viernes, 3 de mayo de 2024

Confesando delitos

Hace un par de días, una amiga austriaca y yo participamos en una carrera que tuvo lugar en un pueblecito a una hora en coche de la ciudad en la que vivimos actualmente. De la carrera en sí no tengo mucho que contar aquí: me gustó la organización de la misma, hubo muy buen ambiente entre los asistentes y a todos los participantes se nos animó con ganas desde que abandonamos la línea de salida hasta que cruzamos la meta. De hecho, mientras corría descubrí que los austriacos, cuando jalean, gritan "op op op op op op op op!" como si fuesen un cazo con agua hirviendo o algo así.

Sin embargo, el detalle más sorprendente para mí no fue la animada onomatopeya, sino averiguar el motivo por el que la bolsa de corredor que se nos entregó al recoger nuestros dorsales pesaba tanto. Y es que, amén de batido de proteínas, polvitos de magnesio, caramelos y demás parafernalia atlética, el saco contenía este inesperado presente:

Contenido no patrocinado

¿Qué motivo había llevado a los organizadores de la competición a meter un paquete (XXL, ojo) de pastillas para lavavajillas en cada bolsa de corredor? Ni lo sé, ni quiero averiguarlo, pues hace ya varias entradas que decidí dejar de intentar entender a este país. No obstante, celebré el hecho con gran alegría porque, además de haberlo pasado bien corriendo, ahora voy a poder lavar los cacharros por la cara durante dos semanas.

A estas alturas de la narración, quienes me conocéis os estaréis extrañando de que no me haya quejado aún. Yo, que soy un experto en sacarle pegas a todo. Pero ya que insistís, admito que un detalle de la prueba me chirrió un poquito (y he de decir en mi defensa, que a mi amiga austriaca también): la misma estaba programada para las tres de la tarde. Muy mala hora. Esto provocaba que, teniendo en cuenta el trayecto en coche y que había que estar allí al menos una hora antes para hacernos con los dorsales, nos tocase incluir la comida en nuestro plan. Por ello, decidimos hacer un alto en el camino para tal fin en otro pueblo que nos pillaba a mano; pero descubrimos que, por ser primero de mayo, sus restaurantes estaban cerrados.

Al final terminamos por recurrir al McDonalds para dar cuenta del almuerzo, el cual incluyó medio litro de refresco por cabeza y sendos cafés de tamaño inesperadamente grande. A raíz de ello, una ligera preocupación se adueñó de nosotros, pues no teníamos muy claro cómo iban a gestionar nuestros organismos semejante ingestión de líquido cuando, un par de horas más tarde, de completar los cuatro kilómetros a la carrera se tratase. Esto me hizo recordar una anécdota que ocurrió tiempo ha cuando mi frikismo por correr se encontraba en su máximo apogeo. Ya que ese mismo frikismo actualmente está invadiendo a mi amiga y ésta recibe de muy buen grado mis experiencias y consejos corredores, procedí a contarle la susodicha anécdota. Y la misma le hizo tanta gracia que me dije "esto, para el blog". Y en ello estoy ahora mismo.

El tiempo y el lugar bailan en mi memoria, así que no puedo ser muy preciso y he de decir que yo tenía entre catorce y dieciséis años y que la historia tuvo lugar en Palencia o en Zamora. Y es que ambas ciudades, al igual que muchas otras localidades de la geografía castellana, solían organizar cada año una milla popular y a estas alturas de la vida todas aquellas en las que participé me parecen la misma. Y no es de extrañar, pues estaban cortadas por el mismo patrón: una calle más o menos ancha o un paseo hacían las veces de circuito durante un par de horas en las que se nos congregaba a los atletas para recorrer a toda hostia los mil seiscientos metros reglamentarios.

Calculo (porque, insisto, no lo recuerdo muy bien) que aquella mañana o tarde seríamos seis o siete los chavales de mi equipo que íbamos a correr juntos por tener la misma edad, y a pocos minutos de que tuviese lugar el pistoletazo de salida, trotábamos por las callejuelas cercanas al circuito con el objetivo de calentar músculos y articulaciones. Los nervios y el hecho de que todos éramos seres vivos con funciones biológicas básicas provocaron que necesitásemos llevar a cabo una urgente liberación de líquidos so pena de padecer una incomodidad nada deseable al tener que correr con la vejiga llena.

Era muy raro que los organizadores de estas pruebas tuviesen a bien instalar urinarios portátiles en el lugar, y aquella no fue una excepción. Podríamos haber optado por colarnos en algún bar y hacer uso de sus baños, pero ya habíamos sufrido experiencias desagradables en el pasado protagonizadas por el camarero borde de turno que nos echaba del local con cajas destempladas por ser tan aprovechados, así que la única opción que nos quedaba era la de cometer una ilegalidad muy cerda (si incluyese emoticonos en mis entradas, aquí pondría ahora el que se encoge de hombros, porque es como me sentí entonces y como me siento ahora).

Los integrantes del grupo, buscando un lugar en el que poder llevar a cabo la colectiva micción, dimos con el lugar perfecto cuando de mear al abrigo de miradas indiscretas se trataba: un callejoncito que no sólo quedaba en pendiente, sino que además, a los pocos metros torcía hacia la derecha. Y es que dicho callejón era en realidad la salida de un garaje. Además, el final de la rampa contaba con una rejilla al pie de la puerta del parking que haría que nuestros orines, así como nuestras preocupaciones, desapareciesen. El crimen perfecto, ¿no?

Pues no. Y es que no hace falta ser un experto para saber que un crimen deja de ser perfecto cuando aparecen... Testigos. Atención a la escena: seis o siete adolescentes en pantaloncitos cortos, contra la puerta de un garaje y buscando la mayor separación posible entre ellos para evitar salpicaduras, que chorra en mano y en pleno ejercicio evacuatorio, escuchan un desagradable zumbido como de... Sí, como de puerta de garage que se abre. A tenor de las caras que se nos pusieron en ese instante, me atrevería a decir que parecíamos los protagonistas de El fusilamiento de Torrijos, si a ese cuadro se le pudiese quitar toda la épica:

fuente: wikipedia
Y nosotros no teníamos las manos atadas

Pero la cara que aquel día quedó para enmarcar y colgar en alguna pared del Museo del Prado no fue la de ninguno de nosotros, no. Fue la de la dueña del coche que, esperando del otro lado de la puerta a que ésta se abriese y a que la luz del día regase sus retinas, se topó con otro tipo de riego en forma de fuente versallesca de malísimo gusto.

Hace poco leí que casi todos los mamíferos, independientemente de su tamaño, tardan unos treinta segundos en vaciar sus vejigas. Treinta INTERMINABLES segundos, añadiría yo. Y también añadiría que seis o siete de dichos mamíferos, en cierta ocasión y pasados esos treinta segundos, salieron corriendo del lugar como si fuesen cucarachas, los muy miserables.

Decidme, ¿a vosotros también os ha hecho tanta gracia como a mi amiga?

Licencia Creative Commons

martes, 23 de abril de 2024

Lectura obligada I

Ya no tengo edad para según qué cosas. Hace pocas horas, sin ir más lejos, he rechazado la invitación que se me ha hecho para ir a un festival de música que tendrá lugar en la villa austriaca de Nickelsdorf en junio. Y es que, por mucho que me guste Måneskin, no me da la vida para perder todo un día con el objetivo de plantarme en un pueblucho en el culo de Burgenland al que sólo se llega en coche.

fuente: Rolling Stone
Otra vez será

Otra cosa que ya no puedo hacer es abrirme un perfil de Tiktok y subirme al carro del último challenge de turno que haga sacudir la cabeza a los cuatro boomers que aún leen el 20 minutos. Sin embargo, tal limitación no impide que pueda convertir este blog en mi Tiktok particular y responder con un "uy que no" al clásico "no hay huevos a..." que venga acompañado de según qué desafío.

¿Sabéis a qué me han retado? A leer. Y no es porque yo sea alguien alérgico a la lectura, pero es que hace no recuerdo cuánto, una amiga austriaca le comentó a mi novia que en cierta asignatura de lo que sea que esté estudiando (sé que a nivel detalles esto está siendo una mierda, pero es que son irrelevantes) en la universidad le recomendaron leer un libro sobre la historia reciente de Irlanda, y conociendo nuestro historial, le comentó que quizá disfrutaría del mismo más que ella, pues —reconoció la austriaca— el ejemplar constituía un tocho infumable y no había sido capaz de avanzar más allá de un puñado de capítulos.

Mi novia, queriendo confirmar si tal afirmación era cierta, echó mano del volumen, y no fueron pocas las noches que pasó tratando de recorrer sus páginas hasta que el tedio causado por intentar avanzar a través de su texto le hizo tirar la toalla a ella también.

Y fue entonces cuando ambas repararon en mí y me lanzaron un guante que tenía bordada la frase "te toca".

Esto ocurrió hace un par de meses, y el libro ha estado en una estantería de mi salón poniéndome ojitos durante todo este tiempo sin que me atreviese a sumergirme en su anunciado coñazo. Pero he decidido que es el momento de decir "challenge accepted" y enfrentarme a su lectura. En primer lugar porque llevo días falto de ideas que me hagan publicar entradas (y me huelo que de aquí va a salir más de una) y en segundo lugar porque, siendo como es hoy, 23 de abril, el Día del Libro, la ocasión me viene de perlas para quedar una vez más como alguien que atiende a los detalles. Así que me voy a preparar un café que me ayude a mantenerme despierto ante la tarea y voy a tener los huevazos de convertir en post (o posts, ya veremos) un comentario de texto. Empecemos...

Bona diada de Sant Jordi a tothom!

Renaissance Nation es un libro de trescientas paginazas con un tamaño de letra intimidantemente pequeño. Su autor, David McWilliams, hace un recorrido por las últimas cuatro décadas analizando cómo Irlanda ha evolucionado social y económicamente, haciendo una comparación constante entre la generación que fue testigo de la visita del papa Juan Pablo II a la isla en el 79 y la que vio llegar al pontífice actual en 2018. Dicho así, tiene pinta de que el texto va a ser todo un peñazo, pero acabo de empezar, así que no quiero emitir juicios precipitados.

Cuando abro el libro por primera vez y me encuentro con la página dedicada a los agradecimientos, no puedo evitar que lo que estoy leyendo suene en mi cabeza con acento irlandés, por lo que pienso "empezamos bien" y hago un esfuerzo extra por comprender lo que hay escrito ante mí en vez de centrarme en las zancadillas que mi materia gris no deja de ponerme en forma de chorradas como ésta.

El autor comienza la historia en la localidad de Dún Laoghaire, un pueblecito del sur de Dublín en el que pasó su infancia y al que mi novia y yo sólo fuimos un par de veces porque tampoco es que tuviese mucho que ofrecer, la verdad. En una ocasión asistimos a un mercado de productos ecológicos con cuatro puestos que ya estaban recogiendo, a pesar de que eran las doce del mediodía, y otra vez dimos un aburrido paseo por su muelle como si fuésemos personajes de una novela del siglo XIX que no tienen nada mejor que hacer. Que vale que el trayecto en DART bordeando la costa desde la capital irlandesa resultaba de lo más bucólico, pero es que la estación de tren nos pillaba tan lejos de casa que, chico, no merecía la pena. De hecho, lo que siempre encontré más interesante acerca del pueblo era la pronunciación de su nombre. Y es que, como no podía ser de otra forma al tratarse de un topónimo gaélico, comparar su lectura con su escucha le puede hacer levantar la ceja a cualquiera. Que uno lee Dún Laoghaire y se espera que lo correcto sea llamarlo Dún Loguer, o algo así. Pero no. Lo adecuado es (más o menos) decir Dún Liiri. Tener que enfrentarme a esta contradicción constantemente cuando vivía en Irlanda provocó que, llegado cierto punto en el que ya estaba cansado de confundir a mi cerebro, optase por rebautizar al pueblo como Dún Lolailo y quedarme tan pancho.

El motivo por el que McWilliams elige Dún Lolailo como punto de partida de su obra es su peculiaridad demográfica, pues sus habitantes siempre se han caracterizado por salirse un poquito del estereotipo irlandés imperante en la zona. Y es que, por ejemplo, los dunlolailenses votaron en contra cuando el referéndum de 1983 blindó la prohibición del aborto en Irlanda. Este hecho le viene de perlas al autor, pues es precisamente la enorme cola de votantes dispuestos a hacer algo parecido en la consulta de 2018 lo que pone en marcha la historia.

Por cierto, otro inciso. Lo del último referéndum nos pilló viviendo en Dublín, y de ello me acordé hace poco mientras revisaba los álbumes en los que mi novia y yo guardamos fotos y morralla diversa correspondiente a diferentes carreras en las que hemos participado desde 2015, pues uno de los actos organizados por quienes defendían cambiar ese aberrante punto de la constitución irlandesa fue una prueba de cinco kilómetros por la playa de Sandymount. Y allá que fuimos, por supuesto. 

Tras mencionar este detalle, y hacer referencia a otros pueblos de la zona de los que ya apenas me suena el nombre porque por lo visto no heredé los genes taxistas de mi abuelo, el autor pasa a describir cómo la preferencia por el rugby o el hurling puede usarse como identificador para clasificar la economía de la zona. Y yo, al ver estas referencias sobre el deporte gaélico, en vez de centrarme en lo que estoy leyendo no puedo evitar acordarme de mi primera vez en Irlanda, en el verano de 2011, cuando varios miembros del grupo de becarios al que pertenecía adquirieron entradas para ver un partido de GAA en Croke Park (más de uno me confesó posteriormente que la experiencia había resultado un poco aburrida). Dispuestos a dar la nota un pelín más de la cuenta, seis de ellos se hicieron con camisetas de distintos tonos de azul (los colores del equipo local, se entiende) en el Penneys más cercano y, armados de un rotulador gordo, se pintaron en el pecho sendas letras que formaba el nombre de la capital del Liffey. Minutos antes de acudir al encuentro, mientras se retrataban con su recién elaborado atuendo en el albergue que nos servía de centro de reuniones, sugerí que el de la N se retirase un momento y los demás se reorganizasen y posasen para la cámara formando la palabra BILDU. Por las risas, más que nada. Pero, cobardes ellos, los miembros del forofo grupo decidieron que aquello no era una buena idea.

El que las siguientes páginas sigan dedicadas al gran interés por el deporte que tienen los irlandeses no me ayuda a conectar con lo que estoy leyendo, pues recuerdo en esta ocasión aquella vez que mi novia y yo acudimos a primera hora de la mañana de un sábado a un pub cercano a la última casita en la que vivimos antes de mudarnos a Austria, el cual se encontraba decoradísimo con banderitas y carteles de no recuerdo qué acontecimiento deportivo internacional. Nosotros éramos los únicos que se estaban jalando el reglamentario desayuno, dando la espalda a la tele, y el local se hallaba hasta los topes de matrimonios rondando la cincuentena que, vistiendo la camiseta del equipo de turno, seguían el encuentro cerveza en ristre como si les fuese la vida en ello.

El tema del deporte da paso a la economía en sí, y el autor menciona que sí, que Irlanda ha pegado el pelotazo que ha pegado, pero no se moja demasiado y advierte que desgranará los detalles más adelante (aún quedan más de doscientas cincuenta páginas y yo estoy deseando que largue sobre las ventajas fiscales que el país ofrece a las grandes empresas). En su lugar, deja caer que la afiliación sindical ha caído en estas décadas y que esto es algo positivo, lo que hace que en mi cerebro se active la alerta anti Margaret Thatcher. Sin embargo, también menciona que uno de los motivos que han hecho crecer al país ha sido la fuerza laboral que ha supuesto la llegada masiva de inmigrantes. Este detalle provoca que se me relaje el gesto y decida volver a sentarme.

Las últimas líneas que acierto a leer (pues mi novia y su amiga tienen razón y cuesta lo suyo seguir esto) son una crítica directa a ciertos economistas bocazas que se han dedicado a echar pestes de todos los cambios efectuados en Irlanda a nivel financiero desde finales de los ochenta, vaticinando terribles desastres para el país cada vez que alguien tocaba algo y fallando estrepitosamente en sus presagios al tiempo que la economía se lanzaba como si fuera un... un... un... un pepino. Este capítulo del libro me agrada especialmente, y no porque comparta la visión del autor, al que a estas alturas me gustaría decirle "si tanto os gustáis Irlanda a nivel económico y tú, pos liaros", sino porque me congratula ver que lo de contar con iluminados que nos harían un favor a todos si se callasen no es algo exclusivo de España:

fuente: twitter
Never forget

El libro cuenta con treinta y tres capítulos, y yo sólo me he ventilado los tres primeros. Empiezo a considerar la opción de dejarlo para más adelante, y Piojo me ayuda a decantarme por esta preferencia, pues quiere la cena y así me lo hace saber:

"poc"

Así que nada, ya seguiré en otra ocasión.

Licencia Creative Commons

martes, 2 de abril de 2024

Bajo el polvo 8. La mesa del zapatero

Para mal o para bien, todo llega a su fin. Me duele darle vueltas a este hecho cuando pienso que sólo quedan unos pocos urogallos en la cornisa cantábrica, pero me supone un alivio cada vez que recuerdo que Henry Kissinger está por fin pudriéndose en el mismo rincón del infierno que Margaret Thatcher.

Y, al igual que especies de aves objetivamente feas o execrables figuras del mundo de la política, la serie de entradas sobre mi habitación que comencé a escribir hace CUATRO AÑOS (y que llevaba siete meses sin actualizar), se despide hoy de mi blog.

Los últimos cinco artículos de los que voy a hablar a continuación forman parte una miscelánea inclasificable, y tengo que reconocer que encontrarles la gracia ha constituido una tarea con resultado no siempre satisfactorio, así que si alguien no se entretiene demasiado mientras llegamos a la última parada de este viaje, puede pedir con toda confianza que le devuelvan el dinero que NO ha tenido que pagar para llegar hasta aquí. Hablemos entonces de...

Este gusiluz


Juraría que hay alguna foto entre los muchos álbumes existentes en casa de mis padres en la que yo aparezco durmiendo plácidamente en la cuna. Dicha instantánea muestra al bicho que acabáis de ver cuidando de mis sueños desde una de las esquinas del enjaulado lecho como si de uno de los angelitos de la oración se tratase. Con esto quiero decir que mi afición por la morralla que brilla en la oscuridad viene de lejos. Y es que no sólo conservo el gusiluz. Es que hay un rincón de la habitación en el que, además del gusano, dos enmarcados puzles que representan la Luna y Marte, multitud de muñecos de ganchillo que mi madre ha tenido a bien elaborar demostrando maña y paciencia a partes iguales (un Mestre Ensinador, dos kodama, otro gusiluz y tres fantasmas), un móvil con planetas del sistema solar y el cuadro a punto de cruz que os mostré en esta entrada impiden que la penumbra se adueñe de la estancia cuando apago la luz.

Que algunos pensaréis que ya no tengo edad para esta clase de chorradas, y yo os digo que me la sopla dos veces. Y para muestra, seguid leyendo.

Estos dinosaurios


Me da igual cuántos años tengáis. Si no os gustan los dinosaurios, no sois de fiar. Los de la foto, junto con más que he ido perdiendo, pasaron a engrosar mi colección de trastos cuando Elena, la dueña del único establecimiento de alimentación situado en el barrio donde pasé mi infancia, comenzó a regalarlos a quien adquiriese doscientos gramos de jamón cocido en su tienda. Esta campaña de marketing tuvo muy buena acogida entre los vecinos, tanto los críos que pasamos aquellas semanas atiborrándonos del susodicho fiambre como nuestras madres, encantadas de ver que por un tiempo dejábamos de pedir bollycaos para merendar.

Por si los dinosaurios no molasen suficiente ya de por sí (o sea, DINOSAURIOS. ¿Qué más quereís?), éstos me gustaban especialmente porque cada uno tenía escrito por debajo qué dinosaurio era en concreto. Que igual os creéis muy listos y sabéis distinguir a un tiranosaurio rex de un triceratops, pero seguro que la cagáis si os presentan a un diplodocus y un braquiosaurio. Bueno, pues gracias a Elena y su jamón de york promocional, nunca tendré ese problema. Y diréis que nadie nunca tendrá ese problema, pero yo os voy a callar la boca metiendo una pequeña anécdota a continuación.

Resulta que, muchos años después de que ocurriese lo que os estoy contando, me encontraba con un amigo y compañero de facultad en una tienda de manualidades del centro de Valladolid a punto de comprar vete a saber qué para hacer vete a saber qué. La cuestión es que, mientras esperaba mi turno, la clienta que estaba siendo atendida reparó en unas toallas de ésas que vienen en .zip y se despliegan al meterlas en agua, y que contaban con el dibujo de un dinosaurio (no, yo no me compré una porque no tenía un duro). Pues bien, la mujer pidió llevarse dos, solicitando que fuesen iguales para que sus hijos no se peleasen al recibirlas (desagradecidos los críos, por otra parte). Preguntó entonces el dependiente que cuáles quería en concreto, y la mujer respondió que "unas con dinosaurios cuellilargos de ésos". Pues bien, mi amigo y yo nos dimos más de un codazo y luego fantaseamos con la idea de que, poco después, dos críos acabarían a hostia limpia al descubrir que un diplodocus y un braquiosaurio sólo se parecen en lo largo del cuello.

Vale, seguro que aquella posterior pelea no tuvo lugar, pero me hace gracia pensarlo porque además de un dinofriki soy un miserable. Por otra parte, tenía que meter paja, que juraría que lo de los dinosaurios de Elena ya lo he mencionado antes y contaba con dedicarle una entrada entera, pero la historia no daba para estirar tanto el chicle.

Este vaso


Y ya que acabo de mencionar lo miserable que soy, os diré que la presencia de un vaso vacío de Starbucks en mi habitación fue parte de un plan nunca llevado a cabo. Tenemos que remontarnos a dos mil once, cuando la capital vallisoletana no contaba con ningún establecimiendo de la multinacional cafetera (si alguien quiere detalles, en esta entrada no especialmente graciosa hablo del tema), mientras que en Madrid ya había la hostia de ellos. Fue durante un viaje a la metrópoli que aproveché para trincarme uno y pedir a la barista que me diese un vaso vacío a mayores. Ésta aceptó mi encargo a regañadientes (aún no tengo muy claro por qué) y yo me volví a Pucela con él.

Mi malvado propósito (porque yo no he tenido una idea buena en mi vida) consistía en salir de casa con dicho vaso lleno de café que me habría preparado previamente, y pasearme por las calles del centro a la espera de que más de un niñato pijo vallisoletano (porque Starbucks no habría ninguno, pero niñatos pijos en Valladolid siempre ha habido demasiados) me preguntase sorprendido cómo había sido capaz de obtener esa bebida.

Y yo, haciendo gala del poder que tengo para colarle una bola muy gorda a cualquiera dejaría caer que la ciudad del Pisuerga contaba por fin con un Starbucks, pero que el acontecimiento no había trascendido porque el mismo no se hallaba en una localización muy céntrica. El pijo o pija de turno, pensaba yo, exigiría saber dónde se encontraba el local (había tanto hype al respecto que hasta una página de Tuenti con no pocos seguidores solicitaba "un Starbucks para Valladolid"), y yo entonces procedería a dar indicaciones de lo más preciso que mandasen a la víctima al barrio más chungo posible.

Pero nada de eso pasó. A mí me faltaron huevos en su día y ahora Valladolid ya cuenta con su Starbucks reglamentario. En plena Plaza Mayor, para más señas.

Este estuche


Si uno compraba un huevo de sobres de petazetas, le daban este estuche. La historia no tiene más misterio. Y si quiero traer a colación alguna anécdota relacionada que demuestre una vez más lo miserable que soy, tengo que usar un poquito el calzador y hablaros de Mou, nuestro profesor de Filosofía de primero de Bachillerato.

Mou empezó el curso ganándose mi odio y el de todos mis compañeros por repartir un suspenso general en el primer examen que nos hizo (pues nos limitamos a reproducir el esquema de turno que habíamos copiado de la pizarra cuando habló del tema, y él no quería eso) y recuperó nuestro respeto en las semanas siguientes al demostrar que en realidad era muy buen profesor. En mi caso, el respeto se tornó en admiración cuando se pasó una hora entera en la que no le apetecía mucho dar clase hablando conmigo acerca de una cosa llamada "Linux". Aquella especie de ted talk improvisada provocó indirectamente que, más de veinte años después, me gane la vida aporreando teclas. Mou también nos enseñó, entre otras cosas, que la música de Marilyn Manson es más que ruido estridente y voces guturales, y si alguna vez se encontraba con nosotros por la calle, no dudaba en pararse un rato a intercambiar unas palabras.

Sí, Mou molaba. Y me imagino que sigue molando, aunque tenía pinta de estar un poquito hasta los huevos de todo en general, y del vídeo sobre la evolución que nos hizo ver un día en particular. Su clase era la última de la jornada, y el pobre funcionario ya había tenido que colocarle la puñetera cinta a otros cuatro grupos ese mismo día. Así que imaginad sus ganas.

Mientras la tele nos mostraba imágenes de tal o cual homínido, y dándose la circunstancia de que las luces de la clase estaban apagadas, Mou se sentó en la parte de atrás del todo, junto a mí y a mi compañero de pupitre, y quiso aprovechar aquellos minutos del mediodía para echar una cabezada. O igual ésa no era su intención, pero no pudo evitarlo. Pues bien, adivinad quién contaba con un par de sobres de petazetas en su mochila y decidió competir con otros compañeros igual de mastuerzos por ver quién lograba despertar al sufrido funcionario a base de estallidos del divertido caramelo. 

¿Me convierte lo que os acabo de contar en una mala persona? Juzgad vosotros mientras os hablo del último objeto. Ni más ni menos que...

Este condón


Tengo que confesar que soy el primer sorprendido, pues el descubrimiento del profiláctico entre mis posesiones fue de lo más inesperado. Resulta que el diario Público, en su primera etapa, no sólo venía impreso y se vendía en quioscos, sino que ofrecía colecciones de lo más interesante: desde una colección de libros controvertidos hasta una serie de fotografías famosas, pasando por biografías de pintores o películas bastante decentes como Goodbye Lenin o Bowling for Columbine. Pues bien, yo me hice con decenas de esas pelis que nunca llegué a ver y uno de estos DVDs trajo consigo, sin que yo pueda explicar muy bien por qué, el condón que veis. Y lo peor es que no me enteré del detalle hasta muchos años después, cuando limpiando la habitación y dando origen a la serie que estáis viendo morir, decidí que sería buena idea desenvolver todos aquellos discos para, al menos, no quedar como un completo inculto.

Y fue mientras me afanaba en deshacerme de plásticos que apareció el preservativo y me dejó tan a cuadros como estaréis vosotros ahora. Y si yo tuviese algo de arte podría cerrar esto por todo lo alto hablando del paso del tiempo, de la fugacidad de la vida y de todas esas cosas que Robe suele mencionar en sus canciones, pero como no es el caso, voy a dejar que la fecha de caducidad del condón de marras lo haga por mí:

No sé vosotros, pero yo en octubre de 2012 me estaba mudando a Irlanda

Al principio de esta entrada decía que para bien o para mal, todo se acaba. Voy a dejar que decidáis vosotros si después de ocho posts y cuarenta objetos, os ha merecido la pena llegar hasta aquí, os habéis quedado con ganas de más u os habéis quedado con ganas de menos. Lo único que os pido ahora es que, por favor, os larguéis de mi habitación.

Licencia Creative Commons

viernes, 26 de enero de 2024

Luces

Todos tenemos, en mayor o menor medida, una gramola cerebral que, cual soldado de invierno marveliano, se activa si recibe el estímulo adecuado. Si yo os suelto, por ejemplo, palabras como macarena, aserejé o bulería, es muy probable que se os joda la tarde debido a las canciones de mierda que os acabo de meter en la cabeza y de las que no os vais a poder librar fácilmente.

Sin embargo, al igual que los anteriores casos son comunes a casi todos nosotros, hay otros que no funcionan de la misma forma, y que dependen de lo especialito que sea cada uno. En mi caso particular, el vocablo que titula esta entrada me hace acordarme de una tonada sesentera de título homónimo interpretada por un grupo que ninguno de vosotros conoce: Los mitos.

Yo conozco a dicho conjunto porque ronda por casa de mis padres un casete con sus mayores éxitos que solía sonar de fondo durante nuestros viajes familiares a la costa cántabra. Esto hace que, a pesar de que todas sus canciones fuesen baladas pastelosísimas (algo que tenían en común todas las bandas de la época, por otra parte), las recuerde con cierta nostalgia. Además, su vocalista Tony Landa tenía una voz bastante decente y me atrevería a compararle con Elvis. Sí, qué coño: Tony Landa fue nuestro Elvis. Y ya que me estoy empantanando, permitidme que me venga arriba: Nino Bravo fue nuestro Eric Burdon, Camilo Sesto nuestro Freddie Mercury y Tino Casal nuestro Bowie. Y nadie va a conseguir que me baje de esa burra.

Espero que los minutos musicales tan guapos que os acabo de regalar os desatasquen el aserejé del principio. De nada.

Pero bueno, yo no he venido aquí a pelearme con nadie por cantantes muertos o a punto de estarlo. El motivo que me ha llevado a juntar teclas en esta ocasión son dos anécdotas que comienzan de forma igual: con luces (ya veis que no doy puntada sin hilo). Concretamente, con luces que vi desde mi ventana mientras me creía a salvo dentro de mi vivienda la vivienda propiedad de un fondo de inversión por la que mi novia y yo pagamos mensualmente un alquiler desorbitado.

La primera de ellas tuvo lugar una tarde de sábado del pasado verano durante la cual yo me hallaba ante el ordenador. Gracias a que el sol acababa de desaparecer por el horizonte y la oscuridad empezaba a inundarlo todo, pude ver por el rabillo del ojo unos reflejos luminosos de color azul, rojo y anaranjado proyectándose contra la fachada del edificio que hay frente a nuestro pisazo. Temeroso de que mi cerebro estuviese gastándome una broma de las que terminan con un neurólogo dando malas noticias, me asomé para tratar de identificar el origen de aquella silenciosa discoteca, y el despliegue que descubrí allá abajo me hizo fliparlo un poquito.

Aunque lo que voy a enumerar a continuación parezca sacado de un sketch de Barrio Sésamo protagonizado por el Conde Draco, os juro que no me lo invento: ¡TRES! camiones y ¡UNA! furgoneta del cuerpo de bomberos, ¡DOS! coches de policía y ¡UNA! ambulancia maniobraban al pie del bloque de pisos mientras que muchos currantes de emergencias embutidos en uniformes fosforito entraban y salían de mi portal cargando con mangueras, hachas, maletines y toda clase de parafernalia destinada a luchar contra lo que fuese que se hubiese desatado dentro del edificio.

Teniendo en cuenta que estaba lloviendo muchísimo y que tal situación meteorológica había protagonizado los días previos, la primera idea que se me vino a la mente fue que el sótano se había inundado, lo cual me pareció una putada enorme habida cuenta de que es en el subsuelo donde se encuentran garaje y trasteros. Que vale que por suerte no dispongo de coche propio, pero en el trastero es donde guardo mis maletas, amén de muebles varios que llevo meses queriendo vender y si no lo he hecho aún es porque me da una pereza horrible publicar los anuncios correspondientes en el Wallapop de aquí, que se llama Willhaben; y la idea de que todo esto se echase a perder por el exceso de lluvia me contrariaba sobremanera.

No obstante, pude descartar la hipótesis del anegamiento lo que tardé en ver cómo los bomberos acudían escaleras arriba y no se dirigían al -1 en ningún momento. Entonces, ¿qué era lo que había provocado semejante movilización? En parte porque tenía ganas de cotillear, y en parte porque, llamadme loco, pero era posible que en mi edificio estuviese teniendo lugar algún evento peligroso para mí y para mis gatos, bajé varios pisos por las escaleras hasta llegar a la tercera planta, y ahí me encontré con varios vecinos que rodeaban a dos bomberos, quienes toqueteaban la puerta de uno de los pisos como diciendo "aquí está el meollo". Pregunté entonces a una vecina por el motivo del follón, y me respondió escuetamente que "fuego". Lo extraño es que la puerta de marras no estaba caliente, no salía humo por ninguna parte y no había saltado ningún detector.

La pregunta seguía en el aire: ¿a qué se estaban enfrentando los apagafuegos? Y la respuesta resultó ser un alivio: a NADA. No pasó nada en mi edificio aquella noche. Y si se armó tan gorda con una falsa alarma, imaginad la que se puede montar el día que, Dios no lo quiera, ocurra algo de verdad. A lo mejor se planta aquí el ejército. O traen a Rex, que es austriaco.

fuente: youtube
Dios los cría y mi blog los junta. No, no es un montaje

Al cabo de algo menos de una hora, bomberos, sanitarios y agentes de policía se montaron en sus respectivos vehículos y, tal y como aparecieron, se largaron. Me gustaría decir que "sin dejar rastro", pero no fue así. Y es que parte de esta performance incluyó que uno de los camiones se acercase por el otro lado del edificio y desplegase su escalera, al extremo de la cual se encontraban dos bomberos que, tras colarse por el balcón de la vivienda del tercero, confirmaron que allí no se estaba quemando nada. Pues bien, dicho camión, en su aproximación y posterior alejamiento, jodió de lo lindo el césped del jardín interior de la comunidad. Jardín que, por otra parte, hace las veces de patio de recreo para los chiquillos que acuden cada día lectivo a la guardería sita en los bajos del bloque.

Si traigo este detalle a colación es porque, aparte de que soy un genio en esto de enlazar temas, resulta que esos chiquillos protagonizan la otra anécdota que os quiero contar, la cual he vivido ya en un par de ocasiones. Y si bien es cierto que la segunda vez me pilló sobre aviso, la primera de ellas provocó que en mi cerebro se desplegase un abanico de sensaciones que fueron del acojone a la incredulidad.

En esta ocasión me encontraba sentado en el sofá viendo alguna serie rara de ésas que no puedo recomendar a nadie porque sólo me gustan a mí, y lo que contemplé tras el ventanal del balcón, allá abajo, fue una hilera de lucecitas anaranjadas que se desplazaban lentamente por la acera a medio metro del suelo. Lo primero que se me vino a la mente en ese momento a mí, que tengo ascendencia gallega, es que la Santa Compaña me estaba buscando y que podía darme por jodido. No obstante, mi escepticismo se puso a las riendas y descartó tan descabellada teoría. Además, tras contemplar más en detalle la escena, vi que quienes portaban las luces no eran almas en pena, sino los nenos de la guardería que acabo de mencionar.

Efectivamente, cada mocoso cargaba con un farolillo encendido y todos ellos constituían una procesión que se desplazaba alrededor del edificio. No sólo esto, sino que los padres también formaban parte de la comitiva. Fue entonces cuando no pude evitar pensar "niño muerto" y asumir que varios pisos bajo mis pies, entre las perchas para los abrigos del jardín de infancia, desde hacía poco se había quedado una libre, y que lo habitual aquí era que el resto de compañeros rindiesen una especie de homenaje funerario como el que estaba teniendo lugar ante mis ojos. Sin embargo, tuve que descartar esta segunda conjetura cuando una de las profes rompió el silencio y, guitarra en ristre, comenzó a berrear una canción cuyo tono alegre desentonaba con la actitud fúnebre que me había imaginado. Algunos padres y niños se unieron al cántico, y yo, pensando "qué niño muerto ni qué niño muerto", supe que si quería hallar respuesta a las dudas que me asaltaban en el momento (y que no eran pocas), tendría que recurrir, como viene siendo habitual, a Superluisa.

Y sí, Superluisa me vino de perlas una vez más y resolvió el enigma. Resulta que lo que había visto formaba parte de la tradición local: a mediados de noviembre, coincidiendo con la festividad de San Martín de Tours, los críos preparan farolillos para dirigirse a última hora de la tarde a la iglesia de su parroquia correspondiente, conmemorando que el susodicho santo, según cuenta la leyenda, partió su capa en dos para compartirla con un aterido mendigo a las puertas de Amiens, causando que los testigos del hecho encendiesen sus linternas para correr la voz por la ciudad.

Lo que ocurre es que aquí no hay ninguna iglesia a mano. Tenemos un Spar, un Lidl, una oficina de correos, una heladería, un restaurante italiano... Pero de iglesia, nada, así que los niños se tienen que conformar con rodear el edificio varias veces y darme un sustito que, aunque cada vez es menos intenso, sigue recordándome año tras año que ni desde la tranquilidad de mi casa puedo entender a este país.

Licencia Creative Commons

viernes, 22 de diciembre de 2023

España tenía que ser I. Que la suerte te acompañe

Hace unas semanas pasé una fría tarde de noviembre en compañía de una austriaca (la del Dirndl, para más señas) y un amigo de ésta, de origen alemán. Entre otras cosas, durante aquella velada hablamos acerca de las tradiciones y características culturales propias de la patria de cada uno, y mientras comentábamos lo que se hacía fronteras adentro, me percaté de que, si bien la austriaca tenía un conocimiento nada despreciable en lo que a mi querida Españita, esta Españita mía, esta Españita nuestra se refiere, el alemán no. Y es que el muchacho aprovechó muchas de mis aportaciones para meter pullas y chistecitos acerca de corridas de toros, encierros, sanfermines y todo lo relacionado con maltratar bóvidos, dejando claro que su idea de España estaba más cerca de una emisión del NODO que de la realidad actual.

Tales meadas fuera del tiesto por parte del teutón estuvieron a punto de provocar que me asomase el Miguel de Unamuno que todos llevamos dentro y le dijese cuatro cositas bien dichas que intentasen explicar por enésima vez, a un europeo central, que España es mucho más que toreros, folclóricas y sangría. Sin embargo, tras unos segundos de reflexión en los que concluí que la mayoría de alemanes, de España sólo conocen Mallorca (la parte fea de Mallorca, aclaro) y que no me hallaba ante una excepción a esta norma, decidí que sería mucho más divertido ir a por el más difícil todavía y rellenar su ignorancia de datos que le hiciesen concluir que Spain no es que sea different, es que es de un different que te cagas, y que lo que mejor representa a España no es una foto de W. Eugene Smith, sino un grabado de Francisco de Goya.

Como sé que os gusta todo masticadito y que nunca os da por buscar información adicional acerca de mis referencias, os pongo una foto de W. Eugene Smith para que no os canséis:

fuente: LIFE magazine

Y un grabado de Goya:

fuente: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

¿Se entiende ahora lo que quiero decir?

Vale, no fue para tanto. Lo que pasa es que empecé a largar acerca de tradiciones raras, noticias escabrosas y anécdotas inverosímiles MUY NUESTRAS y al final el pobre ya no sabía qué pensar de mi país. Y ¿adónde nos lleva esto? Pues a que, como soy mucho me meterme en fregados, he decidido que voy a dedicar unas pocas entradas a largar por aquí las historias que le conté a él, ya que sé que cuento con uno o dos seguidores internacionales que tampoco las conocerán, y quiero que les cambie la cara también a ellos. No prometo nada, que ando con poco tiempo libre últimamente y encima Jaime Altozano ha sacado por fin el curso de piano avanzado, así que no sé hasta qué punto podré estirar este chicle. De momento, voy a aprovechar que estoy un poco hasta los huevos de mi proyecto actual de punto de cruz y voy a darle un rato a la tecla.

Me queda por hacer la parte blanca. Y las letras van a brillar en la oscuridad si todo sale según lo previsto

Para inaugurar esta saga, y aprovechando que es veintidós de diciembre, hablemos del Sorteo Extraordinario de Navidad, un evento que año tras año promete repartir pasta a diestro y siniestro provocando que a mucha gente se le vaya la olla en mayor o menor medida.

Esta movida comienza en pleno verano, cuando los billetes de lotería son puestos a la venta en todo el territorio nacional y aquéllos que se encuentran lejos de sus casas debido a las vacaciones estivales compran los primeros décimos creyendo que las probabilidades de hacerse con un premio serán mayores. Conforme avanzan los meses y se acerca el día del sorteo, el volumen de números adquirido aumenta, y aparecen las participaciones: divisiones de un décimo de lotería vendidas a menor precio por diversos motivos (menciono esto porque en septiembre le compré varias participaciones a una protectora de animales de Valladolid y no me arrepiento en absoluto). Es durante estas fechas también cuando se producen los intercambios de décimos entre amigos y familiares (y sé de familias que se desplazan cientos de kilómetros para reunirse poniendo la lotería como excusa).

Llegado cierto punto del otoño que me cuesta localizar con exactitud, pues es algo que se presenta sin avisar como si de mi dermatitis se tratase, comienza a emitirse en televisión el anuncio de la Lotería de Navidad. Hasta hace algunos años (no me atrevo a buscar cuántos, que con esto de ser emigrante puede que sean, no sé, diez o quince y entonces me dé el bajón por lo rápido que pasa el tiempo desde que me fui de España) era habitual que lo protagonizase un calvo vestido de negro que "repartía suerte" soplándole polvos imaginarios a la gente que pasaba a su lado (no enlazo el vídeo porque todos los que he encontrado en Youtube tienen una calidad de mierda y no os merecéis eso). Pues bien, yo una vez, emulando una parodia del anuncio que hicieron en el programa de televisión El Informal, le bufé un puñado de harina a la cara a mi hermano mientras decía entre risas "soy el calvo ése". No sé si a estas alturas me habrá perdonado o no.

Sigo. Lo habitual es que la compra de lotería se produzca en las diferentes administraciones repartidas por toda España, aunque destaca por encima de ellas una situada en el centro de la capital: Doña Manolita (el sitio aparece en la web de turismo de Madrid y todo, no os lo perdáis). Y es que una mezcla de tradición y superstición hace que miles de personas cada año formen una kilométrica cola ante este establecimiento para dejarse aquí los dineros, con el convencimiento de que los billetes del local contienen los números agraciados. Incluso yo una vez formé parte de dicha cola porque quería pillarle un décimo a mi madre hasta que me cansé de esperar tanto y se lo compré a un gitano que vendía los mismos números en la calle un pelín más caros.

Y así, con gran parte de la población habiéndose gastado más o menos pasta, llega el esperadísimo día del sorteo. El mismo tiene lugar en el Teatro Real de Madrid, pues es tanta la gente que quiere asistir que no cabrían en un recinto más pequeño. Y no es coña. Para la edición de este año hay peña que se ha tirado más de una semana haciendo cola para pillar sitio. El nivel de frikismo que poseen algunos de los espectadores es digno de estudio, constituyendo lo que parece una competición por ver quién porta el disfraz más estrafalario. Juzgad vosotros mismos:

fuente: combinacionganadora.com

fuente: combinacionganadora.com

fuente: combinacionganadora.com

fuente: combinacionganadora.com

Tela, nunca mejor dicho. Pero bueno, hay gente ahí fuera que lleva camisetas de equipos de fútbol y no les decís nada.

De entre todos estos personajes solía destacar Salvador Benítez, quien no faltaba a esta cita anual vistiendo un traje al que había cosido cientos de botones. Pues bien, hace poco me enteré de que el hombre luchó contra el bando fascista en la Guerra Civil, se unió a la Resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial y acabó internado en el campo de concentración de Mauthausen. Tras su liberación, se estableció en París, y una vez muerto Franco pudo volver a España y, entre otras cosas, presenciar en directo cada sorteo de Navidad, ganándose el apelativo de "El loco de Matarraña" debido a sus pintas. Mis respetos.

Teniendo en cuenta la expectación que genera el evento, quienes no lo conozcáis estaréis pensando que lo que ocurre durante el mismo debe ser más o menos la hostia, ¿no? Pues... Yo creo que no. Pero es que a mí, por culpa de una constante sobreestimulación por parte de las redes sociales, me cuesta encontrar cosas que me emocionen. Resumiendo mucho, lo que ocurre durante las varias horas de la mañana que dura el sorteo, es que dos chiquillos que se van turnando sacan sendas bolas de los bombos que tienen detrás y berrean el número agraciado y el premio en metálico que le corresponde. "Taaaal número". "Taaaantos euros". "Taaaal número". "Taaaantos euros"... Y así casi dos mil veces. Que podrían usar a cantantes o a actores de doblaje en vez de a críos (y crías desde 1984), con su irremediablemente estridente voz, pero es que es tradición que esta actividad sea llevada a cabo por alumnos del Colegio de San Ildefonso. ¿Por qué? Pues porque antiguamente el alumnado de dicho centro estaba compuesto por huérfanos, y se creía que, al no tener a nadie en este mundo cruel a quien poder beneficiar, no harían trampas durante el sorteo. Hala, otro dato curioso que os regalo.

La monótona letanía se interrumpe cuando el infante encargado de cantar los premios saca del bombo correspondiente uno de los de más categoría (el mayor de todos es conocido como "el gordo" y a éstas alturas de la redacción me da pereza buscar a cuánto asciende en la actualidad). Es en ese momento cuando ambos chiquillos vocean a pleno pulmón número y premio varias veces mientras los asistentes reaccionan como si estuviesen presenciando por primera vez el gol de Iniesta en la final del mundial de Sudáfrica, en un momento que será viralizado y repetido hasta la saciedad horas después en los informativos de turno. Y en eso consiste básicamente el sorteo. Decidme vosotros ahora si os chuparíais una semana de cola para verlo en directo.

Aunque lo arriba descrito ni me vaya ni me venga a estas alturas de la vida, tengo que reconocer que la cantinela de los chiquillos entonando números y premios constituye para mí un entrañable ejemplo de magdalena de Proust. Y es que, al ser habitual que sorteo y comienzo de vacaciones de Navidad coincidan en el calendario, solía pasar esa fecha en mi juventud esquivando el último día de clase del trimestre y comprando regalos para mis familiares en diferentes tiendas del centro de Valladolid. Durante dichas compras siempre caía algún café con leche que me ayudase a combatir el frío vallisoletano, y como hay una ley no escrita que obliga a todos los bares a sintonizar un canal de televisión o emisora de radio que retransmita el sorteo, ser espectador u oyente del mismo me pillaba en un buen momento a nivel de salud mental.

Moñerías aparte, queda hablar del último detalle cronológico importante relacionado con todo esto. El sorteo ha concluido, los ganadores de los premios mayores están al tanto de ello y no hay un puto telediario que no abra la emisión de la tarde sin recoger imágenes de los mismos ante la puerta de las administraciones que vendieron los números agraciados descorchando champán, mostrando fotocopias del décimo de marras, declarando gilipolleces y mostrando una alegría en absoluto compartida por aquellos de nosotros que, envidiosos, seguiremos siendo pobres un año más.

A ver, es muy habitual que alguno de los muchos números adquiridos haya sido agraciado con algo de pasta, pero otra ley no escrita dice que ese dinero debe ser reinvertido, y esta vez perdido para siempre, en el sorteo de Lotería del Niño, que tiene lugar a su vez cada seis de enero. Pero éste no tiene tanta chicha como el de Navidad, así que podemos acabar aquí la entrada.

Licencia Creative Commons

viernes, 1 de diciembre de 2023

Yo vs. el alemán. Undécimo asalto

Ciento treinta y seis es el número de entradas que hay de momento en este blog, y treinta y siete es la edad que yo tengo desde hace un par de semanas. Si traigo a colación estos números es por dos motivos: el primero es que es muy probable que la historia con la que voy a comenzar hoy ya haya sido mencionada aquí anteriormente; el segundo es que a mi edad, me la pela.

Obviamente no siempre he sido así. Cuando contaba dieciséis añitos y mi cerebro estaba sin acabar, solía tomar decisiones de dudosa lógica fruto de lo fácil que era convencerme de cualquier mierda (reconozcámoslo: todos los que hemos vivido la adolescencia hemos sido gilipollas en mayor o menor medida durante dicha época) si se me ofrecía el estímulo adecuado.

En concreto, el estímulo que recibí una mañana de dos mil tres, mientras daba cuenta del tazón de Golden Grahams del desayuno, fue este estupendo anuncio que se estaba emitiendo en la tele de la cocina.

Para aquellos perezosos de vosotros a los que os cueste demasiado hacer click en un puto enlace y cargar el vídeo de Youtube, os contaré que el spot de marras anunciaba los Levis Type 1, un (por entonces) nuevo modelo de pantalón vaquero. Y a mí nunca me había interesado mucho la moda, pues era feliz vistiendo la ropa que mis padres tenían a bien comprarme en el Eroski o Carrefour de turno, pero no sé si fue por la banda sonora de fondo (que mola un huevo, todo sea dicho), por la puesta en escena, porque las costuras de los vaqueros parecen brillar en la oscuridad, o porque vi el anuncio tras una noche que pasé en vela estudiando para un examen de Matemáticas o Biología que acabaría suspendiendo irremediablemente, pero las pocas neuronas que aún no habían tirado la toalla para entonces empezaron a conspirar con el fin de que yo buscase la forma de meter un par de esos vaqueros en mi armario.

El que este comercial siguiese emitiéndose con regularidad durante los días sucesivos no ayudó a que me quitase tal idea de la cabeza, aunque lo que terminó de convencerme de una vez por todas fue encontrarme en persona con el conjunto de pantalón y cazadora en el escaparate de Parachute, una tienda del centro comercial que había cerca de mi casa. Contemplar aquellas dos prendas tras el cristal provocó que me lanzase irrefrenablemente al interior del local como si fuese un padre divorciado pasando por delante de un Sportium. Una vez dentro, pregunté a la dependienta que cuánto costaba aquel monumento hecho en tela vaquera, y me respondió que catorce.

Os aclaro: "Catorce", en dos mil tres, quería decir "catorce mil pesetas", pues aunque la vieja moneda llevaba ya un año fuera de circulación, aún no nos habíamos acostumbrado al euro. Y catorce mil pesetas equivalen a ochenta y cuatro euros, que si son un pastizal ahora, imaginad hace veinte años.

Ignorante de mí, quise saber si catorce era el precio por ambas prendas, y la dependienta, apiadándose de mi inocencia adolescente, me dijo que no, que cada una. Tan desorbitado precio, además de provocarme un ligero mareo, tiraba por tierra mis planes en lo que a vestimenta se refería, por lo que me limité a darle las gracias por la información y me largué de allí sintiendo que el capitalismo me había hecho pupita una vez más.

¿Sirvió el conocer el precio para disuadirme de mi empeño? Por supuesto que no. Hice entonces lo que siempre hacía cuando se me antojaba algo que no podía pagar: pedírselo a mi abuela. La sufrida pensionista, Dios la tenga en Su Gloria, accedió a apoquinar por la mitad del conjunto, así que yo me pasé semanas ahorrando para poder gastármelo todo de golpe como el padre divorciado del Sportium que he mencionado hace un par de párrafos. Cargado por fin con los casi ciento setenta euros (recordemos: de la época), volví al Parachute y solicité probarme pantalón y cazadora de la talla XL.

Objetivamente ambas prendas me quedaban de puta pena. Y es que yo tenía la complexión de un bicho palo: el pantalón era muy largo y además me sobraba de cintura, y mi cuerpecito no llenaba la cazadora. Por otra parte, una talla L quedaba muy corta vistiendo mis brazos y piernas de Slenderman, por lo que lo más inteligente en ese caso habría sido salir de allí con las manos vacías y ciento sesenta y ocho euros en el bolsillo. Sin embargo, la dependienta no estaba dispuesta a perder la venta, por lo que me remangó mangas y perneras (justificando su acción con un "ahora se lleva así", la muy miserable) y me sugirió usar un cinturón que, para sorpresa de nadie, hacía que el pantalón me quedase como si me acabasen de rescatar de un campo de concentración. Pero como yo era bastante tonto por aquel entonces, seguí aquellos consejos de estilo y salí del comercio vestido como un payaso.

Sin embargo, la historia termina de forma feliz, pues años de gimnasio y desayunos irlandeses han añadido volumen y peso a según que partes de mi cuerpo y, si bien es cierto que ahora me cuesta entrar en aquellos carísimos pantalones (aunque los conservo, pues nunca se sabe cuándo lo van a mandar a uno a un campo de concentración y, de ser así, podrían volver a valerme), la cazadora me queda bastante bien a día de hoy, constituyendo una interesante prenda con cierto aire retro para la temporada de entretiempo.

Ahora os estaréis preguntando: ¿por qué coño habla de esto en una entrada que, según el título, tiene que ver con lo mal que lo pasa para aprender alemán? Pero todo tiene una explicación, joder. Resulta que el otro día, mientras me encontraba en una fiesta de Halloween a la que acudí disfrazado de Mestre Ensinador porque no tengo vergüenza, recordé todo lo que os acabo de contar, así como el hecho de que ocurriese hace la friolera de dos décadas, y entonces pregunté con curiosidad a las personas con las que me encontraba cuál era el artículo de ropa más antiguo que conservaban.

Una chica austríaca del grupo procedió a responder, y aunque la conversación estaba teniendo lugar en inglés, mantuvo el nombre alemán original de la prenda de la que habló: un Dirndl. Nos contó que el Dirndl había pertenecido a su abuela, que su madre heredó este Dirndl años atrás y que, siguiendo la tradición, ahora era ella la dueña del susodicho Dirndl.

¿Que qué es un Dirndl? Esto es un Dirndl:

fuente: trachten24.eu
O como yo lo llamo: "el traje de sevillanas austriaco"

Vale, yo hasta entonces había visto decenas de Dirndl por aquí: portados por mujeres de todas las edades, expuestos en escaparates o simplemente en fotos e ilustraciones. Lo que no supe hasta ese momento es que este tradicional vestido se llama Dirndl. Yo no sabía ni que existía la palabra Dirndl. Este detalle explica por qué, mientras los demás integrantes del grupo seguían con ternura la historia de cómo aquel Dirndl había pasado de generación en generación hasta llegar a manos de esta chica, yo reaccionaba con incredulidad y estupor al escuchar el mismo relato.

Y es que, en lugar de "Dirndl", entendí "dildo".

Licencia Creative Commons

lunes, 7 de agosto de 2023

Bajo el polvo 7. Me cago otro poco en la puta tecnología

Teniendo en cuenta que la anterior entrada dedicada a enseñaros la morralla hallada en mi habitación vallisoletana apareció hace casi nueve meses (y en mi cumpleaños, por cierto), me imagino que el título de la que estáis a punto de leer os ha sentado como un guantazo. Si a estas alturas queréis una explicación de por qué he sido tan burro encabezándola, echad un ojo al post que publiqué en mi cumple entonces, que no quiero repetirme y si estoy poniendo enlaces es por algo.

Debido a mi afán milenial por adquirir cachivaches electrónicos, no bastaba con escribir una entrada dedicada a ello, y era necesario una segunda parte completando la saga dentro de esta epopeya como si esto fuese la última peli de Harry Potter, o la de Misión Imposible, o la de Los juegos del hambre, o la de cualquier saga cuyos productores hubiesen descubierto que sus seguidores son los suficientemente frikis como para dejarse sangrar los bolsillos por partida doble. Así que retomo el hilo y paso a hablaros de...

Esta traductora


Voy a ser sincero con vosotros. La persona que más disfruta de este blog leyéndose algunas de sus entradas una y otra vez soy yo (de hecho, más de un amigo mío ha reconocido que mis artículos "son demasiado largos", lo que les impide pasar del tercer párrafo de los mismos y me hace pensar con una frecuencia preocupante que necesito amigos mejores). Y una de mis favoritas es la que relata cómo a un compañero de clase se le jodió la tarde por culpa de su falta de nivel de francés y una traductora electrónica no muy eficiente durante uno de mis intercambios en Francia. Aunque no es de extrañar que aquello ocurriese, pues estos trastos eran, hablando en plata, una soberana mierda y no tenían apenas utilidad: su traducción se limitaba a palabras sueltas que no consideraban temas inherentes a un lenguaje como pueden ser la polisemia y otros conceptos de los que ahora no me acuerdo porque yo no es que prestase mucha atención en clase de Lengua (de hecho, una vez, en primero de bachillerato, se me cerraron los ojos un poquito mientras la profesora soltaba alguna turra sobre sintaxis. Cuando los volví a abrir, confuso, toda la clase me estaba mirando, y en ese momento la profe me soltó: "no me importa que te duermas en mi clase. Pero, por favor, no ronques"), lo que te deja en bragas si necesitas llevar a cabo una traducción simultánea.

Claro, este juicio lo puedo emitir ahora que tenemos aplicaciones en nuestros móviles capaces de convertir a cualquier idioma incluso nuestra voz con una capacidad de atinar en la traducción que ríase usted de C3PO. Pero a finales de los noventa esto no era así, y yo, con toda mi ilusión, hice que mis padres soltasen un pastizal por el aparato creyendo que aquello me abriría las puertas de una sesión de las Naciones Unidas, por lo menos. Y al final, si echo cuentas y divido el precio del cacharro entre todas las veces que lo usé, me habría salido más a cuenta contratar a un traductor para hacer lo mismo.

Esta agenda electrónica



Las mierdecitas con botones y tapadera son un fetiche para mí, por lo visto. Y creo que la culpa la tiene Casio, que nos engañó a todos en los noventa haciéndonos creer que una agenda de éstas serviría para ligar y todo. No pude hacerme con la nipona porque tenía un precio insultante, pero la de la foto que estáis viendo (de marca ELCO, que significa Electrónica de Consumo. Hasta hace poco tenían incluso página web y no me respondieron cuando les contacté vía formulario preguntándoles si me podrían arreglar una línea de píxeles muertos de la pantalla de la agenda) si que acabó en mi poder en cuanto la vi en el escaparate de una tienda del centro comercial Vallsur que echo especialmente de menos, pues de dicho establecimiento también salió mi Play Station One, más de un juego para Game Boy y el transistor Philips que me regaló mi abuela del que ya he hablado más veces y que algún cerdo miserable de mi instituto me robó (y una vez más aprovecho para declarar que, si descubro quien fue, le pienso hacer tragar sus propias tripas). Tengo que reconocer que la agenda estaba bastante bien (y lo que más me gustaba de la misma era que tenía luz. Yo en otra vida debí ser polilla o algo), aunque no le pude sacar mucha utilidad porque la adquirí en una etapa en la que no es que tuviese muchos planes. Pero eso sí, me vino DE LUJO a la hora de aprobar la asignatura de Física y Química de cuarto de ESO. Y es que me planté en el examen final con mi calculadora científica (esta sí que era una Casio y aún la conservo como oro en paño) y con la susodicha agenda. La extrañada maestra de turno me pidió una explicación ante tal despliegue tecnológico, y yo le dije con la mejor cara de niño bueno que puede que la calculadora con que contaba la agenda, al no usar notación científica, me servía de ayuda cada vez que me hacía la picha un lío al hacer cuentas con la Casio y obtener un "por diez a la nosécuantos" como resultado.

Lo que no le conté es que la misma agenda tenía una función de notas en la que me había apuntado todas las fórmulas y parte de la teoría que habíamos visto durante el curso.

Este móvil



En lo que respecta al primer móvil que cayó en nuestras manos, podemos dividir a los de nuestra generación en tres grupos: los hijos de yupis que obtuvieron el suyo heredado de algún mamotreto de sus papás pijos, los que tuvieron la potra de ganar uno de los muchos Alcatel One Touch Easy que sorteaba la marca de helados Camy y los hijos de sufridos padres de clase trabajadora que se dejaron engatusar por el capitalismo y se pensaron que este nuevo artefacto era esencial en sus vidas.

Adivinad a qué grupo pertenezco yo.

La cuestión es que se dieron un par de situaciones ligeramente complicadas pero que no fueron para tanto, en plan "voy a llegar tarde a casa o necesito que me vengan a buscar y no hay cabinas de teléfono por aquí para que pueda avisar" o algo por el estilo. Sin embargo, el hecho de que las mismas tuvieran lugar durante ese periodo de tiempo en el que fui especialmente gilipollas conocido como "mi adolescencia", propiciaron que calentase la cabeza a mis padres lo suficiente como para que aceptasen comprarme el puto móvil. Además, los vendían a pares ("Dúo de Amena". No sé si esto os desbloquea recuerdos) y mi madre se hizo con el otro, lo cual le hizo algo de ilusión también. Mi padre, por otra parte, no quería saber nada de móviles. Aunque, paradojas de la vida, hoy no le despegas del Whatsapp. Pero eso es otra historia de la que no voy a hablar aquí porque no es asunto vuestro.

Una de las cosas que me gustaban del celular (con funda incluida de ésas que pronto se convirtieron en complemento exclusivo para señores maduros con dudoso gusto estético) es que tenía un compositor de melodías. Y yo, que a pesar de que nunca he sido ningún experto en notación musical (lo que no me impide ser un poser de la hostia que se plantea hacerse un tatuaje alusivo del que igual os hablo con detalle otro día) y sé lo justo en lo que a corcheas y compases se refiere, me lo pasé teta creando mis propios tonos o buscando en internet ejemplos de canciones conocidas que sonasen con cada llamada y, durante el proceso, descubriendo la música de Vangelis, pues varios de sus temazos aparecían a menudo entre los resultados, mira tú.

Este primer aparato (Ericsson A1018, por cierto. Aunque yo lo llamaba "Ericsson A-diez-diezytocho" por razones obvias) fue reemplazado por el Nokia 3310. Después vendría el Nokia 3510i (que fundí a base de instalar politonos descargados de Movilisto, pues gracias a un bug con un juego de Amena obtuve un pastizal en saldo que me gasté en gilipolleces porque soy así de listo), luego otro Nokia más gordo al que pude instalar un juego en Java que programé como proyecto de FP (era una variación del comecocos en el que los fantasmas eran bebés. Lo llamé Supernanny killer). También tuve un LG con teclado QWERTY desplegable que incluía una edición del juego Burger Time al que dediqué más tiempo del que debía (y así me lució el pelo en la facultad). Y después aparecieron los smartphones y se jodió la nostalgia porque cada uno es igual que el anterior pero más grande y más rápido.

Todos estos artilugios tienen en común que me dieron un buen servicio y que yo les saqué a los mismos bastante partido. Por ello, he omitido otro teléfono que tuve y que se merece, no sé muy bien por qué, su propio apartado.

Este otro móvil



Como si de un inversor idiota que adquiere un bien y lo atesora a la espera de que se revalorice, aproveché la promoción de Lacasitos para poder hacerme con el Motorola W377 de la foto. Una vez lo tuve en mis manos, lo encendí para confirmar que funcionaba, dejé que su batería se consumiese por completo y lo volví a guardar en su caja, contando con que su precio aumentaría muchísimo con el paso del tiempo.

Al final, lo único que aumentó con el paso del tiempo fue mi nivel de azúcar en sangre, habida cuenta de la cantidad de Lacasitos que me tocó comprar y jalarme después para poder adquirir el trasto (os voy a dar una pista del número de tubos: rima con "cinco" y está entre 74 y 76). Y no, no os puedo hablar de si funcionaba bien o mal porque, tal y como he descrito en el anterior párrafo, jamás hice uso del mismo. De todas formas, han pasado quince años de aquello, por lo que lo suyo es, llegados a este punto, continuar la tendencia y no tocarlo en otros quince, por lo menos, para entonces descubrir que seguramente no sea posible ni encenderlo. La obsolescencia programada es lo que tiene, chicos.

Este beeper



Viendo que los teléfonos móviles empezaban a asomar la patita, y vaticinando que la tecnología SMS provocaría que Movistar se tuviese que comer con patatas un excedente brutal de chismes como el de la foto, los de la compañía telefónica se hicieron amigos de los del departamento comercial de Coca Cola y supusieron que en España habría algún que otro pardillo capaz de hacerse con un buscapersonas. Y ahí estaba yo, dispuesto a darles la razón.

Para poder adquirirlo había que trincarse quince botellas de medio litro del líquido negro con burbujas (eso son ochocientos diez gramos de azúcar, pero por aquel entonces nos daba igual), retirar del interior de sus tapones sendas láminas de goma azul que hoy en día ya no tienen y llevarlas a una tienda de electrónica sita en el vallisoletano barrio de Pajarillos. Esto último lo hizo mi padre. Y lo de pagar mil quinientas pelas a mayores por el cacharro, también lo hizo él.

Si habéis visto alguna peli o serie americana (cómo no) ambientada en hospitales, coincidiréis conmigo en que lo del busca mola un huevo cuando se da la típica escena en la que al facultativo de turno le pita la cadera y en la pantallita del aparato se muestra el código de emergencia de marras que le hace salir cagando leches mientras suena música intensa.

Pues bien, decidme ahora qué tiene de intenso que un niño de Valladolid tenga un puto busca. Lo más interesante que me pasó fue que durante los primeros meses recibía mensajes promocionales y gracias a uno de ellos gané un frasco de colonia Puzzle. Eso, y que uno de los chicos con los que produje y representé una función de marionetas para niños también tenía uno, y nos coordinábamos a través de esta clase de mensajes. Lo cual, por otra parte, era bastante absurdo porque había que llamar a un teléfono de tarificación especial (es decir, caro de cojones), y luego dar el número de busca del destinatario y dictar el mensaje al operador u operadora de turno. Algo que, las cosas como son, habría sido más eficiente resolver llamando de fijo a fijo.

Pero es que eso no molaba. Lo que molaba, o eso creíamos, era buscar la forma de tener el aparato más innecesario posible. Y yo, como acabáis de ver, me dediqué en cuerpo, alma y cartera (cartera de mis padres, más bien) a creer que molaba mucho durante gran parte de mi infancia y adolescencia.

Hasta otra, que ya casi hemos acabado.

Licencia Creative Commons