viernes, 18 de marzo de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 2

Irse tarde a dormir y tener que madrugar al día siguiente es, al menos para mí, la combinación perfecta para no recordar lo que se ha soñado. Por ello, cuando sonó el despertador (bueno, mi móvil) y abrí los ojos, mi cerebro se deshizo de cualquier referencia onírica y dedicó los primeros segundos de vela a intentar recordar dónde coño me había metido la noche anterior. Tras esta ligera angustia (porque yo soy así de dramático), mi GPS mental volvió a funcionar y fui consciente de que el segundo día de mi estancia en Dubai acababa de empezar.

Salí entonces de la cama e hice tres descubrimientos. El primero, que el estor destinado a esconder la habitación de los rayos del sol no contaba con cordón o cadenita para poder recogerlo, provocando que me tocase enrollar el mismo desde arriba. El segundo, que dicho estor estaba lleno de mierda, provocando que mis manos también acabasen llenas de mierda. Y el tercero, que la ducha contaba con una presión y una temperatura decentes, lo cual no provocó nada malo. Tras esta rápida puesta a punto matinal, saqué una foto desde el balcón que mejorase las vistas de la víspera:


Al abandonar la habitación, mi novia y yo nos encontramos con una de sus compañeras, quien nos dio una mala noticia: en el apartamento contábamos con cafetera y contábamos con café, pero no con filtros para prepararlo. También dejó caer que el lugar ya estaba ocupado por un inquilino cuando llegamos: la mugre. Y es que no sólo mi estor estaba sucio: muebles, suelos y todas las superficies en general incluían una capa de porquería tal que hacía pensar que allí acababa de dar un concierto Melendi. Por ello, hicimos una rápida lista de la compra que incluyese bayetas y filtros cafeteros y bajamos al supermercado más cercano. En el ascensor me di cuenta de que faltaban números, y no entendí por qué. Vale que los aviones de Ryanair no tienen fila 13 por supersticiones absurdas, pero es que esto ya era pasarse:


En la tienda, que era prácticamente un Tesco cambiado de país (el noventa por ciento de los productos expuestos estaban importados de Reino Unido, algo por otra parte lógico, pues la zona estaba llena de británicos pijos), adquirimos lo que habíamos ido a buscar, así como una libreta y un boli en el que pudiese tomar nota de mis actividades y chanzas para poder daros el coñazo ahora, y los adaptadores de enchufe que mencioné en ya no recuerdo qué entrada de las dos anteriores. Pagamos, nos dieron gratis todas las bolsas de plástico del mundo (qué gracioso. Toda Europa usando pajitas de papel y limpiándose el culo con hojas de bambú para salvar el planeta y en el resto del mundo pasan olímpicamente del tema) y subimos otra vez al apartamento, donde procedimos a preparar el desayuno de una puñetera vez.

En cuanto estuvo listo mi adorado café decidí que dos tostadas serían un buen acompañamiento, pero el tostador saltó a los pocos segundos de empezar su tarea, y yo estaba empezando a pensar que se había jodido cuando descubrimos que en realidad el piso se había quedado sin electricidad (al menos la parte correspondiente a los enchufes). Debido a este incidente, el internet murió, puteando un poquito a quienes se encontraban allí (recordemos) por motivos de trabajo. Y yo me pregunto: ¿fui responsable de este evento por usar el tostador? De ser así, ¿me arrepiento de ello? Y yo me respondo: pues es posible, y desde luego que no. En todo caso, me callé como un zorro y dejé que otro se encargase de avisar al portero del edificio de la pifia, la cual arreglarían horas después.

Mi novia, viendo que no iba a poder currar desde allí, no tuvo más elección que encaminarse a la oficina, situada a unos veinte minutos a pie, y yo procedí a acompañarla. Mientras salíamos por la puerta, la misma compañera del principio nos comentó que podíamos dejar la puerta abierta sin problema, pues según ella "aquí te cortan la mano o te matan directamente si te pillan robando", y a mí se me levantó la ceja al escuchar semejante burrada, pero no mucho, pues no tenía claro cuánto de cierto y de falso tenía su comentario.  

El camino estuvo entretenido, tanto por lo alto como por lo bajo. Y es que cuando uno miraba hacia arriba podía contemplar los inmensos edificios de la zona:


Mientras que cuando miraba hacia abajo, se encontraba con estos cromos:

Muy parecidos a los que coleccionan los niños madrileños

Tras el agradable paseo llegamos a nuestro destino y me despedí de mi novia con un beso ligeramente cargado de preocupación, pues no tenía claro si los Emiratos Árabes Unidos es uno de esos países en los que inflan a latigazos a quien da muestras de cariño en público. Pero bueno, no hubo ni latigazos, ni lapidación, ni una triste multa. Y eso que aquí motivos para sancionar al personal no faltaban, tal y como recogía este cartel que vi minutos después, una vez solo, al adentrarme por primera vez en el metro dubaití:

Me acordé de cierta escena de Parks and Recreation

En el tiempo que pasé dentro de la estación (¿o se dice "parada"? Lo siento, en Valladolid no somos como los señoritos de Madrid y no tenemos metro, así que no controlo el vocabulario) esperando a la llegada del transporte, eché un ojo a Google Maps (aplicación que me ha salvado el culo demasiadas veces en los últimos diez años, todo sea dicho) y descubrí que "no muy lejos" de allí se encontraba una hamburguesería con estética noventera. En ese momento me pregunté si el lugar sería noventero de verdad, con su tejado de uralita, su carne de vaca atiborrada de clembuterol y sus ceniceros llenos de colillas en cada mesa, y pensé que sólo habría una forma de confirmarlo.

Hago un pequeño inciso (como si esta entrada no estuviese quedando ya suficientemente larga) para contar brevemente mi primera incursión en un McDonalds, pues viene al caso porque fue en el que abrieron en Valladolid a mediados de los noventa, precisamente. Cuando crucé la puerta con mis padres pedí, con toda mi chulería, un menú macroyaljamburguer, porque en esos días anunciaban en la tele el macroyaljamburguer y lo de macroyaljamburguer me sonaba de lo más guay. Me lo sirvieron, y me llevé un chasco enorme al ver que no traía juguete. Pregunté entonces al empleado que qué había de lo mío y el muchacho me aclaró que los juguetes sólo tocaban en los menús de niños.

Otro chafe más que añadir a esta lista de chafes que es mi vida, oye.

Volviendo al tema principal, si he entrecomillado el "no muy lejos" es porque en realidad el local se encontraba a tomar por culo, pero es que a vista de mapa, Dubai engañaba. Algo que comprobé varias veces, muy a mi pesar y de mis pies y espalda, que ya tienen una edad y no están para según qué trotes.

Para empezar, tuve que recorrer varias paradas hasta llegar a la más cercana, de nombre Umm no sé qué o algo así (no me juzguéis, que vosotros tampoco sabéis cómo se llama). Una vez apeado, me tocó cruzar al otro lado de la autopista de DIECISÉIS CARRILES que atraviesa la ciudad de noreste a sudoeste:


Ya en el exterior, la ruta que se antojaba rápida y cómoda en la aplicación de los mapas se convirtió en una caminata de tres cuartos de hora por enormes avenidas pensadas para recorrer exclusivamente en coche. Pasé junto a varios concesionarios pijos, tiendas de mobiliario pijo para cuarto de baño y algún que otro restaurante de los que tienen personal en la puerta diciéndote con la mirada "no entres aquí, pobre". Debido a que las ganas de comer y la fatiga se hicieron muy amigas dentro de mi cerebro, no me dio la gana sacar fotos, por lo que os toca creerme sin más si os digo que me encontré con elementos podotáctiles (vamos, los bultitos que hay en la acera para que los ciegos sepan que llegan a un paso de cebra) de cristal, como el ombligo de un troll, y que a pesar del clima semidesértico, la zona contaba con alfombras de flores kilométricas.

Finalmente, llegué al restaurante, y lo único que tenía de noventero era una recreativa del Street Fighter y el logo escrito con letra pixelada. Ni siquiera tenían macroyaljamburguer. Pero me dio igual. Pedí y ante la pregunta de si quería comer dentro o fuera, decidí erróneamente que fuera, por lo que me tocó jalarme lo de la foto que vais a ver ahora intentando que el vendaval que soplaba no me volase las patatas fritas (las cuales, ignoro por qué, sabían a bocabits):

Aún conservo la chapa de la botella, que tiene cosas escritas en árabe. Si alguien la quiere, se la regalo vendo

Una vez nutrido, me enfrenté a dos opciones: seguir alejándome de la civilización y llegar a la playa, o volver a la zona de la autopista y el metro y tomarme un café. Evidentemente, elegí la segunda, pues hay ocasiones en las que sólo el café me pone a andar, y aquélla era una de dichas ocasiones.

Volví por un camino distinto que además era más corto, y en lugar de concesionarios y tiendas de baño para gente rica, lo que me encontré en esta nueva ruta fueron clínicas de todo tipo. Por ejemplo de medicinas alternativas y pseudociencia sacacuartos:

Dedicado a aquellos incautos que creen sentirse mejor de sus dolencias con sólo ver caracteres chinos sin saber qué coño significan

O, hablando de sacacuartos, un pequeño local de Quirón, quienes hace no mucho me soplaron ciento veinte euros por hacerme una PCR:


También había muchas flores, aunque no tantas como a la ida, pero esta vez me encontraba de mejor humor y sí que hice foto:


Así, caminando entre médicos, casi-médicos, no-médicos-en-absoluto y abundante flora, me hallé a una rotonda de distancia del Centro Comercial de los Emiratos. Pero claro, ya he dicho que esta no es ciudad para peatones, y la susodicha rotonda, que conectaba la megaautopista con otra carreteraza que no se quedaba corta en eso de acumular carriles, no contaba con un paso decente para viandantes, obligándome a dar un rodeo DE LA HOSTIA que me llevaría de vuelta a Umm no sé qué. Pero esto me venía bien, en principio, por dos motivos. El primero, encontrarme con esta gata que, tumbada sobre el adoquinado, disfrutaba del atardecer:

Foto hecha desde lejos para no molestar

El segundo, indirectamente, tenía que ver con mi madre. Resulta que la buena mujer, hace un par de años, adquirió un cuento en euskera durante una excursión a Navarra, empezando así la curiosa afición de coleccionar libros infantiles en distintos idiomas que luego traduce al español con la ayuda de Deepl mientras descubre el follón en que consiste tener que lidiar con más de un lenguaje. Y desde entonces yo le he conseguido varios en alemán, turco, esloveno o inglés, entre otros (hasta Frau Pfefferoni le pilló uno de Grecia el pasado verano). Pues bien, mientras consultaba la ruta hacia mi ansiado café, Maps me dijo que a un par de kilómetros de mi localización se encontraba The Old Library, con lo que mi madre podría añadir un ejemplar en árabe a su colección. Caminé hasta el lugar y descubrí al llegar con gran decepción que yo, que he vivido siete putos años en Irlanda, llevo casi diez comunicándome a diario con compañeros angloparlantes y tengo pensado sacarme este año el avanzado de inglés de la Escuela de Idiomas, me había comido un false friend de primero de Muzzy.

Niños, meteos esto en la cabeza: en inglés, library significa biblioteca, no librería. 

Tras cagarme en mi English level a las puertas de aquella biblio en la que, evidentemente, no vendían libros, decidí compensar la caminata inútil entrando en la cercana Umm no sé qué y dejando que el metro me llevase hasta la siguiente parada, donde estaba el dichoso Mall of the Emirates, un centro comercial grande de cojones en el que me perdí varias veces buscando la tienda de libros anunciada en la pantalla que consulté en la entrada. Para más inri, dio la casualidad de que mi madre me escribió por Whatsapp para preguntarme qué tal me iba y qué andaba haciendo. Y a mí, con la paliza que me estaba dando, me dieron unas ligeras ganas de responder con un "aquí, intentando comprarte un puto libro". Evidentemente, mi madre no recibió tal respuesta. No sólo porque hacer algo así ESTÁ FEO y en aquel jardín me había metido yo solito por voluntad propia, sino porque en ese momento di con la tienda, la cual no sólo tenía muchísimos cuentos en árabe, sino que contaba con un recompensatorio Starbucks en su interior como si de un oasis en mitad del desierto se tratase.

Hago un segundo inciso para deciros que no os voy a contar ahora mi primera vez en un Starbucks, que bastante mal estoy quedando ya.

Me adentré en la cafetería ignorando las miradas de los dependientes (me da mucha ansiedad que me pregunten qué quiero en las tiendas, y ése es uno de los motivos por los que no compraría nada en el mercado de oro días después, pero no adelantemos acontecimientos), apuré un capuccino al que acompañó un paracetamol (pues mi espalda cantaba saetas a esas alturas de la tarde), me hice con el libro y determiné que aquel día ya contaba con aventuras de sobra. Por ello, volví al metro con la intención de dirigirme al apartamento, y mientras esto ocurría mi novia me contó que estaba aún más hecha polvo que yo, pues ella (recordemos) había tenido que currar todo el día. Calculando que nos encontraríamos en el piso en una media hora, me apeé una parada antes y recorrí a pie la Marina de Dubai, cuyos rascacielos iluminados se me antojaron algo distópicos, no sé por qué:


Pasé por un Carrefour Express cercano al piso, pillé un par de sandwiches y, por fin, llegué a nuestro hogar temporal con la intención de cenar ligero en compañía de mi también agotada novia y arrastrarme a la cama, ilusionado ante la perspectiva de desayunar en un sitio interesante al día siguiente.

Y mientras subía en el ascensor, la parte de mi cerebro que aún no estaba frita dio con la solución al misterio: no es que faltasen pisos, es que los apartamentos eran dúplex y las plantas superiores de los mismos no contaban con puertas al exterior, por lo que no merecía la pena que el ascensor parase en dichas plantas.

Sí, hasta cuando estoy cansado soy un puto genio, lo sé.

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viernes, 11 de marzo de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 1

Cuando uno tiene por delante un viaje en tren de tres horas seguido por un vuelo de seis, todo ello unido a la incertidumbre de no saber qué clase de ciudad se va a encontrar al aterrizar, resulta lógico no recordar lo que se ha soñado la noche anterior, pues el cerebro no está para tonterías. Así que no me preguntéis qué soñé antes de partir para Dubai, porque no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que mi novia y yo, tras ingerir en casa un par de piezas de fruta y un zumo adquiridos el día antes mientras NADIE me robaba los zapatos, pasamos por la ducha, pues (y nunca me cansaré de decirlo) hay que ser muy hijo de puta para meterse en un medio de transporte colectivo sin haberse duchado.

Otro sitio por el que pasamos, justo antes de montar en el tren con destino al aeropuerto de Viena, fue el McDonalds de la estación, donde recogimos sendos desayunos que nos jalamos a bordo del ferrocarril porque a veces me gusta disfrutar de la vida. Y aunque os pueda sorprender, os aseguro que los desayunos del McDonalds son bastante decentes. Creedme.

Del viaje en tren poco puedo destacar. Como he dicho al principio, son tres horas que me toca tragarme cuando vuelo desde la capital austriaca, y cada vez que esto ocurre no puedo evitar pensar que es una putada que un tren que cubre la misma distancia que un Alvia Madrid-Valladolid tarde el triple porque en Austria no saben lo que es la alta velocidad, al tiempo que paradójicamente celebro este hecho, pues el tren serpentea entre montañas y barrancos mu bonicos incompatibles con las catenarias y peraltes que requeriría una vía más rápida.

"Si tan bonito te parece, habrás hecho fotos que lo demuestren, ¿no?" estaréis pensando. Y os digo que no, pero eso me da ideas para una posible entrada futura, oye.

Tras llegar al aeropuerto vienés fuimos derechos a los mostradores de facturación para deshacernos de los maletones, lo cual tuvo lugar con una celeridad asombrosa. Para celebrar que no nos había tocado aguantar una cola muy larga, fuimos por segunda vez a un establecimiento de los de la M dorada con la intención de picar algo mientras hacíamos tiempo. Allí me acordé de un cartel bastante curioso que colgaba en la pared de una cafetería dublinesa a la que solíamos ir a desayunar a menudo hasta que los dueños decidieron reformarla, cambiar su nombre por otro ridículo y cobrar bastante más por unos platos que ofrecían menor cantidad y calidad. El cartel de marras recogía una cita de la humorista norteamericana Erma Bombeck, algo en plan "Aprovecha el momento. Recuerda a todas esas mujeres que rechazaron tomar postre tras su cena en el Titanic", y yo lo tuve en mente de forma algo macabra mientras pedía mi segundo café del día y un trozo de tarta de queso.

Conforme la hora de despegue se acercaba, nos dirigimos al control de seguridad, el cual también cruzamos a toda pastilla, y tras éste al de pasaportes, que también nos quitamos de encima en un santiamén. Y yo ya estaba empezando a mosquearme ante tanta eficacia (pues el proceso anteriormente descrito siempre suele traer de serie algún operario lento y/o máquina que se jode a mi paso) y a pensar en diferentes formas de poder expresar por escrito lo rápido que estaba pasando todo, cuando me di de bruces con este adefesio:

Helena Bonham Creepy

Mé limité a sacar una foto del bicho para plasmarla aquí (dejo en vuestras manos el juicio al gusto artístico austriaco) y acto seguido mi novia y yo nos dirigimos a la puerta de embarque, la cual se abrió a los pocos minutos (en serio, todo muy rápido) para que los pasajeros pudiésemos acceder al mastodonte de dos pisos en el que íbamos a pasar el resto del día. La foto del trasto la hice cuando aterrizamos, así que tened un poco de paciencia, que en un rato os la enseño.

Lo primero que hice al entrar en el avión fue aprovechar para meterme en el baño y obtener unas pocas imágenes del habitáculo antes de que los pasajeros lo llenasen de mierda:

Taza de váter más lujosa que la que tengo yo en casa

Control de temperatura en el grifo del lavabo, ojo

Cajoncitos con compresas, hermana

Vasitos de papel y lociones. Vuestra vida es una mierda después de ver esto

Otra cosa que hice, aprovechando el espejo, fue colocarme la mascarilla. Y digo esto porque puede que alguien (seguramente yo mismo) lea esto dentro de mucho tiempo sin percatarse de que, durante unos años, nos comimos una pandemia riquísima que nos obligó a llevar tapabocas allá donde fuésemos. O tempora, o mores, ¿eh? Para que veáis que no me lo invento, adjunto foto del tubito de gel hidroalcohólico que nos dieron:


Total, que tras la vuelta al asiento y el despegue, empecé a ser consciente de que nos habían tocado buenos sitios, pues nos encontrábamos en la última fila y no se daba la posibilidad de que algún criajo miserable carne de Supernanny sentado detrás decidiese liarse a patadas con mi asiento (situación que, por otra parte, suelo sufrir bastante a menudo). Pues bien, no había terminado de pensar en esto y la hija de puta del asiento de delante decidió reclinarlo a tope:

Por muy poco ecológico que resulte, os juro que si en algún momento tengo oportunidad de volar en avión privado no pienso desaprovecharla. Y que os den a todos

Con la intención de no darle muchas vueltas al encajonamiento recientemente descrito al que me vi sometido, y mientras las azafatas sacaban fotos instantáneas sólo a las familias con niños, me dispuse a entretenerme con los podcasts que me había descargado para hacer más ameno el vuelo, al tiempo que reflexionaba sobre lo hipócrita que resulta escuchar Estirando el chicle, Saldremos mejores o La base metido en un avión de Emirates. No obstante, la llegada de la comida hizo que todo dejase de importarme durante unos minutos:

Nada del otro mundo, pero mi paladar no es que sea muy sibarita

Y del resto del vuelo poco os puedo contar. Intenté leer un rato y me quedé dormido a la segunda línea (hora y media de siesta, como un campeón), despertándome a tiempo de que llegase el segundo café que ingerí dentro del aparato. Al aterrizar, y justo antes de salir, descubrí que a la vuelta de nuestros asientos había un grifo escondido:


Así que aproveché para beberme un par de vasos, pues nos habían contado que el agua del grifo en Dubai es algo a evitar y no sabía cuándo volvería a tener ocasión de hidratarme. Una vez fuera, y mientras esperábamos al resto de nuestro grupo (os recuerdo que todo esto era un viaje de trabajo de mi novia, y un par de compañeras con acompañantes, amén del jefe de todas, venían también), ahora sí, saqué la puñetera foto:

La mancha amarilla debajo del ala es una persona de mediana estatura, para que os hagáis una idea

Cuando abandonamos la zona destinada a embarques y desembarques nos adentramos en un enorme hall que existía para impresionar a los recién llegados y contenerlos hasta la llegada del siguiente trenecito con destino al propio aeropuerto (sí, aquí descubrí que TODO lo hacen a lo grande en este país). En dicho hall saqué esta foto sin tener muy claro por qué:


El viaje en trenecito nos llevó al control de pasaportes, y todos cruzamos el mismo sin hacer chistes ni sacar fotos porque si hay un lugar en el que se te puede caer el pelo por hacer el bobo, sin duda es éste. Tras el solemne trámite (aunque yo no pude evitar sonreír como un bobalicón porque me hace ilusión lo de acumular visados en las hojas del librito como a todo hijo de vecino, ¿qué pasa?) llegamos al cinturón de entrega de maletas para descubrir que alguien ya las había quitado del mismo y dejado en el suelo por nosotros.

Y a mí, que llevaba una cantidad considerable de líquido en el cuerpo, me entraron unas ganas de mear que no os podéis imaginar, pero como no contaba con confianza suficiente con los recién descubiertos integrantes de aquel grupo como para pedirles que parasen un par de minutos en lo que yo hacía las gestiones urinarias oportunas, aguanté estoicamente mientras llevábamos a cabo la primera actividad grupal de la estancia: comprar tarjetas SIM para poder estar comunicados durante los días siguientes. Y vale que el tiempo pasa más despacio cuando se tiene la vejiga llena, pero es que la pachorra del muchacho encargado de vendernos y configurar las tarjetas fue digna de galardón, oye. ¿Cuánto creéis que se puede tardar en lograr que seis guiris tengan un número de los Emiratos en su móvil? Bueno, pues seguro que os habéis quedado cortos.

Con los terminales operativos (y un ligero dolor en la vejiga) nos unimos a la cola de pasajeros que esperaban un taxi, y para mi consuelo avanzamos bastante rápido hasta que me vi dentro de uno de los dos vehículos que nos tocó ocupar debido al tamaño del mencionado grupo. El camino del aeropuerto dubaití al apartamento estuvo entretenido, y pude contemplar desde el asiento delantero del coche varios iconos de la ciudad iluminados (ya era casi medianoche) al tiempo que intentaba no hacerme pis encima. Tras media hora, el taxi paró en la puerta de la que sería nuestra residencia durante la siguiente semana: un edificio que a pie de calle parecía no acabar nunca pero que no destacaba demasiado en la zona (Dubai Marina, aclaro), y es que en aquel enjambre urbanístico los rascacielos competían por ver cuál era más alto. El ascensor nos llevó hasta el piso veinte, donde se encontraba nuestro apartamento, y tras entrar y depositar las maletas en el salón se produjo la clásica pelea de cortesías por adjudicar las habitaciones. A nosotros nos tocó la que tenía vistas a la noria:



Tras retratar la noche desde el balcón, me encerré felizmente en el cuarto de baño durante unos segundos. Con la mente aclarada tras este ejercicio miccionatorio, pasé a centrarme en mi siguiente necesidad, la cual compartían casi todos mis compañeros de apartamento: el hambre. Por suerte para nosotros, el jefe de mi novia se hizo con algo de picoteo (y un huevo de botellas de agua mineral). Entre las viandas que trajo de uno de los muchos supermercados abiertos veinticuatro horas de la zona, se encontraban unas extrañas (y caras de cojones, por lo que pude saber después) frutas con cuyo nombre no llegué a quedarme y de las que sólo se podían aprovechar las blancas semillas interiores. A insistencia del jefe (y de la novia de éste) comí unas pocas, pero no quise abusar so pena de que el exótico manjar no le sentase bien a mi organismo y me obligase a pasar mi estancia en Dubai abrazado al váter que tanta alegría me había dado al principio de este párrafo. Preferí centrarme en el queso y el embutido, al tiempo que oía contar a su comprador que lo había adquirido en una zona del súper llena de carteles que, cual mapamundi medieval, advertían a los consumidores musulmanes de la existencia de carne de cerdo en la zona. Imaginar que el local contaba con una zona "prohibida" me hizo recordar aquella tienda de Osaka en la que adquirí un ejemplar de porno con tentáculos para un amigo. PARA UN AMIGO, JODER.

En fin, que entre pitos y flautas, nos dieron las tres de la madrugada, por lo que los últimos minutos de vigilia del día que llegamos a Dubai los pasé presenciando cómo mi novia y sus compañeras, habida cuenta de lo tarde que se había hecho, declaraban que al día siguiente, si alguien esperaba que se pusieran a currar a primera hora de la mañana, podía esperar sentado.

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viernes, 4 de marzo de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 0

Este blog es como el Guadiana, macho. Lo mismo me tiro meses sin pasarme por aquí que os suelto tal turra que vais a necesitar varios viajes al retrete para poder leerlo todo. Pero es que esta vez no es para menos.

Resulta que hace no mucho, mientras entraba por la puerta de nuestro pisazo tras un largo día de curro, mi novia me espetó que tendría que ausentarse durante una semana por motivos laborales que no me quedaron muy claros (la verdad es que directamente no tengo claro NADA de lo que hace en su trabajo, pero es que para estas cosas yo soy como la infanta Cristina, que bastante tiene ya mi cerebro con resolver los cientos de putos wordles que siguen saliendo a diario). Y la entrada terminaría aquí si no fuese porque añadió que se admitían acompañantes. Y que si quería ir con ella.

Imagino que os estaréis preguntando a dónde tenían pensado mandar a mi novia. Os doy una semipista:

fuente: 20minutos


Casi. Al lado. Si el campechano está actualmente pasando unos días en Abu Dabi por un quítame allá esos millones de euros en comisiones, mi novia me estaba ofreciendo viajar de domingo a domingo a Dubai. A DUBAI, joder.

Y claro, al oír esto, mis siete neuronas convocaron una reunión de Emergencia en la que no quedó muy claro cuál de todas decía qué:

–¿Ha dicho Dubai? Eso está como a cinco o seis horas de vuelo, ¿no? ¿Va a soportar su espalda tanto rato de viaje?

–Su espalda ya no soporta ni media hora de nada. Pero el paracetamol le está yendo bien. Lo preocupante es el destino en sí.

–Eso, y que acaba de volver de una semana de vacaciones en Valladolid. No sé yo si a su jefe le va a parecer bien que se vuelva a largar.

–Y más aún teniendo en cuenta que en un par de meses tiene pensado pirarse a Canarias otra semana. Yo no sé de dónde saca este chico tantos días libres.

–Bueno, mira, que se apañe con su jefe como pueda. De momento vamos a centrarnos en esto. A ver, ¿qué sabemos de Dubai?

–Que está en los Emiratos Árabes, pero no tengo claro si es la capital o no.

–Eso es lo de menos. ¿No es la ciudad que han levantado en medio de la nada a golpe de petrodólar?

–Cierto, la que tiene un huevo de rascacielos y construcciones a lo bestia.

–Es verdad. El Burj Khalifa, el Burj Al-nosequé, lo del marco de fotos ése to grande que se puede ver por dentro, una piscina con una profundidad del copón para poder bucear...

–A éste no le metes a bucear ni a tiros. Ya te lo digo yo.

–¿Sabemos si han empezado a levantar la mierda ésa de Calatrava que iba a medir un kilómetro?

–Creo que no, pero a estas alturas la ciudad ya debe tener chorradas de sobra como para que al pelele éste le compense el viaje.

–Sí. Yo no sé qué le ha dado con estas cosas, pero desde qué leyó el artículo aquél de Vicisitud y Sordidez está que no caga con la arquitectura loca.

–Pues me da que en Dubai se lo va a pasar como un enano. Aquello tiene pinta de ser algo en plan Desmadre a la americana, aunque no tengo muy claro si Desmadre a la americana es una película que describe lo que quiero decir porque no la he visto. ¿La habéis visto alguno?

–No.

–No.

–No.

–No.

–No.

–No.

–Vale, pues entonces queda pendiente ver la película de los huevos. Y si no hay ningún tema más que tratar, yo creo que podemos dar la reunión por finiquitada, ¿no?

–¿Y lo de Dubai?

–¿Qué pasa con Dubai?

Y así durante un buen rato, dejando claro una vez más cómo funciona mi cerebro.

Al final acepté la oferta, entre otros motivos porque, aparte del mencionado sinsentido arquitectónico que me provocaría un síndrome de Stendhal tras otro, el clima de la zona en febrero resulta de lo más apacible, y eso me vendría de lujo para intentar combatir la dermatitis ("die Sonne ist super", me dijo el dermatólogo) que, un año más, está volviendo a colonizar mis brazos. Por otra parte, a mí lo de deambular por calles desconocidas sin rumbo fijo ME CHIFLA, y con mi novia dedicada a sus quehaceres profesionales, tiempo para ello iba a tener de sobra (tiempo, y unas zapatillas de deporte estupendas que me compraron mis padres hace unos meses y que me permiten patear durante kilómetros y kilómetros sin despeinarme).

Así que tocó prepararse para la estancia en Dubai. Lo primero que hice fue darle muchísimas vueltas a si debería o no llevarme la cámara de fotos (tranquis, que en este caso no voy a reproducir mi conversación neuronal), pero decidí que mejor no cargar con peso extra, habida cuenta de que pasaría calor y de que Dubai tiene tanta tontería junta que no iba a saber muy bien a dónde apuntar con el objetivo. De hecho, no iba a saber ni qué objetivo utilizar en cada ocasión. Sí que me llevaría la instax, que no abulta tanto y me vale para sacar fotos majas cuando hace sol.

También estuve planteándome renovar el móvil antes de ir, pues el mío no es que haga unas fotos de la hostia (y ya lo comprobaréis), amén de que su batería empieza a tener la capacidad justita para pasar el día, pero como los últimos modelos vienen sin tarjeta SD, y yo para eso soy muy cabezota, concluí que sería mi actual celular el que me haría compañía a pesar de todo.

De cara a planificar mis rutas por la ciudad, tampoco es que me lo currase mucho, y como la mayoría de imágenes que pude ver en Street View son de hace seis años, sabía que me encontraría un paisaje muy diferente, por lo que decidí que improvisaría sobre la marcha, al igual que improvisaría la adquisición de un adaptador de enchufe (en Emiratos Árabes tienen toma británica). Y es que mi novia y yo descubrimos el día antes de partir que el porrón de adaptadores que teníamos se quedó por el camino cuando nos mudamos de Irlanda a Austria.

Otra cosa que hice antes de partir fue comprarme un par de zapatos. Resulta que yo no uso de eso y empezó a correr el rumor de que en Dubai hay sitios en los que no te dejan entrar con playeras, e imaginad el bochorno si eso llegase a pasar. No voy a contaros cuánto me gasté en el calzado, pero dejaré caer que no poco. Si digo esto es porque, tras pasar por la zapatería, mi novia y yo pedaleamos hasta un centro de test covid en el que nos hicimos sendas PCRs, y de ahí a un supermercado en el que poder comprar un par de cosas que desayunar al día siguiente, antes de partir. Pues bien, el gilipollas que escribe estas líneas se dejó la bolsa con los zapatos nuevos en la cesta de la bici, en plena calle, y se tiró cuarto de hora dentro del supermercado sin percatarse de la situación. Cuando fui consciente de la jugada, salí corriendo del súper y descubrí que, ojo, los zapatos seguían donde los había dejado, y eso que la zona en la que aparqué la bici es de ésas que harían torcer el gesto a alguna que otra imbécil xenófoba. Let that sink in, que diría Ter.

Pues nada, ya estábamos prácticamente listos. Hicimos la maleta y yo me aseguré de meter en la misma la manta eléctrica que me pongo en mi ajada espalda cada noche y un alijo desmedido de paracetamol, le dimos instrucciones a Frau Pfefferoni para que se encargase de nuestros gatos (una semana que se iba a tirar la pobre dedicándose a esa tarea, y lo único que le dejamos para agradecérselo fueron cuatro lonchas de jamón serrano a medio caducar dentro del frigo. Si es que somos la mierda) y nos fuimos a dormir pensando en la paliza viajera a la que nos tendríamos que enfrentar al día siguiente. Pero de eso os hablaré en otra entrada, que sois unos ansiosos.

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lunes, 27 de septiembre de 2021

Yo vs. el alemán. Séptimo asalto

Metámonos en política.

El otro día llegaron a casa un par de cartas remitidas por el ayuntamiento, dirigidas a mi novia y a mí, y yo lo primero que pensé mientras abría la mía fue "ay, Dios". No es de extrañar que este pensamiento me viniese a la mente, pues lo habitual es que cada vez que me toca pelearme con cualquier trámite o documento administrativo de este país acabe con dolor de cabeza y ganas de abandonar la civilización para siempre. De hecho, tengo pensado escribir una entrada al respecto para que os hagáis una idea, pero aún no sé ni por dónde empezar.

De todas formas, en esta ocasión el disgusto no fue tal y mi exabrupto mental estuvo de más. Resulta que estaban a punto de celebrarse elecciones municipales y de distrito en la ciudad y se nos invitaba amablemente a participar en la Fiesta de la Democracia. Algo así nos chocó a mi novia y a mí, pues aunque ya llevamos dos años en Austria, para según qué cosas aún tenemos el modo irlandés activado por defecto (siete años metidos en Dublín es lo que tienen, chica). Mientras vivíamos en la Isla Esmeralda sólo se nos permitía participar en las elecciones al Parlamento Europeo, por lo que no nos quedó más remedio que echarnos a un ladito mientras los irlandeses decidían qué hacer con el matrimonio igualitario en 2015 y con la despenalización del aborto en 2018, y alegrarnos desde la barrera al ver que no la cagaron en ninguna de las dos ocasiones.

Pero resulta que en la patria de Schwarzenegger, al menos cuando de elecciones municipales se trata, los extranjeros censados en la ciudad sí que podemos colar papeletas en urnas. Y oye, teniendo la oportunidad, ¿por qué desperdiciarla? Y más cuando siempre he considerado que votar, más que un derecho, es la excusa perfecta para criticar a aquellos que han elegido a quienes están en el poder cada vez que éstos hacen lo que no deben. Si es que la Democracia me gusta más que al emperador Palpatine, joder.

Con esta idea de dudosa moral en mente eché un ojo a la carta de marras para saber qué hacer el día de los comicios. Y no sé si porque todo venía bien masticadito a nivel descriptivo o porque en el fondo estoy aprendiendo alemán de forma irremediable, pero esta vez no me tocó tirar de Frau Pfefferoni para que me ayudase con la traducción. En resumen, las instrucciones especificaban la dirección del colegio electoral, así como la mesa a la que debía dirigirme. También se pedía que, teniendo en cuenta la que está cayendo, todo el mundo fuese con mascarilla y que cada uno se llevase el boli de casa. Y yo decidí que tiraría de éste tan salao que me compré en una droguería de Maribor (sí, la ciudad en la que me pasó lo del ojo):

Tiene dibujado un cacahuete con pajarita y sombrero de copa y pone "Mr. Peanut". No me digáis que no es una monada

Podía haber elegido otro bolígrafo que adquirí en la misma droguería, más caro y con cabezal intercambiable para usar como estilográfica, pero no lo hice porque ES UNA MIERDA. Que tiene una tinta demasiado clara y deja borrones cada vez que lo uso para tomar notas cuando me siento frente al piano. Unas notas que, por otra parte, harían llorar a Javier, mi profesor de música de Primaria:

¿Solfeo? ¿Qué es eso?

Y por si contar con derecho a voto y el poder sacar de paseo un boli tan majo no fuesen suficientes motivos, la Schule nos pillaba de camino a la panadería balcánica a la que vamos cada domingo para hacernos con dos Semmeln que nos ayuden a empujar el platazo de huevos fritos con bacon y torreznos que nos metemos para desayunomer ese día de la semana. Así que no había excusa, llegó la mañana electoral y, bolígrafo en ristre, allá que fuimos.

La verdad es que el proceso fue más sencillo de lo que esperaba: seguir las indicaciones de la entrada, presentar el DNI para certificar la identidad de uno, recoger el sobre con papeletas destinadas a alcaldía y distrito y meterse tras un biombo para rellenar ambas. Cada papeleta incluía una tabla en la que aparecían todos los partidos presentados, así como hueco para marcar el elegido y para escribir el nombre del representante de turno.

Llegados a este punto, tengo que aclarar que no es que yo sea precisamente politólogo, pero con la autoridad que me concede el que aquí mando yo, coño, y tras haber dedicado cinco minutos a leer un par de artículos de Wikipedia, voy a hacer una breve descripción de los principales grupos políticos para que vosotros decidáis si cualquier parecido con la política española es o no pura coincidencia.

ÖVP, Österreichische Volkspartei (Partido Popular de Austria)


Señoros en traje, maquillados y muy bien engominados, echando la culpa a los demás de sus propios fracasos y miserias, organizando pelotazos y capeando casos de corrupción con mejor o peor suerte. La clase de políticos que parecen vivir en (y gobernar para) una burbuja dentro de la cual no estamos ni tú ni yo y que, sin que seas capaz de explicártelo, ganan una y otra vez. Lo que más rabia me da de este partido es que su líder tiene la misma edad que yo y ahí le tienes, presidiendo un país entero mientras yo me dedico a escribir gilipolleces en este blog y a merendar happymeals en el McDonalds porque estos días están regalando cartas de Pokémon.


Die Grünen (los verdes)


Un partido con un programa que se basa en la ecología y poco más, pero que lleva décadas agarrado al poder austríaco como una garrapata a base de subirse a hombros del partido más votado (sea del color que sea) y formar coalición. Vamos, como el PNV pero cambiando autodeterminación por bosques y carriles bici.


SPÖ, Sozialdemokratische Partei Österreichs (Partido Socialdemócrata de Austria)


Véase ÖVP.


KPÖ, Kommunistische Partei Österreichs (Partido Comunista de Austria)


¿Os acordáis de la Copa del Rey 95-96, cuando el Numancia le enseñó los dientes al Barça? Pues con los comunistas pasa algo parecido aquí: a nivel nacional no pintan una mierda, pero en la ciudad son segunda fuerza política, con un 20% de los votos y sólo superados por el ÖVP. Que igual es porque saben como batirse el cobre en la calle: una línea telefónica gratuita para orientar a inquilinos, asistencia legal gratuita a quienes van a firmar un contrato de alquiler y la guerra que dan cada vez que se pretende arrasar medio monte para levantar (aún más) pisos o al alcalde de turno se le va la olla y se le ocurre que aquí se podrían celebrar unos juegos olímpicos de invierno, entre otras lindezas, sirven para que cada vez que los medios de comunicación se dirigen a ellos en plan "que viene el coco", uno de cada cinco votantes reaccione diciendo "pues que venga".

[Edit de última hora: ¡PAM! En tu puta cara]


NEOS - Das Neue Österreich und Liberales Forum (La Nueva Austria y Foro Liberal)


"El partido que ha llegado para reformar la política", con eslóganes guays, colores fosforitos y mucha (quizá demasiada) presencia en redes sociales. Vamos, como cuando vas a un hotel moderno decorado con mal gusto y rezas para que las paredes estén lo suficientemente bien insonorizadas porque sabes que muchos de sus inquilinos no van a usar su habitación para dormir, precisamente. Que de lejos puede parecer algo decente, pero es que son liberales. Liberales. Y yo ya estoy cansado de lidiar en Twitter con gente que se cree que puede inventarse nuevas reglas desde el punto de vista económico cada vez que sus ideas locas demuestran ser una gilipollez cuando se intentan aplicar en el mundo real.


FPÖ, Freiheitliche Partei Österreichs (Partido de la Libertad de Austria)


Aquí el tema de los residuos se lleva muy a rajatabla: además del cubo del papel, el de plástico y envases, el del aluminio, el del cristal transparente, el del cristal oscuro y el de residuos en general, hay otro tipo de cubo para basura biodegradable o compostable: restos de comida, plantas secas y tal. El inconveniente que ofrece este último es que, como en éste en particular no está permitido usar bolsas, siempre está sucísimo y no es de extrañar que incluso lleno de gusanos, por no hablar de la peste que otorga a todo el cuarto de basuras.


PIRAT, Piratenpartei Österreichs (Partido Pirata de Austria) 


De la existencia de éste me enteré hace poco porque un anuncio suyo se me coló en Facebook. Se fundó durante aquel boom de la privacidad en Internet, los cierres de webs de torrents y los jovencitos que llevan sudadera con capucha y que no tienes muy claro qué quieren, pero oye, a lo tonto han logrado colocar un concejal en el ayuntamiento y un párrafo en esta entrada, mira tú.


Había más partidos, pero creo que con lo dicho os hacéis una idea, así que no voy a describir más. Tampoco os voy a enseñar la foto que hice de la papeleta-folio porque no sé si sería legal y no me quiero meter en líos, gracias. Si la queréis ver, venid de visita y os la enseño en persona.

Pues eso, que el proceso fue de lo más simple. Tras abandonar el biombo con ambas hojas marcadas y metidas en el sobre, colé éste en la urna (que parecía más un cubo de basura de Ikea como los que tenemos debajo del fregadero que una urna, pero no seré yo quien critique la estética electoral austriaca). Mi novia hizo lo mismo, y entonces pasamos por la panadería como habíamos planeado y nos volvimos a casa, donde cocinamos y después jalamos semejante delicia:

Ojito al Semmel, arriba a la izquierda

Esperabais que la hubiese cagado en algo mientras votaba por no conocer el idioma, ¿no? Y que lo hubiese contado aquí para vuestro deleite, ¿no? Pues os jodéis, que esta vez no ha tocado. 

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lunes, 13 de septiembre de 2021

Una historia de no violencia

El otro día me vino a la mente un recuerdo de infancia de ésos que caben en un par de párrafos, pero que requieren detalles y aclaraciones en lo referente a personajes y lugares, haciendo que la historia se alargue considerablemente. Por ello pensé "de puta madre, ya tengo para una entrada", y aquí estoy, poniéndome a ello.

Lo que voy a contar tuvo lugar una mañana de lunes, martes, miércoles, jueves o viernes de principios de los noventa. Sé que no fue ni sábado ni domingo porque ocurrió en mi colegio, en horario lectivo; y no puedo concretar el año porque no me apetece echar cuentas y calcular cuándo cursé segundo de primaria. Lo que sí puedo es deciros que empecé dicho curso con traumita. Resulta que mi centro escolar contaba (y cuenta) con, además de un majestuoso pinar y un polideportivo en el que durante sus primeros dos años de existencia estaba prohibido entrar con calzado de calle para no joder el recién estrenado parquet, tres edificios de aulas en el que los alumnos éramos clasificados por edades, como las pelis del videoclub: el primero, rodeado por su propia verja y dotado de estanques de arena y algún que otro columpio, era "el colegio de los pequeños", donde se cursaba preescolar/infantil y los dos primeros cursos de EGB/primaria. El segundo bloque, conocido como "el colegio de los mayores", albergaba al resto de la educación primaria. Y por último, junto a éste, se alzaba gris y feo de cojones el instituto, donde estudiantes de secundaria se afanaban en preparar los cursos previos a la entrada en la universidad o se tocaban los huevos esperando alcanzar la edad en la que nadie les obligase a estar allí.

Si habéis prestado atención hasta el momento (y os felicito por ello, pues soy consciente de que estoy soltando una chapa estupenda), habréis empezado a dibujar en vuestra mente a mi yo de siete años jugando felizmente en la arena del cole de los pequeños, seguro y feliz tras su verja, pero por desgracia no fue así. Al comenzar el segundo curso se nos notificó que pasaríamos al colegio de los mayores, ya que había excedente de párvulos y no cabíamos todos en el edificio. Mis compañeros celebraron el ser considerados menos niños de lo que les correspondía como auténticos hooligans, pero a mí lo de abandonar la infancia un año antes de lo esperado me sentó como un jarro de agua fría: me imaginaba que cada día a partir de aquel entonces me iba a tocar lidiar por los pasillos y en el patio con maromos MUCHOS años mayores que yo, entre los que seguramente habría bastantes mamelucos encantados de putear a mocosos como nosotros. Joder, si es que había tíos escolarizados con más barbas que el conserje, no me jodáis.

Pero al final no fue para tanto, tú. Resultó que quienes contaban con más edad en el colegio tenían mejores cosas que hacer que meterse con criajos y mi constante temor a protagonizar mi propia versión de The Warriors nunca se materializó. Aunque en una ocasión faltó poco para que así fuese, ya veréis.

En lo relativo a la media hora de recreo, raro era que no la dedicásemos a jugar al fútbol entre los pinos del patio, previo paso por los lavabos para vaciar vejigas que habían estado acumulando líquido durante las tres primeras horas lectivas ("ahora estáis en el colegio de los mayores y no se puede ir al baño durante las clases mimimimimi" decían los profesores, haciendo que odiase AÚN MÁS aquel edificio). Pues bien, el día de la anécdota nos encontrábamos cuatro o cinco compañeros de clase haciendo uso de los urinarios y pensando en el partidillo que se avecinaba, y entonces un externo protagonista al que podríamos calificar como "macarra" hizo su aparición estelar. Considerando la distorsión que otorga ver la realidad con los ojos de un niño y que apenas levantábamos un metro del suelo, es posible que exagere al decir esto, pero en mi recuerdo aquel pavo (con su cazadora de cuero y todo), que nos sacaba cuatro cabezas, no andaba lejos de la mayoría de edad. Vamos, una versión chunga de Quimi, el de Compañeros, pero muchos años antes de que existiera esa serie: 

fuente: atresmedia
Seguro que el de mi historia también tenía moto y todo

Si a esto añadimos que en vez de sacarse la chorra para mear, lo que el jambo hizo fue sacarse un cúter del bolsillo de la chupa y empezar a grabar con él el símbolo anarquista en la puerta del baño, comprenderéis que a mis compañeros y a mí se nos pusieran los huevos de corbata. Invadidos por el estupor y el canguelo, los infantes contemplamos la escena en silencio, deseando que el adolescente terminase su obra y se largase cuanto antes, pero uno de nosotros (a quien años después yo pondría un mote que no voy a reproducir aquí pero que hace que me sienta mal y bien a partes iguales: mal porque está feo poner motes, hombre; y bien porque dicho sobrenombre le duró hasta que empezó la carrera y eso tiene su mérito), en pleno ataque de insensatez, se encaró al del cúter, reprochándole con su vocecilla infantil que uno no podía ponerse a rajar puertas de centros de enseñanza públicos así como así y que pensaba dar parte a la profesora de turno. Con dos cojoncillos.

Imagino que sabréis como termina la historia de David y Goliat, ¿no? Bueno, pues en el baño de mi colegio pasó justo lo contrario. El vándalo trincó a mi compañero por los hombros y, tras meterle un empujón contra la pared, bramó con su vozarrón tardoadolescente que como se atreviese a soltar una palabra, su cara iba a terminar peor que la puerta. Tras este feo comportamiento, abandonó el lugar y salió al patio, lleno de un orgullo cobarde que sólo un abusica de mierda como aquél podría sentir. Y entonces mi compañero, más pálido que los urinarios que nos rodeaban, esperó unos segundos para tomar la misma ruta de salida, localizó a la maestra más cercana y le largó todo lo sucedido entre lágrimas más de impotencia que de miedo.

No se trataba de Asun, la de religión; ni de Charo, la de gimnasia (que era un cacho de pan, la pobre). Tampoco era Ofelia la que estaba allí (que tenía un rato de mala leche pero imponía poco). La casualidad quiso que aquella mañana el papel de guardiana de patio le tocase a Angelita. Angelita, ni más ni menos.

Antes de contaros cómo acaba la historia, permitidme que os la describa: físicamente, se trataba de una mujer de entre cincuentaymuchos o sesentaypocos con una estatura por encima de la media (MUY por encima). Su cuerpo, alargado como la sombra del ciprés en la novela de Delibes, se hallaba coronado por dos hombreras exageradas, entre las cuales destacaba una melena blanca que mantenía un volumen increíble gracias a litros de laca diarios y que hacía juego con su palidísima caraza, pues tampoco solía quedarse corta en lo que respectaba a maquillaje. Era algo así como Panti pero con gafas de montura fina y con los andares de quien se ha tragado el palo de una escoba. De hecho, mi abuela, haciendo alarde de un ingenioso hijoputismo castellano, solía referirse a ella (a sus espaldas, por supuesto) como "la alta viejorra" (vale, ya sé de dónde he sacado yo lo de poner motes a la gente). Y desde el punto de vista lectivo... Andaba más cerca de la vieja escuela que de la nueva. Sé de lo que hablo: el año anterior había sido nuestra tutora, y lo primero que hacía cada mañana era obligarnos a rezar un padrenuestro (hasta que algunos progenitores pusieron el grito en el cielo con toda la razón del mundo porque eso no tenía cabida en una escuela pública) y leernos un fragmento de un libro de urbanidad para niños y niñas que describía cómo nos teníamos que lavar las manos después de hacer caca y cosas así. A lo dicho habría que añadir algún cachete por aquí y por allá a los alumnos que peor se portaban (que peor nos portábamos, ejem) y un aura de severidad a lo Clint Eastwood en El sargento de hierro que nos solía poner a todos más firmes que las púas de un peine.

Bueno, pues allí estaba ella, escuchando atónita cómo mi compañero se chivaba de todo lo que os he contado. El macarrilla, que además de un abusón era un poquito gilipollas, había decidido quedarse a la vista, creyéndose el rey del recreo, por lo que Angelita tardó en localizarle el tiempo que le llevó a la víctima levantar el brazo y apuntar en su dirección con su dedito acusador. Fue entonces cuando la profe, con sus andares de comparsa de gigantes y cabezudos, se acercó al pavo y le dijo algo en plan "vente conmigo, chico", al tiempo que nosotros nos retirábamos con el objetivo de que el susto se nos pasase entre patadas al balón.

Teniendo en cuenta que los recreos duraban media hora, y restando el tiempo que duró el incidente del váter y el consiguiente parte a la autoridad competente, tuvimos unos veinte minutos de partidillo durante los cuales nos dedicamos a imaginar a Angelita convirtiendo el colegio de los mayores en el cuartel de Intxaurrondo y jugando su partido de fútbol particular con las pelotas del muchacho, habida cuenta de cómo se las gastaba (insisto: el año anterior yo me había llevado alguna que otra merecida galleta por su parte). Al sonar la sirena que marcaba el fin de nuestra libertad, corrimos a la entrada del edificio y contemplamos una escena ligeramente diferente a la que nos esperábamos.

Allí estaba Angelita, con una serenidad y una calma acojonantes, y frente a ella permanecía el gamberro, convertido en una parodia de sí mismo bajo aquella chupa de cuero que de repente parecía quedarle varias tallas grande. Mientras los alumnos nos dirigíamos a nuestras respectivas aulas, pasé cerca de esta pareja y descubrí que de los ojos de él, enrojecidos por un llanto de los que duran un buen rato, aún brotaban lagrimones (algo fácil de ver bajo mi perspectiva, pues el zagal no se atrevía a despegar la mirada del suelo). Las piernas le temblaban cosa mala, y aunque no fue el caso, no me habría extrañado que a aquellas alturas éstas se hubiesen encontrado sobre un charco de su propia orina.

Os estaréis preguntando cómo logró la profe doblegar al mastuerzo y convertirlo en semejante guiñapo. Pues resulta que, al contrario de lo que mis compis y yo pensamos, no se dedicó a recrear El crimen de Cuenca. Lo que hizo Angelita fue echar mano de la experiencia que le daba venir de la vieja escuela, con sus padrenuestros, sus manuales de urbanidad y sus técnicas de guerra psicológica de la época, y largarle veinte minutazos de sermón durante los cuales sólo Dios sabe qué leches le estuvo diciendo para apretarle TANTO las tuercas.

Angelita, ni más ni menos.

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lunes, 30 de agosto de 2021

Yo vs. el alemán. Sexto asalto

Vale, los dos últimos años han sido una mierda pandemialmente hablando, y resulta aún más descorazonador pensar que tras tantos meses padeciendo contagios y confinamientos, lo único que podemos sacar en claro es que el ser humano es gilipollas. Con tanto tener que aguantar a negacionistas, conspiranoicos, inconscientes y quejicas en general, no sé vosotros, pero yo paso por momentos en los que me falta el canto de un duro para ponerme del lado del virus.

Sin embargo, he de darle las gracias a la pandemia por algo en particular: ya no voy a cortarme el pelo. Pensaréis que soy un cínico por poseer un sistema de valores tan lamentable con la que está cayendo, y os doy la razón. Pero es que, tal y como ya dejé claro, el meterme en una peluquería está entre mis miedos más chungos, y como aquí en Austria el gremio tuvo que cerrar a cal y canto durante lo peor de la pandemia, pasadas unas semanas empecé a echarme a perder a nivel capilar como el Señor Burns en aquel episodio. Y es que todas las máquinas cortapelos del universo se agotaron de la noche a la mañana (así como las impresoras, algo que no me explico. Si ya no hay que imprimir nada, ¿no?). No obstante, como si de un milagro se tratase, resultó que en una de las droguerías (las cuales, recordemos, estaban abiertas) del barrio había varios modelos a buen precio, y una de ellas pasó desde entonces a habitar mi cuarto de baño.

Sólo se me ocurre un motivo que pueda explicar el que hubiera existencias en el local, y es que a nadie se le habría ocurrido mirar allí. Porque, insisto, se trataba de una droguería, el último sitio en el mundo donde podrían tener estos utensilios. Pero bueno, considerando que hace casi diez años encontré adaptadores de enchufe UK-Europa en una farmacia de Irlanda, ya no me asombro por nada.

Pues bien, ya han sido varias las ocasiones en las que mi novia, con gran destreza, hace uso del artilugio y me pega un rapado al siete (y al once en lo alto) que da gusto verlo, convirtiéndose así en mi peluquera particular y ahorrándome la pasta (aunque eso es lo de menos) y el mal rato que paso yo cuando tengo que cortarme el pelo fuera de casa.

A esto le estaba dando vueltas hace un rato, porque (si ningún imprevisto de última hora lo jode todo) estoy a pocos días de pasar una semana tocándome los huevos y releyéndome la serie de la Fundación en una playa de Granada y mi novia me acaba de convertir, capilarmente hablando, en Regular Sized Rudy  (si no habéis visto YA Bob's Burgers, no sé a qué coño estáis esperando), pues el orden correcto consiste en primero cortarse el pelo y luego tomar el sol, que cuando se hace al revés quedan unas marcas horrendas. Total, que mientras mi cabellera alfombraba el suelo del baño, me he dado cuenta de que aún no os he contado cómo me fue a nivel barberos por aquí antes de que dos mil veinte nos pasase a todos la mano por la cara. Como fueron pocos los meses de normalidad que pudimos disfrutar, tal acontecimiento sólo se dio en dos ocasiones. La primera no tuvo nada de especial: la peluquería, sita en un centro comercial de la ciudad, contaba con personal que habla inglés mejor que yo, por lo que el proceso no contó con ningún detalle destacable más allá de mi miedo a que me rajasen la yugular por error. Pero la segunda tuvo más chicha, sí. Así que os voy a contar lo que recuerdo de ella para que os cachondeéis un rato de mí y de mi falta total de destreza en eso de usar la lengua germana.

No recuerdo por qué no volví a ir a la peluquería angloparlante, con lo bien que me había ido en la ocasión anterior. Quizá fue porque por aquel entonces aún íbamos a una oficina a trabajar en lugar de hacerlo en gayumbos desde nuestros dormitorios, o porque soy imbécil y me apetecía complicarme la vida, pero decidí que aquella tarde de diario me pelasen en una barbería cercana a mi casa a la que acudiría en cuanto terminase mi turno. Temeroso de que allí sólo hablasen alemán, le pedí a mi compañero (que aunque también es español lleva más tiempo viviendo en Austria y controla el idioma) que me enseñase algunos conceptos para poder defenderme, y la lección consistió en:

  • Corto: kurz
  • Máquina: Maschine
  • Tijeras: Schere (y esto último lo he tenido que buscar AHORA porque se me había olvidado. Qué vergüenza)

Con lo anterior en mente, me dirigí a la peluquería convencido de que me haría entender sin problema, pero... ¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! Tres palabras sueltas no le dan a uno para hablar un idioma. Al entrar por la puerta, descubrí que sólo había un cliente siendo atendido por el único peluquero, y cuando le pregunté a éste si hablaba inglés, y él me dijo que nein sin soltar las tijeras, me senté en uno de los sillones de espera en vez de hacer caso a mi cerebro, que me pedía a gritos que saliese corriendo de allí. Llegado mi turno, pasé a la silla de marras que el estilista me señaló con su brazo, y respondí a su primera frase (cuyo significado no logré descifrar) con un entrecortado "Maschine und Schere, bitte" (algo que tuve que repetir varias veces porque, habida cuenta de mi pronunciación, sabe Dios qué estaba diciendo en realidad). El hombre me preguntó por el número y yo, que me había tirado siete años cortándomelo al five en Irlanda, le dije que fünf. Entonces él puso la máquina al fünf, me la acercó al lateral derecho de la cabeza y arreó el primer viaje de Maschine. Y yo me cagué en todo.

No sé si es que no hay una normativa en la Unión Europea que estandarice los cortes de pelo o qué, pero aquel fünf no tenía nada que ver con el five al que estaba acostumbrado. Mientras trataba de disimular mi expresión de pavor al contemplar en el espejo la fantástica calva que acababa de plantarme sobre la oreja, el pavo me preguntó que si me parecía bien, y yo estuve a punto de decirle que no, que qué cojones entendía él por "cinco", que se había pasado tres pueblos y que por aquel hueco de mi pelo se me estaban empezando a escapar las ideas. Pero, como imaginaréis, no le dije nada de eso. En primer lugar, porque no sabía (ni sé aún, QUÉ VERGÜENZA) decir todo eso en alemán; y en segundo lugar porque no habría servido de mucho, que estas cosas no tienen controlzeta. Porque, ¿qué iba a hacer el peluquero si le llego a decir que la había cagado? ¿Recoger el mechón del suelo y pegármelo con celo? Pues eso, que le mentí como un bellaco y le dije que todo bien, que adelante con aquella mierda del fünf que tenía más pinta de three o de two que otra cosa mientras pensaba en el frío que iba a pasar durante las próximas semanas.

El resto de la sesión transcurrió sin incidentes, y entre ambos se mantuvo un silencio algo tenso sólo roto cuando me preguntó que de dónde era yo. Tras responder le devolví la pregunta, y creo que él dijo ser de Turquía, pero no estoy muy seguro porque mis siete neuronas estaban tan ocupadas dándose codazos entre sí y señalando al espejo mientras contemplaban con atención morbosa la escabechina que el recuerdo de la conversación no se grabó muy bien en mi memoria.

Hablando de grabar. Hace años grabé la peli de Mr. Bean en una cinta virgen y días después mi hermano, que quiso grabar a su vez dibujos animados, usó esa misma cinta sin darse cuenta, pero en vez de La 2, el vídeo tenía seleccionado el canal 1, así que a mi cinta de Mr. Bean le faltan unos minutos del principio en los que sale un hombre siendo entrevistado por un reportero del informativo territorial de Castilla y León durante una protesta agraria. Que esto no tiene NADA que ver con la historia, pero es que estoy a punto de acabar y la entrada me está quedando muy corta. En fin, sigo.

Una vez el proceso llegó a su fin, el peluquero me preguntó por mi opinión ante el resultado, y yo mentí por segunda vez diciéndole que me gustaba. Al ir a pagar (doce euros) presenté un billete de veinte (el único que tenía), y el hombre puso mala cara y me dio con pesar un billete de diez al cambio, pues no tenía monedas con las que darme las vueltas exactas (y tampoco datáfono, así que de pagar con tarjeta nada, monada). Salí del lugar y, quizá fue porque el invierno austriaco le estaba afectando a mis meninges más de lo normal, pero me sentí mal por haber recibido un descuento inmerecido. Por ello, me metí en el Lidl cercano, me hice con un cruasán con chocolate que pagué con el billete de diez y, aprovechando que entre el cambio había dos euros, volví a la peluquería para dárselos, recibiendo a cambio una sonrisa.

Y entonces sí, ahí ya sí que me fui a mi casa mientras daba cuenta del cruasán y pensaba "qué buena persona soy. Y qué puto frío tengo".

fuente: philips
Recordad: se dice Maschine. Y el fünf es MUY corto


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jueves, 19 de agosto de 2021

Mi gata no me deja dormir

Es posible que lo que os voy a contar a continuación ni os vaya ni os venga, pero yo llevo días dándole vueltas y me está costando procesarlo. Y es que este blog cumple hoy cinco años. CINCO AÑOS. Que parece que fue hace nada cuando decidí empezar a registrar por escrito todas las chorradas que se me ocurrían de camino al trabajo y ya ha pasado un lustro. Un lustro durante el que ha ocurrido de todo: os he abierto las puertas de mi mente psicótica (y de mi habitación) con mayor o menor frecuencia (al principio lo hacía cada lunes y no sé cómo fui capaz de mantener el ritmo tanto tiempo), he dejado cosas sin acabar, he narrado un viaje a Japón a entrada por día y he dejado caer en varias ocasiones lo que me está costando aprender alemán, por poner algunos ejemplos. Más de cien entradas, que se dice pronto.

En principio no tenía pensado hacer nada especial para conmemorar el aniversario (y la verdad es que tampoco es que me sobre tiempo, que esto lo estoy escribiendo durante la víspera y aún tengo que regar los potos, ojo), pero creo que lo suyo sería aprovechar el acontecimiento y dedicarle de una vez por todas una entrada en condiciones a quien inspiró el nombre del blog, así que vamos allá.

La historia comienza con un mensaje. Concretamente, el que le mandé a la murciana una fría tarde de principios de febrero de dos mil quince diciéndole que no podría acompañarla al gimnasio para tener una de nuestras largas conversaciones de jacuzzi. En vez de pedir perdón por ello, lo que hice fue usar la siguiente imagen como excusa:


Y es que resultó que, poco antes de enviar dicho mensaje con foto, mientras mi novia y yo nos encontrábamos desatando nuestras bicis a la puerta del call center dublinés en el que currábamos por aquel entonces, los maullidos de un gatito marrón rompieron el silencio del aparcamiento. Mi novia, que es de las que se llevarían un tiro en el culo por cualquier gato de este mundo (filosofía que yo comparto con orgullo), echó mano del abandonado animal, sin que ninguno de los dos tuviésemos muy claro qué hacer con él. Al final, tras reflexionar con varios compañeros que también salían del trabajo en ese momento que cuidar de un gato no requiere demasiado sacrificio, nos dirigimos a la clínica veterinaria del pueblo para que le echasen un ojo.

El vete confirmó que el gato era en realidad una gata (lo que tiró por tierra mi deseo friki de llamarle Tron), que no tenía chip y que, pese a no parecer desnutrida o enferma, convendría darle un baño y unas pastillas para que se deshiciese de posibles pulgas y de tangibles parásitos, los cuales decoraron el salón de casa a los pocos días como si fuesen desagradables fideos. Ñam, oye.

Y así, con la gata metida en una caja de cartón proporcionada por el doctor de animales, volví a nuestro piso buhardilla pensando en qué nombre ponerle mientras mi novia se desviaba al supermercado y adquiría algo de comida, cuencos, caja de arena, arena y una manta, la cual vino atada con una cinta roja que se convirtió en su juguete favorito para siempre. Pensé que "Arya" sonaba bien, en alusión al personaje de Canción de hielo y fuego (no digo Juego de tronos porque soy un poser de mierda), y no sólo mi novia estuvo de acuerdo con ello, sino que la propia gata demostró que tal nombre le venía que ni pintado, pues no fueron pocas las veces que a partir de entonces demostró ser, literalmente, "Arya entrelospiés".

Supe que habíamos hecho lo correcto llevándonosla porque la noche que siguió a aquella tarde fue la más fría que recuerdo haber vivido en Irlanda, con una niebla densísima que ríase usted de la que se forma a orillas del Pisuerga.

Arya tardó poco en investigar y acostumbrarse a los rincones de su nueva vivienda, y al día siguiente nos sacó de la cama a base de maulliditos media hora antes de que sonase el despertador pidiendo que le suministrásemos el correspondiente desayuno (esta costumbre se repetiría casi a diario desde entonces, provocando que mi primer pensamiento de cada mañana fuese una maldición del ciclo circadiano de la puñetera gata).

Aquella misma tarde, la murciana vino a visitar al nuevo miembro de la familia. Estaba tan emocionada que ni siquiera se quitó la tarjeta identificativa del call center que llevaba colgada al cuello:


Durante los meses siguientes, Arya se dedicó a crecer tan a lo bestia como sólo crecen los gatos durante su primer año de vida. Primero fue capaz de alcanzar el sofá y dejar claro que ella era toda una estrella y que nuestro tiempo libre era suyo:


Poco después logró llegar a la mesa de un salto, consiguiendo así robarnos la comida si no prestábamos atención; y de ahí pasó a la encimera, desde donde gustaba de supervisar la preparación de la cena:


Y por último coronó los armarios de la cocina, para después bajar cubierta de roña porque ningún inquilino del piso se había encargado jamás de limpiar por allí. No, nosotros tampoco, faltaría más.


Otras actividades que Arya solía realizar consistían en pelearse con cordones, morder el pelo de mi novia durante la noche, colarse en bolsas de plástico y mochilas o escapar por las ventanas del salón. Durante una de éstas terminó metida en el piso de un vecino, y no sé cómo se las apañó el pobre para traérnosla de vuelta, pues cualquiera que tratase de cogerla en brazos solía fracasar en dicha tarea tras conocer a sus garras y colmillos. Y es que Arya era de un independiente que te cagas. Y un poco bruta, también.

Algunas noches, con el objetivo de que Arya pudiese mover el culo un poco más de lo que el piso se lo permitía, y aprovechando que el edificio de apartamentos era un enorme laberinto de sólo tres plantas, los tres solíamos dar un paseo por sus pasillos y escaleras sin salir al exterior. En alguna ocasión tratamos de acostumbrarla al arnés y la correa, pues teníamos en mente que Arya nos acompañase en toda clase de aventuras como hacen tantos gatos que tienen perfil de Instagram, pero a Arya lo de ir atada no le hacía ninguna gracia. Ella, independiente (insisto), era más de darse garbeos por su cuenta, y nos lo demostró con creces cuando nos tocó mudarnos.

Mi novia y yo, buscando mejorar nuestra situación laboral (pues el sueldo del call center empezaba a ser irrisorio para el nivel de vida irlandés), encontramos diferentes trabajos que, si bien superaban con creces las condiciones, a nivel localización eran una putada: cada día nos tocaba chuparnos dos horas de transporte para llegar a nuestros puestos y otras dos para volver. Por ello, tras seis meses aguantando interminables viajes en los odiosos autobuses urbanos de Dublín, nos mudamos a una casita pija en un barrio pijo del sur de la capital, rodeada de casitas igual de pijas y con las principales vías de tráfico lo suficientemente alejadas como para que fuese seguro dejar a Arya corretear por la calle de vez en cuando. Y Arya agradeció el cambio que no veas. Desde entonces dedicó cada tarde a pedirnos a gritos que le abriésemos la ventana de la cocina para que pudiese arrojarse al patio y, desde aquí, saltar grácilmente la tapia, desaparecer durante un par de horas y luego regresar (muchas veces oliendo a humo de chimenea, no me preguntéis por qué) para descansar de sus aventuras tumbada en lo alto de las enmoquetadas escaleras.


Nunca tuvimos muy claro a dónde se dirigía o qué hacía durante estas escapadas, pero yo agradecía personalmente que cuando éstas tenían lugar no me tocase limpiar su arena, ya que sus visitas a quién sabe dónde solían incluir la evacuación de aguas menores y mayores. A veces nos daba pistas de sus actividades allende la casa, trayéndonos de regalo ratones (o trozos de ratones) que nos recordaban que los gatos, por muy monos que parezcan, no dejan de ser máquinas de matar. De lo que estoy seguro es de que jamás hizo amistades con los gatos de los vecinos (ya he dicho varias veces que era independiente y lo repito una vez más). Y era una pena, pues frente a nuestra puerta vivía Artyom, un gatete marrón de lo más salao que te llamaba a gritos cuando te veía por la calle y se restregaba en tus pies suplicando mimos (y que una vez trató de acercarse en son de paz y acabó encaramado al tejadillo de nuestra entrada). Otra gata del barrio, Chickpea, también solía venir a casa, pero su intención era menos noble y siempre lo hacía buscando gresca y provocando que Arya le llamase de todo desde la cocina. Para que os hagáis una idea de la guerra de bandas que tenían montada las dos gatas, un día hubo pelea y Arya se llevó un mordisco en el culo que terminó en infección y visita al médico, de donde volvió con un cono de la vergüenza que la pobre debió portar durante un par de semanas:


Sin embargo, el mayor desafío social al que tuvo que enfrentarse Arya ocurrió de puertas adentro. No sé si os acordaréis, pero la pobre se vio obligada a compartir sus dominios con Bowie, el gatito de una compañera de mi novia, y aquello terminó como el rosario de la aurora, alejando para siempre de nuestras cabezas la idea de adoptar un segundo minino que hiciese compañía a nuestra gata.

Del tiempo que estuvimos viviendo en la casa pija poco queda por destacar. Aparte de sus peleas y aventuras, la rutina de Arya consistía en dormir mucho, perseguirme con disimulo cuando yo me dirigía al piso de arriba, intentar colarse en nuestro dormitorio cada vez que abríamos la puerta, pues dicha habitación se convirtió en territorio prohibido para Arya desde que mi novia desarrolló alergia al pelo de gato (y si queréis oir una bonita historia sobre lo horrible que es el sistema sanitario irlandés, preguntadle a ella por el calvario que tuvo que seguir hasta conseguir el diagnóstico. Veréis qué risas), tratar de comerse las abejas que revoloteaban junto a la lavanda del patio o corretear por la moqueta persiguiendo bolas de papel de aluminio mientras ignoraba sistemáticamente los juguetes caros que mi madre le compraba cada vez que yo iba de visita a Valladolid.

A ver, que por el cuadro que estoy describiendo va a parecer que Arya andaba corta de luces, pero de eso nada. Fue capaz de aprender varios trucos en plan "siéntate", "choca esos cinco", "date una vuelta", "levántate" y tal, con los que dejaba a visitas y amigos con el culo torcido.

También había veces que dejaba su mala hostia aparcada y se volvía de lo más dulce. Mención especial merece la ocasión en la que se portó conmigo como una eficiente enfermera tras mi accidente friendo churros (esta historia la he enlazado más arriba con lo del viaje a Japón, así que prestad atención, leches), posándose en mi regazo y dándome todos los mimos del mundo para compensar que en aquellos momentos yo estaba viendo las putas estrellas:


Tras algo más de tres años metidos en aquella vivienda, cambiamos Irlanda por Austria, y a Arya no le hizo ninguna gracia el concepto "vuelo con escala". No obstante, los nervios del viaje pasaron rápido, y poco a poco se fue acostumbrando al pisazo, a cambiar nuevamente la moqueta por parquet y a un balcón al que por la noche se acercaban murciélagos.

Por desgracia, Arya no pudo ver concluida la mudanza. Varias habitaciones aún contaban con cajas de la misma en las que le encantaba esconderse cuando, sin venir a cuento, vomitó en el pasillo el royalcanin recién cenado. Como es lógico, perdimos el culo por ir al veterinario, y entonces una radiografía reveló que los riñones se le habían puesto como dos huevos kinder.

Cierto es que la pobre siempre anduvo delicada del sistema urinario (alguna que otra infección sin mayor gravedad y la necesidad de tomar comida especial), pero las revisiones periódicas indicaban que no había nada por lo que preocuparse. No obstante, en esta ocasión la veterinaria nos avisó de que aquello pintaba mal. Muy mal. Y auguró que, si no le daba por comer ni beber en los próximos días, no se podría hacer nada por ella.

Mi novia, tirando de una tenacidad de la hostia, pasó el resto de la semana tratando de que Arya llenase el estómago, pero fue inevitable que Arya se apagase poco a poco. Al final, un viernes que pesaba como un lunes volvimos a llevarla al veterinario con la esperanza de que la cosa hubiese mejorado, y nos volvimos a casa con el transportín vacío. Y entonces, tras casi cinco años, redescubrí que suena muchísimo peor un despertador programado a su hora que una puñetera gata maullando treinta minutos antes porque quiere el desayuno.

Qué bajón, ¿no? Bueno, pues como no quiero que la entrada acabe en este plan, os voy a robar algo más de vuestro tiempo para dejar caer un par de cositas que suban los ánimos. En primer lugar, os voy a presentar a Pulga y Piojo von Toilettenpapier (los nombres se nos ocurrieron mientras nos comíamos un Schnitzel en un restaurante a orillas del lago en el que Schwarzenegger le pidió matrimonio a su primera esposa), dos hermanos austriacos que llevan ya un año coprotagonizando un nuevo capítulo en nuestras vidas y que creo que en realidad son una zarigüeya y un mapache de incógnito que adquieren un nuevo disfraz de gato cada noche, dejando que los anteriores se deshagan. Si no, no me explico que cada mañana nuestro piso tenga más pelusas que una chopera en mayo:


Y en segundo lugar, os voy a pedir que adoptéis, cabrones, que merece la pena.

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