lunes, 27 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc VI: mucha carretera

No sé si lo he dicho hasta ahora, pero a Jorge no le costaba nada salir de la cama cada mañana. Por ello, cuando yo apagaba la alarma de mi móvil y empezaba a maldecir las pocas horas de sueño previas, mi compañero de viaje ya estaba en la puerta de la habitación con ropa de calle dispuesto a dar cuenta del desayuno del hotel de turno. Y aquella mañana no fue una excepción. Además, no sé si fue porque a mí lo de ir en moto me debe vaciar las pilas más de lo normal y el día anterior tuvimos rato de moto para dar y tomar, o porque mi infección de garganta aún seguía dándome guerra, pero recuerdo que en el día que nos ocupa me costó más de lo normal escapar de las sábanas.

De todas formas, llegar al restaurante de nuestro alojamiento para poder disfrutar de lo que las amables cocineras que salían a saludar nos habían preparado (aquella mañana había algo que, si no era oreja rebozada, se le parecía lo suficiente como para hacer mis delicias), me espabiló lo suficiente, y una vez nutridos y encafetados como era debido, Jorge y yo nos dirigimos a recepción para recoger sendas motos de alquiler. Curiosamente, una pareja de españoles hizo lo mismo, aunque ellos prefirieron compartir un único vehículo de dos ruedas. En el rato de cháchara que compartimos antes de ponernos en marcha, nos relataron que habían viajado a Laos, recomendándonos ese destino, y Jorge les contó que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

Si el día anterior nuestras motocicletas nos habían llevado lejos, en esta ocasión doblamos la distancia, pues nuestro destino era un parque nacional cuyo nombre no me interesa buscar ahora (y, las cosas como son, a vosotros os da exactamente igual. De hecho, podría inventarme un nombre como Trăng Diữc o Fống Pu Târc y no os molestaríais en comprobarlo. Y luego que si os engañan con noticias falsas). Por el camino, paramos ante un grupo formado por campesinos y campesinas que nos hizo recordar al de la víspera, pero no habiéndonos ni siquiera apeado, los hombres de dicho grupo nos invitaron con gesto serio a seguir nuestro camino, y nosotros aprendimos la lección.

Llegamos entonces al susodicho parque nacional de desconocido nombre, y quiso la casualidad que la pareja de españoles hiciese acto de presencia también. Ellos habían tomado otra ruta, y nos contaron que en una intersección, todos y cada uno de los vehículos que tenían delante se habían saltado un semáforo en rojo con todos sus huevazos, por lo que a ellos no les quedó otra que hacer lo mismo, so pena de que quienes venían detrás les regalase una pitada de padre y muy señor mío. Sin embargo, a ellos, por turistas y por panolis, los dos policías que había en la zona acechando les hicieron parar y soltar trescientos euros de multa (muchos millones de Đồngs al cambio).

Sintiendo un vergonzoso alivio por no haber sido nosotros las víctimas del sistema policial vietnamita, nos volvimos a despedir de nuestros compatriotas y, tras adquirir en la entrada la ídem al parque, recorrimos varios kilómetros a bordo de las motos sin encontrar más atracciones que una cueva y este viejísimo árbol:


Viendo que poco más podríamos visitar allí por mucho que nos adentrásemos, dimos media vuelta. Antes de abandonar el lugar, quisimos entrar al santuario de monos o al bar situados a la entrada, pero ambos estaban cerrados, así que nos despedimos con una mezcla de decepción y estoicismo (pues un parque nacional no está para entretener a turistas, coño) y pusimos rumbo a otra clase de santuario. En esta ocasión, de osos.

En este nuevo lugar, una de las empleadas nos recibió contándonos que los úrsidos del lugar habían sido rescatados de las redes de tráfico de bilis que los mantienen encerrados en diminutas jaulas durante toda su vida mientras les extraen este líquido de la vesícula. Líquido que es usado como remedio en la medicina tradicional china.

Muy triste todo. Y si vosotros, al igual que yo, estáis coleccionando motivos para perder la fe en la humanidad, pues aquí tenéis otro. Pero bueno, al menos en este sitio había gente intentando poner remedio dentro de lo posible a semejante salvajada.

Tras dar un paseo por una pasarela que recorría el lugar a varios metros del suelo y vislumbrar algún que otro osete, pasamos por la tienda de regalos donde compré una sudadera que me pongo bastante a menudo y por el restaurante donde dimos cuenta de un plato de algo que no recuerdo. Al salir de allí nos cruzamos con un grupo de chicas motorizadas preocupadas porque una de ellas no era capaz de arrancar la suya, y Jorge, toqueteando no sé qué botones en el manillar, fue capaz de solucionar su problema.

Qué apañado este chico, de verdad os lo digo.

La siguiente parada de nuestra ruta fue la ciudad de Ninh Binh. Una vez aparcamos en este núcleo urbano nos metimos en un supermercado, y aquí Jorge aprovechó para comprarle café a un montón de conocidos y yo me pillé por las risas una caja grande de chicles con las caras de los BTS que he tardado dos años en acabarme. Queriendo evitar la hora punta, Jorge pidió que nos largásemos de Ninh Binh rapidito, pero eso no evitó que terminásemos metidos en el loquísimo tráfico vietnamita, para nerviosismo de mi amigo y disfrute mío, porque yo debo tener algún problema, pero es que experiencias así me resultan interesantes, oye.

Al final, tras haber recorrido sesenta kilómetros desde por la mañana y hacer una breve parada en una gasolinera a la entrada de Tam Cốc en la que poder rellenar los depósitos, volvimos al hotel e hicimos entrega de los vehículos. Aprovechando la presencia de una lavandería justo enfrente, y calculando los días que aún le quedaban a nuestro viaje, hice una última colada y luego fui con Jorge al restaurante que también hacía las veces de farmacia y del que os hablé en la entrada en la que cuento cómo me puse malo. Aprovechando el buen tiempo, ocupamos una mesa de la terraza, y antes de que nos sirviesen la cena apareció por allí Irlanda (bueno, Ireland), la chica de Hawai que el día anterior me confirmó que el fútbol aburre a los estadounidenses y que decidió unirse a nosotros sin preguntar si nos parecía bien y sin que a nosotros nos pareciese mal. De la conversación que mantuvimos durante los siguientes minutos no me acuerdo muy bien, y es que yo andaba distraído como si fuese un chiquillo tonto viendo pasar a las decenas de autobuses de dos pisos que hacían parada allí cerca. Permitidme que hable un poquito de este tema antes de dar la entrada por acabada.

Resulta que los autobuses nocturnos son un medio de transporte muy habitual en el país. Los mismos están equipados con camas para que los pasajeros puedan dormir durante el trayecto... en teoría. Una de las muchas personas con las que llegamos a intercambiar unas palabras durante aquellos días nos contó que había viajado en un trasto de éstos y que el trayecto había consistido en una sucesión de volantazos, acelerones y frenazos a una velocidad endiablada, y que una de las pocas veces que se atrevió a descorrer la cortina para ver lo que había del otro lado del cristal, pudo contemplar horrorizada cómo un bus similar al suyo había volcado y decoraba lúgubremente el terraplén junto a la carretera.

Que sabiendo esto, uno se asusta menos al pensar en cómo fue nuestra llegada a Tam Cốc, ¿verdad? Pero bueno, dejando disgustos a un lado (sí, a un lado de la carretera, JOJOJOJO. Perdonadme por el mal chiste), la apacible cena tocó a su fin y nosotros nos despedimos de aquella peculiar muchacha para dirigirnos al hotel. Al día siguiente abandonaríamos Tam Cốc para siempre, y yo no quise perder la oportunidad antes de irme a dormir para recibir un masaje en el centro de estética situado junto al hotel. Pero lo de aquel masaje, y todos los demás que recibí, lo dejo para otra entrada.

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lunes, 20 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc V: un dragón y socialización internacional

Quiero empezar esta entrada planteando un acertijo. Mirad la siguiente foto y decidme: ¿qué es lo que falta?


Os diré yo lo que lo que falta porque no lo vais a adivinar. Lo que falta es que yo me acuerde de dónde nos tomamos esos cafés con huevo. Y es que, haciendo memoria del recorrido que Jorge y yo hicimos de vuelta a Tam Cốc desde el complejo espiritual y cultural Bái Đính, no guardo recuerdo de haber parado a hacer dicha consumición.

Me ha pasado lo mismo que me pasó al tratar de describir el tercer  y el cuarto de nuestros días en Bangkok. Si es que claramente chocheo.

De lo que sí que me acuerdo es de otra parada que hicimos. Ésta en un precario local de un diminuto pueblo que hacía las veces de gasolinera y tienda de ultramarinos. Su dependienta llenó nuestros depósitos ante mi atenta mirada (pues aprendí la lección en Cát Bà), y ya que no teníamos prisa por ir a ningún sitio, nos jalamos allí mismo sendas bolsas de lo que creo que eran patatas fritas antes de continuar la ruta.

Arrancamos de nuevo, llegando pasados unos minutos a la montaña del dragón de Ninh Binh. Jorge había estado allí el día anterior, y me recomendó que yo hiciese lo propio ya que merecía la pena visitarla.

Merecía la pena visitarla una vez, aclaro, porque él prefirió seguir su camino de vuelta y yo me quedé allí enfrentándome a las infinitas escaleras que llevaba a la cima y que se las hicieron pasar putas a mi organismo aún no recuperado de la infección de garganta que había decidido hacerme compañía durante aquellas jornadas.

Eso sí, una vez arriba, tuve que darle la razón a Jorge porque el sitio era espectacular. Y es que ojito a las vistas:


Insisto: ojito a las vistas:


Una vez más (la última, lo prometo): OJITO A LAS VISTAS:


Del dragón que daba nombre a la montaña y que coronaba su cima también saqué fotos, pero no le hacen justicia:




Al bajar, pasé de nuevo junto al lisérgico paseo que llevaba al pie de la montaña, del que no os he hablado todavía porque tenía mucha prisa por contar lo de las escaleras y tal. El sitio estaba lleno de lucecitas y esculturas surrealistas pensadas para ser el fondo de millones de imágenes instagrameables. Yo, que no contaba con compartir selfies en ninguna red social, no retraté aquellas escenas, pero sí que reparé en que había muchas estatuas de Danbo, el personaje con forma de caja de Yotsuba. Y como a mi hermano le gusta, pues a eso si que le eché un montón de fotos que le mandé por Whatsapp al momento. Fotos que vosotros, sufridos lectores, vais a tener que ver ahora porque me da que esta entrada se me va a quedar corta y tengo que rellenar con lo que sea:









Total, que tras haber perdido fuelle a base de subir escaleras y espacio en mi móvil a base de fotografiar danbos, volví al hotel y me reencontré con Jorge, siendo ya de noche y hora de cenar. Buscamos entonces un restaurante en el que poder saciar nuestros apetitos y, por el camino, pasamos junto a un karaoke en el que los españoles que nos dieron el coñazo cuando llegamos aquí días atrás le estaban dando el coñazo a todos los que se encontraban allí en aquel momento.

Terminamos por arrimarnos a un grupo de turistas entre los que se encontraba el francés que ya cenó con nosotros en Cát Bà la tarde que llegamos a dicha isla (lo he dicho más de una vez y lo repito: al final todos acabábamos coincidiendo con todos en todas partes). Este grupo estaba compuesto en su mayoría por polacos y franceses, y quiso la casualidad que en la tele del restaurante se estuviese emitiendo el Polonia - Francia del Mundial de Catar, lo que causó que, por una parte, hubiese cierto pique de cachondeo entre los comensales y, por otra, muchos de ellos pasasen de socializar y centrasen su atención en la caja tonta en vez de escuchar a Jorge contar a quienes sí que estaban pendientes que había pasado media semana en Krabi, en el sur de Tailandia, bañándose en sus playas, haciendo kayak, visitando algún que otro templo y conociendo a una pareja de brasileñas muy majas.

De todas formas, lo del partido de fútbol me vino de perlas para romper el hielo con una muchacha con una historia de vida de lo más interesante: estadounidense de veinte años, era la dueña de una empresa de limpieza en su Hawai natal y estaba aprovechando para viajar por la zona antes de desplazarse a Filipinas con la intención de conocer a su padre. Y encima se llamaba Irlanda (bueno, Ireland).

Si alguno de estos detalles (o directamente todos) era falso, me dio igual, pues yo lo que quería era confirmar si era cierto que a los de USA el fútbol les parecía un deporte aburrido. Pues bien, Irlanda me confirmó que sí, añadiendo a su vez que no entendía cómo los europeos podían tirarse dos horas pendientes de veintidós futbolistas corriendo de acá para allá y marcando sólo un par de goles durante todo ese rato.

"Bueno, a veces ni eso. A veces el partido termina con empate a cero" aclaré yo, provocando que a Irlanda se le pusieran los ojos en blanco de pura incredulidad.

Pasaron entonces varios minutos llenos de conversación lo bastante nimia como para que no merezca la pena hablar de ella aquí, y cuando el cansancio se apoderó de nosotros, Jorge y yo volvimos al hotel haciendo parada en una tienda de comestibles en la que adquirimos sendos huevos sorpresa de Pokémon falsísimos con la intención de regalárselos a nuestras respectivas frikis parejas. Jorge abrió el suyo y, decepcionado ante el trozo de plástico cutre que hacía las veces de regalo encontrado en su interior, procedió a entregárselo al primer crío que se cruzó en su camino, quedando muy bien ante éste y ante su madre.

Yo no, yo guardé mi huevo por muy falso y muy cutre que fuese y se lo di a mi novia cuando volví a Austria días después. Pero también le hice otros regalos mejores, diré en mi defensa.

Aquel día tan largo que me ha ocupado dos entradas llegaba a su fin, y para rematar el mismo, las mismas chicas del centro de masaje y estética con las que habíamos interactuado varias veces desde nuestra llegada a Tam Cốc y que en esta ocasión jugaban a pintarse las uñas unas a otras, nos dieron las buenas noches entre risas mientras Jorge y yo pasábamos delante de ellas, camino de nuestro hotel, buscando un descanso que nos permitiese enfrentarnos a una nueva ruta en moto, con aún más kilómetros, al día siguiente.

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lunes, 13 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc IV: ocio budista

Habida cuenta de que tanto el día anterior como el anterior al anterior habían sido bastante nefastos en lo referente a mi estado de salud, que fuese capaz de salir de la cama con relativa energía, así como disfrutar del desayuno del hotel con amable saludo de las cocineras incluido, podría considerarse casi un milagro. Que igual no hubo intervención divina de ningún tipo y la mejora fue debida a la combinación del descanso, la buena alimentación, la acción de mi sistema inmunológico (o lo que quedaba de él por culpa del ritmo que llevábamos desde que comenzó este viaje y que yo he estado describiendo en decenas de entradas) y, lo más importante, los antibióticos que me dio valenciana menor, pero yo tenía que empezar esta entrada de alguna manera y ha tocado meterse en teología.

Hablando de meterse e hilando de maravilla, donde Jorge y yo nos metimos aquel día fue en carretera. Y es que alquilamos en el hotel sendas motos que nos llevaron a un destino situado a treinta kilómetros de Tam Cốc del que os empezaré a hablar en un par de párrafos. Por el camino nos pasaron cosas interesantes: en primer lugar, otro motorista, mientras me adelantaba, se dedicó a pitarme insistentemente, y mientras yo pensaba que cómo se diría en vietnamita "¿qué cojones quieres, gilipollas?" me di cuenta de que su advertencia era debida a que no había quitado la pata de cabra. También pasamos junto al templo en el que Jorge hizo fotos a un grupo de gente con vestidos tradicionales durante la jornada anterior, pero en esta ocasión allí no había nada interesante, así que no mereció la pena entrar. al menos hice una foto:


También pasamos junto a una manada de mansos bóvidos que ocupaban la carretera sin miedo a conductores como nosotros. Al igual que cuando describí a otros similares que vimos en Camboya, voy a decir que eran bueyes, aunque bien podrían ser vacas u otro espécimen de la familia y yo ser un inculto en taxonomía por segunda vez en lo que va de año:


Al fondo de la foto anterior, por cierto, se aprecia un detalle del lugar al que nos dirigíamos aquella mañana: la pagoda más alta de Vietnam, la cual se encuentra en el complejo espiritual y cultura Bái Đính.

Y ahora, permitidme que la líe diciendo que tal complejo me pareció el parque de atracciones del budismo.

Para empezar, contaba con un parking de pago. Parking que Jorge y yo evitamos al dejar las motos a la vuelta de una esquina a cientos de metros del lugar, provocando que mi estancia en el interior del complejo estuviese acompañada por un miedo terrible a que nos las robasen.

En las taquillas situadas a la entrada, aparte de pagar para poder acceder al recinto, tuvimos que pagar para que un minibus que recorría el enorme complejo (setecientas hectáreas, ojo) nos acercase a los puntos más atractivos del lugar, entre los que destacaban una galería con muchísimas estatuas de brillantes rodillas (seguramente fuesen celebridades del mundo del budismo, pero no me dio ni me ha dado por investigar más porque ya he dicho que yo hoy había venido aquí a liarla, no a culturizaros):


También había por allí una enorme campana a la que ni Jorge ni yo hicimos foto, o una estatua gigante de un alegre Buda:


Estatua a la que por cierto, se llegaba tras subir una larga escalinata a cuyo pie hice una foto que me gustó bastante, así que la voy a poner aquí también:


Y, como colofón (y como ya he dicho), la pagoda más alta de Vietnam:


Tras adentrarnos en la estructura y cambiar nuestro calzado por bolsas de plástico que no jodiesen la elegante moqueta, tomamos el ascensor que nos llevó a lo más alto, desde donde saqué esta panorámica:


Una vez disfrutadas las vistas, procedimos a hacer lo propio con el almuerzo, lo cual ocurrió en el que creo que era el único restaurante del lugar (yo al menos no vi más que aquél): un enorme local bastante pijo con pinta de salón de bodas que, gracias a la bendita temporada baja, se encontraba vacío. Esto dio lugar a que Jorge y yo, mientras ocupábamos una mesa circular con sitio para doce comensales, tuviésemos en todo momento a varios camareros a nuestro servicio como si fuésemos dictadores o algo por el estilo (días después, de vuelta en Hanoi, se daría una situación parecida en otro restaurante). Una vez satisfechas nuestras necesidades nutricionales, echamos a andar por al lugar y acabamos perdiéndonos como dos gilipollas, pues el entorno al que nos llevó nuestro errático caminar no tenía pinta de estar destinado a turistas o seguidores de la fe budista.

Lo bueno es que, mira tú, terminamos dando con unas campesinas que, entre risas, nos pidieron que nos acercásemos y nos hicieron entrega de sendas azadas para después indicarnos que currásemos un poco por ellas. Y Jorge y yo, como si de dos marineros que han perdido la razón ante el canto de las sirenas se tratasen, pasamos un rato doblando el lomo a un nivel casi competitivo. Tras unos segundos, las risas de aquellas mujeres y el retorno de nuestros sentidos comunes nos hicieron darnos cuenta de que estábamos haciendo el imbécil, así que les devolvimos las herramientas y, sin abandonar el alegre tono de la interacción, pasamos un rato de socialización con ellas que consistió en escribir nuestras edades con un palo en la tierra y fotografiarnos con la que más fascinada se hallaba ante nuestra estatura.

Pero qué majas fueron. Les hice una foto cuando nos fuimos y me quedó desenfocada, mecagüen:


Minutos después, mientras tratábamos de dar con el camino de vuelta, pasamos junto a otro grupo de locales, esta vez mixto, que cargaba con dificultad un enorme tronco de árbol con raíces y todo. Quizá envalentonados debido a la simpática situación anterior, procedimos a echar una mano con la pesada carga, pero en este caso los hombres de dicho grupo nos dieron a entender que no nos querían por allí, así que hicimos caso de su orden y nos largamos.

Finalmente, conseguimos encontrar la salida del complejo, la cual estaba plagada de puestos de souvenirs que de budista no tenían nada, lo que reafirma mi teoría de que aquello era más bien un parque temático, y descubrimos con alegría que nuestras motos seguían en el apartado lugar en el que las habíamos estacionado horas atrás.

Teníamos aún por delante algo menos de la mitad del día y vosotros acabáis de meteros una entrada de longitud bastante decente. O eso creo, que no estoy tan loco como Isaac Asimov (en realidad, nadie está tan loco como Isaac Asimov) y no me da por contar las palabras de lo que escribo. En cualquier caso, creo que es buena idea dejarlo por hoy y seguir con la historia en la próxima entrada, que ya se me han acabado las ocurrencias.

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lunes, 6 de octubre de 2025

Aquel viaje. Los días que pasamos en Tam Cốc III: convalecencia y bicicleta

Recordemos: la noche anterior a la jornada de la que estoy a punto de hablaros me metí en la cama con una infección de garganta acompañada de su fiebre reglamentaria que exigía reposo absoluto, y no me quedó otra que cumplir: tras amanecer y bajar al restaurante del hotel para dar cuenta de un desayuno delicioso que no pude disfrutar como era debido por culpa de mi débil estado de salud preparado por dos simpatiquísimas cocineras que se acercaban cada pocos minutos a las mesas y preguntaban a los comensales que qué nos parecía aquello, me vi obligado a volver a la habitación y pasar allí encerrado la mitad del día, sin poder realizar actividades más allá de sacar alguna foto por la ventana que sirviese como prueba de que me encontraba en otro continente:


Jorge mantuvo su parte de nuestro pacto, y mientras yo agonizaba entre las sábanas, continuó representando su papel de turista: haciendo uso de una moto de alquiler proporcionada por nuestro hotel, se fue a visitar la pagoda de Bich Dong (esto no me dio mucha envidia porque yo también lo haría por la tarde, pero no adelantemos acontecimientos), recorrió arrozales, subió a la montaña del dragón de Ninh Binh (esto tampoco me dio envidia porque yo también lo haría al día siguiente, pero no adelantemos acontecimientos), recorrió durante cuatro horas no recuerdo qué río en una barca de remos pilotada por una cansada señora que de cuando en cuando pedía ayuda remadora a los demás pasajeros para poder avanzar, se coló en un taller de ebanistería y ayudó al personal a reparar una puerta llena de cenefas y filigranas, hizo buenas migas con unas campesinas que trabajaba la tierra al lado de la carretera (esto tampoco me dio envidia porque al día siguiente tal pero acontecimientos y tal) y se arrimó a un grupo de jóvenes vestidos con ropas tradicionales que se retrataba ante un templo budista.

Todo lo que os acabo de contar pasó de verdad, y para que me creáis voy a robarle una de sus fotos en la que se pude ver esto último:


Y mientras tanto yo, recordemos, hecho mierda en la habitación del hotel. Si es que manda huevos.

A la hora de comer, sintiendo que el descanso me había hecho recuperar la mitad de mis fuerzas, volví al restaurante de la camarera intensa en el que comimos la víspera buscando que una sopa de fideos y un té de jengibre me ayudasen a recobrar la otra mitad. Tras ello, me di un paseo de señor mayor por los alrededores y saqué tres fotos que paso a poner aquí abajo sin dar más explicaciones:




Animado ante la impresión de que mi enfermedad remitía, volví al hotel y pedí prestada una bici que me permitiese alejarme algo más de la zona. Mientras protagonizaba mi propia intro de Verano Azul sobre aquellas dos ruedas, pasé junto a un rincón bastante feo que me hizo acordarme de la choni que gritó lo de "mirar qué sitio mah bonito pa' echá fotoh" desde la furgoneta cuando llegamos aquí, por lo que decidí homenajearla y cumplir sus deseos:

Al menos había pollos. Y esa bici no era la mía

Mas adelante di con una curiosa y más bonita imagen en la carretera que no pude evitar registrar con mi cámara:


Llegué entonces a la pagoda de Bich Dong, y tras pagar por dejar allí la bici me adentré en el complejo para contemplar las distintas edificaciones budistas desperdigadas en aquella zona montañosa:




Tras adentrarme por estos rincones, mi organismo exigió algo reconstituyente, y me acerqué a un bar en cuya terraza, situada a orillas de un enorme estanque, me permitió tomarme un café vietnamita que en esta foto sale fuera de foco:


Como no se aprecia muy bien os diré que el café típico de esta zona consiste en una taza donde reposan café molido y agua que se filtran a través de los agujeritos del fondo para caer poco a poco en el alargado vaso que hace de soporte. Así, tras una interminable espera y de no tener muy claro si el café está de verdad listo o si tiene que seguir filtrando, uno puede disfrutar de una bebida que se ha quedado fría.

Pero qué mal acostumbrados estamos en occidente.

Mi siguiente parada fue el cementerio local porque memento mori en cualquier parte del mundo:


Tras sacar esta macabra instantánea recorrí varios kilómetros en la bicicleta de cortesía y llegué a la cueva Vai Gioi. Bueno, en realidad sería más preciso decir que llegué al pie de la escalinata que llevaba a la cueva Vai Gioi, y es que la gruta no estaba precisamente a pie de calle. Para poder adentrarse en la misma, primero había que subir un huevo de escalones, pues la misma se encontraba horadando la roca de la montaña. ¿Que cuántos escalones? Pues aunque en su momento me dio por contarlos, se me ha olvidado el número exacto, pero creo recordar que más de trescientos.

Más de trescientos estando enfermo, permitidme que insista y felicitadme por haber logrado llegar hasta allí.

Lo bueno de que la cueva contase con este dispositivo antivagos es que poca gente se atrevía a subir hasta la misma, por lo que pasé la mayor parte del tiempo que estuve dentro sin tener que soportar a otros turistas y disfrutando de un silencio de lo más relajante. También saqué esta foto desde las alturas:


Bajé después la interminable escalinata (lo cual resultó por suerte menos laborioso), y mientras me disponía a montar de nuevo en mi bici, un joven que había aparcado cerca su moto y que llevaba una chupa guapísima se me acercó sin mediar palabra. Yo, que pensaba que iba a sufrir una agresión, me dispuse a soltarle una galleta preventiva, pero antes de levantar la mano vi que se trataba de Jorge. Maldije que mi malestar se la estuviese jugando a mi cerebro de esa manera tan fea y dediqué un par de segundos a preguntarme que desde cuándo tenía Jorge aquella cazadora, pues no se la había visto hasta entonces.

Los dos nos dirigimos entonces a un lago cercano superpoblado de garzas con un restaurante en una de sus orillas superpoblado a su vez de turistas coreanos que armaban un escándalo atronador. Y yo supuse que aquella performance había sido organizada por el cosmos para así equilibrar el rato de silencio en la cueva. Pensamientos que tiene uno cuando está enfermo, ¿qué queréis que le haga?

Dejamos atrás el estanque, las garzas, el ruido y la cueva y volvimos al hotel. Y no os podéis imaginar cuánto agradecí que Jorge y su moto estuviesen conmigo, pues la noche tardó en invadir el lugar unos pocos segundos y tanto mi bici como el camino de vuelta carecían de luces. Por ello, mi compañero de viaje tuvo que situarse detrás de mí y conseguir gracias al foco de su bicicleta que no terminase metido en una zanja.

Llegamos al hotel sanos y salvos, devolvimos ambos vehículos y dimos un paseo por una zona de Tam Cốc que aún no habíamos recorrido. Tras pasar por una tienda en la que me compré un marcapáginas de tela que no os voy a enseñar porque me da una pereza horrible tener que levantarme a por él, sacarle una foto con el móvil, enviar la foto al ordenador y meterla en esta entrada, cenamos en un pequeño restaurante. En la mesa que había junto a la nuestra tres australianas mantuvieron en todo momento una conversación en un tono de voz que mi estado de salud, tan deteriorado por aquel entonces, consideró un pelín excesivo.

Y antes de irnos a dormir y dar por terminado aquella jornada cuya primera mitad me perdí, aproveché para entrar en una tienda de souvenirs que aún se encontraba abierta y hacerme con una cazadora falsísima de The North Face que no molaba tanto como la de Jorge, pero que cumplió con creces su misión abrigadora durante la escapada en moto que protagonizamos al día siguiente.

Por cierto, quien usa esa cazadora ahora y está encantada con ella es mi madre, fíjate tú.

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