lunes, 31 de agosto de 2026

En otro hemisferio. Lo que no hice

Si todo va según lo planeado, ésta entrada debería llegar con el final de agosto y cerrar mi serie sobre el viaje a Argentina que comencé a planear una mañana del pasado febrero en el aeropuerto de Zúrich tras haber pagado VEINTICINCO eurazos por un menú de Burger King.

Tres meses de posts de lo más variopinto que yo pensaba enlazar aquí si no fuese por la pereza que me da (sólo dejaré caer que el de la semana pasada incluyó una visita al cine). En resumen, os he contado anécdotas de lo que ocurrió durante mi estancia, os he dado datos sobre Argentina que ni yo ni vosotros conocíamos y, siguiendo mi línea, os he metido más de un gol hablando de temas que no tenían nada que ver con este viaje. Y aunque hay muchos detalles que, bien a propósito, bien debido a que tengo una memoria de mierda, he pasado por alto, quiero que esta última entrada constituya una especie de excepción y recoja ejemplos de varias cosas que NO hice en aquellos días.

No sellé mi pasaporte

Imagino que no me pasa sólo a mí, pero cuando viajo fuera de la Unión Europea y tengo que sacar a pasear mi documentación, me hace ilusión pensar que me la van a devolver con una mancha de tinta entre sus páginas que venga a decir "al dueño de este librito le hemos dejado cruzar nuestra frontera", pues luego reviso los distintos sellos y me acuerdo de los lugares con cierta nostalgia y tal.

De Argentina me volví sin sello. El poli aquél al que no supe decir donde me iba a quedar a dormir me registró en el sistema y todo se hizo de forma electrónica. O biométrica. Lo que suene más correcto, yo qué sé.

En parte es una pena, pero en parte me vino bien porque días después, ya dispuesto a abandonar el país, no es que anduviese yo muy sobrado de tiempo para pasar controles y hacer embarques, así que en vez de tener que esperar una larguísima cola, pude agilizar el trámite haciendo uso de las máquinas de lectura automática de documentos mientras Lucre, no muy lejos, las pasaba un pelín putas.

Y yo ahora tengo que explicar esto.

No sé si recordaréis que cuando os hablé de mi llegada a Buenos Aires dejé caer que su renovación de documentos le dio problemas a pesar de que el encargado del trámite le dijo que "naaaa". Pues en resumen: entró al país enseñando su pasaporte argentino, que quedó invalidado cuando aprovechó para renovarlo a la espera de recibir el nuevo mes y medio después (en España nos lo dan en el momento y no somos conscientes del privilegio que eso supone). Al ir a salir del país quiso enseñar su pasaporte austriaco, pero el sistema dijo "JAJAJA, ERROR", así que el personal se dedicó durante casi una hora a hacer llamadas a vete tú a saber quién para deshacer el entuerto. Y mientras tanto Lucre, metida en un cuartito anexo a los controles, pensaba que el avión partiría sin ella. Al menos no estuvo sola durante ese rato: allí había más gente con circunstancias legales también cogidas con pinzas, como por ejemplo dos enanos colombianos cuyas ropas graciosas desentonaban con el desalentador ambiente.

La verdad es que no quería contaros la historia porque es un tema personal suyo, pero cuando me dijo lo de los enanos colombianos con ropas graciosas supe que no podría dejarlo pasar.

No salté en paracaídas

A pocas semanas del vuelo de ida, Lucre dejó caer (qué expresión más poco adecuada para este tema, por favor) que podríamos aprovechar y llevar a cabo esta actividad (algo que, por otra parte, ni ella no yo habíamos probado nunca). Resulta que un amigo de su padre, por lo visto, era dueño del negocio que lo organizaba y nos podría hacer precio.

Originalmente, la idea sonaba excitante: no sólo visitaría Argentina por primera vez en mi vida, sino que a las muchas experiencias que tendrían lugar podría añadir la de volar en una avioneta y arrojarme desde la misma con un instructor agarrado a mi cintura como María del monte a la del jinete en la canción aquélla (mierda, ésta me gusta y no la metí en la lista). Sin embargo, la idea dejó de parecer tan fascinante con el paso de los días. Además, uno no podía participar si sobrepasaba cierto peso y cierta altura y yo estaba justo en el límite.

Las condiciones estipulaban que como máximo se podía medir metro noventa y se podía pesar noventa kilos. Yo mido metro ochenta y nueve y por las mañanas peso ochenta y nueve kilos con el pijama puesto.

No comí un asado

—¿Vais a pasar unos días en Mar del Plata? Pues habrá que preparar un asado —dijeron los padres de Lucre.

—¿Vais a pasar unos días en Buenos Aires? Pues habrá que preparar un asado —dijo la abuela de Lucre.

Los patios de ambas casas contaban con parrilla para tal fin (Lucre me dijo que es INCONCEBIBLE que una casa argentina con patio no tenga parrilla para asado), pero nuestra estancia constituyó un ajetreado no parar que no permitió sacar un rato en condiciones para probar este concepto de la gastronomía y la cultura argentinas. Así que el asado no se incluyó entre todo lo que comí estando allí.

No vi la Cruz del Sur

A esta constelación le tengo ganas desde que supe que hay estrellas al otro lado del mundo que no se ven desde Europa. Me hubiese encantado echar un rato mirando al cielo de noche y sentir el desconcierto de descubrir cómo cambian patrones a los que mi cerebro lleva toda la vida acostumbrado ("Qué rarito que es a veces". Pues sí. ¿Y QUÉ?). El problema es que, tal y como confirmó un amigo de Lucre, durante aquellos días la dichosa cruz no aparecería sobre el horizonte hasta las tres de la madrugada. Y aunque me hubiese dado por trasnochar mucho o madrugar muchísimo, las condiciones atmosféricas y lumínicas no me habrían permitido ver más allá de las nubes o las luces de las farolas.

No demostré que la tierra es redonda

Últimamente andan bastante callados, pero hasta hace unos años internet sufrió una inexplicable plaga de idiotas que afirmaban que la tierra es plana. Y no sé si fue Crespo u otro youtuber del estilo quien publicó un vídeo explicando que, DEBIDO A QUE LA TIERRA ES PUTORREDONDA, las fotografías circumpolares van en diferente sentido en función del hemisferio desde el que se toman. Permitidme que me pare un rato aquí para daros explicaciones que a lo mejor no queréis recibir.

Una fotografía circumpolar es una imagen de larga exposición que recoge el giro de la tierra a lo largo de la noche al registrar el cambio de posición de las estrellas. Más fácil: si uno deja una cámara de fotos apuntando al cielo con el obturador abierto durante al menos unos minutos, la imagen resultante muestra cómo cada estrella capturada ha empezado a dibujar un círculo en torno a un centro que, mira tú, está sobre el Polo Norte o sobre el Polo Sur en función de si la cámara está en la mitad superior o inferior del mundo.

Y no sólo eso. AL SER LA TIERRA PUTORREDONDA, insisto, las imágenes del hemisferio norte mostrarán que las estrellas "dibujan el círculo" en un sentido y las del hemisferio sur en el contrario. 

Con esta teoría en mente hice la mitad de los deberes antes del viaje. Desde un sitio tan icónico como es el balcón de la casa de mis padres tomé una primera foto:


Y tras ésta, una segunda:


Al superponer ambas se podía apreciar que las estrellas se desplazaban por el cielo en sentido antihorario. Y de haber podido repetir la experiencia, ahora os enseñaría otras dos fotos tomadas en Argentina con el movimiento de las estrellas teniendo lugar en el sentido contrario. Pero ya os he dicho que las noches se hicieron enemigas de las estrellas y me jodieron los planes.

Una nota relacionada: semanas después, y ya de vuelta en Austria, con intención de emular a Bart Simpson en aquel episodio sobre Australia y probar si el efecto Coriolis se cumple con los desagües o no, Lucre, su hermana y yo pasamos más rato del necesario grabando e intercambiando vídeos de lavabos tragando agua en nuestras respectivas moradas. Y no, no se cumple.

"En esta vida, quien se aburre es porque quiere" es una de las frases que definen mi existencia.

No sufrí un atraco

Un breve intercambio de mensajes de Whatsapp con Lucre a pocos días de partir me puso los huevos de corbata. Mi amiga se dedicó a contarme anécdotas nada halagüeñas: que una vez le robaron el móvil a su hermana en el bonaerense barrio de Flores, aquella ocasión en la que a ella y a su marido un pavo les sacó una pistola en Mar del Plata, un robo a punta de navaja en la playa, el atraco de los de "todos al suelo" (bueno, imagino que los atracadores dirían "todos al piso", pero ya me entendéis) que vivió su madre... A pesar de que su hermana, al saber de nuestra interacción le quiso quitar hierro al asunto con un relajado "naaaa... Pero lo estás asustando", no pude evitar plantarme en el país con la mosca detrás de la oreja.

Tampoco ayudó que, el primer día, y justo cuando Lucre me aconsejó no sacar a paseo la cámara de fotos sin ningún cuidado mientras nos dirigíamos al Ateneo Gran Splendid, un pavo pasase corriendo a nuestro lado tras haber robado un sillín de bici (que ya hay que ser no sólo mala gente, sino encima cutre), siendo perseguido por el dueño del accesorio.

Pero tranquilos, que me volví sin tener que reportar el ser víctima de ningún delito. De hecho, he de decir que en general me sentí bastante seguro en todo momento. Sí, incluso en el barrio de la Boca, donde se vivió aquello tan gracioso que os conté.

No visité cementerios

Sigo sin tener muy claro por qué, pero casi todas las guías turísticas y listas de lugares por los que hay que pasar en Buenos Aires incluyen el cementerio de la Recoleta. Que vale que es el lugar de reposo eterno de muchas celebridades argentinas, pero dejando eso a un lado, no le veo la gracia al lugar. Llamadme cateto si queréis.

Por ello no me dolió el no incluir dicho emplazamiento entre los sitios que descubrí. Y eso que Lucre llegó a preguntarme si me interesaba ir, a lo que respondí que sólo si Videla estaba enterrado allí para poder mearme en su tumba. Pero como no era el caso...

Por otro lado, sí que lamento haberme enterado ya de vuelta de la existencia del sexto panteón del también bonaerense cementerio de la Chacarita, pues semejante barbaridad brutalista sí que merece la pena una visita. No me digáis que no.

No compré un principito en Lunfardo

Ya os he conté que del Ateneo Grand Splendid salí con un ejemplar de la obra de Antoine de Saint-Exupéry en español de Argentina. Pues bien, días después, mientras recorría Caminito acompañado de Lucre y su familia, salió el tema del lunfardo: una jerga que se hablaba en la zona desde mediados del siglo XIX. Y yo SUPE que si existe un idioma, existe un principito en ese idioma. El lunfardo no era una excepción, pero obtener el libro de marras resultó ser tarea imposible, ya que no logré dar con ninguna librería (y mira que en Buenos Aires hay librerías) con un ejemplar disponible; y el único lugar en el que parecía haber existencias era, según Google Maps, un sótano que encima pillaba muy lejos. Que podría haberlo encargado, pero no quería liar a nadie allí con pedidos a domicilio y tal.

Por cierto, mientras escribo esto he descubierto que en Amazon está a la venta una edición "traducida al dialecto argentino, con un toque de lunfardo porteño", que tiene una portada generada con IA de mierda. Así que si pensabais regalarme este libro, ya os digo yo que NI SE OS OCURRA.

No me subí a una máquina de bailar

Antes de que fuésemos a por unos churros (y no después, por razones obvias que estoy a punto de daros) pasamos por una sala de máquinas recreativas. De entre todos los artilugios allí presentes destinados a dar un rato de entretenimiento a cambio de unos pesos, Lucre se fue directa a la máquina de bailar porque le tenía ganas desde antes de salir de Austria. Más de una vez me contó que subirse a este cacharro suponía una de sus actividades de ocio favoritas, y que, al igual que yo hiciese de este lado del mundo con la del Radikal Bikers, no eran pocas las tardes que había pasado durante su infancia y adolescencia dedicándole tiempo y dinero. Y se notaba. Conocía muchos de los temas disponibles en el menú, e independientemente del nivel de los mismos, se los ventilaba como si tal cosa.


Llegado cierto punto, no estaba claro si Lucre seguía el ritmo que marcaba la máquina o si la máquina seguía el ritmo que marcaba Lucre. Y tras un par de puntuaciones perfectas, primero su hermana y más tarde el novio de ésta se subieron al panel del player 2 y demostraron que tampoco se les daba mal.

—¿Quieres probar tú también? —Me preguntaron entonces (bueno, en realidad dijeron "quéres", pero ya me entendéis).

Y no sé cuál de mis dos pies izquierdos tomó posesión de mis cuerdas vocales, pero mi respuesta fue un rotundo "no".

No tomé LA foto

No sé si fue porque Lucre tenía que mover papeles, porque le pillaba de camino a otro recado, o porque sí, pero me llevó a ver su alma mater: la Facultad de Humanidades de la Universidad de Mar del Plata. El edificio aún mostraba las cicatrices de una arquitectura pasada bastante peculiar. Y cuando digo peculiar, quiero decir "fascista": aberturas en los muros que separaban las aulas de los pasillos para que los militares de turno pudiesen escuchar lo que se decía en las clases o huecos entre la fachada exterior y cada piso que iban de la planta baja a la azotea para poder arrojar gases lacrimógenos desde lo alto. Vamos, el sueño húmedo de Viktor Orbán.

Pero no todo eran ecos de una dictadura militar. En el exterior del inmueble, un alcorque vacío tenía como misión albergar momentáneamente al recién graduado para que familiares y amigos lo pudiesen "bautizar" a base de harina, huevos y toda clase de líquidos siguiendo una costumbre muy popular en Argentina. Y ¿qué queréis que os diga? Prefiero mil veces eso a una carga policial.

Pero todo esto no tiene que ver con LA foto.

Fuera del recinto de la facultad, en una de las calles que daban al mismo, un pasacalles en lo alto cruzaba de lado a lado. Otro concepto del país que no he mencionado: los pasacalles son pancartas con mensajes de todo tipo que están dirigidos al público en general o a alguien en particular. Desde la celebración porque algún estudiante ha terminado de pelearse con los libros hasta un escarnio público por unos cuernos, es habitual que estos tuits analógicos pueblen las alturas de las vías argentinas.

Pues bien, ése era el escenario: un pasacalles bajo el que se abría una interminable avenida, frondosos árboles a ambos lados, y justo en el centro, un perro negro precioso que andaba por la zona sin rumbo fijo y cruzaba la calle. Todo eso habría quedado encuadrado de maravilla de no ser porque contemplé la escena desde el coche de los padres de Lucre, y una vez aparcamos y volvimos a pasar por allí, esta vez como peatones, el animal se había marchado a su casa.

Ahora que lo pienso, es posible que la imagen no hubiese sido tan espectacular. Pero me habría gustado sacarla. Que no hay que ir por la vida buscando ganar un World Press Photo. O intentar publicar el próximo pulitzer. Al final, si uno se pasa diez días en un país que no ha visitado nunca, y al volver tiene recuerdos, ideas y fotos como para tirarse todo el verano hablando de ello, creo que con eso es, y ha sido, más que suficiente.

Bonito final, ¿no? Pues no. La actualidad estival manda, así que a mí me toca sentarme ante el teclado de nuevo y a vosotros quedaros un ratito más para leer una entrada a mayores. Venga, hasta la semana que viene.

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