Los locales de comida rápida, con su yanki concepto eat it and beat it (algo así como "cómetelo y lárgate"), son acérrimos enemigos de la mediterránea sobremesa. Aunque esta cultura (por llamarlo de alguna forma) apresurada me da un asco impresionante, he de reconocer que soy el primero que pone mala cara cuando descubro a alguien ocupando un sitio sin consumición o tras haber dado cuenta de la misma en aquellos casos en los que hay gente esperando para hacer lo propio que no tiene donde sentarse. Considerando los principios expuestos en esta introducción tan rara, ¿por qué llevo veinte minutos sin más quehacer que calentar la silla de un Burger King ante los restos de una comida que he finalizado mucho tiempo atrás?
Pues por justicia. Y es que considero que me corresponde un buen rato extra de ocupación espacial tras haber pagado VEINTICINCO eurazos por un menú (que no sé cuándo leeréis esto, pero en dos mil veintiséis eso es MUCHO dinero para lo que viene siendo un triste menú de Burger King). La explicación a este insultante atraco es de tipo geográfico: me encuentro en un aeropuerto (éste será recordado como el año que pasé haciendo tiempo en aeropuertos). Concretamente, el aeropuerto de Zúrich; y de todos es sabido que Suiza tiene dos cualidades principales: ser la hostia de aburrida (diga lo que diga cierto taxista tailandés) y ser la hostia de cara.
No es la primera ni la segunda vez que paso por el aeródromo helvético. Meses atrás, este sitio fue el escenario de sendas escalas durante la ida y la vuelta de un viaje sobre el que me estoy planteado hablar durante los lunes de verano. Ser capaz de sacar catorce entradas más o menos alusivas se me antoja asequible, habida cuenta de todo el calendario que queda por recorrer hasta llegar al estío. Aún es febrero, y podría tomar la nieve que castiga las pistas de aterrizaje como una señal divina que me empuja a comenzar la tarea. Pero yo no creo en señales divinas. Bueno, un poco sí.
Y es que, ¿sabéis dónde nieva también? En El eternauta.
Lo más probable es que se os escape esta referencia, y no os culpo. Yo no estaba al tanto de su existencia hasta que Netflix sacó la serie, y antes de que terminase de ver su tráiler ya estaba encargando el cómic en el que se basa.
Una vez me ventilé sus páginas hice lo que suelo hacer en estos casos: prestárselo a mi amiga Lucre (si seguís este blog con un nivel de atención ante el que debería preocuparme, recordaréis que Lucre, su marido y su hermana nos acompañaron a mi novia y a mí en la visita a la rarísima fábrica de chocolate allá por dos mil veinte). Resulta que El eternauta y Lucre comparten nacionalidad. Y yo, realizando el mismo ejercicio de estereotipación del que no me siento especialmente orgulloso que cuando le recomendé el libro Nuestra parte de noche y la peli Argentina, 1985, asumí que le gustaría, dada la coincidencia ("Lucre, El eternauta es argentino como tú, así que seguro que te gusta", le dije).
Lucre ya conocía esta obra de Héctor Germán Oesterheld (quien, por cierto, desapareció a manos de la dictadura de Videla, que nunca viene mal recordarlo. Niños, aunque los youtubers de mierda a los que seguís digan lo contrario, las dictaduras militares son malas), y una vez se ventiló sus páginas se acercó a mi casa a devolvérmelo. Con respecto a si le gustó o no, su juicio fue bastante parecido al mío: está bien para su época. Pero su opinión acerca de El eternauta no es lo que quiero destacar de la breve interacción que mantuvimos en la puerta de mi pisazo. Me dijo, además, que iba a pasar diez días repartidos entre Mar del Plata y Buenos Aires visitando a su familia, que los billetes le habían costado sólo setecientos euros (que no sé cuándo leeréis esto, pero en dos mil veintiséis eso es MUY POCO dinero para lo que viene siendo un billete de avión a Argentina) y, lo más importante, que me invitaba a unirme.
No era la primera ni la segunda vez que Lucre me hacía tal propuesta. Sabedora de que yo me moría de ganas de conocer su país, aprovechaba sus viajes anuales o bienales para preguntarme si yo también quería apuntarme. Pero, maldita sea la la casualidad, siempre había otros planes que yo no podía cancelar. Y la ocasión que nos ocupa no fue una excepción, pues ya me había comprometido a cuidar de Gata durante varios días que coincidían con la semana y media que Lucre pasaría allende el Océano Atlántico.
Así que Lucre se llevó la misma respuesta que, tres años antes, se llevó mi amigo Jorge cuando me dijo de ir con él a Tailandia, Camboya y Vietnam:
—Lo siento, pero no.
Y, al igual que ocurrió cuando lo de Jorge, me puse a darle vueltas y acabé convencido de que no podría perder la oportunidad. Además, mi novia (que, maldita sea la casualidad, tampoco habría podido unirse) tuvo a bien hacerse responsable de Gata, por lo que lo único que se interponía entre Argentina y yo eran doce mil kilómetros de tierra y agua. Eso, y que aún no había adquirido un billete de avión cuyo precio ya sobrepasaba por aquel entonces los mil doscientos euros. A cinco céntimos el kilómetro, considerando ida y vuelta.
Vergüenza me da reconocer que me he pasado más tiempo del que debería calculando lo del párrafo anterior y que no tengo muy claro que el resultado sea correcto. Esperad, que lo confirmo:
![]() |
| Q.E.D. |
Todo en orden, sigamos.
Desembolsar tanta pasta me hacía algo de pupita, pero merecería la pena. No sólo eso, sino que Lucre, haciendo cábalas en varios buscadores de billetes, dio con una combinación de escalas muy parecida a la suya por cien euros menos del precio que yo había encontrado. Así que el kilómetro saldría a... Bueno, da igual.
Total, que Argentina me esperaba. Durante las siguientes semanas, Lucre se curró la preparación de lo lindo. Entre otros detalles, compartió conmigo una lista de Google Maps con lugares interesantes que podríamos visitar (de los cuales la mayoría eran locales de empanadas) al tiempo que investigaba opciones de movilidad. Yo, por mi parte, adopté el papel de "instalación de Windows" y le dije que "sí a todo" cada vez que me preguntaba si este sitio o aquel plan de ocio me parecían bien. Lo único que hice de cara a mi estancia allá fue comprar dos cajas de pastas surtidas en el Adolfosuárezmadridbarajas para regalarle a sus padres y a su abuela. Unas cajas bonitas, sí, pero nada del otro mundo.
Qué básico y qué poco detallista que soy a veces, la verdad.
Llegó así el día del viaje y, tras éste, transcurrieron otros diez llenos de experiencias en un país en el que no había estado nunca. Pero (y retomo mi debate interior), ¿merecería la pena teclear acerca de ello? Quizá no una cronología como cuando estuve en Japón o en Dubai (algo que acaba siendo un coñazo para mí que tengo que relatarlo y para vosotros que tenéis que leerlo). Podrían ser artículos sueltos con anécdotas independientes, alguna que otra lista e idas de olla indirectamente relacionadas. Las cosas como son, acabo de lograr escribir una entrada entera en la que únicamente me he metido con la propuesta de Lucre y los preparativos posteriores. No, si está claro que cuando me propongo estirar un chicle...
De repente, dos hombres que se acercan a la mesa de al lado me sacan de mis propios pensamientos y me devuelven al aeroportuario Burger King en el que terminé de comer hace ya demasiado tiempo. Conversan en español, pero su acento, que no es de España, me hace pensar por segunda vez si en realidad existen las señales divinas (sí, son argentinos, que lo tengo que explicar todo, joder). Uno de ellos porta una bandeja con un menú (VEINTICINCO eurazos, insisto. Qué piratas, los suizos) y se sienta con la intención de jalárselo, mientras que el otro le hace saber que va a acercarse al local que hay enfrente porque él prefiere adquirir "un sanguchito".
Este vocablo hace que mi cerebro vuelva a pasearse entre los recuerdos de mi viaje. Pienso en aquel sanguchito que me comí yo una tarde del pasado noviembre, con la hermana y el cuñado de Lucre, sentados en el banco de una plaza marplatense, después de unas horas en la playa mirando a las olas entre bocados de churros y sorbos de mate. Y concluyo que sí, que os podéis ir preparando porque este verano os voy a dar la turra con mi viaje a Argentina.

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