Vale que hace un par de semanas aseguré que no iba a convertir el contaros mi viaje a Argentina en una sucesión cronológica de hechos. Insisto en que una historia de las de "y pasó esto, y luego pasó esto otro, y después esta otra cosa..." acaba agotando a quien la lee y a quien la escribe (ejem, ejem). Sin embargo, considero que mis primeras horas en el país fueron tan completas que voy a hacer una excepción, confiando en que a lo largo de la tarde de tecleo que tengo por delante se me ocurra alguna gracia que colaros. Vamos allá.
Aunque Lucre y yo partimos de São Paulo en sendos vuelos que tuvieron un embarque casi simultáneo (detalle que dejé caer en mi anterior entrada), el mío debió pillar un atajo o algo, pues aterricé media hora antes que mi amiga. Media hora que pasé, al llegar a Buenos Aires en calidad de extranjero, haciendo cola de ésas en zigzag para poder enseñar mi pasaporte. Finalmente, cuando me llegó el turno de enfrentarme al poli aeroportuario y éste me preguntó la dirección del alojamiento en el que pensaba pasar mis noches durante mi estancia en Argentina, lo único que pude ofrecerle como respuesta fue mi silenciosa cara de gilipollas.
Resulta que Lucre me había resuelto un montón de dudas durante semanas antes de abandonar Austria. Gracias a ello pude saber, por ejemplo, que nadie me daría una paliza en Argentina por ser hombre y llevar un bolso bandolera, que los pantalones vaqueros son jeans y que sólo los viejos los llaman "vaqueros", que una milanesa no es un trozo de tarta helada o que en una plaza de Mar del Plata dedicada a Castilla y León hay un escudo de Valladolid. Una información muy útil en otros contextos, claro que sí. Pero, mira tú, no se me ocurrió preguntarle por la dirección de casa de sus padres.
Por suerte para mí y por desgracia para vosotros, miserables, que esperabais drama, Lucre ya estaba allí. Su pasaporte albiceleste le había permitido entrar en el país por una vía más rápida, y mientras yo titubeaba frente al madero, ella contemplaba la escena desde el duty free anexo a los controles. En ese momento, podría haberse hecho la loca, continuar su camino en busca del equipaje y haberme gastado una broma MARAVILLOSA, pero o bien fue buena gente por defecto, o bien prefirió no ser tan canalla. La cuestión es que se me acercó y respondió la pregunta por mí.
Tras haber sido aceptados en el país, recogimos las maletas y nos dirigimos a la salida del aeropuerto, cuyo control de aduanas no discriminaba a nadie: allí todo el mundo debía meter en el escáner tanto maletas de mano como equipaje facturado. Lucre me confesó después que sabía que le iban a tocar los huevos, pues por lo visto son muy de mirar y remirar cualquier aparato electrónico que forme parte del equipaje, y ella cargaba con un volante o un joystick o algo por el estilo para el novio de su hermana por el que el encargado de aduanas le pidió demasiadas explicaciones.
Es que por lo visto te cascan multa por entrar en Argentina con artículos electrónicos nuevos si no están declarados y no cumplen cierta franquicia o algo así. La verdad es que tengo pensado dar detalles acerca de la economía del país en una entrada aparte, pero sólo de pensar en ponerme a ello me tiemblan las piernas y no sé muy bien cómo va a quedar.
Tras superar este último obstáculo nos creímos libres de ataduras aeroportuarias, peeero... Resulta que Lucre, mientras trataba de hacer el check in del vuelo que nos tendría que dejar en Mar del Plata al final del día, empezó a experimentar problemas con la web de la aerolínea. Nos dirigimos entonces a la zona de mostradores de facturación, a cuya entrada un segurata tirado en una silla (fijaos en que si he dicho "tirado" y no "sentado", por algo será) nos indicó que volviésemos directamente por la tarde para completar el proceso.
—Y ¿no tendremos problemas? —Preguntó Lucre.
—Naaaaa... —Respondió el segurata con toda su pachorra.
Os adelanto que no, no tuvimos problemas. Curiosamente, Lucre recibiría a esa misma pregunta esa misma respuesta días después, al renovar su pasaporte y querer confirmar con el encargado del trámite que podría abandonar el país haciendo uso de su adquirida nacionalidad austriaca, habida cuenta de que su documento tardaría mes y medio en serle entregado. Y os adelanto que sí, ella sí tuvo problemas. Quizá os dé más detalles al respecto otro día, ya veré.
Tomando por fiable la palabra (bueno, más bien el balido) del hombre, salimos de una puñetera vez del aeródromo y pudimos por fin disfrutar del casi veraniego sol de noviembre (os recuerdo que en el hemisferio sur las estaciones van a la inversa), así como de una hora de atasco para recorrer cinco kilómetros de trayecto. Creo que fue en ese momento cuando empecé a desarrollar mi teoría de que Buenos Aires es como Madrid, pero cinco veces más grande.
Nuestro destino era un local de almacenamiento de equipajes porque a nadie en el puto Aeroparque Internacional Jorge Newbery se le ha ocurrido hasta ahora que algunos viajeros necesitan dejar sus maletas a buen recaudo mientras se mueven por Buenos Aires. Pero bueno, a estas alturas de la vida ése ya no es mi problema (así que más me vale que me calme) y por aquel entonces, una vez libres de bultos, pude pasar varias horas descubriendo algunos detalles de la capital Argentina.
¿El primer lugar al que nos dirigimos? Un local de empanadas, POR SUPUESTO. Recién hechas y deliciosas, y con un código de formas y acabados destinado a aclarar lo que guardaban en su interior:
Tras dar cuenta de aquellos manjares fuimos al Ateneo Grand Splendid, un enorme local diseñado como teatro pero reconvertido en librería:
No es de extrañar que, de todos los negocios posibles, el de venta de libros fuese el que terminase ocupando su interior. Buenos Aires es la ciudad con más librerías por habitante del mundo y pude confirmarlo al descubrir una cada veinte metros (meses después, Lucre visitaría Madrid y me confesaría haber sentido en la capital del Reino algo parecido pero con las farmacias). Aprovechando que me encontraba en la más icónica de todas, salí de allí con un ejemplar de El principito en español de Argentina. Que habría sido fantástico si hubiese incluido pasajes en plan "andate a la puta que te parió con el cordero del orto, flaco. ¿Se me descompuso el avión y vos me venís con estas boludeces?". Pero no, sólo incluye mucho vos y las terminaciones verbales típicas del dialecto.
El resto de la tarde estuvo dedicada al callejeo, y yo cometí el error de querer usar los filtros de mi cámara obteniendo así imágenes que no le hacen justicia a las escenas. Que se lo digan si no al sobrexpuesto obelisco al fondo de la avenida Corrientes:
O al agente de tráfico convertido en silueta al pie del susodicho monumento:
Con la tarde empezando a caer y acercándose la hora de nuestro programado vuelo, volvimos a por los equipajes y recorrimos los cinco kilómetros de vuelta al Jorge Newbery disfrutando de un nuevo atasco. Y me vais a permitir ahora que, por obra y gracia de la elipsis, me salte el tramo relativo a facturaciones, controles de pasaportes y embarques porque después de tanto mencionar el tema durante tres entradas me da una pereza horrible tener que ponerme a ello otra vez.
Y así, en menos de lo que se tarda en leer medio párrafo escrito por alguien demasiado vago para dar detalles, llegamos, ya de noche, a Mar del Plata.
Podría ahora concluir esta agotadora entrada contándoos como Lucre y yo, una vez reunidos con sus padres, su hermana y el novio de ésta, nos dirigimos a una heladería con infinitud de sabores en la que me trinqué un cubo de helado (no, no un cucurucho o un vasito. UN CUBO). O podría elegir como broche alguno de los detalles interesantísimos sobre la ciudad que recibí del padre de mi amiga. Pero no.
Habida cuenta de lo que me gusta tirar piedras a mi propio tejado, prefiero que os quedéis con este detalle perteneciente a las presentaciones: al padre de Lucre le saludé con un apretón de manos, y a su madre le quise dar dos españoles besos; pero descubrí en ese momento que en Argentina con uno basta, por lo que el segundo se lo dediqué al aire mientras ponía una silenciosa cara de gilipollas. La misma silenciosa cara de gilipollas que le dediqué al policía aeroportuario del principio de esta entrada, sí; y que intuyo no será muy diferente de la que se os va a quedar a vosotros cuando descubráis de qué tengo pensado hablar la semana que viene.


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