lunes, 30 de marzo de 2026

Qué cruz

Hace más de dos años publiqué una entrada de la que estoy especialmente orgulloso porque la he releído varias veces y me sigue haciendo gracia en la que describía dos sucesos que presencié desde mi pisazo y que, al menos al principio, me causaron cierto sobresalto. Pues bien, hoy voy a hablaros de un tercero de dichos sucesos.

Antes, quiero decir que no es que yo sea precisamente James Stewart en La ventana indiscreta, pero paso un tiempo considerable pendiente de lo que hay ahí fuera: no sólo disfrutando de varios cafés a lo largo del día en el balcón contemplando nubes y gente que pasea perros cuyos nombres me invento mientras mi móvil y su pantalla diabólica se quedan encerrados dentro, sino también lanzando la mirada a través del ventanal que hay junto al escritorio para que mis ojos puedan descansar de vez en cuando de ocho horas diarias de monótono home office ante un monitor de ordenador.

Vivir en un sexto piso y que no haya edificios altos cerca me supone un privilegio cuando de mirar a través de dicho ventanal se trata, pues puedo contemplar las cumbres de tres colinas (aunque para mí, vallisoletano de los llanos Campos de Castilla, son montañas. Pero los austriacos se ríen de mi cada vez que lo digo. Y con razón, pues este país cuenta con elevaciones que las superan en cientos de metros) características: Shöckl, Sloßberg (le pregunté en su día a una amiga austriaca si Sloßberg significa "la montaña del castillo" o "el castillo de la montaña" y no fue capaz de responderme) y Plabutsch.

Pues bien, la ladera de esta última cuenta con un elemento que me provoca el susodicho tercer sobresalto: una enorme cruz. Algo así como la que hay en Paracuellos y que se puede ver desde la pista del Adolfosuárezmadridbarajas, pero infinitamente más malrollera.

¿Que por qué? Pues porque su visualización sólo es posible después del atardecer, ya que cuenta con una potente iluminación que destaca sobre la oscuridad del terreno que la rodea y es distinguible a kilómetros y kilómetros de distancia. Y aquí viene lo más espeluznante: este efecto sólo tiene lugar durante los días de Semana Santa.

Si Bécquer se hubiese enterado de esto, habría sacado una leyenda de la hostia.

Bueno, pues a mí este año no me iba a pillar el mal rollo por sorpresa. Sabedor del periodo de acción de la cruz luminosa, y tratado de recordar experiencias anteriores, calculé que la misma se encendería a un par de días del Jueves Santo.

Hablemos ahora del concepto jump scare.

En español se traduce como "susto que te hace saltar" o algo por el estilo, lo que no tiene tanta chicha. Es un recurso visual propio de pelis y videojuegos de miedo en el que una acción súbita le mete un susto (el mismo nombre lo indica, que no sé qué hago yo dando explicaciones a lectores a quienes considero lo suficientemente inteligentes como para llegar a la conclusión ellos solos) al espectador o jugador. Evidentemente, hay cientos de ejemplos, y no necesariamente en pelis de miedo. El Señor de los anillos tiene uno, en la escena en la que a Bilbo, codiciando la alhaja que le ha entregado a Frodo, se le pone la misma cara que a Íñigo Errejón en una manifa del 8M:

fuente: reddit
No sé en qué estaría pensando Peter Jackson cuando hizo esto, pero me cago en sus muelas

De hecho, la vida misma puede darte un jump scare. Como cuando un blanco se pone una prenda de color salmón:

fuente: twitter
Me duele reconocer que el chiste de la ropa no es mío, pero es que me viene demasiado bien en esta historia como para no meterlo aquí

¿Sabéis dónde tuvo lugar un jump scare el pasado sábado por la noche, víspera del Domingo de Ramos? Os doy una pista: yo me encontraba mirando por la ventana de mi piso con la seguridad de que nada al otro lado del cristal perturbaría mis córneas cuando...

-¡Coño!

Sí. Exclamé tan malsonante interjección (mi novia puede confirmarlo, que lo oyó desde el salón) debido a que la puñetera cruz (creo que esto constituye una blasfemia), días antes de que yo contase con su presencia, acababa de jumpscarearme:

Sí. Es esa mancha de luz a lo lejos. Da más mal rollo de lo que parece y si no os gusta la foto siempre podéis regalarme un teleobjetivo decente

El susto estaba dado y el daño estaba hecho. Una vez repuesto, me puse con el plan que llevaba meses tramando, consistente en primero localizar su situación y después plantarme allí para verla de cerca y comprobar si había algo especial en el lugar que mereciese el anual fenómeno.

No. No tenía nada mejor que hacer.

Lo de saber dónde estaba la cruz exactamente se me escapaba año tras año. Ya os he dicho que se puede ver de noche pero durante el día se camufla con el entorno. Sin embargo, esta vez contaba con mi nueva cámara de fotos (bueno, ya no es tan nueva. De hecho, me ha acompañado a Ptuj, a Navalosa y a otros sitios de los que tengo pendiente hablaros), la cual permite hacer filigranas nocturnas y captar más luz. Armado con este cuerpo fotográfico, y con un teleobjetivo tipo espejo bastante cutre y barato, hice una foto a medio camino entre el mal rollo y la vergüenza:

Insisto en lo de que me compréis un teleobjetivo

Pero bueno, lo pude compensar usando otra lente que, si bien no ofrecía tanto nivel de aumento, me había costado tres veces más, permitiendo una foto de mayor calidad que me ayudó a ubicar mi objeto de estudio:


Tocaba entonces esperar a que el sol volviese a salir. Al día siguiente (Domingo de Ramos. Que, por cierto, en mi casa solía decirse "Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos", lo que implicaba que cada año mi abuela me regalase en esta fecha un par de calcetines o unos calzoncillos. ¿Vosotros no hacíais eso? ¿No? Pues qué tristes sois) repetí la toma fotográfica y así puede hacerme una idea de hacia dónde ir:

Parecía estar en la parte alta de un claro en el que hay césped, junto a una especie de caseta o algo por el estilo. Por otra parte: ejem, ejem

Ahora tenía que ir a buscar la cruz de marras (creo que esto también es blasfemia). Originalmente, pensaba llevar a cabo esta acción durante alguna de las noches de la Pasión, convirtiendo el proceso en una interesante entrada en la que hablaría de las sorpresas que la oscura ladera tendría reservadas para mí. Pero una mezcla de sensatez y pereza (sobre todo pereza) me hicieron cambiar de opinión. En vez de correr riesgos, y teniendo en cuenta que Plabutsch es el escenario de mis entrenamientos de fondo de los domingos, iría allí corriendo.

No obstante, un nuevo contratiempo me hizo repensar mis planes: durante los días que tuvo lugar todo esto que estáis leyendo con infinita paciencia, un huracanado viento de los que arrancan persianas estuvo azotando la zona, por lo que la sensatez y la pereza volvieron a decirme: "¿sabes qué? Que mejor, no".

Pero yo tenía que salir de casa de todas formas, pues otras tareas requerían de mi asistencia. Concretamente, comprar pan para acompañar al almorzaco dominical de huevos fritos con bacon del que mi novia y yo habríamos de disfrutar más tarde ese día y echar un vistazo a Gata, ya que sus dueños estaban otra vez de viaje.

Decidido, entonces. Al paseo sustituto de la carrera con paradas en panadería y casa de Gata le añadiría una primera, situada en mitad de la colina. Hice un cálculo rápido de distancias y me di cuenta de que aquello más que un paseo iba a ser una caminata, y que los huevos fritos con bacon nos los íbamos a cenar en vez de almorzar. Esto causó que por tercera vez mis amigas Sensatez y Pereza me diesen un toque, sugiriéndome que me enfrentase a la distancia subido en mi bici.

A la distancia y al ya mencionado viento, aclaro, pues me tocó pedalear contra ráfagas que me sacaban lágrimas y me las colocaban en la nuca. Mi esfuerzo me llevó al pie de la colina, donde perdí todas las referencias de ubicación que había calculado desde mi casa (pero qué listo soy), y allí desmonté para después caminar un buen trecho por una empinadísima cuesta (y entonces quienes lloraron fueron mi gemelos) arrastrando mi vehículo de dos ruedas.

No, no me funcionan los cambios de la bici. Llevo meses queriendo llevarla a arreglar pero Pereza lleva meses diciéndome que no hace falta.

Intuyendo más o menos dónde estaría la cruz, calculé que tendría que adentrarme por caminos de tierra, por lo que dejé mi bici candada al pie de una de las últimas viviendas allí presentes (que si bastante esfuerzo suponía ir arrastrando una bici, no os quiero ni contar si llegase a tener alguna rueda pinchada, así que mejor no jugársela). Siguiendo mi intuición (algo que, por otra parte, nunca suele dar buen resultado), terminé atravesando por una zona en la que directamente no había ni camino. Bajo mis pies, una alfombra de hojas salpicada de piedras y ramas llena de desniveles auguraba una buena hostia de las que le hacen gracia a todos menos al que se la pega. ¿Alguna vez os habéis visto en una situación que os ha hecho preguntaros por qué cojones habéis acabado allí? Bueno, pues yo me hacía esa misma pregunta cada diez pasos, que era la frecuenta con la que sufría un tropiezo, un resbalón, o la graciosa combinación de ambos.

Pero esta torpe travesía dio sus frutos. Llegué a un familiar claro de césped (que yo pensé: "¿me estaré metiendo en una propiedad privada? ¿Y si lo último que oigo antes de cerrar sesión es un tiro de escopeta?") y en lo alto del mismo, majestuosa (y apagada por ser de día) me esperaba mi cita:


Por fin tenía ante mí al motivo de tanto susto Pascual. Aunque en el lugar no había ningún enclave de carácter religioso que explicase su presencia. Ni una triste iglesia prerrománica o alguna secta apocalíptica a la que poder unirme. Lo que sí que se encontraba a su pie eran unas gradas que aproveché para sentarme unos minutos a descansar:


También, ya que estaba allí arriba, disfruté de las vistas durante un rato:


Recuperado el aliento y satisfechos mis ojos, analicé el enclave. Además de la protagonista de esta entrada, allí había una guirnalda de luces de colores y unos bancos en torno a una mesa:


Qué extraño, ¿no? Aquello tenía pinta de ser un merendero o la casa de algún austriaco más flipado de lo normal para este país. Esta segunda teoría cobró fuerza cuando, dispuesto a largarme de allí, descubrí el detalle que me dejó con el culo aún más torcido si cabe: las estatuas.

Diseminadas por la zona, estatuas de diferentes animales desafiaban a mi sentido común. La primera, un perro o un mono, se podía vislumbrar desde las gradas, y de hecho sale en la foto de las vistas de la ciudad que he puesto un poco más arriba. Pero vosotros no os habéis dado cuenta porque no estáis a lo que hay que estar.

Invadido por la curiosidad, recorrí la zona retratando cada nueva representación. Allí había un jabalí:


Una cabra con un cuerno de menos detrás de la cual había desplegada una especie de pantalla:


Un ciervo, unicornidado también:


Un ¿mapache? ¿Tejón? ¿Zorro?

Que tuviese grabada una diana llena de lo que parecían ser perdigonazos me hizo volver a pensar en lo del tiro de escopeta y lo de cerrar sesión, pero al final aquellos agujeritos eran inocente porosidad del material

Un oso atado a un árbol:

Al ver esta estatua me acordé de Mitrofán y renové mis votos republicanos

Y no di con más ejemplares de esta singular fauna. De todas formas, nada más me quedaba por hacer allí (y yo creo que DEFINITIVAMENTE me había metido en una propiedad privada), así que di media vuelta y me enfrenté nuevamente a la tramposa alfombra de hojas que me hizo sentirme un concursante de Humor Amarillo.

¿Vosotros no veis un camino aquí? Yo sí porque no me quedó otra

Cerca ya del asfalto y la civilización, se mostró a mi izquierda lo que parecía la entrada a un refugio, un búnker, un zulo o vete tú a saber:


Pero no quise tentar a la suerte asomando la cabeza ahí. Además, aún tenía por delante la última prueba del día: descender en mi bici la empinadísima pendiente y no dejarme los piños en el intento. Para tal fin, recorrí cada metro con un cuidado extremo, apretando los frenos con fuerza. Y, por suerte en aquel Domingo de Ramos, no tuve que estrenar dentadura.

Eso sí, mi bici iba a tener que estrenar zapatas. Mira, así podría aprovechar para que me revisasen los cambios.

Así que al final todo fue bien. Bien también estaba Gata, por cierto:

Os envía saludos

Y bien estuvo el almuerzo, pero de eso no hice foto porque cuando tuve la idea ya me lo había comido. Es la ventaja que tiene el contar con todos los dientes, supongo.

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