viernes, 5 de marzo de 2021

Yo vs. el alemán. Quinto asalto

Se dan dos circunstancias que, una vez combinadas, me vienen de perlas para sacar la entrada que acabáis de empezar a leer: la primera es que el Ikea está a cinco kilómetros de mi casa.

La segunda es que soy un puto animal.

Y es que, no sé si lo hago para resarcirme por haber pasado siete años viviendo en una ciudad en la que cada visita a la tienda de muebles sueca consistía en poco menos que una aventura homérica o directamente porque soy así de raro, pero resulta que una de mis actividades favoritas desde que mi novia y yo nos mudamos a Austria consiste en (siempre que las condiciones de la actual pandemia lo permitan) pedalear al Ikea y volver a casa cargado como un burro con el artículo o artículos de turno. Y para que os hagáis una idea, el post de hoy va a tener forma de lista (en parte lo hago porque sé que lo odiáis), incluyendo en la misma los cinco artículos más voluminosos que han viajado del Ikea a mi casa en bici. Y como me da apuro que la entrada me quede corta, al final os contaré la lección de humildad que me llevé en uno de dichos viajes.

5 - Cuatro cajas DRÖNA


Lo sé. Visualmente chirrían un poco

Ancho: 34 cm
Alto: 4 x 1 cm
Largo: 70 cm
Peso: 4 x 0,90 kg

No las elegí por el color, sino por el precio. Y es que, como nadie quiere decorar sus estanterías con unos tonos tan horteras, estaban tiradas de precio. De todas formas, no desentonan del todo en el salón porque justo encima de ellas hay una bandera de tres colores clavada a la pared que no pienso enseñaros para evitarme líos.

De todas formas, a estas cajas les quedan dos telediarios, pues los gatos, aparte de usarlas para rascarse las uñas, han aprendido a abrirlas para meterse dentro, así que vamos a cambiarlas por puertas y cajones que les quiten un poquito esas ganas de joder que tienen tan a menudo.

4 - Un invernadero SOCKER


No juzguéis el estado de mis cactus y no seréis juzgados

Ancho: 36 cm
Alto: 8 cm
Largo: 49 cm
Peso: 3,19 kg

Me encapriché de esto cuando lo vi montado en el bar al que fuimos a desayunar el día de la visita a la fábrica de chocolate, y como realmente no es muy caro me decidí a comprarlo sin ser consciente de que ABULTA UN HUEVO. Al final, tras tenerlo en varios rincones de la casa estorbando, lo desterré al balcón para que protegiese los cactus del invierno. Y no sé si ha sido porque ha fallado estrepitosamente en su única misión, o porque en realidad yo soy un manazas en lo que a jardinería se refiere (a la foto me remito), pero intuyo que me va a tocar renovar la remesa vegetal en cuanto deje de helar por las noches.

Al final el capricho me va a salir más caro de lo que esperaba, joder.

3 - Cuatro barras de cortina RÄCKA


Poder esconderte de los vencinos es un derecho fundamental

Largo: 1 de 69 cm, 2 de 115 cm y 2 de 205 cm
Diámetro: 2 cm cada puta barra
Peso: 0,30 kg + 2 x 0,51 kg + 2 x 0,93 kg

Yo entro en una casa que no tiene cortinas y me siento como cuando veo un post en redes sociales sobre el 8-M que no incluye comentarios de incels lloricas. Vamos, que noto que falta algo que SIEMPRE HA ESTADO AHÍ. Por ello, para sentirme cómodo en el piso nuevo tuve que encortinar cada ventana como Dios manda. Y lo curioso es que no tuve este problema en Irlanda, donde en uno de los dormitorios una sabanilla de médico clavada con chinchetas hacía las veces de cortina sin que se me cayese la cara de vergüenza ante tamaña chapuza.

He de destacar que para poder transportar a casa todas las barras juntas tuve que unirlas con cinta aislante de ésa que PEGA QUE TE CAGAS y que la gente de Ikea pone a disposición de los clientes en un stand escondido en el que también hay cordel y un rollo de papel de estraza que me ha salvado el culo en multitud de ocasiones. Tanto a la hora de embalar productos ikeanos, como cuando he tenido que improvisar papel de regalo para amigos que se conforman con poco. Y no veáis QUÉ VIAJE. Fue todo un espectáculo en el que me sentí una especie de Don Quijote a pedales, temiendo ensartar a algún viandante o darme una hostia MUY TONTA en alguna curva del camino. Pero al final todo salió bien y no hubo que lamentar accidentes.

Lo más paradójico es que ninguna de las cortinas de mi piso ha salido del Ikea, pues son caras de cojones y encima toca recortarlas, que todas miden tres metros de largo. ¿Quién coño vive en un piso con paredes de tres metros?

2 - Una mesa auxiliar con ruedas TINGBY


Gato no incluido

Ancho: 52 cm
Alto: 8 cm
Largo: 63 cm
Peso: 5,16 kg

Esto es lo último que he traído a casa desde la tienda sueca a lomos de mi bici. Y quienes me veían cargar con ello también podían leer escrito "tranquilos, que no es la primera vez que hago esto" en la expresión de mi cara. Si alguna vez en los próximos treinta años vuelve a ser posible el que podamos desplazarnos y reunirnos, el mueble servirá de mesilla para quienes pasen la noche en un sofá cama que aún no hemos comprado, pero que está al caer. De momento, me sirve para apoyar encima ese horrendo humidificador (parece que lo ha diseñado Ayn Rand, no me jodas) que me he visto obligado a comprar porque la fantástica dermatitis que tuve el año pasado ha vuelto este invierno con la fuersa de un siclóoon y me ha regalado unas sesiones de picores en enero y febrero de lo más divertido, tú. Y me da que la causa de semejante avería cutánea es la calefacción y lo seco que deja el ambiente.

1 - Una estantería HYLLIS



Cada tiesto vacío es una planta que no ha sobrevivido al invierno. Y el búho se llama Práxedes

Ancho: 29 cm
Alto: 4 cm
Largo: 141 cm
Peso: 6,13 kg

Me gusta este piso. Y me gusta el balcón de este piso. Lo que no me gusta es esa total falta de intimidad interbalconil, por lo que supe desde el primer día que en ese rincón tendría que colocar cualquier cosa que me ocultase de quien sea que acabe viviendo al lado. De todas formas, dudo que la inmobiliaria logre colocar ese piso a nadie, pues tiene una mierda de planta y nadie lo va a querer.

Por si acaso, la estantería viajó bajo mi brazo y apoyada en el manillar (hay una marca en el mismo que lo atestigua) y hace las veces de falsa pared para evitar que a algún potencial vecino se le ocurra mirar hacia aquí con la intención de hacer algo tan horrible como decir "hola, ¿qué tal?". Escalofríos me dan, sólo de pensarlo.

Y ahora, lo de la lección de humildad.

Resulta que la relación arriba exhibida no es lo único que hemos comprado en Ikea en los últimos meses, qué va. No sé si lo he mencionado alguna vez, pero paso de ponerme a buscar entradas antiguas y os lo digo directamente: aquí los pisos se alquilan vacíos. Por ello nos ha tocado hacer una inversión bien gorda en mobiliario para convertir el lugar en un sitio dignamente habitable; y no han sido pocas las veces que hemos tenido que hacer pedido en la web del establecimiento y esperar a que un camionarro vaciase carga ante nuestro portal. La primera vez que esto ocurrió no tuvo desperdicio: resulta que los repartidores jodieron el ascensor del bloque nada más empezar la descarga y se quedaron sin saber qué hacer, pues aunque tenían claro que el pedido lo iba a subir por las escaleras Rita la cantaora (y con razón, que estamos hablando de seis plantas), no se atrevieron a decir nada de primeras, ya que necesitaban la confirmación del jefe (quien no debía andar muy localizable aquella tarde, por otra parte).

Total, que dejaron toda la morralla en el portal y se fueron a seguir haciendo repartos mientras mi novia esperaba su retorno durante horas en las escaleras junto a los buzones (no. En el piso a aquellas alturas no teníamos ni sillas) y al final confirmaron, encogimientos de hombros mediante, que se llevarían los muebles y que nos tocaría llamar a atención al cliente para concertar otra fecha de entrega ("entschuldigungsprechensieenglisch que mire, que nos habéis dejado sin entrega después de jodernos el ascensor" y tal).

Pero bueno, a los pocos días volvieron, tuvieron más cuidado y una vez concluyó el proceso de descarga de varios muebles - jodimiento de ascensor - abandono de muebles en el portal durante horas - carga de muebles en el camión - descarga de muebles one more time días después - feliz montaje en el piso, descubrimos con ligero pesar (porque tampoco es que fuese el fin del mundo) que el armario PAX del dormitorio venía huérfano de barra en la que poder colgar los abrigos. Así que fue necesario llamar nuevamente a atención al cliente ("entschuldigungsprechensieenglisch somos los del pedido del ascensor jodido de la otra vez, que ahora resulta que al armario le falta bla bla bla") y esperar a que la barra de los huevos llegase.

Pero no llegaba.

Tras un intercambio de emails interminable y varios malentendidos (nos enviaron en un par de ocasiones piezas de recambio que ni habíamos pedido ni necesitábamos, no os lo perdáis) la barra seguía sin aparecer, por lo que aproveché una de mis excursiones ciclistas al inmenso local para acercarme a los mostradores y comentar la situación en persona. Con el miedo que le tengo yo a hablar con la gente, ojo.

Mientras esperaba a que llegase mi turno, eché un vistazo rápido al personal de atención al cliente y no pude evitar fijarme en que uno de los empleados contaba con, digamos, cierta edad. Y no es que yo ande lleno de prejuicios (vale, la verdad es que sí. ¿A quién quiero engañar?), pero a aquellas alturas de la película ya me había tocado lidiar con austríacos por encima de la cincuentena que sólo se comunican contigo en alemán y esta clase de situaciones me dejan sudando. Y no digo esto quejándome, pues soy consciente de que TODOS los malentendidos lingüísticos que he sufrido hasta la fecha (y que tanto os divierten, cabrones) han sido culpa MÍA por no saber alemán. Lo que ocurre es que aquella tarde andaba cansadillo y, para más inri, el restaurante se había quedado sin panzerottos (que es como en el Ikea de aquí llaman al calzone), por lo que no me apetecía tener que enfrentarme a una de esas situaciones que hacen que mis neuronas tengan que trabajar más de la cuenta.

Por ello me pasé los minutos siguientes repitiendo mentalmente el mantra "que no me toque el yayo, que no me toque el yayo, que no me toque el yayo", creyendo que, en plan El Secreto, el Universo me haría caso por desearlo muy fuerte. Sea como fuere, quien me atendió aquella tarde fue un joven que respondió con un "Yes" a mi "Entschuldigung, sprechen Sie Englisch?" y que, tras tragarse la perorata de la barra del armario, tramitó la reclamación y me aseguró que al día siguiente, una vez diesen los de finance el visto bueno, podría recoger la pieza y completar el armario de una puta vez.

Y eso hice. Pasada la noche me volví a plantar en el Ikea y, tras meterme dos panzerottos entre pecho y espalda (prioridades que tiene uno), me dirigí a los mostradores, tras los cuales no se encontraba el muchacho de la tarde anterior.

Eso sí, ¿sabéis quién sí que estaba? Lo habéis adivinado. Y seguramente adivinaréis también lo que estuve pensando mientras eran atendidos los clientes que habían llegado antes que yo:

...toquelyayoquenometoquelyayoquenometoquelyayoquenometoquel...

Peeero, esta vez no me libré. Quien cantó mi número por megafonía fue el amable señor mayor de gafas, pelo blanco y movimientos ligeramente lentos que aterraba a mi subconsciente. No obstante, mientras me acercaba con paso tembloroso imaginando que me iba a ir de allí sin barra por no poder hacerme entender, descubrí que en la chapita que portaba en el pecho, junto a su nombre lucía una flamante union jack, indicando que no me haría falta preguntarle si hablaba inglés, pues el hombre estaba allí específicamente para atender a memos como yo que aún no hemos sido capaces de aprender el idioma que hablan en este país. De hecho, el colega me daba sopas con honda en lo de manejar la lengua de Shakespeare, y puso punto y final a la incidencia de la barra perdida en un santiamén.

Desde entonces, cada vez que abro el armario PAX de mi dormitorio y contemplo la puñetera barra (ancho: 6 cm, alto: 4 cm, largo: 102 cm, peso: 0,65 kg), no puedo evitar pensar en el yayo, en su nivelazo de inglés y en lo tonto que soy.

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viernes, 1 de enero de 2021

Dos verdades incómodas

Lo primero que me veo obligado a hacer, incluso antes de desear que el recién estrenado año sea ligeramente mejor que el que hemos dejado atrás en lo que a epidemias, crisis, terremotos (que el de Croacia de hace pocos días nos pilló de refilón en Austria y no veáis QUÉ PUTO SUSTO) e imbéciles haciendo comentarios de mierda en redes sociales se refiere, es alertar de que esta entrada NO es para niños. Vale, ninguna entrada en mi blog lo es, pero en esta ocasión quiero hacer un hincapié muy gordo porque luego me vienen a montar el pollo papás y mamás que no saben educar a sus hijos y les dejan navegar por internet sin supervisión.

Dejado claro lo anterior, voy a mandaros a todos, literariamente hablando, a una tarde parda y fría de invierno de mediados de los noventa en la que yo, protagonista de la historia (ou yeah, vuelve la tradición a este blog. Es uno de enero y al igual que hice en 2018, 2019 y 2020, os abro la puerta de mi humillante pasado para que las risas acompañen a vuestras resacas), me encontraba dando un paseo con mis padres. Inocente de mí, le solté una frase a mi padre que comenzaba con: "Oye, papá, una pregunta", y fue entonces cuando se desarrolló una brevísima conversación tras la cual me hice mayor de golpe.

Esta introducción in medias res forma parte de un flashback que sufrí hace unos días mientras mi novia y yo hablábamos con Frau Pfefferoni de tradiciones navideñas y no navideñas. Otra cosa que sufrí fue un torcimiento de culo considerable. Bueno, lo sufrimos los tres. Ella porque descubrió que los españoles somos unos tolais de cuidado que pasamos la infancia creyendo en ratones recogedientes y en reyes magos que se montan en una sola noche una maniobra de entrega de paquetes que ríase usted de Amazon Prime, y nosotros porque descubrimos que cuando a un niño austríaco se le cae un diente no pasa NADA, y que la mañana del seis de enero los niños austríacos no reciben NADA. Que pude haberle preguntado si en Austria los chiquillos en vez de tarta de cumpleaños lo que tienen es plato de berza de cumpleaños, pero no lo hice por tres motivos: el primero es porque de entrada hay que respetar a toda aquella cultura que no se dedique a tocarle las narices al prójimo (y los austriacos llevan setenta y cinco años cumpliendo esto); el segundo es porque seguramente habría pecado de ignorante, pues estoy convencido de que hay decenas de tradiciones y actividades interesantes para entretener a los mocosos del país que en estos momentos ignoro miserablemente (y que me propongo descubrir); y el tercero es porque la coña del plato de berza se me acaba de ocurrir, que a mí a esprit d'escalier no me gana nadie.

Como algunos de quienes leéis este blog no os habéis criado en España, voy a hacer un inciso para hablar en más detalle de lo que acabo de contar, que no quiero que se me pierda nadie. Empezando por lo de los piños.

Vale que en muchos países anglosajones existe el "hada de los dientes", y que lo que hacemos en España se extiende a otras culturas, especialmente en Latinoamérica, pero no todo el mundo conoce al Ratoncito Pérez: cada vez que a un chiquillo español se le cae un diente de leche, los adultos le animan a colocarlo bajo la almohada al acostarse durante la noche, pues el susodicho ratón se va a encargar de pasar a recogerlo y entregar algo de dinero a cambio. Y, joder, ocurre tal cual. El zagal se va a dormir con un hueco espantoso en la encía y se despierta a la mañana siguiente siendo cien o doscientas pelas más rico (bueno, lo que corresponda en euros). Que dicho así puede parecer que los niños participan en una operación de tráfico de órganos, pero la verdad es que todo resulta de un bucólico que te cagas.

Pero lo del roedor es una mierda pinchada en un palo al lado de lo que ocurre en España el seis de enero, fecha en la cual los niños reciben la visita de los Reyes Magos de Oriente, que son quienes traen la mierda buena en lo que a regalos se refiere. La vorágine tiene su inicio un par de meses antes, que es cuando los anuncios de juguetes comienzan a aparecer con una frecuencia cada vez más descarada (lo cual a mí me venía de puta madre, pues mi cumpleaños cae por entonces), llegando a ocupar el bloque entero de publicidad entre dibujos animados al llegar diciembre. A este lavado de cerebro infantil nacional se une la publicación del catálogo de juguetes de los grandes hipermercados, el cual incluye la "carta a los Reyes Magos": una hoja en blanco en la que el mocoso enumera por escrito todos los cachivaches que desea. Una vez escrita y ensobrada la carta, toca acercarse al súper o juguetería de turno y hacerle entrega de la misma al "paje real", que no es otro que un pobre subcontratado (o directamente un sufrido reponedor) que se pasa todo el mes de diciembre pelándose los huevos de frío en la puerta del Corte Inglés ante una interminable procesión de mocosos, los cuales le dan la turra con lo de haberse portado muy bien y haber sacado muy buenas notas y tal, confiando en que el "paje" cumpla con su cometido de hacer llegar la misiva a los propios Reyes Magos. 

Para que los niños no tengan duda de que todo aquello es real a tope, la noche del cinco de enero cada ciudad y pueblo medianamente importante del país organiza "la cabalgata": un desfile de carrozas acompañadas de danzarines, animales y frikadas varias y ocupadas por chiquillos y jóvenes encargados de arrojar caramelos al público. Aunque el punto fuerte de dicha cabalgata lo constituye la presencia de Melchor, Gaspar y Baltasar. Sus Mismísimas Reales Majestades, a pocas horas de colarse en tu casa para petarte el salón de regalos, diciéndote "adiós" con la mano en plena lluvia de caramelos. En tu puta cara, niño.

A ver, es de entender que la mezcla de ignorancia y flipe que caracteriza a los infantes les impida darse cuenta del pufo. El cual a veces roza una evidencia insultante, como cuando se tira de celebridades a la hora de representar a los tres protagonistas. Y si no, que le pregunten a los asistentes a la cabalgata que tuvo lugar en Arcos de la Frontera en dos mil doce. Que o bien no hubo tiempo ni ganas de recurrir a un negro de verdad que hiciese de Baltasar, o bien la organización se emperró en adjudicar el papel a Jesulín de Ubrique, pero lo que está claro es que no hubo ni tiempo ni ganas de maquillar al diestro como era debido:

fuente:eljueves
Esta foto me hace reír cada vez que la miro. Os lo juro

En fin, que el desfile termina, los chavales se largan a casa con los bolsillos llenos de caramelos y, antes de irse al sobre, dan lustre a sus zapatos y los dejan bajo el árbol de Navidad para que los Reyes Magos aprecien lo limpios y ordenados que son (no sé, al menos eso se hacía en mi casa. Aunque era mi pobre madre la encargada cada año de untar mis playeras de Kanfort). También suele ser un detalle el poner a disposición de Sus Majestades un plato con turrón y polvorones. Y no sé ahora, pero en mis tiempos había chiquillos demasiado flipados que colocaban un cubo con agua en la entrada de casa para que los camellos (porque esa es otra. Los Reyes Magos viajan en camello) abrevasen tranquilamente mientras sus dueños hacían entrega de la paquetería. 

Y era llegados a este punto de los acontecimientos cuando yo las pasaba putas, pues me metía en la cama con una excitación tal que me impedía dormirme, y la tradición dice que los Reyes no dejan regalos en aquellas casas donde encuentran chiquillos despiertos. Al final caía en una especie de duermevela aderezado con pesadillas alusivas en las que la troupe real se percataba de que no estaba sobando y hacía sonar una horrísona alarma mientras abandonaba mi hogar ignorando mis implorantes lágrimas.

De todas formas, todos estos miedos desaparecían con el amanecer del seis de enero, y yo me levantaba espídico perdido para descubrir no sólo regalos, sino decoración por todo el salón a base de confeti y serpentinas (globos no, que los reyes LO SABÍAN TODO y estaban al tanto de que me daban dan miedo). Además, los dulces navideños del plato desaparecían cada año. Y, por si todo lo dicho no supusiera suficiente evidencia, en una ocasión tuve los huevazos de solicitar a Melchor, Gaspar y Baltasar que plantasen en sendos folios SUS PUTOS AUTÓGRAFOS (no me juzguéis), los cuales descubrí por la mañana, acompañados de una nota manuscrita en la que me felicitaban por haber sacado realmente buenas notas. Vale, la caligrafía era clavada a la que usaba mi padre en las autorizaciones que tenía que rellenar cuando mi colegio nos llevaba de excursión al Henar de Cuéllar, pero eso no era lo importante. Lo importante era que el acontecimiento tenía lugar cada año, y que cada año alguno de mis amigos o primos juraba y perjuraba que había oído el trote de los camellos, le había visto la capa a algún miembro del trío real de forma fugaz en el pasillo o había sorprendido desde la ventana a un paje echándose un cigarrillo en el portal mientras Sus Majestades trasteaban en el salón.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, no es de extrañar que yo creyese a pies juntillas que tres señores venidos del otro lado del Mediterráneo dejaban regalos en todas las casas cada seis de enero. Aquello era un dogma de fe y punto. Y yo, todo sea dicho, era muy feliz en mi ignorancia. Insisto: MUY FELIZ. Sin embargo, lo que me empezaba a rechinar era lo del ratón. Y no sólo a mí. Llegó un momento en el que todos los chicos de mi clase andábamos con la mosca detrás de la oreja. No porque la idea de que un roedor se colase en nuestras habitaciones para literalmente comprar nuestras recién caídas piezas dentales hiciese aguas por todas partes, pues nuestros cerebrines aún no tenían la consistencia suficiente como para hacer un análisis crítico de aquello y preguntarse desde cuándo tienen los ratones semejante nivel de inteligencia, o qué motivo puede llevar a un ejemplar de la especie a acaparar dientes humanos. Por no hablar de la logística necesaria para adentrarse en cientos de dormitorios cada noche cargando con monedas de veinte duros y salir con los dientes. Lo que en realidad nos hizo sospechar fue la torpeza de una abuela. Concretamente, la de uno de nuestros compañeros. Y es que el chico había descubierto alarmado una mañana que, cuando despertó, como si del dinosaurio de Augusto Monterroso se tratase, su diente todavía estaba allí. El muchacho, temeroso de que al pobre ratoncito le hubiese atropellado un Renault Mégane de camino a hacer la recogida o algo por el estilo, avisó al resto de miembros de la casa, quienes se arremolinaron en torno a la cama para contemplar la pieza dental. Fue entonces cuando la yaya echó mano al bolsillo de la bata, sacó una moneda y la arrojó sobre la almohada ante la vista de todos, creyendo con espectacular candidez que nadie se había percatado de la jugada.

Joder con la abuela, macho.

Y claro, yo tenía que salir de dudas y desenmascarar la trama Pérez de una vez por todas. Para tal fin aproveché aquel paseo con mis padres del que os he hablado al principio de la entrada y me lancé en busca de la verdad:

—Oye, papá, una pregunta. Eso del Ratoncito Pérez... Es cosa vuestra, ¿no?

—Mira, yo creo que ya tienes edad suficiente para saberlo. Pues sí, lo del Ratoncito Pérez es cosa nuestra.

—Lo sabía.

—Y ya que estamos... Lo de los Reyes Magos también.

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viernes, 18 de diciembre de 2020

Bajo el polvo 3. Right in the childhood

Nos encontramos a un par de semanas de que muera un año que no debió nacer y ahora es cuando a todo el mundo le da por echar la vista atrás para, en una especie de búsqueda de consuelo colectivo, intentar rascar lo poco bueno que nos ha pasado. Y yo podría hacer lo mismo y sacarme de la manga una entrada moñas que recoja detalles de ésos que me hacen sentirme bien conmigo mismo y que os aburren un huevo porque sólo venís aquí para verme pasarlo mal (destructores, que sois unos destructores), pero en lugar de ello nos voy a hacer un favor a todos y sólo voy a comentar un detalle positivo que creo necesario destacar: mi blog sigue vivo.

Y es que, habida cuenta del poco tiempo que he tenido en dos mil veinte, no me creo ni yo que me haya dado para sacar, incluido éste que estáis empezando a leer, quince posts largando mis miserias; pero creo que uno de los motivos que me han llevado a no cerrar y tirar la llave ha sido el dejar asuntos pendientes, como le pasaba a los fantasmas de la peli Casper (y ahora es cuando os confieso que la primera vez que la vi me pilló sensiblón y lloré como una magdalena). Uno de dichos asuntos es el relativo a la morralla que encontré en mi habitación vallisoletana meses atrás, y si en la anterior entrada de la serie hablé de objetos sin relación entre sí que inexplicablemente aún conservaba, hoy voy a presentaros varios que caracterizaron mi tierna infancia y en su día dieron pistas de que yo apuntaba maneras en eso de ser raro de cojones. Por ejemplo, puedo hablaros de...

Este Tuli-Explorer



Si uno entra en Amazon y hace una búsqueda de kits prepper, podrá encontrar toda clase de packs, a cual más completo y caro, destinados a ayudar a su dueño a sobrevivir en caso de que se produzca el Apocalipsis, la civilización colapse o a Ortega Cano le dé por coger el coche. Y algunos kits son más completos que otros, pero todos son una mierda porque ninguno incluye un flamante Tuli-Explorer.

Imagino que es la primera vez que os enfrentáis al concepto, pero es que el Tuli-Explorer es la hostia. Ahí donde lo véis (reconozco que mal, porque la foto no le hace justicia), se trata de un utensilio que posee lupa, prismáticos, espejo, brújula, reloj de sol, linterna, silbato, medidor de inclinación y una chuleta con el código morse. Y cordón para llevarlo colgado del cuello.

El trasto venía de regalo con la compra de tres paquetes grandes de galletas Tulipán, y como ya habréis adivinado, del arsenal galletil me comí tres o cuatro galletas y el resto se fue derecho a casa de mis primas, quienes también tenían que hacerse cargo con frecuencia de las muchas cajas de cereales que hacía comprar a mis padres por el juguete que incluían tras prometer, para poco después incumplir mi promesa, que me jalaría el contenido.

Pero esto no va de reñir a mi yo pasado, sino de fardar de Tuli-Explorer. O no, porque al chisme le hice caso dos tardes antes de olvidarme de él por completo. ¿Qué queréis? El patio de mi casa no era precisamente una jungla y las calles y descampados de mi barrio no es que contasen con infraestructura como para montarme mi propia Ruta Quetzal, así que poco uso pude haberle dado.

Este yoyó



La primera vez que un yoyó medianamente serio cayó en mis manos fue gracias a las galletas Oreo (empiezo a ver un patrón aquí), pues era posible, al comprar un par de cajas (y las Oreo sí que me las papeaba. VAYA QUE SI ME LAS PAPEABA), obtener uno muy majo blanco y negro de ésos que se quedan girando abajo y vuelven a la muñeca al darles un tirón. No obstante, la locura yoyil llegó un par de años después, propiciada por la combinación de dos factores.

En primer lugar, la invasión de quioscos y jugueterías por parte de Bandai con modelos de todo tipo, desde unos baratísimos a otros que parecían diseñados por la puta NASA; y en segundo lugar, la nostalgia que tuvo mi padre por los yoyós de Fanta con los que él jugó durante su infancia. Y es que no tuve que pedírselo dos veces para que me comprase uno sencillito (y un poco mierda) cuando los descubrí en el quiosco del barrio. Aquella tarde, mientras empezaba a poner en práctica mis habilidades con el juguete, mi padre no paró de decir que los de Fanta eran mejores, que los de Fanta pesaban más, que los de Fanta eran más grandes y que con los de Fanta podías hacer unas virguerías que ríase usted del Cirque du Soleil (ya os he dicho que el mío era un poco mierda, así que razón no le faltaba al pobre hombre). Por ello, tampoco me fue difícil hacerme con el Firestorm de la foto, a pesar de que costaba seis veces más que el Hyperloop quiosquero que tenía originalmente. Me bastó con decirle a mi padre que el Firestorm era mejor, pesaba más, era más grande, lo de las virguerías y tal. Total, que no había finalizado mi argumentación y mi padre ya me estaba soltando las dos mil quinientas pelas que tuve que pagar por él.

No sé si os sonará, pero el Firestorm ya apareció una vez en este blog, pues mi amigo Gabriel se lo compró poco después que yo porque le di una envidia que te cagas.

Lo bueno es que Bandai no se limitó a soltar sus yoyós por la geografía nacional sin más, sino que además organizó varios concursos, los cuales tuvieron lugar un par de viernes y sábados a pie de quiosco y fueron dirigidos por una joven de origen asiático que nos exigía demostrar nuestra habilidad reproduciendo varios trucos que ella mostraba de antemano. Y ahora debería decir que aquellos concursos no tuvieron mucho éxito, pues al final sólo nos apuntamos cuatro frikis, pero he de reconocer que esto jugó a mi favor, y es que aunque es cierto que nunca logré pasar del segundo puesto (siempre ganaba el mismo pavo, que me sacaba unos cuatro años) porque se me atravesaba el truco de los loopings, la escasa asistencia causaba que tocásemos a más parafernalia por cabeza, por lo que en cada ocasión me volvía a casa atiborrado de libretas, reglas, camisetas y demás.

Estos imanes



No, no tienen nada que ver con galletas. Siento joder la racha.

Los compré por internet hace la hostia de años, cuando internet era un descampado en el que sólo destacaban el MSN Messenger, las webs de Petardas y El rellano y el chat de Terra (en el cual era muy divertido entrar haciéndose pasar por una chiquilla de catorce años para que pervertidos cuarentones sugiriesen quedar en persona y mandarles, dirección falsa mediante, al barrio más chungo de Valladolid. Pero no quiero dar detalles de eso). No habría community managers, instagramers, influencers ni mierdas por el estilo, pero ya había posers. Empezando por mí. Y es que me pillé dichos imanes sin haber visto ni una puta emisión de La bola de cristal. De hecho, mi postureo llegó a tal punto que durante unos meses mi avatar de Messenger consistió en una foto del electroduende Maese Sonoro, y llegué a plantarme en clase con una hoja que descargué de no recuerdo qué foro de colgados para, no os lo perdáis, recoger firmas que enviar a TVE exigiendo que repusieran el ochentero programa. Pero la tontería se me pasó rápido. Concretamente, lo que tardó mi compañero de pupitre en echar mano de dicha hoja y, creyendo que aquello iba de broma (razón no le faltaba, todo sea dicho), llenarla de pollas dibujadas a boli.

Aquella fue mi primera compra online, y también la primera vez que me sentí estafado, pues lo que yo pedí fueron unas chapas y cuando me acerqué a correos a recoger el paquetito descubrí que me habían dado gato por liebre. Pero claro, con lo complicado que ya era entonces hacer compras a través de una web, intentar exigir una devolución o cambio prometía ser un pifostio espectacular, por lo que pasé de siquiera intentarlo y me comí los imanes con patatas. Bueno, voy a decir que me los comí con galletas para no desentonar con lo que llevo de entrada.

Esta bola



Ahora sí que dejo a un lado las galletas definitivamente y paso a pediros que veáis este vídeo. ¿Ya? Pues ahora responded: ¿cuán flipados estábamos en los noventa?

No, mucho no. Muchísimo. Y para muestra, la roller power de los huevos. Que uno veía el anuncio, se trincaba la cocacola sin cafeína correspondiente, esperaba la llegada del cartero con ilusión (ilusión de flipado, insisto) y descubría que aquello no era más que una pelota de plástico rellena de líquido en la que flotaba otra bola, dando impresión de que se deslizaba. Y encima a mí me enviaron la más fea de todas.

De todas formas, quizá porque entonces éramos más impresionables o porque a mí me das un palo y me divierto durante semanas, no fueron pocos los ratos que pasé entretenidísimo lanzando la roller power por el pasillo y corriendo tras ella para darle alcance antes de que impactase contra rodapiés y puertas varias. Pero qué tontico he sido siempre.

Esta figura



Cierro la entrada dejando caer a los Power Rangers por segunda vez. Y es que la serie lo tenía todo para encantarme: el nivel de flipe correspondiente a la década no defraudaba, había guantás en cada episodio y el power ranger azul, que encima tenía como dinozord a un triceratops (mi dinosaurio favorito porque soy muy raro) era un empollón con el que me sentía identificado.

¿Qué queréis que os diga? Pues que go go power rangers, joder.

En mi grupo de amigos del barrio era habitual emular a estos personajes y echar la tarde fingiendo que zurrábamos a enemigos invisibles entre saltos y cabriolas de todo tipo (chorradas que se hacen de niño. No me juzguéis), y aunque yo no era el líder (ya habréis deducido que mi papel era el de power ranger azul), el niño que hacía de rojo, debido a un problema de dicción, nunca lograba pronunciar correctamente la frase "a metaformosearse" de la misma forma que hacían en la serie cuando se disponían a vestirse de payasos y repartir leña, por lo que delegaba semejante tarea en mí y me hacía creer que yo era alguien importante que llegaría lejos en esta vida. En fin.

Pues el bicho de la foto era uno de los monstruos a los que los rangers se enfrentaban en algún episodio. Y me lo compró mi abuela pocas semanas después de haberme comprado, en el mismo establecimiento (el supermercado de la Sociedad Cooperativa Nuestra Señora de la Merced, el cual ya he mencionado antes en este blog y al que debería dedicar una entrada completa si no fuese porque me da una pereza horrible) una figura del power ranger... Azul (lo habéis adivinado). Paradojas de la vida, yo idolatraba la figura del héroe y la del malo me daba un poquito más igual, pero acabé perdiendo aquélla y conservo ésta, de la misma forma que conservo todos estos recuerdos tan aleatorios que, sólo Dios sabe por qué, he vuelto (y volveré) a compartir con vosotros.

Me apetecen galletas, tú.

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viernes, 13 de noviembre de 2020

Ven y cuéntalo

A ver, os comento.

Resulta que en mi empresa hay una especie de comité o asociación que de forma muy noble se dedica a ayudar y orientar a todos los que hemos llegado aquí desde otro país y necesitamos enfrentarnos a la burocracia local (algún día hablaré de ello largo y tendido, porque telita). Además, la buena gente de dicho grupo realiza actividades cada cierto tiempo para que no decaiga el espíritu colaborativo y el buen rollo dentro de la oficina, y entre sus últimos puntazos se encuentra el haber lanzado una intranet que posee información útil acerca del país y la ciudad, amén de una sección en la que caben aquellas anécdotas protagonizadas por nosotros. De ésas que, debido al choque cultural, dan vergüencita ajena y terminan en risa colectiva.

Y alguien ha metido ahí mi blog.

Que tiene sentido, pues es cierto que ya son cuatro (y lo que te rondaré, morena) las historias que he publicado en las que relato lo que pasa cuando uno se muda a un país sin conocer la lengua local y yo mismo he llegado a narrarlas entre mis compañeros de confianza confesándoles que aquí las podrían encontrar con la gracia que no tengo cuando hablo. Peeero... no sólo de cagarla con el alemán vive mi blog. Por ello, y con la mente puesta en el hecho de que ahora la gente de la que depende que reciba una nómina cada mes puede leerme, he revisado entradas antiguas en busca de contenido no apropiado para un entorno laboral, y me he llevado las manos a la cabeza MUCHAS veces ante el aluvión de barbaridades alojadas en este blog que podrían perfectamente costarme un billete de ida al departamento de Recursos Humanos.

Lo suyo sería resolver este problemón, ¿no? (y ahora es cuando mi novia estará pensando: "tronco, que no es para tanto") Por ello, tengo en mis manos tres opciones:

1 - Solicitar que el enlace a mi blog sea retirado de la intranet del curro para poder seguir siendo un miserable en las sombras.

2 - Modificar el contenido de aquellas entradas más irreverentes, eliminando chistes inapropiados y siendo políticamente correcto.

3 - Intentar alcanzar por enésima vez en en mi vida el más difícil todavía y aprovechar esta coyuntura para echar más leña al fuego y ver el mundo arder con un regocijo a la altura de mi miserabilidad.

Pues bien, os voy a dar una serie de pistas para que adivinéis cuál ha sido mi decisión final: el enlace a mi blog sigue en la intranet, no he modificado ni una coma de mis anteriores entradas y en el post de hoy voy a hablaros de... la ETA.

Eso sí, antes de comenzar y para decepcionar a aquellos que hayan empezado a marcar el número de teléfono de la Fiscalía, quiero aclarar que aquí no va a haber apología de ningún tipo ni se va a ensalzar a nada ni a nadie. Lo que ocurre es que el otro día dejé caer que me faltaba el visto bueno de mi padre para contar una anécdota protagonizada por él, y mi padre ha dicho que a qué estoy esperando. Por ello toca colocar algo de paja que aclare conceptos (porque algunos de vosotros, por juventud o por no haber crecido en mi país ignoráis de qué van las siglas del párrafo anterior) y me ayude a mantenerme a flote, pues intuyo que me voy a enfangar de lo lindo.

Resumiendo mucho y mal, la ETA fue una banda terrorista que, desde finales de los cincuenta hasta hace pocos años, se dedicó a abrir telediarios en España (aunque otros países como Francia también tuvieron lo suyo) con una frecuencia tristemente alta a base de coches bomba, secuestros y tiros en la nuca. Con la excusa de buscar la autodeterminación del País Vasco, la actividad de la organización dejó a sus espaldas un despreciable recuento consistente en ochenta y seis secuestros, más de tres mil heridos y el asesinato de 853 personas y de Carrero Blanco.

Quienes acabaron sufriendo más que nadie fueron los propios vascos. La mayor parte de los actos de ETA tuvieron lugar en las provincias vascongadas, y sé de boca de amigos y conocidos de la región que el miedo campaba por allí a sus anchas. Quienes éramos testigos de todo esto desde Valladolid, a doscientos kilómetros de Euskadi, podíamos considerarnos afortunados. Dejando a un lado los carteles con fotos de etarras en busca y captura que decoraban la comisaría en la que tocaba renovarse el DNI, o que en dos mil cuatro estalló un artefacto en una cafetería de la Plaza Mayor vallisoletana de la que nadie había oído hablar hasta ese día, la ETA no era para nosotros más que una mención en las noticias cada cierto tiempo. Los vallisoletanos teníamos problemas más importantes que la banda terrorista de los que ocuparnos, como sufrir ante el enésimo amago de descenso a segunda división del equipo de júrgol local o que nuestro anterior alcalde volviese a declarar alguna imbecilidad de las suyas. Afortunados, insisto.

Puede que no hubiese miedo como tal en Valladolid, pero lo que sí que había era mucha ignorancia. Muchísima. Algo en plan aquel hilarante capítulo de MacGyver pero sin tener ni puta gracia. El más que justificado odio hacia el terrorismo creció y se deformó hasta convertirse en odio hacia todo lo vasco, y no eran pocos los paisanos convencidos de que todo aquel nacido en Euskal Herria era en realidad un terrorista que se dedicaba a calzarse un pasamontañas para cargarse españoles de bien en sus ratos libres; y que no había una sola tapia en Euskadi que no contase con agujeros de bala o restos de titadine.

Y no exagero. Recuerdo que en el noventa y ocho, durante mi primer intercambio con Francia, y mientras el autocar enfilaba la autopista por tierras vascas en dirección a los Pirineos, un compañero no dejó de cagarse en todo lo cagable ante la idea de tener que cruzar por allí, como si nuestro bus fuese a ser asaltado por etarras cual diligencia en el lejano oeste o a pisar una mina colocada por un comando en medio de la AP-1. Dos años después, durante otro intercambio, se repitió la historia, siendo en esta ocasión una compañera (que de hecho fue la que sale en esta otra entrada) la protagonista del absurdo berrinche. Sin embargo, ella fue más moderada, cambiando los exabruptos por un leve ataque de nervios que la acompañó hasta que cruzamos la frontera francesa y dejamos atrás sólo ella sabía qué.

Y lo peor es que a nadie parecía interesarle arrojar algo de luz y al menos hacer un esfuerzo por intentar comprender qué coño estaba pasando y por qué. Para que os hagáis una idea, varios compañeros propusimos dedicar la clase de tutoría de bachillerato a ver la película Operación Ogro y (aquí viene lo importante) debatir sobre el tema después. Pues bien, tras concluir la primera mitad, no pocos alumnos le montaron un pollo de padre y muy señor mío al tutor porque consideraron que aquello rozaba el enaltecimiento terrorista y exigieron que se dejase de reproducir la cinta, so pena de abandonar el aula como medida de protesta. El tutor, que no quería líos (y con razón, habida cuenta del panorama) decidió que la siguiente tutoría estaría libre de películas controvertidas y aquellos alumnos se salieron con la suya... hasta el año siguiente, pues la profe de Historia (la misma que me dijo esa cosa tan graciosa que conté hace no mucho) incluyó como actividad obligatoria en su asignatura ver ésta entre otras películas (algo que, dejando a un lado controversias, agradecí mucho porque sus apuntes eran un poco coñazo).

Otro ejemplo, éste buceando directamente en el absurdo, tuvo lugar durante mi último viaje a Francia (que a veces parece que todo lo que me ha pasado en la vida ha tenido lugar durante intercambios, pero chico, es lo que hay). En aquella ocasión llevé conmigo La pelota vasca, la piel contra la piedra, un libro con entrevistas a diferentes personajes involucrados de una forma u otra en el conflicto. Tengo que reconocer que el libro de marras resultó ser un tostón infumable que me hacía añorar los apuntes de Historia cada vez que lo abría. No obstante, hice el esfuerzo por ver si sacaba algo de información útil de ahí, y mientras dedicaba un rato libre a repasar el texto, un compañero de la habitación del albergue me preguntó si leía "aquello" porque estaba a favor de la ETA. Tal cual. Y no me dio opción a responderle que lo que acababa de soltar era una subnormalidad absoluta, pues salió corriendo en cuanto levanté la mirada del tocho, creyendo que lo iba a matar o algo, no sé.

En definitiva, que salvo honrosas excepciones, los vallisoletanos no podían ver a los vascos ni en pintura. ¿Se daba este sentimiento en el sentido contrario? ¿Le tenían ganas los vascos al resto de españoles en general y a los pucelanos en particular? Pues no cuento con ejemplos de primera mano que lo nieguen, pero sí con noticias que lo afirman. Como por ejemplo, la de aquella boda con invitados de Valladolid y San Sebastián que acabó como el rosario de la aurora en cuanto ambas partes se metieron en política. De todas formas, ¿sabéis dónde no se atisbaba ni pizca de todo este odio absurdo?

En mi casa.

Mis padres tuvieron dos dedos de frente y no dejaron que prejuicios de ningún tipo cruzasen nuestra puerta, al tiempo que pusieron a mi disposición herramientas para que formase mis valores morales y mi pensamiento crítico con imparcialidad (la única vez que me dieron un toque fue durante una visita a mis familiares de Bilbao, pues aunque yo tenía seis o siete años ya era el bufón oficial de la familia y allí esperaban mis chanzas como agua de mayo; y mis padres me advirtieron que, para evitar liarla, si sabía algún chiste de ETA me aguantase las ganas de contarlo). En mi casa no se hablaba de política, por lo que mis padres no tienen en absoluto la culpa de que a día de hoy, cada vez que en una reunión del curro un jefazo se las da de guay y pregunta que qué necesitamos los empleados para llevar mejor el trabajar durante la pandemia, me quede con ganas de responder "los medios de producción".

Habiendo soltado ya toda esa chapa, voy a centrarme ahora en la anécdota que os quería contar. Mi padre, aparte de ser apolítico, cuenta con (entre otras) dos cualidades que casi siempre ha poseído y que tienen relevancia en esta historia: su corpulencia y un fantástico bigotón que casi puede verse desde el espacio. La combinación de ambas, unida a un gesto por defecto serio (porque los vallisoletanos, odiemos o no a los vascos, tenemos todos cara de palo), le da a mi padre un aspecto de guardia civil que te cagas (y no lo digo yo, que el segurata de la estación de Chamartín se lo dijo personalmente mientras cruzaba el control de acceso al Alvia, aunque creo que esto ya lo he mencionado alguna vez). Y, las cosas como son, teniendo en cuenta el clima malrollero que he descrito más arriba, cuando alguien con pinta de picoleto se da un paseo por un pueblecito de Euskal Herria para comprar el periódico y después tomarse un vino en un bar local se expone a que, como mínimo, le pongan mala cara. O algo peor.

Pues mi padre, mientras pasábamos unos días visitando a la familia de allí, con toda su pinta de picoleto, decidió darse un paseo por un pueblecito de Euskal Herria para comprar el periódico y después tomarse un vino en un bar local.

Que vale que toda la morralla política que tengo en la cabeza no la he heredado de él, pero estoy convencido de que lo de buscar el más difícil todavía sí. Pues al hombre no le bastaba con haber comprado cualquier periódico, no. Se hizo con el ABC. Repito, con el ABC:

fuente:kiosko.net

Insisto. El ABC:

fuente:kiosko.net

Dejadme que comparta otra portada, que me empieza a dar morbo:

fuente:kiosko.net

La última, la última. Os lo prometo:

fuente:kiosko.net

Y es que existen tres motivos por los que alguien puede hacerse con un diario tan facha: seguir su línea editorial, haberse quedado sin papel higiénico o que el periódico incluya algún regalo o suplemento. Teniendo en cuenta lo que llevo un rato contando, que en mi familia tenemos la suerte de no haber sufrido nunca escasez de papel de culo y que mi padre siempre ha sido de dejarse engatusar por toda clase de fascículos y colecciones (algo que yo también he heredado), podemos concluir que en este caso la tercera opción fue la correcta.

Y ¿adónde se dirigió una vez adquirido el panfleto y su correspondiente suplemento? Pues considerando que el arranque masdificiltodaviyesco no había llegado a su fin, mi padre no pudo elegir un diáfano y neutro establecimiento, sino que acabó metido en una herriko taberna. Que no enlazo a la Wikipedia porque os quiero contar directamente lo que es a quienes no lo sabíais ya:

Herriko taberna (del euskera, «taberna del pueblo») es el nombre que reciben los bares donde se reúnen los afiliados y simpatizantes de la izquierda abertzale (la izquierda independentista vasca).

Así que imaginad la escena que tuvo lugar: mi padre y su bigotón, con el ABC bajo el brazo, adentrándose en un lugar empapelado de ikurriñas, pancartas pidiendo el acercamiento de presos etarras y demás parafernalia al uso y aproximándose a la barra. Tras ésta, el encargado del local pasando de la estupefacción a la mala hostia ante semejante aparición. Mi padre, que no sé yo si tenía muy claro dónde se acababa de meter, aguardando a que el mozo le preguntase que qué quería tomar y no recibiendo más respuesta que un silencio tenso de cojones. Tras unos segundos, el euscaldún, clavando en el castellano unos ojos encendidos como dos contenedores ardiendo en el centro de Hernani, espetó entre dientes:

—Usted no es de aquí, ¿verdad?

Y entonces mi padre, con tono sosegado pero firme, tuvo los huevazos de soltar el siguiente órdago:

—No. Soy de Valladolid.

¿Os suena esa escena de Hermanos de Sangre en la que el teniente Speirs se cruza dos veces las líneas enemigas a la carrera sin que ningún nazi le meta un tiro porque no se creen que alguien sea capaz de cometer una locura de tal calibre? Pues yo creo que al de la barra le debió pasar algún pensamiento similar por la cabeza. Y es que aquel inocente con pinta de picoleto que se metió en una herriko taberna con el ABC debajo del brazo pregonando su origen vallisoletano, contra todo pronóstico, no se llevó ninguna hostia.

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lunes, 26 de octubre de 2020

Yo vs. el alemán. Cuarto asalto

A veces pienso que mi vida da para que Christopher Nolan saque una peli rara de las suyas (por cierto, sigo esperando a que alguien me explique Tenet). Teniendo en cuenta cómo le gusta al colega montarse tramas enrevesadas, el hecho de que mi existencia consista en una serie de bucles en los que todo lo que me ocurre se repite constantemente le vendría de perlas al británico para montarse otro taquillazo que no haya por dónde coger. ¿Pensáis que exagero? Permitidme que os cierre la boca dos veces.

El primer bucle tuvo lugar hace unas semanas en un Bausatzlokal de la ciudad. Y como algunos estaréis torciendo el gesto ante el palabro, os aclaro que no, un Bausatzlokal no es una sede del PNV. Eso es un batzoki. Y tampoco es un sitio de reunión de abertzales. Eso es una herriko taberna (por cierto, si mi padre me da permiso, algún día os hablaré de lo que le pasó en una de ellas porque es una historia para mearse de risa). Un Bausaztlokal es un bar/restaurante que cuenta con menús personalizables: en cada mesa hay varios tacos de folios relativos a las diferentes comidas: pizzas, hamburguesas, sopas, ensaladas... Y cada folio, a su vez, contiene una especie de quiniela que permite marcar aquellos ingredientes y componentes deseados de cara a la elaboración del plato. ¿Os suena lo que acabo de decir? Debería, pues lo he calcado de la entrada que escribí cuando narré el Affaire Pfefferoni hace casi un año. Para más inri, esta nueva historia tuvo lugar en el mismo sitio y con un resultado casi igual de catastrófico. Si la primera vez me trajeron pimientos porque elegí Pfefferoni creyendo que era salami, en esta ocasión, contando con que tengo la noción básica en lengua germana como para cagarla sin ser consciente, y buscando jamón entre los ingredientes a sabiendas de que la tradución empieza por "Sch" (spoiler alert: Schinken), marqué lo más parecido que pude ver en la hoja: Schnecken.

El hecho de que el camarero tardase un huevo en venir a recoger las hojas fue lo que me salvó la vida. Yo ya estaba salivando como si fuese Salvador Sostres en la puerta de un colegio al formar en mi mente el plato de patatas con huevo, jamón y queso que me iba a meter entre pecho y espalda, y mi novia tuvo a bien el sacarme de mi ensimismamiento gastronómico tras echar un vistazo a mi papel, dándome a la vez una valiosa lección de alemán:

—Tronco, que Schnecken significa "caracoles".

Acto seguido, mientras yo le daba las gracias y echaba mano de una nueva hoja, me sugirió que guardase la de la pifia, pues ella y yo sabíamos que todo esto iba a acabar reflejado en el blog. Y servidor es cumplidor, todo sea dicho, así que os enseño la prueba de mi ridículo:

"Schnecken", "Schinken". Joder, a mí me suenan igual

El segundo bucle ha sido más reciente, pues hace un mes me apunté a un curso de alemán para tontos impartido en la sede de la Cámara de Trabajo de la ciudad. El mismo curso de alemán para tontos al que me apunté en febrero. Y, al igual que ocurriese en aquella ocasión, hace un par de semanas recibí un correo de la Cámara en el que se me comunicaba que, lamentablemente, el número de inscritos no daba para hacer curso y que, lamentablemente, mierda para mí. La otra vez, como recordaréis, tuve que ir al lugar agarrado a la falda de Superluisa para que me devolviesen la pasta, y visto que a día de hoy no hay movimientos en mi cuenta, me huelo otra visita acompañada de heroicidad por parte de mi amiga guatemalteca. Nolan, espero que estés tomando nota de todo esto.

Puedo concluir entonces que si no aprendo alemán no es porque yo no quiera, sino porque el cosmos no deja de ponerme la pierna encima para que no levante cabeza.

No obstante, y cual Batman nolanesco que no para de volver a intentarlo una y otra vez por muchas hostias que le estén cayendo, sigo sin rendirme, y he pasado los últimos quince días estudiando por mi cuenta gracias a unos libros de gramática que descargué ilegalmente e imprimí durante mi última visita a Valladolid. Seguir este método tiene su mérito, pero cansa; y como he llegado a un punto en el que el nominativo, el acusativo y el dativo me salen un poquito por las orejas, he decidido regalarme un par de días de descanso y aprovechar para daros la turra con otra de mis pifias, a ver si así retomo el idioma con carrerilla. Eso sí, os advierto que la voy a contar terminando la entrada en seco para que vosotros mismos saquéis las conclusiones que consideréis más adecuadas.

Pero antes, hablemos del transporte público de la ciudad, que me apetece sentirme bien un rato.

Teniendo en cuenta que mi novia y yo pasamos siete años en Dublín y sufrimos lo nuestro porque la movilidad en la capital irlandesa es, hablando en plata, una puta mierda, cuando llegamos a nuestro nuevo destino y comenzamos a experimentar lo de ir de acá para allá se nos saltaban las lágrimas a diario. No sólo porque en bici se pueda alcanzar prácticamente cualquier punto de la ciudad sin tener que reproducir una escena de Mad Max con automovilistas, sino por todas las alternativas de transporte a nuestro alcance.

La red de bus es bastante completa y nos permite llegar al Ikea en veinte minutos (comparad eso con lo que nos tocaba sufrir antes); existe una amplia red ferroviaria que lo mismo te sirve para ir al aeropuerto (en diez minutos, que al de Dublín sólo podías llegar en bus chupándote una hora de atasco o en taxi chupándote la misma hora de atasco y soltando ochenta eurazos), que te deja en Maribor en menos de una hora, que te permite viajar a un balneario lleno de yayos como el que visitamos justo hace dos días (y lo siento pero la experiencia no da para una entrada completa. Sólo destacaré que cuando entré en la zona de saunas y me di de bruces con un numerosísimo grupo de octogenarios en bolas me sentí como si estuviese contemplando un cuadro de Goya. ¿Que de qué etapa? De la más chunga de todas); y, por último, aquí hay un huevo de tranvías que cruzan la ciudad con una frecuencia respetable y que apenas se joden cuando nieva, por mucho que se queje mi compañero de oficina.

Pues bien, fue a bordo de uno de estos asesinos de arquitectos catalanes sobre raíles donde tuvo lugar la historia que quiero contaros hoy. Concretamente en invierno, y la adversa climatología fue su desencadenante. Resulta que en nuestra oficina hacía un frío de cojones, y el calzado que había elegido aquella mañana no ayudaba a combatirlo. Por ello, y aprovechando lo de la rapidez y eficiencia del transporte que os acabo contar, decidí escaparme en horario laboral (por favor, que no se entere mi jefe) a una zapatería sita a dos paradas de tranvía de mi lugar de trabajo con la intención de hacerme con un par de botas con mucho forro por dentro.

Una vez hecha la compra (recuerdo que la cajera me preguntó dos veces en alemán que si quería bolsa y tuvo que cambiar al inglés ante mi cara de idiota), monté en el tranvía dispuesto a volver a la oficina y abrigar mis pies como Dios manda. El vehículo se puso en marcha y en su trayecto llegó a la parada correspondiente a la Hauptbahnhof, o lo que es lo mismo, la estación central. Tal parada, como de costumbre, se hallaba bastante concurrida, por lo que se produjo en la misma un intercambio de pasajeros considerable. Entre todos los que subieron, uno destacaba por dos motivos: el primero eran sus pintas, pues a una barba de semanas totalmente descuidada se unía el hecho de que vestía una ropa bastante andrajosa cubierta por un abrigo de plumas viejo y un mugroso gorro de lana que le daba aún más aspecto de Barragán. El segundo motivo fue la perorata que nos soltó a todos los ocupantes en cuanto puso un pie en el vagón.

Me dio penica, la verdad. Aquel pobre mendigo largando un discurso en alemán en el que, digo yo, estaría hablando de que si una familia que alimentar, que si más triste es de robar, que si para un bocadillo o lo que sea... y yo siendo incapaz de entender una palabra que me permitiese empatizar aún más con él. Curiosamente, ese mismo día había estado hablando del tema con varios compañeros, pues la mendicidad aquí no es que esté descontrolada, y los pocos sin techo que hay están de sobra identificados y localizados por el ayuntamiento, que hace lo que puede por echarles una mano.

Precisamente me estaba acordando de todos estos detalles cuando el hombre me eligió a mí para comenzar su procesión pedigüeña (yo me encontraba más cerca de la puerta que nadie) y puso ante mis narices una especie de tarjeta de visita. Ese gesto me hizo fliparlo bastante, y pensé: "no es que el ayuntamiento tenga a los mendigos controlados, es que encima necesitan una autorización para pedir como la que le exigen a los músicos callejeros para poder tocar". Este pensamiento, unido a lo inútil que habría resultado el hacer el esfuerzo, me impidieron entender lo que me estaba diciendo, por lo que me limité a sacudir la cabeza mientras lamentaba haber salido de la oficina sin suelto en los bolsillos que poder darle (las botas las pagué con tarjeta, todo sea dicho).

Pero aquel señor parecía no darse por vencido y seguía frente a mí, aguantándome la mirada. Yo, que empezaba a sentirme incómodo ante su insistencia, opté por echar la vista hacia otro lado y centrarme en los carteles corporativos de la empresa de transporte colgados por aquí y por allá. Y fue un detalle en dichos carteles el que me demostró, una vez más, lo idiota que soy: reparé en el logo que se mostraba en todos ellos, volví a mirar la "tarjeta de visita" que aquel "mendigo" seguía sosteniendo ante mí y comprobé que contaba con el mismo logo que los puñeteros carteles. Até cabos, me tapé la cara invadido por el sentido del ridículo y mascullé para mis adentros:

—Me cago en la puta. El revisor.

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sábado, 12 de septiembre de 2020

Bajo el polvo 2. ¿Por qué tengo esto otro?

Yo pensaba empezar esta entrada con un "Si todo va bien...", pero teniendo en cuenta lo cerca que debemos estar ya del fin del mundo, va a ser mejor que me replantee mi primera frase.

Si todo no va demasiado mal, viajaré a Valladolid dentro de una semana. Ya han pasado ocho meses desde que estuve allí por última vez, y creo que nunca me había tirado tanto tiempo sin pisar la capital del Pisuerga. Digo esto porque ocho meses son muchos meses si tenemos en cuenta que yo me había propuesto sacar ocho entradas contando la mierda que me fui encontrando conforme hacía limpieza y hasta hoy sólo he escrito una. Que vale que mi vida es un no parar, pero yo creo que ya va tocando continuar la serie. Así que no me enrollo más y paso a hablaros de...


Estas muelas



Sólo se me ocurren dos razones por las que guardar partes del cuerpo. La primera es la misma que mueve a Faemino y Cansado a hacer sus espectáculos: la pasta. Me vienen a la cabeza Gunther von Hagens, cuya exposición Bodies le ha servido a él para forrarse y a mí para poder decir que tuve en mis manos un corazón humano cuando fui a verla a Madrid; y la Iglesia Católica, pues con el cuento de las reliquias se la ha colado a todo Dios. Desde curitas de pueblos en los que se veneran prepucios hasta el mismísimo Franco.

La segunda razón es fardar de algo, y en mi caso, de tener unas muelas del juicio grandes como los colmillos de un jabalí. Y no lo digo yo. Lo dicen todos los dentistas que en algún momento han tenido que enfrentarse a la extracción de las mismas.

Las que veis en la foto (acompañadas de una regla como si fuesen parte de un alijo incautado por la Guardia Civil para demostrar lo del tamaño) son las dos de abajo. Mi ortodoncista recomendó su extracción so pena de que mi dentadura terminase como cualquiera de las mierdas que ha diseñado Calatrava, lo cual sería una tragedia porque mis padres se dejaron un dinero en corregirme la mordida durante mi niñez y adolescencia. Siguiendo esta orden, la primera salió vía Seguridad Social, y en el hospital se quedaron un poquito cortos con la anestesia. Recuerdo que el sacamuelas encargado de la tarea, mientras hacía unos movimientos rarísimos en mi boca como si fuese Charles Chaplin en Tiempos Modernos, me preguntó si aquello me estaba doliendo. Yo le dije que sí (bueno, yo le dije que porque tenía la boca ligeramente dormida y llena de instrumental) y él replicó que aquello no era dolor, sino presión. Y entonces yo le dije "vede a domá bo gulo", y él mostró todo un alarde de profesionalidad y paciencia al no responder nada. Para deshacerme de la otra recurrí a un dentista privado, y la cosa fue tan bien (y eso que le tocó abrir encía) que la ausencia de trauma hace que no me acuerde ni de quién fue, ni de dónde.

Las dos de arriba también abandonaron mi boca, años después, pues me las clavaba en las encías inferiores durante el sueño y me despertaba jodidísimo. En esta ocasión, la actividad tuvo lugar en una clínica bastante pija (de ésas que te descubren cuarenta caries y te pretenden cobrar una cosa llamada "curetaje", que no tengo ni zorra de lo que es pero que suena a algo que se han inventado para sangrarte el bolsillo aún más si cabe). Originalmente querían extraerme una muela por sesión, pero les dije que al día siguiente me tenía que volver a Irlanda y entonces decidieron doblar la dosis de anestesia y hacerme un dos por uno. Y lo único que me dolió fue que las dos piezas acabaron en la basura de la consulta antes de que pudiese decir "bo favó, ¿be dah buedo guedá?".


Este mono



Chorrada de todo a cien, por supuesto, pero una chorrada la mar de salada. El plan original siempre fue que dicho muñeco colgase del retrovisor de mi coche. Sin embargo, como sabéis quienes me conocéis, yo nunca he contado con vehículo a motor propio. No tuve ingresos con los que poder permitírmelo cuando estudiaba en Valladolid, la fugaz y estúpida idea de comprar uno en Irlanda duró lo que el vendedor de aquel concesionario tardó en decir "estamos cerrando" y no me da la gana comprarme uno ahora que mi novia y yo vivimos en Austria, pues nuestras bicis, la eficiente red de transporte público de la ciudad y lo poco vagos que somos cuando de caminar cuarenta minutos se trata nos bastan y nos sobran para realizar la mayoría de desplazamientos.

Por ello, el monito se ha pasado los últimos diez años colgando del flexo que ilumina la mesa de mi habitación vallisoletana por las noches. Por cierto, una vez descubrí que es posible tirar del mismo, pues su cabezón y esa cabecica pequeña que tiene en lo alto están unidos por un cordel. Tras hacer esto y soltar el mono, el mismo asciende recogiendo cable mientras todo su cuerpo y su boca tiemblan haciendo un ruido espantoso que estuvo a punto de provocar un infarto a mi hermano.


Esta lámpara de lava



Durante mi infancia y juventud odié y amé cada septiembre a partes iguales. Mi odio era causado por la vuelta al cole (o al instituto o a la universidad) pues yo, aunque no sea idiota, siempre fui mal estudiante. Por ejemplo, mis notas de matemáticas durante la ESO y bachillerato siguen una función decreciente en la que es fácil apreciar la negatividad o nulidad de su derivada a lo largo de todo el dominio. Es más, diría que la función es estrictamente decreciente, pues no hay un momento posterior a otro en el que mis notas incrementen o igualen su valor. Ya os he dicho que no soy idiota.

Inciso gracioso que a lo mejor ya he contado pero me da igual: mientras cursaba primero de ESO, nuestra profesora de matemáticas y a la vez tutora nos ofreció participar en el Canguro matemático, una prueba para chiquillos de todos los institutos de Valladolid en la que había que resolver una serie de problemas con opciones a, b, c o d. Me apunté, a pesar de que por aquel entonces ya me empezaba a costar subir del seis en las notas de los controles y exámenes de la asignatura. Pues bien, cuando los resultados fueron enviados al centro, la profe de mates me llamó vago cinco veces seguidas delante de todos mis compañeros, ya que había terminado la prueba en segundo lugar, sacando un puto 96 sobre 100.

Que a lo mejor no es que yo fuese un vago, sino que ella era una pésima profesora. Quién sabe...

Mi amor por el noveno mes era debido a la celebración, año tras año, de las ferias y fiestas de San Mateo (hasta que pasaron a ser de Nuestra Señora de San Lorenzo, lo cual mencioné brevemente aquí), pues a la multitud de actividades organizada por el ayuntamiento se unía la llegada de atracciones y casetas de tiro al recinto ferial ubicado junto al estadio Nuevo José Zorrilla. Y muchos coincidiréis conmigo en que montar en las atracciones, atiborrarse de churros y de algodón de azúcar y tratar de hacerse con mierdas de toda índole probando puntería entre humo de fritanga, escuchando de fondo el piribiribiribiribiribí de los coches de choque y las chorradas que sueltan los tomboleros mola QUE TE CAGAS.

Llegó un punto en mi adolescencia en el que me especialicé en determinadas casetas de tiro. Por un lado estaban las de reventar globos con dardos (o colar los mismos en aros sujetos a un trozo de madera), en las cuales tenía más o menos suerte, pero es que había un par en las que mi maña y mi paciencia jugaban a mi favor. Una contaba con figuras representando a porteros que, moviéndose a derecha e izquierda, trataban de impedir que colases tres minibalones en una diminuta portería; y otra de ellas tenía varias filas de payasos de madera decorados con plumas a derribar con pesadas pelotas. Pues como digo: maña y paciencia. Resultaba de lo más reconfortante abandonar el puesto con un peluche gigante, un pequeño e inútil electrodoméstico o la lámpara de la foto tras haber logrado el objetivo mientras una horda de canis fallaba estrepitosamente al tirar con demasiada fuerza y torpeza minibalones y pelotas como si fuesen chimpancés arrojando sus propias heces.


Esta pitillera



He de confesar que no tengo ni puñetera idea de cómo terminó este objeto en mi habitación. No sé si lo compré en un mercadillo, si alguien me lo regaló o si he sido capaz de viajar en el tiempo (en sueños, porque no me consta) y robársela al mismísimo Stalin. Lo que sí sé es que si alguna vez me da por fumar (Dios no lo quiera), puede que la use porque a dar la nota no me gana nadie. De todas formas, si alguien la quiere, se la regalo.

No, esperad.

De todas formas, si alguien la quiere, se la vendo.


Este tamtam



Mis viajes a Francia son un tema recurrente en este blog, ¿verdad? ¿¿¿Verdad???. Todos ellos tuvieron en común que, además de la estancia de varios días en Lille conviviendo con familias, los mismos incluían una visita de un día a un parque temático, a elegir entre el Parque Astérix, Eurodisney o Futuroscope. A éste último fui en dos ocasiones, lo que me permite recordar detalles loquísimos de lo que hay allí. El sitio tiene (o tenía, que igual lo han cambiado todo pero paso de comprobarlo) diferentes pabellones en los que proyectan vídeos. Uno de ellos es una sala 3D en plan IMAX (algo que a estas alturas ya no impresiona a nadie pero por lo que se nos escapaba el pis en los noventa), otro cuenta con una pantalla enorme al frente y otra a los pies que muestra un vídeo sobre la migración de las mariposas monarcas. Otro es un simulador de fórmula uno y los asientos se mueven (asientos duros como piedras, por cierto. Que le dije al que estaba a mi lado que pegase bien la cabeza al reposaídems para evitar sacudidas y el primer meneo nos arreó una hostia que casi nos deja inconscientes). Otro tiene un huevo de monitores de tubo formando una cuadrícula y se sincronizan para mostrar una única imagen... Pues eso, que están locos estos galos.

Además de los pabellones y las representaciones en sí, hay otros dos detalles que guardo en la memoria con respecto a mi segunda y última visita a Futuroscope. El primero es que, mientras el grupo de estudiantes y profesoras al que pertenecía hacía cola en uno de los restaurantes del lugar, podíamos ver el menú del día impreso en la pared. Al apreciar que el mismo contenía un sinfín de florituras y detalles pomposos que hacían que cada plato contase con tres líneas de descripción (omelette de no se qué con esencia de esto otro y aroma de tal sobre lecho de salteado de temporada y un toque de...) mascullé "para un puto filete que nos van a servir, y encima tienes que tratarlo de usted". Ante tal barrabasada, mi profesora de francés (uno de los adultos a quien más he admirado en mi vida) me miró con gesto decepcionado y me dijo muy seria: "José, a algunos nos gusta que en el mundo haya cosas bonitas". Y me sentí dolido. No tanto por su reprimenda sino por tener que reconocer, para mis adentros, que estaba reciclando el chiste. Y es que muchos años atrás, mientras la profe de inglés nos explicaba que aunque con los animales hay que usar "it", los de compañía suelen venir con "he" o "she" según lo que tengan entre las patas de atrás, yo solté "vamos, no me jodas. Un puto perro sarnoso y encima hay que tratarlo de usted". Eso sí, en aquella ocasión no me cayó un reproche. Me cayó un guantazo ganado a pulso.

El segundo detalle es la compra del tamtam de marras. En una de las tiendas de souvenirs y cachivaches tecnológicos del lugar se podían adquirir dos tipos de instrumentos musicales, y el otro era un trozo de tubo flexible protegecables que al ser girado nerviosamente hacía el mismo sonido que el que se escucha al principio de la canción Soir de fête, de Yann Tiersen. Y yo sabía que no valía la pena comprar el puñetero tubo porque podía conseguir gratis todos los que quisiera si me colaba en cualquier recinto en obras. Vale, tampoco valía la pena comprar el tamtam, todo sea dicho, pero lo hice igualmente. ¿Que por qué? Pues porque si se deja dinero a mi alcance, está claro que tarde o temprano voy a acabar gastándolo en chorradas. Y ésta es la segunda entrada que lo demuestra.

Hala, ya he cumplido. Hasta otra.

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