viernes, 1 de febrero de 2019

Mierda suelta de enero

Tal y como prometí, aquí viene el resumen del mes de enero. No voy a liarme dando explicaciones, que la entrada va a ser larga sólo con la trascripción de todas las chorradas que he escrito en mi agenda durante el mes.

1 de enero

El espejo de mi baño es una mierda. Es tan pequeño y está tan abajo que sólo refleja la parte de mí que hay entre mi cuello y mi cintura. Y ha sido mientras sufría de esta carestía espejil que he reflexionado acerca de los tres tipos de hombre que existen en función de su densidad pecto-capilar: los que tiran de cera o cuchilla y tienen el pecho como un azulejo, los que portan un felpudo debajo del cuello y los que tenemos aquello que parece que está sin acabar, que cuando vamos a la playa y salimos del mar da la impresión de que se nos han enganchado algas en los pezones.

2 de enero

He leído en un libro sobre geopolítica que no todos los soldados nazis eran rubitos de ojos azules y facciones de reacción alérgica como pintan en las películas. Resulta que hubo musulmanes en los Balcanes y en el Cáucaso luchando por Hitler, con fez y todo. Y hasta hubo soldados nazis judíos y descendientes de judíos, según algunos historiadores. Que entre los nazis hubiese "de todo, como en botica" ha hecho que se me ocurra un chiste incendiatwitter, pero que voy a contar, porque opino que con el humor, CERO LÍMITES:

No me gusta usar el término feminazi, porque es despectivo y puede ofender a nazis que sean feministas.

3 de enero

Los españoles de mi oficina estamos metidos en un grupo de Whatsapp, y uno de ellos ha dicho hoy en dicho grupo que busca piso para compartir. Resulta que actualmente vive con una mexicana y una española, y la idílica convivencia del lugar se ha debido ir a la mierda: la mexicana no para de meter cizaña y quiere que mi compañero se largue cuanto antes. Otros miembros del grupo le han preguntado si aquello no se puede arreglar de alguna manera, y él ha asegurado que no. Pues bien, en ese momento de bajona máxima he contribuido a la conversación con el siguiente mensaje:

La Noche Triste 2 confirmed

4 de enero

Hoy he visto varias noticias acerca de la que está empezando a liar Bolsonaro en Brasil, y es inevitable preocuparse ante semejante panorama. Me cuesta entender qué es lo que puede llevar a millones de personas a brindar su apoyo a quienes promueven esta clase de políticas reaccionarias. Aunque he de reconocer que daría mi voto sin pensármelo dos veces al primer político (del signo que sea) que prometiese meter en la cárcel a toda esa GENTUZA que en aviones, estaciones, aeropuertos y lugares públicos en general, es incapaz de callarse mientras alguien está hablando por megafonía.

5 de enero

Le pregunto al dependiente de la tienda de souvenirs de Valladolid que si tiene imanes... (y él empieza a hacer un gesto con la mano en dirección al muestrario de imanes) ...con termómetro incorporado (y entonces detiene su mano de golpe y me dice que no). A lo largo de mi vida he dejado a mucha gente con la palabra en la boca, pero es la primera vez que dejo a alguien con el señalar en el dedo.

6 de enero

A mi madre le ha tocado la sorpresa del roscón. Es un patito. Muy chulo y tal. Después de sacarlo del plástico en el que venía envuelto y de quitarle los restos de nata, he descubierto que tiene una raja enorme en la cara. El patito Padilla, le he bautizado:


7 de enero

El día de hoy no ha tenido nada de especial, y todas las actividades que he llevado a cabo han sido de lo más monótono: levantarme, desayunar dos cruasanes con Nocilla, ir a Ikea a por ropa de cama, apurar los restos de roscón que aún quedan en casa, recoger la decoración navideña, reflexionar acerca del sentido de la vida y de la existencia misma durante todo el proceso de obtención de una muestra de heces, cenar un plato de bacalao con tomate viendo a Ana Pastor de invitada en El Hormiguero... Pues eso, un día de lo más soso y rutinario el de hoy, oye.

8 de enero

¿No os parece entrañable esa gente que pretende haceros cómplices de su estupidez? Como la señora con la que he coincidido esta mañana ante la puerta de entrega de muestras en el centro de salud. Va y me dice: "¿hay que llamar a la puerta para entregar las muestras? Porque antes he llamado y me han dicho que no, que saldrían a pedirlas. Pero de eso ya han pasado unos minutos". Pues nada, señora, vuelva usted a llamar, no sea que hayan cambiado la forma de trabajar en los últimos diez segundos. No, mejor, abra la puerta y arroje dentro lo que sea que haya en el bote de tapa roja que tiene usted en la mano, sin avisar. Verá qué risas.

9 de enero

Tiempo Después me ha parecido maravillosa. Tanto, como las dos putas yayas que se han sentado en la misma fila en la que mi padre y yo estábamos intentando ver la película. Se han pasado la hora y media que hemos estado a oscuras comentando las escenas a voces y encendiendo la pantalla de sus móviles para consultar la hora, con el añadido de haberse tirado el último cuarto de hora de peli diciendo que no les gustaba y que se querían ir. Ha sido tan descaradamente surrealista que lo he considerado parte del guion. Es más, si alguna de ellas hubiese MUERTO, le habría dado aún más énfasis a la experiencia. Pero no ha habido suerte, lamentablemente.

10 de enero

Viendo ¿Dónde estabas entonces? he recordado una anécdota bastante patética de mi noventera infancia. Y es que varios chicos de mi clase nos habíamos "pedido" (en el más patriarcal sentido de la palabra) cada uno a una spice girl. Y había movida porque tanto mi compañero Gorka como yo teníamos puestos los ojos en Geri Halliwell. Pero bueno, al final se resolvió el conflicto y fui yo el que se ganó la exclusividad del mito erótico al jugar de puta madre al fútbol durante determinado recreo y marcar tres goles. Fue tal la alegría que sintió Gorka al ver que ganábamos gracias a mí, que me dijo mientras celebrabamos el tercero: "la Geri pa ti".

Dios, qué asco me ha dado recordar esto.

11 de enero

He llegado a Valladolid a tiempo para poder disfrutar de una nueva edición de Pingüinos. Para quienes no lo conozcan, se trata de una concentración motera que tiene lugar a principios de enero, y que cuenta con varias actividades interesantes, como el desfile de antorchas en el que se honra a motoristas fallecidos en accidentes de tráfico o el concurso no oficial que consiste en aguantar el mayor tiempo posible dando por culo con la moto al ralentí bajo mi ventana mientras yo intento dormir una puta siesta.

12 de enero

Esta mañana se me ha ocurrido una chorrada de la que estoy especialmente orgulloso (igual es por haber sido ingenioso en ayunas). Tanto es así, que la voy a poner en forma de meme:

fuente: fox

13 de enero

El Infierno tiene un círculo dedicado a aquellos viajeros del Alvia que se encuentran a conocidos y se pasan todo el puto trayecto Valladolid-Madrid hablando a gritos en el pasillo del vagón como si fuesen pingüinos con la moto al ralentí y me joden la siesta.

14 de enero

Mi novia le ha comprado a nuestra gata unas gominolas específicas con forma de diente, y hay que ver lo que le han gustado: le hemos dado dos y casi se vuelve loca. Vamos, que tienen que saber bien. No puedo confirmarlo porque (evidentemente) no las he probado. Sin embargo, me ha dado por asomar las narices al interior de la bolsa y JO-DER. Ha sido como caer en el abismo de los hedores. La arcada me ha dejado momentáneamente ciego, y las náuseas seguían conmigo mientras me he metido en la cama.

Ahora sé cómo se siente el ginecólogo de Ana Botella.

15 de enero

No voy a dar detalles, pero ésta es mi última semana en mi actual trabajo. El lunes empiezo en otro sitio, de ésos que tienen un huevo de benefits (lo pongo en inglés porque eso en España no existe). A los cuatro compañeros con los que como a diario (los cuatro andaluces, aclaro) les corroe un poco la envidia, pero en el fondo se alegran por mí e incluso fantasean con la idea de irse conmigo al nuevo sitio. Uno de ellos, durante la comida de hoy, ha afirmado que cada día se me ve más contento, y ha terminado su observación con un "el viernes, a lo mejor hasta te vemos reírte un poco y todo".

16 de enero

Dentro de dos días llevaré palmeritas a la oficina por eso de que es mi último día y tal. Uno de mis compañeros no irá ese día porque le van a operar o se va a hacer un implante o algo por el estilo, así que le he llevado un par de palmeritas sólo a él. Mientras se comía una de ellas, le he dicho lo mismo que le dijo Manuel Manquiña a aquel agonizante del hospital gallego cuando fue de visita vestido de rey mago y le dio un caramelo: "para endulzar el tránsito". Mi compañero, que se conocía la historia, ha estado a punto de morir asfixiado al oírme.

17 de enero

Hoy hemos estado hablando en mi oficina de cómo cambia la historia entre Mad Max y Mad Max 2, pues la primera va de un policía australiano persiguiendo punkis (o eso creo, que la vi hace ya mucho) y la segunda ocurre después de un cataclismo que manda el mundo a la mierda, obligando a los supervivientes a luchar entre clanes en un mundo desierto. Y me ha dado por pensar que todas las películas deberían contar con una secuela postapocalíptica en la que los mismos personajes deban sobrevivir en las condiciones que acabo de describir. Todas las películas, insisto. Empezando por La La Land.

18 de enero

El de hoy ha sido mi último día de curro. Mi jefa, acompañada por todos los compañeros de mi equipo y algunos empleados más, se ha acercado a mi sitio para darme una tarjeta firmada por todos y agradecerme todo el trabajo que he hecho durante estos años y blablabla. Tras esto, me ha tocado hablar a mí, y no se me dan bien estas cosas. Al final, lo único que he logrado decirle a todos ha sido que me alegraba de haber trabajado allí porque he tenido la suerte de pertenecer a un equipo muy profesional, capaz de lograr objetivos increíbles, a pesar de estar lleno de andaluces.

19 de enero

Hoy, mientras paseábamos por un pueblo del sur de Dublín, he visto en un escaparate un traje de niño que mi novia ha encontrado de lo más tétrico. Y con razón. Juzgad:


Y a mí me han entrado ganas de entrar y decir: "¿Me pone un traje para enterrar a un niño? Y envuélvamelo, que es para regalo".

20 de enero

Hoy estoy escribiendo aquí estas líneas únicamente porque me sabe mal dejar el hueco en blanco. Y es que realmente no tengo nada que decir que esté a la altura de esta joya que he descubierto en Facebook:

fuente: facebok

21 de enero

Hace un par de días, nuestra gata tuvo una de sus habituales broncas con los gatos del barrio, llevándose en esta ocasión un par de mordiscos en el culo. Uno de dichos mordiscos se ha infectado, por lo que la pobre ha pasado el día en el veterinario.

Está mejor, gracias, pero tiene la base de la cola rapada y cicatrizando, por lo que tiene que llevar el cono de la vergüenza durante una semana. Y como no puede rascarse, tengo que rascarle yo el cuello, causando que pierda el equilibro poco a poco hasta que acaba volcando. A este fenómeno lo llamo "Lopetegui cruzando un puente diseñado por Calatrava".

22 de enero

Nuestra gata está mejor que ayer y ya no se queda alelada mirando a lugares aleatorios de la cocina. Entre otras cosas porque ya no se encuentra bajo el efecto de ninguna droga. De hecho, se está acostumbrando bastante bien al disfraz de lámpara, apenas se lo mancha de polvo cuando hace sus necesidades en la arena y es capaz de subir y bajar con soltura las escaleras de la casa. Es más, a última hora se ha metido en la bañera (que estaba seca) y se ha puesto a dar vueltas persiguiendo su cola, dándome una valiosa lección de vida que voy a compartir con vosotros:

No permitáis que ningún contratiempo os impida actuar como si fuéseis gilipollas.

23 de enero

Quienes me conocéis sabéis que lo de copiar chistes y coñas de terceros y hacerlos pasar por míos se me da de puta madre, y hoy he tenido la oportunidad de volver a hacerlo, en frente de un nutrido grupo de compañeros de mi nuevo trabajo y con hilarantes consecuencias. Estábamos hablando acerca del soporte técnico y la atención al cliente, y ha salido el tema de los padres y la tecnología. Ahí es cuando yo he dicho: "Si os desespera tener que enseñar a vuestros padres a usar Skype, recordad que ellos tuvieron que enseñaros a usar una cuchara". Como si se me acabase de ocurrir, oye.

24 de enero

Hoy, uno de mis antiguos compañeros ha descubierto el "regalo de despedida" que le dejé antes de irme. Resulta que este muchacho trabaja en un departamento sin relación alguna con el mío. Pues bien, como "deferencia" hacia quienes puedan escribir a mi ya inactivo email, he creado una respuesta automática informando de que ya no trabajo allí, e indicando que si necesitan ayuda pueden ponerse en contacto con... Sí, mi antiguo compañero. Que no les va a poder ayudar y tendrá que redirigirles, pero... ¿Lo que divierte que te carguen trabajo a mayores? ¿Eh?

25 de enero

Hoy quiero odiar un poco. Pero no va a ser un odio general e indiscriminado, no. Lo de odiar sin justificación me parece, cuanto menos, feo. Mi odio va dirigido a un sector específico de la población, y confío en que quienes leéis esto os unáis a mi causa. Porque estamos en dos mil diecinueve y aún hay gente que en vez de decir "la pescadilla que se muerde la cola" dice "la pescadilla que se muerde la polla". Uuuuh, qué malotes... Que no os oiga la seño decir eso, ¿eh? En serio, joder, que ya tenemos una edad, y quedáis como imbéciles soltando semejante mierda. Es más, moríos, directamente.

Feliz viernes y tal al resto.

26 de enero

Hoy he descubierto que es mala idea ver una película de ésas de tensión constante (The Cloverfield Paradox, en este caso) y jalarme una pizza familiar del Dominos. Ya ha pasado un rato de eso y mi estómago sigue echándomelo en cara.

Me va a tocar doblar la almohada para poder dormir.

27 de enero

Viendo a mi gata disfrazada de lámpara esta mañana, me he preguntado por un instante si, al gritarle por el culo, el sonido le saldría amplificado por el cono. Envidentemente, NO LO HE INTENTADO PROBAR. En serio, ¿qué clase de persona creéis que soy?

28 de enero

Malas noticias: a mi gata no le han quitado el cono de la vergüenza, y tendrá que llevarlo, al menos, hasta el viernes. Y ahora es cuando voy a contar lo que ha pasado en el veterinario. La doctora le ha hecho un chequeo rápido, y aunque parece que está bien y no hay fiebre ni infección, la herida no ha terminado de cicatrizar. Que la muchacha se ha dedicado a estrujársela para comprobarlo, y aunque haya sido algo necesario y yo en las prácticas veterinarias no me meto, he sufrido hasta el punto de casi decirle "Agradece que no sea andaluz, que si no, ya te habría sacado la navajilla".

29 de enero

Mi nuevo trabajo no me está dando, por el momento, muchas oportunidades de hacer el payaso: no tengo a andaluces cerca de con los que me pueda reir y aún no he construido la confianza suficiente con mis nuevos compañeros como para hacer coñas denunciables (las únicas que se me dan bien, por otra parte). Lo más gracioso/ingenioso que se me ha ocurrido hoy ha sido bautizar al portátil Apple que me han asignado "Mi Amigo Mac". Joder, pero qué largo se me está haciendo el mes...

30 de enero

Hoy ha tenido lugar una de esas situaciones que mi novia y yo protagonizamos tan a menudo y que consisten en desvariar colectivamente hasta alcanzar límites surrealistas. Esta vez ha sido mientras nos dirigíamos al gimnasio, arrastrando las agujetas de días anteriores. Mi novia ha empezado a canturrear "Mátame camióoon..." y en ese momento se me ha ocurrido que podría existir la canción "Mátame Camión", pero para niños. En plan espectáculo de los Cantajuegos o episodio de los Lunnis.

31 de enero

El catarrazo que me ha invadido durante los últimos días de impide ser ingenioso o tener un mínimo de gracia. Así que, sintiéndolo mucho (en realidad no lo siento nada), voy a acabar el mes copiando una vez más una coña que vi en su día en Internet y que he recordado al tomarme hoy uno de los muchos cafés que me están manteniendo con vida. Y es que lo de los dibujitos en la espuma es una trampa discriminatoria: si eres diestro, te encuentras un corazón cuando coges la taza; pero si eres zurdo, lo que te llevas a la boca es un par de huevos.


Hala, hasta el mes que viene. O no.

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lunes, 14 de enero de 2019

Descagándola

En su día escribí una entrada dejando bien claro que si meter la pata fuese una disciplina olímpica, a estas alturas ya habríais visto mi jeta en unas cuantas portadas del Marca. Y no aprendo, pues he vuelto a hacer gala de mis dotes, protagonizando un nuevo "anda, que ya te vale" que voy a relataros a continuación (pero muy resumido, que no quiero aburriros).

Debido a que soy socialmente cortito (por no decir "nulo"), todos aquellos emails que llegan a mi bandeja de entrada del trabajo incluyendo en su asunto o en su cuerpo el menor indicio de actividad grupal suelen irse rapidito a la papelera junto con mi deseo de responder al emisor de turno con un "a mí no me vengáis con mierdas". Pero esto último no lo hago, porque no quiero darle demasiado trabajo al personal de Recursos Humanos. Pues bien, hace unas semanas decidí darle una oportunidad al correo relativo al "amigo invisible en modo elefante blanco" que me llegó el otro día, y lo hice por dos motivos:

El primero de estos motivos fue nostálgico, y es que los pocos compañeros de mi anterior empresa que no volvíamos a casa por Navidad solíamos juntarnos el 24 de diciembre en el piso de una belga muy simpática que organizaba una cena/barbacoa de interior durante la cual SIEMPRE acababa saltando la alarma de incendios. Otra cosa que hacíamos allí (y aquí va lo de la nostalgia) era un pequeño  juego introducido por los daneses del grupo: todos llevábamos cinco o seis regalos (mierdas del Tiger, básicamente) que depositábamos sobre la mesa. Y por turnos, durante un tiempo establecido, cada uno elegía uno de los presentes del montón o se lo quitaba a quien lo hubiese elegido (recuerdo que le describí el mecanismo a un compañero madrileño y su reacción fue decir "cómo le gusta el pillaje a estos vikingos"). Al final, todos contaban en su haber con cierto número de regalos, y al desenvolverlos descubrían si habían hecho buenas elecciones o no.

El segundo motivo fue un intento por mi parte de ser menos asocial e integrarme un poquito más. Que vale que soy el único que se queda comiendo de tupper los viernes mientras todos se van a jalar fuera, pero esto iba a ocurrir sólo una vez y yo no tendría por qué salir herido al aceptar unirme.

Así que pasé de leerme el parrafazo de veinte líneas que explicaba cómo se jugaba a lo del elefante blanco y respondí con un "venga, contad conmigo" esperando pasarlo tan bien como con mis excompañeros vikingos en casa de la belga las vísperas de Navidad de hace unos años.

En preparación para el evento, me pasé la mañana del sábado adquiriendo toda clase de productos, a cual más ridículo (aunque incluyendo algunos decentes para compensar), tratando que el total de sus importes no superase los quince euros (porque vale que no me leí las instrucciones del juego, pero lo de la pasta me lo aprendí de memoria). Así, cayeron unos estropajos con forma de corazón, una agenda para 2019, una caja de bombones, una botella de salsa de soja que envuelta en papel de regalo parecería de vino, un imán con forma de realista cabeza de ciervo... La joya de la corona, he de admitir, fue un papá noel relleno de galletas al que, cuando cubriese con el papel, me encargaría de dar la mayor forma fálica posible:

El papá noel que hizo llorar a Leonardo Dantés

Catorce euros llevaba gastados. El euro que faltaba iba a ser invertido en un spinner, pero ninguna de las tiendas en las que entré aquel sábado por la mañana vendía ya el artilugio que tan de moda se puso tiempo atrás.

Dos días después, de vuelta en la oficina y a tres días de la celebración del evento, me acerqué al sitio de la organizadora y le pregunté (por confirmar que no me estaba pasando de listo) que cuántos regalos había que comprar como mucho.

Me dijo que sólo uno, y que lo ponía en las instrucciones que nos había mandado por correo.

"Me voy a tener que meter el papá noel fálico por donde te tendrías que haber metido tú el correo invitándome a esta mierda", pensé. Pero, teniendo en mente una vez más al atareado personal de Recursos Humanos, no dije en voz alta todo eso. Sólo respondí con un "ya, ya. Ya lo sabía" y volví a mi sitio a lamentarme por haber tirado los tickets a la basura.

De todas formas, al final no tuve que molestarme en gastarme quince euros en UN regalo, pues me tocó mover papeles a última hora el día que se organizó el elefante blanco (cuya mecánica sigo sin tener muy clara, todo sea dicho) y me lo perdí. Pero bueno, los compañeros que sí participaron me confesaron después que aquello no fue nada del otro mundo.

Lo malo es que aún contaba con purrela valorada en catorce tazos de la que no sabía cómo deshacerme sin sentirme especialmente imbécil (y menos mal que no llegué a comprar el puto spinner. MENOS MAL). Decidí entonces que trataría de arreglar el desaguisado de la mejor forma posible, por lo que los estropajos esperan ser utilizados la próxima vez que limpiemos el baño, allá por agosto. Los bombones ya no se encuentran entre nosotros (y bien ricos que estaban). La soja caerá el próximo día que se me ocurra preparar sushi. El papá noel fálico queda pendiente para una nueva entrega de "haz un regalo que acepte troleo". El reno, no sé. Y la agenda será la protagonista de este blog durante todo el año. Me explico (y así comprenderéis por qué me ha dado por largaros hoy esta turra a modo de puente):

Casi todos los días se me ocurre, me sucede, o tiene lugar alguna gilipollez que, si bien suena graciosa dentro de mi cabeza, no tiene la chicha suficiente como para convertirse en entrada completa. Por ello, voy a recopilar esta MIERDA SUELTA a razón de un concepto diario, voy a apuntarlo todo en la agenda y el primer día de cada mes publicaré una entrada resumen de todo lo recogido durante el mes anterior. O no, porque igual me canso de la idea o resulta ser un puto fiasco (lo cual sería una pena, porque no tengo pensado hacer nada más con este blog en todo 2019).

Y ahora es cuando vosotros, que sois tan listos, me decís: "pero eso que estás contando es como Twiter. ¿Por qué no te abres mejor una cuenta de Twitter?". Y yo os digo que no PORQUE. TWITTER. ES. UNA. PUTA. BASURA.


EDIT: Al final he logrado darle salida a la cabeza de reno. Se la voy a dar a la murciana. Y no veáis la ilusión que le ha hecho (lo cual aún no comprendo, pero bueno).

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martes, 1 de enero de 2019

El día en que mi amigo Gabriel estuvo a punto de incendiar Valladolid

Todos vosotros disfrutando del día festivo y yo currando. Y si esta situación no fuese ya de por sí bastante injusta, voy y publico una entrada de Año Nuevo (al igual que hice recién estrenado dos mil dieciocho) para divertiros. Para que luego no me deis ni las gracias. Miserables.

fuente: twitter
Don Arturo me comprende


La historia que os voy a contar hoy se divide en dos actos. El primero tuvo lugar en Valladolid el veintiuno de septiembre de mil quinientos sesenta y uno (21-09-1561 para los vagos). Aunque yo no estuve allí para confirmarlo, un zócalo de azulejos mu bonico existente en el pucelano Palacio de Pimentel describe un incendio DE LA HOSTIA que arrasó el centro de la ciudad aquel día. Tal incendio fue tan importante y marcó tanto a los vallisoletanos que dio lugar a dos leyendas tan falsas como una exclusiva de Okdiario pero que siguen siendo creídas a día de hoy: la primera es que las fiestas vallisoletanas cambiaron de fecha para conmemorar la tragedia, y la segunda es que el escudo de la ciudad posee unas llamas que hacen alusión al tema.

Pues no, y no. Las fiestas llevan cambiando la época en la que tienen lugar desde la Edad Media. Las hubo en agosto (y no iba ni Dios, pues todos los campesinos estaban trabajando en el campo), las hubo en octubre (y tampoco iba ni Dios, ya que el tiempo empezaba a ser una mierda), y acabaron por celebrarse en torno al 21 porque es cuando mejor tiempo hace (hasta que el anterior alcalde, esa bellísima persona (creo que ya puse este enlace en otra entrada, pero MEDAIWÁ), decidió adelantarlas dos semanas para así joder a los jóvenes que estudiaban para la convocatoria de septiembre hacerlas coincidir con la festividad de Nuestra Señora de San Lorenzo, patrona de la ciudad). Y en cuanto a lo del escudo... Lo que se ve en la parte central son jirones de origen incierto, pero que ya estaban ahí un siglo antes de lo del fuego por lo menos.

Leyendas aparte, y como apunte para que aprendáis algo, otro elemento del escudo vallisoletano que lo caracteriza es la Cruz Laureada de San Fernando, un detalle que tuvo el Caudillo con el Club de Fans de Francisco Franco de Valladolid. Y es que la gente del CFFFV estuvo muy a tope con el grupo de Paquito durante su gira nacional 1936-1939. Así que Franco dijo "tomad, laureles en vuestro escudo por ser unos franquistas cojonudos". Y así hasta hoy, fíjate.

fuente: google maps
El escudo y tal, visto desde el aire. Si os parece cutre que tire de capturas de Google Maps para ilustrar esta entrada, os voy avisando de que ésta no va a ser la última

Pero bueno, voy a dejar de meterme en política para pasar a narraros el segundo acto de esta historia, el cual coprotagonicé con mi amigo Gabriel y tuvo lugar en la misma capital vallisoletana (aunque del otro lado del Pisuerga, en el pijo barrio de Parquesol), casi medio milenio después, una calurosa tarde de agosto.

Como era habitual durante nuestra adolescencia, la falta de dinero y el exceso de tiempo libre que nos otorgaban las vacaciones de verano propiciaban el clima perfecto para que yo ahora pudiese escribir una o varias entradas relatando anécdotas de por aquel entonces, pues Gabriel y yo éramos unos hijos de puta de cuidado y no había día que no liásemos alguna (para que os hagáis una idea, la madre de Gabriel nos dijo en una ocasión, a pocos días de que acabase el periodo estival: "hay que ver lo que van a descansar los vecinos cuando ya no andéis por aquí"), y no descarto que en el futuro muchas de ellas acaben plasmadas en este blog. Pero centrémonos.

Yo le había enseñado a Gabriel que una bengala de las grises de cumpleaños que echan chispitas inocentemente (bueno, o no, pues recuerdo que de pequeño jodí un microscopio por prender una de éstas e intentar ver su luz aumentada doscientas veces. Pero eso es otra historia), tras ser encendida y arrojada a lo lejos en mitad de la noche, constituía un espectáculo QUE TE CAGAS tanto en su luminoso vuelo como al estrellarse contra el asfalto. Vamos, que nos habíamos tirado toda la hora de la cena lanzando bengalitas como gilipollas al pie del bloque de pisos de Parquesol en el que vivía mi amigo.

Al día siguiente, Gabriel quiso llevar el espectáculo descubierto la noche anterior al más difícil todavía: sirviéndose de un poco de celo, había unido cinco bengalas, y aquel casero artefacto, además de un mechero Bic, se hallaba a buen recaudo en uno de los bolsillos de su pantalón de chándal a la espera de volar incandescente por los aires. En el otro bolsillo reposaba felizmente un yoyó granate modelo Firestorm de Bandai que poco después daría un giro interesante a la historia.

Gabriel, amén de muy impresionable, era todo un cagaprisas, y la idea de tener que esperar varias horas a la caída del Sol para llevar a cabo aquella performance de La Fura del Baus en miniatura se le antojaba impensable. Por ello, aprovechando la enorme extensión del descampado en pendiente que se extendía ante nosotros de camino al Carrefour al que nos dirigíamos para perder el tiempo y refugiarnos del calor, echó mano del manojo de bengalas y del mechero, prendió aquél con éste y, mientras cogía un poco de carrerilla, dijo:

—Veréis (no lo dijo en plural porque me hablase de vos, sino porque su hermano pequeño también estaba allí).

Pero no vimos nada, joder. ¿En qué cabeza cabe que encender bengalas a las cinco de la tarde en agosto vaya a dar el más mínimo espectáculo, con aquel solazo? Tras el lanzamiento, sólo pudimos contemplar a duras penas un puntito de luz que destacó una mierda contra el azul del cielo y desapareció enseguida entre la maleza del descampado.

Esperad, que os pongo un mapa editado con prisas para que os hagáis una idea de la jugada:

fuente: google maps
Os lo advertí. La entrada de hoy venía cutre a nivel multimedia. Pero se entiende, ¿no?

Tras unos segundos en los que tratamos de reponernos del fiasco, y ya dispuestos a cruzar aquel descampado (os recuerdo, en pendiente) con destino al hipermercado gabacho, eché la mirada en dirección al lugar del impacto bengalil y aprecié que aquel área brillaba mucho, como si allí hubiese un objeto metálico. Pero, como os estaréis imaginando, ni metal ni hostias. Lo que había era un estupendo fuego fruto de las bengalas pegadas con celo y arrojadas por Gabriel que acababa de nacer y que había venido al mundo con un hambre considerable, pues estaba devorando las hierbas secas a un ritmo más que alarmante.

Y ahora es cuando vosotros diréis: "¿a quién se le ocurre lanzar bengalas encendidas en medio de un secarral?" PUES A NOSOTROS, JODER. A NOSOTROS. Pero en aquel instante, siendo testigos de la que estaba a punto de armarse, no andábamos como para atender al juicio que los lectores de este blog íbais a hacer años después, coño.

Cuando tiene lugar un incendio, lo habitual y sensato es que todos los animales del lugar (seres humanos incluidos) huyan como quien se espanta avispas del culo. Lo habéis visto en los documentales, lo habéis visto en las noticias y lo habeís visto en Bambi. Pero Gabriel y yo (o al menos nuestra versión adolescente) teníamos poco o nada de sensato, por lo que nos lanzamos pendiente abajo en dirección a las llamas. Su hermano no. Su hermano se quedó en el sitio incapaz de reaccionar o articular palabra sin que hubiese nadie cerca para darle un guantazo y sacarle de su estado catatónico como hacen en las películas.

A los pocos metros de aquella alocada "I Carrera Popular Todos Contra el Fuego" en la que sólo estábamos participando Gabriel y yo, mi compañero se paró en seco. Y no me hizo falta girarme para conocer el motivo, pues sus gritos fueron bastante explicativos:

—¡Mierda! ¡Que se me ha caído el yoyó!

El panorama se antojaba de lo más chachi: cual extraña alineación planetaria en medio del descampado, un inmóvil planeta de hielo a lo lejos, otro rotando entre las pajas en busca de un puto yoyó de Bandai y un tercero en trayectoria de colisión directa contra un sol que no paraba de crecer y engullir todo lo que pillaba a su paso. Llegué al área del fuego y me puse a pisotear las llamas como si fuese Joaquín Cortés sufriendo una descarga eléctrica, cada vez más convencido de que el periódico El Norte de Castilla nos dedicaría un hueco entre sus páginas al día siguiente.

Por si fuera poco, el mismo viento de levante del que hablaba Trillo cuando lo de Perejil decidió que aquél era el momento perfecto para darse un paseo por el descampado y decir "hola, ¿qué tal todo por aquí?", provocando que el fuego doblase su tamaño. La noticia que iba a hablar del tema en El Norte también se estaba haciendo cada vez más grande dentro de mi cabeza, por cierto.

Afortunadamente, el hecho de que por aquel entonces yo ya calzase un cuarenta y seis me vino de perlas a la hora de patear las llamas, y pasados unos cuantos segundos angustiosos que se me antojaron décadas, pude extinguir el pequeño incendio y ahorrarle a Valladolid (o al menos a Parquesol) un disgusto. Y no salimos en El Norte.

Jadeante y con el corazón aún cabalgándome dentro del pecho debido a la carrera y al posterior esfuerzo extintor, con las manos en las rodillas y contemplando la carbonilla que se abrazaba a las suelas de mis zapatones de deporte, oí los pasos de Gabriel, que se acercaba tranquilamente hacia el ennegrecido lugar. Una vez estuvo ante mí, exclamó con alegría:

—Menos mal que he podido encontrar el yoyó.

Y entonces me incorporé, con respiración aún entrecortada, le miré a los ojos con una expresión tan seca como un mantecado de Portillo, puse mi mano en su hombro y, con la mayor claridad que mis resuellos me permitieron, le dije:

—Me cago en tu puta madre, Gabriel.

Hala, podéis seguir de resaca. Hasta más ver.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Big in Japan. Episodio IIIIIIIIIII y ya, joder

En el que los protagonistas de la historia vuelven de Japón y por fin se acaba este tostón. Por Dios, qué coñazo de verano, sacando tiempo de debajo de las piedras para escribir cada puta entrada. Que vosotros estaréis muy bien en la playa rascándoos los huevos o lo que sea que os rasquéis en vuestro tiempo de ocio, pero servidor se ha pasado julio y agosto currando como un negro (sí, con la que está cayendo digo cosas así. ¿Algún problema?) y me he visto con la hora pegada al culo semana sí y semana también para poder sacar esto a tiempo. Qué angustia, en serio.


Quienes hayáis seguido esta serie y estéis al tanto de la totalidad o parte de su contenido pensaréis que tengo una memoria prodigiosa que me ha permitido recordar todo cuanto hemos hecho en Japón con un nivel de detalle acojonante. Nada más lejos. Lo que pasa es que me dediqué a tomar notas de aquello que me parecía más gracioso o destacable. Bueno, pues para la jornada que nos ocupa no lo hice, así que la entrada de hoy se antoja escasa y sosa. Y encima sólo tiene dos fotos.

Y, por si fuera poco, hasta ayer yo tenía un borrador de este post con dos párrafos. Anoche me tiré hasta las dos de la madrugada escribiendo el resto desde la aplicación de Blogger (desde la PUTA MIERDA de la aplicación de Blogger) y cuando esta mañana he querido publicarlo, cerciorándome de que estaba todo en orden, la PUTA MIERDA de la aplicación dd Blogger me ha publicado el borrador de dos párrafos, dejando que todo el trabajo posterior se perdiese como lágrimas en la lluvia. Tras pasar media hora con la mirada de los mil metros y cagarme en muchos dioses de diferentes religiones y cultos, voy a intentar reescribirlo. Pero no soy Rainman, así que no prometo nada.

Nuestra última mañana comenzó prontísimo. Creo recordar que amanecimos a eso de las cinco de la mañana y, tras una ducha rápida y un nuevo vendaje, montamos en el shuttle bus del hotel con destino al aeropuerto.

Que, por cierto, el otro día me metí en un artículo de esos clickbait de Facebook en el que aparecían los diez aeropuertos más peligrosos del mundo según un estudio que se habían sacado de los huevos, y en el que nos encontrábamos ocupaba el tercer puesto. Y tiene su lógica, pues los japos serán todo lo listos y eficientes que tú quieras, pero lo de construir un aeródromo internacional en una isla artificial levantada de la nada en una zona donde los tsunamis, los terremotos (precisamente hubo uno en Osaka dos días después de nuestra partida) y los ataques de monstruos gigantes radiactivos, a pocas décadas de que el cambio climático ante el que no estamos haciendo NADA haga que el nivel del mar suba varios "os lo dijimos" se me antoja un poco temerario.

Pero no hubo que lamentar desgracias durante nuestra estancia allí. Lo primero que hicimos al llegar fue echar en un buzón de correos el enorme sobre que contenía el Wi-Fi portátil que tantas veces nos salvó el culo los días anteriores (pues incluso ciudades tan pequeñas y cuquis como Nara son auténticas colmenas en lo que a trazado de calles se refiere) y que recogimos el primer día en cuanto pisamos Tokio. El cacharro tenía su gracia: contaba con el tamaño de una cinta de casete gorda y se calentaba un huevo. Además, su batería no duraba todo el día, y más de una vez nos dijo "ahí os quedáis" antes de que estuviésemos de vuelta en el hotel correspondiente. A pesar de todo ello, nos vino bien para tirar de Google Maps, buscar sitios en los que meternos y jugar a Pokemon GO, por lo que le dijimos adiós con cierta emotividad (pero no mucha, que recuperar la fianza era más importante que aquel cacharro).

Lo siguiente que hicimos fue deshacernos de nuestra maleta grande tras pasar por una cola de facturación más rápida y eficiente que la que nos tocó soportar en Dublín el día que empezamos todo esto, y de ahí fuimos al control de seguridad aeroportuaria más laxo de la historia:

Uno está acostumbrado a los estrictos controles occidentales, donde te hacen despojarte del contenido de tus bolsillos, la mitad de tu ropa y toda tu dignidad antes de vaciar la maleta sobre la cinta transportadora (aunque después te la vayan a revisar igualmente por si llevas sangre de unicornio en ella o algo), donde tienes que jugar al Tetris con los líquidos al meterlos en esa raquítica bolsa de plástico en la que no cabe ni un escupitajo, y donde te van a meter mano si al arco le da por pitar. Y con esta idea en mente me dirigí al arco del de Osaka, para descubrir que todas las mierdas anteriormente descritas no van con ellos: cuando le dije al segurata de turno que llevaba un portátil en la maleta, el hombre me miró como diciendo "Y a mí, ¿qué?", y como lo único calificable como "líquido" que llevaba encima era el maravilloso Azunol que me estaba curando la mano, se lo enseñé a otra segurata de la fila (sin bolsa ni leches), quien a su vez se lo enseñó a su jefe, recibiendo de éste un encogimiento de hombros como única respuesta. Ella, a su vez, me alcanzó el bote de vuelta encogiéndose también de hombros, yo me encogí de hombros al recogerlo para no desentonar con aquel ambiente encogersedehombril, agarré mi maleta y me fui de allí. Y eso fue todo. Han pasado semanas de aquello y aún estoy flipando.

La siguiente pantalla del juego "Aeropuerto de Osaka" transcurrió en el control de pasaportes", al cual nos dirigimos un poco acojonados. Creo que ya he mencionado por aquí que a los guiris nos descontaban la parte de impuestos en muchos comercios, a condición de que los bienes adquiridos no fuesen consumidos dentro del país. Y para llevar la cuenta de lo que íbamos gastando, los comerciantes escaneaban un código QR incluido en el sello del pasaporte y pegaban los tickets de compra entre las páginas del mismo. El problema es que, entre otras cosas, yo llevaba puesta una camiseta adquirida a través de este método, y casi todo lo demás iba en la maleta facturada. Por ello, imaginábamos al encargado de turno como a una especie de agente de la Gestapo oriental ante quien se nos iba a caer el pelo por no poder declarar como intactos los bienes recogidos entre las páginas de nuestros pasaportes.

Pero no. En lo que constituyó un nuevo episodio de este "Te preocupas por nada" que es mi vida, el amable hombre sólo confirmó que las fechas del visado y el pasaporte estuviesen en regla y nos dejó pasar a la terminal de salidas, donde pudimos por fin disfrutar de nuestro último desayuno en la isla:

Hasta el sushi descongelado del aeropuerto está bueno en este país

Tras dar cuenta de lo que se ve en la foto anterior, montamos en una especie de monorraíl que nos acercó a nuestra puerta de embarque, y allí tuvimos que hacer un huevo de tiempo porque es posible que yo me pase un poquito con esto de ser previsor a la hora de calcular con cuánta antelación hay que ir al aeropuerto. Mientras esperábamos, y aprovechando que nos sobraban monedas, mi novia se ofreció a ir a la máquina de bebidas de aquel sitio para sacar algo. Me preguntó que qué quería, le dije que me sorprendiese y me sorprendió.

Pedazo de invento la cocacola clear, macho

Al rato tuvo lugar el embarque, que pareció más un sorteo extraño que otra cosa, habida cuenta de la gran cantidad de zonas y filas con que contaba el aparato. Una vez dentro, descubrimos que nos tocaba sentarnos en una fila de tres asientos a compartir con un hombre con el que mantuvimos un silencio incómodo durante las once horas y media que tardamos en llegar a Amsterdam.

Del vuelo en sí no puedo destacar muchas cosas. Se me hizo corto, me vi entre otras las pelis Una verdad muy incómoda (que se podría haber llamado Al Gore hace cosas 2) y Salyut-7, que me gustó mucho y va de dos cosmonautas arreglando cosas en el espacio para no morirse, tuve que cambiarme de sitio con mi novia porque el leviatán que tenía sentado delante echó su asiento para atrás y al tercero de la fila, vegetariano, le dieron de comer antes que al resto porque pidió menú especial, pero no se atrevió a tocarlo y estuvo esperando veinte minutos a que las atareadas azafatas sirviesen la comida al resto del pasaje hasta que pudo enganchar a una y decirle con un punto de pánico que su ensalada olía a marisco y él era de un alérgico que te cagas. Pero la azafata le tranquilizó diciéndole que aquel plato era marisco-free y que, en el peor de los casos, todos los integrantes de la tripulación sabían hacer traqueotomías.

Tras cruzar medio mundo de vuelta, aterrizamos en el aeropuerto holandés (sé cómo se llama pero no cómo se escribe exactamente, así que no voy a poner su nombre aquí. Que vale que tardaría menos en buscarlo que en poner esta excusa tan larga, pero mi blog funciona así. Punto), mi favorito hasta la fecha porque tiene DE TODO, y nos acercamos al McDonalds a por sendos happymeales (Dios bendiga las pantallas de autopedido que evitan que tengas que mirar a un empleado a los ojos para pedirle un menú de niños) y nos atiborramos de queso en una de las tiendas.

Un par de horas después embarcamos en el avión con destino a Dublín, y entonces el jet lag dijo "aquí estoy" y se quedó conmigo hasta el final de esta entrada.

Porque yo nunca he tomado drogas sintéticas, pero teniendo en cuenta lo que he oído al respecto, el rato que pasé a bordo del vuelo fue lo más parecido a un mal viaje de ácido (o a la escena de Dumbo borracho) que voy a experimentar: tras sumergirme en un estado de duermevela constante (del que mi novia me sacó durante cinco minutos para ingerir algo que nos dieron de comer o de beber), lo que veía dentro del aparato se confundía con los sonidos que llegaban a mis oídos, en una incómoda sinestesia que parecía no acabar nunca.

Y hablando de acabar, esta entrada se acaba aquí. Y no es que no quiera seguir contándoos mis mierdas (que también, pues os recuerdo que es la segunda vez que escribo esto gracias a la PUTA MIERDA de la aplicación de Blogger), lo que ocurre es que no guardo ningún recuerdo del aterrizaje, el paso del control de frontera dublinés, la recogida del equipaje y el traslado del aeropuerto a casa (para que luego digan que el jet lag son los padres). Nada de nada. Lo cual viene bien, porque así puedo meter un fundido a blanco sobre el que, si os fijás mucho, se puede leer la palabra "owari" que, según Google, significa "fin" en japonés.

Y dicho esto, vuelvo a darle al botón de pausa del blog. Bueno, al de pausa no. Mejor al de stop, que en mi casa siempre ha existido la creencia de que el botón de pausa jodía las cintas de vídeo.

Pues eso, que volveré en unas semanas, meses o años y mientras tanto voy a descansar de teclear y a disfrutar de los pequeños placeres que nos ofrece la vida, como volver a usar los abrigos que han pasado meses en el armario, fotografiar bosques disfrazados de otoño o leer la última payasada que haya tuiteado José Manuel Soto.

Hasta pronto.

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lunes, 27 de agosto de 2018

Big in Japan. Episodio IIIIIIIIII

En el que los protagonistas de la historia se chupan un viaje en tren detrás de otro como si esto fuese una puta novela de Agatha Christie.


Y llegó el día en el que nos tocó irnos de Nara. A ver, que no era plan de quedarnos en la ciudad de los ciervos para siempre, pero no me habría dolido demasiado dormir un par de noches más en el onsen quasiperfecto. Y alguno dirá: "y, ¿por qué no le das un 10 al lugar, que no has dejado de ponerlo por las nubes?" Pues porque para mí, las gilipolleces restan. Y la que vi pegada al espejo de la habitación era de las gordas:

Agua magnética, la favorita de los imbéciles que en su día pagaron por una powerbalance

Comenzamos el día bajando a desayunar al restaurante que albergaba el fabuloso buffet, donde yo confiaba en superar mi marca personal en lo relativo a la ingesta de bolas de arroz y pescado envueltas en hojas del día anterior. En esta ocasión, en el lugar se encontraba una cocinera que, al verme arramplar con el manjar, me indicó educadamente que no me comiese las hojas, y yo me sentí tan imbécil como un mesetario recién llegado a Murcia que se jala una docena de paparajotes sin recibir instrucciones previas mientras los locales le miran entre risitas y se dan codazos.

Poco más puedo destacar de aquel desayuno. Para seguir con la tradición, consistió en un cebatil de los de caminar ligeramente inclinado hacia delante de vuelta a la habitación porque en esas condiciones es imposible mantenerse erguido, y mientras daba cuenta de todo lo que podía comer descubrí por enésima vez que lo de masticar con la boca cerrada debe de estar mal visto entre la gente de este país o algo. Antes de irnos del edificio para siempre, pasé por un nuevo cambio de vendaje, y mientras mi novia retiraba la venda yo me acordé de la frase que los Eagles cantan en Hotel California, la de "this could be Heaven or this could be Hell". Frase, por cierto, que recuerdo también cada vez que voy al baño de mi oficina y me encuentro la tapa bajada.

Y aquello seguía teniendo una pinta fea (lo de mi mano, no el retrete de mi oficina), aunque no tan horrible como cuando me planté en el hospital de Kioto por segundo día consecutivo, que el pobre médico se encontró un panorama como el que va a haber en el Valle de los Caídos si al final se dan prisa con lo del unboxing (que la cosa va para largo, pero soñar es gratis).

Una vez aplicada una venda nueva que me permitiese tirar de maleta, nos hicimos a la calle con destino a la estación de tren (que estaba a veinte metros del onsen, mira tú qué paseo más tonto), y en la propia plaza que tuvimos que atravesar descubrimos a un trío de japoneses tocando las claves como cuando las campanas del pueblo doblan a muerto, en lo que parecía una especie de performance religiosomística.

Porque no lo he mencionado hasta ahora, pero considero (y a lo mejor me meto en un follón por ello) que la religión y la espiritualidad en Japón son como ese pantalón de chándal viejo que tienes y que sólo te pones para estar en casa cuando sabes que no va a venir nadie de visita. Llevo semanas con la frase anterior clavada in my mind, y con una explicación bastante coherente para semejante argumento. Peeeero... como soy así de vago y he dejado las entradas para muy adelante, lo de razonar mi respuesta se ha ido borrando como los McFly en las fotos de Regreso al fututo.

Así que voy a intentar explicarme, pero no esperéis una disertación maravillosa.

No me ha parecido ver que haya una institución religiosa que se les meta a los japoneses hasta la cocina, como nos ha pasado en occidente desde hace siglos. Aquí adoran al dios que más les conviene en cada momento, se acercan al altar que tienen en el barrio a echar unas monedas en la fuentecilla y ya han cumplido con la cuota de fe diaria. Sin despeinarse.

No sé si me explico, pero hace calor y la cabeza no me da para desarrollar más el tema.

En fin, que subimos al tren con destino a Osaka y el trasto se puso en movimiento, serpenteando entre campos de arroz de los que pude sacar un par de fotos sin valor artístico alguno...

Foto de campo de arroz sin valor artístico alguno 1

Foto de campo de arroz sin valor artístico alguno 2


...y ríos feos de cojones porque están todos canalizados. Cada nueva parada en el trayecto era anunciada por megafonía por una voz triste como la del coche eléctrico que salía en Los Simpsons, como por ejemplo la de Kyuhoji. La destaco porque pude ver desde la ventanilla de nuestro vagón que en el andén de la misma había zonas de espera sólo para mujeres. Pero no tengo una foto de ese detalle. En su lugar, me dediqué a retratar un puto edificio cercano, que no tiene mucho interés, pero lo voy a colar aquí:

Puto edificio

De lo que también hice una foto es de un curioso cartel que pedía a los pasajeros de forma muy kawaii que no se comportasen como hijos de puta:

A mí, si me lo piden con dibujitos, soy capaz hasta de invadir Polonia. Bueno, en este caso Manchuria

Tras no recuerdo cuánto tiempo, llegamos a la capital osaqueña, donde tuvimos que cambiar de tren para llegar al hotel (porque somos previsores, y viendo que el vuelo de vuelta iba a ser MUY pronto por la mañana y el aeropuerto de Osaka está MUY apartado del centro, optamos por buscar un alojamiento cercano al aeródromo, aunque esto nos supusiera perder medio día metidos en el tren). El nuevo tren se dividía en dos a mitad de trayecto, y para evitar que acabásemos donde no debíamos, tuvimos que cruzarnos casi todos los vagones mientras arrastrábamos las maletas, terminando en uno que olía a mierda.

Hago un pequeño inciso para comentar algo no relacionado en absoluto con la entrada de hoy: la gente que se descalza en el aeropuerto mientras espera que llegue el momento de embarcar merece la muerte.

Nos bajamos en la estación correspondiente y al salir descubrimos que el edificio del hotel era mastodóntico, y que no aceptaban huéspedes nuevos antes de las dos de la tarde, por lo que dejamos las maletas en recepción y nos volvimos a Osaka en un nuevo tren.

¿Sabíais que el rail pass que habíamos comprado antes de ir a Japón para no tener que pagar por viajar en tren no cubría aquél en el que nos encontrábamos? Pues nosotros no lo sabíamos, y fue un agente de estación el que nos indicó amablemente, cuando le enseñamos sendos pases con la idea de que nos dejase salir de la estación, que de eso nada, monada. Y que bien en efectivo, bien con tarjeta, nos tocaba apoquinar. Amablemente, he dicho.

NO COMO LA MIERDA DE LOS SEGURATAS DEL METRO DE PARÍS, que nos cascaron dos multas de padre y muy señor mío hace unos años porque nos metimos con las maletas en una estación sin validar los billetes que habíamos comprado. Pero vamos a ver, monsieur Touchemoilesoeufs, que dos días atrás hicimos la misma jugada cuando la chica de ventanilla nos abrió la entrada de minusválidos para poder pasar con los maletones. Que hemos pagado el billete. Regarde, joder, regarde.

Bueno, pues aquella vez no hubo manera. La escena me causó un trauma que, como habéis podido cerciorar al ser testigos de este flashback tan chungo, aún no he sido capaz de superar. Menos mal que en la estación nipona la cosa terminó bien y pudimos dirigirnos civilizadamente hacia el parque del Castillo de Osaka con la idea de visitar... el castillo. Sin sorpresas.

Antes de llegar a la fortaleza, hicimos un alto en una pequeña cafetería que por dentro parecía un restaurante de carretera nacional a su paso por Castilla-La Mancha (pero sin moscas) y nos comimos dos platos de algo así como tortilla rellena de arroz. No me preguntéis cómo se llamaba aquello porque estoy escribiendo en pleno vuelo Madrid-Dublín y no tengo forma de buscar el nombre.

Mis vistas en estos momentos. Por si no me creéis

Tras comernos "aquello", nos encaminamos hacia el castillo, cruzando el parque anteriormente mencionado, el cual debió de servir de inspiración para el campo de fútbol de Oliver y Benji, porque el hijoputa no se acababa nunca. Llegados a la entrada del castillo, mi novia y yo debatimos sobre si valía la pena pagar la entrada para verlo por dentro o si debíamos irnos directamente a Nipponbashi y echar el resto del día viendo cosas frikis. Al final acabamos entrando. Y valió la pena, que dentro hay un montón de armas, armaduras, cuadros y demás parafernalia que uno se espera encontrar cuando entra a un castillo pagando.

Y de allí, a Nipponbashi (que si nos tocó andar un huevo para ir de la estación al castillo, el camino de vuelta equivalió a otro huevo similar). Las calles de este distrito contaban con multitud de tiendas en las que poder agenciarse con todo lo que no cayó en Akihabara. También había multitud de tiendas de manga, y esto me vino bien porque soy un muchacho cumplidor que semanas antes de iniciar este viaje le aseguré a un amigo holandés, medio en broma medio en serio, que compraría para él en Japón un ejemplar de cómic para adultos. Con tentáculos.

Y no fue fácil dar con dicho ejemplar, pero si uno está dispuesto a cruzar las secciones de las librerías cuya entrada está prohibida a menores de dieciocho años y a navegar en un mar de publicaciones eróticas de dudoso gusto y aún más dudosa moral, puede acabar encontrando lo que buscaba. Estoy deseando ver qué cara pone el holandés.

¿Qué? ¿Que queréis ver una foto del cómic? Estáis enfermos, joder.

Por allí tambien había varios puestos de melonpan, por lo que di rienda suelta a mi golosería con la excusa de que nos quedaba poco en el país. Esta ingesta no impidió que desease con locura jalarme un último okonomiyaki antes de poner Eurasia de por medio, y como mi novia compartía este sentimiento conmigo, nos adentramos en las bulliciosas calles del centro de Osaka en busca de algún restaurante que lo preparase.

Tuvimos que descartar uno demasiado lleno con una cola de gente interminable a la entrada, y acabamos metidos en otro que parecía una tasca. Los cocineros, manteniendo un ritmo de trabajo frenético que hacía que aquel sitio pareciese el plató de El Hormiguero bañado en cocaína, gritaban no sé qué de vez en cuando y yo me lo pasé en grande viéndoles trabajar así al tiempo que flipaba un rato, porque yo echo siete horas y media en una oficina y a media mañana ya parezco el perezoso de Zootropolis.

El restaurante nos satisfizo no sólo por lo entretenido del lugar, sino por semejante maravilla gastronómica:

No voy a dar detalles porque no es asunto vuestro, pero me ha costado UN HUEVO conseguir meter aquí esta foto. Así que más os vale disfrutar de ello


Cuando nos terminamos lo de la foto de arriba nos dirigimos a la estación de tren para volver al hotel. Por el camino hice una foto de este cartel y no recuerdo por qué (y os juro que me encontraba sobrio):

¿?

El camino de vuelta fue un coñazo. El tren tardó un huevo en aparecer y el interior del vagón olía a bodega porque sus pasajeros se habían dedicado a dejar la ciudad seca en lo que a existencias de sake se refería (aunque tenía su gracia ver a alguno tratar de mantener el equilibro agarrado a la barra. Recordad: los borrachos tienen gracia; los alcohólicos, no). Además, cuando nos disponíamos a hacer el trasbordo y montar en el dichoso ferrocarril (es que he usado la palabra "tren" demasiadas veces hoy) de pago con destino al hotel, descubrimos que el último de la noche había salido hacía media hora. Un vigilante de la estación nos respondió con un escueto "taxi" cuando le preguntamos por alternativas para dirigirnos al área del aeropuerto, y siguiendo su consejo fuimos a la parada que había en la puerta de la estación.

Los taxis japoneses son la hostia. No sé si es por motivos legales, turísticos o qué, pero son vehículos antiquísimos (con amortiguadores antiquísimos gracias a los cuales cada bache en la carretera se traduce en un estupendo masaje de perineo) que tienen visillos por todas partes: en los respaldos, en el reposacabezas, en el salpicadero, en la bandeja de atrás... Y los taxistas visten uniforme que incluye gorra y todo. De hecho, cuando nos adentramos en el vehículo pensé que si le pedíamos que nos llevase a la Plaza de Oriente para ver al Caudillo en lugar de al hotel, el conductor no se habría extrañado lo más mínimo. Una vez en el hotel recogimos las maletas y la llave y subimos a nuestra habitación, parando antes en el conbini que había dentro del propio edificio y haciéndonos con diferentes guarradas que nos servirían de desayuno a la mañana siguiente en caso de no poder sentarnos como es debido a disfrutar de mi comida preferida del día:

Guarradas varias

Y en eso consistió nuestro día en Osaka. Lo último que hice aquella noche fue esta foto desde la habitación del hotel:

Antes, todo esto era campo. O arrozales

Y a dormir. Pero sólo cuatro horas, que al día siguiente nos tocaría madrugar MUCHO. Ya os contaré.

P.D.: Omuraisu, coño. Se llama omuraisu. No lo busquéis vosotros, no. No sea que os vayan a entrar agujetas o algo.


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lunes, 20 de agosto de 2018

Big in Japan. Episodio IIIIIIIII

En la que los protagoniCIERVOS, JODER. CIERVOS.


La mañana de nuestro nosecuantésimo día en Japón (porque con la tontería de los palotes en los títulos he perdido la cuenta) me desperté dándole mentalmente las gracias a la recepcionista que la tarde anterior tuvo a bien el cambiarnos a una habitación tan tranquila. El ascensor que nos llevó a la planta baja (sí, el del váter de emergencia en un rincón que mencioné en la anterior entrada) incluía el detalle de Japón que me dejó con el culo torcido número 10:

No existe la planta baja. Los edificios aquí empiezan en el primero

Vale, lo confieso. Lo de los pisos sin bajo lo llevaba viendo desde el primer día, pero es que tengo detalles guardados para cuando intuyo que la entrada me va a quedar más insulsa de lo habitual. De todas formas, si tenéis alguna queja relativa a alguna entrada de esta serie, os invinto a expresar vuestra opinión en la sección de comentarios viajar a Japón, hacer cosas allí y, cuando volváis, sacar tiempo los domingos a última hora de la tarde para contarlo por escrito.

Sigo. El restaurante del onsen contaba con un buffet que cumplía con las tres condiciones que yo le pongo siempre al buffet de un hotel. A saber:

  1. Ser abundante.
  2. Ser abundante.
  3. Ser abundante.

Por ello, cuando terminamos con el desayuno (que incluía, entre otros productos, distintos tipos de sopa y unas bolas de arroz y pescado envueltas en hojas de las que me jalé diez o doce) yo me encontraba más contento que Obélix en una granja de Elpozo (perdonad el bajo nivel de las coñas hoy, pero ando corto de creatividad), sensación que se acentuó cuando mi novia, en el papel de eficiente enfemera, cambió mi vendaje y aquel desastre tuvo menos pinta de desastre que los días anteriores.

Y encima íbamos a pasar el resto de la mañana viendo ciervos. ¿Es que el día podría mejorar aún más?

Pues sí, podría. Quienes me conocéis sabéis que no siento especial cariño por las crías de ser humano. Eso, y que soy bastante cabrón. Por ello, el poder contemplar en Nara cómo un niño de unos tres años, tras acercarse a putear a un ciervo, recibía una valiosa lección de vida en forma de persecución, topetazo y costalada, hizo que quien escribe estas líneas visualizase la escena completa con regocijo y una sonrisa miserable. Como epílogo al sainete, ver a la madre histérica perdida me hizo comprobar por segunda vez (creo que lo comenté en la anterior entrada, o en la anterior a la anterior) en este viaje que la gilipollez del ser humano no conoce de razas ni culturas.

Tras un paseo entre estos animales (los ciervos, no los humanos) que incluyó darles galletas y descubrir que, para pedírtelas, algunos de ellos inclinan la cabeza y otros te muerden el culo, nos acercamos a ver el gran Buda de Nara. Y FUA.

De entrada, el templo donde se encuentra, la estructura de madera más grande del mundo (al menos en 1973, que es cuando se publicó un libro de viajes que tienen mis padres en el salón de su casa):

Ya os he dicho que FUA.

Y dentro del mismo, tras la horda de turistas imbéciles que posaban imitando la postura de sus manos, un bicho de dieciséis metros cuya construcción dejó al país sin bronce.

Que sí, que FUA

Siento que el haber elegido un objetivo gran angular no permita apreciar lo mastodóntico del Buda, pero no tenía yo entonces la mano muy en condiciones de dedicarme a intercambiar objetivos en mi cámara, así que creedme, joder.

Tanto FUA nos dio hambre, por lo que salimos de allí y nos metimos en una cafetería que servía unas crêpes dignas de una última cena:

De FUA a ÑAM y tiro porque me toca

Bueno, pues fue pegarle el primer mordisco al deliciosísimo postre y el Diablo, que si no vive en Nara al menos estaba allí de visita aquel día, entró en ese momento en el restaurante, se acercó a nuestra mesa y me dijo: "Que no te gustan los niños, ¿no? Que te hace gracia ver a un mocoso cobrando por meterse con un ciervo, ¿no? Pues toma un poquito de karma para acompañar a esa crêpe tan rica, colega". Tras esta sentencia, me dio dos palmaditas en el hombro al tiempo que señalaba la mesa más cercana a la nuestra, donde pude ver a una madre japonesa que se dedicaba con gran esmero a cambiar el pañal de su hijo.

Cuando quise girarme para cagarme en su madre, el Diablo había desaparecido. No puedo decir que hubiese dejado un rastro de olor a azufre, porque el aroma que en ese momento flotaba en el ambiente no me habría dejado percibirlo.

Salimos de allí invadidos por sentimientos encontrados y, tras patearle el culo a un machamp en un gimnasio Pokémon de la zona para consolarnos, recorrimos el mismo camino que por la mañana, cruzándonos con grupos de adolescentes que arrastraban los pies al caminar sobre la tierra (lo de la gilipollez del ser humano y tal) y sacando fotos y vídeos a los ciervos que no pienso compartir aquí porque soy un miserable. Una vez de vuelta en el centro de Nara, aprovechamos las muchas tiendas de souvenirs para comprar infinidad de mierdas alusivas a los ciervos y nos acercamos a un puesto de takoyaki (sé que tako significa "pulpo" porque Chaozu se lo llama a Krilin en Bola de Dragón) que tardó un montón en servirnos por un motivo que desconozco. En lo que esperábamos a recibir las deseadas bolas de pulpo, aproveché para hacer esta foto del sitio:

Venden pulpo y el puesto está decorado con pulpos. Me gusta que vayan de frente

También aproveché para tomarme el antibiótico (porque os recuerdo que la herida de mi mano tonteaba con la infección aquellos días) y para aprender una lección valiosísima que voy a compartir gratis con todos vosotros:

Procurad tener agua a mano y tragar rápido una cápsula en cuanto os la metáis en la boca. De lo contrario, os arriesgáis a que se abra y terminéis con la lengua y los dientes teñidos de azul al tiempo que os toca experimentar un sabor horrible.

De nada.

Tras comer el takoyaki y reemplazar el sabor a polvo de antibiótico por el de pulpo con salsa tonkatsu, volvimos al onsen (parando por el camino en un puesto que vendía fresas rellenas. No es relevante, pero lo digo para fardar), y yo dediqué el resto de la tarde a descansar un rato (que los antibióticos, aunque fuesen flojos, pegaban) y bajar a tomarme un zumo mientras mi novia, libre de quemaduras vendadas, disfrutaba del balneario.

A Dios pongo por testigo (y no es la primera ni será la última vez que lo digo) de que volveré a Japón y me meteré en un onsen en condiciones.

Una vez que los dos terminamos nuestras actividades de ocio por separado, nos reunimos y fuimos al restaurante del hotel, pues a todo lo bueno que llevo contando del sitio hasta ahora hay que añadir que cada noche invitaban a los huéspedes a cenar sopa de noodles (una pena que no nos enterásemos el día anterior). Sí, había que estar descalzo, por supuesto, que el restaurante, al igual que el resto del edificio, también estaba tatamizado:

Que a mí me das de cenar gratis y me quito lo que me pidas, también te lo digo

Terminamos de cenar y de ver (pero no entender) un rato la tele en el comedor y nos volvimos a la habitación a lamentarnos de que aquélla fuese nuestra última noche en semejante lugar. Y eso fue todo aquel día.

He tardado menos en escribir la entrada que el ordenador de mi madre en instalar las putas actualizaciones de Windows 10, no os lo perdáis. Aunque tengo que reconocer que no he contado mucho. En fin, a ver si la siguiente entrada me queda un poco más larga.

Esperad, esperad. "Más contento que Juan José Padilla en una ortopedia". ¿No? ¿"Más contento que el duque de Feria en una fiesta de la espuma"? ¿Tampoco? Bueno, pues nada.

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lunes, 13 de agosto de 2018

Big in Japan. Episodio IIIIIIII

En la que los protagonistas de la historia, tras una tercera visita al hospital, comen en el suelo y vuelven a cambiar de ciudad en busca de ciervos.


Ya dije en mi anterior entrada que la noche previa no había sido ninguna maravilla en lo que a descanso se refiere. Bueno, pues la del día que nos ocupa fue ligeramente mejor gracias a la nutritiva cena. Lo malo es que no desayunamos en el ryokan, pues teníamos que presentarnos a primera hora en el hospital para que el especialista echase un ojo a mi mano, por lo que hicimos el checkout y le pedimos al personal de recepción que nos cuidase las maletas en lo que hacíamos estas gestiones al otro lado de la ciudad y tal.

Del alojamiento al centro sanitario fuimos en metro, lo que nos permitió experimentar cómo es la hora punta en Kioto. Y ¡joder, cómo es la hora punta en Kioto! ¿Alguna vez habéis adelantado a un camión de transporte de ganado? Bueno, pues eso es business class comparado con el metro kioteño minutos antes de que todo dios entre a trabajar. Para que os hagáis una idea de la aglomeración, tuvimos que dejar pasar dos metros antes de que llegase uno con el espacio suficiente para que mi vendada extremidad no sufriese el roce de otros seres humanos (lo que, por otra parte, habría provocado que yo perpetrase una masacre).

Total, que llegamos al hospital cuando estaba a punto de empezar el horario de consultas (no como las dos veces anteriores, que entramos derechos en urgencias), y a la entrada nos recibió una empleada del centro cuyo puesto no sé muy bien cómo calificar, pues se encargaba de indicar a los pacientes dónde sentarse para que respetasen el orden de llegada una vez comenzase el turno del personal administrativo (te cagas). A las ocho de la mañana en punto comenzó la asignación de citas, y a mí me mandaron a la segunda planta, donde debía esperar a ser llamado por el especialista en averías chungas de la piel.

Y vaya coñazo de espera.

Durante las dos horas que tardamos en ser atendidos, descubrí que varias personas que habían llegado más tarde que yo entraban a la consulta, y alcancé un punto en el que me acabé mosqueando. Pero claro, como yo lo único que sé decir en japonés es sumimasen, que es como aquí dicen "oiga, disculpe" cuando se dirigen a alguien, cada vez que la enfermera aparecía por el pasillo yo sólo podía susurrar un leve "sumimasen" que se perdía en el aire con olor a productos de limpieza no tóxicos:

—Sumimasen.

 Ni caso.

—Sumimasen.

Nada.

 Bueno, pues poco me faltó para soltar un "SUMIMASEN, SEÑORA, QUE LLEVAMOS AQUÍ DOS HORAS VIENDO CÓMO SE NOS CUELAN Y NO HAY DERECHO", aunque al final fue mi novia la que, muy educadamente, preguntó que a qué se debía que tardasen tanto en llamarnos, y resultó que lo del orden de llegada se lo estaban pasando por el torii porque había otra clase de prioridades a la hora de aceptar pacientes, mira tú. Pero bueno, al final oí mi nombre por megafonía y accedí a la consulta. El especialista se limitó a confirmar que tenía armada una buena en la palma de mi mano, y tras lavar la zona y renovar el vendaje, me recomendó que fuese al hospital en cuanto volviese a Irlanda porque aquello tenía pinta de ir para largo y requerir un tratamiento (spoiler alert: no fui. Bueno, no me aceptaron, y tuve que limitarme a visitar la clínica/salón de belleza que hay bajo mi oficina y hace las veces de ambulatorio, pero eso es otra historia que, amén de otras muchas anécdotas relacionadas con el estado de la sanidad en Irlanda, contaré cuando la gente que critica el sistema sanitario español me toque especialmente los huevos). Antes de pagar la factura y abandonar el hospital, nos acercamos a una máquina expendedora aparcada dentro del edificio y nos hicimos con sendos zumos que constituyeron el desayuno del día. Qué triste.

Frente al complejo hospitalario se encontraba la farmacia en la que tuve que hacerme con una nueva ración de antibióticos, y allí dentro sólo había dos documentos redactados en inglés: el primero fue un formulario que me tocó rellenar para declarar que aceptaba que me colocasen medicamentos genéricos (y yo estoy muy a tope con los genéricos). El segundo era un post-it que la farmacéutica (que sólo hablaba japonés) paseó delante de mis ojos con alegría mientras me hacía entrega de las medicinas, en plan "mira qué bien, que gracias a este papel que tengo aquí nos podemos entender tú y yo". A mí no me hizo tanta gracia, pues en el susodicho post-it ponía lo siguiente:

Symptoms → Diarrhea

No hace falta que os lo traduzca, ¿no?

Montamos nuevamente en el metro, encontrándolo esta vez más vacio que a la ida, y durante el trayecto mi novia me confesó que "llevaba varios días con ganas de soba". Que si no controláis de gastronomía japonesa estaréis pensando que mi novia me estaba proponiendo una guarrada, pero nada más lejos. Aprovechamos que teníamos acceso a internet (algo que he olvidado mencionar hasta ahora y de lo que hablaré detalladamente en otra entrada si es que me acuerdo) y buscamos algún local por la zona que sirviese esta típica sopa de fideos gordos. Resultó que había uno, escondido a la vuelta de la esquina de un estrecho callejón oculto entre dos calles interiores. Cuando finalmente dimos con el sitio, descubrimos que estaba cerrado, pero en lugar de cagarnos en todo y largarnos a comer al McDonalds, decidimos mantener la fe, pues había gente haciendo tiempo en el lugar y supusimos que ellos también tenían ganas de soba libre de connotaciones eróticas.

A los pocos minutos, la puerta del restaurante se abrió desde dentro y una camarera entrada en años nos invitó a todos a pasar, a descalzarnos y a ocupar las mesas del interior.

El local era "curioso", pues la decoración y disposición del mobiliario le hacían pensar a uno que se encontraba en una época pasada. Concretamente, de antes de que se inventasen las sillas. Y es que nos tocó comer en el suelo y las mesas no superaban los cuarenta centímetros de altura. Que si se tiene flexibilidad no hay problema: se adopta la postura del escriba sentado del Louvre y ya. Pero no es mi caso. Mido casi un metro noventa y cada vez que voy de vacaciones a la playa y la gente con la que estoy en la arena sugiere que nos sentemos en corro a jugar a las cartas me dan ganas de echarme a llorar. Y si a esto le añadimos que mi mano derecha se encontraba vendada, cuando me acabé el cuenco de soba estaba sudando. Eso sí, me sobraron fuerzas para hacer una foto del cuadro:

Dolor

Mi novia, por su parte, y cómodamente sentada frente a mí, se pasó toda la comida pidiéndome perdón por haber tenido la idea al tiempo que se descojonaba internamente a causa de mi imitación de Pepe Viyuela. Tras acabar el rancho y recibir dos caramelos como cortesía al pagar la cuenta (que es una pijada, pero me hizo ilusión y me ayudó a que mis músculos recuperasen la glucosa perdida durante el esfuerzo), volvimos al ryokan a por las maletas y por el camino descubrí el detalle de Japon que me dejó con el culo torcido número 7:

Allí estaban en campaña electoral o algo por el estilo, y en lugar de engrudo guarro, lo que utilizaban para pegar carteles eran pegatinas cuquis

Salimos por última vez del ryokan y fuimos a la estación de tren, desde donde nos dirigimos a la tercera ciudad de nuestro tour japota: Nara. Sí, la de los ciervos.

Del trayecto sólo puedo deciros dos cosas: que la mayor parte del mismo la pasé durmiendo como un ceporro y que por la ventanilla del vagón no se veía otra cosa que arrozales. Venga arrozales. Y más arrozales. Etcétera.

En la estación de Nara descubrí el detalle de Japón que me dejó con el culo torcido número 8: los andenes contaban con áreas para acceder a los trenes sólo para mujeres, porque aquí hay señores que tienen la mano muy larga. No, no hice foto.

Nuestro alojamiento designado estaba a tiro de piedra de la estación, y si las noches de Kioto las pasamos en un ryokan, para Nara teníamos reservado un onsen, que es un balneario típico japonés (mi novia, que sabe cómo montárselo que da gusto a la hora de elegir dónde meterse estando en Japón). Lo primero que nos dijeron al acercarnos a la recepción fue que nos descalzásemos, pues todo el suelo del edificio estaba cubierto de tatami y el calzado estaba prohibido. Para que me creáis, hice una foto de la sala en la que los huéspedes teníamos que dejar nuestros zapatos:

Todo el mundo descalzo, pero respetando un orden. Como debe de ser

En el ascensor que nos llevó a nuestra habitación encontré el detalle de Japón que me dejó con el culo torcido número 9:

Una sillita-WC en un rincón del ascenson con agua, linterna, papel higiénico y desodorante para utilizar en caso de emergencia. EN CASO DE EMERGENCIA, marranos

Del hotel fuimos a dar un paseo vespertino por las tranquilas calles de Nara, y me enamoré particularmente de Sanjo Dori: una calle llena de cafeterías, tiendas y restaurantes con hilo musical propio en el que sonaba jazz de muy buen gusto. Accedimos a una de las cafeterías (con pinta bastante lujosa y música de piano sonando de fondo. Pero qué asco doy) y allí pude degustar algo que llevaba años deseando probar: el café Blue Mountain. Los que no seáis muy frikis del café no habréis oído hablar de esta variedad, pero es muy conocida entre la gente pija y especialita, ya que se le considera uno de los cafés más suaves (si no directamente el que más) y sólo se produce en Jamaica. De hecho, el 80% se exporta directamente a Japón. Ah, y es caro de cojones.

Bueno, pues ya que me gané el odio de todos comparando el centro de Kioto con un barrio de Valladolid o llamando "comida de hospital" al desayuno japonés, que no haya dos sin tres: el Blue Montain es aguachirri. Pero eso no quita que comprase café para preparar en mi casa cuando estuviese de vuelta, faltaría más.

Tras el rato cafetero salimos de nuevo a callejear, y yo me puse como un gorrino gracias a las muchas pastelerías que hay en Nara y al arte que tienen elaborando bollos, lo que hace que merezca la pena probarlos todos. Cuando empezó a caer la noche y las tiendas fueron cerrando sus puertas, volvimos a la habitación del onsen y descubrimos horrorizados que las máquinas de aire acondicionado del exterior del edificio metían un ruido similar al que hacía ALF para mosquear a Willie en la serie homónima. Bajamos a recepción a preguntar si aquel estruendo iba a cesar en algún momento de la tarde, y la recepcionista nos confesó apesadumbrada que no. Y pensaréis que nos lo dijo con un "os jodéis" en la mirada, pero la hospitalidad japonesa no funciona así. Antes de que pudiésemos decir nada, la muchacha ya estaba buscando alguna habitación libre a la que poder trasladarnos. Y no sólo eso, sino que nos acompañó mientras hacíamos la mudanza, ayudándonos a cargar con las maletas y dándole conversación a mi novia relativa a la serie Attack on Titan cuando vio todos los llaveros y pijadas que colgaban de su mochila. Al saber de labios de mi novia que aquel merchandising procedía de Akihabara y que nuestro viaje concluía en Osaka, nos recomendó que visitásemos Nipponbashi. Pero qué maja, joder.

Una vez establecidos en la habitación libre de ruidos de ALF, nos pusimos la ropa de onsen suministrada por el hotel (camiseta y pantalón de lino holgados) y bajamos a la zona de balneario.

El área estaba separada por sexos, y para poder acceder a la zona de mujeres era necesario usar una clave que cambiaban cada día y que había que pedir en recepción (ya os estaréis dando cuenta de que aquí hay mucho pervertido suelto). Otra cosa que nos tocó solicitar fueron pegatinas para taparnos los tatuajes, pues está prohibido acceder a estos sitios mostrando esta clase de pintura corporal, ya que lo contrario puede interpretarse como un "Bienvenido mister yakuza". Mi novia y yo nos dijimos "luego te veo" y entramos en nuestras zonas designadas.

Y yo ahora podría contaros que pasé horas metido en el lugar, disfrutando de los múltiples beneficios que proporciona al organismo el meterse en un sitio así, pero no. Lo de tener la mano vendada limita mucho cuando uno entra en un lugar cálido y húmedo a más no poder, así que este párrafo va a ocupar poco: tras quitarme toda la ropa y cerciorarme de que no se me veía el tatuaje, pasé a la zona de duchas. Éstas se encontraban a baja altura, por lo que tocaba sentarse en taburetes para asearse en condiciones. De allí fui a una gran piscina de agua caliente, donde pasé sumergido unos cinco minutos con la mano en alto. En cuanto se empezó a acumular sudor en mi piel, volví a dirigirme a la zona de duchas mientras miraba con pena a la piscina de agua fría y a la sauna a las que no podría acceder [emoticono de cara triste]. Tras la ducha de salida, ligeramente más rápida que la de entrada, me vestí una vez más con la ropa de lino (un poco acojonado, porque se me estaba despegando la pegatína que cubría mi tatuaje y pensé que acabaría liándola) y me prometí a mí mismo que volvería a Japón en un futuro no muy lejano y disfrutaría en condiciones de estas cosas que me estaba perdiendo por no tener cuidado al preparar los putos churros (pues al final ha quedado un párrafo más largo de lo que esperaba, mira tú).

Venga, fardaré un poco diciendo que le sacaba dos cabezas al siguiente más alto de todo el balneario. Y no me pidais más detalles comparativos porque no me fijé en nada más. Y tampoco quiero repetirme en este blog.

Como mi novia sí que podía aprovechar su visita (me dijo que incluso había piscinas al aire libre. AL AIRE LIBRE, joder), decidí esperar a que saliese en una salita cercana a la recepción que contaba con una máquina expendedora de leche y una televisión que mostraba en bucle un vídeo promocional de Seúl (tranquilos, que de momento no tengo pensado dar la turra con una serie Big in South Korea). Cuando mi novia hizo aparición, subimos a vestirnos a la habitación y volvimos a salir a la calle con la idea de cazar algo para cenar.

El lugar elegido fue un restaurante de Sanjo Dori cercano a la cafetería del Blue Mountain. Allí nos metimos un montón de platitos pequeños cuya composición no recuerdo mientras un niño sentado en una mesa cercana le preguntaba a su padre insistentemente mientras me miraba de reojo que quién era ese señor tan alto.

Poco más pasó ese día. Al salir del restaurante pasamos por una especie de casino que tenía cientos de miles de máquinas de gachapon (pero ninguna interesante) y luego aprovechamos que una de las tiendas cerraba de madrugada para comprar dulces que le acabé regalando a mi hermano.

Y a dormir hasta el día siguiente.

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