lunes, 1 de abril de 2019

Mierda suelta de marzo

Tercer mes de esto, oye. Ya sabéis que en parte lo que me mueve a seguir es el cumplir castigo por gastar en cosas que no debo, pero también lo hago por dar por saco a quien no le haga gracia. En fin, allá voy:

1 de marzo

Hoy he pasado la tarde con varios compañeros de trabajo porque una mexicana del mismo celebraba su cumpleaños. He conocido a bastante gente nueva (estoy descubriendo esto de socializar, ¿qué pasa?) y he hecho muy buenas migas con un noruego cuyo nombre no puedo escribir porque no sé ni como se pronuncia. Nos hemos caído bien por nuestra facilidad para burlarnos de cualquier nacionalidad. Al llegar el turno de España, primero me ha pedido perdón por su "ignorancia" respecto a nuestra Historia, y luego se ha tirado cinco minutos hablando acerca del Califato de los Omeyas, el colega.

2 de marzo

Hoy, mientras mi novia y yo caminábamos en dirección al centro de Dublín con la intención de echar un Cards Against Humanity, nos ha adelantado un tándem. Y yo le he dicho "tú y yo en 2019 y esos dos... En el puto siglo XIX. Evolucionad. joder".

3 de marzo

Hace tiempo pasé por la puerta del un pub no muy lejos de mi casa en el que se suponía que servían desayunos. Hoy hemos ido a comprobarlo y hemos salido muy satisfechos. Eso sí, el camarero y el cocinero sumaban 150 años. El gerontourante, llamo al sitio.

4 de marzo

Hoy he vivido una situación que no me gustaría describir aquí, pero una parte de mí se siente obligada a compartirlo con los demás, a modo terapia y tal. Resulta que he ido al Tesco porque me hacía falta una bandeja de champiñones para la cena, y cuando me he puesto en la línea de cajas con ella, se me ha colado un niño tonto. Y claro, yo sin saber qué hacer en esa situación. Total, que al final me he visto tan bloqueado que he acabado saliéndome de la cola, devolviendo los champiñones y largándome del Tesco. Sin hacer compra.

5 de marzo

Lo he mencionado ya alguna vez en este blog y lo voy a volver a hacer hoy: el tema de los olores me vuelve especialmente irascible. Tan irascible como estaba mi gata esta noche mientras mi novia y yo tratábamos de cenar. Y como no había forma de que dejase de maullar como una loca pidiendo casito, me ha dado por pulverizar un par de veces su árbol con un spray relajante que tiene. Y JODER, QUÉ ASCO. La casa ha olido a mierda durante el resto de la cena. No sólo eso, sino que estoy escribiendo esto desde la cama y sigo teniendo el hedor pegado a las narices. Matadme.

6 de marzo

Os voy a contar el momento Pepe Viyuela que he vivido esta mañana porque ha sido estupendo: he entrado a los baños de la oficina mascando chicle, y al sacármelo de la boca y querer arrojarlo a la papelera se me ha pegado a los dedos en el último momento, por lo que ha caído fuera. Esto mismo ha ocurrido una segunda vez, sólo que en esta ocasión LO HE PISADO al tratar de localizarlo. Y lo peor ha sido que, mientras me peleaba conmigo mismo a la pata coja intentando quitármelo de la suela, me ha dado un tirón en la pierna debido al esfuerzo y la postura.

No. No había nadie más en los baños, cabrones.

7 de marzo

A veces pienso que el mundo se está perdiendo a un creativo publicista DE LA HOSTIA porque no me estoy poniendo a ello. Cada día veo a más gente que lleva puestos los horrorosos airpods en las orejas. No me lo neguéis: ves de lejos esos pegotes blancos saliéndole de los oídos a la gente y tienes que fijarte dos veces para evitar pensar mal. Pues bien, creo que el asunto mejoraría MUCHÍSIMO tan sólo modificando un pequeño detalle de estos artilugios: el color. En serio, imaginad que fuesen de color ROJO.

fuente: usa today

8 de marzo

Mi mente funciona de maneras que no puedo explicar. Cierto es que la psique humana lleva intrigando al hombre desde que nos dio por andar sobre dos patas, pero mi caso particular tiene huevos. Me explico. Anoche, mientras me estaba quedando dormido, se me ocurrió un concepto que en el momento me pareció HILARANTE, así que lo apunté en el móvil para acto seguido dejar que el sueño me invadiese por completo. Hoy, tras pasar el día sin haber recordado tal acontecimiento, he visto lo que apunté anoche:

Josep Guardiola hecho de gofres

9 de marzo

Hoy es el primer día de mi nueva vida, en la que voy a dejar de estar pendiente de quienes caminan delante de mí, se giran de golpe y me obligan a hacer un quiebro para evitar que choquen contra mis 90 kilos y mi metro noventa.

A cinco gilipollas me he comido ya, sólo hoy.

10 de marzo

Lo bueno que ha tenido el día de hoy (entre otras cosas) es que, al haber habido partido de las Seis Naciones en Dublín, en vez de pensar un chiste, me basta dejar que los aficionados al rugby franceses y su falta de sentido del ridículo SEAN el chiste.

11 de marzo

Ayer me encontré una cartera con cincuenta euros y varias tarjetas. Y como soy un ser decente, hoy he ido a llevarla a una comisaría, parando antes en el Tesco del niño tonto para comprar galletas, pues mi novia, que estaba conmigo, y yo teníamos hambre. A la hora de pagar ella se ha ofrecido y yo, que sólo tenía a mano el billete ajeno, le he dicho que vale, pues podría haber sacado 50 euros. Ella, ante tamaña sobrada ha dicho: "también te puedes sacar la chorra", y yo he replicado: "pero los 50 euros pretendo entregarlos en comisaría. La chorra, no".

12 de marzo

Me han cambiado de sitio en el curro.

No. No estoy dando problemas a nadie aún. Lo que pasa es que hay otro equipo con el que tengo más relación, y me han sentado entre ellos. Ahora tengo a mi lado a una francesa que habla español con la que auguro buenos ratos, pues es de esas personas que se ríen con cualquier memez que yo diga. Por ejemplo, me ha sorprendido con la mirada perdida, me ha preguntado preocupada si todo iba bien y se ha reído durante medio minuto al oír mi respuesta: "mi cactus se está muriendo".


13 de marzo

Hoy he conocido uno de los más claros ejemplos de integración cultural desde que me vine a vivir aquí. Resulta que otro de mis nuevos compañeros, italiano, tuvo que renovar su carnet de conducir hace no mucho y, debido a que no le daba tiempo a irse a Italia para tramitarlo, tuvo que hacerlo desde Irlanda. Todo bien, si no fuese porque su licencia de tipo B, al ser irlandesa y no italiana, le ha hecho perder el permiso para conducir ciclomotores. Pero al menos le permite conducir tractores.

14 de marzo

Sé que lo mío con los olores tiene tela. Y sé que con la que va a caer hoy ya van dos veces que lo menciono este mes. Que podréis decir, y con razón, que me estoy pasando un poquito metiendo paja en la introducción sin llegar a ninguna parte, pero es que lo que os voy a contar cabe en un par de líneas. Hoy he empezado un tubo de pasta de dientes de Sensodine que huele exactamente igual que la tienda de bricolaje que había junto a mi casa de Valladolid.

Pues a mí me ha hecho gracia, joder.

15 de marzo

Hoy me he llevado una lección de humildad de las que siguen doliendo por mucho que pasen los años. He conocido a un compañero de oficina en una fiesta del trabajo que me ha preguntado si sabía español. Yo, haciéndome el gracioso, le he dicho con hacento guiri que uno poquitou, y él me ha dicho en perfecto inglés que sabía un poco de italiano. Total, que nos hemos puesto a largar en la lengua de Shakespeare unos cinco minutos hasta que me ha dicho en un perfecto español: "que soy de Venezuela". Y yo he pensado: "tú de Venezuela y yo gilipollas".

16 de marzo

A partir de ahora, cada vez que la vida me ponga una de sus divertidas zancadillas, superaré el mal rato pensando en el chico que, después de pasarme con su bici, ha tenido que parar a recoger su móvil, que se le había caído a un charco.

17 de marzo

Hoy he llevado a cabo una de mis idas de olla absurdas. En este caso ha sido visitar a una amiga por su cumpleaños. Vive en un pueblo a 18 kilómetros de mi casa. Y he ido andando. Por el camino he visto un kitkat sin abrir en el suelo y me ha puesto ojitos. Haceos una idea.

18 de marzo

Esta noche he tenido un sueño raro de cojones. Resulta que me elegían para hacer de Melchor en la cabalgata de Valladolid (¿cómo hos habéis quedado?) y yo, con mis dos huevazos, me presentaba en el lugar de partida a diez minutos de que empezase, con todo el mundo listo (había hasta varios melchores de reserva y todo). Cuando preguntaba a una de las organizadoras que dónde estaba mi ropa para cambiarme, me decía que no se habían dado cuenta y no tenían nada preparado, así que iban a tirar de uno de los reservas. Y yo me he despertado de una mala hostia...

19 de marzo

Hoy he pasado la tarde con mis compañeros de trabajo en una actividad pagada por la empresa porque mi vida está siendo la hostia. Hemos estado jugando a los bolos y al billar, y también ha caído una ronda de laser tag. Era la primera vez que jugaba a esto, y aparte de descubrir lo malo que soy, he tenido ocasión de darme una fabulosa hostia con una compañera en la que se han visto involucrados mi cara y su chaleco de plástico duro. Pero no os preocupéis, que sólo he tenido la vista borrosa unos minutos.

20 de marzo

Hoy toca una pequeña observación que he hecho varias veces y que, por motivos que no os incumben, he recordado esta tarde. Y como es algo que se resume en un par de líneas, estoy dando rodeos como Pepe Isbert en Bienvenido Mister Marshall. Pero ahí va: en el mundo hay dos tipos de personas. Los que no habéis firmado vuestra tarjeta de crédito en la vida y los que la firmamos SIEMPRE en cuanto cae en nuestras manos porque UNA vez un tendero gilipollas se negó a aceptarla al cobrarnos porque no la teníamos firmada.

21 de marzo

Reflexión borde, va: en los últimos años, con esto de Internet, las redes sociales y el intercambio de información, ha surgido un grupito de gente que me toca especialmente los huevos. Todos aquellos que van de neuróticos con el tema de la privacidad y los datos. "Huy, yo no tengo Facebook, que no tengo por qué darle mis datos al Zuckerberg". "Huy, yo hago búsquedas en modo incógnito, que Google no tiene por qué saber lo que quiero". Te voy a decir una cosa, criatura: tu vida de mierda no le interesa A NADIE. Así que tranqui.

22 de marzo

Os voy a plantear un dilema. Imaginad que no tenéis coche. Pero necesitáis coche. Y se os ofrece el adquirir uno que os viene de perlas en todos los aspectos: es nuevo. Es espacioso. Apenas consume combustible. Las piezas son de la mejor calidad y os va a pasar la ITV a las mil maravillas. No sé, no soy un experto en coches, pero éste iba a ser EL coche para vosotros. Ahora bien, sería un coche fúnebre. Y la pregunta es: ¿cuánto estaríais dispuestos a pagar por él? Yo, creo que diecisiete euros.

23 de marzo

Hoy he desayunado cruasanes a la plancha con mi novia porque, si hay una forma mejor de empezar un sábado, que baje Dios y la vea. Y al ir a prepararlos le he pedido (a mi novia, no a Dios) que me alcanzase la mermelada en vez de la mantequilla. Pero es que yo suelo confundir conceptos ligeramente relacionados de vez en cuando: mantequilla y mermelada, croqueta y albóndiga, avión y autobús, fascismo y Vox...

24 de marzo

Bienvenidos un día más al programa líder de audiencia del domingo por la tarde: Me acaban de soplar ocho euros por un puto café irlandés en un pub de Dublín. Es esta nueva edición, me desplazaré a un pub de Dublín para que me soplen ocho euros por un puto café irlandés.

25 de marzo

En las últimas semanas he hecho buenas (muy buenas) migas con la compañera francesa de curro que ya he mencionado (habla español mejor que todos vosotros, por cierto). Hoy me ha estado hablando un poco de su hermano, y me ha dicho que se lleva muy bien con él porque tienen muchas cosas en común, como por ejemplo ser del Real Madrid. Me ha dicho también que se suelen mandar mensajes cuando pierde su equipo para consolarse, y yo he observado: "pues últimamente os pasaréis hablando todo el día".

Me ha sorprendido lo bien que ha pronunciado la frase "José, eres un hijo de puta".

26 de marzo

Hoy, mientras mi novia y yo esperábamos a que comprobasen nuestras tarjetas de embarque al llegar al aeropuerto, nos hemos dedicado a quejarnos. Yo he criticado a esa gente que hace la cola del control de seguridad con toda la ropa de abrigo puesta y al llegar a la cinta se quita todo con parsimonia, y ella ha criticado a la gente que tiene todos los líquidos sueltos por la maleta y al llegar a la cinta tiene que meterlos en la bolsa uno por uno con parsimonia.

Bueno, pues minutos después nos ha tocado perder tiempo en la cinta detrás de un chino abrigado hasta las cejas que ha tenido que buscar todos los líquidos por dentro de su maleta. Con una parsimonia de la hostia, por supuesto.

27 de marzo

No sé si es porque los vuelos ya no me sientan tan bien como antes, o porque el clima de Canarias es demasiado soleado comparado con lo que llevo soportando meses en Dublín, pero tengo el estómago como una noria. Y no me refiero a una noria en plan bien, como la London Eye o la que hay en la Place de la Concorde en París, no. Me refiero a una noria con la leyenda "Hermanos Carracedo" y que está montada sobre calzos de madera en un descampado lleno de jeringuillas y condones con motivo de las fiestas del barrio. Una de esas norias, no sé si me explico...

28 de marzo

Hoy voy a fardar con poquito, lo siento. Resulta que mi novia y yo nos hemos metido sendos cafés con crepes de chocolate en una terraza cuyo hilo musical era una delicia. Creo que han sonado unas diez u once canciones mientras hemos estado allí, y todo ha sido en plan Beatles, Doors, Eagles, etc. Y sí, ha sido un regalo para los sentidos.

Si menciono esto es porque considero que el Cosmos me debía una, pues minutos antes de eso estábamos comiendo en un restaurante que nos ha atronado sin parar con música del puto Julio Iglesias.

29 de marzo

Voy a dejar que sea mi novia quien protagonice la historia del día. Pero antes tengo que dar un par de datos para contextualizar: la pobre tiene un poco de miopía y en ese momento no llevaba las gafas. Además, el sol pegaba de cara, por lo que la visibilidad era aún más reducida.

Total, que estábamos bañándonos en la playa y mi novia ha dicho: "esa boya no estaba ayer ahí, ¿no?"

No había ninguna boya.

Aprovecho para saludar al calvo que estaba nadando cerca y que no creo que entendiese por qué arrancamos a reir los dos en aquel momento.

30 de marzo

He tirado de Google Maps para confirmarlo, y puedo decirlo con total certeza. He viajado a varios países, he estado en la mayoría de continentes, y el punto más meridional que he visitado hasta la fecha es un supermercado SPAR de Fuerteventura.

31 de marzo

Voy a acabar el mes de buenas. Hace medio año mi compañero de trabajo cordobés (ahora ex compañero) me dejó a deber un desayuno por haberle hecho ver a otro compañero (ahora ex compañero) que sólo compartía mierda en un grupo de Whatsapp del curro. Y la deuda ha sido saldada:


Hasta dentro de un mes, muchachos.

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viernes, 1 de marzo de 2019

Mierda suelta de febrero

A continuación, el segundo mes de penitencia. Me arrepiento muchísimo de haberme comprado, entre otras cosas, la puta agenda, pero el escarmiento continúa.

1 de febrero

Necesito una alfombrilla para mi ratón. Y aunque mi primera idea ha consistido en hacerme con una de Rick y Morty, he preferido ser algo más original y encargar una personalizada.

Como quería ponerle alguna imagen en plan meme o shitposting, he recurrido a mi hermano, que es el mayor experto en la materia en todo Internet, y tras darle una ligera idea de mis requisitios, el bestia de él me ha mandado casi cincuenta imágenes. No obstante, a pesar de su esfuerzo, al final he decidido que la alfombrilla de ratón de mi mesa de trabajo incluirá esta imagen que he encontrado entre la morralla que hay en mi móvil:

fuente: fox

2 de febrero

Hoy se cumple una semana de nuestro último pedido de pizza a domicilio. Encargamos al Dominos una pizza familiar, unas bolas de queso, un pan de ajo y una minipizza de chocolate. Como esta última nos iba a provocar un empacho, la dejamos en el microondas para más adelante.

Y nos olvidamos de ella.

Hasta hoy.

Bueno, pues resulta que al chocolate también le puede salir moho, fíjate.

3 de febrero

Hoy he descubierto mientras hacía cola en las cajas del Primark que venden kits de emergencia para sujetadores. Con pezoneras y todo:


Y le he dicho a mi novia: "qué apañadas que sois las tías. El día que dejéis de odiaros unas a otras, dominaréis el mundo".

4 de febrero

Parece que sólo sé hablar de mi nuevo curro, pero es que paso aquí la mayor parte del día. Y con razón: dispongo de gimnasio, duchas, sala de juegos, desayuno, comida, bar, aperitivos a todas horas... Y encima de forma responsable. Porque, aunque es cierto que las golosadas y el chocolate campan a sus anchas por la oficina, también hay fruta y snacks más o menos sanos. Por ejemplo, hoy he probado una galleta integral de ésas sin gluten ni grasas saturadas ni azúcar, pero con chocolate blanco. Y el chocolate blanco estaba riquísimo. Aunque tengo que reconocer que el serrín me ha gustado menos.

5 de febrero

Sí, hoy también voy a hablar de mi trabajo. Y es que estoy en esa fase inherente a los primeros días en la que toca tragarse un montón de cursillos sobre seguridad, ergonomía y chorradas por el estilo, con vídeos para tontos que explican cómo levantar una caja del suelo sin romperse los riñones o que hacer chistes acerca del atuendo de tus compañeros está feo. Que sería más rápido si todo estuviese en papel, pero no se lo leería ni Dios.

Total, que para ganar tiempo he reproducido los vídeos a 1,5x su velocidad y ha sido como ver un episodio de La que se avecina.

6 de febrero

Lo habéis adivinado. Vuelvo a contar algo relacionado con mi trabajo. Esta vez me voy a centrar en el baño de caballeros de mi oficina. Hay varios, y todos tienen más o menos la misma disposición: dos urinarios, tres retretes y lavabos aparte. Pues bien, hoy me he metido en uno de estos baños, tras una reunión de dos horas, con la vejiga como un balón de Nivea, y los tres retretes estaban ocupados y en pleno work in progress. Pero es que el sonido que provenía de los cubículos era de lo más armonioso y acompasado, como si allí dentro estuviesen interpretando un fragmento del Tubular Bells.

7 de febrero

Os esperaréis que hoy también hable de algo que haya pasado en mi oficina, y no os voy a defraudar. Mientras comía en el edificio con mi novia (sí, trabajamos juntos. No, no da lugar a discusiones. Os jodéis) y yo luchaba, tenedor en mano, con el filete de pescado del menú, ella me ha preguntado que por qué no usaba el cuchillo. Y yo, que soy previsor, le he respondido que lo estaba reservando, pues el postre iba a consistir en un kiwi partido en dos (con el cuchillo, obviamente) y comido a cucharadas. "Y no quiero que el kiwi me sepa a pescado", he dicho. Mi novia ha entendido "culo" en vez de "kiwi" y se ha tirado cinco minutos llorando de la risa delante de todo el mundo.

8 de febrero

Hoy ha sido el último día en mi oficina para un compañero al que no he llegado a conocer. Pero eso no ha impedido que me apuntase a su despedida en un bar cercano al trabajo. Había bastante gente, y en un momento de la tarde me he juntado con una alemana, un estadounidense y una sueca con los que he jugado, por turnos, a tratar de decir el mayor número de países de ciertos continentes posible. Llegados a Sudamérica les he dado una paliza. Y cuando me han preguntado que por qué conocía tantos, les he dicho que sólo he enumerado todos los que ha ido perdiendo mi país a lo largo de la Historia.

9 de febrero

Mi gata ha tenido la feliz ocurrencia de mearse en mis guantes del gimnasio. Culpa mía por dejarlos por el suelo, pero ése no es el tema. Cuando he ido a por otros he estado a punto de decirle a la dependienta "¿Son imper-MEABLES?". Y menos mal que no lo he hecho, porque el chiste es malo como para merecer que me echen de la tienda a hostias.

10 de febrero

Hoy he tenido una conversación con mi gata, pues he querido que comprendiese que su acción de ayer era incorrecta, y considero que el diálogo es la base para resolver todos los problemas. Por ello, le he dicho: "como vuelvas a mearte en mis guantes, me como tus ojos".

11 de febrero

Siempre he mantenido que soy un miserable y una mala persona. Al menos desde el punto de vista teórico. Para que os hagáis una idea, hoy he descubierto que el chico que se sienta a mi lado está intentando dejar de fumar, y hasta se está leyendo libros de ayuda y tal. Pues bien, se me ha ocurrido que YO podría empezar a fumar ahora, y pasarme el día en plan "uff, necesito un cigarro", o "me bajo a fumar. ¿Se viene alguien?". No lo voy a hacer, pero no me digáis que no es de miserable todo lo que se me ocurre.

12 de febrero

Hoy voy a hacer una reflexión que no tiene gracia, pero que me ha mantenido ocupado gran parte del día porque es más que evidente que tengo un problema.

Los armarios de las películas americanas en los que se esconde el asesino. No me jodas. No sé vosotros, pero en mi casa no ha habido nunca armarios con el espacio tan mal aprovechado. ¿Que tienes hueco como para que pueda meterse un adulto de pie ahí dentro? Pues pon unas cajoneras para guardar camisetas dobladas o algo, coño.

13 de febrero

Hoy se ha acercado a mi sitio una compañera a última hora del turno para hablar un rato, y me ha encontrado en mi silla con un nivel de enchepamiento considerable. Vale, estaba inclinado hacia delante y con los codos apoyados en unos reposabrazos demasiado altos, pero aún así le ha parecido alarmante mi falta de higiene postural. Y yo le he hecho saber que a quienes medimos más de metro ochenta sólo se nos tiene permitido un máximo de dos horas de comodidad al día. Y le ha hecho gracia, a la hijaputa.

14 de febrero

Por si no me conocéis lo suficiente, os diré que San Valentín me parece una mierda. Eso no impide que hoy quiera compartir la escena romántica que he vivido en los baños de mi oficina. Según he ido a entrar en dichos baños, mientras iba distraído y me disponía a empujar la puerta, otro tío la ha abierto desde dentro, y ha habido un momento en el que sus dedos y los míos se han entrelazado de una forma grácil. El gesto ha durado menos de un segundo, pero ha sido tiempo suficiente como para que me diese cuenta de que el hijoputa tenía la mano mojada.

15 de febrero

Una cosa que me pasó ayer y que no conté es que por la mañana, mientras hacía pesas antes de entrar al trabajo (que ya lo he dicho antes, pero como me gusta fardar de ello os digo que en mi trabajo tenemos gimnasio) me dio un estupendo tirón en el gemelo de la pierna derecha que me tuvo en el suelo un par de minutos con cara de piedad. Eso no ha impedido que hoy haya vuelto al gimnasio, y que mientras corría en la cinta mi pierna izquierda haya dicho "solidaridad, hermana", regalándome un nuevo tirón en el gemelo correspondiente.

16 de febrero

Estimada irlandesa con la que he compartido mesa durante unos momentos porque no había sitio en el pub dublinés en el que he cenado: en serio, yo no tenía tanta hambre y me parece bien que te hayas comido la mitad de mi pizza. No tienes que darme las gracias mil veces.

17 de febrero

Hoy me he encontrado con uno de mis antiguos (y eso que no ha pasado ni un mes) compañeros de trabajo, y le he confesado que, a pesar de lo bien que estoy donde estoy ahora, echo un huevo en falta que en mi nuevo curro no haya andaluces con los que poder meterme.

18 de febrero

Hoy toca coña en inglés. Es lo que hay, lo siento. Desde que estoy en mi nuevo trabajo apenas me relaciono con hispanohablantes de forma exclusiva y me toca ampliar fronteras. En fin, que me hallaba yo comiendo con otra española, una mexicana, una belga y una italiana, y la belga ha preguntado que de qué era la salsa que le habían echado al solomillo. La mexicana, que le había notado un regusto a nueces, a dicho "nuts?", y yo le he increpado "nuts sauce?". Y ha sido muy bonito porque en ese momento la mexicana y yo nos hemos dado de codazos con la mirada.

19 de febrero

Creo que ya lo he dicho alguna vez en este blog, pero lo voy a repetir para rellenar hueco. A mi gata le encanta salir a la calle por las tardes. Y como la mayor parte del año aquí hace un frío de mierda, mi novia y yo tenemos que estar atentos y abrir y cerrar la ventana cada vez que quiere entrar o salir. Pues bien, hoy yo no era consciente de que mi gata estaba en casa cuando he decidido subir al piso de arriba sin encender la luz, y me he encontrado con esto:


A ver si este fin de semana tengo tiempo y busco mis huevos, que no sé en qué parte de la casa han aterrizado.

20 de febrero

Hay días en los que lo más gracioso que se me ocurre no tiene excesiva gracia para mí, pero la reacción que provoca en los demás es tan hilarante que tengo que quedarme con eso. Y hoy ha tenido lugar una de dichas situaciones: después del trabajo nos hemos juntado varios compañeros en un bar cercano, y una ha comentado que no sé qué pavo debe provocar que ella moje las bragas. Otra compañera ha dicho que está casado, y yo he añadido todo serio: "pero igual no le importa". Y la afectada se ha puesto a aplaudir y a gritar que soy hilarante.

Y yo: "po vale".

21 de febrero

Al igual que ayer, hoy también ha sido uno de esos días en los que yo considero que no soy para tanto, pero otra compañera ha reconocido que lo que le he dicho ha sido lo más gracioso que ha oído en mucho tiempo. Juzgad: estábamos en plena videoconferencia, pero se oía todo lo proveniente de las salas adyacentes, así que me he excusado y he dicho que me sentía como si estuviese viendo una peli tranquila en unos multicines baratos, que se oyen los tiros y las explosiones de la peli de acción de la sala de al lado.

En serio, qué público más fácil tengo desde que trabajo aquí.

22 de febrero

Me gusta que las circunstancias que se dan me hagan sentirme un agente del caos. Hace poco más de un mes dejé mi anterior trabajo, y para ello tuve que dar treinta días de preaviso. Me fui un viernes, y a la semana siguiente dio su preaviso uno de mis compañeros andaluces. Pues bien, él se ha ido hoy y la semana que viene va a dar su preaviso otro andaluz del equipo. Tengo fe en que el último que queda haga lo propio dentro de unas semanas y cierre este círculo infernal que considero que he empezado yo. MUAJAJAJAJA.

23 de febrero

El de hoy ha sido el típico sábado en el que sales de casa por la tarde en plan tranquilo con la idea de cenarte una pizza y terminas a punto de comprarte un piso en el sur de Tenerife para realquilárselo a turistas guiris.

24 de febrero

Queda menos de una semana para que publique el resumen de este mes, y es posible que cuando leáis esto aún estén emitiendo en cines la peli de Lego 2. Así que aprovechad para NO ir a verla, porque es una puta mierda insufrible.

25 de febrero

Hoy voy a dedicarme únicamente a rellenar hueco metiendo paja, porque lo interesante del día es que por fin me han llegado las pegatinas que pedí para poner en mi portátil del trabajo. Meteré la foto al final, y el espacio que me queda en la agenda lo voy a rellenar con un comentario que he visto en una noticia de la página de Facebook de El Norte de Castilla:

"Aborto gratuito, perdonaaaa...!! Ni yo , ni nadie tiene xq pagar los polvos inconscientes que echan otras. Estas tipas no tienen nada mejor que hacer? Que trabajen y dejen de vivir del cuento."


26 de febrero

Hoy he decidido complementar mi sesión de gimnasio con un batido de proteínas. He ido a la cocina de mi oficina con mi sobre de polvos proteínicos bajo el brazo, he sacado una botella de leche medio llena del frigo, he mezcldo polvos y líquido vacuno en mi shaker y he devuelto la botella al refrigerador. Y justo antes de volverme a mi sitio, un compañero ha sacado la misma botella del frigo, la ha abierto, la ha olido... y lo ha tirado todo por el fregadero con cara de asco. Y yo he mirado mi batido y en ese momento todos mis ancentros me han susurrado: "ni se te ocurra, que estas cosas valen un dinero".

27 de febrero

Hoy he estado hablando con una compañera acerca de las relaciones entre hombres y entre mujeres, y le he confesado medio en broma que no me gusta demasiado juntarme sólo con tíos porque tarde o temprano acaban hablando de fútbol. Ella ha replicado que, entre mujeres, al final "todo es drama", y que es un extremo al que no le hace ninguna gracia llegar. Y como a los dos nos parece hilarante bromear acerca de ocultar las emociones y los sentimientos para no marear a los demás, hemos adoptado el lema less drama, more trauma como forma de vida.

28 de febrero

Si hoy se me hubiese aparecido la Virgen, o un genio en plan Aladino, o el espírituo de Rita Barberá, y me hubiesen dado la oportunidad de erradiar de este planeta lo que yo considero más nocivo para la vida y la existencia en general de toda criatura, no lo habría dudado ni un momento: los calvos amargados. Tío, vale que igual estoy ocupando gran parte del pasillo de los chocolates del supermercado, pero tienes boca para pedir que me aparte, coño, que no te he visto acercarte. No hace falta que me embistas como un puto carnero. Como un puto carnero CALVO.

Y hasta aquí febrero. Supongo que nos volveremos a ver en marzo.

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viernes, 1 de febrero de 2019

Mierda suelta de enero

Tal y como prometí, aquí viene el resumen del mes de enero. No voy a liarme dando explicaciones, que la entrada va a ser larga sólo con la trascripción de todas las chorradas que he escrito en mi agenda durante el mes.

1 de enero

El espejo de mi baño es una mierda. Es tan pequeño y está tan abajo que sólo refleja la parte de mí que hay entre mi cuello y mi cintura. Y ha sido mientras sufría de esta carestía espejil que he reflexionado acerca de los tres tipos de hombre que existen en función de su densidad pecto-capilar: los que tiran de cera o cuchilla y tienen el pecho como un azulejo, los que portan un felpudo debajo del cuello y los que tenemos aquello que parece que está sin acabar, que cuando vamos a la playa y salimos del mar da la impresión de que se nos han enganchado algas en los pezones.

2 de enero

He leído en un libro sobre geopolítica que no todos los soldados nazis eran rubitos de ojos azules y facciones de reacción alérgica como pintan en las películas. Resulta que hubo musulmanes en los Balcanes y en el Cáucaso luchando por Hitler, con fez y todo. Y hasta hubo soldados nazis judíos y descendientes de judíos, según algunos historiadores. Que entre los nazis hubiese "de todo, como en botica" ha hecho que se me ocurra un chiste incendiatwitter, pero que voy a contar, porque opino que con el humor, CERO LÍMITES:

No me gusta usar el término feminazi, porque es despectivo y puede ofender a nazis que sean feministas.

3 de enero

Los españoles de mi oficina estamos metidos en un grupo de Whatsapp, y uno de ellos ha dicho hoy en dicho grupo que busca piso para compartir. Resulta que actualmente vive con una mexicana y una española, y la idílica convivencia del lugar se ha debido ir a la mierda: la mexicana no para de meter cizaña y quiere que mi compañero se largue cuanto antes. Otros miembros del grupo le han preguntado si aquello no se puede arreglar de alguna manera, y él ha asegurado que no. Pues bien, en ese momento de bajona máxima he contribuido a la conversación con el siguiente mensaje:

La Noche Triste 2 confirmed

4 de enero

Hoy he visto varias noticias acerca de la que está empezando a liar Bolsonaro en Brasil, y es inevitable preocuparse ante semejante panorama. Me cuesta entender qué es lo que puede llevar a millones de personas a brindar su apoyo a quienes promueven esta clase de políticas reaccionarias. Aunque he de reconocer que daría mi voto sin pensármelo dos veces al primer político (del signo que sea) que prometiese meter en la cárcel a toda esa GENTUZA que en aviones, estaciones, aeropuertos y lugares públicos en general, es incapaz de callarse mientras alguien está hablando por megafonía.

5 de enero

Le pregunto al dependiente de la tienda de souvenirs de Valladolid que si tiene imanes... (y él empieza a hacer un gesto con la mano en dirección al muestrario de imanes) ...con termómetro incorporado (y entonces detiene su mano de golpe y me dice que no). A lo largo de mi vida he dejado a mucha gente con la palabra en la boca, pero es la primera vez que dejo a alguien con el señalar en el dedo.

6 de enero

A mi madre le ha tocado la sorpresa del roscón. Es un patito. Muy chulo y tal. Después de sacarlo del plástico en el que venía envuelto y de quitarle los restos de nata, he descubierto que tiene una raja enorme en la cara. El patito Padilla, le he bautizado:


7 de enero

El día de hoy no ha tenido nada de especial, y todas las actividades que he llevado a cabo han sido de lo más monótono: levantarme, desayunar dos cruasanes con Nocilla, ir a Ikea a por ropa de cama, apurar los restos de roscón que aún quedan en casa, recoger la decoración navideña, reflexionar acerca del sentido de la vida y de la existencia misma durante todo el proceso de obtención de una muestra de heces, cenar un plato de bacalao con tomate viendo a Ana Pastor de invitada en El Hormiguero... Pues eso, un día de lo más soso y rutinario el de hoy, oye.

8 de enero

¿No os parece entrañable esa gente que pretende haceros cómplices de su estupidez? Como la señora con la que he coincidido esta mañana ante la puerta de entrega de muestras en el centro de salud. Va y me dice: "¿hay que llamar a la puerta para entregar las muestras? Porque antes he llamado y me han dicho que no, que saldrían a pedirlas. Pero de eso ya han pasado unos minutos". Pues nada, señora, vuelva usted a llamar, no sea que hayan cambiado la forma de trabajar en los últimos diez segundos. No, mejor, abra la puerta y arroje dentro lo que sea que haya en el bote de tapa roja que tiene usted en la mano, sin avisar. Verá qué risas.

9 de enero

Tiempo Después me ha parecido maravillosa. Tanto, como las dos putas yayas que se han sentado en la misma fila en la que mi padre y yo estábamos intentando ver la película. Se han pasado la hora y media que hemos estado a oscuras comentando las escenas a voces y encendiendo la pantalla de sus móviles para consultar la hora, con el añadido de haberse tirado el último cuarto de hora de peli diciendo que no les gustaba y que se querían ir. Ha sido tan descaradamente surrealista que lo he considerado parte del guion. Es más, si alguna de ellas hubiese MUERTO, le habría dado aún más énfasis a la experiencia. Pero no ha habido suerte, lamentablemente.

10 de enero

Viendo ¿Dónde estabas entonces? he recordado una anécdota bastante patética de mi noventera infancia. Y es que varios chicos de mi clase nos habíamos "pedido" (en el más patriarcal sentido de la palabra) cada uno a una spice girl. Y había movida porque tanto mi compañero Gorka como yo teníamos puestos los ojos en Geri Halliwell. Pero bueno, al final se resolvió el conflicto y fui yo el que se ganó la exclusividad del mito erótico al jugar de puta madre al fútbol durante determinado recreo y marcar tres goles. Fue tal la alegría que sintió Gorka al ver que ganábamos gracias a mí, que me dijo mientras celebrabamos el tercero: "la Geri pa ti".

Dios, qué asco me ha dado recordar esto.

11 de enero

He llegado a Valladolid a tiempo para poder disfrutar de una nueva edición de Pingüinos. Para quienes no lo conozcan, se trata de una concentración motera que tiene lugar a principios de enero, y que cuenta con varias actividades interesantes, como el desfile de antorchas en el que se honra a motoristas fallecidos en accidentes de tráfico o el concurso no oficial que consiste en aguantar el mayor tiempo posible dando por culo con la moto al ralentí bajo mi ventana mientras yo intento dormir una puta siesta.

12 de enero

Esta mañana se me ha ocurrido una chorrada de la que estoy especialmente orgulloso (igual es por haber sido ingenioso en ayunas). Tanto es así, que la voy a poner en forma de meme:

fuente: fox

13 de enero

El Infierno tiene un círculo dedicado a aquellos viajeros del Alvia que se encuentran a conocidos y se pasan todo el puto trayecto Valladolid-Madrid hablando a gritos en el pasillo del vagón como si fuesen pingüinos con la moto al ralentí y me joden la siesta.

14 de enero

Mi novia le ha comprado a nuestra gata unas gominolas específicas con forma de diente, y hay que ver lo que le han gustado: le hemos dado dos y casi se vuelve loca. Vamos, que tienen que saber bien. No puedo confirmarlo porque (evidentemente) no las he probado. Sin embargo, me ha dado por asomar las narices al interior de la bolsa y JO-DER. Ha sido como caer en el abismo de los hedores. La arcada me ha dejado momentáneamente ciego, y las náuseas seguían conmigo mientras me he metido en la cama.

Ahora sé cómo se siente el ginecólogo de Ana Botella.

15 de enero

No voy a dar detalles, pero ésta es mi última semana en mi actual trabajo. El lunes empiezo en otro sitio, de ésos que tienen un huevo de benefits (lo pongo en inglés porque eso en España no existe). A los cuatro compañeros con los que como a diario (los cuatro andaluces, aclaro) les corroe un poco la envidia, pero en el fondo se alegran por mí e incluso fantasean con la idea de irse conmigo al nuevo sitio. Uno de ellos, durante la comida de hoy, ha afirmado que cada día se me ve más contento, y ha terminado su observación con un "el viernes, a lo mejor hasta te vemos reírte un poco y todo".

16 de enero

Dentro de dos días llevaré palmeritas a la oficina por eso de que es mi último día y tal. Uno de mis compañeros no irá ese día porque le van a operar o se va a hacer un implante o algo por el estilo, así que le he llevado un par de palmeritas sólo a él. Mientras se comía una de ellas, le he dicho lo mismo que le dijo Manuel Manquiña a aquel agonizante del hospital gallego cuando fue de visita vestido de rey mago y le dio un caramelo: "para endulzar el tránsito". Mi compañero, que se conocía la historia, ha estado a punto de morir asfixiado al oírme.

17 de enero

Hoy hemos estado hablando en mi oficina de cómo cambia la historia entre Mad Max y Mad Max 2, pues la primera va de un policía australiano persiguiendo punkis (o eso creo, que la vi hace ya mucho) y la segunda ocurre después de un cataclismo que manda el mundo a la mierda, obligando a los supervivientes a luchar entre clanes en un mundo desierto. Y me ha dado por pensar que todas las películas deberían contar con una secuela postapocalíptica en la que los mismos personajes deban sobrevivir en las condiciones que acabo de describir. Todas las películas, insisto. Empezando por La La Land.

18 de enero

El de hoy ha sido mi último día de curro. Mi jefa, acompañada por todos los compañeros de mi equipo y algunos empleados más, se ha acercado a mi sitio para darme una tarjeta firmada por todos y agradecerme todo el trabajo que he hecho durante estos años y blablabla. Tras esto, me ha tocado hablar a mí, y no se me dan bien estas cosas. Al final, lo único que he logrado decirle a todos ha sido que me alegraba de haber trabajado allí porque he tenido la suerte de pertenecer a un equipo muy profesional, capaz de lograr objetivos increíbles, a pesar de estar lleno de andaluces.

19 de enero

Hoy, mientras paseábamos por un pueblo del sur de Dublín, he visto en un escaparate un traje de niño que mi novia ha encontrado de lo más tétrico. Y con razón. Juzgad:


Y a mí me han entrado ganas de entrar y decir: "¿Me pone un traje para enterrar a un niño? Y envuélvamelo, que es para regalo".

20 de enero

Hoy estoy escribiendo aquí estas líneas únicamente porque me sabe mal dejar el hueco en blanco. Y es que realmente no tengo nada que decir que esté a la altura de esta joya que he descubierto en Facebook:

fuente: facebok

21 de enero

Hace un par de días, nuestra gata tuvo una de sus habituales broncas con los gatos del barrio, llevándose en esta ocasión un par de mordiscos en el culo. Uno de dichos mordiscos se ha infectado, por lo que la pobre ha pasado el día en el veterinario.

Está mejor, gracias, pero tiene la base de la cola rapada y cicatrizando, por lo que tiene que llevar el cono de la vergüenza durante una semana. Y como no puede rascarse, tengo que rascarle yo el cuello, causando que pierda el equilibro poco a poco hasta que acaba volcando. A este fenómeno lo llamo "Lopetegui cruzando un puente diseñado por Calatrava".

22 de enero

Nuestra gata está mejor que ayer y ya no se queda alelada mirando a lugares aleatorios de la cocina. Entre otras cosas porque ya no se encuentra bajo el efecto de ninguna droga. De hecho, se está acostumbrando bastante bien al disfraz de lámpara, apenas se lo mancha de polvo cuando hace sus necesidades en la arena y es capaz de subir y bajar con soltura las escaleras de la casa. Es más, a última hora se ha metido en la bañera (que estaba seca) y se ha puesto a dar vueltas persiguiendo su cola, dándome una valiosa lección de vida que voy a compartir con vosotros:

No permitáis que ningún contratiempo os impida actuar como si fuéseis gilipollas.

23 de enero

Quienes me conocéis sabéis que lo de copiar chistes y coñas de terceros y hacerlos pasar por míos se me da de puta madre, y hoy he tenido la oportunidad de volver a hacerlo, en frente de un nutrido grupo de compañeros de mi nuevo trabajo y con hilarantes consecuencias. Estábamos hablando acerca del soporte técnico y la atención al cliente, y ha salido el tema de los padres y la tecnología. Ahí es cuando yo he dicho: "Si os desespera tener que enseñar a vuestros padres a usar Skype, recordad que ellos tuvieron que enseñaros a usar una cuchara". Como si se me acabase de ocurrir, oye.

24 de enero

Hoy, uno de mis antiguos compañeros ha descubierto el "regalo de despedida" que le dejé antes de irme. Resulta que este muchacho trabaja en un departamento sin relación alguna con el mío. Pues bien, como "deferencia" hacia quienes puedan escribir a mi ya inactivo email, he creado una respuesta automática informando de que ya no trabajo allí, e indicando que si necesitan ayuda pueden ponerse en contacto con... Sí, mi antiguo compañero. Que no les va a poder ayudar y tendrá que redirigirles, pero... ¿Lo que divierte que te carguen trabajo a mayores? ¿Eh?

25 de enero

Hoy quiero odiar un poco. Pero no va a ser un odio general e indiscriminado, no. Lo de odiar sin justificación me parece, cuanto menos, feo. Mi odio va dirigido a un sector específico de la población, y confío en que quienes leéis esto os unáis a mi causa. Porque estamos en dos mil diecinueve y aún hay gente que en vez de decir "la pescadilla que se muerde la cola" dice "la pescadilla que se muerde la polla". Uuuuh, qué malotes... Que no os oiga la seño decir eso, ¿eh? En serio, joder, que ya tenemos una edad, y quedáis como imbéciles soltando semejante mierda. Es más, moríos, directamente.

Feliz viernes y tal al resto.

26 de enero

Hoy he descubierto que es mala idea ver una película de ésas de tensión constante (The Cloverfield Paradox, en este caso) y jalarme una pizza familiar del Dominos. Ya ha pasado un rato de eso y mi estómago sigue echándomelo en cara.

Me va a tocar doblar la almohada para poder dormir.

27 de enero

Viendo a mi gata disfrazada de lámpara esta mañana, me he preguntado por un instante si, al gritarle por el culo, el sonido le saldría amplificado por el cono. Envidentemente, NO LO HE INTENTADO PROBAR. En serio, ¿qué clase de persona creéis que soy?

28 de enero

Malas noticias: a mi gata no le han quitado el cono de la vergüenza, y tendrá que llevarlo, al menos, hasta el viernes. Y ahora es cuando voy a contar lo que ha pasado en el veterinario. La doctora le ha hecho un chequeo rápido, y aunque parece que está bien y no hay fiebre ni infección, la herida no ha terminado de cicatrizar. Que la muchacha se ha dedicado a estrujársela para comprobarlo, y aunque haya sido algo necesario y yo en las prácticas veterinarias no me meto, he sufrido hasta el punto de casi decirle "Agradece que no sea andaluz, que si no, ya te habría sacado la navajilla".

29 de enero

Mi nuevo trabajo no me está dando, por el momento, muchas oportunidades de hacer el payaso: no tengo a andaluces cerca de con los que me pueda reir y aún no he construido la confianza suficiente con mis nuevos compañeros como para hacer coñas denunciables (las únicas que se me dan bien, por otra parte). Lo más gracioso/ingenioso que se me ha ocurrido hoy ha sido bautizar al portátil Apple que me han asignado "Mi Amigo Mac". Joder, pero qué largo se me está haciendo el mes...

30 de enero

Hoy ha tenido lugar una de esas situaciones que mi novia y yo protagonizamos tan a menudo y que consisten en desvariar colectivamente hasta alcanzar límites surrealistas. Esta vez ha sido mientras nos dirigíamos al gimnasio, arrastrando las agujetas de días anteriores. Mi novia ha empezado a canturrear "Mátame camióoon..." y en ese momento se me ha ocurrido que podría existir la canción "Mátame Camión", pero para niños. En plan espectáculo de los Cantajuegos o episodio de los Lunnis.

31 de enero

El catarrazo que me ha invadido durante los últimos días de impide ser ingenioso o tener un mínimo de gracia. Así que, sintiéndolo mucho (en realidad no lo siento nada), voy a acabar el mes copiando una vez más una coña que vi en su día en Internet y que he recordado al tomarme hoy uno de los muchos cafés que me están manteniendo con vida. Y es que lo de los dibujitos en la espuma es una trampa discriminatoria: si eres diestro, te encuentras un corazón cuando coges la taza; pero si eres zurdo, lo que te llevas a la boca es un par de huevos.


Hala, hasta el mes que viene. O no.

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lunes, 14 de enero de 2019

Descagándola

En su día escribí una entrada dejando bien claro que si meter la pata fuese una disciplina olímpica, a estas alturas ya habríais visto mi jeta en unas cuantas portadas del Marca. Y no aprendo, pues he vuelto a hacer gala de mis dotes, protagonizando un nuevo "anda, que ya te vale" que voy a relataros a continuación (pero muy resumido, que no quiero aburriros).

Debido a que soy socialmente cortito (por no decir "nulo"), todos aquellos emails que llegan a mi bandeja de entrada del trabajo incluyendo en su asunto o en su cuerpo el menor indicio de actividad grupal suelen irse rapidito a la papelera junto con mi deseo de responder al emisor de turno con un "a mí no me vengáis con mierdas". Pero esto último no lo hago, porque no quiero darle demasiado trabajo al personal de Recursos Humanos. Pues bien, hace unas semanas decidí darle una oportunidad al correo relativo al "amigo invisible en modo elefante blanco" que me llegó el otro día, y lo hice por dos motivos:

El primero de estos motivos fue nostálgico, y es que los pocos compañeros de mi anterior empresa que no volvíamos a casa por Navidad solíamos juntarnos el 24 de diciembre en el piso de una belga muy simpática que organizaba una cena/barbacoa de interior durante la cual SIEMPRE acababa saltando la alarma de incendios. Otra cosa que hacíamos allí (y aquí va lo de la nostalgia) era un pequeño  juego introducido por los daneses del grupo: todos llevábamos cinco o seis regalos (mierdas del Tiger, básicamente) que depositábamos sobre la mesa. Y por turnos, durante un tiempo establecido, cada uno elegía uno de los presentes del montón o se lo quitaba a quien lo hubiese elegido (recuerdo que le describí el mecanismo a un compañero madrileño y su reacción fue decir "cómo le gusta el pillaje a estos vikingos"). Al final, todos contaban en su haber con cierto número de regalos, y al desenvolverlos descubrían si habían hecho buenas elecciones o no.

El segundo motivo fue un intento por mi parte de ser menos asocial e integrarme un poquito más. Que vale que soy el único que se queda comiendo de tupper los viernes mientras todos se van a jalar fuera, pero esto iba a ocurrir sólo una vez y yo no tendría por qué salir herido al aceptar unirme.

Así que pasé de leerme el parrafazo de veinte líneas que explicaba cómo se jugaba a lo del elefante blanco y respondí con un "venga, contad conmigo" esperando pasarlo tan bien como con mis excompañeros vikingos en casa de la belga las vísperas de Navidad de hace unos años.

En preparación para el evento, me pasé la mañana del sábado adquiriendo toda clase de productos, a cual más ridículo (aunque incluyendo algunos decentes para compensar), tratando que el total de sus importes no superase los quince euros (porque vale que no me leí las instrucciones del juego, pero lo de la pasta me lo aprendí de memoria). Así, cayeron unos estropajos con forma de corazón, una agenda para 2019, una caja de bombones, una botella de salsa de soja que envuelta en papel de regalo parecería de vino, un imán con forma de realista cabeza de ciervo... La joya de la corona, he de admitir, fue un papá noel relleno de galletas al que, cuando cubriese con el papel, me encargaría de dar la mayor forma fálica posible:

El papá noel que hizo llorar a Leonardo Dantés

Catorce euros llevaba gastados. El euro que faltaba iba a ser invertido en un spinner, pero ninguna de las tiendas en las que entré aquel sábado por la mañana vendía ya el artilugio que tan de moda se puso tiempo atrás.

Dos días después, de vuelta en la oficina y a tres días de la celebración del evento, me acerqué al sitio de la organizadora y le pregunté (por confirmar que no me estaba pasando de listo) que cuántos regalos había que comprar como mucho.

Me dijo que sólo uno, y que lo ponía en las instrucciones que nos había mandado por correo.

"Me voy a tener que meter el papá noel fálico por donde te tendrías que haber metido tú el correo invitándome a esta mierda", pensé. Pero, teniendo en mente una vez más al atareado personal de Recursos Humanos, no dije en voz alta todo eso. Sólo respondí con un "ya, ya. Ya lo sabía" y volví a mi sitio a lamentarme por haber tirado los tickets a la basura.

De todas formas, al final no tuve que molestarme en gastarme quince euros en UN regalo, pues me tocó mover papeles a última hora el día que se organizó el elefante blanco (cuya mecánica sigo sin tener muy clara, todo sea dicho) y me lo perdí. Pero bueno, los compañeros que sí participaron me confesaron después que aquello no fue nada del otro mundo.

Lo malo es que aún contaba con purrela valorada en catorce tazos de la que no sabía cómo deshacerme sin sentirme especialmente imbécil (y menos mal que no llegué a comprar el puto spinner. MENOS MAL). Decidí entonces que trataría de arreglar el desaguisado de la mejor forma posible, por lo que los estropajos esperan ser utilizados la próxima vez que limpiemos el baño, allá por agosto. Los bombones ya no se encuentran entre nosotros (y bien ricos que estaban). La soja caerá el próximo día que se me ocurra preparar sushi. El papá noel fálico queda pendiente para una nueva entrega de "haz un regalo que acepte troleo". El reno, no sé. Y la agenda será la protagonista de este blog durante todo el año. Me explico (y así comprenderéis por qué me ha dado por largaros hoy esta turra a modo de puente):

Casi todos los días se me ocurre, me sucede, o tiene lugar alguna gilipollez que, si bien suena graciosa dentro de mi cabeza, no tiene la chicha suficiente como para convertirse en entrada completa. Por ello, voy a recopilar esta MIERDA SUELTA a razón de un concepto diario, voy a apuntarlo todo en la agenda y el primer día de cada mes publicaré una entrada resumen de todo lo recogido durante el mes anterior. O no, porque igual me canso de la idea o resulta ser un puto fiasco (lo cual sería una pena, porque no tengo pensado hacer nada más con este blog en todo 2019).

Y ahora es cuando vosotros, que sois tan listos, me decís: "pero eso que estás contando es como Twiter. ¿Por qué no te abres mejor una cuenta de Twitter?". Y yo os digo que no PORQUE. TWITTER. ES. UNA. PUTA. BASURA.


EDIT: Al final he logrado darle salida a la cabeza de reno. Se la voy a dar a la murciana. Y no veáis la ilusión que le ha hecho (lo cual aún no comprendo, pero bueno).

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martes, 1 de enero de 2019

El día en que mi amigo Gabriel estuvo a punto de incendiar Valladolid

Todos vosotros disfrutando del día festivo y yo currando. Y si esta situación no fuese ya de por sí bastante injusta, voy y publico una entrada de Año Nuevo (al igual que hice recién estrenado dos mil dieciocho) para divertiros. Para que luego no me deis ni las gracias. Miserables.

fuente: twitter
Don Arturo me comprende


La historia que os voy a contar hoy se divide en dos actos. El primero tuvo lugar en Valladolid el veintiuno de septiembre de mil quinientos sesenta y uno (21-09-1561 para los vagos). Aunque yo no estuve allí para confirmarlo, un zócalo de azulejos mu bonico existente en el pucelano Palacio de Pimentel describe un incendio DE LA HOSTIA que arrasó el centro de la ciudad aquel día. Tal incendio fue tan importante y marcó tanto a los vallisoletanos que dio lugar a dos leyendas tan falsas como una exclusiva de Okdiario pero que siguen siendo creídas a día de hoy: la primera es que las fiestas vallisoletanas cambiaron de fecha para conmemorar la tragedia, y la segunda es que el escudo de la ciudad posee unas llamas que hacen alusión al tema.

Pues no, y no. Las fiestas llevan cambiando la época en la que tienen lugar desde la Edad Media. Las hubo en agosto (y no iba ni Dios, pues todos los campesinos estaban trabajando en el campo), las hubo en octubre (y tampoco iba ni Dios, ya que el tiempo empezaba a ser una mierda), y acabaron por celebrarse en torno al 21 porque es cuando mejor tiempo hace (hasta que el anterior alcalde, esa bellísima persona (creo que ya puse este enlace en otra entrada, pero MEDAIWÁ), decidió adelantarlas dos semanas para así joder a los jóvenes que estudiaban para la convocatoria de septiembre hacerlas coincidir con la festividad de Nuestra Señora de San Lorenzo, patrona de la ciudad). Y en cuanto a lo del escudo... Lo que se ve en la parte central son jirones de origen incierto, pero que ya estaban ahí un siglo antes de lo del fuego por lo menos.

Leyendas aparte, y como apunte para que aprendáis algo, otro elemento del escudo vallisoletano que lo caracteriza es la Cruz Laureada de San Fernando, un detalle que tuvo el Caudillo con el Club de Fans de Francisco Franco de Valladolid. Y es que la gente del CFFFV estuvo muy a tope con el grupo de Paquito durante su gira nacional 1936-1939. Así que Franco dijo "tomad, laureles en vuestro escudo por ser unos franquistas cojonudos". Y así hasta hoy, fíjate.

fuente: google maps
El escudo y tal, visto desde el aire. Si os parece cutre que tire de capturas de Google Maps para ilustrar esta entrada, os voy avisando de que ésta no va a ser la última

Pero bueno, voy a dejar de meterme en política para pasar a narraros el segundo acto de esta historia, el cual coprotagonicé con mi amigo Gabriel y tuvo lugar en la misma capital vallisoletana (aunque del otro lado del Pisuerga, en el pijo barrio de Parquesol), casi medio milenio después, una calurosa tarde de agosto.

Como era habitual durante nuestra adolescencia, la falta de dinero y el exceso de tiempo libre que nos otorgaban las vacaciones de verano propiciaban el clima perfecto para que yo ahora pudiese escribir una o varias entradas relatando anécdotas de por aquel entonces, pues Gabriel y yo éramos unos hijos de puta de cuidado y no había día que no liásemos alguna (para que os hagáis una idea, la madre de Gabriel nos dijo en una ocasión, a pocos días de que acabase el periodo estival: "hay que ver lo que van a descansar los vecinos cuando ya no andéis por aquí"), y no descarto que en el futuro muchas de ellas acaben plasmadas en este blog. Pero centrémonos.

Yo le había enseñado a Gabriel que una bengala de las grises de cumpleaños que echan chispitas inocentemente (bueno, o no, pues recuerdo que de pequeño jodí un microscopio por prender una de éstas e intentar ver su luz aumentada doscientas veces. Pero eso es otra historia), tras ser encendida y arrojada a lo lejos en mitad de la noche, constituía un espectáculo QUE TE CAGAS tanto en su luminoso vuelo como al estrellarse contra el asfalto. Vamos, que nos habíamos tirado toda la hora de la cena lanzando bengalitas como gilipollas al pie del bloque de pisos de Parquesol en el que vivía mi amigo.

Al día siguiente, Gabriel quiso llevar el espectáculo descubierto la noche anterior al más difícil todavía: sirviéndose de un poco de celo, había unido cinco bengalas, y aquel casero artefacto, además de un mechero Bic, se hallaba a buen recaudo en uno de los bolsillos de su pantalón de chándal a la espera de volar incandescente por los aires. En el otro bolsillo reposaba felizmente un yoyó granate modelo Firestorm de Bandai que poco después daría un giro interesante a la historia.

Gabriel, amén de muy impresionable, era todo un cagaprisas, y la idea de tener que esperar varias horas a la caída del Sol para llevar a cabo aquella performance de La Fura del Baus en miniatura se le antojaba impensable. Por ello, aprovechando la enorme extensión del descampado en pendiente que se extendía ante nosotros de camino al Carrefour al que nos dirigíamos para perder el tiempo y refugiarnos del calor, echó mano del manojo de bengalas y del mechero, prendió aquél con éste y, mientras cogía un poco de carrerilla, dijo:

—Veréis (no lo dijo en plural porque me hablase de vos, sino porque su hermano pequeño también estaba allí).

Pero no vimos nada, joder. ¿En qué cabeza cabe que encender bengalas a las cinco de la tarde en agosto vaya a dar el más mínimo espectáculo, con aquel solazo? Tras el lanzamiento, sólo pudimos contemplar a duras penas un puntito de luz que destacó una mierda contra el azul del cielo y desapareció enseguida entre la maleza del descampado.

Esperad, que os pongo un mapa editado con prisas para que os hagáis una idea de la jugada:

fuente: google maps
Os lo advertí. La entrada de hoy venía cutre a nivel multimedia. Pero se entiende, ¿no?

Tras unos segundos en los que tratamos de reponernos del fiasco, y ya dispuestos a cruzar aquel descampado (os recuerdo, en pendiente) con destino al hipermercado gabacho, eché la mirada en dirección al lugar del impacto bengalil y aprecié que aquel área brillaba mucho, como si allí hubiese un objeto metálico. Pero, como os estaréis imaginando, ni metal ni hostias. Lo que había era un estupendo fuego fruto de las bengalas pegadas con celo y arrojadas por Gabriel que acababa de nacer y que había venido al mundo con un hambre considerable, pues estaba devorando las hierbas secas a un ritmo más que alarmante.

Y ahora es cuando vosotros diréis: "¿a quién se le ocurre lanzar bengalas encendidas en medio de un secarral?" PUES A NOSOTROS, JODER. A NOSOTROS. Pero en aquel instante, siendo testigos de la que estaba a punto de armarse, no andábamos como para atender al juicio que los lectores de este blog íbais a hacer años después, coño.

Cuando tiene lugar un incendio, lo habitual y sensato es que todos los animales del lugar (seres humanos incluidos) huyan como quien se espanta avispas del culo. Lo habéis visto en los documentales, lo habéis visto en las noticias y lo habeís visto en Bambi. Pero Gabriel y yo (o al menos nuestra versión adolescente) teníamos poco o nada de sensato, por lo que nos lanzamos pendiente abajo en dirección a las llamas. Su hermano no. Su hermano se quedó en el sitio incapaz de reaccionar o articular palabra sin que hubiese nadie cerca para darle un guantazo y sacarle de su estado catatónico como hacen en las películas.

A los pocos metros de aquella alocada "I Carrera Popular Todos Contra el Fuego" en la que sólo estábamos participando Gabriel y yo, mi compañero se paró en seco. Y no me hizo falta girarme para conocer el motivo, pues sus gritos fueron bastante explicativos:

—¡Mierda! ¡Que se me ha caído el yoyó!

El panorama se antojaba de lo más chachi: cual extraña alineación planetaria en medio del descampado, un inmóvil planeta de hielo a lo lejos, otro rotando entre las pajas en busca de un puto yoyó de Bandai y un tercero en trayectoria de colisión directa contra un sol que no paraba de crecer y engullir todo lo que pillaba a su paso. Llegué al área del fuego y me puse a pisotear las llamas como si fuese Joaquín Cortés sufriendo una descarga eléctrica, cada vez más convencido de que el periódico El Norte de Castilla nos dedicaría un hueco entre sus páginas al día siguiente.

Por si fuera poco, el mismo viento de levante del que hablaba Trillo cuando lo de Perejil decidió que aquél era el momento perfecto para darse un paseo por el descampado y decir "hola, ¿qué tal todo por aquí?", provocando que el fuego doblase su tamaño. La noticia que iba a hablar del tema en El Norte también se estaba haciendo cada vez más grande dentro de mi cabeza, por cierto.

Afortunadamente, el hecho de que por aquel entonces yo ya calzase un cuarenta y seis me vino de perlas a la hora de patear las llamas, y pasados unos cuantos segundos angustiosos que se me antojaron décadas, pude extinguir el pequeño incendio y ahorrarle a Valladolid (o al menos a Parquesol) un disgusto. Y no salimos en El Norte.

Jadeante y con el corazón aún cabalgándome dentro del pecho debido a la carrera y al posterior esfuerzo extintor, con las manos en las rodillas y contemplando la carbonilla que se abrazaba a las suelas de mis zapatones de deporte, oí los pasos de Gabriel, que se acercaba tranquilamente hacia el ennegrecido lugar. Una vez estuvo ante mí, exclamó con alegría:

—Menos mal que he podido encontrar el yoyó.

Y entonces me incorporé, con respiración aún entrecortada, le miré a los ojos con una expresión tan seca como un mantecado de Portillo, puse mi mano en su hombro y, con la mayor claridad que mis resuellos me permitieron, le dije:

—Me cago en tu puta madre, Gabriel.

Hala, podéis seguir de resaca. Hasta más ver.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Big in Japan. Episodio IIIIIIIIIII y ya, joder

En el que los protagonistas de la historia vuelven de Japón y por fin se acaba este tostón. Por Dios, qué coñazo de verano, sacando tiempo de debajo de las piedras para escribir cada puta entrada. Que vosotros estaréis muy bien en la playa rascándoos los huevos o lo que sea que os rasquéis en vuestro tiempo de ocio, pero servidor se ha pasado julio y agosto currando como un negro (sí, con la que está cayendo digo cosas así. ¿Algún problema?) y me he visto con la hora pegada al culo semana sí y semana también para poder sacar esto a tiempo. Qué angustia, en serio.


Quienes hayáis seguido esta serie y estéis al tanto de la totalidad o parte de su contenido pensaréis que tengo una memoria prodigiosa que me ha permitido recordar todo cuanto hemos hecho en Japón con un nivel de detalle acojonante. Nada más lejos. Lo que pasa es que me dediqué a tomar notas de aquello que me parecía más gracioso o destacable. Bueno, pues para la jornada que nos ocupa no lo hice, así que la entrada de hoy se antoja escasa y sosa. Y encima sólo tiene dos fotos.

Y, por si fuera poco, hasta ayer yo tenía un borrador de este post con dos párrafos. Anoche me tiré hasta las dos de la madrugada escribiendo el resto desde la aplicación de Blogger (desde la PUTA MIERDA de la aplicación de Blogger) y cuando esta mañana he querido publicarlo, cerciorándome de que estaba todo en orden, la PUTA MIERDA de la aplicación dd Blogger me ha publicado el borrador de dos párrafos, dejando que todo el trabajo posterior se perdiese como lágrimas en la lluvia. Tras pasar media hora con la mirada de los mil metros y cagarme en muchos dioses de diferentes religiones y cultos, voy a intentar reescribirlo. Pero no soy Rainman, así que no prometo nada.

Nuestra última mañana comenzó prontísimo. Creo recordar que amanecimos a eso de las cinco de la mañana y, tras una ducha rápida y un nuevo vendaje, montamos en el shuttle bus del hotel con destino al aeropuerto.

Que, por cierto, el otro día me metí en un artículo de esos clickbait de Facebook en el que aparecían los diez aeropuertos más peligrosos del mundo según un estudio que se habían sacado de los huevos, y en el que nos encontrábamos ocupaba el tercer puesto. Y tiene su lógica, pues los japos serán todo lo listos y eficientes que tú quieras, pero lo de construir un aeródromo internacional en una isla artificial levantada de la nada en una zona donde los tsunamis, los terremotos (precisamente hubo uno en Osaka dos días después de nuestra partida) y los ataques de monstruos gigantes radiactivos, a pocas décadas de que el cambio climático ante el que no estamos haciendo NADA haga que el nivel del mar suba varios "os lo dijimos" se me antoja un poco temerario.

Pero no hubo que lamentar desgracias durante nuestra estancia allí. Lo primero que hicimos al llegar fue echar en un buzón de correos el enorme sobre que contenía el Wi-Fi portátil que tantas veces nos salvó el culo los días anteriores (pues incluso ciudades tan pequeñas y cuquis como Nara son auténticas colmenas en lo que a trazado de calles se refiere) y que recogimos el primer día en cuanto pisamos Tokio. El cacharro tenía su gracia: contaba con el tamaño de una cinta de casete gorda y se calentaba un huevo. Además, su batería no duraba todo el día, y más de una vez nos dijo "ahí os quedáis" antes de que estuviésemos de vuelta en el hotel correspondiente. A pesar de todo ello, nos vino bien para tirar de Google Maps, buscar sitios en los que meternos y jugar a Pokemon GO, por lo que le dijimos adiós con cierta emotividad (pero no mucha, que recuperar la fianza era más importante que aquel cacharro).

Lo siguiente que hicimos fue deshacernos de nuestra maleta grande tras pasar por una cola de facturación más rápida y eficiente que la que nos tocó soportar en Dublín el día que empezamos todo esto, y de ahí fuimos al control de seguridad aeroportuaria más laxo de la historia:

Uno está acostumbrado a los estrictos controles occidentales, donde te hacen despojarte del contenido de tus bolsillos, la mitad de tu ropa y toda tu dignidad antes de vaciar la maleta sobre la cinta transportadora (aunque después te la vayan a revisar igualmente por si llevas sangre de unicornio en ella o algo), donde tienes que jugar al Tetris con los líquidos al meterlos en esa raquítica bolsa de plástico en la que no cabe ni un escupitajo, y donde te van a meter mano si al arco le da por pitar. Y con esta idea en mente me dirigí al arco del de Osaka, para descubrir que todas las mierdas anteriormente descritas no van con ellos: cuando le dije al segurata de turno que llevaba un portátil en la maleta, el hombre me miró como diciendo "Y a mí, ¿qué?", y como lo único calificable como "líquido" que llevaba encima era el maravilloso Azunol que me estaba curando la mano, se lo enseñé a otra segurata de la fila (sin bolsa ni leches), quien a su vez se lo enseñó a su jefe, recibiendo de éste un encogimiento de hombros como única respuesta. Ella, a su vez, me alcanzó el bote de vuelta encogiéndose también de hombros, yo me encogí de hombros al recogerlo para no desentonar con aquel ambiente encogersedehombril, agarré mi maleta y me fui de allí. Y eso fue todo. Han pasado semanas de aquello y aún estoy flipando.

La siguiente pantalla del juego "Aeropuerto de Osaka" transcurrió en el control de pasaportes", al cual nos dirigimos un poco acojonados. Creo que ya he mencionado por aquí que a los guiris nos descontaban la parte de impuestos en muchos comercios, a condición de que los bienes adquiridos no fuesen consumidos dentro del país. Y para llevar la cuenta de lo que íbamos gastando, los comerciantes escaneaban un código QR incluido en el sello del pasaporte y pegaban los tickets de compra entre las páginas del mismo. El problema es que, entre otras cosas, yo llevaba puesta una camiseta adquirida a través de este método, y casi todo lo demás iba en la maleta facturada. Por ello, imaginábamos al encargado de turno como a una especie de agente de la Gestapo oriental ante quien se nos iba a caer el pelo por no poder declarar como intactos los bienes recogidos entre las páginas de nuestros pasaportes.

Pero no. En lo que constituyó un nuevo episodio de este "Te preocupas por nada" que es mi vida, el amable hombre sólo confirmó que las fechas del visado y el pasaporte estuviesen en regla y nos dejó pasar a la terminal de salidas, donde pudimos por fin disfrutar de nuestro último desayuno en la isla:

Hasta el sushi descongelado del aeropuerto está bueno en este país

Tras dar cuenta de lo que se ve en la foto anterior, montamos en una especie de monorraíl que nos acercó a nuestra puerta de embarque, y allí tuvimos que hacer un huevo de tiempo porque es posible que yo me pase un poquito con esto de ser previsor a la hora de calcular con cuánta antelación hay que ir al aeropuerto. Mientras esperábamos, y aprovechando que nos sobraban monedas, mi novia se ofreció a ir a la máquina de bebidas de aquel sitio para sacar algo. Me preguntó que qué quería, le dije que me sorprendiese y me sorprendió.

Pedazo de invento la cocacola clear, macho

Al rato tuvo lugar el embarque, que pareció más un sorteo extraño que otra cosa, habida cuenta de la gran cantidad de zonas y filas con que contaba el aparato. Una vez dentro, descubrimos que nos tocaba sentarnos en una fila de tres asientos a compartir con un hombre con el que mantuvimos un silencio incómodo durante las once horas y media que tardamos en llegar a Amsterdam.

Del vuelo en sí no puedo destacar muchas cosas. Se me hizo corto, me vi entre otras las pelis Una verdad muy incómoda (que se podría haber llamado Al Gore hace cosas 2) y Salyut-7, que me gustó mucho y va de dos cosmonautas arreglando cosas en el espacio para no morirse, tuve que cambiarme de sitio con mi novia porque el leviatán que tenía sentado delante echó su asiento para atrás y al tercero de la fila, vegetariano, le dieron de comer antes que al resto porque pidió menú especial, pero no se atrevió a tocarlo y estuvo esperando veinte minutos a que las atareadas azafatas sirviesen la comida al resto del pasaje hasta que pudo enganchar a una y decirle con un punto de pánico que su ensalada olía a marisco y él era de un alérgico que te cagas. Pero la azafata le tranquilizó diciéndole que aquel plato era marisco-free y que, en el peor de los casos, todos los integrantes de la tripulación sabían hacer traqueotomías.

Tras cruzar medio mundo de vuelta, aterrizamos en el aeropuerto holandés (sé cómo se llama pero no cómo se escribe exactamente, así que no voy a poner su nombre aquí. Que vale que tardaría menos en buscarlo que en poner esta excusa tan larga, pero mi blog funciona así. Punto), mi favorito hasta la fecha porque tiene DE TODO, y nos acercamos al McDonalds a por sendos happymeales (Dios bendiga las pantallas de autopedido que evitan que tengas que mirar a un empleado a los ojos para pedirle un menú de niños) y nos atiborramos de queso en una de las tiendas.

Un par de horas después embarcamos en el avión con destino a Dublín, y entonces el jet lag dijo "aquí estoy" y se quedó conmigo hasta el final de esta entrada.

Porque yo nunca he tomado drogas sintéticas, pero teniendo en cuenta lo que he oído al respecto, el rato que pasé a bordo del vuelo fue lo más parecido a un mal viaje de ácido (o a la escena de Dumbo borracho) que voy a experimentar: tras sumergirme en un estado de duermevela constante (del que mi novia me sacó durante cinco minutos para ingerir algo que nos dieron de comer o de beber), lo que veía dentro del aparato se confundía con los sonidos que llegaban a mis oídos, en una incómoda sinestesia que parecía no acabar nunca.

Y hablando de acabar, esta entrada se acaba aquí. Y no es que no quiera seguir contándoos mis mierdas (que también, pues os recuerdo que es la segunda vez que escribo esto gracias a la PUTA MIERDA de la aplicación de Blogger), lo que ocurre es que no guardo ningún recuerdo del aterrizaje, el paso del control de frontera dublinés, la recogida del equipaje y el traslado del aeropuerto a casa (para que luego digan que el jet lag son los padres). Nada de nada. Lo cual viene bien, porque así puedo meter un fundido a blanco sobre el que, si os fijás mucho, se puede leer la palabra "owari" que, según Google, significa "fin" en japonés.

Y dicho esto, vuelvo a darle al botón de pausa del blog. Bueno, al de pausa no. Mejor al de stop, que en mi casa siempre ha existido la creencia de que el botón de pausa jodía las cintas de vídeo.

Pues eso, que volveré en unas semanas, meses o años y mientras tanto voy a descansar de teclear y a disfrutar de los pequeños placeres que nos ofrece la vida, como volver a usar los abrigos que han pasado meses en el armario, fotografiar bosques disfrazados de otoño o leer la última payasada que haya tuiteado José Manuel Soto.

Hasta pronto.

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lunes, 27 de agosto de 2018

Big in Japan. Episodio IIIIIIIIII

En el que los protagonistas de la historia se chupan un viaje en tren detrás de otro como si esto fuese una puta novela de Agatha Christie.


Y llegó el día en el que nos tocó irnos de Nara. A ver, que no era plan de quedarnos en la ciudad de los ciervos para siempre, pero no me habría dolido demasiado dormir un par de noches más en el onsen quasiperfecto. Y alguno dirá: "y, ¿por qué no le das un 10 al lugar, que no has dejado de ponerlo por las nubes?" Pues porque para mí, las gilipolleces restan. Y la que vi pegada al espejo de la habitación era de las gordas:

Agua magnética, la favorita de los imbéciles que en su día pagaron por una powerbalance

Comenzamos el día bajando a desayunar al restaurante que albergaba el fabuloso buffet, donde yo confiaba en superar mi marca personal en lo relativo a la ingesta de bolas de arroz y pescado envueltas en hojas del día anterior. En esta ocasión, en el lugar se encontraba una cocinera que, al verme arramplar con el manjar, me indicó educadamente que no me comiese las hojas, y yo me sentí tan imbécil como un mesetario recién llegado a Murcia que se jala una docena de paparajotes sin recibir instrucciones previas mientras los locales le miran entre risitas y se dan codazos.

Poco más puedo destacar de aquel desayuno. Para seguir con la tradición, consistió en un cebatil de los de caminar ligeramente inclinado hacia delante de vuelta a la habitación porque en esas condiciones es imposible mantenerse erguido, y mientras daba cuenta de todo lo que podía comer descubrí por enésima vez que lo de masticar con la boca cerrada debe de estar mal visto entre la gente de este país o algo. Antes de irnos del edificio para siempre, pasé por un nuevo cambio de vendaje, y mientras mi novia retiraba la venda yo me acordé de la frase que los Eagles cantan en Hotel California, la de "this could be Heaven or this could be Hell". Frase, por cierto, que recuerdo también cada vez que voy al baño de mi oficina y me encuentro la tapa bajada.

Y aquello seguía teniendo una pinta fea (lo de mi mano, no el retrete de mi oficina), aunque no tan horrible como cuando me planté en el hospital de Kioto por segundo día consecutivo, que el pobre médico se encontró un panorama como el que va a haber en el Valle de los Caídos si al final se dan prisa con lo del unboxing (que la cosa va para largo, pero soñar es gratis).

Una vez aplicada una venda nueva que me permitiese tirar de maleta, nos hicimos a la calle con destino a la estación de tren (que estaba a veinte metros del onsen, mira tú qué paseo más tonto), y en la propia plaza que tuvimos que atravesar descubrimos a un trío de japoneses tocando las claves como cuando las campanas del pueblo doblan a muerto, en lo que parecía una especie de performance religiosomística.

Porque no lo he mencionado hasta ahora, pero considero (y a lo mejor me meto en un follón por ello) que la religión y la espiritualidad en Japón son como ese pantalón de chándal viejo que tienes y que sólo te pones para estar en casa cuando sabes que no va a venir nadie de visita. Llevo semanas con la frase anterior clavada in my mind, y con una explicación bastante coherente para semejante argumento. Peeeero... como soy así de vago y he dejado las entradas para muy adelante, lo de razonar mi respuesta se ha ido borrando como los McFly en las fotos de Regreso al fututo.

Así que voy a intentar explicarme, pero no esperéis una disertación maravillosa.

No me ha parecido ver que haya una institución religiosa que se les meta a los japoneses hasta la cocina, como nos ha pasado en occidente desde hace siglos. Aquí adoran al dios que más les conviene en cada momento, se acercan al altar que tienen en el barrio a echar unas monedas en la fuentecilla y ya han cumplido con la cuota de fe diaria. Sin despeinarse.

No sé si me explico, pero hace calor y la cabeza no me da para desarrollar más el tema.

En fin, que subimos al tren con destino a Osaka y el trasto se puso en movimiento, serpenteando entre campos de arroz de los que pude sacar un par de fotos sin valor artístico alguno...

Foto de campo de arroz sin valor artístico alguno 1

Foto de campo de arroz sin valor artístico alguno 2


...y ríos feos de cojones porque están todos canalizados. Cada nueva parada en el trayecto era anunciada por megafonía por una voz triste como la del coche eléctrico que salía en Los Simpsons, como por ejemplo la de Kyuhoji. La destaco porque pude ver desde la ventanilla de nuestro vagón que en el andén de la misma había zonas de espera sólo para mujeres. Pero no tengo una foto de ese detalle. En su lugar, me dediqué a retratar un puto edificio cercano, que no tiene mucho interés, pero lo voy a colar aquí:

Puto edificio

De lo que también hice una foto es de un curioso cartel que pedía a los pasajeros de forma muy kawaii que no se comportasen como hijos de puta:

A mí, si me lo piden con dibujitos, soy capaz hasta de invadir Polonia. Bueno, en este caso Manchuria

Tras no recuerdo cuánto tiempo, llegamos a la capital osaqueña, donde tuvimos que cambiar de tren para llegar al hotel (porque somos previsores, y viendo que el vuelo de vuelta iba a ser MUY pronto por la mañana y el aeropuerto de Osaka está MUY apartado del centro, optamos por buscar un alojamiento cercano al aeródromo, aunque esto nos supusiera perder medio día metidos en el tren). El nuevo tren se dividía en dos a mitad de trayecto, y para evitar que acabásemos donde no debíamos, tuvimos que cruzarnos casi todos los vagones mientras arrastrábamos las maletas, terminando en uno que olía a mierda.

Hago un pequeño inciso para comentar algo no relacionado en absoluto con la entrada de hoy: la gente que se descalza en el aeropuerto mientras espera que llegue el momento de embarcar merece la muerte.

Nos bajamos en la estación correspondiente y al salir descubrimos que el edificio del hotel era mastodóntico, y que no aceptaban huéspedes nuevos antes de las dos de la tarde, por lo que dejamos las maletas en recepción y nos volvimos a Osaka en un nuevo tren.

¿Sabíais que el rail pass que habíamos comprado antes de ir a Japón para no tener que pagar por viajar en tren no cubría aquél en el que nos encontrábamos? Pues nosotros no lo sabíamos, y fue un agente de estación el que nos indicó amablemente, cuando le enseñamos sendos pases con la idea de que nos dejase salir de la estación, que de eso nada, monada. Y que bien en efectivo, bien con tarjeta, nos tocaba apoquinar. Amablemente, he dicho.

NO COMO LA MIERDA DE LOS SEGURATAS DEL METRO DE PARÍS, que nos cascaron dos multas de padre y muy señor mío hace unos años porque nos metimos con las maletas en una estación sin validar los billetes que habíamos comprado. Pero vamos a ver, monsieur Touchemoilesoeufs, que dos días atrás hicimos la misma jugada cuando la chica de ventanilla nos abrió la entrada de minusválidos para poder pasar con los maletones. Que hemos pagado el billete. Regarde, joder, regarde.

Bueno, pues aquella vez no hubo manera. La escena me causó un trauma que, como habéis podido cerciorar al ser testigos de este flashback tan chungo, aún no he sido capaz de superar. Menos mal que en la estación nipona la cosa terminó bien y pudimos dirigirnos civilizadamente hacia el parque del Castillo de Osaka con la idea de visitar... el castillo. Sin sorpresas.

Antes de llegar a la fortaleza, hicimos un alto en una pequeña cafetería que por dentro parecía un restaurante de carretera nacional a su paso por Castilla-La Mancha (pero sin moscas) y nos comimos dos platos de algo así como tortilla rellena de arroz. No me preguntéis cómo se llamaba aquello porque estoy escribiendo en pleno vuelo Madrid-Dublín y no tengo forma de buscar el nombre.

Mis vistas en estos momentos. Por si no me creéis

Tras comernos "aquello", nos encaminamos hacia el castillo, cruzando el parque anteriormente mencionado, el cual debió de servir de inspiración para el campo de fútbol de Oliver y Benji, porque el hijoputa no se acababa nunca. Llegados a la entrada del castillo, mi novia y yo debatimos sobre si valía la pena pagar la entrada para verlo por dentro o si debíamos irnos directamente a Nipponbashi y echar el resto del día viendo cosas frikis. Al final acabamos entrando. Y valió la pena, que dentro hay un montón de armas, armaduras, cuadros y demás parafernalia que uno se espera encontrar cuando entra a un castillo pagando.

Y de allí, a Nipponbashi (que si nos tocó andar un huevo para ir de la estación al castillo, el camino de vuelta equivalió a otro huevo similar). Las calles de este distrito contaban con multitud de tiendas en las que poder agenciarse con todo lo que no cayó en Akihabara. También había multitud de tiendas de manga, y esto me vino bien porque soy un muchacho cumplidor que semanas antes de iniciar este viaje le aseguré a un amigo holandés, medio en broma medio en serio, que compraría para él en Japón un ejemplar de cómic para adultos. Con tentáculos.

Y no fue fácil dar con dicho ejemplar, pero si uno está dispuesto a cruzar las secciones de las librerías cuya entrada está prohibida a menores de dieciocho años y a navegar en un mar de publicaciones eróticas de dudoso gusto y aún más dudosa moral, puede acabar encontrando lo que buscaba. Estoy deseando ver qué cara pone el holandés.

¿Qué? ¿Que queréis ver una foto del cómic? Estáis enfermos, joder.

Por allí tambien había varios puestos de melonpan, por lo que di rienda suelta a mi golosería con la excusa de que nos quedaba poco en el país. Esta ingesta no impidió que desease con locura jalarme un último okonomiyaki antes de poner Eurasia de por medio, y como mi novia compartía este sentimiento conmigo, nos adentramos en las bulliciosas calles del centro de Osaka en busca de algún restaurante que lo preparase.

Tuvimos que descartar uno demasiado lleno con una cola de gente interminable a la entrada, y acabamos metidos en otro que parecía una tasca. Los cocineros, manteniendo un ritmo de trabajo frenético que hacía que aquel sitio pareciese el plató de El Hormiguero bañado en cocaína, gritaban no sé qué de vez en cuando y yo me lo pasé en grande viéndoles trabajar así al tiempo que flipaba un rato, porque yo echo siete horas y media en una oficina y a media mañana ya parezco el perezoso de Zootropolis.

El restaurante nos satisfizo no sólo por lo entretenido del lugar, sino por semejante maravilla gastronómica:

No voy a dar detalles porque no es asunto vuestro, pero me ha costado UN HUEVO conseguir meter aquí esta foto. Así que más os vale disfrutar de ello


Cuando nos terminamos lo de la foto de arriba nos dirigimos a la estación de tren para volver al hotel. Por el camino hice una foto de este cartel y no recuerdo por qué (y os juro que me encontraba sobrio):

¿?

El camino de vuelta fue un coñazo. El tren tardó un huevo en aparecer y el interior del vagón olía a bodega porque sus pasajeros se habían dedicado a dejar la ciudad seca en lo que a existencias de sake se refería (aunque tenía su gracia ver a alguno tratar de mantener el equilibro agarrado a la barra. Recordad: los borrachos tienen gracia; los alcohólicos, no). Además, cuando nos disponíamos a hacer el trasbordo y montar en el dichoso ferrocarril (es que he usado la palabra "tren" demasiadas veces hoy) de pago con destino al hotel, descubrimos que el último de la noche había salido hacía media hora. Un vigilante de la estación nos respondió con un escueto "taxi" cuando le preguntamos por alternativas para dirigirnos al área del aeropuerto, y siguiendo su consejo fuimos a la parada que había en la puerta de la estación.

Los taxis japoneses son la hostia. No sé si es por motivos legales, turísticos o qué, pero son vehículos antiquísimos (con amortiguadores antiquísimos gracias a los cuales cada bache en la carretera se traduce en un estupendo masaje de perineo) que tienen visillos por todas partes: en los respaldos, en el reposacabezas, en el salpicadero, en la bandeja de atrás... Y los taxistas visten uniforme que incluye gorra y todo. De hecho, cuando nos adentramos en el vehículo pensé que si le pedíamos que nos llevase a la Plaza de Oriente para ver al Caudillo en lugar de al hotel, el conductor no se habría extrañado lo más mínimo. Una vez en el hotel recogimos las maletas y la llave y subimos a nuestra habitación, parando antes en el conbini que había dentro del propio edificio y haciéndonos con diferentes guarradas que nos servirían de desayuno a la mañana siguiente en caso de no poder sentarnos como es debido a disfrutar de mi comida preferida del día:

Guarradas varias

Y en eso consistió nuestro día en Osaka. Lo último que hice aquella noche fue esta foto desde la habitación del hotel:

Antes, todo esto era campo. O arrozales

Y a dormir. Pero sólo cuatro horas, que al día siguiente nos tocaría madrugar MUCHO. Ya os contaré.

P.D.: Omuraisu, coño. Se llama omuraisu. No lo busquéis vosotros, no. No sea que os vayan a entrar agujetas o algo.


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