Viajar de Austria a Argentina tiene tela.
Podría ser un sinvergüenza, terminar esta entrada aquí y dejaros con hambre hasta el lunes que viene, pero no. Considero que hay que currarse un poquito todo aquello que no tenga que ver con el trabajo, valga la contradicción.
Vale que fueron SIETE los vuelos de este viaje (de Graz a Zúrich, de Zúrich a São Paulo, de São Paulo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Mar del Plata, de Buenos Aires a São Paulo, de São Paulo a Zúrich y de Zúrich a Graz. Ríase usted de Willy Fog), pero nada de lo que ocurrió a bordo de los mismos me parece suficientemente interesante. De hecho, voy a resumirlos en lo que queda de párrafo: los vuelos cortos se hicieron cortos, los vuelos largos se hicieron largos, se nos dio de cenar y de desayunar cuando tocaba y nos llevamos algún que otro refrigerio (es decir, una triste galleta y un triste vaso de zumo). Sólo destacaré que en el vuelo entre Zúrich y São Paulo pillamos un tramo de turbulencias interminable y las mismas pasaron de ser una preocupación a ser una molestia, pues aquello más que un viaje en avión parecía un trayecto en coche viejo por una carretera secundaria.
Y si he decidido destacar lo de las turbulencias de entre todas las horas de vuelo es porque lo de la carretera secundaria me pareció muy ingenioso cuando se me ocurrió.
Así pues, me queda comentar algo con respecto a los aeropuertos en los que hicimos escala. El de Zúrich ya fue mencionado en la anterior entrada, y de él sólo me queda añadir como curiosidad que en el mismo se venden navajas porque la identidad nacional suiza está por encima de la seguridad aérea, visto lo visto.
¿Tenéis vosotros una navaja adquirida EN UN AEROPUERTO? Yo sí (de color naranja, por supuesto). Y mi novia y mi hermano, también. Que me subí al vuelo con destino Graz con tres alojadas en mi maleta de mano.
Pero todo esto sigue sin llenar un post de longitud decente (¿es cosa mía o mis entradas últimamente me están quedando más largas de lo habitual?). Así que una vez descartado el material poco interesante, hablemos de Brasil.
La primera y la segunda vez que puse pie en dicho país en mi vida coincidieron con las dos escalas que realizamos en el aeródromo paulista. Durante dichas escalas pude ver dos caras de un mismo aeropuerto y, como consecuencia, tener dos experiencias muy diferentes al respecto.
La primera, tal y como he enumerado más arriba, tuvo lugar tras el largo viaje desde Zúrich, y como aquel "tiro porque me toca" tenía como destino la casilla de Buenos Aires, nuestros siguientes vuelos (digo "nuestros" porque Lucre y yo conectamos Brasil y Argentina a bordo de distintos aviones debido a las carambolas que hizo mi amiga para conseguirme un billete más barato, que esto os lo dije la semana pasada) podrían considerarse casi vuelos nacionales (al fin y al cabo, origen y destino pertenecen a Mercosur, el espacio Schengen de Sudamérica). Por ello, no es de extrañar que la terminal contase con el glamour (nótese la ironía) destinado a compañías de bajo coste que operan esta clase de trayectos.
Más que una terminal, aquello parecía una estación de autobuses. La interminable y terriblemente mal organizada cola de control de pasaportes y equipajes (nunca entenderé qué lotería aplican a la hora de determinar en qué escalas hay que escanear las maletas y en cuáles no) desembocó en un espacio minúsculo a ras de pista del que partían varias puertas de embarque (y si tenéis cierta experiencia voladora ya habréis deducido que una puerta de embarque a ras de pista en un aeropuerto grande implica un insufrible trayecto en bus hasta el avión), y el único establecimiento comercial del lugar era un quiosco en el que se vendían botellas de zumo y bolsas de patatas fritas.
En cuanto a las opciones de ocio ofrecidas de cara a la espera que tenía por delante... Podía sentarme en una de las pocas sillas libres para contemplar tras los cristales el tránsito de vehículos y camiones de combustible, o podía hacerlo de pie. Eso era todo. Y encima Lucre había desaparecido en busca de la puerta de embarque asignada a su vuelo.
¿Qué hice entonces para pasar el tiempo? Pues echar mano de mi cámara de fotos. La terminal sería sosa como la cena que nos habían servido horas atrás en el vuelo desde Zúrich (que se les habían acabado los menús de ternera y de pollo, nos dijo la azafata. Y que sólo quedaba la opción vegetariana, no me jodas), pero me encontraba en otra ciudad, me encontraba en otro país, me encontraba en otro hemisferio ("aaanda... Así que por eso ha llamado así a la serie de entradas... Pero qué ingenioso que es a veces"). Seguro que mis ojos encontrarían alguna novedad que retratar. Tras descartar aviones aterrizados en una posición poco interesante y la sosez de aquel interior, me fijé en cinco currantes que, del otro lado del cristal, charlaban amistosamente.
Me pareció una escena pintoresca (bueno, en este caso, "fotesca", si es que tal palabra existe): el personal aeroportuario, portando chalecos de color naranja y disfrutando de unos minutos de asueto durante su jornada laboral y tal.
Así que clic:
A los pocos segundos de realizar el retrato, vi como alguno de los protagonistas de aquella foto, la primera que había tomado en Sudamérica, me echaba miradas de desaprobación, por lo que empezó a invadirme cierto mal rollo. Para más inri, uno de ellos, que resultó ser policía, se subió en el coche patrulla (en el COCHAZO patrulla, aclaro) aparcado allí mismo para largarse acto seguido. Y no sé si fue debido a que yo acababa de pasar doce horas metido en un avión y no había dormido lo suficiente o porque soy así de idiota, pero mis niveles de paranoia se dispararon hasta un punto que os va a parecer hilarante.
"Pero qué gilipollas que eres", "¿tú te crees que puedes ir sacando fotitos de la gente así como así?", "que vas por la vida creyendo que todo el monte es orégano y todo el mundo es Europa. Y no, joder", "que no sabes cómo se las gastan los maderos en este país pero estás a punto de descubrirlo", "verás como el que se acaba de ir vuelve con refuerzos y entran derechos a trincarte", "se te va a caer el pelo, macho", "te van a dar de hostias hasta en el pasaporte", "sí, tú háblales de tus derechos como pasajero y tal, que seguro que ese chiste no se lo saben", "está claro que tú no hoy no vuelas a Buenos Aires" y "tonto, que eres tonto" fueron algunas de las frases incluidas en el monólogo interior que mantuve, y que finalizó cuando Lucre apareció detrás de mí, metiéndome un sustazo habida cuenta de lo tenso que estaba yo en aquel momento y haciéndome saber que su puerta de embarque, mira tú, se encontraba junto a la mía.
No, no vino nadie a detenerme, tranquilos. Al final acabamos subiendo a nuestros respectivos aviones casi a la vez porque el mío tuvo un retraso considerable y colorín, colorado, pasemos a hablar ahora de mi segunda escala en São Paulo, que por suerte para mí fue bastante más relajada.
De nuevo, Lucre y yo acabamos en dos vuelos por lo de las carambolas que he mencionado más arriba, así que yo llegué una hora antes. Si en esta ocasión me tocó pasar por un control de pasaportes y/o equipajes no soy capaz de recordarlo porque mi memoria se centró en retener todo lo que pasó después.
De entrada, la terminal era mucho más grande, más limpia, más moderna y más pija. Con un duty free en el que uno podía adquirir a precios desorbitados productos típicos brasileños tales como café y chanclas y, por supuesto, toblerones. Más adelante, restaurantes de categoría y tiendas de ropa y relojes caros en las que nunca he visto a nadie comprar nada me recordaban que de allí salían vuelos intercontinentales. Y, por último, tras el clásico establecimiento de libros y galletas, la zona de puertas de embarque, salpicada de restaurantes y más locales comerciales dispuestos a hacer realidad mis fantasías más capitalistas.
Yo llegué allí sin internet en mi teléfono, confiando en que el aeródromo me regalaría un rato de wifi, y así fue. Sin embargo, no me fijé bien y creí que sólo me correspondían dos horas (en realidad eran cuatro), y como mi espera sería de tres, decidí pasar la primera desnudo de datos, deambulando por el lugar en busca de entretenimiento analógico (y sin sacar fotos a nadie en esta ocasión, válgame Dios).
Durante aquellos minutos, entre otras, llevé a cabo las siguientes actividades:
- Rechazar una oferta de masaje.
- Preguntar al hombre de la ventanilla de cambio de divisas (sí, interactué con gente. Felicitadme) cuál era la tasa de cambio entre el euro y "la moneda local" (no, no fui capaz de acordarme de qué usan para pagar en Brasil y no soy capaz de acordarme ahora. ¿Reales? Da igual).
- Revisar los menús de varios restaurantes pudiendo hacerme una idea de cuánto me costaría en euros cenar allí.
- Pasear por una tienda de ropa de correr carísima y calcular que me ahorraría más de doscientos euros si adquiría en Decathlon prendas equivalentes a las que vi que me gustaron bastante.
- Comprar dos libros en portugués de Brasil: un cuento infantil para mi madre y O pequeno príncipe para mí (en casa ya tenía O principezinho, en portugués de Portugal).
Llegó el momento en el que consideré que ya era seguro conectarse a internet, y el mismo coincidió con el aterrizaje de Lucre. Una vez reencontrados bajo el techo de aquella terminal que contaba con el glamour (nótese la total ausencia de ironía) destinado a compañías de las de avión gordo y tal, le sugerí dos opciones gastronómicas de cara a la última comida del día: un TGI Fridays en el que servían costillas que me estaban poniendo ojitos desde la foto del menú desplegado a la entrada, o un Pizza Hut que contaba con buffet libre por unos doce euros al cambio. Quince si se incluía bebida.
Así que cenamos pizza. MUCHA pizza:
| Esta ración es del primer asalto al mostrador. Hubo más |
La mesa que ocupamos para disfrutar del cebatil se situaba junto a un ventanal tras el que se podía presenciar una escena espectacular: los aviones que se acercaban a tomar tierra, durante un par de segundos, se alineaban perfectamente con un enorme sol poniente situado detrás (porque si el sol se hubiese situado DELANTE de los aviones habríamos estado jodidos). Y aquí no había paranoias que me quitasen las ganas de tomar una imagen tan bonita, pero al igual que me ocurriría meses después cuando quise hacer una foto de la cruz luminosa que me da miedo cada semana santa, no contaba yo con un teleobjetivo decente para tal fin. Así que no, no hay foto.
Aprovecho para mendigar un poco. O bueno, no. Que ya he dejado caer que no me hace falta.
Nuestra estancia en el aeropuerto de São Paulo tocaba a su fin mientras disfrutábamos de mucha cena y de una puesta de sol infinitamente más alegre que las cuarenta y tres seguidas que contempló desde su pequeño planeta el protagonista de mi recién adquirido libro ("Um dia eu vi o sol se pôr quarenta e três vezes!"). Y de aquel ensimismamiento nos sacó un aviso de megafonía que nos hizo salir corriendo con el último trozo de pizza a medio masticar porque nuestro vuelo ya estaba embarcando. Montamos así en un avión que nos traería de vuelta a Europa y pondría fin a un viaje del que aún no he empezado a daros detalles. En fin, a ver si la próxima semana hay más suerte y sale Argentina.
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