lunes, 17 de octubre de 2016

Más allá del muro

Absolutamente todas las ciudades que visito me dejan tan entusiasmado como al grimoso aquél que salía en los dibujos de Vickie el vikingo. Están aquellas ciudades que desde puntos de vista tales como el arquitectónico, el ecológico o el gastronómico pueden considerarse "bonitas", o puede que simplemente la simpatía de la gente que habita en ellas haga que disfrute de mi estancia y siempre quiera volver. Por otra parte, he estado en ciudades caracterizadas por la suciedad de su aire, la inseguridad de sus rincones, el embrutecimiento de sus gentes o una arquitectura deprimente y oscura. El entusiasmo en estos casos me lo produce el pensar que no tengo que vivir en ninguna de ellas.

Pues bien, siempre he considerado que Belfast pertenece a este segundo grupo. Vale que mis visitas a la capital de Irlanda del Norte, por el momento, no han sido muchas, así que calculo que este artículo no va a ser muy largo. Porque sí, amigos. Hoy voy a hablaros de mis experiencias en dicha ciudad (eso sí, si lo que queréis es información cultural, geográfica o histórica, os vais a la Wikipedia, que yo no soy una agencia de viajes, guapos).

No voy a dar muchos detalles acerca de mis dos primeras estancias porque formaron parte de sendos tours de un día a la Calzada de los Gigantes, que pilla un poco más arriba y merece la pena ver (especialmente los días de mal tiempo, ya que es entonces cuando aumentan las posibilidades de que el oleaje se lleve a algún turista incauto).

Por cierto, un tercio de la financiación del centro de visitas de la Calzada de los Gigantes ha salido del Fondo Europeo de Desarrollo Regional, así que aprovecho este dato para desear un feliz Brexit a los hijos de la Gran Bretaña.

En ambos casos, el autocar de la agencia paró en el centro de la ciudad y tuve el tiempo justo para entrar al McDonalds y dejarme más pasta de la que yo creía porque mi cerebro no está acostumbrado a pagar en libras. Y eso es todo.

Mi tercera visita fue como mi vida amorosa durante mi adolescencia: me quedé a ocho kilómetros de entrar en mi objetivo (en este caso, Belfast. Durante mi vida amorosa, un considerable porcentaje de la población femenina de Valladolid). Y es que, volviendo de un viaje de fin de semana por la Península de Ards, aproveché para hacer parada técnica (vamos, para mear) en Holywood (con una ele), donde pude disfrutar de un café (de hecho, SIEMPRE que me tomo un café disfruto, salvo que el café sea francés) con un trozo de tarta, para después poner rumbo a Dublín sin detenerme ni mirar atrás hasta llegar al aeropuerto y devolver el coche de alquiler.

La cuarta visita tuvo lugar durante este verano ya que, aprovechando que mis padres habían venido a verme ("ay hijo mío cuánto tiempo qué lejos te has tenido que ir a vivir que hace mucho que no llamas hay que ver lo que llueve aquí parece mentira que sea verano qué raros son en este país que no te ponen pan en los restaurantes cómo que no comen pescado pero si esto es una isla" y tal), aprovechando que mi padre es tan friki de la Historia como yo y aprovechando que para el poco tiempo que llevan siendo un país, los irlandeses han tenido tiempo de sobra para armarla unas cuantas veces, pasamos por Derry y por Belfast, donde pudimos ver los murales alusivos a los conflictos que se traen por allá arriba.

Permitidme otro pequeño apunte para destacar que la restauración de dichos murales se ha podido llevar a cabo gracias a... Efectivamente, el Fondo Europeo de Desarrollo Regional de la Unión Europea. Feliz Brexit, muchachos (y van dos).

También entramos en un pub localizado en una de las zonas más chungas de la ciudad, en el que se estaba celebrando una boda cuyos invitados, tras haber agotado la mitad de las existencias de alcohol del condado, comenzaban a mostrar ganas de liarse a hostias con todo aquello que levantase un metro del suelo. Mis padres y mi novia dicen que exagero, pero yo sigo pensando que si aquel día llegamos a Dublín con todos los dientes, fue de puro milagro.

Debido a lo que acabo de contar en el anterior párrafo, no es de extrañar que mi quinto paso por la ciudad del río Lagan fuese rapidito y con las ventanillas subidas. Y sin paradas en pubs decadentes, que ya habíamos tentado a la suerte una vez.

Y así llegamos a la sexta y, por el momento, última visita (ya os dije que habían sido pocas), la cual tuvo lugar hace apenas una semana y se debió a la necesidad por mi parte de abastecerme de ropa impermeable para encarar el mal tiempo irlandés cuando vaya en mi flamante bici. ¿Que por qué Belfast? Pues porque es el único lugar en toda la isla que cuenta con un Decathlon, el cual se encuentra, por cierto, junto al aeropuerto de la ciudad. Así que con esta única indicación en mente me dirigí por la autopista que sale de Dublín, parando eso sí a tomar un desayuno irlandés en un cottage de Naul. Para los que no lo sepan, un cottage es una construcción muy pintoresca en la que yo no viviría ni de coña, porque no veo diferencia entre un cottage y un pajar. De todas formas, mejor no digo nada, porque con el precio que están alcanzando los alquileres en Dublín, no me extrañaría acabar viviendo en un zulo como el de Don Pimpón de aquí a un par de años.

En fin, una vez desayunado, me volví a poner en camino. Conforme me iba acercando a Belfast, comencé a seguir las indicaciones de la carretera que me llevaban al aeropuerto, pero no podía evitar mosquearme, ya que había mirado el mapa antes de salir de casa y sabía que tendría que cruzar la ciudad para alcanzar mi destino, pero el aeropuerto se acercaba y las feas casas belfastianas (si es que se dice así) no aparecían por ninguna parte. De hecho, el paisaje era tan verde y bucólico que estaba empezando a disfrutar del viaje.

Total, que llego al aeropuerto y allí no hay ningún Decathlon. Por ello, decido dar media vuelta y poner rumbo a una gasolinera que he visto hace más o menos quince minutos y que tiene un cartel enorme con la palabra "CAFÉ", lo cual conquista mi corazón para siempre. Una vez allí, mi novia y yo comentamos a la camarera que no hemos logrado encontrar la tienda de deportes gabacha; y ella nos dice, tratando de no reírse, que Belfast tiene dos aeropuertos. Y que hemos ido al que no es. Y a mí se me queda esta cara:

fuente: Studio Nova
"Belfast tiene dos aeropuertos"

Después de unos minutos reflexionando acerca de lo gilipollas que he sido por no haberme preparado un poquito más la ruta (para los que estéis pensando que podría haber buscado en internet cómo encontrarme, mi compañía de móvil no me da cobertura en Irlanda del Norte), me termino el café y el cuenco de porridge y ponemos rumbo, ahora sí, al aeropuerto adecuado, junto al que podemos ver el Decathlon, que está esperando a que nos gastemos un montón de libras considerablemente devaluadas con respecto al euro.
Hola otra vez. Sólo quería decir que el gráfico del valor de la libra se parece a lo que hace el Dragon Kahn del Port Aventura justo antes del primer looping, y todo gracias al Brexit. Así que nada, enhorabuena a los premiados una vez más. Perdón por interrumpiros por tercera vez, pero es que me lo ponen a huevo.
Y ya que estamos, entramos en una tienda que hay al lado y nos llevamos tres jardineras que van a quedar monísimas en el patio, ya veréis.

¿Eso es todo? No, porque mientras volvemos a casa y yo pienso en que de aquí se puede sacar una entrada para el blog, le pido a mi novia que tire una foto desde el coche que pueda acompañar a estas líneas, y mientras busco fugazmente algún punto especialmente feo que retratar, me pierdo otra vez, eligiendo la desviación que no es y malgastando media hora entre ida y vuelta porque aquí los cambios de sentido son más bien escasos. Pero aquí tenéis la puta foto, eso sí:

Lo más bonito de la escena es el quitamiedos, os lo aseguro

¿Conclusión? A ver cómo os digo esto... Los que hayáis ido alguna vez al Ikea habréis visto, junto a la línea de cajas, un rincón destinado a productos con defectos o a los que les faltan piezas. Pues Belfast es al Reino Unido lo que ese rincón es al Ikea. Salvo que en dicho rincón no han tenido que levantar muros para evitar que los muebles se maten entre ellos.

También podría deciros que Belfast es la Paquirrín de los hermanos Rivera, pero no lo voy a hacer. Más que nada, porque esa comparación la ha hecho mi novia (quien, por otra parte, no tiene ningún tipo de interés por el mundo del corazón, pero que ha hecho el esfuerzo de informarse acerca del tema para dejar claro que esta ciudad le gusta tanto como a mí), y considero que es ella quien se merece el crédito por semejante comparación tan acertada.

Claro que a estas alturas podríais decirme "No es justo. No conoces Belfast lo suficiente como para hablar tan mal de ella y no deberías criticar algo sin saber".

¿Que no? Pues acabo de hacerlo.

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lunes, 10 de octubre de 2016

Carta abierta a un ciudadano de Dublín en particular

Estimado habitante de la capital irlandesa:

No tengo el placer de conocerte en persona, y hasta es posible que no entiendas el castellano y esta carta sea una pérdida de tiempo. Cierto es que podría escribir la misma en inglés, pero me da una pereza horrible. Así que, con tu permiso, voy a dejar el English para otra ocasión.

El motivo por el que te dedico estas líneas es, principalmente, el darte una buena noticia: ya tengo bici.

Reconozco que no ha sido nada fácil. Desde que empecé a tramitarlo con mi empresa (porque una de las cosas buenas que tiene Irlanda es el programa bike2work) hasta que he podido por fin calentar el sillín de mi burra han pasado varias semanas en las que no he sabido nada del proceso. Y a mí, que para algunas cosas soy un cagaprisas (por cierto, estoy intentando extender el término hurryshitter entre los angloparlantes con poco éxito por el momento), no me ha venido nada bien tener que esperar tanto tiempo.

Pero no pasa nada, porque mi bici ya está aquí. Es una flamante híbrida cuya estética combina perfectamente con el otoño permanente de Irlanda, y lo mejor de todo es que me ha salido baratísima si tenemos en cuenta que es casi imposible encontrar un modelo decente en toda la isla por menos de ochocientos euros.

Así que ya puedo disfrutar de esa sensación de libertad que da pedalear por el asfalto de camino al trabajo cada mañana. Bueno, la verdad es que no, que el recorrido es cuesta arriba y me cuesta un cojón llegar a la oficina. Pero la vuelta a casa... ¡Ay, la vuelta a casa! Es una maravilla dejarse llevar por las pendientes sin tener que hacer el más mínimo esfuerzo. De hecho, hay algunos tramos en los que me veo obligado a apretar los frenos mientras pienso "No hagas locuras, que tienes una familia".

Mi familia. Tengo que ponerme esta pegatina en la bici

Y quien dice ir al trabajo dice acercarse a Phoenix Park, a Dun Laoghaire, a Bray, a Howth... A cientos de lugares en esta maravillosa ciudad en los que poder comerme un desayuno irlandés, que es el motivo por el que salgo de casa una de cada cinco veces. Sí, podría haber enlazado cada sitio a su entrada en Wikipedia pero, por segunda vez en lo que va de carta, me da una pereza horrible.

¿Que qué voy a hacer los días que llueva (es decir, casi todos los días)? Esa pregunta tiene fácil respuesta porque he pensado en todo: me he hecho con un pantalón y una cazadora del Decathlon de Belfast (el viaje que hice a la capital de Irlanda del Norte merece ser relatado, por otra parte) que prometen ser impermeables. La verdad es que el tiempo ha sido benévolo conmigo en los últimos días, pero tarde o temprano (más bien temprano. La gente que lee mi blog sabe que las desgracias me rondan habitualmente) me tocará disfrazarme de condón gigante y podré confirmar la supuesta impermeabilidad del material. Hasta entonces, cazadora y pantalón aguardan pacientemente en las alforjas situadas sobre la rueda trasera, junto con el almuerzo que llevo al trabajo y la ropa del gimnasio. ¿Ves? Todo pensado.

Vota PACMA

Además, la bici tiene incorporados guardabarros (de plasticorro, sí, pero guardabarros) que van a venirme de perlas cuando tenga que pedalear in the rain y los charcos del eficientemente pavimentado suelo irlandés intenten atacarme con sus mortales zurraspas.

STOP zurraspas

Sí, también he tenido en cuenta el hecho de que aquí se hace de noche a las cuatro de la tarde la mayor parte del año. La bici incluye luz trasera y luz delantera, y poco a poco iré añadiendo más artilugios luminescentes y/o fosforitos. Quizá este raro fetiche por la iluminación artificial tenga que ver con el hecho de que pasé todas las noches de mi infancia durmiendo con un gusiluz en mi mesilla, o que el contemplar un grupo de luciérnagas en un cámping de los Picos de Europa a los seis años me provocase un ligero síndrome de Stendhal, pero la idea que tengo en mente es que la bici acabe pareciendo un puticlub ambulante. Todo se andará.

A estas alturas de la carta, me imagino que ya estarás tan ilusionado como yo, o incluso más, ante el hecho de que me haya hecho con la bicicleta. Y no es de extrañar, pues tú y yo sabemos que vas a intentar robármela.

Ignoro si fuiste tú quien me levantó mi anterior bici hace un par de años pues, teniendo en cuenta que en Dublín roban una media de catorce bicis al día, que tu fueses el único responsable de los robos te convertiría en una especie de Papá Noel del mal, y habría que darte un premio por el esfuerzo en vez de castigarte. Lo que sí tengo claro es que eres tú quien va a intentar apropiarse de la que tengo ahora. La vez anterior fue sencillo, ya que la dejé aparcada en un lugar mal vigilado y estaba atada con un candado de mierda que me costó dos o tres euros en el Tiger.

Pero ahora es diferente. Para empezar, mi bici tiene un color "cagalera de señor mayor enfermo" que la hace poco atractiva y, por consiguiente, menos susceptible de ser robada; duerme en un cuarto vigilado por cámaras de seguridad al que no es nada fácil acceder (de hecho, a mí me ha costado dos semanas de peleas con la management company de mi comunidad de vecinos el conseguir que me activasen correctamente la tarjeta de acceso); el tiempo que estoy en la oficina la dejo en una jaula (vigilada también por cámaras) cerrada con varios candados cuyas combinaciones tengo dificultad para recordar. Por otra parte, cuando dejo la bici en la calle es porque yo me encuentro en algún sitio cercano desde donde puedo verla poniendo la misma cara que Clint Eastwood cuando toma café sin azúcar y, por si fuera poco, he sustituido la mierda de cadenita del Tiger por un candado gordo que no puede joderse así como así.

Candado gordo

Me imagino que a ti todo esto no te supondrá ningún problema a la hora de afanarme el vehículo, pues debes estar ya curtido en este arte. Vamos, que eres el Houdini del mangoneo. Sólo voy a pedirte una cosa: cuando vayas a robarme la bici, procura que yo no te vea, porque si llego a pillarte, pienso cortarte los huevos y ponerlos en el manillar para disuadir a quien pretenda seguir tus pasos. Entre la luz delantera y el timbre, para más señas.

Colocar huevos aquí

Eso es todo, creo. Sólo me queda desearte suerte en la difícil tarea que tienes por delante, aunque confío en que, siendo tan buen profesional como eres, esta vez tampoco vas a defraudarme.

Recibe un afectuoso saludo, hijo de la gran puta.

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lunes, 3 de octubre de 2016

Se oye tó

Se cumplen cuatro años de mi emigración a Irlanda, y una de las cosas que he hecho un número considerable de veces durante este tiempo ha sido volver de visita a la ciudad que me vio nacer, crecer y largarme.

La verdad es que resulta agradable poder pasar unos días en Valladolid cada cierto tiempo y disfrutar de todo aquello que, en mi día a día allende el Cantábrico, no es más que un nostálgico recuerdo. Y es que, por muy bien que se viva en la Isla Esmeralda, allí no hay una niebla como la que fabrica el Pisuerga y se abraza a mi ropa de abrigo durante los nueve meses de invierno (lo sé, soy un bohemio), el Sol que apenas brilla tan al norte no tiene la fuerza con la que pega en Castilla durante los tres meses de infierno (lo sé, soy un masoca), y las napolitanas de chocolate que venden en Dublín son una mierda seca de tamaño irrisorio que no tiene nada que hacer frente a las delicias gastronómicas de cualquier pastelería vallisoletana (lo sé, soy un zampabollos). Pain au chocolat, llaman allí a las napolitanas. No tienen huevos ni de ponerle un nombre en inglés, de la vergüenza que les da vender semejante bazofia, para que os hagáis una idea.

Cuánta belleza en una sola foto

Y es que Maquiavelo tenía razón (por una vez) cuando afirmaba en El Príncipe que, para poder apreciar un valle en su totalidad es necesario subir a lo más alto de una montaña y viceversa (en la versión original dice Per apreciare la casa della Heidi è neccesario arriva arriva va bailar tu puta madre non ti preocupare non ti preocupare na Pierluigi Collina e anche. Buscadlo, que no me lo estoy inventando), pues ha sido necesario que yo me haya alejado dos mil kilómetros para encontrar el encanto que tienen actividades tales como pasear por el casco histórico de Valladolid, perderme durante horas en los pasillos de sus librerías, desayunar un cruasán a la plancha (lo de zampabollos ya me lo he llamado en el párrafo de arriba, tranquilos) mientras veo en la tele del bar cómo TVE nos intenta vender que Mariano Rajoy es LA POLLA, o pasar una tarde al calor de un café con leche y algunos amigos. Bueno, amigos no, que de eso no tengo. Aunque casi mejor, que así me tomo el café sin que nadie me dé el coñazo. Y todo esto, mientras el My city, my town de los Scorpions suena en mi cabeza. Qué bonito, joder.

Si es que la calidad de la cámara de mi móvil no le hace justicia a Valladolid

Estaréis pensando "Uf, esto es horrible. ¿Por qué tiene que hablar de cosas que le gustan y le hacen feliz? Nosotros queremos que sufra y lo pase mal, que es lo divertido del blog". Pues no os preocupéis, que no todo es de color de rosa para este expatriado que vuelve a casa vueeelve por Navidad (en realidad nunca vuelvo por Navidad para evitar, entre otras cosas, el atraco a mano armada que perpetra Ryanair contra sus pasajeros durante esas fechas). De hecho, y partiendo del axioma de que nada es perfecto, al igual que las rosas tienen espinas, el chocolate tiene muchas calorías y el planeta Tierra tiene a Salvador Sostres, hay algo que me toca sufrir inevitablemente cada vez que vengo a Valladolid: mis antiguos vecinos.

Pensaba que en esta ocasión me iba a librar, pero las paredes del piso de protección oficial de mis padres son como altavoces, así que durante mi última visita he sido víctima, one more time, de la mierda de construcciones que se levantan hoy en día desde el punto de vista del aislamiento acústico. Esta vez en concreto ha sido mientras hacía un sudoku en la cocina, cuya pared colinda con el cuarto de baño del piso adyacente (estoy usando palabras que no habíais oído en vuestra vida, ¿verdad?), en el que el hijo de mis vecinos estaba dándose una ducha más larga de lo ecológicamente recomendable.

Y mientras se duchaba, cantaba. Empezó con Coldplay, pero cuando cerró el grifo y procedió (me imagino) al secado, empezó a cantar, wait for it, NESSUN DORMA. Como lo leéis. El cabrón se la sabía entera, y pronunciaba con un arte que me dieron ganas de llamarle al timbre para aplaudirle y lanzarle flores cuando abriese la puerta. Me sorprendió, más que nada, por la fase en la que está: tras conocerle siendo un niño (de hecho, lo primero que hicieron sus padres fue echar abajo medio piso para convertirlo en un pseudoloft de protección oficial, ganándose mi odio por haberme jodido la siesta con las obras durante tres semanas) al que mi madre decía en el ascensor cuando coincidían "Hola. ¡Vaya! ¡Qué niño más tímido!" y digievolucionar a prepúber al que mi madre decía en el ascensor cuando coincidían "Hola. ¡Vaya mozo te estás haciendo!" (lo de las madres usando la palabra "mozo" es una tradición que deberíamos conservar, y no la mierda de las corridas de toros), ahora está en la etapa en la que mi madre no le dice nada en el ascensor cuando coinciden porque coincidir con un adolescente en un ascensor es tan agradable como encontrarte un condón usado (y no por ti) dentro del portal.

He juntado un condón usado y a mi madre en el mismo párrafo. Si hay algún psicólogo leyendo esto, estará frotándose las manos en estos momentos.

En fin, que descubrir a un alumno de instituto interpretando a Puccini me sorprendió bastante, pero eso no evitó que se me quitasen las ganas de seguir haciendo el puto sudoku, así que me fui a la otra punta de la casa (que tampoco está tan lejos. No os penséis que mis padres viven en una mansión) para no tener que oírle mientras recordaba a todos aquellos vecinos que, de una forma u otra, se metieron en mi vida sin pedir permiso.

El que me pilla más cerca es un vividor. Lo de vividor lo digo porque el tío vive solo, físicamente es una fusión de los tres miembros de Café Quijano en su etapa fucker y tiene una Harley Davidson en el párking. Además, debe de tener otra casa, porque no siempre está en el piso (la forma de saber si está o no es por el olor. Fuma como un carretero y no sólo los ruidos pasan de piso a piso en este Rue 13 del Percebe en el que se han hipotecado mis padres). Y una vez montó un fiestón con drag queens a quienes dio mal la dirección (intuyo que a propósito, el muy cachondo), ya que no paraban de llamar a nuestro telefonillo y, posteriormente a nuestro timbre. ¿Alguna vez le habéis abierto la puerta de vuestra casa a quince o veinte drags a lo largo de una tarde? Salvo que vuestra vida sea interesantísima o seáis el portero de la Moncloa, vuestra respuesta será "no". Por cierto, en aquel momento me dio apuro, pero os juro que, como vuelva a pasar algo así, me uno a la fiesta.

Hablando de fiesta, ¿qué es lo que sale de unir a una madre histérica y tres hijas en la edad del pavo que compiten con la madre por ver quién discute a más decibelios? Fácil: un padre que se está quedando calvo a mayor velocidad que la que dicta su material genético (toma fiesta). A esta familia la tengo debajo, y no ha habido día que no se les haya oído tener bronca al menos una vez. De hecho, dicha bronca diaria suele coincidir con el momento en el que estoy sentado en el váter, y es muy desaconsejable desde un punto de vista médico el tener que soportar un capítulo de Al salir de clase mientras llevo a cabo una tarea que requiere tal nivel de concentración.

Más silenciosa era la familia con hijo único que teníamos encima. Y digo "era" y "teníamos" porque se mudaron justo cuando el niño empezaba a tocar la flauta en el colegio (Dios es misericordioso a veces). Cierto es que, de vez en cuando, al crío le daba por ponerse a pegar saltos y gritos en su habitación (que estaba justo encima de la mía), pero bastaba con que yo reprodujese a todo volumen un video porno al azar en mi ordenador conectado a mi potente equipo de sonido para que, a los primeros gemidos, la madre entrase en el cuarto del niño y le pidiese que se estuviese tranquilo. Y sin necesidad de subir a pedir las cosas. Gracias, Pavlov.

El padre del crío (poseedor de dos cochazos, por cierto) me hacía paradójica gracia porque no he visto a nadie tan estirado y serio en mi vida. Parecía que se hubiese tragado el palo de una escoba, el colega. Y a padre y madre les oía con claridad cada vez que le daban al tema (bueno, se les oía a ella y al colchón. A él, no), en un evento que tenía lugar cada seis meses (y duraba unos dos minutos). Voy a dejar que vosotros saquéis las conclusiones que queráis al respecto porque considero que no es correcto relacionar el comportamiento de las personas con su falta o exceso de vida sexual.

Por cierto, que debe haber unas instrucciones en ese piso explicando que el balcón se barre siempre hacia afuera, dejando que toda la mierda se cuele por el hueco del borde y así pueda caernos a nosotros. Los follapoco seguían dichas instrucciones a rajatabla, y los nuevos vecinos (a quienes no conozco) hacen lo mismo. Reconozco que a veces he deseado que la actividad barredora de mis vecinos me pillase comiéndome una napolitana asomado al balcón, para así poder subir con la misma llena de polvo y pelusas y arrojársela a la cara a quien me abriese la puerta, fuese madre, padre o niño. Pero nunca todavía no se ha dado el caso.

Y esto es lo más destacable en el edificio (que me pille cerca, quiero decir). También puedo deciros que en el bloque de enfrente hay al menos tres vecinos en pisos diferentes que gustan de pasearse en bolas por sus casas. El hecho de que sus estores y persianas no estén bajados del todo cuando esto ocurre, unido a la puntualidad británica con la que dichos vecinos nudistas se muestran a diario, hace que pueda responder a la pregunta "¿Qué se ve desde tu habitación?" con "El Big Ben, varias veces". Lo sé, soy un cachondo.

Para terminar con la visita, y como bonus, he de mencionar (porque mi hermano me lo ha recordado), a una niña que a todas horas llora que llora por los rincones. Desde hace ocho años. A veces pienso que en realidad es una psicofonía, o el teléfono de algún vecino con mucha guasa. Se trate de un bebé que no crece, o de una broma que está durando ya demasiado, la molestia que produce es la guinda de este pastel vecinal que me ayuda a echar menos de menos mi ciudad cuando no estoy en mi ciudad.

Those mighty wheels keep rollin' on...

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lunes, 26 de septiembre de 2016

La vida es sueño. O no

A pesar de que la semana pasada confesé que mi creatividad, por lo general, brilla por su ausencia, he de reconocer que a veces ocurre todo lo contrario. Esto suele pasar en aquellas ocasiones en las que me veo obligado a estar muchas horas sin dormir, pues es entonces cuando mi cerebro entra en modo "profesora durante un viaje de estudios". Y es que el asiento individual que hay en la parte delantera de los autocares está reservado, además de para guías, para profesoras que, convencidísimas de que el conductor va a dormirse en cualquier momento, dando lugar a que a la mañana siguiente los telediarios abran con una foto del vehículo convertido en transformer apaleao, se dedican a calentarle la oreja al sufrido chófer con una fluidez verbal digna de un comentarista de fútbol argentino. Y así, la señorita Maria Luisa castiga los tímpanos del conductor en el camino de Valladolid a Salou mientras que él, por otra parte, está deseando que la profesora haga como todos los ceporros que tiene sentados detrás y se duerma y le deje escuchar El larguero en paz. A veces me imagino que en Magisterio hay una asignatura troncal llamada "Fundamentos de conversación nimia con conductor de autocar de viaje de estudios I" o algo así.

Pues sí, a mi cerebro le pasa igual. Basta con que tenga que pasar una noche de empalmada, o que mi ciclo del sueño se vea reducido a un par de horas, para que el colega que tengo detrás de las cejas se plante en el asiento delantero, se ponga el cinturón de seguridad, y se líe a soltar gilipolleces sin descanso.

Pues bien, durante las últimas horas, mi cerebro ha tenido una oportunidad de oro para contarme sus cosas, ya que el Cosmos ha conspirado para torturarme mediante la privación del sueño. Y voy a desahogarme aquí, que para algo el blog es mío.

Para empezar, he tenido que salir de la cama a las 2:30 AM para ir al aeropuerto. Por mucha prisa que me he dado y por mucho que he corrido para llegar a la parada del autobús, he perdido el mismo, así que me ha tocado esperar media hora a que llegase el siguiente, en la noche irlandesa de septiembre, con un levante otoñal y dejando que el temporal desguazase mis huevos de frío. Sí, como en la canción de Serrat, más o menos.

Una vez ha llegado el bus y me he metido en el mismo, he creído inocentemente que podría dedicar la hora de viaje a cerrar los ojos y dejar que un bocadillo relleno de zetas surgiese sobre mi cabeza. Pues no. A mi lado se ha sentado una polaca que emanaba un embriagador (nunca mejor dicho) pestazo a alcohol y que, presa de la cogorza de varios gramos en sangre que traía, no ha podido evitar dormirse encima de mí durante todo el trayecto. Tania, se llamaba la muchacha (esto último lo sé porque el tío que había subido con ella y que había tenido que sentarse del otro lado del pasillo no paraba de zarandearla y gritar su nombre para evitar que cayera inconsciente o que directamente se muriese).

Tras este magical mystery tour, ha tocado la llegada al aeropuerto, con su saqueo de la tienda de chocolate y su media hora de pie aguardando el embarque y teniendo que soportar a un grupo de viejos ingleses colándose delante de mí mientras se hacían los suecos ante un mapa del metro de Madrid. Hago un paréntesis para manifestar mi más profundo deseo de que algún robaperas les desplume en cuanto pongan un pie en la ciudad del Manzanares. Porque me jode que la gente se cuele. Sólo por eso. Evidentemente, uno no se puede dormir mientras aguarda para embarcar, pero en todo momento conservaba la fe y creía que después podría echarme una siesta matutina a varios miles de pies de altura.

Ja, ja, ja. Que te lo has creído. Dos han sido los motivos que me han impedido dormir en el avión. ¿Los incomodísimos asientos y el hecho de que los azafatos de Ryanair abren la megafonía cada dos minutos para venderte cualquier mierda como si de tomboleros se tratase? No. El primer motivo ha sido el trío de niñatos con uniforme de colegio pijo (pero pijo, pijo) que tenía sentados delante y que han demostrado, una vez más, que la educación privada suele tener poco o nada de educación (y que parecían comerciales de Tecnocasa con aquellos uniformes, pero de eso que se encargue su colegio, que no es mi problema). El segundo ha sido la señora que iba a mi lado, porque no ha parado de toser mientras estaba despierta y no ha parado de roncar mientras estaba dormida. Pero no hablamos de un ligero ronroneo nasal, no. La vieja gruñía con toda la puta bocaza abierta metiendo más ruido que los propios motores del avión. Y así no hay quien duerma, coño.

fuente: Warner Bros. Pictures
Yo, intentando echar una cabezada durante un vuelo de Ryanair (dramatización)

Por lo tanto, y dispuesto a no llevarme una tercera decepción, tras llegar a Barajas, pasar por el McDonalds de la T4 (maldito seas, Ronald. Lo de dar juguetes y cartas de Pokémon con el Happy Meal es un golpe bajo. A mi cartera) y luego subir al ALSA con destino Valladolid, he preferido no hacerme ilusiones y convencerme de que en esta ocasión tampoco iba a pegar ojo. Y bingo, oye. Yo no sé si es porque mi viaje ha caído en el Día Mundial de Roncar en Público, pero llevaba a un matrimonio detrás cuyos miembros lo hacían a dúo. Suelen decir que la pareja que ronca unida permanece unida, así que en parte me alegro por ellos.

Y claro, en todo este tiempo, a mi cerebro no paraba de írsele la olla. Que si Jason Statham y Simon Pegg están encasillados, con gran acierto, cada uno en lo suyo (el primero en dar hostias y el segundo en hacer el payaso), que si que qué frase del guión de Avatar podría cambiarse por la expresión "Con Franco se vivía mejor" sin que el argumento se viese demasiado afectado, que si Rumba Tres supera en calidad a los Beatles por todas estas razones, que si la televisión en España tocó fondo con Hostal Royal Manzanares, etcétera. Completamente a su bola, mi cerebro. Os juro que no sé de dónde se sacaba tales chorradas.

El problema es que, tras tantas horas en vela, ahora no soy capaz de elaborar nada constructivo con todo el material que mi masa encefálica me ha proporcionado durante su breve fase dadaísta, así que lo mejor que puedo hacer ahora es irme a la cama. En cuanto me termine el Happy Meal.

Maldito seas, Ronald

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lunes, 19 de septiembre de 2016

A mí no se me ocurre nada

Un conocido mito griego relata cómo Mnemósine (diosa de la Memoria) y Zeus (albañil y pensador, director de todo esto) engendraron durante nueve noches consecutivas a las nueve musas de las artes y las ciencias, quienes se han encargado de alimentar la inspiración de creadores y compositores a lo largo de los siglos.

Así, Calíope es la musa de la belleza y la poesía épica; Clío ilumina a los historiadores; Erato llena las mentes de quienes escriben poesía amorosa; Euterpe se encarga de inspirar a los músicos; Melpómene no falta allá donde se está componiendo una tragedia; Polimnia da su soplo a los cantos sagrados; Talía lleva el arte de la comedia a lo más alto; Terpsícore le da impulso a la danza y, por último, Urania pone las ciencias exactas a alcance de los mortales.

Lo que no todo el mundo sabe es que el mito omite a una décima musa, mucho más poderosa que todas sus hermanas, pues su arte inspirador ayuda a los hombres cuando las otras nueve han fallado. Es la musa de quienes copian el trabajo de los demás, y lleva acompañándome toda la vida. Permitidme que os cuente...

A los que tengáis un mínimo de nivel de estudios la siguiente escena os traerá recuerdos: un profesor o profesora, plantando ante sus alumnos sendos folios en blanco y exigiéndoles hacer surgir de la nada un relato, un cuadro o una canción, creyendo que entre aquellos mocosos se encontraría el nuevo Pérez Galdós, el nuevo Pablo Picasso o el nuevo José Francisco Córdoba. De todas formas, no sé por qué iba a querer un profesor que uno de sus alumnos acabase como alguien tan obsesionado con las almejas. Y no, no me estoy refieriendo al Chivi, precisamente:

fuente: Tate
Picasso, Pablo (1968) Un coño, dos coños, tres coños [Aguafuerte sobre papel]. Tate collection

Suena paradójico, pero estos momentos de libertad creativa resultaban para mí una horrible condena. Primero, porque nunca he tenido imaginación, y en segundo lugar, porque siempre he sido un vago que prefiere seguir unos pasos bien establecidos a tener que arriesgarse a darse una hostia por elegir una ruta nueva por la que nadie ha pasado primero. Por ello, al igual que Steve McQueen tiraba de guante y pelota de béisbol durante su confinamiento en La gran evasión para que no se le fuese la olla, yo recurría a reproducir obras ya existentes cuando me exigían ser original para no tener que pasar por la vergüenza de entregar una hoja en blanco. Y había veces que el plan me salía a pedir de boca.

Una de estas ocasiones tuvo lugar durante una clase de Educación Plástica. Los deberes para el día siguiente consistían en inventar un cómic y yo, con la mente puesta en la partida de fútbol callejero que iba a echar con mis vecinos en cuanto acabase de dibujar el puñetero tebeo, di permiso a mi cerebro para que se saltase la parte de darme ideas, eché un vistazo rápido a la colección de Mortadelos que reposaba felizmente en una de las estanterías de mi habitación y reproduje, con la mayor fidelidad posible, la primera página de El atasco de influencias: el tamaño de las viñetas, la forma de los personajes, los diálogos... Sólo me faltó copiar los colores, pero ya os he dicho que siempre he sido un vago, así que decidí que era suficiente con el trazo para dar "mi" obra por finalizada. Eso sí, aunque calqué la página a lápiz, luego la pasé a boli, ojo. Que he dicho vago, no chapuzas.

Lo mejor vino al día siguiente, pues en la lotería que sorteaba el salir a la pizarra a explicar el trabajo, salió mi número. Así que de perdidos al río. Con todo el morro de quien sabe que está presentando como suyo algo que ha hecho otra persona (en este caso, Francisco Ibáñez), respondí con seriedad y entereza a todas las preguntas que la profesora (Patricia, se llamaba) me formulaba en relación con la disposición de los personajes y los bocadillos, o por qué había elegido diseñarlos así, qué otras opciones había descartado, etcétera. Y aunque conforme avanzaba mi exposición yo estaba cada vez más convencido de que Patricia iba a dejarme en evidencia delante de mis compañeros por ser un copión de mierda, ese momento no se produjo. Quizá fue porque la maestra no conocía lo suficiente a Mortadelo y Filemón, o quizá pensó que la jeta tan espectacular que le estaba echando merecía que fuese eximido de todo castigo, pero terminé de explicar el tebeo y me volví a mi sitio con una nota bastante alta y la sensación general de que yo era un genio creativo.

Éxito total. Pero éste no era siempre el resultado. Desgraciadamente para mí (y por fortuna para quienes creen que aún queda algo de justicia en el mundo), la mayoría de las veces mis "copias del original" eran descubiertas por profesores y/o compañeros. Una de las más evidentes tuvo lugar en mis primeros años de colegio. Esta vez se trataba de un cuento. Ni corto ni perezoso, volví a poner en marcha mi técnica emuladora y, tras llevar a cabo una pobre redacción, relaté en voz alta por orden de mi profesora (Angelita, en esta ocasión) la historia de una princesa que demostraba su sangre real al dormir sobre una pila de colchones y detectar un guisante bajo la misma (y encima tuve los huevazos de titular al cuento "La princesa y los colchones", no os lo perdáis). Fue más o menos a la mitad de mi exposición cuando una compañera (que por cierto, fue quien estuvo conmigo en el curso de natación de la urbanización pija al que me apunté con nueve años), la muy chivata, me acusó de plagio con gran indignación. Indignación a la que se sumó Angelita, por cierto. Y es que, tratando de que me sirviera de lección y escarnio, la profe me preguntó si me parecía bonito el haber presentado como mío ante el resto de alumnos algo que realmente no lo era. "No lo he hecho porque me pareciese bonito. Lo he hecho porque era lo más fácil" fue mi respuesta y a la vez mi billete de ida al rincón de la clase.

Lo cierto es que, considerando que mi tendencia a ser un copiota estaba llegando a un punto en el que me reportaba más tristezas que alegrías, aproveché un certamen de cuentos-cómics al que nuestro colegio nos presentó sin pedirnos permiso primero para sacudirle el polvo a mi creatividad y demostrar que, si me esforzaba, yo también podía crear buenas historias de la nada.

Según las bases del concurso, el cuento-cómic estaría formado por al menos cuatro viñetas, cada una de ellas acompañada por una descripción de la misma (vamos, como un pliego de coplas de ciego, pero sin rima). Como curiosidad, mientras que el trabajo final debía ser presentado en folios tan blancos como el culo de Franco en la versión del himno de España que conocemos todos, los bocetos los realizábamos en papel reciclado, que por aquel entonces era considerado como sucio y poco elegante por la comunidad educativa (la verdad es que en aquella época, lo único de color oscuro que la gente se tomaba en serio era al negro que hacía de Steve Urkel en Cosas de casa).

Os voy a describir el trabajo que presenté porque no tiene desperdicio. Mi cómic se llamaba "La casa sola". La primera viñeta del mismo incluía el dibujo de una casa (sin florituras. La típica fachada sin más detalle que una puerta y dos ventanas) con ojos y boca que mostraban una expresión triste, acompañada por la descripción "Érase una vez una casa que estaba triste porque nadie vivía en ella". Os vais haciendo una idea del nivel, ¿no? Sí, sí, sin colorear, por supuesto.

En la segunda viñeta, al lado de la misma casa (que esta vez cambiaba su expresión de tristeza por una de asombro), aparecían dos monigotes de palo cargando con dos cuadrados que pretendían ser cajas de mudanza. Debajo de semejante mierda, el texto "Un día, unos vecinos se mudaron a la casa".

En la tercera viñeta (tranquilos, que ya estamos cerca del final), la misma puta casa de la primera y segunda viñetas, pero esta vez con cara de alegría. Y acompañada por el texto "A partir de entonces, la casa fue feliz".

Y como el número mínimo de viñetas era de cuatro, la última de ellas contenía la palabra "FIN" con letras bien grandes. Debajo de las mismas podía leerse "fin". Con dos cojones.

Ahí lo tenéis, toda una joya de la literatura con su introducción, su nudo y su desenlace. Me puedo imaginar vuestras caras porque serán las mismas que la que puso el profesor encargado de recoger los trabajos y analizarlos cuando tuvo que examinar el mío. El pobre hombre no sabía si se encontraba ante un niño con un problema GRAVE de falta de creatividad o si yo me estaba riéndo de él. Me imagino que, al ver mi semblante serio y lleno de convencimiento, optó por pensar lo primero y aprobó mi obra para que pasase al concurso con un suspiro de resignación y pena.

La casa sola no ganó aquel concurso (lo cual no es de extrañar, pues ya se sabe que esta clase de certámenes siempre están amañados), y la derrota sufrida sirvió para alimentar aún más a la bestia plagiadora que vive en mí.

Así que, si alguna vez leéis algo en mis artículos que ya habéis oído o visto antes en otro sitio, sabed que existe una probabilidad altísima de que yo también lo haya oído, o visto, y plagiado miserablemente.

Por último, no quiero terminar este artículo sin pediros a todos los que estáis pensando en plagiar La casa sola que no lo hagáis, que eso de copiar está muy feo, hombre.

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lunes, 12 de septiembre de 2016

Marchando una de fauna ibérica

A pesar del gran esfuerzo llevado a cabo por los españoles a lo largo de nuestra historia para acabar con todo bicho viviente que se nos cruce por el camino, bien sea llamando "tradición" al torturar animales hasta la muerte para disfrute garrulil en las fiestas del pueblo, bien sea llevando a cabo una nefasta gestión de un vertido de petróleo en la costa gallega (gracias, Partido Popular), bien sea prendiendo fuego a todo lo mínimamente verde para luego recalificar el terreno mientras aún echa humo (gracias de nuevo, Partido Popular), nuestro país cuenta con una fantástica diversidad animal.

¿Queréis ejemplos? Tenemos al lobo ibérico entre el río Duero y el mar Cantábrico, así como en el norte de Andalucía. También podemos hablar del lince ibérico, que habita en Doñana y Sierra Morena. O del águila imperial ibérica, a la que encontramos sobrevolando el centro y suroeste españoles.

fuente: Álbumes Españoles S.A.
Pedir a mi hermano que rebusque el álbum de Vida y Color que tenemos perdido por casa y me mande fotos de los cromos y que el pobre lo haga sin preguntar qué cojones tramo. Con hermanos así da gusto

Sin embargo, existe un animal cuyo hábitat no se reduce a una región de nuestro país en concreto. Este mamífero se encuentra en casi todos los grandes núcleos urbanos españoles, Valladolid incluido. Por esta razón, he tenido el privilegio de poder analizar con atención su ciclo vital, costumbres y relación con otros miembros de su especie a lo largo de los años, y quiero compartir con vosotros todo lo que he aprendido acerca del mismo. Se trata del dependiente de El Corte Inglés.

Comencemos (y si leéis el resto del artículo imaginando la voz de José María del Río, MEJOR)...

fuente: Álbumes Españoles S.A.
No sé si es un lince ibérico o un señor difrazado de lince, pero me da igual porque es de la colección de Vida y Color y para hablar de la colección de Vida y Color os laváis la boca primero

Vale, he pasado los últimos cinco días intentando, por una parte, escuchar de principio a fin un disco de Tangerine Dream (un disco cualquiera, que al fin y al cabo son todos iguales) y, por otra parte, escribir este artículo como si se tratase del guión de un documental de la 2. El esfuerzo cerebral que me ha supuesto intentar llevar a cabo ambas tareas ha sido tal que ha estado a punto de freírseme el encéfalo; y como no quiero quedarme para echar azúcar a las tartas (expresión, por cierto, que he aprendido recientemente de boca de un compañero de trabajo cordobés), he decidido que a Tangerine Dream le pueden ir dando por saco (si algún día me da por tontear con las drogas volveré a intentarlo. De momento voy a conformarme con escuchar algo más acorde con mi capacidad mental) y que voy a contar el resto del post con mi estilo (por llamarlo de alguna forma) característico. Si alguno de vosotros se siente decepcionado ante las expectativas no cumplidas (lo cual tendría huevos, por otra parte, que ni que os cobrasen por estar leyendo esto), aquí os dejo un enlace a un vídeo de tomas falsas de los teleñecos para compensar el fiasco y levantaros la moral (conmigo, al menos, siempre funciona).

Tras conseguir empujar la pesada puerta que sirve de entrada y acceder a su interior, una hostia olfativa procedente de la mezcla de olores de quince o veinte colonias caras le da a uno la bienvenida al comercio de las letras verdes. Cada miembro de la manada que habita en su interior es ubicado en un lugar u otro en función de su edad y experiencia depredadora, y es en la planta baja donde nos encontramos con las crías de dependiente de El Corte Inglés, las cuales apenas han comenzado a dar sus primeros pasos en el salvaje mundo de la venta disfrazada de exclusividad y lujo. Las sencillas tareas a llevar a cabo en este entorno (esto es, ofrecer a todo objeto móvil que entre en su campo visual muestras de jeanpaulgaultieres, hugobosses o la última mierda que Antonio Banderas haya puesto a la venta metida en un frasco con pulverizador) hacen del mismo el lugar ideal para que los cachorros entrenen sus técnicas de ataque. A ello hay que unir que, debido a un inexplicable proceso de selección natural que tiene lugar en el departamento de Recursos Humanos, los jóvenes ejemplares SIEMPRE cuentan con una capacidad física conocida como "buena presencia". Gracias a ello, el Corte Inglés puede matar dos pájaros de un tiro y, además de emplear a los ejemplares más inocentes y maleables desde un punto de vista laboral, utilizarlos como cebo cual canto de sirena para que los incautos visitantes queden atrapados en el interior de esta madriguera desprovista de ventanas y se gasten la pasta.

Continuando nuestra exploración escaleras mecánicas arriba descubrimos a dependientes algo más curtidos gracias a la experiencia adquirida frasco de colonia en mano. Tras adaptarse poco a poco al medio, han logrado ascender en la jerarquía del grupo y situarse en lugares de mayor prestigio para la manada, tales como el departamento de electrónica, o la planta joven. No obstante, la cúspide de la pirámide de Maslow de un dependiente reza: "Sección de caballero/señora".

Así es. Al igual que el motivo que mantiene con vida a una abeja zángano es reproducirse con la reina de la colmena, al igual que el salmón realiza el enorme esfuerzo de nadar río arriba para desovar antes de morir agotado, el dependiente ve culminado su ciclo evolutivo y puede golpear su pecho con orgullo cual gorila de subidón una vez que es destinado aquí. Sólo sobrevivirán aquellos especímenes capaces de diferenciar con rapidez a los clientes pijos de bolsillo abultado (las presas que realmente importan) de quienes han entrado a El Corte Inglés con la idea de pasar la tarde sin apenas rascarse el bolsillo, agasajando a los primeros y ofreciéndoles una prenda de ropa detrás de otra (de marcas demasiado caras para lo poco conocidas que resultan, pero eso ya es otro cantar) tras la puerta de los probadores mientras ignoran sistemáticamente a los segundos (sé de lo que hablo, porque yo pertenezco a este último grupo de clientes y cuando voy allí los dependientes no me hacen ni puto caso).

Sin embargo, la dureza del reino animal no permite que una situación tan apacible dure eternamente, y el paso de los años afecta negativamente a estos líderes, quienes sufren la progresiva pérdida de sus capacidades depredadoras al tiempo que ejemplares más jóvenes, más fuertes y más guapos batallan para reemplazarles en estos privilegiados puestos. Cuando un dependiente ya no puede seguir demostrando su liderazgo, la manada lo envía a la última planta, donde se ve obligado a realizar tareas anodinas tales como asesorar a compradores de bicicletas y sillas de cámping. Al "esconder" a sus miembros de más edad y mayor deterioro físico en este lugar al que apenas acuden consumidores, el Corte Inglés vuelve a matar dos pájaros de un tiro, pues no sólo logra dar una imagen juvenil y dinámica de cara al exterior, sino que además, gracias a la alienación que sufren quienes ocupan esta planta (que se aburren como ostras aquí arriba, las cosas como son), consigue que muchos soliciten la jubilación anticipada. "El cementerio de elefantes" es como llamo yo a la última planta de El Corte Inglés.

Estaréis pensando que no puede haber mayor desgracia para un dependiente de El Corte Inglés que la de ser transferido a la última planta una vez que su olfato depredador y su buena presencia ya no son nada más que el recuerdo de un feliz tiempo pasado. Os equivocáis, pues existe un lugar aún peor: el Oportunidades. Desolado paraje al que puede ser desterrado un dependiente en cualquier momento de su ciclo vital. La crudeza con la que la manada juzga a cada uno de sus individuales provoca que quienes no cumplen con las exigencias del grupo sean enviados aquí, condenados al ostracismo y a pasar el resto de sus días entre ropa defectuosa y botes de Lacasitos puestos a la venta con el envase roto.

Y eso es todo cuanto sé. Cierto, he pasado por alto la planta sótano, pero resulta que mi conocimiento acerca de esta región se puede comparar, para que os hagáis una idea, al conocimiento que tiene el ser humano acerca de las dorsales oceánicas, o del clítoris. Hay un motivo que justifica mi ignorancia: que no me interesa lo que hay ahí (estoy hablando de la planta sótano, no del clítoris). Generalmente, lo único remarcable en el sótano de un Corte Inglés es el supermercado, lugar en el que se encuentran a la venta exactamente los mismos productos que en cualquier otro supermercado de la ciudad, pero con un precio insultantemente superior. Y la verdad, se me ocurren formas más inteligentes de malgastar el dinero. Quemándolo, por ejemplo. O teniendo que pagar una demanda del copón si alguien de El Corte Inglés llega a leer este artículo algún día.

fuente: Álbumes Españoles S.A.
No he hablado de osos en este artículo, pero ya que mi hermano se ha molestado en hacer esta foto también, PUES LA PUBLICO, que para algo el blog es mío

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lunes, 5 de septiembre de 2016

Yo on the water. And fire in the sky

A los seis años, mientras mis padres y yo disfrutábamos de una tierna escena familiar en la que ellos me ayudaban a saltar olas cogiéndome de las manos en una apacible playa de Asturias, una de dichas olas, con fuerza traicionera, me arrancó de manos de mis progenitores, arrojándome entre volteretas hacia la orilla. No recuerdo una irritación de garganta tan grande como la que me provocó el vomitar tanta agua de mar aquella tarde de verano.

A los siete años se me antojó un set de gafas + tubo de buceo que vi en un Todo a cien de Valladolid. Mi madre, que por aquella época me consentía más caprichos de los que debía, accedió a comprármelo (tampoco sería tan caro, me imagino), y yo quise probarlo ese mismo día en la piscina Toi que mi padre montaba en nuestro patio cada verano. Debido a que las gafas de buceo (tamaño adulto) quedaban demasiado grandes en mi carita infantil, tuve que conformarme con usar sólo el tubo, así que acoplé el mismo a mi boca, cerré los ojos, metí la cara en el agua y realicé una profunda inspiración... por la nariz. Pasada media hora de mi brillante prueba subacuática, aún seguía tosiendo agua.

A los nueve años mis padres me apuntaron a un curso de natación que tenía lugar cada verano en la piscina de una urbanización pija cercana a mi barrio. Para quienes no lo sepan, el calor veraniego en Valladolid tiene horario comercial, y a las nueve de la mañana (hora a la que comenzaba el curso todos los días) el agua estaba tan fría que era inevitable el odiar meterse en la piscina. Por otra parte, el monitor de natación tuvo que rendirse ante mi pánico (totalmente irracional, lo reconozco) a nadar de espaldas. No, no aprendí a nadar aquel verano.

A los diez años, como parte del programa de la asignatura de Educación Física del colegio, tuve que asistir, junto con todos mis compañeros, a clases de natación en una piscina municipal (la del polideportivo Huerta del Rey, por si queréis comprobar la veracidad de mi historia). Los alumnos hacíamos el viaje del colegio a la piscina en un autocar cochambroso y sin ventilación alguna, en el que cada hueco de dos asientos era ocupado por tres niños, y al llegar nos esperaban unas monitoras cuyas técnicas harían quedar a Ante Pavelić a la altura de Ned Flanders. Lo bueno de todo esto es que cada semana le tocaba a un padre, madre o tutor legal el supervisar la clase desde la grada, por lo que mi padre, que creía que exageraba con mi testimonio, pudo contemplar en vivo y en directo el método "La natación os hará libres" que aquellos monstruos llevaban a cabo con los que más miedo teníamos al agua. En concreto, vio como yo, su propio hijo, lloraba abrazado a una tubería porque no me atrevía a saltar a la piscina grande; y como una de las monitoras-Aufseherinnen, gritando aún más que yo, me arrancaba salvajemente de dicha tubería y me lanzaba a la piscina sin ningún tipo de consideración. Mi padre, como era de esperarse, no permitió que siguiese acudiendo a aquel curso.

A los doce años, durante unas vacaciones veraniegas en Oliva (Valencia), me adentré en el mar subido a una colchoneta de playa. Cuando quise darme cuenta, estaba bastante lejos de la orilla, y al pretender bajarme del hinchable artilugio descubrí horrorizado que mis pies no tocaban el fondo, por lo que volví a encaramarme al mismo con un ímpetu similar al que tiene mi gata cuando trata de escapar de la bañera cada vez que le estamos dando un baño y pedí a un crío de unos siete años que chapoteaba feliz a mi alrededor que me diese un empujón en dirección a la costa (no os riáis, cabrones). Aunque aún faltaba más de una semana para que mis padres, mi hermano y yo nos volviésemos a la seca Valladolid, decidí que aquel desafortunado incidente daba por finalizada mi temporada de baños en el mar hasta el año siguiente.

A los trece años, cuatro después del fallido primer intento, mis padres volvieron a apuntarme al curso de natación de la urbanización pija. Esta vez, además del agua fría y el desesperado monitor, entraron en escena un número considerable de alumnos (puesto que la primera vez sólo éramos dos), todos ellos muchos años más pequeños que yo, quienes disfrutaban de lo lindo al verme sufrir como si fuera una tortuga panza arriba cada vez que intentaba, sin éxito, nadar de espaldas. No, no aprendí a nadar de espaldas aquel verano. Y de frente, tampoco.

A los quince años un compañero de clase me retó a presentarme en la piscina a las ocho de la mañana de un sábado de febrero. Acepté el reto. Vale, la piscina era climatizada (Benito Sanz de la Rica, por si aún seguís sin creerme), pero impresionaba lo suyo ver caer una imponente nevada a través del cristal a quienes no llevábamos más que un raquítico bañador. Una vez allí, este mismo compañero me retó a hacer dos largos seguidos, sin parar a descansar entre medias ni mariconadas por el estilo. Acepté el reto. El esfuerzo que le supuso a mi cuerpo desentrenado en esto de moverse flotando sobre el agua completar la proeza (DOS señores largos, he dicho) fue tan grande que estuve a punto de perder el conocimiento preso de una peligrosa taquicardia, por lo que reté a mi compañero de clase a que se fuese a la mierda y me largué de la piscina sin esperar a comprobar si aceptaba o no mi reto, con un dolor de pulmones considerable.

A los dieciséis años, tras varios días disfrutando del mar sin complicaciones, comencé a sentir un dolor punzante en la planta del pie mientras me bañaba entre las olas del Mediterráneo. Tras acudir al puesto de socorro de la playa, el muchacho que me atendió confirmó que había pisado un pez araña y me dijo: "El otro día traté a un hombre que lloraba como un niño a causa del dolor por el mismo motivo, así que has tenido suerte". No, no tuve suerte. Tuve MUCHA suerte, ya que a los pocos días un alemán murió en Mallorca tras pisar un bicho de ésos (no he encontrado la noticia, pero os juro que salió en Gente, creedme por una vez). Y además de suerte, tuve una bonita cojera que me acompañó a todas partes durante el resto de aquel verano.

A los diecisiete años pasé una semana en Gijón, en una concentración de mi equipo de atletismo en la que corríamos por la mañana, corríamos por la tarde y corríamos por la noche. Pero también teníamos tiempo libre. Y parte de ese tiempo libre lo invertíamos en bañarnos en las aguas del Cantábrico. Fue durante una de estas zambullidas cuando, probablemente debido a lo fría que estaba el agua, sufrí un calambre en el pie que me dejó paralizado, por lo que empecé a gritar: "¡Un calambre! ¡Ayudadme! ¡Un calambre! ¡Ayudadme!", con el objetivo de que mis compañeros de equipo me ayudasen a salir del agua. Me ayudaron, sí, pero también se estuvieron cachondeando de mi llamada de socorro hasta que nos volvimos de Asturias. Incluso compusieron una canción al respecto que animó nuestros entrenamientos durante varios meses. Los muy hijoputas.

El mes pasado (a los veintinueve años, por si estáis llevando la cuenta, miserables), durante una visita en barco a las cuevas costeras de Albufeira, el capitán del pequeño navío nos permitió, mientras esperábamos a que un par de zodiacs nos acercasen en grupos a la orilla, nadar un rato junto al anclado barco. Mi novia pensó que aquella era una maravillosa idea, y disfrutó de lo lindo registrando el momento con su cámara Gopro bajo el agua. Yo no lo pasé tan bien, la verdad. Quizá fue porque no paré de respirar el humo del barco mientras intentaba nadar, o quizá fue porque mi incapacidad para flotar adecuadamente me hizo tragar una cantidad de agua salada que podríamos considerar "peligrosa" a nivel sanitario. O quizá fue porque el enorme esfuerzo físico que tuve que hacer para no morir en lo que yo considero "alta mar" (que estábamos por lo menos a cuarenta metros de la orilla, joder) hizo que el dolor en mis músculos no se me pasase hasta el día siguiente, pero he de reconocer que lanzarme al agua detrás de mi novia y su Gopro no fue una buena idea, mira tú.

¿Que a qué viene todo esto? Pues bien, viene a que esta última semana la he pasado en las costas de Granada, en las que han sido unas fantásticas vacaciones durante las que no he tenido que lamentar incidencias de ningún tipo a nivel acuático. He podido nadar y bucear entre peces, cangrejos y demás personajes del reparto de La Sirenita, ayudado por las aletas y el set de gafas + tubo de buceo (esta vez sí, de mi talla) que mi novia ha tenido a bien regalarme, alejándome de la costa más allá de lo que nunca me había atrevido, y sumergiéndome metros y metros en busca de las rocas y la arena del fondo.

Y durante todo el tiempo en el que me encontraba rodeado por el mar, sobre el mar o bajo el mar en estos últimos días, una voz dentro de mi cabeza no paraba de repetirme (no entiendo muy bien por qué, la verdad): "SAL DEL AGUA, INSENSATO".

Yo. En el agua. Y sin morirme


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