lunes, 29 de junio de 2026

En otro hemisferio. Muchas respuestas a una pregunta

Un submarino (aunque esto ya deberíais saberlo, que lo conté en la anterior entrada), un monumento a San Salvador (patrono de los pescadores) que desde la escollera sur da la bienvenida a los barcos que llegan a puerto,


una pescadería con la mayor variedad de pescado que he visto en mi vida, pescadores que preparan sus redes y aparejos ante la mirada de un curioso lobo marino,


un restaurante de pescado frito junto al puerto que sirve raciones para cinco personas, un restaurante vasco que sirve tortillas de patata rellenas descomunales,


un frontón escondido dentro del restaurante vasco,


un restaurante-pizzería en el que es posible comprobar que el fernet con cocacola sabe mucho a pomelo, una cafetería ubicada en el piso vigésimo noveno de un apartotel cuyos comensales están más preocupados por sacar fotos de las vistas que por dar cuenta de sus consumiciones,


una cafetería con muchas alusiones a Japón que tiene grabado láser hasta en las sillas porque el dueño lleva años dedicándose a ello, un bar que también es sala de recreativas con una carta de bebidas que juega con la nostalgia de mi generación, una cafetería bastante pija en la que es posible desayunar medialunas rellenas,


una escultura de un pato que cada temporada renueva colores con los que representa a algún conocido negocio, un anuncio de Adidas en la misma plaza en la que se encuentra la catedral en el que sale Leo Messi cuya altura casi supera a la de la propia seo, una gigantografía dedicada al portero Dibu Martínez (a quien por cierto le han dedicado también un dinosaurio), dos equipos de fútbol de hinchadas irreconciliables: el Club Atlético Alvarado (de colores azul y blanco) y el Club Atlético Aldosiví (verde y amarillo),  un mercado de pulgas (o al menos el cartel que lo anuncia),


una tienda de artículos del hogar cuyos empleados tienen una curiosa y minimalista forma de interpretar el concepto "para regalo",


una tienda de artículos de deporte cuyos empleados tienen una aún más curiosa y minimalista forma de interpretar el concepto "para regalo" que consiste en meter el producto en una bolsa de plástico sin más, un comercio que estaba cambiando el cartel de la entrada cuando pasé por delante,


un supermercado con un pasillo entero dedicado al dulce de leche en el que se pueden comprar bloques de membrillo de varios kilogramos de peso, una cadena de supermercados que ha copiado de forma más que evidente a Mercadona y se llama Mercalito,


una heladería en un centro comercial que sirve helados que miden palmo y medio desde lo alto hasta la punta del cucurucho, otra heladería en la que se tarda más en leer todas las variedades de helado disponibles que en ser servido, una tienda de golosinas a granel que vende sugus de sabores de los que ni siquiera había oído hablar, una tienda de artículos de motocicleta que también es cafetería, un local que vende sanguchitos de miga cuyo nombre nadie es capaz de recordar (algo con "poemas", creo), una cadena de churrerías que se llama Manolo,


otra cadena de churrerías que se llama El topo y que tiene parte del cartel bocabajo a propósito,


un calendario en medio de una plaza hecho con piedrecitas que un funcionario del ayuntamiento se encarga de poner en fecha cada madrugada, un vendedor ambulante de lo que creo que eran arepas que llevaba toda la mercancía sobre la cabeza y se movía demasiado rápido para que pudiese hacerle una foto, una feria de galletitas a la que acudieron la reina y las damas de honor de la ciudad y en la que uno podía hacerse con muestras hasta empacharse, una playa en barbecho esperando a ser invadida por bañistas de todo el país en cuanto arranque el verano,


otra playa en la que la única zona de sombra tiene prohibido el acceso a bañistas por encontrarse demasiado cerca de un ruinoso acantilado, un socorrista que pasa más tiempo riñendo a los niños que juegan con los conos que delimitan la zona prohibida que vigilando a los bañistas, un vendedor ambulante de churros que recorre la playa con su mercancía, el frío Océano Atlántico,


un conductor de autobús con prisa que arranca a toda hostia cuando aún no he terminado de entrar en el vehículo y al que no le importa que de tres pasajeros uno viaje gratis porque el sistema sólo puede procesar dos billetes, una calle llena de baches que hacen saltar a los pasajeros de un autobús en sus asientos cuando éste pasa por encima a toda hostia, una avenida en pendiente que los locales comparan (no sin cierta sorna) con San Francisco, una enorme y brutalista gasolinera ubicada en un aún más enorme y brutalista parking,


una versión del paseo de la fama de Hollywood en el que han dejado sus huellas celebridades de la talla de Raphael o Xuxa, un bloque de pisos de más de cien metros que en lo alto tiene un enorme cartel luminoso con las letras H, A, V, A, N, N, y A (una de ellas, no recuerdo cuál, fundida) en referencia a la marca de alfajores, un museo de arte contemporáneo en cuya entrada se encuentra una enorme estatua de un lobo marino hecho con laminas metálicas doradas que representan alfajores, una cuenta de Instagram que publica a diario fotos de una esquina aleatoria de la ciudad y que premia a quien diga primero a qué dos calles pertenece, garitas para vigilantes de seguridad en las esquinas de los barrios más pijos, estudiantes que recorren las calles de la ciudad metidas en el abierto maletero del coche para celebrar el haberse graduado (en Argentina dicen "recibirse" en vez de "graduarse" y mi cerebro nunca ha sido capaz de procesar esta diferencia),


un salón de máquinas recreativas que cuenta con su propia pista de coches de choque y un hospital materno infantil cuya entrada constituye el sitio menos sospechoso para que Lucre y un desconocido puedan intercambiar monedas de colección sin que parezca que están traficando con droga.

Eso es lo que, así a botepronto, puedo responderos si me preguntáis que qué descubrí en Mar del Plata.

Bueno, y plantas y animales, pero de eso os hablaré más en detalle la semana que viene.

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