lunes, 26 de octubre de 2020

Yo vs. el alemán. Cuarto asalto

A veces pienso que mi vida da para que Christopher Nolan saque una peli rara de las suyas (por cierto, sigo esperando a que alguien me explique Tenet). Teniendo en cuenta cómo le gusta al colega montarse tramas enrevesadas, el hecho de que mi existencia consista en una serie de bucles en los que todo lo que me ocurre se repite constantemente le vendría de perlas al británico para montarse otro taquillazo que no haya por dónde coger. ¿Pensáis que exagero? Permitidme que os cierre la boca dos veces.

El primer bucle tuvo lugar hace unas semanas en un Bausatzlokal de la ciudad. Y como algunos estaréis torciendo el gesto ante el palabro, os aclaro que no, un Bausatzlokal no es una sede del PNV. Eso es un batzoki. Y tampoco es un sitio de reunión de abertzales. Eso es una herriko taberna (por cierto, si mi padre me da permiso, algún día os hablaré de lo que le pasó en una de ellas porque es una historia para mearse de risa). Un Bausaztlokal es un bar/restaurante que cuenta con menús personalizables: en cada mesa hay varios tacos de folios relativos a las diferentes comidas: pizzas, hamburguesas, sopas, ensaladas... Y cada folio, a su vez, contiene una especie de quiniela que permite marcar aquellos ingredientes y componentes deseados de cara a la elaboración del plato. ¿Os suena lo que acabo de decir? Debería, pues lo he calcado de la entrada que escribí cuando narré el Affaire Pfefferoni hace casi un año. Para más inri, esta nueva historia tuvo lugar en el mismo sitio y con un resultado casi igual de catastrófico. Si la primera vez me trajeron pimientos porque elegí Pfefferoni creyendo que era salami, en esta ocasión, contando con que tengo la noción básica en lengua germana como para cagarla sin ser consciente, y buscando jamón entre los ingredientes a sabiendas de que la tradución empieza por "Sch" (spoiler alert: Schinken), marqué lo más parecido que pude ver en la hoja: Schnecken.

El hecho de que el camarero tardase un huevo en venir a recoger las hojas fue lo que me salvó la vida. Yo ya estaba salivando como si fuese Salvador Sostres en la puerta de un colegio al formar en mi mente el plato de patatas con huevo, jamón y queso que me iba a meter entre pecho y espalda, y mi novia tuvo a bien el sacarme de mi ensimismamiento gastronómico tras echar un vistazo a mi papel, dándome a la vez una valiosa lección de alemán:

—Tronco, que Schnecken significa "caracoles".

Acto seguido, mientras yo le daba las gracias y echaba mano de una nueva hoja, me sugirió que guardase la de la pifia, pues ella y yo sabíamos que todo esto iba a acabar reflejado en el blog. Y servidor es cumplidor, todo sea dicho, así que os enseño la prueba de mi ridículo:

"Schnecken", "Schinken". Joder, a mí me suenan igual

El segundo bucle ha sido más reciente, pues hace un mes me apunté a un curso de alemán para tontos impartido en la sede de la Cámara de Trabajo de la ciudad. El mismo curso de alemán para tontos al que me apunté en febrero. Y, al igual que ocurriese en aquella ocasión, hace un par de semanas recibí un correo de la Cámara en el que se me comunicaba que, lamentablemente, el número de inscritos no daba para hacer curso y que, lamentablemente, mierda para mí. La otra vez, como recordaréis, tuve que ir al lugar agarrado a la falda de Superluisa para que me devolviesen la pasta, y visto que a día de hoy no hay movimientos en mi cuenta, me huelo otra visita acompañada de heroicidad por parte de mi amiga guatemalteca. Nolan, espero que estés tomando nota de todo esto.

Puedo concluir entonces que si no aprendo alemán no es porque yo no quiera, sino porque el cosmos no deja de ponerme la pierna encima para que no levante cabeza.

No obstante, y cual Batman nolanesco que no para de volver a intentarlo una y otra vez por muchas hostias que le estén cayendo, sigo sin rendirme, y he pasado los últimos quince días estudiando por mi cuenta gracias a unos libros de gramática que descargué ilegalmente e imprimí durante mi última visita a Valladolid. Seguir este método tiene su mérito, pero cansa; y como he llegado a un punto en el que el nominativo, el acusativo y el dativo me salen un poquito por las orejas, he decidido regalarme un par de días de descanso y aprovechar para daros la turra con otra de mis pifias, a ver si así retomo el idioma con carrerilla. Eso sí, os advierto que la voy a contar terminando la entrada en seco para que vosotros mismos saquéis las conclusiones que consideréis más adecuadas.

Pero antes, hablemos del transporte público de la ciudad, que me apetece sentirme bien un rato.

Teniendo en cuenta que mi novia y yo pasamos siete años en Dublín y sufrimos lo nuestro porque la movilidad en la capital irlandesa es, hablando en plata, una puta mierda, cuando llegamos a nuestro nuevo destino y comenzamos a experimentar lo de ir de acá para allá se nos saltaban las lágrimas a diario. No sólo porque en bici se pueda alcanzar prácticamente cualquier punto de la ciudad sin tener que reproducir una escena de Mad Max con automovilistas, sino por todas las alternativas de transporte a nuestro alcance.

La red de bus es bastante completa y nos permite llegar al Ikea en veinte minutos (comparad eso con lo que nos tocaba sufrir antes); existe una amplia red ferroviaria que lo mismo te sirve para ir al aeropuerto (en diez minutos, que al de Dublín sólo podías llegar en bus chupándote una hora de atasco o en taxi chupándote la misma hora de atasco y soltando ochenta eurazos), que te deja en Maribor en menos de una hora, que te permite viajar a un balneario lleno de yayos como el que visitamos justo hace dos días (y lo siento pero la experiencia no da para una entrada completa. Sólo destacaré que cuando entré en la zona de saunas y me di de bruces con un numerosísimo grupo de octogenarios en bolas me sentí como si estuviese contemplando un cuadro de Goya. ¿Que de qué etapa? De la más chunga de todas); y, por último, aquí hay un huevo de tranvías que cruzan la ciudad con una frecuencia respetable y que apenas se joden cuando nieva, por mucho que se queje mi compañero de oficina.

Pues bien, fue a bordo de uno de estos asesinos de arquitectos catalanes sobre raíles donde tuvo lugar la historia que quiero contaros hoy. Concretamente en invierno, y la adversa climatología fue su desencadenante. Resulta que en nuestra oficina hacía un frío de cojones, y el calzado que había elegido aquella mañana no ayudaba a combatirlo. Por ello, y aprovechando lo de la rapidez y eficiencia del transporte que os acabo contar, decidí escaparme en horario laboral (por favor, que no se entere mi jefe) a una zapatería sita a dos paradas de tranvía de mi lugar de trabajo con la intención de hacerme con un par de botas con mucho forro por dentro.

Una vez hecha la compra (recuerdo que la cajera me preguntó dos veces en alemán que si quería bolsa y tuvo que cambiar al inglés ante mi cara de idiota), monté en el tranvía dispuesto a volver a la oficina y abrigar mis pies como Dios manda. El vehículo se puso en marcha y en su trayecto llegó a la parada correspondiente a la Hauptbahnhof, o lo que es lo mismo, la estación central. Tal parada, como de costumbre, se hallaba bastante concurrida, por lo que se produjo en la misma un intercambio de pasajeros considerable. Entre todos los que subieron, uno destacaba por dos motivos: el primero eran sus pintas, pues a una barba de semanas totalmente descuidada se unía el hecho de que vestía una ropa bastante andrajosa cubierta por un abrigo de plumas viejo y un mugroso gorro de lana que le daba aún más aspecto de Barragán. El segundo motivo fue la perorata que nos soltó a todos los ocupantes en cuanto puso un pie en el vagón.

Me dio penica, la verdad. Aquel pobre mendigo largando un discurso en alemán en el que, digo yo, estaría hablando de que si una familia que alimentar, que si más triste es de robar, que si para un bocadillo o lo que sea... y yo siendo incapaz de entender una palabra que me permitiese empatizar aún más con él. Curiosamente, ese mismo día había estado hablando del tema con varios compañeros, pues la mendicidad aquí no es que esté descontrolada, y los pocos sin techo que hay están de sobra identificados y localizados por el ayuntamiento, que hace lo que puede por echarles una mano.

Precisamente me estaba acordando de todos estos detalles cuando el hombre me eligió a mí para comenzar su procesión pedigüeña (yo me encontraba más cerca de la puerta que nadie) y puso ante mis narices una especie de tarjeta de visita. Ese gesto me hizo fliparlo bastante, y pensé: "no es que el ayuntamiento tenga a los mendigos controlados, es que encima necesitan una autorización para pedir como la que le exigen a los músicos callejeros para poder tocar". Este pensamiento, unido a lo inútil que habría resultado el hacer el esfuerzo, me impidieron entender lo que me estaba diciendo, por lo que me limité a sacudir la cabeza mientras lamentaba haber salido de la oficina sin suelto en los bolsillos que poder darle (las botas las pagué con tarjeta, todo sea dicho).

Pero aquel señor parecía no darse por vencido y seguía frente a mí, aguantándome la mirada. Yo, que empezaba a sentirme incómodo ante su insistencia, opté por echar la vista hacia otro lado y centrarme en los carteles corporativos de la empresa de transporte colgados por aquí y por allá. Y fue un detalle en dichos carteles el que me demostró, una vez más, lo idiota que soy: reparé en el logo que se mostraba en todos ellos, volví a mirar la "tarjeta de visita" que aquel "mendigo" seguía sosteniendo ante mí y comprobé que contaba con el mismo logo que los puñeteros carteles. Até cabos, me tapé la cara invadido por el sentido del ridículo y mascullé para mis adentros:

—Me cago en la puta. El revisor.

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sábado, 12 de septiembre de 2020

Bajo el polvo 2. ¿Por qué tengo esto otro?

Yo pensaba empezar esta entrada con un "Si todo va bien...", pero teniendo en cuenta lo cerca que debemos estar ya del fin del mundo, va a ser mejor que me replantee mi primera frase.

Si todo no va demasiado mal, viajaré a Valladolid dentro de una semana. Ya han pasado ocho meses desde que estuve allí por última vez, y creo que nunca me había tirado tanto tiempo sin pisar la capital del Pisuerga. Digo esto porque ocho meses son muchos meses si tenemos en cuenta que yo me había propuesto sacar ocho entradas contando la mierda que me fui encontrando conforme hacía limpieza y hasta hoy sólo he escrito una. Que vale que mi vida es un no parar, pero yo creo que ya va tocando continuar la serie. Así que no me enrollo más y paso a hablaros de...


Estas muelas



Sólo se me ocurren dos razones por las que guardar partes del cuerpo. La primera es la misma que mueve a Faemino y Cansado a hacer sus espectáculos: la pasta. Me vienen a la cabeza Gunther von Hagens, cuya exposición Bodies le ha servido a él para forrarse y a mí para poder decir que tuve en mis manos un corazón humano cuando fui a verla a Madrid; y la Iglesia Católica, pues con el cuento de las reliquias se la ha colado a todo Dios. Desde curitas de pueblos en los que se veneran prepucios hasta el mismísimo Franco.

La segunda razón es fardar de algo, y en mi caso, de tener unas muelas del juicio grandes como los colmillos de un jabalí. Y no lo digo yo. Lo dicen todos los dentistas que en algún momento han tenido que enfrentarse a la extracción de las mismas.

Las que veis en la foto (acompañadas de una regla como si fuesen parte de un alijo incautado por la Guardia Civil para demostrar lo del tamaño) son las dos de abajo. Mi ortodoncista recomendó su extracción so pena de que mi dentadura terminase como cualquiera de las mierdas que ha diseñado Calatrava, lo cual sería una tragedia porque mis padres se dejaron un dinero en corregirme la mordida durante mi niñez y adolescencia. Siguiendo esta orden, la primera salió vía Seguridad Social, y en el hospital se quedaron un poquito cortos con la anestesia. Recuerdo que el sacamuelas encargado de la tarea, mientras hacía unos movimientos rarísimos en mi boca como si fuese Charles Chaplin en Tiempos Modernos, me preguntó si aquello me estaba doliendo. Yo le dije que sí (bueno, yo le dije que porque tenía la boca ligeramente dormida y llena de instrumental) y él replicó que aquello no era dolor, sino presión. Y entonces yo le dije "vede a domá bo gulo", y él mostró todo un alarde de profesionalidad y paciencia al no responder nada. Para deshacerme de la otra recurrí a un dentista privado, y la cosa fue tan bien (y eso que le tocó abrir encía) que la ausencia de trauma hace que no me acuerde ni de quién fue, ni de dónde.

Las dos de arriba también abandonaron mi boca, años después, pues me las clavaba en las encías inferiores durante el sueño y me despertaba jodidísimo. En esta ocasión, la actividad tuvo lugar en una clínica bastante pija (de ésas que te descubren cuarenta caries y te pretenden cobrar una cosa llamada "curetaje", que no tengo ni zorra de lo que es pero que suena a algo que se han inventado para sangrarte el bolsillo aún más si cabe). Originalmente querían extraerme una muela por sesión, pero les dije que al día siguiente me tenía que volver a Irlanda y entonces decidieron doblar la dosis de anestesia y hacerme un dos por uno. Y lo único que me dolió fue que las dos piezas acabaron en la basura de la consulta antes de que pudiese decir "bo favó, ¿be dah buedo guedá?".


Este mono



Chorrada de todo a cien, por supuesto, pero una chorrada la mar de salada. El plan original siempre fue que dicho muñeco colgase del retrovisor de mi coche. Sin embargo, como sabéis quienes me conocéis, yo nunca he contado con vehículo a motor propio. No tuve ingresos con los que poder permitírmelo cuando estudiaba en Valladolid, la fugaz y estúpida idea de comprar uno en Irlanda duró lo que el vendedor de aquel concesionario tardó en decir "estamos cerrando" y no me da la gana comprarme uno ahora que mi novia y yo vivimos en Austria, pues nuestras bicis, la eficiente red de transporte público de la ciudad y lo poco vagos que somos cuando de caminar cuarenta minutos se trata nos bastan y nos sobran para realizar la mayoría de desplazamientos.

Por ello, el monito se ha pasado los últimos diez años colgando del flexo que ilumina la mesa de mi habitación vallisoletana por las noches. Por cierto, una vez descubrí que es posible tirar del mismo, pues su cabezón y esa cabecica pequeña que tiene en lo alto están unidos por un cordel. Tras hacer esto y soltar el mono, el mismo asciende recogiendo cable mientras todo su cuerpo y su boca tiemblan haciendo un ruido espantoso que estuvo a punto de provocar un infarto a mi hermano.


Esta lámpara de lava



Durante mi infancia y juventud odié y amé cada septiembre a partes iguales. Mi odio era causado por la vuelta al cole (o al instituto o a la universidad) pues yo, aunque no sea idiota, siempre fui mal estudiante. Por ejemplo, mis notas de matemáticas durante la ESO y bachillerato siguen una función decreciente en la que es fácil apreciar la negatividad o nulidad de su derivada a lo largo de todo el dominio. Es más, diría que la función es estrictamente decreciente, pues no hay un momento posterior a otro en el que mis notas incrementen o igualen su valor. Ya os he dicho que no soy idiota.

Inciso gracioso que a lo mejor ya he contado pero me da igual: mientras cursaba primero de ESO, nuestra profesora de matemáticas y a la vez tutora nos ofreció participar en el Canguro matemático, una prueba para chiquillos de todos los institutos de Valladolid en la que había que resolver una serie de problemas con opciones a, b, c o d. Me apunté, a pesar de que por aquel entonces ya me empezaba a costar subir del seis en las notas de los controles y exámenes de la asignatura. Pues bien, cuando los resultados fueron enviados al centro, la profe de mates me llamó vago cinco veces seguidas delante de todos mis compañeros, ya que había terminado la prueba en segundo lugar, sacando un puto 96 sobre 100.

Que a lo mejor no es que yo fuese un vago, sino que ella era una pésima profesora. Quién sabe...

Mi amor por el noveno mes era debido a la celebración, año tras año, de las ferias y fiestas de San Mateo (hasta que pasaron a ser de Nuestra Señora de San Lorenzo, lo cual mencioné brevemente aquí), pues a la multitud de actividades organizada por el ayuntamiento se unía la llegada de atracciones y casetas de tiro al recinto ferial ubicado junto al estadio Nuevo José Zorrilla. Y muchos coincidiréis conmigo en que montar en las atracciones, atiborrarse de churros y de algodón de azúcar y tratar de hacerse con mierdas de toda índole probando puntería entre humo de fritanga, escuchando de fondo el piribiribiribiribiribí de los coches de choque y las chorradas que sueltan los tomboleros mola QUE TE CAGAS.

Llegó un punto en mi adolescencia en el que me especialicé en determinadas casetas de tiro. Por un lado estaban las de reventar globos con dardos (o colar los mismos en aros sujetos a un trozo de madera), en las cuales tenía más o menos suerte, pero es que había un par en las que mi maña y mi paciencia jugaban a mi favor. Una contaba con figuras representando a porteros que, moviéndose a derecha e izquierda, trataban de impedir que colases tres minibalones en una diminuta portería; y otra de ellas tenía varias filas de payasos de madera decorados con plumas a derribar con pesadas pelotas. Pues como digo: maña y paciencia. Resultaba de lo más reconfortante abandonar el puesto con un peluche gigante, un pequeño e inútil electrodoméstico o la lámpara de la foto tras haber logrado el objetivo mientras una horda de canis fallaba estrepitosamente al tirar con demasiada fuerza y torpeza minibalones y pelotas como si fuesen chimpancés arrojando sus propias heces.


Esta pitillera



He de confesar que no tengo ni puñetera idea de cómo terminó este objeto en mi habitación. No sé si lo compré en un mercadillo, si alguien me lo regaló o si he sido capaz de viajar en el tiempo (en sueños, porque no me consta) y robársela al mismísimo Stalin. Lo que sí sé es que si alguna vez me da por fumar (Dios no lo quiera), puede que la use porque a dar la nota no me gana nadie. De todas formas, si alguien la quiere, se la regalo.

No, esperad.

De todas formas, si alguien la quiere, se la vendo.


Este tamtam



Mis viajes a Francia son un tema recurrente en este blog, ¿verdad? ¿¿¿Verdad???. Todos ellos tuvieron en común que, además de la estancia de varios días en Lille conviviendo con familias, los mismos incluían una visita de un día a un parque temático, a elegir entre el Parque Astérix, Eurodisney o Futuroscope. A éste último fui en dos ocasiones, lo que me permite recordar detalles loquísimos de lo que hay allí. El sitio tiene (o tenía, que igual lo han cambiado todo pero paso de comprobarlo) diferentes pabellones en los que proyectan vídeos. Uno de ellos es una sala 3D en plan IMAX (algo que a estas alturas ya no impresiona a nadie pero por lo que se nos escapaba el pis en los noventa), otro cuenta con una pantalla enorme al frente y otra a los pies que muestra un vídeo sobre la migración de las mariposas monarcas. Otro es un simulador de fórmula uno y los asientos se mueven (asientos duros como piedras, por cierto. Que le dije al que estaba a mi lado que pegase bien la cabeza al reposaídems para evitar sacudidas y el primer meneo nos arreó una hostia que casi nos deja inconscientes). Otro tiene un huevo de monitores de tubo formando una cuadrícula y se sincronizan para mostrar una única imagen... Pues eso, que están locos estos galos.

Además de los pabellones y las representaciones en sí, hay otros dos detalles que guardo en la memoria con respecto a mi segunda y última visita a Futuroscope. El primero es que, mientras el grupo de estudiantes y profesoras al que pertenecía hacía cola en uno de los restaurantes del lugar, podíamos ver el menú del día impreso en la pared. Al apreciar que el mismo contenía un sinfín de florituras y detalles pomposos que hacían que cada plato contase con tres líneas de descripción (omelette de no se qué con esencia de esto otro y aroma de tal sobre lecho de salteado de temporada y un toque de...) mascullé "para un puto filete que nos van a servir, y encima tienes que tratarlo de usted". Ante tal barrabasada, mi profesora de francés (uno de los adultos a quien más he admirado en mi vida) me miró con gesto decepcionado y me dijo muy seria: "José, a algunos nos gusta que en el mundo haya cosas bonitas". Y me sentí dolido. No tanto por su reprimenda sino por tener que reconocer, para mis adentros, que estaba reciclando el chiste. Y es que muchos años atrás, mientras la profe de inglés nos explicaba que aunque con los animales hay que usar "it", los de compañía suelen venir con "he" o "she" según lo que tengan entre las patas de atrás, yo solté "vamos, no me jodas. Un puto perro sarnoso y encima hay que tratarlo de usted". Eso sí, en aquella ocasión no me cayó un reproche. Me cayó un guantazo ganado a pulso.

El segundo detalle es la compra del tamtam de marras. En una de las tiendas de souvenirs y cachivaches tecnológicos del lugar se podían adquirir dos tipos de instrumentos musicales, y el otro era un trozo de tubo flexible protegecables que al ser girado nerviosamente hacía el mismo sonido que el que se escucha al principio de la canción Soir de fête, de Yann Tiersen. Y yo sabía que no valía la pena comprar el puñetero tubo porque podía conseguir gratis todos los que quisiera si me colaba en cualquier recinto en obras. Vale, tampoco valía la pena comprar el tamtam, todo sea dicho, pero lo hice igualmente. ¿Que por qué? Pues porque si se deja dinero a mi alcance, está claro que tarde o temprano voy a acabar gastándolo en chorradas. Y ésta es la segunda entrada que lo demuestra.

Hala, ya he cumplido. Hasta otra.

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viernes, 7 de agosto de 2020

Yo vs. el alemán. Tercer asalto

No hay nada como que el mundo esté patas arriba para que aflore lo peor del ser humano. En los últimos meses hemos descubierto a ciertos elementos que parecen competir en lo que a miseria se refiere. Que si balconazis, que si cayetanos, que si imbéciles que comparan las mascarillas con bozales, que si Miguel Bosé... Sin embargo, de entre todas estas tribus, la que más repelús me da es la de aquellos que se han propuesto realizar toda clase de manualidades y mierdas por el estilo para no aburrirse durante esta extraña rutina confinada. Y digo esto porque yo soy uno de ellos. Empecé cosiendo unas cortinas, le he preparado a la murciana una sorpresa que pienso mandarle en cuanto me dé sus putas señas, he hecho una especie de joyero para mi novia y mi más reciente proyecto es un marco a punto de cruz en el que se lee "En esta casa obedecemos las leyes de la termodinámica", el cual pienso colgar junto a la puerta del pisazo para recoger las llaves de casa que aún no tienen sitio fijo en el que reposar. Y cuando acabe con eso, una radio de los años cincuenta llena de polvo que no sé si funciona está aguardando a que la destripe y hurgue. ¿Veis? El horror.

Y claro, con tanto proyecto absurdo apilándose en la bandeja de mi tiempo libre, ni estudio alemán ni toco el blog. Sin embargo, hoy he decidido aparcar la aguja por unas horas y teclear una de las mayores pifias relacionadas con la lengua germana que he sufrido hasta la fecha, confiado en que rememorar el ridículo me anime a volver a pelearme con el idioma de una vez.

Lo que voy a relatar hoy ocurrió muy poco después de nuestro aterrizaje en Austria; creo que a las dos o tres semanas o algo así. Podría mirar la factura del médico para confirmarlo, pero dicho papel está en mi oficina y no nos dejan ir por culpa del virus, así que lo voy a dejar en dos semanas. Sí, he dicho "factura del médico", pero no adelantemos acontecimientos.

Una de las muchas cosas que mi novia y yo dejamos atrás al cambiar de país fueron nuestras bicis. Sin arrepentimientos, que la mía era fea de cojones y la suya tenía oxidados hasta los tapones de las cámaras de aire. Al brindársenos la oportunidad de elegir nuevamente máquina de pedales, optamos por un modelo que resultase a la vez estéticamente agradable y práctico, pues en esta ciudad se pedalea mucho. Por ello, optamos por la Elops 520 de Decathlon.

fuente: decathlon
Lo sé, preciosa

La suya en azul marino y con barra baja y la mía en verde guerra mundial con barra alta, como la de la foto. Hasta aquí todo bien pero, ¿cómo podríamos hacernos con ellas, si en nuestra ciudad no había Decathlon? Pues inicialmente nos propusimos ir al de Viena y volver con las bicis en el tren, que son tres horazas de viaje, y no veas qué pereza. Pero había plan B. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que en Maribor hay tienda de deportes gabacha, optamos por dirigirnos a esta ciudad eslovena, a sólo cuarenta minutos en tren, para comprar una de las bicis (la suya. La mía no estaba disponible y me tocó pedirla en la web, recibirla en la oficina y montarla junto a mi escritorio mientras mi compañero me miraba como si yo no estuviese muy bien de la cabeza, pero ésa es otra historia). El plan pintaba bien. Podríamos dar una vuelta por la ciudad, comer en algún restaurante céntrico, hacernos con la bici y volver a una hora decente, pues aquel sábado se celebraba la noche de los museos y nos apetecía participar en el evento.

Pero la cosa se torció una vez en Maribor. Especificamente, cuando llegamos al río Drava. ¿Os imagináis a Julio César, cruzando el Rubicón y pronunciando su lapidaria Alea iacta est para acto seguido soltar un "¡Joder! Que se me ha metido algo en el ojo"? Vaya mierda de historia habría resultado, ¿verdad? Bueno, pues MI historia fue exactamente así. Aunque no enuncié ningún latinajo épico al atravesar el Puente de Tito, el alea que me tocó a mí tuvo cachondeo, ya que una ráfaga de viento decidió que mi ojo era la pista de aterrizaje perfecta para el cuerpo extraño que viajaba con ella. En ese momento me acordé de la frase que mi padre siempre me decía cada vez que ocurría un incidente de este tipo: "deja que te llore y no lo toques" y, como cada vez, ignoré su consejo y me froté como un perro sarnoso esperando librarme de la molestia. Pero no. Ni el frotar, ni el llorar, ni el colirio que mi novia llevaba en el bolso surtieron efecto. Nos adentramos en un centro comercial cercano en busca de ayuda, pero ni en la óptica ni en la farmacia fueron capaces de hacer nada por mi enrojecido órgano visual. Me recomendaron, eso sí, que fuese al hospital, pero (y con esto no pretendo que ningún esloveno se ofenda) no estaba dispuesto a aventurarme en el interior de un centro de salud exyugoslavo cuya localización desconocía, un sábado por la tarde, cuando teníamos en nuestro poder los billetes de vuelta ya comprados.

Hice entonces lo que me pareció más sensato en aquel momento: comprarme unas botas (pues a la semana siguiente iríamos a la montaña y entonces yo no contaba con calzado adecuado) y comer. Así funciona mi cerebro, oye.

Al acabar la manduca nos dirigimos al Decathlon, y estaba claro que, fuese lo que fuese aquello alojado bajo mi párpado, no pensaba irse así como así, por lo que contacté con Frau Pfefferoni en busca de ayuda. Y la pobre se portó, todo sea dicho. Tras investigar qué podría hacer me indicó que fuese al hospital en cuanto estuviese de vuelta aquella tarde, mandándome las señas del mismo y tal (aprende, murciana). Y así fue. En cuanto mi novia tuvo en su poder su flamante Elops 520 azul marino con barra baja fuimos a la estación y tomamos el tren de vuelta. Y yo me casqué una siestaca la mar de reparadora sólo interrumpida por el revisor de turno que iba picando billetes.

Tras dejar la bici en la oficina en la que curramos (pues aún no teníamos pisazo por aquel entonces y dormíamos en un apartahotel sin un triste portabicicletas), subimos en el tranvía con destino al hospital, contando con echar unas cuantas horas esperando mi turno (pocos lugares hay más concurridos que la sala de espera de urgencias un sábado por la noche), pero descubrimos aliviados que no iba a ser el caso: puesto que las urgencias en el hospital ya estaban separadas por especialidades, pudimos ir directamente al edificio de oftalmología, donde había muy pocas personas aquejada de dolencias al uso esperando ser atendidas. Pasados unos veinte minutos de nuestra llegada, la Krankenschwester (he escrito la palabra sin buscarla primero y NO ME HE EQUIVOCADO. Soy la hostia) nos hizo pasar a la consulta y, tras una breve entrevista en la que quedó claro que yo estaba allí sin seguro médico y que la broma me iba a salir por ochenta tazos, el oftalmólogo me hizo sentar ante un aparato para sujetarme la cara. Acto seguido me enchufó un foco a los ojos que me deslumbró durante segundos, por lo que no pude ver, pero sí sentir, como hurgaba con destreza en mi globo ocular para extraer, ojo cuidao (y nunca mejor dicho), una maravillosa astilla. Y no veáis (nunca mejor dicho otra vez) qué alivio y qué agradecido me sentí. Dispuesto a hacerme con una pomada en la farmacia más cercana y de disfrutar de museos con el ojo que no me escocía, mi novia y yo abandonamos la consulta, y fue al final del pasillo del centro donde tuvo lugar el patético desenlace de esta historia.

Al alcanzar la puerta de salida, me encontré con que ésta se hallaba cerrada. Sobre su pomo, la palabra ziehen indicaba qué se debía hacer para poder abrirla. Y, a ver, que yo ya había abierto muchas puertas en Austria a esas alturas, pero aún no me había dado por pararme a pensar en cómo traducir "empujar" y "tirar". Por ello, ahora sí, solte un interno alea iacta est y EMPUJÉ. Pero la puerta no se abrió. En estos casos, una persona inteligente habría probado la otra opción disponible, pero yo de inteligente tengo poco, así que opté por EMPUJAR AÚN MÁS FUERTE, claro que sí.

Y claro que no. La puerta no se abrió.

A aquellas alturas, mi novia (que tiene el nivel de alemán suficiente como para, entre otras cosas, saber abrir una puta puerta) ya estaba tratando de decirme algo en plan "¿qué coño estás intentando hacer, tronco?", pero como yo me encontraba demasiado ocupado en mi obcecación, pasé a considerar la siguiente opción estúpida: siete años viviendo en Irlanda, un país en el que muchas de sus puertas se encuentran cerradas magnéticamente y requieren del pulsado de algún botón para su desbloqueo y apertura, habían hecho mella en mí, así que recorrí el marco ante el que me hallaba con mi ligeramente borrosa mirada en busca de algún pulsador que me permitiese salir del hospital de una vez. Y, efectivamente, allí había un botón con luz y todo. Y no sólo eso. Sobre el mismo una frase en alemán bien grande explicaba algo que, obviamente, no comprendí, pero que asumí se referiría al desbloqueo magnético y bla bla bla:

Quienes controlen un poco el idioma ya estarán doblándose de risa

Apreté el botón al tiempo que mi novia me decía algo que comenzaba con "¡No! Pero...". Y no hizo falta que terminase su frase. Una horrísona alarma comenzó a atronar en todo el ala de oftalmología, pues el botón no desmagnetizaba ninguna puerta (la puerta no estaba ni siquiera bloqueada, joder) y el cartel avisaba de que tal botón debía pulsarse únicamente en caso de emergencia. Mi cerebro, que Dios sabe a qué cojones había estado jugando durante los últimos segundos, resolvió entonces aquel sencillísimo acertijo ante el que me encontraba, y fue entonces cuando agarré el pomo de la puta puerta, TIRÉ y la misma se abrió con una facilidad insultante.

No tuve ocasión de celebrar mi triunfal salida del edificio. Presa del pánico que me causaba el verme dando explicaciones a la Krankenschwester cuando apareciese para apagar la alarma y ver quién había sido el imbécil, aligeré el paso (por no decir que eché a correr directamente) y me largué de allí mientras veía por el rabillo de mi ojo bueno cómo mi pobre novia, tratando de adaptarse a mi cobarde ritmo de huida, sacudía la cabeza en silencio.

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martes, 19 de mayo de 2020

Sólo sé que no sé nada. Pero me da igual

Quizá fue porque me quedaban pocos días para terminar segundo de Bachillerato, y mientras que la mayoría de mis compañeros de clase conciliaban el sueño con dificultad ante la inminente llegada de las pruebas de acceso a la universidad, a mí ya me la pelaba todo porque había decidido que a la vuelta del verano empezaría una FP de Informática y sólo quería disfrutar de las calurosas tardes vallisoletanas, pero el comentario que la profesora de Historia de España me dirigió mientras nos hacía entrega de los últimos exámenes de curso ya corregidos (por cierto, lo peté en este examen casi tanto como en aquél de Filosofía) me pilló con la guardia baja. Y es que la funcionaria me espetó, palabra por palabra:

—Lo bueno que tienes -que tendrás tus cosas malas- es que si te echo al pasillo te levantas y te vas sin protestar ni dar portazo.

Y era verdad. A pesar de que el contenido de su asignatura me chiflaba, lo de tener que pasarme casi una hora leyendo apuntes en voz alta suponía un coñazo infumable ante el que el irresponsable yo de hace casi veinte años reaccionaba dando por saco y ganándose un billete de ida al pasillo con una frecuencia de la que no me siento orgulloso.

No obstante, la profe tenía razón. Mi estoica y obediente reacción a sus "vete de clase, anda" era toda una virtud de la que muchos de mis compañeros, rebeldes y guerreros, carecían.

Si traigo a colación esta virtud que caracterizó el cómico periodo de mi vida al que llamo "mi adolescencia" es porque recientemente le he dado vueltas a otra de las cualidades que poseo, para bien o para mal: responder a toda clase de preguntas de forma lógica y argumentada sin tener ni puta idea de lo que estoy diciendo. Tal cual.

Semejante "don" me viene de perlas cuando quiero dármelas de listo sin que haya repercusiones por ello, pero me da más problemas que beneficios: no es la primera vez que el equipo al que pertenezco en un pub quiz pierde la partida porque logro convencer a todos de que cambien alguna que otra respuesta, originalmente correcta, por otra errónea, y tiendo a responder a dudas que compañeros de curro me plantean razonando mi ignorancia con una sutileza magnífica. Luego mis compañeros la cagan por hacerme caso y nadie se explica por qué.

En fin, que yo quería compartir con vosotros una vez más una historia de las de "así empezó todo" que aclare, como estaréis suponiendo, cómo empezó todo. Para ello os pido que en esta ocasión viajéis conmigo en el tiempo hasta el verano de dos mil tres. El estío empezó mal porque mi curso académico había sido un puto desastre. No calculando bien la que se me venía encima al meterme en el bachillerato de Ciencias de la Salud terminé la temporada con una colección de suspensos que no habría septiembre que rescatase (el de matemáticas de cuarto de ESO auguró que, con la trayectoria que llevaba antes de comenzar, mis notas en dicha asignatura bailarían entre el cero y el uno, con algún dos ocasional. Y lo bordó), por lo que decidí que lo más inteligente sería hacer borrón y cuenta nueva en el curso siguiente, pasar al bachillerato de Ciencias Sociales y procurar no repetir mis errores (al principio de este post me remito para confirmar que fue una decisión acertada). Pero bueno, mientras mi salud mental cogía aire durante esos tres meses yo aproveché para realizar toda clase de actividades poco o nada productivas, como dejarme una trenza, dedicar las noches a la lectura de tochos como Los Pilares de la Tierra, escuchar una y otra vez el disco debut de Rage Against the Machine o correr en compañía de Pablo, a quien paso a introducir en la historia metiendo mucha paja porque la entrada se me está quedando corta.

Aunque Pablo y yo ya nos conocíamos de vista porque íbamos al mismo instituto y entrenábamos en equipos de atletismo que compartían parque en la zona oeste de Valladolid, nos hicimos amigos una tarde de marzo insultando a franceses que no nos entendían en un campo de fútbol de Lille mientras nuestros correspondientes le daban patadas al balón y yo me moría de frío, pues había salido de casa a cuerpo tras entender erróneamente que lo de jugar iba también conmigo cuando en realidad sólo nos querían allí para verles a ellos (¿qué queréis? Yo aún no tenía suficiente nivel de gabacho en mi primer intercambio) y las tardes de marzo en Lille son muy traicioneras. A los pocos meses de esta anécdota me pasé de mi equipo al suyo, y no mucho después los dos nos largamos a otro equipo en el que mi frikismo por el correr alcanzó su máximo histórico. Nuestro equipo tenía programadas sesiones de entrenamiento en pista martes y jueves, y otra de gimnasio los viernes tras la que Pablo y yo pasábamos por la pastelería del Carrefour para atiborrarnos de quesada; pero no era de extrañar que a dichas sesiones añadiésemos una los miércoles tan intensa que solía suponerle lesiones a quienes se atrevían a unirse y alguna salida improvisada los lunes que acordábamos en diez minutos desde el MSN Messenger:

Pablo dice: salimos a correr una hora?

Yo dice: acabo de merendar

Pablo dice: y?

Yo dice: que me he metido media barra de pan con una tableta de chocolate con almendras y como me ponga a correr voy a vomitar a los diez minutos de empezar

Pablo dice: no digas bobadas. Vamos a ritmo suave y verás qué bien te viene

Y, efectivamente, a los diez minutos de haber empezado,  la media barra de pan y la tableta de chocolate con almendras a medio digerir decoraban la acera. Qué buenos ratos pasábamos, oye.

Nuestra afición llegó a tal punto, que en el verano de autos, con el equipo declarando vacaciones estivales, Pablo y yo nos organizamos para salir a correr cada mañana. Entre su casa y la mía había sólo ochocientos metros (clavaos, que lo acabo de mirar en Google Maps), así que algunos días él venía a buscarme y otros iba yo a buscarle a él, y así variábamos la ruta. Lo que nunca cambiaba era el desayuno. Tras la paliza en ayunas cada uno se retiraba a su casa a recuperar el aliento y darse una ducha, y minutos después nos reuníamos en algún bar de la zona para dar cuenta de un cruasán a la plancha y un rato de cháchara sin trascendencia.

O no.

Resulta que Pablo, al igual que muchos de los chicos que acababan de llegar a los dieciocho años o que estaban a punto de hacerlo, aprovechó las vacaciones para intentar obtener el siguiente cromo:

fuente: diariodetransporte.com

No sé cómo serán los exámenes a día de hoy, habida cuenta de cómo ha cambiado todo desde que dejó de importarme, pero por aquel entonces el teórico incluía cuarenta preguntas con cuatro opciones por pregunta, de las cuales sólo una era válida. Pablo estaba haciendo muchísimos tests para prepararse, y la verdad es que no le estaba yendo nada mal: los que llevaba realizados hasta la fecha solían incluir dos o tres fallos (cuatro como mucho si bajaba la guardia), y aunque no puedo confirmarlo, es posible que el muchacho fuese tan aplicado porque (aparte de que tenía coco, las cosas como son) solía coincidir en la autoescuela con una compañera de su clase por la que llevaba meses bebiendo los vientos.

Y una de aquellas mañanas, al calor de los desayunos, Pablo tuvo la "brillante" idea de sugerir que le ayudase a completar un test sobre "parada, detención y estacionamiento", poco antes de la clase del día. A mí, que por aquel entonces ni siquiera sabía qué cojones era una luz de cruce.

¿Permití que el sentido común se impusiera a mi ignorancia vial y rechacé su oferta? Por supuesto que no. Me ofrecí encantado a recorrer todas las preguntas junto a él y, para cada una de ellas, le di la respuesta que consideraba más lógica:

—¿Que si puede parar un coche en medio de un túnel con las luces apagadas? ¿Qué mierda de pregunta es ésa? Pues claro que sí. Imagínate que mientras cruzas el Guadarrama se te jode el motor y la batería y el cuadro eléctrico no te responde. Pues ahí te quedas, parado y a oscuras, y no puedes hacer nada al respecto. ¿PUEDES O NO PUEDES? Marca la b, la que dice "sí, siempre".

—Joder, pues tienes razón.

—Por supuesto que tengo razón. A ver, la siguiente. ¿Está permitido estacionar en doble fila? Pues... Sí. Si te para la policía, por ejemplo, que igual no tienes sitio donde ponerte y te toca quedarte con los intermitentes al lado de otro coche aparcado. O delante de un garaje. Y un policía no te va a tener parado menos de tres minutos. Eso es estacionamiento te pongas como te pongas.

—Eres un genio.

Y así una detrás de otra, hasta llegar a cuarenta. La osadía de mi ignorancia crecía al mismo ritmo que la obnubilación que Pablo sentía con cada una de mis razonadísimas respuestas, y cuando completamos el ejercicio el pobre estaba convencido de que el profesor y cuanto alumno se encontrase en el radio de correción (incluyendo, con suerte, la chica que le gustaba) LO FLIPARÍAN al serles revelada la perfección hecha test. Pagamos los desayunos, salimos del bar y él se dirigió a la autoescuela mientras yo, que poco tenía que hacer en aquella época, me fui al Vallsur a tocarme un rato los huevos, no sin antes acordar que iría a buscarle al finalizar su clase teórica, pues yo también quería saber de las felicitaciones y loas que le iban a caer aquella mañana.

Total, que al par de horas me encontraba yo en la puerta de la autoescuela, y de lo que ocurrió a continuación hay detalles que recuerdo y otros que no. Por ejemplo, no recuerdo qué fue lo que me llamó Pablo al verme. Tampoco recuerdo si realmente hizo ademán de soltarme una hostia o si mi imaginación ha fabricado ese recuerdo posteriormente. Lo que sí que recuerdo es a Pablo diciéndome con un tono de voz ligeramente angustiado que la chica de sus sueños estaba aquella mañana en la autoescuela pendiente de la corrección. Eso, y que el profesor no logró entender muy bien qué coño le había pasado a uno de sus mejores alumnos para plantarse en su autoescuela, aquella mañana de verano, con un test que tenía veinte fallos.

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lunes, 20 de abril de 2020

Homenaje a Antonio Escohotado II

Es domingo, son las seis y media de la tarde y tengo un huevo de cosas por hacer. Sin embargo, he decidido que para el resto del día sólo me voy a ocupar de dos actividades: una es fregar de una puta vez la brita con filtro, que llevo semanas bebiendo directamente del grifo y con la cantidad de cal que tiene aquí el agua voy a acabar meando tizas; y la otra es terminar de contar nuestra visita a Zotter, retomando el festival surrealista donde lo había dejado semanas atrás. Así que allá voy.

El precio de la entrada incluía la visita al "Zoo comestible", y como saltarnos esa parte habría supuesto perder dinero, pues al zoo que fuimos, tú. Para que os hagáis una idea general, esta segunda parte de la visita abarcaba una especie de valle enorme recorrido por un camino circular en el que se encontraban varias estaciones, a cual más desconcertante. Vamos, como los círculos del Infierno de la Divina Comedia, pero de buen rollo.

Bueno, según se mire. La primera parada de dicho camino, tras descender unas pocas escaleras (que se me antojaron cientos, habida cuenta del quintal de chocolate que me había metido entre pecho y espalda minutos antes), consistía en... Un cementerio (si lo flipásteis con la fábrica en sí, esta mierda no va a ser menos). Concretamente, el "cementerio de las ideas". Y es que a algún lumbreras de la fábrica se le ocurrió que sería una buena idea, o al menos una idea interesante, el reservar un lugar en tan bucólico valle que recogiese todas aquellas idas de olla en cuanto a sabores de chocolate que, por un motivo u otro, habían abandonado la cadena de producción.

Ignoro si el que tuvo esta idea fue el mismo que decidió situar en medio del cementerio UNA ESTATUA REPRESENTANDO A UN NEGRO EMPORRADO:

Negro emporrado. Al igual que hice en la anterior entrada, en ésta he utilizado una imagen de marcado carácter fálico para mantener una coherencia artística a lo largo de la serie literaria

A los pies del simpático personaje, varias lápidas recogían descripciones de los sabores locos, y nosotros pedíamos al marido austriaco de mi compañera de trabajo argentina que nos las tradujese para sentir una invasión constante de fascinación y arcadas a partes iguales: cacahuetes y ketchup, mandarina y mostaza, vino dulce, polenta con limón...

Siete meses viviendo en Austria y aún no sé NADA de alemán. Bien por mí

Dejando atrás el cementerio, pasamos entre un cobertizo en el que tendría que haber pavos pero no había pavos y un falso retrete con un agujero en la puerta. Al asomarse al cubículo a través del agujero podía leerse una leyenda en el interior que decía algo así como que cuando vamos al váter somos todos iguales o yo qué sé. De todas formas, no me hagáis mucho caso porque, tal y como he dicho en el anterior pie de foto forzado NO SÉ ALEMÁN y además, en mi estúpidamente aleatoria memoria hay sitio para almacenar chorradas como lo de Fruitopía y Eurovisión que os voy a contar dentro de un rato pero no para el puñetero mensaje.

Me lo han dicho varias veces y yo lo he dicho varias veces: qué difícil es ser yo.

El camino continuaba durante unos cincuenta metros, y en este tramo en particular había altavoces que reproducían leyendas populares en diferentes idiomas. No nos detuvimos demasiado rato a escucharlas, más que nada porque llegamos justo a tiempo para oir una voz de mujer que narraba en perfecto español un fragmento relativo a un fraile que se partía de risa porque se le estaba muriendo el burro. Como comprenderéis, mi novia y yo nos miramos con una mezcla de asombro y trauma y poco nos faltó para huir corriendo de aquellos altavoces.

Por cierto, hablando de burros:

Oioioioioi

Sí, el zoo se hacía realidad. La entrada prometía zoo y al zoo llegamos. Que no sólo había burros en el lugar. A quien se adentraba en el establo le esperaban bichos de toda clase. Conejos...

Oioioioioioioi

Cobayas...

Otro poco de oioioioioi

Pollitos...

Más oioioioio

Unos gorrinos echando la siesta...

Oioioi... Etcétera

Y allí había hasta una jodida llama que entraba de vez en cuando a picotear y al rato volvía a largarse para triscar por la ladera:

Ahora tengo mis dudas, pues nunca he sido capaz de distinguir muy bien una llama de una alpaca cuando son crías, pero si a mí no me importa y a vosotros no os importa, ¿a quién le importa?

Lo mejor de todo es que a la entrada del establo había un cartel que recogía los nombres de cada animal, junto a una foto y una descripción que seguro que era graciosísima. Pero no puedo confirmar ni desmentir nada porque, por tercera vez, yo de alemán ni zorra y no era plan de darle la turra al pobre marido austriaco de mi compañera de trabajo argentina cada dos por tres.

De todas formas, el momento "ida de olla absoluta" con referencias a detalles del pasado que sólo recordamos dos o tres personas en todo el planeta y yo vino justo después. Quizá fue porque la siguiente parada en este viaje lisérgico que era el zoo comestible consistió en un tobogán de veinte metros para chiquillos por el que no pude evitar tirarme yo también y mi organismo estaba tan ocupado en la digestión del chocolate que no lo vio venir, pero lo que vino después me entró por los ojos como el anuncio de Fruitopía.

Y aquí es donde meto el inciso de turno porque vosotros y yo sabemos que no habéis pillado lo que acabo de decir y es una pena. A ver, resulta que en el noventa y cuatro Coca Cola empezó a comercializar en España la Fruitopía, un expermiento de bebidas con "sabor" a mezclas de frutas variadas que acabó siendo un puto fiasco porque, entre otros motivos, cada variedad de Fruitopía sabía más a mierda que la anterior. Dejando a un lado el producto en sí (y lo mal que sabía, insisto), lo más llamativo fue su campaña de márketing. Y es que Coca Cola anunció el anuncio. Me explico: en varias revistas (y creo que periódicos) un breve artículo publicitario recogía la fecha y hora exactas a las que las diferentes cadenas de televisión que por aquel entonces operaban en el país emitirían el spot dando a conocer la bebida (a eso de las diez de la noche, ojo. Prime time y tal). Además de dicho artículo, la revista (y creo que el periódico) de marras hacía entrega de unas gafitas de cartón con lentes de plástico que los espectadores debíamos usar para ver el anuncio, pues las lentes "intensificarían la experiencia" o algo así. 
Lo que pasaba en realidad es que el anuncio, aparte de dar un repelús que te cagas (y si no me creéis echad un ojo), contaba con mucho patrón caleidoscópico, y el efecto se acrecentaba un poquito tras el plástico de las "gafas", pues éste creaba un efecto de multiplicación por encima, por debajo y a los lados de la televisión, y parecía que varias televisiones apiladas emitían la misma imagen a la vez. 
Que no fue para tanto, en serio. De hecho, la frase que más se escuchó decir a los miembros de mi unidad familiar en el salón de casa (porque esa es otra, como aquello pintaba ser poco menos que el apocalipsis, abandonamos la cocina en la que habitualmente pasábamos ese rato del día para poder ver tal acontecimiento en la tele del comedor, que era mejor y más grande) mientras nos pasábamos las gafitas unos a otros para contemplar aquello fue "pues no es para tanto".

¿Ha quedado claro? Bien, pues ahora que os hacéis una idea del nivel de flipe que estaba experimentando (y de que probablemente tenga algún problema en la vista, pues lo de ver con ojos de caleidoscopio sólo tiene sentido en la canción Lucy in the Sky with Diamonds) podéis ver lo que yo vi:

Te cagas

La siguiente estación, una especie de anfiteatro donde, por lo visto, se proyectan vídeos y películas infantiles cuando hace mejor tiempo, contaba con multitud de cabezas de animales colocadas entre las gradas con la intención de, supongo, traumatizar a los chiquillos que allí se reúnen. Os pongo más ejemplos, pues le rogué a mi novia que recogiese un testimonio gráfico de aquello como si yo fuese Arturo Pérez-Reverte, ella fuese el cámara José Luis Márquez y aquel cada vez menos bucólico enclave fuese un pueblo de los Balcanes en plena Guerra de Bosnia:




Y entonces llegó el momento revelación de esta entrada. Esas cabezas de animales provocaron que en la alocada base de datos de recuerdos aleatorios que es mi memoria se agolpasen las búsquedas con una etiqueta concreta: Eurovisión. Y tuve que seleccionar entre todas ellas una en particular.

Veamos... Massiel cuando aún contaba con un hígado funcional... No. Los flecos de Salomé... Nope. Cliff Richards y su repelente Congratulations... Que no. Lydia cantando No quiero escuchar con ese horrendo vestido y llevándose one triste point... Niet. La frikada del Chikilicuatre... Joder, no. El Yuropslivinaselebreision de Rosadespaña cuya emisión me pilló así como que un poco fuera de sitio porque acababa de salir de una barra libre... Tampoco. El colgado aquél de la boina que alternaba una especie de música infantil y rock duro mientras se agarraba los huevos y hacía muecas y que, Dios sabe por qué, le hacía gracia a mi hermano... BINGO.

Recordé entonces que el esperpento recién localizado en mi memoria, aparte de por dos coristas que parecía que habían empezado a ensayar la canción la misma tarde de la actuación, estaba acompañado por varias siluetas que representaban animales antropomorfos tocando instrumentos, con cabezas DEMASIADO parecidas a las que me atormentaban en el anfiteatro del zoo comestible Zotter. En ese momento, intuyendo que una serendipia muy gorda estaba a punto de echárseme encima, agarré el móvil para buscar más detalles acerca del protagonista de la interpretación eurovisionera que acabo de describir de forma bastante pobre, y di con la clave:

"Alf Poier, artista y comediante nacido en la región austriaca de Estiria". Adivinad en qué región austriaca se encuentra la fábrica Zotter, amigos.

Las piezas del puzle encajaban perfectamente, y si uno se alejaba un par de pasos de aquel rompecabezas, podía ver que el mismo revelaba la frase que más veces me he repetido a mí mismo desde que llegué a este país:

Austria, no te entiendo


La verdad es que podría acabar aquí la entrada, pero aún me quedaban por descubrir varios detalles que causaron en mi ya de por sí maltratada mente varios episodios de estupefacción. Paso a describirlos rápidamente y lo dejamos por hoy, si os parece bien:

Un estanque en el que convivían de forma agresiva todo tipo de aves de corral con muy mala leche y que me hicieron temer por mi propia vida:



Un ternerillo monísimo que hace que desde entonces me sienta fatal conmigo mismo cada vez que me jalo una hamburguesa:



Diferentes juegos familiares cuya mecánica común consistía en lanzar BOTAS DE AGUA de una u otra forma:




Y, para terminar, un mirador desde el que poder contemplar todo el valle de forma magnífica, y desde el que, por querer contar con un colofón surrealista (y también un poquito por joder, todo sea dicho), hice una foto justo en la dirección contraria:



Eso es todo. Eso fue todo. Y ahora, a fregar la brita de los huevos.

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jueves, 2 de abril de 2020

Venga, recogerse

Sigo dejando para otra ocasión la segunda parte de mi visita a Zotter porque soy un sinvergüenza y porque el otro día le estuve dando vueltas a un tema que, mira tú, va a acabar convertido en entrada. Y como tiene bastante que ver con la que está cayendo, voy a daros la turra al respecto por segunda vez.

Resulta que, mientras analizaba con mi novia el tema de la cuarentena, del distanciamiento social y de toda esta movida, llegué a la siempre agradecida conclusión de que no estamos tan mal. Y es cierto, no estamos tan mal. Las medidas que se han aplicado en Austria no son muy restrictivas y, aunque recomiendan que no pises la calle más que para tirar la basura o hacer la compra cuando no te quede otra, uno puede permitirse que le dé el aire unos minutos siempre y cuando no se vaya a juntar con más individuos. Que es posible que de aquí a una semana todo cambie y nos encierren a todos a punta de pistola, pero de momento, insisto, no estamos tan mal. Además, esa afirmación se ve reforzada cada vez que me paro a pensar en el pisazo en el que estamos viviendo en este momento. Es enorme, está bien aclimatado y lo único que necesita para ser perfecto son unas pocas fotos enmarcadas por aquí y por allá y más plantas. Siempre más plantas.

Partiendo de esta introducción que no me he currado mucho, voy a meteme directamente en harina porque no quiero enrollarme, que la semana pasada me quedé de un a gusto que te cagas y agradecería que esta vez mi pelea con las teclas acabase un poco antes, que he retomado el Patapon 2 en la PSP y la estoy gozando cosa bárbara. En fin, que después de haberle dado un par de vueltas, se me han ocurrido cinco sitios en los que podría pasar dos meses encerrado sin problema y cinco sitios en los que no, ni de coña. Empiezo por los buenos:

El Centro Comercial Vallsur que fue y ya no es


Sé que ya he mencionado a este mastodonte en alguna ocasión (en más de una, de hecho), pero es que su inauguración me cambió la vida, macho. A menos de un kilómetro de mi casa, y tenía de todo: un hipermercado con auriculares en los que poder escuchar los discos más recientes donde descubrí cuánto me flipaba el Tubular Bells III, una tienda de ropa pija donde me compré el set de pantalón más cazadora de Levis Type 1 por veintiochomil pelas de la época (mi abuela, a pesar de ser pensionista, me pagó la cazadora, todo sea dicho), una tienda de deportes en la que mi abuela siempre lograba entre un cinco y un diez por ciento de descuento porque al pagar solía decir "no me haríais descuento, ¿verdad? Que soy pensionista", un kebab cuyo dueño invitaba a patatas fritas a todos menos a mí, un Burger King en el que adquirí cientos de juguetes del menú infantil porque me negaba a afrontar que ya no tenía edad para menús infantiles, una tienda de modelismo en la que vendían sets de imanes muy locos con los que jodí algún que otro aparato eléctrico en mi casa, un Coronel Tapiocca que ofrecía chorradas para irse a la selva que ME FASCINABAN porque yo era consciente de que lo más salvaje que iba a ver en mi vida eran las lagartijas de mi patio, un salón de recreativas en el que me dejaba media propina jugando al Radikal Bikers, una tienda de electrónica en la que me compré la PS One para jugar EXCLUSIVAMENTE al Radikal Bikers... De todo aquello no queda casi nada, y cada vez que vuelvo al sitio lo encuentro más irreconocible, pero las tardes de mi adolescencia VOLABAN una vez que cruzaba su puerta dispuesto a echar el rato gastando la menor cantidad de pasta posible. Y dos meses allí dentro me parecerían dos minutos.

Acabo de descubrir que el párrafo anterior es un calco de algo que ya dije en una de las entradas que he enlazado. Me quedo sin ideas. Sin inspiración. Me acabo. En fin.

La última tienda de campaña que compraron mis padres


No ha habido julio en mi infancia sin sus tres semanas de camping por el norte de España junto a mis padres y mi hermano. Y no lo digo de coña, que con menos de un año yo ya sabía lo que era dormir en colchoneta. Como un bendito, además:

A ver, os explico: hace un par de días le pedí a mi madre "alguna foto de la tienda de campaña más reciente en la que no salga nadie o sólo salga yo". Y entonces mi madre buceó en los álbumes familares para mandarme MÁS DE TREINTA. ¿Me venían bien para la entrada? Pues no, la verdad. Pero ya que la pobre se molestó en mandarme tanto material, pues aprovecho y cuelo alguna que otra por aquí

Bueno, salvo en no recuerdo qué año, que mi madre tuvo que pillarse las vacaciones en agosto y no quedó otra que saltarse la tradición por treinta días. La cuestión es que, a nivel tiendadecampañil, mis padres fueron prosperando que no veas. De una pequeña canadiense pasaron a una familiar con dormitorio y cortinas que tenían dibujos de cactus muy monos, y de ahí a la madre de todas las tiendas de campaña: dos dormitorios con capacidad para tres personas cada uno, un hueco entre ambos con una barra para usar a modo de perchero, una zona común con espacio para cocina y un toldo a la entrada bajo el que protegerse al aire libre. A todo lo anterior habría que sumar un avance del mismo tamaño que la propia tienda con el que se ocupaba toda la parcela asignada y que apenas dejaba sitio para el Ford Escort, pero no lo tengo en cuenta porque el avance era una mierda, duró dos telediarios y se quedó en un camping de Cudillero una noche que llovió más de la cuenta.

Porque (y aquí es donde yo quería llegar), no era de extrañar que nuestras vacaciones incluyesen el tener que tirarnos entre una y dos semanas bajo la lona por culpa del orballo gallego, el orbayu asturcántabro, el sirimiri vasco o el calabobos del norte de Palencia. Y daba igual. El hábitat que se preparaba bajo los mástiles, sumado a la capacidad infinita que tenían mis padres para que mi hermano y yo no nos aburriésemos, hacían que las vacaciones se hiciesen demasiado cortas tanto dentro como fuera de la tienda, y siempre llegaba demasiado pronto el día en el que tocaba recoger bártulos, dejar en la parcela una marca del tamaño de la tiendaza en forma de césped blancuzco por la falta de clorofila y poner Picos de Europa de por medio escuchando a los Pekenikes en el Ford Escort.

Casi se me olvida poner aquí esta foto. Pero lo he hecho y espero que eso le ahorre un disgusto a mi madre

El Polideporivo Pisuerga


A estas alturas de la película ya deberíais saber todos que soy un friki del correr. Pues bien, años ha no es que fuese un friki del correr sin más, es que era un friki del correr FEDERADO. Y durante toda esa época pasé por varios equipos de atletismo. Uno de aquellos clubs incluía en su rutina de entrenamiento semanal el que los atletas pasásemos las tardes de los miércoles en este edificio del sur de Valladolid. Se inauguró en mil novecientos ochenta y cinco con motivo del campeonato del mundo de gimnasia rítmica, y es feo de cojones. Sin embargo, la diversión entre sus cuatro paredes de jormigonako no tenía fin: bien fuese haciendo el gilipollas en su sala de musculación, bien fuese haciendo el gilipollas en su piscina de gomaespuma, bien fuese (lo habéis adivinado) haciendo el gilipollas mientras corríamos por los pasillos oscuros del piso superior, me encantaba que fuese miércoles porque significaba que tocaba polideportivo. Casi hasta compensaba la peste a sudor que inundaba el lugar y todo, fíjate.

La sala de mis delirios febriles


Una de las cosas que yo hacía con más frecuencia de pequeño, a pesar de no estar entre mis favoritas, era ponerme enfermo. Raro era que cada cuatro o cinco meses no me tocase tirarme un par de días metido entre las sábanas con décimas de más. Pues bien, para sobrellevar semejante desajuste vital, mi cerebro decidió construir una especie de habitación del tamaño de un campo de fútbol, limpísima y toda pintada de blanco, en la que únicamente estábamos una pelota de goma que rebotaba por sus paredes para entretenerme al ritmo del pitar de mis oídos y yo. De vez en cuando mi madre entraba en esa sala imaginaria, me daba el medicamento de turno y volvía a largarse, y eso era todo. Y oye, aquella especie de set davidlynchiano minimalista me resultaba de lo más entretenido.

¿Qué pasa? A Descartes le pasó algo por el estilo y nadie le llama puto loco por ello.

El Hospital Militar de Valladolid


Yo nací aquí, y de aquí guardo muchos recuerdos que, por haberme pillado siendo muy pequeño, seguramente estén alterados por mi imaginación o sean directamente mentira. Pero bueno, como mis padres van a leer esto, ya se encargarán de corregirme si suelto alguna burrada.

Recuerdo que el sitio era inmenso y estaba siempre vacío; y cuando yo iba a visitar a mi padre, que curraba en ventanilla, y él encontraba un rato libre, aprovechábamos para jugar con un balón de gomaespuma en la desierta sala de espera; y si estaba liado, me dejaba escribir a máquina en una Olivetti que no usaba nadie. Recuerdo que, en otra ocasión, nos reunieron a todos los hijos del personal en su salón de actos y, tras proyectar la película de Las tortugas ninja (en la cual, llegado cierto momento, todas gritaban "¡De puta madre!", algo que memoricé de lo lindo y que mis padres no es que precisamente celebrasen cuando lo repetía por la calle), un tío vestido de papá noel nos dio juguetes de Playmobil. Recuerdo que el dentista siempre tenía una caja de hojuelas riquísimas en su consulta. Recuerdo que en otra de las consultas había un esqueleto al que todos llamaban Federico (ahora que lo pienso, si el nombre era una referencia a Lorca, NO TIENE NI PUTA GRACIA). Recuerdo que Julita, una de las monjas que trabajaban allí, me adoraba y me daba besos que hacían ventosa y más daño que las inyecciones que me ponía después. Y recuerdo que, a finales del siglo pasado, algún lumbreras decidió que a Valladolid le sobraban hospitales, con lo bien que habría venido en estos días inciertos contar con sus habitaciones, sus camas y su excelente personal médico. Qué triste, ¿verdad? Pues más triste va a volverse todo aún porque paso a enumerar los sitios en los que, por Dios, espero no verme jamás durante dos meses. O dos minutos:

Twitter


Empecemos dejando las cosas claras: Twitter es una mierda. Y sé que no es un espacio físico, pero si me preguntáis que a qué me recuerda, os diré que a los típicos edificios de viviendas chungos que salen en las películas americanas, con sus inquilinos pegándose gritos que se oyen a través de las paredes, sus charcos de orina en los rincones, sus redadas, sus pintadas horrorosas y su olor a síndrome de Diógenes. Sí, eso resume bastante bien lo que es Twitter hoy en día. Qué asco da Twitter.

El Museo de la minería y la industria de Asturias


Se encuentra en El Entrego, y aprovechando que los de mi equipo de atletismo fuimos allí para participar en la "Carrera Popular les cebolles rellenes" (os juro que no me lo invento), visitamos dicho museo. Una actividad la mar de interesante, ¿no os parece? Pues mi aprensión estuvo a punto de matarme mientras me encontraba allí metido.

Resulta que una de las principales atracciones del lugar consistía (y no sé si consiste) en una representación real de una mina, a la que se accedía en un ascensor trucado que fingía descender la hostia de metros. Y la mina en sí era de un realista y de un claustrofóbico que daba miedo, con recovecos oscuros, ambiente húmedo y la sensación constante de que el mundo se nos iba a echar encima en cualquier momento. Total, que cuando terminó ese trozo de visita y el guía nos hizo salir a la superficie por unas escaleras que revelaban que apenas habíamos bajado dos pisos, yo ya estaba medio enfermo. Si a eso añadimos una sección dedicada a reproducir con exquisito realismo todos los males que mineros y obreros solían sufrir en la zona debido al desempeño de sus tareas, no os extrañará que pasase el viaje de vuelta a Valladolid convencido de que me había pillado una silicosis.

Una tarde pasé allí. No quiero ni imaginarme cómo serían dos meses.

Nuestro primer piso en Dublín


Cuando mi novia y yo nos fuimos a vivir a Irlanda pasamos por siete hostales, a cual más lúgubre, hasta que logramos el primer contrato de alquiler. Se trataba de un flat en Cabra road por el que pagábamos bastante poco a la semana, pero que se cobraba en salud lo que nos ahorrábamos en pasta. Y es que el casero, siguiendo la moda de la ciudad, había dividido una casa típica irlandesa en el mayor número de apartamentos posible, y a nosotros nos tocó el del semisótano. Era minúsculo, una única habitación con una cocina en un rincón y una ducha y retrete en otro en la que apenas había sitio para la cama, el sofá y una mesita con dos sillas. El wifi llegaba a duras penas, el viento se colaba por todas partes (en especial por la chimenea mal cegada) y la temperatura en el interior no llegaba a los dieciséis grados por las mañanas (y trece en la ducha, con dos cojones), pues la calefacción era central y sólo se ponía en marcha durante unos veinte minutos dos veces al día. La lavadora era comunitaria y la secadora no funcionaba, por lo que tocaba tender la ropa dentro, aprovechando el poquísimo espacio restante y aumentando la humedad y el frío en el lugar. Eso sí, el casero nos dejó una estufa eléctrica para compensar, pero la hijaputa no funcionaba. Para más inri, el colchón estaba tan gastado que se doblaba si lo intentaba poner de pie.

Tras mucho insistir y pelear, el todopoderoso casero se dignó a cambiar el zarrapastroso colchón por uno nuevo, y cuando, pasados tres meses en semejante infierno pudimos poner pies en polvorosa incumpliendo el contrato de un año que habíamos firmado, el muy miserable nos echó en cara la jugada del colchón, pues opinaba que el anterior se encontraba en perfecto estado.

Si no fuese porque me pilló cargado de maletas, le habría pisado el cuello en aquel instante. Pero tranquilos, que lo único que hice fue dejarle con la palabra en la boca y jurarme a mí mismo que ni una más, Santo Tomás.

Una sidrería de Llanes en particular


No os molesteís en tirar de Google Maps, que el sitio ya no existe. Pero si visitasteis el pueblo asturiano en algún momento durante las últimas décadas del pasado siglo es posible que acabáseis entrando en el tugurio y sepáis de lo que hablo. El lugar tenía tal cantidad de polvo, telarañas y mierda inundando paredes y baldas que a su lado el peor retrete de Escocia de la peli Trainspotting parecía un quirófano. Hace años escuché a un compañero de la fábrica de frenos en la que curré durante las noches de un verano soltar una perla que describía el lugar a la perfección: "allí las ratas se salían a vomitar afuera".

Vale, sé que no me creéis, y me jode no contar con un documento gráfico que pruebe lo que estoy afirmando. Pero resulta que, de entre todas las fotos que mis padres sacaron durante nuestros viajes al norte, ninguna inmortalizó el antro (y la exhaustiva búsqueda que hizo mi madre el otro día lo confirma), por lo que una vez más os toca creerme.

En definitiva, un asco de sitio en el que nadie en su sano juicio podría pasar más de veinte segundos.

El concierto que dio La fuga en la Sala Mambo de Valladolid en dos mil cuatro


Sí, es el peor sitio de todos los que llevo describiendo Y CON DIFERENCIA. Para empezar, en el ránking de grupos españoles moñas La Fuga deja el listón a una altura inalcanzable por el resto (haciendo comparaciones de mal gusto, vendría a ser más o menos como el número de víctimas del coronavirus que va a tener Estados Unidos comparado con cualquier país dentro de un par de semanas. Ya lo veréis), y agradeceré que no me preguntéis qué cojones hacía yo allí. Y en cuanto a la sala en la que tuvo lugar el concierto... No sé, yo creo que he visto hornos en los que había una temperatura más agradable. Además, estoy seguro de que se pasaron de aforo vendiendo entradas, y si aquello no acabó como la grada del Heysel en el 85 fue porque Dios no quiso. Y no me lo explico, pues en circunstancias normales el sitio no estaba mal del todo. Varias noches (incluida una en la que mis compañeros de equipo de atletismo y yo fuimos a ver a otro compañero que participaba en una especie de Operación Triunfo de barrio, pero esa historia la dejo para una entrada sobre taxis que aún no he empezado a escribir) acabé en aquel lugar y no era desagradable del todo, pero el día del concierto... En serio, lo único que deseaba mientras estaba allí era que todo acabase cuanto antes.

Más o menos lo mismo que estaréis deseando vosotros, después de tantas semanas de encierro, ¿no? Por el momento, lo que se acaba es esta entrada, que yo quería no haberme liado mucho y al final se me ha vuelto a ir la mano.

Y ya que mi madre se ha molestado, pues metro aquí otra foto mía de camping, que no le va a hacer daño a nadie

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