lunes, 29 de septiembre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc II: llegó la fiebre

Qué bonita es la salud cuando se tiene, ¿verdad? Acompañadme en mi descenso a los infiernos de la infección de garganta...

Volviendo a la historia y a Tam Cốc, Jorge y yo nos encontrábamos subiendo a la habitación del hotel después de que él le comprase a las amables dependientas del cercano centro de estética y masajes un jersey de lana verde horroroso con una pantera en el pecho que, semanas después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa. Ya dentro de nuestra pieza comencé a sentirme mal: me dolía al tragar, mi vista se nublaba y me faltaban fuerzas para mantenerme en pie. Y es que la falta de sueño, el exceso de juerga y la climatología adversa de días antes decidieron hacer piña, como si fueran los chiquillos del Capitán Planeta, y joder a mi organismo aquella misma tarde. Jorge, viendo cómo se vaciaba mi barrita de energía, bajó entonces a recepción a preguntar a Dí si contaba con algún remedio que ofrecerme, y el vietnamita, cacho de pan él, subió sendos tés con jengibre a los pocos minutos:


Por desgracia, la bebida no fue lo suficientemente reconstituyente, así que me tocó meterme en la cama para ver si lograba reponer fuerzas al tiempo que Jorge se largaba a explorar la zona en una de las bicis cortesía del hotel (esto lo habíamos hablado antes de empezar el viaje: que si uno de los dos se quedaba hecho mierda en el sitio el otro seguiría a lo suyo sin mirar atrás. Y Jorge cumplió como un caballero).

Pasó y cayó la tarde, llegó el momento de enfrentarse a la última comida del día y, visiblemente recompuesto gracias a haberme tirado horas contemplando el techo de la habitación, me reuní de nuevo con Jorge. Elegimos entonces para cenar un establecimiento de comida vegetariana situado a pocos metros de nuestro hotel y frente al local de las esteticistas que vendían jerseys feos de segunda mano (por si no lo recordáis, en la anterior entrada os dije que en Tam Cốc todo estaba cerca de todo). Allí dentro nos reencontramos con, mira qué casualidad, las valencianas que ya aparecieron en este blog semanas atrás, y en esta ocasión se encontraba con ellas la amiga rusa que no habíamos conocido hasta entonces porque había preferido irse sola a ver una cascada que pillaba lejísimos.

Debido a que mi cerebro estaba demasiado ocupado manteniéndome con vida, contemplar el menú del restaurante en un idioma desconocido me resultó más confuso de lo habitual, por lo que decidí que no sería yo el encargado de elegir qué cenar aquella noche. Salí entonces de allí con la carta bajo el brazo, crucé la calle y pregunté a las simpáticas chicas que aguardaban en la puerta a que alguna clienta entrase a hacerse las uñas que qué plato me recomendaban. Una de ellas señaló una de las opciones y me hizo el gesto de pulgar arriba repetidas veces, y no necesité recibir más explicaciones para convencerme. No me preguntéis qué cené aquella noche porque no me acuerdo, pero sé que estuvo bueno y que lo único que tuve que lamentar fue el dolor que sentía en la garganta al tragar cada bocado.

Tras ventilarnos una cena libre de carne y pescado, los cinco hablamos acerca de nuestros viajes: Jorge aprovechó la incorporación de la nueva integrante del grupito para contarle que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas. También salieron temas de lo más anodino, desde cómo usar Revolut en la otra punta del mundo hasta la importancia de ir a terapia y tal. 

Tras esta sobremesa hispanorrusa, decidimos buscar un sitio en el que continuar la cháchara. Sin embargo, mi garganta no estuvo de acuerdo con la decisión y dijo: "hasta aquí hemos llegado": cuando abandonamos el local la debilidad se apoderó de mi cuerpo y sentí que me estaba poniendo malo de verdad. Con fiebre y todo. Tuvo entonces lugar una nueva interacción con las chicas del local de estética y, cuando les comenté lo de mi estado de salud, una de ellas reaccionó entrando en sus dominios y saliendo segundos después para hacerme entrega de un puñado de caramelos de menta.

Un gesto tan adorable como inútil, pues la infección que estaba cociéndose en mi cuerpo se reía de los caramelitos y pedía medicina de verdad.

¿Os acordáis de aquella entrada que publiqué meses atrás enumerando toda la mandanga que metí en mi equipaje? Ni rastro de antibióticos entre el género, ¿verdad? Bien, pues antibióticos era lo que necesitaba entonces.

Me dirigí entonces a la única farmacia abierta en el pueblo a aquella hora, la cual compartía espacio y negocio con un restaurante (os lo juro) y me adentré en el lugar para asustarme ante la visión, pues parecía que acabasen de entrar a robar: apenas había artículos a la venta entre las estanterías medio vacías, e intuía que poco iban a poder hacer para ayudarme. Además, habíamos escuchando más de una vez una leyenda que afirmaba que, aunque era posible hacerse con antibióticos en cualquier farmacia vietnamita sin presentar la reglamentaria receta, los mismos eran importados de China y tenían la misma efectividad que recitar un "sana, sana, culito de rana". En cualquier caso, cuando uno de los camareros (sí, sí, lo habéis leído bien. No me lo estoy inventando) pasó del mostrador del bar al mostrador de la farmacia y escuchó mis síntomas, sólo pudo venderme unas pastillas para la irritación gutural. Vamos, como los caramelitos de menta pero sin resultar tan adorable. Completamente hecho mierda, volví al hotel, parando por el camino para sacar esta foto a un cocinero que preparaba patos sin tener muy claro por qué mi cerebro había tomado tal decisión:


Llegué a la habitación, me metí en la cama entre delirios y pasados varios minutos, varias horas o varios meses (pues la fiebre no me permitía ser consciente de la constante del tiempo) Jorge hizo acto de presencia. Me contó que valencianas y rusa estaban preocupadas por mí y deseaban mi pronta recuperación, y no sólo eso. Cuales reinas magas me hacían entrega de tres presentes: antibióticos para tres días que me ayudasen a sobrevivir, gotas de propóleo para suavizar mi garganta y una botellita de un mejunje que yo desconocía, pero que la rusa afirmaba había usado toda su vida y era capaz de obrar milagros ante cualquier contratiempo sanitario siempre que tuviese cuidado y no dejase que me entrase en los ojos. "La estrella", llamaba a aquello.

Sigo sin saber qué es, pero al día siguiente me compré tres en una tienda de souvenirs. Sí, de souvenirs. Lo de detrás es la alfombrilla de mi ratón, que necesitaba poner algo para que no se rodase la botellita

Tan agradecido como débil y dolorido, aparqué mi juicio y procedí a ingerir o aplicarme todo lo anterior, dejando así que los delirios febriles me acunasen hasta la mañana siguiente.

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lunes, 22 de septiembre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc I: estableciéndonos

Espero que no os mareaseis mucho leyendo la anterior entrada. Por suerte, aquel frenético trayecto en minibús que podría haber acabado en tragedia finalizó con todos los integrantes ilesos. Vaciamos el vehículo reprimiendo las ganas de besar el suelo (y un poco las ganas de vomitar, también) y al veloz conductor le faltó tiempo para salir pitando con la intención de convertir el trayecto de nuevos turistas en una alocada y divertida atracción de feria. Allí mismo subimos a otra furgoneta, más pequeña, que ahora sí nos dejaría en Tam Cốc.

Os explico esta jugada aunque intuyo que os da igual. Resulta que el minibús original en realidad terminaba su trayecto en Ninh Bình, y aquí se hacía un reparto de viajeros con destino a las correspondientes aldeas de la zona. Mientras recorríamos aquellos últimos metros motorizados, una de las integrantes del grupo español que tanta vergüenza ajena dio mientras nos jugábamos la vida y que aún seguía a nuestra vera, a nuestra vera, siempre a la verita nuestra, gritó a uno o a varios de los suyos "mirar qué sitio mah bonito pa' echá fotoh" mientras señalaba hacia un lugar en concreto con aspecto de vertedero ilegal en miniatura, y yo me pregunté cuántas pruebas más tendría que superar aquella mañana.

Pues bien, la respuesta a esa pregunta llegaría poco después. Y es que, tras apearnos, llegar a nuestro hotel y cruzar su recepción, el encargado nos comunicó que, por vete a saber qué problema con la reserva, sólo tenía disponible una habitación en la que había una cama de matrimonio.

En mi memoria, el recuerdo de aquel momento incluye a un Jorge obligado a enfrentarse otra vez a la misma con los ojos inyectados en sangre y a punto de rajarle el cuello al recepcionista, pero estoy convencido de que mi cerebro exagera una vez más y que mi acompañante no se alteró demasiado. Entre otras cosas, porque no tuvo tiempo, pues se nos hizo saber inmediatamente que en otro hotel cercano ("propiedad de un amigo", nos dijo el de recepción. Que no sé vosotros, pero yo no tengo amigos con tanta pasta) sí que podríamos hacer uso de una pieza con sus dos camas reglamentarias.

Además, el nuevo alojamiento estaba a pocos metros (todo estaba cerca de todo en Tam Cốc, por suerte), y en la recepción de éste nos encontramos con uno de los personajes más simpáticos de toda esta historia: Dí.

Vale, seguro que su nombre no se escribe así, pero de la misma forma que no me dio por investigar la grafía jemer cuando conocimos a Perún, ahora tampoco me apetece hacerlo.

Además de gestionar nuestra reserva, el siempre sonriente Dí tuvo a bien recomendarnos los mejores restaurantes del pueblo, y nos sugirió que fuésemos a un sitio cercano a disfrutar de un café con huevo tal y como hicimos días antes en Hanoi.

Subimos entonces a nuestra habitación pasando ante la piscina del hotel. Piscina que, al contrario que las de los hoteles de Bangkok y Siem Reap no llegó a mojarnos, ya que hizo un tiempo bastante desagradable durante aquellas jornadas. Además, quedaban pocas horas para que mi sistema inmunológico tirase la toalla, pero no adelantemos acontecimientos.

Volviendo a la recomendación de Dí, le hicimos caso,  y en el mismo sitio en el que pudimos disfrutar del líquido postre (el café con huevo vietnamita es tan dulce que si no lo consideráis un postre tenéis un problema) dimos cuenta de algo para comer. Y yo no sé muy bien en qué consistió lo que pedí, pero parecía un filete ruso gigante y me gustó mucho, así que no me quejo:


El café con huevo también estaba riquísimo, aunque Jorge torció un poco el gesto al dar el primer sorbo, lo que provocó que la camarera que los había preparado se lanzase hacia nuestra mesa y preguntase con cierta intensidad que cuál era el problema, que si no le gustaba, que si tenía algo malo, y que si quería que le preparase otro. Y el pobre Jorge, aún reponiéndose de la aparición, le dijo con un hilillo de voz que aquel café no tenía nada reprochable, pero que el que había probado en la capital sabía más dulce. Se giró entonces la cantinera en mi dirección, y antes de que pudiese decirme nada a mí, le aseguré que aquella bebida estaba deliciosa y la apuré todo lo rápido que me lo permitió mi temblequeante pulso.

A ver, que el café estaba bueno, de verdad. Y tenía buena pinta, fijaos:


Pero es que no veáis qué miedo.

Total, que salimos de allí y volvimos al hotel, pasando antes ante un local del que voy a hablar por primera pero no por última vez. Se trataba de un centro de estética y de masajes, y por vete a saber qué razón, aquella tarde, las chicas que trabajaban en él habían dispuesto un perchero en la acera con varias prendas usadas que se encontraban a la venta. Jorge, tras echar un vistazo al género y regatearles un rato al descubrir una tara, compró un jersey de lana verde horroroso con una pantera en el pecho que, meses después, llevaría con orgullo a la cena de navidad de nuestra empresa.

Y yo ahora querría seguir dando detalles de aquella jornada, pero como han sido varios los posts que he publicado desde que comencé a dar la turra con esto del viaje en los que dejaba caer que me ponía malo y tal, pues voy a echarle morro, hacer dos entradas cortas de una larga y dejaros con las ganas hasta la próxima.

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lunes, 15 de septiembre de 2025

Aquel viaje. Magical Mystery Tour II

La anterior entrada terminó prometiendo cilindrada. Pero antes de arrancar motores, cerremos el capítulo relativo a nuestra estancia en Cát Bà. Tras una noche que resultó de lo más plácida gracias a que Jorge le pidió con arrojo y modales a unos albañiles que dejasen de joder con el karaoke, la mañana trajo consigo a otros albañiles distintos, éstos más cercanos a nuestro hotel y dedicados a su tarea constructora desde las siete ante meridiem:


De este detalle aún no he hablado, pero descubrimos días atrás, al llegar a nuestro alojamiento que las obras cercanas podían llegar a suponer una molestia. O al menos eso daban a entender en recepción, añadiendo que quien quisiera podría reducir su estancia sin coste ni penalización. Y a nosotros no es que nos incordiasen especialmente los obreros de al lado, pero viendo que poco nos quedaba por hacer en la zona durante aquella fría temporada baja, aprovechamos la circunstancia y nos largamos un día antes de lo pensado. No sin antes dar cuenta del último desayuno a base de tortitas con leche condensada en el buffet del hotel y de que yo recogiese la mochila, limpia y seca, que había pedido con relativa urgencia que me echasen a lavar la víspera.

Cuando llegamos a Cát Bà días atrás pasamos de un bus a un barquito y de éste a una furgoneta, y en esta ocasión hicimos lo mismo pero a la inversa. Un detalle que diferenció este nuevo viaje fue que, mientras hacíamos tiempo en lo que llegaba la embarcación, comenzamos a escuchar mucha conversación en español entre los allí presentes. Y es que, casualidades de la vida, casi todos los que pasamos del barco al minibús con destino Tam Cốc compartíamos DNI.

No sólo eso, sino que muchos directamente formaban parte del mismo grupo. Lo sé porque, en cuanto el conductor cerró su puerta y metió la llave en el contacto, aquella troupe comenzó a berrear el Cumpleaños feliz a uno de sus integrantes ante la atónita mirada de Jorge, mía, y de otra pareja (también española) que no tenía nada que ver con aquel casting de Gran Hermano y que parecía ser más civilizada.

De todas formas, el garrulismo patrio a bordo del vehículo pasó pronto a ser la menor de nuestra preocupaciones, y es que el pobre vietnamita encargado de dejarnos en nuestro destino tenía que hacerlo en dos horas, a pesar de que el sentido común y las normas de tráfico le daban a aquel trayecto casi tres horas de duración.

Poco importaba que la carretera fuese una nacional estrechita que se adentraba en varios pueblos a lo largo del recorrido. El chófer, pendiente más de la hora que de nuestra integridad física, se hacía un kilómetro tras otro a toda hostia, aporreando el claxon cada dos por tres para que despistados viandantes se quitasen del medio y conductores con más aprecio por la vida le dejasen pasar.

En cierto momento del trayecto eché un ojo a Jorge y vi el terror en sus ojos. Teniendo en cuenta la poca gracia que le hacía verse enfrentado a las carreteras asiáticas, no quise ni imaginarme lo que estaría pasando por su mente, aunque intuyo que no sería nada agradable. De hecho, llegado un punto del viaje en el que cada uno parecía estar encomendándose al patrón de su pueblo (en mi caso, la patrona de la parroquia del barrio de Valladolid en el que crecí es Nuestra Señora de Guadalupe, y aquella mañana tuvo que hacer horas extras por mi culpa), Jorge no pudo soportarlo más y empezó a sugerirle al hombre que levantase el pie del acelerador.

"Oiga, de verdad que no es necesario que corra tanto, que ninguno tenemos prisa y a lo mejor va usted un pelín rápido" o algo así le dijo. Pero en inglés.

Y lo peor es que aquella interpelación empeoró las cosas, ya que el conductor, deseoso de justificar por qué estaba emulando al chófer de Lady Di pero incapaz de comunicarse en la lengua de Shakespeare, echó mano de su smartphone y, sin reducir su alocada velocidad ni dejar de pitar a todo bicho viviente, abrió el traductor y tecleó unas frases en su lengua natal (que yo pensé: "¿cuántas manos tiene este hombre?") para después traducirlas y hacernos entrega del aparato, lo que nos permitió leer en la pantalla del mismo que lo sentía mucho pero que nos tenía que dejar en el destino en dos horas sí o sí.

Hagamos ahora una pequeña pausa en tan desenfrenada carrera para recuperar el aliento y hablar de uno de mis videojuegos favoritos (mi favorito es el James Pond 2: Codename: RoboCod. Estoy tan flipado con él que tengo a su protagonista tatuado en el gemelo derecho. Os lo juro): Radikal Bikers. De las partidas que echaba al mismo en una sala de recreativas del centro comercial vallisoletano en el que perdía mis tardes de adolescencia y la Play Station que compré pagó mi abuela para poder hacer lo mismo en casa ya hablé aquí hace tiempo. Lo que no conté es que la mecánica del videojuego de marras consistía en dirigir la moto de un repartidor de pizzas que debía hacer una entrega por un recorrido urbano en una carrera contra reloj, procurando no fostiarse mucho por el camino contra otros vehículos, so pena de que la pizza terminase hecha mierda.

Las centenares de horas que dediqué al Radikal Bikers me resultaron de lo más divertido. Las dos horas que pasé años después junto a Jorge, aquel rebaño, la pareja civilizada y el fittipaldi vietnamita sintiendo que íbamos a terminar todos como la pizza del videojuego, no me divirtieron tanto. Especialmente cuando el chófer, sin reducir la velocidad (por supuesto), pitó repetidas veces a un larguísimo camión cisterna que, atravesado en la carretera, maniobraba para poder adentrarse en una gasolinera a la que iba a suministrar combustible.

Fabuloso. Aquello no iba camino de convertirse en una mala partida del Radikal Bikers. Aquello iba a terminar como el accidente de Los Alfaques.

Jorge insistió en lo de que no era necesaria tanta prisa, que aquella carretera le iba a pillar un pelín lejos a nuestras madres cuando de ir a dejar flores en la cuneta se tratase, pero el estado casi histérico de mi amigo no tuvo la más mínima influencia en el velocísimo conductor, quien a su vez repitió una vez más la jugada del traductor de su móvil, aumentando en varios grados la angustia general. En ese momento, no sé si con intención de evadirse de aquel rally en el que sólo competía nuestro minibús, uno de los españoles, quien ocupaba el asiento del copiloto, echó mano de su smartphone y, sin conectarle auriculares ni nada, decidió reproducir a todo trapo no recuerdo qué mierda de canción, con lo feo que está eso.

Atendiendo a la mirada que Jorge le dedicó al cantamañanas, pude hacerme una idea de sus pensamientos, y estoy seguro de que, de no ser porque bastante tenía con centrarse en su propia supervivencia, Jorge le habría inflado a hostias allí mismo. Pero en vez de protagonizar una más que justificada violenta escena, mi amigo echó mano de su educación y de los huevos que a mí me faltaban en estas situaciones y, tras hacerle "tap tap" en el hombro, le dijo que aquel viaje le estaba volviendo la cabeza loca y que por favor apagase la musiquita.

Y funcionó. Tres hurras por Jorge. Y tres hurras por aquel conductor de minibús vietnamita (quien al fin y al cabo no era más que otra pobre víctima del capitalismo, todo sea dicho) que, a pesar de hacernos envejecer diez años en dos horas, nos dejó en nuestro destino sanos y salvos. De lo que pasó a continuación ya hablaremos en la próxima entrada, que no sé vosotros, pero yo ahora voy a tener que hacerme una tila o algo.

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lunes, 8 de septiembre de 2025

Aquel viaje. Magical Mystery Tour I

Puede que al ver el título de esta entrada, los frikis de los Beatles hayáis pillado la referencia y os estéis llevando las manos a la cabeza temerosos de que en este blog vuelva a caer un análisis musical (por llamarlo de alguna manera) como el de hace unas semanas. E incluso puede que aún más largo, habida cuenta de que ese "I" al final promete que la turra va a dar para más de una entrega.

Bueno, pues ya os digo yo que no. Al menos, en cuanto a lo de analizar el segundo mejor disco del grupo de Liverpool (porque el primero es claramente el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. No me hagáis empezar). Lo de que esta historia en particular va a requerir de más de una entrada sí que es verdad, para bien o para mal. Y si he elegido ese título, ha sido porque os tengo que hablar de un viaje loquísimo. Pero antes de eso, permitidme que os dé turra previa.

En uno de los posts que más veces he enlazado hasta ahora, comenté que le di varias vueltas a la opción de renovar mi Canon EOS 1100D mientras planificaba el viaje y al final logré evitar el desembolso absurdo al engañarme a mí mismo poniéndole una correa nueva.

Pues bien, una de las cosas que han pasado a lo largo de este dos mil veinticinco que estamos sufriendo y que sabe Dios cómo va a acabar es que he caído en las garras del capitalismo por enésima vez y en el equipo de mis cámaras de fotos, una flamante Olympus OM-D E-M10 Mark-IV (¡Jesús! Creo que he escrito todo bien. Más que el nombre de una cámara parece el de un hijo de Elon Musk) ha sustituido a mi fiel Canon. Y aprovechando una visita a Valladolid que he hecho a mediados de junio, me he acercado al escenario donde comienza la historia que aún no he logrado arrancar y he sacado una foto:


Vale, he sacado más de una, que como ya os he dicho la cámara es nueva y yo quiero probar las funciones que tiene:




De haber hecho esto en septiembre, las imágenes habrían sido muy distintas. En vez de un rebaño de contenedores vacíos, en las fotos saldría algo así:

Sí. Mi Canon es capaz de hacer esas cosas y estoy deseando comprobar si la Olympus está a la altura

Y es que el desolado lugar que acabáis de ver es, ni más ni menos, que el recinto ferial de Valladolid. Esto lo comenté por encima tiempo ha mientras os hablaba de una lámpara de lava (las chorradas que llego a soltar en este blog), y hoy voy a desarrollar más el tema de las ferias.

¿Tiene esto algo que ver con mi viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam? Si, no os pongáis nerviosos.

Los carruseles llegaban a la capital del Pisuerga a primeros de septiembre, coincidiendo con las fiestas patronales, y se iban a finales con destino a Zaragoza porque en octubre es la fiesta del Pilar y tal. Aunque las atracciones estaban a disposición de los vallisoletanos durante casi un mes, mis padres me llevaban sólo un día. Eso sí, contaba con permiso para montarme allá donde quisiera, sin límite de gasto, y yo me aprovechaba de esta cláusula en los términos y condiciones de mi visita a las ferias sacando ficha para todo aquello que no me pusiera boca abajo (la primera vez que tuve una experiencia así fue durante mi viaje de fin de curso a Salou en cuarto de ESO. Me monté en el Dragon Khan de Port Aventura y descubrí en ese momento todo lo que me había perdido hasta entonces por ser un cobarde).

Mi atracción favorita no era el tren de la bruja, ni el gusano loco, ni los coches de choque, ni el ratón vacilón, ni el castillo inflable, ni las camas elásticas, ni la noria, ni el canguro. La que me robaba el corazón, año tras año, era el simulador. Para quienes no caigan, os describo rápidamente en qué consistía (o consiste, que le he perdido la pista a este mundo y ya no sé qué es lo que sigue existiendo ahí fuera): se trataba de una mezcla de monovolumen y huevo tumbado en cuyo interior varias filas de asientos se orientaban hacia una pantalla gigante. En esta pantalla se proyectaba un vídeo de unos cinco minutos, y dicho vídeo solía consistir en el recorrido de una montaña rusa, un descenso de ski o alguna mierda por el estilo grabada en primera persona. La gracia estaba en que toda la estructura se meneaba y sacudía siguiendo los movimientos de la frenética escena. Y si a esto añadimos que antes éramos más impresionables y que todo aquello olía a FUTURO, pues yo gozaba con cada viaje de simulador como si fuera Mr. Bean en una de las escenas más divertidas de la historia del cine.

Vale que muchas de las proyecciones (las cuales cambiaban a diario, por lo que uno nunca sabía lo que le iba a tocar) dejaban que desear en lo referente a sacudidas, pero la programada para la tarde de autos (nunca mejor dicho, ya veréis) fue tan frenética que a día de hoy me sigue dando cosica de la buena.

Antes de entrar en detalles, he de aclarar que, al encontrarme en el recinto ferial a finales de septiembre, no había mucha afluencia, por lo que tras sacar billete y adentrarme en el simulador, cuando el responsable de su funcionamiento se cansó de esperar y decidió empezar el viaje, nadie más se había metido en el cacharro.

Así es, se cerraron las puertas (desde arriba como las de un Delorean. Ya os he dicho que este trasto era EL FUTURO) y yo estuve solo durante toda la peli (hecho que le dio a la experiencia unos puntos extra de impresión). La proyección se titulaba "El coche suicida", y durante la misma un vehículo, que en principio tenía que recorrer una pista de pruebas de lo más anodino, se metía en su lugar por un desguace en el que trataba de evitar acabar convertido en cubo.

Os podéis imaginar la escena: grúas que lo elevaban y lo dejaban caer, enormes placas que lo golpeaban por todas partes, garfios que lo enganchaban y lo lanzaban de acá para allá... Y todo esto mientras la vibración de la atracción y el vídeo gigante que tenía delante me hacían sentir como si estuviese recorriendo una distancia interminable a toda velocidad.

Fue una locura, os lo juro. Desde los primeros instantes hasta que terminaron aquellas escenas me sentí como un hielo en una coctelera, como un tanga en una lavadora, como un perro en una furgoneta en marcha, como Margaret Thatcher en su tumba cada vez que pienso en ella, como... Bueno, creo que me entendéis.

Tras esta increíble experiencia, las puertas se abrieron de nuevo (hacia arriba, sí. EL FUTURO y tal) y salí al mundo real, con su aburrida tierra firme, pensando que un viaje tan desquiciado no se repetiría jamás.

Peeero... Pasados casi treinta años de aquello, un minibús que nos llevó a Jorge y a mí de Cát Bà a Tam Coc hizo que volviera a sentirme como si estuviera a bordo de aquel suicida vehículo virtual.

¿Lo veis? Al final toda esta mierda de las ferias tenía que ver con el viaje. Os lo dije.

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lunes, 1 de septiembre de 2025

Aquel viaje. Aquel bar de Cát Bà

Intuyo que se viene otra entrada de ésas que prometían ofrecer mucho cuando empezaban a tomar forma en mi cabeza, pero que una vez puestas en papel (bueno, más bien en pantalla, pero ya me entendéis), se quedan cortas en lo que a contenido y gracia se refiere. Vosotros juzgaréis. En esta ocasión quiero hablar del bar de Cát Bà en el que Jorge y yo acabamos metidos dos noches seguidas durante el tiempo que estuvimos en aquella isla.

Nuestra primera incursión en el antro se produjo a las pocas horas de llegar al lugar, tal y como conté en su día: después de haber cenado, y abordados por el RRPP que buscaba clientes un poquito a la desesperada por tratarse de temporada baja. El hombre nos acompañó escaleras arriba, pues era en la primera planta donde había más fiesta (el bajo era una terraza de las de sentarse a ver el evento deportivo de turno), al tiempo que nos hacía saber de la magnífica oferta dosporuno en bebidas de la que podríamos beneficiarnos.

Alcanzada la barra, Jorge decidió que quería romper la tradición del long island que iniciamos en Tailandia y se pidió un margarita, ante lo que el camarero respondió que de eso nada, que la promoción no podía aplicarse si las bebidas eran diferentes. Tras un breve debate con mi compañero de viaje acerca de cómo este tipo de técnicas buscan que acabes gastando el doble en vez de la mitad, cedió confuso, y a los pocos minutos nos retiramos a un rincón para disfrutar de sendos long island (sí, sin hielo. Por lo del miedo a intoxicaciones que teníamos y tal).

He mencionado ya lo de la temporada baja, pero aquella primera planta parecía ser una excepción a la norma, pues a base de ir recogiendo a turistas despistados por la calle, el personal había logrado que se montase bastante bullicio. Entre la fauna había allí quienes bailaban al ritmo de la música, quienes jugaban a los dardos, quienes se hallaban enfrascados en el billar, o un joven cuarteto que se entretenía con el futbolín. Después de un rato de cháchara, nos dirigimos a estos últimos en espera de nuestro turno.

Aunque a mí siempre se me ha dado fatal (aunque le colé un gol al campeón de Baja Sajonia una vez que visité a un amigo en Leipzig. Vale, fue nada más empezar la partida y el alemán estaba despistado. Vale, la derrota que sufrí después fue especialmente humillante, pero vosotros no tenéis por qué saber eso), Jorge podría ganar dinero jugando al futbolín si quisiera. Resulta que hasta hace no mucho, nuestra oficina contaba con este pasatiempo, y él solía echarle un buen rato todos los días, adquiriendo una pericia y una técnica de las de dejar con el culo torcido al personal. Pues bien, aquella noche Jorge contaba con pericia y técnica para dar y tomar, pasando sistemáticamente la mano por la cara de todo aquel que osase enfrentársele.

Cuando quisimos darnos cuenta, el pequeño grupo futbolinero al que ahora pertenecíamos había crecido, y ya éramos cuarenta y la madre cuando se decidió cambiar de actividad lúdica. Nos desplazamos entonces al billar, donde nos resultó imposible decidir quién iba a jugar y quién no y bajo qué reglas. Por ello, se optó por cambiar radicalmente de normas y acabamos echando una partida a un raro juego de cuyo mecanismo apenas me acuerdo. Algo así como lanzar la bola negra por turnos, haciendo que golpease contra los bordes. Una especie de eliminatoria en la que los jugadores iban cayendo si no eran capaces de agarrar la bola llegado su turno. Ay, no sé. Inventos de gente joven, ¿qué queréis que os diga?

De hecho, tras unos minutos correteando alrededor de la mesa de billar, y aprovechando un momento de calma, Jorge me hizo viejo de golpe cuando me dijo: "José, vamos ya para el hotel, que parecemos sus padres".

Pasadas veinticuatro horas volvimos al local. En aquella ocasión yo era cuarenta años más viejo por culpa de Jorge y nos acompañaban las dos valencianas que habían coprotagonizado la jornada. Y si la víspera había afluencia, en esta nueva ocasión el local se hallaba a reventar. Quizá era debido a que el bar contaba con dos nuevos elementos para atraer clientes: un DJ y bombonas de gas de la risa que los camareros servían a la gente en globitos. Y no me preguntéis por el efecto de este estupefaciente porque a ninguno de los que nos adentramos allí nos interesó probarlo. Quienes sí que dieron cuenta de la sustancia, y en multitud de ocasiones, fueron los integrantes de una pareja, tanto él como ella poseedores de un bronceado exageradísimo (algo así como el tono de los podlings de Cristal Oscuro) y de una edad que sobrepasaba con creces la cuarentena (y a ellos Jorge no les dijo nada, ejem, ejem).

A pesar de que los dos se estaban metiendo un globo detrás de otro, no parecían verse afectados de ninguna manera por ello, aunque el gas no tenía nada de inocuo. Digo esto porque, mientras tratábamos a duras penas de mantener una conversación en aquel ruidoso ambiente, un jovencísimo chaval cuya complexión podríamos describir como "escuchimizada" que se encontraba a escasos centímetros de nosotros también hizo uso del recreativo gas. Y a él sí que le afectó. Vaya que si le afectó: se le puso cara de bobalicón, dejó la mirada perdida y, mientras palidecía, cayó de bruces al suelo como un árbol talado, pegándose una hostia en la cara con la pata de un taburete.

Yo contemplé la escena y pensé: "cadáver", pero el accidente resultó ser más espectacular que grave: otro chico que estaba con él lo trincó rápidamente de los hombros y lo sacó de allí sin que ninguno de los dos perdiese la sonrisa en todo momento. Sin embargo, lo surrealista de la situación y del ambiente en general acabó sobrepasándonos, y decidimos que sería mejor marcharnos de aquel lugar para siempre.

¿Quién sabe? Quizá si hubiésemos optado por quedarnos un rato más esta entrada ahora sería más larga y/o más graciosa. Pero no. Ha quedado así de sosa. Y como estando allí dentro no hice fotos que documenten gráficamente las historias que acabo de contar, le voy a robar a Jorge una que sacó de una vaca. No tiene nada que ver, pero es bonita:


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