jueves, 1 de enero de 2026

2025: doce meses, doce histerias

En enero fui con mis padres a un concierto porque soy muy culto: un dúo de piano y violín en el que se interpretaron piezas de compositores españoles que no conocéis. Sentado en la tercera fila, me tocó soportar durante la primera mitad de la actuación a la familia que ocupaba los asientos de delante, integrada por dos adolescentes y cuatro o cinco adultos. Sus constantes cuchicheos, risitas, chequeos de teléfono móvil e intercambios de gominolas se unieron al dolor de cabeza que llevaba jodiéndome toda la tarde y me impidieron disfrutar en condiciones de las obras ejecutadas por la violinista y la pianista. Pero lo peor vino en el intermedio. Libres del yugo silenciador al que se habían visto sometidos durante más de media hora, los familiares aprovecharon aquellos minutos para conversar a volumen de barra de bar. Una de las adolescentes dejó caer que estaba viendo la recién estrenada segunda temporada de El juego del calamar y que aún tenía pendiente visionar la mitad de sus episodios. Quien estaba sentado junto a ella, gracioso gilipollas, empezó a chinchar a base de soltarle spoilers de la misma. Y yo, que me encontraba justo detrás, y que había acordado con mi novia que también la veríamos una vez volviese de mi viaje por tierras castellanas (ser muy culto no le impide a uno disfrutar de estas cosas), tuve que huir de mi butaca durante el resto del intermedio porque la única alternativa habría sido endiñarle una hostia, pues a aquellas alturas mi cabreo me impedía solicitarle de forma educada que dejase de joder.

En febrero compré por internet cinco kilos de proteínas en polvo. Debido al importante gasto efectuado, mi pedido incluía tres regalos: dos muestras de proteínas y una chocolatina. La empresa de mensajería encargada de enviarme el pedido a casa, DPD, es considerada aquí la peor de todas con diferencia, y en esta ocasión se encargaron de hacer todo lo posible para mantener tan infame título. Para empezar, el repartidor dejó pasar 15 escasos segundos desde que llamó a mi telefonillo hasta que salió corriendo de mi portal asumiendo que allí no había nadie, no dándome tiempo a responder y abrir. Al día siguiente tuve que ir a recoger mi paquete a una oficina situada a dos kilómetros de mi domicilio (aunque hay varios locales más próximos donde podía haberse producido dicha recogida). La dependienta, tras explicarle de doce veces diferentes al yayo que se encontraba antes que yo en la cola que se había equivocado de oficina y que su puto paquete estaba en otro sitio, me advirtió de que el mío había llegado roto y abierto. Yo, que sabía que no podría reclamar nada en el momento porque aquella pobre mujer no tendía ni voz ni voto en el caso, me encogí de hombros y me llevé la destrozada caja, confirmando una vez fuera tal y como me temía que, efectivamente, la chocolatina había desaparecido. Y, para más inri, la única opción que ofreció DPD fue el envío de un mensaje vía formulario en su web al que "responderían a la mayor brevedad posible". Estoy escribiendo esto a las dos semanas de la incidencia y aún no sé nada de ellos.

Foto denuncia

En marzo decidí que, de una vez por todas, procesaría las fotos que saqué durante un viaje a Malta que hice con mi novia y una amiga meses atrás y otro viaje a Japón que hice con mi novia y mi hermano año y medio atrás. Todo este tiempo sin usar Lightroom y Photoshop provocó que, al intentar abrirlos, Adobe me hiciese saber que su software requería de varias actualizaciones pendientes. Acepté, y descubrí entonces con horror que las nuevas versiones de sus productos estaban hinchadas a reventar de funcionalidades que yo no necesitaba, incluyendo, cómo no, puta inteligencia artificial por doquier. Mi ordenador, pese a ser un Lenovo bastante decente, no fue capaz de manejar aquel exagerado bloatware, y tras diez agónicos minutos en los que Lightroom intentó sin éxito cargar la primera de las cientos de fotos que tenía que tratar, concluí que tocaba renovar hardware y adquirir un ordenador nuevo.

En abril me picó una avispa. Y no estaba haciendo nada malo para que el karma me castigase de esa manera, no. Estaba yendo al gimnasio. A las seis y media de la madrugada. Es que no me jodas. Durante el trayecto en bici noté una sensación ardiente por encima de mi empeine izquierdo. Cuando paré mi vehículo y tiré de la lengüeta de mi zapatilla de deporte, el puto insecto salió de allí confirmando que el dolor era debido a su agresión.

En mayo sufrimos una invasión de hormigas. Una tarde de viernes, en el momento en el que el repartidor que traía la cena llamó a nuestro telefonillo, mi novia y yo descubrimos un reguero de estos bichos que, comenzando en un pequeño hueco de la puerta que da al balcón, pasaba bajo el tendedero y el sofá, rodeaba la lámpara de pie y la zona donde nuestros gatos Pulga y Piojo tienen el agua y la comida, cruzaba el arcón en el que guardamos el café y la fruta y llegaba a un armario y un cajón. En estos dos destinos, las hormigas echaron a perder, entre otros, dos tarros de miel a medias, paquetes de galletas empezados y bolsas de frutos secos. Nuestro salón parecía la casa de los Buendía en cierto punto de Cien años de soledad que no os suena familiar porque cuando la trama llega a ese punto vosotros ya os habéis cansado de leer. Durante media hora, y armados con aspirador y spray matamoscas que lleva en mi casa no sé cuántos años, tuvimos que enfrentarnos a aquel ejército de insectos mientras la cena se enfriaba sobre la encimera.

En junio fui de visita a Valladolid. El vuelo de vuelta a Austria hacía escala en el aeropuerto de Munich, y contando con que tenía tiempo de sobra antes del siguiente despegue, decidí que, en vez de almorzar de pie un trozo de vete a saber qué precalentado y servido en un plato de cartón, me sentaría a una de las mesas de lo más parecido a un restaurante que hay en aquel no-lugar. El establecimiento (Käfer se llama, por si queréis comprobarlo), pese a no estar muy concurrido, estaba atendido por un grupo de camareros que competían por ver quien tenía menos prisa. Esto provocó que me tocase esperar un buen rato hasta que se me asignó un sitio, otro buen rato hasta que me trajeron el menú, un buen rato más hasta que me tomaron la orden y varios buenos ratos hasta que me sirvieron la comida. Comida que, según el menú, consistía en un desayuno "jardín inglés" con tres huevos revueltos, "hierbas", tres salchichas fritas al estilo Nuremberg, una cesta de pan y mantequilla alpina. A lo enumerado añadí bacon y un café. ¿Suena a cebatil? Pues me sirvieron esto:


Lo bueno de que la raquítica ración es que, cuando me tocó dar cuenta de ello a la puta carrera por culpa de todos los buenos ratos de espera so pena de perder mi vuelo, pude acabar prontó y así apenas me tocó soportar a la cría de la mesa de detrás que no paraba de correr junto a mí y al imbécil de la mesa de al lado que decidió ponerse a ver putos reels en su móvil a todo volumen.

¿Que cuándo pagué por tan irrepetible experiencia? Echad un ojo y echad unas risas:


En julio mi novia y yo compramos cena de McDonalds única y exclusivamente porque el menú de niños venía con animalitos de Playmobil. Mi novia eligió la alpaca. Yo elegí la orca por razones obvias. Tras hacer el pedido, pagar y esperar la entrega del mismo, descubrimos horrorizados que, en vez de los anhelados animalitos, nuestro pedido incluía dos putos cuentos en alemán. Perdón, un puto cuento en alemán dos veces:


Y no, no les quedaban animalitos, que mi novia se molestó en preguntar.

En agosto quise jugar un rato a Pokémon Pinball en la consola portátil emuladora que mi novia me regaló hace un par de cumpleaños y que llevaba meses olvidada en una estantería del salón. Tras encenderla, el cacharro no respondía como era de esperarse, y es que la micro SD que contenía todo el software había decidido pasar a mejor vida. De nada sirvió que tratase de recuperar el contenido de la tarjeta desde diferentes sistemas operativos utilizando multitud de programas de recuperación de datos y comandos que sigo sin saber muy bien para qué servían. Aquella micro SD había muerto. Y con ella, récords de miles de millones de puntos en Pokémon Pinball y la mitad de una pokédex.

En septiembre (a finales) volé a España para pasar unos días en Valladolid. El vuelo Viena-Madrid tuvo lugar a la hora perfecta desde el punto de vista de quien ha dormido poco la noche anterior y necesita una siesta. Sin embargo, los dos austriacos que viajaban a mi lado en nuestra tríada de asientos decidieron mantener durante todo el trayecto la conversación a más volumen en la historia de la comunicación humana, durante la cual uno de ellos se dedicó a berrear incomprensibles diatribas a las que el otro (el que tenía al ladito, para más inri) reaccionaba cada par de segundos exclamando afirmativamente "JA, JA" (bueno, mejor dicho "JO, JO" porque así es como suena con acento de Austria). Obviamente, no pude dormir siesta, y aunque eché mano de mis auriculares para evadirme del jaleo, aquel escandaloso diálogo siempre quedaba por encima del máximo volumen que podía darles.

En octubre (a primeros) volví a Austria. La idea original consistía en aterrizar en Viena, tomar un tren del aeropuerto a la capital y, desde aquí, servirme de un segundo ferrocarril que me llevaría a mi ciudad. El problema es que este segundo convoy, procedente de no recuerdo qué país de Europa central, venía con retraso. Un retraso que aumentaba cada vez que miraba el panel de horarios de la estación. Esta incidencia se traducía en que, en lugar de los cuarenta minutos programados, tendría que esperar casi tres horas en la estación central de Viena. Y por si no lo sabíais, lo más divertido que uno puede hacer un sábado por la noche en la estación central de Viena es arrojarse a las vías. Por ello, compré un nuevo billete del primer tren que saliese en dirección a mi casa, tendiendo así que aguantar sólo una hora en la terminal vienesa. Al día siguiente rellené el formulario correspondiente para solicitar la devolución del importe, habida cuenta de las circunstancias, y recibí una respuesta automática advirtiéndome que determinadas tarifas (y la mía lo era) no permitían reembolsos, y que de ser el caso no me molestase en insistir.

En noviembre me reuní con varios ex-compañeros de trabajo y fuimos a cenar a un restaurante. Al sentarnos a la mesa, la camarera nos indicó que el menú se podía consultar a través de código QR, y que la propia web permitía pedir bebidas y raciones, pero que ella también podía tomar la orden personalmente. Debido a que, oh sorpresa, la web no terminaba de procesar mi pedido (el resto de comensales no tuvo ese problema), terminé por encargar mis viandas a aquella mujer. Llegado cierto momento de la noche, y ante la envidia que me dio la ración de patatas fritas con carne que una de mis ex-compañeras había pedido, quise hacer lo mismo, pero la camarera se encontraba desaparecida. Intenté entonces darle otra oportunidad al puto QR, y parece ser que el pedido se tramitó correctamente. Sin embargo, nadie me sirvió una ración de patatas fritas con carne aquella noche. Y lo peor es que, cuando tocó pagar la cuenta y se repartieron los gastos, la camarera preguntó que quién había dejado a deber una de patatas fritas con carne.

En diciembre colgué una balda en la entrada de casa para depositar guantes, bolsos y demás morralla que uno se quita al cruzar la puerta y no puede colgar del perchero existente. Esta balda es ahora lo primero que se ve al entrar. Y está torcida.

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