lunes, 23 de julio de 2018

Big in Japan. Episodio IIIII

En el que los protagonistas de la historia cambian de ciudad, ingieren sake y duermen más cerca del suelo que nunca.


Empecemos la entrada de hoy destacando un detalle del desayuno al que llevaba echando un ojo desde el primer día: cada mesa, sin excepción, contaba con una serie de barquillos rectangulares envasados individualmente que tenían muy buena pinta. Y ya que era nuestra última mañana en Tokio, no quería desaprovechar la oportunidad de probarlos y disfrutar como si fuese un crío que va de paseo al vallisoletano Campo Grande un domingo por la tarde. Así que me hice con uno:

Apetitoso

Bueno, pues resultó que aquello no era un barquillo, joder. Era una servilleta perfumada destinada a limpiar las manos del comensal de turno antes de atacar el desayuno. Y mira que nos habían puesto trapos, toallas y servilletas de todo tipo y de características similares allá donde habíamos comido hasta entonces, pero mi cerebro no fue capaz de dar con la relación y quedé como un gilipollas en aquel momento delante de mi novia. Y ahora delante de todos vosotros.

Tras finalizar el desayuno sin barquillos y subir a la habitación, encendí la tele para contar con acompañamiento audiovisual mientras terminábamos de hacer las maletas, y no es que quiera caer en el tópico de "seguro que estaban emitiendo Ultraman, porque allí emiten Ultraman a todas horas desde hace cincuenta años", pero es que estaban emitiendo Ultraman:

Y yo aquí tendría que meter alguna frase clásica de la serie, pero no me acuerdo de ninguna, que yo era muy pequeño cuando veía esto en la tele

Una vez finalizamos el empaquetado de ropa y artículos que habíamos adquirido en Ikebukuro, Akihabara, Shibuya y demás, aproveché que las maletas estaban fuera de la habitación, dejando libre el 25% de espacio disponible, y saqué fotos a los detalles de Japón que me dejaron con el culo torcido números 2, 3 y 4:

El panel para controlar la luz que había junto al cabecero de la cama incluía una LINTERNA para poder ir a mear de noche sin andar encendiendo luces

El cartel de "no molestar" era un imán que se adhería a la puerta

Un Grifo para gobernarlos a todos. Un Grifo para encontrarlos, un Grifo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas. Un Grifo que lo mismo te vale para la ducha, que te apunta al lavabo, que te sirve para llenar la bañera. Un Grifo Japota muy apañao

Dijimos sayonara a la minúscula habitación y nos dirigimos por última vez a la próxima estación ferroviaria de Ueno, desde donde partiríamos a nuestro segundo destino de este viaje: Kioto. Peeero, resulta que la atenta empleada que nos había vendido los billetes del tren bala que une ambas ciudades no había sido lo suficientemente específica. Y es que el trayecto Tokio-Kioto es literal, y parte de la estación de tren llamada Tokio que se encuentra en Tokio. Por ello, dije "joder" en voz baja al descubrir este detalle y mi novia y yo corrimos por el laberinto de escaleras mecánicas y sótanos de Ueno hasta dar con el tren que nos llevaría de Ueno a Tokio-Tokio para poder, ahora sí, montar en el famoso tren bala.

Y yo me esperaba que esto de viajar en el Shinkansen fuese algo así como el despegue de un cohete, pues en la peli de Lobezno da la sensación de que estos trenes van a toda hostia, pero pasa lo mismo con el TGV en Misión Imposible, y al final esto es como ir en un Alvia, para qué nos vamos a engañar. De hecho, hice unas cuantas fotos desde la ventanilla esperando que el resultado fuese algo así como vertiginoso y casi psicodélico, pero sólo aparecen un poco movidas. Aún así, las meto a continuación para que veáis que yo no miento y porque tengo que rellenar entrada. Sin pies de foto ni nada, qué cunda el bajón:





Y ya.

Llegamos a la estación de Kioto y allí coincidimos con unos dos o tres millones de escolares que, portando impecables uniformes a lo Shinji en Evangelion, transitaban por el lugar en filas interminables, por lo que salir de allí fue como intentar pasarse una pantalla del Frogger. No obstante, logramos echarnos a la calle y el solazo se encargó de acompañarnos durante todo el largo paseo (pues aún no controlábamos la línea de metro kiotense) que nos dimos hasta llegar al ryokan en el que pasaríamos las tres siguientes noches.

"¿Ryoqué?" Os preguntaréis algunos, al igual que me lo pregunté yo la primera vez que oí esa palabra de labios de mi novia cuando comenzamos a planear esto. Un ryokan es una vivienda tradicional japonesa en la que todo se hace muy cerca del suelo (recubierto de tatami), hay que descalzarse, las paredes son correderas y apenas hay muebles. Y el que quiera más detalles, que se ponga un capítulo de Digimon o de Shin Chan y se fije.

A nuestra llegada nos recibió un francés que llevaba viviendo en la ciudad seis meses y que tenía la misma cara que Athelstan, el de Vikings. El muchacho se encargó de darnos las instrucciones acerca de cómo ponernos las yukatas que descansaban en uno de los armarios de la espaciosa habitación (nos ha jodido que era espaciosa, como que allí sólo había una mesita y dos sillas sin patas) y de cómo sacar del otro armario existente los dos futones y así hacer la cama. También nos sugirió apuntarnos a una degustación de sake que iba a tener lugar en el comedor del edificio, y nosotros le dijimos que vale, pero que antes nos íbamos a ir a comer porque estábamos muertos de hambre.

Y comimos en un restaurante situado en la calle Shijo (la cual terminamos recorriéndonos una y otra vez varias veces porque tenía DE TODO), de ésos con un menú que no se acaba nunca y fotos acompañando a los baratos platos que en el mismo se ofertan, provocando que te entren ganas de pedir un montón de comida y acabar gastándote una pasta. Bueno, pues eso fue exactamente lo que hicimos, a quién quiero engañar.

Minutos después nos encontrábamos de nuevo en el ryokan, junto con otras dos huéspedes de Malasia o de Filipinas o de por ahí, pues no recuerdo muy bien de dónde dijeron que eran, dispuestos todos a aprender un poco acerca del famoso licor japonés de la mano de un señor de... Minnesota. Manda huevos. De todas formas, el hombre llevaba veinte años viviendo en Kioto, por lo que iba a dar por genuino todo lo que me contase (al fin y al cabo, yo me he dedicado desde este mismo blog a dármelas de enterado tras sólo cinco años en Irlanda). De hecho, el minesotano demostró que sabía un rato de sake, pero no voy a daros detalles porque no me acuerdo de lo que habló. Lo que sí que recuerdo es que, mientras nos preguntaba a los asistentes que de dónde procedíamos y mi novia yo le dijimos que de España, nos hizo la segunda pregunta que yo siempre temo:

—¿De qué parte de España?

Que mi novia lo tiene a huevo, porque como es madrileña, suelta que ha salido de Madrid y todo el mundo sabe lo que dice, pero como yo no soy ni de Madrid, ni de Barcelona, ni de las Islas Canarias ni de Torremolinos, me toca dar un sinfín de indicaciones para que la gente se ubique cuando digo "Valladolid". Por ello, y como no quería mentir como otras veces diciendo que yo también era madrileño, alejé el zoom de Google Maps en mi respuesta y solté un vago: "del norte de España", ante lo que el experto en sake, dando un chiquitodelacalzadesco paso atrás y poniendo cara de estar manejando plutonio me dijo con una mezcla de delicadeza y miedo:

—Entonces... Igual no te parece bien que diga que eres español.

Y yo en ese momento me di cuenta de que, en la otra punta del mundo, un señor que llegó allí desde muy muy lejos, era plenamente consciente de que los españoles no somos capaces de dejarnos la gilipollez en casa y tenemos que dar la nota con nuestras mierdas territoriales allá donde vamos, ignorando que, de Pirineos para allá, a la gente LE IMPORTA UNA MIERDA todo esto. También imaginé que lo decía porque en previas sesiones le habría tocado lidiar con algún que otro iluminado que cuando va a Japón a degustar sake necesita dejar bien clarito que no está contento con lo que pone en su pasaporte, y sentí lástima por él, al tiempo que le respondía que me daba exactamente igual, y que fuese abriendo botellas porque ése era el objetivo de aquella reunión vespertina.

Tras un par de horas analizando etiquetas y colores de la bebida japota, volvimos a salir a la calle para dar un paseo nocturno por el pintoresco barrio de Gion, aprovechando que la lluvia se había tomado un descanso. Cuando vimos que se iba haciendo tarde, nos dirigimos por segunda vez a la calle Shijo (os lo dije), y aprovechamos un restaurante especializado en okonomiyaki para disfrutar de nuestra recién adquirida adicción a este plato. Antes de sentarnos, la camarera me presentó el detalle de Japón que me dejó con el culo torcido número 5:

El asiento, que se levanta para que puedas dejar el bolso dentro mientras cenas, tú

Riquísimo el okonomiyaki, como de costumbre.

Salimos de allí satisfechos y con un paipái de regalo y volvimos por última vez aquel día al ryokan, donde nos esperaban los futones para abandonarnos al sueño. Antes de enfutonarnos, y viendo que la ampolla de mi mano no terminaba de secarse, decidí seguir la sabiduría popular y dejar aquello "al aire", convencido de que la ausencia de vendaje y el clima japonés acelerarían la cicatrización de mi herida.

¡Ay! Cuán errado de hallaba... Ya os contaré.


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lunes, 16 de julio de 2018

Big in Japan. Episodio IIII

En el que los protagonistas de la historia llevan POR FIN a cabo una actividad medianamente cultural y la mano de uno de ellos comienza a dar guerra.


No quiero convertir esto en un blog de Historia, así que no daré muchos detalles al respecto. Solo diré que, debido a un quítame allá esas pajas que se salió de madre allá por los años cuarenta del siglo pasado, los estadounidenses no es que caigan muy bien en Japón. Pues bien, atención a la camiseta con la que me paseé durante todo el día anterior por Akihabara y bajé a desayunar el que nos ocupa:

El día en el que el amable personal del restaurante me retiró el saludo

Pero bueno, aprendí de mi error y mis siguientes atuendos pudieron considerarse libres de parafernalia yanki evidente (pero no dejé de dar el cante, pues aquí no son de camisetas frikis como yo y el más atrevido de todos lleva como mucho un polo de rayas).

Debido a que mi organismo comenzaba a adecuarse a este ritmo de caminatas por las calles de Tokio, el sueño de la última noche no fue tan profundo como lo había sido durante las anteriores, y mi cuello se dio cuenta de que lo que había sobre el colchón ni era almohada ni era na. Vamos, que me desperté cuarenta veces y bajé al desayuno con unas ojeras como rodajas de sandía dispuesto a pasarme la máquina de café.

Tras aquel desayuno con extra de cafeína marchamos a la estación de Ueno, desde donde cogimos el tren con destino a Shinjuku. Por el camino, y mientras el tren depositaba cientos de pasajeros en una de las estaciones del trayecto para acto seguido recoger otros pocos cientos (la hora punta japonesa, una bonita partida de Lemmings), mi novia dejó a un pokémon en el único hueco disponible del gimnasio que allí había, prometiéndome pagarme un café poco más tarde para compensar. Y si meto aquí detalles acerca de Pokémon GO es para meter un poco de paja, porque se me ha vuelto a echar el tiempo encima con la puñetera entrada y tengo que rellenar con lo que sea. En fin, sigo con la historia...

Llegamos a la parada de Shinjuku, y aunque no pudimos comprobar de primera mano que nos encontrábamos en la estación más concurrida del mundo (en ese momento había multitud, vale, pero más gente he visto haciendo cola en Valladolid cada vez que regalan algo), sí que puedo garantizaros que salir de la misma por la puerta deseada es tarea imposible. Tras acabar a centenares de metros del lugar al que queríamos ir, celebré la vuelta a la luz sacando fotos a dos detalles curiosos. El primero fue un área de fumadores en mitad de la calle, pues hay zonas al aire libre en las que está prohibido fumar:

Como no fumador que soy, celebré esto con cierta efusividad

El segundo es lo más parecido a una caseta de la ONCE que pude encontrar en Japón:

La ilusión de todos los días

También pasamos por una esquina dedicada a Pokémon, con bancos y murales alusivos, pero no tengo fotos a mano del sitio ni soy capaz de dar con él en Google Maps a estas alturas, así que no voy a detenerme mucho en ello. Agradecédmelo.

A pocos metros de la estación se encontraba (y se encuentra, salvo que en los últimos días haya habido un terremoto de los gordos o Godzilla se haya pasado por Tokio) un lugar que reúne dos de las características que considero ESENCIALES si yo fuese de los que escriben críticas en Tripadvisor y tuviese que escribir una crítica en Tripadvisor al respecto (pero no escribo críticas en Tripadvisor. Sólo una vez escribí una crítica en Tripadvisor y fue para hablar muy bien de una cafetería de Dublín. Eran otros tiempos y yo era joven y alocado): permite ver cosas desde lo alto y es gratis. Así que para allá que fuimos. El sitio del que estoy hablando es el (atención) Edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio.

Rimbombante, ¿verdad? Pues es el puto ayuntamiento. Pero creo que ya he mencionado que en Japón le dan mucho bombo a todo, y con los nombres no se quedan atrás. Accedimos a una de las dos torres y el ascensor nos llevó al mirador, desde donde se veía todo esto:

Mira, Simba. Toda la tierra que baña la luz es nuestro reino

Junto a la enorme cristalera, un hombre que ya cargaba con cierta edad sobre sus hombros y que vestía un chaleco reflectante con la leyenda "voluntario" escrita en inglés, asaltaba a los turistas para describirles con parsimonia cada edificio visible. Pero con mi novia hizo una excepción. A ella le pregunto que de dónde era y, al escuchar la palabra "Spain", se dedicó a relatarle aquella vez que estuvo de visita en Brasil.

No, yo tampoco fui capaz de explicarme cómo se organizaban las conexiones neuronales dentro de la cabeza de aquel hombre.

Tras escuchar la historia del voluntario que estuvo en Brasil y echar un rato confirmando que Tokio es grande de cojones sin pagar un solo yen por la experiencia, tomamos el ascensor de vuelta al suelo, y yo hice esta foto a un cartel que había dentro del mismo sin tener ni idea de lo que describía:

Sí, eso de abajo a la izquierda es mi dedazo, pero es que hice la foto con prisas Dejadme en paz

Antes de dejar atrás aquella gratuita estructura traté de hacer una foto de larga exposición con mi cámara, aprovechando que llevaba encima filtros de densidad neutra y que la entrada al lugar estaba misteriosamente desierta. Pero el resultado fue una mierda tan grande que la he borrado, así que no esperéis verla aquí ni me preguntéis por ella.

Un paseo más largo de lo que nos esperábamos nos llevó hasta el Santuario Meiji, donde una pareja de estudiantes japonesas nos hizo una breve encuesta para saber qué leches hacíamos allí (sería parte de algún trabajo del instituto o algo). Y yo mentí como un bellaco, pues si bien es cierto que la historia de Japón es ahora mismo una de las cosas que más me llaman la atención del país, cuando quisieron que concretase les mencioné el Período Edo, ganándome sonrisas de aprobación por su parte, cuando lo que de verdad tiene chicha para mí es la historia de finales del siglo XIX y principios del XX, que es cuando los japos estuvieron dándose de hostias con todo el mundo.

Del santuario salimos comiéndonos sendos helados de flor de cerezo y melón (os lo juro) y yo empecé a sentir una ligera molestia bajo el vendaje de mi mano derecha (para quien no esté al tanto, al prólogo me remito), otro paseo (éste más breve) nos llevó a la calle Takeshita, el lugar probablemente más kawaii de toda la ciudad y donde pude haberme comido una crêpe de tarta de queso (sí, lo habéis leído bien). Pero no lo hice porque el recuerdo del helado aún se conservaba reciente. Y ahora me arrepiento de ello [insertar emoticono triste aquí].

Callejeamos por la zona en busca de un restaurante, y terminamos en uno en el que nos sirvieron un plato de tempura a todas luces excesivo para dos europeos. Por ello, y debido a que tanto mi novia como yo estamos en contra del desperdicio de comida, preguntamos si sería posible llevarnos las sobras en una fiambrera o algo, y el camarero nos puso todo en una cajita que, si bien era de porexpán, al principio creímos que era de madera, lo que provocó que estuviésemos a punto de darle dos besos.

Debido a que la molestia de mi mano no cesaba, buscamos un hospital cercano con la idea de que le echasen un ojo para ver si aquello era normal o no, pero el único sitio que había en la zona era un centro especializado en dolencias de garganta en el que nadie hablaba inglés. Allí nos dieron una tarjeta con un teléfono de asistencia a extranjeros. Y yo no sé si es que nos liamos con el tema de los prefijos o qué, pero no hubo manera de contactar con nadie, así que tomé la decisión de ignorar las molestias (pero qué listo soy) y nos metimos en la primera cafetería que encontramos a tomar un café y descansar de tanto paseo.

El rato del café se alargó más de la cuenta (cuando digo que estabamos agotados no lo digo de coña), y una vez repusimos fuerzas nos dirigimos a Shibuya (andando también, of course). Resulta que una compañera de trabajo japonesa de mi novia le había recomendado que visitase el 109, un centro comercial de varios pisos lleno de tiendas de ropa. Y yo acabé deseando dos cosas: la primera, ser mujer, pues los artículos que vendían en los distinos establecimientos eran exclusivamente femeninos y MOLABAN UN HUEVO, pero (aunque no descarto nada de cara al futuro, pues nunca se sabe) no me veo yo ahora mismo calzándome un vestidito. Y la segunda, medir un metro sesenta o menos, ya que la talla más grande que vimos en todo el complejo fue una M. Mi novia, que cumple los dos requisitos, salió del centro comercial portando varias bolsas, y mientras mis dientes largos iban volviendo a su tamaño normal, aprovechamos que estabamos allí para pasar varias veces por el famoso cruce de Shibuya, uniéndonos a la marea de locales y turistas que gastaban la pintura del suelo a su paso. También nos acercamos a ver la estatua de Hachiko, provocando que cundiese el bajón entre nosotros durante un buen rato aquel día.

Y ¿qué mejor forma de superar un mal rato en pleno siglo XXI que CONSUMIENDO? Nuestra última parada antes de abandonar el distrito de Shibuya fue el inmenso Don Quijote, que ya mencioné hace unas cuántas entradas. Se trata de una especie de supermercado/todoacien/tiendadesouvenirs donde es fácil llenar una cesta de la compra con gilipolleces varias. Y eso hicimos nosotros. Además, superando los cinco mil yenes de gasto y demostrando que se venía de fuera de Japón era posible solicitar la devolución de impuestos, y la sección de golosadas nos ayudó a alcanzar tal cifra con facilidad.

Creo que eran las once de la noche cuando salimos del Don Quijote, así que imaginad la excursión que nos montamos allí dentro. Cargados como mulas, volvimos al hotel, dispuestos a pasar la que sería nuestra última noche en Tokio.

No os asustéis, joder. Lo que pasa es que al día siguiente cambiamos de ciudad. Pero eso lo dejo para la siguiente entrada, la cual espero escribir con más calma y más chistes y más todo.

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lunes, 9 de julio de 2018

Big in Japan. Episodio III

En el que los protagonistas de la historia dedican toda la jornada a recorrer las tiendas frikis de Akihabara y a ingerir café como si no hubiera un mañana.



Me gusta viajar por varios motivos: porque puedo, porque soy un miserable que después farda de ello en Faceboook (y si tirase de Instagram no iba a haber dios que me aguantase, no lo voy a negar), porque me supone un escape de la rutina del día a día en mi vida de asalariado... Sin embargo, incluso durante estos períodos que se salen de lo común me gusta aferrarme a detalles que, si bien no constituyen una rutina en sí dada la poca duración que suelen tener nuestras vacaciones, sí que podrían considerarse pequeños "patrones" que impiden que mi cerebro de señor mayor se transtorne y decida largarse dando un portazo.

Uno de esos momentos tiene lugar durante el desayuno. Es en estos minutos en los que mi novia y yo vamos regresando del mundo de los dormidos con cada sorbo de café y no nos hacemos ni puto caso el uno al otro. Porque, queridos integrantes de parejas que se pasan el día a la gresca por fallar estrepitosamente cada vez que pretenden erróneamente construir su relación siguiendo guiones de comedias románticas hollywoodienses: no hay nada tan bonito como saber compartir el puto silencio y el estar cada uno a lo suyo.

Pues el día del que voy a hablar ahora no empezó asi, oye. El desayuno se antojaba de lo más tranquilo y silencioso, gracias en parte a los locales, que gustan de tomar la primera y la segunda comidas del día callados como zorros (la cena ya no. Al llegar cierta hora de la tarde la mitad le dan la mano al mismo dos veces y algo de jaleo acaban montando. Pero sin meterse con nadie), y yo estaba dando buena cuenta del quinto cruasán, cuando una voz proveniente de la mesa contigua saltó:

—Are you from United States?

Mandó huevos. La pregunta iba dirigida a nosotros.

A simple vista, mi novia y yo tenemos la misma pinta de ser estadounidenses que de ser vulcanianos, y aunque mi novia tiene un nivelazo de inglés con el que puede psar por yanki, la autora de la pregunta no había tenido ocasión de comprobarlo, por lo que estaba bastante claro que lo que deseaba era rajar un rato con nosotros y rompió el hielo con la pregunta de marras. Y yo estuve a punto de decirle:

—Cállate. ¿No ves que estamos desayunando?

Pero no lo hice. Me encontraba con la guardia baja a aquellas horas intempestivas, y mi novia tuvo la pericia suficiente como para replicar que éramos made in Spain y comenzar una conversación con aquella mujer con marido adjunto que nos contó que se estaban pegando el viaje padre por Asia.

Cuando conversación y desayuno concluyeron (la primera bastante antes que el segundo, pues los yankis se largaron al poco rato con la intención de dirigirse a cierto sitio de Tokio cuyo nombre no logré retener) volvimos a la habitación para hacernos con cámara de fotos y los yenes y nos encaminamos hacia Akihabara.

No muy lejos del hotel, y antes de alcanzar el que sería nuestro destino hasta última hora de la tarde, dimos con un cat cafe, similar al rabbit cafe del día anterior, pero con gatos en lugar de conejos y nutrias. Y para dentro que fuimos, claro.

En este local sí que servían café, pero era café de máquina. Elegí el que incluía la leyenda "Blue Mountain" junto a su botón de selección sin estar yo muy convencido de que aquello fuese lo que prometía y me calcé unas zapatillas que salieron de una diabólica máquina antes de adentrarme con mi novia en la sala llena de gatos, juguetes, obstáculos, túneles y consumidores que contemplaban a los gatos con cara de gilipollas y a quienes nos unimos en tan placentera tarea.

Lamentablemente, aquello duró sólo veinte minutos, que era el tiempo que se nos permitió estar en el lugar (yo creo que no nos entendimos con la muchacha de la entrada, pero como ya tengo gata en casa, no me dolió tanto que tuviésemos que despedirnos de aquella camada). Tras un rato de contemplación felina y alguna que otra caricia a un munchkin de lo más salao, devolvimos las zapatillas a la máquina del infierno (a la cual no pude sacar foto porque nos hicieron apresurarnos para no tener que pagar más) y volvimos a la calle.

No recuerdo qué motivo nos hizo cruzar a la acera de enfrente, pero este hecho provocó que entrase en mi campo de visión el escapate de una pastelería. Y yo para eso soy como los mosquitos con la luz (por cierto, yo solía contar de pequeño un chiste que mencionaba mosquitos y luz que le resultaba hilarante a mis familiares), por lo que no pude evitar meterme en el lugar con la idea de comprar los dos donuts más raros que allí hubiese. Y como no sé decirle que no a un café (aunque me toque pagarlo a mí), un vaso del negro brebaje (bueno, marrón claro, que incluía leche) acompañó a los dos redondeles de camino a mi estómago.

"¿Me pones un donut con forma de rueda de tractor que ha pisado una mierda gigante y otro que pinche al masticarlo?"]

Por cierto, a los japoneses les encanta el jazz. Casi todos los hilos musicales de las cafeterías y restaurantes regalaban este estilo de música a quienes consumían en su interior. Y digo "casi" porque la pastelería de los donuts raros constituía una notable excepción, ya que mientras me jalaba lo de la foto de arriba tuve que escuchar... reggaetón. Tal cual. Y quizá eso ayudó a que diese cuenta de los dulces más rápido.

Tras este pequeño tentempié a ritmo de "tum tu-tum tu-tum-tum tu" (y de recoger la mesa, que aquí son muy limpios y donde fueres haz lo que vieres), salimos de nuevo a la calle para descubrir que hacía sol (sí, en junio, lo normal es que aquí llueva). Mi novia hizo una observación interesante, al decir que poca gente llevaba gafas de sol por la calle, y yo le respondí con el chiste racista y rancio número 2 de mi viaje a Japón: "Es que les da menos el sol en los ojos porque los tienen rasgados", ja jo jajota.

Pido disculpas.

Al igual que uno sabe que se acerca a la costa cuando empiezan a aparecer gaviotas, fuimos conscients de que nos aproximábamos a Akihabara porque aumentaba la densidad de población en lo que a locales de gashapon se trataba.

Los gashapon (o gachapon, según lo diga la Wikipedia o mi novia) son esas bolas de plástico con pijada dentro que hay en cualquier parte del mundo (España incluída), las cuales se pueden obtener tras meter una cantidad de pasta acorde con el tamaño en la máquina correspondiente y girar una manivela. Pero es que aquí se les ha ido la mano con el tema. Uno puede encontrar decenas de máquinas de gashapon en locales destinados exclusivamente a ello, y las mismas ofrecen las más variopintas mierdas: llaveros de personajes manga, animales en miniatura, chapas, comidas de plástico... Y, si no os lo creéis, mirad esta colección dedicada a GORROS PARA GATOS:

Tranquilos, que no compramos ninguno y nuestra gata conserva su dignidad

Y nos dejamos arrastrar por la vorágine. He de reconocer que yo un poquito menos que mi novia ("Si piensas colocar en tu mesa del trabajo todos los gachapones que te estás comprando, aquello va a parecer un portal de Belén" llegué a decirle, recibiendo un corte de mangas por su parte como única respuesta), aunque sí que me hice con chorradas de todo tipo. Para que os hagáis una idea, en mi maleta aún tengo un llavero con forma de muela que le voy a dar a mi dentista vallisoletana la próxima vez que pase por su consulta para que me abronque por no lavarme bien los dientes.

Tras acabar con todas las monedas de cien yenes a nuestra disposición, ahora sí, nos metimos de lleno en Akihabara. Este distrito es, por decirlo de alguna forma, el puto paraíso de quien busca artículos de tecnología o derrochar en parafernalia friki el dinero que lleva un año ahorrando. Aquí hay tiendas de cómics y merchandising anime para dar y tomar, y mi novia y yo nos pateamos todas las que pudimos. No voy a enumerar todo el material que adquirimos, pero sí que tengo que declarar con alegría que cuando Dios Buda cierra una puerta en el Pokemon Center de Ikebukuro, abre una ventana en Akihabara:

Ditto, te elijo a ti para volver a dormir por las noches con un peluche, a mis treinta y un años

Al poco de comenzar nuestro peregrinaje, los dos contábamos con una colección de bolsas de la compra importante. Y eso era malo por un motivo.

¿Os acordáis del prólogo en el que conté cómo me desgracié la mano haciendo mal unos churros? Pues la avería no mejoró mucho durante nuestra estancia en Japón (y no quiero adelantar acontecimientos, pero ya veréis qué risas cuando llegue a Kioto), y mis dedos mostraban unas costras de lo más apetitoso. Una de ellas (la del dedo corazón, para ser más exactos) se partió en dos en la unión entre falagina y falangeta (palabras que aprendí en conocimiento del medio y que no olvidaré jamás), clavándoseme en la piel cada vez que cerraba o abría la mano lo más mínimo. Y tuvimos que entrar a una farmacia para ponerle remedio.

Uno entra a una farmacia japonesa y parece que se encuentra en la planta baja de El Corte Inglés. A nivel de maquillaje y cosméticos están de un surtido que te cagas, pero es complicado dar con potingues para curar dolencias. Por ello, y tras una búsqueda infructuosa, le preguntamos a una farmacéutica por algún tipo de pomada o linimento para aliviar la que tenía liada (y, ya de paso, vendas de repuesto para la palma de mi mano). A una farmacéutica QUE NO HABLABA INGLÉS, aclaro. Que no estoy diciendo que la pobre mujer estuviese obligada a conocer la lengua de Shakespeare, pero la circunstancia provocó que a mi novia y a mí nos tocase explicar con gestos en aquel rincón repleto de máscaras de pestañas y sombras de ojos cómo me las apañaba para ducharme en el minúsculo baño de la habitación del hotel sin que se me mojase la venda. Y ver a dos españoles representando una mezcla de baile de sevillanas con saludo fascista en una farmacia de Tokio tiene que ser como para pedir la grabación de la cámara de seguridad.

Pero logré salir de allí con una pomada que me alivió bastante. Eso sí, el ejercicio de teatro kabuki que nos tocó llevar a cabo frente a la farmacéutica no políglota nos dejó exhaustos y hambrientos, así que buscamos un lugar en el que poder reponer nuestros contadores de vida antes de seguir pateando por tiendas frikis de Akihabara. De la comida sólo diré que intentar comer arroz CON PALILLOS teniendo la mano como la tenía me supuso un esfuerzo que ríase usted de los escaladores que salían en Al filo de lo imposible. Al acabar, quisimos tomar un café en una cafetería llamada Café Moco porque parece que tenemos siete años, pero el camarero estaba demasiado ocupado atendiendo a dos españoles que no paraban de preguntarle chorradas a gritos en un inglés lamentable, por lo que decidimos dejar lo del Moco y seguir de tiendas.

Fuimos entonces al mastodóntico Yodobashi, en el que compré un artículo que no voy a revelar aquí porque es un regalo para un amigo y aún no se lo he dado, y de ahí fuimos a una cafetería que aunque no incluía la palabra "moco" en el nombre sí que servía buen café. Y mientras descansábamos en dos sillones la mar de cómodos, yo logré atrapar un farfetch'd y mi novia se hizo por fin con el mew, que si no jugáis a Pokemon GO os estaréis preguntando que de qué cojones hablo, pero me da igual. Lo del farfetch'd y el mew fueron dos hazañas memorables para nosotros y como tales las recojo aquí. De hecho, lo suyo habría sido que nos hubiésemos comportado como hooligans en aquel momento, rompiendo estatuas y quemando papeleras (porque hay seres que celebran así las cosas), pero no es forma de comportarse cuando se está en una cafetería japonesa (y no miro a nadie, parejita de españoles berreándole al camarero del Café Moco).

Y en eso consistió basicamente nuestro día. Antes de volver a la habitación del hotel con la intención de descansar de cara al día siguiente aprovechamos para cenar medio kilo de gyozas en un local de Ueno tras habernos metido por error en una callejuela llena de mujeres muy bien vestidas y arregladas que estaban paradas sin hacer nada mientras algunos hombres las observaban.

Sí, joder, putas. Que tengo que explicarlo todo.

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lunes, 2 de julio de 2018

Big in Japan. Episodio II

En el que los protagonistas de esta historia, tras pasar su primera noche en el país asiático, dejan claro que el motivo de su visita no es otro que abandonarse al consumismo más kawaii.


Atención, pregunta: ¿cómo duerme un vallisoletano de treinta y un años en la cama de una minúscula habitación tokiota a veinticinco grados de temperatura y con una almohada insultantemente fina (en serio, he visto compresas más gruesas que aquella almohada) tras haber pasado despierto día y medio?

Respuesta: como un bendito.

Pues sí, nuestra primera mañana en la capital de Japón siguió a un sueño reparador de los que sólo acontecen un par de veces al año cuando tienes la "fortuna" de vivir con una gata que gusta de maullar como una imbécil a las cuatro de la madrugada porque sí. A los pocos minutos de despertar, mi novia y yo recorrimos en ascensor los once pisos que separaban nuestra habitación del restaurante del hotel en el que un hombre y una mujer de cierta edad (no sabría decir con exactitud cuántos años tendrían. Entre sesenta y cinco mil, que aquí la esperanza de vida es eterna) recibían a los comensales con mucha educación y alegría e infinitas inclinaciones de cabeza, y procedimos a rellenar sendos platos con las más variopintas viandas a nuestra disposición, pero en plan ruleta rusa.

Porque aunque me sé de memoria la fórmula arramplar-sentarse-devorar-repetir de estos lugares, los alimentos que allí había me resultaban del todo desconocidos. Vale, estoy exagerando. Sí que pude reconocer la montaña de huevos cocidos y el cubo de trozos de salmón, pero mi cerebro carente de cafeína en aquellos momentos no era capaz de identificar a simple vista el resto de cosas, así que decidí jugármela y probar un poco de todo. Y valió la pena, oye (aunque a día de hoy siga sin saber lo que estuve desayunando durante mi estancia en Tokio).

Pero no todo era exotismo en aquel restaurante. En un rincón podían encontrarse rebanadas de pan de molde, yogures y cruasanes. Resaltaré que estos últimos pasaron de su ubicación original a mi plato y de ahí a mi estómago en un santiamén, y es que sabían a ANTES. Dejad que me explique.

En mi memoria existen dos lugares en los que los cruasanes saben a gloria. Uno de dichos lugares es una panadería/cafetería de Frómista que, por suerte para mí, aún no ha dejado de producir semejante manjar (algo de lo que me aprovecho si paso por allí). El otro es el Continente al que iba con mis padres a hacer la compra cuando no levantaba un metro del suelo. Solía supervisar la operación desde dentro del carro, y además de los susodichos cruasanes (que desaparecieron de la faz de la tierra cuando Continente digievolucionó en Carrefour), siempre me iba del hipermercado con un peluche porque a antojos no me ganaba nadie.

No me ganaba Y NO ME GANA nadie, pues mientras daba cuenta de aquellas delicias de repostería y me invadía la nostalgia, al tiempo que pensaba que manda huevos que hubiese tenido que viajar un cuarto de siglo en el tiempo y miles de kilómetros en el espacio para poder disfrutar de nuevo como el chiquillo que fui, decidí que no me iba a ir de Tokio sin un peluche. Que igual esta decisión absurda se debió a que por aquel entonces ya estaba dando cuenta del tercer café, y de la misma manera que la falta de cafeína me impide distinguir alimentos a simple vista, el exceso de la misma me entusiasma demasiado. De hecho, la mayor parte de ideas absurdas que he tenido en los últimos años han surgido en el rato del café mañanero.

Pero bueno, la decisión estaba tomada. Habría peluche sí o sí, joder. Y el lugar al que nos dirigimos tras cebarnos con salmón, cruasanes de otro tiempo y demasiado café podría satisfacer mi deseo. Porque mi novia y yo no es que seamos muy normales, y nuestro primer destino aquel día fue... El Pokemon Center de Sunshine City. Como Dios manda. Y no me miréis así. Hay gente que viaja a México sólo para tirarse al sol en Cancún y eso sí que tiene delito. Que hasta Valladolid tiene playa, joder.

fuente: justraveling.com
La playa de las Moreras: el Cancún de la Meseta

Tengo que aclarar que llegar allí no fue fácil. Porque, aunque circunvalar en tren Tokio para ir de Ueno a Ikebukuro por la parte de arriba lleve poco tiempo, lo de llamar al centro comercial de marras Sunshine CITY demuestra que los japos van de cara. El trecho que tuvimos que caminar dentro del mastodóntico edificio para alcanzar la tienda requirió de visita intermedia al cuarto de baño y parada de avituallamiento en una máquina expendedora. Por supuesto, saqué la bebida más extraña de todas: una cocacola con un toque de melocotón que sabía a RARO y de la que pensé que había hecho una foto en su momento, pero resulta que no, así que os quedáis sin verla. Se siente.

Tras cuarenta años vagando por aquel desierto de tiendas logramos dar con nuestra tierra prometida particular, y allí nos fundimos un porcentaje considerable de nuestros ahorros. Entre otras pijadas, cayeron unas fundas de Pikachu para cartas, cartas y más cartas, una caja para guardar cartas, contadores de daño del juego de cartas (se va pillando el patrón aquí, ¿no?), una libreta que pienso usar cada vez que tenga que darle una nota manuscrita a alguien para quedar bien... Y me arrepiento de no haber adquirido más morralla, la verdad.

¿Sabéis que es lo que no conseguí? El puto peluche. Y es que yo quería un peluche de Ditto, el pokemon más salao de todos (quien piense lo contrario puede largarse de mi blog y cerrar al salir), pero una de las dependientas me dijo que no les quedaba ninguno. Y no pude enfadarme con ella porque creo que fue la misma que me llamó onii-san (que significa "hermano mayor" y, tal y como me explicó mi novia porque no me entero de nada, es una forma respetuosa de refererirse a la gente como yo, visto lo visto) a nuestra llegada para hacerme entrega de una postal promocional por la cara y me pareció de lo más cuqui. O igual no lo fue, pero (y aquí llega el chiste racista y rancio número 1 de mi viaje a Japón) no lo tengo muy claro porque son toh igualeh, ja jo jajota.

Cuñadeces aparte, me resarcí tras pasar por línea de cajas, gracias a que una expendedora de gashapon salvaje apareció y allí logré esta monada para sujetar el boli:

La envidia de mi oficina

Lo de la fiebre gashapon lo dejo para otra entrada.

Por cierto, llovía. Y no sólo ese día, sino la mayoría de los que pasamos en el país asiático. Lo curioso es que el personal siempre caminaba debajo de un paraguas. Si el tiempo era lluvioso, el paraguas era transparente. Y si hacía sol, bien opaco, para esconderse de los rayos UVA y UVB. Así que como yo no quise desentonar más de lo que ya desentonaba por sacarle dos cabezas a todo el mundo, salí de la farmacia más cercana a Sunshine City con un paraguas transparente. Mi novia se hizo con uno similar en el Pokemon Center lleno de pikachus, y que lográsemos volver a Irlanda con ellos fue una odisea logístico-aeroportuaria inimaginable. Pero culminamos aquella operación con éxito y ambos paraguas descansan felizmente en el paragüero de nuestro salón sin que nos atrevamos a usarlos aquí porque el viento irlandés que viene de regalo con la lluvia es muy malaje.

Volviendo a nuestro primer día completo en Tokio, nuestros estómagos se vaciaron al mismo ritmo que nuestras carteras, por lo que aprovechamos para reponernos en un restaurante de Ikebukuro en el que, mientras comíamos, me sucedió una cosa la mar de curiosa. Se me salió un ojo de su cuenca y rodó varios metros debajo del mostrador. Tras gatear detrás de él y lograr atraparlo, me incorporé y descubrí que donde antes había un camarero, ahora se encontraba una escultura de cinco metros representando a un pulpo gigante. El techo había desaparecido, y nubes sueltas de color verde fosforito caían del cielo como si estuviesen hechas de plomo, destrozando mesas y sillas al impactar contra el local. De mi cuenco de arroz comenzó entonces a surgir la melodía de Bola de Dragón Z interpretada con gaitas escocesas, y el resto de comensales, quienes hasta ese momento habían estado centrados en sus propios platos en silencio, comenzaron a caminar rítmicamente hacia mí mientras hacían chasquear sus dedos, a lo pelea de bandas en West Side Story. Que yo pensaba "me van a matar".

Y entonces se me pasó el efecto del wasabi y decidí que no volvería a probar esa mierda jamás.

Con el objetivo de superar el shock causado por el picante/estupefaciente (y también porque somos de un goloso que te cagas), al acabar de comer nos metimos en una cafetería pija en la que cayeron dos cafés acompañados de dos gofres con chocolate del tamaño de tapas de alcantarilla. El hecho de haberme puesto como un cerdo impidió que diese cuenta de los productos que había comprado en un quiosco minutos antes:

Habéis acertado. Compré todo esto porque no tenía ni idea de a qué sabría cada cosa. Y me decepcionó TODO

Y ésta fue nuestra penúltima parada en Ikebukuro. Antes de volver a la estación de tren entramos en un rabbit cafe en el que se podía jugar con conejos y nutrias (pero no tomar café. Meh). Y yo habría disfrutado más de tener a esos bichos a mi alrededor de no ser por la estúpida venda que cubría mi mano derecha (véase el prólogo de todo esto). Aunque fue divertido ver a todas las nutrias juguetear como locas en un rincón del lugar mientras intentaban hacerse con un muñeco de goma como si estuviesen peleando un balón en un córner (juraría que este chiste se lo he oído a David Broncano, así que no os riáis de él, que no quiero atribuirme méritos ajenos).

El tren nos llevó al distrito de Akihabara, y allí tuvimos una primera toma de contacto en la que nos dimos cuenta de que había demasiada mierda friki por visitar, así que los detalles del sitio (junto con no necesariamente divertidas anécdotas) los dejo para la siguiente entrada, pues al día siguiente volvimos para pasar allí la jornada entera. Por no desentonar con el resto de comidas, la cena también consistió en un cebatil considerable:

A mí dame un buffet libre de sushi y una tablet en la mesa para pedir todas las veces que quiera y me alegras la noche

Como el hotel estaba a tiro de piedra de Akihabara, terminamos el día dando un paseo rodando de vuelta al mismo mientras la ciudad ya dormía.

En serio, es increíble lo a gusto que se siente uno cuando se encuentra en una ciudad cuyos habitantes saben callarse la boca llegada cierta hora. Tan a gusto como me he quedado yo al acabar este post.

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lunes, 25 de junio de 2018

Big in Japan. Episodio I

En el que los protagonistas de la historia (sí, voy a escribir esto a partir de ahora en primera persona del plural porque, aunque sea MI blog y aquí cuente MIS mierdas, mi novia estuvo conmigo prácticamente en todo momento. Además, la idea de ir a Japón fue suya, así que no es plan de ningunearla como si fuese el ejército soviético en una peli estadounidense sobre la II Guerra Mundial) se embarcan (¿o sería más adecuado decir "se enavionan"?) en un viaje de diecisiete horas, que se dice pronto, con destino Tokio, y un desfase horario que hará que la hora de irse a la cama de una puñetera vez se aleje en el tiempo considerablemente.


¿Qué se puede hacer nada más pisar Tokio (después de llegar al hotel, dejar las maletas vacías que volverán llenas de mierda friki y darse un agua, se entiende)? Hay quien sucumbe al jet lag y se mete derecho en la cama. Otros corren en busca del primer restaurante en el que poder disfrutar de la deliciosa gastronomía japota. Y hay quienes simplemente optan por deambular por las concurridas calles de la capital nipona.

Pues lo primero que hicimos nosotros fue visitar una óptica. Ya daré detalles de ello más adelante, porque tuvo su guasa. De momento, seamos cronológicos.

Los vuelos que tienen su salida por la mañana se guían por el protocolo MDD, que me acabo de inventar, y que consiste en Madrugar, Ducharse y Desayunar en el aeropuerto. Lo de madrugar es necesario porque el camino que hay desde nuestra casa hasta el aeródromo dublinés es largo y tedioso, y más vale llegar pronto que tarde; ducharse es obligatorio porque lo de meterse en un avión sin cumplir un estándar de higiene mínimo es de hijos de puta (como ya mencioné en su día); y en cuanto a lo del desayuno... Lo hago porque me da la gana. Pues bien, para poder seguir el MDD como Dios manda, nos tocó amanecer a las seis y media y, tras una ducha rápida y un paseo hasta la parada del bus arrastrando maletas, "disfrutamos" de un trayecto llevados por el conductor de autobús con más pachorra del mundo, quien tuvo a bien ajustar su ritmo para poder pillar cada semáforo en rojo, amén de varios tiempos muertos en cada parada porque le salió de sus huevos toreros. Pero no os preocupéis, porque llegamos con el tiempo suficiente para poder encontrarnos con una cola de facturación larga como un día sin pan, pues no había nadie aún del otro lado de los mostradores. Cuando por fin se dignó a aparecer el personal de KLM/Air France, la cola avanzó muuuy lentamente hasta que llegó nuestro turno, nos deshicimos de los maletones vacíos y pudimos pasar el control de seguridad (control en el que, para cumplir con la tradición, me hicieron un "aleatorio" test de sustancias chungas. Siempre me toca pasarlo, os lo juro).

En fin, que a aquellas alturas, tras tanto retraso indeseado, no nos quedó otra que engullir el desayuno a la carrera.

Pero estaba bueno, y eso es lo que importa

Lo gracioso fue que, tras abandonar la mesa con las tostadas a medio tragar, descubrimos que nuestro vuelo-escala a París traía una hora de retraso ("mira que lo sabía. Si es que Air France SIEMPRE tiene retrasos, joder", dijo mi novia al ver el nuevo horario). Este feliz contratiempo provocó que mi novia y yo nos cagásemos un poquito en la puta de oros mientras sendos desayunos malamente masticados daban guerra en nuestros estómagos y tuviésemos que esperar en la puerta de embarque entre un crío que parecía Chewbacca al hablar y un maromo que no paraba de hacer "tap tap" con los pies (ambos personajes despertando mis instintos homicidas, debo aclarar), al tiempo que dos chicas irlandesas sentadas enfrente rajaban por los codos como si les hubiesen dado cuerda. Algo, que por otra parte, tenía su mérito, pues no eran ni las diez de la mañana y yo a esas horas sólo sé expresarme con monsílabos, gruñidos y gestos.

Tras esta incómoda espera, la pequeña aeronave hizo su aparición, y el embarque y despegue se produjeron con una lentitud tal que el retraso acumulado ya alcanzaba la hora y media (hora y media que restar a nuestra escala, claro). Lo bueno es que la compañía tuvo a bien darnos algo de comer durante el vuelo:

Si sentís curiosidad por conocer a qué sabe un citron pavot, lo único que tenéis que hacer es meteros en el cuarto de baño y pegarle un bocado a la esponja

Si no estábamos lo suficientemente preocupados por el tiempo, el hecho de que el avión aterrizase a tomar por culo de la terminal no es que ayudase mucho. Y que el paseíto en bus del avión al propio aeropuerto resultase ser un interminable tour por el Charles de Gaulle tampoco alivió tensiones, la verdad. Pero, como dijo Albert Einstein, "sólo hay dos cosas infinitas: el Universo y los retrasos de Air France. Y no estoy muy seguro de la primera". Efectivamente, nuestro vuelo a Tokio iba a salir hora y media tarde, lo que nos permitiría comer con calma (eso es bueno) y no repetir la escena del desayuno en la que tuvimos que hacer de tío Tragaldabas y tía Melitona (los no vallisoletanos hacedme el favor de buscar en Google esta referencia, que no me apetece ponerme con explicaciones). Aunque la terminal de salidas no contaba con ningún sitio decente para comer y nos tocó pillar dos sandwiches y una bolsa de patatas fritas (eso es malo), al menos sí que tenían máquinas arcade para echar partidas a juegos retro y combatir el tedio (eso es bueno y ya paro de copiar chistes de Los Simpsons):

Mi novia me hizo sentir como si fuese Pedro Sánchez jugando a la oca

Tras acabar como el chiquillo del esquilador por partida doble a manos de mi novia en la maquinita de marras se produjo el embarque y el posterior despegue, dando lugar al vuelo más coñazo en el que me he encontrado jamás. Once horitas y media, damas y caballeros. De hecho, el vuelo fue tan tedioso que no quiero dar muchos detalles del mismo para no aburrir al personal. Sólo diré que me acojoné mucho cuando, apenas pasados cinco minutos de nuestra entrada en el avión, la chiquilla sentada detrás de mí comenzó a berrear Let it go (sí, de la peli Frozen) y yo temí que aquella escena no terminase hasta nuestra llegada a Japón (pero no os preocupéis, que cerró la boca enseguida y no se la volvió a oír), que entre las pelis con las que contaba mi asiento me tragué La cena de los idiotas (que no salga de aquí que me he reído con una película francesa, por favor os lo pido) y Kedi (si antes ya estaba dispuesto a matar, morir e ir al infierno por los gatos, con más razón ahora), que nos obligaron a tener las persianas bajadas durante todo el viaje para fingir que era de noche, pues fuimos siguiendo al sol (lo cual no impidió que me asomase de extranjis mientras sobrevolábamos Salejard y lo flipase MUCHÍSIMO al descubrir el río Obi cubierto de placas de hielo) y que dormí poco y mal. Muy mal. A intervalos de no más de quince minutos tras los que me despertaba con un dolor de cervicales de padre y muy señor mío.

Y fue durante uno de esos dolorosos despertares cuando ocurrió lo que nos obligó a visitar una óptica a nuestra llegada: el avión en penumbra, quien escribe estas líneas siendo presa de un duermevela de un empanatorio considerable y la azafata apareciendo por el pasillo sin avisar como si fuese un pokémon salvaje, recogiendo basuras de los asientos, provocaron que reaccionase de forma automática y sin pensar demasiado, entregándole a la carrera todo el material de deshecho que poblaba mi bandeja y la de mi novia. Cuando la pobre despertó de un sueño más plácido que los míos (pues ella se acopla mejor a los asientos de un avión comercial de los de hoy en día) me preguntó que dónde estaba el vaso de cartón que había dejado sobre su bandeja.

—Se lo he dado a la azafata con el resto de la basura —Expliqué.

—Pues mis gafas estaban dentro.

La clase turista es lo que tiene, que te toca hacer la vida durante horas en un hueco diminuto y no te queda otra que improvisar cuando de aprovechar espacio se trata. Pero como yo no estaba al tanto de la jugada, pasó lo que pasó, así que me cagué en mi estampa y le comentamos la jugada al personal de la aeronave, pero no fueron capaces de dar con las lentes por mucho que rebuscaron entre la basura (aunque, entre vosotros y yo, me da a mí que mucho no buscaron, pues no es que hubiese miles de bolsas precisamente. Pero bueno, tampoco es que tuvieran ellos la culpa de mi gilipollez).

Y así llegamos a Tokio, con cansancio en el cuerpo y un par de gafas de menos. Y no me hizo falta salir del aeropuerto para descubrir el detalle de Japón que me dejó con el culo torcido número 1:

No sé si el aviso está ahí para evitar que pase ESO o para evitar que vuelva a pasar

Del aeropuerto fuimos hasta la ciudad en monorraíl y en tren, por ese orden, y como el hotel estaba cerca de la estación de Ueno, no tuvimos que caminar demasiado arrastrando maletas hasta llegar al mismo. La habitación resultó ser ridículamente diminuta, pero ya daré detalles al respecto en otra entrada, que ésta está empezando a quedar DEMASIADO larga y no sé cuánta gente se habrá quedado ya por el camino. Eso sí, el personal era de un atento y amable que daba gusto. De hecho, la recepcionista apenas puso cara de no creérselo mientras escuchaba nuestra historia y acto seguido nos explicaba dónde podríamos hacernos con un nuevo par de gafas: una óptica en la misma estación en la que mi novia pudo graduarse la vista y encargar un par que tuvieron listo en media hora (cuando se lo conté a mis padres, semejante celeridad en el proceso les pareció propia de otro planeta).

El tiempo de espera lo invertimos en comer, que ya era hora, y el sitio elegido fue un pequeño local cercano que contaba con una máquina en la entrada que, tras meter norrecuerdocuántos yenes y seleccionar el plato, escupía dos tickets que canjear dentro del propio lugar, donde preparaban la comida deseada con una rapidez ligeramente sospechosa.

Tras dar cuenta de sendos cuencos de noodles acodados en una de las barras del lugar, volvimos a la óptica, y la muchacha que nos atendió nos pidió disculpas unas setenta veces porque las gafas tenían un arañazo y tocaba volver a empezar. Nosotros le aclaramos que no había ningún problema y que, si por nosotros fuese, nadie tendría que hacerse el harakiri en aquella óptica debido al arañazo, y pasamos un rato (que se nos hizo corto) en una tienda friki de varias plantas que nos ayudó a hacernos una idea de en qué nos gastaríamos la mayor parte de nuestros yenes durante el resto de días. Nuestra segunda vuelta a la óptica tuvo resultado satisfactorio, mi novia pudo al fin ver Tokio bien enfocado y el personal de la óptica nos despidió gritando, al unísono, "muchos grasioooos [sic]" con alegría.

Sí, por mucho que nos empeñemos en disimularlo hablando en bajo y usando "por favor" y "gracias" allá donde vamos, se acaba descubriendo que mi novia y yo somos españoles. Eso nos convierte en europeos (teoría de conjuntos, yo te invoco), y yo tengo la estúpida manía de decir "venga, que somos europeos" cada vez que me propongo caminar un trecho largo o subir unas pocas escaleras cuando hay un ascensor a mano (como si los europeos fuésemos supermaratonianos o algo por el estilo, no me jodas), y no puede evitar decirlo una vez más mientras íbamos de Ueno a Asakusa acompañados por el sol de la tarde. Pero el sol tardó poco en abandonarnos, ya que en Japón se hace de noche DEMASIADO pronto, y no me explico por qué, pero a las siete y media ya no hay forma de sacar una foto decente, oye.

Total, que cuando quisimos llegar al templo Sensō-ji, aquello estaba desierto (lo cual, por otra parte, nos vino bien para hacer fotos libres de turistas siempre y cuando dejásemos la cámara apoyada en algún sitio que permitiese tirar de tiempos de exposición largos). Fue allí donde me hice con un omikuji (para saber qué leches es un omikujirecomiendo este artículo de Japonismo donde lo explican la mar de bien) que aún llevo encima porque era bueno y que acabaré jodiendo porque no sé cuidar las cosas:

A mi novia le tocó uno malo y tuvo que deshacerse de él

Del templo fuimos a un restaurante cercano especializado en okonomiyaki, que si no queremos ponernos especialitos es una tortilla con cosas, pero como en este país son de un especialito que te cagas CON TODO, tengo que aclarar que estos locales cuentan con mesas especiales para que el okonomiyaki se pueda cocinar delante de tus narices, que puede llegar a tardarse hasta veinte minutos en preparase uno de éstos, que lleva por encima katsuobushi (bonito laminado tan fino que se mueve a la mínima que le da el aire, dando la sensación de que está vivo y un consiguiente mal rollo considerable), y que está riquísimo. De hecho, el que nos jalamos aquella noche fue sólo el primero de muchos más que caerían en los días siguientes.

Tras cenar, pagar la cuenta (sin dar propina, que en Japón se considera una falta de respeto) y dejar que el camarero nos fumigase con un spray ambientador (intuyo que se quiso cachondear de nosotros, pero me dio igual porque adoro mi vida), hicimos una visita rápida al Don Quijote de Asakusa (sí, aquí hay una cadena de tiendas que se llama así y de la que hablaré más adelante porque tiene chicha) y dimos otro largo paseo de vuelta al hotel, parando en un seven eleven para comprar un postre raro (que nos tuvimos que comer en la puerta, ya que es de mala educación ir comiendo por la calle) y descubriendo que las máquinas de bebidas superpueblan el país.

Y ya está. Del primer día no me queda nada más por contar, así que hasta otra.

Venga, aire.

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lunes, 18 de junio de 2018

Big in Japan. Episodio cero (en números romanos)

Sí, he vuelto. Las vacaciones de este blog se han acabado porque me he ido de vacaciones. Me explico: acabo de regresar de un viaje a Japón de casi dos semanas y me da que el tema da para varias entradas. Vale que mi novia y yo, asociales los dos, no hemos interactuado con la gente de allí tanto como para convertir esto en una aventura DE LA HOSTIA, pero voy a intentar estirar el chicle lo suficiente como para sacar un post a la semana durante todo el verano. Y como me gusta que las cosas sigan un orden, voy a empezar esta serie con un prólogo.

En el que se realizan los preparativos del viaje y el autor de este blog, gilipollas él, sufre un percance que casi da al traste con todo y que condicionará la estancia allí que no veas.


Podría haber situado este prólogo, históricamente hablando, unos quince años atrás, cuando mi novia (a quien aún no conocía por aquella época), comenzó a ser una friki del país del sol naciente y decidió que, por su coño, tendría que visitarlo al menos una vez en la vida. O podría haberlo situado en el año dos mil once, cuando a los pocos días de conocernos y mientras visitábamos la sección de manga de una tienda de cómics de Dublín, dije (totalmente en broma, señor fiscal) que habría que borrar Japón del mapa, habida cuenta de cómo han estado y están los japos mentalmente hablando, y mi novia (qué aún no era consciente de que mi tono de voz cuando hablo en serio no se diferencia del que uso cuando estoy de coña) casi me saca los ojos. También habría podido comenzar la historia meses atrás, cuando fundimos el motor de búsqueda de Skyscanner tratando de dar con la mejor combinación a nivel de vuelos y echamos una tarde entera intentando encontrar hoteles lo menos claustrofóbicos posible.

Sin embargo, el prólogo va a caer en un sábado. Y por la tarde, además. Dicho sábado, faltando poco más de una semana para el despegue del avión que nos llevaría a Tokio con escala en París, decidimos invitar a casa a una compañera de trabajo de mi novia, holandesa y pelirroja, y yo tuve la estúpida idea de preparar chocolate con churros porque ella no los había probado nunca. Iba a ser la segunda vez en toda mi vida que cocinase el típico postre, y al igual que hice en la primera ocasión, tiré de Internet para hacerme con la receta. Que estaréis pensando "pues vaya gilipollez, si la masa de churros no tiene ningún misterio", y yo os digo que os vayáis a la mierda. No di con la web que seguí para hacer churros la primera vez (los cuales me quedaron de puta madre, todo sea dicho), pero debido a que todas las páginas que consulté indicaban que la masa debía llevar la misma proporción de harina que de agua, hice lo propio y, tras una media hora esperando a que el potingue reposase, calenté una cazuela llena de aceite (de girasol, que el de oliva está muy caro) y, con ayuda de mi novia y bajo la atenta mirada de la holandesa y pelirroja, vacié la mezcla dentro de una manga pastelera, con la idea de verterla poco a poco en el aceite (os preguntaréis qué tiene que ver todo esto con mi viaje a Japón, y ya os digo yo que, de momento, nada de nada).

Pero de la teoría a la práctica hay un trecho largo, y eso de mezclar harina y agua a partes iguales dio como resultado una pasta demasiado líquida que salió a toda hostia por la boquilla de la manga y se depositó en el fondo de la cazuela, lo que provocó que nos tocase extraerla de mala manera mientras yo le explicaba a la holandesa y pelirroja, que no sabe español, qué significa eso de "me cago en la puta de oros" que grité mientras la mezcla se vertía descontroladamente.

Lo que pasó a continuación os sorprenderá.

Tratando de corregir el error inicial, me pasé con la harina, y aunque la masa en esta ocasión sí que llegaba a la cazuela con forma de churro, su consistencia era demasiado dura, lo que provocó una hilarante situación: mientras daba la vuelta al último de los churros para que se friese por el lado que le faltaba, el muy hijoputa, que por fuera era todo corteza pero guardaba una sorpesa más líquida en su interior, decidió estallar, provocando una pequeña tormenta de aceite hirviendo que regó el fogón, un cazo lleno de leche en el que íbamos a preparar el chocolate, la encimera y el suelo. Ah, sí, y mi mano derecha. Y mi cara.

¿He dicho "hilarante"? Disculpad, quería decir que no tuvo ni puta gracia. El berrido de dolor que salió de mis pulmones dejó medio sordas a mi novia y a la holandesa y pelirroja, y a pesar de que corrí a meter la mano bajo el grifo, supe que la cosa no pintaba bien.

El dolor que sentía en la mano era, por decirlo suavemente, intenso de cojones. Me comí los churros (que salieron de pena, todo sea dicho) con mi zarpa derecha metida en un cubo de agua y, tras despedir a la holandesa y pelirroja, pasé el resto de la tarde echado en el sofá, agarrando una especie de esponja impregnada en no sé qué clase de aceite que mi novia tuvo a bien comprar en la única farmacia que había abierta a esas horas en el distrito dublinés en el que vivimos. Para que os hagáis una idea del mal rato que estaba echando, aquella tarde mi vecino (que me cae fatal porque un día yo estaba en la puerta de mi casa intentando hacerle fotos a mi gata, y el muy imbécil la espantó al salir de la suya en ese momento para presentarse) organizaba una ruidosa fiesta, y en un par de ocasiones los invitados que iban llegando llamaron a nuestra casa por error, siendo mi novia la encargada de decirles que aquí no era (la segunda vez que nuestro timbre sonó por error mi novia recibió una invitación oral a la fiesta por parte de un irlandés que iba bastante piojo), pues yo me encontraba en el sofá sintiendo que la mano me ardía y maldiciendo el momento en el que se me ocurrió lo de los putos churros. Bueno, pues a eso de las doce de la noche volvió a sonar nuestro timbre, y ahí ya se me hincharon los huevos del todo. Me levanté del sofá y abrí la puerta con violencia. En mi cara se leía claramente un "¿qué cojones queréis?" y las dos chicas que acababan de llamar dieron un paso atrás atemorizadas ante la mala bestia que había abierto la puerta. En ese momento una de ellas, con un hilillo de voz, dijo ser la vecina de la casa que tenemos detrás, y nos pidió que fuésemos tan amables de bajar un poquito la música porque tenían un bebé que no podía dormir.

La cara de mala bestia con la que abrí se convirtió en cara de gilipollas y les dije que no éramos nosotros los de la fiesta, así que las dos procedieron a llamar a la puerta de al lado para repetir lo del bebé, logrando por una parte que la fiesta finalizase y por otra mi respeto y admiración eternos al lograr semejante hazaña (ahora que lo pienso, todo esto sigue sin tener que ver con el viaje a Japón. Os jodéis si esperábais otra cosa).

He mencionado que el aceite me alcanzó la cara, pero esa parte no fue tan grave: sólo unas pocas quemaduras cerca del ojo (sí, rozamos la desgracia) y en el cuello que quedaban disimuladas entre el archipiélago de lunares que poseo y que desaparecieron a los pocos días. El marrón lo tenía en la mano. Cuando desperté a la mañana siguiente, el dorso de mi mano se parecía al guantelete de Thanos Santa Teresa, con ampollas en lugar de gemas:

fuente: eldiario
Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que vaya cristo me he preparado en la mano por hacer el gilipollas, tú

Aunque fue la palma de mi mano la que se llevó... la palma (jajajaja jajaja ja), y es que bajo el pulgar apareció una ampolla del tamaño del corazón de un niño pequeño (mi compañero de trabajo cordobés llama a las ampollas "vejigas", no te lo pierdas). No dolía, pero impresionaba que te cagas, y se quedó ahí, haciéndose cada día un poquito más grande hasta que me acerqué a la clínica/salón de belleza (en serio, allí lo mismo te sacan sangre para unos análisis que te hacen las ingles) que hay bajo mi oficina el lunes siguiente al accidente. La doctora que me atendió me trató como si yo hubiese sobrevivido a un atentado o algo por el estilo, y me explicó que tendría que haber pasado toda la noche con la mano metida en agua fría (cómo me gusta que me den soluciones a problemas cuando ya es tarde, oye). También me vació el ampollón (lo siento si os he pillado comiendo), me recomendó que fuese al hospital si la cosa se ponía chunga, me dio baja laboral para media semana, me citó para que dos días después la enfermera me cambiase el vendaje (bueno, si es que a dos tiras de trapo tapadas con una pegatina se les puede llamar "vendaje") y me cobró sesenta euros. Y me recetó antibióticos, a pesar de que no había infección, pero es que aquí te recetan antibióticos por todo. ¿Una ampolla? Una semana de antibióticos. ¿Una gripe? Otros pocos antibióticos, que me ha parecido verte un poco de infección en la garganta. ¿Un ataque de hipo? Antibióticos. Y así.

Esa misma tarde hablé con mis padres por Skype y aproveché para ponerles al tanto y hacerles un informe de daños vía webcam, ante el que me dijeron que tendría que haberle puesto una tapa al cazo y haber usado pinzas largas en vez de un tenedor para dar la vuelta al churro (insisto en lo chachi de las soluciones que me llegan tarde. Gracias, madre. Gracias, padre).

Cuando volví el miércoles, la enfermera de turno se aterró al quitarme el vendaje y descubrir el panorama. Luego procedió a colocar un nuevo vendaje y me pasó la factura: treinta euros por quitar vendaje, asustarse y poner uno nuevo. Esta misma escena, factura incluida, se repitió el viernes con una enfermera diferente, quien me dijo que continuase con una rutina de nuevo vendaje cada dos días hasta que la cosa mejorase. El domingo el cambio de vendas salió gratis porque lo hice yo en casa con ayuda de mi novia, y hasta aquí el prólogo.

Lo sé, no he hablado de los preparativos del viaje a Japón. Pero a estas alturas ya deberíais estar al corriente de lo miserable que soy.

Ya os daré más detalles del viaje en sí, ansiosos.

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jueves, 8 de marzo de 2018

Se buscan payasas

Quiero empezar esta entrada dejando bien claro que sigo de vacaciones tecleadoras. Unas vacaciones en las que estoy aprovechando para hacer cosas como lavarme los dientes tres veces al día, ignorar miserablemente al tamagotchi del que me encapriché y que mi novia me regaló hace unas semanas y sacar unas fotos horribles de todos los rincones de Dublín y alrededores. Sin embargo, llevaba varios meses dándole vueltas a un cierto tema, y he querido aprovechar el día que es para levantarme de la tumbona y daros la turra al respecto.

Hoy, 8 de marzo, ese día en el que se llevan a cabo toda clase de acciones y actividades reivindicativas a nivel internacional y en el que los italianos, que tienen una forma peculiar (por no decir otra cosa) de entender el feminismo, regalan flores a las mujeres.

fuente: newz-of-the-world
He buscado "Italian facepalm" en Google y el primer resultado no me ha defraudado en absoluto

Al tema. El año pasado, aprovechando otra efeméride (la mudanza de Franco de El Pardo a un edificio que hace puto daño a la vista de lo feo que es), publiqué una entrada en la que enumeraba a muchos de aquellos cuentachistes y graciosos profesionales (aquí es donde podría soltar "no están todos los que son ni son todos los que están", como hacía Luis María Ansón en cada edición de Miss España. Aunque yo no babearía como un perro con hambre al decirlo) que me alegraron la infancia y la adolescencia hasta el punto en el que consideré que sería divertido ser divertido (incluso sin ver un duro por ello, cuidao ahí). Poco tiempo después de publicar tal entrada me di cuenta de algo: los cómicos a los que mencioné eran todos tíos (y a quienes, tras leer esto último, estén pensando "buah, ya estamos" les sugiero amablemente que se piren de mi blog).

Volveré a este último detalle en un momento. Antes quiero reconocer que, aunque aquellos personajes y tantos otros me ayudaron (y me ayudan) muchísimo con la teoría en esto de comportarme como un payaso a diario y dejarlo por escrito cada semana hasta que este blog entró en pausa, lo de la práctica ha sido siempre cosa mía.

Y es que, para conseguir que los demás se rían contigo, hacia ti y de ti porque tú lo has decidido de antemano hay que entrenar mucho. Cada día. Durante muchos años. En mi caso, esta forma de ser empezó cuando yo era un párvulo que hacía callar a toda mi familia para que pudiesen escuchar mis chistes, los cuales jaleaban y aplaudían acto seguido aunque (ojo al dato) no tuviesen ni puta gracia. Otra actividad que llevaba a cabo con frecuencia, hasta que determiné que lo de dibujar no va conmigo, consistía en plasmar sobre papel toda clase de caricaturas y memeces que obtenían la misma calificación que mis mediocres chistes por parte de quienes me rodeaban. Los ratos de cuentachistes organizados y los garabatos de coña dieron paso a comentarios jocosos que encajaba en conversaciones entre amigos y conocidos CUANDO ME DABA LA GANA, importándome un bledo si la situación daba pie a la comedia o no. Bueno, pues seguí en ese plan durante toda la edad del pavo y mi paso por el dentista para sacarme las muelas del juicio. Y a día de hoy, con treinta y un tacos a cuestas, ni siquiera el trabajo serio que desempeño cada día, de los de llevar camisa y llamar de usted a mucha gente, me impide comportarme como un imbécil con una frecuencia de hasta diez chorradas por minuto con el objetivo de escuchar algún que otro "jaja" a mi alrededor (o "haha", que fuera de España la gente pronuncia las cosas de forma distinta).

He de reconocer que todo lo anterior no habría sido posible si no hubiese contado con una alfombra roja bajo mis pies a cada paso que daba por el camino del gracioseo, extendida por quienes apoyaban en todo momento que hiciese el bobo, y sobre la que a veces han desfilado, en plan estrellas invitadas, amigos y conocidos que me han acompañado en mis tropelías.

Una vez más, y salvo honrosas excepciones, todo tíos (he de destacar que tuve una compañera en bachillerato que era una cachonda mental, y junto a ella llevé a cabo actividades tales como tocar un tamtam y bailar cariocas en una plaza de Poitiers, entrar a un centro de ocio familiar y comportarnos como si aquello fuese un concierto de heavy metal o saltarnos una clase para ir a comernos un potito de frutas a un parque próximo al instituto).

Porque cuando yo era niño, a las niñas no se les permitía hacer el gamba. Era habitual que nosotros rompiésemos cosas, mientras que ellas debían ser cuidadosas con todo aquello que cayese en sus manos. Nosotros salíamos en las fotos haciendo muecas y ellas con cara angelical. Nosotros explorábamos, experimentábamos y nos llenábamos la ropa de mierda cuando no la rompíamos directamente (mi madre tuvo que echar tantos viajes a la mercería para hacerse con rodilleras que pegar en mis pantalones de chándal que acabaron llamándola por su nombre a cada nueva visita), pero ellas debían mantener sus vestiditos marca Mayoral impolutos, so pena de bronca gorda. A nosotros se nos permitía errar entre risas, mientras que a ellas se les penalizaba por salirse del camino recto... No era de extrañar, pues, que niños y niñas fuésemos diferenciándonos cada vez más en nuestra forma de entender el ocio.

Y claro, al igual que una planta que no se tuerce porque ha crecido atada a un palo, o un perrillo de circo que camina sobre dos patas porque ha recibido hostias durante toda su vida para ello (los perros que andan sobre dos patas NO son graciosos. Erradiquemos eso) las niñas de mi generación que habían sido educadas en unos valores que las apartaban del noble arte de hacer el tonto (al tiempo que nosotros, siempre que no cayésemos en el vandalismo, contábamos con el beneplácito de los adultos en nuestro desarrollo como potenciales cabroncetes) entraban en primero de la ESO con la disciplina de un soldado que, por otra parte, no sabe lo que es pisar un charco. Su actitud seria (y el hecho de que, de la noche a la mañana, la mayoría nos sacasen a los chicos una cabeza de estatura, aunque eso es otra historia) se justificaba con un "es que las chicas maduran antes". Y yo ante esta frase sólo puedo responder "los cojones".

Si ellas hubiesen podido disfrutar de nuestro privilegio, quizá nos habrían ayudado a mis colegas y a mí cuando, por ejemplo, hicimos que lloviesen manzanas dentro de clase. O, ¿por qué no? Podría haber sido una chica, y no yo, quien sacase de quicio a mi profesora de filosofía. Pero no. A aquellas alturas, las directrices recibidas desde su infancia causaban que nuestra dedicación en pos de la trastada (y por consiguiente de la comedia, pues ésta es hija de aquélla) fuese vista con recelo (e incluso con odio) por parte de nuestras compañeras. Una pena.

Decidme ahora si las cosas han cambiado lo más mínimo desde que yo era un chiquillo y mi abuela, cada vez que yo la liaba, soltaba un "Ay qué niño, si fuera niña...", porque yo creo que no. En aquella época, las únicas cómicas que aparecían por los platós se contaban con los dedos de una mano: Las Virtudes, Mari Carmen y sus muñecos, Lina Morgan (que hizo reír tanto a mi madre durante una actuación en el teatro La Latina que le curó la gripe), Paz Padilla... Y tengo que reconocer que no me acuerdo de más.

Vale, los tiempos cambian y cada vez son más las que se abren paso en este campo de nabos cómico, como Patricia Sornosa, Ana Morgade o, fuera de nuestras fronteras, Rachel Parris o Kristen Schaal (y, si queréis más, buscad en internet, que yo no he hecho los deberes. Pero me comprometo a investigar y dedicarle una entrada en el futuro, la cual llamaré "Humor con chocho"). Sigue sin ser suficiente, ya que esto de las gracietas aún constituye un terreno generalmente vedado al sector femenino de la población, y eso impide que puedan surgir maravillas como este chiste de Sornosa, que no deja de hacerme gracia por muchas veces que lo escuche o lo lea:

En una pelea entre un machista y una feminista, ¿quién gana?
Depende. Si la pelea es dialéctica, gana la feminista porque tiene razón.
Ahora bien, que si la pelea es a hostias, gana el machista porque tiene práctica.

Me quito el sombrero.

Y para terminar este peñazo quiero pedirle a todo aquel adulto responsable con el cuajo de haber llegado leyendo hasta aquí y que tenga en sus manos el poder de afearle la conducta a una niña o a una adolescente la próxima vez que haga una trastada, que se pregunte qué haría si el personaje a reñir tuviese algo colgando entre las piernas y actúe en consecuencia. ¿Quién sabe? Quizá salve así a la comedia y nos podamos reír todos dentro de unos años.

Dicho esto, me vuelvo a la tumbona. Hasta dentro de quién sabe cuánto.

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