sábado, 21 de marzo de 2020

Homenaje a Antonio Escohotado I

En mil novecientos sesenta y cuatro Roal Dahl escribió Charlie y la fábrica de chocolate. Aunque la historia que cuenta en el libro es bastante inocente, hay que reconocer que el señor Dahl, para alumbrar tal ida de olla, algo de droga tuvo que haberse metido. Fijo.

En mil novecientos setenta y uno Mel Stuart dirigió Willy Wonka y la fábrica de chocolate. Cualquiera que haya visto el despliegue surrealista en que consiste semejante obra no dudará que durante su desarrollo se tuvo que recurrir a bastante droga (y este artículo que no he escrito yo con curiosidades sobre la peli da fe de ello).

En dos mil cinco Tim Burton dirigió Charlie y la fábrica de chocolate. Y si al leer "Tim Burton" no habéis pensado automáticamente "drogas, drogas a cascoporro", os invito a que veáis o volváis a ver cualquier película suya porque no hay mucho que decir al respecto, la verdad.

Si he hecho estas menciones ha sido porque semanas atrás fui testigo de una de esas situaciones en las que se puede decir que la realidad supera a la ficción. A mis treinta y tres añazos visité, por primera vez en mi vida, una fábrica de chocolate, y... JODER, LA DE DROGA, MACHO. Es posible que no os suene el nombre Zotter (yo hasta entonces no tenía ni idea, pues lo único que sabía es que en la región hay una fábrica de chocolate, otra de embutido y otra de queso y que es fácil morir empachado si se logra visitar las tres en un día), pero puedo aseguraros que es inevitable asociar la marca con el concepto "se os ha ido MUCHO la puta olla". Así que preparad espejito y turulo y come with me and you'll be in a world of pure pero qué cojones, porque os voy a describir aquello con la mayor claridad que me permita mi ajada memoria.

Meto aquí un inciso, por si os ha extrañado que haya dejado caer el tema de mi avanzada edad en relación con la visita. Y es que cuando yo era pequeño se estilaba ir con el colegio a las fábricas de Bimbo y/o Panrico que había (y no sé si sigue habiendo) en Valladolid, y volver a casa con un huevo de merchandising alusivo que molaba que te cagas (como una bolsa reutilizable de Donuts y cosas así). Pero como la diosa Fortuna siempre me ha tratado a patadas para estas cosas, los privilegiados que disfrutaban de tales excursiones eran los de un curso por encima y un curso por debajo, y a nosotros nos podían ir dando mientras nos teníamos que conformar con visitar el vertedero municipal, la planta potabilizadora de Las Eras o, por enésima vez, el puto Campo Grande.
Mi infancia. Ese oscuro lugar.

Llegamos al lugar a media mañana mi novia, una compañera de trabajo argentina (que fue la que tuvo la idea), la hermana de mi compañera de trabajo argentina (que estaba de visita), el marido austriaco de mi compañera de trabajo argentina y yo (que aunque no haga falta que lo diga porque se entiende, soy el compañero de trabajo de mi compañera de trabajo argentina. Pido disculpas por forzar este chiste tan malo), en un coche de alquiler conducido por mí (y no lo digo por tirarme flores, sino porque me alegro de encontrarme al fin en un país donde las cosas se hacen como Dios manda desde el punto de vista vial tras siete años llevando coches por el lado equivocado). Al poco de dejar el vehículo en el aparcamiento y cruzar un área llena de bañeras reconvertidas en jardineras, nos dimos casi de bruces con una estatua que representaba a ¿un... joven... con... la... chorra... fuera? Pues sí:

Joven con la chorra fuera (la mayoría de fotos son obra de mi novia porque yo estaba flipándolo demasiado como para echar mano del móvil, así que culpadle a ella de los traumas que puedan causaros)
Tras reponernos de tal imagen y saber cómo os sentís las tías cuando algún que otro imbécil os manda fotopollas sin pedir permiso, pasamos al baño, que el viaje en coche no había sido largo, pero chico, la costumbre.

El cuarto de baño había sido diseñado de tal forma que hacía sentir a sus usuarios como si estuviesen en la selva:

Evidentemente, esta foto NO la hizo mi novia

Y no sé vosotros, pero cuando de mear se trata, yo busco la tranquilidad. Y un lugar con altavoces atronando sonidos de animales salvajes que le hacen a uno pensar que en cualquier momento una serpiente de ésas de colores o una araña gorda le va a saltar a la entrepierna y le va a preparar un cristo de los de no saber qué contarle después al urólogo a mí me cierra los esfínteres.

Qué angustia pasé. Qué angustia.

Tras esta parada en boxes nos dirigimos a la recepción (no sé si llamarlo así, pero ando escaso de vocabulario en mi propio idioma), donde adquirimos las entradas. Como aún quedaba una media hora para el comienzo de la visita, hicimos tiempo mientras catábamos muestras de sirope de chocolate con sabores misteriosos: la idea era probar, intentar adivinar el sabor y luego descubrirlo: desde vino a caracoles pasando por pescado y mierdas por el estilo. Y para acompañar la experiencia, gusanos para picar. Y me jode no tener fotos de aquello porque os juro que no me lo estoy inventando.

Además de lo anteriormente descrito, también había palomitas de maíz de balde (que en Argentina se llaman pochoclos. No lo sabíais y ahora lo sabéis) bañadas en distintos tipos de chocolate: con sabor a café, a caramelo, a chocolate blanco... Y yo me puse hasta el culo.

Craso error. Ya lo veréis.

Llegado el momento de comenzar la visita, los integrantes del grupo correspondiente pasamos a la sala de audiovisuales.

Una especie de cuerda de tender con ropa interior en movimiento sobre la pantalla porque sí

Allí vimos el clásico vídeo con el que empieza toda visita contando la historia de la fábrica (de hecho, os jodéis y os tragáis el trailer. En alemán). Algo así como que el dueño empezó a elaborar tabletas en una especie de sótano, la cosa se vino arriba y toda la familia acabó viajando a Perú para firmar el contrato con los locales, creo (no, no presté mucha atención). Que, todo sea dicho, ver a un grupo de austriacos haciendo el pelele en barriadas y montañas de Perú me descolocó bastante, y más aún cuando cada tres escenas hablaban de cuánto daño ha hecho siempre el tráfico de coca en la zona y cómo iniciativas como el comerciar con Zotter buscaban acabar con el problema (algo que me costaba creer mientras miraba a la surrealista cuerda de tender del techo).

El vídeo acababa con un grupo de niños metiendo granos de cacao en sacos mientras el protagonista decía entre risas que gracias al trabajo infantil la producción salía más barata, y los cuatro hispanohablantes nos miramos con cara de "no puede ser verdad". El marido austríaco de mi compañera de trabajo argentina nos intentó tranquilizar diciendo que era parte del sentido del humor de su país, pero con eso consiguió un efecto totalmente contrario al deseado. Tras salir de allí y recoger una audioguía y una cucharilla por persona comenzamos la visita en sí. Estaba organizada de tal forma que seguía el orden de elaboración de los productos, y prácticamente cada máquina y estación contaba con su propia explicación en la guía. Por eso no es de extrañar que yo, que me canso enseguida de las cosas (de hecho, a estas alturas llevo como diez intentos de escribir esta entrada, así que imaginad), al cuarto audio contando mierdas ya había apagado el cacharro, el cual pasó la siguiente hora colgando inerte de mi cuello.

La hermana de mi compañera de trabajo argentina (y enseguida entenderéis por qué insisto en la nacionalidad) no apagó su guía. Esto causó que, una vez llegados a cierto artilugio del proceso de elaboración chocolatera que en alemán recibía el nombre de Konch, no pudiese evitar doblarse de risa al escuchar la traducción. Que si "no se qué de la concha", que si "el proceso de concheado", que si "lo que hacemos dentro de la concha es un secreto"... Y yo, que quería unirme al festival de polisemia iberoamericana, me quedé a cuadros cuando descubrí lo que había a pocos lados de la susodicha concha:

Mr. Wonderful mal

¿Conocéis el concepto "póster motivacional"? Bueno, pues parece que la gente que se encarga de decorar la fábrica Zotter no. Y no era un caso aislado, pues poco metros después, otra mierda de similar calibre:

Austria, NO te entiendo

Y así durante toda la visita. De todas formas, no todo era dadaísmo audiovisual. Las cucharillas del principio servían para algo. Y es que se podía probar TODO lo que se iba creando allí durante las distintas fases: los granos de cacao en crudo, el polvo añadido al principio para darles otro sabor (si hay algún chocolatero entre el público llevándose las manos a la cabeza porque he soltado una burrada, insisto en que no presté demasiada atención), el chocolate tras pasar por diferentes tiempos de concheado, los aditivos... Esperad, que os pongo una ristra de fotos sin pie de página para que me creáis y para daros envidia:





Pero no sólo eso. Hacia el final de la visita, mientras operarios envolvían y empaquetaban tabletas al otro lado del cristal, nosotros nos poníamos como cerdos. Trocitos de chocolate de literalmente decenas de sabores se nos ofrecían para nuestro cada vez menor deleite. Y es que tanto azúcar en el estómago empezaba a pasar factura (calculo que, pedazo a pedazo y sin contar el batido que nos sirvieron a media visita, me pude meter entre pecho y espalda, fácilmente, unas cinco tabletas).

Otra ristra de fotos sin pie que hable por mí:








Por supuesto, el circo de lo groteso no había tocado a su fin aún, y en el recorrido descubrimos lindezas como esta abeja modelo ciberpunk Chernobyl:

Recién llegada de tu peor pesadilla

O un maniquí dentro de una bañera que colgaba del techo:


Por no hablar del expositor de parafernalia médico-dental que me hizo evocar los experimentos de Vipeholm porque tengo el sentido del humor más negro que los cojones de un grillo:


O, válgame Dios, esta maravillosa performance de gente en bolas con tabletas encima, posando a lo largo de las líneas de la fábrica:

[Cualquier canción de David Bowie starts playing in the distance]

Y sé que a estas alturas me vais a creer si os cuento esto, a pesar de no contar con prueba gráfica de ello, pero os juro por mi aspiradora Dyson cyclone v10 animal que la entrada del lugar estaba presidida por otra foto, aún más loca si cabe, en la que varias personas de diversas edades (avanzadas en algunos casos) se mostraban recostadas sobre la hierba (intuyo que a las afueras de la fábrica) y también como Dios las trajo al mundo, untadas de una sustancia marrón que confío, espero y deseo fuese chocolate.

A ver, que uno se encuentra tales mierdas en un estado mental normal, y no levanta una ceja. Pero recordemos que yo ya me había metido al cuerpo cinco tabletas, y estaba borrachísimo de chocolate, por lo que cada esperpento que encontraba en el lugar me sumergía aún más en aquel mal viaje equivalente a lamer uralitas. Para más inri, la última estación de la visita consistía en una cinta transportadora en plan buffet libre de sushi por la que corría una serie de chocolates rocambolescos más larga que el puto The Irishman, cuyos sabores apenas logro recordar porque mi cerebro estaba demasiado ocupado tratando de mantenerme con vida. El hallarme a las puertas de una azucarada muerte no evitó que engullera varias porciones, pues cual concursante de 50x15 no paraba de decirme a mí mismo "aquí hemos venido a jugar, Carlos", y sabía que me iba a arrepentir si no probaba el chocolate con sabor a mazapán, a champiñones o a madera.

¿Pensáis que el festival surrealista terminó una vez que devolvimos las cucharas y salimos con alivio a la superficie para volver a encontrarnos con la estatupolla? De eso nada. Al igual que en la secuencia de Charlie y la fábrica de chocolate, a nosotros también nos esperaba nuestro gran ascensor de cristal particular.

Sólo que de ascensor nada, monada. Un elevador que te lleva al espacio es una mierda comparado con esto. Lo que Zotter tenía reservado para nosotros era el "zoo comestible". Pero de ello os hablaré en la siguiente entrada.

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viernes, 21 de febrero de 2020

Yo vs. el alemán. Segundo asalto

A ver, es posible que vosotros tengáis tiempo de sobra en vuestras vidas para hacer lo que os dé la gana. Pero yo no. No tengo tiempo ni de jugar a los médicos, oye. Bueno, salvo que quien quiera jugar conmigo sea el sistema sanitario austriaco, que hace un par de días se empeñó en hacerme perder unas tardes (y acortar mi esperanza de vida unos añitos gracias al estrés ocasionado) a raíz de unos eczemas en los codos y unas ampollas muy pequeñas pero muy hijaputas que decidieron quedarse a vivir en mis dedos y picarme.

Antes de nada, he de aclarar que mi primera experiencia con los facultativos del país tuvo lugar al poco de que yo llegase y la cosa fue muy bien gracias a que Frau Pfefferoni se encargó de ponerme todo en bandeja (de aquello ya hablaré más adelante porque lo que me pasó entonces se merece entrada propia).

Pero, insisto, fue una muy honrosa excepción. Y es que, si me preguntáis que qué hace falta para poder visitar a un matasanos en Austria, os diré que, por encima de permisos, tarjetas y demás morralla burocrática, lo que se necesita es un huevo de paciencia. Eso, y mentalizarse ante la idea de que el proceso va a ir para largo sí o sí. Y no lo digo yo, lo dice todo aquél que se ha visto en una similar, pues es más que habitual que cuando un compañero solicita ausentarse "durante un rato" debido a cualquier tipo de consulta médica, el rato varíe entre tres horas y cuarenta años.

Con semejante panorama en mente, traté de evitar la odisea mientras cada noche durante dos semanas me iba a dormir muerto de picor, despertando a la mañana siguiente con braille en los dedos y los codos exhibiendo sendos mapas de Mallorca. Al final, convencido de que no me quedaba otra, me puse a buscar dermatólogos.

Que igual lo suyo habría sido tirar primero de médico de cabecera, pero como estaba convencido de que me iba a derivar, no me daba la gana perder dos días si podía perder sólo uno, por lo que recurrí a una relación de diferentes especialistas angloparlantes (recordemos que NO sé alemán) que mi novia tuvo a bien encontrar no sé dónde y me propuse contactar con alguno de los dos dermatólogos que, según indicaba el listado, aceptarían pelearse con mi aseguradora cuando tocase apoquinar por la consulta.

Cuando llamé al primero, lo que surgió al otro lado del teléfono fue una incomprensible locución (digo "incomprensible" pero en realidad quiero decir "en alemán") que, intuyo, describía los horarios de consulta. Pensé que era todo un detalle por su parte el darme esa información, pero luego descubrí aterrado que no iba a sacar nada más de la llamada, pues la misma finalizaba cuando se callaba la puta locución.

Y yo a cuadros, imaginad.

Total, que llamé al segundo médico de la lista y... más de lo mismo. Una locución relatando lo que creía eran horarios y tut-tut-tut seguido de silencio sepulcral al final. Aquello era surrealista. Convencido de que no me quedaría otra que tirar de dermatólogo privado, busqué entre los que estaban cerca de la oficina porque soy de un vago que te cagas y di con uno que tenía unas valoraciones de la hostia. Peeero... Otra locución de los huevos y fin de la llamada.

A aquellas alturas yo ya empezaba a considerar la opción de hacerme amigo del picor de codos, pero quise quemar un último cartucho y, tras un poco de búsqueda, averigüé que mi aseguradora contaba con un centro dermatológico propio. Aunque me aterraba la idea de escuchar una grabación metálica una vez más, contacté con el centro, pero esta vez me atendió una auxiliar que, tras cambiar de alemán a inglés a regañadientes porque se lo pedí por favor, me aclaró que, si quería pisar por allí, tendría que llamar al día siguiente a las seis y media de la mañana, y ya me dirían si habría sitio para mí o no. Vamos, el mismo sistema que siguen los yayos en la playa de Benidorm cuando se plantan allí con la sombrilla antes de que se haga de día. Pero bueno, como yo ya estaba hasta los cojones de marcar teléfonos y llevarme palos, acepté la propuesta y me fui a dormir una vez más entre picores.

A la mañana siguiente, puntual como no lo han sido los trenes de Reino Unido desde que a Margaret Thatcher le dio por joder, volví a llamar al centro, y en esta nueva ocasión (con su jerga incomprensible en alemán, su entschuldigungsprechensieenglisch por mi parte y su cambio a inglés a regañadientes reglamentarios) la que atendió la llamada me dijo una cosa distinta. Que llamase el tres de abril (para que os situéis por si leeís esto en el futuro, casi dos meses después del día de autos).

"El tres de abril ya no tengo ni codos ni dedos, como sigamos a este puto paso de burra", pensé. Obviamente, no dije eso. Dije "danke" con el hilillo de voz que me quedaba y me fui a la oficina sumido en la mayor de las desesperaciones.

Y entonces llegó Superluisa.

Superluisa es una compañera de curro y cada día más amiga que me llama Josecito (aunque de su boca suena Josesito, pues tiene acento de Guatemala y eso le da un punto aún más entrañable si cabe), que lleva hablando alemán desde antes de que yo naciese y que no ha parado de salvarme el culo desde que aterricé en el país. ¿Que quiero comprar plantas grandes para decorar la entrada de casa y el salón porque tengo un gusto finísimo para estas cosas? Superluisa me lleva en el Luisamóvil al mejor vivero de la región y me ayuda a cargar con los tiestos. ¿Que tengo que ir a pedir que me devuelvan la pasta que he palmado por un curso de alemán, pues lo han cancelado porque aparentemente no hay suficiente personal con mi nivel de mierda como para hacer grupo? Superluisa se planta en el mostrador conmigo y además de conseguir mi dinero, se las apaña para que en mi ficha cambien frau Jose por herr Jose. ¿Que tengo que llevar al Ikea mi puto colchón para que me lo cambien por otro porque la espuma se ha hundido a los cuatro meses y los de Ikea dicen que va a venir a mi casa Rita la cantaora a buscar el trasto? Superluisa y su Luisamóvil one more time. Y así.

Y claro, cuando le narré a Superluisa la serie de catastróficas desdichas que había venido sufriendo hasta ese momento, me dijo que no me preocupase y puso en marcha sus superpoderes. Lo primero que hizo fue llamar al dermatólogo cinco estrellas de al lado de la oficina y, tras escuchar la misma locución, aclararme que el mensaje avisaba de que la consulta estaba cerrada por vacaciones. Y lo hizo sin reírse de mí ni nada, que tiene más mérito.

Después de esta necesaria aclaración, me contó que ella había oído hablar de un dermatólogo que debía de ser una eminencia. Tiró de buscador para hacerse con el teléfono y, tras intercambiar galimatías con la consulta desde su Luisaiphone, me dijo que preparase la cartera, que esa misma tarde, a las 17:30, tenía cita con el dermatólogo en tal número de tal calle. A veinte minutos andando de la oficina, tú.

Os juro que no me lo creí. Yo estaba convencido de que Superluisa había llamado a Frau Pfefferoni, habían echado una parrafada en alemán sin que yo tuviese ni zorra de la conversación y lo que me iba a esperar a las 17:30 en la susodicha dirección sería la mayor troleada sufrida por mí hasta la fecha. Pero Superluisa me aseguró que ella no es tan mala, y además, con Frau Pfefferoni de vacaciones en Cuba la troleada no era muy viable, así que aquello tenía pinta de ser una nueva heroicidad de la guatemalteca.

Total, que a esas alturas lo único que quedaba por sufrir era la tradicional tarde echada a perder en la sala de espera, pero al menos me consolaba saber que el picor de codos que llevaba atormentándome dos semanas tenía los días contados. Cuando terminó mi turno, acudí a la consulta, la cual se ubicaba en un edificio cuyo estilo andaba a caballo entre brutalismo trainspottingiano y parking de bloque de viviendas de protección oficial. Pero yo no estaba allí para juzgar arquitecturas. Al llegar, la auxiliar me pidió los datos y me hizo sentar a esperar mi turno.

¿Sabéis cuánto tiempo me tiré hasta que el dermatólogo asomó la cabeza y pronunció mi nombre? Dos minutos. DOS MINUTOS. Que cuando me levanté de la silla y enfilé la consulta lo único que se pasaba por mi cabeza era que a la mañana siguiente le iba a dar a Superluisa un abrazo crujecostillas. O dos.

El médico me echó un ojo a los dedos y los codos y no tuvo que pensárselo mucho para diagnosticarme una fabulosa dermatitis de contacto (lo cual no logro explicarme, pues yo pensaba que era inmune a cualquier mierda química gracias a haber pasado mi infancia entre placas de uralita), para la que me recetó manga larga y unas gotas que mezcladas con agua forman un mejunje en el que tengo que sumergir los dedos durante unos minutos durante los que no puedo evitar acordarme de Jesús Gil en el jacuzzi rodeado de jamelgas.

fuente: el español
No olvidemos los noventa o estaremos condenados a repetirlos

Además de lo anteriormente descrito, el lote repararronchas incluye una pomada que no pude conseguir hasta el día siguiente porque aquí las farmacias echan el pestillo a las seis (y no me voy a poner a hablar ahora de cómo me peleo a diario con la hora de cierre de los comercios porque bastante habéis tenido).

La verdad, no sé cómo acabará esta historia. Todo esto pasó hace un par de días y acabo de estrenar la pomada, aunque intuyo que habrá final feliz. Mis codos y dedos volverán a su estado habitual libre de urticarias de cualquier tipo y yo le deberé una más a Superluisa.

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lunes, 10 de febrero de 2020

Bajo el polvo 1. ¿Por qué tengo esto?

Hace un par de entradas comenté que la desesperada búsqueda de cargador de baterías para mi cámara que llevé a cabo en la que fue mi habitación durante los últimos años de mi adolescencia trajo consigo una limpieza a fondo del lugar. Dejé caer que me vine un pelín arriba con el tema de poner orden por allí, y la verdad es que falta hacía, pues había rincones y objetos por los que no había pasado una gamuza en diez años.

Como intuyo que mis padres, dueños de la casa en la que se encuentra la habitación a la que me estoy refiriendo hoy, se llevarán las manos a la cabeza al leer esto ("qué vergüenza, qué vergüenza, que nuestro primogénito va contando por ahí que no limpiamos" y tal), y por si a alguno de vosotros, mardito roedore, os ha dado por pensar algo por el estilo, voy a aclarar que el piso está tan limpio que en el salón se podría improvisar un quirófano en el que poder implantaros el corazón que os falta, aún teniendo en cuenta que la batalla que se libra allí contra el polvo (pues en el barrio no paran de levantar un edificio detrás de otro, que aquello parece Seseña cuando todos le besábais el culo a José María Aznar, y ya se sabe la zorrera que se arma cuando hay obras) es tan épica que cada vez que mi madre agarra una escoba suena de fondo la banda sonora de El caballero oscuro.

Y con esto espero que se les haya pasado el disgusto a mis padres. Los cuales, añado, respetan MI privacidad, ya que MIS dominios son como el barrio de la hienas de El rey león, que por allí no pisa ni Dios y el único que se ha atrevido a tocar MIS cosas sin permiso durante todo este tiempo ha sido el polvo. Polvo, todo sea dicho, que se ha quedado de un a gusto que no veas, pues si durante los tres días que me he tirado allí poniendo orden no he acabado con los pulmones como los de Eugenio ha sido gracias a que mi hermano y yo somos inmunes al amianto por habernos pasado la infancia jugando a hacer torres y castillos con placas de uralita.

Pero el trabajo ya está hecho. Por fin ha dejado de darme asco entrar en la habitación y, lo que es más importante, puedo cumplir parcialmente mi propósito en lo de que a escribir al respecto se refiere. Y digo "parcialmente" porque no voy a sacar una entrada. Voy a sacar OCHO, que ya sabéis que a mí me gusta una barbaridad eso de estirar el chicle.

Resulta que, además de a pasar plumero y cepillo, me he dedicado a separar trigo de cizaña en plan Evangelio según San Mateo, salvando objetos que acumularán polvo hasta que vuelva a poner orden dentro de diez años y mandando a la mierda otros que tenía que haber mandado a la mierda hace ya mucho tiempo. Casi todos ellos tienen historias detrás, y yo os las voy a contar de cinco en cinco. Así que permitidme que ponga en marcha el carrusel de morralla y os vaya enseñando lo que he encontrado. Empezando por...

Estas bolas chinas



Vale, seguro que tienen otro nombre más adecuado, pero ni lo sé ni tengo ganas de ponerme a buscarlo. Además, estoy harto de repetir que en mi blog mando yo.

Las bolas (como tantos otros objetos, ya lo iréis viendo) fueron un antojo de todo a 100. Quizá fue porque su absurdo tintineo interior evocaba a los crótalos y chinchines que tocábamos en clase de música (a día de hoy aún no me queda muy claro qué sentido tenían aquellas actividades a nivel académico o educativo, pero por lo menos lo pasábamos bien, mira tú); o quizá fue porque me flipé mucho con Tron Legacy y el malo tenía unas parecidas, pero me las acabé comprando. Y las he usado unas tres o cuatro veces, sin terminar de encontrarle la gracia al ruido que meten. Por otra parte, tampoco me he atrevido a llevarlas conmigo cada vez que me ha tocado volverme de casa de mis padres para comprobar si su presencia constante las haría merecedoras de un uso más habitual, pues intuyo que a los dos minutos de clinclinclin en mi maleta de mano iban a terminar en la primera papelera que encontrase en el aeropuerto.

Así que las pobres han cumplido la función de estar en una estantería sin más durante todo este tiempo con una profesionalidad maravillosa.

Estas gomitas




Estaba yo estudiando tranquilamente en mi cuarto, sin meterme con nadie, cuando sentí que una araña se paseaba por mi cuello. Me di a mí mismo una colleja espectacular, pero la araña permanecía allí, haciéndome cuchicuchi junto a la nuca. Por ello, y porque soy de un aspaventoso que te cagas, me inflé a hostias al tiempo que salía corriendo de la habitación para descubrir aterrado que, a pesar de todo, el artrópodo seguía jodiendo. Fue entonces cuando me recuperé del susto y de mi propia estupidez y recordé:

—Cojones, la puta trenza.

Efectivamente, durante un corto periodo del que no me siento especialmente orgulloso, de mi pelambrera asomaba un fino mechón cuyo trenzado se veía rematado por una goma del paquete de la foto (al principio tiraba de las mismas gomas con las que mi ortodoncista gustaba de montar un puente colgante en el aparato que llevé en la boca, pero eran un poco sosas). Recuerdo que cuando me corté el pelo y le pedí al peluquero que me dejase coleta en un lateral de la cabeza, el pobre hombre estuvo a punto de llorar de emoción, pues tal tarea suponía una ruptura BRUTAL en la monotonía de aquel lugar en el que estaba condenado a repetir el mismo corte de caballero a todos los hombres que por allí pasaban. No sólo me dejó el mechón, sino que dedicó bastante tiempo a engominarlo mientras no paraba de felicitarse a sí mismo en voz alta por el resultado. Os lo juro.

Semanas después, la trenza sobresalía unos centímetros por encima de mi pelo ligeramente largo, y un compañero de mi equipo de atletismo llegó a decirme "sólo te falta ponerte un pendiente para parecer más vascazo".

No, no me hice ningún pendiente. De todas formas, no es que yo sea precisamente Rapunzel en lo que a fortaleza capilar se refiere, y una mañana de verano, mientras peinaba mi pseudovascuence cabellera al salir de la ducha, la debilitada trenza viajó de mi cabeza al bosque de púas del peine, y de ahí al cubo de la basura.

Este pulpo




Una de mis actividades favoritas siempre ha sido adquirir mierda de todo a cien que no necesito. Pero es que en este caso la cosa se me fue de las manos. Si no, ya me dirás tú a qué viene comprar un tapón de bañera cuya cadena incluía al otro extremo el bicho de la foto. Que sí, tiene que ser muy gracioso darse un baño y ver al pulpo flotar entre la espuma; pero es que yo, en el piso de mis padres, he llenado la bañera una sola vez en todos los años que viví allí y fue porque acababa de patearme los veintiún kilómetros de una media maratón y mi padre insistió en que un baño caliente iba a ser lo mejor para mis doloridos músculos y articulaciones. Y ni me acordé el pulpo de los huevos.

A ver, que no soy ningún cerdo. Lo que pasa es que yo soy más de ducha y en el otro baño hay un plato de ducha, que me viene mejor. Que yo me ducho a diario, joder. Ay, dejadme en paz.

Este otro pulpo




¿Qué fue? ¿La eurocopa? ¿El mundial? No me acuerdo. La cuestión es que hace unos años en aquel verano no se hablaba de otra cosa que del puto júrgol y todo el país dejó a un lado sus miserias para centrarse en el campeonato de marras. Fue una invasión de cabezas de balón en toda regla (que enlazo la canción de Puagh más que nada para que no se me olvide que un día tengo que hablar de que asistí a un concierto suyo y aquello no tuvo desperdicio). Y de entre las muchas noticias y no-noticias que incluían fútbol con calzador, estaba la del pulpo Paul. Os acordáis, ¿verdad? El bicho vivía en un zoo, o en un acuario, y antes de cada partido le presentaban dos cajas con comida y sendas banderas representando a los contendientes. Bueno, pues el artrópodo de marras siempre (o casi siempre) se iba a jalar a la caja del que ganaría horas después.

Y todo el mundo quiso sacar tajada del pobre animal. Incluyendo Carrefour, que de la noche a la mañana sepultó sus hipermercados bajo millones de peluches como el de la foto. Como estaba tirado de precio y tenía un jeto de lo más salao, caí en la tentación de llevarme uno a casa.

Pero los dos pulpos no tardaron en morir. Lo siento, así es la vida. El pulpo Paul apareció flotando inerte en su acuario de la noche a la mañana y el equivalente de peluche pasó a engrosar la cantidad de mierda inútil en mis estanterías sin que nadie se acordase de él hasta que le saqué la foto.

Este robot




Otro vicio ante el que siempre caigo. Las putas colecciones de fascículos que invaden los quioscos cada septiembre y cada enero. Podría dedicarle su propia entrada a la cantidad de colecciones absurdas que tengo, pero de momento voy a mencionar únicamente a la que prometía el poder montar, pieza a pieza, a Monty, un robot capaz de (que yo recuerde) desplazarse por una línea negra, detectar objetos y esquivarlos, seguir un patrón de movimiento, grabar y reproducir sonidos, agarrar objetos, y un sinfín de brujerías más.

O al menos en teoría.  Y es que, como si de una obra encargada a Calatrava se tratase, el proyecto estaba condenado al desastre una vez cayó en mis manos la primera entrega.

El primer soldador del que pude disponer era una bazofia y su punta parecía un destornillador de cabeza plana. A esto hay que unir que, gracias a que soy tan cagaprisas como manazas, en lugar de ir alternando montaje y configuración como se indicaba en los fascículos, lo ensamblé todo de golpe en una tarde, quemando durante el proceso más de una pista de los circuitos integrados. Por ello, cuando quise emular al doctor Frankenstein al pulsar el interruptor de encendido del trasto, no me quedó más remedio que reconocer que ni seguir una línea negra, ni esquivar obstáculos, ni grabar voces, ni pollas. La única función que se podría esperar del trasto era la ser un bloque de chatarra. Ésa, y la de darme pena cada vez que la idea de tirarlo a la basura (bueno, de llevarlo a un punto limpio, que sería lo suyo) ha rondado mi cabeza, pues mis padres se gastaron un pastizal en este capricho (sesenta entregas a cinco con noventa y cinco. Echad cuentas vosotros si queréis, que yo me pongo nervioso si lo intento).

Al menos eché buenos ratos gracias al olor del estaño fundido. Sacad las conclusiones que queráis.

Y hasta aquí la primera entrega. En unas semanas seguiré exhibiendo más mierda que, a pesar del paso del tiempo, sigo conservando sin saber muy bien por qué.

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miércoles, 29 de enero de 2020

Yo vs. el alemán. Primer asalto

Saber que ahora mi novia y yo vivimos en Austria le suele dejar a mis amigos y familiares con el culo torcido. Y razón para ello tienen, la verdad. No es que sea muy habitual el "irse a hacer las austrias", y más aún sabiendo que, insisto, NO SÉ HABLAR ALEMÁN. Pero bueno, al final con el inglés uno puede llegar a casi cualquier parte y de momento controlar la lengua de Shakespeare nos está permitiendo sobrevivir en el país (aunque más de uno y más de dos ya me han colgado el teléfono cuando he requerido de diferentes servicios y les he preguntado si podríamos comunicarnos en cualquier idioma que no fuese el germano).

Sin embargo, que quede esto claro, en Austria se habla alemán, por lo que no nos queda otra que aprenderlo. En ello estamos, y mientras nos peleamos con multitud de cursos, apps, libros y demás parafernalia, rara es la semana en la que no me lleve una hostia lingüística debido a esta barrera.

Y como sé que lo estáis deseando porque sois una panda de miserables, os voy a hablar de ello en este blog con relativa frecuencia. Empezando la serie con la primera que me llevé, allá por el pasado julio, cuando me tiré en el país una semana haciendo de avanzadilla para confirmar que lo de cambiar Irlanda por Austria se podía realmente llevar a cabo y no constituía una idea especialmente estúpida.

Aunque, si soy sincero, todo comenzó (como suele ser habitual en mi vida) por envidia. No recuerdo exactamente qué viernes del mes de junio, o si directamente fue viernes u otro día de la semana, la empresa en la que mi novia y yo trabajamos celebró su "Fiesta de verano". Que lo pongo entre comillas porque, recordemos, yo antes vivía en Irlanda, y allí fiesta toda la que tu quieras, pero lo de verano es algo que está por ver. Y sí, tuvimos una fiesta de quitarse el sombrero, que hasta levantaron una carpa de circo, trajeron una banda de música y a un DJ y pusieron chorrocientos puestos de comida. Pero el tiempo fue una bazofia, como de costumbre. Y no puedes pretender que estás celebrando una barbacoa veraniega si tienes que encasquetarte un abrigo y abrochártelo hasta las cejas mientras miras al nublado permanente con desconfianza, como fue el caso.

Total, que días después de aquella barbacoa polar, mientras mi equipo de Dublín participaba en una videoconferencia con compañeros de la oficina austriaca, a uno de éstos se le coló en la pantalla del pc que estaba compartiendo en aquel momento una notificación relativa a la Fiesta de verano que estaban a punto de celebrar. Y lo pongo sin comillas porque aunque en Austria tienen inviernos de los de cagarse en todo mientras intentas no resbalarte al pisar el hielo que cubre la acera, los veranos tienen la decencia suficiente como para permitirte salir a la calle en manga corta sin acabar con la piel de gallina. Por ello, fue ver la notificación y dejarle caer un "jo, yo quiero" a una de las compañeras. En lugar de un "pues quiérelo mucho" (que, por otra parte, es lo que yo habría respondido porque soy como soy), ella tuvo a bien el investigar si sería posible colarme allí para tal evento, pero no hubo tu tía, pues el aforo era limitadísimo. Eso sí, sugirió como alternativa que, ya que me había entrado el gusanillo, pasase una semana entera currando desde su oficina para así conocer a todos en persona, ver el lugar y etcétera, etcétera, etcétera.

Pues bien, no había terminado el primer "etcétera" y yo ya tenía la maleta hecha. Que esto no lo he dicho antes por no quedar mal, pero en los siete años que mi novia y yo hemos pasado en Irlanda, si hay un sitio en toda la isla que podamos calificar como nuestro favorito, ése siempre ha sido la terminal de salidas del Aeropuerto de Dublín. Así que si me estaban ofreciendo una oportunidad para dejar atrás la isla por unos días, Dios sabía que la iba a aprovechar.

Total, que un mes después me encontraba viajando a la patria de Schwarzenegger en un vuelo con escala que comenzó con una cancelación del segundo trayecto gracias a la cual llegué a mi destino diez horas más tarde de lo planificado, compartiendo furgoneta con siete desconocidos como si estuviésemos protagonizando La diligencia, y con Lufthansa y su mierda de política haciendo el papel de bandoleros. A pesar de este divertidísimo revés inicial, mi estancia allí fue la hostia, y me volví a Dublín convencido de que las uvas de dos mil diecinueve me las iba a comer en Austria. Por mis huevos.

No os voy a dar muchos detalles relativos a aquella semana porque si en mi blog me pusiese a contar cosas bonitas, dejaría de ser mi blog. Además, ya he dicho hace unos párrafos que hoy tocaba empezar a hablar de mis desavenencias con el idioma alemán, por lo que os invito a viajar mentalmente a la terraza de un restaurante sita en la azotea de uno de los céntricos edificios que pueblan la que ahora es, ironías de la vida, la ciudad en la que vivo.

Nos encontrábamos en dicha terraza mi novia (que vino algo después para, entre otras cosas, confirmar que sí, que habría mudanza de país. Por su coño), la compañera que he citado más arriba y yo (más tarde se nos apuntaría otra pareja a la que mi compañera y yo asustamos al mantener una intensa conversación de veinte minutos describiendo las diferentes portadas de todos los discos que ha sacado Bon Jovi hasta la fecha, pero eso es otra historia), con la intención de cascarnos una cenaca de padre y muy señor mío porque habíamos dedicado varias horas a patear la ciudad como peregrinos y el síndrome de Stendhal, las cosas como son, da hambre.

El sitio, al igual que tantos otros en la zona, contaba con menús personalizables. Me explico: en cada mesa había varios tacos de folios relativos a las diferentes comidas: pizzas, hamburguesas, sopas, ensaladas... Y cada folio, a su vez, contenía una especie de quiniela que permitía marcar aquellos ingredientes y componentes deseados de cara a la elaboración del plato.

Y yo, aquella pseudocalurosa tarde de julio, en aquella terraza, quería carne. Mucha carne.

Por ello, elegí la hoja con lo más parecido a pura fritanga de todo el restaurante, y me aseguré de marcar en la misma todos los productos cárnicos existentes: que si ternera, salchichas de vete tú a saber qué, bacon, jamón... A cada X que añadía al papel mi estómago respondía con un rugido de aprobación. Y entonces, cual demasiado ambicioso (y un poquito palurdo) Ícaro, quise volar muy cerca del Sol.

Entre los ingredientes seleccionables se encontraba el Pfefferoni. Que si como yo os habéis criado en un ambiente de lenguas romances aquello os sonará a pepperoni, o sea a salami. Y oye, "salami sobre fritanga" suena casi mejor que "miel sobre hojuelas". Pero como ya soy mayor y no me gusta correr riesgos, quise confirmar que estaba en lo cierto. ¿Buscando la traducción en Internet? Nein. Preguntándole a mi compañera.

Y ella, austriaca de nacimiento, y teniendo el alemán como lengua materna, me miró a los ojos a través de sus ray ban de cristales azules (porque hacía un sol estupendo) y me confirmó que, efectivamente, Pfefferoni, como su nombre "casi" indica, no era ni más ni menos que el salchichón ése rojo que le echan a la pizza en algunos sitios. Así que me marqué un movimiento de lo más carlossoberesco, me dije mentalmente "la marcamos" y al siguiente paso de la camarera junto a nuestra mesa le hice entrega de mi quiniela, con el Pfefferoni subrayado y todo.

Minutos después, la misma camarera apareció con la pitanza y yo, que estaba oliendo aquello desde que salió de la cocina, frotándome las manos como el enano de Twin Peaks. Pero poco tardé en parar el frote, al tiempo que ponía la misma cara de gilipollas que se le debió de quedar a Ícaro cuando el mejunje art attack de las alas empezó a decirle "mira, tronco, yo no aguanto este calorazo". En mi plato había carne a punta pala, sí, pero se encontraba oculta bajo un bosque de pimientos que yo no recordaba haber pedido. En ese momento, mi compi echó un vistazo a mi comida y dejó escapar un "ups" con acento alemán de Austria para, acto seguido, hacer fe de errores y aclararme demasiado tarde qué significa realmente la palabra Pfefferoni.

Entiendo que la historia os haya resultado tan sosa y amarga como la guarnición de mi plato, pero eso es porque no sabéis que pocas cosas me resultan más detestables a nivel gastronómico que los putos pimientos. De todas formas, para no acabar en bajón, voy a meter un pequeño epílogo aquí debajo.

Semanas después, superado el disgusto pimientil, mi compañera nos hizo una visita tras haber viajado a no recuerdo dónde, y tuvo el detalle de comprarnos algo a mi novia y a mí. A ella unos caramelos:

"Toma, te lo he comprado porque sé que te encanta lo dulce", le dijo

Y a mí me compró ESTO:


No. Aún no sé decir en alemán "la madre que te parió".

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jueves, 16 de enero de 2020

¿Soy más tonto que un hámster?

Los más frikis ya sabréis que he aprovechado el título de la entrada para copiar miserablemente homenajear a Los Simpsons, con ese girito tan característico del blog que consiste en tirar piedras a mi propio tejado para que nos riamos todos juntos. Y es que, si Ter (por quien siento una admiración espectacular, todo sea dicho) ha establecido el plot twist como estrategia de vida, yo he descubierto que, sin comerlo ni beberlo, he hecho algo parecido con el más difícil todavía, llevando por bandera tal concepto en mi día a día, pues manda huevos cada jardín en el que me meto, macho. Para que os hagáis una idea, hoy voy a contar un ejemplo que termina conmigo quedando como un imbécil, ojo al dato, por partida TRIPLE.

Como cada año a primeros de enero, he hecho entrega a mis compañeros de oficina del marrón que yo me he estado comiendo en navidades durante su ausencia y me he venido a Valladolid con la intención de pasar unos días en familia, atiborrarme de cruasanes con nocilla y resolver diariamente el sudoku que aparece en la sección de pasatiempos de El Norte de Castilla y que mi padre tiene a bien traer a casa antes de la hora de la comida. Otra actividad que suelo llevar a cabo durante mi estancia es la de sacar fotos de calidad mediocre® si el tiempo y la climatología me lo permiten. Para poder llevar a cabo esta última tarea, tuve que preparar antes de venirme, además de la maleta facturada que pienso llenar de compangos del Mercadona y la maleta de mano, una bolsa con todo el material fotográfico: cámara, objetivo ojo de pez, objetivo gran angular, objetivo de 24mm, objetivo de 50mm, teleobjetivo, filtros de densidad neutra, linterna y set de limpieza.

Revisad la lista anterior. ¿He incluido en la misma el artículo "batería de repuesto"? No, ¿verdad? Pues aquí va la primera imbecilidad que os quería confesar hoy.

A los dos días de llegar a la capital del Pisuerga, saqué la cámara de la bolsa para echarle unas cuantas fotos al portal de Belén y al árbol que mi madre, con todo esmero, coloca año tras año a mediados de diciembre y recoge semanas después mientras se queja de que cada vez le da más pereza completar semejante proceso. ¿Que si le ayudé a recogerlo? No, porque me fui a hacer fotos, pero no adelantemos acontecimientos. Pues eso, que estaba yo en plan "encuadra el árbol", "cuidado, que no te entra la estrella en la foto", "enfoca a la lavandera", "idiota, que has tirado un rey mago con la correa de la cámara" y tal, y me fijé en que la batería del aparato andaba a medio gas. Efectivamente, las siete neuronas que me quedan estaban demasiado ocupadas ignorándose las unas a las otras mientras cargaba la bolsa y aquello afectó a la alimentación de mi Canon, maldita sea.

Al día siguiente, aprovechando que el cielo despejado prometía un atardecer DE LA HOSTIA, salí de casa cargado con bolsa y trípode esquivando cajas a medio llenar de figuritas y espumillones y caminé una media hora hasta alcanzar las afueras de Valladolid, donde esperaba dar buena cuenta de la puesta de sol a nivel fotográfico. Llegado a una huerta con casa abandonada y colinas al fondo, planté el trípode entre unas uralitas rotas porque no le tengo miedo al amianto y me dispuse a retratar un cielo con unos colores que quitaban el aliento. Peeero... Al poco de empezar la sesión, la única batería de cámara Canon existente en kilómetros a la redonda dijo "para, que yo me bajo" y yo agradecí el encontrarme solo en el páramo, pues mi cara de gilipollas en aquel momento era más que evidente.

Volví sobre mis pasos ligeramente cabizbajo y con una preocupación notable, ya que me iba a tocar mantener una interacción que yo quería evitar a toda costa, habida cuenta de mi horrible ansiedad social. Me explico: al no contar con batería extra y estar la propia descargada, tendría que, o bien comprar una batería o bien comprar un cargador. En todo caso, quería gastar la menor cantidad de dinero posible, e intuía que el cargador sería lo más caro. Por ello, in my mind me haría con una batería, preguntaría a quien me atendiese que si la misma estaba cargada, recibiría un "no" como respuesta y tendría que (y aquí viene la parte en la que me enfrento a mis demonios) pedir que me hiciesen el favor de cargármela en el establecimiento. La reacción del dependiente o dependienta de turno se antojaba terrorífica en mi cabeza: todas las posibilidades que yo podía imaginar culminaban en una negativa por su parte ("aquí no podemos hacer eso", "pero tú, ¿dónde te has creído que estás?", "mira, jeta, si quieres cargar la batería te compras un cargador y te la cargas en tu casa", etc.) y mi abandono del local con las manos vacías. Tan vacías, como la puta batería que se alojaba en mi cámara mientras mis siete neuronas le daban vueltas a todo esto porque, al parecer, no tenían nada mejor que hacer.

Sí, así funciona mi cerebro. No me juzguéis.

Cuando llegué a casa de mis padres, además de observar el buen trabajo recogedor de belenes que se había hecho en mi ausencia, anuncié que volvería a desaparecer para hacerme con el material que mis descuidadas circunstancias hacían necesario, y me encaminé al Corte Inglés.

"Ah, shit. Here we go again"

Una vez hube entrado en el edificio, llegado a la sección de electrónica, localizado las baterías y los cargadores y mientras sostenía uno de éstos en mi mano (no antes, ojo), tuvo lugar mi segunda imbecilidad en esta historia.

Al contemplar las clavijas en las que van enganchados los bornes de la batería, me imaginé lo placentero que resultaría apretarlas repetidamente (que no me juzguéis, coño), y mis siete neuronas formaron una especie de powermegazord para desenterrar esa acción de entre mis recuerdos y hacerme saber que, durante otra visita a Valladolid años atrás, me pasó EXACTAMENTE LO MISMO y acabé comprando un cargador de baterías de cámara.

Si queréis, le podéis preguntar al segurata de El Corte Inglés que en aquel momento estaba haciendo la ronda por la segunda planta y que "casualmente" llevaba varios minutos pendiente de mí (por cierto, voy a aprovechar para saludarle afectuosamente si da la casualidad de que está leyendo esto: hola, guapetón), pues mi cara de gilipollas en aquel momento era más que evidente. De todas formas, en el fondo me alegré ante el ahorro que aquello iba a suponerme, devolví el cargador al estante y aproveché el viaje para echar un ojo a la sección de abrigos, ya que ese mismo día por la mañana había visto uno PRECIOSO en un outlet pero (historia de mi vida) no tenían mi talla. Bueno, pues allí directamente no tenían ni ese modelo.

Voy a hacer un pequeño inciso para decir que, de entre las marcas de ropa El ganso y Spagnolo, no sé cuál de las dos es más putohortera. Fin del inciso.

Abandoné el horroroso edificio (si alguien sabe de un Corte Inglés bonito que me lo diga, que yo lo vea) y volví a casa, sabedor de que en algún lugar de mi destartalada habitación se encontraba el cargador de marras. Pero no fui capaz de dar con él. Al final, tras varias horas de limpieza espectacular (de la que va a salir por lo menos una entrada en este blog, eso seguro) y dejar el lugar como el chalet de José Luis Moreno cuando pasó aquello que todos recordamos, mis siete neuronas volvieron a reunirse, como queriendo rendir tributo a lo que un día fueron y ya no son, y me hicieron recordar, nuevamente tarde, que en casa de mis padres todo lo relacionado con pilas y similares se guarda en un cajón a la entrada del piso, así que tercera y última imbecilidad por hoy, venga. Tras nadar en un mar de bolsas de basura llenas de efectos personales, a la entrada que fui, y en la entrada que estaba el puto cargador.

Mis padres, que me vieron salir corriendo de la habitación y pararme en seco ante el cajón de las pilas, me preguntaron que si me pasaba algo, pues (efectivamente) mi cara de gilipollas en aquel momento era más que evidente. Pero bueno, les hice un resumen del día parecido al que acabo de hacer y, por enésima vez en los últimos treinta y tres años, comprendieron lo que tenían ante sí, se encogieron de hombros y no me juzgaron (ya podríais aprender de ellos, que sois unos miserables).

Al final la historia tuvo final feliz: recargué la batería y puedo seguir sacando fotos de calidad mediocre® hasta que me toque volverme a Austria.

Soy consciente de que la foto está movida. Y de entre las opciones "repetirla" o "pasar de todo porque ya tengo una edad para andar preocupándome por chorradas", adivinad cuál he elegido

Y si dentro de un par de años este blog sigue en pie y escribo una entrada hablando de baterías descargadas y cargadores de los que no me acordaba, NO ME JUZGUÉIS y echadle la culpa a mis siete neuronas, que una vez más me habrán ayudado a lograr el más difícil todavía.

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miércoles, 1 de enero de 2020

La costilla

Hola otra vez.

Siguiendo la tradición que establecí años atrás, vuelvo a poner en marcha el blog con enero recién estrenado sin tener muy claro cuántos meses, o semanas, me durará la tontería esta vez. Me veo obligado a empezar pidiendo disculpas al respetable por haber dejado coja mi serie Descagándola, pues contaba con estirar ese chicle durante todo el año y al final no pudo ser. Pero tengo dos motivos para justificar tal abandono: el primero es que soy un puto dejao; el segundo ha sido que los últimos meses de nuestras vidas (incluyo a mi novia en la vorágine) han tenido una cantidad de altibajos que ríase usted del Ratón Vacilón. Sólo diré que hemos cambiado la verde Irlanda por la no tan verde Austria, que tanto cambio ha dado (y dará, pues no sé hablar alemán. Olé mis Eier) para más de una entrada en el blog y que debido al estrés causado por el proceso mis ojeras han evolucionado a un estado en el que hay una vena cruzándolas como si fuese la N-634 entre Luarca y Tapia de Casariego, con sus puntos negros y todo.

Pero bueno, mi novia y yo hemos decidido parar el tiovivo mientras muere diciembre para reponer fuerzas y dejar de lado la mudanza, aunque en mi caso está resultando más complicado de lo que me gustaría. Digo esto porque, por ejemplo, esta mañana ya ha caído un cajón del Lidl para guardar mierda variada y hace un par de horas me he encaminado al IKEA a por unos taburetes para el balcón tiradísimos de precio (a tres euros el taburete) destinados a hacernos el apaño hasta que vuelva el buen tiempo y con él la oferta de muebles de exterior. Unos taburetes, por otra parte, feos de cojones:

fuente: ikea
Y encima el modelo se llama VÄSTERÖN, válgame Dios

Peeero a medio viaje en el tranvía le he dado un par de vueltas y mira, no. Baratos y lo que tu quieras sí que son, pero no merece la pena. Así que me he apeado en la siguiente parada (os lo juro) y me he vuelto a casa, libre de taburetes feos, planes y responsabilidades. Y aquí estoy ahora, escribiendo esto y recuperando una segunda tradición. Si en dos mil dieciocho y en dos mil diecinueve dediqué el primero de enero a humillarme ante todos vosotros con sendas anécdotas de dudoso gusto, no voy a dejar que este año sea menos, y voy a compartir el que quizá haya sido el momento más ridículo para mí de todo el pasado año. Allá voy.

Podría decirse que el último invierno nos sacudió a mi novia y a mí de forma especialmente intensa. Vale que era el séptimo que pasábamos en Hibernia, pero no sé si fue porque fue bastante desagradable a nivel climático o porque la casa en la que vivíamos daba bastante asco en lo que a aislamiento se refiere (tenéis que ver el piso austríaco en el que vivimos ahora. Una gloria comparado con aquello), pero entrado marzo teníamos los ánimos por los suelos. Nos pusimos entonces a investigar cómo coño lograban los irlandeses sobrevivir cada año a semejante clima de mierda y descubrimos su secreto: los cabrones se piran de viaje a Canarias siempre que pueden para recargar pilas y olvidarse de tanta lluvia, tanto frío, tanto viento y tanto gris. El alcohol también les ayuda, pero no es nuestro estilo.

Así que estaba claro. Las Islas Afortunadas o muerte.

Y nos decantamos por Fuerteventura. Básicamente porque era el destino más barato (pues desde Dublín se puede volar practicamente a cada isla con una frecuencia que haría llorar a Greta Thunberg) y porque un compañero de trabajo, que se la conoce bastante bien (a Fuerteventura, no a la Thunberg), me contó maravillas del lugar y me puso los dientes largos. Las cosas como son: Fuerteventura, o al menos lo poco que pudimos ver (pues íbamos a desconectar más que a otra cosa) nos gustó: comimos bien, descansamos, mi novia descubrió con alegría que había erizos sueltos por las calles y el área cercana al hotel apenas se encontraba inglesizada. Porque yo no entiendo a los turistas British, macho. Allá donde van, lo único que buscan es tener las mismas opciones gastronómicas y de ocio que en su país (las cuales, todo sea dicho, son una mierda del tamaño de la London Eye). Y claro, te metes en un pueblo de la costa tomado por ellos y todo lo que hay son pubs con karaoke y restaurantes donde solo sirven judías y fish and chips barato y malo. Bueno, pues Fuerteventura no es muy así. Por suerte.

Total, que en ésas estábamos, disfrutando de unos días de asueto canario, cuando una de las últimas noches me despertó un dolor en el costado de un intenso que te cagas, y yo lo tuve clarísimo. Aquello apestaba a costilla rota. ¿Que qué me hizo pensar algo así? Pues mis años practicando atletismo de forma semiprofesional. Durante aquel tiempo, era muy habitual que alguno de mis compañeros acabase con articulaciones dislocadas, músculos desgarrados o huesos rotos, lo cual solía ocurrir de la forma más inverosímil o estúpida posible: paseando, levantándose del sofá o dándose la vuelta en la cama, por ejemplo. Y aquella noche de marzo, en aquel hotel con desayuno buffet incluido y spa cerrado por obras de Fuerteventura, me había tocado a mí.

El dolor era insoportable, y daba igual la postura en la que me colocase sobre el colchón, que el muy hijoputa no me abandonaba. Tras varios minutos sufriendo, decidí trincarme un ibuprofeno porque soy así de listo y dejar que el sueño y el cansancio venciesen a aquella tortura. No obstante, la llegada del nuevo día no mejoró la situación, y el desayuno tuvo un sabor agridulce debido a la insoportable molestia (pocas cosas hay en la vida peores que no poder disfrutar en condiciones de un desayuno buffet de hotel, todo sea dicho).

Mi novia, a todo esto, empezaba a mirarme con la misma cara con la que me miraba cuando estuvimos en Japón y yo pensaba que lo de mi mano iba a terminar como un retrato de José Padilla. Sabe que exagero un montón, y aún así me quiere. Pero lo de Fuerteventura no podía ser una exageración, que las costillas rotas hay que tomárselas en serio, coño.

De todas formas, de todos es sabido que esa clase de fracturas no tienen más tratamiento que el reposo y la paciencia. Por ello, tras dar más o menos cuenta del desayuno, me trinqué el segundo ibuprofeno en lo que llevo de entrada porque soy así de listo y decidí que, aprovechando que asomaba el sol, lo más adecuado sería ir a la playa.

Hago un primer inciso para comentar (aunque juraría que ya he hablado de esto aquí) que mi novia y yo hemos tenido la suerte en el culo durante siete años cuando de buscar clima apacible se ha tratado. La mayor parte de nuestros viajes allende Irlanda han tenido como destino lugares en los que, casualmente, hacía un tiempo horrible (muchas veces para sorpresa de los locales), a la vez que, casualmente también (no me jodas) dejábamos en Dublín un clima de lo más agradable.

Así que allí estaba yo, en la Playa del Castillo, doblado por el dolor, pero disfrutando del tibio sol por primera vez en meses. Nos hicimos fotos y todo. Y yo salgo en todas así:

fuente: adobe blog
Parece que no duele pero duele mucho

Tras varias horas de toalla y mar en las que empezaba a imaginar que mi costilla necrosaba, o que me perforaba algún órgano interno (no me lo invento, las molestias eran tan intensas que me hacían tener tales ideas), comimos en un restaurante cercano. Cada bocado de papas con mojo picón sabía a puñalada en el costillar, y muy a mi pesar no nos quedó otra que volver al hotel a preguntar por un hospital cercano mientras el Sol nos miraba con cara de "pero, ¿adónde vais? Si os estoy haciendo de puta madre hoy".

En el hotel nos indicaron que no había UN hospital cerca. Lo que había era EL hospital. Esto provocó que, en el camino en taxi del hotel al centro hospitalario (aprovecho para mandar un afectuoso saludo al taxista que tuvo a bien comerse cada puto bache que había en la carretera, ayudándome con ello a poder ver las estrellas a plena luz del día) yo fuese calculando que la espera para ser atendido iba a chuparse un porcentaje considerable de nuestro periplo vacacional. Pero no fue así, mira tú. El personal administrativo el centro (un cielo de gente, todo sea dicho), tras tomar mis datos y fliparlo un poco porque por lo visto yo era el primer vallisoletano que visitaba el lugar en décadas, me invitó a tomar asiento en una sala de espera casi vacía. Además, el poco rato que pasé dolorido allí se hizo aún más corto gracias a una anécdota dentro de la anécdota que voy a colar aquí a modo de segundo inciso en la historia:

Resulta que, mientras esperaba a ser atendido por los profesionales del eficiente servicio sanitario de la comunidad canaria, otro de los pacientes se me acercó y comenzó a darme charla (con un acentazo canario de lo más peculiar), pues por lo visto había pegado la oreja a mi llegada y su madre era de Valladolid. O él había vivido en Valladolid. O su madre había vivido en Valladolid. Yo qué sé, no me acuerdo. Joder, que esto pasó en marzo y mi memoria es una mierda, dejadme en paz.

Total, que el maromo empezó a relatarme detalles de la capital del Pisuerga de antes de que yo naciese, pero como tengo la cabeza llena de SPAM pude seguir su conversación durante un rato y contribuir a la misma de forma productiva, hasta que me soltó:

—Lo malo es que ahora Valladolid está lleno de rumanos.

Y yo no respondí nada a eso. Me limité a mirarle con los ojos de alguien que ya ha tenido que meter su vida en una maleta y salir de casa con un billete de ida en la mano al menos en una ocasión. El hombre, que por lo visto no estaba precisamente disfrutando de mi silencio, trató de salir del cenagal en el que se acababa de meter con su segunda perla:

—Pero bueno, aquí nos está pasando lo mismo con los moros.

No, tampoco dije nada. Seguí mirándole en silencio y preferí centrarme en las oleadas de dolor que mi costilla le estaba enviando a mi cerebro de forma ininterrumpida aquella tarde. Tras varios segundos esperando una complicidad por mi parte que nunca llegó a haber, el canario dio por terminada su actuación con un leve "bueno, un placer" y desapareció de mi vista para siempre.

Y hasta aquí la anécdota dentro de la anécdota.

Volviendo al tema que nos ocupa, me llamaron enseguida (Dios bendiga a la Seguridad Social) y, tras tomarme la tensión, me hicieron pasar a uno de los boxes, donde un amable facultativo me preguntó por el motivo que me había llevado allí. Le expliqué lo de mi costilla rota y él me hizo recostarme sobre la camilla para, acto seguido, comenzar la exploración de mi cavidad torácica. Y yo cagao de miedo porque sabía la que me esperaba.

Efectivamente, en cuanto puso un dedo en la zona dolorida y me preguntó "¿te duele esto?", de mi boca sólo salió un atormentado hálito que acortó mi esperanza de vida unos diez o quince años. El doctor, cuyos experimentados dedos le habían revelado a aquellas alturas la que se estaba cociendo bajo mi pecho, se apartó ligeramente de mí, y juraría que masculló algo así como "yo no me he pasado tantos años de mi vida estudiando para ESTO" o algo por el estilo. Fue entonces cuando me pidió que me incorporase y ahora llegamos al momento que todos estábais esperando desde que empezásteis a leer esta entrada, pues el galeno me dijo, todo lo serio que le permitió el encontrarse en un plano profesional:

—Lo que tienes no es una costilla rota. Son gases.

¿Qué queréis que os diga? A veces el dolor físico es menos intenso que el que se siente al saberse gilipollas, por lo que no es de extrañar que saliese de aquel box con peor cara que la que tenía al entrar en el mismo. Mi novia, testigo de mi rictus, se alarmó y quiso saber qué había pasado, pero tuve a bien el indicarle que primero quería salir del centro y buscar un lugar al abrigo de orejas indiscretas para contárselo. Una vez fuera le relaté mi diagnóstico.

Media hora se estuvo riendo, llorando y todo. Media hora de reloj. Y con toda la razón del mundo.

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sábado, 1 de junio de 2019

Mierda suelta de mayo

Hola otra vez, y ya van cinco. A lo que vamos.

1 de mayo

El mes pasado acabó con la amistad que mantengo con mi compañera francesa que sabe español mejor que todos vosotros colgando de un hilo porque me comí por su culpa un spoiler de Juego de Tronos como la copa de un pino. Pues bien, hoy ha venido a mi sitio a pedirme perdón por ello. Yo le he preguntado, sin decirle que voy a verla en un par de días, que si había visto ya la ultima de Avengers. Y me ha dicho que no, pero que había oído que... Y toma otro spoiler. En serio, creo que tengo que aprender a elegir mejor a mis amigos.

2 de mayo

Hoy, por un motivo que desconozco y que no me ha dado por indagar, mi novia me ha preguntado por "ese químico que causa impotencia, o incluso castración" (sí, suele considerarme una especie de enciclopedia Encarta andante y hay veces que hasta le soy útil y todo). Yo estaba casi seguro de que se refería al bromuro, pero como soy un miserable que aprovecha la mínima para hacer humor negro con todo y en esta ocasión lo he tenido a huevo, le he respondido que Josef Mengele. Y ahora toca esperar a ver cuánto tardan en cerrarme el blog.

3 de mayo

Hoy he descubierto un concepto que por lo visto era bastante famoso, pero como estoy totalmente desconectado de la realidad (parezco Toni Cantó al principio de 7 vidas, y esta comparación tan viejuna debería ayudaros a haceros una idea del nivel), no estaba al tanto. Me refiero a las sandalias Birkenstock. Que cuando he oído la marca lo primero que he pensado ha sido que con ese nombre las sandalias le pegan a gente con las uñas mal. En plan que no quieres mirárselas pero al final no puedes evitarlo y es algo así como "argh, no sabía que existiese ese color".

4 de mayo

Esta anoche me he despertado y se me ha pasado por la cabeza un pensamiento que en su momento me pareció graciosísimo, pero no lo apunté por no encender luces y despertar a mi novia. Sólo recuerdo (aparte de que era hilarante) que tenía que ver con Antonio Alcántara.

5 de mayo

Lo malo de viajar y alejarse de la rutina diaria, y más cuando el destino al que voy está en España, es que tiendo a intentar comer todo lo que no tengo a mano en Irlanda (básicamente guarradas). Y mi organismo no para de gritarme: "mete fruta y verdura, hijo de puta".

6 de mayo

Mi novia y yo entramos en un restaurante casi vacío del barcelonés barrio de Sants. Dos mesas más allá, un hombre que acaba de cenar tiene shuf problemas con un trozo de comida que shuf se le ha incrustado entre las shuf muelas. Intenta shuf sorber el paluego ruidosamente pero shuf parece que no tiene éxito. En la tele están shuf hablando de política. Siempre shuf están hablando de política en la shuf televisión catalana. El camarero shuf nos trae la carta y shuf nos ofrece acompañar lo que shuf pidamos con una ración de pan con shuf ¿QUIERES HACER EL FAVOR DE USAR UN PALILLO, CACHO CABRÓN?

7 de mayo

Port Aventura mola si a uno le gusta esta clase de parques temáticos. Además, es una buena idea venir en esta época del año, pues aunque no hace tanto calor como para meterse a las atracciones que mojan, la afluencia no es muy alta y apenas hay que hacer cola para subir a las montañas rusas. Bueno, pues esperando para subir al Shambhala estábamos cuando hemos visto que acababa de montar un criajo entusiasmadísimo, con los brazos en alto y todo, celebrando la que le esperaba. No me jodas, si a mí a su edad me daba un miedo que te cagas meterme en el tren de la bruja.

8 de mayo

El chico que se sentaba a mi lado en la oficina y que estaba dejando de fumar hace un par de meses (dándome la idea QUE NO LLEVÉ A CABO de empezar a fumar yo para putearle) ha venido hoy a trabajar por última vez porque se cambia de curro y se va a no sé dónde. Y es que soy un seto que no ha hecho esfuerzos por hablar con él en todo este tiempo. Pues bien, antes de largarse, lo último que me ha dicho bromeando ha sido que me asegurase de que los globitos que su jefa había puesto en la mesa a modo despedida siguiesen ahí siempre, y me gustaría tomármelo como un juramento medieval, apuñalando a todo aquél que los tocase.

9 de mayo

Mi cabeza me putea mucho con el tema de hacer que se me peguen canciones y no se me vayan de la ídem. Para qu os hagáis una idea, llevo tres días con A message to you, Rudy, de los Specials metida sin que el método "piensa en el himno del PP" para que se pase (tranquis, que no voy a enlazarlo) funcione en este caso. Y eso no es lo peor. Ahora, además, mi cerebro SE HA INVENTADO una canción con ritmo en plan Los Punsetes y memachaca con ella. La letra dice "Estoy loca / Sangro por la boca / Me pongo betadine / Pero sabe mal".

Socorro.

10 de mayo

Hoy voy a hacer una reflexión a raíz de algo que he visto por la calle. Y como lo que tengo que contar cabe en un par de líneas, pues me toca rellenar el resto de la página metiendo paja sin contenido para no dejar un hueco en blanco. Bueno, yo creo que ya. A lo que iba, que he visto a un hombre BASTANTE MAYOR montado en patinete eléctrico, y considero que hay una edad a la que ya no es aceptable manejar estos trastos. Y es la misma a la que ya no es adecuado llevar sudadera con capucha.

11 de mayo

Me he enterado de que la nueva de Hellboy llegará a España censurada. Que le van a quitar las escenas con más casquería para que sea recomendable para un público más joven. No voy a entrar en debates al respecto. Sólo diré que, por mí, como si censuran ENTERA semejante MIERDA de película.

12 de mayo

Lo malo de no estar metido en Twitter es que a uno se le pasa por la cabeza una gracia y cuando la quiere compartir con las amistades, alguien que sí está en la red social del pajarraco avisa de que a algún tuitero ingenioso ya se le había ocurrido. En esta ocasión ha sido el concepto "githanos".

13 de mayo

Hoy he recibido una lección de humildad importante. He comido con dos compañeras de trabajo, y nos ha dado por hablar de música. No sólo de música, también hemos hablado de Maluma. Y es que ambas coincidían en que les gustaba. Y yo no he podido evitar decir que sus letras apestan a misoginia. Es entonces cuando una de ellas me ha respondido que casi todas las letras de casi todos los grupos y cantantes apestan a machismo, pero que les gusta el ritmo. Y yo, echando la vista atrás, me he dado cuenta de que los Beatles fueron los malumas de los años sesenta.

14 de mayo

El otro día estuve hablando con un compañero de trabajo de temas varios. Entre ellos, los niños. Le di mi opinión al respecto y él me dijo que me quitase la idea de la vasectomía de la cabeza cada vez que subo a un avión, que hay soluciones más baratas. Y bueno, me he hecho con esto:


El problema es que los auriculares cancelan TANTO el sonido que empiezo a oir voces cuando me los pongo y no están reproduciendo música. Y no, las voces no me piden que queme cosas o que mate a gente. Me piden que me haga la vasectomía.

15 de mayo

No somos conscientes de los pequeños privilegios de los que podemos disfrutar algunos de nosotros. Uno de ellos, y lo pienso cada vez que bajo del avión cuando llego a otro país es el pertenecer a la Unión Europea y no tener que sufrir una kilométrica cola en la que se encuentran ahora mismo quienes no tienen doce estrellitas en su pasaporte o carnet de identidad. Porque yo he pasado el control del aeródromo de Roma en segundos, y lo agradezco. Claro que ser europeo tiene sus inconvenientes, y es que te toca caminar mucho para seguir manteniendo la media frente a EE UU.

No sé, a mi novia esto le ha parecido una gilipollez.

16 de mayo

Hablemos de la distancia entre el aeropuerto de Roma (Fiumicino, aunque yo me he tirado semanas llamándolo fuimucino como un imbécil) y la capital italiana: es mucha.

Hablemos ahora de los medios de transporte disponibles entre Fiumicino y Roma: son pocos.

Lo mejor es pillar el tren para volver de la ciudad al aeropuerto (porque es donde está nuestro hotel, que hay que explicarlo todo), pero hay que saber que el último sale a las 22:35. Nosotros no lo sabíamos, y aquí estamos, llegando a la habitación a la una de la madrugada tras un viaje en bus de lo más chachi que no os voy a contar porque se me ha acabado la página.

17 de mayo

Es media tarde, y la Fontana di Trevi se encuentra, como de costumbre, asediada por cientos de turistas que se arremolinan en sus gradas con la intención de retratarse arrojando una moneda a sus aguas para, acto seguido, compartir la instantánea en redes sociales sin moverse del sitio. Empieza a llover y las gotas de agua causan un malestar general entre la gente al tiempo que el lugar se cubre de un mar de paraguas abiertos que hacen el sitio más sofocante aún si cabe. Y yo, bajo mi capucha, sentado en los escalones de la entrada a la iglesia de los santos Vincenzo y Anastasio, contemplo la escena y pienso: "pero qué asco".

18 de mayo

Hoy he cenado en un restaurante medio escondido en una callejuela romana. Y como he venido a lo que he venido, he jalado pizza. Ésta en concreto:


¿Qué os parece? Pues os voy a decir una cosa: ES LA PUTA PEOR PIZZA DE LA HISTORIA.

19 de mayo

Hoy he visitado el Vaticano. Y he llegado justo a tiempo para ver cómo el Papa se asomaba al balcón a decir que somos todos muy guapos y tal. Y me he dado cuenta, un poco acojonado, de que poco se habla de los boy scouts polacos, que parecen paramilitares.

20 de mayo

Hola, niños. Hoy vamos a aprender unos pocos trucos muy útiles a la hora de provocar que al camarero italiano de turno le dé un infarto. En primer lugar, pedir unos espaguetiS, marcando bien la ese que ellos no tienen en el plural y nosotros sí. Y exigir que estén bien cocidos. Una vez los traigan, solicitar un cuchillo para poder cortarlos en trozos más pequeños. Y pedir un poco de ketchup para aderezarlos. Y si el pobre hostelero sobrevive a todo lo anterior, nada como pedir de postre un café que lleve MUCHA LECHE. Risas aseguradas.

21 de mayo

Venga, una de problemas del primer mundo, que lo estáis deseando. A veces pienso que mi vida es un caos, con esto de que me toca estar a cuarenta cosas a la vez, y más teniendo en cuenta que, a día de hoy, todos llevamos un ritmo de vida extenuante que no nos da tiempo ni a poder sentarnos a ver las cuarenta series de Netflix que tenemos pendientes. Y yo, que lo que precisamente necesito de vez en cuando es desconectar de tanta complicación, voy y tengo la genial idea de comprarme esta mierda:


22 de mayo

Mantengo, y estaréis de acuerdo conmigo, que lo que conté ayer fue un lloriqueo injustificado porque cuando uno no sufre de guerras, hambrunas, genocidios o tener en la presidencia del Gobierno a los gemelos Kaczynski no debería quejarse mucho de su propia existencia. Pero yo soy muy de tirar para delante, así que voy a mantener todo lo que dije y además voy a reiterarlo. ¿Que por qué lo hago? Pues porque no aprendo, joder. NO APRENDO:


Y éste no tengo huevos a desarmarlo todavía.

23 de mayo

Hoy he ido a cortarme el pelo. Y no voy a volver a relatar mis miedos y fobias al respecto porque ya me vale. Además, la peluquera (una irlandesa entrada en años) ha sido muy amable conmigo y me ha dado una conversación de lo más interesante consistente en quejarse de que los tomates de ahora no saben como los de antes. Y yo mientras tanto he pensado que con la de marcas por la varicela que debo tener en la cabeza, si me rapase al cero aquéllo iba a aprecer como cuando vacían el estanque de El Retiro.

24 de mayo

Por lo visto están levantando un bloque de pisos a pocos metros de donde viven mis padres. Y las obras están en fase de vaciado de solar para hacer el aparcamiento subterráneo. Pues bien, aparte de la zorrera de polvo que está jodiendo la caja de todos los bares que tienen terraza cerca, hay un grupito de hombres jóvenes que pasan la tarde ante la valla de la obra CON SUS HIJOS viendo las máquinas. Que me imagino la hora de la comida en sus casas:

—Papá, ¿nos llevas al chiquipark?

—No, hijos. Nos vamos a ver zanjas.

25 de mayo

Vale que mis flamantes auriculares son una maravilla si de aislarme del mundanal ruido se trata cuando voy en avión, pero es que en algún asiento detrás de donde estoy yo hay alguien soltando unos ronquidos que va a terminar despresurizando el aparato.

26 de mayo

¿Es una broma? Tiene que ser una broma. Por favor, decidme que es una broma. A ver, es que tiene que ser broma. No puede ser que vaya en serio. Esto, colocado aquí. Que tiene que ser una broma, joder. Con su cara en el logo y tal. Ah, pues no es una broma, no.


27 de mayo

Al igual que hice durante mi visita a Barcelona semanas atrás, el pasar unos días en casa de mis padres en Valladolid está suponiendo que cerdee toda clase de golosadas, destacando la Nocilla (no, en Irlanda no hay. Hay Nutella, pero NO ES LO MISMO). Hoy me he acabado un tarro, y le he dicho a mi madre que así ya tiene vaso nuevo. Me ha preguntado que si quería llevármelo, y he rechazado su oferta. No por el riesgo logístico (que también), sino porque me interesa tener en casa el menor número de vasos posible para que el número de visitas también sea mínimo.

28 de mayo

Hoy he ido a visitar a una amiga a su casa. Vive en un pueblo, y aunque no os voy a dar el nombre del mismo porque no es asunto vuestro, os diré que me ha encantado pasear por sus calles tranquilas (no como el puto centro de Dublín, que es un atasco constante porque allí la gente se sube a su coche hasta para ir a cagar), y lo que más me ha gustado, porque es un concepto maravilloso, es que en aquel sitio, cada año, celebran un concurso de espantapájaros. DE ESPANTAPÁJAROS, JODER.

29 de mayo

Voy a aprovechar esta página para lanzar un mensaje a los cuatro que me leéis: donad sangre. Yo lo llevo haciendo varios años y, dejando a un lado que es muy probable que quienes reciben mi sangre me caerían mal si les conociese, sienta bien saber que se está llevando a cabo un acto solidario y tal. El único problema que acarrea es el brazalete de esparadrapo que toca llevar durante las siguientes horas, porque voy por la calle luciéndolo y la gente que no controla del tema me mira como si fuese un yonki.

30 de mayo

Hoy he ido al dentista porque mis muelas tienen la fea costumbre de agujerearse y doler. Y tenía cita a última hora de la tarde, estando ya MUY cansado por el trajín del día y justo después de una señora de avanzada edad a la que vi entrar en la consulta minutos después de que yo llegase. Y quizá fuese aquel cansancio el que me haya hecho ser mala persona, pero al ver lo que tardaba en salir no he podido evitar pensar: "¿Por qué tarda tanto? Si seguro que no tiene demasiados dientes que revisarse".

31 de mayo

He querido acabar el mes de forma elegante, por lo que cuando me he levantado me he dirigido a una cafetería cercana para meterme un desayuno dulce como no lo hay en Irlanda. Mientras me lo papeaba, el hilo musical atronaba coplas de Rocío Jurado. Y ahora esperaréis que eche espuma por la tecla al respecto. Pues no. Lo he agradecido. Algo así viene bien que no veas cuando durante la cena del día anterior te ha tocado ver El Hormiguero y soportar al puto Daddy Yankee que ha ido de invitado para promocionar UNA canción. Manda huevos.

Mes finiquitado. Nos veremos en junio, ¿no?

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