lunes, 17 de agosto de 2026

En otro hemisferio. El susto

Hace unos años, el cómico andaluz Manu Sánchez acudió con su socio Rafa López al hospital para recibir un diagnóstico bastante jodido: le había sido detectado un cáncer testicular. Tras tratar de procesar lo mejor posible esta terrible noticia, ambos se dirigieron en coche al plató en el que estaban llevando a cabo un proyecto que no viene al caso para continuar trabajando.

Buscando romper el silencio de aquel tenso trayecto, Rafa le hizo una pregunta al humorista que, sin pretenderlo, constituyó un ejemplo maravilloso de humor negro: 

―¿Sabes quién se está muriendo también?

Si he elegido esta anécdota tan macabra para arrancar hoy es porque yo también quería formular esa misma pregunta. Aunque en mi caso la respuesta, o mejor dicho, respuestas, son bastante menos trágicas: se está muriendo el verano y se está muriendo esta serie de entradas sobre mi viaje a Argentina.

En alguna ocasión he llegado a mencionar que no quería convertir esto en un diario que describiese al detalle lo que hice por allí, lo que me ha llevado a publicar más de un post loquísimo que apenas tenía que ver con mi periplo (y no hay más que echar un ojo al anterior para confirmarlo). Pero creo que eso tampoco es justo. Por mucho que éste sea MI blog y aquí se hable de lo que me dé la gana, debería dedicar algo más de texto a relatar lo que ocurrió durante aquellos días.

De hecho, podría aprovechar que una jornada en particular fue especialmente ajetreada y contar en detalle todo lo que hice entre su alba y su ocaso.

Para empezar, remarcaría el madrugón que Lucre, su padre y yo nos pegamos aquel día, pues nos habíamos prometido los unos a los otros que en algún momento saldríamos a correr, y no fue hasta que estuvimos a punto de agotar nuestros minutos en Mar del Plata que pudimos llevar a cabo dicha actividad física.

Describiría entonces el kilométrico recorrido que hicimos aquella mañana: cómo comenzamos recorriendo la Avenida Patricio Peralta Ramos entre la base naval y el campo de golf para después desviarnos por Guardavidas Guillermo Volpe y desembocar en Playa Grande. De este fragmento destacaría que la marea estaba lo bastante alta como para que las olas nos pudiesen dar besitos en las suelas de las zapatillas de deporte mientras mis pies se hundían en una fina arena sobre la que no estoy acostumbrado a correr.

Seguiría relatando el circuito: más Patricio Peralta Ramos siguiendo la línea de costa y un nuevo desvío buscando huir del tráfico por el Paseo Jesús de Galíndez hasta que, una vez dejada atrás Playa Varese, alcanzamos al punto más alejado del inicio de nuestra carrera.

A llegar esta altura del recorrido y de su narración, me armaría de valor y compartiría con vosotros un detalle casi escatológico: de todos es sabido que las visitas al váter se convierten en un desafío cuando uno viaja a un lugar que queda lejos de su propio retrete, y mi estancia en Argentina no fue una excepción a esta norma. Bueno, pues tras varios días sin decidirse, fue en aquel lugar tan alejado de la privacidad de un cuarto de baño donde mi aparato digestivo me dijo "ahora es cuando", provocándome así unos retortijones que me obligaron a moverme como si fuese Chiquito de la Calzada a lo largo de todo el interminable camino de vuelta.

Camino de vuelta durante el cual nos cruzamos en varias ocasiones con corredores (quienes tenían más dignidad que yo en aquel momento) que, tal y como me hacía saber el padre de Lucre, eran veteranos de la guerra de las Malvinas. Pero yo no tendría por qué daros este detalle. Mi fea confesión habría sido buen broche al primer capítulo de aquella jornada y vosotros sois un público miserable que viene aquí a verme sufrir, no a recibir lecciones de Historia. Así que sí, podría pasar directamente a contaros que un par de horas después nos estábamos haciendo a la carretera.

Os daría algunas pinceladas del viaje en coche: que tenía como origen Mar del Plata y como destino Buenos Aires, que se tarda unas cinco horas en completarlo, que la mayoría del trayecto es en línea recta (y aquí lo compararía con los desplazamientos en España, bromeando con que cualquier ruta de más de noventa minutos por la Península Ibérica se considera una expedición) y que en el vehículo íbamos Lucre, su padre (al volante las cinco horas, que se dice pronto), su madre, su hermana y yo.

Cinco horas en coche dan para varios párrafos, así que alternaría las descripciones de las interminables llanuras que se extendían a ambos lados de la carretera con imágenes que tomé durante el camino. Como la de estos dos perretes que, mientras descansaban en una gasolinera de su propio viaje, miraban a mi objetivo con desconfianza:


O la que saqué en marcha desde este local sin tener tiempo ni pericia para poder encuadrar la escena completamente:


O, ya que estamos, la de este camión de transporte de vacas al que adelantamos, en una de las pocas ocasiones en las que el filtro que mi cámara aplicaba a las imágenes dio un buen resultado en vez de hacerme la puñeta:


Tras mostraros este carrusel, procedería a dar un giro a mi relato, contándoos que entre mis deseos se encontraba el de saciar al mismo tiempo mi curiosidad y mi hambre probando el choripán, del que había oído hablar muchas veces sin haber podido dar con el emplazamiento adecuado para su ingesta. Y entonces encauzaría de nuevo la historia al haceros saber de la parada que hicimos en una parrilla situada junto a la carretera:


Tras esta foto, publicaría esta otra:

Y el pie de foto rezaría: "deseo cumplido"

Y como la acción de comer un choripán no tendría mucha miga (no como el propio bocadillo. Porque joder, qué rico), añadiría que mientras daba cuenta del mismo pasó por una vía cercana un tren de Ferrocarriles Argentinos cuyo maquinista se asomó para saludarnos sin darme tiempo a echar mano de mi cámara de fotos para poder inmortalizar el momento; algo de lo sigo lamentándome a día de hoy.

Debido a que el único acontecimiento destacable del resto de aquel trayecto fue la compra de medialunas pasado Chascomús, y eso ya lo mencioné hace unas cuantas semanas, pasaría a hablar directamente de nuestra entrada en la capital, y del largo paseo que dimos por algunos de sus enclaves más conocidos.

Ya os he dicho que fue un día ajetreado, y como sé que llegados a este punto de la entrada algunos ya estaríais pidiendo la hora, trataría de ser breve y me limitaría a compartir algunas de las fotos que saqué mientras se ponía el sol.

Empezaría por las coloridas fachadas de Caminito:


Incluiría una segunda y curiosa imagen de una parrilla ubicada en ese mismo lugar:


Y terminaría con esta turística instantánea de dos bailarines que exhibían su tango junto a las mesas de un bar en el que no llegamos a entrar:


Os enseñaría entonces el portal del piso en el que vivía Mafalda:


Y terminaría con una toma de la Plaza de Mayo, uno de los enclaves a los que más ganas de ir tenía debido a su importancia histórica:


Concluiría entonces este larguísimo relato diciendo que con la noche bien entrada, guiados por unas farolas que, de tan brillantes, no dejaban que los pájaros se fuesen a dormir, nos dirigimos por fin a casa de la abuela de Lucre, y que aún deberíamos de pasar unos minutos de conversación sentados en torno a la mesa de su cocina durante los cuales me dediqué a usar la parte de mi cerebro que aún no estaba apagada o fuera de cobertura para, mientras echaba alguna mirada furtiva al padre de Lucre, tratar de comprender cómo aquel hombre podía seguir despierto y fresco como una rosa para concluir que sería efecto del mate.

Satisfecho pues con el contenido y con el cierre, titularía a esta entrada "El día más largo" (bueno, más bien "En otro hemisferio. El día más largo", pero ya me entendéis) y le daría al botón de publicar. Sin embargo, he decidido que no voy a hacer eso. En su lugar, voy a relataros una anécdota que aconteció durante aquella misma jornada y que, por sí sola y bien contada, puede tener más chicha que todo el día en su conjunto.

Resulta que, en cuanto llegamos a Buenos Aires, el padre de Lucre dirigió el vehículo al barrio de La Boca con la intención de que fuese esta zona la primera parada de nuestra visita a la capital. Tras unos segundos de callejeo, localizó una plaza de aparcamiento libre y estacionó el vehículo. Hasta aquí, todo normal.

No obstante, una vez todos los ocupantes salimos de aquel coche, un muchacho se aproximó para decirle al conductor con envalentonada chulería que si quería aparcar ahí su coche, tendría que pagarle, so pena de que "alguien" le rayase la carrocería o le rompiese alguna luna. El padre de Lucre, sin achantarse ni un pelo, le respondió:

―Osea, que si vengo y le ha pasado algo a mi auto, sé que has sido tú el que se lo ha hecho.

Esta respuesta pilló por sorpresa al mocoso, quien únicamente acertó a balbucear alguna incoherencia clavado en el sitio. El problema es que no estaba solo. Inmediatamente, se aproximaron otros individuos más chungos y más peligrosos con los que claramente iba a ser más complicado tratar. Buscando evitar un conflicto en el que nuestro bando tenía las de perder, el padre de Lucre nos instó a comenzar la visita sin él para acto seguido volver a meterse en el coche y salir de allí en busca de una plaza de aparcamiento libre de gentuza.

Y yo me quedé con Lucre, su madre y su hermana convencido de que volvería de Argentina con dientes de menos.

A pesar de que ahuecamos el ala todo lo rápido que pudimos y no miramos atrás hasta llegar a una zona bastante turística y en principio segura, pasé los siguientes minutos considerando que cualquier individuo en diez metros a la redonda constituía una amenaza. De hecho, cobarde de mí, llegué a arrimarme más de lo necesario a una pareja de turistas asiáticos de avanzada edad porque uno de ellos cargaba con una cámara de fotos a todas luces carísima. Si allí iba a ocurrir una escena de las de chorizo pegando un tirón para después salir corriendo, prefería ser la menos fácil de las víctimas.

Bueno, pues en ese instante en el que mis niveles de paranoia llegaban a máximos históricos, y mientras me hallaba más tenso que una ardilla cruzando una autopista, alguien se acercó por mi espalda y exclamó:

 ―¡Ya...!

Retomando la narrativa teórica que ha protagonizado gran parte de esta entrada, yo ahora podría confesaros que al escuchar este adverbio de forma inesperada di un respingo y comencé a cerrar el puño mientras me daba la vuelta, dispuesto a llevar a cabo un ejercicio de violencia preventiva. Ejercicio que finalmente no llevaría a cabo pues, por suerte, aquel individuo pudo expresar el resto su mensaje antes de que mi sistema límbico la liase:

―...estacioné el auto.

Remataría entonces fanfarroneando con que, efectivamente, aquella tarde faltó muy poco para que le soltase una hostia al padre de Lucre.

Pero no quiero ser un embustero. Siempre he sido más cobarde que un chihuahua en una tormenta, por lo que voy a acabar esta entrada confesando que ni puño cerrado, ni sistema límbico, ni leches. Y que aquella tarde, para lo que realmente faltó muy poco, fue para para que me arrodillase ante aquel (por unos instantes) desconocido y, abrazado a sus tobillos, le rogase:

―Nomematenomematenomematenomematenome...

Qué tensión, ¿no? La semana que viene, para relajarnos todos un poco, un rato de cine.

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