lunes, 8 de septiembre de 2025

Aquel viaje. Magical Mystery Tour I

Puede que al ver el título de esta entrada, los frikis de los Beatles hayáis pillado la referencia y os estéis llevando las manos a la cabeza temerosos de que en este blog vuelva a caer un análisis musical (por llamarlo de alguna manera) como el de hace unas semanas. E incluso puede que aún más largo, habida cuenta de que ese "I" al final promete que la turra va a dar para más de una entrega.

Bueno, pues ya os digo yo que no. Al menos, en cuanto a lo de analizar el segundo mejor disco del grupo de Liverpool (porque el primero es claramente el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. No me hagáis empezar). Lo de que esta historia en particular va a requerir de más de una entrada sí que es verdad, para bien o para mal. Y si he elegido ese título, ha sido porque os tengo que hablar de un viaje loquísimo. Pero antes de eso, permitidme que os dé turra previa.

En uno de los posts que más veces he enlazado hasta ahora, comenté que le di varias vueltas a la opción de renovar mi Canon EOS 1100D mientras planificaba el viaje y al final logré evitar el desembolso absurdo al engañarme a mí mismo poniéndole una correa nueva.

Pues bien, una de las cosas que han pasado a lo largo de este dos mil veinticinco que estamos sufriendo y que sabe Dios cómo va a acabar es que he caído en las garras del capitalismo por enésima vez y en el equipo de mis cámaras de fotos, una flamante Olympus OM-D E-M10 Mark-IV (¡Jesús! Creo que he escrito todo bien. Más que el nombre de una cámara parece el de un hijo de Elon Musk) ha sustituido a mi fiel Canon. Y aprovechando una visita a Valladolid que he hecho a mediados de junio, me he acercado al escenario donde comienza la historia que aún no he logrado arrancar y he sacado una foto:


Vale, he sacado más de una, que como ya os he dicho la cámara es nueva y yo quiero probar las funciones que tiene:




De haber hecho esto en septiembre, las imágenes habrían sido muy distintas. En vez de un rebaño de contenedores vacíos, en las fotos saldría algo así:

Sí. Mi Canon es capaz de hacer esas cosas y estoy deseando comprobar si la Olympus está a la altura

Y es que el desolado lugar que acabáis de ver es, ni más ni menos, que el recinto ferial de Valladolid. Esto lo comenté por encima tiempo ha mientras os hablaba de una lámpara de lava (las chorradas que llego a soltar en este blog), y hoy voy a desarrollar más el tema de las ferias.

¿Tiene esto algo que ver con mi viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam? Si, no os pongáis nerviosos.

Los carruseles llegaban a la capital del Pisuerga a primeros de septiembre, coincidiendo con las fiestas patronales, y se iban a finales con destino a Zaragoza porque en octubre es la fiesta del Pilar y tal. Aunque las atracciones estaban a disposición de los vallisoletanos durante casi un mes, mis padres me llevaban sólo un día. Eso sí, contaba con permiso para montarme allá donde quisiera, sin límite de gasto, y yo me aprovechaba de esta cláusula en los términos y condiciones de mi visita a las ferias sacando ficha para todo aquello que no me pusiera boca abajo (la primera vez que tuve una experiencia así fue durante mi viaje de fin de curso a Salou en cuarto de ESO. Me monté en el Dragon Khan de Port Aventura y descubrí en ese momento todo lo que me había perdido hasta entonces por ser un cobarde).

Mi atracción favorita no era el tren de la bruja, ni el gusano loco, ni los coches de choque, ni el ratón vacilón, ni el castillo inflable, ni las camas elásticas, ni la noria, ni el canguro. La que me robaba el corazón, año tras año, era el simulador. Para quienes no caigan, os describo rápidamente en qué consistía (o consiste, que le he perdido la pista a este mundo y ya no sé qué es lo que sigue existiendo ahí fuera): se trataba de una mezcla de monovolumen y huevo tumbado en cuyo interior varias filas de asientos se orientaban hacia una pantalla gigante. En esta pantalla se proyectaba un vídeo de unos cinco minutos, y dicho vídeo solía consistir en el recorrido de una montaña rusa, un descenso de ski o alguna mierda por el estilo grabada en primera persona. La gracia estaba en que toda la estructura se meneaba y sacudía siguiendo los movimientos de la frenética escena. Y si a esto añadimos que antes éramos más impresionables y que todo aquello olía a FUTURO, pues yo gozaba con cada viaje de simulador como si fuera Mr. Bean en una de las escenas más divertidas de la historia del cine.

Vale que muchas de las proyecciones (las cuales cambiaban a diario, por lo que uno nunca sabía lo que le iba a tocar) dejaban que desear en lo referente a sacudidas, pero la programada para la tarde de autos (nunca mejor dicho, ya veréis) fue tan frenética que a día de hoy me sigue dando cosica de la buena.

Antes de entrar en detalles, he de aclarar que, al encontrarme en el recinto ferial a finales de septiembre, no había mucha afluencia, por lo que tras sacar billete y adentrarme en el simulador, cuando el responsable de su funcionamiento se cansó de esperar y decidió empezar el viaje, nadie más se había metido en el cacharro.

Así es, se cerraron las puertas (desde arriba como las de un Delorean. Ya os he dicho que este trasto era EL FUTURO) y yo estuve solo durante toda la peli (hecho que le dio a la experiencia unos puntos extra de impresión). La proyección se titulaba "El coche suicida", y durante la misma un vehículo, que en principio tenía que recorrer una pista de pruebas de lo más anodino, se metía en su lugar por un desguace en el que trataba de evitar acabar convertido en cubo.

Os podéis imaginar la escena: grúas que lo elevaban y lo dejaban caer, enormes placas que lo golpeaban por todas partes, garfios que lo enganchaban y lo lanzaban de acá para allá... Y todo esto mientras la vibración de la atracción y el vídeo gigante que tenía delante me hacían sentir como si estuviese recorriendo una distancia interminable a toda velocidad.

Fue una locura, os lo juro. Desde los primeros instantes hasta que terminaron aquellas escenas me sentí como un hielo en una coctelera, como un tanga en una lavadora, como un perro en una furgoneta en marcha, como Margaret Thatcher en su tumba cada vez que pienso en ella, como... Bueno, creo que me entendéis.

Tras esta increíble experiencia, las puertas se abrieron de nuevo (hacia arriba, sí. EL FUTURO y tal) y salí al mundo real, con su aburrida tierra firme, pensando que un viaje tan desquiciado no se repetiría jamás.

Peeero... Pasados casi treinta años de aquello, un minibús que nos llevó a Jorge y a mí de Cát Bà a Tam Coc hizo que volviera a sentirme como si estuviera a bordo de aquel suicida vehículo virtual.

¿Lo veis? Al final toda esta mierda de las ferias tenía que ver con el viaje. Os lo dije.

Licencia Creative Commons

No hay comentarios:

Publicar un comentario