miércoles, 2 de noviembre de 2022

Yo vs. el alemán. Octavo asalto

Mi novia acaba de cortarme el pelo, algo que me hace feliz por dos motivos: el primero es la maña que tiene, todo sea dicho; y el segundo es que me ahorra un mal rato. Mal rato que se habría visto agravado a causa de la barrera lingüística debido a que vivimos en un país de habla germana y tal.

Para celebrar de la que me he librado voy a escribir otra entrada hablando de cómo nos estamos llevando el alemán y yo, y lo voy a hacer en forma de lista por mucho que os joda, que así me cuesta menos y acabo antes. Para compensar, al final colaré una minianécdota para que nos riamos todos menos yo, así que tranquilos. 

Un tema al que le he dado muchas vueltas es el cambio que hemos experimentado en lista de la compra desde que vinimos a vivir aquí tras (enlazo por enésima vez la misma entrada de siempre) siete años viviendo en Dublín. Para explicarme mejor, voy a enumerar una serie de artículos que no fui capaz de encontrar en los supermercados irlandeses (o que vi de forma excepcional) pero que nunca me ha costado localizar en Valladolid. Redescubrir este género en los pasillos de las tiendas austriacas suele reconfortarme como sólo el capitalismo puede hacer, ayudándome a sentirme un poco más cerca de casa y ahorrándome la habitual conversación que solía tener con mis padres via Skype cuando vivía en la Isla Esmeralda (mi padre diciendo con incredulidad: "¿cómo que allí no venden X?" y tal). Allá voy.

Inciso: si alguien con experiencia viviendo o comprando en el país irlandés tiene ganas de decirme "pues en tal supermercado polaco de tal pueblo a setenta kilómetros de Dublín venden tal producto" o "pues en la semana nosequé del Lidl suelen tener esto otro aunque tienes que ir el primer día porque se agota", le pido por favor que se pire. Como aquel compañero de curro que, ante mi protesta por la escasez de pescado en los supermercados irlandeses me soltó "siempre puedes ir a Howth a comprar pescado". A Howth, ¿sabéis? Un pueblo que pilla a hora y media en tartana del centro de Dublín. Vamos, que podría haberme dicho "siempre puedes ir a pescarlo tú mismo".

A Howth. No me jodas...

 

Maizena


Creo que fue uno de los primeros productos que compré en Austria. Imagino que para preparar un postre pero no recuerdo cuál ni debido a qué ocasión. Eso sí, del paquete usé una cucharadita y el resto pasó a ocupar el fondo de un armario de la cocina aguardando pacientemente la llegada de su fecha de caducidad. Y juraría que ahí sigue.

Esperad, que voy a ver.

Efectivamente, ahí sigue. Y caduca en febrero del año que viene.


Bollycaos


Vale, estoy haciendo trampas. No son auténticos bollycaos. Pero es que los bollycaos que podéis comprar hoy en día tampoco son auténticos bollycaos, reconozcámoslo. Sin embargo, cada vez que les doy un mordisco a los de la foto siento lo mismo que cuando escucho a Carlos Herrera: un viaje al pasado. Su sabor y textura (de los bollos, no de Carlos Herrera) son algo que no había experimentado desde los noventa, y sólo les falta incluir Kaos o cromos de Sonic para hacer que se me salten las lágrimas.


Leche


Del tema lácteo desde el punto de vista de quien vive en Irlanda ya hablé en su día. Y ahora me toca ver las cosas desde el otro lado del Canal de la Mancha. Aquí ya no nos toca correr del supermercado a casa porque la leche sea fresca y se enrancie sólo con mirarla (en serio, lo de que la leche se pusiera mala antes de fecha llegó a ser asunto de Estado). La leche que compramos ahora es de la que aguanta meses fuera del frigorífico (siempre que no la abras) y compite con la Maizena por ver quién va a caducar más tarde.


Tomate frito


En Irlanda lo había de dos tipos: o triturado y totalmente distinto a lo que yo había probado hasta la fecha o directamente ketchup. Bueno, pues aquí no tengo ese problema. Y poco más puedo decir al respecto.


Canónigos


Cierto es que este vegetal fue una rara avis durante mi infancia y adolescencia. No obstante, disfruté de su ingesta las pocas veces que llegó a mi plato, y no recuerdo haberlo visto en supermercados dublineses. No había canónigos pero sí que había bolsas de ensaladas varias, aclaro. Salvo aquella vez que, por un tema de climatología o algo así, el Tesco al que me acercaba durante mis descansos del curro mostró las baldas correspondientes desiertas como un mitin de Ciudadanos, junto con un cartel explicativo que rezaba que debido a movidas en Europa no habían podido recibir existencias.

Es lo que tiene ser una isla con poco que exportar y mucho que importar. Aprovecho para saludar a Gran Bretaña y a su quinto primer ministro desde que se aprobó el Brexit.


Patatas sabor paprika


Creo que a estas alturas ya se ha dicho todo lo que se podía decir acerca de lo patateros que son los irlandeses. Y creo que hasta yo he llegado a dejar caer en este blog que la aerolínea del país llegó a ofertar en su menú el sandwich de patatas fritas de bolsa calificándolo como an Irish classic.

Sí, le podéis preguntar a cualquier irlandés si lo de jalarse patatas fritas de bolsa en pan de molde es algo habitual y os responderán con toda naturalidad (o incluso con algo de nostalgia, pues semejante guarrada constituye el desayuno de muchos niños y adolescentes) que yes.

Teniendo en cuenta esto, pensaréis que el país contará con una variedad de sabores interminable, ¿no?

1. Sal y vinagre.

2. Queso y cebolla.

Y eso es todo. Dos modalidades ante las que nunca podía decidirme porque no me quedaba claro cuál me iba a dejar peor aliento. Existía una tercera opción disponible en una de las tiendas del aeropuerto de Dublín: patatas con sabor a cóctel de gambas. Pero de ésas mejor ni hablar, hacedme caso.


Yogur con cerealitos


Véase esta entrada tan graciosa que escribí hace más de un año.


Hojuelas


He de reconocer que no me esperaba encontrarme este producto aquí, pero parece ser que para algunas delicias no existen fronteras en la Europa continental (y yo que me alegro). Al igual que sucede en España, salen a la venta en las fechas previas a la Cuaresma, y cada año entra un paquete en mi casa religiosamente (nunca mejor dicho). A riesgo de repetirme (pues no me apetece revisar entradas pasadas para confirmar si ya conté esto, aunque juraría que sí), os diré que el dentista al que iba de niño siempre las ofrecía a sus pacientes, y aunque por entonces me pareciese todo un detalle, ahora que lo pienso, que un dentista reparta comida TAN azucarada no deja de ser irónico. Como si un chapista te invitase a whisky.

Sí, el paquete está casi vacío porque soy un carpanta

Torreznos


Me dolió (y me duele) en el alma tener que dejar atrás el Irish breakfast, pues la promesa de que cada sábado o domingo fuese a meterme uno entre pecho y espalda era lo que me hacía salir de la cama cada mañana de lunes a viernes. El sustituto (por así decirlo) al que recurrimos aquí los domingos es el plato de huevos fritos con bacon (sí, como el que nos jalamos justo después de votar en aquella ocasión), que le deja a uno con ganas de más, pero a falta de pan...

Es habitual coronar los huevos con un poco de cebollino, y como mi novia y yo somos muy de cerdear, le añadimos unos pocos torreznos porque sólo se vive una vez.

Y no somos los únicos en esta casa con esa filosofía. Mirad:


En serio, mirad que dos yonkis de lo porcino, por favor:


Y ahora, la minianécdota.

No sé cuán mantequilleros sois vosotros, pero yo he de reconocer que muy poco. Sólo uso dicho derivado de la leche cuando preparo puré de patatas, cruasanes a la plancha, masa de croquetas o empanada. O si tengo que cocinar algún postre. Pero si tenemos en cuenta que mi novia y yo comemos fuera de casa prácticamente a diario y que mi falta de vida social se encarga de que apenas tenga que encender el horno, puedo contar con los dedos de una mano el número de veces al mes que tiro de mantequilla.

Por ello no es de extrañar que tarrinas con más de la mitad de contenido y la fecha de caducidad pasadísima se tengan que ir a la basura, algo que detesto porque, al igual que le ocurre al personaje de Mary Quinn en Derry Girls (una serie que, si no habéis visto ya, NO SÉ A QUÉ ESTÁIS ESPERANDO) con una lavadora a media carga, tirar comida va en contra de mis principios.

Pues bien, la solución a este problema pareció llegar a los pocos días de nuestro aterrizaje en tierras austriacas. Durante una de nuestras incursiones al supermercado de turno, y mientras echaba un ojo a las mantequillas, descubrí entre éstas unos paquetitos muy cuquis, con el tamaño de, digamos... la cabeza de una rata (no me juzguéis, que estoy escribiendo esta entrada del tirón y mis neuronas empiezan a quedarse por el camino), y a un precio irrisorio (unos veinte céntimos la unidad, me parece). Germ, se llamaban.

Y yo pensé: "llámate como quieras, pero te vienes conmigo porque me vienes de lujo".

Poco más tarde, mientras me disponía a preparar una de las cinco cosas que he enumerado hace un par de párrafos, eché mano del diminuto Germ, lo abrí y... ¿qué coño? ¿Por qué aquella mantequilla tenía un color grisáceo y una consistencia tan rara?

Pues porque, tal y como aprendí en ese momento, "Germ" significa "levadura".

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lunes, 24 de octubre de 2022

Bajo el polvo 5. Que yo no fui a EGB; que fui a Primaria

Cinco meses sin pisar por aquí. Qué vergüenza. Y ahora es cuando yo os tengo que decir que ha sido porque he estado muy liado y enumero actividades justificando mi afirmación, pero en su lugar no voy a decir nada al respecto porque es posible que dichas actividades me den para varias entradas. Además, se me viene encima un proyecto que, con lo que me gusta estirar el chicle, puede que colonice este blog durante todo el año que viene. No obstante, y sabiendo lo bien que se me da dejar las cosas a medias, no voy a prometer nada y en vez de eso os voy a dejar pensando "¿de qué cojones has estado hablando desde el principio de esta entrada?".

Lo que sí que voy a hacer es ir finiquitando aquello que empecé tiempo ha. Por ello, retomo la serie en la que os hablo de mierda que rescaté de mi habitación haciendo limpieza y, al igual que en la anterior entrada (la cual escribí HACE MÁS DE UN AÑO. En serio, qué puta vergüenza), hoy van a caer otros cinco objetos relacionados con mi etapa estudiantil. Como por ejemplo...

Este tetraedro rotativo



Guao. Ésta no la habéis visto venir, ¿eh? De todas formas, no quiero tirarme flores, que he tenido que buscar en Google cómo se llama el cachivache porque no me acordaba. Para explicar qué pinta eso en mi habitación tengo que remontarme a cuarto de ESO.

Resulta que cuando rellené la matrícula de dicho curso elegí Informática como asignatura optativa (pues el año anterior me lo había pasado en grande cursándola). Sin embargo, debido a un problema de falta de plazas, de personal o yo qué sé, la secretaria del instituto me comunicó que podía ir arrojando mi gozo a un pozo y que eligiese otra materia en su lugar, sugiriéndome la de Taller de Matemáticas. Y yo, que sabía que aquella disciplina estaba dirigida a los alumnos más zotes en eso de hacer cuentas (y a mí aún se me daban bien las mates, tal y como expliqué brevemente en su día justo antes de hablar de mi lámpara de lava), pregunté si aquello era una broma.

Se me invitó entonces a discutirlo con el jefe del departamento, y éste me explicó amablemente (explicación que tuvo que dar a otros seis o siete alumnos que se encontraban en las mismas, por otra parte) que aquel curso el contenido de la asignatura buscaría estimular al Euclides que algunos teníamos dentro en lugar de machacar con ejercicios a quienes se les atascaba la tabla del cuatro. Y así fue. La profesora proponía problemas interesantes de pensamiento lateral, como ése de la oveja, el lobo y la lechuga cruzando un río que nunca he logrado resolver. O uno de un usurero. No recuerdo muy bien en qué consistía porque mi memoria guarda en su lugar los tres minutos de carcajadas que me dedicó la funcionaria cuando le confesé que siempre había pensado que un usurero es alguien que rebusca en los contenedores. Pero bueno, os podéis hacer una idea de en qué consistió aquello.

También había días en los que la clase se convertía en un Art Attack matemático. Por ejemplo, el día que nos tocó hacer un pentominó (actividad que me fascinó porque yo soy muy rarito). Otra manualidad, y por fin llego a donde quería, fue la consistente en elaborar el trasto de la foto. La gracia del chisme está en que, si uno aprieta el centro del mismo, es posible hacer que gire sobre sí mismo una y otra vez. Si, además, se ha dedicado tiempo a colorearlo detalladamente, el efecto visual es mu bonico, pero a mí me dio una pereza horrible y no me lo curré mucho. A la vista está. Al menos la profe no me dio la turra como a mi compañero, a quien sugirió de forma ligeramente insistente y algo perturbadora que decorase su tetraedro usando un patrón de ojos porque los suyos eran muy bonitos. Muy bonitos. Muy muy bonitos.

No llaméis a la policía, joder, que tampoco fue para tanto.

Este souvenir



Villamanín de la Tercia es un pueblecito del norte de León que se ha quedado prácticamente sin agua desde que en dos mil dos Francisco Álvarez Cascos se emperrase en llevar el AVE a Asturias a toda prisa sin pararse a pensar demasiado en que hay que tener mucho cuidado cuando de ponerse a cavar túneles en una zona llena de acuíferos se trata.

Poco antes de que las diferentes administraciones dejasen la zona más seca que un polvorón, el pueblo contaba con, además de agua, un albergue que a día de hoy parece seguir abierto. Pues bien, yo tuve la suerte de alojarme en el lugar en dos ocasiones: una como atleta y otra como estudiante.

Como atleta estuve allí unos días junto con mis compañeros de un club deportivo multidisciplinar, siguiendo un "programa de tecnificación" que consistió en matarnos a correr por la montaña mañana y tarde y en hacer el tonto por las noches llevando a cabo actividades que reforzasen el compañerismo y el espíritu de equipo y tal. Por ejemplo, intercambiando género y ropas con una baloncestista y llevándome una ovación ante mi cuidado maquillaje y lo bien que le quedaron al pelo ligeramente largo que tenía entonces las dos coletitas que me plantaron las del equipo.

Como estudiante, y siguiendo un proyecto que se llamaba "aulas en la naturaleza" o algo por el estilo, también pasé por allí (no recuerdo si antes o después de lo del atletismo). Y en esta ocasión lo que hicimos fue pegarnos caminatas interminables pero muy enriquecedoras culturalmente porque nos acompañaron una bióloga y un geólogo que nos contaron un huevo de cosas que ya se me han olvidado (excepto que "cinegético" significa "relativo a la caza"). Esta estancia tampoco estuvo exenta de actividades chorras vespertinas. En una ocasión tuve que interpretar a Blasa, el personaje de José Mota (arrancando muchos aplausos y risas del resto de alumnos) y, cuando se nos encomendó dividirnos en grupitos, investigar algo acerca del pueblo y contarlo después de forma interesante, otros dos chicos de mi clase y yo hurgamos cual usureros pordioseros en los contenedores cercanos al ayuntamiento y relatamos lo encontrado (papeles con información irrelevante, más que otra cosa), entre más risas y aplausos, haciéndonos pasar por los presentadores de Caiga Quien Caiga. Y yo hice del Gran Wyoming.

Sí, en aquel albergue quedó constancia de lo payaso que soy.

Ah, y lo del souvenir. Pues nada, que tuve que ir a la única tienda del pueblo para comprar una jabonera en la que guardar la pastilla de jabón de azufre que usaba entonces para intentar acabar con el acné que invadía mi cara (spoiler alert: no funcionó), y el jarroncillo de la foto se vino conmigo también porque me pareció muy cuqui. No tiene más misterio.

Esta cadena



Terminado el instituto, y tras ver cómo amigos míos que me sacaban un año escolar de ventaja se habían vuelto literalmente gilipollas al empezar la Universidad y tenérselo muy creído (el Síndrome de los techos altos, llamo a eso), decidí que tiraría por la Formación Profesional y estudiaría un ciclo relacionado con la Informática. El centro donde se impartía el mismo se encontraba en Parquesol, y a quienes no conozcáis este barrio vallisoletano os diré que el mismo se erige en lo alto de un cerro (un cerro es como una montaña que en vez de pico tiene la cima plana como el encefalograma de Alfonso Ussía) en la zona oeste de la ciudad. A pesar de haber sufrido la misma vorágine urbanística que todas las poblaciones del país en los últimos treinta años, las laderas que dan acceso a la barriada se han librado en gran parte del ladrillo y el cemento, por lo que cuenta con grandes parques y zonas verdes (y algún que otro secarral) en cuesta o en pendiente, según se mire.

El instituto en el que yo estaba aprendiendo a programar se hallaba en los límites del barrio, y para acceder al mismo me tocaba cruzar uno de estos parques cada amanecer. El paseo se antojaba bucólico, pero por desgracia la zona sufría dos plagas de diferentes animales por aquella época: una de conejos y otra de nazis. Si bien es cierto que el ser sorprendido por algún que otro lepórido correteando entre matojos me alegraba la mañana, la idea de cruzarme con un grupo de anormales dispuestos a grabarme una esvástica a navaja no me hacía ni puta gracia. Que a ver, en una situación de las de fight-or-flight yo soy de los de flight como alma que lleva el diablo, pero como nunca se sabe cuando va a ser inevitable lo del fight, pues me acerqué a una ferretería del centro, localicé los rollos de cadenas, calculé delante del atónito ferretero cuánto tendría que medir la misma si de zarandearla a la altura de la cintura se tratase y le solté un "corta por aquí" mientras señalaba el eslabón correspondiente.

Por suerte nunca me vi en la fea situación de tener que usar aquella cadena, y las únicas víctimas de la misma fueron los bolsillos del pantalón en los que la llevaba, para disgusto de mi madre, que atestiguaba cómo irremediablemente se daban de sí y así me lo hacía ver prácticamente a diario.

Esta biblia



Vale que el simple hecho de relacionar religión y enseñanza me parece repugnante; pero esperad, que la historia tiene girito. Resulta que una de aquellas mañanas libres de nazis, a mi llegada al centro donde me estaban enseñando a programar en Java y a diseñar bases de datos en el modelo relacional (no sé si esto que acabo de decir tiene sentido o es una burrada porque no me acuerdo muy bien de aquel temario), me topé con dos hombres que, armados con una enorme caja repleta de ejemplares de las Sagradas Escrituras, entregaban un librito como el de la foto a todo aquel joven dispuesto a aceptarlo, por el módico precio de cero euros.

Y a mí no hay que insistirme mucho cuando se me quiere dar algo gratis, todo sea dicho.

Además de quien escribe estas líneas, fueron muchos los estudiantes de ESO, Bachillerato y FP los que recibieron el presente y se dirigieron con él metido en el bolsillo a sus correspondientes aulas, dejando a los dos evangelizadores con las manos vacías en un santiamén. Sin embargo, lo que se produjo más tarde aquel día no fue precisamente la deseada catequización que buscaban. Esperad, que me explico.

Visualizad por un momento el conocidísimo concepto: "pelea de bolas de nieve". ¿Listo? Bien, ahora haced lo mismo con la idea "pelea de globos de agua". Lo veis, ¿no? Estupendo. Pues ahora extrapolad lo anterior y representad en vuestra mente lo siguiente:

"Pelea de biblias".

Al final no me toca explicarme mucho, ¿verdad? Sólo diré que pasar aquel recreo contemplando a decenas de jóvenes comportándose como si el patio del centro fuese Belfast en los setenta, usando como munición la Palabra de Dios, fue tan épico como blasfemo. Os lo juro.

Aunque lo mejor fue el fraternal fin de jornada que tuvo lugar después, pues los mismos estudiantes que horas antes habían estado peleando a bibliazo limpio celebraron un desfile por los pasillos del insti lleno de alegría, risas y mucho, mucho, MUCHO confeti que os podéis imaginar de dónde salió.

Estas gafas



Terminé mis estudios de FP al mismo tiempo que la crisis financiera de 2008 nos pasaba la mano por la cara a todos los que no salimos en la lista Forbes. Viendo que encontrar trabajo no ya de lo mío, sino de lo que fuese resultaría quimérico, me metí en la Universidad. Por un lado, hice todo lo posible por no creérmelo demasiado, so pena de acabar como mis antiguos compañeros de instituto y, por otro lado, no hice lo suficiente como para aprobar el porrón de asignaturas que me permitiesen fardar de ingeniería. Así que no, no terminé la carrera. Además, harto de arrastrar las mismas materias año tras año y con el Plan Bolonia pisándome los talones y amenazando con poner mi currículo patas arriba, acabé largándome a Irlanda para buscarme la vida y la jugada no me salió tan mal.

De mi etapa universitaria guardo un par de buenos recuerdos. Uno de ellos, que viene al caso, consistió en participar en un concurso de programación en Madrid para el que tuve que clasificarme compitiendo contra compañeros de mi facultad. Tras pasar la tarde de un viernes resolviendo ejercicios, obtuve un segundo puesto que me otorgaba un billete de tren a la capital del Reino y dos noches pagadas en una habitación de hotel de la calle Princesa. En la primera noche tuvo lugar una cena a la que invitaron a todos los participantes a aquella fase internacional y durante la que los de la Universidad de Valladolid no hicimos ni puto caso a nadie y dimos cuenta rapidito de los platos para acto seguido largarnos de fiesta a los Bajos de Argüelles.

A la mañana siguiente, mi amigo (que había quedado primero en la fase local porque es un hacha picando código) y yo nos entretuvimos más de la cuenta durante el desayuno, empeñados en probar TODOS los diferentes cafés de la Nespresso del hotel, por lo que tuvimos que ir por nuestra cuenta a la Facultad de Informática portando sendas taquicardias fruto de la sobredosis cafetera. Aquella jornada nos tocó aguantar varias conferencias, a cuál más aburrida, pero al menos nos regalaron parafernalia variada, incluidas esas gafas horteras.

El concurso en sí tuvo lugar durante la tercera y última jornada. Los tres miembros de mi equipo nos tiramos todo el día peleándonos con los veintipico problemas propuestos, y sólo fuimos capaces de resolver uno, mientras contemplábamos con impotencia a los de la Pompeu Fabra ventilándoselos con una facilidad asquerosa y llevándose el torneo de calle.

Así que la moraleja está clara, ¿no? Lo importante no es ganar. Lo importante es llevarse cosas gratis. Venga, hasta otra.

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viernes, 6 de mayo de 2022

Bajo el sol en febrero. Epílogo

Acabemos con esto, que ya toca.

Al final de mi anterior entrada dejé plantado el cliffhanger más cutre jamás visto, pues el tarugo que escribe estas líneas no sólo olvidó su ebook en el asiento del avión, sino que pensó que de su proceso de recuperación se podría sacar un post entero que sirviese como colofón a una serie que ha resultado, seamos sinceros, bastante mediocre (y yo que me alegro, considerando que mis mejores entradas suelen ser aquéllas en las que cuento desgracias y en esta ocasión no ha sido así).

Le he dado varias vueltas a dicho proceso, y la verdad es que todo lo que pasó no da para una entrada entera NI DE COÑA. Yo me esperaba enfrentarme a una odisea burocrática de ésas que te dejan con ganas de abandonar la civilización para siempre o de seguir los pasos de Unabomber, pero no fue así. Por ello voy a meter un pelín de paja antes, si os parece bien (y si os parece mal os jodéis, que nadie os obliga a ver esto). Hablemos de lectores de libros electrónicos.

Mentiría si dijese que compré mi primer ebook allá por dos mil diez. Más que nada porque quienes lo compraron fueron mis padres, ya que yo no tenía ni un duro por aquel entonces pero sí muchos caprichos. El aparato, un Wolder Mibuk Gamma 6.0 costaba ochenta eurazos en Carrefour pero gracias a un chequeahorro salió por veinte menos. Que lo sigo considerando una ganga, pues el mismo cacharro, meses y meses después, seguía ofertándose por doscientos tazos en El Corte Inglés. El aparato, además de serme útil para almacenar todos los apuntes de la carrera a los que no presté la atención necesaria y darme buenos ratos cuando de soportar viajes en los autobuses de Dublín se trataba (recuerdo haberme tragado toda la saga de la Fundación de Asimov y la trilogía de Heliconia de Brian Aldiss, entre otros, a bordo de aquellas tartanas infectas), constituía todo un ejemplo de cómo debe ser la tecnología y ya no es. Y es que una tapa trasera daba acceso a las tripas del bicho y permitía retirar su batería y una tarjeta SD en la que guardar los archivos. Vamos, un enemigo acérrimo de la obsolescencia programada.

Peeero... Podéis olvidar lo que acabo de decir. Hace menos de un año mi compañero electrónico empezó a mostrar signos de fatiga y, entre otros achaques, su imagen perdía nitidez si le daba el sol a la pantalla, lo cual arruinaba mis planes consistentes en tirarme al sol en las playas del sur de Granada en su compañía durante una semana ignorando todo a mi alrededor. Tuve que buscar un sustituto, y mi mejor amigo (que hasta la fecha sólo se ha equivocado en vaticinar la muerte de Constantino Romero) me recomendó el Kobo Clara de Rakuten. Todo un acierto. Vale que no tenía un teclado precioso que por otra parte nunca llegué a usar, y su forma de mostrar archivos era bastante farragosa, pero al menos contaba con luz propia y un refresco de páginas rapidísimo.

Mi viejo Wolder pasó entonces a habitar un cajón de la habitación en la que duermo cada vez que visito a mis padres, junto con otros objetos de los que aún tengo pendiente hablaros, y el recién llegado Kobo no tardó en incorporar en su memoria más libros de los que me voy a leer en mi vida.

Y entonces, recordemos, cuando el avión procedente de Dubai tomó tierra en Viena, yo me bajé del mismo y el ebook no.

Tardé bastante en ser consciente de mi olvido, pues la recogida de maletas y la carrera al tren que conectaba con la capital austriaca se produjeron a un ritmo algo trepidante. Fue una vez nos subimos al segundo tren, dispuestos a chuparnos las tres últimas horas de viaje, cuando eché mano a mi bolso y descubrí que tenía un lector de libros menos de lo habitual. Decidí entonces (tras cagarme en todo en voy alta y provocar que más de un viajero se girase sobresaltado) llamar al teléfono de Emirates correspondiente al aeropuerto vienés, pero allí no había nadie para descolgar, pues yo estaba intentando contactarles a última hora de la tarde y su horario de atención al público terminaba a mediodía (algo que, por otra parte, no vi reflejado en ningún sitio y deduje tras unos cuarenta minutos en los que mi novia y yo no dejamos de escuchar la estridente musiquita de espera desde nuestros respectivos terminales).

A la mañana siguiente, descansado y recuperado de la paliza viajera, volví a intentar lo de llamar a Emirates, y tras otros cuarenta minutos de espera en los que me dio tiempo a tender una lavadora y preparar la comida, di con una agente que me indicó, tras escuchar atentamente lo que me había pasado, que aquello no era problema suyo, y que tendría que contactar con la oficina de objetos perdidos del aeropuerto.

Tras agradecer la información obtenida (porque, y no me cansaré de decirlo, quienes vertéis vuestras frustraciones en el personal de atención al cliente sois unos miserables), accedí a la web de lost and found como se me había indicado: una página con una navegabilidad anclada en otro tiempo en el que la conexión a internet se hacía a través de módems de 56kbps. No teniendo muy claro que la información que se me presentaba fuese de fiar y temeroso de que aquel sitio web fuese en realidad un timo, localicé un teléfono de contacto al que llamé inmediatamente, recibiendo como respuesta una locución que me invitaba amablemente a volver a la fea web y tramitar mi solicitud desde allí.

Viendo que no me quedaría más remedio, rellené el formulario describiendo mi ebook lo mejor que podía recordar, especificando, entre otros detalles, que contaba con el libro American Gods, de Neil Gaiman, a medio leer (en la descripción no dije que dicho libro me estaba pareciendo UN TOSTÓN INFUMABLE porque no procedía, pero ganas me dieron).

Minutos después recibí un email en el que se me indicaba que, qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto, mi ebook se hallaba en sus manos y que sólo tenía que pagar el rescate y contactar con la empresa de transportes de turno si quería recuperarlo.

Alternativamente, tenía la opción de plantarme en el aeropuerto y recogerlo yo mismo, pero ni el horario de la oficina de objetos perdidos me cuadraba, ni el precio del billete de tren a Viena me salía rentable. Mantuve entonces dos líneas de comunicación por correo electrónico con los de lost and found y la empresa de transportes en las que, básicamente, me dediqué a enviar justificantes de pago (no sin cierto mosqueo porque aquello me seguía pareciendo un timo) y procedí a esperar los dos o tres días laborables que supuestamente tardarían en enviármelo.

Al final, y sin que sirva de precedente en esta mi vida de hombre blanco heterosexual que no tiene problemas y necesita inventárselos, un repartidor se presentó en mi casa con una caja en cuyo interior había viajado el lector:

Sí, lo sé. Tengo que limpiar la mesa

Éste venía con la retroiluminación a tope y la batería casi descargada, lo cual provocó que me mosquease, y me da la impresión de que desde entonces se queda sin pilas antes de lo normal, pero lo más seguro es que esta idea se deba a mi imaginación de drama queen. Lo importante es que hayáis sacado una lección de todo esto. Yo, desde luego que no he aprendido nada, pues hace poco volví a subirme a un avión y en esta nueva ocasión me olvidé un termo de metal que me regalaron en mi primer día de curro. Pero no voy a contar nada más al respecto porque me dio igual.

Y hasta aquí mi viaje a Dubai. Yo ahora podría meter una conclusión de la hostia reflexionando acerca de geopolítica, derechos humanos y demás, pero no lo voy a hacer. Primero, porque internet ya está saturadísimo de esa clase de contenidos, y no tengo nada nuevo que añadir. Y en segundo lugar, porque no veáis qué pereza sólo pensar en ello.

Así que hasta otra, supongo.

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viernes, 29 de abril de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 8

No voy a empezar esta entrada hablando de lo que soñé durante la última noche que pasé en Dubai. Y es que ni lo recuerdo, ni tomé nota de ello. De hecho, no tomé notas en absoluto y me toca confiar en mi escasa memoria para echarme a escribir. Teniendo en cuenta que todo lo que estoy a punto de contaros ocurrió hace ya dos meses y que apenas saqué fotos durante la jornada, se avecina un post breve, para alivio de todos.

Aunque lo más adecuado habría sido no usar despertador (pues la paliza en la Expo del día anterior pedía a gritos dormir en condiciones), el hecho de que el avión, pese a partir a primera hora de la tarde, no iba a esperar por nosotros, hizo que no nos quedase más remedio que salir bien temprano de la cama. Para ayudarnos a enfrentarnos a la mañana con más ganas, bajamos al mcdondalds en el que prácticamente se sabían mi nombre y recurrimos a su grasienta (aunque deliciosa) opción en lo que a primera comida del día se trata.

Tras dar cuenta de huevos, bacon, hashbrowns y demás (y recoger las bandejas porque vivimos en una sociedad), aprovechamos la cercanía de una tienda Mumuso para terminar de comprar mierdas que habíamos localizado en incursiones previas a dicho establecimiento pero que no nos habíamos atrevido a adquirir por miedo a la sobrecarga maletil. Yo me compré este cojín tan mono:


Otra cosa que hicimos fue deleitarnos con la decoración de dudoso gusto que había en la zona:

Esta foto la hizo mi novia. No pensaba incluirla, pero la entrada va a camino de ser insultantemente breve y tengo que rellenar con algo

Una vez de vuelta en el apartamento procedimos a empaquetar nuestras pertenencias y toda la morralla adquirida durante la semana (os recuerdo que, entre otros objetos, me pillé un órgano Yamaha). Viendo que aún contábamos con un par de horas previas a la vorágine que supone viajar en avión, fuimos a la cercana playa, donde pasamos media hora tumbados al sol para callar a quienes me dijeron al enterarse de mi viaje "sI VAs a Ir a DUbAi TiENeS qUE iR a LA plAyA A tOmAR eL sOL". Lo que no hicimos fue bañarnos, pues la zona reservada a bañistas constituía tan sólo una minúscula cala dentro de un pequeño golfo en un rincón de la costa.

No sé si me he explicado, pero lo que quiero decir es que el agua no podía tener más mierda.

Viendo que se acercaba la hora de decir adiós a Dubai para siempre, abandonamos la playita, nos pegamos una ducha rápida y bajamos a buscar el taxi más cercano disponible (no sé por qué, pero lo de llamar a un taxi siempre me ha dado cosica. Por cierto, tengo pendiente hablar de taxis en general. Que no se me olvide). El taxista nos acercó al aeropuerto y aquí nos tocó hacer una cola importante para poder facturar las maletas. Facturarlas nosotros, ojo, porque Emirates se ha ventilado a casi todo su personal de tierra y ahora es uno mismo el que tiene que encargarse de pesar su maleta, colocarle pegatinas y echarla a la cinta transportadora. ¿Os cuesta a vosotros menos el billete desde que las aerolíneas se ahorran un pastizal con detalles así? A mí tampoco.

Tras trabajar gratis para Emirates durante unos minutos pasamos el control de seguridad, en el cual no pude evitar acojonarme un poquito porque mi pasaporte estaba dando problemas para ser leído, y el agente encargado de darme el visto bueno no estaba por la labor de contarme lo que pasaba mientras revisaba en su ordenador Alá sabe qué. Pero bueno, al final todo salió bien y mi novia y yo pudimos felizmente encaminarnos al trenecito que nos llevaría a las puertas de embarque.

Llegados a dicha zona, y aprovechando que las escaleras mecánicas no se acababan nunca, saqué una foto del interior de la nave para mostrar lo enorme del lugar, pero la verdad es que la foto no hace justicia a lo que estoy defendiendo. La voy a poner aquí igualmente:


La hora de embarcar se acercaba, y de camino a la propia puerta nos tocó cruzar por varios duty free porque los que diseñan aeropuertos son unos coyotes, oye. Que te obligan a pasar por según qué sitios para que te gastes pasta y siempre hay algún primo que no puede evitar comprarse la última gilipollez comercializada por Kinder:


Al final nos plantamos en la puerta en el momento justo de subir al avión, y mientras nos leían las tarjetas de embarque descubrí que las sillas allí presentes tenían pinta de ser muy cómodas:

Y yo perdiendo el tiempo comprándome puñeteras huchitas

Por cierto, en la entrada en la que hablaba de nuestra llegada a Dubai comenté que el avión era monstruoso, y si necesitáis una prueba, os pongo una foto de los TRES pasillos desplegados para acceder al mismo:

No pasa nada si al ver la foto os preguntáis que dónde coño está el tercer pasillo, si sólo se ven dos. A mí me acaba de pasar, demostrando lo tonto que soy al no darme cuenta de que hice la foto desde el tercer pasillo. En fin, estoy cansado

Una vez metidos en el aparato y ocupados nuestros sitios, recordé el vuelo de ida y mi alegría al descubrir que no tenía a nadie detrás que me diese patadas (alegría que me duró lo que tardó la miserable de delante en echar su respaldo hacia atrás). En esta ocasión, también fui feliz durante unos minutos, pues nuestros sitios eran los primeros de la fila y no teníamos a nadie delante dispuesto a joderme reclinando su asiento. Peeero... Lo habéis adivinado: un criajo colocado detrás de mí se pasó todo el vuelo echando un partidito de fútbol con mi asiento.

Y no fue la única criatura que dio por saco. Os juro que ni me lo estoy inventando ni exagero: en las seis horas que duró el viaje no hubo ni un segundo en el que no se oyese a niños gritando o llorando. Semejante coro hizo que entre el despegue y el aterrizaje me entrasen unas ganas cada vez más intensas de emular a Arnold Schwarzenegger en Poli de guardería. A pesar de todo, mi cerebro logró filtrar el estruendo de fondo y pude echar una cabezada de un par de minutos, que fue el tiempo que tardó una mocosa que corría frente a nuestros sitios en despertarme de una patada.

Afortunadamente, nos sirvieron la comida poco después, y antes de echarle el tenedor saqué la foto de rigor para meter algo más de paja por aquí:


Tras comer, y una vez recogidas las bandejas, pasé el resto del tiempo intentando ignorar mi dolor de espalda, escuchando podcasts descargados y tratando de hacer una foto de algo que me parecía curioso: en la pantalla situada ante nosotros, cada cierto rato aparecía una imagen mostrando en qué dirección con respecto al avión se encontraba La Meca, para que quien quisiera rezase y tal. Sin embargo, cada vez que sacaba mi móvil la imagen cambiaba, por lo que esto es lo mejor que pude obtener:

Es lo que hay

A falta de un par de horas para nuestro aterrizaje en Viena nos dieron la merienda:


Una vez encafetado, y consciente de que me iba a pasar el resto del vuelo en vela, traté de leer un rato, pero me resultaba imposible concentrarme en mitad del barullo que estaba teniendo lugar en aquel jardín de infancia con alas. Por ello, lo di por imposible, coloqué mi ebook sobre el asiento a mi derecha (que estaba vacío, aclaro) y dediqué el tiempo restante a oír música.

Aterrizó el avión, salimos del mismo, cruzamos el control de seguridad (en el que dio igual haber elegido la cola de ciudadanos de la Unión Europea o la del resto de pasaportes, pues todas van siempre igual de lentas) y aguardamos pacientemente a que se nos hiciese entrega de las maletas. Mientras esperábamos, desarrollé una teoría absurda: el tiempo que se tarda en ver la maleta propia aparecer en la cinta es directamente proporcional al miedo que se siente al pensar que la han perdido. De todas formas, el ver que la zona sigue llena de gente esperando para lo mismo sirve para darse cuenta de que estamos todos en el mismo barco y la maleta terminará saliendo sí o sí.

No quiero con esto protestar contra el personal maletero, que bastante tienen con pasarse la jornada cargando bultos de otros. Y si a alguien le parece que el tiempo de espera es excesivo, la culpa es que quienes deciden no contratar a suficiente gente.

En fin, una vez nos hicimos con nuestras pertenencias, fuimos a la estación del aeropuerto. Desde aquí, un tren nos llevó a Viena, y fue en la capital austriaca donde hicimos el transbordo que nos dejó, pasadas tres horas, en nuestro destino (y creo que nos colamos en primera clase, pero nadie nos echó la bronca, por lo que no sé si en realidad los asientos eran demasiado cómodos y yo no estoy acostumbrado a viajar en un medio de transporte que no me haga daño).

Ya de vuelta en nuestro destino, caminamos a nuestro pisazo arrastrando las maletas, y como colofón a este día que empezó bien y fue evolucionando hacia cada vez peor fuimos bienvenidos por el siguiente cartelito de los cojones:

Alcensol aberiado, que dirían los de Gomaespuma

Podría terminar aquí esta serie, dejando que imaginéis entre risas cómo mi novia y yo nos dirigimos, maletas en ristre, y tras chuparnos horas y horas de viaje, escaleras arriba hasta el sexto piso. No obstante, queda un pequeño detalle en el aire...

Al describir mi mierda de vuelo he dejado caer que en cierto momento del mismo deposité mi ebook a un lado. ¿Os suena haber leído que después lo recogí? No, ¿verdad? Bueno, pues en la próxima entrada os cuento.

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viernes, 22 de abril de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 7

La hija de una compañera de mi novia se había perdido, no sé muy bien cómo (pues aún está aprendiendo a andar), en el metro de Dubai. Para más inri, esto estaba teniendo lugar en mitad de la noche. Sin ayuda por parte de las autoridades locales, los inquilinos del apartamento decidimos dividirnos para que fuese más fácil y rápido dar con ella. Al final, por fortuna, la chiquilla apareció y se encontraba bien. No sólo bien. Se encontraba pletórica, ya que había pasado la noche metida en una juguetería. Yo tardé en enterarme del hallazgo porque me había alejado bastante del lugar de los acontecimientos mientras intentaba localizar a la niña. Pero como no era capaz de recordar su nombre, lo que gritaba mientras me dedicaba a su búsqueda era el nombre de las paradas de metro que iba recorriendo a pie.

¿Veis? También soy gilipollas en sueños.

Debido a que era sábado, y a que la fiesta del barco del día anterior nos había demostrado a mi novia a mí una vez más que ya tenemos una edad, decidimos que ningún despertador nos sacaría de la cama y que nos tomaríamos la mañana con calma, y así fue. Un ligero desayuno en el apartamento (sin café ni nada. Por Dios, ¿quién soy?) y una ducha rápida sirvieron de prólogo a la que sería la actividad que nos iba a ocupar el resto del día. Y es que, considerando que el evento mundial por excelencia del derroche cutre estaba teniendo lugar en la capital mundial por excelencia del derroche cutre, ¿quién desaprovecharía la ocasión? Nosotros, desde luego que no. Así que salimos a la calle bajo un calor difícilmente soportable y nos dirigimos al metro, el cual nos llevó a través de polígonos industriales inmensos y urbanizaciones pijas con campos de golf y chalets de dudosa estética a nuestro destino: la Expo de Dubai.


Nada más llegar tratamos de hacernos con las invitaciones cortesía de Emirates que nos correspondían por haber volado con ellos. De la entrada nos enviaron a las taquillas, escondidas en una especie de sótano, y allí nos dijeron que ellos no podían darnos las invitaciones, que tendríamos que obtenerlas escaneando el QR del billete de avión y siguiendo los pasos de la web. Y en la web nos dijeron... que vale, que aquí estaban vuestras invitaciones (lo cual fue un alivio porque yo ya empezaba a temerme un nuevo episodio de mis tribulaciones). Tras obtener una forma legal de acceder al recinto y hacer nuestra primera cola del día, pasamos el control de seguridad, donde tuvimos que mostrar nuestro certificado de la vacuna contra el Covid (¿os acordáis del Covid? Porque ahora parece que nunca hubiese existido, oye) y cruzar un arco de seguridad (aprovecho para saludar a la segurata que tuvo a bien examinar mi bolso y ver una cámara Instax por primera vez en su vida). Tras estos trámites apenas incómodos, pudimos acceder al recinto:

Del otro lado de la cúpula había gaiteros, así que el día prometía regalarme mierda surrealista e inesperada

El primer objetivo que yo tenía en mente una vez pudimos pasar era, como estaréis imaginando quienes me conocéis, comer. Echando mano del plano que nos entregaron en la entrada localicé el local de comidas más próximo, que resultó ser un restaurante italiano, y tras unos minutos haciendo la segunda cola del día, pedí una margarita que fue preparada ante mis ojos:


Una vez servido, encontré sitio en un bucólico rincón con vistas a los extintores:


Mi novia, que no tenía hambre, se dedicó a mirar como comía y finalmente decirme "bueno, venga, sí. Dame un poco". Una vez quedó de la pizza sólo el cartón salimos de allí y yo me propuse cumplir mis otros dos objetivos del día: conseguir cosas de balde y meterme en los pabellones de aquellos países bajo dictaduras o regímenes poco democráticos para ver cómo escondían sus miserias. Os voy avanzando que no conseguí NADA gratis (pues las distintas naciones participantes competían no sólo por ver quién tenía la chorra más larga, sino por ver quién era más rata), y el segundo sólo a medias porque no nos apetecía hacer más colas, y la expo estaba llena de gente hasta la bandera. Bueno, hasta las banderas, que había un huevo de ellas, tal y como se puede ver en esta foto de señores bailando que saqué al final del día:


Mi intención al poco de llegar con respecto a la entrada que estáis leyendo consistía en visitar la mayor cantidad de pabellones posibles y rajar aquí de todos ellos. No obstante, debido a las colas interminables ya mencionadas, fueron muchos más los stands de los que pasamos que aquéllos a los que pasamos, por lo que os voy a ahorrar un montón de párrafos de turra y sólo voy a hablaros de algunos, salpicando mi resumen con otras anécdotas de la jornada. Además, al día siguiente de escribir estas líneas me vuelvo a ir de vacaciones, por lo que tengo cosas más importantes que hacer hoy. Yo también os quiero.

Uno de los primeros pabellones que visitamos fue el de Afganistán. Y es que debido a un quítame allá esos talibanes cargándose derechos humanos, me interesaba ver cómo maquillaban el asunto. Por lo visto, la mejor forma de decir que en tu país no hay un gobierno fanático es haciéndote pasar por una tienda de alfombras. Os lo juro:


Al salir de aquella especie de bazar nos encontramos prácticamente de bruces con (y aquí llega un chiste que no todos vais a entender) la tuna de Magisterio:


Tras soportar el espectáculo durante unos diez segundos (hay veces que me siento mal por la gente que, con la emergencia climática que se nos viene encima, se empeña en seguir teniendo hijos, porque vaya truños les toca aguantar para que los mocosos no se aburran ni den guerra) buscamos la forma de hidratarnos, descubriendo que aquí el agua se servía vendía en latas:

Aquafina NO patrocina esta imagen

Echamos un vistazo al mapa y decidimos hacer una ruta con varias paradas intermedias y cuyo destino final era el local de Japón (por razones obvias), situado algo así como en la otra punta del enorme recinto. Por el camino pasamos frente a China:

Yo aquí iba a meter un chiste mencionando Tiananmen, a los uigures o a Winnie the Pooh, pero ni me da el ingenio para ello ni quiero pillarme los dedos, que uno no sabe quién va a cortar el bacalao a nivel mundial el día de mañana

Suiza:

Cientos de personas esperando entrar y los paraguas que daban a la entrada no eran un regalo, que tocaba devolverlos después

Egipto:

No, aquí tampoco entramos


Tiempo después comentaría con varios conocidos austriacos que eso de "Austria tiene sentido" me parecía una trola como un Schnitzel de grande y todos me dieron la razón

O Arabia Saudí, cuya fila de gente esperando para entrar se perdía de vista:


Finalmente, tras lamentar no haber calculado que iba a haber tantos visitantes (recordemos que esto pasó un sábado. Si es que soy gilipollas) llegamos al pabellón de Japón y... bueno. ¿Sabéis que desde mediados de dos mil veinte no se puede viajar a Japón? Yo sí que lo sabía, pues tengo pendiente organizar un viaje con mi novia y mi hermano en cuanto levanten las putas restricciones y suelo cagarme en todo cada vez que echo un ojo a las webs de turismo japota para ver que las fronteras siguen cerradas. Y, ¿sabíais que el acceso al pabellón de Japón de la Expo de Dubai está limitado y que hay que hacer reserva para poder verlo? Bueno, pues yo NO sabía esto y no lo supe hasta que llegué a la puerta y me encontré un puto cartelito avisando de que no se podía entrar.

Para superar la decepción nos acercamos a un puesto de dulces y helados próximo, donde tras (por supuesto) hacer cola para poder pedir, descubrí que todo lo que me apetecía comer se había agotado, lo cual hizo que un sentimiento de arrepentimiento por haber ido a la puta expo empezase a crecer dentro de mi cerebro. Para que os hagáis una idea del sentimiento de decepción reinante en el momento, rechazamos entrar en Israel pese a que la entrada era inmediata porque para acceder al stand había que subir escaleras. Ni siquiera las papeleras inteligentes que te daban las gracias con un mensaje de voz cada vez que las usabas (haciéndote creer que estás salvando el planeta cuando en realidad sólo le estás haciendo el trabajo de clasificar la mierda a la empresa gestora de basuras de turno) levantaron los ánimos:

Gracias por su gesto tan noble como inútil

Dimos media vuelta por otro camino y pasamos junto a Italia, donde intuí que algo tenían que regalar porque no logré encontrar otra explicación a la enorme afluencia. También ignoramos España porque yo ya había visto por la tele que allí básicamente te contaban cómo es la Alhambra. Viendo que había pocas personas aguardando su entrada en Nueva Zelanda, nos unimos al grupito, y así pudimos ver una serie de vídeos explicando que en aquel país hay un huevo de ovejas y que no lo estaban haciendo tan mal (las personas, no las ovejas) en lo respectivo a cuidar el entorno (algo que, por otra parte, también decían de una forma u otra en el resto de pabellones):

No. No había una foto mejor. Dejadme en paz

Siguiendo el mismo motivo que nos llevó a visitar Nueva Zelanda, pasamos a Lituania, un país que en este caso fardaba de tener muchas cosas de ámbar y un agua del grifo cojonuda. Aquí también había una cafetería, atendida por un camarero borde de cojones que nos sirvió un café y un té con cara de asco y lo flipó un rato al descubrir que hay gente que se echa leche en el té. Tras unos minutos reponiendo fuerzas ante la atenta mirada del amable barista, pasamos a Brasil, cuyo pabellón contaba con un diseño que haría las delicias de quienes piensan que Brasilia no es una mierda enorme desde el punto de vista urbanístico:


El recorrido en el interior de este edificio consistía en un camino que serpenteaba sobre un extenso charco. Tras pensar durante un rato en la cantidad de visitantes torpes que habían debido de salir de allí hechos una sopa, fuimos al cercano Qatar, en el que lo único destacable era la mención al mundial de júrgol y el culto a los líderes exhibido en la entrada:


Esto último, por cierto, también pudimos verlo en Camboya:

Aquí al menos había una reproducción de una playa bastante curiosa de la que no saqué foto porque no me dio la gana

La tarde iba cayendo, y de otros sitios que vimos sólo considero destacable el colorido de Cuba:


Que Burkina Faso tuviese el nombre de su presidente tapado con no una, sino DOS tiras de esparadrapo, en plan golpe de estado de última hora (algo que, por otra parte, no ne habría extrañado en absoluto):


O que en el Vaticano contasen con una especie de juego de realidad virtual en el que te convertías en una mano:

Y aquí pensaba meter un chiste sobre abusos de la Iglesia Católica, pero no lo voy a hacer porque ya se han hecho todos

Esos pabellones eran algo decentes, sí, pero ninguno estaba a la altura del que estábamos a punto de visitar: Turkmenistán.

Para que podáis entender mi nivel de excitación mientras esperaba para entrar necesito que antes veáis este corte del programa Last Week Tonight en el que John Oliver habla sobre su presidente, Gurbanguly Berdimuhamedov (sí, lo sé, el vídeo está en inglés, pero vosotros sois unos vagos si no sois capaces de poner los subtítulos, joder): os aseguro que sus veinte espectaculares minutos describiendo a un hombre que claramente no está bien de la cabeza y que tiene una obsesión fetichista con los récords del mundo y con los caballos os van a dejar con el culo torcido. Cuando os recuperéis de la experiencia, mirad lo que presidía la entrada del pabellón:


Y de lo que descubrí dentro también guardo un recuerdo hilarante, pues todos los libros de los que habla John Oliver se encontraban expuestos allí, provocando que se me escapase la risa floja a cada paso.

No os habéis molestado en ver el vídeo, ¿verdad?. Si es que no sé ni para qué lo intento.

Con el síndrome de Stendhal aún fresco, pasamos a Rusia, donde una performance espectacular acerca del cerebro humano y los avances de la ciencia se veía deslucida ante el estruendo que armaban las decenas de críos sin educación allí presentes:


Viendo que ya era algo tarde (y que, por otra parte, nos habíamos dado una paliza a andar importante), consideramos oportuno dar la visita por acabada. De camino a la salida nos cruzamos con una de las mascotas del evento, la cual en ese momento no estaba recibiendo una paliza por parte de varios chiquillos como había sido habitual a lo largo del día

Curro molaba más. Y nos regaló momentos inolvidables

El camino en metro de vuelta se hizo corto, la verdad, y considerando que aquella sería nuestra última noche antes de volvernos, nos despedimos de la Marina de Dubai con una pizza en la zona que tenía mejor sabor que aspecto:


Otros que también cenaron, pero no pizza, fueron los gatos que vivían al pie del apartamento, pues se llevaron un poco de comida húmeda por sus caras bonitas antes de que nos subiésemos a dormir:


Y hasta aquí el sábado. Al final me ha quedado más larga de lo que yo esperaba. A ver si no me pasa lo mismo con la siguiente.

En fin, me voy a hacer la maleta.

Que sí, que yo también os quiero.

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