El veintiocho de mayo de mil novecientos noventa y cinco me llevé mi primera Hostia:
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| Oye, el Cuerpo de Cristo pide salsa |
Participar en dicha liturgia me hizo merecedor de varios regalos por parte de mis familiares invitados al acontecimiento y al banquete que tuvo lugar después. De entre todos aquellos presentes voy a destacar el que me hizo mi tío y padrino: la cámara de fotos Canon PRIMA Junior DX a la que dediqué un par de líneas cuando os hablé de los preparativos para el viaje a Tailandia, Camboya y Vietnam que ocupó todos los lunes del año pasado (aún no me creo que haya sido capaz de completar semejante hazaña, os lo juro).
Antes de continuar hablando sobre esta máquina analógica quiero citar a Douglas Adams porque las reglas que enunció para definir nuestra reacción a la tecnología, en mi caso, se cumplen a rajatabla:
1-Aquello que ya existe en el mundo cuando naces es normal y ordinario y tan sólo consituye una parte natural del modo en que todo funciona.2-Aquello que se inventa en el periodo comprendido entre tus quince y tus treinta y cinco es nuevo y excitante y revolucionario y probablemente podrás usarlo para desarrollar tu carrera.3-Aquello que se inventa una vez has cumplido treinta y cinco va contra el orden natural de las cosas.
Tras haber pasado mi juventud y los primeros años de mi vida laboral abrazando cada nuevo lenguaje de programación y cada invento internetero que nos hiciese regalar nuestra vida privada a malvadas multinacionales, he llegado a un punto, con cuarenta velas que soplar esperándome a la vuelta de la esquina, en el que si me dan a elegir entre Linus Torvalds y Unabomber no me atrevo a dar una respuesta sincera porque nunca se sabe qué agentes de qué agencias acabarán leyendo mi blog el día de mañana.
Por lo pronto, estoy tratando de desaparecer de casi todas las redes sociales a las que hasta hace poco dedicaba gran parte de mi tiempo (y mi salud mental), hago esfuerzos por retrasar un poco más cada vez el primer vistazo del día a la pantalla de mi smartphone (apagar la alarma no vale, aclaro) y cuando un vídeo generado por IA llega a mis córneas me dan ganas de arrancarme los ojos (vale que tengo una entrada preparada en la que tiro de inteligencia artifical, pero no me juzguéis).
"Echo de menos mi cerebro pre-internet" reza una chapa que luzco con orgullo en mi bolso, por lo que a estas alturas ya os estaréis imaginando que contar con la cámara de fotos de carrete de la que he dejado de hablar hace unos pocos párrafos me ayudaría muchísimo con el propósito de que mi vida se acabe convirtiendo en un episodio de Los Moomin.
El problema es que perdí la pista a dicha cámara hace más de veinte años. La tecnología digital mandó a la Canon PRIMA Junior DX al fondo de un cajón y una mudanza posterior se encargó de hacerla desaparecer misteriosamente como si del niño de Somosierra se tratase.
El misterio en este caso se daba porque dicha desaparición contradecía una máxima que siempre se ha aplicado en mi hogar familiar: no se tira nada. Por ello, las dos o tres últimas veces que volví al piso vallisoletano en el que aún viven mis padres removí Roma con Santiago tratando de recuperar el aparato. Lamentablemente, no había mueble en estas cuatro paredes que alojase material fotográfico analógico de ningún tipo (bueno, en realidad sí que encontré un carrete sin abrir que caducó en dos mil seis, pero ya me diréis qué uso puedo darle SI NO APARECE MI CÁMARA).
Llegó entonces dos mil veintiséis y yo volví a Valladolid como cada enero de los últimos años dispuesto a pasar unos días en familia comiendo cruasanes con nocilla como si lo fueran a prohibir, con pocas esperanzas en lo relativo a recuperar mi regalo de Primera Comunión. Toda la casa había sido rastreada... ¿Toda? ¡No! Cual aldea de irreductibles galos, el trastero aún contaba con rincones inexplorados y se daba la remota posibilidad de que la cámara anduviese por allí. Pero claro, con el paso de los lustros, se habían acumulado tantos estratos de cachivaches en el lugar que me planteaba pedir ayuda a Juan Luis Arsuaga para poder llegar hasta el fondo del trastero.
Que también tenía otra opción: tirar la toalla definitivamente, satisfacer una vez más al Capitalismo y gastarme los más de cien euros que cuesta en Europa la Kodak Snapic A1 que acaba de llegar al mercado para exprimir los bolsillos de quienes, como yo, quieren jugar a darle la espalda a las tecnologías actuales.
Pues bien, hallábame yo planeando una última y desesperada incursión arquelógica cuando mi padre decidió adentrarse una mañana en las profundidades trasteriles, tomándose la búsqueda de las cámaras perdidas con un interés personal que ríase usted de Paco Lobatón (aunque he de reconocer que con el coñazo que les di en demasiadas ocasiones a mis progenitores con el tema de las camaritas, como para no). Y al rato emergió, ojo cuidao, con una bolsa en la que se encontraban todas aquellas máquinas analógicas que nos habían dicho "hasta luego" veinte años ha.
Y sí, la mía también estaba:
Pero lo mejor no fue eso... Bueno, ¿qué cojones? Sí que fue lo mejor, que andaba meses detrás del puto cacharro. Quiero decir, que además de eso, se dio un hecho curioso. Y es que, en el interior de la cámara había un carrete de veintricuatro tomas que había pasado dos décadas esperando pacientemente a que alguien le prestase atención.
Se me planteba entonces un enigma: ¿había fotos en aquel carrete o el mismo estaba vacío? El hecho de que el botón de rebobinar estuviese accionado me hacía pensar que sí, pero sólo había una forma de averiguarlo...
Primera visita a la tienda de fotos
Una tarde de miércoles me dirigí con mi madre y mi hermano a un céntrico local que aún trataba con carretes de fotos y le comenté a la dependienta la situación. Me confirmó que para salir de dudas no quedaba más opción que intentar revelar los negativos de aquella película, y me apuntó el teléfono del comercio en un trozo de papel para que pudiese llamar al día siguiente y averiguar el resultado (y me hizo ilusión que el número no incluyese el prefijo local, como si aquello fuese realmente un viaje a tiempos pretéritos en los que decían por la tele "con el noventa y uno delante si llaman desde fuera de Madrid").
A la mañana siguiente, tras una noche comido por la curiosidad, telefoneé tal y como acordamos y la mujer me confirmó que sí, que veintipico instantáneas esperaban poder ver la luz tras tantos años metidas en un trastero. Eso sí, el paso del tiempo le había hecho a la película una pupita considerable, por lo que la calidad de aquellas fotos no sería digna de portada de revista, precisamente.
Me daba igual, la verdad. El hecho de poder abrir aquella cápsula del tiempo con imágenes de una temática que aún desconocía me hacía una ilusión enorme que una calidad de mierda no podría tirar por tierra.
Segunda visita a la tienda de fotos
A última hora de la tarde del jueves (porque años viviendo fuera han hecho que retomar los horarios españoles me descoloque, con sus comidas a las cuatro, sus sobremesas y su salir de casa casi a las siete para hacer recados, cuando a esa hora en Austria ya está todo dios recogido) fui acompañado de mi madre al mismo lugar, y la misma dependienta me hizo entrega de unos negativos cuyo contenido no logré vislumbrar contra los tenues fluorescentes del techo. Por fortuna, los resultados digitalizados se encontraban también en su ordenador, así que mi madre y yo pudimos ver, una a una, imágenes que reflejaban la lucha entre la cámara, empeñada en preservar aquellos recuerdos lo mejor posible, y el paso del tiempo, que habían aplicado a los resultados un bañito de intenso magenta.
En la pantalla apareció mi hermano, rodeado por varios compañeros de colegio mientras celebraba su cumpleaños en la cocina de la casa en la que pasé mi infancia. Esa misma cocina era escenario, un par de fotos más tarde, de otra celebración, en esta ocasión familiar y en Nochevieja. La presentación pasó entonces al salón, poblado de regalos esperando a ser desenvueltos en una mañana de reyes. Después, el patio de aquella misma casa, oculto bajo un manto blanco, atestiguaba que muy de vez en cuando cae nieve en Valladolid. Y, por último, varias instantáneas mostraban el piso al que mis padres se mudarían meses después (si, el del trastero arquelógico), y que por aquel entonces no era más que un esqueleto de hormigón armado.
"¿Queréis revelarlas?" dijo la dependienta. Y no había terminado de formular su pregunta cuando yo ya estaba respondiendo que sí, que por supuesto. Nos indicó que podrían hacerse deprisa y corriendo y estar listas a la hora de cerrar o que, si teníamos un poco de paciencia, podríamos dejar que su marido, encargado de estas tareas, les dedicase un tiempo al día siguiente para poder mejorar la calidad en la medida de lo posible.
Y yo, con buen criterio y pretendiendo ser algo gracioso, le dije que si habíamos pasado veinte años sin disponer de aquellas imágenes, no pasaba nada por esperar un día más.
Al volver a casa con la buena nueva, lo primero que preguntó mi padre fue si también podrían pasarnos las fotos a un pendrive porque él es más práctico que yo y prefiere aprovechar la tecnología existente en vez de complicarse la vida con innecesarios viajes al pasado.
Tercera visita a la tienda de fotos
Llegó la tarde del viernes, y allí volvimos mi madre y yo. Y allí estaban la dependienta y su marido. Tras hacernos saber que habíamos tenido suerte (pues no es habitual que material fotográfico tan caducadísimo ofrezca resultados) nos dieron las fotos dentro de un sobre. Al recogerlo, les transmití la pregunta que mi padre formuló el día anterior llevándome una respuesta afirmativa de la que vosotros también os podéis aprovechar. Porque si a estas alturas de la entrada no os pica la curiosidad no sé qué coño hacéis todavía aquí.
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| Con menos nieve se han cortado carreteras en Valladolid |
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| Mi Canon PRIMA Junior DX, retratando la burbuja inmobiliaria de primeros de siglo |
Ya está. En las demás hay gente y no me parece justo que se les vea por aquí. Y si os habéis quedado con ganas de más, siempre podéis haceros con una cámara analógica vosotros, llenar un carrete, esperar veinte años y sorprender al matrimonio de un local de revelado cuando descubran que hay algo que rascar en la película, a pesar del tiempo.
De todas formas, por si no os creéis que todo esto ha pasado de verdad y que las imágenes anteriores las he hecho con el móvil para después aplicar un filtro, os enseño una foto de las fotos (y de los negativos):
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| Incrédulos. Que sois unos incrédulos |
Y ahora, ¿qué? Pues de momento, la Canon se va a ir conmigo a Austria, que tengo en mente sacarla a pasear en alguna ocasión y así contentar a la parte de mi cerebro que reniega de cualquier avance tecnológico ocurrido a partir del dos mil. Y si me da por enseñaros el resultado, esta vez no os haré esperar veinte años. Palabra.





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