No sé si lo he dicho hasta ahora, pero a Jorge no le costaba nada salir de la cama cada mañana. Por ello, cuando yo apagaba la alarma de mi móvil y empezaba a maldecir las pocas horas de sueño previas, mi compañero de viaje ya estaba en la puerta de la habitación con ropa de calle dispuesto a dar cuenta del desayuno del hotel de turno. Y aquella mañana no fue una excepción. Además, no sé si fue porque a mí lo de ir en moto me debe vaciar las pilas más de lo normal y el día anterior tuvimos rato de moto para dar y tomar, o porque mi infección de garganta aún seguía dándome guerra, pero recuerdo que en el día que nos ocupa me costó más de lo normal escapar de las sábanas.
De todas formas, llegar al restaurante de nuestro alojamiento para poder disfrutar de lo que las amables cocineras que salían a saludar nos habían preparado (aquella mañana había algo que, si no era oreja rebozada, se le parecía lo suficiente como para hacer mis delicias), me espabiló lo suficiente, y una vez nutridos y encafetados como era debido, Jorge y yo nos dirigimos a recepción para recoger sendas motos de alquiler. Curiosamente, una pareja de españoles hizo lo mismo, aunque ellos prefirieron compartir un único vehículo de dos ruedas. En el rato de cháchara que compartimos antes de ponernos en marcha, nos relataron que habían viajado a Laos, recomendándonos ese destino, y Jorge les contó que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.
Si el día anterior nuestras motocicletas nos habían llevado lejos, en esta ocasión doblamos la distancia, pues nuestro destino era un parque nacional cuyo nombre no me interesa buscar ahora (y, las cosas como son, a vosotros os da exactamente igual. De hecho, podría inventarme un nombre como Trăng Diữc o Fống Pu Târc y no os molestaríais en comprobarlo. Y luego que si os engañan con noticias falsas). Por el camino, paramos ante un grupo formado por campesinos y campesinas que nos hizo recordar al de la víspera, pero no habiéndonos ni siquiera apeado, los hombres de dicho grupo nos invitaron con gesto serio a seguir nuestro camino, y nosotros aprendimos la lección.
Llegamos entonces al susodicho parque nacional de desconocido nombre, y quiso la casualidad que la pareja de españoles hiciese acto de presencia también. Ellos habían tomado otra ruta, y nos contaron que en una intersección, todos y cada uno de los vehículos que tenían delante se habían saltado un semáforo en rojo con todos sus huevazos, por lo que a ellos no les quedó otra que hacer lo mismo, so pena de que quienes venían detrás les regalase una pitada de padre y muy señor mío. Sin embargo, a ellos, por turistas y por panolis, los dos policías que había en la zona acechando les hicieron parar y soltar trescientos euros de multa (muchos millones de Đồngs al cambio).
Sintiendo un vergonzoso alivio por no haber sido nosotros las víctimas del sistema policial vietnamita, nos volvimos a despedir de nuestros compatriotas y, tras adquirir en la entrada la ídem al parque, recorrimos varios kilómetros a bordo de las motos sin encontrar más atracciones que una cueva y este viejísimo árbol:
Viendo que poco más podríamos visitar allí por mucho que nos adentrásemos, dimos media vuelta. Antes de abandonar el lugar, quisimos entrar al santuario de monos o al bar situados a la entrada, pero ambos estaban cerrados, así que nos despedimos con una mezcla de decepción y estoicismo (pues un parque nacional no está para entretener a turistas, coño) y pusimos rumbo a otra clase de santuario. En esta ocasión, de osos.
En este nuevo lugar, una de las empleadas nos recibió contándonos que los úrsidos del lugar habían sido rescatados de las redes de tráfico de bilis que los mantienen encerrados en diminutas jaulas durante toda su vida mientras les extraen este líquido de la vesícula. Líquido que es usado como remedio en la medicina tradicional china.
Muy triste todo. Y si vosotros, al igual que yo, estáis coleccionando motivos para perder la fe en la humanidad, pues aquí tenéis otro. Pero bueno, al menos en este sitio había gente intentando poner remedio dentro de lo posible a semejante salvajada.
Tras dar un paseo por una pasarela que recorría el lugar a varios metros del suelo y vislumbrar algún que otro osete, pasamos por la tienda de regalos donde compré una sudadera que me pongo bastante a menudo y por el restaurante donde dimos cuenta de un plato de algo que no recuerdo. Al salir de allí nos cruzamos con un grupo de chicas motorizadas preocupadas porque una de ellas no era capaz de arrancar la suya, y Jorge, toqueteando no sé qué botones en el manillar, fue capaz de solucionar su problema.
Qué apañado este chico, de verdad os lo digo.
La siguiente parada de nuestra ruta fue la ciudad de Ninh Binh. Una vez aparcamos en este núcleo urbano nos metimos en un supermercado, y aquí Jorge aprovechó para comprarle café a un montón de conocidos y yo me pillé por las risas una caja grande de chicles con las caras de los BTS que he tardado dos años en acabarme. Queriendo evitar la hora punta, Jorge pidió que nos largásemos de Ninh Binh rapidito, pero eso no evitó que terminásemos metidos en el loquísimo tráfico vietnamita, para nerviosismo de mi amigo y disfrute mío, porque yo debo tener algún problema, pero es que experiencias así me resultan interesantes, oye.
Al final, tras haber recorrido sesenta kilómetros desde por la mañana y hacer una breve parada en una gasolinera a la entrada de Tam Cốc en la que poder rellenar los depósitos, volvimos al hotel e hicimos entrega de los vehículos. Aprovechando la presencia de una lavandería justo enfrente, y calculando los días que aún le quedaban a nuestro viaje, hice una última colada y luego fui con Jorge al restaurante que también hacía las veces de farmacia y del que os hablé en la entrada en la que cuento cómo me puse malo. Aprovechando el buen tiempo, ocupamos una mesa de la terraza, y antes de que nos sirviesen la cena apareció por allí Irlanda (bueno, Ireland), la chica de Hawai que el día anterior me confirmó que el fútbol aburre a los estadounidenses y que decidió unirse a nosotros sin preguntar si nos parecía bien y sin que a nosotros nos pareciese mal. De la conversación que mantuvimos durante los siguientes minutos no me acuerdo muy bien, y es que yo andaba distraído como si fuese un chiquillo tonto viendo pasar a las decenas de autobuses de dos pisos que hacían parada allí cerca. Permitidme que hable un poquito de este tema antes de dar la entrada por acabada.
Resulta que los autobuses nocturnos son un medio de transporte muy habitual en el país. Los mismos están equipados con camas para que los pasajeros puedan dormir durante el trayecto... en teoría. Una de las muchas personas con las que llegamos a intercambiar unas palabras durante aquellos días nos contó que había viajado en un trasto de éstos y que el trayecto había consistido en una sucesión de volantazos, acelerones y frenazos a una velocidad endiablada, y que una de las pocas veces que se atrevió a descorrer la cortina para ver lo que había del otro lado del cristal, pudo contemplar horrorizada cómo un bus similar al suyo había volcado y decoraba lúgubremente el terraplén junto a la carretera.
Que sabiendo esto, uno se asusta menos al pensar en cómo fue nuestra llegada a Tam Cốc, ¿verdad? Pero bueno, dejando disgustos a un lado (sí, a un lado de la carretera, JOJOJOJO. Perdonadme por el mal chiste), la apacible cena tocó a su fin y nosotros nos despedimos de aquella peculiar muchacha para dirigirnos al hotel. Al día siguiente abandonaríamos Tam Cốc para siempre, y yo no quise perder la oportunidad antes de irme a dormir para recibir un masaje en el centro de estética situado junto al hotel. Pero lo de aquel masaje, y todos los demás que recibí, lo dejo para otra entrada.




































