lunes, 27 de febrero de 2017

Senectud, divino tesoro

El otro día fui a cortarme el pelo. Sé que le doy muchas vueltas a este tema, pero tengo un motivo para hacer algo así. Y es que éste es mi puto blog y aquí se habla de lo que me sale de los huevos. Siempre que a la Fiscalía le parezca bien, claro está.

Como ya deberíais saber más que de sobra, lo de cortarme el pelo me produce una angustia terrible. En esta ocasión, mientras el peluquero (un amable muchacho turco al que le rugía el estómago como si se hubiese tragado vivo al león de la Metro) me convertía a base de tijera en una mezcla entre Nerón y un granjero irlandés por un malentendido con las instrucciones que yo le había dado antes de que comenzase su tarea, decidí que la mejor forma de evadirme de aquel mal rato podría ser pensar en gente que hubiese pasado por situaciones peores.

Y me acordé de todo (bueno, de todo no, que no soy Rainman) lo que cuenta Arturo Pérez-Reverte en Territorio Comanche. Para quienes aún no hayáis leido esta obra, en ella habla de sus años como reportero de guerra, y de episodios por los que tuvo que pasar que son ligeeeeeeramente más chungos que mis cortes de pelo, definiendo el tal territorio comanche como "allí donde, aunque no ves a nadie, sabes que te están mirando. Donde no ves fusiles, pero los fusiles sí te ven a ti".

Y mi cerebro, que funciona como la Wikipedia, con páginas que tienen enlaces a otras páginas que tienen enlaces a otras páginas que tienen... y que hacen que, tras empezar buscando información sobre el Desastre de Annual acabes sin saber por qué descubriendo a Víctor Ardisson (si no pongo enlace, por algo será), relacionó lo de "aunque no ves a nadie sabes que te están mirando" con mi barrio, lleno de casas molineras cuyas ventanas pobladas de cortinas y visillos solían esconder a viejas que no tenían nada mejor que hacer que escanear a quienes pasábamos por allí mientras esperaban a que se les cociesen los garbanzos en la olla.

Y fue entonces cuando, queriendo relacionar entre sí todo lo anterior, mi cerebro hizo una selección de mi base de datos de recuerdos dignos de aparecer en este blog a la que añadió los filtros "viejas", "pasarlo mal" y "café" (lo de café no sé a qué venía, pero bueno), obteniendo dos resultados, a cual más cruelmente desternillante.

El primero tuvo lugar en un Starbucks de la Gran Vía madrileña. Por cierto, la primera vez que estuve en un Starbucks, pedí mal. Me explico. Yo lo que quería era un bidón de café en vaso de cartón para ir haciéndome el guay por la calle, pero como no tenía ni idea de cómo iba aquello ni el dinero suficiente para pagar las cantidades astronómicas que cuesta de media un café en ese sitio, pedí lo más barato: un expreso. Y me pusieron un triste chupito de café.

Mi segunda visita (durante la cual ocurrió lo que os estoy intentado contar) fue casi tan decepcionante como la primera, pues aunque esta vez sí que me pesaban los bolsillos, aún no controlaba la mercancía, y me pedí un frapuchino, por lo que la siguiente hora la pasé tirado en uno de sus sofás ante un granizado de café, que no era lo que quería (pero tranquilos, que la tercera vez me hice mayor y desde entonces siempre acierto con el pedido. Es más, el artículo de fauna ibérica lo escribí al calor de un americano con hueco para un chorro de leche). Pues bien, mientras el brebaje helado me congelaba el cerebro, un grupito de señoras mayores entró en el establecimiento, tomando al asalto, nada más cruzar la puerta, una de las mesas próximas a la mía. Y allí se quedaron las viejas, esperando.

Al rato, una de las camareras, que estaba recogiendo vasos y tazas por el local, pasó al lado de las abuelas, lo que fue aprovechado por una de ellas para espetarle un "Oye, niña, ¿nos atiendes?". Efectivamente, tanto la frase como la entonación utilizada por su autora estaban sacadas de lo más profundo de los años cincuenta del pasado siglo. No obstante, la "niña", sabiendo que aquellas mujeres se encontraban fuera de lugar y de época, no se achantó, y aunque el "No. A la cola" con el que respondió fue muy escueto, estaba cargadísimo de regodeo milénico. Fue entonces cuando todas las viejas, al unísono, entonaron con su voces de pito un "AAAAAYYY" que encerraba un "Esto con Franco no pasaba", un "Cómo está el servicio", un "Qué vergüenza, qué vergüenza" y muchas otras frases que en mi cabeza siempre suenan con la voz de Chus Lampreave (Dios la tenga en Su Gloria). Como era de esperarse, todas ellas se levantaron de aquellos asientos que llevaban calentando cuarto de hora, pero no para acercarse al mostrador a pedir, sino para salir a la calle y buscar otro establecimiento que aún respetase el clasismo al que estaban acostumbradas.

El sonido de la máquina de afeitar del turco acercándose a mis sienes me sacó de aquel recuerdo, pero una vez me hube cerciorado de que no iba a matarme, eché mano del segundo resultado de mi búsqueda, esta vez ubicado en una pequeña cafetería de Valladolid de la que estoy profundamente enamorado desde un punto de vista hostelero: el café es barato y sabe bien, el personal te atiende siempre con una sonrisa (he de aclarar que durante mi adolescencia frecuenté varios bares de la capital vallisoletana en los que camareros y camareras me miraban con desprecio por mi aspecto de mocoso de clase media-baja, cosa que nunca ocurrió aquí), es posible disfrutar de deliciosa bollería industrial y del último ejemplar de la revista Interviú mientras se ingiere el café y, por encima de todo, fue uno de los poco bares en los que el dueño, pudiendo elegir en 2006 si prohibir o no fumar en el interior del local, decidió colgar en la puerta este cartel tan magnífico:

fuente: eltabacoapesta.com
A fumar a la puta calle

El problema del bar es que es muy pequeño para lo maravilloso que resulta, por lo que los sitios en las mesas del fondo suelen escasear, y hay veces en las que toca quedarse de pie junto a la barra. Pues bien, fue en esa misma barra donde, una tarde de otoño, pude contemplar la mayor fe de erratas sufrida por un grupo de viejas consumidoras de café. A saber:

Donde debía decir "vamos a pasar TOOOODA la tarde consumiendo un único café en un sitio muerto", dijo "el sitio está lleno de gente y barullo y aquí no se puede estar mucho rato".

Donde debía decir "tomemos una mesa durante tres horas", dijo "no hay mesas libres y nos toca acodarnos en la barra durante diez minutos antes de salir en busca de otro bar".

Donde debía decir "un café con leche en vaso de cristal", dijo "un café con leche en una bonita taza de porcelana" (por lo visto, la gente mayor considera que los lavavajillas no son tan buenos exterminando los gérmenes que pueblan la porcelana y por eso prefieren los vasos de cristal. Cuando me haga viejo del todo os lo confirmo).

Donde debía decir "SIN CREMA", dijo "no vas a ver el café bajo la capa de dos kilómetros de crema que va a coronar la taza" (otra manía que tienen los viejos y para la que no tengo explicación aún).

Donde debía decir "me pones el café a una temperatura capaz de fundir el recipiente, el mostrador y el suelo vallisoletano bajo mis pies de vieja y causar un Síndrome de China", dijo "un café no demasiado caliente, que aquí se lo servimos habitualmente a gente que aún conserva la sensibilidad dentro de la boca y no gusta de quemarse al bebérselo".

Así que podéis imaginar las caras de decepción y cabreo del trío. La que estaba más cerca de mí, con furia en la voz, le soltó a la camarera "Niña, no tendrás un microondas para calentar el café, ¿no?" (lo de "niña" es obligatorio, ya lo habéis visto). La camarera, creyendo que la señora estaba bromeando, soltó una leve carcajada mientras agitaba la cabeza a un lado y a otro y se alejaba en dirección a la máquina de café para preparar más tazas enormemente sacrílegas desde un punto de vista anciano. La vieja, que no estaba en absoluto de broma, abrió el sobre de azucar entre temblores y, debido a su estado iracundo, no pudo evitar dejarlo caer dentro de su taza mientras lo vertía, lo que provocó que su expresión pasase del odio a la angustia. Tras varios torpes intentos de rescatar al sobre de aquella trampa de arenas movedizas que suponía la crema del café, recuperó el odio que había dejado aparcado por momentos y decidió sepultar al infeliz sobre dentro de la taza, apuñalándolo repetidas veces con la cucharilla. Yo, mientras tanto, disfrutaba como un enano y enterraba mi cara entre las páginas de la Interviú para evitar que aquella mujer descubriese que me estaba meando de risa a su costa.

Al final, las tres señoras se fueron de allí dejando tres cafés (uno de ellos con sobre de azúcar vacío incluido) a medio consumir, habiendo pasado dentro de uno de mis bares favoritos de Valladolid menos tiempo del que el peluquero turco dedicó a destrozar mi pelo a base de máquina de afeitar y tijeras. Y mucho menos aún del que habéis tardado en leer esta entrada, ansiosos.

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lunes, 20 de febrero de 2017

Filosófame ésta

A mi profesora de Filosofía de bachillerato le gustaba guiarse por el libro de texto. Le gustaba DEMASIADO. Cierto es que dichos libros le costaban un dinero a mis padres cada septiembre y el transportarlos de casa al colegio/instituto y del colegio/instituto a casa me suponía un esfuerzo físico remarcable, por lo que era de agradecer que el maestro de turno nos los hiciese abrir de vez en cuando. Sin embargo, la obsesión de esta mujer era enfermiza. Pretendía seguir al pie de la letra todos y cada uno de los textos, por lo que sus alumnos nos veíamos obligados a memorizar hasta los pies de foto para no obtener mala nota en los exámenes.

Os podéis imaginar sus clases. Básicamente consistían en un ejercicio de lectura en el que bien ella, bien algún alumno designado, recitaba en voz alta la página correspondiente a la lección del día, sin apenas dar pie al debate o la participación. En parte, esta profesora me recordaba a cierta hormiga de la película Bichos.

Y no sé a vosotros, pero eso a mí me parece un coñazo. Por ello, a los diez minutos de comenzar cada una de sus tres clases semanales (que para más inri solían tener lugar a primera hora de la mañana), yo ya estaba mirando por la ventana, dibujando pollas en mi cuaderno (porque todos hemos pasado por ello en algún momento de nuestra etapa adolescente) o haciendo el imbécil con el compañero que tuviese más a mano en ese momento. He de reconocer que mi comportamiento no era el más adecuado, y cuando una de mis impertinencias acabó finalmente con la paciencia de la profesora, ésta procedió a castigarme de forma ejemplar. Con toda la razón por parte de la sufrida funcionaria, la verdad sea dicha.

En lugar de mandarme al pasillo (algo que, por otra parte, el resto de mis profesores hacía con relativa frecuencia), me obligó a que explicase a mis compañeros, durante las dos siguientes clases, el tema 2 del libro: Platón (el tema 1 correspondía a Sócrates, aunque seguro que los frikis de la Filosofía ya sabíais esto). Así, la profesora (a quien, por cierto, llamábamos Piglet porque no pasaba del metro cincuenta y el color de su piel era muy rosáceo para un ser humano) contaba con que yo memorizase dicho tema durante la tarde de aquel puñetero lunes y las dos siguientes y fuese capaz de repetir todo, sin saltarme una coma, el jueves y el viernes. Y como está bastante claro que yo no soy uno de esos niños de la India capaces de repetir chorrocientasmil cifras del número pi sin equivocarse, mi maestra podría humillarme delante del resto de alumnos a la primera metedura de pata que cometiese mi cerebro escaso de capacidad mnemotécnica.

Pero yo no me tomé aquello como un castigo, sino como un desafío y una oportunidad. Tenía en mis manos la posibilidad de cambiar la forma en la que estudiábamos aquella materia (al menos durante un par de horas. Algo es algo), pudiendo darle un giro excepcional y convirtiendo los pesados sermones a los que nos tenía acostumbrados en un interesante debate participativo en el que todos aprendiésemos algo útil. "Y, ¿no será que eso precisamente es lo que buscaba la profesora?" estaréis pensando algunos. "Qué coño iba a ser eso", os respondo yo.

Y me puse a la tarea. Tras echar un ojo a lo que el libro de Filosofía decía acerca del simpático bujarrita ateniense, procedí a preparar dos clases que dejarían a mi profesora con el culo torcido. Me pasé las tres tardes encerrado en la biblioteca municipal más cercana a mi casa (porque por aquel entonces Internet no era lo que es), ampliando toda la información relativa al filósofo, elaborando guiones, dibujando esquemas que pudiese reproducir en la pizarra y buscando la forma de hacer más comprensible el mundo platónico. Cuando revisé lo que había hecho la tarde del martes, supe que todos mis compañeros, sin importar su nivel de estupidez, acabarían comprendiendo y aprendiendo lo que ponía en el tema 2.

Pero lo mejor vino la tarde del miércoles, mientras buscaba la forma de hablar sobre el Mito de la caverna (Alegoría de la caverna para los más tocapelotas) a mi público adolescente: puesto que el libro explicaba este apartado de forma engorrosa y aburrida, decidí que lo mejor sería utilizar un símil más actual. Al fin y al cabo, Platón no hizo otra cosa que crear una historia ficticia con los medios de la época para explicar un concepto, y si el concepto estaba claro en todo momento, no habría nada de malo en valerse de los medios disponibles en el siglo XXI para poder elaborar el relato, ¿no?

Y entonces tuve clarísimo que las hermanas Wachowski (si a alguien le molesta que me dirija a ellas con el género que se identifican en lugar de con el sexo que han nacido, puede venir a comerme los wachowskis) iban a servirme de ayuda con el colofón de una clase de filosofía que, in my mind, se antojaba poco menos que épica. Efectiviwonder, además de toda clase de debates y formas de participación, mi clase incluiría la visualización de un fragmento de la película Matrix, con Morfeo dándole la brasa y las pirulas a Neo, y éste sufriendo un mal viaje de ácido hasta terminar como uno de los aliens de Toy Story.

fuente: Warner Bros
El gaaaanchooo

Reconocedlo, la analogía que hay entre la película y el mito de Platón es más que evidente, Matrix por sí sola mola un huevo, y encender una tele en clase siempre ayuda a despertar a los alumnos más empanados. Además, todo aquello que huela ligeramente a ciberpunk me la pone gorda, y yo quería dar un toque de mi propio gusto a la exposición que comenzaría el día siguiente.

Y entonces llegó el jueves.

Y yo me dirigí al instituto, con mi taco de apuntes y mi cinta VHS de Matrix en la mochila.

Y la profesora de filosofía entró por la puerta del aula.

Y me preguntó que si estaba listo para dar la clase en su lugar.

Y le dije que por supuesto, pero que iba a necesitar traer el mueble con la televisión y el vídeo del cuarto de audiovisuales.

Y le enseñé la cinta.

Y ella me hizo morir un poco por dentro:

—¿Por qué quieres poner la cinta de Mátrips (Os juro que lo pronunciaba así. Me acuerdo perfectamente)?

—Porque me parecería interesante analizar el Mito de la caverna usando material actual. Y hay una escena de esta película que lo representa muy bien. Pero no se trata sólo de ver la escena. También he preparado una serie de preguntas y puntos que quiero que analicemos en grupo después de verla para que los conceptos queden bien claros a todos.

—Bueno, pues si tus amigos y tú queréis ver Mátrips, quedáis este sábado en tu casa y veis Mátrips tranquilamente. Pero aquí no tienes por qué poner Mátrips.

—A ver, que no se trata de ver una película como si esto fuese un cine, que lo hago para poder enfocarlo desde...

—Que no vamos a ver Mátrips. Y ahora abre el libro y empieza a explicar el tema.

En ese momento eché un vistazo a la carátula y me pareció ver que, aprovechando que se cubría tras un negraco tan imponente como Laurence Fishburne, Joe Pantoliano se estaba descojonando en mi puta cara.

fuente: Warner Bros
Vete a ver Mátrips a tu casa, pringao

Y así fue como mi intención por darle un poco de vida a aquella asignatura que profesores como la que me había tocado hacían tan aburrida, junto con tres tardes de trabajo y un taco importante de apuntes y esquemas se fueron a la basura. La cinta no la tiré, no jodáis, que me costó una pasta. De hecho, creo que aún se conserva en algún rincón de casa de mis padres. Totalmente desilusionado, comencé a hablar de Platón ajustándome al temario y con una voz tan triste que haría quedar a Calimero como la alegría de la huerta, importándome una mierda si lo que estaba diciendo era correcto o no. De todas formas, las interrupciones y aclaraciones de la profesora se hicieron tan frecuentes, que lo que hice aquellos dos días fue, básicamente, dejar que ella diese la clase sentada en mi sitio. Qué bajona, ¿no?

El epílogo de esta historia tuvo lugar un par de meses después, cuando tuve que hacer el examen parcial de la asignatura, pues cayó Platón. Y yo, en cuanto tuve la hoja del ejercicio en mis manos, miré fijamente a mi profesora entrecerrando los ojos en plan peli del Oeste, hice crujir mis dedos entre sí, agarré el boli, escribí mi nombre en lo alto del examen (porque eso es lo primero que hay que hacer siempre, niños) y describí, punto por punto, el tema tal y como yo lo habría querido explicar durante aquellas dos clases que pudieron ser y no fueron. Mientras mis compañeros trataban de reproducir con la mayor fidelidad posible el texto del libro, yo buscaba la forma de hacer justo lo contrario, poniendo especial cuidado en que ninguna frase de mi ejercicio tuviera nada que ver con el estilo de aquel tocho infumable. Cité fuentes externas, resalté puntos clave reforzando los mismos con la ayuda de todo el material de apoyo que la biblioteca pública Rosa Chacel había puesto a mi disposición durante aquellas tres tardes de otoño y, cómo no, llevé a cabo una fabulosa comparación entre el Mito de la caverna y la cinta wachowskiana que habría hecho que Carlos Pumares, Antonio Gasset y Carlos Boyero se peleasen por conseguir mi examen para poder tocarse al leerlo. En las dos horas que tuve para terminar, no levanté la cabeza del papel ni dejé de escribir y, cuando fue el momento de hacer entrega de la prueba, lo hice con el orgullo de quien sabe que ha hecho lo que tenía que hacer, por muy grande que fuese la hostia calificativa que iba a llevarme después.

Nueve y medio. La Piglet me cascó un puto nueve y medio. He de reconocer que después me arrepentiría de no haberme fijado en la cara que puso al hacerme entrega del examen corregido, pero en aquel momento estaba demasiado ocupado convenciéndome a mí mismo de que aquel 9,5 junto a mi nombre no era un espejismo. Una vez recuperado de mi estupor, me dediqué a buscar alguna corrección que explicase por qué mi profesora juzgaba que yo no merecía marcarme un Nadia Comaneci a nivel estudiantil. Y entones lo encontré: en aquel texto impoluto al que no había nada que añadir ni que quitar que era mi ejercicio, una marca dibujada con el trazo enervado de una profesora que sabe que ha perdido la batalla contra uno de sus alumnos más hijoputas rodeaba varias veces en color rojo fuego la palabra mátrips.

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lunes, 13 de febrero de 2017

Mi gata y otro gato no me dejan dormir (y II)

La semana pasada narré los primeros días de la visita de Bowie a nuestra casa, y parecía que la inicial indiferencia que existía entre el gatito y mi gata se estaba transformando en una especie de odio visceral. A continuación, la conclusión de esta historia gatuna.

Miércoles


Esta mañana no ha llovido, así que no me he escapado de salir a correr. Cuando he vuelto y le he dejado salir un rato, Arya lo ha celebrado correteando por nuestra calle. Después, mientras mi novia y yo desayunábamos, Arya y Bowie han confirmado que son los nuevos Pepa y Avelino y han estado de bronca escaleras arriba y escaleras abajo, por lo que hemos considerado conveniente el aislarles el uno del otro durante el día.

Cuando he llegado a la oficina, el paquetazo con todas las bolsas de comida de gato estaba esperándome. Sin embargo, en lugar de cuatro bolsas de "Royal Canin Sterilised Appetite Control", tan sólo había una, junto con otras tres de "Royal Canin Sterilised Appetite Control +7". Y Arya sólo tiene dos años, por lo que esa comida no es para ella (aunque, con lo zampabollos que es, intuyo que no le haría ascos). He escrito un correo a la tienda de comida de animales comentándoles la jugada y me han respondido al momento diciendo que lo sienten muchísimo y que mañana o pasado mañana mandarán a un mensajero para que cambie lo que he recibido por la comida apropiada.

Lo que le faltaba a la pobre Arya, que le llamasen vieja.

El resto del día no ha tenido nada de especial. He vuelto a casa moviéndome como un pato (porque los miécoles es día de hacer pierna en el gimnasio) y Bowie ha estado cariñoso la mitad de la tarde (mientras Arya estaba fuera) y puteador la otra mitad (una vez que Arya había vuelto).

Una cosa de la que me he dado cuenta es que el grosor de los arañazos de ambos gatos es ligeramente distinto (lo cual tiene sentido, dada la diferencia de edad). Para que os hagáis una idea, si estos gatos fuesen los rotuladores Rotring que os hicieron comprar para la clase de Plástica de tercero de ESO (y que no volvísteis a utilizar JAMÁS), Arya sería el 0,8 y Bowie sería el 0,2. Me explico, ¿no?

Bowie naranja araña fino. Arya cristal araña... Bueno, Arya ahora mismo no araña porque estos días está muy mansa, la pobre. Pero os aseguro que deja unos surcos de la hostia

Ambos gatos dormirán separados esta noche, que no queremos que esto acabe como el rosario de la aurora.

Jueves


La función alarma de mi flamante móvil BQ Aquaris E4.5 (La E es de "ébola") ha vuelto a despertarme a las seis y un minuto (con esta canción tan bonica de Vangelis), y aunque en la calle estaba lloviznando, he decidido salir a correr, pues Arya me estaba dando ánimos con sus maullidos. Cuando he vuelto a casa, mi gata ha salido escopetada en dirección a la casa del vecino de enfrente para acto seguido hacerle sus necesidades en la puerta. Y yo lo he celebrado, pues ese vecino no me cae nada bien, Es que el muy cerdo se planta en la puerta de su casa casi todos los sábados a las nueve de la mañana y habla a gritos por el móvil durante un par de horas, jodiéndome un sueño que sólo mi gata tiene el privilegio de poder joderme. Así que bien cagado, Arya.

Durante el desayuno, Arya y Bowie han continuado en plan Kramer contra Kramer. Bueno, aquí me estoy columpiando un poco porque no sé muy bien de qué va esa peli. Creo que trata sobre un matrimonio que se está divorciando, por lo que la comparación tendría sentido. De todas formas, ya tengo deberes para el fin de semana, que Dustin Hoffman me gusta como actor (lo petó en Tootsie, las cosas como son). Pues eso, que mi novia y yo hemos vuelto a dejar a los dos gatos separados y nos hemos ido a currar mientras disfrutábamos del viento y la lluvia que Irlanda tiene a bien arrojar con desprecio sobre sus habitantes de cuando en cuando.

No ha venido nadie a la oficina a recoger la comida de gato viejo que recibí ayer por error, pero al menos he recibido una cazadoraca que compré por internet hace unos días a muy buen precio. Sé que esto no tiene nada que ver ni con Arya ni con Bowie, pero me apetecía fardar de chupa.

Ladies, hold your orgasms

De vuelta en casa, tras una agotadora jornada laboral y una no menos agotadora sesión de gimnasio, hemos logrado cenar de forma apacible y sin broncas gatunas gracias a un fortuito descubrimiento: como es habitual en los gatos, a Bowie le desagrada todo lo cítrico (Arya, por el contrario, es una zampabollos a la que hay que apartar del fregadero cada mañana para que no se líe a lengüetazos con los restos del exprimidor de naranjas), así que rodear a Arya, que dormitaba en el sofá, con un cerco de pieles de mandarina ha sido un efectivo apaciguador.

Teniendo en cuenta que ahora mismo hay paz entre gatos, es buen momento para irse a la cama.

Vale, voy a hacer caso a mi novia y me voy a quitar la cazadora para dormir.


Viernes


Hay veces que Arya se salta su rutina porque sí. Como hoy, por ejemplo, que me ha despertado a las cinco de la madrugada en lugar de esperar a que mi alarma sonase, que es lo que suele hacer habitualmente. A pesar de que este contratiempo me ha restado muchos minutos de sueño, aumentando un cansancio que llevo acumulando desde principios de la semana y que a estas alturas podríamos catalogar dentro de la categoría "de cojones", he decidido salir a correr. Como curiosidad, he de destacar que, mientras atravesaba una Ailesbury Road (la calle de las embajadas) totalmente desierta a esas horas (lo cual, si todas las embajadas tienen el mismo horario y el mismo ritmo de trabajo que la española, está totalmente justificado), se me ha cruzado un zorro. Y no es ninguna metáfora. Un zorro de los de verdad, con sus cuatro patas, su cola alargada y sus orejas puntiagudas. No es la primera ni la segunda vez que veo un zorro por la calle en Dublín, pero me sigue pareciendo curioso, qué queréis que os diga.

Cuando he llegado a la oficina por la mañana, el pedido de comida (ahora sí, correcto) ya había llegado, por lo que me ha tocado cargar con seis kilos de Royal Canin Sterilised Appetite Control a la espalda al volver a casa. Y lo he hecho encantado, porque por Arya cargo con lo que haga falta. De todas formas, tenía pensado quedarme a tomar un café con un muffin (no digo "magdalena" porque aquí se llaman así) de tofe, pero como no quedaban (algún día hablaré en detalle de por qué a veces no puedo evitar relcionar los conceptos "Irlanda" y "carestía") he llegado pronto a casa, y me he trincado un trozo de turrón de chocolate blanco (porque aún conservo una cantidad de dulces navideños nada despreciable) acompañado de un café con Baileys dignos del mismísimo Jehová.

Y como llevo varios días escuchando archivos de Histocast, permitidme que se me termine de ir la olla y os dé un parte de guerra, pues BOWIE HA ROTO EL CERCO: a pesar de los esfuerzos llevados a cabo por Arya en su intento de mantener una línea defensiva sobre el extremo del sofá, reforzada por varios gajos de mandarina dispuestos de forma estratégica a lo largo de la frontera con la intención de repeler todo ataque proveniente de su enemigo, Bowie ha logrado, tras una campaña de guerra relámpago, sobrepasar dichas defensas. Tras esta rápida acción, el gato ha conseguido establecer una cabeza de puente en el territorio anteriormente ocupado por Arya para, acto seguido, propinarle un zarpazo en el culo al que la gata ha respondido con un bufido y una huída descontrolada escaleras arriba.

Sí, necesito dormir. Así que me voy a la cama, no sin antes separar a estos dos animales.

Sábado


Creo que no he descansado lo suficiente, pues he provocado una situación bastante curiosa que habría evitado de haber estado más lúcido cuando Arya ha tenido a bien despertarme para pedir el desayuno.

Me explico: una vez he bajado a la cocina y he depositado la comida de los dos gatos en sendos cuencos (Royal Canin Sterilized Appetite Control para Arya y Royal Canin Mother & Babycat para Bowie), he vuelto a cerrar la puerta de la cocina, para así dejarles desayunar separados y evitar broncas, y me he vuelto a la cama. Todo normal, ¿no? Pues no, pues cuando he vuelto a levantarme, unas horas después, he descubierto que había dejado a cada gato en la habitación que no le correspondía, lo que se ha traducido en un intercambio gastronómico del que ambos han disfrutado sin rechistar (los cuencos estaban limpios, oye).

Tras esto, mi novia y yo nos hemos acercado al centro a ver Hacksaw Ridge (se nota que la mano de Mel Gibson anda detrás de esa peli, pues no falta la sangre en unas escenas que, por otra parte, reconstruyen muy bien un campo de batalla. Y sé de lo que hablo, que mi casa estos días se parece bastante) y a comer una hamburguesa a un sitio que se llama Bobo's (algo que a la parte de mi cerebro que dejó de desarrollarse cuando cumplí siete años le hace mucha gracia).

Cuando hemos vuelto a casa, Arya estaba deseando salir y tomar un poco de aire que le hiciese olvidarse por momentos del trasto con el que está conviviendo, y mi novia y yo hemos visto la peli de Kramer contra Kramer mientras cenábamos. Tal y como sospechaba, Dustin Hoffman está sensacional y la cinta (porque en Isla Viejuna a las películas las llamamos "cintas") es muy muy buena. Además, tiene los tres elementos que hacen que una película me guste especialmente: fue rodada en los setenta, transcurre en Nueva York y el protagonista es un puto yupi que lo pasa mal. Y, mientras, Bowie secuestrando mi regazo una vez más.

Durante ese rato he pensando que no sé por qué el bicho se llama Bowie, pues su dueña no nos lo ha dicho. Quizá sea porque tiene un punto glam con esas patas de un color diferente al resto del pelaje que parecen calentadores. O quizá sea por el pelazo. Sí, es el pelazo. Este gato es Jareth, el rey de los goblins, y no se hable más.

You remind me of the babe. What babe? Babe with the power. What power? Power of voodoo...

La peli ha terminado bastante tarde, y yo he pensado que esta vez sí, Arya ha hecho las maletas y nos ha mandado a la mierda. Bastante preocupado, me he puesto la cazadora con la intención de pasar la noche recorriendo la calle mientras berreaba su nombre, y en el momento en el que he salido por la puerta, ella ha aparecido por la ventana.

La madre que la parió. Me voy a dormir.

Domingo


Ha sido muy extraño, pero Arya hoy nos ha dejado dormir hasta las diez. Después de levantarme, les he puesto el desayuno a los dos y he intentado sacarles algunas fotos, pero han salido todas movidas, pues yo no soy un buen fotógrafo y estos dos bichos son puro nervio. Después, mi novia y yo hemos ido a desayunar a una cafetería que tenemos cerca de casa y que está haciendo el agosto con nosotros, y el resto del día lo hemos dedicado a recoger la casa y a preparar comidas para la semana que viene. Algo tan aburrido que no merece la pena que lo describa aquí.

Qué le voy a hacer. Estoy un poco de bajona. Y no porque haya descubierto ligeramente horrorizado que, a pesar de haber intentado dar a Arya una educación socialista y solidaria, haya resultado tener en casa a una Ayn Rand con bigote y rabo. Quiero decir, a una Ayn Rand. Lo que ocurre es que mañana Bowie se vuelve a su casa, y puedo imaginarme cómo será el día: me levantaré a las seis y un minuto y saldré a correr (esta vez no iré solo, pues mi novia se ha apuntado a esto de sufrir en ayunas cada mañana), después pedalearé al trabajo y, tras varias horas sentado delante del ordenador, volveré a mi casa para encontrármela un poco más vacía de lo que ha venido siendo habitual estos días, pues se habrán llevado a Bowie antes de que llegue yo, y para entonces ya estaré echando de menos al pequeño rey de los goblins.

Arya, no. Arya estará encantada de que ese renacuajo se haya largado de una puta vez.

Esta foto es maravillosa Y LO SABÉIS

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lunes, 6 de febrero de 2017

Mi gata y otro gato no me dejan dormir (I)

Cuando escribí el artículo que recogía diez hostias que me habían marcado personalmente, mencioné un par de veces que no me gusta que me saquen de mi zona de confort. ¿Sabéis quién opina lo mismo? Mi gata Arya. Y es que la semana pasada sus dominios se han visto invadidos por la presencia de Bowie, un gatito de sólo dos meses de edad que una compañera del trabajo de mi novia nos ha dejado durante unos días.

He considerado adecuado recoger en un diario lo que ha ocurrido durante este tiempo, y voy a dejar a vuestro juicio el que merezca o no la pena leerlo.

Viernes


Uno de los inconvenientes que tiene ir al gimnasio todas las tardes sin más compañía que mancuernas y discos (asociales al poder) es que le puedo darle muchas vueltas a todo. Hoy, concretamente, no he parado de pensar en qué tipo de escena iba a encontrarme al llegar a casa, pues Arya es de un arisco que hace que los de Valladolid parezcamos afables y joviales (creo que no hay gato en todo el barrio con el que no se haya peleado aún), así que he dado por hecho que mi salón iba a parecerse a la Franja de Gaza, con Bowie acojonado en un rincón y Arya dándoselas de mafiosa pisacuellos. Por ello, mientras pedaleaba de camino a casa me he debatido entre actuar en plan jefe de estudios en el patio de un instituto de Murcia o directamente vender entradas para sacar beneficio del pressing catch gatuno. No obstante, estoy en contra de dos tipos de violencia: la violencia entre animales propiciada por la acción del ser humano y la violencia que el ser humano ejerce por placer contra los animales (aprovecho para dirigirme a todos los cazadores y pedirles que me hagan el favor de meterse un tiro de escopeta por el bien del planeta), por lo que he concluído que sería mejor organizar un Camp David que beneficiase todos.

Sin embargo, cuando he entrado por la puerta, Arya había salido a dar un paseo, por lo que me he presentado a Bowie con un "Buenas tardes. Confío en que todo sea de tu agrado. Si necesitas cualquier cosa, lo que sea, tú pide que ya me encargaré yo de proporcionártelo. ¿Que quieres un vaso de agua? Un vaso de agua. ¿Que quieres un ovillo de lana para jugar? Un ovillo de lana para jugar. ¿Que quieres que te alcance un tebeo porque te apetece leer un rato y tú no llegas a la estantería? Te alcanzo uno, dos, tres o los tebeos que hagan falta. Lo que quieras, en serio. Pero no me pidas que te dé atún, que los gatos os enyonkáis enseguida y del atún se sale muy mal". Bowie, como era de esperarse, no me ha hecho ni puto caso y se ha dedicado a pelearse con los juguetes que Arya siempre tiene tirados por la moqueta. Una vez hechas las presentaciones, he pasado a la cocina, donde mi novia me ha puesto al corriente acerca de todo el material (comida de gato, comedero, arena...) incluido con el pack "gato que viene pasar la semana", así como un montón de comida que la dueña de Bowie ha tenido a bien darnos para evitar que se eche a perder durante su ausencia. Yo no me esperaba semejante cargamento de, entre otros, huevos, manzanas, repollo y coliflor, así que ya veré que hago para no tener que tirar todo eso y deshonrar a mis ancestros.

Al poco rato ha vuelto mi gata y mi casa se ha convertido en el festival del bufido aderezado con persecuciones bilaterales al estilo Benny Hill, pero con un gato y una gata como protagonistas en lugar de británicas en bikini y un señor gordo. Lo mejor de todo es que, contra todo pronóstico, es Bowie el que le mide el lomo a Arya, y la pobre no para de huir del bicho y encaramarse a la ventana de la cocina.

Sí. Este moco tan adorable tiene a mi gata acojonada

En fin, no sé vosotros, pero yo, desde que soy un adulto responsable, no aguanto en pie más allá de las once de la noche los viernes, así que voy a aprovechar que los ánimos gatunos se han calmado un poco y me voy a dormir, confiando en que a ninguno de los dos le dé por marcarse una encamisada que nos haga salir corriendo de la cama en mitad de la noche para poner orden, en plan serenos.

Sábado


El día ha comenzado con la misma rutina de cada fin de semana: Arya se despierta a eso de las siete de la mañana y se acerca a la puerta de nuestra habitación para solicitar amablemente que le demos de desayunar. Vamos, que maúlla como una loca hasta que tiene la comida en el plato. Sin embargo, la presencia de Bowie, que ha subido tras ella, ha provocado que Arya haya retomado el festival de bufidos justo donde lo había dejado la noche antes. Es más, se ha subido a la ventana de la cocina y ahí se ha quedado gruñendo, sin atreverse a bajar a por la comida, mientras Bowie se ha jalado su desayuno sin preocupaciones. Al final no me ha quedado más remedio que dejar el plato de Arya donde ella pueda alcanzarlo y él no para que la pobre pueda comer. Tras esto, les he dicho a los dos que más les vale llevarse bien y me he vuelto a la cama.

Poco más he podido dormir por la mañana. Un par de horas más tarde, mi novia y yo hemos bajado a la cocina con la idea de desayunar unos cruasanes a la plancha viendo un episodio de Bola de Dragón (adoro mi vida, qué queréis que os diga), y Arya no ha parado de maullar subida a la ventana hasta que la hemos dejado salir. Y yo me he acojonado un poquito ante la posibilidad de que Arya considere más adecuado vivir en cualquier sitio antes que en el manicomio en el que se ha convertido nuestra casa, mientras venía a mi cabeza el She's leaving home de los Beatles (no os paso enlace a la canción que Youtube y los Beatles que quedan vivos no se llevan muy bien, y seguro que si encuentro un vídeo lo tiran en un par de días y la entrada me queda coja. Buscadlo vosotros, vagos).

De todas formas, Arya ha vuelto a los pocos minutos, maullando esta vez bajo la cerrada ventana del salón para que le dejásemos entrar. Y luego ha vuelto a maullar, subida a la ventana de la cocina, para que le dejásemos salir. Y así a lo largo de toooda la mañana. Pero tranquilos, que es lo que hace cada fin de semana.

Mientras tanto, yo me he dedicado a blanquear la coliflor y el repollo para congelarlos y, poco después, mi novia y yo hemos transformado los huevos y las manzanas en una tarta orgásmica desde el punto de vista gastronómico.

Tras sacar la tarta del horno y dejarla enfriar sobre la encimera, y aprovechando que Arya estaba en la calle una vez más y que Bowie estaba durmiendo la siesta en el salón, mi novia y yo hemos disfrutado de un rato de tranquilidad mientras comíamos y veíamos Transpotting (lo sé, no es una película muy adecuada para ser visualizada mientras se come, pero a veces cometo errores, ¿qué pasa?). Ha sido entonces cuando Arya ha vuelto a hacer una aparición estelar bajo la ventana del salón y, tras entrar, ha ido derecha a la cocina, temerosa de que Bowie despertase y volviese a patearle el culo. Pasados unos minutos, he sentido lástima de la pobre gata, imaginándola subida una vez más a la ventana de la cocina, sin atrever a moverse, sin hacer ruido... Espera, espera. ¿Sin hacer ruido, has dicho? HOSTIAS, LA TARTA. Cuando he entrado por la puerta, la hijaputa ya se había jalado un buen trozo. Y es que no puedo estar a todo, copón.

Durante el resto de la tarde, ambos gatos han mantenido una situación de calma tensa, cada uno en un rincón del salón, y mi novia y yo hemos podido cenar una enooorme pizza casera (intuyo que a este ritmo voy a ganar unos diez kilos antes de que acabe el invierno) sin tener que soportar actividad hostil por parte de los dos bandos.

Parece que vamos mejorando.

Domingo


Arya me ha despertado con una hora de retraso. Ignoro si el miedo que le da el pequeño Bowie ha podido influir en su ascenso escaleras arriba a nuestra habitación. Como mi novia también se ha despertado debido a sus hambrientos maullidos, los dos hemos bajado a la cocina para darles de comer y actuar como Cascos Azules de la ONU al primer indicio de bronca entre estos dos bichos. Pero bueno, parece que ambos gatos mantienen la tregua iniciada ayer, por lo que hemos podido volver a la cama y descansar unas horas más.

Yo, en particular, me he vuelto a despertar a las doce del mediodía debido al ruido de cascabeles proveniente del salón, pues mi novia estaba mostrando por Skype a su familia lo tenaz que es Bowie en eso de intentar cazar juguetes que se agitan y suenan. He de reconocer que ver al pequeño correteando sobre la moqueta durante estos dos días ha eliminado la poca masculinidad que me quedaba, pero no el hambre. Eso no hay dios que me lo quite, así que mi novia y yo hemos dejado a los dos contendientes solos por primera vez, durante un par de horas, mientras salíamos a por sendos desayunos irlandeses que hiciesen juego dentro de mis arterias con la tarta y la pizza de ayer.

El panorama que nos hemos encontrado a a vuelta era bastante apacible, con Arya y Bowie ignorándose, por lo que hemos podido ver en el sofá un capítulo de Halt and catch fire (muy recomendable, por cierto) mientras la olla a presión preparaba dos raciones de fabada que pienso comerme en el trabajo el martes y el jueves, dando envidia a todos aquellos compañeros que tengo que son incapaces de manchar un cazo y comen sopa y sandwiches comprados en el Tesco día sí, día también. Qué triste.

Arya ha aprovechado para pedirme que la dejase salir un par de horas y ha vuelto de su paseo mientras mi novia y yo dábamos cuenta de la cena. Y no llevaba collar. Y en el collar estaba la chapa en la que están grabados su nombre y nuestro teléfono. No es la primera ni la segunda vez que esto ocurre, por lo que imagino que, o bien hay varios collares suyos plantados por entre los arbustos del barrio, o algún vecino hijoputa se dedica a mangárselos. Espero que sea lo primero, pues me daría una pereza horrible ponerme a buscar al vecino en cuestión y tener que hacerle tragarse sus propios dientes.

Como ya estamos preparados para esta situación (la cual tiene lugar cada vez con mayor frecuencia), Arya posee una segunda equipación: un collar con nuestro teléfono escrito a boli y un cascabel que nos advierte de su presencia cuando ronda cerca de casa durante sus paseos. El problema es que Bowie, a estas alturas, ya ha asociado el ruido de cascabeles con juegos, persecuciones y peleas. Vamos, lo que le faltaba a la pobre Arya. Así que, de momento, Arya se ha librado de llevar collar dentro de casa. Al menos hasta que encargue y reciba una nueva chapa que la muy imbécil se encargará de perder nuevamente en unos pocos días.

¿Sabéis si se le pueden hacer tatuajes a los gatos? Igual es la solución a tanto extravío chapil ("chapil" suena raro, pero la alternativa era poner "chapero"), no sé.

En fin, parece que esta noche también va a darse un alto el fuego entre los dos.

Lunes


Una cosa que hago yo los días de diario es levantarme a las seis y salir a correr media hora. Preguntadle a mi gata si no os lo creéis, pues para ella es fundamental que yo siga esta rutina. Y es que, mientras yo paso frío a la luz de las farolas, ella se despereza y aguarda mi regreso para, una vez entro por la puerta, salir como un cohete a la calle. Es entonces cuando, mientras yo cambio mis zapatillas de deporte por mis zapatillas de andar por casa, ella se dedica a cagar en la puerta de algún vecino seleccionado al azar. Rutina, ya os digo.

Como podéis imaginar, la rutina se ha visto hoy ligeramente alterada por la presencia de Bowie, que también se había despertado y ya tenía ganas de dar por saco. Además, no dejo que Arya salga de casa sin collar, por lo que he tenido que ponérselo antes de permitirle pisar la calle (con el She's leaving home siempre en mente). Después, mientras mi novia y yo preparábamos el desayuno, Arya ha vuelto visiblemente aliviada y ambos gatos han podido desayunar sin complicaciones, al tiempo que lo hacíamos los humanos.

Debido a que tanto mi novia como yo tenemos oligaciones laborales de las que no podemos escaquearnos así como así, pues ni ella ni yo nos apellidamos "Borbón", nos ha tocado dejar a los gatos a solas durante gran parte del día. Yo he aprovechado un rato libre para acercarme al Marks & Spencer y ver si tenían sección de mascotas en la que poder comprar algo parecido a un identificador que colgar del collar de Arya, pero hay dos cosas que caracterizan a dicho establecimiento: la primera es que es ridículamente caro, y la segunda es que no tiene nada realmente útil (en parte me recuerda a cierto comercio español, mira tú). Al final he optado por pedir los identificadores por internet, junto con OCHO kilos de comida de gato en bolsas de dos kilos (vivan las ofertas) que llegarán a mi oficina en un par de días. De todas formas, mi novia ha encontrado en Aliexpress un proveedor que tiene chapas personalizadas a buen precio. Hemos encargado ocho.

Cuando he vuelto a casa a eso de las siete de la tarde, Arya y Bowie estaban enfrascados en sus respectivas meriendas. Tras lo cual Arya ha salido a darse un paseo más largo de lo habitual y Bowie ha decidido secuestrar mi regazo durante el resto de la tarde.

La coña de "pussy magnet" ya la hizo mi novia en Facebook hace unos días, gracias 

A eso de las diez, cuando mi novia y yo habíamos acabado de cenar, Arya a vuelto a casa y Bowie se ha dedicado a putearla. Lo que ocurre en realidad es que Bowie en un bichillo travieso que sólo quiere jugar, pero Arya ve a Bowie como si fuese un macarra diciendo "Arya... Come out to plaaaaay..." mientras hace golpear dos botellines entre sí (si habeis pillado la referencia, OS AMO), por lo que huye de él aterrorizada.

Pero bueno, cuando apagamos las luces y nos vamos a la cama vuelve la paz.

Martes


Como cada día de diario, mi despertador me ha dicho a las seis y un minuto (lo de poner el despertador un minuto más tarde de la hora a la que debería sonar lo hago para que no me joda ciertos sueños que tengo de cuando en cuando y de los que no os voy a dar detalles) que me levantase y saliese a correr. Pero estaba lloviendo y lluvia gana a despertador. Así que, tras otros cuarenta y cinco minutos remoloneando, mi novia y yo hemos bajado a desayunar mientras Bowie y Arya hundían los hocicos en sus cuencos de comida para después jugar un rato a "corre que te pillo y te suelto un zarpazo así como flojito", que es un juego al que ambos gatos se han aficionado últimamente.

Mientras transcurría mi jornada laboral, he recibido un email de la tienda de comida para animales diciendo que el alijo que compré ayer llegará mañana a mi oficina. Eso es eficiencia. Lo que tengo que hacer ahora es pensar en una forma de transportar todo el cargamento hasta mi casa.

Por la tarde se ha repetido una vez más la escena "Arya se pira un rato y Bowie toma mi regazo en busca de mimos", y cuando mi gata ha vuelto a aparecer por la ventana y ha visto el panorama, ha puesto una cara de príncipe destronado digna de foto.

"Ya no me quieren. El día menos pensado cojo la puerta y los ocho kilos de comida que mi dueño va a recibir mañana y me voy"

Por cierto, ahora que digo eso, debería leer más a Miguel Delibes, que aunque fuese aficionado a la caza y tal, también tenía un lado ecologista (por paradójico que resulte). Además, El Camino me gustó bastante. En fin, que me distraigo.

La entrada de Arya en casa ha sido, digamos, intensa. Las persecuciones han aumentado en número y velocidad, por lo que mi novia y yo hemos decidido que Arya duerma en el salón y Bowie en la cocina, pues dejar a estos dos bichos juntos aumenta el riesgo de bufidos nocturnos y creemos que los vecinos podrían oír perfectamente el concierto y montarnos el pollo. Además, queremos dormir, coño.

Y como esta entrada me está quedando más larga de lo que yo pensaba, voy a dejar el resto de la historia para la semana que viene. Qué puto morro tengo.

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lunes, 30 de enero de 2017

Días de cine

Permitidme que dedique la entrada de este lunes al séptimo arte, pues quiero hablaros de una de las trilogías cinematográficas más destacables desde puntos de vista tales como el argumental, el visual o incluso el filosófico. "Esto suena a cultura de la que pesa un huevo" estaréis pensando. Y no os falta razón.

¿Me estaré refiriendo a Tres colores, de Krzysztof Kieslowski? Pues no. ¿Será acaso la trilogía de Apu, de Satyajit Ray? Tampoco. ¿El Padrino, de Coppola, quizá? Nuevo error.

Hoy voy a hablaros de una trilogía que dejaría a las que acabo de mencionar a la altura del betún. Tres obras maestras, tres joyas cinematográficas, tres... ¿A quién quiero engañar? Tres truños como una casa: la trilogía de xXx. Haced sitio en vuestras mentes al camión de cine cutre que acaba de aparcar en la puerta de mi blog y está a punto de descargar toneladas de mierda fílmica sin que nadie pueda evitarlo, pues el pasado sábado me encerré con mi novia en casa a ver las dos primeras mientras abusábamos de Red Bull gratis y, como si no nos bastase con eso, el domingo vimos la tercera en el cine (en 3D, eso sí). Y necesito desquitarme de alguna forma.

Es comprensible que muchos de vosotros ni hayáis visto ni tengáis pensado ver ninguna de estas películas (aunque sería aún más comprensible que fuéseis unos adoradores de lo cutre como yo y ya hubiéseis disfrutado del visionado de estas tres joyas). En todo caso, os aviso de que a partir de aquí os vais a comer unos spoilers como roscas.

Primera entrega: el xXx de Móstoles


Para entrar a analizar esta cinta hay que echar mano de su contexto histórico. La peli es de 2002, y en esta época aún nos escocía la cura de humildad que el Tercer Milenio traía debajo del brazo. Todos esperábamos que la entrada en el siglo XXI nos metiese de repente en una realidad futurista de cagarse (o en un holocausto tecnológico debido al Efecto 2000, que también habría molado lo suyo), y el descubrir que entre 1999 y 2001 no había NINGUNA diferencia cayó a nivel mundial como un jarro de agua fría. Y gente como los creadores de esta película aún se negaban a reconocer que el cambio de centuria no era para tanto. Por ello, el ambiente es de un futurista tan forzado que cae en lo hortera en dos de cada tres escenas: las armas incluyen añadidos metálicos en plan tunning y los colorines fosforito aparecen de repente y te penetran las córneas sin aplicar antes un poco de vaselina.

fuente: Revolution Studios
Voy a decir que llevar anillo en el pulgar es de canis. No es cierto, pero mi compañero de trabajo cordobés (que leerá esto en algún momento) lleva uno, y como me ha pegado un catarro horrible la semana pasada, digo lo del anillo para vengarme de él

En cuanto a los personajes, destacan Samuel L. Jackson dándoselas de sobrao (porque Samuel L. Jackson SIEMPRE se las da de sobrao) y Vin Diesel en el papel de cruasán que parece sacado de votamicuerpo.com y que en la primera escena ya está robando un coche para después dejarlo caer por un viaducto mientras lo graba todo en vídeo, en plan Callejeros. Añadamos a esto una estética merdellona y se nos revelará uno de los secretos mejor guardados de América: en Estados Unidos también hay canis. O al menos los había a principios de milenio.

fuente: Revolution Studios
El abrigo es de marca Rottweiler

Y aquí tiene lugar una encrucijada de la que los guionistas salen bastante airosos: siendo nuestro protagonista un cani es necesario que se vaya a buscar bronca con gente que esté a su altura, y nada mejor que un grupo de mafiosos de Rusia o de la Europa del Este (que desde un punto de vista cani son prácticamente lo mismo) a punto de acabar con una ciudad entera vía misiles que sueltan gas tóxico para que el muchacho se entretenga. Sin embargo, si dicha ciudad fuese Moscú o San Petersburgo la película quedaría coja, pues a nadie le importaría que algo así ocurriese. En serio, probad a decirle a quien sea que están barriendo Moscú del mapa y como mucho se encogerá de hombros. Para resolver este conflicto argumental la ciudad elegida es Praga, pues es bonita y europea pero posee el nivel de barriobajez suficiente como para que xXx (lo del alternar mayúsculas y minúsculas es TAN cani que justifica todo lo que llevo dicho) se encuentre como pez en el agua.

Así que el clímax llega con xXx tratando por todos los medios de evitar que un barquito cargado de misiles que navega por el río Moldava a toda hostia alcance su destino y arrase con todo bicho viviente en la capital checa. Como si eso tuviese algo de malo.

A ver, que yo he estado en Praga y guardo muy buenos recuerdos de mi estancia allí; como mi visita al Hooters, el haberme hinchado a cafés y bollos a un precio irrisorio o el que mi novia y yo cambiásemos de sitio el sofá de la habitación del hotel para ponerlo frente al espejo clavado en la pared por una razón que no viene al caso y que encontrásemos tantas monedas en el suelo como para cenar gratis aquella noche. Sin embargo, defiendo a ultranza la idea de que la población de una ciudad que tiene candaditos en sus puentes merece ser exterminada por no haber hecho nada para evitar semejante atentado a la inteligencia.

En fin, Vin Diesel acaba evitando la masacre y podemos ir pasando a la segunda parte de la saga.

Segunda entrega: el xXx de Las Barranquillas


En esta ocasión, un enemigo mucho más sofisticado que los rusos canis de la primera peli ataca una de las sedes de la NSA, por lo que Samuel L. Jackson (que sigue yendo de sobrao) necesita la ayuda de un nuevo agente xXx que sea más duro que Vin Diesel, más chulo que Vin Diesel, más chungo que Vin Diesel... En definitiva, más NEGRO que Vin Diesel (eso que pita, ¿son vuestros ofensiómetros, millenials?). Ice Cube, por ejemplo, que encaja en el papel de negrata perfectamente, pues hace muy bien eso de mirar a todos los hombres en plan "te voy a partir la cara" y a todas las mujeres en plan "te voy a partir el ojete".

fuente: Revolution Studios
Dar cera, pulir cera

Y como poner cara de portada de disco de hiphop durante toda la película no es un estereotipo negrata lo suficientemente marcado, hay que añadir una banda sonora plagada de rap, conflictos tó chungos entre negratas que se resuelven gracias a la magia de Hollywood y demasiado tunning. En serio, hay momentos en los que los personajes hablan entre sí de mierdas relacionadas con coches de las que no tengo ni puta idea. Pero es que a mí me basta con que un coche consuma poco y tenga reprís suficiente para pasar a un camión cuando voy cuesta arriba por el puerto de Pajares, que estoy bastante contento con el tamaño de mis genitales.

El malo malísimo en esta ocasión, por cierto, es Daniel Defoe (que junto con Jeremy Irons y Christopher Walken forma el trío Calatrava angloparlante. Buscad sus caras si no entendéis de lo que hablo). Y del argumento no os voy a dar muchos detalles porque sólo de pensar en ello bostezo. Sin embargo, el colofón cutre llega con la existencia de un tren bala generado por ordenador (en 2005, así que se nota que el trenecito es más falso que las tetas de la Veneno, Dios la tenga en Su Gloria) y xXx destrozando los neumáticos de su buga ultratuneado y clavando las llantas en los raíles para darle alcance. Si esto no es cutre, decidme vosotros.

Tercera entrega: el xXx de Móstoles, el retonno 


Teniendo en cuenta que nos encontramos en una época en la que la correción política está acabando con lo cutre tal y como mi generación lo conocía (y esto en parte puede que sea bueno, ojo), yo fui a ver esta película con miedo a encontrarme algo relativamente serio, pero ya en la primera escena, junto con Samuel L. Jackson (sobradísimo, ¿lo dudábais?) aparece nada más y nada menos que... Neymar (sí, el jurgolista). Así que pude relajarme sobre mi butaca y ser consciente de que estaba a punto de disfrutar de noventa minutos supercutres en 3D. Y así fue.

Porque el tener a Donnie Yen repartiendo hostias y tiros a partes iguales (y eso que el muy cerdo tiene cincuenta y tres añazos) puede restarle cutrismo al asunto, pero el que Tony Jaa se haya transformado en un ladyboy para esta película pone la balanza de lo cutre en equilibrio. Si a esto añadimos a Vin Diesel surfeando en seco por lo que intuyo es una selva brasileña con el objetivo de conectarse a la televisión de gratis y así permitir que todo el pueblo pueda ver el fútbol (si la escena estuviese ambientada en España, los guionistas habrían cambiado fútbol por toros o por un Eurovisión mariachi. Me juego lo que queráis), podemos respirar tranquilos y confirmar que, en lo que a trilogías macarras se refiere, no hay dos sin tres.

De esta película no voy a compartir capturas con pies de foto chorras, que no era plan de ponerme a sacar el móvil en mitad de la sala (y más siendo la peli en 3D. Hay veces que, viendo una de estas peículas, me quito las gafas para confirmar que sin ellas se ve raro). Si lo hiciese, lo más seguro es que la captura incluyese alguna jamelga en bikini o lencería semierótica. Y no por decisión personal, que conste. Es que la concentración de mujeres objeto por escena supera con creces incluso a vídeos subidos a xhamster.

En fin, tampoco quiero daros muchos detalles acerca del argumento, pues es algo así como la suma de las dos películas, en plan cierre redondo de la trilogía. ¿Lo más destacable, desde el punto de vista cutre? Que Neymar no aparece sólo al principio. También sale al final. Así que yo le doy las gracias a los guionistas por partida doble. Qué coño. Por partida triple, que se lo han ganado.

Larga vida al cine cutre.

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lunes, 23 de enero de 2017

Por favor y gracias

Aquellos de vosotros que no hayáis visto Los Goonies sois basura. Fuera de mi blog, hombre. Al resto os recordaré aquella escena de la peli en la que Gordi y Sloth están encerrados en el sótano de los Fratelli. Sloth está viendo cómo preparan un postre con chocolate en la televisión, y Gordi le ofrece una chocolatina. Sloth la acepta sin dudarlo, y Gordi, debido a que ha sido más o menos inmovilizado, debe arrojársela desde su sitio. El problema es que golpea con ella a Sloth en la cara, dejándola fuera de su alcance (él también está encadenado) y provocando que éste entre en modo UIP hasta el punto de romper sus cadenas entre berridos y aspavientos. Bueno, tardo menos si os paso directamente el enlace a la escena.

Analicemos la reacción de Sloth. Pensaréis que su comportamiento se debe a que el muchacho tiene "capacidades diferentes", pero no es del todo cierto. La clave está en la chocolatina, y en la frustración que a Sloth le produce el, repentinamente, verse obligado a renunciar a algo que le iba a salir GRATIS.

Sé muy bien de lo que hablo porque yo soy como Sloth. Además de que mi cara también se parece a la de un míster potato con defecto de fábrica y de que mucha gente piensa que no estoy bien del todo de la olla, a mí también me gusta que algo gratis se presente en mi vida sin avisar, y me jode que no veas que, una vez me haya hecho ilusiones, Matrix me haga un control + Z y me quede sin ello. Hablando del tema, cada vez que un crío en heelys se me cruza pienso que han cambiado algo en Matrix. Ni dejavu ni pollas, Neo. UN CRÍO EN HEELYS.

En fin, que me distraigo. No voy a entrar a analizar si está justificado o no que tanto Sloth como yo nos pongamos tan de mala hostia cuando nos quedamos sin algo que, ni nos iba a costar dinero, ni originalmente existía para nosotros (más que nada porque el resultado de dicho análisis no nos iba a dejar en muy buen lugar a nivel de inteligencia emocional). Si estoy hablando del tema es porque algo así me ha ocurrido más de una vez. Y siempre con frustrante resultado.

Hace unos meses, mientras yo me dedicaba a mi rutina de gimnasio, uno de los monitores apareció en la sala de máquinas portando una caja enorme llena de vasos mezcladores de proteínas que promocionaban una marca de leche irlandesa. Yo me froté las manos pensando en el nuevo objeto que iba a formar parte de mi vida a partir de ese momento, pero al puto monitor le dio por comportarse como a los soldados nazis de El Pianista y hacer un "tú, tú, tú y tú" (y yo no, por supuesto), repartiendo los vasos de forma selectiva a quien a él le parecía como si éstos fueran disparos de luger y los que estábamos allí sudando fuésemos judíos de vuelta a nuestros barracones tras una agotadora jornada de trabajo. Vale que comparar el quedame sin un vaso mezclador con el Holocausto me convierte en alguien horrible, y más aún teniendo en cuenta que yo ya tenía un vaso mezclador mejor y más grande que aquellas birrias que el monitor nazi estaba repartiendo según el criterio que le dictaban sus nazis cojones, pero coño, quería uno.

"Y, ¿por qué no te acercaste a pedírselo?" pensaréis. Pues porque no tengo huevos. Mi ansiedad social me impidió soltarle un "Oye, cruasán, ¿me das uno?", y ese día me volví a casa con ganas de romper cosas. Porque, si están regalando algo, yo quiero. Aunque sea mierda en lata.

Y quien dice mierda en lata, dice Red Bull (que viene a ser más o menos lo mismo), porque el pasado martes tuvo lugar en el gimnasio al que estoy yendo ahora (éste libre de monitores nazis) una situación similar. En esta ocasión, mientras yo me encontraba al borde de la lesión muscular por no tener cuidado al levantar las mancuernas, dos promotoras de la bebida azucaradísima, acompañadas por un fornido operario que empujaba un minifrigorífico, entraban y salían del gimnasio cargando latas de Red Bull, sin dejar muy claro qué iban a hacer con ellas. Yo estaba ya a punto de finiquitar mi rutina, y cuando finalmente di por terminada la misma, allí nadie estaba regalando nada. No obstante, la nevera, felizmente situada en un rincón, estaba llena de latas.

Tras cambiarme en el vestuario, volví a pasar por la sala de máquinas para ver si sonaba la flauta, pero lo único que vi fue a un grupo de culturistas rodeando la nevera sin atreverse a abrirla, no fuese a sonar una alarma o a explotar una bomba o algo. Les hice una foto:

fuente: Metro-Goldwyn-Mayer
"Acho, ¿esto es de balde?"

Las dos promotoras, que en aquel momento flanqueaban la puerta de salida, no me ofrecieron Red Bull, por lo que no me atreví a pedírselo y salí de allí sabiendo que, si hubiese sido ligeramente más valiente o si hubiese esperado unos minutos, habría podido llevarme por la patilla una lata de una bebida que ni necesito, ni me gusta. Pero qué rabia, tú.

Al día siguiente, cuando volví al gimnasio (porque voy al gimnasio todas las tardes, pues soy un muchacho sano sin un ápice de vida social), la nevera seguía aguardándome, llena hasta los topes, y yo me pasé toda la sesión de pesas pensando en la canción de George Harrison Got my mind set on you. Bueno, en realidad la canción en la que pensaba era Niña, no te modernices, de El Payo Juan Manuel, pues no conseguía quitármela de la cabeza tras haberla escuchado por primera vez horas antes dentro de un episodio de La vida moderna. Lo que ocurre es que basta que una canción tenga algo de homófoba, de xenófoba o de misógina (o una mezcla de todo lo anterior), para que mi cerebro me trolee y no me deje librarme de ella. Pero, dejemos a un lado toda esa basura y volvamos a la pieza del beatle, pues una de las cosas que la misma dice es que para conseguir algo que tienes en mente se necesitan paciencia y tiempo. Pues bien, os presento a Paciencia y Tiempo:

MUAHAHAHA (x2)

Efectivamente, tras llevar a cabo mi rutina y trabajar un poquito mi confianza en mí mismo, me acerqué a la nevera y trinqué una de las latas, sabiendo que una segunda oportunidad no se debe desaprovechar nunca. Después, antes de salir, fui directo hacia una de las promotoras y no me hizo falta abrir la boca más que para darle las gracias cuando ella me ofreció una segunda. Y me largué de allí como un niño con zapatos nuevos.

Ya os he dicho que voy al gimnasio todos los días, ¿no? Pues bien, el jueves fui, vi y trinqué:

Donde caben dos, caben tres

El viernes, tras una nueva sesión, consideré que era suficiente con haber acumulado un bote de tres latas de Red Bull, por lo que decidí no seguir rapiñando.

Vale, me habéis pillado. Lo que pasa es que la nevera ya no estaba allí el viernes. Si no, os aseguro que me habría llevado otra. Pero no penséis que soy un egoísta, no. He compartido la captura con mi novia. Aunque a ella tampoco le gusta el Red Bull, ninguno de los dos le hemos hecho ascos a este jarabe apestoso. ¿Que por qué? Pues porque sabía a GRATIS, el mejor sabor que algo puede tener. Con permiso de la vainilla.

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lunes, 16 de enero de 2017

Hijo, haz un poco de limpieza

Las tres leyes de la robótica. Los frikis de la ciencia ficción dura habréis aplaudido con la entrepierna al leer la frase. Los demás, o bien tendréis una ligera idea de a qué me refiero, o bien tenéis deberes: en primer lugar, repasar esta entrada de Wikipedia que explica qué son las puñeteras leyes, y en segundo lugar, leeros la Saga de la Fundación de Isaac Asimov antes de que Jonathan Nolan se presente sin avisar con su serie alusiva para la HBO. Que la parte de naves espaciales, robots e idas de olla futuristas les vaya a salir de lujo no lo dudo (ya lo han demostrado con Westworld), pero aún quiero saber cómo van a encajar la obra de Asimov, tan célibe y mojigata ella, bajo el sello de la HBO, cuyas producciones se caracterizan por colarte una picha o un par de tetas en dos de cada tres escenas.

Bien. Ahora que todos sabemos de qué estoy hablando, voy a cambiar de tema. No sé vuestros abuelos, pero los míos vivieron la Guerra Civil. Y no sé vuestros padres, pero los míos vivieron la posguerra. Estas dos infelices circunstancias han dado lugar a que en mi casa se apliquen las tres leyes del hogar español de mediados del siglo XX:

1. Un habitante de un hogar español de mediados del siglo XX debe terminarse toda la ración que tenga en el plato (y el pan que sobra al final del día se guarda para hacer pan rallado), que la comida vale un dinero.

2. Un habitante de un hogar español de mediados del siglo XX debe apagar las luces cuando vaya a salir de la habitación y no vaya a quedar nadie en la misma, que la luz vale un dinero.

3. Un habitante de un hogar español de mediados del siglo XX debe conservar todos sus bienes materiales y no tirar nada a la basura, que las cosas valen un dinero.

Recuerdo que hace un par de meses, mi novia y yo nos jalamos sendos desayunacos irlandeses en un pub a las afueras de Dublín y contemplamos horrorizados cómo los locales dejaban la mitad de la comida en el plato antes de irse. Nosotros no. Nosotros incluso rebañamos hasta el extremo con las tostadas la yema de los huevos fritos y la salsa de las judías, para sorpresa de la camarera que vino a recoger la mesa, pues exclamó: "¡Vaya! Si que os ha gustado el desayuno". Que yo pensé: "No, hija de puta. Lo que pasa es que no se deja comida en el plato, que la comida vale un dinero", pero fui educado y no dije nada.

Por otra parte, siempre intento reducir al máximo mi gasto energético, especialmente ahora que vivo en una casa en la que el patético aislamiento térmico y el irrisorio sistema de calefacción eléctrica se dan la mano para jodernos a mí y a mi novia cada dos meses, cuando la factura de la luz hace su aparición estelar y pregunta "¿qué hay de lo mío?".

El problema llega al intentar cumplir la tercera ley, pues vivir en una época de consumismo alocado radicalmente distinta a la que le tocó sufrir a mis ancestros entra en conflicto directo con dicha ley. El resultado es que me paso el día comprando cosas que no necesito y de las que no puedo deshacerme, no vaya a deshonrar a mis antepasados. Así que aquí estoy, acumulando mierda.

Esta situación alcanza un límite desmesurado en la que hasta hace pocos años fue mi habitación en la casa de mis padres. Allí hay ropa, juguetes, libros y toda clase de material al que nadie hace ni puto caso, pero no me atrevo a tirar nada a la basura. Y claro, mi última visita a Valladolid ha incluido el obligatorio "a ver si recoges esto un poco" por parte de mi madre. Yo, con toda mi buena intención, he tratado de cumplir sus deseos, pero al abrir la primera caja he descubierto mi juego de Mighty Max (al que mi padre, con gran acierto, definió como "Mighty Max, una chorrada más" el día que me lo compró), la versión para niños de Polly Pocket (sí, millenials. Antes los juguetes se diferenciaban por sexos descaradamente), y me he dado cuenta de que la araña gigante de plástico es, en realidad, un piso del centro de Dublín.

Veinticinco años de polvo os contemplan

¿Que por qué sé que es un piso de Dublín? Pues porque es un habitáculo pequeño con un aislamiento térmico muy deficiente, tiene humedades y en el centro de una de las habitaciones hay un agujero enorme por el que se cuela en frío en invierno. Y lo peor de todo es que Max está pagando mil doscientos euros al mes por este cuchitril, sin contar lo que le cuesta la mierda de internet de Virgin Media.

Y Max tuvo que pedir una carta de recomendación en el trabajo para poder entrar a vivir aquí, no os lo perdáis

Al menos Max no tiene que compartir su piso con otros doscientos expatriados (se han dado casos), y cada tarde, tras salir del trabajo y pasarse dos horas atrapado en un atasco dentro de un maloliente autobús de dos pisos dublinés, llega a su casa, donde disfruta de unos instantes de tranquilidad.

Los esqueletos del suelo ya estaban cuando Max entró a vivir, pero es mejor que Max no los tire, no vaya a perder el depósito

Una noche, Max se olvida de cerrar con llave, provocando que un extraño ser se cuele en su piso. Max sabe que no se trata de un yonki ávido de metadona, pues el bicho tiene cabeza de mosca, cuatro brazos y unos músculos que ya me gustaría tener a mí, y los yonkis suelen estar bastante esmirriados, las cosas como son.

He probado a meterle a la foto filtros nocturnos del Snapseed para darle un toque Sin City, pero el resultado ha sido un desastre

Tras unos instantes de desconcierto en los que Max trata de averiguar quién puede ser ese bicho y a qué ha venido, el muchacho deduce que se trata de un fiscal que quiere endosarle a Max dos años y medio de cárcel por aquella vez en la que publicó un tweet que empezaba con un "Silke, ¿a qué huelen las nubes?", continuaba con Silke pidiendo el comodín de la llamada y terminaba con cierto presidente del gobierno franquista poniéndose al teléfono para ayudar a Silke a responder la pregunta. Y Max, siguiendo sus más primarios instintos, echa a correr para intentar alejarse lo más posible del diabólico fiscal. Sin embargo, en el piso tamaño zulo en el que vive Max no hay mucho margen de maniobra, por lo que nuestro protagonista es irremediablemente acorralado ante el agujero absurdo que hay en medio de la habitación.

Arquitectura irlandesa. No le busquéis una explicación

Max, a punto de ser arrojado al abismo, puede mirar al ser a los ojos y darse cuenta de que el fiscal es en realidad una cortina de humo (porque cada acto de presencia de la Fiscalía es una cortina de humo para distraernos de alguna gorda que prepara el Gobierno), y lo que tiene frente a sí no es más que el conjunto de todos sus miedos (la explicación a semejante ida de olla por parte del joven puede estar en la gran cantidad de plomo que hay en el agua del grifo de Dublín, quién sabe). Es entonces cuando recuerda lo que dice Karra Elejalde cuando hace de fraile adicto al opio en Los últimos de Filipinas: que a lo que más miedo tenemos es a aquello que al final nunca ocurre (tampoco tengo muy claro si dice eso exactamente porque a Karra Elejalde no se le entiende muy bien cuando habla). Y esta revelación, mira tú, le da fuerza a Max para enfrentarse al conjunto de todos sus miedos. Bueno, la revelación y una viuda negra enorme interpretada por Florinda Chico que curiosamente pasa por allí (véase Deus ex machina) y que no sólo está de parte de Max, sino que tiene un hueco en lo alto del lomo en el que Max encaja perfectamente de pie.

¡Ataca, Florinda Chico!

Max, con la ayuda de la araña, arroja al conjunto de todos sus miedos al interior de la jaula de los esqueletos. Y eso que Max, cuando entró a vivir al piso, creía que lo de tener una jaula en el salón era una estupidez y que sólo le iba a servir para guardar maletas vacías. Lo que es la vida.

Muy apañao, lo de la jaula

Encerrado y carente de todo poder, el conjunto de todos sus miedos pierde su forma de mutante adicto a los anabolizantes y se transforma en una imagen del mismo Max, que puede volver a disfrutar libremente del agua del grifo con una concentración alarmante de plomo en su carísimo piso de Dublín. Colorín colorado, señores.

Seguro que esto lo hace Kubrick y decís que es la hostia, pero lo hago yo y es una mierda, ¿no? Os podéis ir a cagar

Escena de después de los títulos de crédito, en plan peli de Marvel: Max, en lo que constituye la máxima fantasía erótica a la que un hombre pueda aspirar, se lo monta consigo mismo en lo alto de una araña gigante de plástico.

+18

A pesar de mi escasa creatividad (algo que dejé bien claro cuando hablé de La casa sola), he de reconocer que me cuesta poco entretenerme con cualquier gilipollez. Y mi habitación sigue sin recoger, oye.

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