jueves, 2 de abril de 2020

Venga, recogerse

Sigo dejando para otra ocasión la segunda parte de mi visita a Zotter porque soy un sinvergüenza y porque el otro día le estuve dando vueltas a un tema que, mira tú, va a acabar convertido en entrada. Y como tiene bastante que ver con la que está cayendo, voy a daros la turra al respecto por segunda vez.

Resulta que, mientras analizaba con mi novia el tema de la cuarentena, del distanciamiento social y de toda esta movida, llegué a la siempre agradecida conclusión de que no estamos tan mal. Y es cierto, no estamos tan mal. Las medidas que se han aplicado en Austria no son muy restrictivas y, aunque recomiendan que no pises la calle más que para tirar la basura o hacer la compra cuando no te quede otra, uno puede permitirse que le dé el aire unos minutos siempre y cuando no se vaya a juntar con más individuos. Que es posible que de aquí a una semana todo cambie y nos encierren a todos a punta de pistola, pero de momento, insisto, no estamos tan mal. Además, esa afirmación se ve reforzada cada vez que me paro a pensar en el pisazo en el que estamos viviendo en este momento. Es enorme, está bien aclimatado y lo único que necesita para ser perfecto son unas pocas fotos enmarcadas por aquí y por allá y más plantas. Siempre más plantas.

Partiendo de esta introducción que no me he currado mucho, voy a meteme directamente en harina porque no quiero enrollarme, que la semana pasada me quedé de un a gusto que te cagas y agradecería que esta vez mi pelea con las teclas acabase un poco antes, que he retomado el Patapon 2 en la PSP y la estoy gozando cosa bárbara. En fin, que después de haberle dado un par de vueltas, se me han ocurrido cinco sitios en los que podría pasar dos meses encerrado sin problema y cinco sitios en los que no, ni de coña. Empiezo por los buenos:

El Centro Comercial Vallsur que fue y ya no es


Sé que ya he mencionado a este mastodonte en alguna ocasión (en más de una, de hecho), pero es que su inauguración me cambió la vida, macho. A menos de un kilómetro de mi casa, y tenía de todo: un hipermercado con auriculares en los que poder escuchar los discos más recientes donde descubrí cuánto me flipaba el Tubular Bells III, una tienda de ropa pija donde me compré el set de pantalón más cazadora de Levis Type 1 por veintiochomil pelas de la época (mi abuela, a pesar de ser pensionista, me pagó la cazadora, todo sea dicho), una tienda de deportes en la que mi abuela siempre lograba entre un cinco y un diez por ciento de descuento porque al pagar solía decir "no me haríais descuento, ¿verdad? Que soy pensionista", un kebab cuyo dueño invitaba a patatas fritas a todos menos a mí, un Burger King en el que adquirí cientos de juguetes del menú infantil porque me negaba a afrontar que ya no tenía edad para menús infantiles, una tienda de modelismo en la que vendían sets de imanes muy locos con los que jodí algún que otro aparato eléctrico en mi casa, un Coronel Tapiocca que ofrecía chorradas para irse a la selva que ME FASCINABAN porque yo era consciente de que lo más salvaje que iba a ver en mi vida eran las lagartijas de mi patio, un salón de recreativas en el que me dejaba media propina jugando al Radikal Bikers, una tienda de electrónica en la que me compré la PS One para jugar EXCLUSIVAMENTE al Radikal Bikers... De todo aquello no queda casi nada, y cada vez que vuelvo al sitio lo encuentro más irreconocible, pero las tardes de mi adolescencia VOLABAN una vez que cruzaba su puerta dispuesto a echar el rato gastando la menor cantidad de pasta posible. Y dos meses allí dentro me parecerían dos minutos.

Acabo de descubrir que el párrafo anterior es un calco de algo que ya dije en una de las entradas que he enlazado. Me quedo sin ideas. Sin inspiración. Me acabo. En fin.

La última tienda de campaña que compraron mis padres


No ha habido julio en mi infancia sin sus tres semanas de camping por el norte de España junto a mis padres y mi hermano. Y no lo digo de coña, que con menos de un año yo ya sabía lo que era dormir en colchoneta. Como un bendito, además:

A ver, os explico: hace un par de días le pedí a mi madre "alguna foto de la tienda de campaña más reciente en la que no salga nadie o sólo salga yo". Y entonces mi madre buceó en los álbumes familares para mandarme MÁS DE TREINTA. ¿Me venían bien para la entrada? Pues no, la verdad. Pero ya que la pobre se molestó en mandarme tanto material, pues aprovecho y cuelo alguna que otra por aquí

Bueno, salvo en no recuerdo qué año, que mi madre tuvo que pillarse las vacaciones en agosto y no quedó otra que saltarse la tradición por treinta días. La cuestión es que, a nivel tiendadecampañil, mis padres fueron prosperando que no veas. De una pequeña canadiense pasaron a una familiar con dormitorio y cortinas que tenían dibujos de cactus muy monos, y de ahí a la madre de todas las tiendas de campaña: dos dormitorios con capacidad para tres personas cada uno, un hueco entre ambos con una barra para usar a modo de perchero, una zona común con espacio para cocina y un toldo a la entrada bajo el que protegerse al aire libre. A todo lo anterior habría que sumar un avance del mismo tamaño que la propia tienda con el que se ocupaba toda la parcela asignada y que apenas dejaba sitio para el Ford Escort, pero no lo tengo en cuenta porque el avance era una mierda, duró dos telediarios y se quedó en un camping de Cudillero una noche que llovió más de la cuenta.

Porque (y aquí es donde yo quería llegar), no era de extrañar que nuestras vacaciones incluyesen el tener que tirarnos entre una y dos semanas bajo la lona por culpa del orballo gallego, el orbayu asturcántabro, el sirimiri vasco o el calabobos del norte de Palencia. Y daba igual. El hábitat que se preparaba bajo los mástiles, sumado a la capacidad infinita que tenían mis padres para que mi hermano y yo no nos aburriésemos, hacían que las vacaciones se hiciesen demasiado cortas tanto dentro como fuera de la tienda, y siempre llegaba demasiado pronto el día en el que tocaba recoger bártulos, dejar en la parcela una marca del tamaño de la tiendaza en forma de césped blancuzco por la falta de clorofila y poner Picos de Europa de por medio escuchando a los Pekenikes en el Ford Escort.

Casi se me olvida poner aquí esta foto. Pero lo he hecho y espero que eso le ahorre un disgusto a mi madre

El Polideporivo Pisuerga


A estas alturas de la película ya deberíais saber todos que soy un friki del correr. Pues bien, años ha no es que fuese un friki del correr sin más, es que era un friki del correr FEDERADO. Y durante toda esa época pasé por varios equipos de atletismo. Uno de aquellos clubs incluía en su rutina de entrenamiento semanal el que los atletas pasásemos las tardes de los miércoles en este edificio del sur de Valladolid. Se inauguró en mil novecientos ochenta y cinco con motivo del campeonato del mundo de gimnasia rítmica, y es feo de cojones. Sin embargo, la diversión entre sus cuatro paredes de jormigonako no tenía fin: bien fuese haciendo el gilipollas en su sala de musculación, bien fuese haciendo el gilipollas en su piscina de gomaespuma, bien fuese (lo habéis adivinado) haciendo el gilipollas mientras corríamos por los pasillos oscuros del piso superior, me encantaba que fuese miércoles porque significaba que tocaba polideportivo. Casi hasta compensaba la peste a sudor que inundaba el lugar y todo, fíjate.

La sala de mis delirios febriles


Una de las cosas que yo hacía con más frecuencia de pequeño, a pesar de no estar entre mis favoritas, era ponerme enfermo. Raro era que cada cuatro o cinco meses no me tocase tirarme un par de días metido entre las sábanas con décimas de más. Pues bien, para sobrellevar semejante desajuste vital, mi cerebro decidió construir una especie de habitación del tamaño de un campo de fútbol, limpísima y toda pintada de blanco, en la que únicamente estábamos una pelota de goma que rebotaba por sus paredes para entretenerme al ritmo del pitar de mis oídos y yo. De vez en cuando mi madre entraba en esa sala imaginaria, me daba el medicamento de turno y volvía a largarse, y eso era todo. Y oye, aquella especie de set davidlynchiano minimalista me resultaba de lo más entretenido.

¿Qué pasa? A Descartes le pasó algo por el estilo y nadie le llama puto loco por ello.

El Hospital Militar de Valladolid


Yo nací aquí, y de aquí guardo muchos recuerdos que, por haberme pillado siendo muy pequeño, seguramente estén alterados por mi imaginación o sean directamente mentira. Pero bueno, como mis padres van a leer esto, ya se encargarán de corregirme si suelto alguna burrada.

Recuerdo que el sitio era inmenso y estaba siempre vacío; y cuando yo iba a visitar a mi padre, que curraba en ventanilla, y él encontraba un rato libre, aprovechábamos para jugar con un balón de gomaespuma en la desierta sala de espera; y si estaba liado, me dejaba escribir a máquina en una Olivetti que no usaba nadie. Recuerdo que, en otra ocasión, nos reunieron a todos los hijos del personal en su salón de actos y, tras proyectar la película de Las tortugas ninja (en la cual, llegado cierto momento, todas gritaban "¡De puta madre!", algo que memoricé de lo lindo y que mis padres no es que precisamente celebrasen cuando lo repetía por la calle), un tío vestido de papá noel nos dio juguetes de Playmobil. Recuerdo que el dentista siempre tenía una caja de hojuelas riquísimas en su consulta. Recuerdo que en otra de las consultas había un esqueleto al que todos llamaban Federico (ahora que lo pienso, si el nombre era una referencia a Lorca, NO TIENE NI PUTA GRACIA). Recuerdo que Julita, una de las monjas que trabajaban allí, me adoraba y me daba besos que hacían ventosa y más daño que las inyecciones que me ponía después. Y recuerdo que, a finales del siglo pasado, algún lumbreras decidió que a Valladolid le sobraban hospitales, con lo bien que habría venido en estos días inciertos contar con sus habitaciones, sus camas y su excelente personal médico. Qué triste, ¿verdad? Pues más triste va a volverse todo aún porque paso a enumerar los sitios en los que, por Dios, espero no verme jamás durante dos meses. O dos minutos:

Twitter


Empecemos dejando las cosas claras: Twitter es una mierda. Y sé que no es un espacio físico, pero si me preguntáis que a qué me recuerda, os diré que a los típicos edificios de viviendas chungos que salen en las películas americanas, con sus inquilinos pegándose gritos que se oyen a través de las paredes, sus charcos de orina en los rincones, sus redadas, sus pintadas horrorosas y su olor a síndrome de Diógenes. Sí, eso resume bastante bien lo que es Twitter hoy en día. Qué asco da Twitter.

El Museo de la minería y la industria de Asturias


Se encuentra en El Entrego, y aprovechando que los de mi equipo de atletismo fuimos allí para participar en la "Carrera Popular les cebolles rellenes" (os juro que no me lo invento), visitamos dicho museo. Una actividad la mar de interesante, ¿no os parece? Pues mi aprensión estuvo a punto de matarme mientras me encontraba allí metido.

Resulta que una de las principales atracciones del lugar consistía (y no sé si consiste) en una representación real de una mina, a la que se accedía en un ascensor trucado que fingía descender la hostia de metros. Y la mina en sí era de un realista y de un claustrofóbico que daba miedo, con recovecos oscuros, ambiente húmedo y la sensación constante de que el mundo se nos iba a echar encima en cualquier momento. Total, que cuando terminó ese trozo de visita y el guía nos hizo salir a la superficie por unas escaleras que revelaban que apenas habíamos bajado dos pisos, yo ya estaba medio enfermo. Si a eso añadimos una sección dedicada a reproducir con exquisito realismo todos los males que mineros y obreros solían sufrir en la zona debido al desempeño de sus tareas, no os extrañará que pasase el viaje de vuelta a Valladolid convencido de que me había pillado una silicosis.

Una tarde pasé allí. No quiero ni imaginarme cómo serían dos meses.

Nuestro primer piso en Dublín


Cuando mi novia y yo nos fuimos a vivir a Irlanda pasamos por siete hostales, a cual más lúgubre, hasta que logramos el primer contrato de alquiler. Se trataba de un flat en Cabra road por el que pagábamos bastante poco a la semana, pero que se cobraba en salud lo que nos ahorrábamos en pasta. Y es que el casero, siguiendo la moda de la ciudad, había dividido una casa típica irlandesa en el mayor número de apartamentos posible, y a nosotros nos tocó el del semisótano. Era minúsculo, una única habitación con una cocina en un rincón y una ducha y retrete en otro en la que apenas había sitio para la cama, el sofá y una mesita con dos sillas. El wifi llegaba a duras penas, el viento se colaba por todas partes (en especial por la chimenea mal cegada) y la temperatura en el interior no llegaba a los dieciséis grados por las mañanas (y trece en la ducha, con dos cojones), pues la calefacción era central y sólo se ponía en marcha durante unos veinte minutos dos veces al día. La lavadora era comunitaria y la secadora no funcionaba, por lo que tocaba tender la ropa dentro, aprovechando el poquísimo espacio restante y aumentando la humedad y el frío en el lugar. Eso sí, el casero nos dejó una estufa eléctrica para compensar, pero la hijaputa no funcionaba. Para más inri, el colchón estaba tan gastado que se doblaba si lo intentaba poner de pie.

Tras mucho insistir y pelear, el todopoderoso casero se dignó a cambiar el zarrapastroso colchón por uno nuevo, y cuando, pasados tres meses en semejante infierno pudimos poner pies en polvorosa incumpliendo el contrato de un año que habíamos firmado, el muy miserable nos echó en cara la jugada del colchón, pues opinaba que el anterior se encontraba en perfecto estado.

Si no fuese porque me pilló cargado de maletas, le habría pisado el cuello en aquel instante. Pero tranquilos, que lo único que hice fue dejarle con la palabra en la boca y jurarme a mí mismo que ni una más, Santo Tomás.

Una sidrería de Llanes en particular


No os molesteís en tirar de Google Maps, que el sitio ya no existe. Pero si visitasteis el pueblo asturiano en algún momento durante las últimas décadas del pasado siglo es posible que acabáseis entrando en el tugurio y sepáis de lo que hablo. El lugar tenía tal cantidad de polvo, telarañas y mierda inundando paredes y baldas que a su lado el peor retrete de Escocia de la peli Trainspotting parecía un quirófano. Hace años escuché a un compañero de la fábrica de frenos en la que curré durante las noches de un verano soltar una perla que describía el lugar a la perfección: "allí las ratas se salían a vomitar afuera".

Vale, sé que no me creéis, y me jode no contar con un documento gráfico que pruebe lo que estoy afirmando. Pero resulta que, de entre todas las fotos que mis padres sacaron durante nuestros viajes al norte, ninguna inmortalizó el antro (y la exhaustiva búsqueda que hizo mi madre el otro día lo confirma), por lo que una vez más os toca creerme.

En definitiva, un asco de sitio en el que nadie en su sano juicio podría pasar más de veinte segundos.

El concierto que dio La fuga en la Sala Mambo de Valladolid en dos mil cuatro


Sí, es el peor sitio de todos los que llevo describiendo Y CON DIFERENCIA. Para empezar, en el ránking de grupos españoles moñas La Fuga deja el listón a una altura inalcanzable por el resto (haciendo comparaciones de mal gusto, vendría a ser más o menos como el número de víctimas del coronavirus que va a tener Estados Unidos comparado con cualquier país dentro de un par de semanas. Ya lo veréis), y agradeceré que no me preguntéis qué cojones hacía yo allí. Y en cuanto a la sala en la que tuvo lugar el concierto... No sé, yo creo que he visto hornos en los que había una temperatura más agradable. Además, estoy seguro de que se pasaron de aforo vendiendo entradas, y si aquello no acabó como la grada del Heysel en el 85 fue porque Dios no quiso. Y no me lo explico, pues en circunstancias normales el sitio no estaba mal del todo. Varias noches (incluida una en la que mis compañeros de equipo de atletismo y yo fuimos a ver a otro compañero que participaba en una especie de Operación Triunfo de barrio, pero esa historia la dejo para una entrada sobre taxis que aún no he empezado a escribir) acabé en aquel lugar y no era desagradable del todo, pero el día del concierto... En serio, lo único que deseaba mientras estaba allí era que todo acabase cuanto antes.

Más o menos lo mismo que estaréis deseando vosotros, después de tantas semanas de encierro, ¿no? Por el momento, lo que se acaba es esta entrada, que yo quería no haberme liado mucho y al final se me ha vuelto a ir la mano.

Y ya que mi madre se ha molestado, pues metro aquí otra foto mía de camping, que no le va a hacer daño a nadie

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miércoles, 25 de marzo de 2020

Elogio de la conspiranoia

Me vais a perdonar que no cumpla mi palabra. Días atrás anuncié que mi siguiente entrada trataría sobre la segunda parte de mi visita a la fábrica Zotter, pero lo de hoy me corre más prisa. Y es que quiero tratar un tema del que creo que no se está hablando lo suficiente hoy en día: el puto coronavirus. ¿Os suena de algo?

Vale, ahora en serio. A estas alturas ya se ha dicho DE TODO con respecto al asunto: se ha explicado, se ha argumentado, se ha debatido, se ha discutido y se ha insultado desde los balcones. Hemos alcanzado un punto en el que nos agarramos a las cifras y los gráficos como garrapatas para intentar comprender cuándo y cómo va a acabar este sindiós. Sin embargo, he descubierto hace poco que puedo dejar de mirar noticias y balances oficiales para saber si seguimos en la mierda o si las cosas van mejorando.

Me basta con preguntarle a mi madre: "¿Cuántas chorradas te han llegado hoy por Whatsapp?"

Y es que, desde el momento en el que PDR SNCHZ salió por la tele diciendo "sentaos todos un momento, que tengo que contaros una cosita", la pobre mujer acumula en la memoria de su teléfono (o en la SD, que no tengo muy claro cómo lo tiene configurado) más de cien imágenes y vídeos relativos al puto tema (aquí reconozco que soy en parte culpable porque un par de memes sí que le he mandado yo. Pero tenían su gracia, coño) que familiares, amigos, compañeros y conocidos se han dedicado a difundir aprovechando que nadie les cobra por ello.

Vale, hay veces que viene bien compartir según qué material, pues puede tratarse de una pieza de información contrastada y útil, o simplemente un chistecillo que nos haga reir durante medio minuto en una época en la que a menudo dan ganas de llorar y tirarse de los pelos. Pero, salvo honrosas excepciones, es sorprendente la cantidad de morralla que la gente envía, macho.

Y ahora es cuando meto la contradicción que no os esperábais. Quizá pensaréis que esta entrada es un alegato contra el sinsentido y las paparruchas (teniendo una palabra tan bonita en nuestro idioma, no entiendo por qué hay gente que dice fake news), pero no. De entre todo ese material absurdo que hace sonar el tono de notificaciones del móvil de mi madre con una frecuencia que seguirá aumentando hasta que lleguemos al pico de la curva, considero que hay un género que merece escapar de la quema cual reo salvado en Semana Santa: las conspiraciones.

Mucho gusto le estoy cogiendo yo a esto de los incisos este año, pero tengo que meter aquí uno al haber mencionado la Semana Santa. Ya que este año han decidido que a Jesús ni lo matan ni lo resucitan por el tema del coronavirus, ¿sabéis si la Cuaresma también se ha subido a un árbol hasta el año que viene? Porque a lo mejor hay gente que sigue comiendo pescado los viernes y no tendría por qué. Si hay algún cura leyendo esto que me lo aclare, por favor.

Volviendo al tema que nos ocupa, tengo que confesar que ME FLIPAN las conspiraciones. Cuanto más locas, mejor. Y sé que hay gente que estará gritándole a la pantalla de su ordenador o teléfono al leer esto, porque ¿cómo puedo estar a favor de que se difundan bulos e historias falsas que sólo sirven para confundir y crear caos y convertir a los pobres ciudadanos sin criterio en personajes de un cuadro de Goya? Pues porque me resulta fascinante la capacidad que tienen algunos para elaborar semejante mierda. Teorías que afirman que Jesús Gil sigue vivo porque los que cargaban con su ataúd no ponían cara de esfuerzo, teniendo en cuenta el peso que deberían sumar cadáver y caja; que la sintonía de Oliver y Benji reproducida al revés contiene vivas a Hitler; o que hubo dos Marisoles despiertan en mi un crisol de reacciones, entre el estupor y la incredulidad, pasando por el regocijo, que culminan en un obligatorio "hay que ver lo que se aburre la gente" acompañado de un sacudir de cabeza cada vez que descubro una de estas historias.

Yo creo que todo esto empezó a raíz de la sección que tenía Santi Camacho en Milenio 3 y de la que yo disfrutaba como un enano las madrugadas de sábado de mi adolescencia en las que le tocaba hablar a él durante el programa. Fuese o no aquél el despertar de mi afición, mantengo mi fanatismo al respecto, y el coronavirus me está dando un material calificable como Gran Reserva. De momento, las mejores conspiraciones que he recogido hasta la fecha han sido:


  • Que no hay virus, que lo que ha pasado es que la ciudad de Wuhan ha sido la primera en implantar las redes 5G sin tener en cuenta que esta tecnología le puede hacer mucha pupa al cuerpo humano (al mismo nivel que el wifi o los chemtrails), y eso es lo que ha pasado (ignorando el hecho de que el 5G YA está implantado en otras partes del mundo, España incluida, y lo único que ha demostrado es que las compañías de teléfono, una vez más, lo hacen de culo cuando de adaptar nuevas tecnologías se trata).


  • Que es un virus diseñado a propósito para ventilarse a la gente mayor, pues somos muchos y los yayos nos salen caros.


  • Que ha sido Bill Gates el que ha empezado todo esto hace un par de años, desarrollando veneno y antídoto a la vez, y tras esparcir el virus está esperando Dios sabe a qué para vendernos la vacuna a los pobres mortales.


  • Que ha sido un arma biológica del gobierno chino, pensada para usar contra los protestantes de Hong Kong, pero el invento se ha salido de madre como aquella vez que a los británicos les cambió la dirección del viento en plena suelta de gas cloro duante la batalla de Loos y no veáis qué risas.


  • Y, la mejor de todas, que de forma que ni siquiera el creador de la teoría es capaz de aclarar, el fundador de Papa John's, tras quedar en ridículo diciendo el año pasado que se había comido cuarenta pizzas en un mes pero luego resultó que no o yo qué sé, se puso en plan bruja Lola y afirmó que iba a liar una gordísima para relanzar su cadena de pizzerías y el reparto de comida a domicilio en general al tiempo que iba a hundir el resto de negocios. Por lo que todo esto es idea y cupa suya.


Basura todo, pero basura fascinante. Y no sólo eso, sino que además es muy fácil de elaborar y desarrollar. Y para que veáis que no estoy fanfarroneando, a continuación os voy a colar cinco teorías de la conspiración que se me han ocurrido esta mañana mientras desayunaba, incluyendo en las mismas los detalles que las identifican, sus puntos fuertes y por dónde cojean. ¿Soy un miserable por tratar un tema tan serio con tanto cinismo, y más aún con la que está cayendo? Seguramente, pero nadie os obliga a leer esto, así que si os apetece dejar la página abierta un rato más, allá vamos:

Una teoría basada en lo poco que sabéis de China


Para empezar a construir una conspiranoia de este tipo basta con recurrir a una serie de conceptos del gigante asiático que quizá conozcáis por encima, y aderezarlos con esa manía que tenemos en occidente de meter en el mismo saco a todos los países de la zona.

Es más que probable que os suene de algo "Falun Gong". Se trata de una práctica espiritual religiosa china que combina meditación y ejercicios de qigong con una enseñanza moral centrada en los principios de verdad, benevolencia y tolerancia. Y no, no soy ningún genio. Lo anterior lo he calcado de la Wikipedia. Muchos de vosotros, si no todos, habréis visto alguna vez sus actos de protesta: un grupo de miembros haciendo movimientos de qigong al ritmo de la música suave que sale por los altavoces. Tras ellos, imágenes bastante desagradables que ilustran su denuncia: la persecución y tortura de sus integrantes por parte del gobierno comunista chino. Y además de esto, unas mesas en las que hay panfletos, o folios recogiendo firmas, o a saber qué, pues la movida no iba con vosotros y no os habéis preocupado de parar a preguntar. Lo he clavado, ¿verdad? Pues ahora es cuando aprovecho vuestra ignorancia para colárosla, alternando datos reales y mierda que me voy a inventar sobre la marcha.

La secta Falun Gong lleva casi treinta años recibiendo estopa por parte del gobierno Chino, pues considera una amenaza su tamaño e independencia del Estado (real), casi los mismos años que quienes profesan su fe llevan protestando internacionalmente contra esta persecución (también real. Al párrafo anterior me remito). Sin embargo, la estrategia ha cambiado en ambos bandos. Por una parte, tras la denuncia de la comunidad internacional, el gobierno anunció en 2019 la clausura de la Oficina 610, la agencia de seguridad que se encargaba de la persecución de la secta (real, aunque lo de la comunidad internacional me lo he sacado de la manga). Pero esto sólo ha conseguido que la persecución continúe a día de hoy sin que haya un registro (me lo acabo de inventar, pero cuela porque todos pensáis, independientemente de que sea cierto o no, que en China los derechos humanos brillan por su ausencia), y que las acciones contra Falun Gong se recrudezcan (nuevamente, imaginación mía, pero sigue colando). Ante esta deriva gubernamental, los de la secta prometieron venganza hace meses (empieza a cuadrar todo, pero esto también me lo estoy inventando), y decidieron dejar ser un grupo pacífico para pasar a la acción directa (tampoco sé si son pacíficos o no, pero os estáis imaginando a budistas y os la he vuelto a colar), mediante actos que sacudiesen al aparato del Estado. Y el coronavirus es una de estas cumplidas amenazas, pues Falun Gong tiene MUCHO poder en China y ha recurrido a un laboratorio clandestino de su poderosísima red (no es la primera ni la última vez que leeréis lo de los laboratorios, pero es que la gente no sabe cómo surge un virus y esta explicación, aunque es falsa como los gayumbos de supuesto Levis que me compré en el mercadillo la última vez que estuve en Valladolid, ocupa muy bien el lugar de la ignorancia). Y después de echar ácido clorhídri... Sí, ácido clorhídrico encima de sulfato de so... De cloro... No, sulfato no, no sé lo que era. Lo han echado, ¿sabes? Y ha hecho una reacción que flipas y ha empezado a salir gas amarillo... Que vamos, que la han liao parda. Y si no se sostiene, lo único que tengo que añadir es "como los de la secta Aum Shinrikyo, que hicieron algo parecido con el gas sarín en el metro de Tokio, ¿os acordáis?". Y no, aquello no tiene NADA que ver con lo que me acabo de inventar, pero si pones al mismo nivel Aum Shinrikyo y Falun Gong, así como Japón y China o el gas sarín y un virus, pues ha colado.

Una teoría que tenga que ver con geopolítica


La geopolítica, como su propio nombre indica, abarca dos conceptos (no creo que toque aclararlo, pero son Geografía y Política) que para la mayoría de la población son sinónimos de "coñazo". Es por ello que, salvo que seáis Pedro Baños (ése de las gafitas que sale a veces en la tele vestido de militar para decir que la cosa entre Estados Unidos y el país que toque está muy mal), lo más probable es que no tengáis ni puñetera idea de por qué el estrecho de Ormuz es como una espita en manos de Irán, o de cómo tiene Francia pillados por los huevos a varios países de África desde el punto de vista económico, por ejemplo. Y aprovechando esta ignorancia general voy a soltar alguna burrada que pueda resultar coherente.

Primero, asentemos la teoría sobre una base que resulte convincente: China y Rusia son amigos a la fuerza porque los dos rivalizan económicamente con Estados Unidos por ver quién la tiene más larga. ¿Es esto cierto? Pues no lo sé, pero os lo habéis creido. Al meter a Rusia en la ecuación podemos aprovechar para intentar colar algún dato relativo a dicho país que a día de hoy rechine. Por ejemplo, que con lo grande que es y lo zumbados que están los rusos, se estén dando tan pocos casos de coronavirus entre su población. Y aquí es donde suelto la bola que lo enlace todo: China necesita lavar su imagen internacional después de que todo el planeta les señale con el dedo por la que se ha liado, y entre otras cosas (que no voy a detallar porque si doy demasiadas explicaciones mi propia teoría se acaba desmontando sola) ha llegado a una especie de acuerdo bajo cuerda con Rusia para que Putin (porque siempre que se menciona algo que ocurre en Rusia hay que dejar claro que ha sido idea y orden de su presidente) no comparta las cifras oficiales de contagios (y como "Rusia calla más que habla" es un mantra que llevamos décadas repitiendo, no nos vamos a plantear que ahora no sea así). A cambio de este silencio, los chinos (ojo a la burrada) darían a Rusia preferencia a la hora de repartir una vacuna que, si no han conseguido elaborar ya (porque no sé vosotros, pero yo ya he perdido la cuenta de la cantidad de noticias anunciando a bombo y platillo que la vacuna milagro de China está al caer), es porque la acaban de sacar del horno y se está enfriando en la ventana. Rusia (perdón, quería decir Putin) no ha podido resistirse a semejante oferta, pues (y aquí voy a meter una explicación doble para que mi mierda resulte aún más creíble si cabe) por una parte necesita resolver cuando antes el follón coronavírico que tiene montado fronteras adentro (y que, recordemos, nos oculta porque hay que ver cómo son los rusos para tapar sus miserias), y por la otra va a salir reforzado del trauma mundial frente a Estados Unidos, pues los yankis están cayendo como moscas y lo que te rondaré, morena.

Una teoría centrada en una circunstancia particular derivada del problema que explique la teoría en sí


Ésta es la más fácil de elaborar, porque no hay que calentarse mucho la cabeza y basta con tirar de cómo están las cosas, fijarse en un detalle particular y usarlo como justificación de la causa.

Veamos... ¿Qué os parece lo de que ya no haya tantos aviones volando como antes? Si yo os digo que se han cerrado fronteras y que el tráfico aéreo ha caido en picado, no creo que os dé por revisar horarios de llegadas y salidas de aeropuertos para confirmarlo o desmentirlo. Pues ya está, afirmemos que "ya casi no hay aviones volando". Ahora no hay más que retorcer un poco esta relación causa-efecto y añadir fantasía y ya tenemos la teoría. Aviones volando... Contaminación... Cambio climático... Greta Thumberg. Sí, le ha tocado recibir a la pobre, que hace mucho que no se sabe nada de ella. Pero como sólo es una chiquilla que ni pincha ni corta, vamos a recurrir a alguien por encima en el escalafón conspiranoico que nunca falla: Soros. Porque Soros es un ser todopoderoso al que los conspiranoicos recurren siempre que la teoría se les va de las manos. Soros posee medio mundo y tiene al otro medio acojonado, y dispone de medios infinitos para hacer lo que le salga de los huevos. No sé vosotros, pero yo a Soros me lo imagino así:

fuente: DiC

Así que, con vuestro permiso, voy a usarlo como ingrediente en esta receta conspiranoica en la que afirmo sin ninguna vergüenza que Greta Thumberg, que se ha tirado meses con las venas del cuello a punto de partírsele pidiendo a los gobiernos que cierren el grifo, ha decidido recurrir a Soros, quien a su vez ha tirado de un laboratorio de su propiedad situado en China (porque si ese tío tiene de todo, ¿cómo no va a tener un puto laboratorio en China?). Y ahí es donde se ha cocinado el coronavirus (pido perdón por tirar tanto de lo del virus saliendo de un laboratorio, pero es que es una perita en dulce, joder). La idea era crear algún patógeno de fácil contagio pero que hiciese poca pupa (porque una cosa es sacarse de la manga que Soros tiene que ver con esto y otra es llamarle asesino a la puta cara. Que cuando alguien se inventa historias, por muy locas que sean, tiene que tener cuidado con lo que dice), y crear una "miniepidemia" que se expandiese rápidamente por culpa de la globalización y de los vuelos a veinte tazos de Ryanair. Con ello, no sólo se paralizaría la economía durante un tiempo (lo cual está pasando), sino que se nos obligaría a reflexionar sobre este insostenible modelo (como si no estuviésemos todos hasta los cojones de mirar por la ventana y deseando montar en un avión que nos lleve lo más lejos posible en cuanto se despeje la cuarentena). Pero claro, los del laboratorio de Soros midieron mal los ingredientes (como en ese gag recurrente de Mortadelo y Filemón en el que el escultor francés encargado de hacer la Estatua de la Libertad, que va a ser una figurita para la mesilla del presidente de EE UU, confunde centímetros con metros) y ahora hay gente muriendo, mira tú. Pero bueno, los aviones están en tierra, que es lo que quería Greta (recordad no dejad de repetir el punto fundamental de la teoría cuando ésta empiece a sonar muy disparatada).

Una teoría que apunte a algún evento futuro afectado por el problema y su conveniencia


Es evidente que el coronavirus ha parado medio calendario y ha aplazado el otro medio. Por ello, basta con buscar algún evento cancelado o pospuesto y colar que a China (porque a estas alturas de la película es demasiado fácil culpar a China de todo) le viene bien que así sea.

Os voy a ser sincero. Llevo mucho escrito de una sentada y se me están acabando las pilas, por lo que no me lo voy a currar mucho y voy a sugerir que, por ejemplo, China tenía previsto usar los Juegos Olímpicos de Tokio para fardar de superpotencia. Esto está cogido con pinzas, pero la idea de usar una cita olímpica para sacarse la chorra a nivel deportivo-nacional no es nada nuevo: lo intentó Hitler en Berlin 36 (y Jesse Owens le pasó la mano por la cara varias veces), lo intentaron rusos y americanos durante la Guerra Fría (con consecuencias tan divertidas como el pastizal que perdió McDonalds en el 84), y en mi historia inventada lo intentarían los chinos. Y es que el gobierno de Xi Jinping habría estado desarrollando (no sé como no he metido el condicional compuesto hasta ahora, que es algo de primero de conspiranoia) un tipo de dopping imposible de detectar con los métodos actuales que haría a sus atletas lograr más medallas que los norteamericanos (que siempre se las llevan todas de calle) humillando a Trump (porque cuando reduces las rivalidades geopolíticas a peleas cuerpo a cuerpo todo el mundo te cree). No obstante, el (aquí viene otra vez) laboratorio clandestino en el que se estaba llevando a cabo el proyecto no tendría la mierda lista para la cita olímpica. Por ello, contaban con lanzar este virus de forma controlada, únicamente entre los países de la zona ("los países de la zona" es un concepto que abarca el área que a mí me dé la gana. ¿O es que acaso sois capaces de dibujar de memoria un mapa del sudeste asiático?), Japón incluido. Esto retrasaría los juegos el tiempo que China necesitaría para culminar su receta dopante, pero la idea se salió de madre. Y ahora meto una comparación que suene fiable para darme credibilidad: al fin y al cabo, los atletas de Rusia llevan años participando con más mierda en el cuerpo que Ramón de Pitis, por lo que no es de extrañar que la vecina China (lo del mapa una vez más) hubiese empezado a aplicar esta fórmula. Con dos cojones.

Una teoría basada en conceptos del propio problema


A esta clase de teorías suelo calificarlas de "idas de olla absolutas". Generalmente suelen ser de un enrevesado que me hacen pensar que quien las crea tiene entre las orejas, en lugar de un cerebro funcional, una especie de pista de patinaje para neuronas.

En el caso que nos ocupa vamos a centrarnos en siglas, neologismos y conceptos exclusivos de la pandemia, y los vamos a enrevesar por arte de birlibirloque como si fueran un cubo de Rubik y nosotros no supiésemos resolver el cubo de Rubik. Por ejemplo... "coronavirus", "COVID-19" o "SARS-CoV-2". Hemos visto esos conceptos repetidos hasta la saciedad pero casi nadie se ha parado a analizar lo que realmente significa cada uno, así que una vez más podemos aprovechar tal ignorancia y apuntarnos un tanto conspiranoico. Voy a tirar de lo de "SARS-CoV-2", que suena a sintaxis de lenguaje de programación que no controlo, como Python, Ruby o el idioma alemán. La peculiaridad de este tipo de teorías es que vienen a gritar "¿no os dáis cuenta? Os están haciendo un mortadelo con los datos y no lo véis porque tenéis la mente dormida y estáis aborregados y os dejáis dominar, joder". Por ello, el nombre SARS-Cov tendría que ser el equivalente a alguna ida de olla en plan Nuevo Orden Mundial Illuminati masón o una mierda de ésas. Vamos, que podría decir que lo de CoV no significa "coronavirus" (y ahora añado "como quieren hacernos creer"), sino que son las siglas de Change of Visibility, pues es una idea de "las élites" (que como concepto difuso viene de puta madre para darle fuerza a cualquier chorrada inventada) para cambiar el orden de las cosas a día de hoy. Y lo de SARS... De severe acute respiratory syndrome nada, monada. En realidad significa Selected Aquarium Relm Society (yo qué sé. A estas alturas ya se me han fundido los plomos), pues es una clave para identificar el cambio de era (lo de "cambio de era" no dejo de verlo por todas partes y me sigue haciendo mucha gracia) y cómo el virus nos va a modificar la vida de forma cataclísmica. Y el 2 es porque ya se intentó aplicar hace muchos años pero aún "no estábamos preparados para ello". Y si no sabéis de que estoy hablando, es que sois unos borregos, insisto.

Y vosotros me preguntaréis "¿Quién se va a tragar semejante milonga, tío?". Y yo os digo que, de entrada, todos los seguidores del canal Mundo Desconocido de Youtube que no están ahí para echar unas risas a costa de JL.

¿Véis? En el rato que he tardado en jalarme un tazón de copos de avena con leche y miel, un plátano y un huevo cocido (porque en mi casa desayunamos MUY sano) me ha dado tiempo a parir cinco mierdas (aunque luego me he tirado media tarde para escribirlas, todo sea dicho) muy similares a las que seguramente os sigan mandando durante las próximas semanas. ¿Es o no es fascinante?

Hasta aquí la entrada de hoy. Es posible que estéis esperando un cierre en plan "¿Mi consejo? Pues mi consejo es que seáis precavidos y no os dejéis engañar por historias que parezcan bla bla bla" leído con la voz de Ter de las cosas pretenciosas. Pero no. Confío en que seáis lo suficiente mayorcitos como para tener un criterio propio que os permita separar el trigo de la cizaña cada vez que vuestro cuñado os dé la turra por Whatsapp. Y si no es así, el problema no es mío. Es sólo vuestro y del pobre reponedor del Mercadona que va a tener que hacer horas extra cuando volváis a arramplar con todo el papel de culo del supermercado.

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sábado, 21 de marzo de 2020

Homenaje a Antonio Escohotado I

En mil novecientos sesenta y cuatro Roal Dahl escribió Charlie y la fábrica de chocolate. Aunque la historia que cuenta en el libro es bastante inocente, hay que reconocer que el señor Dahl, para alumbrar tal ida de olla, algo de droga tuvo que haberse metido. Fijo.

En mil novecientos setenta y uno Mel Stuart dirigió Willy Wonka y la fábrica de chocolate. Cualquiera que haya visto el despliegue surrealista en que consiste semejante obra no dudará que durante su desarrollo se tuvo que recurrir a bastante droga (y este artículo que no he escrito yo con curiosidades sobre la peli da fe de ello).

En dos mil cinco Tim Burton dirigió Charlie y la fábrica de chocolate. Y si al leer "Tim Burton" no habéis pensado automáticamente "drogas, drogas a cascoporro", os invito a que veáis o volváis a ver cualquier película suya porque no hay mucho que decir al respecto, la verdad.

Si he hecho estas menciones ha sido porque semanas atrás fui testigo de una de esas situaciones en las que se puede decir que la realidad supera a la ficción. A mis treinta y tres añazos visité, por primera vez en mi vida, una fábrica de chocolate, y... JODER, LA DE DROGA, MACHO. Es posible que no os suene el nombre Zotter (yo hasta entonces no tenía ni idea, pues lo único que sabía es que en la región hay una fábrica de chocolate, otra de embutido y otra de queso y que es fácil morir empachado si se logra visitar las tres en un día), pero puedo aseguraros que es inevitable asociar la marca con el concepto "se os ha ido MUCHO la puta olla". Así que preparad espejito y turulo y come with me and you'll be in a world of pure pero qué cojones, porque os voy a describir aquello con la mayor claridad que me permita mi ajada memoria.

Meto aquí un inciso, por si os ha extrañado que haya dejado caer el tema de mi avanzada edad en relación con la visita. Y es que cuando yo era pequeño se estilaba ir con el colegio a las fábricas de Bimbo y/o Panrico que había (y no sé si sigue habiendo) en Valladolid, y volver a casa con un huevo de merchandising alusivo que molaba que te cagas (como una bolsa reutilizable de Donuts y cosas así). Pero como la diosa Fortuna siempre me ha tratado a patadas para estas cosas, los privilegiados que disfrutaban de tales excursiones eran los de un curso por encima y un curso por debajo, y a nosotros nos podían ir dando mientras nos teníamos que conformar con visitar el vertedero municipal, la planta potabilizadora de Las Eras o, por enésima vez, el puto Campo Grande.
Mi infancia. Ese oscuro lugar.

Llegamos al lugar a media mañana mi novia, una compañera de trabajo argentina (que fue la que tuvo la idea), la hermana de mi compañera de trabajo argentina (que estaba de visita), el marido austriaco de mi compañera de trabajo argentina y yo (que aunque no haga falta que lo diga porque se entiende, soy el compañero de trabajo de mi compañera de trabajo argentina. Pido disculpas por forzar este chiste tan malo), en un coche de alquiler conducido por mí (y no lo digo por tirarme flores, sino porque me alegro de encontrarme al fin en un país donde las cosas se hacen como Dios manda desde el punto de vista vial tras siete años llevando coches por el lado equivocado). Al poco de dejar el vehículo en el aparcamiento y cruzar un área llena de bañeras reconvertidas en jardineras, nos dimos casi de bruces con una estatua que representaba a ¿un... joven... con... la... chorra... fuera? Pues sí:

Joven con la chorra fuera (la mayoría de fotos son obra de mi novia porque yo estaba flipándolo demasiado como para echar mano del móvil, así que culpadle a ella de los traumas que puedan causaros)
Tras reponernos de tal imagen y saber cómo os sentís las tías cuando algún que otro imbécil os manda fotopollas sin pedir permiso, pasamos al baño, que el viaje en coche no había sido largo, pero chico, la costumbre.

El cuarto de baño había sido diseñado de tal forma que hacía sentir a sus usuarios como si estuviesen en la selva:

Evidentemente, esta foto NO la hizo mi novia

Y no sé vosotros, pero cuando de mear se trata, yo busco la tranquilidad. Y un lugar con altavoces atronando sonidos de animales salvajes que le hacen a uno pensar que en cualquier momento una serpiente de ésas de colores o una araña gorda le va a saltar a la entrepierna y le va a preparar un cristo de los de no saber qué contarle después al urólogo a mí me cierra los esfínteres.

Qué angustia pasé. Qué angustia.

Tras esta parada en boxes nos dirigimos a la recepción (no sé si llamarlo así, pero ando escaso de vocabulario en mi propio idioma), donde adquirimos las entradas. Como aún quedaba una media hora para el comienzo de la visita, hicimos tiempo mientras catábamos muestras de sirope de chocolate con sabores misteriosos: la idea era probar, intentar adivinar el sabor y luego descubrirlo: desde vino a caracoles pasando por pescado y mierdas por el estilo. Y para acompañar la experiencia, gusanos para picar. Y me jode no tener fotos de aquello porque os juro que no me lo estoy inventando.

Además de lo anteriormente descrito, también había palomitas de maíz de balde (que en Argentina se llaman pochoclos. No lo sabíais y ahora lo sabéis) bañadas en distintos tipos de chocolate: con sabor a café, a caramelo, a chocolate blanco... Y yo me puse hasta el culo.

Craso error. Ya lo veréis.

Llegado el momento de comenzar la visita, los integrantes del grupo correspondiente pasamos a la sala de audiovisuales.

Una especie de cuerda de tender con ropa interior en movimiento sobre la pantalla porque sí

Allí vimos el clásico vídeo con el que empieza toda visita contando la historia de la fábrica (de hecho, os jodéis y os tragáis el trailer. En alemán). Algo así como que el dueño empezó a elaborar tabletas en una especie de sótano, la cosa se vino arriba y toda la familia acabó viajando a Perú para firmar el contrato con los locales, creo (no, no presté mucha atención). Que, todo sea dicho, ver a un grupo de austriacos haciendo el pelele en barriadas y montañas de Perú me descolocó bastante, y más aún cuando cada tres escenas hablaban de cuánto daño ha hecho siempre el tráfico de coca en la zona y cómo iniciativas como el comerciar con Zotter buscaban acabar con el problema (algo que me costaba creer mientras miraba a la surrealista cuerda de tender del techo).

El vídeo acababa con un grupo de niños metiendo granos de cacao en sacos mientras el protagonista decía entre risas que gracias al trabajo infantil la producción salía más barata, y los cuatro hispanohablantes nos miramos con cara de "no puede ser verdad". El marido austríaco de mi compañera de trabajo argentina nos intentó tranquilizar diciendo que era parte del sentido del humor de su país, pero con eso consiguió un efecto totalmente contrario al deseado. Tras salir de allí y recoger una audioguía y una cucharilla por persona comenzamos la visita en sí. Estaba organizada de tal forma que seguía el orden de elaboración de los productos, y prácticamente cada máquina y estación contaba con su propia explicación en la guía. Por eso no es de extrañar que yo, que me canso enseguida de las cosas (de hecho, a estas alturas llevo como diez intentos de escribir esta entrada, así que imaginad), al cuarto audio contando mierdas ya había apagado el cacharro, el cual pasó la siguiente hora colgando inerte de mi cuello.

La hermana de mi compañera de trabajo argentina (y enseguida entenderéis por qué insisto en la nacionalidad) no apagó su guía. Esto causó que, una vez llegados a cierto artilugio del proceso de elaboración chocolatera que en alemán recibía el nombre de Konch, no pudiese evitar doblarse de risa al escuchar la traducción. Que si "no se qué de la concha", que si "el proceso de concheado", que si "lo que hacemos dentro de la concha es un secreto"... Y yo, que quería unirme al festival de polisemia iberoamericana, me quedé a cuadros cuando descubrí lo que había a pocos lados de la susodicha concha:

Mr. Wonderful mal

¿Conocéis el concepto "póster motivacional"? Bueno, pues parece que la gente que se encarga de decorar la fábrica Zotter no. Y no era un caso aislado, pues poco metros después, otra mierda de similar calibre:

Austria, NO te entiendo

Y así durante toda la visita. De todas formas, no todo era dadaísmo audiovisual. Las cucharillas del principio servían para algo. Y es que se podía probar TODO lo que se iba creando allí durante las distintas fases: los granos de cacao en crudo, el polvo añadido al principio para darles otro sabor (si hay algún chocolatero entre el público llevándose las manos a la cabeza porque he soltado una burrada, insisto en que no presté demasiada atención), el chocolate tras pasar por diferentes tiempos de concheado, los aditivos... Esperad, que os pongo una ristra de fotos sin pie de página para que me creáis y para daros envidia:





Pero no sólo eso. Hacia el final de la visita, mientras operarios envolvían y empaquetaban tabletas al otro lado del cristal, nosotros nos poníamos como cerdos. Trocitos de chocolate de literalmente decenas de sabores se nos ofrecían para nuestro cada vez menor deleite. Y es que tanto azúcar en el estómago empezaba a pasar factura (calculo que, pedazo a pedazo y sin contar el batido que nos sirvieron a media visita, me pude meter entre pecho y espalda, fácilmente, unas cinco tabletas).

Otra ristra de fotos sin pie que hable por mí:








Por supuesto, el circo de lo groteso no había tocado a su fin aún, y en el recorrido descubrimos lindezas como esta abeja modelo ciberpunk Chernobyl:

Recién llegada de tu peor pesadilla

O un maniquí dentro de una bañera que colgaba del techo:


Por no hablar del expositor de parafernalia médico-dental que me hizo evocar los experimentos de Vipeholm porque tengo el sentido del humor más negro que los cojones de un grillo:


O, válgame Dios, esta maravillosa performance de gente en bolas con tabletas encima, posando a lo largo de las líneas de la fábrica:

[Cualquier canción de David Bowie starts playing in the distance]

Y sé que a estas alturas me vais a creer si os cuento esto, a pesar de no contar con prueba gráfica de ello, pero os juro por mi aspiradora Dyson cyclone v10 animal que la entrada del lugar estaba presidida por otra foto, aún más loca si cabe, en la que varias personas de diversas edades (avanzadas en algunos casos) se mostraban recostadas sobre la hierba (intuyo que a las afueras de la fábrica) y también como Dios las trajo al mundo, untadas de una sustancia marrón que confío, espero y deseo fuese chocolate.

A ver, que uno se encuentra tales mierdas en un estado mental normal, y no levanta una ceja. Pero recordemos que yo ya me había metido al cuerpo cinco tabletas, y estaba borrachísimo de chocolate, por lo que cada esperpento que encontraba en el lugar me sumergía aún más en aquel mal viaje equivalente a lamer uralitas. Para más inri, la última estación de la visita consistía en una cinta transportadora en plan buffet libre de sushi por la que corría una serie de chocolates rocambolescos más larga que el puto The Irishman, cuyos sabores apenas logro recordar porque mi cerebro estaba demasiado ocupado tratando de mantenerme con vida. El hallarme a las puertas de una azucarada muerte no evitó que engullera varias porciones, pues cual concursante de 50x15 no paraba de decirme a mí mismo "aquí hemos venido a jugar, Carlos", y sabía que me iba a arrepentir si no probaba el chocolate con sabor a mazapán, a champiñones o a madera.

¿Pensáis que el festival surrealista terminó una vez que devolvimos las cucharas y salimos con alivio a la superficie para volver a encontrarnos con la estatupolla? De eso nada. Al igual que en la secuencia de Charlie y la fábrica de chocolate, a nosotros también nos esperaba nuestro gran ascensor de cristal particular.

Sólo que de ascensor nada, monada. Un elevador que te lleva al espacio es una mierda comparado con esto. Lo que Zotter tenía reservado para nosotros era el "zoo comestible". Pero de ello os hablaré en la siguiente entrada.

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viernes, 21 de febrero de 2020

Yo vs. el alemán. Segundo asalto

A ver, es posible que vosotros tengáis tiempo de sobra en vuestras vidas para hacer lo que os dé la gana. Pero yo no. No tengo tiempo ni de jugar a los médicos, oye. Bueno, salvo que quien quiera jugar conmigo sea el sistema sanitario austriaco, que hace un par de días se empeñó en hacerme perder unas tardes (y acortar mi esperanza de vida unos añitos gracias al estrés ocasionado) a raíz de unos eczemas en los codos y unas ampollas muy pequeñas pero muy hijaputas que decidieron quedarse a vivir en mis dedos y picarme.

Antes de nada, he de aclarar que mi primera experiencia con los facultativos del país tuvo lugar al poco de que yo llegase y la cosa fue muy bien gracias a que Frau Pfefferoni se encargó de ponerme todo en bandeja (de aquello ya hablaré más adelante porque lo que me pasó entonces se merece entrada propia).

Pero, insisto, fue una muy honrosa excepción. Y es que, si me preguntáis que qué hace falta para poder visitar a un matasanos en Austria, os diré que, por encima de permisos, tarjetas y demás morralla burocrática, lo que se necesita es un huevo de paciencia. Eso, y mentalizarse ante la idea de que el proceso va a ir para largo sí o sí. Y no lo digo yo, lo dice todo aquél que se ha visto en una similar, pues es más que habitual que cuando un compañero solicita ausentarse "durante un rato" debido a cualquier tipo de consulta médica, el rato varíe entre tres horas y cuarenta años.

Con semejante panorama en mente, traté de evitar la odisea mientras cada noche durante dos semanas me iba a dormir muerto de picor, despertando a la mañana siguiente con braille en los dedos y los codos exhibiendo sendos mapas de Mallorca. Al final, convencido de que no me quedaba otra, me puse a buscar dermatólogos.

Que igual lo suyo habría sido tirar primero de médico de cabecera, pero como estaba convencido de que me iba a derivar, no me daba la gana perder dos días si podía perder sólo uno, por lo que recurrí a una relación de diferentes especialistas angloparlantes (recordemos que NO sé alemán) que mi novia tuvo a bien encontrar no sé dónde y me propuse contactar con alguno de los dos dermatólogos que, según indicaba el listado, aceptarían pelearse con mi aseguradora cuando tocase apoquinar por la consulta.

Cuando llamé al primero, lo que surgió al otro lado del teléfono fue una incomprensible locución (digo "incomprensible" pero en realidad quiero decir "en alemán") que, intuyo, describía los horarios de consulta. Pensé que era todo un detalle por su parte el darme esa información, pero luego descubrí aterrado que no iba a sacar nada más de la llamada, pues la misma finalizaba cuando se callaba la puta locución.

Y yo a cuadros, imaginad.

Total, que llamé al segundo médico de la lista y... más de lo mismo. Una locución relatando lo que creía eran horarios y tut-tut-tut seguido de silencio sepulcral al final. Aquello era surrealista. Convencido de que no me quedaría otra que tirar de dermatólogo privado, busqué entre los que estaban cerca de la oficina porque soy de un vago que te cagas y di con uno que tenía unas valoraciones de la hostia. Peeero... Otra locución de los huevos y fin de la llamada.

A aquellas alturas yo ya empezaba a considerar la opción de hacerme amigo del picor de codos, pero quise quemar un último cartucho y, tras un poco de búsqueda, averigüé que mi aseguradora contaba con un centro dermatológico propio. Aunque me aterraba la idea de escuchar una grabación metálica una vez más, contacté con el centro, pero esta vez me atendió una auxiliar que, tras cambiar de alemán a inglés a regañadientes porque se lo pedí por favor, me aclaró que, si quería pisar por allí, tendría que llamar al día siguiente a las seis y media de la mañana, y ya me dirían si habría sitio para mí o no. Vamos, el mismo sistema que siguen los yayos en la playa de Benidorm cuando se plantan allí con la sombrilla antes de que se haga de día. Pero bueno, como yo ya estaba hasta los cojones de marcar teléfonos y llevarme palos, acepté la propuesta y me fui a dormir una vez más entre picores.

A la mañana siguiente, puntual como no lo han sido los trenes de Reino Unido desde que a Margaret Thatcher le dio por joder, volví a llamar al centro, y en esta nueva ocasión (con su jerga incomprensible en alemán, su entschuldigungsprechensieenglisch por mi parte y su cambio a inglés a regañadientes reglamentarios) la que atendió la llamada me dijo una cosa distinta. Que llamase el tres de abril (para que os situéis por si leeís esto en el futuro, casi dos meses después del día de autos).

"El tres de abril ya no tengo ni codos ni dedos, como sigamos a este puto paso de burra", pensé. Obviamente, no dije eso. Dije "danke" con el hilillo de voz que me quedaba y me fui a la oficina sumido en la mayor de las desesperaciones.

Y entonces llegó Superluisa.

Superluisa es una compañera de curro y cada día más amiga que me llama Josecito (aunque de su boca suena Josesito, pues tiene acento de Guatemala y eso le da un punto aún más entrañable si cabe), que lleva hablando alemán desde antes de que yo naciese y que no ha parado de salvarme el culo desde que aterricé en el país. ¿Que quiero comprar plantas grandes para decorar la entrada de casa y el salón porque tengo un gusto finísimo para estas cosas? Superluisa me lleva en el Luisamóvil al mejor vivero de la región y me ayuda a cargar con los tiestos. ¿Que tengo que ir a pedir que me devuelvan la pasta que he palmado por un curso de alemán, pues lo han cancelado porque aparentemente no hay suficiente personal con mi nivel de mierda como para hacer grupo? Superluisa se planta en el mostrador conmigo y además de conseguir mi dinero, se las apaña para que en mi ficha cambien frau Jose por herr Jose. ¿Que tengo que llevar al Ikea mi puto colchón para que me lo cambien por otro porque la espuma se ha hundido a los cuatro meses y los de Ikea dicen que va a venir a mi casa Rita la cantaora a buscar el trasto? Superluisa y su Luisamóvil one more time. Y así.

Y claro, cuando le narré a Superluisa la serie de catastróficas desdichas que había venido sufriendo hasta ese momento, me dijo que no me preocupase y puso en marcha sus superpoderes. Lo primero que hizo fue llamar al dermatólogo cinco estrellas de al lado de la oficina y, tras escuchar la misma locución, aclararme que el mensaje avisaba de que la consulta estaba cerrada por vacaciones. Y lo hizo sin reírse de mí ni nada, que tiene más mérito.

Después de esta necesaria aclaración, me contó que ella había oído hablar de un dermatólogo que debía de ser una eminencia. Tiró de buscador para hacerse con el teléfono y, tras intercambiar galimatías con la consulta desde su Luisaiphone, me dijo que preparase la cartera, que esa misma tarde, a las 17:30, tenía cita con el dermatólogo en tal número de tal calle. A veinte minutos andando de la oficina, tú.

Os juro que no me lo creí. Yo estaba convencido de que Superluisa había llamado a Frau Pfefferoni, habían echado una parrafada en alemán sin que yo tuviese ni zorra de la conversación y lo que me iba a esperar a las 17:30 en la susodicha dirección sería la mayor troleada sufrida por mí hasta la fecha. Pero Superluisa me aseguró que ella no es tan mala, y además, con Frau Pfefferoni de vacaciones en Cuba la troleada no era muy viable, así que aquello tenía pinta de ser una nueva heroicidad de la guatemalteca.

Total, que a esas alturas lo único que quedaba por sufrir era la tradicional tarde echada a perder en la sala de espera, pero al menos me consolaba saber que el picor de codos que llevaba atormentándome dos semanas tenía los días contados. Cuando terminó mi turno, acudí a la consulta, la cual se ubicaba en un edificio cuyo estilo andaba a caballo entre brutalismo trainspottingiano y parking de bloque de viviendas de protección oficial. Pero yo no estaba allí para juzgar arquitecturas. Al llegar, la auxiliar me pidió los datos y me hizo sentar a esperar mi turno.

¿Sabéis cuánto tiempo me tiré hasta que el dermatólogo asomó la cabeza y pronunció mi nombre? Dos minutos. DOS MINUTOS. Que cuando me levanté de la silla y enfilé la consulta lo único que se pasaba por mi cabeza era que a la mañana siguiente le iba a dar a Superluisa un abrazo crujecostillas. O dos.

El médico me echó un ojo a los dedos y los codos y no tuvo que pensárselo mucho para diagnosticarme una fabulosa dermatitis de contacto (lo cual no logro explicarme, pues yo pensaba que era inmune a cualquier mierda química gracias a haber pasado mi infancia entre placas de uralita), para la que me recetó manga larga y unas gotas que mezcladas con agua forman un mejunje en el que tengo que sumergir los dedos durante unos minutos durante los que no puedo evitar acordarme de Jesús Gil en el jacuzzi rodeado de jamelgas.

fuente: el español
No olvidemos los noventa o estaremos condenados a repetirlos

Además de lo anteriormente descrito, el lote repararronchas incluye una pomada que no pude conseguir hasta el día siguiente porque aquí las farmacias echan el pestillo a las seis (y no me voy a poner a hablar ahora de cómo me peleo a diario con la hora de cierre de los comercios porque bastante habéis tenido).

La verdad, no sé cómo acabará esta historia. Todo esto pasó hace un par de días y acabo de estrenar la pomada, aunque intuyo que habrá final feliz. Mis codos y dedos volverán a su estado habitual libre de urticarias de cualquier tipo y yo le deberé una más a Superluisa.

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lunes, 10 de febrero de 2020

Bajo el polvo 1. ¿Por qué tengo esto?

Hace un par de entradas comenté que la desesperada búsqueda de cargador de baterías para mi cámara que llevé a cabo en la que fue mi habitación durante los últimos años de mi adolescencia trajo consigo una limpieza a fondo del lugar. Dejé caer que me vine un pelín arriba con el tema de poner orden por allí, y la verdad es que falta hacía, pues había rincones y objetos por los que no había pasado una gamuza en diez años.

Como intuyo que mis padres, dueños de la casa en la que se encuentra la habitación a la que me estoy refiriendo hoy, se llevarán las manos a la cabeza al leer esto ("qué vergüenza, qué vergüenza, que nuestro primogénito va contando por ahí que no limpiamos" y tal), y por si a alguno de vosotros, mardito roedore, os ha dado por pensar algo por el estilo, voy a aclarar que el piso está tan limpio que en el salón se podría improvisar un quirófano en el que poder implantaros el corazón que os falta, aún teniendo en cuenta que la batalla que se libra allí contra el polvo (pues en el barrio no paran de levantar un edificio detrás de otro, que aquello parece Seseña cuando todos le besábais el culo a José María Aznar, y ya se sabe la zorrera que se arma cuando hay obras) es tan épica que cada vez que mi madre agarra una escoba suena de fondo la banda sonora de El caballero oscuro.

Y con esto espero que se les haya pasado el disgusto a mis padres. Los cuales, añado, respetan MI privacidad, ya que MIS dominios son como el barrio de la hienas de El rey león, que por allí no pisa ni Dios y el único que se ha atrevido a tocar MIS cosas sin permiso durante todo este tiempo ha sido el polvo. Polvo, todo sea dicho, que se ha quedado de un a gusto que no veas, pues si durante los tres días que me he tirado allí poniendo orden no he acabado con los pulmones como los de Eugenio ha sido gracias a que mi hermano y yo somos inmunes al amianto por habernos pasado la infancia jugando a hacer torres y castillos con placas de uralita.

Pero el trabajo ya está hecho. Por fin ha dejado de darme asco entrar en la habitación y, lo que es más importante, puedo cumplir parcialmente mi propósito en lo de que a escribir al respecto se refiere. Y digo "parcialmente" porque no voy a sacar una entrada. Voy a sacar OCHO, que ya sabéis que a mí me gusta una barbaridad eso de estirar el chicle.

Resulta que, además de a pasar plumero y cepillo, me he dedicado a separar trigo de cizaña en plan Evangelio según San Mateo, salvando objetos que acumularán polvo hasta que vuelva a poner orden dentro de diez años y mandando a la mierda otros que tenía que haber mandado a la mierda hace ya mucho tiempo. Casi todos ellos tienen historias detrás, y yo os las voy a contar de cinco en cinco. Así que permitidme que ponga en marcha el carrusel de morralla y os vaya enseñando lo que he encontrado. Empezando por...

Estas bolas chinas



Vale, seguro que tienen otro nombre más adecuado, pero ni lo sé ni tengo ganas de ponerme a buscarlo. Además, estoy harto de repetir que en mi blog mando yo.

Las bolas (como tantos otros objetos, ya lo iréis viendo) fueron un antojo de todo a 100. Quizá fue porque su absurdo tintineo interior evocaba a los crótalos y chinchines que tocábamos en clase de música (a día de hoy aún no me queda muy claro qué sentido tenían aquellas actividades a nivel académico o educativo, pero por lo menos lo pasábamos bien, mira tú); o quizá fue porque me flipé mucho con Tron Legacy y el malo tenía unas parecidas, pero me las acabé comprando. Y las he usado unas tres o cuatro veces, sin terminar de encontrarle la gracia al ruido que meten. Por otra parte, tampoco me he atrevido a llevarlas conmigo cada vez que me ha tocado volverme de casa de mis padres para comprobar si su presencia constante las haría merecedoras de un uso más habitual, pues intuyo que a los dos minutos de clinclinclin en mi maleta de mano iban a terminar en la primera papelera que encontrase en el aeropuerto.

Así que las pobres han cumplido la función de estar en una estantería sin más durante todo este tiempo con una profesionalidad maravillosa.

Estas gomitas




Estaba yo estudiando tranquilamente en mi cuarto, sin meterme con nadie, cuando sentí que una araña se paseaba por mi cuello. Me di a mí mismo una colleja espectacular, pero la araña permanecía allí, haciéndome cuchicuchi junto a la nuca. Por ello, y porque soy de un aspaventoso que te cagas, me inflé a hostias al tiempo que salía corriendo de la habitación para descubrir aterrado que, a pesar de todo, el artrópodo seguía jodiendo. Fue entonces cuando me recuperé del susto y de mi propia estupidez y recordé:

—Cojones, la puta trenza.

Efectivamente, durante un corto periodo del que no me siento especialmente orgulloso, de mi pelambrera asomaba un fino mechón cuyo trenzado se veía rematado por una goma del paquete de la foto (al principio tiraba de las mismas gomas con las que mi ortodoncista gustaba de montar un puente colgante en el aparato que llevé en la boca, pero eran un poco sosas). Recuerdo que cuando me corté el pelo y le pedí al peluquero que me dejase coleta en un lateral de la cabeza, el pobre hombre estuvo a punto de llorar de emoción, pues tal tarea suponía una ruptura BRUTAL en la monotonía de aquel lugar en el que estaba condenado a repetir el mismo corte de caballero a todos los hombres que por allí pasaban. No sólo me dejó el mechón, sino que dedicó bastante tiempo a engominarlo mientras no paraba de felicitarse a sí mismo en voz alta por el resultado. Os lo juro.

Semanas después, la trenza sobresalía unos centímetros por encima de mi pelo ligeramente largo, y un compañero de mi equipo de atletismo llegó a decirme "sólo te falta ponerte un pendiente para parecer más vascazo".

No, no me hice ningún pendiente. De todas formas, no es que yo sea precisamente Rapunzel en lo que a fortaleza capilar se refiere, y una mañana de verano, mientras peinaba mi pseudovascuence cabellera al salir de la ducha, la debilitada trenza viajó de mi cabeza al bosque de púas del peine, y de ahí al cubo de la basura.

Este pulpo




Una de mis actividades favoritas siempre ha sido adquirir mierda de todo a cien que no necesito. Pero es que en este caso la cosa se me fue de las manos. Si no, ya me dirás tú a qué viene comprar un tapón de bañera cuya cadena incluía al otro extremo el bicho de la foto. Que sí, tiene que ser muy gracioso darse un baño y ver al pulpo flotar entre la espuma; pero es que yo, en el piso de mis padres, he llenado la bañera una sola vez en todos los años que viví allí y fue porque acababa de patearme los veintiún kilómetros de una media maratón y mi padre insistió en que un baño caliente iba a ser lo mejor para mis doloridos músculos y articulaciones. Y ni me acordé el pulpo de los huevos.

A ver, que no soy ningún cerdo. Lo que pasa es que yo soy más de ducha y en el otro baño hay un plato de ducha, que me viene mejor. Que yo me ducho a diario, joder. Ay, dejadme en paz.

Este otro pulpo




¿Qué fue? ¿La eurocopa? ¿El mundial? No me acuerdo. La cuestión es que hace unos años en aquel verano no se hablaba de otra cosa que del puto júrgol y todo el país dejó a un lado sus miserias para centrarse en el campeonato de marras. Fue una invasión de cabezas de balón en toda regla (que enlazo la canción de Puagh más que nada para que no se me olvide que un día tengo que hablar de que asistí a un concierto suyo y aquello no tuvo desperdicio). Y de entre las muchas noticias y no-noticias que incluían fútbol con calzador, estaba la del pulpo Paul. Os acordáis, ¿verdad? El bicho vivía en un zoo, o en un acuario, y antes de cada partido le presentaban dos cajas con comida y sendas banderas representando a los contendientes. Bueno, pues el artrópodo de marras siempre (o casi siempre) se iba a jalar a la caja del que ganaría horas después.

Y todo el mundo quiso sacar tajada del pobre animal. Incluyendo Carrefour, que de la noche a la mañana sepultó sus hipermercados bajo millones de peluches como el de la foto. Como estaba tirado de precio y tenía un jeto de lo más salao, caí en la tentación de llevarme uno a casa.

Pero los dos pulpos no tardaron en morir. Lo siento, así es la vida. El pulpo Paul apareció flotando inerte en su acuario de la noche a la mañana y el equivalente de peluche pasó a engrosar la cantidad de mierda inútil en mis estanterías sin que nadie se acordase de él hasta que le saqué la foto.

Este robot




Otro vicio ante el que siempre caigo. Las putas colecciones de fascículos que invaden los quioscos cada septiembre y cada enero. Podría dedicarle su propia entrada a la cantidad de colecciones absurdas que tengo, pero de momento voy a mencionar únicamente a la que prometía el poder montar, pieza a pieza, a Monty, un robot capaz de (que yo recuerde) desplazarse por una línea negra, detectar objetos y esquivarlos, seguir un patrón de movimiento, grabar y reproducir sonidos, agarrar objetos, y un sinfín de brujerías más.

O al menos en teoría.  Y es que, como si de una obra encargada a Calatrava se tratase, el proyecto estaba condenado al desastre una vez cayó en mis manos la primera entrega.

El primer soldador del que pude disponer era una bazofia y su punta parecía un destornillador de cabeza plana. A esto hay que unir que, gracias a que soy tan cagaprisas como manazas, en lugar de ir alternando montaje y configuración como se indicaba en los fascículos, lo ensamblé todo de golpe en una tarde, quemando durante el proceso más de una pista de los circuitos integrados. Por ello, cuando quise emular al doctor Frankenstein al pulsar el interruptor de encendido del trasto, no me quedó más remedio que reconocer que ni seguir una línea negra, ni esquivar obstáculos, ni grabar voces, ni pollas. La única función que se podría esperar del trasto era la ser un bloque de chatarra. Ésa, y la de darme pena cada vez que la idea de tirarlo a la basura (bueno, de llevarlo a un punto limpio, que sería lo suyo) ha rondado mi cabeza, pues mis padres se gastaron un pastizal en este capricho (sesenta entregas a cinco con noventa y cinco. Echad cuentas vosotros si queréis, que yo me pongo nervioso si lo intento).

Al menos eché buenos ratos gracias al olor del estaño fundido. Sacad las conclusiones que queráis.

Y hasta aquí la primera entrega. En unas semanas seguiré exhibiendo más mierda que, a pesar del paso del tiempo, sigo conservando sin saber muy bien por qué.

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miércoles, 29 de enero de 2020

Yo vs. el alemán. Primer asalto

Saber que ahora mi novia y yo vivimos en Austria le suele dejar a mis amigos y familiares con el culo torcido. Y razón para ello tienen, la verdad. No es que sea muy habitual el "irse a hacer las austrias", y más aún sabiendo que, insisto, NO SÉ HABLAR ALEMÁN. Pero bueno, al final con el inglés uno puede llegar a casi cualquier parte y de momento controlar la lengua de Shakespeare nos está permitiendo sobrevivir en el país (aunque más de uno y más de dos ya me han colgado el teléfono cuando he requerido de diferentes servicios y les he preguntado si podríamos comunicarnos en cualquier idioma que no fuese el germano).

Sin embargo, que quede esto claro, en Austria se habla alemán, por lo que no nos queda otra que aprenderlo. En ello estamos, y mientras nos peleamos con multitud de cursos, apps, libros y demás parafernalia, rara es la semana en la que no me lleve una hostia lingüística debido a esta barrera.

Y como sé que lo estáis deseando porque sois una panda de miserables, os voy a hablar de ello en este blog con relativa frecuencia. Empezando la serie con la primera que me llevé, allá por el pasado julio, cuando me tiré en el país una semana haciendo de avanzadilla para confirmar que lo de cambiar Irlanda por Austria se podía realmente llevar a cabo y no constituía una idea especialmente estúpida.

Aunque, si soy sincero, todo comenzó (como suele ser habitual en mi vida) por envidia. No recuerdo exactamente qué viernes del mes de junio, o si directamente fue viernes u otro día de la semana, la empresa en la que mi novia y yo trabajamos celebró su "Fiesta de verano". Que lo pongo entre comillas porque, recordemos, yo antes vivía en Irlanda, y allí fiesta toda la que tu quieras, pero lo de verano es algo que está por ver. Y sí, tuvimos una fiesta de quitarse el sombrero, que hasta levantaron una carpa de circo, trajeron una banda de música y a un DJ y pusieron chorrocientos puestos de comida. Pero el tiempo fue una bazofia, como de costumbre. Y no puedes pretender que estás celebrando una barbacoa veraniega si tienes que encasquetarte un abrigo y abrochártelo hasta las cejas mientras miras al nublado permanente con desconfianza, como fue el caso.

Total, que días después de aquella barbacoa polar, mientras mi equipo de Dublín participaba en una videoconferencia con compañeros de la oficina austriaca, a uno de éstos se le coló en la pantalla del pc que estaba compartiendo en aquel momento una notificación relativa a la Fiesta de verano que estaban a punto de celebrar. Y lo pongo sin comillas porque aunque en Austria tienen inviernos de los de cagarse en todo mientras intentas no resbalarte al pisar el hielo que cubre la acera, los veranos tienen la decencia suficiente como para permitirte salir a la calle en manga corta sin acabar con la piel de gallina. Por ello, fue ver la notificación y dejarle caer un "jo, yo quiero" a una de las compañeras. En lugar de un "pues quiérelo mucho" (que, por otra parte, es lo que yo habría respondido porque soy como soy), ella tuvo a bien el investigar si sería posible colarme allí para tal evento, pero no hubo tu tía, pues el aforo era limitadísimo. Eso sí, sugirió como alternativa que, ya que me había entrado el gusanillo, pasase una semana entera currando desde su oficina para así conocer a todos en persona, ver el lugar y etcétera, etcétera, etcétera.

Pues bien, no había terminado el primer "etcétera" y yo ya tenía la maleta hecha. Que esto no lo he dicho antes por no quedar mal, pero en los siete años que mi novia y yo hemos pasado en Irlanda, si hay un sitio en toda la isla que podamos calificar como nuestro favorito, ése siempre ha sido la terminal de salidas del Aeropuerto de Dublín. Así que si me estaban ofreciendo una oportunidad para dejar atrás la isla por unos días, Dios sabía que la iba a aprovechar.

Total, que un mes después me encontraba viajando a la patria de Schwarzenegger en un vuelo con escala que comenzó con una cancelación del segundo trayecto gracias a la cual llegué a mi destino diez horas más tarde de lo planificado, compartiendo furgoneta con siete desconocidos como si estuviésemos protagonizando La diligencia, y con Lufthansa y su mierda de política haciendo el papel de bandoleros. A pesar de este divertidísimo revés inicial, mi estancia allí fue la hostia, y me volví a Dublín convencido de que las uvas de dos mil diecinueve me las iba a comer en Austria. Por mis huevos.

No os voy a dar muchos detalles relativos a aquella semana porque si en mi blog me pusiese a contar cosas bonitas, dejaría de ser mi blog. Además, ya he dicho hace unos párrafos que hoy tocaba empezar a hablar de mis desavenencias con el idioma alemán, por lo que os invito a viajar mentalmente a la terraza de un restaurante sita en la azotea de uno de los céntricos edificios que pueblan la que ahora es, ironías de la vida, la ciudad en la que vivo.

Nos encontrábamos en dicha terraza mi novia (que vino algo después para, entre otras cosas, confirmar que sí, que habría mudanza de país. Por su coño), la compañera que he citado más arriba y yo (más tarde se nos apuntaría otra pareja a la que mi compañera y yo asustamos al mantener una intensa conversación de veinte minutos describiendo las diferentes portadas de todos los discos que ha sacado Bon Jovi hasta la fecha, pero eso es otra historia), con la intención de cascarnos una cenaca de padre y muy señor mío porque habíamos dedicado varias horas a patear la ciudad como peregrinos y el síndrome de Stendhal, las cosas como son, da hambre.

El sitio, al igual que tantos otros en la zona, contaba con menús personalizables. Me explico: en cada mesa había varios tacos de folios relativos a las diferentes comidas: pizzas, hamburguesas, sopas, ensaladas... Y cada folio, a su vez, contenía una especie de quiniela que permitía marcar aquellos ingredientes y componentes deseados de cara a la elaboración del plato.

Y yo, aquella pseudocalurosa tarde de julio, en aquella terraza, quería carne. Mucha carne.

Por ello, elegí la hoja con lo más parecido a pura fritanga de todo el restaurante, y me aseguré de marcar en la misma todos los productos cárnicos existentes: que si ternera, salchichas de vete tú a saber qué, bacon, jamón... A cada X que añadía al papel mi estómago respondía con un rugido de aprobación. Y entonces, cual demasiado ambicioso (y un poquito palurdo) Ícaro, quise volar muy cerca del Sol.

Entre los ingredientes seleccionables se encontraba el Pfefferoni. Que si como yo os habéis criado en un ambiente de lenguas romances aquello os sonará a pepperoni, o sea a salami. Y oye, "salami sobre fritanga" suena casi mejor que "miel sobre hojuelas". Pero como ya soy mayor y no me gusta correr riesgos, quise confirmar que estaba en lo cierto. ¿Buscando la traducción en Internet? Nein. Preguntándole a mi compañera.

Y ella, austriaca de nacimiento, y teniendo el alemán como lengua materna, me miró a los ojos a través de sus ray ban de cristales azules (porque hacía un sol estupendo) y me confirmó que, efectivamente, Pfefferoni, como su nombre "casi" indica, no era ni más ni menos que el salchichón ése rojo que le echan a la pizza en algunos sitios. Así que me marqué un movimiento de lo más carlossoberesco, me dije mentalmente "la marcamos" y al siguiente paso de la camarera junto a nuestra mesa le hice entrega de mi quiniela, con el Pfefferoni subrayado y todo.

Minutos después, la misma camarera apareció con la pitanza y yo, que estaba oliendo aquello desde que salió de la cocina, frotándome las manos como el enano de Twin Peaks. Pero poco tardé en parar el frote, al tiempo que ponía la misma cara de gilipollas que se le debió de quedar a Ícaro cuando el mejunje art attack de las alas empezó a decirle "mira, tronco, yo no aguanto este calorazo". En mi plato había carne a punta pala, sí, pero se encontraba oculta bajo un bosque de pimientos que yo no recordaba haber pedido. En ese momento, mi compi echó un vistazo a mi comida y dejó escapar un "ups" con acento alemán de Austria para, acto seguido, hacer fe de errores y aclararme demasiado tarde qué significa realmente la palabra Pfefferoni.

Entiendo que la historia os haya resultado tan sosa y amarga como la guarnición de mi plato, pero eso es porque no sabéis que pocas cosas me resultan más detestables a nivel gastronómico que los putos pimientos. De todas formas, para no acabar en bajón, voy a meter un pequeño epílogo aquí debajo.

Semanas después, superado el disgusto pimientil, mi compañera nos hizo una visita tras haber viajado a no recuerdo dónde, y tuvo el detalle de comprarnos algo a mi novia y a mí. A ella unos caramelos:

"Toma, te lo he comprado porque sé que te encanta lo dulce", le dijo

Y a mí me compró ESTO:


No. Aún no sé decir en alemán "la madre que te parió".

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