lo aclara:

No puedo llevarme este dinero a Ucrania porque como saben que soy personal militar, querrán saber cómo lo conseguí.

Qué tensión, joder. ¿Cómo podemos resolver el conflicto? Quiero el desenlace de esta historia AHORA:

Debido a esto, he acordado con un agente diplomático de la Cruz Roja que mueva este fondo por mí aunque él ignora su contenido, pues él también puede denunciarme a las altas autoridades. Le he dicho que es un regalo que le voy a enviar a un amigo.

Respóndame a [dirección de correo electrónico sospechosa que te cagas].

Tengo que reconocer que leí de pie el apoteósico final de este email. Con ese deus ex machina en forma de agente diplomático de la Cruz Roja. Con dos cojones. Un agente, por otra parte, bastante panoli, pues está paseando por el mundo una fortuna sin tener ni puta idea al respecto. Y claro, toda la trama queda en suspense a la espera de que yo decida convertirme en el nuevo personaje de este fantástico elige tu propia aventura destinado a tratar de timarme.

Y hasta aquí el mejor correo basura que he recibido en mi vida, el cual me hace dudar ahora qué hacer con él: puedo responder al mismo esperando que la secuela esté a la altura (o sea aún más espectacular, ¿por qué no?), o directamente reenviárselo a Netflix para que lo conviertan en una película DE LA HOSTIA.

No, creo que mejor me voy a preparar unas oposiciones a Ministro del Petróleo de Siria.

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lunes, 14 de noviembre de 2022

Bajo el polvo 6. Me cago en la puta tecnología

Intuyo que el título de esta nueva entrega del repaso a la morralla que encontré en mi habitación hace ya un par de años le rechinará a más de uno como cuando intentas cambiar de marcha sin haber pisado el embrague a fondo. En mi defensa, diré que la frase no es mía. El autor es Joaquín Reyes, quien interpretando a Arturo Pérez-Reverte la deja grabada en su contestador en el que considero uno de los mejores fragmentos del programa Muchachada Nui.

Y si alguno de vosotros ya conocía esta referencia, mis respetos.

Los trastos de los que hablé en la anterior ocasión estaban relacionados con un concepto inevitable y a veces indeseado: la enseñanza. Pues bien, ahora me toca centrarme en algo que todos los milenials occidentales compartimos: la devoción por cualquier aparato con luces y pitidos, enchufado o a pilas, y que responda a la pulsación de botoncitos. Por ello, calculo que en la publicación habrá más nostalgia que chistes, pero es lo que hay. En fin, paso entonces a mostraros cachivaches varios, empezando por...

Esta cinta



Contemplar este videocasete me intriga por partida doble. En primer lugar, que a principios de los noventa la primera cadena de TVE emitiese dibujos animados los sábados por la tarde, justo después del Telediario, me resulta imposible de creer si no fuese porque el recorte del Teleprograma pegado en la carátula da fe de tan loca idea. En segundo lugar, no logro comprender qué coño me llevó a sentir interés por la serie de Alfred J. Kwak, siendo como era un puto drama de principio a fin: el protagonista (que en la versión española tenía una voz más triste que Luz Casal y Julieta Venegas cantando a dúo) se quedaba huérfano. Había un topo que vivía solo en un zapato y que pasaba a hacerse cargo de él. Un cuervo se dedicaba a putearle en casi todos los capítulos. Y, para más inri, el cuervo se acababa volviendo de un nazi que te cagas (algo de esperar, por otra parte. Que el pajarraco se llamaba Dolf, ¿vale? O sea, ario y en botella). En serio, me gustaría poder viajar atrás en el tiempo para preguntarme a mí mismo por qué.

Este tamagotchi



Al siglo le quedaban dos telediarios (después de los cuales ya no emitían dibujos animados protagonizados por patos tristes y cuervos nazis) y Bandai consiguió que casi todos los críos nos convirtiésemos en padres adoptivos de esta mascota virtual. No tuve que insistirle mucho a mi abuela para que invirtiese una fracción de su pensión mensual en el huevito (que es lo que significa tamagotchi en japota, por si no lo sabíais), adquirido en una nave-juguetería medio escondida a las afueras de mi barrio y que sólo abría un par de meses al año. Muy turbio todo. Y que encima se llamaba RUCA. Muy, muy turbio todo.

La esperanza de vida de cada criatura que surgía en la pantalla de mi juguete electrónico rara vez superaba la semana, lo que provocó que no tardase en cansarme de que se me muriesen los niños como si estuviese intentando criar a una familia en la Edad Media (o en las zonas rurales de Estados Unidos de aquí a unos años. Ya veréis). Entretanto, me vicié bastante repartiendo panes y caramelos virtuales, poniendo vacunas virtuales y limpiando cacas virtuales, hasta el punto de que mi tutora de sexto me confiscó el aparato (a mí, y a toda mi fila) porque no me acordé de silenciarlo y su pirí pirí pirí interrumpió la clase.

También tuve el juego de Tamagotchi para Game Boy, que permitía cuidar hasta seis mascotas e incluía la posibilidad de que las mismas sufriesen una aleatoria y estúpida muerte súbita, algo que a día de hoy aún me sigue poniendo de mala hostia, por lo que prefiero no ahondar en el tema.

Estos sudokus



Está claro que lo mío es dejarme engatusar por los japoneses, macho (ahora que me doy cuenta, la serie de Alfred J. Kwak es medio nipona, lo cual explica muchas cosas). Y es que, si el filósofo y erudito Tito MC cantaba (o algo así) "rapero que pillo, rapero que mato" en uno de sus grandes éxitos, yo, por mi parte, sudoku que pillaba, sudoku que tenía que resolver. Al principio sólo aparecían publicados en el periódico El Mundo y, para que os hagáis una idea de mi adicción, tenía controlado que cada mañana dejaban un taco de ejemplares de este diario ante la puerta de mi antiguo instituto. Pues bien, como si de un yonqui yanqui que atraca una farmacia y sólo birla el OxyContin (tenéis que ver Dopesick, en serio) se tratase, aprovechaba la oscuridad previa al despunte del alba y la niebla vallisoletana para poder robar (sí, ROBAR. Lo puedo decir porque fue hace mucho y ya ha prescrito) uno de los periódicos sin ser visto y seguir alimentando mi sudokudependencia. 

No, el periódico no lo leía. Que El Mundo es una mierda ahora y era una mierda entonces.

De todas formas, a las pocas semanas no había boletín o revista en España que no incluyese la rejilla de nueve por nueve, por lo que, incapaz de dar abasto con las publicaciones, terminé por recortar cientos de ejercicios que a día de hoy aún conservo, y que esperan a ser resueltos cuando tenga tiempo y ganas.

Como imaginaréis, no es que necesitase un generador de sudokus electrónico, habida cuenta del material existente en papel con el que contaba ya, pero a estas alturas de la película deberíais saber que a mí se me antoja TODO. Así que primero cayó el de la pantalla táctil y el puntero (regalo de cumpleaños), y más adelante el pequeñito, que me resultó curioso porque sólo admite números del uno al seis, mira tú. 

Este ordenador



Mi primer PC fue un 386 con Windows 3.11. Años más tarde, el pobre se quedaría corto en lo que a especificaciones y capacidad se refiere y fue sustituido por uno más moderno con unidad de CDs y Windows 98 (detalle que me hacía sentir superior a mi vecino porque el suyo venía con Windows 95 y yo pensaba que esto me hacía ser mejor que él). Víctima de la obsolescencia programada, el de Windows 98 tuvo que dejar paso a un tercer equipo con lector y grabador de DVDs y Windows XP. Y, ley de vida, este último también se tuvo que hacer a un lado cuando me hice con mi primer portátil, el cual incorporaba Windows Vista y me daba la oportunidad de estudiar y hacer trabajos con mis compañeros de ciclo superior (y, por un breve periodo de tiempo, de carrera) fuera de casa.

Teniendo en cuenta la progresión anterior, ¿qué me empujó a acumular 25 cupones del diario ABC y solicitar a mis padres que soltasen cien eurazos por un pedacito de chatarra con Windows CE (Cagarro Edition, solíamos decir que significaba) bastante inservible?

En efecto, el antojo. Eso, y un poquito de envidia, pues un amigo mío (el que quedó primero en el concurso de programación del que hablé en la anterior entrada) también lo tenía y yo quería uno.

No es que pudiese sacarle mucho partido al juguete, la verdad. Eso sí, me curré una pegatina sacada de un fotograma de 2001, una odisea del espacio que queda de lujo en la tapa y que no sale en la foto. En cuanto al uso real del mismo, gracias a mi amigo (un hacha en estas cosas, he de decir una vez más), que logró hacerle correr Linux desde la tarjeta SD, acudí con él a la facultad un par de veces sin que realmente fuera necesario. El profesor de Sistemas Operativos, sorprendido ante la presencia del aparato, me preguntó que qué sistema tenía, y cuando le dije que "una versión modificada de Debian", reaccionó soltando una expresión que le robé como si fuese un ejemplar de El Mundo a la puerta de un instituto y que he usado muchísimo desde entonces:

—Santo Dios.

Este walkman



Uno de los primeros reproductores portátiles de cintas de casete que cayó en mis manos incluía en su tapa, ojo cuidao, un juego de Tetris. Lo recibí como regalo de cumpleaños junto con la banda sonora de, ojo cuidao otra vez, Campeones (los dibujos de Oliver y Benji, no la peli de los chiquillos que juegan a baloncesto y os hacen sonreír como bobalicones condescendientes porque "ay, mírales. Angelicos"). No fueron pocas las veces que me dieron las tantas de la madrugada mientras escuchaba el "o, a, o, a, o, a, o, a, ooooh..." de la cinta y me comía líneas en el videojuego ruso al tiempo que el cacharro, por su parte, se comía a pares las necesarias pilas AA que lo hacían funcionar. No obstante, el utensilio se acabó jodiendo y yo quedé huérfano de walkman hasta que años después los reyes magos me trajeron otro que en realidad era una grabadora, con su botoncico rojo de REC y su altavoz que estuvo atronando una y otra vez el disco (mejor dicho, la cinta) de Celtas Cortos Nos vemos en los bares. Ignoro si fue debido a la voz de Gallo Claudio resacoso que tiene Jesús Cifuentes, pero la grabadora también se acabó jodiendo.

Hubo otros reproductores similares en mi vida, pero no guardo ninguna anécdota destacable de ninguno de ellos. Sin embargo, el de la foto tiene algo especial. Además de ser el único que conservo, fue el primero que adquirí con mis propios ahorros. Incluía una funda que ofrecía cierta protección ante manazas de ésos que siempre acaban jodiendo el walkman (y no miro a nadie porque no tengo un espejo cerca), la cual contaba con un clip para poder engancharlo al pantalón. Y aún me cuesta creer que fuese capaz de aprovechar esta circunstancia para llevarlo conmigo cuando salía a correr, habida cuenta de lo que abulta, pero así era. De hecho, recuerdo "estrenarlo" una tarde de verano recorriendo un circuito del sur de Valladolid que se adentraba en el Pinar de Antequera. Mi amigo y compañero de atletismo Pablo y yo solíamos completar dicho circuito en un tiempo de entre cincuenta minutos y una hora, y aquel día, con armatoste colgando de mi cadera y todo, logré la hazaña de bajar el tiempo a cuarenta minutos (con parada para dar la vuelta al casete incluida y todo), en parte debido a que lo que se estaba reproduciendo era el primer disco (mejor dicho, la cinta) de Rage Against the Machine y eso motiva que no veas.

De todas formas, hace poco probé a experimentar de nuevo lo de escuchar música salida del walkman, pero debido a que los discmans, los reproductores mp3 y Spotify nos han acostumbrado a una calidad de audio cada vez mejor, y a que el paso del tiempo ha ido jodiendo inevitablemente el registro magnético de mis cintas, la experiencia fue, por desgracia, bastante desastrosa.

Es lo que tiene la nostalgia, niños, que se disfruta cuando se recuerda pero suele decepcionar cuando se intenta revivir. Por eso las colecciones de ropa actuales inspiradas en los noventa nos parecen tan horripilantes.

Os lo advertí. Poca gracia. Y lo peor de todo (para vosotros, porque yo me lo estoy pasando en grande) es que la siguiente entrada va a ir de lo mismo. Avisados estáis.

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miércoles, 9 de noviembre de 2022

Yo vs. el alemán. Noveno asalto

El otro día publiqué una entrada enumerando algunos elementos de mi lista de la compra (sí, es increíble hasta qué punto soy capaz de hablar de chorradas), destacando que todos ellos habían vuelto a mi vida gracias a que ahora vivo en Austria. Tal entrada pudo haber dado a entender que en estos momentos me encuentro en una especie de arcadia comercial en la que cualquier producto de consumo que se me antoje está al alcance de mi mano, pero nada más lejos de la realidad. Aquí también me las veo y me las deseo cuando quiero adquirir según qué, o me toca pagar un pastizal por ciertos artículos debido a que escasean inexplicablemente.

Por poner un ejemplo, el sábado me volví a casa con dos latas de Monster, de la modalidad Rehab (que es la única que no me da taquicardias ni convierte mi sistema digestivo en la fábrica de Play Doh). Pues bien, dichas latas fueron compradas en un quiosco de la Hauptplatz, y como no es posible encontrarlas en ningún supermercado, me clavaron cinco tazos por cada una.

Otro caso: debido a que nuestros gatos suelen tener brotes de idiotez que les llevan a insultar a paredes o pelearse con puertas, la del salón cuenta con un tope para evitar su accidental cierre y el consiguiente encierro de ambos animales en su interior (la caja de la arena quedaría fuera, y no me apetece ni pensar en el escenario resultante). Un tope de Rilakkuma, aclaro, que hasta hace poco era monísimo. Concretamente, hasta que uno de los mininos decidió convertir al pobre Rilakkuma en un personaje de una peli de David Cronenberg:

Viewer discretion is advised

De haberme encontrado en España, habría acudido a un bazar chino para buscar a un sustituto del tope, pero aquí no hay bazares chinos. Lo más parecido que tenemos es el Tedi. Intuyo que sabréis de sobra qué es el Tedi porque en Valladolid hay tres. Y si algo existe en Valladolid, eso quiere decir que lleva años implantado en todas partes, pues Valladolid es el penúltimo lugar al que llega todo (el último es Extremadura, pero no creo que haga falta decirlo). 

En el Tedi no había topes de puerta.

La segunda y última opción a la que recurrí fue el Sewa. Se trata de una franquicia similar al Tedi pero con un puntito wu wu que roza lo estrafalario: guantazo de olor a incienso nada más entrar, musiquita de crótalos de fondo y mucha parafernalia relativa a tradiciones orientales (tradiciones de las de ohm, chakras y tal, no de las de limpiarse el culo con la mano izquierda). El Sewa es el comercio ideal para gente que dice cosas como "yo no creo en Dios. Yo creo en la energía", colgados que van a manifestaciones contra los chemtrails o mi profesora de inglés del instituto.

Pero no sólo de magufadas vive el Sewa. También cuenta con sus baratijas de todo a cien y con un cliente descontento porque topes de puerta, lo que se dice topes de puerta, no tienen. Así que mientras espero a que Aliexpress me haga entrega de un nuevo y devorable trozo de goma que evite que mis gatos se queden sin acceso a su váter, voy a hacer un breve repaso de otros establecimientos a los que acudo ocasionalmente antes de contaros la última en la que me he metido gracias al idioma tan chachi que hablan aquí. Empezando por las tiendas de muebles.

Esta ciudad cuenta con un Ikea, y ha sido gracias al comercio sueco y a su servicio de reparto a domicilio que hemos podido amueblar más de la mitad del pisazo (lo habré dicho más veces pero lo repito una vez más: estaba vacío cuando entramos en él). No obstante, el Ikea no tiene absolutamente todo lo que se necesita cuando de meter mierda en un piso se trata. Por ello, no han sido pocas las veces que me ha tocado acudir a locales de las otras cadenas existentes aquí. La más conocida se llama XXXLutz, y si no fuese porque a la entrada expone una silla gigante que te da pistas de lo que vas a encontrar en su interior, al ver semejante nombre, uno podría pensar que está a punto de adentrarse en un puticlub de varios pisos. Aunque otras dos tiendas del gremio a las que me ha tocado ir un huevo de veces se llaman Möbelix y Mömax, lo que me hace pensar que aquí eligen a gente que no está bien para poner nombre a los comercios.

Enlazando con lo que acabo de decir, voy a meter un inciso para contar que una conocida empresa constructora de la ciudad se llama Granit, y que hay una de derribos llamada... Demolit. Os lo juro. Y yo, cada vez que paso por una zona en obras y veo estos carteles pienso que si tuviese dinero y ganas montaría una de limpiezas y recogida de andamios y la llamaría Limpit. Por las risas.

Otra tienda de muebles bastante popular es el Leiner, pero no me quiero detener mucho en ella porque es cara de cojones y lo único que he sacado de allí son un par de toallas y la promesa de ir alguna mañana a probar su desayuno buffet (pero es que hay que plantarse en el lugar antes de las once de la mañana y no veáis qué pereza).

Debido a que ese causante de todos los problemas que tenéis ahora mismo llamado Capitalismo ha hecho evolucionar nuestra especie hasta el punto de que tenemos que montar nuestros propios muebles, en los tres años que llevamos en este país he tenido que hacerme con tal surtido de herramientas y material de bricolaje que mi trastero parece el plató de Bricomanía. Para tal fin he recurrido dos comercios llamados Obi y Hellweg. Este último está a tiro de lapo de mi casa, lo cual es una ventaja por lo práctico que resulta si alguna vez necesito un destornillador de estrella de manera urgente, y una desventaja porque me he gastado MUCHA pasta en plantas para el balcón de ésas que tienen la manía de morirse demasiado pronto.

Y poco más os puedo contar. En cuanto a tiendas de ropa, nada que no sepáis ya, pues la sombra de Amancio también llega hasta aquí y, salvo una tienda viejísima que está a punto de cerrar porque ha vaciado los escaparates en la que compré una cazadora de señor mayor, aquí son todo zaras, bershkas y tal. Y con respecto a supermercados... Podría mencionar el Billa, que tiene la modalidad Billaplus en el que venden lo mismo pero más caro (algo así como el supermercado de El Corte Inglés) y en el que hicimos una de nuestras primeras compras importantes (al ver el precio de la misma, nos llegamos a plantear si los austriacos cagan dinero o algo). También está el Spar, que le viene bien a todo el mundo porque no hay quien no tenga uno al lado de casa, o los dos a los que acabamos yendo todos cuando de hacer compra grande se trata: el Hofer (que en España es el Aldi y no sé por qué tiene el nombre cambiado) y el Lidl. Mi novia y yo solemos ir a este último, pues está muy cerca de donde vivimos. Por otra parte, Lidl nos ofrece usar una app que entre otras cosas, sirve para recoger información acerca de TODO lo que nos llevamos a casa y cuenta con un histórico de nuestras compras para que podamos comparar los precios actuales de cada artículo con los de hace no mucho y nos preguntemos: "pero... ¿Qué coño? ¿Por qué está todo tan caro de repente?".

Lo habitual es que mi novia y yo formemos un equipo para enfrentarnos a los pasillos del Lidl, pues nos toca cargar con dos carros: el propio del supermercado en el que ir colocando artículos y el plegable de Ikea en el que los mismos harán el camino de vuelta a nuestro hogar. No obstante, debido a lo que sea, hay veces que uno de los dos tiene que encargarse de todo. Y el otro día yo fui ese "uno de los dos".

Tras varios minutos recorriendo el súper tirando de carrito y carrito, buscando productos de ésos que cambian de sitio una vez que he memorizado dónde estaban y cansándome en general, a la batería que alimenta mi cerebro se le encendió la luz roja. Por ello, no es de extrañar que en determinado momento, y tras meter no recuerdo bien qué en el carro del local, olvidase que el plegable también estaba conmigo, quedando éste abandonado en la sección de limpieza e higiene mientras yo me dirigía a la línea de cajas con la intención de pagar y largarme por fin.

Es posible que lo que voy a decir me haga quedar como un privilegiado asqueroso, pero me da igual: la línea de cajas es uno de los lugares que más me estresan. Llega, deposita todos los productos en la cinta, asegúrate de que no se mezclan con el comprador que está delante de ti, controla de reojo que el que viene detrás no mezcla a su vez su compra con la tuya, espera tu turno, saluda a la cajera, enseña el código de la app (espera, que se me ha apagado la pantalla. Ahora la aplicación no responde, mierda, etc.), echa una carrera para ver quién corre más: si la cajera escaneando o tú devolviendo mierda al carro, saca la tarjeta, apóyala en el lector, intenta recordar el pin porque es mucho dinero ("pero... ¿Qué coño? ¿Por qué está todo tan caro de repente?") y el contactless no se fía de ti, ignora la cara de impaciencia de la cajera, mete el pin de una vez, recoge el ticket, aléjate empujando el carro con los codos porque el ticket y la tarjeta tienen tus manos ocupadas... Qué angustia, por Dios.

Pues bien, añadid ahora que, en el día de autos, en algún punto del follón anterior fui consciente de que mi carrito plegable se había quedado atrás, entre compresas y rollos de papel higiénico. Tratando de no interrumpir a la cajera, esperé a que terminase su tarea escaneadora, y mientras procedía a pagar quise advertirle de mi situación. El problema es que yo no sabía cómo decir "carrito de la compra" en alemán, lo que me llevó a echar mano de un truco consistente en lanzar una moneda al aire desde el punto de vista lingüístico: "si tanto el alemán como el inglés tienen raíz germánica, tú prueba a decir la palabra en inglés y confía en que te entiendan".

Pero no coló. Vale que "carrito" en inglés se dice cart, pero es que lo más parecido a eso que hay en la lengua de Goethe es Karte. O séase: tarjeta.

La sufrida dependienta creyó que, en algún lugar de aquel Lidl, el muchacho español con un paupérrimo nivel de alemán que se intentaba explicar ante ella había perdido su tarjeta de crédito. La pobre procedió a pedir por megafonía que algún compañero acudiese a asistirme (aunque podría perfectamente haber dicho "por favor, que alguien se encargue de este imbécil", que no pillé ni jota de su mensaje) y de nada sirvió que yo intentase explicarle con gestos lo que realmente quería, pues a aquella altura del teatro surrealista que se estaba desarrollando, lo de poner la mano detrás de mí y moverla hacia delante y hacia atrás podría haber representado que estaba usando un carrito invisible o que me estaba abanicando un pedo.

La cajera, que seguía convencida de que mi medio de pago aún se hallaba fuera de mi alcance, quiso cancelar la compra, pero entonces descubrió que yo YA HABÍA PAGADO, y le explotó la puta cabeza. Aproveché su estupor, señalé mis artículos, le hice un gesto como diciendo "vigila que no se muevan de aquí" y corrí a rescatar a mi propio carro. Una vez recuperado el mismo, volví al lugar de los hechos cargando con él en volandas como si fuese un trofeo a la poca vergüenza y se lo mostré a aquella mujer, causando que en su cara se dibujase la expresión de entender por fin qué coño está pasando (como cuando en una peli de Christopher Nolan el prota le cuenta a otro personaje de qué va todo).

Por suerte no me tocó dar más explicaciones, pues la ayuda solicitada por megafonía nunca llegó a producirse y yo pude huir del lugar siendo consciente, una vez más, de que no sé hablar alemán.

Moraleja: "carrito" se dice Einkaufsroller.

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miércoles, 2 de noviembre de 2022

Yo vs. el alemán. Octavo asalto

Mi novia acaba de cortarme el pelo, algo que me hace feliz por dos motivos: el primero es la maña que tiene, todo sea dicho; y el segundo es que me ahorra un mal rato. Mal rato que se habría visto agravado a causa de la barrera lingüística debido a que vivimos en un país de habla germana y tal.

Para celebrar de la que me he librado voy a escribir otra entrada hablando de cómo nos estamos llevando el alemán y yo, y lo voy a hacer en forma de lista por mucho que os joda, que así me cuesta menos y acabo antes. Para compensar, al final colaré una minianécdota para que nos riamos todos menos yo, así que tranquilos. 

Un tema al que le he dado muchas vueltas es el cambio que hemos experimentado en lista de la compra desde que vinimos a vivir aquí tras (enlazo por enésima vez la misma entrada de siempre) siete años viviendo en Dublín. Para explicarme mejor, voy a enumerar una serie de artículos que no fui capaz de encontrar en los supermercados irlandeses (o que vi de forma excepcional) pero que nunca me ha costado localizar en Valladolid. Redescubrir este género en los pasillos de las tiendas austriacas suele reconfortarme como sólo el capitalismo puede hacer, ayudándome a sentirme un poco más cerca de casa y ahorrándome la habitual conversación que solía tener con mis padres via Skype cuando vivía en la Isla Esmeralda (mi padre diciendo con incredulidad: "¿cómo que allí no venden X?" y tal). Allá voy.

Inciso: si alguien con experiencia viviendo o comprando en el país irlandés tiene ganas de decirme "pues en tal supermercado polaco de tal pueblo a setenta kilómetros de Dublín venden tal producto" o "pues en la semana nosequé del Lidl suelen tener esto otro aunque tienes que ir el primer día porque se agota", le pido por favor que se pire. Como aquel compañero de curro que, ante mi protesta por la escasez de pescado en los supermercados irlandeses me soltó "siempre puedes ir a Howth a comprar pescado". A Howth, ¿sabéis? Un pueblo que pilla a hora y media en tartana del centro de Dublín. Vamos, que podría haberme dicho "siempre puedes ir a pescarlo tú mismo".

A Howth. No me jodas...

 

Maizena


Creo que fue uno de los primeros productos que compré en Austria. Imagino que para preparar un postre pero no recuerdo cuál ni debido a qué ocasión. Eso sí, del paquete usé una cucharadita y el resto pasó a ocupar el fondo de un armario de la cocina aguardando pacientemente la llegada de su fecha de caducidad. Y juraría que ahí sigue.

Esperad, que voy a ver.

Efectivamente, ahí sigue. Y caduca en febrero del año que viene.


Bollycaos


Vale, estoy haciendo trampas. No son auténticos bollycaos. Pero es que los bollycaos que podéis comprar hoy en día tampoco son auténticos bollycaos, reconozcámoslo. Sin embargo, cada vez que les doy un mordisco a los de la foto siento lo mismo que cuando escucho a Carlos Herrera: un viaje al pasado. Su sabor y textura (de los bollos, no de Carlos Herrera) son algo que no había experimentado desde los noventa, y sólo les falta incluir Kaos o cromos de Sonic para hacer que se me salten las lágrimas.


Leche


Del tema lácteo desde el punto de vista de quien vive en Irlanda ya hablé en su día. Y ahora me toca ver las cosas desde el otro lado del Canal de la Mancha. Aquí ya no nos toca correr del supermercado a casa porque la leche sea fresca y se enrancie sólo con mirarla (en serio, lo de que la leche se pusiera mala antes de fecha llegó a ser asunto de Estado). La leche que compramos ahora es de la que aguanta meses fuera del frigorífico (siempre que no la abras) y compite con la Maizena por ver quién va a caducar más tarde.


Tomate frito


En Irlanda lo había de dos tipos: o triturado y totalmente distinto a lo que yo había probado hasta la fecha o directamente ketchup. Bueno, pues aquí no tengo ese problema. Y poco más puedo decir al respecto.


Canónigos


Cierto es que este vegetal fue una rara avis durante mi infancia y adolescencia. No obstante, disfruté de su ingesta las pocas veces que llegó a mi plato, y no recuerdo haberlo visto en supermercados dublineses. No había canónigos pero sí que había bolsas de ensaladas varias, aclaro. Salvo aquella vez que, por un tema de climatología o algo así, el Tesco al que me acercaba durante mis descansos del curro mostró las baldas correspondientes desiertas como un mitin de Ciudadanos, junto con un cartel explicativo que rezaba que debido a movidas en Europa no habían podido recibir existencias.

Es lo que tiene ser una isla con poco que exportar y mucho que importar. Aprovecho para saludar a Gran Bretaña y a su quinto primer ministro desde que se aprobó el Brexit.


Patatas sabor paprika


Creo que a estas alturas ya se ha dicho todo lo que se podía decir acerca de lo patateros que son los irlandeses. Y creo que hasta yo he llegado a dejar caer en este blog que la aerolínea del país llegó a ofertar en su menú el sandwich de patatas fritas de bolsa calificándolo como an Irish classic.

Sí, le podéis preguntar a cualquier irlandés si lo de jalarse patatas fritas de bolsa en pan de molde es algo habitual y os responderán con toda naturalidad (o incluso con algo de nostalgia, pues semejante guarrada constituye el desayuno de muchos niños y adolescentes) que yes.

Teniendo en cuenta esto, pensaréis que el país contará con una variedad de sabores interminable, ¿no?

1. Sal y vinagre.

2. Queso y cebolla.

Y eso es todo. Dos modalidades ante las que nunca podía decidirme porque no me quedaba claro cuál me iba a dejar peor aliento. Existía una tercera opción disponible en una de las tiendas del aeropuerto de Dublín: patatas con sabor a cóctel de gambas. Pero de ésas mejor ni hablar, hacedme caso.


Yogur con cerealitos


Véase esta entrada tan graciosa que escribí hace más de un año.


Hojuelas


He de reconocer que no me esperaba encontrarme este producto aquí, pero parece ser que para algunas delicias no existen fronteras en la Europa continental (y yo que me alegro). Al igual que sucede en España, salen a la venta en las fechas previas a la Cuaresma, y cada año entra un paquete en mi casa religiosamente (nunca mejor dicho). A riesgo de repetirme (pues no me apetece revisar entradas pasadas para confirmar si ya conté esto, aunque juraría que sí), os diré que el dentista al que iba de niño siempre las ofrecía a sus pacientes, y aunque por entonces me pareciese todo un detalle, ahora que lo pienso, que un dentista reparta comida TAN azucarada no deja de ser irónico. Como si un chapista te invitase a whisky.

Sí, el paquete está casi vacío porque soy un carpanta

Torreznos


Me dolió (y me duele) en el alma tener que dejar atrás el Irish breakfast, pues la promesa de que cada sábado o domingo fuese a meterme uno entre pecho y espalda era lo que me hacía salir de la cama cada mañana de lunes a viernes. El sustituto (por así decirlo) al que recurrimos aquí los domingos es el plato de huevos fritos con bacon (sí, como el que nos jalamos justo después de votar en aquella ocasión), que le deja a uno con ganas de más, pero a falta de pan...

Es habitual coronar los huevos con un poco de cebollino, y como mi novia y yo somos muy de cerdear, le añadimos unos pocos torreznos porque sólo se vive una vez.

Y no somos los únicos en esta casa con esa filosofía. Mirad:


En serio, mirad que dos yonkis de lo porcino, por favor:


Y ahora, la minianécdota.

No sé cuán mantequilleros sois vosotros, pero yo he de reconocer que muy poco. Sólo uso dicho derivado de la leche cuando preparo puré de patatas, cruasanes a la plancha, masa de croquetas o empanada. O si tengo que cocinar algún postre. Pero si tenemos en cuenta que mi novia y yo comemos fuera de casa prácticamente a diario y que mi falta de vida social se encarga de que apenas tenga que encender el horno, puedo contar con los dedos de una mano el número de veces al mes que tiro de mantequilla.

Por ello no es de extrañar que tarrinas con más de la mitad de contenido y la fecha de caducidad pasadísima se tengan que ir a la basura, algo que detesto porque, al igual que le ocurre al personaje de Mary Quinn en Derry Girls (una serie que, si no habéis visto ya, NO SÉ A QUÉ ESTÁIS ESPERANDO) con una lavadora a media carga, tirar comida va en contra de mis principios.

Pues bien, la solución a este problema pareció llegar a los pocos días de nuestro aterrizaje en tierras austriacas. Durante una de nuestras incursiones al supermercado de turno, y mientras echaba un ojo a las mantequillas, descubrí entre éstas unos paquetitos muy cuquis, con el tamaño de, digamos... la cabeza de una rata (no me juzguéis, que estoy escribiendo esta entrada del tirón y mis neuronas empiezan a quedarse por el camino), y a un precio irrisorio (unos veinte céntimos la unidad, me parece). Germ, se llamaban.

Y yo pensé: "llámate como quieras, pero te vienes conmigo porque me vienes de lujo".

Poco más tarde, mientras me disponía a preparar una de las cinco cosas que he enumerado hace un par de párrafos, eché mano del diminuto Germ, lo abrí y... ¿qué coño? ¿Por qué aquella mantequilla tenía un color grisáceo y una consistencia tan rara?

Pues porque, tal y como aprendí en ese momento, "Germ" significa "levadura".

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lunes, 24 de octubre de 2022

Bajo el polvo 5. Que yo no fui a EGB; que fui a Primaria

Cinco meses sin pisar por aquí. Qué vergüenza. Y ahora es cuando yo os tengo que decir que ha sido porque he estado muy liado y enumero actividades justificando mi afirmación, pero en su lugar no voy a decir nada al respecto porque es posible que dichas actividades me den para varias entradas. Además, se me viene encima un proyecto que, con lo que me gusta estirar el chicle, puede que colonice este blog durante todo el año que viene. No obstante, y sabiendo lo bien que se me da dejar las cosas a medias, no voy a prometer nada y en vez de eso os voy a dejar pensando "¿de qué cojones has estado hablando desde el principio de esta entrada?".

Lo que sí que voy a hacer es ir finiquitando aquello que empecé tiempo ha. Por ello, retomo la serie en la que os hablo de mierda que rescaté de mi habitación haciendo limpieza y, al igual que en la anterior entrada (la cual escribí HACE MÁS DE UN AÑO. En serio, qué puta vergüenza), hoy van a caer otros cinco objetos relacionados con mi etapa estudiantil. Como por ejemplo...

Este tetraedro rotativo



Guao. Ésta no la habéis visto venir, ¿eh? De todas formas, no quiero tirarme flores, que he tenido que buscar en Google cómo se llama el cachivache porque no me acordaba. Para explicar qué pinta eso en mi habitación tengo que remontarme a cuarto de ESO.

Resulta que cuando rellené la matrícula de dicho curso elegí Informática como asignatura optativa (pues el año anterior me lo había pasado en grande cursándola). Sin embargo, debido a un problema de falta de plazas, de personal o yo qué sé, la secretaria del instituto me comunicó que podía ir arrojando mi gozo a un pozo y que eligiese otra materia en su lugar, sugiriéndome la de Taller de Matemáticas. Y yo, que sabía que aquella disciplina estaba dirigida a los alumnos más zotes en eso de hacer cuentas (y a mí aún se me daban bien las mates, tal y como expliqué brevemente en su día justo antes de hablar de mi lámpara de lava), pregunté si aquello era una broma.

Se me invitó entonces a discutirlo con el jefe del departamento, y éste me explicó amablemente (explicación que tuvo que dar a otros seis o siete alumnos que se encontraban en las mismas, por otra parte) que aquel curso el contenido de la asignatura buscaría estimular al Euclides que algunos teníamos dentro en lugar de machacar con ejercicios a quienes se les atascaba la tabla del cuatro. Y así fue. La profesora proponía problemas interesantes de pensamiento lateral, como ése de la oveja, el lobo y la lechuga cruzando un río que nunca he logrado resolver. O uno de un usurero. No recuerdo muy bien en qué consistía porque mi memoria guarda en su lugar los tres minutos de carcajadas que me dedicó la funcionaria cuando le confesé que siempre había pensado que un usurero es alguien que rebusca en los contenedores. Pero bueno, os podéis hacer una idea de en qué consistió aquello.

También había días en los que la clase se convertía en un Art Attack matemático. Por ejemplo, el día que nos tocó hacer un pentominó (actividad que me fascinó porque yo soy muy rarito). Otra manualidad, y por fin llego a donde quería, fue la consistente en elaborar el trasto de la foto. La gracia del chisme está en que, si uno aprieta el centro del mismo, es posible hacer que gire sobre sí mismo una y otra vez. Si, además, se ha dedicado tiempo a colorearlo detalladamente, el efecto visual es mu bonico, pero a mí me dio una pereza horrible y no me lo curré mucho. A la vista está. Al menos la profe no me dio la turra como a mi compañero, a quien sugirió de forma ligeramente insistente y algo perturbadora que decorase su tetraedro usando un patrón de ojos porque los suyos eran muy bonitos. Muy bonitos. Muy muy bonitos.

No llaméis a la policía, joder, que tampoco fue para tanto.

Este souvenir



Villamanín de la Tercia es un pueblecito del norte de León que se ha quedado prácticamente sin agua desde que en dos mil dos Francisco Álvarez Cascos se emperrase en llevar el AVE a Asturias a toda prisa sin pararse a pensar demasiado en que hay que tener mucho cuidado cuando de ponerse a cavar túneles en una zona llena de acuíferos se trata.

Poco antes de que las diferentes administraciones dejasen la zona más seca que un polvorón, el pueblo contaba con, además de agua, un albergue que a día de hoy parece seguir abierto. Pues bien, yo tuve la suerte de alojarme en el lugar en dos ocasiones: una como atleta y otra como estudiante.

Como atleta estuve allí unos días junto con mis compañeros de un club deportivo multidisciplinar, siguiendo un "programa de tecnificación" que consistió en matarnos a correr por la montaña mañana y tarde y en hacer el tonto por las noches llevando a cabo actividades que reforzasen el compañerismo y el espíritu de equipo y tal. Por ejemplo, intercambiando género y ropas con una baloncestista y llevándome una ovación ante mi cuidado maquillaje y lo bien que le quedaron al pelo ligeramente largo que tenía entonces las dos coletitas que me plantaron las del equipo.

Como estudiante, y siguiendo un proyecto que se llamaba "aulas en la naturaleza" o algo por el estilo, también pasé por allí (no recuerdo si antes o después de lo del atletismo). Y en esta ocasión lo que hicimos fue pegarnos caminatas interminables pero muy enriquecedoras culturalmente porque nos acompañaron una bióloga y un geólogo que nos contaron un huevo de cosas que ya se me han olvidado (excepto que "cinegético" significa "relativo a la caza"). Esta estancia tampoco estuvo exenta de actividades chorras vespertinas. En una ocasión tuve que interpretar a Blasa, el personaje de José Mota (arrancando muchos aplausos y risas del resto de alumnos) y, cuando se nos encomendó dividirnos en grupitos, investigar algo acerca del pueblo y contarlo después de forma interesante, otros dos chicos de mi clase y yo hurgamos cual usureros pordioseros en los contenedores cercanos al ayuntamiento y relatamos lo encontrado (papeles con información irrelevante, más que otra cosa), entre más risas y aplausos, haciéndonos pasar por los presentadores de Caiga Quien Caiga. Y yo hice del Gran Wyoming.

Sí, en aquel albergue quedó constancia de lo payaso que soy.

Ah, y lo del souvenir. Pues nada, que tuve que ir a la única tienda del pueblo para comprar una jabonera en la que guardar la pastilla de jabón de azufre que usaba entonces para intentar acabar con el acné que invadía mi cara (spoiler alert: no funcionó), y el jarroncillo de la foto se vino conmigo también porque me pareció muy cuqui. No tiene más misterio.

Esta cadena



Terminado el instituto, y tras ver cómo amigos míos que me sacaban un año escolar de ventaja se habían vuelto literalmente gilipollas al empezar la Universidad y tenérselo muy creído (el Síndrome de los techos altos, llamo a eso), decidí que tiraría por la Formación Profesional y estudiaría un ciclo relacionado con la Informática. El centro donde se impartía el mismo se encontraba en Parquesol, y a quienes no conozcáis este barrio vallisoletano os diré que el mismo se erige en lo alto de un cerro (un cerro es como una montaña que en vez de pico tiene la cima plana como el encefalograma de Alfonso Ussía) en la zona oeste de la ciudad. A pesar de haber sufrido la misma vorágine urbanística que todas las poblaciones del país en los últimos treinta años, las laderas que dan acceso a la barriada se han librado en gran parte del ladrillo y el cemento, por lo que cuenta con grandes parques y zonas verdes (y algún que otro secarral) en cuesta o en pendiente, según se mire.

El instituto en el que yo estaba aprendiendo a programar se hallaba en los límites del barrio, y para acceder al mismo me tocaba cruzar uno de estos parques cada amanecer. El paseo se antojaba bucólico, pero por desgracia la zona sufría dos plagas de diferentes animales por aquella época: una de conejos y otra de nazis. Si bien es cierto que el ser sorprendido por algún que otro lepórido correteando entre matojos me alegraba la mañana, la idea de cruzarme con un grupo de anormales dispuestos a grabarme una esvástica a navaja no me hacía ni puta gracia. Que a ver, en una situación de las de fight-or-flight yo soy de los de flight como alma que lleva el diablo, pero como nunca se sabe cuando va a ser inevitable lo del fight, pues me acerqué a una ferretería del centro, localicé los rollos de cadenas, calculé delante del atónito ferretero cuánto tendría que medir la misma si de zarandearla a la altura de la cintura se tratase y le solté un "corta por aquí" mientras señalaba el eslabón correspondiente.

Por suerte nunca me vi en la fea situación de tener que usar aquella cadena, y las únicas víctimas de la misma fueron los bolsillos del pantalón en los que la llevaba, para disgusto de mi madre, que atestiguaba cómo irremediablemente se daban de sí y así me lo hacía ver prácticamente a diario.

Esta biblia



Vale que el simple hecho de relacionar religión y enseñanza me parece repugnante; pero esperad, que la historia tiene girito. Resulta que una de aquellas mañanas libres de nazis, a mi llegada al centro donde me estaban enseñando a programar en Java y a diseñar bases de datos en el modelo relacional (no sé si esto que acabo de decir tiene sentido o es una burrada porque no me acuerdo muy bien de aquel temario), me topé con dos hombres que, armados con una enorme caja repleta de ejemplares de las Sagradas Escrituras, entregaban un librito como el de la foto a todo aquel joven dispuesto a aceptarlo, por el módico precio de cero euros.

Y a mí no hay que insistirme mucho cuando se me quiere dar algo gratis, todo sea dicho.

Además de quien escribe estas líneas, fueron muchos los estudiantes de ESO, Bachillerato y FP los que recibieron el presente y se dirigieron con él metido en el bolsillo a sus correspondientes aulas, dejando a los dos evangelizadores con las manos vacías en un santiamén. Sin embargo, lo que se produjo más tarde aquel día no fue precisamente la deseada catequización que buscaban. Esperad, que me explico.

Visualizad por un momento el conocidísimo concepto: "pelea de bolas de nieve". ¿Listo? Bien, ahora haced lo mismo con la idea "pelea de globos de agua". Lo veis, ¿no? Estupendo. Pues ahora extrapolad lo anterior y representad en vuestra mente lo siguiente:

"Pelea de biblias".

Al final no me toca explicarme mucho, ¿verdad? Sólo diré que pasar aquel recreo contemplando a decenas de jóvenes comportándose como si el patio del centro fuese Belfast en los setenta, usando como munición la Palabra de Dios, fue tan épico como blasfemo. Os lo juro.

Aunque lo mejor fue el fraternal fin de jornada que tuvo lugar después, pues los mismos estudiantes que horas antes habían estado peleando a bibliazo limpio celebraron un desfile por los pasillos del insti lleno de alegría, risas y mucho, mucho, MUCHO confeti que os podéis imaginar de dónde salió.

Estas gafas



Terminé mis estudios de FP al mismo tiempo que la crisis financiera de 2008 nos pasaba la mano por la cara a todos los que no salimos en la lista Forbes. Viendo que encontrar trabajo no ya de lo mío, sino de lo que fuese resultaría quimérico, me metí en la Universidad. Por un lado, hice todo lo posible por no creérmelo demasiado, so pena de acabar como mis antiguos compañeros de instituto y, por otro lado, no hice lo suficiente como para aprobar el porrón de asignaturas que me permitiesen fardar de ingeniería. Así que no, no terminé la carrera. Además, harto de arrastrar las mismas materias año tras año y con el Plan Bolonia pisándome los talones y amenazando con poner mi currículo patas arriba, acabé largándome a Irlanda para buscarme la vida y la jugada no me salió tan mal.

De mi etapa universitaria guardo un par de buenos recuerdos. Uno de ellos, que viene al caso, consistió en participar en un concurso de programación en Madrid para el que tuve que clasificarme compitiendo contra compañeros de mi facultad. Tras pasar la tarde de un viernes resolviendo ejercicios, obtuve un segundo puesto que me otorgaba un billete de tren a la capital del Reino y dos noches pagadas en una habitación de hotel de la calle Princesa. En la primera noche tuvo lugar una cena a la que invitaron a todos los participantes a aquella fase internacional y durante la que los de la Universidad de Valladolid no hicimos ni puto caso a nadie y dimos cuenta rapidito de los platos para acto seguido largarnos de fiesta a los Bajos de Argüelles.

A la mañana siguiente, mi amigo (que había quedado primero en la fase local porque es un hacha picando código) y yo nos entretuvimos más de la cuenta durante el desayuno, empeñados en probar TODOS los diferentes cafés de la Nespresso del hotel, por lo que tuvimos que ir por nuestra cuenta a la Facultad de Informática portando sendas taquicardias fruto de la sobredosis cafetera. Aquella jornada nos tocó aguantar varias conferencias, a cuál más aburrida, pero al menos nos regalaron parafernalia variada, incluidas esas gafas horteras.

El concurso en sí tuvo lugar durante la tercera y última jornada. Los tres miembros de mi equipo nos tiramos todo el día peleándonos con los veintipico problemas propuestos, y sólo fuimos capaces de resolver uno, mientras contemplábamos con impotencia a los de la Pompeu Fabra ventilándoselos con una facilidad asquerosa y llevándose el torneo de calle.

Así que la moraleja está clara, ¿no? Lo importante no es ganar. Lo importante es llevarse cosas gratis. Venga, hasta otra.

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viernes, 6 de mayo de 2022

Bajo el sol en febrero. Epílogo

Acabemos con esto, que ya toca.

Al final de mi anterior entrada dejé plantado el cliffhanger más cutre jamás visto, pues el tarugo que escribe estas líneas no sólo olvidó su ebook en el asiento del avión, sino que pensó que de su proceso de recuperación se podría sacar un post entero que sirviese como colofón a una serie que ha resultado, seamos sinceros, bastante mediocre (y yo que me alegro, considerando que mis mejores entradas suelen ser aquéllas en las que cuento desgracias y en esta ocasión no ha sido así).

Le he dado varias vueltas a dicho proceso, y la verdad es que todo lo que pasó no da para una entrada entera NI DE COÑA. Yo me esperaba enfrentarme a una odisea burocrática de ésas que te dejan con ganas de abandonar la civilización para siempre o de seguir los pasos de Unabomber, pero no fue así. Por ello voy a meter un pelín de paja antes, si os parece bien (y si os parece mal os jodéis, que nadie os obliga a ver esto). Hablemos de lectores de libros electrónicos.

Mentiría si dijese que compré mi primer ebook allá por dos mil diez. Más que nada porque quienes lo compraron fueron mis padres, ya que yo no tenía ni un duro por aquel entonces pero sí muchos caprichos. El aparato, un Wolder Mibuk Gamma 6.0 costaba ochenta eurazos en Carrefour pero gracias a un chequeahorro salió por veinte menos. Que lo sigo considerando una ganga, pues el mismo cacharro, meses y meses después, seguía ofertándose por doscientos tazos en El Corte Inglés. El aparato, además de serme útil para almacenar todos los apuntes de la carrera a los que no presté la atención necesaria y darme buenos ratos cuando de soportar viajes en los autobuses de Dublín se trataba (recuerdo haberme tragado toda la saga de la Fundación de Asimov y la trilogía de Heliconia de Brian Aldiss, entre otros, a bordo de aquellas tartanas infectas), constituía todo un ejemplo de cómo debe ser la tecnología y ya no es. Y es que una tapa trasera daba acceso a las tripas del bicho y permitía retirar su batería y una tarjeta SD en la que guardar los archivos. Vamos, un enemigo acérrimo de la obsolescencia programada.

Peeero... Podéis olvidar lo que acabo de decir. Hace menos de un año mi compañero electrónico empezó a mostrar signos de fatiga y, entre otros achaques, su imagen perdía nitidez si le daba el sol a la pantalla, lo cual arruinaba mis planes consistentes en tirarme al sol en las playas del sur de Granada en su compañía durante una semana ignorando todo a mi alrededor. Tuve que buscar un sustituto, y mi mejor amigo (que hasta la fecha sólo se ha equivocado en vaticinar la muerte de Constantino Romero) me recomendó el Kobo Clara de Rakuten. Todo un acierto. Vale que no tenía un teclado precioso que por otra parte nunca llegué a usar, y su forma de mostrar archivos era bastante farragosa, pero al menos contaba con luz propia y un refresco de páginas rapidísimo.

Mi viejo Wolder pasó entonces a habitar un cajón de la habitación en la que duermo cada vez que visito a mis padres, junto con otros objetos de los que aún tengo pendiente hablaros, y el recién llegado Kobo no tardó en incorporar en su memoria más libros de los que me voy a leer en mi vida.

Y entonces, recordemos, cuando el avión procedente de Dubai tomó tierra en Viena, yo me bajé del mismo y el ebook no.

Tardé bastante en ser consciente de mi olvido, pues la recogida de maletas y la carrera al tren que conectaba con la capital austriaca se produjeron a un ritmo algo trepidante. Fue una vez nos subimos al segundo tren, dispuestos a chuparnos las tres últimas horas de viaje, cuando eché mano a mi bolso y descubrí que tenía un lector de libros menos de lo habitual. Decidí entonces (tras cagarme en todo en voy alta y provocar que más de un viajero se girase sobresaltado) llamar al teléfono de Emirates correspondiente al aeropuerto vienés, pero allí no había nadie para descolgar, pues yo estaba intentando contactarles a última hora de la tarde y su horario de atención al público terminaba a mediodía (algo que, por otra parte, no vi reflejado en ningún sitio y deduje tras unos cuarenta minutos en los que mi novia y yo no dejamos de escuchar la estridente musiquita de espera desde nuestros respectivos terminales).

A la mañana siguiente, descansado y recuperado de la paliza viajera, volví a intentar lo de llamar a Emirates, y tras otros cuarenta minutos de espera en los que me dio tiempo a tender una lavadora y preparar la comida, di con una agente que me indicó, tras escuchar atentamente lo que me había pasado, que aquello no era problema suyo, y que tendría que contactar con la oficina de objetos perdidos del aeropuerto.

Tras agradecer la información obtenida (porque, y no me cansaré de decirlo, quienes vertéis vuestras frustraciones en el personal de atención al cliente sois unos miserables), accedí a la web de lost and found como se me había indicado: una página con una navegabilidad anclada en otro tiempo en el que la conexión a internet se hacía a través de módems de 56kbps. No teniendo muy claro que la información que se me presentaba fuese de fiar y temeroso de que aquel sitio web fuese en realidad un timo, localicé un teléfono de contacto al que llamé inmediatamente, recibiendo como respuesta una locución que me invitaba amablemente a volver a la fea web y tramitar mi solicitud desde allí.

Viendo que no me quedaría más remedio, rellené el formulario describiendo mi ebook lo mejor que podía recordar, especificando, entre otros detalles, que contaba con el libro American Gods, de Neil Gaiman, a medio leer (en la descripción no dije que dicho libro me estaba pareciendo UN TOSTÓN INFUMABLE porque no procedía, pero ganas me dieron).

Minutos después recibí un email en el que se me indicaba que, qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto, mi ebook se hallaba en sus manos y que sólo tenía que pagar el rescate y contactar con la empresa de transportes de turno si quería recuperarlo.

Alternativamente, tenía la opción de plantarme en el aeropuerto y recogerlo yo mismo, pero ni el horario de la oficina de objetos perdidos me cuadraba, ni el precio del billete de tren a Viena me salía rentable. Mantuve entonces dos líneas de comunicación por correo electrónico con los de lost and found y la empresa de transportes en las que, básicamente, me dediqué a enviar justificantes de pago (no sin cierto mosqueo porque aquello me seguía pareciendo un timo) y procedí a esperar los dos o tres días laborables que supuestamente tardarían en enviármelo.

Al final, y sin que sirva de precedente en esta mi vida de hombre blanco heterosexual que no tiene problemas y necesita inventárselos, un repartidor se presentó en mi casa con una caja en cuyo interior había viajado el lector:

Sí, lo sé. Tengo que limpiar la mesa

Éste venía con la retroiluminación a tope y la batería casi descargada, lo cual provocó que me mosquease, y me da la impresión de que desde entonces se queda sin pilas antes de lo normal, pero lo más seguro es que esta idea se deba a mi imaginación de drama queen. Lo importante es que hayáis sacado una lección de todo esto. Yo, desde luego que no he aprendido nada, pues hace poco volví a subirme a un avión y en esta nueva ocasión me olvidé un termo de metal que me regalaron en mi primer día de curro. Pero no voy a contar nada más al respecto porque me dio igual.

Y hasta aquí mi viaje a Dubai. Yo ahora podría meter una conclusión de la hostia reflexionando acerca de geopolítica, derechos humanos y demás, pero no lo voy a hacer. Primero, porque internet ya está saturadísimo de esa clase de contenidos, y no tengo nada nuevo que añadir. Y en segundo lugar, porque no veáis qué pereza sólo pensar en ello.

Así que hasta otra, supongo.

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