lunes, 26 de enero de 2026

En casa ajena

Allá por dos mil y poco cometí (entre otros) dos errores que se prolongaron durante varios años en el tiempo. El primero, inevitable, fue ser adolescente; y el segundo, responsabilidad mía, fue tener el pelo largo.

Pero no todo lo que aconteció durante aquella época resultó reprochable. Algo bueno hubo. Por ejemplo, me hice amigo de una chica con la que compartí momentos loquísimos cuyos recuerdos atesoraré hasta que la demencia se coma mis neuronas. Para que os hagáis una idea, una vez nos dio por improvisar una actuación callejera en una plaza de Poitiers: mientras yo tocaba el tamtam ella bailaba sus cariocas (y nadie, inexplicablemente, se paró a echarnos dinero). En otra ocasión, dedicamos la media hora de recreo a correr al supermercado cercano al instituto, comprar un potito de frutas y compartirlo durante los pocos minutos restantes. O, también durante otro descanso, dimos cuenta de unas galletas caseras y sendos cafés con leche de termo que acordamos prepar la tarde anterior.

Todo tan loco como divertido, oye. Pero... Ya lo decía la sintonía de Érase una vez el cuerpo humano: "la vida es así, la vida, la vida es así", y fue la vida la que quiso que mi amiga y yo nos distanciásemos poco a poco hasta perder todo contacto.

Qué triste, ¿verdad? Pero vosotros sabéis que mis entradas nunca son tan cortas (y esta en particular va para largo, aviso), así que podéis guardar los pañuelos que la historia no acaba aquí. La historia continúa, ojo cuidao, QUINCE AÑOS DESPUÉS (estoy alcanzando una edad en la que mis anécdotas empiezan a parecer relatos de Gabriel García Márquez, macho), cuando descubrí a mi amiga (que estaba igual que en nuestra época estudiantil, la muy asquerosa) en LinkedIn y a través de esta plataforma decidimos volver a vernos y ponernos al día. Se produjo el reencuentro y a la mitad del primer café, como si no hubiesen pasado tres lustros y estuviésemos de vuelta en dos mil y poco (aunque por fortuna, sin ser adolescentes ni yo tener el pelo largo), ya estábamos planificando más divertidas y absurdas gilipolleces. 

Resurgió así una amistad mantenida en la distancia (porque ella ahora vive en Burgos y yo en Austria) que mantenemos viva a base de intercambiar memes y de quedar cuando viajo a Valladolid siempre que nos venga bien a los dos. Que a veces ella no puede quedar, a veces yo no puedo quedar y a veces ninguno podemos quedar. Que parece que vayamos cargando con sendas agendas mentales atiborradas de obligaciones en cuyas portadas esté escrito: "la vida es así, la vida, la vida es así".

Pues bien, yo hace unos días dije por aquí que había estado en la capital del Pisuerga, y durante ese tiempo se alinearon los astros de la conciliación, así que os podéis imaginar que esta interminable introdución me va servir para contaros que mi periplo vallisoletano incluyó una escapada a la capital del Arlanzón.

El anterior párrafo rima y me ha dado repelús cuando me he dado cuenta de ello.

Tras recorrer en el coche de mis padres más de cien kilómetros por la autovía de Castilla y dar unas cuántas vueltas en busca de aparcamiento, subí a casa de mi amiga y recibí de parte de sus tres gatos millones de mimos que pintaron de colores aquella tarde gris invernal (y es que mira que es fea esta región en enero, tengo que reconocer). Una vez completado este protocolo felino, mi amiga, su novio y yo bajamos en busca de algún bar en el que poder comer y beber.

Al final terminamos en uno que mi amiga utiliza a diario como centro de operaciones cafeteras y como lugar en el que socializar y divertirse los fines de semana, lo que me da cierta envidia porque yo de eso en Austria no tengo. En Austria los bares son sitios lúgubres escondidos tras cortinas viejas en cuyo interior sólo hay ancianos que llevan siendo viejos desde que cumplieron treinta años y que se dedican a beber cerveza de medio litro en medio litro desde las ocho de la mañana. Allí no vas a encontrar un bar en el que la dueña sabe cómo se llama todo el mundo, hace unas tortillas de patata deliciosas y pone a Extremoduro en el hilo musical.

Pero en Burgos, sí. En Burgos hay al menos un bar así y en aquel bar es donde estábamos mi amiga, su novio y yo cuando hizo aparición una amiga de mi amiga.

Intuyo que no sabéis a dónde quiero llevar esta historia. Os confieso que yo, aunque sí lo sé, no tengo nada claro cómo llegar hasta ahí, pero sigo.

La amiga de mi amiga se dedica a la peluquería, y no sólo eso, sino que días atrás había sido autora de las mechas que mi amiga aún lucía en la tarde de autos. Menciono esto porque quiero meter un pequeño inciso en este farragoso post para contaros que, mientras las dos se dedicaban a buscar inspiración en Google Imágenes para un nuevo proyecto peluquero, mi amiga le enseñó una foto nuestra tomada veinte años atrás en la que yo, os podéis imaginar, salgo con el pelo largo. Y la estilista, tras decirle "estás igual, asquerosa" (la camarera también vio la foto y dijo algo parecido, por cierto) me aseguró a mí que yo podría repetir el look que me caracterizaba entonces, que tenía base para ello, y que, por muy aterrado que estuviese al verme cada vez más ralo, no tenía por qué preocuparme porque no me estaba quedado calvo. Y no sé si se refería al aceite de horas antes del lavado de cabeza, al champú (y al acondicionador, por supuesto) hidratante, al revitalizante de después del lavado, al serum con vitaminas de por la mañana o al serum fortificante de por la noche, pero me dijo que se notaba que me daba algún producto específico para cuidarme el cabello:

Mi rutina (contenido no patrocinado)

Esto, pocos días después de que mi dentista, tras revisarme la dentadura, me dijese que no tenía ni caries ni sarro, y que mi higiene dental era "muy buena. Quizá un poco excesiva". Me lo dijo A MÍ, que siempre he tenido las encías como los rincones de la casa a los que no llega la roomba.

Y hasta aquí este inciso que he querido compartir para que veáis que, aunque a veces no lo parezca, también tengo hueco en la memoria para los comentarios positivos que me dedica la gente. Además, el chiste de la roomba me pareció muy gracioso en su momento y quería colarlo como fuese.

Total, que estábamos en aquel bar hablando de pelos largos y pelos cortos cuando la amiga de mi amiga se enteró de que a pocos metros de allí estaba teniendo lugar un VaciArte (y esto es de lo que yo quería hablar hoy, de verdad), y propuso que participásemos en el mismo.

Vosotros no sabéis lo que es un VaciArte, y yo tampoco lo sabía (algo que la amiga de mi amiga comprobó cuando vio que reaccioné a su propuesta poniendo la misma cara que una vaca viendo pasar el tren). Se trata de un mercadillo que organizan dos chicas burgalesas con los enseres de una vivienda a los que hay que dar salida porque su habitante se ha mudado al cementerio o porque la misma va a salir a la venta y tiene que vaciarse. Lo curioso es que todo esto ocurre en el propio domicilio, cuyas habitaciones se convierten en escaparate durante unas horas. Así que llegamos allí (yo tiritando por la calle porque en Burgos el frío no se tiene. Se sufre) con dos ideas en mente: curiosear y hacernos con alguna ganga.

Lo de recorrer la casa de alguien pudiendo examinar todas sus posesiones tenía un punto entre intrigante y morboso que nos permitía imaginar qué clase de vida habían tenido sus desconocidos moradores: artilugios farmacéuticos en el salón con más de un siglo de antiguedad (no me llevé una reproducción del Ramón Casas sobre el tratamiento de la sífilis porque su precio era de tres cifras. Y a toro pasado me arrepiento muchísimo, que habría quedado de puta madre colgado en cualquier pared de mis dominios: el pasillo, el salón, el dormitorio, el cuarto de baño... You name it) situados sobre pesados muebles hacían pensar que allí había vivido alguien que había hecho mucha pasta gracias al negocio boticario. Lo del nivel económico se confirmaba al pasar al dormitorio infantil, donde se exhibían un par de conjuntos compuestos por esquíes, botas, cascos y ropa de nieve de hace al menos cincuenta años. Y no sé ahora, pero hace cincuenta años, en Castilla, sólo esquiaban los pijos.

En la cocina, otro detalle daba pistas sobre el nivel económico de aquel forrado farmacéutico (o forrada farmacéutica) que llevaba a sus hijos a esquiar: un refrigerador de botellas, electrodoméstico que ni vosotros ni yo tenemos en casa. Además, dos neveras (DOS) también se encontraban a la venta. Una por veinte euros y otra por treinta.

En el pasillo, una estantería hacía las veces de museo de tecnologías desfasadas. Allí, entre discmans y cintas de vídeo de diferentes formatos, había al menos tres cámaras de fotos. Y juraría que una de ellas era analógica y contaba con zoom. De ser así, hice muy mal en dejarla donde estaba porque su precio era de sólo quince euros.

Quedaba por visitar un dormitorio, cuyo enorme armario ropero, abierto de par en par, disponía de varios trajes y americanas, camisas y multitud de vestidos, entre los que destacaba uno de novia, hecho de seda, con una etiqueta en la que podía leerse (o más bien contarse) "50 €". Y sobre la cama, todo un muestrario de pañuelos y bufandas a 3 y 4 euros, respectivamente. De entre todos estos accesorios, uno se vino conmigo: una kufiya azul que en Hirbawi me costaría cuarenta (sin contar gastos de envío) si es que en algún momento llegan a tener existencias de ese modelo.


La prenda estaba sin usar y no tenía ningún hilo enganchado. Y sé de lo que hablo, que la que yo uso habitualmente va camino de convertirse en trapo de tanta tralla que le he dado y ya ha sufrido varios enganchones:

No se nota mucho en la foto, pero el deterioro está ahí

Terminada la incursión, volvimos al bar de las tortillas cual piratas que llegan a puerto fardando de botín (juraría que todos acabamos llevándonos algo), y la amiga de mi amiga le hizo entrega a la camarera de un pañuelo que le había comprado, obteniendo como respuesta un castellanísimo "¿por qué te molestas? Que yo ya tengo muchos de éstos".

Allí pasé un rato más, recargando mi batería social de una manera que, como ya he dicho, no puedo emular en Austria, pero finalmente llegó el momento en que muy a mi pesar (y para vuestro alivio, pues no contaba con soltaros tanta turra) me tocó despedirme de mi amiga y todos sus acompañantes, y recorrer de vuelta la autovía de Castilla para enfrentarme a una nevada que, curiosamente, sólo estaba cayendo sobre la capital vallisoletana.

Podría haber sacado una foto del fenómeno meteorológico que sirviese como conclusión a esta entrada. O del phoskitos que compré en la gasolinera en la que paré a mitad de camino para ir al baño porque me daba apuro mear gratis y que me comí dentro del coche antes de ponerme de nuevo en marcha. Sin embargo, no hice ninguna foto. Y es que entonces ni siquiera se me pasaba por la cabeza que, días después, me darían las dos de la madrugada escribiendo la entrada que acabáis de leer sobre mi tarde en Burgos. Peeero... Ya sabéis: "la vida es así, la vida, la vida es así".

Licencia Creative Commons

No hay comentarios:

Publicar un comentario